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La democracia NO existe

LA DEMOCRACIA NO EXISTE

La democracia es una aspiración, una meta, un ideal. Pero, contrario a lo que nos han hecho creer, la democracia como sistema de gobierno simple y sencillamente no existe. Y esto se debe a que desde el origen de la civilización, el ejercicio del poder político ha sido siempre oligárquico.

El término oligarquía se define como una “forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario”. Una situación que de hecho, viene ocurriendo desde la creación del Estado, cuyo antecedente más lejano se remonta a la construcción de las primeras ciudades sumerias que poblaron Mesopotamia alrededor del año 3000 a.C.

Desde entonces, el ejercicio del poder político dentro de la civilización ha estado marcado por la imposición de un pequeño grupo lo suficientemente fuerte para imponerse frente a otros grupos. Como bien advirtió Max Weber, una minoría organizada siempre termina imponiéndose a una mayoría desorganizada. Y es precisamente a partir de esta imposición de un pequeño grupo bien organizado por encima las masas desorganizadas lo que explica el surgimiento de las élites, que no es otra cosa que “la clase política” a la que aludía el politólogo Gaetano Mosca, lo mismo que Gramsci denominó como “bloque hegemónico”.

De ahí que algunos juristas adviertan que, más que un acuerdo fruto del consenso, toda Constitución expresa la correlación de fuerzas entre los diversos grupos que conforman una sociedad. Una ecuación donde unos ganan y otros pierden. Por ello el Estado, y todo conjunto de leyes que estructuran el marco normativo que fundamenta la existencia y funcionalidad del mismo, son siempre una manifestación de poder, que busca posicionar los intereses de un grupo por encima de otros. Un asunto que conoce bien todo buen analista político, quien al más puro estilo de Maquiavelo, sabe que el real ejercicio del poder está siempre orientado a intereses de grupos, más que dilemas morales sobre el bien y el mal. Intereses particulares que sin embargo, requieren de cierta resonancia entre las masas con el fin de construir legitimidad.

Aunque el papel de las mayorías será siempre un factor que incide y puede inclinar la balanza en la disputa que libran los distintos grupos políticos, no existe un solo ejemplo a lo largo de la historia de la civilización en que las masas hayan podido gobernarse sin mediación de estas élites, más allá de algunos breves y efímeros episodios de adorable anarquía.

El ejercicio del poder político es siempre oligárquico, pues ningún sistema de gobierno, sin importar que se trate de monarquía, totalitarismo o la llamada “democracia liberal”, ha podido sostenerse en pie sin la existencia de una “élite de poder”, como diría el sociólogo estadounidense Charles Wright Mills. De ahí que toda revolución, no sea otra cosa que un reacomodo de élites: quitar a unos para poner a otros.

Pero la historia también nos ha enseñado que, aunque el poder político sea siempre sectario, existen oligarquías más abusivas o más tolerantes que otras. Estas oligarquías más abiertas a la deliberación de los distintos sectores sociales es lo que nuestra cultura occidental ha denominado como “democracia”.

Una palabra cuyo origen y uso actual, remonta precisamente al uso de la razón como instrumento de lucha y resistencia contra el poder hegemónico cuya legitimidad radicaba en el carácter divino de los gobernantes. Esto permite entender cómo es que, en la antigua Grecia, el discurso de la democracia defendido por los primeros filósofos planteó una ruptura entre la razón y lo sagrado como forma de conocer e interpretar el mundo, un proceso que el filólogo español Carlos García Gual denominaría como una ruptura entre mythos y logos, entre emoción y la razón. Una ruptura que más allá de múltiples consideraciones existenciales y epistemológicas, tenía también un trasfondo político.

No en balde, el desarrollo del pensamiento científico durante el Renacimiento y la Ilustración traería como consecuencia el surgimiento de las democracias liberales con el inicio de la Revolución Francesa que más tarde se extendería a Estados Unidos y otras colonias americanas. Un proceso histórico donde la razón serviría como medio de lucha para tratar de contrarrestar los abusos de élites políticas cuya legitimidad estaba basada en la religión. Es por ello que para acabar con la monarquía, era necesario primero matar a Dios con las luces de la razón. Este proceso histórico, ocurrido a finales del siglo XVIII, marcaría el inicio formal de las democracias liberales, con la institución del Estado laico y el empoderamiento de una burguesía emergente que terminaría consolidando su carácter hegemónico con el florecimiento de la Revolución Industrial.

En esto consistió el proyecto de la Modernidad, del cual no logran escapar ni el liberalismo ni el socialismo más ortodoxo, toda vez que el proyecto ilustrado, basado en ideas como el progreso o el método científico como fundamento para conocer la realidad, deja de ser realizable sin una racionalidad que pretende negar la validez del mito. He ahí la paradoja que caracteriza al proyecto moderno, que trata de exterminar el mítico mundo de lo sagrado valiéndose de otro mito: el mito de la razón absoluta. De ahí que los límites de la racionalidad en el terreno científico, planteado en campos como la física teórica, pero principalmente en la lógica y las matemáticas (incapaces de funcionar sin proposiciones no demostrables racionalmente, conocidos como axiomas), ha dejado al descubierto los límites de la racionalidad, lo cual tiene también implicaciones políticas para los próceres de la democracia. Estos límites de la racionalidad en lo político han quedado evidenciados en los planteamientos de la hermenéutica, pero también en obras como Dialéctica del Iluminismo de Adorno y Horkheimer, y en las estructuras mitológicas del Estado descritas por Ernst Cassirer, quien brillantemente advertía que la raíz del pensamiento simbólico que condiciona el lenguaje es emotiva, más que racional. Antes que la lógica, fue la metáfora. Y esta crítica a la razón absoluta, que ya había sido planteada por Kant, implica también una dura crítica a la democracia liberal, que suele exaltar y exagerar las virtudes del diálogo, el consenso y la deliberación de los asuntos públicos, por encima del conflicto y el golpeteo político. Pero resulta que, los seres humanos somos más emotivos que racionales, seres impulsivos que ponen a la razón en un segundo plano a la hora de tomar sus decisiones. Sólo bajo este tenor puede entenderse no sólo la llegada de personajes como Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, sino también, el factor emotivo que juega un papel crucial en cualquier proceso electoral en cualquier país del mundo.

Desde una perspectiva histórica, el desarrollo de la modernidad significó avances sin precedentes en el campo tecnológico, el surgimiento del Estado-nación como forma de organización social y el predominio de la democracia como referente para la construcción de los sistemas de gobierno. Todos ellos, fenómenos que irían siempre ligados a una forma específica de entender e interpretar el mundo. Una forma de concebir la existencia humana que, a su vez, se traduce en formas concretas de ejercer el poder político y construir legitimidad, que no es otra cosa que una justificación discursiva para ostentar el poder con su respectiva validación por parte una sociedad. Esto permite entender la razón por la cual, la legitimidad está siempre anclada a una cosmovisión plasmada en la cultura. De este modo, las tradiciones y las mitologías de cada pueblo juegan un papel determinante en la legitimación de cualquier régimen político.

Y esto mismo ocurrió durante la Modernidad. La democracia moderna surge como un medio de resistencia y de lucha contra los abusos de una monarquía cuyo fundamento de legitimidad estaba basado en un supuesto vínculo divino entre Dios y el monarca. Un fenómeno cuyo trasfondo político era la disputa de la burguesía frente a la monarquía, donde la lucha ideológica trastocaría la legitimidad del antiguo régimen y abriría la puerta para una transformación conceptual de los sistemas de gobierno, lo cual representa el triunfo político de un grupo sobre otro: la instauración de la burguesía como parte de la nueva élite política moderna.

A partir de entonces, la idea de la democracia como forma de gobierno se ha propagado de generación en generación a lo largo de los últimos dos siglos y medio, facilitando que un puñado de oligarcas se ostenten como los legítimos representantes del pueblo. Cualquier paralelismo con los monarcas que antiguamente se ostentaban como los legítimos representantes de Dios en la Tierra no es mera casualidad.

