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Poder: la voluntad de vivir como principio fundamental de las relaciones humanas

Perseo

Poder es la capacidad de imponer la voluntad de uno sobre otro. Es la realización del deseo personal frente al deseo del otro. De ahí que el ejercicio del poder pueda manifestarse de muchas formas: desde la fuerza física hasta la persuasión, carisma, conocimiento. Poder es la capacidad de convertir la voluntad personal en la voluntad del otro, a través de la coacción física, el convencimiento o la seducción. Poder es la capacidad de satisfacer el deseo personal a través del deseo del otro, o a pesar del deseo del otro.

El deseo es la raíz del poder, toda vez que nuestra condición de seres vivos nos vuelve seres con necesidades que buscamos satisfacer permanentemente. Y es en la lucha por la realización de dichos deseos, que el poder se manifiesta en la vida cotidiana de todo ser. Esto permite entender al poder como una capacidad propia de todo ser vivo para satisfacer sus necesidades dentro de un entorno marcado por las necesidades de otros. Poder es disputa y comunión, la capacidad de materializar nuestros sueños.

El poderoso es aquel que satisface su necesidad y su apetencia, un ejercicio a través del cual, todo ser busca sentirse bien para seguir viviendo. Poder es voluntad de vivir. El poderoso vive mientras otros mueren, pero también, es aquel capaz de sobreponerse al temor de la muerte en pos de un bien superior que da sentido a la vida misma. Poder es la afirmación de la vida sobre la muerte. Por ello, el poderoso es aquel capaz de vivir y seguir viviendo más allá de los confines de la muerte, es aquel capaz de trascender a la muerte. Poder es la voluntad de vivir a pesar del peligro mortal que esto conlleva. Poderoso es el que sobrepone a la adversidad, los obstáculos que enfrenta todo ser vivo para seguir viviendo. Poder es sinónimo de vida, y por lo tanto, una condición elemental de todo ser vivo. Poder es la manifestación del deseo vital.

El poder como ejercicio, puede convertirse en una técnica capaz de ser transmitida de generación en generación. Cada familia o grupo humano, transmite a su descendencia un conocimiento específico sobre cómo ejercer el poder. El poder, al igual que ocurre con cualquier fuerza física en el ámbito de la mecánica clásica, tiende a mantenerse a lo largo del tiempo a menos que exista una fuerza mayor capaz de contrarrestar la fuerza inercial.

Esto permite entender también al poder como una cultura, un conjunto de reglas, mecanismos y procedimientos que se despliegan simbólicamente en la imaginación humana, como una forma de satisfacer el deseo personal en un mundo caótico donde impera el continuo choque de los deseos.

Y es precisamente en el seno de la vida familiar que el poder se manifiesta por primera vez, a través de los padres, que representan la figura de poder por excelencia en la psique profunda de todo individuo y cuya finalidad, es garantizar la supervivencia de su descendencia. En general, los padres buscan el bienestar de sus hijos como una manera de sentirse bien consigo mismos y también garantizar su propia supervivencia. Es por ello que al ejercer el poder sobre sus hijos, los padres transmiten también un conocimiento específico de cómo ejercer el poder mediante diversas formas. El poder se vuelve entonces, parte de una tradición familiar que busca garantizar la supervivencia del clan, la supervivencia del grupo al cual se pertenece frente al peligro que encierran otros grupos sociales que buscan también satisfacer sus propios deseos.

Esto explica el origen mismo de las primeras sociedades primitivas, donde las relaciones de parentesco, constituían la base de las estructuras de poder, y posteriormente, las bases mismas de la civilización. De ahí que el linaje constituya una de las más esenciales formas de constituir el poder en términos sociales. La descendencia de un ser humano poderoso implica que sus sucesores recibirán también un conocimiento esencial sobre cómo ejercer el poder. Esto explica la existencia de familias fuertes capaces de someter a familias débiles que a su vez crean sus propias formas culturales de resistir al poderío de otros.

Sin embargo, esta correlación de fuerzas es siempre dinámica y se encuentra en constante cambio: al igual que ocurre con los individuos, existen familias fuertes que se debilitan, y existen también familias débiles que se vuelven fuertes con el paso del tiempo. Esta dinámica de las fuerzas sociales, explica el desarrollo mismo de la historia humana, entendida como un continuo choque de fuerzas.

De ahí que toda revolución implique siempre un estallido donde el abuso de unos sobre otros se vuelve insostenible, una lucha donde los sometidos pierden el miedo a la muerte para luchar por su propia supervivencia frente a los aparatos de control impuestos por las élites que detentan el poder político y el control de las instituciones. Toda revolución es una colisión de voluntades, es el deseo de vivir que se manifiesta en lo político, entendiendo lo político como ese continuo choque de deseos que se manifiesta en todo grupo social.

Pero como bien señalé al principio, el ejercicio del poder no se da sólo como una imposición, sino que puede ejercerse también de manera seductora: carismática y persuasiva. Esto explica en buena medida, el uso de la sexualidad como un mecanismo de control y poder. Pero también explica la manera en que se constituye la legitimidad como un ejercicio benéfico del poder al interior de cualquier grupo social.

La legitimidad es el reconocimiento de la voluntad del otro, el reconocimiento de la fuerza del poderoso, el principio esencial de toda autoridad verdadera. Legitimidad es reconocer una fuerza de voluntad superior en el otro, un fenómeno que lo mismo despierta admiración o fascinación, como manifestación del deseo vital del poderoso. El deseo del otro se convierte así en el deseo propio. De este modo, la voluntad del poderoso como seducción, refleja siempre la voluntad secreta del otro, un deseo reprimido que busca manifestarse en la fuerza del otro. Por ello, el liderazgo auténtico se produce cuando una masa crítica reconoce la autoridad y la fuerza del poderoso.

Si el grupo no reconoce la autoridad y la fuerza de un supuesto líder, su poder sobre los otros se verá cuestionado y debilitado. Esto explica por qué al igual que ocurre en las familias, la tribu, las empresas o la política, los verdaderos líderes son aquellos personajes capaces de afirmar su autoridad a través de una voluntad fuerte, capaz de resonar en la voluntad de los otros. De este modo, la atracción que ejerce un verdadero líder sobre los otros, reafirma su autoridad sobre los demás.

Los liderazgos débiles, en cambio, suele generar problemas al interior de cualquier grupo social, al propiciar luchas descarnadas por conquistar la voluntad de los otros para satisfacer la voluntad personal. Una disputa en la cual, la ausencia de liderazgos —es decir, la ausencia de voluntades lo suficientemente fuertes para cautivar a los demás— buscará ser compensada por otras vías de ejercer el poder.

Esto explica el por qué, los gobiernos tiranos se ven obligados a utilizar la fuerza como forma de someter a otros que no reconocen su legítima autoridad a favor del bien común. Los gobiernos débiles engendran peste, al ser una expresión del deseo insatisfecho de las masas, un deseo reprimido que genera malestar y descontento.

En cambio, la autoridad legítima propicia el orden social y el florecimiento de las relaciones humanas, al ser una proyección profunda del deseo colectivo realizado, situación que genera bienestar. Por ello los grandes líderes de la historia son catalizadores sociales que permiten expresar los deseos profundos de la gente. Un gobierno legítimo es la manifestación de la voluntad popular.

El poder es entonces, una forma de vivir, la manera de ejercer una voluntad de vivir que lo mismo genera fascinación u hostilidad en los otros. El poder es la realización del deseo personal que interactúa con el deseo de los otros, un choque de voluntades que puede engendrar vida o engendrar muerte. Poder es la capacidad de despertar la conciencia o sepultar la ira de los demás, es la realización de un sueño, el anhelo de la felicidad como destino último de la existencia.

Poder es llevar a cabo la utopía de la realización personal, la voluntad de vida que logra imponerse a los muchos peligros de un entorno caótico, la fascinación que inspira a los demás en la persecución del bienestar.

Poder es la posibilidad de derramar nuestros sueños sobre el mundo.

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La imaginación y el juego como un remedio para enfrentar la distopía

Ready Player One, no es sólo una oda a la imaginación, es también una oda a la cultura pop, la cultura gamer, una crítica a la realidad despiadada que convierte a la fantasía en el último reducto de lo auténticamente humano. Una explosión y revoltura de colores, texturas, personajes y aventuras, donde un grupo de marginados son capaces de derrotar a la ambición desmedida en el terreno de la fantasía. Fue así que Spielberg sumó otro clásico a su abundante filmografía, con una premisa sencilla que alude también esa inocencia tan propia de los ochentas, una trama sencilla y comercial, que sin embargo, revela las muchas posibilidades de la imaginación humana para remediar los muchos problemas del mundo. Imperdible.

La historia de la conquista, de México a Cusco, y el nacimiento del espíritu latinoamericano

Conquista

Una serie de documentales sobre los pueblos americanos y la invasión española. Una historia cuyos pormenores ha ido borrándose poco a poco de la memoria colectiva y que, por lo mismo, es necesario rescatar del olvido.

