Archivo de la categoría: Poemas

Colores

 

Hay tantas formas
de sentir los colores,
a veces nublados,
sutiles, encendidos,
como las insinuaciones de los campos
en un rosado atardecer,
manzanas con antifaz,
sensaciones de ave
en la partitura del violín
sollozando bajo las uvas,
jóvenes febriles acariciadas
por el dorado aliento de la tarde,
mujeres ebrias de llanto y desamor
desfalleciendo entre botellas vacías
y tazas sedientas de café,
luna en ciernes
dibujada en la humedad de tus labios,
sueños obscenos que descubren
sus pechos al alba
y la noche evaporada en las tibias
suciedades del alma,
ojos castigados en el frío
de tus brazos mortecinos,
reminiscencias del paraíso,
y la atmósfera cargada de suspiros.
::.

Poema en tranvía, una mañana de octubre

 

Leer los periódicos,
viajar en tranvía,
la lluviosa calle convertida
en una triste acuarela.

Todo se vuelve insuficiente
cuando el desvelo
duerme sobre la almohada,
como una lumbre
que no se apaga.

Pero la mañana
se hace menos gris
cuando te pienso
y te evoca el frío,
en el cotidiano ritual
de la añoranza.
::.

Escapada

 

El tibio sol de la tarde
es una suerte de locos.

Es la alegría que se esconde
en las cosas diminutas:
los amigos y la carretera,
la espontánea certeza
de sentirse vivo.

Noches de efervescencia,
amaneceres lila
con sabor a aventura,
días de pulque y chorizo verde,
lentes oscuros y camastro,
furtivos encuentros
en la habitación de un hotel
con alberca,
pies descalzos en el agua helada:
hay que detenerse un minuto
para contemplar
la sutil belleza del mundo.

Ahora más que nunca…
suenan la cumbia y los timbales,
el alma vuela entre recuerdos
y el corazón, tan soñoliento:
canciones azules flotando en el aire
y la ciudad dibujada sobre el lienzo.

El tibio sol de la tarde
es una suerte de locos.
::.

Desatino

 

Mi sangre no está dormida,
bulle en el sueño
como una infusión
de risas y lamentos.

Como si de un cuenco
se tratase,
como si en un hueco
se mirase.

Quizá después de todo,
pudiéramos compartir
un destino.
::.

Sacudida

 

A nuestros muertos, a nuestros héroes,

a quienes quedaron con el alma temblorosa

después del terremoto.

 

En un país socavado entre los escombros

rugió la tierra una noche

entre la arborescencia

y se abrió una luz en el cielo,

un relámpago amarillo y violento,

una bola de fuego

que clamaba el fin de los tiempos:

el suelo crujía

mientras una lluvia de tejas asesinas

caía sobre la gente

y las casas se desplomaban

y la desgracia se regó por el Istmo,

desde Juchitán hasta la selva chiapaneca,

entre grietas con hedor a muerte,

y una tristeza profunda

se apoderó del sur

mientras los verdes loritos de la plaza

volaban inciertos en el aire movedizo

y famélicos cadáveres se arrastraban

entre piedras afiladas por el tiempo

y la bandera despuntaba solitaria

entre cerros de cascajo,

pero los gritos de auxilio

quedaron atrapados

en el viento sordo,

era apenas un eco lejano

que nos iba carcomiendo

el corazón a la distancia

mientras otros preferían simplemente

quedarse callados

o mirar hacia otro lado.

 

Pero ese toro furibundo

no se había ido,

vino la segunda embestida

y esta vez

retumbó la tierra en su centro,

y se convulsionó la primavera

en medio del otoño

y se desteñía el azul del cielo

y se marchitaron las flores por dentro

y se derrumbaron

antiguos templos de talavera

y los lamentos subterráneos

llegaron por fin

al ombligo de la luna.

 

Todo fueron gritos

cuando vino el terremoto

a romper el mundo

con un martillo.

