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El templo dorado

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Por varias razones, el Golden Temple de Amritsar, lugar sagrado de los sij, es uno de los lugares más deslumbrantes que he visito en mi vida. Lo primero que destaca al entrar al lugar es el dorado edificio en medio de un estanque de aguas limpísimas y peces dorados, conocido como el ‘néctar de la vida’, mismo que da nombre a la ciudad, ubicada en la región del Punyab, muy cerca de la frontera de India con Paquistán. Los sijes vienen aquí para bañarse y purificarse en sus aguas al menos una vez en sus vidas. Yo sólo mojé los pies y agradecí la oportunidad de conocer un recinto sagrado con una vibración tan fuerte. El interior del templo es de una belleza tremenda y, como ocurre en otras gurduwaras, alberga un volumen de gran tamaño del Gurú Granth Sahib, libro sagrado de los sijes. La oración más conocida, autoría de Gurú Nanak, fundador de la religión, se llama Mul Mantra y dice así:

El Ser es Uno
Su nombre es Verdad
Creador del Universo
Más allá del miedo, más allá de la venganza
Más allá de la muerte, lo no nacido
Existe por sí mismo
Por la gracia de la Sabiduría
(Medita)
Verdad en el principio
Verdad en todas las eras
Verdad incluso ahora
Nanak dice que la verdad siempre será.

Uno de los grandes hallazgos de mi travesía por India ha sido el acercamiento con la cultura sij. En general son personas muy bondadosas, muy buena vibra. La religión sij surgió como una alternativa planteada por Gurú Nanak para solucionar los continuos enfrentamientos entre musulmanes e hindús. La cultura sij condensa y toma mucho de ambas. Por ejemplo, la arquitectura y las vestimentas son muy parecidas a las usadas por los musulmanes, aunque los turbantes usados por los hombres, tienen ciertas particularidades que los hace fácilmente reconocibles. Su lengua, punyabí, y algunas prácticas religiosas incluyendo el vegetarianismo, están más próximos al hinduísmo.

En el Golden Temple pueden entrar personas de todas las religiones. Si algo llama la atención de los sijes, es su apertura hacia otros credos, a pesar de que pueden parecer feroces por la manera en que usan espadas como parte de su vestimenta ritual. Al interior del museo principal del templo, hay pinturas bellísimas y algunas de una crueldad sorprendente, que retratan la persecución a la que fueron sometidos los sijes durante siglos. Algunos cuadros dan testimonio de hombres serruchados por la mitad desde la cabeza a los pies, niños prensados en máquinas especialmente diseñadas para ello, mujeres obligadas a portar collares con sus hijos desmembrados. Los terribles alcances de la violencia y crueldad humana. Aquellas escenas me hacen pensar en la forma como la delicadeza e hipersensibilidad de la sociedad occidental actual, ha provocado que se pierda toda proporción sobre la violencia, palabra que ha sido degradada de una manera abominable por los pregoneros del bienpensantismo y lo políticamente correcto, lo cual explica en buena medida la confusión en que vivimos.

Pero quizá lo más impresionante del Golden Temple, además de sus músicos y su aura sagrada, es su cocina. Ahí, un ejército de voluntarios alimenta a la gente, sin importar su procedencia o su credo. La comida se compra con las donaciones que la gente realiza en el templo. También te puedes quedar a pasar la noche si no tienes dónde dormir. En los países ricos de Occidente, no me ha tocado ver una cosa similar. Alimentar el cuerpo y alimentar el alma. Una auténtica utopía que conmueve hasta lo más profundo, y me hace pensar que es el modo en que debe proceder una auténtica religión. ¡El verdadero camino que enunciaba Gurú Nanak!

Varias veces se me humedecieron los ojos al recorrer el templo y sentir tanta bondad. Un lugar sagrado, una de las joyas mejor guardadas de la India.
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De colores

“No se puede transmitir la sabiduría y percepción a otra persona. La semilla ya está ahí. Un buen maestro toca la semilla, lo que le permite despertar, brotar y crecer”, leí en una publicación sobre budismo.

Muy cierto. Otra de las grandes lecciones para mí en estas últimas semanas, es aprender a no desesperarme de que los demás no vean cosas que para mí son muy evidentes. Comprendí que en ocasiones, no es que la gente no quiera ver las cosas, sino que no pueden, porque no han desarrollado los mecanismos perceptuales para ello. Es una necedad mía pretender que un daltónico vea colores.

Los colores son hermosos. Por eso mi ansia de que compartir esa experiencia, que los demás puedan verlos y apreciarlos. Es triste ver que muchas personas podrían ver colores, pero tienen tanto miedo, que están bloqueados. Bien dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. En una sociedad de daltónicos, ver colores es cosa de locos, les asusta que unas personas raras hablen de unas cosas igual de raras, llamadas colores. Como es algo que no entienden y le temen, los daltónicos tratan de castigar y reprimir a quien ve colores, pero al mismo tiempo, hay algo que les maravilla y produce fascinación. Lo mismo pasa con los místicos, que ven colores que otros no pueden ver.

El arte es un camino que desarrolla la sensibilidad y por ende, aumenta la percepción para el desarrollo de la conciencia. No hay espiritualidad posible sin arte, sin experiencia estética. Los grandes sabios han comprendido esta situación y por ello todas las grandes religiones han sido acompañadas siempre de un arte sacro: desde las ornamentales pinturas de oro de Bizancio hasta las alucinógenas vestimentas de los wixárika.

El arte es sensibilidad. Si a la sensibilidad se le suma un intento de comprensión, el resultado será favorable para la persona, lo cual genera a su vez una influencia positiva sobre el mundo.

Yo por eso procuro repartir la belleza, con la esperanza de que todos los seres puedan vivir en un mundo lleno de colorido, en lugar de ese mundo sórdido y monocromático al que muchos se han condenado.
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“A India hay que verla con ojos del corazón”: recuento de la travesía por Rajastán

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Y de repente, India me explotó en el ojo, en la mente, en el alma. Bailé al estilo Bollywood, bebí pociones mágicas en honor a Shiva, un gurú me dio su teléfono, me pateó una vaca y conocí a buenos amigos en el camino.

Así la primera entrega de mi paso por Rajastán. En Jaipur conocí el templo de los monos en honor a Hanuman, y hablé con Canaya, quien cuida de los simios. Un tipo interesante. También pude aproximarme a la manera en que los hindús viven la espiritualidad y hasta me tocó honrar a Ganesh.

También conocí el Jantar Mantar, uno de los imponentes observatorios astronómicos construidos por el maharajá Jai Singh en 1728. Un lugar impresionante que muestra las inquietudes de los antiguos gobernantes indios por comprender los misterios del cosmos.

En la ciudad sagrada de Pushkar, me tocó vivir la festividad del Maha Shivaratri, el día en honor a Shiva. Una explosión de colorido en un lugar entrañable, llena de gurús que buscan hacer de la perfección interior un camino para ejercer una influencia positiva para el mundo a través de la no-violencia.

Hay quienes dicen que India es un país pobre, pero para mí, es un país muy rico. Pobre es el que necesita muchas cosas para disfrutar una vida plena. Y aquí he visto a mucha gente que, pese a las carencias materiales, goza la vida en plenitud.

La segunda parte del recorrido por Rajastán incluyó de todo. En Udaipur, conocí a un joven cuyo abuelo pintaba para el rey de aquella región, y me mostró los secretos de la pintura tradicional india, la cual suele retratar escenas de la vida pública y los gobernantes. Los colores se elaboran de manera tradicional (el amarillo, por ejemplo, se obtiene de la orina de la vaca) y las obras se realizan con un pincel finísimo de pelo de ardilla. El detalle de las pinturas es impresionante, y el trabajo que requiere una sola obra puede demorar hasta un año. En Udaipur también me llegaron desde las lejanías mexicanas algunas malas vibras que, paradójicamente, resultaron muy positivas, pues coincidió que estaba yo indagando los misterios detrás de la simbología de Krishna, comenzando a leer las enseñanzas del Baghavad Gita. En esas andaba yo cuando visité el Jagdish Temple, un impresionante templo hinduísta en el que permanecí varias horas, hasta que descubrí una gran verdad, que me conmovió profundamente, e hizo que me explotara Anahata, el chakra del corazón. Ahora entiendo mejor esa extraña atracción por el color verde, el color del chakra del corazón, al elegir una pequeña pintura que compré. También comprendí mejor la manera en que opera el karma, y eso me hizo sentir muy bien. Todo una experiencia.