La caída del imperio mexica e inca, no se puede explicar sin la manera en que ambos señoríos se desfondaron ante la irrupción de un nuevo actor (los invasores españoles) que cimbrará las relaciones de poder sobre las que se sostenía la hegemonía de México-Tenochtitlán y Tahuantinsuyo con epicentro en Cusco, en cada una de sus respectivas tierras. Un hecho que, aunado a la ingenuidad de los liderazgos indígenas que maravillados con la llegada de los extranjeros, fueron masacrados y perseguidos.

Una historia que explica y marca el fin de una era y el comienzo de otra. El recuerdo de que los grandes imperios pueden derrumbarse en poco tiempo, ante una serie de circunstancias como el descontento social, la incapacidad de mantener las alianzas y agentes externos como la viruela que mató a millones de personas en el llamado Nuevo Mundo.

Un proceso histórico que se explica también por la muerte de los viejos dioses y la reconstrucción del imaginario a partir de un acontecimiento como el encuentro con los europeos. De ahí que la concepción de lo “latinoamericano” sea en realidad, el vertedero de una serie de ideas, mitos y cosmovisiones que se vuelven homogéneas a partir de esa etapa conocida como La Conquista.

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Sobre el poder sanador del arte

ARTE

Obra de Oswaldo Guayasamin

Por azares de la vida, me topé con mis viejos poemas, de aquella época en que andaba yo en el bajón existencial hard core, esa época que en mi autobiografía lleva el nombre del Filonauta del tiempo combustible. Es curioso lo diferente que se ve todo en retrospectiva. Hoy me parece increíble verme reflejado en esos versos, que parecieran un tanto distantes al tipo que soy en la actualidad. Luego me vino el recuerdo de una declaración de Jodorowsky, cuando decía que él no aspiraba a un arte donde cada uno vomitara sus traumas, sino un arte sanador. El viejo estaba en un error, pues a final de cuentas, el poder sanador del arte reside, en buena medida, precisamente en esa posibilidad de vomitar las dolencias.

Fue así que comprendí que expresar el dolor, la ira o la tristeza en cualquier manifestación artística, es realizar un conjuro mágico, un acto alquímico capaz de convertir nuestra desgracia en algo bello. Dejar que salga y se exprese lo que llevamos dentro. El arte es también encontrar la belleza de nuestras muchas deformidades. ¡No puede existir acto más purificador y revolucionario! Convertir el dolor y la rabia en algo sublime, etéreo. ¡Qué belleza! He ahí, queridos alquimistas, la fórmula para remediar todos los dolores de la tierra y el alma.

Palabra ficcionalista.
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La palabra será siempre mi amada forma de resistencia

(Un texto que escribí hace exactamente un año, en enero de 2017, y que sigue vigente hasta nuestros días).

Sin título

Resulta curioso, por decirlo de algún modo, que algunos medios de comunicación nacidos en la era digital sigan defendiendo posturas del siglo XIX como el de “objetividad”, “imparcialidad” y otros términos caducos, que a estas alturas de la historia, dan flojera.

Nadie les avisó a los jerarcas de los medios que hace más de cien años Kant en su crítica a la razón pura o los filósofos de la sospecha (Marx, Nietzsche, Freud) pusieron en duda la objetividad positivista que regía el pensamiento occidental, o que el mito de la razón absoluta de la modernidad fue destruido por la Dialéctica del Iluminismo de Adorno y Horkheimer o la Filosofía de las formas simbólicas de Ernst Cassirer o la teoría de la acción de Weber o la fenomenología que va de Brentano a Bachelard (pasando por Husserl) o la hermenéutica de Heidegger, Gadamer y Ricoeur o la arqueología del saber de Michel Foucault o los paradigmas de Kuhn o la construcción social de la realidad de Berger y Luckmann o la antropología comparada de Frazer, Malinowski, Geertz y Campbell o los estudios de religión de Eliade o la lógica de Wittgenstein. Ni qué decir de los planteamientos en el campo de la física cuántica, los teoremas de la incompletud de Gödel que deshicieron el proyecto totalizador de la matemática o el principio de incertidumbre de Heisenberg o los estudios del lenguaje desde Pierce hasta Eco. Ya no digamos los aportes de la neurobiología y la psicología de las emociones desde la década de 1990.

No señores. Por increíble que nos pueda parecer a algunos, los jerarcas de los medios se quedaron instalados en lo más temprano del siglo XIX, y siguen hablando sobre la necesidad de retratar la realidad objetivamente con un grado de pureza solo asequible para la metafísica o la literatura del género fantástico. Lástima que les pasó de noche el último siglo y medio en la historia de las ideas, y que sigan creyendo que el milagro del lenguaje y la escritura es posible sin dejar pedazos del alma en cada línea del texto y sigan creyendo que se puede escribir sin adjetivos y sin juicios de valor, como si eso fuera posible, como si el lenguaje no estuviera siempre cargado de emotividad. ¡Qué lástima que quienes pretenden escribir la Historia desde el presente lean tantos informes del FMI y tan poca filosofía, tan poca literatura que habla de esa otra realidad más duradera que un efímero tuit!

Para todos aquellos que siguen pensando que la Tierra es plana, lamento informarles que la cosa no va por ahí. Los seres humanos estamos hechos de historias, vivimos inmersos en narrativas y nos explicamos el mundo a través de ficciones que creemos verdaderas. Sí, señoras y señores: la realidad está hecha de creencias. La realidad está hecha de poesía. Y lamento también informarles que no existen creencias ni poemas químicamente “objetivos”. ¿Nadie les habrá notificado que la objetividad es un consenso social que puede modificarse? Nuestra sociedad todavía no ha logrado curarse de ese enfermizo tufo de racionalidad a la europea que alguna vez pretendió colonizar el mundo en la utopía imbécil del libre mercado. No señores, la Tierra no es plana ni estática ni tampoco el centro del universo, como se creía en el medievo. “¡Y sin embargo se mueve!”, dijo Galileo cuando trataron de imponerle una verdad podrida.

Es por ello que para sobrevivir en esta continua guerra por el control de la realidad, hay que tener el corazón hinchado, la imaginación arborescente, la lengua sensual y la pluma feroz, los sueños siempre dispuestos, la risa fácil y hay también que aprender a ensuciarse para bailar en el lodo. Pero aunque algunos busquen aferrarse a la ruina de los viejos dogmas, aquí estamos los poetas para derribar los muros de esa atrofia existencial que aprisiona la mente, aquí estamos para cantarle al nuevo mundo que abreva en cada palabra que nos brota del corazón, el mundo nuevo que habremos de inventar para inventar también una nueva forma de la felicidad que no cabe en los viejos moldes ni en el amargo yermo de la vanidad. El sueño se hace verdad, del mismo modo que alguna vez el verbo se hizo carne y se hizo canto y se hizo eterno. El universo entero cabe en un verso: y la verdad es un poema.
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Desde las entrañas de la selva lacandona

(Una crónica de 2013 que nunca terminé y ahora se me hace injusto seguir escribiéndola cuando la experiencia ha perdido frescura en mi mente. Pero como el relato de Ulises es digno de la posteridad, me tomaré la libertad de publicar este retazo de crónica inacabada).

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Algunas noches pueden escucharse silbidos como si se tratara de personas, pero no lo son. “Es un jaguar buscando a su presa”, me explica Ulises, indígena lacandón quien funge como nuestro guía en un paseo nocturno por la espesa selva de Lacanjá, localidad ubicada dentro de la reserva de Montes Azules, Chiapas. La luna llena se filtra entre los árboles y pintar de un tenue azul las innumerables cascadas que se van pintando a lo largo del camino. Si uno permanece quieto un instante, puede percibir el sonido de pesados objetos cayendo al suelo. “Es tiempo de la fruta y los micos tiran ramas al comer”, cuenta Ulises, enfundado en su túnica blanca y una sudadera al estilo occidental para mitigar la fresca brisa de la noche.

El grupo de turistas que formamos parte de la expedición empieza a evidenciar síntomas de cansancio. Llevamos cerca de tres horas caminando en medio de la selva negra. De regreso al campamento, Ulises me cuenta la historia de su abuelo Kin, quien hace no mucho tiempo superó los cien años de edad. El relato es increíble. Cuenta Ulises que cuando su abuelo era joven no conocía el dinero. Vivía en lo profundo del monte “cuando no había nada”. Cambiaba de casa todo el tiempo, cultivando maíz y cazando animales para comer. Caminaba mucho. Sus pies habían sido curtidos por la tierra, entre espinas y piedras. Recorría grandes distancias sin zapatos. A veces caminaba semanas enteras hasta llegar a lugares remotos como Palenque o San Cristobal de las Casas. En las noches sin luna, inmerso en la penumbra, era capaz de seguir su camino siguiendo la tenue luz de las luciérnagas. Conoció el dinero ya entrado en años, haciendo trueque con gente proveniente de Campeche en busca de árbol de chicle. “Un peso vale mucho, se pueden comprar muchas cosas con eso”, solía decir Kin, maravillado de los alcances del dinero.

