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El robo de libros

Llegué a mi casa y habían robado todos mis libros. El ladrón había dejado una nota, mofándose de aquello. Por más que trataba de hacerme a la idea del desapego y esas cosas, la angustia y la ira me despertaron. Todo había sido un sueño. Supongo que siempre es difícil desprenderse de aquellas cosas donde uno deposita el alma. Y eso puede resultar problemático cuando uno tiene el alma tan promiscua, tan predispuesta a dejarse caer en tanta absurda querencia a la menor provocación.
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El sentido del sueño

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Compré un calamar con la idea de que estaba muerto. Medía poco más de dos metros. Como no tenía dónde ponerlo, lo arrojé en el piso del baño, justo debajo del lavabo. Sin saber por qué, lo bañé con agua fría y un poco de hielo. Comenzó a moverse. Esperaba que muriera de asfixia, pero no ocurrió. Su afilada boca causaba en mí un miedo tan natural como la muerte. Sabía que debía matarlo, pero no me atreví. Comenzó a convulsionarse. Cuando me di cuenta, el calamar se había salido de control. Rebotaba en las paredes, frenético, rozando el techo, dando latigazos en el aire con sus monstruosos tentáculos, tirando todo lo que se interponía a su paso. Desperté. Me tomó algunos minutos reponerme del susto. Todo había sido una pesadilla. No era la primera vez que me despertaba con algún sobresalto al filo de la madrugada tras experimentar la angustia del sueño. En la última semana había soñado con topos gigantes de ojos rojos, una batalla campal en un partido de futbol, el asesinato de un dibujante en el edificio donde vivía una exnovia. Sueños que, de modo sutil o explícito, me acechaban cada madrugada y me hacían despertar sumergido en aquel extraño sopor que sirve de frontera entre la realidad y el sueño. Por eso me levantaba cansado todos los días, con los ojos desechos, tras pasar muchas horas apretando el cuerpo a la hora de dormir. Quizá aquella racha de extraños sueños pudiera justificar la aplastante presión que sentía durante el día. O, por el contrario, aquellos sueños eran tan sólo el reflejo de la angustia que se me adhería al alma como una sanguijuela. “Contigo todo es difícil”, me dijo Claudia la noche en que acordamos dejar de vernos. Tenía razón. Siempre terminaba complicándolo todo. Por más que trataba de descifrar el origen de aquella extraña sensación, las cosas siempre terminaban saliendo mal. Entre más buscaba respuesta a aquellas preguntas, más confundido me sentía, sobre todo, en aquellos momentos de ingenuidad en que pensaba que finalmente había encontrado la anhelada respuesta a mi reiterada crisis existencial. ¿De dónde provenía aquella angustia que me asaltaba durante el sueño? Pensé que tendría que ver con algún trauma de la infancia. Pero entre más escarbaba dentro de mí, el mundo a mi alrededor parecía salirse completamente de control. Así me pasó con Claudia. Cuando pensaba que las cosas marchaban bien, todo se fue a la mierda. A pesar de la atracción que sentía hacia ella, un extraño bloqueo me llegaba de pronto en el momento preciso de hacerle el amor.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusto?— me decía desconcertada, con los ojos tristes.

—No es eso— respondía yo sin saber qué decir o qué hacer para no sentirme un completo imbécil.

A partir de ese momento, todo se vino abajo. Como si yo mismo hubiera planeado un autosabotaje. Inventé mil explicaciones para tratar de justificar mi repentina falta de apetito sexual, pero fue inútil. El latigazo que los dos sentimos la primera noche que salimos por unas cervezas y nos besamos en una calle empedrada bajo la tenue luz de una farola se fue diluyendo poco a poco. Las risas se convirtieron en discusiones y enojos demasiado recurrentes, demasiado pronto. Apenas había pasado un mes de relación y ambos llevábamos sobre nosotros una pesada carga, como si hubieran pasado ya varios años de conocernos y hacernos daño. Una relación breve pero intensa, demasiado intensa como para que pudiera durar mucho tiempo. No podía creer que me pasara eso a la hora de compartir cama junto a una mujer hermosa, inteligente y compasiva. Llevaba meses esperando a que regresara de Europa para hablar con ella. Justo antes de que partiera al otro lado del mundo, seis meses atrás, la había invitado a salir, sin saber que ya por ese entonces ella estaba enamorada de otro. De eso me enteré después de pasar la primera noche en su casa, la noche en que me pidió que me detuviera a la hora de besarla mientras permanecía recostada sobre la cama, pensando en el periodista francés a quien tanto amaba sin ser correspondida, sumergida en uno de esos amores efervescentes tan típicos de la adolescencia y que rara vez terminan bien. Fue tan extraño todo. A la semana siguiente nos vimos de nuevo en una fiesta. Cuando llegó, se sentó al otro lado de la mesa, en el bar donde nos quedamos de ver con algunos amigos en común, y no fue sino hasta mucho tiempo después que comenzamos a hablar. Esa noche todo transcurrió de manera fácil, sin darle tantas vueltas, dejando que las emociones fluyeran de forma natural, eléctrica, misteriosa. La tomé de la mano para sacarla a bailar y de pronto estábamos devorándonos a besos, con sus brazos rodeando mi cuello mientras yo la tomaba por la cintura y algunos amigos suyos le tomaban fotos comprometedoras con el teléfono celular para molestarla, uno de los tantos modos posibles para expresar los celos que sentían al saber que la chica que les gustaba secretamente se estuviera besando con otro. Pedimos un taxi y nos marchamos juntos para escapar del acoso fotográfico y refugiarnos del frío en un ambiente más acogedor. Luego de algunas complicaciones iniciales, hicimos el amor como desesperados, poco después de llegar a mi departamento. La manera en que gritaba de placer aumentaba mi deseo de poseerla, de transgredirla, de romperla. No podía detenerme. Su piel morena y el aroma agrio de su vagina producían en mí un efecto enloquecedor. “Así, así… hasta adentro”, gritaba de placer mientras desfallecía entre las sábanas y me dibujaba con las uñas un fiero zarpazo que me atravesaba la espalda. Terminamos exhaustos. A la mañana siguiente desayunamos juntos y pasamos horas hablando sobre cómo cambiar el mundo. Aún cuándo solíamos discutir mucho por la manera tan diferente en que entendíamos las cosas, cierto brillo en sus ojos daba cuenta de que ella también sentía algo por mí. Quizá no fuera amor, (todavía seguía pensando en el periodista francés) pero ambos sentíamos una extraña necesidad de seguirnos viendo y pasar el tiempo juntos para ahuyentar la soledad o simplemente compartir los pequeños gustos de la vida con alguien más. Todo parecía marchar bien. Era uno de esos extraños momentos en la vida en que todo pareciera tener sentido, como si todas las cosas que poblaban el mundo convivieran de manera armónica. Pero los sueños que me despertaban por las noches continuaban. Casi como una advertencia de que aquel efímero amor estuviera condenado a extinguirse demasiado pronto.

A los pocos días comenzaron a sucederme varias cosas. Una mañana, tras uno de esos sueños que nunca pude recordar, desperté y un gato negro me miraba fijamente con sus grandes ojos verdes, montado sobre mi cama, a unos pocos centímetros de mi rostro. Pegué un brinco del susto y el gato salió corriendo por la ventana que permaneció abierta toda la noche. Todo ese día fui perseguido por la muerte. Tras el incidente con el gato, me arreglé para ir a la Facultad de Letras y Humanidades para dar la clase de cada lunes a mis alumnos de la licenciatura en letras hispanas. Tenía previsto dedicar la sesión de ese día a la poesía de Baudelaire. En mi camino de todos los días, el metro iba un poco más lleno de lo habitual. Yo iba parado sobre el pasillo cuando una señora de edad avanzada que viajaba sentada a pocos metros de mí, comenzó a respirar con dificultad y a toser de manera escandalosa. Algunas personas que se encontraban a su alrededor intentaron ayudarla. “¡Qué tiene señora!”, gritaba una mujer que daba palmadas a la anciana sin saber qué hacer para socorrerla. La señora se tiró sobre el piso y a los pocos segundos dejó de hacer ruido. Estaba muerta. Aquello provocó una gran conmoción al interior del vagón. Un pasajero jaló la palanca de emergencia y el tren se detuvo en la próxima estación. Cuando llegaron los policías ya era demasiado tarde. Parecía como si la señora se hubiera ahogado con algo. Pasaron varios minutos antes de que pudiera salir del vagón, impactado por aquel extraño suceso. Llegué retrasado a la Facultad. Al subir las escaleras de la explanada, noté un número inusual de gente parada en círculo, como observando algo. Cuando me acerqué, noté que en medio había un cuerpo tendido sobre el suelo cubierto por una sábana. Un estudiante había muerto de manera súbita, en medio de la explanada central, tras haber experimentado breves convulsiones. No lo podía creer. Me había tocado presenciar dos muertes en cuestión de minutos. El retraso y la impresión que aquel acontecimiento causó en mis alumnos hizo que la clase se suspendiera. Todavía desconcertado por tan extraño día, decidí cambiar la ruta y viajar en autobús. De regreso a casa, el cielo se cerró y comenzó a llover. En el camino me tocó presenciar un aparatoso accidente de un motociclista que resbaló sobre el asfalto mojado y salió volando tras chocar con una camioneta. Aunque traía el casco puesto, la caída con la nuca fue fatal. El tercer deceso que me tocaba presenciar en un solo día. Me sentí acorralado por el frío suspiro de la muerte. Aterrado, corrí a casa en medio del diluvio hasta llegar a mi casa. Tuvieron que pasar varias horas para que el miedo se disipara un poco. Las manos me temblaban. Estaba ansioso. Me tomé un vaso con whisky y saqué de la mochila la antología con poemas de Baudelaire, con la esperanza de que la lectura me ayudara a recobrar la calma. “¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce”, decían algunos versos del poeta francés en su poema El leteo. Así me sentía yo, cansado de todo, con ganas de dormir la eternidad. Fue entonces que miré por la ventana de mi habitación. Ahí estaba otra vez. Ahí estaba el gato negro, observándome en silencio al otro lado del vidrio, con sus penetrantes ojos verdes. Esta vez no se trataba de un sueño.

***

A veces me da un ligero mareo acompañado de esa sensación de que todo se mueve, como si todos los problemas de la vida fueran una gigantesca y nauseabunda masa de agua que nos lleva de arriba a abajo y hace que todo a nuestro alrededor dé vueltas. Así me sentí el día que tuve que ir a declarar al juzgado por la denuncia que presenté por robo a casa habitación. Un domingo por la tarde llegué a mi departamento y no había nada. Vaciaron la casa. Los ladrones forzaron la cerradura y se llevaron todo cuanto pudieron: aparatos electrónicos, la computadora con todos mis archivos, el poco dinero que había podido ahorrar, incluso algunos libros. Tras varios meses de infructuosa investigación, comparecencias inútiles y mucho papeleo, el agente del ministerio público encargado de llevar el caso decidió mandar el expediente a reserva, al no encontrar más elementos para dar con los tipos que me habían dejado en la ruina, aquellos que en una sola tarde se habían llevado todas las cosas que había logrado reunir con mucho esfuerzo a lo largo de una vida. “No es que cerremos el caso. Simplemente lo mandaremos a la reserva hasta que tengamos alguna nueva pista”, me comentó la empleada de la fiscalía encargada del trámite. Una gorda con el maquillaje abultado que escribía mi declaración con faltas de ortografía y términos legales que hacían imposible reconocer mi voz en aquel masacote de palabras con las que mostraba mi conformidad de guardar el expediente en un archivero condenado al olvido, entre los muchos crímenes sin resolver que existen en este país devorado por la impunidad. A estas alturas me daba igual. Prefería finiquitar aquello en lugar de seguir dando vueltas inútiles a la procuraduría para responder preguntas que nunca serían respondidas. Las cámaras de vigilancia ubicadas en la esquina de mi casa no captaron nada, según constaba en el voluminoso expediente. “Es mejor así, para que descanse un poco de lo sucedido”, me dijo el abogado que me fue asignado como asesor jurídico. Un tal Obdulio No-sé-qué, un cincuentón que trataba de disfrazar su calvicie con largos cabellos negros que le brotaban del costado y se peinaba de lado, cubriendo el área baldía de la cabeza. Un tipo de rostro cansado, tranquilo, quien portaba un traje café que le quedaba grande, cosa que no parecía tener la menor importancia para él, tan placenteramente habituado a la asfixiante rutina. “¿Soltero o felizmente casado?”, preguntó la agente del ministerio público mientras tecleaba datos absurdos en la comparecencia de mi supuesto abogado, quien ni siquiera echó un ojo al expediente del robo. “Después de 20 años de matrimonio viene dando lo mismo”, respondió el licenciado Obdulio Algo en tono de broma. El aire lúgubre del juzgado, aunado al sofocante calor del lugar, comenzaba a provocarme un ligero dolor de cabeza. Firmé los papeles y me retiré con la certeza de que nunca atraparían a los ladrones que habrían de disfrutar impunemente el fruto de mi trabajo de muchos años.

El resto del día transcurrió con normalidad. Regresé exhausto de la oficina. Tomé una cerveza, escuché un poco de música y caí rendido sobre la cama. El sabor de la sal me despertó. Soñé que tragaba agua de mar. La sensación del agua salada atorada en el fondo de la garganta me sacó del letargo. Me quedé quieto durante un par de minutos en la delgada frontera del sueño, mientras trataba de entender qué había pasado. Me volví a dormir sin mucho problema. A la mañana siguiente desperté con la almohada bañada en sangre. La enorme mancha carmesí me produjo un pequeño sobresalto. Me levanté de la cama y corrí al baño en busca de un espejo. Tenía la boca llena de sangre. Al parecer, me había mordido el labio con tal fuerza que me empezó a brotar sangre, misma que había tragado durante la noche pensando que se trataba de las salinas aguas del mar. Quité las sábanas ensangrentadas y las metí a la lavadora. Eché dos tapas de jabón líquido y me quedé un rato observando la manera en que el agua iba llenando lentamente el interior del contenedor. Me acordé de Claudia. La extrañaba mucho, aunque ya no tuviera sentido seguirla evocando. La última vez que nos vimos todo salió mal. Sólo que en esta última ocasión fue diferente a otras veces. La tensión emocional de otras veces se había convertido en llana indiferencia. Noté su fastidio en el tono de sus labios, sus manos frías, sus palabras cortas. Se había enojado conmigo porque no supe leer el mapa y nos perdimos antes de llegar a un pequeño bosque ubicado a las afueras de la ciudad. Había pensado pasar el día con ella, siendo que por aquellos días ella era lo único que me hacía olvidarme de todos los problemas. Tenía la necesidad de salir al campo para respirar aire limpio y pasar un día tranquilo. Pero desde la noche anterior en que le marqué para ponernos de acuerdo, noté que algo andaba mal, no tanto por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Su tono molesto se reprodujo al día siguiente. Lo del mapa era solo un pretexto para manifestar su descontento. Desde entonces no la he vuelto a ver. Supongo que fue lo mejor. Demasiadas complicaciones al mismo tiempo. Apenas podía con mis muchos problemas para estar triste todo el día a causa de un amor no correspondido. En eso estaba cuando alguien tocó la puerta del departamento. Abrí la puerta. Ahí estaba otra vez. Era el gato negro de ojos verdes.

“Lo importante está en el alma”, me dijo el gato antes de dar media vuelta y marcharse por las escaleras del edificio.

No supe qué hacer. Pensé que me había vuelto loco. ¿Qué carajos significaba aquello? La última vez que el gato se me apareció, me tocó presenciar tres muertes en el mismo día. Por protección, decidí no salir de casa. Nada ocurrió ese día, salvo que estuve inquieto en mi apartamento que lucía vacío con lo poco que todavía quedaba luego del robo. “Lo importante está en el alma”, repetía el gato con su voz grave, como un eco que resonaba una y otra vez dentro de mi cabeza. ¿Qué quería decir? Durante un buen tiempo me quedé pensando en lo extraño que se había vuelto todo en las últimas semanas. La única conclusión a la que pude llegar es que me había vuelto loco. Necesitaba contárselo a alguien. Pero el terror de salir de casa me lo impidió. Estaba exhausto. Al cabo de unas horas me quedé dormido. Inmerso en el sueño, platiqué con un hombre de gabán oscuro y sombrero.

—¿Quién eres tú?— le pregunté sin saber qué esperar.

—Eso no es importa. Lo importante está en el alma— dijo repitiendo la frase que ya me había dicho el gato.

—¿Es esto un sueño?— pregunté de nuevo.

—No podría decírtelo. De la realidad al sueño existe solo un pequeño paso. No me corresponde a mí decirte si esto es real o no. Es tu decisión— dijo en tono solemne.

