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Otra noche triste

No sé por qué será que en un país como este donde los asesinatos en todas sus formas son cosa de todos los días, de repente algo pasa que uno no termina de acostumbrarse a tanta chingadera. Será quizá que, a diferencia de otros casos, a este se le dio más seguimiento desde su desaparición. O será quizá que las fotos que se difundieron de Mara, reflejaban tal alegría y vitalidad que por eso nos pegó más la noticia. El caso es que a partir de todo esto, salió un poema, como forma de sobrellevar tanta jodida violencia a nuestro alrededor.

:

Otra noche triste

Para Mara Castilla y las mujeres asesinadas en México

Te mataron, bonita,
del mismo modo
en que los cobardes
suelen asesinar
a mujeres y niños
en este país
donde no deja de brotar
la sangre que nos ensucia a todos,
la sangre que nos ensucia el corazón,
en este país desmembrado
y turbio de tanta podredumbre.

Te asesinaron Mara,
así nada más,
y no faltará el imbécil
que pretenda culparte
por vivir sin miedo
en esta tierra maldita
donde el horror
se ha vuelto rutina,
este suelo impregnado
de muerte y tristeza,
y gritos enterrados
en ominoso silencio.

Hubiéramos querido
que la muerte no te amordazara,
querida Mara,
para que pudieras seguir cantando
y sonriendo en este mundo
triste y amargo
donde las niñas mueren por ser niñas,
y las pirañas muerden sin misericordia
y carroñeros zopilotes
merodean nuestras cabezas
junto a la risa infame
de las hienas.

Ojalá siguieras aquí,
querida Mara,
ojalá que no te hubieras ido
y no existiera este poema,
pero hoy estamos tristes
y no queda más remedio
que escribirte un par de líneas
para tratar de hallar consuelo
ahora que el aire roto
se nos adhiere en los pulmones,
y no sabemos qué hacer
ni a dónde acudir
ni con quién desquitar
toda la ira
que se nos va acumulando dentro,
tanto jodido dolor,
tanta puta injusticia,
y la infamia asesina
que nunca cesa.

Aquí seguimos inmersos
en esta pesadilla que no termina,
en esta lumbre silenciosa
que nos va quemando por dentro,
en esta sed de justicia
sepultada entre polvo y hollín,
esa extraña necesidad
de extrañar a nuestros muertos
y cantarles una elegía
para encontrar una salida
entre tanta penumbra
que nos ha dejado ciegos.

Aquí seguimos, Mara,
extrañándote como extrañamos
a nuestros otros muertos
que cerraron los ojos
para soñar mundos lejanos
con sabor a tierra mojada,
soleado refugio a donde
habremos de huir
para no ahogarnos
en el mar de la ira,
aquí seguimos, Mara,
soñando mundos azules
hasta que nos llegue el turno
de morir acuchillados
por la miseria humana.
::.

Maremoto

 

El mar brotó de una herida
y se fue a quiénsabedonde,
atraído por el viento fugaz
que se arremolinaba
repartiendo desastre por doquier,
era el mar enamorado que vagaba sin rumbo,
en el deshielo de la sangre caliente
vociferando huracanes.
::.

Una habitación sin muebles

 

¿Recuerdas aquella soledad
que se nos fue desprendiendo
de la ropa?

Casi como una habitación sin muebles,
una casa vacía,
el luto inamovible
que se lleva adherido
en el corazón.

¿Recuerdas aquella noche
en que dormimos pegaditos,
queriéndonos por la pura inercia
y sin decirnos nada?

En tus ojos todavía no llovía,
era apenas una nostalgia pasajera,
de esas que recorren el cuerpo
como una brisa sigilosa
que se nos cuela en el alma
y nos deja desnudos a la intemperie.

Era como un río cabalgando lento
desde lo alto de la colina,
una tarde de mudanzas y desvelo,
añoranzas inútiles
que sólo sirven para levantar el polvo.

Era como ver el rojo suceder de las estaciones
y las hojas secas
meciéndose en mis adentros,
un sueño escapando de su prisión
para dibujar la luna
en la inmensa negrura del cielo.

Y ahora me doy cuenta
que no eras otra cosa
sino un recuerdo marchito,
una punzada en la sangre
que se fue haciendo
como la espuma entre la arena,
un lejano suspiro
extraviado entre los árboles.
::.