Cuenta Ulises que cuando sus abuelos veían avionetas cruzando el cielo de la Selva Lacandona, solían ocultarse temerosos entre los árboles, creyendo que se trataba de una águila gigante capaz de descender al suelo para capturar presas de gran tamaño. En una ocasión, Kin caminó con rumbo a San Cristobal, cruzando montañas durante varios días. Al llegar al pueblo, visitó a un amigo, el antropólogo danés Frans Blom, apasionado de la cultura maya. Sorprendido por el trayecto de 335 kilómetros en coche que habitualmente tenía que recorrer Blom para llegar a Lacnajá, el antropólogo se ofreció a llevar a Kin de regreso a casa en su avioneta, aprovechando una pequeña e improvisada pista de aterrizaje ubicada dentro de la selva lacandona. Kin se sintió maravillado al surcar el cielo y llegar a su destino en cosa de minutos.

Ulises no puede ocultar su emoción al relatar las aventuras de su abuelo, invadido por la nostalgia de un pasado mítico que no le tocó vivir. Bastó una generación para que la vida de los lacandones diera un giro radical. Antes sembraban maíz, papaya, piña y camote, comían changos y otros animales que cada vez es más difícil encontrar en lo profundo del monte. Ahora se dedican al ecoturismo. De acuerdo con los lacandones, otras etnias vecinas, principalmente choles y tzetzales, han decidido desmontar sus parcelas para criar vacas. “A veces creen que metiendo ganado van a ganar dinero. No siempre es así. Luego quieren entrar aquí a la selva y no los dejamos. Por eso luego hay problemas”, explica Ulises al retratar el dilema que enfrenta la gente de aquella región para hacer frente a la pobreza y preservar uno de los últimos mechones de selva tropical que todavía existen en México. En las últimas décadas, el acelerado ritmo de deforestación de la selva lacandona ha puesto en peligro crítico a especies como el águila arpía, la guacamaya roja o el tapir, por mencionar algunas. Hace 40 años la selva lacandona tenía 1.8 millones de hectáreas. Hoy quedan solamente 500 mil, debido principalmente a actividades como el desmonte para pastizales o la siembra de palma africana, productos que han detonado la deforestación de un ecosistema que alberga al 24.8% de las especies de mamíferos de México, 33% de aves, 40% de mariposas diurnas y entre el 15-20% de las plantas vasculares.

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La democracia NO existe

LA DEMOCRACIA NO EXISTE

La democracia es una aspiración, una meta, un ideal. Pero, contrario a lo que nos han hecho creer, la democracia como sistema de gobierno simple y sencillamente no existe. Y esto se debe a que desde el origen de la civilización, el ejercicio del poder político ha sido siempre oligárquico.

El término oligarquía se define como una “forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario”. Una situación que de hecho, viene ocurriendo desde la creación del Estado, cuyo antecedente más lejano se remonta a la construcción de las primeras ciudades sumerias que poblaron Mesopotamia alrededor del año 3000 a.C.

Desde entonces, el ejercicio del poder político dentro de la civilización ha estado marcado por la imposición de un pequeño grupo lo suficientemente fuerte para imponerse frente a otros grupos. Como bien advirtió Max Weber, una minoría organizada siempre termina imponiéndose a una mayoría desorganizada. Y es precisamente a partir de esta imposición de un pequeño grupo bien organizado por encima las masas desorganizadas lo que explica el surgimiento de las élites, que no es otra cosa que “la clase política” a la que aludía el politólogo Gaetano Mosca, lo mismo que Gramsci denominó como “bloque hegemónico”.

De ahí que algunos juristas adviertan que, más que un acuerdo fruto del consenso, toda Constitución expresa la correlación de fuerzas entre los diversos grupos que conforman una sociedad. Una ecuación donde unos ganan y otros pierden. Por ello el Estado, y todo conjunto de leyes que estructuran el marco normativo que fundamenta la existencia y funcionalidad del mismo, son siempre una manifestación de poder, que busca posicionar los intereses de un grupo por encima de otros. Un asunto que conoce bien todo buen analista político, quien al más puro estilo de Maquiavelo, sabe que el real ejercicio del poder está siempre orientado a intereses de grupos, más que dilemas morales sobre el bien y el mal. Intereses particulares que sin embargo, requieren de cierta resonancia entre las masas con el fin de construir legitimidad.

Aunque el papel de las mayorías será siempre un factor que incide y puede inclinar la balanza en la disputa que libran los distintos grupos políticos, no existe un solo ejemplo a lo largo de la historia de la civilización en que las masas hayan podido gobernarse sin mediación de estas élites, más allá de algunos breves y efímeros episodios de adorable anarquía.

El ejercicio del poder político es siempre oligárquico, pues ningún sistema de gobierno, sin importar que se trate de monarquía, totalitarismo o la llamada “democracia liberal”, ha podido sostenerse en pie sin la existencia de una “élite de poder”, como diría el sociólogo estadounidense Charles Wright Mills. De ahí que toda revolución, no sea otra cosa que un reacomodo de élites: quitar a unos para poner a otros.

Pero la historia también nos ha enseñado que, aunque el poder político sea siempre sectario, existen oligarquías más abusivas o más tolerantes que otras. Estas oligarquías más abiertas a la deliberación de los distintos sectores sociales es lo que nuestra cultura occidental ha denominado como “democracia”.

Una palabra cuyo origen y uso actual, remonta precisamente al uso de la razón como instrumento de lucha y resistencia contra el poder hegemónico cuya legitimidad radicaba en el carácter divino de los gobernantes. Esto permite entender cómo es que, en la antigua Grecia, el discurso de la democracia defendido por los primeros filósofos planteó una ruptura entre la razón y lo sagrado como forma de conocer e interpretar el mundo, un proceso que el filólogo español Carlos García Gual denominaría como una ruptura entre mythos y logos, entre emoción y la razón. Una ruptura que más allá de múltiples consideraciones existenciales y epistemológicas, tenía también un trasfondo político.

No en balde, el desarrollo del pensamiento científico durante el Renacimiento y la Ilustración traería como consecuencia el surgimiento de las democracias liberales con el inicio de la Revolución Francesa que más tarde se extendería a Estados Unidos y otras colonias americanas. Un proceso histórico donde la razón serviría como medio de lucha para tratar de contrarrestar los abusos de élites políticas cuya legitimidad estaba basada en la religión. Es por ello que para acabar con la monarquía, era necesario primero matar a Dios con las luces de la razón. Este proceso histórico, ocurrido a finales del siglo XVIII, marcaría el inicio formal de las democracias liberales, con la institución del Estado laico y el empoderamiento de una burguesía emergente que terminaría consolidando su carácter hegemónico con el florecimiento de la Revolución Industrial.

En esto consistió el proyecto de la Modernidad, del cual no logran escapar ni el liberalismo ni el socialismo más ortodoxo, toda vez que el proyecto ilustrado, basado en ideas como el progreso o el método científico como fundamento para conocer la realidad, deja de ser realizable sin una racionalidad que pretende negar la validez del mito. He ahí la paradoja que caracteriza al proyecto moderno, que trata de exterminar el mítico mundo de lo sagrado valiéndose de otro mito: el mito de la razón absoluta. De ahí que los límites de la racionalidad en el terreno científico, planteado en campos como la física teórica, pero principalmente en la lógica y las matemáticas (incapaces de funcionar sin proposiciones no demostrables racionalmente, conocidos como axiomas), ha dejado al descubierto los límites de la racionalidad, lo cual tiene también implicaciones políticas para los próceres de la democracia. Estos límites de la racionalidad en lo político han quedado evidenciados en los planteamientos de la hermenéutica, pero también en obras como Dialéctica del Iluminismo de Adorno y Horkheimer, y en las estructuras mitológicas del Estado descritas por Ernst Cassirer, quien brillantemente advertía que la raíz del pensamiento simbólico que condiciona el lenguaje es emotiva, más que racional. Antes que la lógica, fue la metáfora. Y esta crítica a la razón absoluta, que ya había sido planteada por Kant, implica también una dura crítica a la democracia liberal, que suele exaltar y exagerar las virtudes del diálogo, el consenso y la deliberación de los asuntos públicos, por encima del conflicto y el golpeteo político. Pero resulta que, los seres humanos somos más emotivos que racionales, seres impulsivos que ponen a la razón en un segundo plano a la hora de tomar sus decisiones. Sólo bajo este tenor puede entenderse no sólo la llegada de personajes como Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, sino también, el factor emotivo que juega un papel crucial en cualquier proceso electoral en cualquier país del mundo.

Desde una perspectiva histórica, el desarrollo de la modernidad significó avances sin precedentes en el campo tecnológico, el surgimiento del Estado-nación como forma de organización social y el predominio de la democracia como referente para la construcción de los sistemas de gobierno. Todos ellos, fenómenos que irían siempre ligados a una forma específica de entender e interpretar el mundo. Una forma de concebir la existencia humana que, a su vez, se traduce en formas concretas de ejercer el poder político y construir legitimidad, que no es otra cosa que una justificación discursiva para ostentar el poder con su respectiva validación por parte una sociedad. Esto permite entender la razón por la cual, la legitimidad está siempre anclada a una cosmovisión plasmada en la cultura. De este modo, las tradiciones y las mitologías de cada pueblo juegan un papel determinante en la legitimación de cualquier régimen político.