La democracia no deja de pertenecer al terreno mítico. El mito de la democracia es el mito de nuestro tiempo. Una construcción ideal que encuentra muchos problemas para encajar en un mundo donde la continua disputa de unos contra otros es la regla no escrita de la política. Podemos aspirar a parecernos al ideal de la democracia, pero ese ideal será siempre inalcanzable, siempre irrealizable, por la sencilla razón de que el poder político dentro de los confines de la civilización, nunca ha podido ser ejercido sin élites, grupos minoritarios con la fuerza suficiente para imponer su visión del mundo por encima de otras visiones del mundo posibles. Un esquema de poder que se reproduce a través de los aparatos de control que operan en el imaginario, a través de la cultura, y un andamiaje institucional que replica el discurso hegemónico sobre el que se sostiene el poder de las élites.

Por eso la crisis de la democracia es al mismo tiempo una crisis de las élites en el poder, una crisis que surge a partir de las contradicciones cada vez más evidentes del discurso democrático, incapaz de cumplir con las promesas de igualdad, libertad y fraternidad que dieron sustento ideológico durante el surgimiento del Estado-nación. Esto explica en buena medida el desencanto democrático que pareciera prevalecer en varios rincones del planeta, luego de que fenómenos como el incremento de la desigualdad, el despojo a manos de empresas trasnacionales y la manera en que las instituciones del Estado tienden a favorecer a una minoría de ricos por encima de una mayoría de pobres, ha ido resquebrajando poco a poco la máscara democrática. Un disfraz con el cual, las oligarquías que controlan los mercados financieros globales tienen el poder suficiente para poner y quitar gobiernos a su antojo, aún en contra de la voluntad de los pueblos que se ven orillados a buscar otras formas de resistencia, frente a la voracidad y los abusos de una élite corrompida por su insaciable ambición que contrasta con los inéditos niveles de concentración de riqueza que prevalecen a lo largo y ancho del planeta. De ahí el extrañamiento que suscita la frase que suelen acuñar los zapatistas cuando dicen que un buen gobierno es aquel donde “el pueblo manda y el gobierno obedece”. Cosa que paradójicamente no ocurre en ninguna democracia del mundo. ¿O acaso alguien podría argumentar que existe un país ajeno a los intereses de los bancos, los fondos de inversión, las empresas trasnacionales o las élites financieras, que son en realidad los dueños del dinero del mundo? ¿Alguien en verdad podrá argumentar hoy que existe un país donde la gente es realmente la que manda sin que exista la mediación de una élite?

Quizá por ello, uno de los grandes retos de nuestro tiempo, para quienes soñamos con transformar el mundo, sea precisamente desmontar el mito de la democracia que hemos repetido incansablemente durante más de 200 años. Así como la burguesía tuvo que matar a Dios para tomar el poder, quizá hoy sea necesario matar a la democracia para acabar con los abusos de una minoría capitalista y rapaz, que promueve un modelo político y económico que favorece la concentración de la riqueza y que, entre muchos otros problemas, ha creado fenómenos como la crisis ambiental que explica también el cambio climático. Y para matar a la democracia como la conocemos, también es necesario derribar el mito de la supremacía de la razón sobre los otros ámbitos que conforman la rica diversidad de la existencia humana: destruir el mito de la racionalidad como único medio posible para concebir el mundo.

La democracia es una utopía, un referente, un ideal que en el mejor de los casos habrá de servir como guía para la construcción de un sistema político más equitativo. Pero la democracia, lamentablemente, no es, ni ha sido nunca, un proyecto realizable en la práctica.

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Aforismo sobre el fuego

Uno no puede pretender dominar el fuego sin salir quemado. Las quemaduras son parte de experimentar la naturaleza del fuego. La única manera de comprender, es vivir la experiencia. Entender la dinámica del fuego es vivir en carne propia la experiencia de las llamas, aceptar que a veces quema y a veces calienta en medio del frío. Aprender es darse cuenta, descubrir el orden natural de las cosas que resuena en nuestro interior.

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6 textos para desenmascarar a los “gigabancos” que dominan el mundo

 

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La concentración de riqueza y la desigualdad, uno de los grandes temas de nuestro tiempo, adquiere una nueva dimensión cuando se revisa minuciosamente. El capital financiero internacional parece haber quedado reducido a un puñado de fondos de inversión cuyo poder sobrepasa por mucho el Producto Interno Bruto de varios países: BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity.

Fondos de inversión que son dueños de los principales bancos comerciales y las empresas más grandes del planeta.

Un negocio donde las familias Goldman Sachs, Rockefeller, Lehman y Rothschild, así como otros personajes como George Soros y Warren Buffett, figuran siempre entre algunos de las dinastías más acaudaladas del mundo, pese a que sus nombres no son tan mediáticos como Jeff Bezos, Mark Zuckeberg, Bill Gates o Carlos Slim.

Familias que a su vez están cohesionadas en grupos como Bildeberg, que a su vez tiene un peso importante en las decisiones de organismos multilaterales como la OTAN.

Aquí mis apuntes y una pequeña guía para entender quién es quién en eso de la dominación global.

 

 

 

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El tiempo es una trenza

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¡Qué lindura de película! Hizo mucho ruido en Japón, tras convertirse en una de las películas más vistas de la historia en aquel país, y tenía curiosidad de verla. Un guión tremendo, con esa sensibilidad tan delicada y sutil, tan propia de los nipones, que recuerda la literatura de Kawabata o Mishima. El tiempo es una trenza, que se cruza y se entrelaza de manera misteriosa. Y a pesar de esta extraña cualidad del tiempo, en ocasiones, dos personas terminan juntas sin entender muy bien por qué, como si estuvieran conectadas por un hilo invisible. Ese hilo es el amor.

Una pieza profundamente sentimental, un clásico contemporáneo que retoma esas fiebres adolescentes que Shakespeare describió tan bien en Romeo y Julieta, pero que, lejos de repetir la trillada y desgastada fórmula, explora otros caminos para retratar esa extraña sensación de sueño que suele acompañar a los enamorados. Se llama Kimi no Na wa (traducida como Your name o Tu nombre), escrita y dirigida por Makoto Shinkai.

Simbología del alma

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Todo sentimiento es polisémico. Significa muchas cosas al mismo tiempo, a veces contradictorias. Tratar de interpretar el alma implica estar atento, desarrollar cierta intuición para comprender la enorme complejidad que encierra cada persona. Pero sólo aquel que se explora a sí mismo y trata de descifrar el significado de sus propias emociones, puede aventurarse a tratar de descifrar el alma de otra persona. Las emociones son la base de todo lenguaje posible, aquello que nos permite establecer una conexión espiritual con el otro. Comprender por qué razón el otro se siente como se siente y encontrar similitudes con nuestra propias emociones, es la clave para desarrollar empatía: ver reflejado nuestro corazón en el corazón del otro. Eso es el arte.

Por ello, creo firmemente que el arte es el único medio posible para transformar al mundo. Convertir la vida en un poema es unir todo aquello que un día fue separado, es restablecer la conexión perdida con los demás, la base de toda experiencia mística, la comunión del uno con el todo. No es la política, ni los argumentos racionales, ni las discusiones interminables lo que nos sacará del lodazal en que nos encontramos. Es el alma, che, el deseo ingobernable de fundirnos todos juntos en un gran abrazo. La única revolución posible es el amor a los demás. Y el arte es la clave para amplificar las resonancias del corazón. No es posible una revolución sin arte.

Nosotros los artistas tenemos el deber de crear una nueva estética, una nueva manera de sentir e interpretar el mundo. La imaginación como forma de supervivencia. Transformar la mierda en flores con un acto de magia. Alquimia poética. He ahí la clave, los cimientos para la transformación del mundo que habremos de construir entre los escombros de una civilización obsoleta. Hacer resonar los corazones como si fueran tambores. Así se construye la esperanza.

Palabra ficcionalista.
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La última caminata lunar

Una serie de videos e imágenes sobre la misión Apolo 17, que sería la última expedición lunar en 1972. Un viaje ilustrado con imágenes de la NASA.

Rabia contra la maquinaria gubernamental

Un par de rolas de Rage Against The Machine para estos días que en México está legalizándose una dictadura militar ante la complacencia del grueso de la población. La maquinaria del control pareciera ir siempre un paso adelante. Pero, aunque quieran, no podrán someternos, no vamos a dejar de luchar.