Recuento

 

He visto caer las estatuas de Oriente,
he buscado el oro en Junín
y probado el frío de la montaña,
he surcado maremotos de arena
y disfrutado la resonancia de un tibio amanecer,
he inundado la noche con canciones
y otras nostalgias sentimentales,
he estado ahí,
en la diáspora del hambre asesina
y el ácido corrosivo de los sueños rotos,
me he adentrado en templos de dioses muertos
y he escuchado también
las plegarias solares del bosque,
el diálogo coral de los pájaros,
he respirado el aceite secreto
que yace en el fondo del mar,
he caminado entre salares de interminable blancura,
he visto emperadores recorrer a caballo
las empedradas calles de la historia,
he visto ataúdes de anónima muerte
y la ira desbocada de jóvenes umbríos por la pena,
he clamado por el amor del mundo
y anunciado el eterno retorno de la primavera,
he caminado descalzo por pantanos
y entre las espinas del huizache,
he documentado con mis ojos
el terregoso vaivén
de hormigas jornaleras,
he cruzado puentes movedizos
en las intermitencias de un oscuro río
y sobrevolado el acantilado con una cuerda,
he bebido de la transparencia del agua
y la efervescencia del vino,
he buscado mi voz en cada piedra
para ir juntando pedazos de humanidad descuartizada
en el rugido de la metralla,
he asentido en silencio para no morder
y he palpado también
el sabor de mi propia sangre,
he contemplado soñoliento
el suave suspiro de la persona amada
y he caminado por el dintel
que nos separa del insalvable abismo de la locura,
he visto las imponentes cabezas de los tigres
y la pulcritud del mármol,
una antología de aves y colores
merodeando el cielo
y también he visto
repetirse la historia, sucedánea,
de los primeros hombres,
las primeras fiebres del corazón
y la sigilosa tormenta del último beso,
he acariciado cuerpos de madera blanca
y me he zambullido en un ojo de agua
para renacer de entre las brasas,
he acampado en el estiaje de la pobreza
y he contemplado también las estrellas,
he probado el obsceno fruto de la melancolía
destilado entre tus piernas,
he sido perseguido y vitoreado
en las callejuelas del alba,
he procurado enunciar todas las verdades del mundo
con la belleza de la palabra
que es también la belleza del corazón,
he ido dejando huellas en tinta negra
y aprendido también
a conversar con los muertos, dejarlos partir,
y aquí sigo
rumiando versos y quimeras
en la asimetría del tiempo-crucifijo
que nos devora
en medio de la tempestad,
aquí sigo
rememorando los días y las flores
en la lumbre de seguir viviendo.
::.

El llamado

 

Escucho los tambores:
es el llamado al viaje
que retumba en mis oídos,
el llamado a la aventura
galopando desde adentro.
::.

Jornaleros

 

Rumiantes y cabizbajos
marcha la gente hacia el trabajo,
rutinario ritual del hastío
donde el sol no penetra
y el follaje es tan solo
un espejismo.

Rumiantes y cabizbajos
cual vacas rumbo al matadero,
llegan elegantes los jornaleros
a la fúnebre jornada
de prohibiciones
y suciedad en el alma.

Llevan la camisa rota,
las manos como terregales,
la mirada lejana hecha de vidrio,
ahí van los jornaleros
a empeñar la vida en la fábrica,
a rascar la piedra con los dientes.

Taciturnos y febriles
se arremangan los sueños
y se aguantan las horas
para salir huyendo en el tranvía,
aguardar la anhelada quincena
y arrancarse las ganas
de salir volando por la ventana.
::.

La memoria es una selva de tonos lila

 

 

Cuantas dimensiones
tiene el alma,
cuantos vocablos,
cuantas imágenes y aromas,
cuantos sonidos.

Será que imaginar
es otra forma de recordar,
otra forma de sentir
y hacer presente
esa elocuente punzada
que llevamos
tan dentro de nosotros.

Es el lenguaje del alma
que habla
desde un vívido sueño
de embriagantes flores
o coloridas visiones
brotando en la superficie
de la luna.

Los espíritus vagan
por el mundo,
ahí donde convergen
el cielo, la tierra y el mar,
como el día que
desnuda a la noche:
son ballenas flotando
en el aire,
racimos de ciervos
huyendo de la sequía,
selvas de mangos y fresas
repartiendo dulzura
para olvidar las penas.