En Jodhpur, la ciudad azul, pasé el día entero persiguiendo el color azul. Esperaba más de lo que vi, pero en el camino, me encontré con muchos niños que me hicieron el día. En esta segunda parte de la vuelta por Rajastán, la convivencia con niños se volvió parte importante de la travesía. Mucha alegría, mucho juego, mucha vitalidad. Los niños que yo vi no están encerrados ni pegados a una pantalla como zombis. Andan por la calle, saltando, corriendo, gritando y en general son muy bondadosos. Un niño por ejemplo, estaba muy preocupado por ayudarme en mi primer recorrido de tren y a cada rato iba a mi lugar para darme información, de cómo tenía que tomar un taxi de 4 kilómetros tras llegar a nuestro destino y cosas así. Los niños dicen mucho sobre la salud de una sociedad, y en el caso de India, son el ejemplo perfecto de lo bondadosa que suele ser la gente por aquí.

“A la India hay que verla con ojos del corazón”, me dijo una señora suiza de unos 60 años de edad. Estaba un poco contrariada de que a su hija, quien estudia en Monterrey, México, no le interesan estas cosas y prefiere juntarse con “juniors” pedantes y frívolos. Para ese tipo de mentalidad tan arraigada en lo material, India sólo ofrece pobreza, pero para quien puede ver con los ojos del corazón, como me dijo la señora, el regalo es tremendo.

En Jaisalmer, la ciudad dorada, con sus casas y templos color arena, fue una grata parada, a pesar de que fue ahí donde me atacaron unos perros. También me rencontré con algunos amigos de ruta, con quienes aprendimos algo de kabaddi, el popular deporte indio del que no conocía absolutamente nada y aprendí viendo jugar a unos niños en la calle. También me adentré en el desierto, en mi primer recorrido a camello, unos animales increíbles. Por un día, el reiterativo sonido de los claxonazos tan característico en India se convirtió en silencio, un silencio profundo, que sirvió para disfrutar la naturaleza en plenitud, lo cual me alegró mucho. Hasta aproveché para meditar un poco y hacer otro poco de kung fu, que buena falta me hacía. Acampar en las suaves arenas del desierto, cubierto por el manto de la constelada noche, es una cosa espléndida.

La última parada en Rajastán fue Bikaner. Tuve que recorrer 18 kilómetros en tuk tuk para llegar al Karni Mata Temple, mejor conocido como el templo de las ratas. Me voló la mente, saber de manera directa que al otro lado del planeta hay una civilización donde la gente lleva comida y da leche a una colonia de roedores que habitan el lugar. Tienes que entrar descalzo y es una experiencia fuerte. Rompe completamente con todos nuestros parámetros occidentales de lo que es un templo. Y hablando de romper parámetros occidentales, en esta etapa del recorrido finalmente me adapté al modo indio de ir al sanitario sin papel de baño. Suena muy fuerte, pero ya que lo experimentas no es la gran cosa, una vez que se supera el bloqueo mental. Supongo que muchas cosas en la vida son así. Creemos que es una cosa es un obstáculo muy grande y cuando rompes la barrera te das cuenta que se trataba de una nimiedad. En India uno no deja de sorprenderse y aprender cosas trascendentales, hasta en los lugares menos glamorosos.

Una tremenda experiencia, estas casi 3 semanas en Rajastán, el “corazón de la India”. Un lugar de ensueño que guarda gente colorida y entrañable, un pasado milenario, y una manera de percibir y entender el mundo que me parece deslumbrante.

Ahora son días de fiesta. Mañana iré a dar una vuelta al Taj Mahal, el lugar más turístico de India. Luego me tocará intensear con el festival Holi y de ahí al norte del país, a la frontera con Pakistán, para conocer el lugar sagrado de los sijes, y de ahí a la coordillera del Himalaya. Ha pasado ya un mes de travesía y apenas voy sumergiéndome a las profundidades de mí mismo. A diferencia del mero goce sensorial que ofrece el turismo convencional, el viaje tiene esa otra dimensión introspectiva que le hace a uno cuestionarse cosas, limpiar otras tantas, maravillarse con lo cotidiano, aprender, deslumbrarse, crecer. A ver qué otras nuevas sorpresas habré de encontrarme, ahora que me adentre más en los dominios del gran Siddhartha.
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De cómo el deseo de acabar con la violencia genera más violencia

¿Quieres entender la violencia? Entonces detente y analiza por qué has actuado de manera violenta alguna vez. Todos hemos ejercido la violencia, la cual podría definirse como ‘hacer daño a otro, intencionalmente’.

En eso meditaba yo mientras se acercó hasta mí una vaca para ser acariciada, casi al mismo tiempo que observaba yo con atención a algunas personas que oraban y derramaban leche sobre el agua y acariciaban al fuego, como parte de un ritual en el lago de la ciudad sagrada de Pushkar.

El deseo es la raíz de la violencia. Por ello, la actitud violenta busca, en el fondo, realizar un deseo insatisfecho. Piénsalo y te darás cuenta que siempre es así.

Pero vivimos en una sociedad donde se exacerba el deseo como una forma de consumo, voraz alimento para la maquinaria de autodestrucción que hace crecer la economía. Lo paradójico es que muchas personas alienadas han aceptado esta gran mentira como verdad, pues los instrumentos de dominación les han hecho creer que eso es sinónimo de bienestar y progreso.

El deseo es la raíz de la violencia y también de la dominación. Se nos incita a desear a través de la publicidad y los medios, deseamos el curvilíneo y sensual cuerpo de JLo y Shakira en el medio tiempo del SuperBowl, deseamos comer y al mismo tiempo deseamos tener un cuerpo escultural, deseamos ganar, deseamos fama y fortuna, deseamos comprar el más novedoso teléfono celular, la ropa de moda, deseamos ser profesionales exitosos, deseamos saber más, deseamos viajar por el mundo y tomarnos una ‘selfie’ porque también deseamos ser deseados por otros, deseamos el amor, deseamos acabar con el cambio climático, deseamos justicia, deseamos acabar con la violencia y así sucesivamente…

La gente, presa del pánico, no suele reparar en estas cosas y cree erróneamente, que la violencia se acabará con castigos y leyes más severas, con políticas públicas, con acciones de gobierno. Su estrecha visión del mundo les impide darse cuenta de la verdadera magnitud del problema. Bien dice un verso de Tagore: “Interpretamos mal el mundo y luego afirmamos que nos engaña”.

La incapacidad de satisfacer ese cúmulo creciente de deseos, explica la violencia que prevalece a nuestro alrededor. La violencia es el deseo no realizado (“el deseo insatisfecho engendra peste”, diría otro maravilloso verso de Blake). La violencia de índole sexual es consecuencia de un deseo sexual insatisfecho. Y es aquí lo que muchos sesgados análisis actuales no alcanzan a entender: la violencia no es cuestión de género, porque todas las personas desean y todas las personas participan de una u otra manera en este ciclo.

Al mismo tiempo que la maquinaria del consumo se impone a través de la publicidad, el marketing y la propaganda política, las instituciones sociales que se habían creado para contener este mal se han erosionado, precisamente, porque se convirtieron en instrumento de dominación, al exacerbar la idea de la salvación y la vida eterna en el corazón de las fieles masas, siempre temerosas y manipulables.

