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Un mundo de lenguas: lo que se habla alrededor del orbe

Una impactante infografía sobre las lenguas que se hablan en el mundo. El español después del chino, es el idioma más hablado del planeta.

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La tiranía ecológica del crecimiento económico promovido por la lógica capitalista

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La lógica del capital es la acumulación de riqueza a expensas de la explotación humana y de la tierra. En este sentido, luce poco probable resolver la crisis ambiental del capitalismo si no se reconoce que el crecimiento económico basada en el consumo es el principal motor de la destrucción del planeta.

Hace poco leí un texto de la BBC, Por qué muchos economistas, incluido su creador, piensan que el PIB es una medida absurda, en el cual se cuestionaba la viabilidad del Producto Interno Bruto como indicador del bienestar de un país. Y esto se debe, entre otras razones, que el crecimiento económico no es sinónimo de bienestar. Tal es el caso de Japón, país que a pesar de tener un crecimiento económico mínimo en las últimas décadas, tiene niveles de bienestar equiparables a los países ricos.

Otro ejemplo de esa paradoja es la manera en que “reciclar es malo para el PIB”, ya que no genera producción y consumo, a pesar del beneficio que trae consigo para el planeta.

En este sentido, y desde hace años, un grupo de economistas y pensadores han tratado de posicionar la idea del “descrecimiento económico” como una alternativa de fondo a la crisis ambiental que padece el planeta. Tal es el caso del economista francés Serge Latouche, quien sostiene que el concepto de “desarrollo sostenible” trata de maquillar la devastación ambiental del sistema capitalista, sin que esto signifique atacar las causas que generan el problema.

Pero para tratar de revertir los efectos del capitalismo, primero es necesario comprender las causas profundas que permitieron que dicho sistema económico, que no es otra cosa que una forma de interpretar la realidad, pudo expandirse por todo el planeta durante los últimos dos siglos.

“Mientras no tengamos otro disolvente para nuestras angustias que el del capitalismo, sólo podemos estar en un combate a la defensiva”, señala el ensayista Paul Aries.

El capitalismo es un esquema mental mediante el cual se ha desarrollado el funcionamiento de la sociedad a partir del fenómeno de la globalización que inició en la era moderna con el colonialismo y una serie de cambios sociales. De ahí que revertir los efectos del capitalismo, pasas necesariamente por una reinterpretación del mundo: la construcción de una nueva cosmovisión.

Un problema que va más allá de simples soluciones técnicas y que pasa por replantearnos a fondo el papel que juega el ser humano en el planeta Tierra.

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El arte en bolígrafo de Nicolas V. Sánchez

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Me encontré con la obra de Nicolas V. Sánchez gracias a un video sobre su arte con bolígrafo. Me llamó la atención no sólo por la calidad técnica, sino porque me pareció que sus pinturas decían más cosas. Adentrándome en su sitio web, encontré algunas pinturas peculiares: el ganado y la familia, dos de sus inquietudes recurrentes que recrean el mundo a su alrededor. Interesante.

 

Un buen drama

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¿Cómo identificar un buen drama? Cuando oyes hablar a los distintos personajes que luchan entre sí, y todos tienen una dosis de razón, una pasión oculta, un motivo para hacer lo que cada uno hace.

La condición humana está más allá del bien y del mal. Quien entiende esta sencilla verdad, puede comprender la vida con mayor amplitud. Por ello la ficción tiene también una función pedagógica: ayudarnos a comprender mejor el mundo en que vivimos y comprendiéndonos mejor a nosotros mismos.

La calidad del drama que usted consume querido lector, será directamente proporcional a su comprensión del maravilloso y terrible misterio de la existencia humana.
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Los versos del diablo: o el vaivén de las contradicciones humanas donde anidan el bien y el mal

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Finalmente, después de una muy lenta lectura, terminé Los versos satánicos, de Salman Rushdie. Una historia donde el bien y el mal se mezclan de manera impredecible.

“Tuvo la extraña sensación de estar perseguido por un hechizo, de que una parte de su imaginación se proyectaba hacia el mundo real, de que el destino adquiría la lógica implacable del sueño. “Ahora ya sé lo que es un fantasma -pensó Salahuddin Chamchawala. Un asunto no concluido, eso es”, explicaba el demonio purificado mientras se encaminaba a su fatal encuentro con Gabriel Faarishta, el ángel caído en desgracia, seducido por los versos satánicos que le hablaban al oído desde el fondo de sí mismo.

Una novela compleja que, con una cierta similitud al ateísmo profesado por Saramargo en El evangelio según Jesucristo, arremete contra la religión que somete y adormece las contradictorias fuerzas que constituyen al ser humano: “una vida huérfana como la de Mahoma, como la de todo el mundo”. Ahí donde anidan las seductoras palabras calientes del diablo, recitando versos en la humedad de la fiera noche. “Y entonces invoqué a la ira de Dios”, susurró el celoso ángel, como un oscuro presagio.

Una belleza de relato, plagado de escenas maravillosas que se impregnan en la imaginación y que al mismo tiempo develan a la ciudad como ese espacio de muchos rostros, espacios multiculturales donde la tradición se impone a la asimetría del caos, un espacio devorado por el fuego de la noche donde convergen y se enfrentan ángeles y demonios, siempre en contra de sus propios fantasmas: el destino irrenunciable de todo aquel que se atreve a cometer el abominable crimen de ser tan solo un simple ser humano.

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La Mecánica de la Historia, de Yoann Bourgeois (o de cómo el movimiento dice cosas)

Una serie de instalaciones sorprendentes, realizadas por el coreógrafo Yoann Bourgeois. Impresionante. Dos obras que dicen mucho a través del movimiento.

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Crítica ficcionalista a las elecciones presidenciales de 2018 en México (y a los pejefóbicos que nunca entendieron de qué se trató la cosa)

AMLOVE

Concluye un ciclo histórico de 30 años y empieza una nueva etapa. No sabemos si mejor o peor, pero será una nueva etapa al fin y al cabo. Creo que era un paso necesario y urgente que México tenía que dar para crecer como nación. Llevábamos demasiado tiempo estancados en la misma lógica y siempre es bueno un cambio de aires para refrescar la mirada, aunque eso signifique enfrentar nuevos retos, nuevos desafíos, nuevos vicios, nuevos problemas. El cambio de hoy es muy probable que se corromperá mañana, no sabemos si dentro de tres años o dentro de cien, pero es algo que ocurrirá tarde o temprano, siempre, porque la historia es cíclica, un continuo ir y venir por territorios desconocidos, y las soluciones del ahora están construyendo desde ya los desafíos del futuro. Es la inercia de la vida. Y la política, como cualquier otro ámbito de la vida, no escapa a la dinámica de estas fuerzas fundamentales que rigen todas las cosas.

Por eso mismo, sostengo que el cambio era urgente. La vida de los pueblos como las personas, experimentan el mismo choque de fuerzas que determinan la existencia. La psicología de masas no es sino una suma de psicologías individuales que a su vez, construyen un nuevo ente más complejo, pero que en el fondo, comparten un origen común. Así como las personas somos un nivel de conciencia que surge de la cooperación ordenada de millones de células, la sociedad es también un nivel de conciencia colectiva que responde a la dinámica de las fuerzas primordiales que constituyen el universo.

Y ocurre que el desarrollo espiritual de las naciones es similar al desarrollo espiritual de las personas, el cual depende en buena medida, de enfrentar los demonios internos. Y en las naciones como en las personas, el miedo a enfrentar esos fantasmas delirantes que duermen en nuestras profundidades, suele traer consigo consecuencias trágicas. “Todo deseo contenido engendra peste”, escribió maravillosamente el poeta William Blake. Una peste que proviene del deseo insatisfecho, una necesidad de autorrealización que se ve frenada por el miedo de enfrentarnos a aquellas fuerzas que nos impiden crecer. Por ello, toda tradición mística y esotérica, es ante todo una enseñanza sobre cómo enfrentar nuestros miedos más elementales: el miedo a la muerte, el miedo al dolor, el miedo a la soledad.