La era de los robots: ¿el nacimiento de una nueva especie?

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Desde el surgimiento de la cibernética fundada por Norbert Wiener, el ser humano ha estudiado los paralelismos entre el funcionamiento de los seres vivos y las máquinas. Con la revolución tecnológica que significó la era digital, el alcance de los robots ha llegado a un nivel sorprendente, tal como lo deja ver la más reciente versión del robot Sophia, desarrollado por Hanson Robotics. Un ser cibernético que incluso se ha convertido en el primer robot con ciudadanía saudí.

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Coco, una linda fábula sobre la muerte, el amor, el olvido y la memoria

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Una extraña fascinación por la muerte me ha acompañado desde hace muchos años, aún cuando han sido pocos mis encuentros con la flaca. Recuerdo cuando tenía 17 años, época en que uno se encontraba varado en un agujero, descubriendo lo que era el trabajo y la explotación, con sueldos miserables de 350 pesos semanales que no alcanzaban para mucho tras largas jornadas que en ocasiones superaban las ocho horas diarias. Por aquellos días, teníamos una perrita salmoyedo llamada Frida (antes de que la fridamanía invadiera el mundo). Aquella perrita además de ser nuestra única alegría por aquellos días, era la sensación de la colonia. Los niños tocaban a nuestra puerta para ver si la dejábamos salir a jugar. Cuando llegábamos a casa, exhaustos, no dejaba de ladrar hasta que no la sacáramos a pasear a la calle. Una tarde, mientras jugábamos futbol, atropellaron a Frida. Apenas la vi regresar cojeando, lastimada, antes de derramarse sobre el suelo. Corrimos a abrazarla pero para entonces ya era demasiado tarde. Tenía la lengua de fuera y sus ojitos negros, ausentes. Lloré como pocas veces en la vida ese día. La fui a enterrar a un terreno baldío. Mi hermano no quiso acompañarme y me enojé con él. A los pocos días, unos vecinos nos tocaron a la puerta para decirnos que el hedor a muerte que despedía el cadáver de la perrita era insoportable. Compramos un poco de cal, tomé la pala y volví al lugar para resolver aquella situación. Cuando llegué, el cuerpo de Frida estaba en la superficie, desenterrada. Su cabecita era la misma de siempre pero los animales le habían devorado el vientre. Me impactó mucho ver sus costillas de fuera, el reguero de tripas y un penetrante olor a podrido. Enterré a la perrita y pasé muchos días triste, tratando de hacerle una canción, pero en aquel tiempo no sabía cómo hacer una canción y lo dejé.

Por esas mismas fechas en que a veces apenas y teníamos dinero para comer, recibíamos seguido la visita de Birul, un primo de mi mamá a quien nunca habíamos tratado mucho, hasta ese entonces. Nos alegraba que cayera por la casa los fines de semana, cada vez que iba a Valles por algún asunto para luego regresar a su casa en Tamuín, siempre acompañado de sus muchos hijos. Era un bribón adorable ese Birul. Al poco tiempo cayó enfermo por unas piedras en el riñón, que se fueron complicando. Anduvo vagando de hospital en hospital. La última vez que lo vi, tenía la cara pálida, descompuesta. Aún así, nunca pasó por mi mente que se fuera a morir. Todo pasó en apenas unas pocas semanas. El sepelio fue triste, pero recuerdo que había mucha gente. Un año después, trabajando como camarógrafo de un canal de televisión local, me tocó cubrir un evento en su natal Tamuín, donde se repartieron andaderas, bastones y sillas de ruedas para viejitos. Uno de ellos, con la voz entrecortada, agradeció a Birul por la ayuda recibida que les había dado cuando todavía vivía. Aquello me tomó por sorpresa. Se me humedecieron los ojos y me conmovió pensar que las cosas que uno hace en vida, buenas o malas, que uno realiza en vida, puedan seguir resonando en la vida de otras personas mucho tiempo después de haber partido a otro mundo. Ahora que vi una foto de Birul que mi prima Ximena Borbolla compartió en su muro, me acordé de aquella anécdota.

En esas cosas me quedé pensando al salir del cine luego de ver Coco. ¡Qué lindura de película! Sobre la vida y la muerte, el amor, el olvido y la memoria. Y más porque el Día de Muertos me produce una fascinación peculiar. No en balde llevaba seis años ininterrumpidos juntando fotos de esa colorida celebración donde los muertos regresan del más allá para volver con los suyos, una vez al año. Creo que la película capta muy bien esa mágica relación del mexicano con la muerte. Luego me vino a la mente aquella canción que Silvio Rodríguez le compuso alguna vez a un solitario insecto en el lecho de su muerte:

 

¿Qué hará la tierra con los huesos

del que muere sin regreso

en virtud de su ambición?

Sin funerales, sin amigos,

sus adioses sin testigos,

sus domingos sin amor…

serán como el del insecto aquel,

muriendo solo, sin después.

Morir así es no vivir.

Morir así es desaparecer.

 

“Morir así es no vivir”, dice el poeta. Sólo quien vive en plenitud puede escapar del olvido. Sólo quien vive sin temor a la muerte vive de verdad. “Porque la vida es prestada y hay también que devolverla”, escribí hace un año camino a Cholula, en uno de los muchos poemas y reflexiones que he dedicado a la flaca. Algún día nosotros también habremos de partir. Es la única certeza posible en ese mar de dudas y extravío que es la vida, esa vida breve que se evapora en un segundo. Por eso creo, no hay tiempo que perder. Hay que vivir en plenitud, intensamente, hay que beber, hay que bailar y cantar, reír mucho, y también dolerse, hay que caer y aprender a levantarnos, vagando sonrientes entre laberintos y flores. De eso trata esta canción del Día de Muertos que compuse hace un par de años. Vivir, vivir intensamente, solamente vivir, que la vida es tan sólo un instante, un efímero chispazo para alumbrar la eternidad.

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Verse reflejado en el espejo del Che

Che

Termino de ver el documental de Paco Ignacio Taibo sobre Ernesto Che Guevara, y no puedo evitar sentirme profundamente conmovido. Abro el Facebook y aparece una foto mía de mi paso por Perú, de ese mágico día hace casi una década en que visité Machu Pichu y se desató dentro de mí el nudo de la poesía.

Mirarme entonces reflejado en la figura del Che se vuelve inevitable. Será que ambos compartimos siempre ese gusto de la lectura, esa fiebre de viajar harapientos, pasando hambres, con el corazón desbocado, tratando de entender de qué va el mundo en esta permanente lucha terrestre que es la vida. Nunca fui tan valiente como el Che y no me volví guerrillero. Hice del periodismo mi trinchera y ahí andamos, sobreviviendo, dando tumbos, peleando, incomodando a los corruptos de vez en cuando.

También me queda claro, que las circunstancias definen al personaje. Si el Che no hubiera estado presente en Guatemala cuando Estados Unidos da el golpe al gobierno de Árbenz, quizá no se hubiera detonado ahí la necesidad de pelear en Cuba. También me queda claro que si no hubiera triunfado en la revolución, cobijado por una voluntad de acero, la efervescencia popular y un poco de buena estrella, su historia hubiera podido ser otra muy distinta, más cercana quizá a la del impetuoso guerrero que murió asesinado en la selva boliviana cuando la buena suerte no le favoreció.

¿Qué es entonces lo que define al ser humano a la luz de la historia? Sus acciones. Y es entonces que uno se pregunta si en verdad ha hecho uno lo suficiente, si ha quedado a deber en esa gran película que es la historia de la humanidad o si no estará uno reprochándose cosas de más.

Al final del día, el ser humano busca siempre cómo sobrevivir y adaptarse a su entorno de la mejor manera que puede. Vivir es saber improvisar. Luego me viene a la mente alguna frase de Borges y me queda clara una cosa: el destino de un hombre es el destino de todos los hombres.
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Machu Pichu

Las revoluciones burguesas, una perspectiva histórica desde la mirada de Eric Hobsbawm

Todo poder excesivo dura poco”.