Ante la falta de respuestas, abandoné la habitación. De pronto me encontraba yo dentro de una camioneta. Al frente iba mi padre conduciendo junto a mi madre. En la parte posterior viajaba yo junto a mis dos hermanas. Cuando el vehículo estaba por detenerse frente a un semáforo, advertí que un hombre con pistola se acercaba hacia nosotros. “¡Acelera, acelera, trae pistola!”, le grité a mi padre, quien sin darle muchas vueltas se pasó la luz roja esquivando con dificultad algunos coches. Pasamos también un par de retenes policiales cuando noté que empezaron a disparar a la camioneta en que viajábamos. No pasó mucho tiempo para sentir el fulminante rugido de la metralla sobre la nuca. Apenas pude percibir un ligero cosquilleo antes de sentir cómo entraban y salían las balas de mi cuerpo, regándolo todo de sangre caliente. La imagen se congeló. Nos habían masacrado a todos. Desperté exaltado para escapar de aquella pesadilla en la que experimenté la angustia de la muerte de una manera tan vívida que durante algunos segundos me hizo cuestionarme si en realidad habría muerto durante la balacera o no. Aquello no fue real, pero la angustia que fue real, tan real como para dudar si estaba muerto o no. Y entonces recordé las palabras del hombre de gabán oscuro. Comprendí que no existen fronteras entre el sueño y realidad. Todo se reduce al problema de la elección. Cada quien decide lo que es sueño y es realidad, pues la realidad está hecha de sueños y los sueños de aquellas experiencias que vivimos despiertos, dentro de la realidad. Recordé entonces el miedo que sentí al ver el calamar retorciéndose entre las paredes de mi apartamento, el momento preciso en que habían comenzado a suceder cosas raras, la sensación de asfixia, los problemas con Claudia, el robo, los encuentros con el gato negro que se me aparecía siempre como un extraño presagio de la muerte. Entendí que todo aquello había sido un invento mío. Aquellos extraños sueños se alimentaban de mi realidad y mi realidad se alimentaba de mis sueños. Dimensiones paralelas que formaban parte de la misma película. Y entonces pensé que quizá existiera una salida de aquel interminable ciclo de repeticiones en el que había quedado atrapado. “Es tu decisión”, según me dijo el hombre del gabán. Imaginé que podía cambiar la realidad desde el sueño. Me propuse soñar en otro tono, como si aquel estado emocional que uno experimenta justo antes de dormir fuera la clave para cambiar el curso de los sueños, el curso de la vida.

Salí de la casa para comer algo. El miedo se había ido. No había nada a qué temer. “Lo importante está en el alma”, me dijo el gato. Tenía razón. La crudeza del mundo empezaba a florecer. Esa noche soñé que veía un rosado atardecer desde las faldas de un volcán, al lado de Claudia. Y los árboles cantaban canciones en su lengua secreta y el agua del río refrescaba este corazón caliente que trabajaba a marchas forzadas, como una máquina a punto de estallar, y comíamos frutos dulces mientras nos devorábamos a besos. Me sentí tranquilo, como si nada en el mundo pudiera hacerme daño. Un sueño afable, como hacía mucho tiempo no tenía. Un sueño en el que me hubiera gustado vivir toda la vida. Y de pronto todo se hizo más fácil. Las nubes grises se habían ido para que finalmente pudiera respirar la claridad del cielo, la transparencia del aire. Me sentía más ligero, como si todo lo malo que hubiera experimentado se hubiera quedado atrás. Al poco tiempo, todo comenzó a mejorar. Nunca regresé con Claudia, pero poco importó. Entendí al fin que el sueño no es sino una forma de sentir la vida, pues la vida está hecha de sueños y soñar es vivir.

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La torre y el laberinto

La torre y el laberinto

Cuentan que, antes de morir, el viejo Tanus escondió el secreto de la vida eterna en lo alto de una torre cuyo interior albergaba un laberinto. Era lo menos que podía hacer para mantener a salvo el secreto legado por los antiguos maestros y de paso, consumar su anhelada venganza contra el tirano rey que le arrancó los ojos con un hierro caliente.

Nadie sabe con certeza de dónde provino aquel extraño viejo. Se dice que llegó de un pueblo lejano al este de Moravia, un lugar perdido en las montañas del que nadie había escuchado jamás y cuyo nombre ya nadie recuerda. Una tarde se presentó ante la corte el rey Ullrich para ofrecer sus servicios como consejero, a cambio de que el monarca financiara la construcción de un enorme reloj capaz de medir ciclos cósmicos y anunciar el comienzo de la nueva era que estaba aún por nacer. Maravillado con la idea, Ullrich accedió a la propuesta del viejo, convencido de que aquella fascinante máquina extendería por el mundo la fama del reino de Chequia y despertaría la envidia de sus enemigos. Los años posteriores a la llegada de Tanus, el pueblo vivió una época de prosperidad. Las cosechas eran abundantes y la relativa calma que se respiraba en la aldea propició el florecimiento de las artes. Por consejo de Tanus, el rey emprendió grandes obras de ingeniería para garantizar el abastecimiento de agua y fortalecer las defensas del reino. En aquel entonces, nadie hubiera imaginado que la dicha sería tan efímera. La paz del reino permitió a Tanus trabajar con esmero y sigilo en la construcción del reloj. Ensamblar cada pieza de la formidable máquina requería varios meses de meticuloso esfuerzo y planeación. Había que medir la posición de los astros y hacer elaborados cálculos antes de forjar artesanalmente cada engranaje de la compleja maquinaria, para luego ponerla a prueba, corregir errores y repetir todo el proceso, el cual se llevaba a cabo con la ayuda de Patricio, un muchacho pobre del pueblo a quien Tanus adoptó como aprendiz. Largos años tuvieron que pasar antes de que la magnífica obra estuviera lista, pese a la impaciencia del rey, quien a menudo cuestionaba la lentitud de Tanus en el desarrollo del proyecto. Una noche de invierno, fechada por los historiadores en el 21 de diciembre del año 1415, el reloj quedó terminado. Todo el pueblo se reunió afuera de la torre para presenciar por vez primera aquel milagro de la ciencia. Las manecillas del reloj iniciaron su interminable recorrido justo al entrar la media noche, con la llegada del equinoccio de invierno. El asombro de los pueblerinos se convirtió en noches de júbilo y verbena. Todos en el pueblo hablaban de las maravillas de aquel prodigio de la inventiva humana, concedida a Tanus por la gracia de los dioses. Además de la hora, el reloj era capaz de medir los meses del año, los ciclos lunares y hasta el movimiento del sol en su milenario y rítmico vaivén por la bóveda celeste. El rey quedó tan fascinado y orgulloso con el resultado, que a las pocas semanas ya había ordenado a un grupo de juglares y emisarios del reino difundir la noticia dentro y fuera de las fronteras de Chequia. Aquello fue suficiente para revivir rencillas y alimentar viejos rencores en los reinos vecinos. La disputa por los territorios de Dujanska y Hummené, sumada a las fuertes heladas que trajo consigo la hambruna, reactivaron las tensiones políticas que conducirían a la guerra. El rey Ullrich asestaría el primer golpe al invadir el reino de Brezno con más de veinte mil hombres. A pesar de la feroz resistencia, los enemigos de Ullrich fueron cayendo uno por uno. Trece años más tarde, tras la conquista de la ciudad de Mijavya pondría fin a la guerra. Ullrich se convirtió en amo y señor de una extensa porción de tierra que sus ancestros ni siquiera se hubieran atrevido a soñar. A medida que el poder de Ullrich aumentaba, también lo hacía su yugo contra los pueblos vecinos. Su famosa crueldad pronto le valió ser conocido como Ullrich ‘El sanguinario‘. El rey era capaz de arrasar con pueblos enteros, asesinando mujeres, niños y ancianos indefensos, solo para sembrar un profundo temor en el corazón de sus adversarios. Los métodos utilizados por Ullrich lo fueron distanciando de Tanus, quien pasaba largas noches en vela al interior de la torre, preparándose para abandonar Chequia a la menor oportunidad. Los planes del viejo llegaron a oídos del rey. Temeroso de que los secretos del reloj, símbolo de su grandeza, pudieran ser utilizados para reproducir semejante prodigio de la ciencia fuera de sus dominios, Ullrich mandó llamar al mago. El tirano le reprochó al viejo una supuesta falta de gratitud, al mismo tiempo que Tanus condenaba la actuación del monarca, alegando que el rey había sido corrompido por su insaciable ambición de poder. Tras una breve y fuerte discusión, Ullrich ordenó a los guardias arrancarle los ojos a Tanus, con el fin de imposibilitarlo para construir otro maravilloso artificio que pudiera eclipsar o siquiera cuestionar el poderío y la grandeza de Ullrich. Uno de los guardias tomó un hierro caliente para cumplir con la orden. El mago maldijo al rey antes de quedar ciego, jurando vengarse del tirano antes de ser echado del castillo. Con ayuda de su discípulo, Tanus ascendió a lo alto de la torre, dio algunas instrucciones a Patricio para luego salir por la cornisa, recitar a todo pulmón una frase pronunciada en una lengua antigua y arrojarse desde el último piso para morir justo frente al reloj que tantos años le tomó construir. “Tyranni morietur in carcere corpore suo”, fueron las palabras que pronunció Tanus justo antes de morir, las cuales podrían traducirse como “el tirano morirá en la prisión de su cuerpo”. Las palabras del mago fueron interpretadas por algunos como una maldición contra el rey, versión que se difundió entre los aldeanos hasta convertirse en verdad incuestionable dentro del imaginario popular. El cadáver de Tanus fue recogido y quemado en la plaza pública por órdenes de Ullrich, quien utilizó la tragedia del mago para reafirmar su tiranía ante los ojos de la muchedumbre. El deceso de Tanus causó un gran impacto en el pueblo, lo cual contribuyó a hacer más evidente el descontento contra el rey y su recurrente aumento de impuestos, mismos que servían para financiar las constantes guerras con las que había logrado someter a sus detractores, quienes pagaban cualquier expresión de inconformidad con su cabeza, la hoguera o la horca. A pesar de las muchas batallas ganadas, una espesa sombra se asentó en el reino de Chequia. La peste y las heladas de los años siguientes agudizó la agonía del pueblo y la tiranía del rey. Los aldeanos comentaban que los malos tiempos comenzaron justo con la muerte de Tanus, de la cual culpaban al monarca y su insaciable ambición. Agobiado por los muchos problemas que aquejaban al reino y las continuas disputas al interior de la corte, la salud de Ullrich se deterioró de manera notable en poco tiempo. Se veía pálido y ojeroso, demacrado, como si fuera un simple cuerpo sin alma, un cadáver movido por la podrida inercia del poder. Los insoportables dolores y los continuos vómitos hicieron que el rey se fuera consumiendo lentamente, como una hedionda vela, con lo cual optó por recluirse dentro de su castillo, refugiándose en su propia amargura, una forma de justificarse y evadir los muchos problemas que debía afrontar para mantener a flote el reino. Al mismo tiempo, la angustia de no haber dejado descendencia lo iba devorando por dentro. Los dos hijos que Ullrich tuvo con la reina Constanza murieron a los pocos días de nacidos tras sufrir enfermedades extrañas. Agobiada por tales sucesos, una noche, la reina tomó un potente veneno para quitarse la vida, lo cual hizo que el carácter de Ullrich se volviera aún más umbrío.

Pasaron muchos años de desgracias e infortunios hasta que una mañana, apareció Patricio ante las puertas del castillo para solicitar una audiencia con el rey. “Dígale que le traigo un mensaje de Tanus”, dijo el muchacho a uno de los guardias que custodiaban la entrada principal del castillo. La visita tomó por sorpresa al monarca. ¿Un mensaje de Tanus? ¿Cómo era eso posible si estaba muerto? Él mismo había visto arder su cadáver en la plaza central desde lo alto del castillo. Intrigado por aquella extraña noticia, Ullrich ordenó que dejaran pasar al muchacho. Una vez frente al rey, Patricio entregó una carta dentro de un sobre, firmada con sangre por el mismo Tanus. La carta decía así: “Pasarán los años Ullrich, los campos se secarán, morirán de hambre los niños y la desgracia del pueblo será también tu desgracia. La tiranía y la sed de sangre tienen un precio, mismo que pagarás con tu vida. Si estás leyendo esto ahora significa que llevas años pudriéndote en la miseria que tú mismo has provocado. Pero nada es para siempre, ni siquiera la muerte. Por eso he escondido el secreto de la vida eterna en lo alto de la torre, la cura contra todos tus dolores, algo que tú y sólo tú serás capaz de descifrar. ¡Tómalo si te atreves, oh maldito rey, marcado por el sino imborrable de la podredumbre humana!”. La advertencia de Tanus encerraba una especie de reto y una amenaza. Colérico, Ullrich rompió la carta y mandó encerrar a Patricio. Tuvieron que pasar algunas semanas para que, ante una nueva racha de dolores insoportables, Ullrich encomendara a un grupo de hombres encontrar el supuesto remedio para su malestar, escondido en lo alto de la torre. Los hombres regresaron sin éxito, alegando que en el cuarto ubicado en el último piso de la torre sólo había una serie de imágenes e inscripciones pintadas sobre la pared. Ullrich pidió a sus súbditos que le describieran a detalle cada palabra, cada imagen pintada con esmero en lo que alguna vez fue el laboratorio del mago. Los guardias explicaron al rey que las imágenes parecían contar alguna historia demoniaca, pues entre otras muchas figuras, aparecía una hombre desnudo con cuernos gigantes sosteniendo un cráneo con una flor en su interior. “Lo más extraño es que aquel hombre retratado en la pared tenía un enorme parecido con vuestra majestad”, según confesó con cierto temor y vergüenza el capitán de la guardia real. Aquella imagen, además, estaba decorada con escenas de viejos cuentos populares, donde la aparición de gente riendo o llorando solían mezclarse con toda clase de personajes fantásticos que parecían relatar una historia. Intrigado con semejante descripción, Ullrich desestimó las amenazas del mago y pidió que lo llevaran a lo alto de la torre. Debido a su maltrecho estado de salud, aquello representó todo una odisea. El rey fue cargado por su servidumbre hasta la entrada de la torre, cuyo descuidado reloj marcaba las coordenadas cósmicas de aquel nublado 21 de junio de 1432. Como las escaleras eran demasiado estrechas, Ullrich tuvo que subir por sí mismo hasta lo alto de la torre, ayudado por sus sirvientes. Tras tomarse varios minutos de descanso y experimentar insoportables dolores que le hacían palidecer como si se tratara de un espectro, Ullrich finalmente subió el último peldaño que lo conduciría al secreto de la vida eterna. Al entrar a la habitación, el rey pudo percibir la presencia de Tanus. Era como si aquel cuarto estuviera impregnado con la esencia del mago, quizá por aquel olor a incienso que solía identificar con el mago o por alguna otra misteriosa razón. Luego de mirar el imponente mural que decoraba el recinto, Ullrich se sintió sorprendido por el detalle de las imágenes. Lo observó con cautela y un agudo sentido analítico, casi como si se tratara de un mapa de guerra. La historia relatada en la pintura parecía relatar lo que había sido la historia del reino de Chequia tras la muerte de Tanus, como si el mago supiera de antemano lo que sucedería luego de su muerte. La mirada de Ullrich se detuvo en el centro del muro, donde aparecía su retrato con grandes cuernos, sentado sobre su trono, sosteniendo con su mano derecha un cráneo del cual brotaba un tulipán amarillo y su mano izquierda señalaba sutilmente a un perro doberman, erguido, en cuyo hocico parecía tener restos del cuerpo de dos niños recién nacidos que yacían sobre el piso. De inmediato Ullrich relacionó dicha imagen con la muerte de sus hijos. A un costado del perro, una mujer cuyo rostro permanecía oculto entre sus cabellos rojizos se derramaba una copa con un líquido rojo que lo mismo podía ser vino o sangre. También aparecía un retrato de Tanus, sin ojos y sonriente, sosteniendo un pergamino que decía la misma frase que recitó antes de morir, la misma frase con la que había maldecido al rey: Tyranni morietur in carcere corpore suo. La anhelada venganza del mago había sido finalmente consumada. El monarca comenzó a temblar de rabia al mismo tiempo que sintió un ardor que le recorría todo el cuerpo. Escupió sobre la imagen y arrojó un mazo de hierro sobre la pared de piedra, misma que, para sorpresa de todos, hizo un agujero sobre la misma. La falsa pared de piedra conducía a un estrecho y lúgubre pasillo que conectaba con una puerta de madera custodiada por un gran candado. A la entrada podía leerse otra inscripción escrita en latín: “Risum, occulto elixir vitae”, algo que podría interpretarse como “reír, el secreto elixir de la vida”. Ullrich, quien tomó aquello como una burla, dio la orden de forzar la puerta. Pasaron algunos minutos hasta que los guardias lograron su cometido. Ullrich, acompañado por un pequeño grupo de no más de cinco personas, ingresó con sigilo a la cámara secreta, en donde habían otras cinco puertas. Abrieron una por una hasta descubrir que cada puerta conectaba a una habitación con otras cinco puertas que a su vez conectaba con otras cinco puertas y así sucesivamente hasta el infinito. Ullrich había caído en la trampa. Sin saberlo, había sido conducido por el mago hasta un secreto laberinto que se ocultaba en lo alto de la torre. Cuando finalmente el rey se dio cuenta de ello, quiso regresar por donde había venido, pero para ese entonces, era ya demasiado tarde. Nunca más se volvió a saber nada de Ullrich, quien fue devorado por el laberinto. Los guardias que permanecieron al pie de la falsa pared de piedra en espera de su rey pasaron muchas noches esperando el regreso del tirano. Algunos grupos salieron en la búsqueda del cruel gobernante, pero fue inútil. Ullrich había desaparecido sin dejar rastro. Conforme pasaban los días, la ausencia del tirano se hizo cada vez más evidente al interior del reino. Al no dejar descendientes, las disputas por el trono entre los miembros de la corte hicieron aún más profunda la crisis interna que ya de por sí enfrentaba el reino de Chequia. Los pueblos sometidos aprovecharon la coyuntura para rebelarse contra sus opresores y reducir a cenizas lo que alguna vez fue un enorme imperio. Lo único que sobrevivió de aquellos tiempos fue la torre del reloj, cuyas manecillas permanecieron inmóviles durante varias décadas, casi como si aquello fuera una alegoría del tiempo perdido entre tanta sangre inútil. Un día de invierno, el reloj comenzó a funcionar con normalidad hasta el día de hoy. Si uno visita el lugar para contemplar aquel misterioso prodigio de la inventiva humana, la gente dice que Ullrich sigue vagando en lo alto de la torre, atrapado en el laberinto de su ambición, tratando de encontrar la salida al insoportable dolor de su miserable existencia.