 

Y se nos vino la muerte encima,

intempestiva y hambrienta,

en la violenta convulsión del cemento

y la sangre turbia por el polvo y la ruina,

la ciudad se convirtió de pronto

en fúnebre humareda

de paredes resquebrajadas

y maremotos lacustres

y gritos, muchos gritos,

alaridos de terror y de asombro

ante la furia incontenible

que brotaba del subsuelo,

el ruido insoportable de la ambulancia,

las ganas de arrancarse el cuerpo

para salir huyendo a sabrá la chingada dónde,

eran momentos de frenética angustia,

el miedo desnudo que se filtraba por los poros,

plegarias sordas para dioses iracundos,

muebles que azotaban contra el piso,

vidrios reventados en lo alto de los edificios

y una asfixia de penumbra

se nos iba adhiriendo a los pulmones,

se cimbraron los cables y los postes,

el suelo se abría, el techo caía de golpe,

eran segundos de apretar los dientes y el alma,

correr despavorido entre escaleras, laberintos,

oscuros corredores con sabor a sepultura,

eran segundos de golpearse la cabeza

y mantenerse despierto para seguir viviendo,

tomar entre los brazos a los hijos y los abuelos,

dando tumbos sobre la loza que caía como metralla,

había que destrabar las puertas y los cerrojos

para salir a la calle

y tratar de encontrar refugio en medio de la hecatombe,

aturdidos por el derrumbe del cuerpo y el mundo,

explosiones, escombros, nubes de arcilla gris,

gente vomitando el terror con los nervios destrozados

sin saber a dónde ir, ni qué hacer, ni qué decir.

 

No hay escapatoria

de la ira de la tierra.

 

Había que reaccionar,

salir del marasmo

y hacerle frente a la muerte

que habitaba entre edificios colapsados.

 

Mares de gente desbordaron las calles

y comenzaron a reconocerse unos a otros

en medio del desastre,

y se quedaron quietos un instante

y se miraron los ojos rojos, aterrados,

y vieron su dolor reflejado en el dolor del otro,

como si para verse y quererse y reencontrarse

la gente primero tuviera que dolerse,

tuviera que caerse,

tuviera que abrazarse.

 

Y ocurrió entonces

el milagro de la bondad humana.

 

Se derrumbaron escuelas, fábricas y hospitales,

y nos salió la fuerza de pronto,

se disiparon las dudas

y emergieron las manos, muchas manos,

miles manos jóvenes removiendo escombros,

levantando afiladas piedras,

arañando con los dientes

monstruosos amasijos de alambre y hormigón,

y se cimbraron los sueños entreabiertos

y se levantaron puños que anunciaban

prolongados silencios de zozobra y esperanza,

era la esperanza resonando

en voces diminutas bajo las rocas,

era el anhelo de encontrar al otro,

al caído, entre los pedazos,

arrancárselo de los brazos al señor del Mictlán

y traerlo de vuelta desde el inframundo.

 

La gente de a pie

tomó las riendas del rescate

ante la reiterada torpeza del mal gobierno

que sólo busca sacar provecho de la desgracia,

y se formaron brigadas,

se apuntalaron con madera edificios borrachos

y se acarreaba el agua de mano en mano

y los víveres cruzaron montañas

y se regaló la comida

y anhelábamos con el alma

que aquella niñita que nunca existió

siguiera con vida,

y justo en medio de la tragedia

emergieron los héroes:

los topos que escarbaban túneles imposibles

para encender una luz en la oscuridad,

y vimos al hombre exhausto

que se quedó dormido en los vagones del metro

con su casco y su pala,

al generoso ferretero que donó para la causa

todo su inventario de herramientas,

la señora que regaló la poca comida que no tenía,

los superhombres que removían cascajo

sin una pierna o piloteando una silla de ruedas,

los adorables perritos con sus visores y sus botitas

rescatando al amigo humano,

la líder que comandaba cuadrillas de entusiastas

con megáfono en mano y varias noches sin dormir,

los soldados que en su insaciable búsqueda

rompieron en llanto,

los que entonaron himnos solemnes

tras cumplir con su misión,

los magos informáticos que transformaban

algoritmos en ayuda,

los cronistas que componían odas

para cantar las grandes gestas de los nuestros,

los que dejaron el alma en cada piedra,

en cada suspiro lleno de nostalgia,

en cada bocanada de aire sabor esperanza.

 

Y nos dimos cuenta que México era posible,

y la utopía del amor a los demás

dejó de ser un noble acto de fe

para convertirse en imborrables momentos

de adorable anarquía,

a pesar de los ladrones

o la mezquindad de los políticos chupa-sangre

o los frívolos comentócratas

que opinaban idioteces sin pudor alguno,

como si todo el dolor

y el cansancio

y los gritos

y la angustia

y la ruina del corazón

fueran poca cosa.