Lucio Anneo Séneca

 

REVOLUCIONES

Tras el desgaste del aparato absolutista, la aparición de las primeras revoluciones burguesas marcaron de forma significativa la historia de occidente. Esto representó un cambio radical en las estructuras políticas y económicas del mundo.

Dentro de este contexto, los aportes del historiador británico Eric Hobsbawm, pensador de corriente marxista, aporta una serie de elementos que permiten entender lo ocurrido con la construcción de las primeras Repúblicas modernas, tal como lo ha expresado en su libro ‘Las revoluciones burguesas’.

Quizá la aportación más importante del autor en este sentido es el haber establecido dos factores esenciales como ejes de dichos movimientos revolucionarios: la política y la economía, siendo dos de las principales potencias de la época, Francia e Inglaterra, las cunas en donde se gestarían los primeros cambios de una sociedad europea en busca de la modernidad.

Por ello, tanto la revolución francesa en lo político como la inglesa en lo económico, representan los dos acontecimientos más influyentes en la configuración de una nueva sociedad que desbanca al “antiguo régimen” y marca el inicio de una nueva era que a su vez daría pie a la creación de nuevas formas de organización social.

Desde el inicio, Hobsbawm quiere hacer notar la paulatina y creciente aparición de fuerzas que irían dotando a la nueva sociedad burguesa de diversas herramientas ideológicas y prácticas que lentamente irían forzando a la clase dominante a ceder el poder. Así lo ha dejado en claro al referir que estos nuevos elementos sociales se constituían esencialmente como “las fuerzas e ideas que buscaban la sustitución de la nueva sociedad triunfante”, materializando todos estos esfuerzos y llevándolos a sus últimas consecuencias a través de la reacción: el levantamiento armado y la justificación de la fuerza como una medida válida para tomar el poder y revertir los abusos de la clase gobernante. Esto sentó un referente único dentro de la historia moderna.

Sin embargo, para poder explicar la forma en que se fueron dando estos procesos, el autor hace una exhaustiva revisión de la situación que atravesaban las diversas clases sociales de la época, centrándose principalmente en las bases sociales de la colérica masa reaccionaria que terminaría por cambiar el rostro del sistema político. Estos dos grupos son el sector campesino y la naciente clase obrera.

El juicio general que le merece a Hobsbawm el panorama agrario es el de una minoritaria clase dominante, constituida en poco menos que casta cerrada, que se aprovecha del cultivador. Clase dominante que se constituye por la propiedad del medio de producción, la tierra.

“La condición de noble e hidalgo (que llevaba aparejados los privilegios sociales y políticos y era el único camino para acceder a los grandes puestos del Estado) era inconcebible sin una gran propiedad”. Completa el cuadro general con una baja nobleza, que según apunta el inglés, no constituye una clase media, sino un sector de la alta que comparte, si no su riqueza, sí su mentalidad al referir que “además de los magnates, otra clase de hidalgos rurales, de diferente magnitud y recursos económicos, expoliaba también a los campesinos”.

Sin embargo, Hobsbawm advierte que estas características generalizadas en prácticamente toda Europa Occidental, habían perdido empuje desde hacía algún tiempo en el seno social de Francia e Inglaterra.

Así lo manifiesta al declarar que “la sociedad rural occidental era muy diferente. El campesino había perdido mucho de su condición servil en los últimos tiempos de la Edad Media, aunque subsistieran a menudo muchos restos irritantes de dependencia legal”.

Las ideas de la ilustración, la aparición de la ciencia y las aportaciones ideológicas de diversos pensadores políticos de la talla de Maquiavelo, Hobbes o Descartes, fueron un antecedente importante para entender cómo fue que se empezó a producir un cambio de mentalidad en la Europa de aquella época. Estas ideas, que cuestionaban el poder absoluto y abogaban por una reconstrucción del sistema político, fueron permeado con fuerza al interior de la sociedad, sentando los cimientos de la ideología que habrían de asumir los líderes de la Revolución Francesa para finales del siglo XVIII.

Por ello, Hobsbawm cree que Francia era el terreno más propicio para que floreciera una revolución social como la que se venía gestando. Ante esto, el investigador inglés ha afirmado que “el conflicto entre el armazón oficial y los inconmovibles intereses del antiguo régimen y la subida de las nuevas fuerzas sociales era más agudo en Francia que en cualquier otro sitio”.

Entre las principales causas que explican la ascenso al poder de la burguesía esta “su fuerza, y ante todo, el evidente progreso de la producción y el comercio”.

Si bien la organización política de Francia osciló entre república, imperio y monarquía durante 71 años después de que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del absolutismo y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, y en algunas ocasiones las masas populares, se convirtieron en la fuerza política dominante en el país. La revolución socavó las bases del sistema monárquico como tal, más allá de sus estertores, en la medida que le derrocó con un discurso capaz de volverlo ilegítimo.

Por otra parte, en el segundo capítulo, el autor analiza el despertar de la industrialización en la Gran Bretaña y su desarrollo hasta la mitad del siglo XIX. De este modo esquemático, puede decirse que abarca la etapa en que la industria del algodón y la aparición del ferrocarril fueron los detonantes de la Revolución Industrial. De este periodo, Hobsbawm considera que “por primera vez en la historia humana, se liberó de sus cadenas al poder productivo de las sociedades humanas”, lo cual resulta un tanto exagerado si se toma en cuenta que la capacidad de producción del hombre no dejó de ser explotada por una minoría.

La economía basada en el trabajo manual fue reemplazada por otra dominada por la industria y la manufactura. La Revolución comenzó con la mecanización de las industrias textiles y el desarrollo de los procesos del hierro. La expansión del comercio fue favorecida por la mejora de las rutas de transportes y posteriormente por el nacimiento del ferrocarril. Las innovaciones tecnológicas más importantes fueron la máquina de vapor y la denominada Spinning Jenny, una potente máquina relacionada con la industria textil. Estas nuevas máquinas favorecieron enormes incrementos en la capacidad de producción. La producción y desarrollo de nuevos modelos de maquinaria en las dos primeras décadas del siglo XIX facilitó la manufactura en otras industrias e incrementó también su producción.

Para Hobsbawm, la transformación del comercio juega un papel decisivo en la forma en que la naciente burguesía industrial se hace del poder. El comercio interior pasa de comercio de feria a un mercado nacional integrado, debido a la desaparición de las aduanas interiores, el aumento de la demanda y la mejora de los transportes. El comercio exterior también benefició el progreso de la industria.

Asimismo, la Revolución Industrial determinó la aparición de dos nuevas clases sociales: la burguesía industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores).  Se los llamaba proletarios porque su única propiedad era su prole, o sea sus hijos, quienes, generalmente a partir de los cinco años, se incorporaban al trabajo.

En otras palabras, podría decirse que Hobsbawm considera que el desarrollo de la Revolución Industrial en Inglaterra respondió a una combinación particularmente favorable de múltiples factores. Uno de ellos fue la transformación que desde el siglo xv se venía produciendo en el ámbito rural al permitir el crecimiento de un sector dentro de la sociedad. Otro factor importante fue la formación de un mercado interno unificado. La expansión colonial es considerada decisiva en este proceso pues proporcionó mercados muy dinámicos que estimularon la producción manufacturera.

En el mismo tono, el Estado tuvo también un rol protagónico, no sólo como defensor de los intereses de comerciantes y productores, sino también como consumidor de la producción manufacturera.

 

Conclusiones

El balance de todo este periodo es, para Hobsbawm, la creación de una “fuerte clase media de pequeños propietarios, políticamente avanzada y económicamente retrógrada, que dificultará el desarrollo industrial, y con ello el ulterior avance de la revolución proletaria”. Han transcurrido muchos años, y con ellos la industrialización francesa, pero la augurada “revolución proletaria” ha sido lo que no ha avanzado. La visión de un acontecimiento histórico desde una perspectiva cargada de prejuicios motivados por razones ideológicas, sólo puede desembocar en una apreciación parcial con juicios erróneos, y a unas conclusiones que la misma Historia se encarga de desmentir.