Pero existe otra vía para acabar con la espiral violencia. Esa vía es la renuncia del deseo. Algo que la sociedad Occidental condena como sinónimo de conformismo, precisamente, porque una persona conforme y satisfecha con su vida difíclmente se convertirá en un voraz consumidor.

Paradójicamente, desear que termine la violencia nos vuelve esclavos del perverso ciclo, pues al desear vehementemente acabar con ella, nos volvemos susceptibles a la manipulación y al chantaje político, nos vuelve susceptibles incluso a terminar creyendo nuestras propias mentiras, con tal de tratar de encontrar una vía para satisfacer nuestro deseo insatisfecho. Esta es la raíz más profunda de la espiral de violencia que vivimos hoy. Todo lo demás es tan solo una consecuencia de esta causa primera.

Quizá la manera más efectiva (y más difícil) de transformar la sociedad y reducir la violencia, es renunciar a todo deseo, incluso el deseo de controlar nuestra propia vida, algo para lo cual es necesario arrojarnos al caos y el azar, sumergirnos en el misterioso abismo de la existencia, dejar que las fuerzas que rigen el universo desde siempre sigan su curso. A final del día, nosotros somos también reflejo y consecuencia de esas fuerzas naturales que penetran, recorren y conectan a todas las cosas.

La vía espiritual ofrece precisamente una alternativa al ciclo del sufrimiento y la violencia, pero en una sociedad que ha renunciado a esta senda como medio para alcanzar la realización -y en cambio ha preferido enajenarse en la idolatría al dinero y el consumo- resulta muy difícil terminar con la violencia.

No es casualidad que los grandes maestros hayan llegado a la misma conclusión, por diferentes vías.

Es decisión nuestra, ser o no ser partícipes del incesante ciclo de violencia que nos aqueja. Antes de querer cambiar el mundo, quizá deberíamos poner atención a lo que ocurre en nuestro interior.
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India mística

India mística

India emana espiritualidad. “A veces vengo a estos lugares cuando necesito paz mental”, me dijo un joven indio mientras bebíamos el agua que ofrecen en la Gurduwara Bangli Sahib, el templo más grande de los sijes en Delhi. El joven no pertenece a esta religión (de hecho es hindú), pero da igual. Los lugares sagrados son sagrados para todas las personas, sin distinción. Así lo deja de manifiesto el Templo del Loto, creado para que vaya a orar ahí gente de todos los credos. Si uno no supiera sobre las disputas políticas e históricas entre diversos grupos religiosos indios sería difícil advertirlo. Las distintas religiones coexisten entre sí de manera cordial. O al menos eso es lo que se percibe. Quizá porque la espiritualidad está siempre tan presente en la calle. Los yoguis organizan meditaciones masivas con duración de todo una noche y que se anuncian en grandes pancartas como si fueran conciertos de rock. Akshardam -extraña mezcla entre parque temático, templo hinduísta y museo- es un vivo ejemplo de cómo los grandes líderes religiosos han sabido adaptarse a los nuevos tiempos de la convergencia digital. En su interior hay proyecciones de cine en gran formato, espectáculo con robots y paseos en bote al estilo Disneylandia. Pero a diferencia de otros grandes centros de entretenimiento en Occidente, el fin último de este lugar no es el consumo, sino el desarrollo espiritual. De hecho, la entrada es gratis, y lo que cobran en su interior por comida y algunas atracciones es muy barato, accesible para muchos indios.

A pesar de la evidente pobreza en que vive la gran mayoría de la población, las instituciones religiosas han creado mecanismos para contener este fenómeno. Incluso pareciera un concurso de quién es más caritativo, ya que en los centros religiosos se ofrecen servicios de salud, asilo y comida, tal como ocurre en las gurduwaras. Se dice que la más grande de Nueva Delhi alimenta a 35,000 personas al día, producto de las donaciones que realizan las personas que asisten a los templos.

Pero la contribución más importante de la religión es ofrecer un mecanismo para sobrellevar las carencias materiales. Aunque India también ha sido tierra de grandes palacios y marajás, la austeridad voluntaria es un asunto propio de personas honorables, tal como demostraron grandes personajes como Gandhi o el gran poeta bengalí, Rabindranath Tagore. De este modo, llevar una vida libre de apegos materiales es una condición indispensable para convertirse en brahmán, más allá de las limitaciones de castas que algunos movimientos reformistas intentan abolir pese a que esa diferenciación de clase se mantiene entre los sectores más ortodoxos.

Según el hinduísmo, el camino espiritual consta de varias etapas. Desde jóvenes, los aspirantes a purificar el alma asisten al Ashram para recibir instrucción. En el interior del Ashram Ramakrishna (ubicado cerca de la zona de Paharganj, refugio de mochileros) hay una biblioteca sobre todos los temas, un centro de salud y también un lugar para meditar. El conocimiento no es mero saber intelectual, sino que debe ir acompañado del desarrollo de la conciencia trascendental que le permite al ser humano conectarse con todas las cosas, eso que algunos llaman Dios. Una vez concluída la instrucción formal, interpretando los antiguos textos sagrados de los Vedas, contenidos en los Upanishad, los hindús deben casarse y formar una familia. Con el paso del tiempo, el iniciado hindú debe realizar un retiro espiritual, viviendo junto a su esposa en el bosque. En la actualidad eso no se practica tal cual, pero las parejas suelen hacer un viaje de peregrinación espiritual que los desconecte de los deberes mundanos. En el último trayecto de la odisea, el aspirante a rishi debe de abandonar a su familia y todas sus posesiones para dedicarse a contemplar la naturaleza y servir de guía a otras personas. De este modo, el líder espiritual sirve como referente moral de la sociedad y por ello es sumamente respetado.

La asuteridad se convierte así en una vía de realización, al fundirse el espíritu humano con el todo. De ahí que en el hinduismo, el brahamán recibe el mismo nombre que Brahama, dios creador de todas las cosas, pues a final, el ser humano y Dios son uno solo.

Esta visión resulta por completo diferente a la que prevalece en Occidente, cuyas instituciones religiosas tienden a la acumulación y donde la obsesión racionalista de algunas corrientes filosóficas ha caído en el enorme error de concebir a la realidad material como la única realidad válida. Esto desde luego, tiene repercusiones distintas en el plano social. A diferencia de otras regiones pobres del planeta, las calles de Nueva Delhi no se perciben como un lugar violento. Pese al nivel de marginación de algunos barrios, la gente camina despreocupada por las polvorientas y ruidosas calles. Quizá uno pueda toparse con alguien que te arrebate la cartera o el teléfono mientras caminas, pero no pasa de ahí, contrario a lo que ocurre en América Latina. En barrios latinoamericanos similares a las hediondas calles de Delhi, no sólo te roban, sino que además te acuchillan o te matan. Y creo que ahí es donde se evidencia la manera en que la cultura puede tejer diferentes tipos de sociedades en condiciones similares. De este modo, no es la pobreza la causante de la violencia, como erróneamente se cree en países como México, sino un conjunto de prácticas, creencias e instituciones arraigadas lo que explica los altos niveles de violencia en América Latina, la región más desigual del planeta. En Nueva Delhi estos contrastes entre ricos y pobres no son tan marcados como en el nuevo continente.

El reconocido orientalista Alain Daniélou, conocido como Shiv Sharan, alguna vez escribió que los hindús “organizaron su sociedad para facilitar el desarrollo de cada ser humano, tomando en cuenta su naturaleza interna y las razones de su existencia, ya que para los hindús el mundo no es solamente el resultado de una serie de oportunidades sino de realización de un plan divino donde todos los aspectos están conectados”.

Un aspecto que hace diferente a la India respecto a otras grandes civilizaciones y que explica la manera en que la espiritualidad juega un papel central en el desarrollo de la India mística que, dentro de pocos años, posiblemente para 2030 según estimaciones del Foro Económico Mundial, desbancará a EE.UU. como la segunda economía más grande del planeta.

