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El designio de los sordos

Era una habitación grande, antigua, con decorados de la década de 1960. Mi amigo y yo corrimos por un libro al armario, con la esperanza de que el autor nos firmara su obra. A mí me tocó un viejo volumen sobre máscaras y el significado ritual del arte.

Pero a mí en realidad lo que me interesaba, era estrechar la mano del joven Borges, el primero en ser revivido, asediado por una multitud de admiradores.

Poco antes de irse -lo noté un tanto hastiado por el gentío- abordé al formidable escritor argentino mientras él trataba de huir, presuroso, evadiendo los muebles de una sala sesentera, como si se tratara de una pista de obstáculos.

-Gracias por su literatura, maestro- le dije al Borges sepia, al momento de estrechar su suave y delicada mano.

-Vaya favor que me hace usted- respondió con la humildad que le caracterizaba.

-Nos vemos en el futuro, o mejor aún, en el infinito- alcancé a decirle antes de que se marchara.

Sonrió ligeramente. Mi comentario pareció agradarle. Tanto, que se detuvo un instante para atenderme, antes de partir.

“Nos vemos en el tiempo dorado o el designio de los sordos”, recuerdo que me dijo Borges en forma de clave.

Anoté la desconcertante frase lo más rápido que pude, para no olvidarla. Pensé que podía tratarse de algún verso suyo o una referencia a alguna literatura antigua.

A los pocos segundos todo se desvaneció.

Desperté del sueño, aturdido, desconcertado y feliz, tras mi inesperado encuentro con el Borges sepia.

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Un café, por favor

Uno de mis primeros intentos por escribir un cuento, allá por 2006. El texto fue hallado en los restos de un antiguo blog que ya no existe.

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El sol de la tarde teñía de un cálido tono dorado la calle. El tiempo se estancó durante un rato, mientras me entretenía viendo a través de la ventana del restaurante, pensando, imaginando cosas.

-Un café, por favor- respondí mientras una mujer con un pequeño perro desfilaban frente a mí, al otro lado de la calle.

Seguí esperando por la única razón de que no tenía mucho más que hacer. Ésa es la verdad. La demora ya era de casi media hora, y ni siquiera se había tomado la molestia de llamar por teléfono. Siempre ha sido así.

Tomé una servilleta de papel mientras traían la taza con café, saqué la pluma y empecé a dibujar algunos rostros que me venían a la cabeza mientras intentaba mitigar la espera. Era una tarde tranquila, casi desierta de no ser por el paso accidental de algunos coches que se paseaban lentamente por el asfalto.

Arrojé un profundo suspiro de resignación mientras di el primer sorbo al café. Le faltaba azúcar. Pensé que este sería un buen momento para leer un libro, pero me había salido sin nada más que una pluma y la cartera. Miré las estáticas manecillas del reloj que descansaba sobre una de las paredes junto a la caja. Habían pasado solamente un par de minutos desde la última vez que lo vi.

En eso sonó el teléfono. Revisé el mensaje de texto que decía: “espérame ahí, no tardo”.

—Qué novedad— me dije a mi mismo mientras guardaba de nueva cuenta el teléfono en el pantalón. Por lo menos, significa que vendrá.

Comenzaba a desesperarme. Podía entender el retraso por el exceso de tráfico o por la toma de calles por parte de alguna manifestación, de esas tan comunes por aquí. Pero no, era domingo, las calles están vacías. Y yo aquí esperando sin nada más que hacer. Me resistí a darle el último trago, pero no se, sería la sed o quizá el fastidio lo que me hizo terminar el café.

Se acercó la mesera ofreciéndome algo más. “No gracias, espero a alguien”, dije son cierto aire de abandono y esa risita estúpida que me sale cuando gana el nerviosismo.

La noche empezaba a aparecer y sólo tenía un mensaje de texto en el teléfono. Intenté marcarle por tercera, cuarta, quizá quinta vez, pero nada. Pensé que sería bueno marcharme de una vez, después de todo aún no había perdido la dignidad, bueno, aún no toda, pero después pensé en el fastidio que me provocaba pasar horas en el cuarto, cambiando de canal sin encontrar nada una y otra vez. Rectifiqué mi postura, después de contemplar una vez más la tranquilidad que proporcionaba la afable noche que recién aparecía.

—Otro café, por favor.

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Monólogo de un hombre descarado

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¿Te ha pasado alguna vez que, por más que te mires al espejo no puedes reconocer tu propio rostro? A veces pasa. Me ocurrió a mí, una mañana que me levanté y no pude reconocerme en el reflejo de mis propios ojos. Había sido despojado de mi cara. Ahora sólo soy una carcaza en el cuerpo de un hombre, el retrato perfecto de un naufragio, un fantasma varado en un mar de indefiniciones.

Te preguntarás cómo fue que llegué a convertirme en un hombre sin rostro, incapaz de expresar cualquier tipo de emoción. Yo también me lo pregunto, pero todavía no he podido llegar a una respuesta concreta que logre dejarme satisfecho. Supongo que en algún momento de la vida uno adopta ciertos gestos, cierta incapacidad de reír, cierta rigidez gestual que se va solidificando con el paso del tiempo, hasta dejar las huellas de mil batallas esculpidas en el rostro, en esa mueca neutra con la que tratamos de hacer frente a las muchas adversidades que encierra el destino, esa jauría de lobos que amenaza permanentemente con morder. Es el rostro desfigurado de esta guerra infame de todos contra todos, donde invariablemente, uno se ve forzado a ser cazador o ser cazado. Y de pronto pasan los años y notas que ese rostro vacío ya no es tuyo. Es la mueca indiferente de otra persona, del personaje que uno va creando dentro de una rígida máscara, la piel de quien anda por ahí, deshabitado. Pero el verdadero problema viene cuando uno se vuelve incapaz de arrancarse el antifaz. Después de tanto encarnar un asqueroso papel, se vuelve difícil reconocerse a uno mismo. Supongo que eso es lo que me ha pasado a mí y le pasa también a mucha gente.

¿No los has visto? En el mundo existen por millones, esos seres viles e insignificantes, que repiten como autómatas las mismas lepras, las mismas frases desgastadas que oyen en la tele, esos seres insoportablemente normales que sueñan encontrar el amor en comerciales de jabón, seres incapaces de generar una idea propia, seres insípidos que se limitan a reproducir las mismas ideas caducas pensadas por otro.

Yo siempre me rehusé a ser como ellos y terminé convirtiéndome en uno más, uno entre tantos seres sin rostro que deambulan por la calle, tan urgidos de olvido, buscando con desesperación la absolución en las hojas de un billete de lotería, en las piernas de una mujer bajo la luz de neón, en el último sorbo de vino o el azar escondido en el furioso rugido de una nueve milímetros, aquellas drogas deliciosas que le van a uno secando el rostro lentamente, hasta quedar petrificado. Un rostro inmaculadamente pulcro, incapaz de sonreír o entristecerse. ¿Será este gesto duro otra de las tantas caras de la muerte? A veces me lo pregunto yo también, sin poder llegar a una respuesta concluyente.

Mi única certeza es que algo dentro de mí se ha roto y ahora me encuentro en busca de ese rostro extraviado que alguna vez tuve, ese otro yo que alguna vez fui. He decidido dejar de ser un hombre descarado para convertirme en alguien nuevo. Sólo puedo decir que al mirarme frente al espejo una mañana gris, antes de ir al trabajo, miré dentro de ese abismo sin forma que se abría dentro de mí, y fue ahí, en ese abismo profundo y aterrador donde comencé mi búsqueda, esa desesperación por dejar de ser un hombre extraviado en un desierto infinito de espesa blancura. Ahora soy otro, un hombre con sed de colores, un hombre buscando una sonrisa. Han pasado algunas semanas desde que decidí dejarlo todo atrás para salir en busca de esa llama, para encontrar alguna pista que me conduzca a recuperar mi rostro. Así comenzó mi aventura. Así llegué aquí, hasta el mugroso camarote de un barco de carga cruzando el océano. Si en aquel entonces, cuando salí de casa aquella mañana de septiembre, hubiera sabido lo que ocurriría varios días después, es probable que me hubiera arrepentido. Pero ya no hay vuelta atrás. El mundo se me vino encima y no quedó más opción. Había que salir y dar la cara para tratar de recuperar ese otro rostro perdido. Así comenzó mi travesía, mi tormento, mi agonía. El de un hombre solitario que salió de casa un día para perseguir su propia sombra. Un hombre sin rostro dando vueltas en la nada.

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Ecos de la tarde

Cesó el ruido de la metralla, pero en su corazón todavía resonaban los gritos, la ira, todo el horror de la guerra. Aquellos fantasmas que no se van nunca.

Miró a su hija correr en medio de la campiña. Era una dorada tarde, apacible, junto al río. Se preguntó si alguna vez dejaría de oír en su cabeza los ecos de la batalla, si algún día podría perdonarse a sí misma por seguir viva. Lorena se miró las manos y apenas pudo reconcoerlas. Sonrió ligeramente mientras el viento llevaba el suave aroma del campo, a girasoles, un aire de flores otoñales y tristes, como la zozobra.

Miró a la bebé mientras su hija más grande saludaba desde lejos. Se le humedecieron de pronto los ojos. Supo que no habría escapatoria para toda la pena, toda la ruina que tuvo que soportar durante tantos años, tanta miseria junta. Pero ahí estaba, viva, viendo a sus hijas crecer. Se preguntó si algún día podría volver a amar, si en realidad sería capaz de volver a sentir alguna otra emoción, más allá de la rutinaria congoja que le traía consigo mirarse al espejo cada mañana, con los ojos vacíos, como tratando de reconocerse a sí misma en medio de una jauría de gritos disfrazados de aparente calma. A veces incluso se preguntaba si no estaría muerta, purgando condena en el limbo, ese recóndito lugar escondido entre la sangre y la nada. Recordó aquellos ríos de cadáveres pudriéndose en las calles. Recordó el frío y el hambre. ¿Es esto lo que queda después de la tormenta? Apenas un viento helado que se filtra en el sueño, como un negro presagio, una sombra vagando en la levedad del aire. ¿Cómo soportar todo aquello sin volverse un ente lejano, un autómata que repite incansablemente la misma rutina de siempre para no derrumbarse cada vez que toma el cuchillo para partir las verduras a la hora de la cena? ¿Qué era aquella extraña sensación de irse apagando por dentro?

Miró a través de la ventana de la cocina. Los gorriones cantaban una canción en la soledad de los árboles secos. Suspiró, profundamente, y sintió que el alma se evaporaba en su dolorido aliento. Las niñas llegaron de la escuela y la abrazaron, como todos los días. Traían algunos dibujos que habían hecho en las horas de clase. Lorena miró un paisaje soleado dibujado con crayones en un blanco pedazo de papel. Ahí estaban todos: papá, mamá, la hermana, la perra. Todos tan sonrientes que por un momento le pareció que se trataba de un sueño, un espejismo, el velo de la esa otra vida que le había nublado la vista y el corazón. “Te quiero mucho mami”, dijo la más pequeña de sus niñas y le dio un abrazo, como si intuyera que su madre estaba triste. Lorena quiso alegrarse pero no pudo. Se sintió miserable de no poderle devolver un poco de cariño a la pequeña. Besó la mejilla de la chiquita y se quedó ahí, viéndolas jugar. Sintió un poco de comezón en el corazón. Después de todo, la vida podía ser también otra cosa. Un poco de fuego y calor para el alma, en medio de esa fría y oscura noche que a veces suele ser la memoria. Por unos instantes, pareció salir del letargo. Salió de la cocina y se recostó sobre el pórtico, para contemplar el jardín. El viento le acariciaba los vellos del brazo. Hacía tanto tiempo que no sentía su propio cuerpo. Se acercó Pancha, la perra, y le lamió el cuello. Le dio unas breves palmadas en la cabeza y permanecieron en silencio durante algunos minutos. Las niñas salieron al patio para mirar la puesta de sol junto a su madre. Una brisa ligera aromó la tarde con la melancolía secreta de las flores.
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El libro del tiempo

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Ahí estaba. Después de tanto tiempo la búsqueda había llegado a su fin. Las hojas amarillentas, casi cafés, evidenciaban el irremediable paso del tiempo. El libro había sobrevivido siglos enteros: guerras, incendios, inundaciones, la epidemia de la estupidez humana. Pero el verdadero prodigio de aquel misterioso libro no residía en su capacidad de resistir las inclemencias del destino, sino en el contenido de sus páginas: un extenso poema con la capacidad de abrir las puertas del infinito.

La primera vez que escuché hablar de aquel enigmático volumen, fue gracias a una conferencia del erudito ruso Anatoly Mineev, en la cual, describía con particular emoción un libro de versos atribuido a un sabio de la antigua Persia. El libro contenía un poema métricamente perfecto, en el cual, según contaba Mineev, aquel que lo recitara en voz alta sería capaz de adentrarse en las más hondas profundidades del cosmos y la existencia humana. En aquel video, grabado en formato de 8 milímetros durante una ponencia en la Universidad de Oxford en la primavera de 1979, el filólogo ruso aseguraba haber tenido oportunidad de constatar aquello tras revisar una copia del antiguo manuscrito. Sin embargo, la versión adquirida por Mineev carecía de las últimas páginas, por lo cual, el académico apenas pudo percibir una pequeña fracción del todo. A pesar del inconveniente, aquella experiencia fue determinante en la biografía del célebre lingüista ruso. Dicen que desde el descubrimiento de aquel enigmático libro, se volvió más huraño. Su trabajo sobre filología persa e indoeuropea le valió hacerse acreedor de distintos premios y reconocimientos en el mundo académico, pero aquello parecía no importarle. “¿Para qué sirve el dinero cuando uno es capaz de comprender la totalidad del cosmos?”, solía decir Mineev, cada vez que alguien tocaba a su puerta para notificarle que su basta obra lo había hecho merecedor a un nuevo reconocimiento en alguna universidad extranjera. Pero lo que más me llamaba la atención del lingüista ruso, era la manera en que desapareció un día sin dejar rastro. A los cincuenta años de edad y seguía viviendo en casa de su anciana madre. La última vez que Mineev fue visto con vida, fue en 1981, mientras trabajaba en un tratado de simbología bizantina en la Universidad de Praga. A partir de ese día, nadie volvió a saber nada de él. Las versiones policiales no descartaban un posible suicidio, aunque los académicos que convivieron con Mineev en sus últimos años, no descartaban la posibilidad de que se hubiera vuelto loco y anduviera por ahí, mendigando en las calles de Moscú o Varsovia, como solía hacer aquellas ocasiones en que, presa de algún brote psicótico, se extraviaba durante meses mientras dormía debajo de los puentes, reflexionando sobre lo efímero de la existencia humana.

La historia de Mineev y su enigmático paradero, no hizo sino exacerbar mi fascinación por aquel extraño libro que supuestamente guardaba el secreto para comprender todas las cosas. Fue así que me comencé mi propia investigación para dar con el libro, atribuido al sabio y poeta persa Mazdak Aram, un antiguo profeta de la religión zurvanista, la cual concibe a Zurvan, el tiempo, como fuente creadora de la cual emanan Ormazd y Ahriman, el bien y el mal.

Las primeras pistas sobre la vida de Mazdak Aram, las encontré gracias al erudito británico Richard Zaehner y su Compendio de creencias zoroástricas. También encontré algunas referencias en textos del orientalista y filósofo francés Pablo Masson-Oursel, quien señala que, para los zurvanistas, el tiempo tiene dos caras: una finita y otra infinita. El tiempo limitado sería entonces el instrumento que trae consigo “la victoria de la luz sobre las tinieblas”, mientras que el tiempo ilimitado “es la condición inicial, la quietud y la perfección”.

Según el erudito rumano y especialista en religiones antiguas, Mircea Eliade, en el siglo IV antes de nuestra era, el antiguo filósofo griego Eudemo de Rodas afirmaba que los magos zurvanistas llamaban al todo uno e inteligible, a veces “Espacio” y a veces “Tiempo”. Cuando leí aquello, me pareció fascinante la similitud entre la religión zurvanista y los postulados de Einstein en torno a la existencia de un mismo Espacio-tiempo, a través del cual se manifiestan todas las fuerzas del universo. Una antigua verdad que los zurvanistas conocían varios milenios atrás y parecía revelarse nuevamente en los cánones de la ciencia moderna.