Las conclusiones a las que llega el autor son dignas de una revisión más profunda. En términos generales, la tesis final de Hobsbawm señala que el período de las revoluciones burguesas cumple la función de preparar el terreno para las revoluciones proletarias de 1848, con la llegada del marxismo. Por una parte, porque “las condiciones de vida de las masas les impulsaban inevitablemente hacia la revolución social”, ya sea por odio a la riqueza o el utópico anhelo de un mundo mejor. Por otra parte, porque “el gran despertar de la Revolución Francesa les había enseñado que el pueblo llano no tiene porqué sufrir injusticias mansamente”.

Hobsbawm quiere así considerar a las masas populares como el auténtico protagonista que subyace en los acontecimientos estudiados. El pueblo llano no es visto como instrumento, sino como protagonista. “Suya, y casi sólo suya fue la fuerza que derribó los antiguos regímenes desde Palermo hasta las fronteras de Rusia”, según explica.

Sin embargo, y aunque hace un extenso análisis de los hechos principales del Periodo del Terror que se vivió en Francia tras la revolución, el autor parece no darle importancia suficiente a los líderes sociales como catalizadores de los movimientos sociales que produjeron cambios importantes en la época.

Tal parece que la importancia más trascendente de este análisis de la historia realizado por Hobsbawm radica en que el investigador inglés ve en estas revoluciones la fuerza impulsora de la tendencia predominante hacia el capitalismo liberal de hoy en día.

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(Texto de 2009 rescatado de los archivos)

El Estado absolutista, una revisión a la obra de Perry Anderson

 

“El poder político es simplemente el poder

organizado de una clase para oprimir a otra”

Karl Marx

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Quizá la famosa frase que define la figura del déspota ilustrado, L’êtat c’est rnoi (el estado soy yo) atribuida al monarca francés Luis XVI, no podía estar más lejos de la verdad, tal como lo enunciarían algunos estudios posteriores sobre el estado absolutista, ya que precisamente fue la creación del estado lo que terminó por precipitar la caída del sistema político que pretendía defender.  A pesar de que la mayoría de las definiciones del absolutismo enuncian como característica principal de esta etapa histórica, la concentración del poder en la figura del rey, lo cierto es que ocurrió todo lo contrario, ya que aunque el rey seguía ejerciendo un papel determinante al aglutinar a las fuerzas políticas dominantes de la época, la creación de diversas instituciones emanadas del surgimiento de los estados nacionales provocaron un deterioro lento y progresivo por parte del control de la nobleza, la cual terminaría por colapsarse con el ascenso al poder al término de las revoluciones burguesas de los siglos posteriores.

En su libro El estado absolutista, el historiador inglés Perry Anderson realizó un estudio minucioso y bien fundamentado estudio sobre las causas que provocaron un cambio radical en el sistema político y económico de la Europa feudal y que tras una serie de sucesos terminarían por poner los cimientos para que la burguesía accediera al poder algunos siglos después.

“Los cambios en las formas de explotación feudal que acaecieron al final de la época medieval no fueron en absoluto insignificantes; por el contrario, son precisamente esos cambios los que modifican las formas del Estado. El absolutismo fue esencialmente eso: un aparato reorganizado y potenciado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional, a pesar y en contra de las mejoras que habían conquistado por medio de la amplia conmutación de las cargas. Dicho de otra forma, el estado absolutista nunca fue un árbitro entre la aristocracia y la burguesía ni, mucho menos, un instrumento de la naciente burguesía contra la aristocracia: fue el nuevo caparazón político de una nobleza amenazada”.

Esta serie de cambios pueden explicarse a través de la crisis del sistema feudal, ya que la mejora de las técnicas agrícolas y el consiguiente incremento del comercio, a partir del siglo XIII, provocaron que una cada vez más poderosa clase burguesa comenzara a presionar a la nobleza en el poder para que se facilitara la apertura económica de los espacios cerrados de las urbes, se redujeran los tributos de peaje y se garantizaran formas de comercio seguro, factores que hicieron posible que la nobleza realizara algunos ajustes en el sistema político para mantener el control, tal como lo afirma Anderson al referir que el estado absolutista no es otra cosa que “un rediseño del aparato feudal de dominación con el fin de devolver a la masa campesina a su rol social original, luego de que ésta ganara la conmutación de cuotas”.

Debido a esto, la clase en el poder tuvo la necesidad de reorganizar su estructura política y económica, por lo que el viejo modelo de ciudades estado dominadas por un señor feudal se transformó en el surgimiento del estado nacional, luego de que entre las prioridades del poder estuviera la centralización de la administración pública, lo cual a su vez, provocó el surgimiento por parte de una serie de instituciones que hicieran más fácil la administración del estado, tal como lo evidencia Anderson al enunciar que “el estado absolutista fue una transición del poder entre la nobleza feudal y el sistema capitalista. Por ello, durante el absolutismo el sistema feudal presentó síntomas de crisis en el poder de clase: el advenimiento de las revoluciones burguesas y el surgimiento de los estados capitalistas”, y no un árbitro entre las dos clases, como pensaba Federico Engels.

Sin embargo este proceso de cambios radicales no estuvo exento de ironías, ya que por ejemplo, mientras garantizar la seguridad de la población se convirtió en una de las prioridades del estado, esto provocó que el señor feudal fuera perdiendo gradualmente el control absoluto de los vasallos, al tiempo que la creciente burguesía afianzaba su dominio sobre el sistema burocrático necesario para que el estado pudiera ejercer sus funciones, lo cual se traduciría, siglos más tarde, en la toma del poder político por parte de una fortalecida burguesía.

Entre las características más importantes de esta serie de transformaciones, se encuentra la creación de instituciones políticas tales como el ejército, sistema tributario, la burocracia, los tratados comerciales o la diplomacia, las cuales hicieron que el estado ganara peso en el poder y mayor legitimidad entre la sociedad al tiempo que solucionaban problemas de organización política.

Asimismo, esta serie de estructuras darán pie a la aparición y conformación del mercado interno y externo, uno de los puntos de apoyo más importantes para que la burguesía fuera ganando terreno dentro de la disputa de clases por el poder, ya que a partir de esta etapa, la burguesía jugaría un rol decisivo en el cambio de las políticas económicas del estado.

Aunque es cierto que dentro de esta etapa el mercantilismo y la acumulación de riqueza representó uno de los ejes del sistema económico, donde el estado regulaba la cantidad de importaciones y exportaciones mediante la imposición de aranceles, lo cierto es que a partir de entonces, el comercio sería la actividad económica que empezaría a marcar la pauta de lo que sucedería siglos más tarde hasta la actualidad, ya que desde entonces, la guerra sufriría una transformación sustancial, pues no sólo era un mecanismo de controlar el territorio y extraer riqueza, sino un medio para abrir nuevos mercados y por ende en una parte fundamental del sistema capitalista, a diferencia de lo que afirmara Anderson al señalar que, en aquel entonces, “la morfología del estado no corresponde a una racionalidad capitalista, sino a una creciente memoria medieval en cuanto a las funciones de la guerra”, ya que a pesar de que efectivamente, existía toda una estructura en torno a la guerra, ésta empezaba a tomar un rumbo diferente que se haría más notorio con el paso del tiempo.

Es por eso, que las alianzas entre señores eran más comunes, ya no tanto para la guerra, sino para permitir el desarrollo económico de sus respectivos territorios, donde la figura del rey fue el elemento aglutinador de dichas alianzas.

Por otra parte, a medida que el absolutismo político se impone y desarrolla la teorización sobre algunos problemas derivados de la justificación del poder, tales como el derecho divino de los reyes y la limitación de su poder, las bases de la sociedad política, el desarrollo de la conciencia nacional y su fundamento, justificación y límites incluida la reconsideración de la relación de la iglesia con el estado.

 

 

La ruptura en el pensamiento político

La percepción del poder y los gobernantes en occidente sufrió cambios importantes. La pujante clase burguesa empieza a cuestionar el poder del monarca conforme va subiendo en la escalera del poder. Para una sociedad donde la ciencia empezaba a dar sus primeros pasos, la religión dejó de ser válida para que los monarcas reinantes pudieran justificar el origen de su mandato.

Esta etapa fomentó la aparición de algunos de los primeros pensadores políticos modernos tales como Maquiavelo o Hobbes, cuyas ideas serían un antecedente importante para poder entender el desarrollo del pensamiento que dio origen a las revoluciones burguesas.