Así se escribe
desde las lúgubres catacumbas
del corazón,
desde la cienagosa pulcritud
de recuerdos color sepia,
una película
que se repite una y otra vez
en el imaginario
de quien sueña despierto,
siempre atento al llamado
de la próxima aventura,
el próximo diluvio,
la próxima puesta de sol.

Es un amor a las brasas
alumbrando la penumbra,
las coordenadas secretas
de los anhelos prohibidos,
la furibunda obsesión
de un último beso.
::.

Dunas

 

Dicen que en el desierto
se nos mete la muerte
cuando extraviamos
nuestra sombra.

Es la tiranía del sol:
ardiente, cruel y sofocante.

Y es en ese infierno de arena
que a los hombres
les da por inventarse,
de la nada,
el paraíso.

Un poco de sed
para perder la cordura,
un poco de agua
para recobrar la esperanza.

Es la vida arenosa
de quien vive en el desierto
huyendo del calor:
empapado de sed
y de hastío,
aferrado a la frescura
de su propia sombra.
::.

Será la noche

 

¿Qué sería la noche
sin alcohol
sin canciones
ni poemas?

Tan sólo una broma,
un residuo mortecino
de otros tiempos.

¿Qué sería la noche
sin recuerdos
ni risas
o esa hemorragia sentimental?

Tan sólo un despojo,
una fosa lunar,
reminiscencias de otras vidas.

¿Qué será la noche sin ti?
Solo abandono,
triste fosforescencia,
sabor a decadencia.
::.

Cacería

Me afilo los colmillos
y me alisto a morder:
la cacería apenas comienza.

La presa intenta huir,
pero no podrá:
la sangre corre más rápido.
::.

Debí nacer

 

Yo debí nacer
entre luces de colores
y un amplificador
a todo volumen.

Seguro nací
entre alegres canciones
y la inevitable sonrisa
de quien fue parido por el amor.
::.

Moreliana

 

No sabía
que me sabía
tantas cosas de ti.

Lo supe de pronto,
al oír
una canción.

Fui yo
quien comenzó
el desmadre.

Y no supe
cómo detenerme
en medio de la noche.

Los gatos maullaban
sobre las bardas,
sedientos de amor.

Los árboles callaban
todas las palabras
que el viento nunca dijo.

El alma destendida
sobre las sábanas
ronroneaba por ti.

Y no supe
qué decir
ni qué hacer.

Fue tan solo un exabrupto,
un error entre tantos
que volví a recordar.

Y soñé
que te marchabas
otra vez.

Y que de pronto
amanecías
junto a mí.

Y no quise despertar,
apenas pude recordar
lo que era sonreír.

Era un hueco
en el aire,
un vacío tan elocuente.

Tu mirada impía
que llovió de golpe
en el corazón.

Una brisa leve
que ocultaba
todo rastro de ti.

Y yo me fui cayendo
en el solitario vicio
de querer.

Y yo me fui bailando
en el absurdo intento
de querer.
::.

Belleza

 

Abraza la belleza
como quien se aferra a la vida.

Descubre la belleza
que se esconde
en la crueldad del mundo.

Quizá para entonces,
puedas darte cuenta
que la felicidad
es disfrutar la belleza
de la miseria humana.
::.

Pasaba por ahí

 

Escribir
es dejar constancia
de que alguien
alguna vez
estuvo vivo.

Y hoy que estás
como ausente,
quizá te preguntes
a dónde se fue volando
el corazón por la ventana,
una mañana gris.

Vivir es escribir,
caminar y caminar
hacia ninguna parte,
y dejar constancia
de que alguien
alguna vez
pasó por aquí.
::.

Comerse el corazón a mordidas como si fuera una manzana

 

El sol es una lumbre
que muerde
pero no calienta.

Todavía
sigue haciendo frío
en los muchos
agujeros del alma.

¿En qué profunda fosa
dormirán la eternidad
los días azules?

No queda más
que cantar viejas canciones
para mitigar la sed.

No queda más
que reír y caminar
a oscuras
para tratar de ahuyentar
a los fantasmas.

No hay mejor forma
de perderlo todo,
que tenerlo todo.

Dicen que nada
es para siempre,
pero sucede que a veces
uno despierta
empapado de añoranza,
retrocediendo el tiempo
a hurtadillas,
tratando de esconderse
de su propio reflejo
frente al espejo,
tratando de convencer
al necio corazón
que no entiende
explicación alguna.