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Cartografía del sueño

Hace poco más de un año, en 2014, me di a la tarea de realizar un peculiar experimento, el cual consistió en escribir todo lo que soñé durante varias noches. Buena parte del texto lo escribí en un estado adormilado, casi de manera automática, no sin mucho esfuerzo. El resultado, además de simpático, me permitió confirmar algo que ya intuía. El inconsciente no habla en el idioma de la razón, sino el de los símbolos que se expresan en el territorio de la fantasía. Los sueños no tienen lógica. Se parecen más a un viaje con drogas alucinógenas que a un cuento bien estructurado. Los nombres ahí vertidos suelen ser familiares y amigos, además de algunos personajes de la farándula, esos seres capaces de poblar los sueños de ficciones y otras realidades. La imaginación es fecunda bajo el hechizo de la noche y su inagotable misterio.


19 de septiembre
Natalie Portman, convertida en pornstar, se da cuenta que en realidad es una princesa de un planeta remoto perseguida dentro de una ópera espacial. Reminiscencias de su interpretación de Padme Amidala en Star Wars, supongo. Por supuesto, yo me acomido a ayudarla a escapar. En eso transcurre el sueño, en una serie de escapes imposibles donde la imagen del agujero de una escotilla con una escalera en un ambiente tipo Naboo, se vuelve recurrente. Lástima que la intervención de Natalie Portman como estrella del cine de adultos duró demasiado poco en mi sueño.

20 de septiembre
Estoy en clase. La lectura que dejaron parece algo complicada. Yo, como siempre, apenas terminé de leer. El mobiliario no corresponde al de una universidad. Me doy cuenta que estoy en un salón de maternal, juntó a amigos que conocí en segundo de Kinder. Todos somos adultos. A mi lado se encuentra el Ñors. Insiste en que le pase la tarea. Como hay que comentar la lectura (algún texto teórico sobre Schutz, probablemente), le paso algunas ideas centrales pa que entre a la discusión. Intenta quitarme los apuntes y le pongo un ‘estate quieto’. Luego me pongo a dibujar. Les muestro mis dibujos a Mónica y Marisol que se encuentran al final de la mesa. Los contenidos cambian pero la esencia de la escuela es siempre la misma. El Kinder y el Posgrado son más parecidos de lo que pensaba.

21 de septiembre
Tras un evento periodístico en algún balcón de Palacio Nacional, me quedé sentado en la misma mesa con Enrique Peña Nieto y el secretario de gobernación Miguel Ángel Osorio Chong. Comenzaron a discutir temas de la agenda política. Estaban preparando un foro académico a modo sobre temas políticos, donde participaría el presidente para impulsar la próxima reforma. Yo no pude quedarme callado y empecé a cuestionar las acciones del actual gobierno. Chong se retiró y sólo nos quedamos Peña y yo conversando. Yo trataba de descubrir al ser humano detrás de la embestidura presidencial. La charla se volvió amena, sin tanta pose, más suelta. En una pantalla se desplegaban mis comentarios de Facebook en contra del gobierno. Mientras trataba de ocultar ese hecho para no arruinar mi entrevista casual con Peña, me di cuenta que Osorio Chong estaba rastreando mis datos personales y mi ubicación mientras un proyector desplegaba mis críticas al gobierno en redes sociales. Peña incluso bromeaba citando un par de autores. No resultaba tan pendejo como yo pensaba. El copetudo presidente reconocía sentirse alejado de la gente. Incluso quería organizar un concierto en el Zócalo con Timbiriche para mostrar su lado más humano, pero tenía miedo de que el Peje y su banda pudieran arrojarle algo durante el evento. Al final de la charla, le pregunté por qué los mexicanos no conocían a este Peña más suelto con el que acababa de conversar, y ante las cámaras solo aparecía el político tieso, acartonado y presionado por la clase política de la cual forma parte. Me miró un instante sin dar una respuesta clara y se marchó a una reunión privada. La escena terminó ahí. Lo siguiente que recuerdo es que Peña estaba en un mitin pequeño en el Zócalo con gente protestando, principalmente ancianos de origen humilde. Yo estaba en medio del cordón policial, apoyando a la gente que protestaba. Mi madre estaba ahí presente, interrumpiendo mi labor con asuntos que no venían al caso en ese preciso momento. Terminó rápido el mitin. Los manifestantes y los aplaudidores del gobierno se diluyeron rápidamente. Tomé mi mochila, que había dejado en una de las esquinas del templete y me fui a comer con mi mamá y mi tía en un callejón del Centro Histórico, el cual se asemejaba más a un centro comercial, posiblemente Plaza Carso.

23 de septiembre
Hay una kermesse. Un amigo a quien ignoro, pone un puesto de papas fritas. las papas llegan por una linea de produccion y una banda hasta el suelo donde se desparraman al mismo tiempo que los estudiantes intentan prender cohetes. Lo logran. Lo de las papas con cohetes crea un conflicto que no entiendo bien a bien. Todo es confuso. En una mesa para el desayuno, presumo a mi familia mi planta carnívora. Se proyectan animaciones en 3D sobre personajes ficticios. En algún momento del sueño, juego un partido de basquetbol con mi madre, quien me regaña por gastar tanto dibero en un balón de baloncesto de dudosa calidad. Vamos con mi tía Marce en un tren. El tren se detiene. Algunos estudiantes lo paran. Abrimos la compuerta de atrás preocupados. Le han disparado a Pily. Mi furia está a tope. Logro sacar un arma y apuntarles a los asesinos, pero no les disparo. Se burlan. Me decido a matarlos. Despierto. Ya antes he soñado la última parte del sueño pero con otros personajes.

25 de septiembre
Hay un evento donde se requiere conectar un equipo de sonido. Yo intento conectar mi micrófono en el canal 8 de la consola, pero está lleno. Tengo que salir del salón, donde hay un mercado. Busco en uno de los puestos a un tipo gordo y fornido con una consola para poder conectarme. Por alguna razón que no entendí del todo bien, no me es posible conectar el micrófono a la consola. Esporádicamente aparece Ibarra con el Mike. Ahí está también el Chicharito ligando con una chica al estilo tradicional, como buen romance de pueblo. Lo saludo discretamente. Luego aparece el Pikolín, con el cuerpo todo herido, dando vueltas de carro, como sí estuviera realizando una especie de manda, un ritual.
Abandono el lugar para ir a una peda con la banda Arboledas en un bar cubano ubicado en una esquina. Ahí esta el Lupe y el Subtomandante. Sólo fuimos ahí para el precopeo pero todo mundo acabó hasta el pito. El baño se abarrota de gente para cambiarse de ropa. A falta de mingitorio, orino sobre una canaleta casi a la altura de un lavabo específicamente diseñado para eso. El Pérez se atraviesa en el trayecto de mis meados, pero muy a su estilo siempre calmo, pareciera no importarle. Luego nos preparamos para irnos a Cuernavaca. Preparo una maleta y vacío otras dos mientras el Ramirito discute con doña Ishmish. De repente estoy en el auto de mi ahijá. Crítico sarcásticamente la limpieza cristalina de su parabrisas. Fin del sueño.

26 de septiembre
Mi tía tiene un León encerrado dentro de una casa. La leona crece a proporciones descomunales y tiene una cría, la cual es cuidada por mi otro yo (una especie de clon). Mi mamá retira al cachorro de la leona, la cual aparece amarrada a una reja no mayor a un metro de altura. Me siento mal por la situación y decido devolverle el cachorro a su madre, lo cual ocasiona la molestia de mi mamá y mi tía.
Luego aparezco en una casa grande parecida a la del Ramiro. Es como un bungalo ubicado en el último de los seis pisos. Intento mantener el orden pero el gordo que sale en la película de Superbad me persigue por toda la casa junto a otro tipo flaco para hacerme cosquillas. Me molesta su actitud pero no puedo hacer mucho. El gordo va dejando un rastro de caos por donde pasa, desordenándolo todo. Llega la hora de comer. Lo sé porque la prima de uno de los cuatro que estamos ahí, que no alcanzo a distinguir bien, irrumpe en el desorden. La chica es guapa, pero esta obsesionada con un músico japonés, tal como evidencia durante la comida. No deja de hablar de él. Una viejita con demencia senil desata improperios contra una señora de tez blanca y ascendencia indígena. A mí me toca sentarme junto a Manola en una mesa alta. Quiere tomar cocacola pero trato de convencerla de que no es recomendable tomar mucha. Hace berrinche y las cosas se ponen difíciles.
Durante un tiempo, decido viajar sólo y conozco una familia iraquí. Es el cumpleaños de uno de los niños, pero tienen prohibido usar la bandera en cualquier fiesta, por lo que hay que quitar las banderas colgadas de un cordón que atraviesa el techo del patio. La familia decide mudarse y yo los ayudo. Ponen su casa en el remolque de una camioneta. A toda velocidad durante la carretera, aparece la leona con su cachorro. Advierto al papá de la familia iraquí que tenga cuidado. Frena intempestivamente y la casa se sale del remolque para hacerse pedazos. Me reprochan que por salvar a la leona, se quedaron sin casa. La familia iraquí, muy enojada conmigo, se sube a la parte posterior de una camioneta cuyo chofer se ha ofrecido a darles aventón. Ellos siguen su camino y yo me quedo a orillas denla carretera sintiéndome culpable por lo sucedido.

28 septiembre
Me encuentro en un hotel, voy caminando hasta mi cuarto y hay una ventana gigante que da a un campo llanero de futbol. Prefiero ver el partido de los niños que el futbol profesional que aparece en la tele. Juegan unos morros güeros como neozelandeses contra morros mexicanos. De pronto me percato que los mexicanos son el equipo donde jugaba mi hermano. Bajo a las tribunas ubicadas en el interior del hotel para ver mejor el partido. Me encuentro unos lentes de sol en un armario y me los quedo. Osvaldo dirige al equipo de mi hermano. Es un partido fácil. Los neozelandeses acaban goleados. Voy a la tribuna junto a la familia del Edson, con quienes llegué al hotel. Llega Bere con su hermana pa ver jugar al isleño, enfundado en una camiseta del Necaxa. Me preguntan si me quedaré al otro juego, pero no puedo, tengo que ir a trabajar. Le pregunto a Osvaldo si me puedo ir con él en su Hummer convertible. En la parte posterior del Hummer va mi hermano de morro junto a Pablo y el Barush. Son niños pero hablan como adultos. Mi hermano irá al Zócalo a seguir entrenando. No me convence el plan y dudo en ir hasta allá. Quizá me convenga esperar a la familia del Edson para regresarme con ellos. Del estacionamiento sale una camioneta larga y la detengo pensando que eran ellos. Eran los neozelandeses que viajaban todos juntos en una camioneta alargada como limosina. Me disculpo por la confusión y me regreso. Le doy los lentes a Osvaldo porque son suyos y le advierto que uno de los vidrios esta cortado a la mitad. Mi hermano le explica a Pablo que no es conveniente ir al Zócalo con la mochila llena. Es mejor dejar algunas cosas. Mi hermano regaña a Osvaldo por dejar todos los artículos de limpieza de la Hummer (que son muchos) a lo largo de la cajuela (que es como de Jeep, en lugar de Hummer). No me convence la ida al Zócalo pero de ahí puedo tomar el metro.

30 de septiembre
Vamos a ir a Valles en coche mis padres y yo, junto a un señor ya viejo y otro tipo que no alcanzo a identificar, pero que resultan ser muy pesados. En casa de mi tia Paty preparamos la expedición. Voy al baño, consulto un par de libros sobre telenovelas y los señores compran víveres en la tiendita. En casa de mi tía hay un piano eléctrico que suena como bajo eléctrico. Como no cabemos en el coche, vemos todos apretados en el coche de mi tía So. Vamos por periférico de Satélite al Toreo pero esta bloqueado. Toda la lateral se ha convertido en puestos de tacos y fritangas por la construcción del segundo piso. Hay que bajarse a caminar y tomar un pesero al final del mercado de comida.
Vuelvo a dormir. Aparezco en casa del Jimmy. El Ramiro intenta subir por una escalera de mano para cambiar un foco fundido en la farola que está en la calle. Le presto un cinturón tipo arnés para que no se rompa su madre. Regreso a lavarme las manos y me doy cuenta que están todos los sobrinos Reverte cotorreando por ahí. Juego con ellos un rato y me doy cuenta que la Tamarinda se comió las piezas de un juego de mesa que mi hermano y yo jugábamos en el cuarto de Paulina. Me recuesto sobre la cama para dormir un rato. Quito de entré las sábanas dos hormigas con mandíbulas de muy buen tamaño y quito también un pequeño alacrán. Cuando tomo las cobijas para atrapen, un escorpión gigante me pica con su cola y me atraviesa la mano derecha. Como sigue vivo, lo golpeo en la cabeza contra la pared hasta matarlo. Luego me voy a lavar las manos. Mi papá discute a la distancia con mi mamá sobre la herida. Mi madre llega a escena y quiere que vayamos a ver un médico o una segunda opinión del papá de Beto que se encuentra en el cuarto de al lado. Me niego porque ya sé lo que dirá. Salgo del baño. El alacrán me ha dejado un hoyo en la mano.

2 de octubre
Practico kungfu con los personajes de Naruto. Apenas recuerdo un par de cosas, como el hecho de estar lastimado de la rodilla. Luego aparezco en Nueva York con mi hermano. Es invierno y hace frío. Llego a una casa con varios migrantes. Me explican algunas cosas del lugar y sobre algunas cosas turísticas, pero a mi lo que me importa es trabajar y conseguir algo de dinero. Un tipo parecido al Amiguito me da algunos consejos y me comenta que tratara de conseguirme trabajo en algún Subway o alto parecido. En la casa viven también las primas de la Vecina. Les comento que si las 30 personas que viven en la casa se organizan vendiendo comida o algo así, será más fácil cumplir con los gastos. Como que les gusta la idea pero no hacen mucho caso. Decido ir a la estatua de la Libertad y consigo un viaje en avioneta junto a mi tío Javier, mi tío Nico, Alan y mi hermano. El viento es muy fuerte y desestabiliza la avioneta. Todo se vuelve angustioso. La nave pierde el control y desciende a gran velocidad. Siento el vértigo de la caída. Nos estrellamos. Apenas y logramos sobrevivir, sin un rasguño. Es un milagro. Aterrizamos en una casa de asistencia para gente con problemas mentales y de la tercera edad. Luego regresamos a la casa de Nueva York. He podido conseguir algo de dinero trabajando. El dinero yace sobre el piso, junto a la puerta, y un cabrón pasa y se lo roba de manera discreta. Me doy cuenta y salgo a la puerta del edificio. Le advierto al portero del edifico que el tipo es un ladrón. Cae en evidencia porque no puede explicar quién es exactamente quien aparece en una tarjeta con el nombre de Saske Uchiha, la cual hurtó junto con el dinero. El portero le habla al equipo e seguridad del edificio y le meten una madriza al ladrón, al cual amenazan con deportar. Se ha hecho justicia. Me siento mejor.
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El hombre arborescente

Sabía que su muerte estaba próxima. Lo sentía desde hace unos días, luego de que la fatiga profunda lo tiró en cama. A sus noventa y ocho años de edad, Tomás Alvarado se veía mucho más joven de lo que realmente era. Algo que él solía atribuirle al buen humor que le caracterizaba, el mismo que logró sacarlo adelante en los momentos más apremiantes de su vida. Miró hacia atrás, escarbando en las profundidades de la memoria, recordando aquellos lejanos días de juventud donde el mundo parecía abrirse de maneras insospechadas para él. Se sintió feliz de haber logrado todo lo que se propuso en la vida. Orgulloso de sus estrepitosos fracasos, no se quedó con las ganas de intentar lo imposible, aunque le dijeran loco. Ahora que se aproximaba el fin, se sentía tranquilo. Supo que era el momento de partir y dejar todo atrás. Un último deseo impregnó su corazón. Tomás Alvarado desenterró un sueño de la infancia y lo escribió en un pedazo de papel que se encontraba sobre el buró junto a su cama. Observó con enorme gozo a una pareja de colibríes que se detuvo frente a la ventana de su recámara. Sintió que su cuerpo se hacía ligero. Esbozó una tenue sonrisa y se echó a dormir.