No es casualidad que a lo largo de la historia de la humanidad, el mito del héroe que vence a sus demonios internos para alcanzar la armonía existencial, es una constante en cualquier cultura, de cualquier tiempo, en cualquier rincón del planeta. El héroe que en busca de sí mismo que es capaz de crear un cambio significativo en el mundo.

Esta estructura psíquica encargada de simbolizar la experiencia humana (descubierta y descrita por Jung y su concepto de arquetipo e inconsciente colectivo) están presentes en prácticamente cualquier relato, sin importar que se trate de un pasaje de la Biblia, un cuento para niños, una película de Hollywood o un drama de Shakespeare. La psique humana se articula a través de ficciones que nos permiten crear un punto de referencia a partir del cual, podemos interpretar y habitar un mundo articulado, gracias al milagro del lenguaje. No en balde, “los límites del mundo son los límites del lenguaje”, como bien señalaba Wittgenstein. De este modo, toda cultura es el resultado de un complejo proceso de intercambio de experiencias que articulan una cosmovisión, es decir, un relato fundamental a partir del cual se construyen todos los demás relatos posibles. Este relato esencial, que los antropólogos conocen como mito, no es sino un relato de ficción a través del cual, el ser humano se explica y trata de interpetar el mundo en que vive. Dicho mito, es el sustento mismo de la realidad. Es decir, que el mito es un discurso que trata de condensar la experiencia humana durante varias generaciones, para luego plasmarla en un relato capaz de explicar todas las cosas, a partir de las cuales, podemos situarnos en el mundo. Toda cultura, por lo tanto, es un cúmulo de narrativas que buscan entender las implicaciones de la existencia y la relación del ser humano con su entorno.

Para quien entiende esta relación entre vida, cultura y lenguaje, resulta sencillo comprender otros ámbitos como la ideología, es decir, un conjunto de ideas más o menos estructuradas que tratan de explicar la realidad cotidiana. Un conjunto de ideas que alude siempre al mito, a partir del cual, se construye cualquier ideología posible. En este sentido, la política, entendida como una disputa por el poder, no es sino una lucha por el control de la realidad. Una batalla que se libra a través del uso del lenguaje y la construcción de narrativas. Esto nos permite entender por qué razón no existe una diferencia significativa entre el relato de ficción y el relato histórico, ya que como bien apunta Paul Ricoeur en su libro Tiempo y narración, ambas modalidades del relato funcionan a partir de los mismos esquemas mentales que posibilitan el lenguaje. Por ello, es común que la historia, entendida como el estudio de la experiencia humana en el pasado, se construye a través de narrativas. De ahí que, cuando decimos que una persona “hace historia”, significa en el fondo que las acciones de dicha persona provocaron un cambio en la narrativa sobre la experiencia humana en el pasado. Hacer historia, por lo tanto, es cambiar el curso de la narrativa hegemónica mediante la cual, el ser humano se explica a sí mismo, a partir de la experiencia de otros seres humanos que vivieron antes que él. Por ello, el surgimiento de la historia surge como tal con la invención de la escritura, ese artificio del lenguaje que permite fijar en el tiempo y el espacio la experiencia humana a un nivel de detalle imposible de recrear a través de las finitas capacidades de la memoria humana y la tradición oral. En este sentido, no es casualidad que la historia, el derecho y el surgimiento del Estado tengan un origen común, que coincide con la invención de la escritura. De modo similar, la política entendida como un control de la realidad a través de estructuras narrativas, permite comprender la manera en que las ideologías políticas se debilitan y fortalecen con el paso del tiempo, cuando dicho relato deja de tener sentido frente a nuestra experiencia de vida. Por eso, dice Gadamer, la verdad es una afimación (o un relato) de la existencia que debe constatarse continuamente en la experiencia humana. Un discurso político deja de tener sentido (es decir, deja de ser verdadero) cuando dicha afirmación sobre la existencia deja de tener relación con mi propia experiencia de vida y mi propia interpretación del mundo. La verdad, será entonces, un relato cuya validez se otorga a partir de una experiencia de vida común entre los diversos integrantes de un grupo social. La verdad está siempre en entredicho, siempre a prueba, siempre contrastada con mi propia experiencia de vida. Las grandes verdades universales sobre la existencia humana, son aquellas afirmaciones que no pierden vigencia y siguen significando cosas para la gente a través del tiempo, sin importar la época.

Yo me di cuenta de esta situación, quizá no de manera teórica pero sí más intuitiva, cuando comencé a trabajar. Recuerdo que en mi familia y círculo social cercano, crecí con la idea imperante dentro del liberalismo económico, idea hegemónica dentro de nuestra cultura occidental, la cual sostiene que la riqueza es fruto del trabajo. Pero recuerdo que aquella frase dejó de tener un sentido para mí, cuando en mi primer empleo, yo me la pasaba trabajando durante más de ocho horas diarias, seis días a la semana, mientras apenas tenía dinero suficiente para pagar mis necesidades más elementales, al mismo tiempo que veía a otros chicos de mi edad irse de fiesta todos los días porque sus papás tenían dinero suficiente como para que sus hijos no tuvieran la necesidad de trabajar. En un sentido similar, veía a mi alrededor que un albañil, por ejemplo, podía realizar un trabajo más exhaustivo, con jornadas larguísimas de 12 o 14 horas, mientras el “patrón” podía trabajar, pero eso no incidía directamente en los niveles de acumulación de riqueza. A partir de ahí, me di cuenta de que trabajar todo el día, por sí solo, no permite acumular riqueza, sino que por el contrario, existen otros mecanismos sociales que permiten dicha acumulación. Esa intuición fue reforzada cuando, ya en la universidad, tuve la oportunidad de leer El Capital de Karl Marx, libro que no es sino un relato de cómo se genera dicha acumulación a través de la explotación y la apropiación de los medios de producción, relato que tiene mucho más sentido para mí, que el discurso liberal que siguen suelen sostener aquellos cretinos que creen que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar”.

Lo que intento demostrar, es que nuestras ideas políticas suelen estar referidas a nuestra experiencia de vida. Y nos identificamos con determinados discursos políticos porque dichos discursos significan algo para nosotros, según nuestra propia experiencia. Pero resulta que nuestra propia experiencia de vida, es al mismo tiempo, una interpretación que pretende dar coherencia lógica y estructura narrativa a distntos hechos aislados, articulados como un todo gracias a la memoria y nuestra capacidad de estructurar relatos de vida, en función de nuestras emociones.

De ahí que cualquier ideología busca en el fondo tratar de establecer una relación causal entre mis emociones y los relatos a partir de los cuales trato de explicar el mundo. Es decir, que toda ideología es en el fondo, un relato sobre la relación entre mis emociones y las cosas que ocurren en mi entorno, es decir, un discurso que me permite explicar por qué me siento como me siente en función de la manera en que me relaciono con el mundo que me rodea. De ahí que toda retórica política tenga un sustento emotivo, más que racional, y explica también el poder del demagogo: ese parlanchín que dice lo que el pueblo quiere oír para tratar de restablecer un equilibrio anímico que ha sido trastocado de alguna manera por algún tipo de crisis que pone en peligro mi bienestar. Esto permite entender cómo es que todo discurso político busca apelar a las emociones de las masas para tratar de construir un relato en torno a las causas del bienestar y el bienestar como propósito de futuro. Y todo discurso político lleva implícitas estructuras mitológicas, como bien lo advirtió el filósofo Ernst Cassirer. Por ello, no existe un solo discurso político que no aluda al bienestar colectivo de un determinado grupo. Es decir, que todo discurso político está orientado a tratar de convencer de que una comunidad se siente como se siente, debido a una serie de causas que es necesario corregir para restablecer el bienestar perdido. Las promesas de campaña tienen este fin: tratar de persuadir sobre las formas en que, una serie de acciones encabezadas por los líderes de la comunidad (los gobernantes) habrán de estar orientadas en tratar de mantener el bienestar existente o tratar de acceder a él.