Y esto mismo ocurrió durante la Modernidad. La democracia moderna surge como un medio de resistencia y de lucha contra los abusos de una monarquía cuyo fundamento de legitimidad estaba basado en un supuesto vínculo divino entre Dios y el monarca. Un fenómeno cuyo trasfondo político era la disputa de la burguesía frente a la monarquía, donde la lucha ideológica trastocaría la legitimidad del antiguo régimen y abriría la puerta para una transformación conceptual de los sistemas de gobierno, lo cual representa el triunfo político de un grupo sobre otro: la instauración de la burguesía como parte de la nueva élite política moderna.

A partir de entonces, la idea de la democracia como forma de gobierno se ha propagado de generación en generación a lo largo de los últimos dos siglos y medio, facilitando que un puñado de oligarcas se ostenten como los legítimos representantes del pueblo. Cualquier paralelismo con los monarcas que antiguamente se ostentaban como los legítimos representantes de Dios en la Tierra no es mera casualidad.

La democracia no deja de pertenecer al terreno mítico. El mito de la democracia es el mito de nuestro tiempo. Una construcción ideal que encuentra muchos problemas para encajar en un mundo donde la continua disputa de unos contra otros es la regla no escrita de la política. Podemos aspirar a parecernos al ideal de la democracia, pero ese ideal será siempre inalcanzable, siempre irrealizable, por la sencilla razón de que el poder político dentro de los confines de la civilización, nunca ha podido ser ejercido sin élites, grupos minoritarios con la fuerza suficiente para imponer su visión del mundo por encima de otras visiones del mundo posibles. Un esquema de poder que se reproduce a través de los aparatos de control que operan en el imaginario, a través de la cultura, y un andamiaje institucional que replica el discurso hegemónico sobre el que se sostiene el poder de las élites.

Por eso la crisis de la democracia es al mismo tiempo una crisis de las élites en el poder, una crisis que surge a partir de las contradicciones cada vez más evidentes del discurso democrático, incapaz de cumplir con las promesas de igualdad, libertad y fraternidad que dieron sustento ideológico durante el surgimiento del Estado-nación. Esto explica en buena medida el desencanto democrático que pareciera prevalecer en varios rincones del planeta, luego de que fenómenos como el incremento de la desigualdad, el despojo a manos de empresas trasnacionales y la manera en que las instituciones del Estado tienden a favorecer a una minoría de ricos por encima de una mayoría de pobres, ha ido resquebrajando poco a poco la máscara democrática. Un disfraz con el cual, las oligarquías que controlan los mercados financieros globales tienen el poder suficiente para poner y quitar gobiernos a su antojo, aún en contra de la voluntad de los pueblos que se ven orillados a buscar otras formas de resistencia, frente a la voracidad y los abusos de una élite corrompida por su insaciable ambición que contrasta con los inéditos niveles de concentración de riqueza que prevalecen a lo largo y ancho del planeta. De ahí el extrañamiento que suscita la frase que suelen acuñar los zapatistas cuando dicen que un buen gobierno es aquel donde “el pueblo manda y el gobierno obedece”. Cosa que paradójicamente no ocurre en ninguna democracia del mundo. ¿O acaso alguien podría argumentar que existe un país ajeno a los intereses de los bancos, los fondos de inversión, las empresas trasnacionales o las élites financieras, que son en realidad los dueños del dinero del mundo? ¿Alguien en verdad podrá argumentar hoy que existe un país donde la gente es realmente la que manda sin que exista la mediación de una élite?

Quizá por ello, uno de los grandes retos de nuestro tiempo, para quienes soñamos con transformar el mundo, sea precisamente desmontar el mito de la democracia que hemos repetido incansablemente durante más de 200 años. Así como la burguesía tuvo que matar a Dios para tomar el poder, quizá hoy sea necesario matar a la democracia para acabar con los abusos de una minoría capitalista y rapaz, que promueve un modelo político y económico que favorece la concentración de la riqueza y que, entre muchos otros problemas, ha creado fenómenos como la crisis ambiental que explica también el cambio climático. Y para matar a la democracia como la conocemos, también es necesario derribar el mito de la supremacía de la razón sobre los otros ámbitos que conforman la rica diversidad de la existencia humana: destruir el mito de la racionalidad como único medio posible para concebir el mundo.

La democracia es una utopía, un referente, un ideal que en el mejor de los casos habrá de servir como guía para la construcción de un sistema político más equitativo. Pero la democracia, lamentablemente, no es, ni ha sido nunca, un proyecto realizable en la práctica.

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6 textos para desenmascarar a los “gigabancos” que dominan el mundo

 

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La concentración de riqueza y la desigualdad, uno de los grandes temas de nuestro tiempo, adquiere una nueva dimensión cuando se revisa minuciosamente. El capital financiero internacional parece haber quedado reducido a un puñado de fondos de inversión cuyo poder sobrepasa por mucho el Producto Interno Bruto de varios países: BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity.

Fondos de inversión que son dueños de los principales bancos comerciales y las empresas más grandes del planeta.

Un negocio donde las familias Goldman Sachs, Rockefeller, Lehman y Rothschild, así como otros personajes como George Soros y Warren Buffett, figuran siempre entre algunos de las dinastías más acaudaladas del mundo, pese a que sus nombres no son tan mediáticos como Jeff Bezos, Mark Zuckeberg, Bill Gates o Carlos Slim.

Familias que a su vez están cohesionadas en grupos como Bildeberg, que a su vez tiene un peso importante en las decisiones de organismos multilaterales como la OTAN.

Aquí mis apuntes y una pequeña guía para entender quién es quién en eso de la dominación global.

 

 

 

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El tiempo es una trenza

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¡Qué lindura de película! Hizo mucho ruido en Japón, tras convertirse en una de las películas más vistas de la historia en aquel país, y tenía curiosidad de verla. Un guión tremendo, con esa sensibilidad tan delicada y sutil, tan propia de los nipones, que recuerda la literatura de Kawabata o Mishima. El tiempo es una trenza, que se cruza y se entrelaza de manera misteriosa. Y a pesar de esta extraña cualidad del tiempo, en ocasiones, dos personas terminan juntas sin entender muy bien por qué, como si estuvieran conectadas por un hilo invisible. Ese hilo es el amor.

Una pieza profundamente sentimental, un clásico contemporáneo que retoma esas fiebres adolescentes que Shakespeare describió tan bien en Romeo y Julieta, pero que, lejos de repetir la trillada y desgastada fórmula, explora otros caminos para retratar esa extraña sensación de sueño que suele acompañar a los enamorados. Se llama Kimi no Na wa (traducida como Your name o Tu nombre), escrita y dirigida por Makoto Shinkai.

Simbología del alma

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Todo sentimiento es polisémico. Significa muchas cosas al mismo tiempo, a veces contradictorias. Tratar de interpretar el alma implica estar atento, desarrollar cierta intuición para comprender la enorme complejidad que encierra cada persona. Pero sólo aquel que se explora a sí mismo y trata de descifrar el significado de sus propias emociones, puede aventurarse a tratar de descifrar el alma de otra persona. Las emociones son la base de todo lenguaje posible, aquello que nos permite establecer una conexión espiritual con el otro. Comprender por qué razón el otro se siente como se siente y encontrar similitudes con nuestra propias emociones, es la clave para desarrollar empatía: ver reflejado nuestro corazón en el corazón del otro. Eso es el arte.

Por ello, creo firmemente que el arte es el único medio posible para transformar al mundo. Convertir la vida en un poema es unir todo aquello que un día fue separado, es restablecer la conexión perdida con los demás, la base de toda experiencia mística, la comunión del uno con el todo. No es la política, ni los argumentos racionales, ni las discusiones interminables lo que nos sacará del lodazal en que nos encontramos. Es el alma, che, el deseo ingobernable de fundirnos todos juntos en un gran abrazo. La única revolución posible es el amor a los demás. Y el arte es la clave para amplificar las resonancias del corazón. No es posible una revolución sin arte.

Nosotros los artistas tenemos el deber de crear una nueva estética, una nueva manera de sentir e interpretar el mundo. La imaginación como forma de supervivencia. Transformar la mierda en flores con un acto de magia. Alquimia poética. He ahí la clave, los cimientos para la transformación del mundo que habremos de construir entre los escombros de una civilización obsoleta. Hacer resonar los corazones como si fueran tambores. Así se construye la esperanza.

Palabra ficcionalista.
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La última caminata lunar

Una serie de videos e imágenes sobre la misión Apolo 17, que sería la última expedición lunar en 1972. Un viaje ilustrado con imágenes de la NASA.