Tendrían que pasar algunas horas para que la hija de Tomás se percatara del repentino fallecimiento de su padre. Rebeca se limpió los ojos rojos llenos de lágrimas y miró por la ventana. Se secó los ojos hinchados de tanto llorar y marcó el teléfono para comunicarle la noticia a sus hermanos. Don Tomás fue enterrado en su rancho, como siempre había querido. Con el paso del tiempo, la vida arrojó un aguacate sobre su tumba. La lluvia se encargó de forjar el milagro. Las raíces se hundían en la tierra al tiempo que el anciano despertaba de su letargo. Tomás Alvarado cumplió así su último anhelo antes de morir, su sueño de reencarnar y convertirse en árbol.

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Los canguros no dejan dormir

Seguro fue el estrés. Anoche soñé que en el parque de la Nápoles había una especie de jardineras para que la gente armara sus huertos. También había terrenos enrejados que se compraban como si fuera un departamento y donde la gente podía hacer “al aire libre” las actividades que le dieran la gana. Era como comprar un pedazo de campo en medio de la ciudad. En una de las parcelas cercadas por rejas había una manada de ualabís abandonados. Yo, junto con otros integrantes de mi familia, nos introdujimos a la jaula de los ualabís quesque para rescatarlos. Pero después de un rato, advertí a la banda familiar sobre la necesidad de salir de la jaula, pues un enorme canguro azul, tuerto y mal encarado, con aire de pirata viejo, nos quería echar pleito. Desperté. Todo el día he traído sueño. Pinches canguros que no dejan dormir.

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Los comensales

Mientras esperaba mesa, saqué de la mochila mi libro de Paul Auster y comencé a leer. El restaurante estaba lleno. Los comensales no paraban de hablar mientras bebían sus jarras de agua de horchata, como buenos godínez. Cinco alegres oficinistas salieron del local.
—Pasen por favor— dijo un mesero a otras cinco perdonas que esperaban en la calle. —¿Quién de ustedes sigue?— preguntó de pronto, dirigiéndose hacia mí.
—Ella— dije haciendo referencia a una guapa joven que, al igual que yo, esperaba su turno para comer.
El hambre no me hizo perder la paciencia. En ocasiones miraba de reojo a la atractiva mujer. Me llamó la atención que estuviera sola. Era realmente hermosa. El sol de la tarde imprimía unos reflejos dorados en su cabello castaño que caía justo a la altura de su cuello. Tenía la nariz ligeramente redonda, lo cual parecía acentuar su encantadora sonrisa. Llevaba una falda de flores rojas hasta las rodillas y una blusa blanca, ideal para el verano. De vez en cuando sacaba el teléfono del bolso como si estuviera esperando una llamada o algún mensaje. Quizá había quedado de verse con alguien para comer. No le di mayor importancia y continué con la lectura.
—Se va a desocupar una mesa grande. ¿Les importaría compartir mesa?— preguntó el mesero.
—Por mí está bien— respondí.
La mujer asintió suavemente con la cabeza antes de entrar a la abarrotada fonda. Me gustaba comer ahí porque la comida tenía un buen sazón y el trato era amable. Lo único que detestaba era tener que hacer fila cuando los godínez de los edificios aledaños salían en estampida para abarrotar todos los locales de comida. Pero en esta ocasión no me importó en lo más mínimo. Al salir de casa nunca hubiera imaginado que terminaría comiendo con una linda mujer así, de la nada. Nos sentamos junto a la barra. El mesero dejó una jarra con una agua de jamaica artificial y dos juegos de cubiertos enrollados en sus respectivas servilletas. La miré de reojo. Ella sonrió por cortesía. Tomé la jarra de agua y la serví en dos vasos. Estaba dulcísima.
—¿Vienes seguido por aquí?— le pregunté sólo por decir algo.
—No, en realidad estoy aquí de visita y es la primera vez que vengo a este lugar. Me estoy quedando en el departamento de una amiga que vive cerca de aquí, pero trabaja a estas horas. Ella me recomendó el lugar.
Mis sospechas se habían confirmado. Su acento extranjero era inconfundible. O al menos eso creí.
—¿Española, verdad?
—Casi. Barcelonesa—, aclaró tajante, como buena catalana.
—Ya veo. ¿Y qué te parece el DF hasta ahora? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Acabo de llegar hace tres días. Hasta ahora no he visto mucho. Sólo el centro de la ciudad y algunos bares de la Condesa.
Ambos ordenamos sopa de brócoli con papas y arroz de segundo tiempo. Ella pidió ensalada de atún y yo tortitas de espinaca. Me contó que estaría sólo unos días en México. Había venido por una cuestión de trabajo pero aprovechó el viaje para tomarse algunos días libres. Era economista y trabajaba para una organización no gubernamental. Estuvo aquí por la realización de un foro sobre cómo acabar con el hambre en el mundo. Y a pesar de que parecía que llevaba una buena vida, daba la impresión de llevar un velo que la atormentaba, algo que la hacía entumecer el rostro esporádicamente para disimular la tristeza.
—Suena interesante tu trabajo. Y sin embargo pareciera que no estás disfrutando la vacación.
—¿Eso parece?— preguntó.
—Sí, al menos esa impresión me da. Disculpa por meterme en lo que no me importa.
—Es curioso que lo digas. Unas semanas antes de venir para acá corté con mi novio. Supongo que todavía se me nota, así que no te preocupes.
Intenté cambiar el curso de la plática para no hacerla sentir mal. Le pregunté por sus pasatiempos, si le gustaba leer y qué tipo de música escuchaba, ese tipo de cosas que ayudan a romper el hielo. Me contó que le apasionaba leer novelas francesas del siglo XIX y que le gustaba escuchar música electrónica. Hablamos un poco de literatura, sobre algunos autores que no conocía. Mientras hablaba y comía, su rostro triste dejaba escapar su bella sonrisa de vez en cuando. Me dió la impresión de que no le resultaba yo del todo desagradable. Pedimos el postre y seguimos conversando durante algunos minutos más antes de pedir la cuenta.
—¿Qué harás hoy?— pregunté como preámbulo de la inminente despedida.
—No sé, cuando mi amiga regrese del trabajo quizá salgamos por una cerveza.
—Conozco un lugar anecdótico para ir a bailar, estilo Méxican kitsch. Podemos ir con tu amiga, si te animas.
—Me encantaría. Deja lo comento con ella y te aviso.
Intercambiamos números de teléfono y cuentas de Facebook. Nos dimos un beso en la mejilla, caminamos un par de cuadras y cada quien tomó su propio rumbo. Camino a casa no dejaba de parecerme algo fantástico el hecho de acabar ligando a una extranjera en una fonda de comida corrida. Llegué a mi casa y me puse a leer un rato, antes de revisar el correo y vagar un par de horas en internet. Mientras perdía el tiempo en no hacer nada, no podía evitar imaginar lo que ocurriría horas más tarde, en caso de que Marta —así se llamaba— y su amiga decidieran ir a bailar salsa para aprovechar el folclórico caos de una ciudad como esta. Llegó la noche y todavía no había señales de Marta. Decidí mandarle un mensaje.
—Hola, cómo vas? Siempre sí se animan a echar el baile o qué rollo?— pregunté.
Pasaron varios minutos de incertidumbre antes de recibir una fría respuesta.
—Hola, mi amiga llegó cansada y no tiene muchas ganas de salir y yo tampoco. Muchas gracias por la invitación. 🙂
—Vale, me parece bien. Pero deberías aprovechar la vacación. Te propongo una cosa, paso por ti y vamos a echar unos tragos nada más para que regreses temprano a casa de tu amiga.
—Bueno, nos vemos en media hora?
Me pasó su dirección. Afortunadamente, la casa de su amiga no estaba tan lejos de mi casa. Al llegar al portón del edificio toqué el timbre.
—Hola, vengo con Marta.
—Un momento— respondió una voz de mujer al otro lado del interfón.
Tras unos minutos, apareció por la puerta. Se veía sonriente y bien vestida, pero sin exagerar su arreglo personal. Vagamos un rato por las calles mientras buscábamos algún bar cercano, hasta que finalmente, aterrizamos en un pub. Conforme íbamos platicando y añadiendo cervezas a la cuenta, la sentí más ligera, cómoda. Se reía con mis bromas estúpidas, luego de contarme un poco sobre el drama con su exnovio. Luego de la media noche pedimos la cuenta y regresamos a casa de su amiga, ebrios y sonrientes. Al cruzar un parque en medio de la oscuridad, la tomé de la mano e intenté besarla. Dobló ligeramente la cabeza como esquivando el golpe pero finalmente cedió. Fue un beso largo, lo suficiente para cambiar el curso de la noche. En lugar de regresar a casa de su amiga fuimos a mi departamento. Apenas cruzamos el umbral de la entrada, le besé el cuello de manera torpe y apresurada mientras nos despojábamos de las ropas. Entramos a mi habitación, se desabotonó la blusa y le quité las pantaletas. Cogimos como desesperados toda la noche hasta que finalmente nos quedamos dormidos unos minutos antes del amanecer, exhaustos, liberados de todas las ataduras. Cuando desperté, ella estaba mirándome fijamente, con los ojos húmedos y sin decir palabra alguna. Le pregunté si todo estaba bien y asintió levemente con la cabeza. “Sí, sólo me da un poco de pena no haber llegado anoche a casa de Judit”, dijo en voz baja. La besé despacio, luego de retirar algunos cabellos que le cubrían parte el rostro. Nos quedamos abrazados varios minutos antes de levantarnos. Esa noche tampoco volvió a casa de Marta. Luego de desayunar pasamos la mayor parte del día recorriendo Chapultepec, hasta que finalmente regresamos a mi departamento. Durante el día, hablamos de lo ocurrido, la manera tan extraña en que dos desconocidos que por azares del destino compartieron mesa en una fonda acabarían acostándose la misma noche. Quién lo diría. Seguro el mesero se sorprendería si supiera de sus dotes de cupido. Al llegar a mi casa, nos besamos una vez más, pero estábamos exhaustos. Nos quedamos profundamente dormidos en el sillón de la sala. A la mañana siguiente la acompañé a casa de su amiga para recoger sus maletas y acompañarla al aeropuerto. La amiga se veía a la vez molesta y sorprendida. A Marta parecía importarle poco. Se despidieron de manera fría y quedaron de mensajearse una vez que Marta llegara a Barcelona. Mientras eso ocurría, hablé por teléfono para conseguir un taxi. Camino al aeropuerto nos quedamos callados, como si no supiéramos qué decirnos. Luego de dos días de locura, la aventura llegaba a su fin. Nos tomamos de la mano, mirándonos en silencio. Documentó su equipaje en la sala de Iberia y la acompañé hasta la terminal de salidas internacionales. Nos besamos por última vez y quedamos de buscarnos para un próximo encuentro cuando yo viajara a Europa o ella regresara a México. Su encantadora sonrisa parecía borrar cualquier rastro de tristeza en su rostro.
Pasamos meses chateando por Facebook, hasta que finalmente, nos quedamos sin nada que decirnos uno al otro. Algunos años después, ella viajó a Cancún con sus amigas para su despedida de soltera. Quedamos de vernos una vez más, antes de que ella terminara casándose con su exnovio, el mismo con el que había roto antes de conocernos. Hice lo posible por viajar a Cancún pero cuando estaba a punto de comprar el boleto de avión, algo me detuvo. Ahora que lo veo en retrospectiva, creo que no me sentía con fuerzas para verla una vez más sabiendo que no pasaría de una simple aventura, como la última vez. Nunca nos volvimos a ver.
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La mente cósmica

cosmos

La luz roja anunciaba el fin de un largo trayecto. La cámara de animación suspendida detuvo el proceso. Ranjit despertó lentamente mientras su respiración y los latidos del corazón volvían a la normalidad. Presionó el interruptor dentro de la cabina para abrir la puerta. Revisó el calendario. Le parecía increíble que en solo un abrir y cerrar de ojos pudiera pasar tanto tiempo. Ranjit había pasado los últimos ocho años dormido desde la última vez que había estado consciente, esperando el momento en que las máquinas lo despertaran de su letargo para constatar los datos obtenidos en la computadora, analizarlos y enviar un corte preliminar a la Tierra. Bastarían un par de días para que la nave que transportaba a Ranjit cruzara la delgada línea imaginaria que delimitaba el Sistema Solar. Ningún hombre había llegado hasta aquí antes, y sin embargo, a Ranjit parecía no emocionarle la idea. Quizá porque había pasado la mayor parte de su vida dormido en una cámara de animación suspendida, inmerso en ese infatigable deseo humano de explorarlo todo. Nadie sabía con precisión dónde terminaría la aventura, pero eso parecía poco trascendental para un científico con anhelos de fuga. Había pasado mucho tiempo desde que Ranjit se había enlistado para una misión sin retorno a los confines del universo, una expedición suicida donde los objetivos no estaban del todo claros. ¿Qué ganaría el ser humano con abandonar por vez primera el Sistema Solar? Era la pregunta que a veces rondaba la cabeza de Ranjit, cuando pensaba que había cometido un error. De cualquier modo, procuraba no pensar en ello. No había marcha atrás, así que no tenía caso quejarse. La Tierra siempre le pareció un lugar poco agradable para vivir, luego de las medidas implementadas para controlar la población humana en el planeta, tras rebasar los 22 mil millones de habitantes. Y eso sin contar con las colonias establecidas en la Luna. La tecnología no pudo contrarrestar los efectos devastadores de la arrogancia humana. Aquello se había convertido en un caos absoluto, donde la disputa por los recursos naturales habían convertido aquello en un verdadero infierno. Una guerra interminable de todos contra todos. Millones morían de hambre a diario para satisfacer la ambición de unos cuantos. Ranjit recordó con nostalgia sus días de la infancia y dejó escapar un hondo suspiro. Luego pensó en el infierno que tuvo que soportar cuando una horda de fanáticos religiosos mató a su familia en un año de revueltas sociales en que el gobierno se vió rebasado ante el descontento y la ira incontenible de la gente. Ese fue el detonante para que decidiera emprender un viaje sin regreso a los linderos de la galaxia. Sin nada más que perder, quiso huir de su pena enlistándose en el programa espacial con el objetivo de explorar otros planetas aptos para ser explotados por la voracidad insaciable del hombre. Extraviarse en el limbo cósmico era su particular forma de rendirse al irremediable destino de vivir arrastrando viejos dolores.
Tomó los sensores conectados a la computadora para medir sus signos vitales tras el largo sueño. Todo parecía estar en normalidad. Revisó con detenimiento su presión sanguínea. Luego revisó los resultados arrojados por el escáner cerebral. Los colores revelaban las zonas del cerebro que habían estado trabajando durante el letargo de ocho años. Una época plagada de sueños que apenas y podía recordar. La animación suspendida era como una prolongación de la muerte: permanecer en estado latente, como una semilla capaz de esperar mil años antes de germinar. Ranjit miró atentamente el informe con los datos completos de la tomografía, mientras las imágenes holográficas se desplegaban en el monitor. Se detuvo un instante a observar las postales de su cerebro. Una mancha en lo profundo de su cerebro, ubicada casi a la altura del tálamo, llamó su atención. Los estudios posteriores confirmarían el miedo de Ranjit. Se trataba de un tumor inoperable. Así lo mostraba aquella mancha con forma de cangrejo observada desde los modelos tridimensionales que arrojó el escáner microscópico. Se sorprendió que algo así hubiera podido desarrollarse dentro de sí a pesar de permanecer dormido durante tanto tiempo. Otra de las tantas injusticias de la vida. Se sintió devastado, pero al cabo de unas horas, su condición dejó de parecerle un problema. De cualquier modo iba a morir tarde o temprano, condenado a la soledad de los exploradores espaciales que han dejado todo atrás para dar un paso adelante en esa larga lista de tristezas que es la historia humana. Quizá ahora que cruzara la frontera de lo conocido por el hombre y abandonara el Sistema Solar sería recordado como una persona importante en la Tierra. O quizá sería olvidado como un conejillo de indias sacrificado en un experimento. Daba lo mismo. Ranjit se desplazó lentamente hacia la cocina. Sacó una ración de proteína sintética, papas fritas y un vaso de agua con endulzante rojo. Se sintió reconfortado después de comer algo luego de tantos años conectado a la sonda que controlaba su lento metabolismo con una precisión asombrosa. Al terminar de comer, recogió la basura y la depositó en el contenedor. Se detuvo un instante y miró por la ventana. Contemplar las estrellas podía convertirse en algo monótono, pero por alguna extraña razón, le ayudaba a relajarse. Era como perderse en un mar oscuro donde podían diluirse todos los pensamientos en el vacío del espacio. Aunque a veces se sentía solo, recordaba que había decidido embarcarse en una misión como esta para escapar del dolor. Dormir durante tantos años hasta el fin del cosmos se había convertido en el sustituto perfecto de la muerte. No había que detenerse a pensar demasiado. Cuando se sentía triste encendía los controles de la cámara de animación suspendida y se echaba a dormir varios años, perdido en extraños sueños que se desvanecían tan pronto habría los ojos. Un remedio más efectivo que el más avanzado fármaco disponible para acabar con la tristeza. Ranjit envió un par de informes a la Tierra para luego leer algunas páginas del Bhagavad-guitá, el libro que lo acompañaba en esta larga travesía. “El Espíritu nunca nace y nunca muere: es eterno. Nunca ha nacido, está más allá del tiempo; del que ha pasado y el que ha de venir. No muere cuando el cuerpo muere”, repitió en voz baja las palabras de Krishna. Las palabras resonaban en su imaginación, como si hubiera descubierto por vez primera una antigua verdad. Ranjit contuvo el aliento para arrojar un hondo suspiro. Miró por la ventana y su corazón enmudeció. Una galaxia con forma de cangrejo resplandecía a lo lejos. La misma mancha que apenas un par de días atrás observó en su cerebro. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Fue entonces que Ranjit tuvo una revelación: aquella galaxia remota era el mismo tumor que permanecía dentro de su cabeza. Comprendió que la realidad es un fractal que envuelve todas las dimensiones de la existencia. Los extremos se tocan. Lo grande es lo chico, del mismo modo en que la combustión de millones de galaxias puede caber en el efímero suspiro de una célula. “El infinito es tan breve cuando lo miramos con los ojos de nuestra propia finitud”, pensó Ranjit. Por un instante sintió que su misión suicida tenía un propósito. Comprendió que el tiempo no existe, y que el pasado puede ser transformado con solo modificar el punto de vista del narrador, como ocurre con cualquier relato. La realidad se tornó flexible. Descubrió que todas las posibilidades de la existencia caben en nuestra capacidad de imaginarlas. Lo eterno es una creación de la mente para reconciliarse con la muerte. Era como si cada acontecimiento de su vida estuviera conectado para llegar a este preciso momento. Ahora todo tenía sentido. El vacío que dejó su soledad era tan grande que sólo la totalidad del universo entero podía llenar ese hueco. Las palabras se diluyeron en la música del viento sideral. Se borraron las fronteras. Ahí estaba, absorto, sintiendo el palpitar del universo dentro de su propio corazón. “Nada es para siempre, ni siquiera la tristeza”, se dijo Ranjit. Cerró los ojos, aflojó el cuerpo y se recostó flotando apenas separado del piso. Se quedó dormido. La nave seguía su curso. Sin darse cuenta, cruzó la delgada línea de la historia para dejar atrás el Sistema Solar. Una tenue sonrisa dibujada en el rostro de Ranjit parecía anunciar el principio de un nuevo comienzo.