Durante años, indagué todo lo referente al tema, tratando de encontrar alguna clave, alguna pista que me permitiera saber más sobre aquel extraño libro. Sin embargo, las referencias al texto escrito por Mazdak Aram, eran escasas o demasiado vagas. Revisé a fondo la obra que dejó Mineev, con la esperanza de encontrar algún indicio sobre el enigmático libro, al cual se refiere de forma ocasional en los borradores de sus últimos ensayos. Pero la prematura desaparición de Mineev y la falta de un estudio que reuniera sistemáticamente la información en torno al tema, hizo más difícil rastrear las pocas pistas que existían para dar con el libro

En su conferencia de 1979, disponible en YouTube, Mineev cita los primeros versos del libro:

 

El tiempo inmaculado

es el principio de todo:

las aguas transparentes

donde abrevan el bien y el mal.

 

Mineev comenta que logró dar con una versión del libro traducida al latín casi por accidente, mientras realizaba una investigación en el acervo histórico de la Universidad de Turín. El libro, según Mineev, había pasado prácticamente inadvertido durante siglos, reposando en las estanterías de un viejo archivo del departamento de Literatura, filología y lingüística.

Intrigado por aquella referencia, en alguna ocasión que visité Italia fui exclusivamente a Turín para ver el extraño volumen con mis propios ojos pero fue imposible. El libro no estaba ni en los estantes, ni figuraba tampoco en ningún registro del archivo histórico de la universidad. Aquel desencuentro fue como un balde de agua fría. Todo parecía indicar que Mineev había mentido y que aquella historia sobre un antiguo poema persa capaz de abrir las puertas del infinito, era tan sólo un cuento, producto de la locura con la que el filólogo ruso pasó sus últimos años.

Abatido por aquel infortunado hallazgo, pasaron muchos años antes de que el tema volviera a captar mi atención. Fue precisamente en un viaje a Moscú, durante una encuentro académico de filología antigua, que el asunto sobre aquel antiguo poema persa volvió a mi vida cuando conocí a un discípulo de Mineev. El anciano me aseguró que el libro, había sido en realidad adquirido por Mineev gracias a un traficante de libros antiguos. Incluso, me comentó, en los pasillos de la Universidad Estatal de Moscú corría la versión de que Mineev había pagado una fuerte suma de dinero por aquel ejemplar. Algo que posiblemente explicaría el por qué Mineev mintió sobre cómo logró acceder a tan enigmático ejemplar, al mismo tiempo que intentaba cubrirse las espaldas. Quizá por ello, nunca se atrevió a publicar ningún estudio formal sobre el tema. A pesar de que el célebre erudito pasó sus últimos días obsesionado con el contenido del libro, el tema no suscitó mayor interés entre las autoridades de la Universidad de Moscú, quienes tomaron la pequeña colección de textos que Mineev había logrado reunir en su cubículo, para depositarlos en el archivo de la nueva Biblioteca de la Facultad de Filología. Un archivo en el cual, tampoco figuraba el comentado y misterioso ejemplar. Tras realizar algunas indagatorias sobre qué había ocurrido con la obra de Mineev tras la muerte de su madre, llegué a la conclusión de que sería imposible rastrear el paradero de un objeto tan específico, lo cual me hizo abandonar la búsqueda.

Pero el azar tiene extrañas maneras de manifestarse. Después de todo, en el Avesta, libro sagrado de los zoroastristas, “se menciona raras veces a Zurvan, pero siempre aparece relacionado con el tiempo y el destino”, según refiere Mircea Eliade en el segundo volumen de su Historia de las creencias y las ideas religiosas. El tiempo y el destino. Eso fue lo que me sucedió cuando muchos años después y de manera totalmente inesperada, encontré una versión completa del poema de Mazdak Aram traducida al castellano, escondido en un estante de madera, dentro de una vieja tienda de libros usados, ubicada en el centro de Madrid. Cuando leí el título, mis ojos apenas podían dar crédito de tan sorprendente hallazgo. “Oda a Zurvan, de la pluma del sabio persa Mazdak Aram”, se leía en la primera hoja, ilustrada con un ser alado y andrógino con cabeza de león, enredado por una serpiente, símbolo con el que los antiguos zurvanistas representaban al dios del tiempo. El libro, protegido por gruesas tapas de cuero, contenía un manuscrito sin fecha que impedía establecer su antigüedad a simple vista. Pero lo que más me llamó la atención, fue la peculiar advertencia que venía en la primera hoja del libro, escrita con una letra diferente al resto del manuscrito: “Leedlo bajo vuestro propio riesgo”.

El viejo librero dueño de la tienda, muy posiblemente no sabía lo que estaba vendiendo por algunos pocos euros. Miró el libro y al ver la su antigüedad, le puso precio sin reparar mucho en el contenido del mismo. Camino a casa, pude percatarme de los estragos que el tiempo había hecho en aquella vieja pieza: páginas dañadas, algunas notas en los márgenes, rastros de humedad. Pero por lo demás, las letras eran legibles y, a diferencia de la versión conseguida por Mineev, aquella parecía estar completa.

Al llegar a casa, dejé la mochila en el sillón de la estancia y saqué el libro con cuidado. Todavía no podía creer que, después de tantos años de búsqueda infructuosa, finalmente tenía una copia de aquel libro mágico en mis manos. ¡Y en castellano! Aquello me parecía realmente una locura, a tal punto, que en más de una ocasión me pregunté si no estaría soñando. Me quité la ropa que traía puesta y me puse más cómodo, instalándome en una silla junto a la mesa del comedor, con el fin de devorar el libro lo antes posible. Aunque advertí que habría diferencias considerables entre la lengua original en que fue escrito el texto con la traducción al castellano, consideré que lo más conveniente sería leer el libro en voz alta, como recomendaba Mineev, con la esperanza de advertir aunque fuera un eco, algún rastro de la musicalidad original del poema.

La advertencia de las primeras páginas llamó de nueva cuenta mi atención, pero mi impaciencia era tan grande que preferí ignorarla. A pesar de mis altas expectativas, en aquel momento no podía prever lo que estaba a punto de experimentar.

Leí con emoción los primeros versos: “El tiempo inmaculado es el principio de todo”. Me sorprendió que a pesar de la traducción, el poema tenía una musicalidad envolvente, una cierta sonoridad que hacía brillar aún más las elaboradas metáforas que aludían al origen mismo de la existencia del cosmos. El extenso poema describía con enorme belleza la conformación de los astros, la tierra, el cielo y el agua, de la cual se desprendían todos los otros seres que pueblan el mundo. Me sorprendió que la creación no se le atribuía a un dios en particular, sino al tiempo, esa sucesión infinita de instantes que componen una basta película que, de algún modo misterioso, nos hermana con todas las cosas que conforman la totalidad del universo. El poema también aludía al origen de los primeros seres humanos como consecuencia natural del orden cósmico, marcando así, el comienzo del “tiempo enamorado”, que, cansado de tanto esperar, procreó seres mortales capaces de apreciar cada instante de sus efímeras vidas de un modo único e irrepetible, como no ocurría antes, con los primeros seres inanimados que poblaron la Tierra.

Conforme me iba adentrando en la lectura, comencé a sentirme extraño. Un ligero aturdimiento se mezclaba con pequeñas punzadas en la sangre. Por momentos sentía los ojos pesados, pero a la vez, sentía una particular ligereza en el pecho, un alegre cosquilleo que aceleraba mi ritmo cardiaco. Fue entonces que el mundo comenzó a latir con mayor fuerza. Yo seguía leyendo, atrapado en aquellas palabras mágicas que revelaban el origen de todas las cosas de un modo tal, que yo no había podido imaginar antes. Levanté la mirada y percibí un brillo inusual en las paredes de mi departamento. Los colores eran más vívidos e incluso podía percibir la transparencia de las plantas, como si trajera puestos unos lentes de rayos X. Aquella experiencia me hizo sentirme asustado. Recordé la advertencia al principio del libro, pero a pesar del miedo, continué con la lectura. Comencé a notar cierta musicalidad secreta en el murmullo nocturno de la ciudad, esa fuerza secreta que impregna el aire y condiciona la vida de las personas sin siquiera darnos cuenta. Sentí también una extraña vibración en la ventana, en los patrones geométricos que se formaban en el piso de madera, el cual parecía adquirir mayor relieve, como si se tratara de una imponente cordillera. Fui consciente de cada célula de mi cuerpo y la manera en que todas ellas se comunicaban entre sí, y me di cuenta que, aquello que las personas suelen llamar Yo, es en realidad la consecuencia de esa enorme conversación entre los pequeños seres que forman un todo más grande. Me concentré en mi respiración y observé cómo aquellas bocanadas de aire generaban una reacción en cadena dentro de mí cuerpo. Me miré las manos y no las reconocí. Parecían una basta selva, un ecosistema caótico lleno de bichos interactuando entre sí. Comprendí entonces, que la vida y la muerte son parte de un mismo proceso infinito en el que ambas partes se retroalimentan, pues a final de cuentas, la vida sólo es posible y tiene sentido en presencia de la muerte. Pensé que me había vuelto loco. Comenzó la taquicardia. Las manos me temblaban ansiosas mientras una extraña necesidad de seguir leyendo se apoderaba de mí. Y de pronto ocurrió. El infinito se abrió de golpe en medio de la estancia. Un portal capaz de conectarme a mí, conectar al ser humano con todas las cosas. Para ese entonces, mi alma había logrado desprenderse de mi cuerpo. Era como si mi espíritu hubiera echado raíces y pudiera sentirlo todo al mismo tiempo, la risa desenfrenada y la más profunda tristeza, el placer de millones de orgasmos a la vez y la agonía inmensa de una muerte con remordimientos. Fue devastador. Aquellas sensaciones las iba experimentado rápidamente, a veces de forma simultánea. Así comprendí que el placer y el dolor son en realidad dos caras de lo mismo, que todas las cosas tienen un doble secreto que se desdobla para mantener el equilibrio, pues a final de cuentas, el universo tiende siempre al equilibrio aunque nunca lo consiga, y es a partir de esa búsqueda permanente del equilibrio inexistente que surge el tiempo, esa energía secreta que da sentido a la existencia de todos los seres. Una experiencia lo suficientemente abrumadora como para no repetirla. Mi alma se disolvió entonces en el todo. Se derrumbaron todas las fronteras que separan el bien y el mal, todo el sentido, todos los candados que nos mantienen presos en esta prisión hecha de carne y hueso. Las puertas del infinito se abrieron ante mí. Entendí que en realidad me había convertido en Dios, pues la energía universal que impregna todas las cosas vivía también dentro de mí. Y al borrar esa frontera del yo con el todo, ocurre entonces que cualquier ser es capaz de convertirse en Dios. Imaginé entonces, que aquella reveladora experiencia podía ocurrirle también a los árboles y a las aves, a los peces, a los corales y las hormigas, a la montaña cuando sueña las estrellas, el mar y sus insondables misterios. Supe que Dios estaba en todas las cosas porque todos los seres forman una parte diminuta del todo, y por ello, todos los seres del mundo son sagrados. Por un momento, me sentí parte de algo más grande, algo inefable, imposible de describir. Era como percibirlo todo desde la cumbre más alta y, al mismo tiempo, tener conciencia de las más abismos más profundos, las cuevas más oscuras. La psique humana, después de todo, es consecuencia de una inteligencia mayor que rige el curso natural de las cosas, esas fuerzas invisibles que explican nuestro origen: ese “tiempo inmaculado” al que se referían los antiguos persas en los primeros versos de su extenso poema.

La alucinación provocada por el libro fue bajando de intensidad poco a poco, conforme me acercaba a las páginas finales. Me sorprendió la manera en que un ser humano podía escribir un poema como aquel y nombrar una a una, todas las cosas que existen en el universo, en tan reducido número de hojas. Fui regresando paulatinamente dentro de mi cuerpo, mientras el vertiginoso ritmo del poema iba decreciendo, como una apacible y soleada playa tras luchar contra la ira del océano. Me fui recobrando lentamente, pero en ningún momento dejé de leer, o al menos eso me pareció. Comenzó a despuntar el alba y comprendí que durante la lectura había transcurrido toda la noche. El canto matutino de los pájaros me ayudó a salir de mi trance poco a poco, hasta llegar a los versos finales:

Todas las cosas son sueño

en este laberinto infinito

donde todo final es principio,

en esto consiste

la palabra sagrada

de Zurván,

la magia secreta

del tiempo y el destino,

capaz de contener

el universo entero en un poema.

Los ojos se me humedecieron y comencé a llorar, conmovido por aquellas palabras. La experiencia había provocado en mí una enorme transformación. Cerré el libro y caminé a la cocina para beber un poco de agua. Todavía aturdido por todo lo vivido, me arrastré hasta la cama y me quedé profundamente dormido. Desperté algunos días después, según pude constatar después. Me pregunté si realmente había ocurrido todo aquello o si se trataba tan sólo de un simple sueño.

Salí de mi cuarto. En la mesa del comedor estaba el libro. Cuando lo abrí, pude notar que sus páginas estaban en blanco. Sólo sobrevivió la advertencia: “Leedlo bajo vuestro propio riesgo”.

Con el paso de los días, reflexioné mucho sobre aquel suceso para tratar de comprender qué ocurrió en realidad. ¿Había sido sólo un sueño? Y sin embargo, ¿cómo explicar aquel libro en blanco? ¿Acaso había adquirido yo un libro vacío con una advertencia? ¿O sería quizá yo quien había escrito aquella frase en un montón de papel antiguo? De nueva cuenta, sentí que me estaba volviendo loco. Angustiado, revisé el video de la conferencia de Mineev, con la esperanza de encontrar alguna pista sobre lo ocurrido. Conforme se iba desarrollando la plática, advertí un significado diferente en las palabras del erudito ruso, como si aquella plática cobrara ahora otro significado, otra dimensión, casi como si Mineev hubiera dejado algunas claves secretas para aquellos afortunados que lograran acceder al principio del tiempo, repitiendo ese canto sagrado que los antiguos persas habían desarrollado para comunicarse con Dios. La mirada del barbado erudito ruso al término del video, me resultó inquietante. Se quedaba viendo fijamente a la cámara y de pronto tuve la extraña sensación de que me miraba a mí, que sus palabras se dirigían a mí y a nadie más que a mí. Después de eso, su desaparición me parecía de lo más normal. Al igual que yo, Mineev había experimentado el todo, había logrado acceder a los inefables secretos de la existencia humana. Entendí que el destino de Mineev era una consecuencia natural de todo aquello. El infinito es demasiada carga para un simple mortal. Ese era el significado de la terrible advertencia que servía de prólogo al libro. Mi curiosidad me había hecho caer en la trampa. Desde entonces, no volví a ser el mismo. Me costaba trabajo concentrarme en mis labores cotidianas, incluyendo las clases en la universidad. Me fui sintiendo cada vez más solo. Después de experimentar el infinito de un solo trago, vivir inmerso en una sociedad donde las verdades profundas de la existencia humana carecían de importancia, me parecía algo insoportablemente absurdo. Recordé entonces las palabras de Mineev. “¿Para qué sirve el dinero cuando uno es capaz de comprender la totalidad del cosmos?”. Eso era exactamente lo que me había ocurrido a mí. Ahora sé que es cuestión de tiempo para repetir el destino fatal de Mineev.

Una tarde, regresando a mi casa, busqué el libro que había guardado junto a los demás, en un librero de madera ubicado a un costado de un viejo sillón. Abrí de nueva cuenta el libro y al hojearlo, me di cuenta que el poema había cambiado. Los versos que conformaban el manuscrito eran completamente otros, muy diferentes a los que yo había leído meses atrás. Sólo sobrevivían los primeros versos: “El tiempo inmaculado es el principio de todo”. Era como si aquel basto poema se reescribiera automáticamente, revelando siempre una verdad diferente. Un poema-fractal que se reescribía eternamente en el libro del tiempo. Me pareció que aquello tenía todo el sentido del mundo, pero aún así, me aterró la posibilidad de convivir todos los días con la infinita inmensidad del cosmos, así que decidí salir de casa y deshacerme del libro. Caminé durante horas, hasta un pequeño bosque. Pensé en cavar un agujero y enterrar el libro, pero en lugar de eso, simplemente lo arrojé entre los arbustos. Me fui inmediatamente, con cierto remordimiento, pero aún así continué mi camino. Cuando quise volver a casa, no pude encontrar el camino de regreso. Me sentí aturdido, desesperado. Era como si, después de que el universo entero se abrió frente a mí, yo estuviera varado en algún lejano rincón del tiempo, el destino y la nada. Tuvieron que transcurrir muchos días de ansiedad para que finalmente encontrara una libreta tirada en la calle. Conseguí un bolígrafo y comencé a escribir mi historia, con la esperanza de volver a casa algún día. Escribo esto como un llamado de auxilio y también a manera de advertencia . El infinito tiene un precio y ese precio es la locura.