Rabia contra la maquinaria gubernamental

Un par de rolas de Rage Against The Machine para estos días que en México está legalizándose una dictadura militar ante la complacencia del grueso de la población. La maquinaria del control pareciera ir siempre un paso adelante. Pero, aunque quieran, no podrán someternos, no vamos a dejar de luchar.

La era de los robots: ¿el nacimiento de una nueva especie?

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Desde el surgimiento de la cibernética fundada por Norbert Wiener, el ser humano ha estudiado los paralelismos entre el funcionamiento de los seres vivos y las máquinas. Con la revolución tecnológica que significó la era digital, el alcance de los robots ha llegado a un nivel sorprendente, tal como lo deja ver la más reciente versión del robot Sophia, desarrollado por Hanson Robotics. Un ser cibernético que incluso se ha convertido en el primer robot con ciudadanía saudí.

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Coco, una linda fábula sobre la muerte, el amor, el olvido y la memoria

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Una extraña fascinación por la muerte me ha acompañado desde hace muchos años, aún cuando han sido pocos mis encuentros con la flaca. Recuerdo cuando tenía 17 años, época en que uno se encontraba varado en un agujero, descubriendo lo que era el trabajo y la explotación, con sueldos miserables de 350 pesos semanales que no alcanzaban para mucho tras largas jornadas que en ocasiones superaban las ocho horas diarias. Por aquellos días, teníamos una perrita salmoyedo llamada Frida (antes de que la fridamanía invadiera el mundo). Aquella perrita además de ser nuestra única alegría por aquellos días, era la sensación de la colonia. Los niños tocaban a nuestra puerta para ver si la dejábamos salir a jugar. Cuando llegábamos a casa, exhaustos, no dejaba de ladrar hasta que no la sacáramos a pasear a la calle. Una tarde, mientras jugábamos futbol, atropellaron a Frida. Apenas la vi regresar cojeando, lastimada, antes de derramarse sobre el suelo. Corrimos a abrazarla pero para entonces ya era demasiado tarde. Tenía la lengua de fuera y sus ojitos negros, ausentes. Lloré como pocas veces en la vida ese día. La fui a enterrar a un terreno baldío. Mi hermano no quiso acompañarme y me enojé con él. A los pocos días, unos vecinos nos tocaron a la puerta para decirnos que el hedor a muerte que despedía el cadáver de la perrita era insoportable. Compramos un poco de cal, tomé la pala y volví al lugar para resolver aquella situación. Cuando llegué, el cuerpo de Frida estaba en la superficie, desenterrada. Su cabecita era la misma de siempre pero los animales le habían devorado el vientre. Me impactó mucho ver sus costillas de fuera, el reguero de tripas y un penetrante olor a podrido. Enterré a la perrita y pasé muchos días triste, tratando de hacerle una canción, pero en aquel tiempo no sabía cómo hacer una canción y lo dejé.

Por esas mismas fechas en que a veces apenas y teníamos dinero para comer, recibíamos seguido la visita de Birul, un primo de mi mamá a quien nunca habíamos tratado mucho, hasta ese entonces. Nos alegraba que cayera por la casa los fines de semana, cada vez que iba a Valles por algún asunto para luego regresar a su casa en Tamuín, siempre acompañado de sus muchos hijos. Era un bribón adorable ese Birul. Al poco tiempo cayó enfermo por unas piedras en el riñón, que se fueron complicando. Anduvo vagando de hospital en hospital. La última vez que lo vi, tenía la cara pálida, descompuesta. Aún así, nunca pasó por mi mente que se fuera a morir. Todo pasó en apenas unas pocas semanas. El sepelio fue triste, pero recuerdo que había mucha gente. Un año después, trabajando como camarógrafo de un canal de televisión local, me tocó cubrir un evento en su natal Tamuín, donde se repartieron andaderas, bastones y sillas de ruedas para viejitos. Uno de ellos, con la voz entrecortada, agradeció a Birul por la ayuda recibida que les había dado cuando todavía vivía. Aquello me tomó por sorpresa. Se me humedecieron los ojos y me conmovió pensar que las cosas que uno hace en vida, buenas o malas, que uno realiza en vida, puedan seguir resonando en la vida de otras personas mucho tiempo después de haber partido a otro mundo. Ahora que vi una foto de Birul que mi prima Ximena Borbolla compartió en su muro, me acordé de aquella anécdota.

En esas cosas me quedé pensando al salir del cine luego de ver Coco. ¡Qué lindura de película! Sobre la vida y la muerte, el amor, el olvido y la memoria. Y más porque el Día de Muertos me produce una fascinación peculiar. No en balde llevaba seis años ininterrumpidos juntando fotos de esa colorida celebración donde los muertos regresan del más allá para volver con los suyos, una vez al año. Creo que la película capta muy bien esa mágica relación del mexicano con la muerte. Luego me vino a la mente aquella canción que Silvio Rodríguez le compuso alguna vez a un solitario insecto en el lecho de su muerte:

 

¿Qué hará la tierra con los huesos

del que muere sin regreso

en virtud de su ambición?

Sin funerales, sin amigos,

sus adioses sin testigos,

sus domingos sin amor…

serán como el del insecto aquel,

muriendo solo, sin después.

Morir así es no vivir.

Morir así es desaparecer.

 

“Morir así es no vivir”, dice el poeta. Sólo quien vive en plenitud puede escapar del olvido. Sólo quien vive sin temor a la muerte vive de verdad. “Porque la vida es prestada y hay también que devolverla”, escribí hace un año camino a Cholula, en uno de los muchos poemas y reflexiones que he dedicado a la flaca. Algún día nosotros también habremos de partir. Es la única certeza posible en ese mar de dudas y extravío que es la vida, esa vida breve que se evapora en un segundo. Por eso creo, no hay tiempo que perder. Hay que vivir en plenitud, intensamente, hay que beber, hay que bailar y cantar, reír mucho, y también dolerse, hay que caer y aprender a levantarnos, vagando sonrientes entre laberintos y flores. De eso trata esta canción del Día de Muertos que compuse hace un par de años. Vivir, vivir intensamente, solamente vivir, que la vida es tan sólo un instante, un efímero chispazo para alumbrar la eternidad.

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Verse reflejado en el espejo del Che

Che

Termino de ver el documental de Paco Ignacio Taibo sobre Ernesto Che Guevara, y no puedo evitar sentirme profundamente conmovido. Abro el Facebook y aparece una foto mía de mi paso por Perú, de ese mágico día hace casi una década en que visité Machu Pichu y se desató dentro de mí el nudo de la poesía.

Mirarme entonces reflejado en la figura del Che se vuelve inevitable. Será que ambos compartimos siempre ese gusto de la lectura, esa fiebre de viajar harapientos, pasando hambres, con el corazón desbocado, tratando de entender de qué va el mundo en esta permanente lucha terrestre que es la vida. Nunca fui tan valiente como el Che y no me volví guerrillero. Hice del periodismo mi trinchera y ahí andamos, sobreviviendo, dando tumbos, peleando, incomodando a los corruptos de vez en cuando.

También me queda claro, que las circunstancias definen al personaje. Si el Che no hubiera estado presente en Guatemala cuando Estados Unidos da el golpe al gobierno de Árbenz, quizá no se hubiera detonado ahí la necesidad de pelear en Cuba. También me queda claro que si no hubiera triunfado en la revolución, cobijado por una voluntad de acero, la efervescencia popular y un poco de buena estrella, su historia hubiera podido ser otra muy distinta, más cercana quizá a la del impetuoso guerrero que murió asesinado en la selva boliviana cuando la buena suerte no le favoreció.

¿Qué es entonces lo que define al ser humano a la luz de la historia? Sus acciones. Y es entonces que uno se pregunta si en verdad ha hecho uno lo suficiente, si ha quedado a deber en esa gran película que es la historia de la humanidad o si no estará uno reprochándose cosas de más.

Al final del día, el ser humano busca siempre cómo sobrevivir y adaptarse a su entorno de la mejor manera que puede. Vivir es saber improvisar. Luego me viene a la mente alguna frase de Borges y me queda clara una cosa: el destino de un hombre es el destino de todos los hombres.
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Machu Pichu

Las revoluciones burguesas, una perspectiva histórica desde la mirada de Eric Hobsbawm

Todo poder excesivo dura poco”.

Lucio Anneo Séneca

 

REVOLUCIONES

Tras el desgaste del aparato absolutista, la aparición de las primeras revoluciones burguesas marcaron de forma significativa la historia de occidente. Esto representó un cambio radical en las estructuras políticas y económicas del mundo.

Dentro de este contexto, los aportes del historiador británico Eric Hobsbawm, pensador de corriente marxista, aporta una serie de elementos que permiten entender lo ocurrido con la construcción de las primeras Repúblicas modernas, tal como lo ha expresado en su libro ‘Las revoluciones burguesas’.

Quizá la aportación más importante del autor en este sentido es el haber establecido dos factores esenciales como ejes de dichos movimientos revolucionarios: la política y la economía, siendo dos de las principales potencias de la época, Francia e Inglaterra, las cunas en donde se gestarían los primeros cambios de una sociedad europea en busca de la modernidad.