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El silencio es la mejor venganza

Cuando Amelia descolgó el teléfono para escuchar que su hijo había muerto, soltó el auricular y se echó a llorar. Sintió ganas de morirse. La noticia le arrancó la respiración para luego desfondarse en medio de la sala, como si le hubieran amputado una parte de sí misma. Trató de encontrar consuelo entre sus lágrimas, sin ningún éxito. Carlos, su único hijo, había decidido quitarse la vida tomando una sobredosis de raticida.

No le dio tiempo de pensar en nada. Lloró desconsolada, como si el suicidio de su hijo hubiera sido su culpa. “Si le hubiera puesto más atención cuando… ”, se repetía Amelia sin resignación, histérica, tratando de encontrar una justificación para el peor día de su vida. Quería matarse para acompañar a su hijo pero era tan cobarde que ni siquiera se atrevía a intentarlo. Envidiaba a Carlos y su determinación para arrancarse la vida de un solo tajo, en un solo suspiro. Se odió a sí misma, profundamente, lamentándose por tener que vivir en carne propia el suicidio de un hijo, ese dolor insondable que le cortaba los intestinos. Cuando Enrique la vio tirada junto al sillón, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Un oscuro presagio. Su hijo había muerto y no podía evitarlo. El momento esperado finalmente había llegado, luego de aquella vez en que Carlos planteó por primera vez la posibilidad de quitarse la vida y acabar con todo de golpe. Desde entonces, Enrique sabía que su hijo estaba predispuesto para la fatalidad. Lo demás era cuestión de tiempo. Preguntó a Amelia qué ocurría, sólo para despejar cualquier duda. Carlos había muerto por una sobredosis de raticida. ¿Era tan difícil de entender?

Los días siguientes a la muerte de su hijo, Amelia y Enrique no lograron conciliar el sueño. Tuvieron que pasar dos días para que trasladar el cuerpo desde Monterrey. Enrique llenaba los formularios de forma mecánica, extraviado en los recuerdos de su hijo muerto. Ya no había nada qué hacer.

Pero quizá lo más insoportable, era el silencio que mediaba entre Enrique y Amelia. No se dirigían la palabra. Apenas y se volteaban a ver, salvo que fuera absolutamente necesario. Ambos se culpaban mutuamente por el suicidio de su hijo. Si tan sólo Amelia no hubiera sido tan fría. Si tan sólo Enrique hubiera sido más tolerante. Ya nada de eso importaba. Su hijo había muerto, y junto con él, toda posibilidad de que sus padres volvieran a quererse. Dejaron de fingir, pero siguieron casados, no por amor sino por costumbre. Tuvieron que pasar varios años para que la muerte los separara. Cuando Enrique cayó al hospital por un coágulo en el cerebro, Amelia dibujó una leve sonrisa. Su venganza llena de silencio cobraba sus frutos después de tantos años. Apenas pudo disimular una suave sonrisa cuando los doctores le comunicaron que su esposo había muerto. Se sintió aliviada. Su hijo ahora podría descansar en paz.

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El joven del nombre mutante

El Coqui es un tipo peculiar. Cambia de nombre todos los días. “No quiero ser encapsulado en una cosa”, argumentaba en su legítima defensa. A veces miraba al cielo y dependiendo del color, lo asumía como parte de su identidad. “Hoy me llamaré Gris Lluvia”, aseguraba con una ecuanimidad inquietante.

Por supuesto, no todos estaban habituados a las excentricidades del Coqui. Para nosotros, que llevábamos años de convivir con él, ese tipo de arrebatos artístico-conceptuales se habían convertido en algo cotidiano. Pero nunca faltaba alguien incapaz de comprender la naturaleza estrambótica del Coqui.

—¡Eso es una estupidez hermano!— exclamaba Servando, un gordo necio que discutía airadamente con Coqui durante una borrachera. Le resultaba inconcebible que alguien despertara un día cualquiera y decidiera llamarse XZ39YB. Aquello rompía con todos sus parámetros sociales. Y con unas cervezas encima, las cosas parecían más difíciles de procesar.

—Si yo te pregunto, ¿cómo te llamas? — afemía Servando mientras se dirigía a su amigo que observaba con sorna aquella plática de ebrios—, simplemente respondes “Pancho” y se acabó, no hay por qué complicarlo todo.

Era entonces cuando el Coqui contraatacaba.

—¿Y como te sientes sobre eso? Algo muere dentro de mí cada vez que me preguntan mi nombre. Es una etiqueta que nos imponemos en este mundo perverso de los adultos para tratarnos como cosas. Los nombres nos encierran en algo que no somos— exclamaba el Coqui.

Sus interlocutores se miraban con asombro. La charla tenía un aire difuso, incomprensible. Aquello parecía una obra de teatro del absurdo montada en un patio trasero una noche de primavera, justo en medio de una fiesta de universitarios. Pero el Coqui tenía un cierto modo de expresarse que hacía difícil rebatir sus argumentos.

Al igual que los taoístas pensaban que el Tao que se pronuncia no es el verdadero Tao, el Coqui explicaba que su yo interior tampoco debía ajustarse a una nomenclatura que no era sino el resultado de un largo proceso cultural con el que no estaba de acuerdo.

Servando se jalaba los cabellos de desesperación ante la imposibilidad de comprender a su interlocutor. Trataba de convencer al Coqui que todo aquello era un disparate. Pero fue inútil. La discusión se prolongó varios minutos. La desproporcionada disertación existencial del Coqui, influenciada por el existencialismo de Sartre, no surtían efecto sobre la cerrazón de Servando, quien iba inhabilitando neuronas a una velocidad directamente proporcional a la velocidad con la que bebía litros enteros de cerveza de un solo sorbo. Cuando todo parecía perdido, la luz de la razón humana iluminó la noche. Ambos habían llegado a la misma conclusión.

—¡A este paso nunca tendré novia!— afirmó el Coqui con ironía.

Al borde de trompicarse contra el suelo, producto del alcohol, Servando finalmente estuvo de acuerdo con el Coqui, quien aquel día había decidido llamarse simplemente Ñrwhj.

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La arañita que disertaba sobre la ignorancia humana

Las plantas extendían sus ramas hasta encontrar el sol. Una mañana calurosa que refrescaba ocasionalmente con las nubes grises que arrojaba el viento. La primavera se iba abriendo lentamente mientras mis pensamientos volaban por cuenta propia al pintar de color chocolate el portón de la casa. Fijé la vista. Todo comenzó a moverse. Los diminutos bichos salían de sus guaridas para esquivar los brochazos mortales que lamían la madera. Fue así que me contaron del mundo invisible que acontece frente a nosotros y pasamos de largo.

—Ustedes los humanos son muy ignorantes— me dijo una arañita. —Piensan que todo gira alrededor de ustedes. Creen que todo les pertenece. ¡Qué cosas! ¡Cómo sí algo pudiera pertenecerle a alguien! En todo caso, son ustedes los que pertenecen a la tierra— dijo en tono sarcástico mientras me miraba atenta con sus cuatro pares de ojos.

No supe qué responderle pero me quedé con la impresión de que tenía razón.

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La robaperros


L
a bebé no dejaba de llorar. Ariana lo había intentado todo sin ningún resultado. Hunab miraba atento sin emitir ningún ladrido, contrario a su costumbre de hacer escándalo. La fiebre de dos días atrás había desaparecido pero las secuelas del cansancio seguían pasándole factura. La tomó en sus brazos y la arrulló hasta que finalmente la pequeña se quedó dormida. Ariana se sintió aliviada. Tendió a la bebé sobre la cama y se recostó a su lado. Estaba exhausta. Le bastaron unos cuantos parpadeos para dejarse caer en un profundo sueño. Pasaron varias horas hasta que el sol de la tarde se filtró por las cortinas de la habitación para pegarle en la cara. Despertó lentamente. La bebé comenzaba a moverse. Ariana se levantó de la cama para ir a la cocina y servirse un vaso de agua. Un trago del frío líquido ahuyentó el calor. Notó que Hunab no estaba en la estancia. En el patio tampoco.

“Seguro se salió el cabrón”, pensó. En ocasiones el Hunab aprovechaba cualquier ligera oportunidad para atravesar la reja y salir disparado al parque de dos calles abajo. Se sabía el camino de memoria. Ahí vagaba durante un par de horas oliendo las colas de otros perros hasta que regresaba a casa.

La bebé se despertó. Ariana la tomó en brazos. Salió al portón que daba a la calle y llamó al Hunab con un grito. No hubo respuesta. Un muchacho sentado sobre la banqueta miraba atento.

—¿No has visto a mi perro? Es uno chiquito, bigotón. Un schnauzer.

—Se lo llevó una señora que roba perros— respondió el muchacho, quien aún no alcanzaba la mayoría de edad.

—¿Cómo que se la llevó una señora?— preguntó angustiada.

—Sí, es una señora que sale a robar perros. Vive acá arriba, en La Campana. Hasta es famosa en la colonia.

La Campana es un barrio popular de Monterrey, conocido entre otras cosas por albergar delincuentes. De ahí que sea considerada como una de las llamadas favelas regiomontanas.

Apenas un par de cuadras separaban a la Campana de casa de Ariana. Se sintió mortificada cuando supo que tendría que ir a casa de la señora si quería recuperar a Hunab.

—¿Sabes dónde vive la señora?— preguntó al muchacho, quien por su rostro infantil evidenciaba que aún no cumplía la mayoría de edad.

—Al lado de la estética, casi entrando a La Campana.

“Menos mal”, pensó Ariana. Como su esposo tardaría varias horas en regresar del trabajo, decidió buscar a su perro por cuenta propia. Pidió al muchacho que la acompañara para no ir sola a casa de la señora. El muchacho no parecía muy convencido, pero finalmente aceptó. Con la niña en brazos, ambos emprendieron camino rumbo a las empinadas calles de La Campana. Preguntaron en la estética de al lado si por ahí vivía una señora que robaba perros.

—Sí, es aquí al lado— confirmó una de las trabajadoras de la estética, como si fuera lo más normal del mundo. No sería la primera ni última vez que alguien le preguntaba por la robaperros.

Más que casa, el edificio de al lado parecía una bodega. Todo lucía descuidado. Un portón despintado y lleno de grafitis coronaban la entrada. Ariana llamó a la puerta en un par de ocasiones sin éxito alguno. Notó que la puerta estaba abierta. Sin pensarlo mucho, depositó a la pequeña Lía en brazos del muchacho con cara de asustado y entró con paso decidido a la lóbrega casucha sin ventanas. El lugar estaba particularmente oscuro. “¡Buenas tardes!”, llamó un par de veces, con cierto sigilo. De aquella negrura emergió una silueta. Era la señora. Supo de inmediato que era ella por las ropas harapientas y su enredado pelo canoso, la obligada apariencia de una ladrona de perros. Unos pasos más allá estaba sentado su hijo, un gordo descomunal con cara de pocos amigos. Al otro lado de la habitación yacía lo que parecía ser el cadáver de un perro. Chiquito y bigotón, como el Hunab. El perro apenas respiraba. La impresión hizo que Ariana estuviera a punto de desmayarse.

—Por favor señora, devuélvame a mi perro.

—¿Tu perro? ¿Quién dice que es tuyo?— respondió la vieja con tono sarcástico.

Ariana quiso responder el cuestionamiento pero no supo qué decir. Vio de reojo al Hunab y dio un pequeño paso hacia el frente, intentando hacer un movimiento sorpresivo para correr hacia el perro y salir corriendo. El hijo de la señora se levantó de su asiento. El tatuaje de un tiburón que llevaba en el cuello y la cabeza rapada endurecían aún más la gravedad de su rostro. Pero no fue sino hasta vio el brillo de un cuchillo para carne en la punta de su mano derecha, que Ariana desistió en su intento de llevarse por la fuerza al Hunab. La mujer y su hijo avanzaban lentamente hacia la puerta de entrada. Un grito sordo proveniente del interior de la bodega hizo que Ariana huyera despavorida. De un solo movimiento arrebató a su hija de los brazos del muchacho que esperaba en la fachada del lugar y cruzaron la avenida sin mirar atrás. Poco les importó que un automóvil estuviera a punto de atropellar Ariana con la bebé en brazos. La adrenalina se convirtió en angustia un par de cuadras más abajo. “Pobre Hunab”, pensaba Ariana mientras un par de lágrimas le brotaban de los ojos. Pensó en llamar a la policía, pero sabía que aquello sería inútil. Tampoco quería exponer a su hija a las posibles represalias de la robaperros y su hijo. Se sintió culpable por no poder rescatar al Hunab, quien posiblemente para ese entonces ya estaba muerto.

Al doblar la esquina de su casa, se quedó sin aliento. Una visita sorpresa la aguardaba en la puerta de su casa. Ahí estaba el Hunab, moviendo la cola el muy cabrón, esperando a que alguien le abriera el portón de la entrada. No lo podía creer. Respiró profundamente y se secó las lágrimas. El muchacho observaba incrédulo aquel inesperado encuentro. Ambos se miraron desconcertados. Ariana dedujo que el perro que yacía tendido en aquella bodega, efectivamente, no era el suyo. Los ladridos nerviosos del Hunab los despertaron de aquel extraño trance. El sol se ocultaba en el horizonte cuando el Hunab concluyó su paseo vespertino. No entendía lo que pasaba, pero sabía una cosa: tenía hambre y alguien debía darle de comer.

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La tristeza de cuando el amor no basta para remediar todos los dolores

 

-El tuyo es un problema de baja autoestima- dijo mi hermano. -No es posible que el deseo de acabar con el sufrimiento de los demás te haga sufrir de ese modo.