Las cumbres más altas
provienen de los
abismos más profundos,
pero en la tiranía
de la ligereza
no hay lugar para las
honduras sentimentales,
apenas un breve
paseo por la superficie,
un vago extravío de miradas
que no se cruzaron.

¿Cómo lidiar
con ese anhelo
de cercana lejanía?

¿Cómo vivir
con la distancia irremediable
que no se extingue
en la proximidad
de dos cuerpos solitarios?

No queda más
que sentarse a contemplar
la insoportable renuncia
desde lo alto de la colina,
esta fiebre de recuerdos
que me asalta soñoliento
como todas las mañanas.

Habrá que sentarse
a mirar la puesta del sol,
respirar la claridad,
darle vueltas
a las manecillas del reloj,
el tiempo de la molienda
en que nos vamos
devorando
poco a poco
el corazón.
::.

Alguna extraña razón

Mis ojos van detrás de ti
y por alguna extraña razón
no te sueltan.

Los latidos del corazón
van repitiéndose con tu nombre
adherido al sueño,
y por alguna extraña razón
me preguntan por ti.

Las flores sedientas
se fueron abriendo
al calor del verano
y por alguna extraña razón
me recuerdan tanto a ti.

No sé por qué será
que a todas horas
el mundo entero
habla de ti.

Sólo de ti.
::.

La luna llena es un navío

 

Van por ahí los solitarios,
caminando
en los linderos de la noche,
sofocando el aire
con recuerdos inflamables,
soledades que se postran
delante de uno,
como un dentellado fuego
cuando baila en el bosque.

Ladran todos los silencios,
ladran de costado y fuera de la piel,
son ladridos taladrando el corazón,
como luces de colores
agujereando la negrura de la noche.

Será la fatiga de permanecer
en el mismo lugar,
la tentación del vacío
o la levedad del sueño
respirando la madrugada,
con los ojos baldíos
como ausentes,
casi resecos de tanto mirar.

Nadie está a salvo de perderse
en un laberinto lleno de gente,
nadie está a salvo de dormitar
en otro sueño incandescente,
pero no por eso
dejaremos de intentar,
pero no por eso
dejaremos de escarbar un pozo
de agua fresca
para mitigar la sed.

Han pasado semanas
desde el último comienzo,
han pasado meses
desde la última remontada,
años enteros
desde el último viaje,
un largo tiempo
de sosiego inexplicable.

Era mi dulce reencuentro
con la sangre delirante
que escribe canciones
para alegrarse
y aprender a convivir
con los fantasmas.

La luna llena es un navío
que se alarga por el cielo,
es un espejo de obscena melancolía,
un sol diminuto
pariendo los latidos del alma
que se filtran por la tierra.

Eran tibios sonidos azules
retumbando desde adentro.
::.

Ahí, ahora

 

Estar,
solamente estar,
estar presente
en el ahora,
respirar, mirar, reír,
solamente vivir
sumergido en el instante.

Estar,
sin nada por hacer,
sólo estar ahí,
sin nada qué decir
más allá de disfrutar
un bello atardecer
sobre la mesa de un café.
::.

La otra nostalgia

 

 

Rafagueantes y solemnes
se fueron marchitando las palabras
en la pertinencia de mudarse a otro cuerpo
cuando la soledad aprieta
y no puede más.

Es la ingobernable apetencia
de quien le canta al amor
cuando las flores no germinan,
porque la vida también es querer
sin ser correspondido.

Son las palabras de quien freneció
rumiando sospechas,
ese sentimiento bucólico
de respirar la verde alegría de los campos.

Era como encontrar la verdad
bajo una piedra junto al mar,
lejos de todo rastro de bondad y de maldad,
solo personas procurando no ahogarse
en el lío de la vida,
como las flores que no son malas ni buenas
aunque estén llenas de veneno.

La fantasía es un azar de la memoria,
es una enredadera cobijando un árbol,
como la selva que se abre paso
entre el árido concreto,
trepando edificios.

Yo no hacía más que escribir
para seguir viviendo,
no hacía sino beberme
esa nostalgia tan mía y tan tuya
en las cantinas
para curtirme el alma a chingadazos.

¿De dónde nacerá ese extraño placer
de morirse recordando lo que nunca ocurrió,
de morirse olvidando lo que nos marcó de por vida?

Ahí van dos corazones despoblados
como tulipanes amarillos
brotando entre la nieve
y la humareda rosa del volcán
imaginando ser una nube.