Por ello, tanto la revolución francesa en lo político como la inglesa en lo económico, representan los dos acontecimientos más influyentes en la configuración de una nueva sociedad que desbanca al “antiguo régimen” y marca el inicio de una nueva era que a su vez daría pie a la creación de nuevas formas de organización social.

Desde el inicio, Hobsbawm quiere hacer notar la paulatina y creciente aparición de fuerzas que irían dotando a la nueva sociedad burguesa de diversas herramientas ideológicas y prácticas que lentamente irían forzando a la clase dominante a ceder el poder. Así lo ha dejado en claro al referir que estos nuevos elementos sociales se constituían esencialmente como “las fuerzas e ideas que buscaban la sustitución de la nueva sociedad triunfante”, materializando todos estos esfuerzos y llevándolos a sus últimas consecuencias a través de la reacción: el levantamiento armado y la justificación de la fuerza como una medida válida para tomar el poder y revertir los abusos de la clase gobernante. Esto sentó un referente único dentro de la historia moderna.

Sin embargo, para poder explicar la forma en que se fueron dando estos procesos, el autor hace una exhaustiva revisión de la situación que atravesaban las diversas clases sociales de la época, centrándose principalmente en las bases sociales de la colérica masa reaccionaria que terminaría por cambiar el rostro del sistema político. Estos dos grupos son el sector campesino y la naciente clase obrera.

El juicio general que le merece a Hobsbawm el panorama agrario es el de una minoritaria clase dominante, constituida en poco menos que casta cerrada, que se aprovecha del cultivador. Clase dominante que se constituye por la propiedad del medio de producción, la tierra.

“La condición de noble e hidalgo (que llevaba aparejados los privilegios sociales y políticos y era el único camino para acceder a los grandes puestos del Estado) era inconcebible sin una gran propiedad”. Completa el cuadro general con una baja nobleza, que según apunta el inglés, no constituye una clase media, sino un sector de la alta que comparte, si no su riqueza, sí su mentalidad al referir que “además de los magnates, otra clase de hidalgos rurales, de diferente magnitud y recursos económicos, expoliaba también a los campesinos”.

Sin embargo, Hobsbawm advierte que estas características generalizadas en prácticamente toda Europa Occidental, habían perdido empuje desde hacía algún tiempo en el seno social de Francia e Inglaterra.

Así lo manifiesta al declarar que “la sociedad rural occidental era muy diferente. El campesino había perdido mucho de su condición servil en los últimos tiempos de la Edad Media, aunque subsistieran a menudo muchos restos irritantes de dependencia legal”.

Las ideas de la ilustración, la aparición de la ciencia y las aportaciones ideológicas de diversos pensadores políticos de la talla de Maquiavelo, Hobbes o Descartes, fueron un antecedente importante para entender cómo fue que se empezó a producir un cambio de mentalidad en la Europa de aquella época. Estas ideas, que cuestionaban el poder absoluto y abogaban por una reconstrucción del sistema político, fueron permeado con fuerza al interior de la sociedad, sentando los cimientos de la ideología que habrían de asumir los líderes de la Revolución Francesa para finales del siglo XVIII.

Por ello, Hobsbawm cree que Francia era el terreno más propicio para que floreciera una revolución social como la que se venía gestando. Ante esto, el investigador inglés ha afirmado que “el conflicto entre el armazón oficial y los inconmovibles intereses del antiguo régimen y la subida de las nuevas fuerzas sociales era más agudo en Francia que en cualquier otro sitio”.

Entre las principales causas que explican la ascenso al poder de la burguesía esta “su fuerza, y ante todo, el evidente progreso de la producción y el comercio”.

Si bien la organización política de Francia osciló entre república, imperio y monarquía durante 71 años después de que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del absolutismo y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, y en algunas ocasiones las masas populares, se convirtieron en la fuerza política dominante en el país. La revolución socavó las bases del sistema monárquico como tal, más allá de sus estertores, en la medida que le derrocó con un discurso capaz de volverlo ilegítimo.

Por otra parte, en el segundo capítulo, el autor analiza el despertar de la industrialización en la Gran Bretaña y su desarrollo hasta la mitad del siglo XIX. De este modo esquemático, puede decirse que abarca la etapa en que la industria del algodón y la aparición del ferrocarril fueron los detonantes de la Revolución Industrial. De este periodo, Hobsbawm considera que “por primera vez en la historia humana, se liberó de sus cadenas al poder productivo de las sociedades humanas”, lo cual resulta un tanto exagerado si se toma en cuenta que la capacidad de producción del hombre no dejó de ser explotada por una minoría.

La economía basada en el trabajo manual fue reemplazada por otra dominada por la industria y la manufactura. La Revolución comenzó con la mecanización de las industrias textiles y el desarrollo de los procesos del hierro. La expansión del comercio fue favorecida por la mejora de las rutas de transportes y posteriormente por el nacimiento del ferrocarril. Las innovaciones tecnológicas más importantes fueron la máquina de vapor y la denominada Spinning Jenny, una potente máquina relacionada con la industria textil. Estas nuevas máquinas favorecieron enormes incrementos en la capacidad de producción. La producción y desarrollo de nuevos modelos de maquinaria en las dos primeras décadas del siglo XIX facilitó la manufactura en otras industrias e incrementó también su producción.

Para Hobsbawm, la transformación del comercio juega un papel decisivo en la forma en que la naciente burguesía industrial se hace del poder. El comercio interior pasa de comercio de feria a un mercado nacional integrado, debido a la desaparición de las aduanas interiores, el aumento de la demanda y la mejora de los transportes. El comercio exterior también benefició el progreso de la industria.

Asimismo, la Revolución Industrial determinó la aparición de dos nuevas clases sociales: la burguesía industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores).  Se los llamaba proletarios porque su única propiedad era su prole, o sea sus hijos, quienes, generalmente a partir de los cinco años, se incorporaban al trabajo.

En otras palabras, podría decirse que Hobsbawm considera que el desarrollo de la Revolución Industrial en Inglaterra respondió a una combinación particularmente favorable de múltiples factores. Uno de ellos fue la transformación que desde el siglo xv se venía produciendo en el ámbito rural al permitir el crecimiento de un sector dentro de la sociedad. Otro factor importante fue la formación de un mercado interno unificado. La expansión colonial es considerada decisiva en este proceso pues proporcionó mercados muy dinámicos que estimularon la producción manufacturera.

En el mismo tono, el Estado tuvo también un rol protagónico, no sólo como defensor de los intereses de comerciantes y productores, sino también como consumidor de la producción manufacturera.

 

Conclusiones

El balance de todo este periodo es, para Hobsbawm, la creación de una “fuerte clase media de pequeños propietarios, políticamente avanzada y económicamente retrógrada, que dificultará el desarrollo industrial, y con ello el ulterior avance de la revolución proletaria”. Han transcurrido muchos años, y con ellos la industrialización francesa, pero la augurada “revolución proletaria” ha sido lo que no ha avanzado. La visión de un acontecimiento histórico desde una perspectiva cargada de prejuicios motivados por razones ideológicas, sólo puede desembocar en una apreciación parcial con juicios erróneos, y a unas conclusiones que la misma Historia se encarga de desmentir.

Las conclusiones a las que llega el autor son dignas de una revisión más profunda. En términos generales, la tesis final de Hobsbawm señala que el período de las revoluciones burguesas cumple la función de preparar el terreno para las revoluciones proletarias de 1848, con la llegada del marxismo. Por una parte, porque “las condiciones de vida de las masas les impulsaban inevitablemente hacia la revolución social”, ya sea por odio a la riqueza o el utópico anhelo de un mundo mejor. Por otra parte, porque “el gran despertar de la Revolución Francesa les había enseñado que el pueblo llano no tiene porqué sufrir injusticias mansamente”.

Hobsbawm quiere así considerar a las masas populares como el auténtico protagonista que subyace en los acontecimientos estudiados. El pueblo llano no es visto como instrumento, sino como protagonista. “Suya, y casi sólo suya fue la fuerza que derribó los antiguos regímenes desde Palermo hasta las fronteras de Rusia”, según explica.

Sin embargo, y aunque hace un extenso análisis de los hechos principales del Periodo del Terror que se vivió en Francia tras la revolución, el autor parece no darle importancia suficiente a los líderes sociales como catalizadores de los movimientos sociales que produjeron cambios importantes en la época.

Tal parece que la importancia más trascendente de este análisis de la historia realizado por Hobsbawm radica en que el investigador inglés ve en estas revoluciones la fuerza impulsora de la tendencia predominante hacia el capitalismo liberal de hoy en día.