Quise decir algo, pero no supe qué responder. Se me humedecieron los ojos.

-No puedes cargar con el mundo sobre la espalda- agregó durante una airada discusión a la hora de la comida.

Quizá tenga razón. Yo pensaba que amar sin condiciones era la solución a todos los problemas del ser humano. Pero no. A veces el amor es un problema en sí mismo. ¿Qué queda entonces? Volverse egoísta. Que los demás se rasquen con sus uñas. Que cada quien se salve como pueda. La sola idea me revuelve las tripas. ¿Por qué siempre tiene que ser así? Dicen que el hecho de que sufra por el sufrimiento de los demás es parte de mi enfermedad. Pero lo mío no es un problema de autoestima, sino un problema afectivo. Me duele pensar en la sola posibilidad de que mis acciones le ocasionen daño a alguien. Me duele la sola posibilidad de que los demás se hagan daño a sí mismos, aunque no lo pueda evitar. Por eso he tratado de vivir haciendo el menor daño posible, a pesar de los muchos sacrificios que conlleva una decisión como esa. Ahora estoy solo. A nadie le importan realmente esas cosas. No hay nada más raro en este mundo que el amor. Pareciera que todo ha sido en vano. No vale la pena luchar por nada. Solo resignarse a que las cosas son como son, por terribles que resulten. Quedarse sentado a esperar la fatalidad. Esas parecieran ser las soluciones a esta profunda aflicción que me aqueja. Buda enseñó que el deseo es la puerta al sufrimiento. Yo lo único que deseo es la felicidad de todos, realizar la utopía del amor. Y resulta que eso también es malo. Corta por dentro. Será que la crisis de los treinta me llegó con demasiada antelación. Vivi ese peculiar momento en que todas las certezas perecieron. Y entonces, ¿qué queda? Reinventarse. Volverse un ermitaño, vivir en santa penitencia, acabar en un hospital psiquiátrico, volarse los sesos, encajarle el diente al más débil. Bonito escenario.

Dice mi hermano que tengo que aceptar la realidad como es, no como yo pienso que debe ser. Y eso es precisamente lo que yo hago, aceptar la realidad como es. El problema es que este velo pervertido al que insisten en llamar realidad no es sino una vil mentira. La realidad en su esencia más íntima es otra cosa: es aprender a ver el mundo invisible, es explorar un cúmulo de posibilidades inexploradas, descubrir la naturaleza secreta de las cosas. Desde ahí, el mundo en que vivo me parece tan estúpido, tan distante. ¿Seré siempre un forastero en mi propia tierra? Sí la ilusión primera es la ilusión de la separación, como enseña el hinduísmo, ¿por qué uno se va marchitando por dentro cuando intenta pegar los pedazos de aquello que está roto? Yo solo quiero que la gente se quiera. ¿Eso es pedir demasiado? Predicar el amor conlleva morir prematuramente. Le ocurrió a aquel carpintero judío condenado a morir en la cruz. Le ocurrió a Miguel Hernández, quien murió de tuberculosis en una inmunda prisión por defender lo que amaba. Le ocurrió a Gandhi, aún cuando llegó al extremo de casi matarse para evitar que los demás se mataran entre sí. Le ocurrió al Che cuando quiso acabar con el sufrimiento de los oprimidos. El amor es un crimen despiadado en un mundo donde el odio se usa a diario como moneda de cambio. Amar a los demás como a uno mismo es vivir en la ilegalidad o vivir en soledad. Ni el amor ni la compasión fueron suficientes. No serán suficientes. Qué triste.

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La etílica fiebre pambolera de Gucho

El plan era tan descabellado que podría funcionar. Beber cerveza hasta lograr el sueño de ir al Mundial de futbol en Brasil.  Estaba dispuesto a todo, a beberse el hígado si fuera necesario. La sugerente publicidad cervecera surtió un efecto esperanzador en él. Había ahorrado dinero con perseverancia durante dos años para acudir puntual a su cita en Brasil. Nadie pudo prever que unos meses antes de acabar el año perdería su trabajo. El dinero que juntó se fue por la coladera en un parpadeo. Los gastos empezaron a ahorcarlo. El teléfono, el alquiler, el transporte, la comida… todos le parecían gastos superficiales comparados con el goce inconmesurable de asistir al Mundial. Pero cuando el hambre aprieta y la comida del refrigerador comienza a escasear, la perspectiva de las cosas suele cambiar un poco. Aunque comprendió que en la vida existen necesidades más inmediatas que el fútbol, la pronta resignación nunca llegó. Se imaginaba ebrio en las playas de Copacabana junto a una espectacular brasileña de carnaval y todos los clichés posibles gracias a la magia de la televisión. Decidió encomendarse a un milagro: el milagro del marketing en la víspera mundialista. La revelación se produjo en la jornada tres del torneo de clausura del balompié nacional, durante el medio tiempo de un somnífero encuentro entre Chivas y Puebla. En un anuncio de televisión, una afamada cervecería que en otros tiempos había sido motivo del orgullo nacional y que había sido recientemente vendida a una empresa belga, prometía llevar a miles de aficionados a la fiesta mundialista con la única consigna de juntar las tapas marcadas y salir sorteado. De inmediato supo que el llamado era para él. Era justo lo que necesitaba. Beber hasta la perdición para cumplir su sueño mundialista.

Gucho emprendió la aventura un domingo de fiebre pambolera. Se levantó del sillón para buscar la cartera. El dinero en su interior no era mucho pero sí el suficiente para emprender la aventura. Bajó con la desesperación típica de un aficionado cuyo equipo es asediado por la escuadra rival en los últimos minutos de un encuentro de vida o muerte en la lucha por el no descenso. Recorrió dos cuadras hasta llegar a la tienda. Llegó exhausto. El aire le faltaba pero eso no le impidió comprar cinco caguamas. Por un breve momento, trató de convencerse de que su plan era una estupidez, pero un gol tempranero en el segundo tiempo proyectado en el televisor de la tienda borró definitivamente cualquier rastro de prudencia. Regresó a casa entusiasmado. Metió las botellas de cerveza al refrigerador y destapó la primera. Se bebió la mitad de un solo jalón. Acorralado por el calor infernal de recorrer dos cuadras, el refrescante y helado sorbo de su dorada chela le supo a gloria. El éxtasis fue tal, que Incluso olvidó constatar si la corcholata estaba marcada con la clave que habría de registrar a través de internet. Se sintió aliviado al ver el código HX79G3 al reverso de la tapa. Tomó el resto de su cerveza sentado en el sillón, haciendo cuentas de cuánta cerveza necesitaría consumir semanalmente para asegurar su boleto a Brasil. Si hacía un esfuerzo considerable y se bebía al menos tres caguamas al día, tan solo en un mes conseguiría chuparse noventa y tantas chelas. El proyecto resultó por demás estimulante. La inercia se encargó del resto.

A los pocos días consiguió un empleo como supervisor de un call center. La remuneración no era mucha pero sí la suficiente para garantizar el necesario suministro de alcohol. Como desperdiciaba toda la mañana trabajando, se bebía religiosamente sus tres caguamas en el transcurso de la tarde-noche. Al término de cada extenuante jornada de mareos embrutecedores y anhelos pamboleros, Gucho se iba a dormir aliviado y con la conciencia tranquila de que había hecho todo lo posible por materializar su sueño. Con el paso de los días fue adquiriendo condición para el trago mientras se le iba hinchando la barriga. Sus amigos notaron el cambio físico que experimentaba Gucho con su peculiar proyecto. Algunos de ellos decidieron ayudarlo con la esperanza de que aquel cerro de corcholatas que había logrado juntar el pinche Gucho con el paso de las semanas, los hiciera merecedores de ocupar el puesto de acompañante en el viaje todo pagado a Brasil que continuamente prometía la cervecería durante el resumen televisivo de la jornada futbolera, justo después de que se transmitiera una no tan breve cápsula con las últimas adecuaciones realizadas por el ‘Piojo’ Herrera en el dibujo táctico de la decepción nacional. Los fines de semana se hicieron demoledores. Las botellas vacías se iban acumulando en la cocina de manera exponencial, con música a todo volumen de fondo y efervescentes discusiones filosóficas de gran calado para dilucidar quién de los dos, Messi o Cristiano Ronaldo, debía hacerse acreedor al título de mejor jugador del planeta. La necedad podía alcanzar niveles de insensatez extraordinarios. En alguna ocasión, el Calaco, uno de sus mejores amigos, afirmó con una certeza absoluta que el único equipo capaz de vencer al Barcelona de Pep Guardiola era el América de Zague, aquel equipo con el que los americanistas revivían en sus mentes la gloria ochentera. Una declaración infame que solo un seguidor recalcitrante del americanismo podría enunciar. Tal disparate desató una epidemia de carcajadas que duró semanas. El Botarga incluso estuvo punto de echar cerveza por la nariz con la aberrante y descomunal afirmación del Calaco. Así pasaban todos los fines de semana, repasando los videos en YouTube con las mejores jugadas de Zidane y Ronaldo en sus buenos tiempos. A menudo, aquellas extenuantes jornadas de vicio y cruda pambolera terminaban con una o más personas tendidas sobre el suelo o desparramados en el sofá de la estancia, con ocasionales espasmos de expulsión chelera por la vía oral. Aquello era un desastre. Vasos por toda la estancia, algunos con colillas de cigarro dentro, charcos pegajosos en el piso, muebles desvencijados hechos pedazos y hasta una ventana rota. Eso no impedía que aquella cuadrilla de ebrios se levantaran a las doce del día para ir por una pancita bien condimentada al mercado de los domingos y sudar la cruda armando la reta en el polvorín donde se juntaba la banda para echar patadas emulando a sus ídolos. Por supuesto, el final de la reta era coronada por una obligada tanda de chelas. El resultado no importaba. Sí ganaban, celebrarían el triunfo chupando. Sí perdían, había que curar las penas con unas frías. Nunca sobran justificaciones para conectar la peda. El plan comenzaba a desdibujarse. Ya nadie se acordaba de juntar las corcholatas marcadas y mucho menos registrarlas en internet como los cánones del merchandasing ordenaban.

La víspera mundialista se evaporó en un parpadeo. Cuando Gucho recordó que tenía un cerro de tapas marcadas era demasiado tarde. La promoción había expirado. El sueño mundialista se derrumbaba ante sus ojos. Ya no bailaría samba junto a las hermosas mulatas en las coloradas arenas de Copacabana. Se sintió como un completo imbécil. El plan fracasó estrepitosamente. Los lunes de faltar al trabajo, sus pocos ingresos invertidos en cerveza. Todo fue en vano. La cuenta regresiva llegó a su fin. La fiesta mundialista inició con una espectacular celebración. Un festín de colores y música afroamericana aderezada con nostalgia futbolera. Se deprimió profundamente. Pero había que recobrar el ánimo lo antes posible. El Tri necesitaría toda la ayuda posible para realizar una hazaña luego de una desastrosa eliminatoria. Los amigos de Gucho quedaron de reunirse en casa para ver el partido de México ante Camerún. El Calaco tenía un buen presentimiento. El hecho de que el Piojo Herrera hubiera llegado al Mundial con un América reforzado debía interpretarse como un buen presagio. Un chicharrón le cayó en el ojo. El árbitro pitó el inicio del encuentro. Las emociones fueron pocas, pero llenas de intensidad. Un par de disparos a puerta y una salvada del portero impidieron que el Tri se pusiera al frente. Luego vino la mala suerte. El gol de los africanos vino acompañado de un silencio espeso. Todos voltearon a ver al Calaco. Otra fritura le dio en la cara. La tensión se alargaba conforme iban transcurriendo los minutos. Una derrota en el partido inicial significaba una eliminación segura. El equipo no se encontraba sobre el terreno de juego. Mucha entrega acompañada de muchas imprecisiones hacían mella. Las mentadas de madre comenzaban a subir de tono. Y de pronto el milagro. Un gol de último minuto de los mexicanos hizo que el entrenador nacional reviviera sus viejas glorias de súper sayayin. El grito de gol se regó por las calles de todo el país. El golazo del “Horrible” Peralta prendió la mecha. Fin del partido. Un empate con sabor a triunfo.

“Les dije que tenía un buen presentimiento”, afemía el Calaco. La euforia era total. Gucho decidió que aquella cardíaca igualada era digna de celebrarse en el Ángel de la Independencia. Varios miles de aficionados pensaban lo mismo. El resultado es irrelevante para justificar la fiesta. Aquello era una fiesta atípica por un empate. Gucho y su once titular llegaron a la glorieta de Reforma ebrios de gloria mundialista. Recordó entonces su plan para asistir al Mundial, pero no le importó. La satisfacción de aquella cuasi victoria al lado de los suyos no tenía precio. Total, podía esperar otros cuatro años para viajar a Rusia y festejar como un poseído junto a unas güeras bien chidas al otro lado del mundo. Pero no era momento de pensar en eso. El Tri consiguió un empate de película y eso era todo lo que importaba. Lo suficiente para ponerse una peda de antología. Nada en el mundo podía superar ese inexplicable derroche de alegría llamado futbol.

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La boda fantasma

 

Hugo no podía recordar el día de su boda. Ni siquiera podía recordar el nombre de su primera esposa. Se sentía angustiado. ¿Cómo era posible que no pudiera recordar un hecho tan trascendente? Era cómo encarnar un sueño difuminado entre la memoria y el tiempo. Las imágenes de aquel día comenzaron a brotar con cierta claridad desde las profundidades de su subconsciente. Apenas unos flashazos, borrosas postales que aparecían intempestivas dentro de su cabeza. No podía recordar con exactitud aquel día, pero conforme iba reconstruyendo la escena pieza por pieza, todo empezaba a tomar forma. La imagen se volvía cada vez más real, como real era ese extraño sentimiento de descubrir un episodio extraviado de su propia vida, y que sin embargo, no parecía tener conexión alguna con el resto de sus días. Algo no encajaba. Y sin embargo, nunca dudó de la veracidad de aquellas imágenes. La sensación era real. ¿Habría sido tan solo un sueño? Finalmente despertó. Se sentía aturdido pero hizo un esfuerzo por recordar aquel día. Se vio a sí mismo más joven, de unos veintidós años, con el cabello corto y la cara afeitada. Apenas y podía reconocerse en medio de aquel jardín, mientras aquella bella mujer con el vestido de novia, varios años mayor que él, discutía con sus padres. Una postal tan vívida, tan palpable, que le costaba trabajo pensar que nada de eso hubiera sido pasado. Volvió a tener esa extraña certeza de que todo terminaría por irse al carajo, como si se tratara de un deja vú. No podía explicar si el recuerdo de aquella soleada mañana en un jardín de Cuernavaca emergía repentinamente de su memoria o si todo era producto de su imaginación. Cualquiera de las dos posibilidades lo angustiaba. No poder recordar una parte de su vida o tener síntomas de esquizofrenia. Ser incapaz de distinguir la realidad y un sueño diluido. Esa era su manera de visualizar ese día lejano y remoto al que era arrojado en los resquicios de su propia mente, conducido por un vago sentimiento de desasosiego al que se aferraba con insistencia para escarbar en su memoria y encontrar respuestas. Trataba de recordar el nombre de la novia. Aurora… ¿Fernández? Quiso llamar a su madre para corroborar la hipótesis. Comenzó a marcar los números del teléfono pero no quiso asustar a su madre con preguntas extrañas que le harían sospechar que su hijo había perdido la razón. Colgó el teléfono. Decidió buscar el nombre de aquella mujer en lo que alguna vez fue Facebook. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al descubrir que la tenía agregada entre sus amigos. Le sorprendió no haberse percatado que la tenía entre sus contactos desde hace tiempo. No recordaba haber tenido trato alguno con aquella mujer. ¿La habría bloqueado? Una fotografía de claroscuros en blanco y negro fue suficiente para reconstruir su rostro a detalle: sus ojos felinos color aceituna, su rostro afilado, su cabello castaño tenuemente recogido, su cuello alargado, su boca entreabierta y mortal. Fue como ver un fantasma. Buscó alguna pista en el perfil de la mujer, pero no pasó mucho tiempo para que descubriera que se trataba de una cuenta abandonada. Los últimos rastros de actividad databan del 2011. Catorce años después, nada de esto parecía tener sentido. ¿Por qué la tenía agregada? ¿Quién era ella? ¿Dónde se habían conocido? ¿Por qué era incapaz de recordarla?

Se puso los zapatos para evitar el frío tacto del piso y se dirigió al baño. Estaba aturdido, desorientado. Abrió la llave del lavabo y se echó agua sobre el rostro. Se miró al espejo y vio cómo las gotas de agua le escurrían por toda cara. Todo era tan absurdo. Se miró fijamente, directo a los ojos, buscando respuestas a sus propias preguntas para así desentrañar la ficción o el pasado. Extendió su mano derecha hasta tocar su rostro en el reflejo del espejo para asirse a algo o para no sentirse abandonado a su suerte, solo y confundido.