Pero más allá de esas cosas, me parece que la India es una bendición para el mundo. Una reserva de poder espiritual para un mundo decadente, obsesionado con la idolatría al dinero, el consumo y la frivolidad inherente a los falsos placeres.

Por ello me parece fascinante y conmovedor que de entre estas calles polvorientas y sucias, pueda surgir una nueva esperanza para aliviar todos los dolores del mundo. Una esperanza para quienes buscan trascender las ataduras materiales para fundirse con en el todo en el reino de lo eterno.
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Visitando al Mahatma: el legado de Gandhi en la India de hoy

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Mi primer visita en Nueva Delhi fue el museo y el lugar donde cremaron a Mahatma Gandhi. A diferencia de otros próceres nacionales, Gandhi fundó un país sin disparar un solo tiro, promoviendo la no-violencia como forma de vida. La presencia, respeto, cariño y admiración hacia Gandhi es evidente entre todas las religiones. El pensamiento, vida y obra de ‘Bapu’, como también se le llamaba, representa una de las cumbres más elevadas del siglo XX, pues sirvió de ejemplo para otros líderes sociales de gran estatura, como Nelson Mandela. Gandhi aparece en todos los billetes. El museo no es espectacular, sino modesto, igual que el estilo de vida que adoptó el Mahatma para hacerse uno con el pueblo al que tanto amaba. Para mí era una parada importante. Cuando vi la película hace ya algunos años (con un Ben Kingsley en plan magistral, en una de las mejores interpretaciones en la historia del cine) sentí que se desenredó una madeja que traía yo enredada en mi interior. Me clavé en el asunto de la no-violencia y me volví vegetariano un par de años, para contribuir a la causa, aunque después desistí.

Recorrer el museo fue sin duda una experiencia emotiva. Para Gandhi, Dios es sinónimo de Verdad. Y por ello, “una persona que busca la verdad no puede seguir violento. Esta persona percibe en el curso de su búsqueda, que no tiene necesidad de ser violento y si a la larga descubre que existe un rastro de violencia dentro de sí, fallará en encontrar la verdad que está buscando”. Reconocía a Buda y Cristo como sus maestros, en la senda espiritual de lograr un cambio social a partir de un cambio de conciencia. Afirmaba que la vida pública era reflejo de la vida interior, y por ello, consideraba que los siete pecados sociales son:

1. Política sin principios.
2. Riqueza sin trabajo.
3. Placer sin conciencia.
4. Conocimiento sin carácter.
5. Comercio sin moralidad.
6. Ciencia sin humanidad.
7. Adoración sin sacrificio.

Si uno analiza a nuestra sociedad bajo esta lente, no es tan difícil entender muchos de los males que nos aquejan, en medio de una confusión generalizada, donde la violencia contra la mujer se ha convertido en un mal cotidiano en el contexto mexicano y en otras partes del mundo.

“La cultura donde la mujer no sea honrada está condenada. El mundo no puede seguir adelante sin el hombre y la mujer, sólo puede seguir en la mutua cooperación entre ambos”, decía Gandhi. Coincido profundamente con él.

Gandhi también se asumía como socialista, pero creía que para sólo es posible establecer un verdadero socialismo mediante “la verdad, la no-violencia y la pureza del corazón”, pues el socialismo es “tan puro como un cristal” y requiere de personas así para llevarlo a cabo, por lo cual, hasta 1947, creía que no existía un país verdaderamente socialista en el mundo.

Un gran ser humano. Ejemplo para las nuevas generaciones que buscan respuestas en un mundo lleno de contradicciones.
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Derviches y mística sufí: una danza giratoria para fundirse con lo divino

Si tus pensamientos son rosas, todo a tu alrededor será un jardín de rosas. Si tus pensamientos son espinas, todo a tu alrededor serán espinas.
Rumí (poeta y místico sufí).

Canto, danza, poesía. La mística sufí es una cosa muy particular e interesante. El término derviche, proviene de la palabra persa darvīsh, que significa el “umbral de la puerta”. A través de la oración y sema, la danza tradicional con la que, girando, los derviches se vuelven uno con Dios. Con la mano izquierda hacia arriba para recibir la gracia divina y con la mano derecha hacia bajo para llevar al pueblo dicha gracia, el derviche se convierte en un intermediario del mundo invisible y la realidad cotidiana en la vida de los seres humanos. El particular sombrero que llevan puesto los derviches, sikke, representa una tumba, la disolución del ego. Salir del cuerpo para fundirse con la eternidad. La mística danzante de girar hasta volverse uno con el todo. Fascinante.

El amor como salida a la falsa dicotomía machismo-feminismo (y otras dolorosas verdades)

Entre más estudio ese gran misterio de la condición humana, más comprendo que hay cosas inevitables, como la violencia. No ha existido nunca, en ninguna época, ni en ninguna cultura, persona que no haya sido expuesta a algún tipo de violencia o que no haya ejercido nunca algún tipo de violencia contra otros. Eso es una dolorosa verdad que muchos no están dispuestos a reconocer, y prefieren seguir embriagados en fantasías infantiles, pues no toda la gente está preparada para asimilar la crudeza que suele acompañar a las grandes verdades humanas.

Siempre existirá la guerra, siempre existirán las vejaciones, las masacres, y también siempre existirá gente temerosa, fácilmente manipulable y susceptible a aceptar los discursos de odio como una forma de lidiar con sus propios miedos. La manipulación es una técnica relativamente sencilla que consiste en exagerar unos datos y minimizar otros. Esto crea una distorsión, una gran mentira fabricada con medias verdades. Por eso es tan fácil engañar a la gente con una mentira fabricada con retazos de verdad. Y para darse cuenta de esas cosas, se requiere fortalecer la espiritualidad, develar el velo de maya, la ilusión. Y bien dicen los hindúes que la ilusión primera es la ilusión de la separación. La persona despierta y consciente, se da cuenta de estas cosas, pero el despertar espiritual no es algo que se consiga de la noche a la mañana, o que se pueda conseguir con una receta. Es ante todo, una actitud frente a la vida.

Tras leer un artículo sobre la ingeniería social y la manipulación de masas detrás del discurso del feminismo (que en su expresión más extremista ha llegado a la locura y estupidez de criminalizar a todos los hombres como asesinos y violadores potenciales), me queda claro que los discursos de odio no podrán resolver los grandes problemas humanos. La única forma de lograr la necesaria reconciliación de los sexos y trascender la falsa dicotomía feminismo-machismo -al igual que ocurre con el racismo o el clasismo tan de moda hoy en día- es optar por una tercera vía: el amor.

Lástima que en una era donde abundan los discursos de odio, hablar de amor sea algo tan anacrónico y anticuado, algo tan incómodo para los expertos en manipular a las masas temerosas. Por eso el perdón, la compasión, la justicia, la virtud, y su vínculo con la divinidad, son verdades universales que han estado presentes en prácticamente todas las culturas, de todos los tiempos.

Sólo el amor a todas las cosas, podrá sacarnos de la confusión que vive nuestra sociedad actual. El amor, y no el odio, es la única vía para ser feliz y al mismo tiempo resistir las muchas terribles verdades del mundo. Observen a la gente amorosa a su alrededor, y verán que hay algo de verdad en esto que digo yo. Sólo el amor puede trascender la maldad que anida, sigilosa, en el corazón de las personas. Esta es una verdad muy antigua.
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El retorno a lo sagrado (y el problema de la metafísica occidental)

La sabiduría debe tener un fin práctico. El gran problema de la metafísica occidental moderna, basada en la creencia de la razón absoluta, es creer que el conocimiento intelectual puede resolver todos los problemas de la humanidad. De este modo, la ciencia moderna, carente de emoción, pretende sustituir la espiritualidad por la ética. Pero resulta que la ética no es sino un razonamiento que trata de justificar las acciones humanas a partir de una definición del bien y el mal. Amputada de emotividad, desde la cual surge la compasión, la ética se reduce apenas a un planteamiento racionalista incapaz de conmover.