 

Dirán que nos siguen doliendo nuestros muertos

y tendrán razón.

 

Pero en esta lucha terrestre por la supervivencia,

los mexicanos dieron una tunda a la muerte

en la amarga coincidencia de otro 19 de septiembre.

 

Porque en este país donde la muerte

lo mismo se viste

de sicario, feminicida o terremoto

no todo fue tristeza,

no todo fue una estampida de sangre,

no todo fueron ataúdes y fosas clandestinas,

también hubo gente dispuesta darlo todo

a cambio de nada,

hubo manos solidarias,

un llamado a no dejar de soñar.

 

Porque la vida y la historia

nos han enseñado

que ya vendrán otros terremotos, otros huracanes,

una próxima desgracia

a la cual habrá que hacerle frente

todos juntos,

y aquí seguirán también nuestros héroes,

encarando el odio homicida

que nos ha ensuciado el corazón,

aquí seguirán nuestros hombres y mujeres

haciendo germinar la alegría

como flores despuntando entre el cascajo.

 

Qué diferente sería todo

si como hoy,

rescatáramos también a nuestros niños

del hambre, la miseria y la soledad,

y se propagaran las risas por doquier.

 

Fueron necesarias muchas horas,

mucho esfuerzo, mucha sangre, muchos días,

hubo que estar dispuesto a jugarse la vida

a cambio de nada

para que hoy pudieras estar aquí, mexicano,

pues quizá no lo sepas pero estuviste muerto

hasta que tus hermanos salieron a buscarte

para recogerte y levantarte del cementerio,

te resucitaron de entre los muertos, mexicana,

y te trajeran de vuelta con nosotros

para nacer todos juntos en un gran abrazo,

fue la entrega de un pueblo que no dejó de luchar,

un pueblo que nunca perdió ni la fe ni la esperanza.

 

Hubieras visto los ojos húmedos y encendidos

de la gente

cuando los caídos iban reviviendo

uno a uno,

y nos quedamos

con el corazón desnudo y susceptible,

tan vulnerable,

con la alerta sísmica

resonando en el cuerpo y la almohada,

era el eco de la tragedia,

un acecho permanente tan adherido a la memoria,

presos de la angustia,

resaca de la tormenta

que nos hizo temblar de miedo y emoción,

y nos hizo darnos cuenta

que estamos vivos y despiertos,

listos para grandes hazañas,

las grandes batallas aún por venir.

 

Será que necesitábamos una sacudida

para abrir los ojos y darnos cuenta

y recordar que el amor a los demás

es también parte de la naturaleza humana,

será que necesitábamos una sacudida

para sacudirnos el amargo yugo de la indiferencia,

darnos fuerza unos a otros,

querernos unos a otros,

resucitarnos unos a otros.

 

Es el gran cisma

que dejó el sismo tras de sí.

 

Levántate del agujero, mexicano,

que todavía queda mucho camino por andar,

hay que abolir la injusticia en todas sus formas,

hay que repartir el pan y la tortilla,

hay que reconstruir un país socavado por la inmundicia,

hay que levantar un dolorido país entre las ruinas

con las manos desnudas y el corazón galopante,

hay que seguir andando, ligeros y sonrientes,

para volver a reencontrarnos en la calle

y seguir luchando contra la tiniebla

que se niega a partir,

hay que seguir de frente

caminando rumbo al sol,

porque no hay tristeza que dure para siempre

y del mismo modo,

querido mexicano, querida mexicana,

llegó el momento de hacer germinar

nuestros sueños

tras la fúnebre sacudida,

porque la vida es breve

y queremos seguir viviendo,

seguir riendo,

seguir soñando.

::.