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Crónica de un asesinato a sangre fría

Yo me había resistido a la idea, pero finalmente accedí. Había que asesinarla. No quedaba más remedio. “No será tan difícil”, insistió Genaro, mi compañero de departamento, quien me convenció de acabar con ella y saldar cuentas de una vez por todas. Y pensar que yo en algún momento había sentido compasión por ella. Maldita. Pero todo cambió después de nuestro accidental encuentro, una lluviosa noche de verano. Nos vimos un instante fijamente a los ojos y supe que aquello no podía continuar. Me retó con la mirada y se burló de mí. Luego se desvaneció entre las sombras. A partir de entonces entendí que no había más remedio. Teníamos que encontrar la forma de liquidarla. Se nos ocurrió que lo más sencillo sería envenenarla. Un poco de polvo en la comida y listo. Nadie sospecharía, ni siquiera ella. Además, nos parecía el método más higiénico. No habría que limpiar la sangre sobre el suelo ni nada parecido.

La invitamos a cenar un día. Rociamos sobre su comida el veneno que habíamos adquirido el día anterior. Quizá el sabor amargo del tóxico podría haberle parecido un poco extraño, un tanto desagradable quizá, pero contábamos con que para cuando se diera cuenta ya sería demasiado tarde. Terminó su comida y se marchó sin siquiera dar las gracias, fiel a su estilo. Pensábamos que habíamos logrado nuestro cometido, pero a los pocos días, volvió a pasearse frente a nosotros mientras sacaba la basura de su casa como si nada hubiera ocurrido. El jodido veneno fue un rotundo fracaso. Le reclamamos al vendedor que nos había conseguido la pócima, pero en lugar de aceptar su error, nos recomendó cambiar el método para asesinarla. Incrementamos la dosis mortal y le tendimos una nueva emboscada, pero fue inútil. Parecía que se anticipaba a nuestros movimientos, como si supiera de antemano lo que planeábamos hacer con ella. Había que matarla a como diera lugar. Yo hubiera preferido que existiera alguna otra alternativa para resolver el conflicto, pero entre más pasaba el tiempo más me convencía de que no nos dejaba otra opción.

Contrariados por nuestros reiterados fracasos, pasamos varios días pensando en un nuevo método para eliminarla. Una noche, tras recibir una llamada telefónica, me acerqué a la cocina para servirme un vaso de agua. Escuché sus pasos. Un pequeño parpadeo en la luz terminó por confirmar su presencia dentro de mi propia casa. Supe de inmediato que era ella. Ahí estaba la muy cabrona. Regresé con sigilo hasta el ropero que se encontraba en medio de la estancia para buscar un arma con la cual defenderme. No encontré nada más que un viejo palo de bambú con el que solía practicar artes marciales en mis años de juventud. Cuando volví a la cocina, corrió hacia mí y se frenó de golpe. Nuestras miradas se entrecruzaron por primera vez. Era más grande de lo que yo imaginaba. La muy hija de la chingada me sonrió, como burlándose de mí. Soltó un pedazo de tela azul que tenía entre manos y se dio la media vuelta para salir huyendo a toda velocidad. Armado con el palo, corrí detrás de ella por puro instinto, por si intentaba atacarme. Pero fue inútil. Se había encerrado en su casa. No me quedó más remedio que golpear a su puerta. Oía sus pasos lúgubres al interior de su guarida, pero no volvió a salir. Me pasé casi toda la noche al acecho, acosándola, tocando a su puerta, y haciendo toda clase de ruido para desgastarla mentalmente, volverla loca, jugar con ella, atormentarla, dejar que el miedo invadiera cada rincón de su repugnante cuerpo. Si quería pelea, eso obtendría. Debo confesar que su presencia en mi vida se había convertido en una angustia constante. A estas alturas del conflicto, me parecía increíble que alguna vez yo hubiera sido capaz de sentir ternura por ella. Y todo para que se burlara de mí, la muy culera. Desde ese día la compasión se convirtió en sed de venganza. “La próxima vez que nos encontremos frente a frente, será la última”, me juré en tono solemne. Le conté lo sucedido a Genaro, en cuanto entró al departamento. No necesité decir gran cosa para que intuyera lo que había ocurrido. “Esto debe terminar de una vez por todas”, me dijo decidido, al mismo tiempo que sacaba una sofisticada pieza de ingeniería con la que pretendía ponerle final a aquella historia. Apenas y pude dormir ese día, saboreando la anhelada venganza. Pero no ocurrió. La cabrona se dio cuenta de lo que planeábamos hacer y evadió todos nuestros intentos de ultimarla. Otro fallido intento de asesinato.

Decidimos entonces contratar a un profesional para encargarse del trabajo, luego de que una noche, la muy cínica entró a hurtadillas hasta la habitación de Genaro. Apenas entreabrió los ojos y contempló toda su monstruosidad a la luz de la farola que se filtraba por las persianas. Aterrado, mi compañero de departamento tomó un arma que tenía junto a su cama. Disparó pero parecía que podía atravesar las balas sin mayor problema. Ella se dio cuenta y huyó nuevamente para desvanecerse en la oscuridad, como buen fantasma. Pálido por el susto, Genaro apenas y pudo dormir esa noche. Cuando desperté, advertí un desorden inusual en el piso, signos de una pelea perdida. Preocupado, llamé a su puerta.

-¿Todo bien?- le pregunté.

-Vino a visitarme ayer. Pero no pude matarla. Me tomó por sorpresa. Iba a despertarte pero no tenía caso- me respondió un tanto abatido por la reiteración de la derrota.

Esa misma mañana, sin darle más vueltas, Genaro contactó a un experimentado asesino que le había recomendado un amigo. El pago se realizaría en efectivo. Horas más tarde, el misterioso personaje tocó el timbre. Me tocó atenderlo. Era un gordo sonriente, todo lo contrario a lo que uno podría esperar de un asesino profesional. Le conté lo sucedido mientras le mostraba dónde vivía ella. Recorrió el edificio y echó un vistazo por su cuenta. Analizó la situación, estudió sus posibles movimientos, imaginó sus trayectos, delineando en su cabeza el plan perfecto para acabar con ella de manera fulminante y sin dejar huella. Después de hacer un diagnóstico de la situación, me explicó el plan. Intuí que el tipo conocía muy bien su trabajo. ¿Cuántas muertes llevará cargando en su conciencia aquel simpático y letal gordo?”, me pregunté. “No pasarán más de 48 horas cuando el trabajo esté concluido”, me prometió. También dijo que no quedaría ningún rastro. Confié en él, estúpidamente.

Pasaron dos días sin ninguna novedad. Ella había dejado de dar signos de vida. No la vimos salir de su casa ni hablar con nadie. Quizá para ese entonces, yacía muerta sobre el piso de su casa. Los vecinos empezaban a sospechar, pero preferimos no comentar nada sobre el tema. Luego nos enteramos que la muy cabrona tenía hijos. Todos ellos fueron abatidos. Debo confesar que, pese a ello, no sentí ningún remordimiento. Pero el cadáver no aparecía por ningún lugar. “¿Se habrá marchado tras ver a sus hijos muertos?”, nos preguntamos Genaro y yo durante algún tiempo.

Días después la peste se volvió insoportable. El gordo nos mintió cuando dijo que aquello no dejaría rastro. Nos adentramos en su madriguera, buscamos por todas partes, pero nada. Una llamada telefónica confirmó nuestra irrefutable victoria. “Estaba envuelta en plástico, joven, junto a su sillón”, me dijo la mujer que habíamos contratado para limpiar la escena del crimen. Le tomó una fotografía al cadáver y me la envió. Por las extrañas condiciones en que se encontraba el cuerpo, no podía descartarse la posibilidad de un suicidio. O al menos daba esa impresión. Aquella sería nuestra coartada perfecta en caso de que alguien comenzara a hacer preguntas y a sospechar otra cosa. Nos deshicimos del cadáver arrojándola en un basurero. Así se consumó nuestra anhelada venganza. Ella finalmente había recibido su merecido. Yo comprendía muy bien las razones por las que había decidido irrumpir en nuestras vidas, pero eso no la justificaba. Incluso durante algún tiempo intenté convencerla de que lo mejor para todos sería que se marchara para siempre y comenzara de nuevo lo más lejos posible. Nos ignoró vilmente y no nos dejó más alternativa que matarla. Genaro y yo nunca volvimos a tocar el tema, pero en el fondo, ambos sabíamos que hicimos lo correcto.

La monstruosa rata no volvería a darnos problemas.

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Tacos, canciones, viento y ceniza

Reforma

“¿Te ha pasado alguna vez que, al igual que ocurre a veces con las canciones, la comida deja de decirte cosas?”, preguntó ella mientras caminábamos por la Zona Rosa, rumbo a una conferencia de prensa.

“Creo que no”, dije sorprendido por la extraña comparación.

“Sí”, insistió ella. “Por ejemplo, a mí me pasó hoy mientras comía un taco de rajas con crema. Antes adoraba las rajas. De repente me entraba tal antojo que tenía que hablarle a mi mamá para que las preparara el fin de semana cuando iba a comer a su casa. Y de repente, nada. Como que perdieron el encanto. Ya no significaban nada para mí, más allá de ser una comida cualquiera”.

Luego de la explicación, entendí mejor lo que quería decir.

“Lo mismo pasa con las canciones”, continuó. “¿Nunca te ha pasado que oyes una canción que te hace sentir cosas muy profundas, de esas que te enchinan la piel y te transportan lejos mientras las oyes, y de repente las vuelves a oír y nada? Vaya, ni siquiera el recuerdo que traen consigo esas canciones vuelve a surtir efecto en nosotros. Así me pasó hoy en la mañana mientras comía un taco de rajas”, terminó su exposición.

Y sí, a todos nos ha pasado alguna vez, me dije a mi mismo mientras seguimos durante algunas cuadras dándole vueltas al asunto. ¿Por qué será que algo que nos hace sentir cosas, de un día para otro se desaparece sin dejar huella? Le pasa a cualquiera.

“Supongo que algo parecido ocurre con las personas”, dije de pronto. “¿O no te ha pasado que en determinada época de tu vida sientes que estás completamente enamorada de alguien y de pronto vuelves a ver a esa otra persona, y ya no sientes nada? Dicen que donde fuego hubo, cenizas quedan, pero a veces pasa que la ceniza se la lleva el viento”, agregué.

Se me quedó viendo, curiosa, con sus ojos grandes, ligeramente húmedos, ligeramente rojos.

“Sí, tienes razón. Nunca me había dado cuenta que las personas son como las canciones de José José o los tacos de rajas con crema”, dijo ella en broma, tratando de quitar el tono solemne a nuestra extraña disertación.

Una ligera brisa sacudía las ramas de los árboles. Pájaros negros graznaban mientras los coches permanecían atorados sobre Reforma. Era una tarde soleada y breve, como las emociones humanas. El viento arrastraba un puñado de hojas sobre la banqueta.
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El robo de libros

Llegué a mi casa y habían robado todos mis libros. El ladrón había dejado una nota, mofándose de aquello. Por más que trataba de hacerme a la idea del desapego y esas cosas, la angustia y la ira me despertaron. Todo había sido un sueño. Supongo que siempre es difícil desprenderse de aquellas cosas donde uno deposita el alma. Y eso puede resultar problemático cuando uno tiene el alma tan promiscua, tan predispuesta a dejarse caer en tanta absurda querencia a la menor provocación.
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El sentido del sueño

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Compré un calamar con la idea de que estaba muerto. Medía poco más de dos metros. Como no tenía dónde ponerlo, lo arrojé en el piso del baño, justo debajo del lavabo. Sin saber por qué, lo bañé con agua fría y un poco de hielo. Comenzó a moverse. Esperaba que muriera de asfixia, pero no ocurrió. Su afilada boca causaba en mí un miedo tan natural como la muerte. Sabía que debía matarlo, pero no me atreví. Comenzó a convulsionarse. Cuando me di cuenta, el calamar se había salido de control. Rebotaba en las paredes, frenético, rozando el techo, dando latigazos en el aire con sus monstruosos tentáculos, tirando todo lo que se interponía a su paso. Desperté. Me tomó algunos minutos reponerme del susto. Todo había sido una pesadilla. No era la primera vez que me despertaba con algún sobresalto al filo de la madrugada tras experimentar la angustia del sueño. En la última semana había soñado con topos gigantes de ojos rojos, una batalla campal en un partido de futbol, el asesinato de un dibujante en el edificio donde vivía mi exnovia. Sueños que, de modo sutil o explícito, me acechaban cada madrugada y me hacían despertar sumergido en aquel extraño sopor que sirve de frontera entre la realidad y el sueño. Por eso me levantaba cansado todos los días, con los ojos desechos, tras pasar muchas horas apretando el cuerpo a la hora de dormir. Quizá aquella racha de extraños sueños pudiera justificar la aplastante presión que sentía durante el día. O, por el contrario, aquellos sueños eran tan sólo el reflejo de la angustia que se me adhería al alma como una sanguijuela. “Contigo todo es difícil”, me dijo Claudia la noche en que acordamos dejar de vernos. Tenía razón. Siempre terminaba complicándolo todo. Por más que trataba de descifrar el origen de aquella extraña sensación, las cosas siempre terminaban saliendo mal. Entre más buscaba respuesta a aquellas preguntas, más confundido me sentía, sobre todo, en aquellos momentos de ingenuidad en que pensaba que finalmente había encontrado la anhelada respuesta a mi reiterada crisis existencial. ¿De dónde provenía aquella angustia que me asaltaba durante el sueño? Pensé que tendría que ver con algún trauma de la infancia. Pero entre más escarbaba dentro de mí, el mundo a mi alrededor parecía salirse completamente de control. Así me pasó con Claudia. Cuando pensaba que las cosas marchaban bien, todo se fue a la mierda. A pesar de la atracción que sentía hacia ella, un extraño bloqueo me llegaba de pronto en el momento preciso de hacerle el amor.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusto?— me decía desconcertada, con los ojos tristes.

—No es eso— respondía yo sin saber qué decir o qué hacer para no sentirme un completo imbécil.

A partir de ese momento, todo se vino abajo. Como si yo mismo hubiera planeado un autosabotaje. Inventé mil explicaciones para tratar de justificar mi repentina falta de apetito sexual, pero fue inútil. El latigazo que los dos sentimos la primera noche que salimos por unas cervezas y nos besamos en una calle empedrada bajo la tenue luz de una farola se fue diluyendo poco a poco. Las risas se convirtieron en discusiones y enojos demasiado recurrentes, demasiado pronto. Apenas había pasado un mes de relación y ambos llevábamos sobre nosotros una pesada carga, como si hubieran pasado ya varios años de conocernos y hacernos daño. Una relación breve pero intensa, demasiado intensa como para que pudiera durar mucho tiempo. No podía creer que me pasara eso a la hora de compartir cama junto a una mujer hermosa, inteligente y compasiva. Llevaba meses esperando a que regresara de Europa para hablar con ella. Justo antes de que partiera al otro lado del mundo, seis meses atrás, la había invitado a salir, sin saber que ya por ese entonces ella estaba enamorada de otro. De eso me enteré después de pasar la primera noche en su casa, la noche en que me pidió que me detuviera a la hora de besarla mientras permanecía recostada sobre la cama, pensando en el periodista francés a quien tanto amaba sin ser correspondida, sumergida en uno de esos amores efervescentes tan típicos de la adolescencia y que rara vez terminan bien. Fue tan extraño todo. A la semana siguiente nos vimos de nuevo en una fiesta. Cuando llegó, se sentó al otro lado de la mesa, en el bar donde nos quedamos de ver con algunos amigos en común, y no fue sino hasta mucho tiempo después que comenzamos a hablar. Esa noche todo transcurrió de manera fácil, sin darle tantas vueltas, dejando que las emociones fluyeran de forma natural, eléctrica, misteriosa. La tomé de la mano para sacarla a bailar y de pronto estábamos devorándonos a besos, con sus brazos rodeando mi cuello mientras yo la tomaba por la cintura y algunos amigos suyos le tomaban fotos comprometedoras con el teléfono celular para molestarla, uno de los tantos modos posibles para expresar los celos que sentían al saber que la chica que les gustaba secretamente se estuviera besando con otro. Pedimos un taxi y nos marchamos juntos para escapar del acoso fotográfico y refugiarnos del frío en un ambiente más acogedor. Luego de algunas complicaciones iniciales, hicimos el amor como desesperados, poco después de llegar a mi departamento. La manera en que gritaba de placer aumentaba mi deseo de poseerla, de transgredirla, de romperla. No podía detenerme. Su piel morena y el aroma agrio de su vagina producían en mí un efecto enloquecedor. “Así, así… hasta adentro”, gritaba de placer mientras desfallecía entre las sábanas y me dibujaba con las uñas un fiero zarpazo que me atravesaba la espalda. Terminamos exhaustos. A la mañana siguiente desayunamos juntos y pasamos horas hablando sobre cómo cambiar el mundo. Aún cuándo solíamos discutir mucho por la manera tan diferente en que entendíamos las cosas, cierto brillo en sus ojos daba cuenta de que ella también sentía algo por mí. Quizá no fuera amor, (todavía seguía pensando en el periodista francés) pero ambos sentíamos una extraña necesidad de seguirnos viendo y pasar el tiempo juntos para ahuyentar la soledad o simplemente compartir los pequeños gustos de la vida con alguien más. Todo parecía marchar bien. Era uno de esos extraños momentos en la vida en que todo pareciera tener sentido, como si todas las cosas que poblaban el mundo convivieran de manera armónica. Pero los sueños que me despertaban por las noches continuaban. Casi como una advertencia de que aquel efímero amor estuviera condenado a extinguirse demasiado pronto.