Sobre estos ejes se estructuran las ideas elementales del espectro político: la derecha como una ideología que busca mantener los mecanismos estructurales que explican el bienestar de un grupo, frente a una izquierda cuyo propósito es acceder a un bienestar que le ha sido negado. De ahí que la disputa entre la derecha y la izquierda es, en el fondo, una lucha por conservar cierto tipo de privilegios o tratar de acceder a dichos privilegios. Desde luego, las posiciones de cada polo serán determinadas en función de los intereses de cada persona. Aunque lo cierto es que, más allá de la condición material, lo que realmente importa es cómo es que cada quién construye su propia narrativa en torno al problema del bienestar. Por ello, el pensamiento de conservador de derecha, generalmente asociado a las clases privilegiadas, buscan preservar dichos privilegios emanados de las estructuras sociales, mientras que la izquierda busca acceder a una forma de bienestar que le ha sido negada, principalmente por relaciones de subordinación. Dicho de otro modo, dentro del contexto de la lucha de clases, el pensamiento conservador busca mantener sus privilegios, mientras que el pensamiento de izquierda busca acceder a un bienestar prohibido. A través de esta dicotomía y polaridad, se puede entender la razón por la cual, es posible establecer, de manera muy general, vínculos entre el pensamiento de derecha y los sectores más ricos de la población, así como un pensamiento de izquierda generalmente asociado a los sectores más pobres. De este modo, la disputa entre derecha e izquierda tiene como trasfondo la continua batalla entre ricos y pobres, o quienes se asumen partido a favor de un bando determinado. Esto explica, en buena medida, el por qué existen “pobres de derecha” y “ricos de izquierda”, pues a final de cuentas, la identidad no tiene que ver únicamente con una condición material per se, sino más bien, con la construcción de una narrativa propia. Un relato que busca relacionarse con una determinada idea de bienestar como fenómeno colectivo, que trasciende incluso la condición individual de cada persona. Es por ello, que toda ideología política, sea de izquierda o derecha, es consecuencia de una identidad colectiva que trata de satisfacer necesidades vitales o equilibrar pulsiones elementales propias de todo ser vivo, frente a una narrativa del bien común.

Es así, que la política busca en el fondo, construir narrativas en torno al problema del bienestar. Y a medida que dicha narrativa tenga una resonancia interna entre las masas, mayor será su efectividad para persuadir, convencer, manipular y controlar.

Por ello, romper esta relación de dominación implica volverse fuerte, y para ello es un requisito indispensable conocerse a uno mismo, vencer el miedo y aprender de nuestros errores, con el fin de construir narrativas que nos permitan reestablecer el equilibrio anímico a nivel individual y colectivo. Pero cuando esto no ocurre, la desgracia suele hacerse presente en la vida de los individuos y los pueblos.

Eso fue justamente lo que hemos vivido en México los últimos años: una sociedad mexicana presa del miedo que decidió votar en contra de quien representaba “un peligro para México”, según una campaña de terror orquestada desde las cúpulas empresariales y el gobierno, para infundir miedo de un cambio. Una situación que derivó en una crisis de violencia sin precedentes que suma más de 250,000 asesinatos y más de 37,000 desaparecidos en 12 años de “guerra contra el narco”. Presa del miedo, México se sumió en una profunda crisis, la cual se hizo aún más profunda con aquella timorata frase que encumbró al PRI en 2012: “mas vale malo conocido que bueno por conocer”. Al fin y al cabo, decían los aplaudidores del PRI, ellos “sí saben gobernar”. Un terror irracional al cambio cuyos ecos se mantuvieron hasta las campañas de 2018, con versiones sin ningún tipo de sustento o evidencia empírica sobre el enorme “peligro que representaba López Obrador para la economía”- Un miedo bien alimentado por rumores, campañas de terrorismo ideológico orquestadas por los bancos y los medios afines al sector financiero, que se filtraron en el imaginario de las clases medias, incapaces de interpretar los intereses ocultos tras la información divulgada en los medios.

Las consecuencias de los últimos dos sexenios, ya lo sabemos, fueron desastrosas. A tal punto, que en 2018 la inmensa mayoría de los mexicanos prefirieron correr el riesgo de convertirse en “Venezuela del Norte” antes que volver a apostar por el bipartidismo de derecha que impulsó el modelo neoliberal, que durante tres décadas devastó al país mediante políticas como las privatizaciones, la firma del TLCAN, el rescate bancario vía el Fobaproa o las llamadas reformas estructurales que incluyeron la privatización del petróleo, así como la precarización del salario y las condiciones laborales.

El PRI y el PAN son los principales responsables de que López Obrador haya ganado las elecciones con una ventaja din precedentes, aplastante, que no hubiera ocurrido si en 2006 las élites político-empresariales que mantuvieron intacto su pacto de impunidad mientras el país se desangraba, no hubieran impedido la llegada de López Obrador a la presidencia, en condiciones más acotadas que lo que ocurrió en 2018. Dicho de otro modo, si hubieran dejado pasar a López Obrador en 2006 no hubiera llegado con mayoría en el Congreso y una cantidad de votos aplastante para la elección de 2018. Hoy en cambio, no sólo se convirtió en el presidente más votado en la historia del país desde la época de la Revolución, sino que además llega con 5 gubernaturas y mayoría en las dos Cámaras. Paradojas de la historia. Una muestra de que, más allá de la política, existen otras fuerzas elementales que rigen la naturaleza y que generan un efecto contrario al que la derecha buscaba generar en un principio, cerrándole el paso a quien se había ganado la simpatía de la gente.

Por otra parte, la tenacidad y perseverancia de Obrador, aderezada con su obsesión por la historia, una moral chapada a la antigua y su afilado colmillo político, le permitieron aprender de sus errores y conformar un movimiento social incluyente que poco a poco lo fue vacunando contra los ataques de un PRIAN, fracturado por la desmedida ambición de sus integrantes, lo cual fue un factor decisivo en la contienda. Esto aún cuando persiste la animadversión clasista contra un personaje popular como Obrador, quien prefiere recorrer las plazas públicas utilizando una retórica sencilla e incluso rudimentaria, para convencer a la gente de la existencia de una “mafia del poder” que tiene secuestrada a las instituciones (lo cual es cierto) y cuyos niveles de corrupción han provocado un nivel de podredumbre generalizado.

Lo interesante aquí, es que el desastre de país en los últimos dos sexenios terminó provocando que el discurso sobre el cual se sostenía la continuidad del modelo neoliberal se derrumbara, ante la urgente necesidad de un cambio que permitiera devolver el equilibrio anímico a la colectividad. Un fenómeno que no es exclusivo de México, sino parte de un proceso histórico mucho más profundo que tiene que ver con la dinámica de la globalziación financierista y las tensiones que esto genera en Estados-nación que ven vulnerada su legitimidad frente al poderío del capital trasnacional.

“En el momento en que el Estado se ve privado de una fuerza identitaria que sostenga su difícil maniobra en el mundo de la globalización, ese Estado trata de relegitimarse volviendo a llamar a su gente, es decir, a su nación; pero esa nación, en muchos casos, ya se ha separado del Estado y cree que no está siendo representada”, refiere Manuel Castells en su ensayo Globalización e identidad. Una situación que explica el resurgimiento de líderes nacionalsitas en todo el mundo que aparecen como alternativa a los estragos de una modelo globalizador basado en la movilidad del capital financiero, que ha devastado comunidades y territorios enteros mediante negocios multimillonarios que son incapaces de satisfacer la insaciable ambición de una pequeña élite a expensas del sufrimiento de millones de personas que se ven obligadas a migrar de sus territorios para ganarse la vida en las ciudades donde se concentra la mayor parte de la riqueza global. Un fenómeno migratorio de gran escala que a su vez, socava la cohesión cultural a través de la cual se sostiene la idea del Estado-nación, lo cual provoca una fractura al interior de las grandes urbes que se convierten en espacios de confrontación entre grupos étnicos, religiosos y multiculturales, muchas veces antagónicos entre sí.