Se dirigió a la cocina y prendió la cafetera. Los minutos se evaporaron rápidamente mientras hacía un esfuerzo por entender. ¿Entender qué? Era la pregunta que más le angustiaba. Las manos le temblaban ligeramente mientras permanecía absorto en sus propios pensamientos. “Fue solo un sueño”, se repetía a sí mismo para tratar de calmarse. ¿Y el perfil de Facebook? ¿También había sido un sueño? ¿Bibiana Fernández era real? Tenía una extraña sensación de que el recuerdo de su boda era verdadero, pero no podía explicarlo. Las imágenes del jardín irrumpían de nueva cuenta en su cabeza. Ahí estaba él, con su traje gris claro, esperando al fotógrafo que aún no llegaba. Ahí estaba su familia, su madre, sus hermanas, sus tíos y algunos primos, todos sentados sobre las sillas de una gran carpa, callados, con los rostros alargados, presagiando el anunciado final de algo que no terminaba por materializarse. Ahí estaba ella, nerviosa, con sus penetrantes ojos color aceituna viéndolo de frente mientras sus dedos alargados se aferraban a la copa de vino blanco para ocultar el llanto que le ahogaba detrás de aquella máscara de maquillaje. Todo era tan nítido. Le costaba trabajo pensar que pudiera imaginar aquella escena con tal lujo de detalle.

Veintidós años. ¿Qué era de su vida en aquel entonces? Miró en su pasado para encontrar alguna pista para desentrañar el misterio. Recordó los días en que asisitía con regularidad a la escuela de leyes y bebía como desesperado cada fin de semana en compañía de sus amigos, con quienes tejía, trago a trago, aquellas desventuras que sólo son posibles bajo el resguardo de la noche, en esa fiebre insaciable propia de la juventud. Por aquel tiempo, Maldonado vivía en un pequeño cuarto de azotea en la colonia Narvarte, el cual pertenecía a unos amigos de la infancia, quienes no le cobraban alquiler. Trabajaba como becario por las tardes en un despacho de abogados para ganarse la vida luego de que su padrastro lo corriera de casa. Por aquellos días apenas y tenía dinero para comer, ir al cine una vez por semana y tomarse un par de cervezas con los amigos de la escuela. Ninguna boda parecía encajar en el rompecabezas. El humo de la cafetera lo despertó de su letargo. Se sirvió una taza de café bien cargado, le dio algunos soplos y se la bebió en pocos minutos. Conforme iba adentrándose en su rutina diaria, la idea de una supuesta boda en sus años de mozos parecía cada vez más descabellada. El compromiso no era lo suyo. Nunca lo fue. La manera en que Gabriela lo abandonó para irse con otro parecía confirmar su teoría. Se sintió estúpido por dejar que un tonto sueño le robara la calma aquella nublada mañana de domingo. Encendió el televisor y se recostó sobre el sofá, mirando el techo durante un largo rato. Se sentía pesado. La angustia que le provocó el recuerdo de una boda inexistente lo tenía exhausto. Cuando miró el reloj no podía creer lo rápido que habían transcurrido las horas. Ya casi era hora de comer. Había quedado en comer con su madre antes de ir a casa de Fabiola y pasar la noche viendo películas.

Ni siquiera se duchó. Se miró las profundas ojeras negras y se dio un par de palmadas en las mejillas antes de tomar el abrigo y salir con rumbo a casa de su madre. En el trayecto no podía evitar pensar en Aurora. Había algo en su rostro que le intrigaba. Mientras miraba por la ventana del autobús, se imaginaba cómo hubiera sido su vida al lado de una mujer como Aurora.

La comida estaba casi lista cuando llegó a casa de su madre. La anciana notó de inmediato el tono melancólico de su hijo.

—¿Qué tienes?— preguntó la madre.

—Nada. Solo un sueño raro que tuve hoy por la mañana, que me dejó pensando— respondió.

La madre parecía no prestarle demasiada importancia al tema pero pidió a su hijo que le contara aquel extraño sueño que lo tenía tan apesadumbrado. Le pareció divertido imaginar a su hijo el día de su boda. Una fantasía a la cual había renunciado hace tiempo, ante la incapacidad de su hijo a mantener una relación seria con alguna muchacha que valiera la pena.

Hugo describió la escena del jardín, la copa de vino, los ojos verdes de su novia vestida de blanco.

—Su nombre era Aurora— dijo.

El rostro de su madre se endureció de manera instantánea, como si invocara a un demonio. Hugo notó el cambio repentino en la actitud de su madre.

—¿Qué pasa?— preguntó.

—¿Cómo es posible que no te acuerdes?— dijo la madre con la voz entumecida.

Se quedó congelado. Los ojos de su madre empezaban a llenarse de lágrimas. No entendía nada. La inquietud que sintió por la mañana se apoderó de su cuerpo una vez más. El vértigo de una certeza terrible hizo que su corazón se detuviera un instante.

—¿Acordarme de qué?— preguntó irritado.

— El aborto y todo eso…

Sintió que un cuchillo lo atravesaba por la mitad. Una puerta se abrió de pronto en el confuso laberinto de la memoria y sin embargo, no podía recordar los detalles. Apenas unas vagas insinuaciones. Borrosas estampas que se desplegaban en desorden frente a sus ojos. Lo había bloqueado por completo. No podía recordar. Quizá hubiera sido mejor dejarlo así. Ahora se sentía culpable y no lo podía evitar. Los recuerdos sumergidos comenzaban a salir a la superficie. La boda nunca existió pero las sensaciones, los personajes… todo fue real. Se sintió miserable. Hay cosas que es mejor dejarlas enterradas para siempre.

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La tierra prometida

 

Miren cabrones, ahí está el otro lado”, exclamó el chofer de la camioneta mientras veíamos como una fría e interminable línea de lámina roja delimitaba simétricamente dos mundos opuestos, contrastantes.
“Tan cerca y a la vez tan lejos”, me decía a mí mismo en voz baja mientras contemplaba los rostros sombríos de las otras personas que viajaban junto a nosotros, llenos de asombro y cansancio, con cierto aire de tristeza, luego del largo viaje que al parecer llegaría pronto a su fin.
El ambiente en la parte posterior de la camioneta cambió rápidamente. Por fin habíamos llegado a la frontera. El trato con el pollero estaba arreglado y saldríamos por la mañana, o al menos eso era lo que nos había dicho en un principio.
“Ya no hay marcha atrás”, pensaba mientras intentaba controlar las manos temblorosas y el viento helado del desierto nos cortaba la cara al caer la noche. Estábamos ahí, desprotegidos y vulnerables en ese lejano punto perdido del mapa. La incertidumbre era tan profunda como la noche misma.

—Tengo miedo— comentó Jorge, mi cuñado, quien apenas alcanzaba los veinte años de edad.
—Lo sé. Yo también— respondí sin saber qué contestar. Después de todo, él fue quien quiso venir hasta acá. Hubiera preferido que se quedara con María y la chiquita, pero lamentablemente ésta es la única forma de no morirnos de hambre. Si las cosas salen como nos contó Pepe y nos dan trabajo en la pizca de cebolla o en cualquier otro lugar, quizá hasta podamos hacernos con una camioneta en un par de añitos.
Sólo podíamos soñar y alentarnos a nosotros mismos para contrarrestar el miedo. Empezábamos a sentirnos solos, tan lejos de todo y de todos. Nos invadió una amarga nostalgia a pesar de que todavía no iniciábamos el recorrido final por el desierto. Sólo hasta ese momento comprendimos el riesgo que implicaba cruzar hacia los Estados Unidos. Podían pasar muchas cosas en el camino, la gente muere todos los días en lugares como estos sin que nadie se entere. Podría ser el hambre, la sed, el cansancio o ser detenidos por la migra en el menos peor de los casos.
Algunas lágrimas brotaron del señor que permanecía callado frente a mí. El cansancio era evidente en los ojos del resto de la gente que se encontraba nerviosa y con las piernas entumidas tras el largo y cansado trayecto de más de dos horas.
Por fin llegamos a una pequeña casa, ubicada en las afueras de Tijuana. Ahí descansaríamos un tiempo hasta que el pollero decidiera que era hora de partir. Así estuvimos un par de días, comiendo algunos sangüiches y tomando refrescos mientras pensábamos en nuestras familias. Éramos cerca de quince personas, entre las cuales había tres mujeres. Nadie hablaba mucho, con excepeción de un tal Ramón, a quien no le paraba el pico. Había personas de todo el país y algunos otros de Centroamérica. Todos parecíamos tener un rasgo común: habíamos dejado todo con tal de cumplir con la meta, con le esperanza de llegar allá en buenas condiciones y materializar el dichoso sueño americano.
Permanecimos ahí, ansiosos, intentando dormir en el suelo con algunas cobijas y chamarras encima para mitigar el frío.
—Es hora, nos vamos en la madrugada, por eso de las dos— comentó el pollero un par de días después de nuestro arribo a Tijuana.
Partimos en la noche. Estábamos cansados y mal dormidos, pero ni modo, teníamos que acoplarnos a las circunstancias. Pensé una vez más en María y la chiquita. Pensé en todos los días que había esperado este momento y el miedo que sentía ahora. Me costaba trabajo creer que todo fuera real.
Viajamos en camioneta hasta entrar a un camino de terracería. Al llegar a un pronunciado cerro lleno de huizaches, tuvimos que seguir a pie.
El pollero nos había dado algunas instrucciones antes de iniciar la aventura. Nos dijo que a unos diez kilómetros estaría otra camioneta esperándonos.
Miré a Jorge, quien ahora estaba ahí, convirtiéndose en hombre y jugándose la vida en medio del desierto.
—¿Listo?—, le pregunté mientras el muchacho asentía con la cabeza y los ojos vidriosos.
Iniciamos la caminata con problemas. La cerrada noche nos impedía ver por dónde pisábamos. Teníamos que caminar a ciegas y en silencio, mientras el pollero revisaba la ruta buscando algunas luces que indicaran la presencia de la Border Patrol. Seguimos la travesía hasta el amanecer. Me parecía que habíamos caminado 20 kilómetros después un par de horas después, pero el miedo empezó a hacer que el corazón se agitara violentamente, como si quisiera escapar del pecho. Tras un largo trecho andado, el pollero comentó que aún no íbamos ni a la mitad.
El sol empezaba a despuntar. Llevábamos algunas botellas de agua que poco a poco se fueron terminando mientras la boca se secaba con mayor rapidez. Una de las mujeres que iba con nosotros se quedó atrás. Algunos pidieron al pollero que esperara a la mujer pero no quiso, ya que según él. esperarla significaría poner en riesgo la vida de los demás. Algunos se quedaron con ella intentando que recobrara las fuerzas. Nunca volvimos a saber de ellos.
Entrada la mañana, con casi nueve horas de recorrido, los zapatos empezaban a lastimar las plantas de los pies. Las ampollas no me dejaban caminar bien. La arena del desierto es pegajosa. El sofocante calor empezaba a hacer estragos en nuestra fuerza de voluntad hasta que finalmente terminé por irme de frente contra el suelo, debido a una ligera insolación. Jorge me levantó y me dio lo poco que aún le quedaba de agua. Sabíamos que detenernos, significaría una muerte segura, perdidos y en medio del desierto.
—Shhhhht… cállense, creo que oí algo— comentó el pollero, quien detuvo la marcha intempestivamente mientras revisaba el terreno.
Permanecimos inmóviles y atentos a lo que pasaba a nuestro alrededor hasta que pasó la falsa alarma. Continuamos la larga caminata hasta que entrada la tarde, se alcanzaban a observar algunos pequeños edificios a lo lejos.
—Mira Francisco, Estados Unidos— sonrió mi cuñado al tiempo que me detuve para respirar un poco y descansar las piernas.
—Sí, por fin—, le contesté nada más para hacerlo sentir un poco mejor.
Nos escondimos atrás de unos huizaches llenos de espinas en donde el pollero nos prometió que volvería con la camioneta.
-No mames cabrón, tú nos prometiste que caminaríamos diez kilómetros y llevamos más de medio día y además de todo ¿piensas dejarnos aquí esperando mientras te largas por la camioneta?— repuso un tipo robusto y moreno mientras manoteaba violentamente frente al pollero.
Un disparo selló la conversación. Con la garganta seca, quedamos inmóviles, sorprendidos y aterrados. Era la migra. Cada uno salió corriendo a toda velocidad a través del accidentado terreno mientras los patrulleros daban órdenes por el altavoz que nadie alcanzaba a entender.
Me arrojé entre algunos arbustos rodeados de piedras para esconderme hasta que pasara el peligro. Empecé a llorar cuando me percaté de que había perdido a Jorge en la corretiza. Sonó otro disparo, acompañado de un grito. Miré a través de las ramas y alcancé a observar un cuerpo que rodaba como trapo cuesta abajo por la ladera hasta que finalmente quedó en el suelo, inerte, con un aire fúnebre y desolador, mientras un estrecho río carmesí comenzaba a escurrirle por la pierna hasta desembocar en un pequeño charco de sangre. Me dieron ganas de gritar, de salir de ahí corriendo, pero el temor me lo impidió. Permanecí quieto varias horas después de que se marcharon los patrulleros. El aire caliente asfixiaba. Solo me quedó un amargo y profundo sentimiento de soledad mientras permanecía escondido en medio de la nada, ahogado en remordimientos y culpas por no haber salido a buscar a Jorge.
Me duelen las piernas, pero no hay remedio. Estoy sediento y exhausto. La noche se avecina y no conozco el camino. ¿Qué habrá sido de Jorge? ¿Lo habrá agarrado la migra? ¿Estará ya en el otro lado? ¿Estará muerto? Pensé lo que le diría a María la próxima vez que hablara con ella y cómo le explicaría que había perdido a su hermano en una redada. Desde aquí, la tierra prometida aún se ve muy lejos.

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La última rola de Humberto

 