A los pocos días comenzaron a sucederme varias cosas. Una mañana, tras uno de esos sueños que nunca pude recordar, desperté y un gato negro me miraba fijamente con sus grandes ojos verdes, montado sobre mi cama, a unos pocos centímetros de mi rostro. Pegué un brinco del susto y el gato salió corriendo por la ventana que permaneció abierta toda la noche. Todo ese día fui perseguido por la muerte. Tras el incidente con el gato, me arreglé para ir a la Facultad de Letras y Humanidades para dar la clase de cada lunes a mis alumnos de la licenciatura en letras hispanas. Tenía previsto dedicar la sesión de ese día a la poesía de Baudelaire. En mi camino de todos los días, el metro iba un poco más lleno de lo habitual. Yo iba parado sobre el pasillo cuando una señora de edad avanzada que viajaba sentada a pocos metros de mí, comenzó a respirar con dificultad y a toser de manera escandalosa. Algunas personas que se encontraban a su alrededor intentaron ayudarla. “¡Qué tiene señora!”, gritaba una mujer que daba palmadas a la anciana sin saber qué hacer para socorrerla. La señora se tiró sobre el piso y a los pocos segundos dejó de hacer ruido. Estaba muerta. Aquello provocó una gran conmoción al interior del vagón. Un pasajero jaló la palanca de emergencia y el tren se detuvo en la próxima estación. Cuando llegaron los policías ya era demasiado tarde. Parecía como si la señora se hubiera ahogado con algo. Pasaron varios minutos antes de que pudiera salir del vagón, impactado por aquel extraño suceso. Llegué retrasado a la Facultad. Al subir las escaleras de la explanada, noté un número inusual de gente parada en círculo, como observando algo. Cuando me acerqué, noté que en medio había un cuerpo tendido sobre el suelo cubierto por una sábana. Un estudiante había muerto de manera súbita, en medio de la explanada central, tras haber experimentado breves convulsiones. No lo podía creer. Me había tocado presenciar dos muertes en cuestión de minutos. El retraso y la impresión que aquel acontecimiento causó en mis alumnos hizo que la clase se suspendiera. Todavía desconcertado por tan extraño día, decidí cambiar la ruta y viajar en autobús. De regreso a casa, el cielo se cerró y comenzó a llover. En el camino me tocó presenciar un aparatoso accidente de un motociclista que resbaló sobre el asfalto mojado y salió volando tras chocar con una camioneta. Aunque traía el casco puesto, la caída con la nuca fue fatal. El tercer deceso que me tocaba presenciar en un solo día. Me sentí acorralado por el frío suspiro de la muerte. Aterrado, corrí a casa en medio del diluvio hasta llegar a mi casa. Tuvieron que pasar varias horas para que el miedo se disipara un poco. Las manos me temblaban. Estaba ansioso. Me tomé un vaso con whisky y saqué de la mochila la antología con poemas de Baudelaire, con la esperanza de que la lectura me ayudara a recobrar la calma. “¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce”, decían algunos versos del poeta francés en su poema El leteo. Así me sentía yo, cansado de todo, con ganas de dormir la eternidad. Fue entonces que miré por la ventana de mi habitación. Ahí estaba otra vez. Ahí estaba el gato negro, observándome en silencio al otro lado del vidrio, con sus penetrantes ojos verdes. Esta vez no se trataba de un sueño.

***

A veces me da un ligero mareo acompañado de esa sensación de que todo se mueve, como si todos los problemas de la vida fueran una gigantesca y nauseabunda masa de agua que nos lleva de arriba a abajo y hace que todo a nuestro alrededor dé vueltas. Así me sentí el día que tuve que ir a declarar al juzgado por la denuncia que presenté por robo a casa habitación. Un domingo por la tarde llegué a mi departamento y no había nada. Vaciaron la casa. Los ladrones forzaron la cerradura y se llevaron todo cuanto pudieron: aparatos electrónicos, la computadora con todos mis archivos, el poco dinero que había podido ahorrar, incluso algunos libros. Tras varios meses de infructuosa investigación, comparecencias inútiles y mucho papeleo, el agente del ministerio público encargado de llevar el caso decidió mandar el expediente a reserva, al no encontrar más elementos para dar con los tipos que me habían dejado en la ruina, aquellos que en una sola tarde se habían llevado todas las cosas que había logrado reunir con mucho esfuerzo a lo largo de una vida. “No es que cerremos el caso. Simplemente lo mandaremos a la reserva hasta que tengamos alguna nueva pista”, me comentó la empleada de la fiscalía encargada del trámite. Una gorda con el maquillaje abultado que escribía mi declaración con faltas de ortografía y términos legales que hacían imposible reconocer mi voz en aquel masacote de palabras con las que mostraba mi conformidad de guardar el expediente en un archivero condenado al olvido, entre los muchos crímenes sin resolver que existen en este país devorado por la impunidad. A estas alturas me daba igual. Prefería finiquitar aquello en lugar de seguir dando vueltas inútiles a la procuraduría para responder preguntas que nunca serían respondidas. Las cámaras de vigilancia ubicadas en la esquina de mi casa no captaron nada, según constaba en el voluminoso expediente. “Es mejor así, para que descanse un poco de lo sucedido”, me dijo el abogado que me fue asignado como asesor jurídico. Un tal Obdulio No-sé-qué, un cincuentón que trataba de disfrazar su calvicie con largos cabellos negros que le brotaban del costado y se peinaba de lado, cubriendo el área baldía de la cabeza. Un tipo de rostro cansado, tranquilo, quien portaba un traje café que le quedaba grande, cosa que no parecía tener la menor importancia para él, tan placenteramente habituado a la asfixiante rutina. “¿Soltero o felizmente casado?”, preguntó la agente del ministerio público mientras tecleaba datos absurdos en la comparecencia de mi supuesto abogado, quien ni siquiera echó un ojo al expediente del robo. “Después de 20 años de matrimonio viene dando lo mismo”, respondió el licenciado Obdulio Algo en tono de broma. El aire lúgubre del juzgado, aunado al sofocante calor del lugar, comenzaba a provocarme un ligero dolor de cabeza. Firmé los papeles y me retiré con la certeza de que nunca atraparían a los ladrones que habrían de disfrutar impunemente el fruto de mi trabajo de muchos años.

El resto del día transcurrió con normalidad. Regresé exhausto de la oficina. Tomé una cerveza, escuché un poco de música y caí rendido sobre la cama. El sabor de la sal me despertó. Soñé que tragaba agua de mar. La sensación del agua salada atorada en el fondo de la garganta me sacó del letargo. Me quedé quieto durante un par de minutos en la delgada frontera del sueño, mientras trataba de entender qué había pasado. Me volví a dormir sin mucho problema. A la mañana siguiente desperté con la almohada bañada en sangre. La enorme mancha carmesí me produjo un pequeño sobresalto. Me levanté de la cama y corrí al baño en busca de un espejo. Tenía la boca llena de sangre. Al parecer, me había mordido el labio con tal fuerza que me empezó a brotar sangre, misma que había tragado durante la noche pensando que se trataba de las salinas aguas del mar. Quité las sábanas ensangrentadas y las metí a la lavadora. Eché dos tapas de jabón líquido y me quedé un rato observando la manera en que el agua iba llenando lentamente el interior del contenedor. Me acordé de Claudia. La extrañaba mucho, aunque ya no tuviera sentido seguirla evocando. La última vez que nos vimos todo salió mal. Sólo que en esta última ocasión fue diferente a otras veces. La tensión emocional de otras veces se había convertido en llana indiferencia. Noté su fastidio en el tono de sus labios, sus manos frías, sus palabras cortas. Se había enojado conmigo porque no supe leer el mapa y nos perdimos antes de llegar a un pequeño bosque ubicado a las afueras de la ciudad. Había pensado pasar el día con ella, siendo que por aquellos días ella era lo único que me hacía olvidarme de todos los problemas. Tenía la necesidad de salir al campo para respirar aire limpio y pasar un día tranquilo. Pero desde la noche anterior en que le marqué para ponernos de acuerdo, noté que algo andaba mal, no tanto por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Su tono molesto se reprodujo al día siguiente. Lo del mapa era solo un pretexto para manifestar su descontento. Desde entonces no la he vuelto a ver. Supongo que fue lo mejor. Demasiadas complicaciones al mismo tiempo. Apenas podía con mis muchos problemas para estar triste todo el día a causa de un amor no correspondido. En eso estaba cuando alguien tocó la puerta del departamento. Abrí la puerta. Ahí estaba otra vez. Era el gato negro de ojos verdes.

“Lo importante está en el alma”, me dijo el gato antes de dar media vuelta y marcharse por las escaleras del edificio.

No supe qué hacer. Pensé que me había vuelto loco. ¿Qué carajos significaba aquello? La última vez que el gato se me apareció, me tocó presenciar tres muertes en el mismo día. Por protección, decidí no salir de casa. Nada ocurrió ese día, salvo que estuve inquieto en mi apartamento que lucía vacío con lo poco que todavía quedaba luego del robo. “Lo importante está en el alma”, repetía el gato con su voz grave, como un eco que resonaba una y otra vez dentro de mi cabeza. ¿Qué quería decir? Durante un buen tiempo me quedé pensando en lo extraño que se había vuelto todo en las últimas semanas. La única conclusión a la que pude llegar es que me había vuelto loco. Necesitaba contárselo a alguien. Pero el terror de salir de casa me lo impidió. Estaba exhausto. Al cabo de unas horas me quedé dormido. Inmerso en el sueño, platiqué con un hombre de gabán oscuro y sombrero.

—¿Quién eres tú?— le pregunté sin saber qué esperar.

—Eso no es importa. Lo importante está en el alma— dijo repitiendo la frase que ya me había dicho el gato.

—¿Es esto un sueño?— pregunté de nuevo.

—No podría decírtelo. De la realidad al sueño existe solo un pequeño paso. No me corresponde a mí decirte si esto es real o no. Es tu decisión— dijo en tono solemne.

Ante la falta de respuestas, abandoné la habitación. De pronto me encontraba yo dentro de una camioneta. Al frente iba mi padre conduciendo junto a mi madre. En la parte posterior viajaba yo junto a mis dos hermanas. Cuando el vehículo estaba por detenerse frente a un semáforo, advertí que un hombre con pistola se acercaba hacia nosotros. “¡Acelera, acelera, trae pistola!”, le grité a mi padre, quien sin darle muchas vueltas se pasó la luz roja esquivando con dificultad algunos coches. Pasamos también un par de retenes policiales cuando noté que empezaron a disparar a la camioneta en que viajábamos. No pasó mucho tiempo para sentir el fulminante rugido de la metralla sobre la nuca. Apenas pude percibir un ligero cosquilleo antes de sentir cómo entraban y salían las balas de mi cuerpo, regándolo todo de sangre caliente. La imagen se congeló. Nos habían masacrado a todos. Desperté exaltado para escapar de aquella pesadilla en la que experimenté la angustia de la muerte de una manera tan vívida que durante algunos segundos me hizo cuestionarme si en realidad habría muerto durante la balacera o no. Aquello no fue real, pero la angustia que fue real, tan real como para dudar si estaba muerto o no. Y entonces recordé las palabras del hombre de gabán oscuro. Comprendí que no existen fronteras entre el sueño y realidad. Todo se reduce al problema de la elección. Cada quien decide lo que es sueño y es realidad, pues la realidad está hecha de sueños y los sueños de aquellas experiencias que vivimos despiertos, dentro de la realidad. Recordé entonces el miedo que sentí al ver el calamar retorciéndose entre las paredes de mi apartamento, el momento preciso en que habían comenzado a suceder cosas raras, la sensación de asfixia, los problemas con Claudia, el robo, los encuentros con el gato negro que se me aparecía siempre como un extraño presagio de la muerte. Entendí que todo aquello había sido un invento mío. Aquellos extraños sueños se alimentaban de mi realidad y mi realidad se alimentaba de mis sueños. Dimensiones paralelas que formaban parte de la misma película. Y entonces pensé que quizá existiera una salida de aquel interminable ciclo de repeticiones en el que había quedado atrapado. “Es tu decisión”, según me dijo el hombre del gabán. Imaginé que podía cambiar la realidad desde el sueño. Me propuse soñar en otro tono, como si aquel estado emocional que uno experimenta justo antes de dormir fuera la clave para cambiar el curso de los sueños, el curso de la vida.

Salí de la casa para comer algo. El miedo se había ido. No había nada a qué temer. “Lo importante está en el alma”, me dijo el gato. Tenía razón. La crudeza del mundo empezaba a florecer. Esa noche soñé que veía un rosado atardecer desde las faldas de un volcán, al lado de Claudia. Y los árboles cantaban canciones en su lengua secreta y el agua del río refrescaba este corazón caliente que trabajaba a marchas forzadas, como una máquina a punto de estallar, y comíamos frutos dulces mientras nos devorábamos a besos. Me sentí tranquilo, como si nada en el mundo pudiera hacerme daño. Un sueño afable, como hacía mucho tiempo no tenía. Un sueño en el que me hubiera gustado vivir toda la vida. Y de pronto todo se hizo más fácil. Las nubes grises se habían ido para que finalmente pudiera respirar la claridad del cielo, la transparencia del aire. Me sentía más ligero, como si todo lo malo que hubiera experimentado se hubiera quedado atrás. Al poco tiempo, todo comenzó a mejorar. Nunca regresé con Claudia, pero tampoco importó. Entendí al fin que el sueño no es sino una forma de sentir la vida, pues la vida está hecha de sueños y soñar es otra forma de vivir.

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La torre y el laberinto

La torre y el laberinto

Cuentan que, antes de morir, el viejo Tanus escondió el secreto de la vida eterna en lo alto de una torre cuyo interior albergaba un laberinto. Era lo menos que podía hacer para mantener a salvo el secreto legado por los antiguos maestros y de paso, consumar su anhelada venganza contra el tirano rey que le arrancó los ojos con un hierro caliente.