Para Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna, el asunto del poder estaba lejos del compromiso ético que en alguna ocasión plantearon los griegos clásicos como Platón o Aristóteles. Para Maquiavelo el poder es la capacidad de obligar a otros a la obediencia. En el ejercicio del poder rechaza cualquier norma ética o moral en favor de la razón de Estado y la eficacia. Todo es válido en la práctica del poder.

Maquiavelo, uno de los primeros analistas políticos de la historia, era partidario del Estado republicano, aunque consideraba que en situaciones difíciles es necesario acudir a un príncipe que mantenga el orden. La anarquía es el peor de los males, y un príncipe es preferible a la anarquía, además de que consideraba que existía un ciclo inevitable en las formas que adopta el Estado: monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia y anarquía, esta última fase ha de ser evitada con el recurso a un príncipe fuerte, con lo que se vuelve a la monarquía.

Por ello en su libro más famoso, El príncipe, Maquiavelo hace una serie de recomendaciones para mantener el poder a toda costa: estudiar lo que la gente quiere, emplear la violencia con medida y mantener al pueblo contento, para lo cual, si es necesario, ha de instrumentalizar la religión para conseguir sus fines políticos. También puede utilizar la censura para evitar que el pueblo se corrompa, y ha de proporcionarle: educación cívica y amor a la patria.

Uno de los puntos más innovadores del pensamiento maquiavélico es la construcción del concepto de Estado de Derecho, pues consideraba que un país es afortunado cuando tiene unas leyes que le hacen continuar como país, le sostiene y a las que todos están sometidos. Para ello, es necesaria la ley y la moral del pueblo, pero el príncipe está por encima de ella, en virtud de la razón de Estado y la eficacia política.

Estas aportaciones al pensamiento político de la época inicó una serie de cambios en los sistemas de poder. El aporte de Maquiavelo abrió camino a la modernidad en su concepción política y a la reestructuración social.

Asimismo, las aportaciones de Hobbes también representaron una ruptura con el pensamiento que justificaba al Estado Absolutista. Para Hobbes, el estado de naturaleza es un estado de guerra y de anarquía donde los hombres son iguales por naturaleza. No existe noción de los justo y de lo injusto, y tampoco la de propiedad. No hay industria, ni ciencia, ni sociedad. Hobbes se opone, con esta visión pesimista, a los teóricos del derecho natural y a todos aquellos que disciernen en el hombre una inclinación natural a la sociabilidad. Dentro de estos parámetros, las nociones de lo moral y lo inmoral, de lo justo y de lo injusto no tienen allí cabida. Donde no hay un poder común, no hay ley; y donde no hay ley, no hay injusticia.

Hobbes define al Estado como “una persona de cuyos actos, por mutuo acuerdo entre la multitud, cada componente de ésta se hace responsable, a fin de que dicha persona pueda utilizar los medios y la fuerza particular de cada uno como mejor le parezca, para lograr la paz y la seguridad de todos” y se dice que un Estado ha sido creado o instituido cuando “una multitud de hombre establece un convenio entre todos y cada uno de sus miembros, según el cual se le da a un hombre o a una asamblea de hombres, por mayoría, el derecho de personificar a todos, es decir, de representarlos”, según expresó el autor en su libro Leviatán.

Estos razonamientos revolucionarios resultan aún más contundentes luego de que el pensador inglés argumentara que “si los súbditos no pueden cambiar de forma de gobierno, y por lo tanto están sujetos a un monarca , pueden abolir la monarquía sin su aprobación y volver a la confusión propia de una multitud desunida”.

Estos preceptos sirvieron de base para la implementación de los primeros sistemas parlamentarios, un antecedente importante que buscaba limitar el poder del gobernante. El parlamentarismo surge en Inglaterra hacia 1640 (aunque existen referencias muy parecidas en el siglo XIII) y durante un breve plazo de tiempo, hasta que Cromwell instaura la dictadura en 1649. No obstante, ésta primera irrupción del modelo va a mostrar ya sus rasgos fundamentales. En primer lugar, el Parlamento era una asamblea popular elegida por los ciudadanos en igualdad de condiciones y que gozaba de todos los poderes del Estado, sin que fuera posible violentar su autonomía; en segundo lugar, lo que hoy conocemos como el poder ejecutivo estaba sometido plenamente a la asamblea; y en tercer lugar, el parlamento sólo podía ser disuelto por el propio pueblo que lo había elegido. El triunfo definitivo del régimen parlamentario ocurre con la Revolución Gloriosa en 1688, a partir del cual el Reino Unido aplicó el mismo de manera integral.

En el continente europeo se habrá de esperar hasta la Revolución Francesa para que se atisbe un modelo de representación democrático-parlamentario similar, que indisolublemente va unido a la división de poderes formulada por Montesquieu, dentro del periodo con el que inician las revoluciones burguesas.

La ironía más grande en que cayeron los monarcas durante el Estado Absolutista, es que al buscar las herramientas necesarias que les permitieran extender sus dominios y por ende, acrecentar su poder, abrieron la puerta para que la pujante clase burguesa adquiriera los conocimientos necesarios para administrar el Estado, tomando posiciones claves que decicidirían el curso de la historia occidental tras las primeras guerras por tomar el poder y reconstruir la visión del Estado moderno.

La soberbia de Luis XVI es un síntoma ineludible de la miopía política del monarca francés. El Estado no podía entenderse a través del monarca, sino a través de las diversas instituciones y estructuras sociales, políticas y administrativas que contribuyeron a que el poder absoluto se repartiera entre algunos más (no necesariamente de forma equitativa). Quizá en el momento no lo supo, pero al crearse las bases del Estado moderno, Luis XVI y el poder absoluto que representaba, terminaron cavando su propia tumba.

(Texto escrito en 2009 y rescatado del archivo personal).
Fuentes:

Perry Anderson. El Estado Absolutista. Siglo XXI. México. 1985.

El capital financiero y la privatización del espacio urbano en la era de la globalización

Las dinámicas del capital financiero a partir de la década de 1980, que coincide con el fin de la Guerra Fría y el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información, ha modificado las estructuras de los Estados nacionales y sentado las bases de un nuevo proceso estructural y global de apropiación de la riqueza.

Un proceso donde la desigualdad social, la migración y el choque de civilizaciones son sólo algunas de sus caras más visibles. Puntos esenciales para comprender el fenómeno de la globalización.

Aquí algunos conceptos para entender este complejo y fascinante proceso: David Harvey sobre la crisis del capitalismo; Saskia Sassen, sobre las desigualdades y el proceso de expulsión que promueve la ciudad global; Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida; y Manuel Castells sobre la sociedad red. Todo un marco conceptual para entender el mundo de hoy.

La ficción como forma de vida (a propósito del final de temporada de Game of Thrones)

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Da gusto tener la oportunidad de seguirle la pista a Game of Thrones, una de las grandes fantasías de nuestro tiempo. En una era dominada por la producción en serie, donde uno pareciera haber visto una misma película que se repite y se repite en diferentes contextos, de repente alguien se acordó que el arte de narrar reside en una buena historia.

Los efectos especiales no pueden sustituir a la trama, como parecieran predicar las películas de superhéroes, las chic flick y los melodramas cursis que buscan el llanto fácil con las mismas fórmulas de siempre. Si algo siempre me ha impresionado de quienes escriben ficción, es precisamente la capacidad de recrear mundo enteros.

En cada capítulo de Game of Thrones aparecen docenas de personajes entrañables cuyas historias se van entrelazando poco a poco. Algunos personajes se mantienen y otros mueren, algunos se rencuentran tiempo después y otros nunca más se volverán a ver. Lo mismo ocurre en la vida. Personas van y personas vienen. Los que antes se amaban ahora se odian y visceversa. Los antiguos enemigos son aliados y lo mismo sucede al revés. La vida siempre tiene giros inesperados, como toda buena historia.

Y este tipo de relatos de largo aliento, con una geografía y una mitología propia, sólo se podían llevar a la pantalla en el formato serial que ha ido modificando la narrativa audiovisual de nuestro tiempo. Películas de 10 horas divididas en capítulos donde no hay espacio para la paja, el relleno, donde cada diálogo condensa años de tensión entre los personajes, historias donde los oscuros pasajes que no han sido revelados dan pie a extravagantes teorías que dan vuelo a la imaginación de los espectadores.