Sonó el teléfono y contesté todavía medio dormido. “Hola Flavio, aquí Marco. Solo para avisarte que Humberto murió”, alcancé a escuchar por el auricular. Deduje todo lo demás. Me levanté de la cama despacio, sin hacer ruido, para no despertarla. Me puse el pantalón y la camisa a medio abrochar, con los zapatos en la mano para ponérmelos al salir de la habitación
—¿A dónde vas a esta hora?— me preguntó Alicia con la voz ronca y cierto enfado. No era la primera vez que discutíamos por cosas como esta.
—Humberto está muerto. Debo ir al funeral— contesté mientras ella abría los ojos llenos de sorpresa y se levantaba ligeramente hasta recargar su espalda contra la pared.
Regresé y me despedí con un beso, mientras se cubría el cuerpo entre las sábanas, iluminadas con los primeros rayos solares que penetraban a través del ventanal.
Salí con prisa. Ya casi era hora de la ceremonia y aún tenía que pasar a mi casa por algunas cosas antes de arribar a la funeraria. Mientras el autobús caminaba lentamente por calles repletas de autos inmóviles, no pude evitar pensar en Humberto Ramírez. Siempre había despertado en mí cierta admiración, a pesar de su alcoholismo, sus excesos y sus estupideces. Todavía corría por el barrio aquella anécdota de cuando lo tuvieron que sacar de un congal minutos antes de que empezara la función. Estaba inconsciente, ahogado en ron, recostado sobre uno de los sillones que aún olían a sexo. Tuvieron que ponerle hielo en los testículos y darle una taza de café para revivirlo. Lo lanzaron al escenario sin que supiera qué demonios pasaba. Aún así, tocó como si todo hubiera sido parte de un plan minuciosamente diseñado, como si fuera la última vez que pisaba un escenario con una guitarra entre los brazos y la voz hecha pedazos, resquebrajándose en melancólicas canciones que penetraban hasta el interior de cada uno de los asistentes al concierto. Ahora estaba muerto.
Cuando llegué a la funeraria estaba irreconocible. Era otra persona en comparación a la última vez que lo vi. Ahí estaba, frío, rígido, callado, con el rostro reconstruido por gruesas capas de maquillaje y un leve rubor en las mejillas, delimitado por una placa de cristal que impedía todo contacto físico entre el mundo de los vivos y los muertos.
“Pocos como él”, pensé mientras observaba a las personas que desfilaban en silencio a través de los largos pasillos de la funeraria para darle un último adiós. No había mucha gente. Sólo algunos familiares y amigos de antaño, que esporádicamente soltaban una risa sutil cuando rememoraban aquellas interminables giras por centro y Sudamérica, aquellas épicas travesías llenas de aventuras, amores pasajeros y recuerdos que se iban acumulando en cada pueblo, cada pequeña ciudad que recorrían arriba de aquella destartalada casa rodante que presenció tantas cosas, como la vez en que Humberto padeció un par cardiorrespiratorio por un pasón de cocaína. Quién diría que, contra todo pronóstico, el cabrón viviría varias décadas más hasta llegar a los 83 años. Todo una hazaña, dado su singular estilo de vida.
A un costado del féretro yacía una fotografía en blanco y negro junto a una veladora y algunos arreglos florales. Él hubiera querido que embalsamaran junto a su guitarra, su verdadero amor en la vida, ese viejo pedazo de madera roída por el tiempo que lo había acompañado fielmente durante una vida entera llena de todo tipo de excesos.
Empecé a tocar la guitarra por él. Aún recuerdo la primera vez que lo vi tocar de noche, a las afueras de un bar, sobre una banqueta inmunda junto a las putas que desfilaban cada noche en Sullivan. Estaba sentado en el piso, con la luz de neón pegándole de lleno en la cara mientras ejecutaba con maestría esos lascivos acordes que le salían tan bien, aquellas notas precisas que llenaban el espacio y cortaban por dentro, como un fiero cuchillo. La escena hubiera sido absolutamente lastimera de no ser por la manera en que se apoderaba de la atención de los transeúntes. Tocaba movido por la inercia, como poseído, con una lumbre que le quemaba las entrañas y lo hacía vomitar todo ese dolor acumulado durante tantos años, el mismo que terminó por matarlo una noche gris de otoño. Apenas y podía sostenerse. Se aferraba a su guitarra como si no tuviera otro punto de anclaje para mantenerse con vida. Su único mundo posible.
Quien lo conoció bien, cuenta que en los últimos años de su vida se convirtió en mejor músico, a pesar de estar medio loco y medio enfermo. Era como si su alma se hubiera despojado de todo peso y quedara ahí, expuesta, desnuda y sensible a todo. Sus arrebatos imbéciles fueron sustituidos por un diálogo cada vez más íntimo entre él y su guitarra. La fluidez de sus dedos resbalaba hipnóticamente por el diapasón, sin prisa, dándole a cada nota el tiempo necesario para respirar, al mismo tiempo que se desgarraba el alma cantando tristezas con su voz aguardientosa, áspera y titubeante, maldiciendo a las mujeres que lo ignoraron hasta el cansancio o simplemente no supieron quererlo de la manera en que él quería.
Lo había tenido todo y lo perdió todo. Así, nada más. La fama y el poco dinero que juntó en su juventud se escurrieron por el caño. Cuando supo que su esposa esperaba un hijo de otro, comenzó el anunciado final. Era el pretexto idóneo para materializar ese plan absurdo y autodestructivo que tenía en mente desde hacía años. Matarse lentamente, la respuesta a todos sus problemas. Se bebió todo lo que tenía, incluida la dignidad. Intentó suicidarse en un par de ocasiones, pero no lo consiguió. Era demasiado cobarde. No tenía la sangre fría como para atreverse a tanto. Siempre le faltaron güevos para dar el último paso, el definitivo, el que terminaría abriéndole de golpe las anheladas puertas de la inmortalidad. Terminó viejo y solitario, desecho por dentro con una cirrosis crónica que le aquejaba desde hacía años. Nadie se explicaba cómo pudo vivir tanto en semejantes condiciones.
Ahí estaba yo, recordando la vida de aquel hombre, quien había sido mi mentor, mi primer guía en ese fantástico descubrimiento de la guitarra cuando acorralado por la pobreza intentó dedicarse a la enseñanza de escolares durante un breve periodo de tiempo. Yo cursaba la preparatoria en aquel entonces. Tomé mis cosas y me marché. Fui a una de las tantas cantinas que frecuentaba casi a diario para escuchar sus viejas anécdotas. Pinche Humberto. Intenté curar mi ansiedad con un vaso de ron. Me acerqué a la rocola, saqué una moneda y puse una de sus canciones in memoriam, a manera de despedida. Las primeras notas me arrebataron un leve suspiro. Con su propia voz lloró su muerte.

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El luchador taxista

 

Caminé dos cuadras, hasta llegar a la esquina de la avenida central buscando un taxi hasta que por fin abordé uno.
—Quién sabe de dónde venga toda esa gente— dijo el taxista mientras atravesábamos algunas calles de la Lagunilla para dar vuelta rumbo a Chapultepec.
—Vienen de las luchas. Hubo función en la Arena Coliseo— respondí.
El taxista ahogó un suspiro mientras miraba la desolada calle con el semáforo en rojo y un cielo gris, amenazante.
—De haber sabido que los luchadores tendrían tanto éxito no me hubiera— confesó con un sutil aire de nostalgia.
—¿Y qué pasó?— pregunté con sorpresa ante la revelación.
Hubo un silencio profundo, incómodo. Eché un vistazo por la ventana mientras atravesábamos Eje Central.
—El alcohol— dijo solemnemente mientras agitaba la mano con el pulgar y el meñique extendidos, simulando una botella.
“Sí, suele pasar”, pensé.
Me contó sobre su suegro, o mejor dicho su ex suegro, y el tío de la que fue su mujer. También eran luchadores.
Empezó a revivir en su cabeza aquellos combates en las arenas semiprofesionales del centro histórico de la Ciudad de México, aquellos personajes legendarios con los que alguna vez se topó en el camino por causalidad o accidente.
Me contó de Orfeo II, su sobrenombre dentro de los encordados, y de cómo naufragó en su intento por conseguir alguna lucha importante mientras duró el sueño. Confesó que no le gustaban los nombres de los luchadores actuales, quienes ahora tienen que usar nombres rimbombantes para atraer al público y no caer en convencionalismos fáciles, según decía.
—Es un riesgo ser luchador… pero también lo es manejar un taxi.
—Debe serlo— contesté con la voz baja, cómplice de la nostalgia del chofer, mientras pensaba que usar máscara y maravillar al público debería ser más interesante que pasar horas atrapado en alguno de esos embotellamientos tan comunes en una ciudad caótica como ésta. O por lo menos, debería ser más divertido.
En eso llegamos a las afueras del metro Sevilla. Bajé del taxi y pagué la tarifa que aparecía en el parquímetro sin reclamar por la vuelta de más que dimos al pasar por alto la salida a Chapultepec mientras se deleitaba platicándome sus anécdotas y deambulando en aquel onírico viaje por el pasado, por los años en que llevaba puesta una máscara.
—Gracias— me despedí con un poco de prisa, lamentándome no poder escuchar el final de la historia.
—Gracias a ti— respondió con los ojos húmedos de añoranza.

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La lengua de las serpientes

Sufro de revelaciones periódicas. Borges alguna vez describió un código secreto escrito por Dios en la piel del jaguar. Lo que no dijo el inolvidable escritor argentino, simplemente porque no le dio la gana, es que el mensaje tatuado en los rocetones del felino forma una pequeña parte de un poema infinito que se manifiesta en todas las cosas: el pentagrama que se forma en los pétalos de las orquídeas, los colores que se desprenden de la transparencia del agua, los penetrantes ojos de la lechuza o el torrente sanguíneo de las plantas. Formas simbólicas que hablan por sí mismas en el lienzo de la existencia. Así aprendí que el poeta es el único ser sobre la Tierra capaz de revelar el mundo a través de los sueños, la palabra y el amor. Yo me he pasado la vida entera tratando de descifrar los códigos. Empezó como un juego, pero terminó convirtiéndose en una obsesión, en mi proyecto de vida. Ahora estoy viejo y moriré pronto. Lo sé porque así viene escrito en la lengua bífida de las serpientes.

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La terrible enfermedad de Luca

Su enfermedad era incurable. La familia ya lo había intentado todo, sin éxito alguno. Todos los tratamientos conocidos por la medicina moderna habían fallado. Visitaron doctores, psicólogos, loqueros, proctólogos, chamanes, curanderos, herbolarios, educadores, al padre Juan, homeópatas, centros esotéricos y grupos de autoayuda. Nada había funcionado. La esperanza se había extinguido gradualmente hasta apagarse casi en su totalidad. No había remedio. Sólo quedaba la pronta resignación. Luca estaba enfermo y así tendría que vivir el resto de sus días. Lo que más preocupaba a sus padres eran las dificultades que tendría su hijo para encontrar un trabajo estable debido a su padecimiento. A sus 22 años de edad, el panorama que enfrentaba Luca no parecía nada prometedor. Sus padres procuraban no hablar con sus conocidos sobre el extraño padecimiento de su hijo. En el fondo sentían vergüenza y cierta dosis de culpa. Se reprochaban mutuamente por no haber actuado con la suficiente celeridad cuando su hijo apenas desarrollaba los primeros síntomas. Si hubieran sido menos negligentes, su hijo quizá no hubiera desarrollado la enfermedad y podría planear una vida normal.

Luca, en cambio, parecía no darle demasiada importancia a su condición. Aunque se sabía diferente a los demás, no le resultaba algo grave, algo lo suficientemente trascendente como para manejarse con discreción cuando en la plática salía a relucir su particular estado. A Luca le importaba un carajo lo que pudieran pensar sobre él. Sin embargo, en momentos difíciles también reconocía que quizá sería mejor ser no estar enfermo y poder llevar una vida más ligera y sin las múltiples preocupaciones que a diario le aquejaban. Por eso ya no peleaba con sus padres. Simplemente asentía con la cabeza cuando la discusión por cualquier tema terminaba convirtiéndose en batalla campal, esos momentos en los que, aún sin quererlo, su padre vociferaba y arremetía contra el mal que terminaría por arrebatarle a su propio hijo tarde o temprano, ese día inevitable en que sus respectivos caminos los distanciaría de manera definitiva.

Fuera de mejorar, la salud de Luca empeoró con el paso de los años. Al salir de la universidad, su condición se hizo más evidente, aún cuando siempre mostró un buen talante. Tuvo varios empleos pero en ninguno de ellos duró mucho tiempo, algo que contribuyó de manera determinante a agravar los síntomas de su enfermedad. Desesperados, los padres de Luca lucían demacrados. Un amiga de su madre le recomendó a un doctor con estudios sobresalientes en la Johns Hopkins University de Maryland y radicado en Guadalajara, cuya basta experiencia y agudo ojo clínico quizá podría salvar al desafortunado hijo de su amiga y curarlo de aquella terrible enfermedad que lo estaba devorando por dentro. El tipo era una eminencia. Y así cobraba.

Los padres de Luca tenían algunos ahorros y decidieron apostarlo todo, no sin antes hacer lo posible por conseguir algún descuento. Se pusieron en contacto con el consultorio del doctor Getulio Beltrán y agendaron una cita para el 28 de noviembre de 2013. Pero había un problema. Luca nunca accedería a ver a un médico por su propia cuenta. Le fastidiaba perder el tiempo viendo especialistas que lo único que sabían hacer era “inventar padecimientos y remedios milagrosos para sacarle dinero a la gente”. Además, Luca siempre andaba sonriente y aseguraba que buscar cura para su padecimiento era absurdo, si él se sentía bien. A sus padres, en cambio, les preocupaba que Luca no fuera conciente de cómo su enfermedad empeoraba rápidamente. Decidieron que tratar de convencerlo sería inútil y optaron por tenderle una trampa. De la nada, se inventaron una vacación a Guadalajara. Aún así, fue complicado que Luca pudiera darse un tiempo para darse una escapada sin tener que abandonar momentáneamente el taller de narrativa que tanto amaba. Sin embargo, le pareció una buena oportunidad para tomar fotos, aún cuando le parecía un tanto extraño el repentino viaje. Aceptó sin darle más vueltas al asunto, siempre de buena gana, como acostumbraba.

Visitaron la catedral y el Hospicio Cabañas, luego de hacer una breve parada en Tlaquepaque. El atardecer y la comida resultaron espectaculares. Se hospedaron en un pequeño hotel sencillo y cerca del centro. Al segundo día de vacación, los padres de Luca terminaron por revelarle la verdadera motivación del viaje. El muchacho se sintió molesto y burlado, con justa razón. Con lágrimas en sus ojos, su madre le suplicó que fuera a ver al médico. “¡Hazlo por mí mijito, por favor, nos costó mucho venir aquí!”, sollozaba la madre con un tonito artificial digno de cualquier melodrama barato del canal dos.

A regañadientes, Luca aceptó ver al médico. El consultorio del doctor Beltrán era amplio y cómodo, parecido a un hotel de lujo. En la pared colgaban decenas de diplomas de las más afamadas instituciones, incluyendo algún par de fotografías con personalidades de la farándula, de esas que aparecían en las revistas de chismes que se amontonaban en la mesa principal de la sala de espera. Diez minutos después de haber llegado, el doctor Getulio Beltrán salió a recibirlos con el carácter bonachón que le caracterizaba. Un viejo regordete, de cachete tupido, igual que el bigote, nariz redonda, ojos vivaces y una pelona reluciente apenas custodiada por dos mechones de canas arriba de las orejas. Además de ser reconocido como una eminencia médica, tenía fama de alburero entre sus amigos, pero procuraba siempre tener un trato respetuoso con sus clientes, o mejor dicho sus pacientes, aún cuando de vez en vez dejaba salir por ahí algún chascarrillo con el fin de generar un ambiente cordial durante las consultas.

—Hola Luca, es un placer conocerte, pasa por aquí—, dijo el doctor Beltrán tras estrechar la mano de los padres de Luca, quienes tuvieron que permanecer en la sala de espera durante la consulta, luego de que su hijo pusiera dicha condición para visitar al médico. Luca tomó asiento frente al escritorio mientras el galeno consultaba el expediente.

—Platícame Luca, ¿cómo te sientes?—, preguntó el médico.

—Muy bien, muchas gracias— respondió el muchacho en tono cordial.

El doctor inspeccionó a Luca con un examen de rutina. Revisó sus pupilas y le pidió a la enfermera que le tomara la presión. Luego vino la tanda de preguntas. “¿Desde cuándo comenzó a sentirse así? ¿Cómo fue que se empezaron a desarrollar los síntomas?”, eran algunas de las interrogantes que el galeno intentaba dilucidar. Beltrán miraba fijamente a Luca mientras el muchacho respondía con soltura y un dejo de sarcasmo. “¡Pero eso es muy grave, oiga!”, exclamaba ocasionalmente el médico, horrorizado, mientras hacía anotaciones en su libreta y escuchaba atento el relato de un enfermo terminal. De vez en cuando meneaba la cabeza en señal de negación, visiblemente preocupado. Había poco por hacer. La enfermedad estaba demasiado avanzada.

—¡Lo que usted tiene, amigo, es exceso de imaginación!—, soltó el médico. El diagnóstico resultó peor de lo esperado: “anomia crónica con episodios repentinos de rebeldía, posiblemente provocados por una sobredosis de información”. Una enfermedad terrible para la cual no existía cura, según los cánones de la medicina moderna.

Luca era un disidente y así tendría que vivir el resto de sus días, como un inadaptado, un tipo incapaz de acostumbrarse al placer material de la rutina y la enajenación como pasatiempo predilecto. Jamás podría tener un trabajo decente en una oficina. Jamás podría ir de shopping los domingos, ni viajar en primera clase, ni acceder a la zona VIP de los antros de moda, ni tener un automóvil del año con el cual pudiera transportar a su novia, ni comprarle joyas, ni vestidos, ni cenas en los restaurantes más chic de la ciudad. ¡Pobre Luca! ¿Qué futuro le esperaba así? ¿Cómo podría integrarse al mundo de la gente normal? Siempre había sido un chico raro, pero sus padres nunca perdieron la esperanza de que algún día cambiara y se diera cuenta que su carrera de filósofo sólo le serviría para acabar de “maestrito” en la UNAM y morirse de hambre. Tan joven y resignado al fracaso. Y sin embargo, él permanecía tan entero, tan inconciente del terrible mal que le aquejaba. Andar por la vida protestando por todo, hasta por las cosas más elementales, como comer carne o comprarse unos zapatos. Que no fuera a la iglesia y renegara de Dios era entendible hasta cierto punto, ya que ni siquiera su propia familia era lo suficientemente santurrona como para ir a misa todos los domingos, pero decir que el bautizo no era sino una absurda ceremonia de afiliación recaudatoria orquestada por la iglesia, y que los centros comerciales eran los nuevos templos para adorar al consumismo convertido en deidad, era demasiado.

En la escuela siempre tuvo problemas por respondón. Lo mismo le pasaba en el trabajo. ¿Quién querría contratar a un revoltoso? Luca salió del consultorio tranquilo. La noticia fue fulminante para sus padres. El viaje, el dinero de la consulta. Todo había resultado en vano. Su hijo estaba condenado a tener una vida inestable y llena de miseria. Desmoronados, sus padres optaron por regresar a casa. En el trayecto de vuelta, todo fue silencio al interior del coche.

Dos meses más tarde, Luca renunciaría a su empleo para tomar la mochila y salir de viaje. No tenía un itinerario ni fecha de regreso, tampoco dinero. Su objetivo era recorrer el sur de México y llegar hasta Guatemala haciendo dedo y quedándose a dormir con desconocidos mientras escribía poemas en sus ratos libres. Sus padres apenas podían dirigirse la mirada. Los miedos de todo una vida se hicieron en realidad. Luca nunca se recuperó de su terrible enfermedad. Y vivió feliz.

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