Es la secreta melancolía
que nos hace palidecer frente al espejo
llegada la hora.

Y así se me fueron las ganas de ver el mar
escurrirse a pinceladas,
así se fueron silbando las luciérnagas,
así se fue royendo el corazón
como la temblorosa flama de una vela
que ilumina pero no calienta.

Somos un huerto de ataúdes y tumbas,
por eso preferimos un jardinero
antes que un sepulturero,
porque la tierra más fértil para hacer el amor
es donde se ha labrado la alegría
bajo el monzón del verano,
los gusanos, el estiércol,
y la luna llena derramada en tus ojos felinos.

La oscuridad que nos habita
es fresca y dentellada,
es la misma calma fría y silenciosa
que yace en el fondo de una cueva,
como estalactitas que gotean
en el tiempo subterráneo.

Yo no enfermé de tanto dormir,
a mi la enfermedad me vino de lejos,
en la humedad de una canción
y las cuerdas de la guitarra
que apretaban y dejaban marcas
de asfixia en la insensatez de una caricia,
un corazón caliente
que no sabe sino remar a contracorriente
y decir groserías porque sí.

No soy sino una hemorragia ambulante
vagando de cama en cama,
una mancha de sangre fermentada
volando a cielo abierto,
un aullido que se evapora
entre las piernas de una mujer,
un cúmulo de estrellas haciendo explosión
hace apenas un segundo,
o quizá un millón de años luz.

Yo me sentaba a disfrutar
de la tarde boscosa y lacustre
junto a ti,
una tarde sofocada por un ligero ventarrón
que mecía los recuerdos y el aire imperturbable.

Dirán que yo no sé de lo que hablo
y puede que tengan razón,
pero yo no sé sino cantar
lo que me va dictando la vida al oído.

Las etiquetas siempre salen sobrando
cuando uno sabe quién es.

Esta no es una nostalgia como las otras,
es una nostalgia alegre y necesaria,
como la anhelada soledad
de encontrarse consigo mismo.

Por eso hoy te pido:
cuéntame un verso que todavía no conozco,
dime si me equivoco cuando digo
que para mirarse hacia adentro
no se necesita abrir los ojos,
tan sólo es preciso
dejarse envolver en el misterio
y disfrutar la función.

Así se escriben los grandes dramas,
las grandes comedias,
las grandes pasiones
de la vida breve que se va
entre sueños y ficciones,
ladridos del alma que nunca podrán
domesticarse.
::.

Así te conocí

 

La vida se abre
y es como una herida
que va perfumando las horas
de días y flores,
así te conocí,
bella y rebelde,
con tu pelo de hojarasca
donde se perdieron las miradas
que nunca volvieron,
y mi corazón era una pequeña flama
que apenas alumbra
como si fuera una vela,
¿acaso dormirán mis labios
en la superficie de tu sueño?
eran las hojas de un árbol
cayendo a la deriva
sobre tu pecho,
y la mañana fría
era un sorbo de agua fresca,
una fotografía amarilla,
y el cuchillo con el pan sobre la mesa,
el vino tan dispuesto
a dejarnos morir de amor
una tarde soleada
de tranvías y deseo,
como un rayo de luna, palabras azules,
la tibia angustia de un abrazo
tan breve y distante,
como las horas que se fueron pasajeras
en las cosas de siempre,
pensando en ti,
¿a dónde fueron a parar todas las risas?
¿a dónde se fueron a llorar tus lindos ojos negros?
¿a dónde se fueron aquellas caricias sucias?
yo me quedé tan descansado de quererte
como un recuerdo lejano
que se iba disolviendo en el aire pastel,
un cielo pintado de acuarela,
una fría despedida
en la que nadie dijo adiós,
como la sangre del verano
que no deja de llover
sobre mis ganas de escribirte canciones
por la pura costumbre de extrañarte,
un par de canciones bandoleras
que van y vienen de la eternidad
a ninguna parte,
como el sofocante encierro de las palabras
que nunca dije,
una habitación sin ventanas,
la muerte tan sedienta
y los peces flotando en el aire,
respirando los versos que no se quedaron
a vernos llorar,
versos libres y llenos de nostalgia
como quien se ha roto por dentro,
versos que se van acumulando
en el costado,
versos tristes
que se van sin despedirse…
y me recuerdan tanto a ti.
::.

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