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(Texto de 2009 rescatado de los archivos)

El Estado absolutista, una revisión a la obra de Perry Anderson

 

“El poder político es simplemente el poder

organizado de una clase para oprimir a otra”

Karl Marx

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Quizá la famosa frase que define la figura del déspota ilustrado, L’êtat c’est rnoi (el estado soy yo) atribuida al monarca francés Luis XVI, no podía estar más lejos de la verdad, tal como lo enunciarían algunos estudios posteriores sobre el estado absolutista, ya que precisamente fue la creación del estado lo que terminó por precipitar la caída del sistema político que pretendía defender.  A pesar de que la mayoría de las definiciones del absolutismo enuncian como característica principal de esta etapa histórica, la concentración del poder en la figura del rey, lo cierto es que ocurrió todo lo contrario, ya que aunque el rey seguía ejerciendo un papel determinante al aglutinar a las fuerzas políticas dominantes de la época, la creación de diversas instituciones emanadas del surgimiento de los estados nacionales provocaron un deterioro lento y progresivo por parte del control de la nobleza, la cual terminaría por colapsarse con el ascenso al poder al término de las revoluciones burguesas de los siglos posteriores.

En su libro El estado absolutista, el historiador inglés Perry Anderson realizó un estudio minucioso y bien fundamentado estudio sobre las causas que provocaron un cambio radical en el sistema político y económico de la Europa feudal y que tras una serie de sucesos terminarían por poner los cimientos para que la burguesía accediera al poder algunos siglos después.

“Los cambios en las formas de explotación feudal que acaecieron al final de la época medieval no fueron en absoluto insignificantes; por el contrario, son precisamente esos cambios los que modifican las formas del Estado. El absolutismo fue esencialmente eso: un aparato reorganizado y potenciado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional, a pesar y en contra de las mejoras que habían conquistado por medio de la amplia conmutación de las cargas. Dicho de otra forma, el estado absolutista nunca fue un árbitro entre la aristocracia y la burguesía ni, mucho menos, un instrumento de la naciente burguesía contra la aristocracia: fue el nuevo caparazón político de una nobleza amenazada”.

Esta serie de cambios pueden explicarse a través de la crisis del sistema feudal, ya que la mejora de las técnicas agrícolas y el consiguiente incremento del comercio, a partir del siglo XIII, provocaron que una cada vez más poderosa clase burguesa comenzara a presionar a la nobleza en el poder para que se facilitara la apertura económica de los espacios cerrados de las urbes, se redujeran los tributos de peaje y se garantizaran formas de comercio seguro, factores que hicieron posible que la nobleza realizara algunos ajustes en el sistema político para mantener el control, tal como lo afirma Anderson al referir que el estado absolutista no es otra cosa que “un rediseño del aparato feudal de dominación con el fin de devolver a la masa campesina a su rol social original, luego de que ésta ganara la conmutación de cuotas”.

Debido a esto, la clase en el poder tuvo la necesidad de reorganizar su estructura política y económica, por lo que el viejo modelo de ciudades estado dominadas por un señor feudal se transformó en el surgimiento del estado nacional, luego de que entre las prioridades del poder estuviera la centralización de la administración pública, lo cual a su vez, provocó el surgimiento por parte de una serie de instituciones que hicieran más fácil la administración del estado, tal como lo evidencia Anderson al enunciar que “el estado absolutista fue una transición del poder entre la nobleza feudal y el sistema capitalista. Por ello, durante el absolutismo el sistema feudal presentó síntomas de crisis en el poder de clase: el advenimiento de las revoluciones burguesas y el surgimiento de los estados capitalistas”, y no un árbitro entre las dos clases, como pensaba Federico Engels.

Sin embargo este proceso de cambios radicales no estuvo exento de ironías, ya que por ejemplo, mientras garantizar la seguridad de la población se convirtió en una de las prioridades del estado, esto provocó que el señor feudal fuera perdiendo gradualmente el control absoluto de los vasallos, al tiempo que la creciente burguesía afianzaba su dominio sobre el sistema burocrático necesario para que el estado pudiera ejercer sus funciones, lo cual se traduciría, siglos más tarde, en la toma del poder político por parte de una fortalecida burguesía.

Entre las características más importantes de esta serie de transformaciones, se encuentra la creación de instituciones políticas tales como el ejército, sistema tributario, la burocracia, los tratados comerciales o la diplomacia, las cuales hicieron que el estado ganara peso en el poder y mayor legitimidad entre la sociedad al tiempo que solucionaban problemas de organización política.

Asimismo, esta serie de estructuras darán pie a la aparición y conformación del mercado interno y externo, uno de los puntos de apoyo más importantes para que la burguesía fuera ganando terreno dentro de la disputa de clases por el poder, ya que a partir de esta etapa, la burguesía jugaría un rol decisivo en el cambio de las políticas económicas del estado.

Aunque es cierto que dentro de esta etapa el mercantilismo y la acumulación de riqueza representó uno de los ejes del sistema económico, donde el estado regulaba la cantidad de importaciones y exportaciones mediante la imposición de aranceles, lo cierto es que a partir de entonces, el comercio sería la actividad económica que empezaría a marcar la pauta de lo que sucedería siglos más tarde hasta la actualidad, ya que desde entonces, la guerra sufriría una transformación sustancial, pues no sólo era un mecanismo de controlar el territorio y extraer riqueza, sino un medio para abrir nuevos mercados y por ende en una parte fundamental del sistema capitalista, a diferencia de lo que afirmara Anderson al señalar que, en aquel entonces, “la morfología del estado no corresponde a una racionalidad capitalista, sino a una creciente memoria medieval en cuanto a las funciones de la guerra”, ya que a pesar de que efectivamente, existía toda una estructura en torno a la guerra, ésta empezaba a tomar un rumbo diferente que se haría más notorio con el paso del tiempo.

Es por eso, que las alianzas entre señores eran más comunes, ya no tanto para la guerra, sino para permitir el desarrollo económico de sus respectivos territorios, donde la figura del rey fue el elemento aglutinador de dichas alianzas.

Por otra parte, a medida que el absolutismo político se impone y desarrolla la teorización sobre algunos problemas derivados de la justificación del poder, tales como el derecho divino de los reyes y la limitación de su poder, las bases de la sociedad política, el desarrollo de la conciencia nacional y su fundamento, justificación y límites incluida la reconsideración de la relación de la iglesia con el estado.

 

 

La ruptura en el pensamiento político

La percepción del poder y los gobernantes en occidente sufrió cambios importantes. La pujante clase burguesa empieza a cuestionar el poder del monarca conforme va subiendo en la escalera del poder. Para una sociedad donde la ciencia empezaba a dar sus primeros pasos, la religión dejó de ser válida para que los monarcas reinantes pudieran justificar el origen de su mandato.

Esta etapa fomentó la aparición de algunos de los primeros pensadores políticos modernos tales como Maquiavelo o Hobbes, cuyas ideas serían un antecedente importante para poder entender el desarrollo del pensamiento que dio origen a las revoluciones burguesas.

Para Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna, el asunto del poder estaba lejos del compromiso ético que en alguna ocasión plantearon los griegos clásicos como Platón o Aristóteles. Para Maquiavelo el poder es la capacidad de obligar a otros a la obediencia. En el ejercicio del poder rechaza cualquier norma ética o moral en favor de la razón de Estado y la eficacia. Todo es válido en la práctica del poder.

Maquiavelo, uno de los primeros analistas políticos de la historia, era partidario del Estado republicano, aunque consideraba que en situaciones difíciles es necesario acudir a un príncipe que mantenga el orden. La anarquía es el peor de los males, y un príncipe es preferible a la anarquía, además de que consideraba que existía un ciclo inevitable en las formas que adopta el Estado: monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia y anarquía, esta última fase ha de ser evitada con el recurso a un príncipe fuerte, con lo que se vuelve a la monarquía.

Por ello en su libro más famoso, El príncipe, Maquiavelo hace una serie de recomendaciones para mantener el poder a toda costa: estudiar lo que la gente quiere, emplear la violencia con medida y mantener al pueblo contento, para lo cual, si es necesario, ha de instrumentalizar la religión para conseguir sus fines políticos. También puede utilizar la censura para evitar que el pueblo se corrompa, y ha de proporcionarle: educación cívica y amor a la patria.

Uno de los puntos más innovadores del pensamiento maquiavélico es la construcción del concepto de Estado de Derecho, pues consideraba que un país es afortunado cuando tiene unas leyes que le hacen continuar como país, le sostiene y a las que todos están sometidos. Para ello, es necesaria la ley y la moral del pueblo, pero el príncipe está por encima de ella, en virtud de la razón de Estado y la eficacia política.

Estas aportaciones al pensamiento político de la época inicó una serie de cambios en los sistemas de poder. El aporte de Maquiavelo abrió camino a la modernidad en su concepción política y a la reestructuración social.

Asimismo, las aportaciones de Hobbes también representaron una ruptura con el pensamiento que justificaba al Estado Absolutista. Para Hobbes, el estado de naturaleza es un estado de guerra y de anarquía donde los hombres son iguales por naturaleza. No existe noción de los justo y de lo injusto, y tampoco la de propiedad. No hay industria, ni ciencia, ni sociedad. Hobbes se opone, con esta visión pesimista, a los teóricos del derecho natural y a todos aquellos que disciernen en el hombre una inclinación natural a la sociabilidad. Dentro de estos parámetros, las nociones de lo moral y lo inmoral, de lo justo y de lo injusto no tienen allí cabida. Donde no hay un poder común, no hay ley; y donde no hay ley, no hay injusticia.