Dibujo

Comenzabas a tomar color

en los trazos

y en los sueños,

como una bocanada de humo

y recuerdos

caminabas silenciosa

en los latidos del aire,

era la noche afilada

que gemía

y amenazaba con morder,

eran versos descompuestos

persiguiendo una tímida luz

en medio de la calle,

eran tus ojos lejanos

de estrella extraviada,

las dulces notas de tu voz

hacían agujeros

en la memoria del corazón

y la ruina de mi cuerpo,

eran las palabras que nunca fueron,

un pedazo de tierra mojada

temblando de agonía y de placer

a orillas del lago,

era la vida de manos frías

que se desnudaba

en la mirada celosa

del otoño,

era la luna menguante

derramando obscenas historias

de venganza y desamor

a la luz de las velas,

una puñalada de verdades,

un ataúd de secrecía,

un latigazo en el alma entreabierta,

un río revuelto en tempestades

y tierra removida,

una escalera de piedra

sin descanso ni retorno,

una cuchillada sin sangre

ni desvelo

anidando en mi solitario pecho,

una última parada

antes de tomar el tren

a ninguna parte,

serenata de silencios,

una no tan breve

despedida.

::.

Otra noche triste

No sé por qué será que en un país como este donde los asesinatos en todas sus formas son cosa de todos los días, de repente algo pasa que uno no termina de acostumbrarse a tanta chingadera. Será quizá que, a diferencia de otros casos, a este se le dio más seguimiento desde su desaparición. O será quizá que las fotos que se difundieron de Mara, reflejaban tal alegría y vitalidad que por eso nos pegó más la noticia. El caso es que a partir de todo esto, salió un poema, como forma de sobrellevar tanta jodida violencia a nuestro alrededor.

:

Otra noche triste

Para Mara Castilla y las mujeres asesinadas en México

Te mataron, bonita,
del mismo modo
en que los cobardes
suelen asesinar
a mujeres y niños
en este país
donde no deja de brotar
la sangre que nos ensucia a todos,
la sangre que nos ensucia el corazón,
en este país desmembrado
y turbio de tanta podredumbre.

Te asesinaron Mara,
así nada más,
y no faltará el imbécil
que pretenda culparte
por vivir sin miedo
en esta tierra maldita
donde el horror
se ha vuelto rutina,
este suelo impregnado
de muerte y tristeza,
y gritos enterrados
en ominoso silencio.

Hubiéramos querido
que la muerte no te amordazara,
querida Mara,
para que pudieras seguir cantando
y sonriendo en este mundo
triste y amargo
donde las niñas mueren por ser niñas,
y las pirañas muerden sin misericordia
y carroñeros zopilotes
merodean nuestras cabezas
junto a la risa infame
de las hienas.

Ojalá siguieras aquí,
querida Mara,
ojalá que no te hubieras ido
y no existiera este poema,
pero hoy estamos tristes
y no queda más remedio
que escribirte un par de líneas
para tratar de hallar consuelo
ahora que el aire roto
se nos adhiere en los pulmones,
y no sabemos qué hacer
ni a dónde acudir
ni con quién desquitar
toda la ira
que se nos va acumulando dentro,
tanto jodido dolor,
tanta puta injusticia,
y la infamia asesina
que nunca cesa.

Aquí seguimos inmersos
en esta pesadilla que no termina,
en esta lumbre silenciosa
que nos va quemando por dentro,
en esta sed de justicia
sepultada entre polvo y hollín,
esa extraña necesidad
de extrañar a nuestros muertos
y cantarles una elegía
para encontrar una salida
entre tanta penumbra
que nos ha dejado ciegos.

Aquí seguimos, Mara,
extrañándote como extrañamos
a nuestros otros muertos
que cerraron los ojos
para soñar mundos lejanos
con sabor a tierra mojada,
soleado refugio a donde
habremos de huir
para no ahogarnos
en el mar de la ira,
aquí seguimos, Mara,
soñando mundos azules
hasta que nos llegue el turno
de morir acuchillados
por la miseria humana.
::.

Maremoto

 

El mar brotó de una herida
y se fue a quiénsabedonde,
atraído por el viento fugaz
que se arremolinaba
repartiendo desastre por doquier,
era el mar enamorado que vagaba sin rumbo,
en el deshielo de la sangre caliente
vociferando huracanes.
::.

Una habitación sin muebles

 

¿Recuerdas aquella soledad
que se nos fue desprendiendo
de la ropa?

Casi como una habitación sin muebles,
una casa vacía,
el luto inamovible
que se lleva adherido
en el corazón.

¿Recuerdas aquella noche
en que dormimos pegaditos,
queriéndonos por la pura inercia
y sin decirnos nada?

En tus ojos todavía no llovía,
era apenas una nostalgia pasajera,
de esas que recorren el cuerpo
como una brisa sigilosa
que se nos cuela en el alma
y nos deja desnudos a la intemperie.