Nadie sabe con certeza de dónde provino aquel extraño viejo. Se dice que llegó de un pueblo lejano al este de Moravia, un lugar perdido en las montañas del que nadie había escuchado jamás y cuyo nombre ya nadie recuerda. Una tarde se presentó ante la corte el rey Ullrich para ofrecer sus servicios como consejero, a cambio de que el monarca financiara la construcción de un enorme reloj capaz de medir ciclos cósmicos y anunciar el comienzo de la nueva era que estaba aún por nacer. Maravillado con la idea, Ullrich accedió a la propuesta del viejo, convencido de que aquella fascinante máquina extendería por el mundo la fama del reino de Chequia y despertaría la envidia de sus enemigos. Los años posteriores a la llegada de Tanus, el pueblo vivió una época de prosperidad. Las cosechas eran abundantes y la relativa calma que se respiraba en la aldea propició el florecimiento de las artes. Por consejo de Tanus, el rey emprendió grandes obras de ingeniería para garantizar el abastecimiento de agua y fortalecer las defensas del reino. En aquel entonces, nadie hubiera imaginado que la dicha sería tan efímera. La paz del reino permitió a Tanus trabajar con esmero y sigilo en la construcción del reloj. Ensamblar cada pieza de la formidable máquina requería varios meses de meticuloso esfuerzo y planeación. Había que medir la posición de los astros y hacer elaborados cálculos antes de forjar artesanalmente cada engranaje de la compleja maquinaria, para luego ponerla a prueba, corregir errores y repetir todo el proceso, el cual se llevaba a cabo con la ayuda de Patricio, un muchacho pobre del pueblo a quien Tanus adoptó como aprendiz. Largos años tuvieron que pasar antes de que la magnífica obra estuviera lista, pese a la impaciencia del rey, quien a menudo cuestionaba la lentitud de Tanus en el desarrollo del proyecto. Una noche de invierno, fechada por los historiadores en el 21 de diciembre del año 1415, el reloj quedó terminado. Todo el pueblo se reunió afuera de la torre para presenciar por vez primera aquel milagro de la ciencia. Las manecillas del reloj iniciaron su interminable recorrido justo al entrar la media noche, con la llegada del equinoccio de invierno. El asombro de los pueblerinos se convirtió en noches de júbilo y verbena. Todos en el pueblo hablaban de las maravillas de aquel prodigio de la inventiva humana, concedida a Tanus por la gracia de los dioses. Además de la hora, el reloj era capaz de medir los meses del año, los ciclos lunares y hasta el movimiento del sol en su milenario y rítmico vaivén por la bóveda celeste. El rey quedó tan fascinado y orgulloso con el resultado, que a las pocas semanas ya había ordenado a un grupo de juglares y emisarios del reino difundir la noticia dentro y fuera de las fronteras de Chequia. Aquello fue suficiente para revivir rencillas y alimentar viejos rencores en los reinos vecinos. La disputa por los territorios de Dujanska y Hummené, sumada a las fuertes heladas que trajo consigo la hambruna, reactivaron las tensiones políticas que conducirían a la guerra. El rey Ullrich asestaría el primer golpe al invadir el reino de Brezno con más de veinte mil hombres. A pesar de la feroz resistencia, los enemigos de Ullrich fueron cayendo uno por uno. Trece años más tarde, tras la conquista de la ciudad de Mijavya pondría fin a la guerra. Ullrich se convirtió en amo y señor de una extensa porción de tierra que sus ancestros ni siquiera se hubieran atrevido a soñar. A medida que el poder de Ullrich aumentaba, también lo hacía su yugo contra los pueblos vecinos. Su famosa crueldad pronto le valió ser conocido como Ullrich ‘El sanguinario‘. El rey era capaz de arrasar con pueblos enteros, asesinando mujeres, niños y ancianos indefensos, solo para sembrar un profundo temor en el corazón de sus adversarios. Los métodos utilizados por Ullrich lo fueron distanciando de Tanus, quien pasaba largas noches en vela al interior de la torre, preparándose para abandonar Chequia a la menor oportunidad. Los planes del viejo llegaron a oídos del rey. Temeroso de que los secretos del reloj, símbolo de su grandeza, pudieran ser utilizados para reproducir semejante prodigio de la ciencia fuera de sus dominios, Ullrich mandó llamar al mago. El tirano le reprochó al viejo una supuesta falta de gratitud, al mismo tiempo que Tanus condenaba la actuación del monarca, alegando que el rey había sido corrompido por su insaciable ambición de poder. Tras una breve y fuerte discusión, Ullrich ordenó a los guardias arrancarle los ojos a Tanus, con el fin de imposibilitarlo para construir otro maravilloso artificio que pudiera eclipsar o siquiera cuestionar el poderío y la grandeza de Ullrich. Uno de los guardias tomó un hierro caliente para cumplir con la orden. El mago maldijo al rey antes de quedar ciego, jurando vengarse del tirano antes de ser echado del castillo. Con ayuda de su discípulo, Tanus ascendió a lo alto de la torre, dio algunas instrucciones a Patricio para luego salir por la cornisa, recitar a todo pulmón una frase pronunciada en una lengua antigua y arrojarse desde el último piso para morir justo frente al reloj que tantos años le tomó construir. “Tyranni morietur in carcere corpore suo”, fueron las palabras que pronunció Tanus justo antes de morir, las cuales podrían traducirse como “el tirano morirá en la prisión de su cuerpo”. Las palabras del mago fueron interpretadas por algunos como una maldición contra el rey, versión que se difundió entre los aldeanos hasta convertirse en verdad incuestionable dentro del imaginario popular. El cadáver de Tanus fue recogido y quemado en la plaza pública por órdenes de Ullrich, quien utilizó la tragedia del mago para reafirmar su tiranía ante los ojos de la muchedumbre. El deceso de Tanus causó un gran impacto en el pueblo, lo cual contribuyó a hacer más evidente el descontento contra el rey y su recurrente aumento de impuestos, mismos que servían para financiar las constantes guerras con las que había logrado someter a sus detractores, quienes pagaban cualquier expresión de inconformidad con su cabeza, la hoguera o la horca. A pesar de las muchas batallas ganadas, una espesa sombra se asentó en el reino de Chequia. La peste y las heladas de los años siguientes agudizó la agonía del pueblo y la tiranía del rey. Los aldeanos comentaban que los malos tiempos comenzaron justo con la muerte de Tanus, de la cual culpaban al monarca y su insaciable ambición. Agobiado por los muchos problemas que aquejaban al reino y las continuas disputas al interior de la corte, la salud de Ullrich se deterioró de manera notable en poco tiempo. Se veía pálido y ojeroso, demacrado, como si fuera un simple cuerpo sin alma, un cadáver movido por la podrida inercia del poder. Los insoportables dolores y los continuos vómitos hicieron que el rey se fuera consumiendo lentamente, como una hedionda vela, con lo cual optó por recluirse dentro de su castillo, refugiándose en su propia amargura, una forma de justificarse y evadir los muchos problemas que debía afrontar para mantener a flote el reino. Al mismo tiempo, la angustia de no haber dejado descendencia lo iba devorando por dentro. Los dos hijos que Ullrich tuvo con la reina Constanza murieron a los pocos días de nacidos tras sufrir enfermedades extrañas. Agobiada por tales sucesos, una noche, la reina tomó un potente veneno para quitarse la vida, lo cual hizo que el carácter de Ullrich se volviera aún más umbrío.

Pasaron muchos años de desgracias e infortunios hasta que una mañana, apareció Patricio ante las puertas del castillo para solicitar una audiencia con el rey. “Dígale que le traigo un mensaje de Tanus”, dijo el muchacho a uno de los guardias que custodiaban la entrada principal del castillo. La visita tomó por sorpresa al monarca. ¿Un mensaje de Tanus? ¿Cómo era eso posible si estaba muerto? Él mismo había visto arder su cadáver en la plaza central desde lo alto del castillo. Intrigado por aquella extraña noticia, Ullrich ordenó que dejaran pasar al muchacho. Una vez frente al rey, Patricio entregó una carta dentro de un sobre, firmada con sangre por el mismo Tanus. La carta decía así: “Pasarán los años Ullrich, los campos se secarán, morirán de hambre los niños y la desgracia del pueblo será también tu desgracia. La tiranía y la sed de sangre tienen un precio, mismo que pagarás con tu vida. Si estás leyendo esto ahora significa que llevas años pudriéndote en la miseria que tú mismo has provocado. Pero nada es para siempre, ni siquiera la muerte. Por eso he escondido el secreto de la vida eterna en lo alto de la torre, la cura contra todos tus dolores, algo que tú y sólo tú serás capaz de descifrar. ¡Tómalo si te atreves, oh maldito rey, marcado por el sino imborrable de la podredumbre humana!”. La advertencia de Tanus encerraba una especie de reto y una amenaza. Colérico, Ullrich rompió la carta y mandó encerrar a Patricio. Tuvieron que pasar algunas semanas para que, ante una nueva racha de dolores insoportables, Ullrich encomendara a un grupo de hombres encontrar el supuesto remedio para su malestar, escondido en lo alto de la torre. Los hombres regresaron sin éxito, alegando que en el cuarto ubicado en el último piso de la torre sólo había una serie de imágenes e inscripciones pintadas sobre la pared. Ullrich pidió a sus súbditos que le describieran a detalle cada palabra, cada imagen pintada con esmero en lo que alguna vez fue el laboratorio del mago. Los guardias explicaron al rey que las imágenes parecían contar alguna historia demoniaca, pues entre otras muchas figuras, aparecía una hombre desnudo con cuernos gigantes sosteniendo un cráneo con una flor en su interior. “Lo más extraño es que aquel hombre retratado en la pared tenía un enorme parecido con vuestra majestad”, según confesó con cierto temor y vergüenza el capitán de la guardia real. Aquella imagen, además, estaba decorada con escenas de viejos cuentos populares, donde la aparición de gente riendo o llorando solían mezclarse con toda clase de personajes fantásticos que parecían relatar una historia. Intrigado con semejante descripción, Ullrich desestimó las amenazas del mago y pidió que lo llevaran a lo alto de la torre. Debido a su maltrecho estado de salud, aquello representó todo una odisea. El rey fue cargado por su servidumbre hasta la entrada de la torre, cuyo descuidado reloj marcaba las coordenadas cósmicas de aquel nublado 21 de junio de 1432. Como las escaleras eran demasiado estrechas, Ullrich tuvo que subir por sí mismo hasta lo alto de la torre, ayudado por sus sirvientes. Tras tomarse varios minutos de descanso y experimentar insoportables dolores que le hacían palidecer como si se tratara de un espectro, Ullrich finalmente subió el último peldaño que lo conduciría al secreto de la vida eterna. Al entrar a la habitación, el rey pudo percibir la presencia de Tanus. Era como si aquel cuarto estuviera impregnado con la esencia del mago, quizá por aquel olor a incienso que solía identificar con el mago o por alguna otra misteriosa razón. Luego de mirar el imponente mural que decoraba el recinto, Ullrich se sintió sorprendido por el detalle de las imágenes. Lo observó con cautela y un agudo sentido analítico, casi como si se tratara de un mapa de guerra. La historia relatada en la pintura parecía relatar lo que había sido la historia del reino de Chequia tras la muerte de Tanus, como si el mago supiera de antemano lo que sucedería luego de su muerte. La mirada de Ullrich se detuvo en el centro del muro, donde aparecía su retrato con grandes cuernos, sentado sobre su trono, sosteniendo con su mano derecha un cráneo del cual brotaba un tulipán amarillo y su mano izquierda señalaba sutilmente a un perro doberman, erguido, en cuyo hocico parecía tener restos del cuerpo de dos niños recién nacidos que yacían sobre el piso. De inmediato Ullrich relacionó dicha imagen con la muerte de sus hijos. A un costado del perro, una mujer cuyo rostro permanecía oculto entre sus cabellos rojizos se derramaba una copa con un líquido rojo que lo mismo podía ser vino o sangre. También aparecía un retrato de Tanus, sin ojos y sonriente, sosteniendo un pergamino que decía la misma frase que recitó antes de morir, la misma frase con la que había maldecido al rey: Tyranni morietur in carcere corpore suo. La anhelada venganza del mago había sido finalmente consumada. El monarca comenzó a temblar de rabia al mismo tiempo que sintió un ardor que le recorría todo el cuerpo. Escupió sobre la imagen y arrojó un mazo de hierro sobre la pared de piedra, misma que, para sorpresa de todos, hizo un enorme agujero. La falsa pared de piedra conducía a un estrecho y lúgubre pasillo que conectaba con una puerta de madera custodiada por un gran candado. A la entrada podía leerse otra inscripción escrita en latín: “Risum, occulto elixir vitae”, algo que podría interpretarse como “reír, el secreto elixir de la vida”. Ullrich, quien tomó aquello como una burla, dio la orden de forzar la puerta. Pasaron algunos minutos hasta que los guardias lograron su cometido. Ullrich, acompañado por un pequeño grupo de no más de cinco personas, ingresó con sigilo a la cámara secreta, en donde habían otras cinco puertas. Abrieron una por una hasta descubrir que cada puerta conectaba a una habitación con otras cinco puertas que a su vez conectaba con otras cinco puertas y así sucesivamente hasta el infinito. Ullrich había caído en la trampa. Sin saberlo, había sido conducido por el mago hasta un secreto laberinto que se ocultaba en lo alto de la torre. Cuando finalmente el rey se dio cuenta de ello, quiso regresar por donde había venido, pero para ese entonces, era ya demasiado tarde. Nunca más se volvió a saber nada de Ullrich, quien fue devorado por el laberinto. Los guardias que permanecieron al pie de la falsa pared de piedra en espera de su rey pasaron muchas noches esperando el regreso del tirano. Algunos grupos salieron en la búsqueda del cruel gobernante, pero fue inútil. Ullrich había desaparecido sin dejar rastro. Conforme pasaban los días, la ausencia del tirano se hizo cada vez más evidente al interior del reino. Al no dejar descendientes, las disputas por el trono entre los miembros de la corte hicieron aún más profunda la crisis interna que ya de por sí enfrentaba el reino de Chequia. Los pueblos sometidos aprovecharon el acontecimiento para rebelarse contra sus opresores y reducir a cenizas lo que alguna vez fue un enorme imperio. Lo único que sobrevivió de aquellos tiempos fue la torre del reloj, cuyas manecillas permanecieron inmóviles durante varias décadas, casi como si aquello fuera una alegoría del tiempo perdido entre tanta sangre inútil. Un día de invierno, el reloj comenzó a funcionar con normalidad, hasta el día de hoy. Si uno visita el lugar para contemplar aquel misterioso prodigio de la inventiva humana, la gente del pueblo dice que Ullrich sigue vagando en lo alto de la torre, atrapado en el laberinto de su ambición, tratando de encontrar la salida al insoportable cansancio de su miserable existencia.

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Cartografía del sueño

Hace poco más de un año, en 2014, me di a la tarea de realizar un peculiar experimento, el cual consistió en escribir todo lo que soñé durante varias noches. Buena parte del texto lo escribí en un estado adormilado, casi de manera automática, no sin mucho esfuerzo. El resultado, además de simpático, me permitió confirmar algo que ya intuía. El inconsciente no habla en el idioma de la razón, sino el de los símbolos que se expresan en el territorio de la fantasía. Los sueños no tienen lógica. Se parecen más a un viaje con drogas alucinógenas que a un cuento bien estructurado. Los nombres ahí vertidos suelen ser familiares y amigos, además de algunos personajes de la farándula, esos seres capaces de poblar los sueños de ficciones y otras realidades. La imaginación es fecunda bajo el hechizo de la noche y su inagotable misterio.


19 de septiembre
Natalie Portman, convertida en pornstar, se da cuenta que en realidad es una princesa de un planeta remoto perseguida dentro de una ópera espacial. Reminiscencias de su interpretación de Padme Amidala en Star Wars, supongo. Por supuesto, yo me acomido a ayudarla a escapar. En eso transcurre el sueño, en una serie de escapes imposibles donde la imagen del agujero de una escotilla con una escalera en un ambiente tipo Naboo, se vuelve recurrente. Lástima que la intervención de Natalie Portman como estrella del cine de adultos duró demasiado poco en mi sueño.

20 de septiembre
Estoy en clase. La lectura que dejaron parece algo complicada. Yo, como siempre, apenas terminé de leer. El mobiliario no corresponde al de una universidad. Me doy cuenta que estoy en un salón de maternal, juntó a amigos que conocí en segundo de Kinder. Todos somos adultos. A mi lado se encuentra el Ñors. Insiste en que le pase la tarea. Como hay que comentar la lectura (algún texto teórico sobre Schutz, probablemente), le paso algunas ideas centrales pa que entre a la discusión. Intenta quitarme los apuntes y le pongo un ‘estate quieto’. Luego me pongo a dibujar. Les muestro mis dibujos a Mónica y Marisol que se encuentran al final de la mesa. Los contenidos cambian pero la esencia de la escuela es siempre la misma. El Kinder y el Posgrado son más parecidos de lo que pensaba.