Una situación que ocurre actualmente en México, con el fenómeno migratorio hacia Estados Unidos, la devastación ambiental y social ocasionada en comunidades y pueblos a manos de empresas extractivas protegidas por gobiernos neoliberales que han renunciado a su facultad de proteger a sus ciudadanos, con el pretexto de atraer inversión extranjera, siempre dispuesta a generar riqueza mediante el despojo, la explotación y empleos mal pagados. Una situación que fue evidenciada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional desde la fase inicial del proyecto neoliberal en México y que se fue propagando por todo el país a lo largo de los años, junto a múltiples evidencias del fracaso de la apertura económica a varios niveles.

¿Qué ocurrió entonces? Lo que siempre ocurre en la política. El discurso de López Obrador ofreció una explicación cada vez más convincente de la realidad nacional, lo cual le abrió las puertas del triunfo. Cuando Andrés Manuel afirmaba que el PRIAN era lo mismo, las alianzas entre Diego Fernández de Cevallos y Carlos Salinas de Gortari o los continuos guiños de Vicente Fox con Peña Nieto, siempre con la tecnocracia neoliberal como vaso comunicante entre priistas y panistas, terminó dando razón al tabasqueño en torno a la existencia de una “mafia del poder”, cada vez más obscena y evidente.

Una alianza histórica que, sin embargo, fue dinamitada por un impetuoso Ricardo Anaya que, en aras de su ambición presidencial, provocó una ruptura profunda con el PRI, tras la reunión secreta que sostuvo con Peña en Los Pinos el 20 de enero de 2017 en el contexto de la elección a la gubernatura del Estado de México, en la que supuestamente ambos habrían pactado algo que el líder panista terminó por “traicionar”, según han señalado los cercanos de Peña. Pero esta no fue la única fisura provocada por Anaya, quien utilizó la dirigencia nacional del PAN para apoderarse del partido e impulsar su candidatura presidencial con un alto costo político para la militancia blanquiazul: la fractura y rompimiento con el grupo de Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, lo cual derivó una disputa interna que se mantiene vigente y le pasará factura al joven queretano tras la elección de 2018. No en balde, las cifras muestran que con todo y las alianzas del PAN con PRD y MC, la de Anaya fue la peor votación para un candidato presidencial panista del que se tenga registro en la historia reciente, desde la llamada transición democrática. Por si fuera poco, Anaya construyó una alianza antinatura con el PRD, sí, el mismo partido que surgió como consecuecia del pacto entre PRI y PAN tras el fraude de 1988, situación que en una de esas peculiares paradojas de la historia, terminó arrastrando a su mayor debacle electoral desde el inicio de la alternancia y sepultando al PRD, reducido a un partido satélite luego de haber tenido posibilidades reales de acceder al poder. De este modo, Anaya cometió tres errores clave que dinamitaron la cohesión histórica de la tecnorcracia neoliberal de derecha que sostuvo la hegemonía del PRIAN durante tres décadas.

Ante un escenario así, era más que entendible que un discurso antisistema como el de López Obrador tuviera cada vez más resonancia entre un número creciente de damnificados por los estragos del neoliberalismo, tal como quedó de manifiesto con el gasolinazo, derivado de la reforma energética aprobada por el PRI y el PAN. De este modo, la retórica lopezobradorista se convirtió en la única alternativa viable, ante la notable ausencia de otros discursos antisistema con la fuerza necesaria para satisfacer esa necesidad, razón por la cual, más allá de los aciertos del tabasqueño, la retórica neoliberal aunada a los altos índices de violencia y corrupción, derivados de intentos desesperados por retener un poder decadente y cuestionado por la vía del fraude electoral, como ocurrió en 2006 y 2012, terminó por derrumbar al PRI y al PAN en 2018, convirtiendo a Morena en un movimiento social emergente con posibilidades de construirse como partido hegemónico en un futuro no muy lejano, generando así un cambio de régimen, entendido como el conjunto de instituciones que regulan y administran el poder político.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los críticos de López Obrador a lo largo de las campañas electorales ni siquiera se percataron de la enorme trascendencia histórica que encerraban las elecciones de 2018, en buena medida, por la dinámica con que operan los grandes medios de comunicación y la industrialización del internet, que ha convertido cualquier acontecimiento en un espectáculo propio de la sociedad del consumo, a expensas de la reflexión y una búsqueda profunda de la verdad.

De este modo, los sectores conservadores asustados de perder sus privilegios frente a un proyecto político como el de López Obrador -que busca priorizar a los más pobres con el fin de contrarrestar los desequilibrios generados por el mercado frente a un Estado débil- fueron burdamente manipulados por los intereses de las cúpulas empresariales que se han enriquecido de manera indignante mientras la brecha entre ricos y pobres en México se vuelve cada vez más amplia, reavivando los temores de masas desinformadas que, sin conocer a fondo la situación de Venezuela, afirmaban una y otra vez, similitudes inexistentes entre el régimen chavista y el proyecto lopezobradorista.

Estas son las implicaciones de fondo de la elección presidencial de 2018, las cuales pasaron prácticamente inadvertidas por el grueso de la población, felizmente enajenada con muchos memes y críticas chafas que evidenciaron también la crisis al interior de la comentocracia mexicana, alimentada por el régimen neoliberal y con fuerte presencia en los grandes medios de comunicación, cuyos argumentos fueron perdiendo fuerza ante la incapacidad intelectual de las élites para reinterpretar el momento político y social por el que atraviesa México.

En conclusión, considero que el paso que dimos los mexicanos con el arribo de un líder popular, proveniente de movimientos sociales como López Obrador, no sólo resultaba necesario, sino urgente, dado el nivel de descomposición social por el que atraviesa el país.

Sin embargo, no soy ingenuo, y desde luego entiendo que el nuevo régimen traerá consigo una serie de riesgos, favoreciendo a unos y perjudicando a otros, como ocurre con cualquier otro régimen político, pero me parece que el llamado a la reconciliación nacional, proviniendo de un personaje como López Obrador, puede ayudar a México pasar a otra etapa histórica. Un acontecimiento que, como bien escribió Jorge Volpi en un artículo reciente publicado en Reforma, representa una enorme oportunidad para que los mexicanos aprendamos de nuestros errores, enfrentemos nuestros miedos y estemos dispuestos a seguir nuestro camino en un nuevo periodo histórico. Una oportunidad que implica abrir muchas puertas y ventanas que durante mucho tiempo estuvieron cerradas. Pero una cosa es abrir la puerta y otra muy diferente, cruzarla.

No sabemos qué traerá consigo este cambio, pero vale la pena correr el riesgo e intentarlo. En una de esas, no sabemos, quizá el país pueda mejorar un poco en algunos aspectos fundamentales, lo cual sería ya, un pequeño avance, aunque sabemos que siempre habrá grupos inconformes, tal como ocurrió con buena parte de los gobiernos de izquierda que gobernaron en países de Sudamérica durante las primeras dos décadas del siglo XXI. Gobiernos de izquierda que, pese a sus innegables avances en ámbitos como el combate a la pobreza, han tenido muchos problemas para mantener el poder frente a una derecha rapaz protegida por los medios de comunicación afines a las potencias occidentales, principalmente Estados Unidos y Gran Bretaña, las dos principales sedes del capital financiero trasnacional.

De este modo, confío en que López Obrador hará lo que esté a su alcance para remediar los males que aquejan al país, toda vez que su obsesión histórica y su condición de líder de un movimiento social auténtico, de base, lo hacen un personaje adecuado para encarar en reto. Mucho más adeucado, sin duda alguna, que los tecnócratas “avalados” con sus títulos obtenidos en universidades extranjeras, quienes provocaron la devastación de un país inmensamente rico en posibilidades como lo es México.