Esta idealización extrema tiene otro problema, pues al fundamentar nuestras acciones ‘en lo que debería ser’ y no a partir de ‘lo que es’, la lógica enmascara las verdades más profundas de la existencia humana y la recubre apenas con una capa de neurosis. Y esto provoca que mucha gente se pierda en falsas idealizaciones que poco o nada tienen que ver con la realidad. Por ello, en todas las tradiciones místicas, la emotividad juega un papel clave, pues solo al mirarnos desnudos, frente a frente en el espejo de las emociones, es que el ser humano pueda desarrollar y fortalecer su espíritu, siendo la compasión y la justicia, el estado supremo de la conciencia, donde cada cosa yace en el lugar que debe estar.

La ética puede servir para trazar mapas, pero nunca será lo mismo trazar líneas que andar a pie por el áspero camino de la vida, sentir el polvo entre los pies con el frío viento de la montaña soplando en el rostro.

Sólo cuando logremos sincronizar los corazones, libres de miedo, podremos dar el gran salto de conciencia que demanda nuestro tiempo. El retorno a lo sagrado y revivir a los dioses muertos, es la gran misión de nuestra época. Por eso sostengo, sin temor a equivocarme, que sólo los poetas podrán salvar al mundo, con sus palabras cargadas de sentido, palabras que son alquimia, conjuro, canto, y nos revelan el origen de todas las cosas.

¡Poetas del mundo, uníos!
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Confucio y de cómo un buen gobernante es aquel que vive en armonía con el Cielo

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Leo sobre el pensamiento de Confucio, quien afirmaba que un ser humano pleno es aquel que vive en armonía con el Cielo (el orden natural de las cosas), y la cabeza se me llena de ideas.

Esta doctrina señala que el ser humano tiene el deber de autoperfeccionarse mediante la introspección y el estudio.

“Si lo logra, tendrá conocimiento de sí mismo y de los deseos del Cielo, lo que le servirá para desarrollar su Li, que significa los ritos, las ceremonias, la rectitud y las buenas formas interiorizadas. El Li es útil para desarrollar el Ren que se podría traducir por «buenos sentimientos hacia los demás hombres». La práctica del Ren supone las virtudes Zhong y Shu, que se traducen aproximadamente como ‘lealtad’ y ‘perdón’, o como ‘fidelidad’ y ‘compasión’. Si el hombre tiene Ren, podrá fácilmente practicar la justicia, los buenos principios, llamados Yi”, explica un texto en Wikipedia.

“El hombre que practica las anteriores virtudes es un Junzi, un hombre superior (…) El Junzi sería educado y justo, la (virtud) le sería inherente y siempre estaría en el Justo Medio, que indicaba la necesidad de moderación en todo. Además, el Junzi conoce y respeta los mandatos del Cielo, y conoce el propio”, agrega la enciclopedia.

Para el confucianismo, “el mal gobierno contradice el orden natural y viola el Mandato del Cielo. El gobernante que se conduce así pierde su legitimidad y puede ser depuesto por otro que recibirá este mandato”.

Así, el buen gobierno sería aquel que predica y ejerce la virtud. La legitimidad de un buen gobernante dependerá entonces de su ejercicio de la virtud. Esto es una visión interesante que pone en entredicho lo que pasa hoy en día con las democracias liberales, donde se piensa que la legitimidad es consecuencia de las elecciones populares, independientemente de la conducta y las acciones del gobernante.

Mezclándolo con otros conceptos del hinduismo, podríamos decir que un requisito para ser un buen gobernante es tener buen karma.
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La diferencia entre el sabio y el intelectual

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La historia es siempre perspectivística.

Pero a lo largo de nuestra historia humana, siempre ha existido una constante: la diferencia entre un sabio y un necio.

La gente de conocimiento trata de comprender su entorno más allá de sus propios prejuicios, es curiosa por naturaleza, explora, cuestiona, no se engaña, pone atención a la relación que existe entre el mundo interno y el mundo exterior, y por lo mismo, suele tener una mayor sensibilidad.

Los necios, en cambio, intentarán siempre aferrarse a cualquier discurso o ideología que les permita justificar sus miedos y odios más profundos.

El sabio tiene una peculiar propensión al amor y la compasión, pues al saberse parte del todo, es capaz de adentrarse en el corazón de las otras personas y entender sus debilidades.

El necio, en cambio, muestra una tendencia natural a la agresión, pues siente un terror profundo ante lo mucho que ignora. Intelectualizar sin compasión, engendra monstruos y tiranías espantosas.

En algún punto de esta dicotomía, entre el sabio y el necio, se encuentra la delgada línea que divide al bien y el mal.

La verdadera sabiduría sólo es posible cuando la razón pasa antes por el filtro del corazón.

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Las tres heridas

 

Para Miguel Hernández.

En su casa tenía
un huerto con plantas.

Se levantaba temprano
a pastorear las cabras.

De poesía se ahogaba
mientras de amor se moría.

Cantaba a las flores
entre el pan y la harina.

Su alma ligera resentía
las fiebres de la juventud.

Dormitaba entre calles doloridas
de anónima pobreza.

Herido y devastado, regresó al sur
y las palabras parieron estrellas.

El amor lo alcanzó
en los labios de una costurera.

Quién ha visto en sus ojos
la sombra de lo que siempre fuiste.

De arte aromó su sueño
como quien despierta a la vida.

Habría de ejercer la insana locura
en la urgencia del amor.

Fueron los rayos de la tempestad
que nunca cesaron.

La sangre bandolera se enterró
en la soledad de su carne.

Temprano lloraban las lluvias
y desalentadas primaveras.

Después de tantos avatares
la dura militancia, una bofetada.

Regresaría a palpar el amor
bajo la caricia de las acacias.

Pero la tierra tiembla
y no da tregua.

Se alistó para cantar al frente,
en el campo de batalla.

Vocero de la sangre humana
dijo los versos combatientes.

Las palabras calientes dejaron
corazón derramado sobre su pueblo.

Los días felices transcurrieron
como el toro poco antes de la muerte.

El viento recogió su aliento
de resignada tristeza.

Sonrieron todas las sonoridades
de la luminosa mañana.

Nacieron las aguas salobres
y marchitas sobre su cama.

El último trance, la herida primera,
preso de su propia sombra.

Se extinguieron, en el alba,
las consteladas horas de su ausencia.

Roídos los cañones, callaron los grillos
de tanta soberana mierda.

¿Qué hubiera sido si los fusiles
no hubieran enlutado su vida?

La angustia carcelaria le supo
a cebolla amarga y desnuda.

La sangre brotaba de sus ojos
al amarillento papel.

Una breve huida,
el fresco tufo de la libertad.

La traición escribió con saña
su fúnebre destino.

Dejarlo morir fue su condena,
escarbando pulmones en el aire siniestro.

Murió con los ojos bien abiertos
mirando el mañana.