Era como un río cabalgando lento
desde lo alto de la colina,
una tarde de mudanzas y desvelo,
añoranzas inútiles
que sólo sirven para levantar el polvo.

Era como ver el rojo suceder de las estaciones
y las hojas secas
meciéndose en mis adentros,
un sueño escapando de su prisión
para dibujar la luna
en la inmensa negrura del cielo.

Y ahora me doy cuenta
que no eras otra cosa
sino un recuerdo marchito,
una punzada en la sangre
que se fue haciendo
como la espuma entre la arena,
un lejano suspiro
extraviado entre los árboles.
::.

Recuento

 

He visto caer las estatuas de Oriente,
he buscado el oro en Junín
y probado el frío de la montaña,
he surcado maremotos de arena
y disfrutado la resonancia de un tibio amanecer,
he inundado la noche con canciones
y otras nostalgias sentimentales,
he estado ahí,
en la diáspora del hambre asesina
y el ácido corrosivo de los sueños rotos,
me he adentrado en templos de dioses muertos
y he escuchado también
las plegarias solares del bosque,
el diálogo coral de los pájaros,
he respirado el aceite secreto
que yace en el fondo del mar,
he caminado entre salares de interminable blancura,
he visto emperadores recorrer a caballo
las empedradas calles de la historia,
he visto ataúdes de anónima muerte
y la ira desbocada de jóvenes umbríos por la pena,
he clamado por el amor del mundo
y anunciado el eterno retorno de la primavera,
he caminado descalzo por pantanos
y entre las espinas del huizache,
he documentado con mis ojos
el terregoso vaivén
de hormigas jornaleras,
he cruzado puentes movedizos
en las intermitencias de un oscuro río
y sobrevolado el acantilado con una cuerda,
he bebido de la transparencia del agua
y la efervescencia del vino,
he buscado mi voz en cada piedra
para ir juntando pedazos de humanidad descuartizada
en el rugido de la metralla,
he asentido en silencio para no morder
y he palpado también
el sabor de mi propia sangre,
he contemplado soñoliento
el suave suspiro de la persona amada
y he caminado por el dintel
que nos separa del insalvable abismo de la locura,
he visto las imponentes cabezas de los tigres
y la pulcritud del mármol,
una antología de aves y colores
merodeando el cielo
y también he visto
repetirse la historia, sucedánea,
de los primeros hombres,
las primeras fiebres del corazón
y la sigilosa tormenta del último beso,
he acariciado cuerpos de madera blanca
y me he zambullido en un ojo de agua
para renacer de entre las brasas,
he acampado en el estiaje de la pobreza
y he contemplado también las estrellas,
he probado el obsceno fruto de la melancolía
destilado entre tus piernas,
he sido perseguido y vitoreado
en las callejuelas del alba,
he procurado enunciar todas las verdades del mundo
con la belleza de la palabra
que es también la belleza del corazón,
he ido dejando huellas en tinta negra
y aprendido también
a conversar con los muertos, dejarlos partir,
y aquí sigo
rumiando versos y quimeras
en la asimetría del tiempo-crucifijo
que nos devora
en medio de la tempestad,
aquí sigo
rememorando los días y las flores
en la lumbre de seguir viviendo.
::.

El llamado

 

Escucho los tambores:
es el llamado al viaje
que retumba en mis oídos,
el llamado a la aventura
galopando desde adentro.
::.

Jornaleros

 

Rumiantes y cabizbajos
marcha la gente hacia el trabajo,
rutinario ritual del hastío
donde el sol no penetra
y el follaje es tan solo
un espejismo.

Rumiantes y cabizbajos
cual vacas rumbo al matadero,
llegan elegantes los jornaleros
a la fúnebre jornada
de prohibiciones
y suciedad en el alma.

Llevan la camisa rota,
las manos como terregales,
la mirada lejana hecha de vidrio,
ahí van los jornaleros
a empeñar la vida en la fábrica,
a rascar la piedra con los dientes.

Taciturnos y febriles
se arremangan los sueños
y se aguantan las horas
para salir huyendo en el tranvía,
aguardar la anhelada quincena
y arrancarse las ganas
de salir volando por la ventana.
::.

La memoria es una selva de tonos lila

 

 

Cuantas dimensiones
tiene el alma,
cuantos vocablos,
cuantas imágenes y aromas,
cuantos sonidos.