La magnitud del cambio histórico que traerá consigo el cambio de régimen es digno de analizarse, discutirse y reflexionarse. En lugar de quejarse amargamente, los pejefóbicos deberían cuestionarse qué fue lo que ocurrió para que un personaje como López Obrador lograra llegar a la presidencia de México en su tercer intento. Quizá entonces, puedan mirar hacia adentro, ser autocríticos y aprender algo en el camino.

La historia, como todo relato de ficción, es un cuento en permanente cambio. Un cuento cuyo sentido depende de su capacidad para apelar a las emociones y las más profundas necesidades humanas- Un cuento que en política, simplifica estos aspectos en la idea del bienestar.

Si bien el regreso del nacionalismo revolucionario remasterizado es preferible a la continuidad de un neoliberalismo fracasado, me parece urgente que los mexicanos comencemos a buscar alternativas para construir otro futuro posible, inventar un nuevo cuento que nos permita redefinir el papel del ser humano y su relación con el mundo, un cuento que cuestione y ponga en duda todos los saberes, un cuento que nos permita reconciliarnos con todos los seres que pueblan el planeta, un cuento que nos permita celebrar nuestras muchas diferencias, un cuento capaz de reescribir la historia misma de la humanidad. Esto, o seguir siendo rehenes de narrativas caducas.

Porque la vida es cuento y la realidad es ficción.

¡Salud!
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Crítica a las opiniones simplonas de la clase media mexicana a escasas horas de una elección histórica

Elecciones 2018: El elector volátil decidirá al próximo presidente

A un día de las elecciones, todos tienen una opinión. Y yo no dejo de sorprenderme de lo limitado de muchas “opiniones” que no hacen sino repetir los discursos de las élites que se difunden con virulencia en los medios.

Se nota que no hay el mínimo esfuerzo por pensar tantito, el mínimo esfuerzo por indagar y tratar de comprender lo que ocurre a nuestro alrededor.

Borges decía que el problema con la democracia es que se trataba de “un lamentable abuso de la estadística”. ¿Cómo puede saber la gente, o bajo qué criterios, puede determinar la masa quién es el mejor gobernante? ¿Con la mierda que ven en a diario en la tele?

Interpretar el mundo en que vivimos requiere un esfuerzo para tratar de comprender más allá de las apariencias. Algo para lo cual, es muy útil saber un poco de varios temas: historia, filosofía, literatura, economía, arte, ser curioso, leer, viajar, hablar con gente diferente a la que abunda en nuestro círculo social más inmediato, tratar de establecer empatía con otros muy diversos.

Me da risa cómo la gente construye sus “opiniones” a través de prejuicios y un criterio limitadísimo que no hace sino generar más confusión. Lo cual es muy útil para que el poder hegemónico manipule fácilmente a #LaBorregada, a través de verdades a medias que suelen mezclar con burdas mentiras, que la masa idiota acepta sin chistar o poner en tela de duda.

Después de años y años de trabajar en medios de comunicación, he visto muchos ejemplos de cómo funciona este proceso y cómo se repiten siempre los mismos patrones. Me parece lamentable que muchos amigos y familiares a quienes les platico de estas cosas prefieran creerle a “periodistas” vendidos, por el simple hecho de que salen en la tele, como si eso los hiciera más creíbles en comparación a uno, que se ha recorrido el país hablando con la gente y contando sus historias, uno que se la pasa investigando, cuestionándolo todo, viviendo en carne propia acontecimientos históricos y conversando de viva voz con los protagonistas de la vida nacional. Es más fácil creer las idioteces de un “Youtuber” fabricado en la deleznable industria del escándalo y la vanidad, que creerle a aquellos que han arriesgado su vida para tratar de contar la verdad.

Esas son las coordenadas mediante las cuales la inmensa mayoría de la gente construye sus “opiniones”. Y luego nos sorprendemos de tanto cretino suelto por ahí.

Sus esquemas mentales sorprenden por su sencillez tan elemental, frente a un mundo cada vez más complejo. AMLO=Venezuela. Una simple ecuación con la que intentan justificar sus traumas clasistas: el hecho de que un gobernante no se apegue al estereotipo elitista y oligárquico que contradice cualquier principio democrático. Pensar la política mexicana mediante el eslogan de un publicista. Vaya estrupidez. Como si la Venezuela chavista fuera el único espejo posible para comparar la realidad mexicana. Lo peor es que el desafortunado símil ha sido repetido hasta el cansancio por gente que no sabe un carajo de Venezuela o Cuba, menos aún de muchos otros casos cercanos como los de Brasil, Argentina, Colombia, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Nicaragua, Honduras, El Salvador o Guatemala. Ya ni hablar de lo que ocurre en Asia, Europa, Medio Oriente, África. La realidad de esos países no figura en ningún caso comparativo en las críticas simplonas que suelen realizar los tristísimos representantes de #LaBorregada. Ya ni para qué hablar de otros espejos más profundos que nos podrían ayudar a entender la realidad compleja en la que estamos inmersos: del neoliberalismo a 500 años de colonialismo, las raíces del capitalismo, el surgimiento del Estado o el lenguaje como una manifestación de las relaciones de poder. Temas demasiado sofisticados para mentes sencillas en busca de respuestas fáciles que les permitan justificar sus filias y sus fobias, gente rudimentaria que ni siquiera sabe leer un periódico. Así son los opinadores multitudinarios que abundan en Facebook y redes sociales en la era de la posverdad.

Otro especímen peculiar en estos tiempos de campañas son aquellos que cómodamente dicen, “¡todos los políticos son lo mismo!”, como una vía para justificar su pasividad. Desde luego, si uno hace análisis superficiales y simplones, uno se vuelve incapaz de percibir matices, relieves, sabores y otras muchas cualidades que conforman este mundo complejo y fascinante. Piensan con plastas y una paleta de colores muy limitada, esquemas poco detallados que evidencian un pensamiento simplón e insoportablemente convencional, una calca de las ideas de los demás.

Entre estos próceres del pensamiento simple y lineal, abundan muchos universitarios, tristemente, lo cual hace a uno cuestionarse lo jodido de un modelo educativo que educa para la obediencia y premia la mediocridad. Quizá por ello, a estas alturas de mi vida no me sorprende, pero no deja de parecerme fascinante, haber conocido campesinos que con apenas la educación primaria terminada tienen una conciencia política mucho más sólida, crítica y profunda que muchos académicos con doctorado, egresados de universidades extranjeras.

Me acaba de suceder hace poco, cuando viajé a un pequeño poblado en Zacatecas, devastado por una minera del multimillonario Carlos Slim, y tuve la oportunidad de platicar con don Roberto, un viejo que entiende muy bien el mundo en que vive y lucha por cambiarlo. En contraparte, hace unos meses fui a platicar con un famoso comentócrata que aparece en la tele y escribe en los periódicos, para entrevistarlo en su lujosa residencia de Bosques de las Lomas, su pequeño feudo a partir del que articula su limitadísima visión del mundo, misma que se propaga en las débiles mentes de los autómatas, quienes se maravillan con títulos nobiliarios por la pura güeva que provoca pensar por uno mismo. Al salir de la casa de este comentócrata, me quedó la sensación de que el sesudo analista no entendía cosas elementales sobre cómo funciona el mundo de allá afuera, lejos de su burbuja llena de comodidades y privilegios.

Lo divertido es que estos cretinos opinan y forman “opinión” entre las masas desinformadas, esa gente chiquita que será siempre sometida a los intereses del abusivo en turno, sin siquiera percatarse de ello.

Aprender es darse cuenta. Y para darse cuenta es necesario estar atento, afilar los sentidos, expandir la mente.

“La peor visión del mundo, de todas las visiones del mundo posibles, es aquella que nunca vio el mundo”, escribió alguna vez Alexander Von Humboldt. Tenía razón.

No hay forma de salir de la confusión sin indagar por nuestra propia cuenta aquellos vínculos secretos que nos permiten comprender el origen de todas las cosas, esa relación misteriosa que nos permite conectarnos con el mundo, esas conexiones mágicas que habitan en nuestro interior.