21 de septiembre
Tras un evento periodístico en algún balcón de Palacio Nacional, me quedé sentado en la misma mesa con Enrique Peña Nieto y el secretario de gobernación Miguel Ángel Osorio Chong. Comenzaron a discutir temas de la agenda política. Estaban preparando un foro académico a modo sobre temas políticos, donde participaría el presidente para impulsar la próxima reforma. Yo no pude quedarme callado y empecé a cuestionar las acciones del actual gobierno. Chong se retiró y sólo nos quedamos Peña y yo conversando. Yo trataba de descubrir al ser humano detrás de la embestidura presidencial. La charla se volvió amena, sin tanta pose, más suelta. En una pantalla se desplegaban mis comentarios de Facebook en contra del gobierno. Mientras trataba de ocultar ese hecho para no arruinar mi entrevista casual con Peña, me di cuenta que Osorio Chong estaba rastreando mis datos personales y mi ubicación mientras un proyector desplegaba mis críticas al gobierno en redes sociales. Peña incluso bromeaba citando un par de autores. No resultaba tan pendejo como yo pensaba. El copetudo presidente reconocía sentirse alejado de la gente. Incluso quería organizar un concierto en el Zócalo con Timbiriche para mostrar su lado más humano, pero tenía miedo de que el Peje y su banda pudieran arrojarle algo durante el evento. Al final de la charla, le pregunté por qué los mexicanos no conocían a este Peña más suelto con el que acababa de conversar, y ante las cámaras solo aparecía el político tieso, acartonado y presionado por la clase política de la cual forma parte. Me miró un instante sin dar una respuesta clara y se marchó a una reunión privada. La escena terminó ahí. Lo siguiente que recuerdo es que Peña estaba en un mitin pequeño en el Zócalo con gente protestando, principalmente ancianos de origen humilde. Yo estaba en medio del cordón policial, apoyando a la gente que protestaba. Mi madre estaba ahí presente, interrumpiendo mi labor con asuntos que no venían al caso en ese preciso momento. Terminó rápido el mitin. Los manifestantes y los aplaudidores del gobierno se diluyeron rápidamente. Tomé mi mochila, que había dejado en una de las esquinas del templete y me fui a comer con mi mamá y mi tía en un callejón del Centro Histórico, el cual se asemejaba más a un centro comercial, posiblemente Plaza Carso.

23 de septiembre
Hay una kermesse. Un amigo a quien ignoro, pone un puesto de papas fritas. las papas llegan por una linea de produccion y una banda hasta el suelo donde se desparraman al mismo tiempo que los estudiantes intentan prender cohetes. Lo logran. Lo de las papas con cohetes crea un conflicto que no entiendo bien a bien. Todo es confuso. En una mesa para el desayuno, presumo a mi familia mi planta carnívora. Se proyectan animaciones en 3D sobre personajes ficticios. En algún momento del sueño, juego un partido de basquetbol con mi madre, quien me regaña por gastar tanto dibero en un balón de baloncesto de dudosa calidad. Vamos con mi tía Marce en un tren. El tren se detiene. Algunos estudiantes lo paran. Abrimos la compuerta de atrás preocupados. Le han disparado a Pily. Mi furia está a tope. Logro sacar un arma y apuntarles a los asesinos, pero no les disparo. Se burlan. Me decido a matarlos. Despierto. Ya antes he soñado la última parte del sueño pero con otros personajes.

25 de septiembre
Hay un evento donde se requiere conectar un equipo de sonido. Yo intento conectar mi micrófono en el canal 8 de la consola, pero está lleno. Tengo que salir del salón, donde hay un mercado. Busco en uno de los puestos a un tipo gordo y fornido con una consola para poder conectarme. Por alguna razón que no entendí del todo bien, no me es posible conectar el micrófono a la consola. Esporádicamente aparece Ibarra con el Mike. Ahí está también el Chicharito ligando con una chica al estilo tradicional, como buen romance de pueblo. Lo saludo discretamente. Luego aparece el Pikolín, con el cuerpo todo herido, dando vueltas de carro, como sí estuviera realizando una especie de manda, un ritual.
Abandono el lugar para ir a una peda con la banda Arboledas en un bar cubano ubicado en una esquina. Ahí esta el Lupe y el Subtomandante. Sólo fuimos ahí para el precopeo pero todo mundo acabó hasta el pito. El baño se abarrota de gente para cambiarse de ropa. A falta de mingitorio, orino sobre una canaleta casi a la altura de un lavabo específicamente diseñado para eso. El Pérez se atraviesa en el trayecto de mis meados, pero muy a su estilo siempre calmo, pareciera no importarle. Luego nos preparamos para irnos a Cuernavaca. Preparo una maleta y vacío otras dos mientras el Ramirito discute con doña Ishmish. De repente estoy en el auto de mi ahijá. Crítico sarcásticamente la limpieza cristalina de su parabrisas. Fin del sueño.

26 de septiembre
Mi tía tiene un León encerrado dentro de una casa. La leona crece a proporciones descomunales y tiene una cría, la cual es cuidada por mi otro yo (una especie de clon). Mi mamá retira al cachorro de la leona, la cual aparece amarrada a una reja no mayor a un metro de altura. Me siento mal por la situación y decido devolverle el cachorro a su madre, lo cual ocasiona la molestia de mi mamá y mi tía.
Luego aparezco en una casa grande parecida a la del Ramiro. Es como un bungalo ubicado en el último de los seis pisos. Intento mantener el orden pero el gordo que sale en la película de Superbad me persigue por toda la casa junto a otro tipo flaco para hacerme cosquillas. Me molesta su actitud pero no puedo hacer mucho. El gordo va dejando un rastro de caos por donde pasa, desordenándolo todo. Llega la hora de comer. Lo sé porque la prima de uno de los cuatro que estamos ahí, que no alcanzo a distinguir bien, irrumpe en el desorden. La chica es guapa, pero esta obsesionada con un músico japonés, tal como evidencia durante la comida. No deja de hablar de él. Una viejita con demencia senil desata improperios contra una señora de tez blanca y ascendencia indígena. A mí me toca sentarme junto a Manola en una mesa alta. Quiere tomar cocacola pero trato de convencerla de que no es recomendable tomar mucha. Hace berrinche y las cosas se ponen difíciles.
Durante un tiempo, decido viajar sólo y conozco una familia iraquí. Es el cumpleaños de uno de los niños, pero tienen prohibido usar la bandera en cualquier fiesta, por lo que hay que quitar las banderas colgadas de un cordón que atraviesa el techo del patio. La familia decide mudarse y yo los ayudo. Ponen su casa en el remolque de una camioneta. A toda velocidad durante la carretera, aparece la leona con su cachorro. Advierto al papá de la familia iraquí que tenga cuidado. Frena intempestivamente y la casa se sale del remolque para hacerse pedazos. Me reprochan que por salvar a la leona, se quedaron sin casa. La familia iraquí, muy enojada conmigo, se sube a la parte posterior de una camioneta cuyo chofer se ha ofrecido a darles aventón. Ellos siguen su camino y yo me quedo a orillas denla carretera sintiéndome culpable por lo sucedido.

28 septiembre
Me encuentro en un hotel, voy caminando hasta mi cuarto y hay una ventana gigante que da a un campo llanero de futbol. Prefiero ver el partido de los niños que el futbol profesional que aparece en la tele. Juegan unos morros güeros como neozelandeses contra morros mexicanos. De pronto me percato que los mexicanos son el equipo donde jugaba mi hermano. Bajo a las tribunas ubicadas en el interior del hotel para ver mejor el partido. Me encuentro unos lentes de sol en un armario y me los quedo. Osvaldo dirige al equipo de mi hermano. Es un partido fácil. Los neozelandeses acaban goleados. Voy a la tribuna junto a la familia del Edson, con quienes llegué al hotel. Llega Bere con su hermana pa ver jugar al isleño, enfundado en una camiseta del Necaxa. Me preguntan si me quedaré al otro juego, pero no puedo, tengo que ir a trabajar. Le pregunto a Osvaldo si me puedo ir con él en su Hummer convertible. En la parte posterior del Hummer va mi hermano de morro junto a Pablo y el Barush. Son niños pero hablan como adultos. Mi hermano irá al Zócalo a seguir entrenando. No me convence el plan y dudo en ir hasta allá. Quizá me convenga esperar a la familia del Edson para regresarme con ellos. Del estacionamiento sale una camioneta larga y la detengo pensando que eran ellos. Eran los neozelandeses que viajaban todos juntos en una camioneta alargada como limosina. Me disculpo por la confusión y me regreso. Le doy los lentes a Osvaldo porque son suyos y le advierto que uno de los vidrios esta cortado a la mitad. Mi hermano le explica a Pablo que no es conveniente ir al Zócalo con la mochila llena. Es mejor dejar algunas cosas. Mi hermano regaña a Osvaldo por dejar todos los artículos de limpieza de la Hummer (que son muchos) a lo largo de la cajuela (que es como de Jeep, en lugar de Hummer). No me convence la ida al Zócalo pero de ahí puedo tomar el metro.

30 de septiembre
Vamos a ir a Valles en coche mis padres y yo, junto a un señor ya viejo y otro tipo que no alcanzo a identificar, pero que resultan ser muy pesados. En casa de mi tia Paty preparamos la expedición. Voy al baño, consulto un par de libros sobre telenovelas y los señores compran víveres en la tiendita. En casa de mi tía hay un piano eléctrico que suena como bajo eléctrico. Como no cabemos en el coche, vemos todos apretados en el coche de mi tía So. Vamos por periférico de Satélite al Toreo pero esta bloqueado. Toda la lateral se ha convertido en puestos de tacos y fritangas por la construcción del segundo piso. Hay que bajarse a caminar y tomar un pesero al final del mercado de comida.
Vuelvo a dormir. Aparezco en casa del Jimmy. El Ramiro intenta subir por una escalera de mano para cambiar un foco fundido en la farola que está en la calle. Le presto un cinturón tipo arnés para que no se rompa su madre. Regreso a lavarme las manos y me doy cuenta que están todos los sobrinos Reverte cotorreando por ahí. Juego con ellos un rato y me doy cuenta que la Tamarinda se comió las piezas de un juego de mesa que mi hermano y yo jugábamos en el cuarto de Paulina. Me recuesto sobre la cama para dormir un rato. Quito de entré las sábanas dos hormigas con mandíbulas de muy buen tamaño y quito también un pequeño alacrán. Cuando tomo las cobijas para atrapen, un escorpión gigante me pica con su cola y me atraviesa la mano derecha. Como sigue vivo, lo golpeo en la cabeza contra la pared hasta matarlo. Luego me voy a lavar las manos. Mi papá discute a la distancia con mi mamá sobre la herida. Mi madre llega a escena y quiere que vayamos a ver un médico o una segunda opinión del papá de Beto que se encuentra en el cuarto de al lado. Me niego porque ya sé lo que dirá. Salgo del baño. El alacrán me ha dejado un hoyo en la mano.

2 de octubre
Practico kungfu con los personajes de Naruto. Apenas recuerdo un par de cosas, como el hecho de estar lastimado de la rodilla. Luego aparezco en Nueva York con mi hermano. Es invierno y hace frío. Llego a una casa con varios migrantes. Me explican algunas cosas del lugar y sobre algunas cosas turísticas, pero a mi lo que me importa es trabajar y conseguir algo de dinero. Un tipo parecido al Amiguito me da algunos consejos y me comenta que tratara de conseguirme trabajo en algún Subway o alto parecido. En la casa viven también las primas de la Vecina. Les comento que si las 30 personas que viven en la casa se organizan vendiendo comida o algo así, será más fácil cumplir con los gastos. Como que les gusta la idea pero no hacen mucho caso. Decido ir a la estatua de la Libertad y consigo un viaje en avioneta junto a mi tío Javier, mi tío Nico, Alan y mi hermano. El viento es muy fuerte y desestabiliza la avioneta. Todo se vuelve angustioso. La nave pierde el control y desciende a gran velocidad. Siento el vértigo de la caída. Nos estrellamos. Apenas y logramos sobrevivir, sin un rasguño. Es un milagro. Aterrizamos en una casa de asistencia para gente con problemas mentales y de la tercera edad. Luego regresamos a la casa de Nueva York. He podido conseguir algo de dinero trabajando. El dinero yace sobre el piso, junto a la puerta, y un cabrón pasa y se lo roba de manera discreta. Me doy cuenta y salgo a la puerta del edificio. Le advierto al portero del edifico que el tipo es un ladrón. Cae en evidencia porque no puede explicar quién es exactamente quien aparece en una tarjeta con el nombre de Saske Uchiha, la cual hurtó junto con el dinero. El portero le habla al equipo e seguridad del edificio y le meten una madriza al ladrón, al cual amenazan con deportar. Se ha hecho justicia. Me siento mejor.
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El hombre arborescente

Sabía que su muerte estaba próxima. Lo sentía desde hace unos días, luego de que la fatiga profunda lo tiró en cama. A sus noventa y ocho años de edad, Tomás Alvarado se veía mucho más joven de lo que realmente era. Algo que él solía atribuirle al buen humor que le caracterizaba, el mismo que logró sacarlo adelante en los momentos más apremiantes de su vida. Miró hacia atrás, escarbando en las profundidades de la memoria, recordando aquellos lejanos días de juventud donde el mundo parecía abrirse de maneras insospechadas para él. Se sintió feliz de haber logrado todo lo que se propuso en la vida. Orgulloso de sus estrepitosos fracasos, no se quedó con las ganas de intentar lo imposible, aunque le dijeran loco. Ahora que se aproximaba el fin, se sentía tranquilo. Supo que era el momento de partir y dejar todo atrás. Un último deseo impregnó su corazón. Tomás Alvarado desenterró un sueño de la infancia y lo escribió en un pedazo de papel que se encontraba sobre el buró junto a su cama. Observó con enorme gozo a una pareja de colibríes que se detuvo frente a la ventana de su recámara. Sintió que su cuerpo se hacía ligero. Esbozó una tenue sonrisa y se echó a dormir.

Tendrían que pasar algunas horas para que la hija de Tomás se percatara del repentino fallecimiento de su padre. Rebeca se limpió los ojos rojos llenos de lágrimas y miró por la ventana. Se secó los ojos hinchados de tanto llorar y marcó el teléfono para comunicarle la noticia a sus hermanos. Don Tomás fue enterrado en su rancho, como siempre había querido. Con el paso del tiempo, la vida arrojó un aguacate sobre su tumba. La lluvia se encargó de forjar el milagro. Las raíces se hundían en la tierra al tiempo que el anciano despertaba de su letargo. Tomás Alvarado cumplió así su último anhelo antes de morir, su sueño de reencarnar y convertirse en árbol.

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Los canguros no dejan dormir

Seguro fue el estrés. Anoche soñé que en el parque de la Nápoles había una especie de jardineras para que la gente armara sus huertos. También había terrenos enrejados que se compraban como si fuera un departamento y donde la gente podía hacer “al aire libre” las actividades que le dieran la gana. Era como comprar un pedazo de campo en medio de la ciudad. En una de las parcelas cercadas por rejas había una manada de ualabís abandonados. Yo, junto con otros integrantes de mi familia, nos introdujimos a la jaula de los ualabís quesque para rescatarlos. Pero después de un rato, advertí a la banda familiar sobre la necesidad de salir de la jaula, pues un enorme canguro azul, tuerto y mal encarado, con aire de pirata viejo, nos quería echar pleito. Desperté. Todo el día he traído sueño. Pinches canguros que no dejan dormir.