Murió con los ojos bien abiertos
saboreando la vida.
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Del amor, el arte y otras tantas patologías

Munch

 

Las personas inteligentes y sensibles son más propensas a los trastornos mentales. No es casualidad que muchos grandes artistas, hayan vivido inmersos de grandes depresiones o que muchos terminen suicidándose. Vivimos en una era donde las enfermedades mentales son más comunes que en cualquier otro momento de la historia, debido al proceso de desarrollo histórico de nuestras sociedades, sociedades donde se han roto muchos de los lazos comunitarios que en antaño permitían contener esta propensión de las personas a los desequilibrios mentales. Esto explica en buena medida, la epidemia de depresión, ansiedad, compulsiones o fanatismo, expresiones cada vez más comunes en nuestras sociedades. La enfermedad mental no es otra cosa que un desequilibrio anímico, un desequilibrio del alma. La neurosis de la medicina moderna, víctima de sus propios vicios, ha provocado un sobrediagnóstico de estos desequilibrios anímicos, lo cual ha provocado que se ‘inventen’ o se cataloguen como enfermedades mentales cosas que en otros tiempos no eran tales. “Tiene ásperger, tiene déficit de atención, padezco TOC (trastorno obsesivo compulsivo)”. De este modo, la sobrespecialización médica produce enfermos a los cuales hay que diagnosticar para venderles medicinas, tratamientos, etcétera. Y es así que muchos médicos condenan a sus pacientes a la enfermedad, pues el paciente termina asumiéndose como una persona enferma. Esto, desde luego, es un eficiente instrumento de control social. Si una persona padece un desequilibrio anímico, se debe a que está enferma. ¡Pobrecito! Esto maquilla y disfraza las causas profundas que produjeron el desequilibrio anímico. En muchos casos, esto implica un proceso de autocompasión en el que la persona diagnosticada como enferma mental, siente lástima de sí misma, lo cual no hace sino reforzar el desequilibrio al mismo tiempo que ‘libera’ de responsabilidad a las personas sobre su propio bienestar anímico, generando un círculo vicioso en el que la supuesta patología se convierte en explicación y justificación del malestar. “No es mi culpa, es que nací con una enfermedad”. Este proceso tiende a menguar o quebrar la voluntad de las personas. Lo mismo pasa con el “diagnóstico” de muchos problemas (enfermedades) sociales, como la pobreza, fenómeno que si bien se explica a partir de factores sociales específicos, en última instancia esto no es sino una ilusión que puede romperse. Por eso me molestan tanto los estudios sociales que condenan a la pobreza al pobre que se compadece de sí mismo. Al igual que la medicina, los “expertos” de las ciencias sociales quitan al pobre responsabilidad sobre su propio destino. “Estudio señala que el 90% de la gente que nace pobre, muere pobre”. Si uno termina creyéndose el cuento, puede acabar condenado a la pobreza, convirtiendo esa situación en justificación de su propia miseria existencial. Paradójicamente, algunas personas que simple y sencillamente no hacen caso de estos expertos, pueden romper esas barreras y sortear con éxito las muchas dificultades y barreras estructurales que plantean fenómenos complejos como la pobreza. En contraparte, esto mismo ocurre en los estratos altos de la sociedad, donde los ricos pagan a sus propios expertos para inventar un relato sobre cómo su riqueza es consecuencia del “trabajo duro” y su “propio esfuerzo”. Esto ‘libera’ de culpa al rico, quien termina creyéndose sus propias mentiras (“los pobres son pobres porque no quieren trabajar”) para no reconocer que en el fondo de todo proceso de acumulación subyace la explotación de otras personas. Esto explica también esa propensión de las clases altas a promover la caridad, como un mecanismo liberador de culpas, aún cuando esa caridad termina reforzando las relaciones de poder de unos sobre otros, condenando al rico a seguir preso en su delirio de supuesta superioridad sobre el pobre, relato que tatata de justificar relaciones de dominación. De ahí la importancia de promover, como bien afirma Paulo Freire, una pedagogía donde el oprimido pueda liberarse de su opresor, pero que al mismo tiempo, el opresor se libere de su necesidad de oprimir al otro. Un proceso de liberación que busca restablecer el equilibrio anímico en una sociedad enferma. De este modo, muchas patologías sociales no son sino la extensión de desequilibrios mentales que experimentan las personas. Y es aquí donde anidan los fanatismos, esos discursos llenos de animadversión, con los que muchas personas buscan contrarrestar el dolor que produce un desequilibrio anímico arremetiendo contra ‘los culpables’ de su propia desgracia. Una vez más se reproduce el nudo neurótico, que tiende a la autocompasión como una vía que tiene la psique para tratar de justificar un malestar emocional y mantenerse a flote. El nudo neurótico se convierte entonces en un mecanismo de la mente para sobrellevar un gran malestar anímico, es una válvula de escape para preservar la vida en un medio ambiente hostil. ¿Les suena familiar?

De este modo, las enfermedades mentales y las patologías sociales tienen una misma raíz en común: ambas son consecuencia de un desequilibrio del alma. Y no existe en el mundo una medicina, fármaco o droga capaz de aliviar las muchas tensiones, dificultades y contradicciones que plantea la existencia humana, algo que solo puede resolver una introspección profunda que nos ayude a comprender el fluir de la mente. Este sencillo patrón que se reproduce continuamente en la vida de las personas es capaz de explicar todos los males del mundo como consecuencia de un desequilibrio. La vida, por definición, es precisamente eso: un equilibrio energético mediado por reacciones químicas ordenadas que sostienen el metabolismo, ese fascinante proceso evolutivo en el que la materia inerte comenzó a ordenarse de tal modo, que con el paso del tiempo engendró el milagro de la vida. Esto explica la razón por la cual, la aparición de la vida es una manifestación del universo en busca de su propio equilibrio. Lo curioso, es que ese momentáneo y efímero equilibrio al que tienden todas las cosas, es consecuencia del movimiento, y ese movimiento a su vez, se produce a partir de un desequilibrio que busca de equilibrio. Es así que las grandes contradicciones generan el movimiento generador de la historia y la existencia humana. Paradójicamente, la búsqueda permanente del equilibrio es aquello que hace que las cosas sucedan. Esta gran enseñanza fue brillantemente plasmada por los taoístas en el ying-yang, símbolo que a partir de la complementación de los opuestos, genera el movimiento fundamental que explica el origen de todas las cosas. Como un trompo que encuentra un momentáneo equilibrio a partir del movimiento, para luego sumirse en el caos, una vez que el impulso comienza a decaer, hasta permanecer quieto, inmóvil. Pero a diferencia del trompo, este proceso es un flujo continuo de energía donde el movimiento se convierte en calma y viceversa, del mismo modo que la vida engendra muerte y la muerte engendra vida. Un continuo vaivén que el sabio Lao Tse denominó como ‘el ritmo del Tao’, ese continuo devenir que explica la existencia de todos los seres.