Y entonces ocurre el milagro de la ficción, que nos permite vivir en otro lugar y otro tiempo, vivir aventuras en la piel de los personajes que nos sirven también como una máscara que nos revela nuestra verdadera naturaleza, la del ser humano librando sus muchas batallas, el ser humano que intenta mantenerse a flote en la vorágine del caos, el ser humano que intenta transformar al mundo venciendo sus propios miedos, el ser humano que se reconcilia con sus demonios, el ser humano que sueña y llora y se ríe y se enamora y come y se desvela y se emociona y tiene dudas y recuerdos y hace amigos y enemigos, el ser humano que se extravía y se reencuentra consigo mismo en la oscuridad de una cueva, el ser humano cuya vida de ficción nos hace sentirnos más vivos y despiertos, porque nosotros también sufrimos con ellos y nos emocionamos con ellos, y nos enamoramos junto con ellos.

Es la diaria convivencia aquello que permite desarrollar vínculso con otras personas y lo mismo sucede con los personajes de ficción, esa nostalgia inexplicable que se le va metiendo a uno conforme termina de leer las últimas páginas de una novela, esa sensación de vacío que queda al saber que nuestro camino y el de los personajes de ficción habrá de llegar a su fin, porque toda buena historia tiene que tener un buen final y no podría ser de otro modo, como la muerte que habrá de recogernos en su manto fúnebre llagada la hora.

La ficción como espejo de la realidad, que se va construyendo a la par que nuestros sueños. La ficción como esa sustancia capaz de reescribir el presente. La ficción como salvavidas en momentos de duda y extravío. La ficción como una forma de expandir las muchas posibilidades que encierra nuestra finitud terrestre. La ficción como bálsamo que habrá de aliviar nuestras penas y hacer aún más plenas nuestras alegrías. La ficción como una forma de entender el maravilloso y terrible secreto de la vida y la muerte.

Por eso no queda más remedio celebrar el final de temporada de Game of Thrones, ahora que tendremos que esperar un año para ver la próxima temporada, la última, con la esperanza de llegar a buen puerto en ese largo periplo en que nos hemos embarcado desde hace ya algunos años. Porque a veces, cuando la vida pareciera carecer de sentido, basta imaginar otros mundos y otras vidas para seguir viviendo. La magia de convertir la vida en cuento.
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De las palabras frescas y calientes

Leyendo sobre cosmogonía mesoamericana me encontré el siguiente texto:

“Perla Petrich, en su libro La alimentación mochó, afirma que para los mototzintlecos las palabras existen autónomamente, como fuerzas, después de que han sido expresadas. Se deslizan como “una flecha en el aire” y penetran el cuerpo del destinatario, por los oídos cuando son benéficas y tranquilas, por las articulaciones cuando son dañinas y cargadas de malos sentimientos. Las palabras calientes son las que van con pasión maléfica o perturbadora. El hechicero posee “boca de fuego”. En cambio, el qamán (el defensor) pronuncia palabras frescas”.

A lo cual habría que agregar: cuidado con lo que uno dice, pues las palabras cuando andan sueltas forman parte del mundo de los espíritus.

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El origen del sexo

¿Cómo o por qué fue que la vida desarrolló la reproducción sexual? Es uno de los grandes misterios de la biología evolutiva. Una cuestión que nos permite entender grandes procesos sociales y culturales que ocurren actualmente sin que nos demos cuenta.

Es por ello que el documental El origen del sexo, me resultó tan estimulante. Sobre todo, el caso donde se exponen las diferencias de comportamiento entre los chimpancés y bonobos, dos comunidades donde las relaciones de poder condicionan y configuran diferentes maneras de ejercer la sexualidad, y por ende, modifican por completo las dinámicas sociales.

Jung y los sueños: la manifestación del inconsciente

Vaya genio que fue Carl G. Jung. Uno de los precursores sobre el estudio del inconsciente y su relación con las emociones más profundas, los sueños y los mitos. Aquí un interesante documental sobre el tema.

Marx y Adam Smith discuten sobre economía en fluido portugués

Un video muy interesante y muy bien interpretado en el que los dos principales referentes de la economía clásica sostienen una amena charla en portugués.

¿Ha usted intentado convencer a alguien?

Una pequeña reflexión a partir de un interesante texto del filósofo Agustín Vicente, publicado en el Huffpost, titulado: Los hechos nos dan igual cuando contradicen nuestra identidad.

Two knight on a chessboard. Confrontation.

¿Ha intentado convencer a alguien sobre cualquier tema? En los últimos tiempos (por no decir que siempre) enfrascarme fácilmente en discusiones sobre política, asuntos de género, futbol, etcétera. Y no deja de sorprenderme, la manera en que cada quien cree lo que quiere creer, lo increíblemente cerrada que es la gente. Yo reconozco que también soy necio, pero a diferencia de la mayoría, me interesa más tratar de entender por qué ocurren las cosas antes que emitir juicios sumarios e irrefutables. Por eso también me suelen tachar de “posmoderno”, de relativismo exagerado.

Supongo que, en el fondo, soy más curioso que necio. ¿Pero cómo se hace entonces para no terminar sacándonos los ojos unos a otros entre tantos desacuerdos, tantas visiones posibles del mundo? Más que tratar de entendernos unos a otros, el único camino posible es amar a los demás, como bien dijo un carpintero nazareno hace unos miles de años atrás, lo cual implica aceptar nuestras diferencias y la imposibilidad de que alguien pueda tener “la razón” sobre algún tema. Por eso me parecen extremadamente aburridas las discusiones donde la gente pelea por tener la razón, en lugar de compartir alguna experiencia o tratar de descubrir alguna verdad velada sobre la existencia humana a través el diálogo.

La diferencia radical entre explorar e imponer, es una cuestión de actitud. Despertar esa curiosidad por el otro: ¿qué hizo que el otro piense como piensa? Y aún así es complicado. “¡No me analices!“, me han reprochado en más de una ocasión. Pero supongo que el amor, en alguna medida, también es eso: un intento de descubrir y reconocernos en esa otra persona.

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La raíz de la violencia (o de cómo la injusticia engendra monstruos)

Para entender la violencia en México hay que explorar sus causas más profundas. Y para ello, es indispensable comprender la diferencia entre justicia y venganza.

Spanish activist Jil Love and Mexican activist Julia Klug perform with tapes and fake blood during a protest against femicide and violence against women in Mexico City, Mexico

Manuel Hernández Borbolla

Una familia viaja por la carretera México-Puebla. El padre siente deseos de orinar y estaciona la camioneta en la que viaja junto a su esposa, su sobrina (una adolescente de 14 años) y su hijo, un bebé de dos años. La familia es sorprendida por una banda de asaltantes que intenta despojarlos del vehículo. Los ocho agresores golpean al padre, violan a la madre y la hija, y asesinan al bebé. Un día después, el cadáver de una mujer de 25 años es encontrado en Ciudad Universitaria, amarrada por el cuello a una caseta telefónica junto a la Facultad de Química.

Dos casos cuya violencia no deja de estremecer, a pesar de que la crisis humanitaria que vive México desde hace una década pareciera haber convertido la crueldad y el horror en un asunto cotidiano, donde el hallazgo de fosas clandestinas y el recuento de asesinatos se ha vuelto algo normal, parte de la rutina noticiosa que nos ha ido arrebatando nuestra capacidad de asombro e indignación.

Los datos son contundentes. A una década de la llamada guerra contra el narcotráfico decretada por Felipe Calderón, el número de homicidios en el país se disparó desde 2007, registrando su pico más alto en 2011 y con un repunte en los últimos años, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Pero la tendencia se mantiene a la alza, ya que el primer trimestre de 2017 es ya el inicio de año más violento en la historia reciente de México. Un hecho que incluso ha sido reconocido por el presidente Enrique Peña Nieto, quien asegura que “los índices de criminalidad en diferentes entidades federativas nuevamente empezaron a regresar a escenarios del pasado”.