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Los comensales

Mientras esperaba mesa, saqué de la mochila mi libro de Paul Auster y comencé a leer. El restaurante estaba lleno. Los comensales no paraban de hablar mientras bebían sus jarras de agua de horchata, como buenos godínez. Cinco alegres oficinistas salieron del local.
—Pasen por favor— dijo un mesero a otras cinco perdonas que esperaban en la calle. —¿Quién de ustedes sigue?— preguntó de pronto, dirigiéndose hacia mí.
—Ella— dije haciendo referencia a una guapa joven que, al igual que yo, esperaba su turno para comer.
El hambre no me hizo perder la paciencia. En ocasiones miraba de reojo a la atractiva mujer. Me llamó la atención que estuviera sola. Era realmente hermosa. El sol de la tarde imprimía unos reflejos dorados en su cabello castaño que caía justo a la altura de su cuello. Tenía la nariz ligeramente redonda, lo cual parecía acentuar su encantadora sonrisa. Llevaba una falda de flores rojas hasta las rodillas y una blusa blanca, ideal para el verano. De vez en cuando sacaba el teléfono del bolso como si estuviera esperando una llamada o algún mensaje. Quizá había quedado de verse con alguien para comer. No le di mayor importancia y continué con la lectura.
—Se va a desocupar una mesa grande. ¿Les importaría compartir mesa?— preguntó el mesero.
—Por mí está bien— respondí.
La mujer asintió suavemente con la cabeza antes de entrar a la abarrotada fonda. Me gustaba comer ahí porque la comida tenía un buen sazón y el trato era amable. Lo único que detestaba era tener que hacer fila cuando los godínez de los edificios aledaños salían en estampida para abarrotar todos los locales de comida. Pero en esta ocasión no me importó en lo más mínimo. Al salir de casa nunca hubiera imaginado que terminaría comiendo con una linda mujer así, de la nada. Nos sentamos junto a la barra. El mesero dejó una jarra con una agua de jamaica artificial y dos juegos de cubiertos enrollados en sus respectivas servilletas. La miré de reojo. Ella sonrió por cortesía. Tomé la jarra de agua y la serví en dos vasos. Estaba dulcísima.
—¿Vienes seguido por aquí?— le pregunté sólo por decir algo.
—No, en realidad estoy aquí de visita y es la primera vez que vengo a este lugar. Me estoy quedando en el departamento de una amiga que vive cerca de aquí, pero trabaja a estas horas. Ella me recomendó el lugar.
Mis sospechas se habían confirmado. Su acento extranjero era inconfundible. O al menos eso creí.
—¿Española, verdad?
—Casi. Barcelonesa—, aclaró tajante, como buena catalana.
—Ya veo. ¿Y qué te parece el DF hasta ahora? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Acabo de llegar hace tres días. Hasta ahora no he visto mucho. Sólo el centro de la ciudad y algunos bares de la Condesa.
Ambos ordenamos sopa de brócoli con papas y arroz de segundo tiempo. Ella pidió ensalada de atún y yo tortitas de espinaca. Me contó que estaría sólo unos días en México. Había venido por una cuestión de trabajo pero aprovechó el viaje para tomarse algunos días libres. Era economista y trabajaba para una organización no gubernamental. Estuvo aquí por la realización de un foro sobre cómo acabar con el hambre en el mundo. Y a pesar de que parecía que llevaba una buena vida, daba la impresión de llevar un velo que la atormentaba, algo que la hacía entumecer el rostro esporádicamente para disimular la tristeza.
—Suena interesante tu trabajo. Y sin embargo pareciera que no estás disfrutando la vacación.
—¿Eso parece?— preguntó.
—Sí, al menos esa impresión me da. Disculpa por meterme en lo que no me importa.
—Es curioso que lo digas. Unas semanas antes de venir para acá corté con mi novio. Supongo que todavía se me nota, así que no te preocupes.
Intenté cambiar el curso de la plática para no hacerla sentir mal. Le pregunté por sus pasatiempos, si le gustaba leer y qué tipo de música escuchaba, ese tipo de cosas que ayudan a romper el hielo. Me contó que le apasionaba leer novelas francesas del siglo XIX y que le gustaba escuchar música electrónica. Hablamos un poco de literatura, sobre algunos autores que no conocía. Mientras hablaba y comía, su rostro triste dejaba escapar su bella sonrisa de vez en cuando. Me dió la impresión de que no le resultaba yo del todo desagradable. Pedimos el postre y seguimos conversando durante algunos minutos más antes de pedir la cuenta.
—¿Qué harás hoy?— pregunté como preámbulo de la inminente despedida.
—No sé, cuando mi amiga regrese del trabajo quizá salgamos por una cerveza.
—Conozco un lugar anecdótico para ir a bailar, estilo Méxican kitsch. Podemos ir con tu amiga, si te animas.
—Me encantaría. Deja lo comento con ella y te aviso.
Intercambiamos números de teléfono y cuentas de Facebook. Nos dimos un beso en la mejilla, caminamos un par de cuadras y cada quien tomó su propio rumbo. Camino a casa no dejaba de parecerme algo fantástico el hecho de acabar ligando a una extranjera en una fonda de comida corrida. Llegué a mi casa y me puse a leer un rato, antes de revisar el correo y vagar un par de horas en internet. Mientras perdía el tiempo en no hacer nada, no podía evitar imaginar lo que ocurriría horas más tarde, en caso de que Marta —así se llamaba— y su amiga decidieran ir a bailar salsa para aprovechar el folclórico caos de una ciudad como esta. Llegó la noche y todavía no había señales de Marta. Decidí mandarle un mensaje.
—Hola, cómo vas? Siempre sí se animan a echar el baile o qué rollo?— pregunté.
Pasaron varios minutos de incertidumbre antes de recibir una fría respuesta.
—Hola, mi amiga llegó cansada y no tiene muchas ganas de salir y yo tampoco. Muchas gracias por la invitación. 🙂
—Vale, me parece bien. Pero deberías aprovechar la vacación. Te propongo una cosa, paso por ti y vamos a echar unos tragos nada más para que regreses temprano a casa de tu amiga.
—Bueno, nos vemos en media hora?
Me pasó su dirección. Afortunadamente, la casa de su amiga no estaba tan lejos de mi casa. Al llegar al portón del edificio toqué el timbre.
—Hola, vengo con Marta.
—Un momento— respondió una voz de mujer al otro lado del interfón.
Tras unos minutos, apareció por la puerta. Se veía sonriente y bien vestida, pero sin exagerar su arreglo personal. Vagamos un rato por las calles mientras buscábamos algún bar cercano, hasta que finalmente, aterrizamos en un pub. Conforme íbamos platicando y añadiendo cervezas a la cuenta, la sentí más ligera, cómoda. Se reía con mis bromas estúpidas, luego de contarme un poco sobre el drama con su exnovio. Luego de la media noche pedimos la cuenta y regresamos a casa de su amiga, ebrios y sonrientes. Al cruzar un parque en medio de la oscuridad, la tomé de la mano e intenté besarla. Dobló ligeramente la cabeza como esquivando el golpe pero finalmente cedió. Fue un beso largo, lo suficiente para cambiar el curso de la noche. En lugar de regresar a casa de su amiga fuimos a mi departamento. Apenas cruzamos el umbral de la entrada, le besé el cuello de manera torpe y apresurada mientras nos despojábamos de las ropas. Entramos a mi habitación, se desabotonó la blusa y le quité las pantaletas. Cogimos como desesperados toda la noche hasta que finalmente nos quedamos dormidos unos minutos antes del amanecer, exhaustos, liberados de todas las ataduras. Cuando desperté, ella estaba mirándome fijamente, con los ojos húmedos y sin decir palabra alguna. Le pregunté si todo estaba bien y asintió levemente con la cabeza. “Sí, sólo me da un poco de pena no haber llegado anoche a casa de Judit”, dijo en voz baja. La besé despacio, luego de retirar algunos cabellos que le cubrían parte el rostro. Nos quedamos abrazados varios minutos antes de levantarnos. Esa noche tampoco volvió a casa de Marta. Luego de desayunar pasamos la mayor parte del día recorriendo Chapultepec, hasta que finalmente regresamos a mi departamento. Durante el día, hablamos de lo ocurrido, la manera tan extraña en que dos desconocidos que por azares del destino compartieron mesa en una fonda acabarían acostándose la misma noche. Quién lo diría. Seguro el mesero se sorprendería si supiera de sus dotes de cupido. Al llegar a mi casa, nos besamos una vez más, pero estábamos exhaustos. Nos quedamos profundamente dormidos en el sillón de la sala. A la mañana siguiente la acompañé a casa de su amiga para recoger sus maletas y acompañarla al aeropuerto. La amiga se veía a la vez molesta y sorprendida. A Marta parecía importarle poco. Se despidieron de manera fría y quedaron de mensajearse una vez que Marta llegara a Barcelona. Mientras eso ocurría, hablé por teléfono para conseguir un taxi. Camino al aeropuerto nos quedamos callados, como si no supiéramos qué decirnos. Luego de dos días de locura, la aventura llegaba a su fin. Nos tomamos de la mano, mirándonos en silencio. Documentó su equipaje en la sala de Iberia y la acompañé hasta la terminal de salidas internacionales. Nos besamos por última vez y quedamos de buscarnos para un próximo encuentro cuando yo viajara a Europa o ella regresara a México. Su encantadora sonrisa parecía borrar cualquier rastro de tristeza en su rostro.
Pasamos meses chateando por Facebook, hasta que finalmente, nos quedamos sin nada que decirnos uno al otro. Algunos años después, ella viajó a Cancún con sus amigas para su despedida de soltera. Quedamos de vernos una vez más, antes de que ella terminara casándose con su exnovio, el mismo con el que había roto antes de conocernos. Hice lo posible por viajar a Cancún pero cuando estaba a punto de comprar el boleto de avión, algo me detuvo. Ahora que lo veo en retrospectiva, creo que no me sentía con fuerzas para verla una vez más sabiendo que no pasaría de una simple aventura, como la última vez. Nunca nos volvimos a ver.
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La mente cósmica

cosmos

La luz roja anunciaba el fin de un largo trayecto. La cámara de animación suspendida detuvo el proceso. Ranjit despertó lentamente mientras su respiración y los latidos del corazón volvían a la normalidad. Presionó el interruptor dentro de la cabina para abrir la puerta. Revisó el calendario. Le parecía increíble que en solo un abrir y cerrar de ojos pudiera pasar tanto tiempo. Ranjit había pasado los últimos ocho años dormido desde la última vez que había estado consciente, esperando el momento en que las máquinas lo despertaran de su letargo para constatar los datos obtenidos en la computadora, analizarlos y enviar un corte preliminar a la Tierra. Bastarían un par de días para que la nave que transportaba a Ranjit cruzara la delgada línea imaginaria que delimitaba el Sistema Solar. Ningún hombre había llegado hasta aquí antes, y sin embargo, a Ranjit parecía no emocionarle la idea. Quizá porque había pasado la mayor parte de su vida dormido en una cámara de animación suspendida, inmerso en ese infatigable deseo humano de explorarlo todo. Nadie sabía con precisión dónde terminaría la aventura, pero eso parecía poco trascendental para un científico con anhelos de fuga. Había pasado mucho tiempo desde que Ranjit se había enlistado para una misión sin retorno a los confines del universo, una expedición suicida donde los objetivos no estaban del todo claros. ¿Qué ganaría el ser humano con abandonar por vez primera el Sistema Solar? Era la pregunta que a veces rondaba la cabeza de Ranjit, cuando pensaba que había cometido un error. De cualquier modo, procuraba no pensar en ello. No había marcha atrás, así que no tenía caso quejarse. La Tierra siempre le pareció un lugar poco agradable para vivir, luego de las medidas implementadas para controlar la población humana en el planeta, tras rebasar los 22 mil millones de habitantes. Y eso sin contar con las colonias establecidas en la Luna. La tecnología no pudo contrarrestar los efectos devastadores de la arrogancia humana. Aquello se había convertido en un caos absoluto, donde la disputa por los recursos naturales habían convertido aquello en un verdadero infierno. Una guerra interminable de todos contra todos. Millones morían de hambre a diario para satisfacer la ambición de unos cuantos. Ranjit recordó con nostalgia sus días de la infancia y dejó escapar un hondo suspiro. Luego pensó en el infierno que tuvo que soportar cuando una horda de fanáticos religiosos mató a su familia en un año de revueltas sociales en que el gobierno se vió rebasado ante el descontento y la ira incontenible de la gente. Ese fue el detonante para que decidiera emprender un viaje sin regreso a los linderos de la galaxia. Sin nada más que perder, quiso huir de su pena enlistándose en el programa espacial con el objetivo de explorar otros planetas aptos para ser explotados por la voracidad insaciable del hombre. Extraviarse en el limbo cósmico era su particular forma de rendirse al irremediable destino de vivir arrastrando viejos dolores.
Tomó los sensores conectados a la computadora para medir sus signos vitales tras el largo sueño. Todo parecía estar en normalidad. Revisó con detenimiento su presión sanguínea. Luego revisó los resultados arrojados por el escáner cerebral. Los colores revelaban las zonas del cerebro que habían estado trabajando durante el letargo de ocho años. Una época plagada de sueños que apenas y podía recordar. La animación suspendida era como una prolongación de la muerte: permanecer en estado latente, como una semilla capaz de esperar mil años antes de germinar. Ranjit miró atentamente el informe con los datos completos de la tomografía, mientras las imágenes holográficas se desplegaban en el monitor. Se detuvo un instante a observar las postales de su cerebro. Una mancha en lo profundo de su cerebro, ubicada casi a la altura del tálamo, llamó su atención. Los estudios posteriores confirmarían el miedo de Ranjit. Se trataba de un tumor inoperable. Así lo mostraba aquella mancha con forma de cangrejo observada desde los modelos tridimensionales que arrojó el escáner microscópico. Se sorprendió que algo así hubiera podido desarrollarse dentro de sí a pesar de permanecer dormido durante tanto tiempo. Otra de las tantas injusticias de la vida. Se sintió devastado, pero al cabo de unas horas, su condición dejó de parecerle un problema. De cualquier modo iba a morir tarde o temprano, condenado a la soledad de los exploradores espaciales que han dejado todo atrás para dar un paso adelante en esa larga lista de tristezas que es la historia humana. Quizá ahora que cruzara la frontera de lo conocido por el hombre y abandonara el Sistema Solar sería recordado como una persona importante en la Tierra. O quizá sería olvidado como un conejillo de indias sacrificado en un experimento. Daba lo mismo. Ranjit se desplazó lentamente hacia la cocina. Sacó una ración de proteína sintética, papas fritas y un vaso de agua con endulzante rojo. Se sintió reconfortado después de comer algo luego de tantos años conectado a la sonda que controlaba su lento metabolismo con una precisión asombrosa. Al terminar de comer, recogió la basura y la depositó en el contenedor. Se detuvo un instante y miró por la ventana. Contemplar las estrellas podía convertirse en algo monótono, pero por alguna extraña razón, le ayudaba a relajarse. Era como perderse en un mar oscuro donde podían diluirse todos los pensamientos en el vacío del espacio. Aunque a veces se sentía solo, recordaba que había decidido embarcarse en una misión como esta para escapar del dolor. Dormir durante tantos años hasta el fin del cosmos se había convertido en el sustituto perfecto de la muerte. No había que detenerse a pensar demasiado. Cuando se sentía triste encendía los controles de la cámara de animación suspendida y se echaba a dormir varios años, perdido en extraños sueños que se desvanecían tan pronto habría los ojos. Un remedio más efectivo que el más avanzado fármaco disponible para acabar con la tristeza. Ranjit envió un par de informes a la Tierra para luego leer algunas páginas del Bhagavad-guitá, el libro que lo acompañaba en esta larga travesía. “El Espíritu nunca nace y nunca muere: es eterno. Nunca ha nacido, está más allá del tiempo; del que ha pasado y el que ha de venir. No muere cuando el cuerpo muere”, repitió en voz baja las palabras de Krishna. Las palabras resonaban en su imaginación, como si hubiera descubierto por vez primera una antigua verdad. Ranjit contuvo el aliento para arrojar un hondo suspiro. Miró por la ventana y su corazón enmudeció. Una galaxia con forma de cangrejo resplandecía a lo lejos. La misma mancha que apenas un par de días atrás observó en su cerebro. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Fue entonces que Ranjit tuvo una revelación: aquella galaxia remota era el mismo tumor que permanecía dentro de su cabeza. Comprendió que la realidad es un fractal que envuelve todas las dimensiones de la existencia. Los extremos se tocan. Lo grande es lo chico, del mismo modo en que la combustión de millones de galaxias puede caber en el efímero suspiro de una célula. “El infinito es tan breve cuando lo miramos con los ojos de nuestra propia finitud”, pensó Ranjit. Por un instante sintió que su misión suicida tenía un propósito. Comprendió que el tiempo no existe, y que el pasado puede ser transformado con solo modificar el punto de vista del narrador, como ocurre con cualquier relato. La realidad se tornó flexible. Descubrió que todas las posibilidades de la existencia caben en nuestra capacidad de imaginarlas. Lo eterno es una creación de la mente para reconciliarse con la muerte. Era como si cada acontecimiento de su vida estuviera conectado para llegar a este preciso momento. Ahora todo tenía sentido. El vacío que dejó su soledad era tan grande que sólo la totalidad del universo entero podía llenar ese hueco. Las palabras se diluyeron en la música del viento sideral. Se borraron las fronteras. Ahí estaba, absorto, sintiendo el palpitar del universo dentro de su propio corazón. “Nada es para siempre, ni siquiera la tristeza”, se dijo Ranjit. Cerró los ojos, aflojó el cuerpo y se recostó flotando apenas separado del piso. Se quedó dormido. La nave seguía su curso. Sin darse cuenta, cruzó la delgada línea de la historia para dejar atrás el Sistema Solar. Una tenue sonrisa dibujada en el rostro de Ranjit parecía anunciar el principio de un nuevo comienzo.

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El silencio es la mejor venganza

Cuando Amelia descolgó el teléfono para escuchar que su hijo había muerto, soltó el auricular y se echó a llorar. Sintió ganas de morirse. La noticia le arrancó la respiración para luego desfondarse en medio de la sala, como si le hubieran amputado una parte de sí misma. Trató de encontrar consuelo entre sus lágrimas, sin ningún éxito. Carlos, su único hijo, había decidido quitarse la vida tomando una sobredosis de raticida.