Será que imaginar
es otra forma de recordar,
otra forma de sentir
y hacer presente
esa elocuente punzada
que llevamos
tan dentro de nosotros.

Es el lenguaje del alma
que habla
desde un vívido sueño
de embriagantes flores
o coloridas visiones
brotando en la superficie
de la luna.

Los espíritus vagan
por el mundo,
ahí donde convergen
el cielo, la tierra y el mar,
como el día que
desnuda a la noche:
son ballenas flotando
en el aire,
racimos de ciervos
huyendo de la sequía,
selvas de mangos y fresas
repartiendo dulzura
para olvidar las penas.

Así se escribe
desde las lúgubres catacumbas
del corazón,
desde la cienagosa pulcritud
de recuerdos color sepia,
una película
que se repite una y otra vez
en el imaginario
de quien sueña despierto,
siempre atento al llamado
de la próxima aventura,
el próximo diluvio,
la próxima puesta de sol.

Es un amor a las brasas
alumbrando la penumbra,
las coordenadas secretas
de los anhelos prohibidos,
la furibunda obsesión
de un último beso.
::.

Dunas

 

Dicen que en el desierto
se nos mete la muerte
cuando extraviamos
nuestra sombra.

Es la tiranía del sol:
ardiente, cruel y sofocante.

Y es en ese infierno de arena
que a los hombres
les da por inventarse,
de la nada,
el paraíso.

Un poco de sed
para perder la cordura,
un poco de agua
para recobrar la esperanza.

Es la vida arenosa
de quien vive en el desierto
huyendo del calor:
empapado de sed
y de hastío,
aferrado a la frescura
de su propia sombra.
::.

Será la noche

 

¿Qué sería la noche
sin alcohol
sin canciones
ni poemas?

Tan sólo una broma,
un residuo mortecino
de otros tiempos.

¿Qué sería la noche
sin recuerdos
ni risas
o esa hemorragia sentimental?

Tan sólo un despojo,
una fosa lunar,
reminiscencias de otras vidas.

¿Qué será la noche sin ti?
Solo abandono,
triste fosforescencia,
sabor a decadencia.
::.

Cacería

Me afilo los colmillos
y me alisto a morder:
la cacería apenas comienza.

La presa intenta huir,
pero no podrá:
la sangre corre más rápido.
::.

Debí nacer

 

Yo debí nacer
entre luces de colores
y un amplificador
a todo volumen.

Seguro nací
entre alegres canciones
y la inevitable sonrisa
de quien fue parido por el amor.
::.

Moreliana

 

No sabía
que me sabía
tantas cosas de ti.

Lo supe de pronto,
al oír
una canción.

Fui yo
quien comenzó
el desmadre.

Y no supe
cómo detenerme
en medio de la noche.

Los gatos maullaban
sobre las bardas,
sedientos de amor.

Los árboles callaban
todas las palabras
que el viento nunca dijo.

El alma destendida
sobre las sábanas
ronroneaba por ti.

Y no supe
qué decir
ni qué hacer.

Fue tan solo un exabrupto,
un error entre tantos
que volví a recordar.

Y soñé
que te marchabas
otra vez.

Y que de pronto
amanecías
junto a mí.

Y no quise despertar,
apenas pude recordar
lo que era sonreír.

Era un hueco
en el aire,
un vacío tan elocuente.

Tu mirada impía
que llovió de golpe
en el corazón.

Una brisa leve
que ocultaba
todo rastro de ti.

Y yo me fui cayendo
en el solitario vicio
de querer.

Y yo me fui bailando
en el absurdo intento
de querer.
::.

Belleza

 

Abraza la belleza
como quien se aferra a la vida.

Descubre la belleza
que se esconde
en la crueldad del mundo.

Quizá para entonces,
puedas darte cuenta
que la felicidad
es disfrutar la belleza
de la miseria humana.
::.

Pasaba por ahí

 

Escribir
es dejar constancia
de que alguien
alguna vez
estuvo vivo.

Y hoy que estás
como ausente,
quizá te preguntes
a dónde se fue volando
el corazón por la ventana,
una mañana gris.

Vivir es escribir,
caminar y caminar
hacia ninguna parte,
y dejar constancia
de que alguien
alguna vez
pasó por aquí.
::.

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