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Toda esta reflexión viene a colación, debido a una plática filosófica que sostuve ayer con un viejo amigo que hacía tiempo no veía. Para mí, conversar con otras personas sobre la vida -esa cosa misteriosa, maravillosa y terrible- es un aspecto fundamental en mi propio camino, mi muy personal búsqueda del equilibrio. A lo largo de mi vida, me he enamorado profundamente un par de ocasiones. En ambos casos la situación terminó mal. Llevo tiempo dándole vueltas a esa situación, tratando de entender por qué. Ambas mujeres, poseían una mezcla de sensualidad y locura que me parece absolutamente irresistible. Mujeres inteligentes, sensibles y explosivas, igual que yo, situación que generaba una extraña “atracción repulsiva” difícil de sobrellevar. Ambas chicas, además, manifestaban (desde mi perspectiva, al menos) una especie de desequilibrio anímico que me parecía hermoso, y al mismo tiempo, despertaba mi curiosidad por tratar de descifrar lo que había debajo de la superficie. Estas inquietudes mías me hacen propenso a buscar personas con este mismo tipo de inquietudes. Me aburren terriblemente las mujeres frívolas, huecas. Pero el problema es que esa misteriosa atracción que ejercen sobre mí estas mujeres pantera, puede ser muy difícil de sobrellevar. Tras varios amargos desencuentros, las cosas terminaron mal en ambos casos. Pero eran cosas que yo tenía que enfrentar para seguir creciendo. “Aprender es cambiar”, dijo el primer Buda al alcanzar la iluminación. Con la primer chica, aprendí que existen personas con una terrible necesidad de morder para tratar de lidiar con sus propias angustias. Por aquel entonces yo era un ‘hippie‘ que procuraba llevar el amor hasta sus últimas consecuencias. Tras llevarme varios chingadazos en el camino, aprendí una durísima lección que durante años me produjo una gran tristeza: no existe la maldad, solo un puñado de gente herida. La necesidad de hacer daño proviene de un daño recibido. “La oscuridad es la sangre de las cosas heridas”, resumió Borges en un inolvidable y espléndido verso. Esta es una verdad terrible e inevitable, pues comprendí que a pesar de todo el amor que uno pueda dar, en el mundo siempre habrá gente lastimada dispuesta a hacer daño. Comprendí entonces, la raíz de la violencia, algo que puede contenerse pero jamás podrá erradicarse, pues siempre existirán personas heridas. Yo me había vuelto vegetariano para tratar de erradicar la violencia, pero a partir de entonces, comprendí que lograr aquello era simplemente imposible. Volví a comer carne, ya sin la culpa de hacer daño. La verdad puede ser un bocado dolorosamente amargo, no apto para cualquiera. Curiosamente, a partir de entonces mi vida mejoró en muchos aspectos. Me volví más duro, pero eso permitió que pudiera impedir que otros abusaran de mí, como solía permitir con más holgura en otros tiempos. No me gustaban las reglas de su juego, pero si no había más remedio que jugar en esos términos, estaba decidido a no dejarme vencer. Tras una depresión de varios años regresé al ruedo con el cuchillo entre los dientes, más fuerte. Eso me permitió abrir puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas. Supe que era momento de ajustar cuentas pendientes con viejos fantasmas. Una vez más, terminé herido tras el encuentro pero sobreviví, más fuerte, como el ave fénix que regresa siempre de sus cenizas. No pasó mucho tiempo para que terminara involucrándome con un nuevo amor, una chica de una ternura secreta que me deslumbró. Ella también había visto ese otro mundo, esa otra realidad que va más allá de las falsas apariencias, me lo mostró una vez, pero al mismo tiempo, parecía obstinada en engañarse a sí misma. Su brillo parecía ser opacado por un compulsivo deseo de venganza. Aquello me pareció todo un enigma que traté de descifrar. Me daba curiosidad y al mismo la amaba, por lo cual, yo sentía el deber de advertirle los peligros que yo percibía a su alrededor. Y ocurría entonces que ella explotaba, iracunda, al sentirse expuesta, vulnerable. Utilizaba su máscara de víctima para disfrazar su anhelado deseo de venganza, su profundo resentimiento que alguna vez le hicieron daño. Una persona cegada por la ira es incapaz de amar, a pesar de tener mucho amor escondido en su interior. Pasé varios meses tratando de entender esa situación, hasta que durante la noche me fue revelada la última pieza del rompecabezas a través de un sueño. Comprendí entonces, de dónde provenía la repetición de mi propio patrón, esa tendencia aparentemente inexplicable a la hora de relacionarme con mujeres tan intensas. Pero a pesar de los malos ratos, aquellas experiencias dejan siempre un gran aprendizaje para quien está atento a escuchar lo que tiene que decir su propio corazón. No hay peor infierno en este mundo que quedarse con las ganas de intentar aquello que nos mueve a actuar, desde el fondo de las entrañas. Y también por eso, no hay nada peor para la salud que rodearse de gente lúgubre y tóxica, insoportablemente negativa, gente chiquita que se droga con respuestas fáciles que los ayudan a evadirse, huir de sí mismos, respuestas fáciles que no los incomodan, no los confrontan con sus propios miedos, y así permanecen, rehenes de sus propios miedos, aterrados de su propia sombra. Por eso se estancan, no crecen, no aprenden, se pudren por dentro. “El deseo contenido engendra peste”, escribió sabiamente el poeta William Blake. Yo no dejo que se acumule la peste y a veces prefiero darme el lujo de cometer ciertos arrebatos de locura -a pesar de los riesgos y las consecuencias que traen consigo los propios errores- antes que convertirme en un depósito de peste y dejarme infectar con el virus de la desesperanza. La gente muere y se pudre por dentro cuando las ganas de vivir se desvanecen, las ganas de experimentar, de comerse el mundo a puños. La vida verdadera solo es posible cuando existe voluntad de vivir. En eso consiste el auténtico poder, esa capacidad de hacer cosas a pesar de las adversidades, y por eso mismo, ese otro loco furibundamente genial llamado Nietzsche, consideraba esa ‘voluntad de poder’ como el fundamento mismo de la vida. La voluntad es la gasolina para que pueda ponerse en marcha la pulsión de vivir.

Todo eso es lo que he ido aprendiendo con el paso de los años. Soy un tipo sensible y curioso, situación que me ha llevado a recorrer sendas un tanto extrañas para tratar de comprender los más profundos secretos de la existencia humana. Evidentemente, una búsqueda así no es tarea fácil. En el camino uno puede descubrir verdades terribles, difíciles de sobrellevar. Es entonces cuando uno debe encomendarse a otras fuerzas, para luchar y no dejarse devorar por el monstruo interno. Hay personas que, en esos momentos cruciales, prefiere huir antes que enfrentar al monstruo, por el peligro de salir herido de muerte. Habemos en cambio, personas que, por alguna misteriosa razón, preferimos mirar al monstruo directo a los ojos y cortarle la cabeza. Este triunfo espiritual -presente en el inconsciente colectivo y plasmado en todo mito fundacional de los pueblos y que narra la travesía del ser humano sobre la tierra- es aquello que nos hace crecer, pues sólo cuando uno es capaz de enfrentar sus miedos y salir vencedor en la épica batalla, se encuentre un pasito más cerca de volverse uno con la eternidad, hallar cada quien su lugar en el mundo, disolverse con la nada, volverse inmortal. Esto explica la razón por la cual, los héroes mitológicos parecieran estar rodeados de un áura especial que lo anima a enfrentar toda clase de peligros en busca de su realización espiritual. El héroe es aquel que se realiza en medio de la adversidad. Esa lección la aprendí del supremo arte de la ficción. Por eso yo creo que la verdadera cura para contrarrestar los desequilibrios anímicos del mundo, cuna de todo mal, reside en el arte. Y cuando digo arte, no me refiero a una actividad autocomplaciente que se limite simplemente a un goce estético. El verdadero arte debe confrontarnos con nosotros mismos, sacarnos de nuestra zona de confort, el verdadero arte debe contener un arte-obstáculo que permita también un arte-redención, un arte-alivio, capaz de restablecer el equilibrio perdido inherente a toda la existencia humana. Y esto se debe a que el poder curador del arte proviene de su capacidad para replantear los cimientos del mundo. Si la realidad es un consenso construido socialmente a partir de la percepción, y la percepción es una representación simbólica de la experiencia sensible, esto significa que para convertir la desdicha en alegría es necesario trastocar los símbolos a partir de los cuales interpretamos nuestra realidad. Es aquí donde se produce la transmutación, como bien sabían los antiguos alquimistas que buscaban convertir plomo en oro a través de la piedra filosofal. La verdadera magia no es una mera farsa, como creen ingenuamente los voceros del racionalismo imbécil, sino por el contrario, la magia es esa capacidad de reconfigurar nuestra percepción del entorno, para convertir ls mierda en flores, el agua en vino. Por ello, el poeta es siempre mago y curandero, pues la palabra es conjuro, resonancia cósmica, depositaria de todas las verdades. El poder transgresor y purificador del arte consiste en la metáfora, esa ‘otra forma’ de percibir y sentir el mundo, esa facultad que tienen algunos seres luminosos para “sentir con la imaginación”, como alguna vez dijo Pessoa. La ficción se revela entonces como el fundamento mismo de la realidad. El verdadero arte es un acto sublime capaz de transformar el dolor en dicha y esperanza, germen de futuro, pues el artista sabe muy bien que la fe no es otra cosa sino la certeza de que todas las cosas pasan por algo, y que el dolor puede ser también un gran maestro en nuestro camino hacia la iluminación, la eterna búsqueda del equilibrio, que nos hace mantenernos en movimiento a pesar de todo.