No le dio tiempo de pensar en nada. Lloró desconsolada, como si el suicidio de su hijo hubiera sido su culpa. “Si le hubiera puesto más atención cuando… ”, se repetía Amelia sin resignación, histérica, tratando de encontrar una justificación para el peor día de su vida. Quería matarse para acompañar a su hijo pero era tan cobarde que ni siquiera se atrevía a intentarlo. Envidiaba a Carlos y su determinación para arrancarse la vida de un solo tajo, en un solo suspiro. Se odió a sí misma, profundamente, lamentándose por tener que vivir en carne propia el suicidio de un hijo, ese dolor insondable que le cortaba los intestinos. Cuando Enrique la vio tirada junto al sillón, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Un oscuro presagio. Su hijo había muerto y no podía evitarlo. El momento esperado finalmente había llegado, luego de aquella vez en que Carlos planteó por primera vez la posibilidad de quitarse la vida y acabar con todo de golpe. Desde entonces, Enrique sabía que su hijo estaba predispuesto para la fatalidad. Lo demás era cuestión de tiempo. Preguntó a Amelia qué ocurría, sólo para despejar cualquier duda. Carlos había muerto por una sobredosis de raticida. ¿Era tan difícil de entender?

Los días siguientes a la muerte de su hijo, Amelia y Enrique no lograron conciliar el sueño. Tuvieron que pasar dos días para que trasladar el cuerpo desde Monterrey. Enrique llenaba los formularios de forma mecánica, extraviado en los recuerdos de su hijo muerto. Ya no había nada qué hacer.

Pero quizá lo más insoportable, era el silencio que mediaba entre Enrique y Amelia. No se dirigían la palabra. Apenas y se volteaban a ver, salvo que fuera absolutamente necesario. Ambos se culpaban mutuamente por el suicidio de su hijo. Si tan sólo Amelia no hubiera sido tan fría. Si tan sólo Enrique hubiera sido más tolerante. Ya nada de eso importaba. Su hijo había muerto, y junto con él, toda posibilidad de que sus padres volvieran a quererse. Dejaron de fingir, pero siguieron casados, no por amor sino por costumbre. Tuvieron que pasar varios años para que la muerte los separara. Cuando Enrique cayó al hospital por un coágulo en el cerebro, Amelia dibujó una leve sonrisa. Su venganza llena de silencio cobraba sus frutos después de tantos años. Apenas pudo disimular una suave sonrisa cuando los doctores le comunicaron que su esposo había muerto. Se sintió aliviada. Su hijo ahora podría descansar en paz.

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El joven del nombre mutante

El Coqui es un tipo peculiar. Cambia de nombre todos los días. “No quiero ser encapsulado en una cosa”, argumentaba en su legítima defensa. A veces miraba al cielo y dependiendo del color, lo asumía como parte de su identidad. “Hoy me llamaré Gris Lluvia”, aseguraba con una ecuanimidad inquietante.

Por supuesto, no todos estaban habituados a las excentricidades del Coqui. Para nosotros, que llevábamos años de convivir con él, ese tipo de arrebatos artístico-conceptuales se habían convertido en algo cotidiano. Pero nunca faltaba alguien incapaz de comprender la naturaleza estrambótica del Coqui.

—¡Eso es una estupidez hermano!— exclamaba Servando, un gordo necio que discutía airadamente con Coqui durante una borrachera. Le resultaba inconcebible que alguien despertara un día cualquiera y decidiera llamarse XZ39YB. Aquello rompía con todos sus parámetros sociales. Y con unas cervezas encima, las cosas parecían más difíciles de procesar.

—Si yo te pregunto, ¿cómo te llamas? — afemía Servando mientras se dirigía a su amigo que observaba con sorna aquella plática de ebrios—, simplemente respondes “Pancho” y se acabó, no hay por qué complicarlo todo.

Era entonces cuando el Coqui contraatacaba.

—¿Y como te sientes sobre eso? Algo muere dentro de mí cada vez que me preguntan mi nombre. Es una etiqueta que nos imponemos en este mundo perverso de los adultos para tratarnos como cosas. Los nombres nos encierran en algo que no somos— exclamaba el Coqui.

Sus interlocutores se miraban con asombro. La charla tenía un aire difuso, incomprensible. Aquello parecía una obra de teatro del absurdo montada en un patio trasero una noche de primavera, justo en medio de una fiesta de universitarios. Pero el Coqui tenía un cierto modo de expresarse que hacía difícil rebatir sus argumentos.

Al igual que los taoístas pensaban que el Tao que se pronuncia no es el verdadero Tao, el Coqui explicaba que su yo interior tampoco debía ajustarse a una nomenclatura que no era sino el resultado de un largo proceso cultural con el que no estaba de acuerdo.

Servando se jalaba los cabellos de desesperación ante la imposibilidad de comprender a su interlocutor. Trataba de convencer al Coqui que todo aquello era un disparate. Pero fue inútil. La discusión se prolongó varios minutos. La desproporcionada disertación existencial del Coqui, influenciada por el existencialismo de Sartre, no surtían efecto sobre la cerrazón de Servando, quien iba inhabilitando neuronas a una velocidad directamente proporcional a la velocidad con la que bebía litros enteros de cerveza de un solo sorbo. Cuando todo parecía perdido, la luz de la razón humana iluminó la noche. Ambos habían llegado a la misma conclusión.

—¡A este paso nunca tendré novia!— afirmó el Coqui con ironía.

Al borde de trompicarse contra el suelo, producto del alcohol, Servando finalmente estuvo de acuerdo con el Coqui, quien aquel día había decidido llamarse simplemente Ñrwhj.

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La arañita que disertaba sobre la ignorancia humana

Las plantas extendían sus ramas hasta encontrar el sol. Una mañana calurosa que refrescaba ocasionalmente con las nubes grises que arrojaba el viento. La primavera se iba abriendo lentamente mientras mis pensamientos volaban por cuenta propia al pintar de color chocolate el portón de la casa. Fijé la vista. Todo comenzó a moverse. Los diminutos bichos salían de sus guaridas para esquivar los brochazos mortales que lamían la madera. Fue así que me contaron del mundo invisible que acontece frente a nosotros y pasamos de largo.

—Ustedes los humanos son muy ignorantes— me dijo una arañita. —Piensan que todo gira alrededor de ustedes. Creen que todo les pertenece. ¡Qué cosas! ¡Cómo sí algo pudiera pertenecerle a alguien! En todo caso, son ustedes los que pertenecen a la tierra— dijo en tono sarcástico mientras me miraba atenta con sus cuatro pares de ojos.

No supe qué responderle pero me quedé con la impresión de que tenía razón.

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La robaperros


L
a bebé no dejaba de llorar. Ariana lo había intentado todo sin ningún resultado. Hunab miraba atento sin emitir ningún ladrido, contrario a su costumbre de hacer escándalo. La fiebre de dos días atrás había desaparecido pero las secuelas del cansancio seguían pasándole factura. La tomó en sus brazos y la arrulló hasta que finalmente la pequeña se quedó dormida. Ariana se sintió aliviada. Tendió a la bebé sobre la cama y se recostó a su lado. Estaba exhausta. Le bastaron unos cuantos parpadeos para dejarse caer en un profundo sueño. Pasaron varias horas hasta que el sol de la tarde se filtró por las cortinas de la habitación para pegarle en la cara. Despertó lentamente. La bebé comenzaba a moverse. Ariana se levantó de la cama para ir a la cocina y servirse un vaso de agua. Un trago del frío líquido ahuyentó el calor. Notó que Hunab no estaba en la estancia. En el patio tampoco.

“Seguro se salió el cabrón”, pensó. En ocasiones el Hunab aprovechaba cualquier ligera oportunidad para atravesar la reja y salir disparado al parque de dos calles abajo. Se sabía el camino de memoria. Ahí vagaba durante un par de horas oliendo las colas de otros perros hasta que regresaba a casa.

La bebé se despertó. Ariana la tomó en brazos. Salió al portón que daba a la calle y llamó al Hunab con un grito. No hubo respuesta. Un muchacho sentado sobre la banqueta miraba atento.

—¿No has visto a mi perro? Es uno chiquito, bigotón. Un schnauzer.

—Se lo llevó una señora que roba perros— respondió el muchacho, quien aún no alcanzaba la mayoría de edad.

—¿Cómo que se la llevó una señora?— preguntó angustiada.

—Sí, es una señora que sale a robar perros. Vive acá arriba, en La Campana. Hasta es famosa en la colonia.

La Campana es un barrio popular de Monterrey, conocido entre otras cosas por albergar delincuentes. De ahí que sea considerada como una de las llamadas favelas regiomontanas.

Apenas un par de cuadras separaban a la Campana de casa de Ariana. Se sintió mortificada cuando supo que tendría que ir a casa de la señora si quería recuperar a Hunab.

—¿Sabes dónde vive la señora?— preguntó al muchacho, quien por su rostro infantil evidenciaba que aún no cumplía la mayoría de edad.

—Al lado de la estética, casi entrando a La Campana.

“Menos mal”, pensó Ariana. Como su esposo tardaría varias horas en regresar del trabajo, decidió buscar a su perro por cuenta propia. Pidió al muchacho que la acompañara para no ir sola a casa de la señora. El muchacho no parecía muy convencido, pero finalmente aceptó. Con la niña en brazos, ambos emprendieron camino rumbo a las empinadas calles de La Campana. Preguntaron en la estética de al lado si por ahí vivía una señora que robaba perros.

—Sí, es aquí al lado— confirmó una de las trabajadoras de la estética, como si fuera lo más normal del mundo. No sería la primera ni última vez que alguien le preguntaba por la robaperros.

Más que casa, el edificio de al lado parecía una bodega. Todo lucía descuidado. Un portón despintado y lleno de grafitis coronaban la entrada. Ariana llamó a la puerta en un par de ocasiones sin éxito alguno. Notó que la puerta estaba abierta. Sin pensarlo mucho, depositó a la pequeña Lía en brazos del muchacho con cara de asustado y entró con paso decidido a la lóbrega casucha sin ventanas. El lugar estaba particularmente oscuro. “¡Buenas tardes!”, llamó un par de veces, con cierto sigilo. De aquella negrura emergió una silueta. Era la señora. Supo de inmediato que era ella por las ropas harapientas y su enredado pelo canoso, la obligada apariencia de una ladrona de perros. Unos pasos más allá estaba sentado su hijo, un gordo descomunal con cara de pocos amigos. Al otro lado de la habitación yacía lo que parecía ser el cadáver de un perro. Chiquito y bigotón, como el Hunab. El perro apenas respiraba. La impresión hizo que Ariana estuviera a punto de desmayarse.

—Por favor señora, devuélvame a mi perro.

—¿Tu perro? ¿Quién dice que es tuyo?— respondió la vieja con tono sarcástico.

Ariana quiso responder el cuestionamiento pero no supo qué decir. Vio de reojo al Hunab y dio un pequeño paso hacia el frente, intentando hacer un movimiento sorpresivo para correr hacia el perro y salir corriendo. El hijo de la señora se levantó de su asiento. El tatuaje de un tiburón que llevaba en el cuello y la cabeza rapada endurecían aún más la gravedad de su rostro. Pero no fue sino hasta vio el brillo de un cuchillo para carne en la punta de su mano derecha, que Ariana desistió en su intento de llevarse por la fuerza al Hunab. La mujer y su hijo avanzaban lentamente hacia la puerta de entrada. Un grito sordo proveniente del interior de la bodega hizo que Ariana huyera despavorida. De un solo movimiento arrebató a su hija de los brazos del muchacho que esperaba en la fachada del lugar y cruzaron la avenida sin mirar atrás. Poco les importó que un automóvil estuviera a punto de atropellar Ariana con la bebé en brazos. La adrenalina se convirtió en angustia un par de cuadras más abajo. “Pobre Hunab”, pensaba Ariana mientras un par de lágrimas le brotaban de los ojos. Pensó en llamar a la policía, pero sabía que aquello sería inútil. Tampoco quería exponer a su hija a las posibles represalias de la robaperros y su hijo. Se sintió culpable por no poder rescatar al Hunab, quien posiblemente para ese entonces ya estaba muerto.

Al doblar la esquina de su casa, se quedó sin aliento. Una visita sorpresa la aguardaba en la puerta de su casa. Ahí estaba el Hunab, moviendo la cola el muy cabrón, esperando a que alguien le abriera el portón de la entrada. No lo podía creer. Respiró profundamente y se secó las lágrimas. El muchacho observaba incrédulo aquel inesperado encuentro. Ambos se miraron desconcertados. Ariana dedujo que el perro que yacía tendido en aquella bodega, efectivamente, no era el suyo. Los ladridos nerviosos del Hunab los despertaron de aquel extraño trance. El sol se ocultaba en el horizonte cuando el Hunab concluyó su paseo vespertino. No entendía lo que pasaba, pero sabía una cosa: tenía hambre y alguien debía darle de comer.

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La tristeza de cuando el amor no basta para remediar todos los dolores

 

-El tuyo es un problema de baja autoestima- dijo mi hermano. -No es posible que el deseo de acabar con el sufrimiento de los demás te haga sufrir de ese modo.

Quise decir algo, pero no supe qué responder. Se me humedecieron los ojos.

-No puedes cargar con el mundo sobre la espalda- agregó durante una airada discusión a la hora de la comida.

Quizá tenga razón. Yo pensaba que amar sin condiciones era la solución a todos los problemas del ser humano. Pero no. A veces el amor es un problema en sí mismo. ¿Qué queda entonces? Volverse egoísta. Que los demás se rasquen con sus uñas. Que cada quien se salve como pueda. La sola idea me revuelve las tripas. ¿Por qué siempre tiene que ser así? Dicen que el hecho de que sufra por el sufrimiento de los demás es parte de mi enfermedad. Pero lo mío no es un problema de autoestima, sino un problema afectivo. Me duele pensar en la sola posibilidad de que mis acciones le ocasionen daño a alguien. Me duele la sola posibilidad de que los demás se hagan daño a sí mismos, aunque no lo pueda evitar. Por eso he tratado de vivir haciendo el menor daño posible, a pesar de los muchos sacrificios que conlleva una decisión como esa. Ahora estoy solo. A nadie le importan realmente esas cosas. No hay nada más raro en este mundo que el amor. Pareciera que todo ha sido en vano. No vale la pena luchar por nada. Solo resignarse a que las cosas son como son, por terribles que resulten. Quedarse sentado a esperar la fatalidad. Esas parecieran ser las soluciones a esta profunda aflicción que me aqueja. Buda enseñó que el deseo es la puerta al sufrimiento. Yo lo único que deseo es la felicidad de todos, realizar la utopía del amor. Y resulta que eso también es malo. Corta por dentro. Será que la crisis de los treinta me llegó con demasiada antelación. Vivi ese peculiar momento en que todas las certezas perecieron. Y entonces, ¿qué queda? Reinventarse. Volverse un ermitaño, vivir en santa penitencia, acabar en un hospital psiquiátrico, volarse los sesos, encajarle el diente al más débil. Bonito escenario.

Dice mi hermano que tengo que aceptar la realidad como es, no como yo pienso que debe ser. Y eso es precisamente lo que yo hago, aceptar la realidad como es. El problema es que este velo pervertido al que insisten en llamar realidad no es sino una vil mentira. La realidad en su esencia más íntima es otra cosa: es aprender a ver el mundo invisible, es explorar un cúmulo de posibilidades inexploradas, descubrir la naturaleza secreta de las cosas. Desde ahí, el mundo en que vivo me parece tan estúpido, tan distante. ¿Seré siempre un forastero en mi propia tierra? Sí la ilusión primera es la ilusión de la separación, como enseña el hinduísmo, ¿por qué uno se va marchitando por dentro cuando intenta pegar los pedazos de aquello que está roto? Yo solo quiero que la gente se quiera. ¿Eso es pedir demasiado? Predicar el amor conlleva morir prematuramente. Le ocurrió a aquel carpintero judío condenado a morir en la cruz. Le ocurrió a Miguel Hernández, quien murió de tuberculosis en una inmunda prisión por defender lo que amaba. Le ocurrió a Gandhi, aún cuando llegó al extremo de casi matarse para evitar que los demás se mataran entre sí. Le ocurrió al Che cuando quiso acabar con el sufrimiento de los oprimidos. El amor es un crimen despiadado en un mundo donde el odio se usa a diario como moneda de cambio. Amar a los demás como a uno mismo es vivir en la ilegalidad o vivir en soledad. Ni el amor ni la compasión fueron suficientes. No serán suficientes. Qué triste.

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