Hobbes define al Estado como “una persona de cuyos actos, por mutuo acuerdo entre la multitud, cada componente de ésta se hace responsable, a fin de que dicha persona pueda utilizar los medios y la fuerza particular de cada uno como mejor le parezca, para lograr la paz y la seguridad de todos” y se dice que un Estado ha sido creado o instituido cuando “una multitud de hombre establece un convenio entre todos y cada uno de sus miembros, según el cual se le da a un hombre o a una asamblea de hombres, por mayoría, el derecho de personificar a todos, es decir, de representarlos”, según expresó el autor en su libro Leviatán.

Estos razonamientos revolucionarios resultan aún más contundentes luego de que el pensador inglés argumentara que “si los súbditos no pueden cambiar de forma de gobierno, y por lo tanto están sujetos a un monarca , pueden abolir la monarquía sin su aprobación y volver a la confusión propia de una multitud desunida”.

Estos preceptos sirvieron de base para la implementación de los primeros sistemas parlamentarios, un antecedente importante que buscaba limitar el poder del gobernante. El parlamentarismo surge en Inglaterra hacia 1640 (aunque existen referencias muy parecidas en el siglo XIII) y durante un breve plazo de tiempo, hasta que Cromwell instaura la dictadura en 1649. No obstante, ésta primera irrupción del modelo va a mostrar ya sus rasgos fundamentales. En primer lugar, el Parlamento era una asamblea popular elegida por los ciudadanos en igualdad de condiciones y que gozaba de todos los poderes del Estado, sin que fuera posible violentar su autonomía; en segundo lugar, lo que hoy conocemos como el poder ejecutivo estaba sometido plenamente a la asamblea; y en tercer lugar, el parlamento sólo podía ser disuelto por el propio pueblo que lo había elegido. El triunfo definitivo del régimen parlamentario ocurre con la Revolución Gloriosa en 1688, a partir del cual el Reino Unido aplicó el mismo de manera integral.

En el continente europeo se habrá de esperar hasta la Revolución Francesa para que se atisbe un modelo de representación democrático-parlamentario similar, que indisolublemente va unido a la división de poderes formulada por Montesquieu, dentro del periodo con el que inician las revoluciones burguesas.

La ironía más grande en que cayeron los monarcas durante el Estado Absolutista, es que al buscar las herramientas necesarias que les permitieran extender sus dominios y por ende, acrecentar su poder, abrieron la puerta para que la pujante clase burguesa adquiriera los conocimientos necesarios para administrar el Estado, tomando posiciones claves que decicidirían el curso de la historia occidental tras las primeras guerras por tomar el poder y reconstruir la visión del Estado moderno.

La soberbia de Luis XVI es un síntoma ineludible de la miopía política del monarca francés. El Estado no podía entenderse a través del monarca, sino a través de las diversas instituciones y estructuras sociales, políticas y administrativas que contribuyeron a que el poder absoluto se repartiera entre algunos más (no necesariamente de forma equitativa). Quizá en el momento no lo supo, pero al crearse las bases del Estado moderno, Luis XVI y el poder absoluto que representaba, terminaron cavando su propia tumba.

(Texto escrito en 2009 y rescatado del archivo personal).
Fuentes:

Perry Anderson. El Estado Absolutista. Siglo XXI. México. 1985.

El capital financiero y la privatización del espacio urbano en la era de la globalización

Las dinámicas del capital financiero a partir de la década de 1980, que coincide con el fin de la Guerra Fría y el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información, ha modificado las estructuras de los Estados nacionales y sentado las bases de un nuevo proceso estructural y global de apropiación de la riqueza.

Un proceso donde la desigualdad social, la migración y el choque de civilizaciones son sólo algunas de sus caras más visibles. Puntos esenciales para comprender el fenómeno de la globalización.

Aquí algunos conceptos para entender este complejo y fascinante proceso: David Harvey sobre la crisis del capitalismo; Saskia Sassen, sobre las desigualdades y el proceso de expulsión que promueve la ciudad global; Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida; y Manuel Castells sobre la sociedad red. Todo un marco conceptual para entender el mundo de hoy.

La ficción como forma de vida (a propósito del final de temporada de Game of Thrones)

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Da gusto tener la oportunidad de seguirle la pista a Game of Thrones, una de las grandes fantasías de nuestro tiempo. En una era dominada por la producción en serie, donde uno pareciera haber visto una misma película que se repite y se repite en diferentes contextos, de repente alguien se acordó que el arte de narrar reside en una buena historia.

Los efectos especiales no pueden sustituir a la trama, como parecieran predicar las películas de superhéroes, las chic flick y los melodramas cursis que buscan el llanto fácil con las mismas fórmulas de siempre. Si algo siempre me ha impresionado de quienes escriben ficción, es precisamente la capacidad de recrear mundo enteros.

En cada capítulo de Game of Thrones aparecen docenas de personajes entrañables cuyas historias se van entrelazando poco a poco. Algunos personajes se mantienen y otros mueren, algunos se rencuentran tiempo después y otros nunca más se volverán a ver. Lo mismo ocurre en la vida. Personas van y personas vienen. Los que antes se amaban ahora se odian y visceversa. Los antiguos enemigos son aliados y lo mismo sucede al revés. La vida siempre tiene giros inesperados, como toda buena historia.

Y este tipo de relatos de largo aliento, con una geografía y una mitología propia, sólo se podían llevar a la pantalla en el formato serial que ha ido modificando la narrativa audiovisual de nuestro tiempo. Películas de 10 horas divididas en capítulos donde no hay espacio para la paja, el relleno, donde cada diálogo condensa años de tensión entre los personajes, historias donde los oscuros pasajes que no han sido revelados dan pie a extravagantes teorías que dan vuelo a la imaginación de los espectadores.

Y entonces ocurre el milagro de la ficción, que nos permite vivir en otro lugar y otro tiempo, vivir aventuras en la piel de los personajes que nos sirven también como una máscara que nos revela nuestra verdadera naturaleza, la del ser humano librando sus muchas batallas, el ser humano que intenta mantenerse a flote en la vorágine del caos, el ser humano que intenta transformar al mundo venciendo sus propios miedos, el ser humano que se reconcilia con sus demonios, el ser humano que sueña y llora y se ríe y se enamora y come y se desvela y se emociona y tiene dudas y recuerdos y hace amigos y enemigos, el ser humano que se extravía y se reencuentra consigo mismo en la oscuridad de una cueva, el ser humano cuya vida de ficción nos hace sentirnos más vivos y despiertos, porque nosotros también sufrimos con ellos y nos emocionamos con ellos, y nos enamoramos junto con ellos.

Es la diaria convivencia aquello que permite desarrollar vínculso con otras personas y lo mismo sucede con los personajes de ficción, esa nostalgia inexplicable que se le va metiendo a uno conforme termina de leer las últimas páginas de una novela, esa sensación de vacío que queda al saber que nuestro camino y el de los personajes de ficción habrá de llegar a su fin, porque toda buena historia tiene que tener un buen final y no podría ser de otro modo, como la muerte que habrá de recogernos en su manto fúnebre llagada la hora.

La ficción como espejo de la realidad, que se va construyendo a la par que nuestros sueños. La ficción como esa sustancia capaz de reescribir el presente. La ficción como salvavidas en momentos de duda y extravío. La ficción como una forma de expandir las muchas posibilidades que encierra nuestra finitud terrestre. La ficción como bálsamo que habrá de aliviar nuestras penas y hacer aún más plenas nuestras alegrías. La ficción como una forma de entender el maravilloso y terrible secreto de la vida y la muerte.

Por eso no queda más remedio celebrar el final de temporada de Game of Thrones, ahora que tendremos que esperar un año para ver la próxima temporada, la última, con la esperanza de llegar a buen puerto en ese largo periplo en que nos hemos embarcado desde hace ya algunos años. Porque a veces, cuando la vida pareciera carecer de sentido, basta imaginar otros mundos y otras vidas para seguir viviendo. La magia de convertir la vida en cuento.
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De las palabras frescas y calientes

Leyendo sobre cosmogonía mesoamericana me encontré el siguiente texto:

“Perla Petrich, en su libro La alimentación mochó, afirma que para los mototzintlecos las palabras existen autónomamente, como fuerzas, después de que han sido expresadas. Se deslizan como “una flecha en el aire” y penetran el cuerpo del destinatario, por los oídos cuando son benéficas y tranquilas, por las articulaciones cuando son dañinas y cargadas de malos sentimientos. Las palabras calientes son las que van con pasión maléfica o perturbadora. El hechicero posee “boca de fuego”. En cambio, el qamán (el defensor) pronuncia palabras frescas”.

A lo cual habría que agregar: cuidado con lo que uno dice, pues las palabras cuando andan sueltas forman parte del mundo de los espíritus.

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