Aprender a fluir, aprender a amar, aprender a perdonar y agradecer por cada bocanada de aire. He ahí el secreto para una vida digna, a través de la cual, pueda revelarse la belleza en medio de la podredumbre. Esa es mi meta: compartir la belleza para ejercer una influencia positiva en el mundo donde quepan todos, los buenos y malos momentos que dan sentido a nuestra efímera residencia terrestre. Todo lo malo es para bien. Por eso mi deber de poeta es propagar la alegría y la esperanza, al igual que se riega el polen de las flores para que pueda volver a nacer el sol cada mañana. Y es para mí una alegría inmensa abrazarlos a todos con mi canto y mi palabra, espejos de mi alma enamorada.

Porque la vida es cuento

y la realidad es ficción.

¡Salud!

 

Ciudad de México, 23 de noviembre de 2019.

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Sobre Nabokov y su nínfula

Me tomó algunos años terminar el libro. El inicio del relato es deslumbrante. ¡Qué manera de fluir a través de las palabras! La obsesión del pederasta Humbert Humbert por su adorada nínfula, Lolita, me cautivó desde el inicio. Sin embargo, tuve que detenerme al concluir la primera parte, pues me recordaba mucho a la persona que me regaló el libro, un viejo amor desechable, de esos que prefiero olvidar (bien dice Borges que el olvido es la única venganza y el único perdón).

Hace unas semanas retomé el libro y lo concluí. La primera parte es un ascenso a las elevadas cumbres de la lujuria. La segunda, trata sobre las terribles consecuencias de descender la montaña. El final de la primera parte y el capítulo 28 de la segunda mitad, son una verdadera obra maestra, el ejemplo perfecto de cómo lograr tensión, belleza y profundidad en una escena literaria.

La lectura de Lolita hizo replantearme muchas cosas. ¿Quiénes somos realmente? ¿Qué clase de monstruo duerme debajo de la máscara? Es ahí, en el oscuro paredón de las inconfesables pasiones, donde se revela en plenitud la verdadera naturaleza humana: todas las contradicciones, todas las rarezas, toda la ternura y la ira, las fiebres, el dolor, el cansancio, el placer, todas las apetecibles luces que nos bombardean y nos gobiernan, ese temblor de la piel que resuena en el alma, todos los sueños que nos hacen desfallecer, los celos, la excitación, la zozobra, toda la ansiedad y la ruina que aletean como mariposas en las hojas de un libro.

De eso se trata la novela de Nabokov, uno de los grandes genios literarios del último siglo.

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La evolución de nuestros ancestros

Nuestros ancestros alguna vez fueron marsupiales, alguna vez fueron reptiles, alguna vez fueron peces, alguna vez fueron bichos. Estamos hermanados con todos los seres del planeta que son también nuestra familia.

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De máscaras, llaves y fantasía: documental de lucha libre con comentarios de Monsivais y el ‘Mago’ Septién

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La lucha libre es algo mágico, cargado de fantasía, capaz de devolverle la capacidad de asombro al más incrédulo. Aquí el documental Gladiadores en la Lucha Libre, de 1990, con entrevistas al escritor Carlos Monsivais, el comentarista Pedro ‘Mago’ Septién, además de leyendas como Blue Demon o el Hijo del Santo. Para echarlo ojo.

 

 

La sabiduría de Miguel León-Portilla, nuestro ‘tlamatini’ que comprendió el corazón de los antiguos nahuas

En griego, educar es ‘paideia‘, que significa niño, niñear.

En latín es ‘educare‘, que significa guiar, sacar al otro de su ignorancia.

En náhuatl educar es ‘neyomelahualiztli‘, que significa enderezar el corazón. En otra concepción, los nahuas decían que educar dar sabiduría al rostro.

Así lo explicó el maestro Miguel León-Portilla, durante una conferencia en 2016. El erudito relató que cuando quiso estudiar a los antiguos mexicanos le pusieron muchas trabas en la Facultad de Filosofía y Letras. Un profesor incluso le reprochó que los indios no sabían pensar. A lo cual, el joven León-Portilla respondió con un poema nahua:

No hacemos sino soñar
todo es como un sueño
somos como las flores
que se frenecen
y desaparecen
y se secan.
Todo es vanidad.

Así de sabio era el maestro León-Portilla, nuestro ‘tlamatini’, nuestro sabio, que dejó el mundo de los vivos hace poco para entrar al Mictlán. Échenle ojo a su sabiduría, al alcance de un clic. Vale la pena.

 

La emotiva verdad de González Iñárritu

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Alejandro González Iñárritu podrá parecer demasiado obsesivo y hasta mamón en ocasiones, pero no cabe duda que es un artista auténtico. Su manera de expresarse sobre el cine y la música son propias de una persona con una sensibilidad por encima del promedio. De esto y más trató su reciente clase magistral impartida en la UNAM, un día antes de recibir el Doctorado Honoris Causa en la máxima casa de estudios de México.

Durante la charla, Iñárritu habló de cómo el acto de la comunicar es entrar en frecuencia con el otro (16:00); de cómo la historia de cada uno de nosotros está en el rostro, está en nuestras arrugas (51:00); de que abordar el fenómeno de la violencia sin consecuencias es un acto inmoral (01:09:00) o cómo el cine está perdiendo esta sensación de sueño (02:37:00).

Pero algo que llamó particularmente mi atención fue su concepción de la verdad.

“Las cosas no tienen verdad, las cosas tienen una certidumbre emocional, esa es la verdad.Cuando las cosas tienen una certeza emocional, resuenan. No tienen que ser históricamente correctas. La verdad radica en la resonancia emocional. Hay una verdad emocional de alguna forma”, dijo Iñárritu (39:00).

De ahí, varias anécdotas de su filmografía, que le ha merecido reconocimientos a nivel global. Pero yo me quedo con esa concepción de la verdad como una “resonancia emocional”.

 

 

Un grillo en la casa

I
Hay un grillo en la casa. El otro día se nos apareció a media borrachera, a ras de suelo, caminando entre la gente. Antes se escondía en el fregadero de la cocina y ahora en la sala. Me gusta oírlo cantar por las noches. Ojalá le guste el cantón y viva aquí mucho tiempo.

II

El grillo empezó a cantar ora que pusimos a los Caifanes. Y con Daft Punk. Les digo que el grillo es chido.

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La neurosis mitológica de la ciencia moderna

“Es de todas maneras una fe metafísica la que subyace nuestra fe en la ciencia”.

Nietzsche, Gaia ciencia

 

Sin título

 

Vaya sorpresa tan agradable fue toparme con un fragmento del texto de Alejandro Martínez-Gallardo, La sociedad moderna, libre e igualitaria: ¿el rebaño perfecto?, el cual trata sobre la contradicción implícita en el pensamiento científico. Un texto que, además, incluye la mejor crítica que he leído al pensamiento de Nietzsche. En un acertado fragmento del texto, Martínez-Gallardo refiere que:

“Los grandes logros de la sociedad moderna, con los que supuestamente se ha querido librar de las creencias y de la metafísica, son sistemas de creencias y metafísicas encubiertas. La ciencia es el nuevo mito, el mito que ha ganado tracción y poder, para paliar nuestro miedo al caos y la incertidumbre, para adormecer nuestros instintos y evitar el encuentro terrible-numinoso con el misterio. La fuerza que mueve a la ciencia no sería el deseo de conocer la realidad, ni siquiera de dominarla, sino de eliminar su peligro, de domesticar la existencia”.

Completamente de acuerdo. La ciencia es el reflejo de un miedo atroz al vacío. El problema del pensamiento científico es que siempre será incompleto, no puede abarcar la totalidad de la existencia, el misterio que encierra la vida. Esta falta de totalidad se resiente en la neurosis de saberse incompleto. De ahí proviene ese sentimiento de angustia y zozobra tan propio de la sociedad moderna, siempre sedienta de lo nuevo. Ahí reside también la fe en la tecnología y el progreso, que habrán de -supuestamente- salvarnos del caos. Por eso los científicos recalcitrantes no entienden que todos estamos locos y que la locura es una forma de abrazarnos con el todo. El grito del poeta se resiente en las estrellas. De esas cosas no trata la ciencia, tan fría, tan metódica, tan racional. Y el ser humano es todo, menos racional.

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