Homicidios

Pero no solo eso. De 2007 a la fecha, en México se han encontrado 855 fosas clandestinas con 1,548 cadáveres, según un informe reciente de la CNDH. Un país donde la guerra contra el narco provocó una crisis humanitaria con más de 30 mil desaparecidos, una ola de feminicidios y más de 35 mil desplazados. Además, México posee cinco de las 50 ciudades más violentas del planeta, según diversas fuentes. De este modo, el nivel de violencia, equiparable al de países en guerra civil, ha provocado que México sea considerado como el tercer país más peligroso del mundo.

Pero la contundencia de las cifras no es suficiente para comprender la magnitud del fenómeno de la violencia en México y otros países de América Latina, recién reconocida como la región más violenta del planeta. Una región donde el tráfico de las drogas, la pobreza y la desigualdad social no bastan para explicar los niveles de violencia registrados en los últimos años: desde el exterminio de migrantes en San Fernando y las mujeres violadas de Atenco, hasta el atentado y suicidio de un estudiante del Colegio Americano de Monterrey o el hallazgo de 249 cadáveres en una fosa de Veracruz, por mencionar algunos casos recientes.

“Este hombre me contaba, con mucha serenidad, cómo a una de sus víctimas le había abierto el pecho, sacado las costillas para poder arrancarle el corazón vivo y vio cómo se le agotaba el latido en sus manos”, relataba el periodista y corresponsal de guerra David Beriain hace unas semanas, al describir el impactante nivel de violencia de las pandillas en El Salvador.

“Cuando tú te sientas delante de ese al que llaman terrorista, asesino o narcotraficante, gente que mata gente, y no a uno ni a dos, te gustaría pensar que va a existir una distancia infinita entre tú y él, que va a pertenecer prácticamente a otra especie. ¿Y sabes qué es lo que pasa cuando te acercas? Es igual que tú. Y puedes reconocer muchas partes de ti en él. Y eso asusta”, me contaba Beriain en otra ocasión.

¿Pero, cuál es la raíz de la violencia? ¿Qué es lo que lleva a una persona común a realizar actos tan terribles como desollar viva a una persona o asesinar a un bebé de dos años para luego violar a su madre? ¿Qué es lo que ocurre en una sociedad donde continuamente se presentan actos de barbarie como estos? Son preguntas cuya explicación requiere una revisión profunda de la condición humana.

Aftermath Teachers Protest in Oaxaca

La venganza, el odio y la injusticia

Toda violencia es consecuencia de un dolor profundo que busca ser aliviado. Un dolor proveniente de viejas heridas que siguen abiertas y no terminan de sanar, o también, del miedo a ser lastimado otra vez. Y por ello, toda agresión representa, en realidad, un acto de venganza contra el mundo.

Para el investigador de la Universidad de Ámsterdam, Nico Frijda, el dolor, tanto físico como psíquico, es el motor del deseo de vengar el insulto, lesión, pérdida, desprecio, sometimiento o humillación ocasionados por otra persona o grupo social, al existir “un alivio del dolor, a través del ejercicio de un poder elemental sobre el ofensor”, según sostiene en su libro The Lex Talionis: On Vengeance. En un sentido similar, la psiquiatra británica Felicity de Zuleta, autora del libro From Pain to Violence: The Traumatic Roots of Destructiveness, sostiene que las personas particularmente violentas suelen ser aquellas que sufren algún tipo de abuso a edades tempranas y recrean ese mismo patrón siendo adultos: víctimas que se transforman en victimarios.

De ahí que la venganza y la justicia son dos formas de curar el dolor que se genera cuando una persona ha sido lastimada por otra. Y este es un factor clave para comprender las repercusiones sociales de la violencia.

La venganza es un dolor que busca alivio en el dolor ajeno. Que el otro sienta el mismo dolor que yo siento, como un mecanismo de compensación: no se trata de quién nos la hizo, sino de quién nos la paga. Esto explica también el placer momentáneo que produce la venganza. Pero esta necesidad de satisfacer el dolor con el dolor de otro, suele generar un circulo vicioso que conduce a la crueldad, palabra cuyo sentido original hace referencia a algo que se “recrea en la sangre”. Una patología social que puede manifestarse en conductas psicópatas (que no siente culpa por hacer daño) o sadomasoquistas (quien siente placer con el dolor). Es decir, una forma de violencia que se reproduce y multiplica sistemáticamente con consecuencias autodestructivas, pues como bien sugiere aquella bella frase atribuida lo mismo a Shakespeare que a Buda: “La ira es el veneno que uno toma esperando que el otro se muera”.

La venganza y la justicia son dos formas de curar el dolor que se genera cuando una persona ha sido lastimada por otra.

Esto bien podría explicar cómo es que surgen casos como El Ponchis, el niño sicario que mató a cuatro personas a los 14 años, o El Pozolero, el albañil que terminó disolviendo cadáveres para el crimen organizado. Personajes emblemáticos de la galería del horror mexicana que surgen de un contexto social hostil donde la violencia se reproduce en múltiples formas: marginación, abandono, pobreza, abusos, frustración, etcétera. Un ambiente hostil que también ayuda a entender otros fenómenos, como la violencia en los estadios de futbol o la violencia durante protestas políticas. Toda rebelión surge de una furia incontenible.

La justicia, en cambio, busca lidiar con el dolor mediante una compensación del daño recibido. Por ello, la justicia busca restablecer el equilibrio perdido de manera armónica en relación con el orden natural de las cosas o con algún código moral expresado en la cultura. De este modo, el castigo de las malas acciones, ya sea por mandato humano o divino (un castigo de Dios, la ley del karma), suele estar asociado a un sentimiento de justicia. Y este sentimiento de justicia puede ser trastocado cuando las acciones condenables generan una sensación de gozo para quien las lleva a cabo. Un asunto que bien nos podría ayudar a entender el repudio popular que causó la burlona sonrisa del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, tras ser detenido en Guatemala.

De ahí que la injusticia del Estado hace que la gente tenga que recurrir a otras expresiones de fuerza para defenderse de la violencia. Un ejemplo de esto, es la manera en que la impunidad sistemática y la complicidad del gobierno con el crimen organizado provocó que en 2013, un grupo de aguacateros y productores de limón se levantara en armas para constituir los grupos de Autodefensas en Michoacán, luego de que bandas delincuenciales extorsionaban a la población e incluso amenazaron con abusar sexualmente de sus esposas, hijas y madres.

Esta diferencia entre las nociones de justicia y venganza permite entender cómo es que la incapacidad del Estado para proveer seguridad y justicia a las víctimas de la violencia genera más violencia. Por ello, no es casualidad que la diáspora de la violencia en México esté íntimamente vinculada a una debilidad institucional provocada por altos niveles de corrupción e impunidad, que a su vez, ponen en entredicho la viabilidad misma del Estado como garante de la paz social.

Esta diferencia entre las nociones de justicia y venganza permite entender cómo es que la incapacidad del Estado para proveer seguridad y justicia a las víctimas de la violencia genera más violencia.

La justicia es un factor clave para que el Estado pueda ejercer el monopolio de la fuerza. Pero si el Estado mexicano es incapaz de impartir justicia, con niveles de impunidad del 99%, esto explica en buena medida la epidemia de violencia que existe en el país. La injusticia engendra monstruos.

“A mi juicio la violencia está en las instituciones políticas. La desigualdad ha estado aquí siempre y eso por sí solo no explica la violencia del narcotráfico”, me comentaba el historiador y politólogo Lorenzo Meyer en 2011, cuando lo entrevisté para un reportaje que exploraba las causas profundas de la violencia a partir del caso Monterrey, poco antes de que ocurriera el atentado contra el Casino Royale.

Por ello, no es casualidad que la violencia en México esté asociada a la violencia promovida desde las instituciones políticas, el sistema económico, la marginación social y el abuso como forma de vida, sin que existan los mecanismos sociales que permitan mitigar o revertir el daño causado.

La oscuridad es la sangre de las cosas heridas“, dijo alguna vez Jorge Luis Borges en un espléndido verso. No existe la maldad, solo un puñado de gente herida. He ahí la raíz de la violencia.

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Publicado originalmente en el Huffpost México

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