Mañana son las elecciones del 1 de julio de 2018 y se perfila para ser un día histórico, un día de fiesta, aunque muchos mexicanos cegados por el miedo y la ignorancia que han cultivado asiduamente durante muchos años, ni siquiera se han dado cuenta. Viven presas del miedo que les han inyectado desde los grandes medios de comunicación, esas enormes maquinarias de consumo que son empresas y, como tales, su finalidad es el lucro en lugar de promover el pensamiento crítico, medios basura que no son otra cosa sino eficaces instrumentos de control al servicio del poder hegemónico.

Pobrecillos. Mañana será un día de fiesta y ellos tan ensismados en sus miedos, en sus diminutos problemas, extraviados en su individualidad viciosa que los hace desentenderse de lo colectivo, esa verbena de lo diverso, tan alejados del mundo que aparece tras su ventana, sin siquiera tratar de asimilar las enormes posibilidades que ofrece la condición humana.

Desde luego, habrá que estar atentos para no permitir un nuevo despojo, una nueva trampa, un nuevo saqueo, una nueva afrenta contra la voluntad popular. Ninguna fiesta, ninguna victoria, es eterna. Así en la política como en los otros muchos ámbitos que conforman la existencia humana.

La vida es aprender a caer y levantarse, aprender de nuestros errores y nunca dejar de luchar.

Y así habremos de seguir luchando tras celebrar lo que se perfila como un día de fiesta para los mexicanos, con unas elecciones históricas que marcarán el ocaso de un neoliberalismo voraz que ha destruido al país. Mañana México escribirá una nueva historia.
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Jim Carrey: la delgada línea de la locura para soportar la realidad

Me impactó el documental Jim y Andy, que narra la manera en que el actor Jim Carry se metió tanto en el papel del comediante Andy Kauffman que ya no podía salir. La mente humana es fascinante. La locura puede ser un dispositivo para alejarnos del mundo cuando éste nos provoca un inmenso dolor. La locura es pues, un extraño mecanismo de supervivencia. La película es una indagatoria profunda en la psique humana, una revelación de las fuerzas internas que continuamente convergen y se manifiestan en nosotros, en nuestros actos, en nuestra vida.

Pero la historia no queda ahí, ya que en otra pequeña película documental, se relata la “necesidad de color” por la que atravesó el comediante para lidiar con la profunda crisis existencial que le aqueja y trató de ocultar con una máscara de payaso que lo condujo a la fama y la riqueza, pero no a la felicidad. Ahora busca reconstruir los pedazos rotos de su interior a través de la pintura. Interesante personaje, lleno de matices. Un hombre atormentado en busca de sí mismo.

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El salvaje, derretido y alucinante mundo de Ben Avlis (y sus sorprendentes dibujos desdoblados)

Increíble el efecto que se puede crear con un dibujo sobre una hoja de papel doblada. Aquí una pequeña muestra del espectacular trabajo del ilustrador Ben Avlis, quien convierte dibujos normales en criaturas monstruosas con un solo doblez. Alucinante.

https://www.facebook.com/plugins/video.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2Fboredpanda%2Fvideos%2F10156880664689252%2F&show_text=0&width=720

En la voz

 

Yo soy el ave
de las mil tempestades.

¡Qué delicia volver al ruedo!

Para probar mi propia sangre
y revolcarme en la tierra.

Fue el basto
páramo sonriente
de mi alma,
que con tu vapor
pudo volver a ser…

Una flor en tus manos,
un halo de luz
en todo tu ser.

Como una espina
en el alma,
un crucifijo en la voz.
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Paul McCartney recorre las calles que marcaron su juventud

¡Qué belleza! Paul McCartney es un viejo adorable, con una vitalidad envidiable para su casi 80 años de edad. Se nota que la vida lo ha tratado bien y que no se ha quedado con ganas de hacer nada. Esas ganas de vivir y disfrutar las cosas buenas, pero también la posibilidad de crear belleza a partir de los momentos difíciles, es el remedio elemental para curar todos los males del mundo. Escenas mágicas que surgen de lo inesperado. Gran momento para la televisión y para el simpático gordo, James Cordin. Imperdible.

Bufa la rabia

 

La ira sale por la nariz
y bufa, furibunda,
como un toro
hiriente y salvaje
queriendo dar
la mortal estocada.

La ira sale por los ojos
e incendia el paisaje
cuando respira por la entraña,
como una sombra desollada
con hambre de ataúdes.

La ira sale por la boca
cuando aprieta la quijada
y muerde, asesina,
toda la rabia, fermentada,
toda la crueldad de los tiranos.

La ira trepa por la espalda
y bufa, como una cornada,
un fiero cuchillo buscando venganza,
el mortal orificio
por donde escurre la vida miserable
del que odia.

La ira no quiere dolerse,
sino beberse la sangre enemiga
para curar la infección,
esa fiebre de huesos crujiendo
sobre el asfalto, una dentellada,
un hedor a carne muerta.

La ira no escampa
y solo bufa, ¡cómo bufa!
es un volcán incontenible
anhelando sólo escombros,
un cadáver roto,
masticado, vomitado,
en la letrina de la historia.
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Calles de piedra rosada

 

Los árboles secos
de tanto dolerse
miraban desde lejos.

Así me recorrí
calles atormentadas
por tu ausencia.

Eran calles de piedra rosada,
muros mancillados
por el tupido vergel
de flores silenciosas
que no saben
sino delinquir en tu nombre
rasguñado por el tiempo.

Así fueron tus pasos irrepetibles
y matutinos
sobre el rechinar de la madera,
como una lluvia de pájaros negros,
una luz adormilada
de puertas y manos entreabiertas.
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Mascarada

 

¿Quién es aquel
que se refugia
detrás de la máscara?

¿De quién es ese rostro
que se bifurca y multiplica
en un millón de ojos?

Acaso un viento triste
que se cuela por el balcón,
como una sed de luz y de ruinas.

Era la ensoñación secreta
que duerme en todas las cosas.
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Tres conferencias para entender cómo el lenguaje moldea el pensamiento, la comunicación y puede predecir desórdenes mentales

palabras

Un amigo me mandó un enlace a una charla TED, que a su vez me condujo a otras charlas sobre lenguaje, mente y cultura, temas que me apasionan. El resultado fue sorprendente. El lenguaje son los ladrillos capaces de edificar la mente. La correlación entre las palabras y los modos en que percibimos “la realidad” determinan muchas de las decisiones que tomamos sin siquiera darnos cuenta. Por eso los antiguos magos conocedores de las ciencias esotéricas, sabían algo que los científicos contemporáneos están confirmando siglos después con datos y complejos modelos computacionales: las palabras condicionan la mente y la realidad. He ahí el secreto poder de la poesía como ente transformador del mundo.

Lera Boroditsky explica la manera en que el lenguaje crea diferentes cosmovisiones y maneras de ubicarse en el espacio-tiempo de modos específicos, condicionando la percepción. Es decir, la manera en que el lenguaje moldea el pensamiento.

Por su parte, Uri Hasson explica la manera en que el cerebro de dos interlocutores reacciona de manera similar gracias a la posibilidad de construir estructuras narrativas comúnes a través del significado. Una interesante revisión de la correlación que existe entre el estudio del cerebro y el lenguaje, lo cual deja entrever la manera en que la empatía se construye a través de contextos lingüísticos comunes. Una situación que tiene aplicaciones prácticas en el estudio de los medios de comunicación de masas y la manera en que los mensajes difundidos a través de estos crean realidades comunes para determinado tipo de audiencias.

Pero la plática más impactante para mí, fue la charla de Mariano Sigman, quien ha desarrollado un método cuantitativo-computacional para medir cosas complejas como la conciencia introspectiva en la cultura de la antigua Grecia o la cultura judeocristiana, lo cual tiene aplicaciones clínicas a la hora de predecir y diagnosticar estados mentales como la esquizofrenia. Y todo, a partir de las palabras.

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“Valorizacion del valor” es la esencia misma del capital, según Marx

Karl Marx

Escuchando una conferencia de Enrique Dussel sobre sus 16 tesis de economía política, me doy cuenta que mi teoría comunicacional del valor está más en sintonía con Marx de lo que yo pensaba.

“Valorización del valor”, es la esencia misma del capitalismo, señalaba Marx, según refiere Dussel (49:00-59:00). La frase, indagué después, viene contenida al inicio del capítulo VII de El capital, sobre la tasa del plusvalor, aunque en términos no tan claros para el lector no iniciado:

El plusvalor generado en el proceso de producción por C, el capital adelantado, o en otras palabras, la valorización del valor del capital adelantado C, se presenta en un primer momento como excedente del valor del producto sobre la suma de valor de sus elementos productivos.

La idea es desarrollada con mayor claridad posteriormente, en el capítulo XIV, sobre el plusvalor absoluto y relativo:

La producción capitalista no sólo es producción de mercancía; es, en esencia, producción de plusvalor. El obrero no produce para sí, sino para el capital. Por tanto, ya no basta con que produzca en general. Tiene que producir plusvalor. Sólo es productivo el trabajador que produce plusvalor para el capitalista o que sirve para la autovalorización del capital

El asunto aquí, es que la idea de valor es más amplia y profunda que la idea misma del capital. Es más, la idea de valor es la base simbólica a partir de la cual se construyen las relaciones sociales que sostienen al capitalismo.

Por ello, considero un acierto haber dedicado dos años de mi vida a escribir una tesis de maestría que precisamente, trata de entender cómo es que las sociedades construyen sus nociones de valor. Una pregunta crucial para entender el funcionamiento de los sistemas sociales, y para la cual, no encontré ninguna explicación que me dejara satisfecho. Así que tuve que construir mi propia “teoría comunicacional del valor”.

Reflexión para un viernes de teoría aplicada.

El verdadero poder

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La imposibilidad de distinguir matices y entender que la vida es un fenómeno complejo, lleno de contradicciones y posibilidades, merma considerablemente la capacidad de entender el todo. La gente está acostumbrada a pensar con esquemas rígidos y moldes mentales prefabricados, ideas cerradas que les proporcionan cierta seguridad frente a un mundo caótico, pero que al mismo tiempo, les impide abrirse y explorar otras posibilidades a la hora de vivir la riquísima diversidad de la experiencia humana.

Al creer que lo saben todo, se niegan a sí mismos la posibilidad de maravillarse con lo desconocido. Están tan seguros de sus propias certezas, que nunca se cuestionan nada que vaya más allá de lo grotescamente común. Convencidos de su normalidad, no dudan en calificar a los otros de raros y anormales. Dicen tener la razón, pero ni siquiera se dan cuenta de su enorme ignorancia de los temas que tratan. ¡Qué fácil es tener una opinión basada en pendejadas! Todos emiten juicios pero muy pocos tratan de entender en realidad lo que sucede a su alrededor. Así operan los autómatas, seres unidimensionales y planos, insoportablemente convencionales, incapaces de pensar por sí mismos, enfrentarse a sus sentimientos más profundos y decir: ¡este es mi bien y este es mi mal! Así es la gente débil, tan manipulable, tan inocente, tan frágil, dispuestos a dejarse guiar por cualquier charlatán que les endulce el oído y les ofrezca respuestas fáciles.

Habemos en cambio, quienes no nacimos para dejarnos pastorear cual rebaño. Somos rebeldes, necios, inconformes, chairos que se niegan a aceptar la resignación, el infortunio como forma de vida. Locos que se atreven a soñar otros mundos posibles por el puro gusto de soñar. Solamente los cobardes y los pobres de espíritu viven encerrados en sus propios miedos. El conocimiento no es para todos. Se necesita ser valiente y estar dispuesto a librar muchas batallas para acceder a la verdad, porque la libertad es conquista y no donación, es el privilegio de los fuertes, de quienes tienen el valor de autoafirmarse.

La gente pusilánime está hecha para obedecer y asentir con la cabeza en silencio. Habemos en cambio, quienes tenemos el irremediable vicio de sentirnos vivos, y sentir que ha valido la pena, de algún modo o de otro. Es la alegría que colma el corazón, la paz de no quedarse con las ganas. ¿Cómo puede prosperar un país, un pueblo, un colectivo, si la gente sigue presa de su miedo disfrazado de cómoda neutralidad y holgazanería? Disfrazan su odio con indiferencia, su pequeñez con delirios de grandeza, del mismo modo que pretenden llenar sus muchas carencias con esa pavorosa frivolidad que les otorga salir de compras al centro comercial, y presumir la “selfie” en redes sociales para llenarse de elogios y sentirse queridos. Todos anhelan tener millones de seguidores para masturbarse en el espejo de su vanidad. Nadie quiere hacerse responsable de nada. ¡Qué fácil! Son unos niños todavía, reclamando un poco de atención. Gente hueca que repite como autómatas las mismas frases desgastadas que sus amos les han ordenado, sin siquiera darse cuenta. ¿Cómo puede prosperar la democracia en un país donde la gente es fabricada en serie, en esa gran maquila de la televisión? La lucrativa industria del autoengaño. ¿Cómo podrán florecer los colores en un mundo donde la ceguera y la idiotez se han convertido en el último grito de moda?

La única forma de salir de la espiral del sufrimiento es aceptar lo terrible y maravilloso del mundo, el misterio de la existencia, volverse uno con el todo.

Yo soy un convencido de que el cambio está en uno mismo, pero a diferencia de los cretinos que utilizan esta idea para justificar su pasividad, el verdadero cambio consiste en darse cuenta que las cosas no habrán de cambiar si no hacemos que suceda. De nada sirve tirar la basura en su lugar, no meterse en la fila, ni pasarse el semáforo en rojo, cuando el exterminio llama a tu puerta. El cambio comienza en uno mismo, en darse cuenta que la única forma de sobrevivir a este mundo salvaje es volverse fuerte y luchar. Es la vida que se abre entre las fauces del tigre y la hiena, la vida que se abre como el árbol que crece lentamente mientras sus raíces se aferran con fuerza a lo profundo del suelo para acariciar con sus ramas, las estrellas. Hay que aprender a hacer erupción y experimentar la calma tras la tempestad. Hay que aprender a ver y cerrar los ojos para escuchar el sonido de nuestra respiración. Hay que reescribir la historia y reinventar la humanidad. Hay que mirar hacia afuera y mirar hacia dentro. Aprender que en la vida hay tiempo de luchar y dejarse arrastrar por el río, hay tiempo de morder y reír, hay tiempo para oscurecerse e iluminarse, porque la vida es momentánea y hay también que devolverla.

¿Cómo hacer entonces para terminar con la podredumbre? ¿Cómo ahuyentar el dolor que acecha y grita dentro de uno y ya no suelta? Hay que detenerse un instante para contemplar y contemplarse, entender la relación, descubrir el vínculo secreto de todas las cosas, maravillarse con lo cotidiano y aprender a soltar llegada la hora, volverse nada para fundirse con el todo, entender que nada permanece quieto, todo se mueve, todo respira, todo va y viene, que la tristeza es alegría y visceversa, la dualidad es la raíz del movimiento y la unidad es la reconciliación de toda contradicción, es aceptar lo que somos y nada más, dejar que el silencio hable, aprender de nuestros fracasos, aprender a ver con las manos y el corazón, aprender a sentir con la imaginación, porque el universo entero cabe en una sola palabra.

El verdadero poder es ver lo invisible, cantarle a las cosas para que aparezcan.
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AICO: una historia sobre la conciencia, la identidad, el cuerpo y el alma

Uno de los grandes animes de los últimos tiempos. Una historia compleja y entrañable sobre la conciencia, la identidad, el cuerpo y el alma. Una oda a la imaginación, esta lograda serie de tan solo 12 capítulos, que bien podría convertirse en un nuevo clásico de la ciencia ficción. Lástima que se nos haya ido tan rápido. Se llama AICO Incarnation.

Poder: la voluntad de vivir como principio fundamental de las relaciones humanas

Perseo

Poder es la capacidad de imponer la voluntad de uno sobre otro. Es la realización del deseo personal frente al deseo del otro. De ahí que el ejercicio del poder pueda manifestarse de muchas formas: desde la fuerza física hasta la persuasión, carisma, conocimiento. Poder es la capacidad de convertir la voluntad personal en la voluntad del otro, a través de la coacción física, el convencimiento o la seducción. Poder es la capacidad de satisfacer el deseo personal a través del deseo del otro, o a pesar del deseo del otro.

El deseo es la raíz del poder, toda vez que nuestra condición de seres vivos nos vuelve seres con necesidades que buscamos satisfacer permanentemente. Y es en la lucha por la realización de dichos deseos, que el poder se manifiesta en la vida cotidiana de todo ser. Esto permite entender al poder como una capacidad propia de todo ser vivo para satisfacer sus necesidades dentro de un entorno marcado por las necesidades de otros. Poder es disputa y comunión, la capacidad de materializar nuestros sueños.

El poderoso es aquel que satisface su necesidad y su apetencia, un ejercicio a través del cual, todo ser busca sentirse bien para seguir viviendo. Poder es voluntad de vivir. El poderoso vive mientras otros mueren, pero también, es aquel capaz de sobreponerse al temor de la muerte en pos de un bien superior que da sentido a la vida misma. Poder es la afirmación de la vida sobre la muerte. Por ello, el poderoso es aquel capaz de vivir y seguir viviendo más allá de los confines de la muerte, es aquel capaz de trascender a la muerte. Poder es la voluntad de vivir a pesar del peligro mortal que esto conlleva. Poderoso es el que sobrepone a la adversidad, los obstáculos que enfrenta todo ser vivo para seguir viviendo. Poder es sinónimo de vida, y por lo tanto, una condición elemental de todo ser vivo. Poder es la manifestación del deseo vital.

El poder como ejercicio, puede convertirse en una técnica capaz de ser transmitida de generación en generación. Cada familia o grupo humano, transmite a su descendencia un conocimiento específico sobre cómo ejercer el poder. El poder, al igual que ocurre con cualquier fuerza física en el ámbito de la mecánica clásica, tiende a mantenerse a lo largo del tiempo a menos que exista una fuerza mayor capaz de contrarrestar la fuerza inercial.

Esto permite entender también al poder como una cultura, un conjunto de reglas, mecanismos y procedimientos que se despliegan simbólicamente en la imaginación humana, como una forma de satisfacer el deseo personal en un mundo caótico donde impera el continuo choque de los deseos.

Y es precisamente en el seno de la vida familiar que el poder se manifiesta por primera vez, a través de los padres, que representan la figura de poder por excelencia en la psique profunda de todo individuo y cuya finalidad, es garantizar la supervivencia de su descendencia. En general, los padres buscan el bienestar de sus hijos como una manera de sentirse bien consigo mismos y también garantizar su propia supervivencia. Es por ello que al ejercer el poder sobre sus hijos, los padres transmiten también un conocimiento específico de cómo ejercer el poder mediante diversas formas. El poder se vuelve entonces, parte de una tradición familiar que busca garantizar la supervivencia del clan, la supervivencia del grupo al cual se pertenece frente al peligro que encierran otros grupos sociales que buscan también satisfacer sus propios deseos.

Esto explica el origen mismo de las primeras sociedades primitivas, donde las relaciones de parentesco, constituían la base de las estructuras de poder, y posteriormente, las bases mismas de la civilización. De ahí que el linaje constituya una de las más esenciales formas de constituir el poder en términos sociales. La descendencia de un ser humano poderoso implica que sus sucesores recibirán también un conocimiento esencial sobre cómo ejercer el poder. Esto explica la existencia de familias fuertes capaces de someter a familias débiles que a su vez crean sus propias formas culturales de resistir al poderío de otros.

Sin embargo, esta correlación de fuerzas es siempre dinámica y se encuentra en constante cambio: al igual que ocurre con los individuos, existen familias fuertes que se debilitan, y existen también familias débiles que se vuelven fuertes con el paso del tiempo. Esta dinámica de las fuerzas sociales, explica el desarrollo mismo de la historia humana, entendida como un continuo choque de fuerzas.

De ahí que toda revolución implique siempre un estallido donde el abuso de unos sobre otros se vuelve insostenible, una lucha donde los sometidos pierden el miedo a la muerte para luchar por su propia supervivencia frente a los aparatos de control impuestos por las élites que detentan el poder político y el control de las instituciones. Toda revolución es una colisión de voluntades, es el deseo de vivir que se manifiesta en lo político, entendiendo lo político como ese continuo choque de deseos que se manifiesta en todo grupo social.

Pero como bien señalé al principio, el ejercicio del poder no se da sólo como una imposición, sino que puede ejercerse también de manera seductora: carismática y persuasiva. Esto explica en buena medida, el uso de la sexualidad como un mecanismo de control y poder. Pero también explica la manera en que se constituye la legitimidad como un ejercicio benéfico del poder al interior de cualquier grupo social.

La legitimidad es el reconocimiento de la voluntad del otro, el reconocimiento de la fuerza del poderoso, el principio esencial de toda autoridad verdadera. Legitimidad es reconocer una fuerza de voluntad superior en el otro, un fenómeno que lo mismo despierta admiración o fascinación, como manifestación del deseo vital del poderoso. El deseo del otro se convierte así en el deseo propio. De este modo, la voluntad del poderoso como seducción, refleja siempre la voluntad secreta del otro, un deseo reprimido que busca manifestarse en la fuerza del otro. Por ello, el liderazgo auténtico se produce cuando una masa crítica reconoce la autoridad y la fuerza del poderoso.

Si el grupo no reconoce la autoridad y la fuerza de un supuesto líder, su poder sobre los otros se verá cuestionado y debilitado. Esto explica por qué al igual que ocurre en las familias, la tribu, las empresas o la política, los verdaderos líderes son aquellos personajes capaces de afirmar su autoridad a través de una voluntad fuerte, capaz de resonar en la voluntad de los otros. De este modo, la atracción que ejerce un verdadero líder sobre los otros, reafirma su autoridad sobre los demás.

Los liderazgos débiles, en cambio, suele generar problemas al interior de cualquier grupo social, al propiciar luchas descarnadas por conquistar la voluntad de los otros para satisfacer la voluntad personal. Una disputa en la cual, la ausencia de liderazgos —es decir, la ausencia de voluntades lo suficientemente fuertes para cautivar a los demás— buscará ser compensada por otras vías de ejercer el poder.

Esto explica el por qué, los gobiernos tiranos se ven obligados a utilizar la fuerza como forma de someter a otros que no reconocen su legítima autoridad a favor del bien común. Los gobiernos débiles engendran peste, al ser una expresión del deseo insatisfecho de las masas, un deseo reprimido que genera malestar y descontento.

En cambio, la autoridad legítima propicia el orden social y el florecimiento de las relaciones humanas, al ser una proyección profunda del deseo colectivo realizado, situación que genera bienestar. Por ello los grandes líderes de la historia son catalizadores sociales que permiten expresar los deseos profundos de la gente. Un gobierno legítimo es la manifestación de la voluntad popular.

El poder es entonces, una forma de vivir, la manera de ejercer una voluntad de vivir que lo mismo genera fascinación u hostilidad en los otros. El poder es la realización del deseo personal que interactúa con el deseo de los otros, un choque de voluntades que puede engendrar vida o engendrar muerte. Poder es la capacidad de despertar la conciencia o sepultar la ira de los demás, es la realización de un sueño, el anhelo de la felicidad como destino último de la existencia.

Poder es llevar a cabo la utopía de la realización personal, la voluntad de vida que logra imponerse a los muchos peligros de un entorno caótico, la fascinación que inspira a los demás en la persecución del bienestar.

Poder es la posibilidad de derramar nuestros sueños sobre el mundo.

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