Archivo de la categoría: Poemas

Efectos

 
El sonido del tigre
me inyecta
me desdobla
me rebasa…
 
El rugir de las olas
me infecta
me desgrana
me estremece…
 
El eco de tu voz
me viola
me vuela
me desmaya…
 
Todos los días
todas las noches
fueron suspiros
cabalgando en el viento.
::.

Seis poemas breves

 

I

Te miro ahora
bajo una luz diferente,
una luz
diamantina y violenta,
irremediablemente
temprana.

Una luz homicida
que deslumbra y aúlla
en la blanca piel
de la luna.
::.

 

II

Ya no me interrumpas
cuando digo ‘te quiero’.

Ojalá no te rompas
otra vez en mi sueño.
::.

 

III

Y mis ojos
tarantinos
se despueblan
en la sed
de tu cuerpo.

Y tus labios
repentinos
me desuellan
a la luz
de un recuerdo.
::.

 

IV

De mis versos
a tu ausencia:
sortilegio y taquicardia,
el aroma
dulce y siniestro
que lloraban
las flores.
::..

 

V

Era
la dulce nota
del viento,
la caricia
de tu pelo.

Era
la herida tenue
del tiempo
arando surcos
en mi cielo.
::.

 

VI

Iba
yo lamiendo
cada rastro
de tus muslos
imposibles.

Iba
yo inventando
cada tramo
de tus ojos
comestibles.
::.

De la voz roja

Soy el poeta de la voz roja,
pues mis versos beben sangre.

Triste es el tiempo enraizado
en tus labios.

Para mí, tú fuiste distopía,
futuro yermo.

Fuimos una breve quemadura
sin sustancia.

Ven, escúchame.

Vamos a morir juntos
en la hoguera de los abrazos.
::.

Jodidamente boreal

 

 

Perfume de aerolito.

Era la piel del cielo
pariendo el horizonte…

Mi corazón se confunde
con espuma de mar
a estas horas de la noche.

Resuenan los motores,
los vehículos ruedan y galopan
en la carretera infitesimal
del pensamiento…
arenas que navegan
el tiempo movedizo.

La luz es sonido salobre en la pared.

Presiento una ráfaga,
tan mía y tan tuya,
obscena y animal.

Mi cuerpo es un amasijo hecho
de nostalgias, desvelo y anestesia.

Huelo tu alma desnuda
bailando la aurora boreal,
somos el tibio aliento de un volcán
enraizado en el suelo,
propagando la noche,
somos una quimera, humo y alquitrán,
un silencio carburante
derramando saliva
entre tus piernas.

La noche tiembla en mi sueño.

Soy el sonido de la sangre percusiva,
una marejada de corazones rotos,
soy la oscuridad de la cueva en duermevela,
soy el paraíso prohibido que respiran tus alveolos,
soy un radar indagando tus adentros,
un glacial que no cede,
la hinchazón que sucede a las almas impacientes.

He roto la cortina
que incendiaba mis ojos,
he remado las fiebres azules
en canciones y mezcales
llenos de desasosiego.

Mi voz no sabe de distancias
ni encierro,
es un terremoto reptando
bajo tu piel,
el delirio abismal
de tus ojos-luciérnaga
fosforeciendo en la oscuridad.

Amo tus pies y tus dientes,
amo la montaña que ríe
los ríos de baktunes
forjados por siglos
de soles entreabiertos.

Tiembla el edificio de mi alma
en la humedad de las palabras,
soy como el verso herido
que mora en la plenitud
de tus dedos profanos.

Tus besos suicidas me persiguen,
son un terregal de huesos molidos,
una travesía de amores desmembrados,
un terrón de azúcar y secretos,
una sombra proyectada en la maquinación infernal
de mi deseo respirando en tu almohada.

Los árboles lloran de risa
de tanto dolerse de frío,
como un pájaro flotando
en la confusión de la carne,
la soledad tan placentera…

Las puertas del cielo
se abren en mi pecho,
como un prolongado suspiro
en clave Morse,
son mis alucinaciones descapotables
en tu gemido lacustre,
un atisbo de luminoso cinismo,
nada es para siempre,
ni tampoco las hormigas
que se filtran ahora
en tus anhelos mortecinos,
es el ‘shake-shake’
de mi lengua libélula
aleteando al filo del crepúsculo,
un lagarto guardián
musitando poemas de luces rojas,
un león cansado y erótico
de tanto lamerse las ganas,
soy el deshielo de mis labios roedores
merodeando el invierno,
las flores muertas reviviendo
en la suave caricia de un libro,
es la canción carnívora
que narra mis noches y mis días
de insoportable alegría,
es tu aura desterrada para siempre
de mi tacto animal,
el fin de las palabras ermitañas
que murieron de pronto
en la orfandad del camino.
::.

¡Ecuatorianos, derribad la tiranía!

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Eran millones
inundando las calles,
luchando contra la tiranía,
entre gases lacrimógenos,
y los garrotes y los tanques
y la persecución
y los presos
y los muertos…

Estás en el centro del mundo,
en el centro de la historia,
escribiendo el destino
de nuestro continente.

¡Cuánta dignidad la tuya,
hermano ecuatoriano,
hermana ecuatoriana,
tú que decidiste
salir a luchar por la vida,
antes que morir lentamente
acatando los mandamientos
del Fondo Monetario Internacional
y su sed de miseria.

Qué orgullo ser latinoamericano
y ser hermano tuyo,
ecuatoriano,
que no te doblegaste ante la represión
de ese déspota minusválido
que amenazó con reprimir a su pueblo
como vil sirviente del imperio,
ese infame traidor,
hombrecito diminuto y cobarde
que se autoproclamó dictador,
un tal Lenín Moreno,
que vendió a Assange
como vil Judas
para no hacer enojar
a sus amos del norte,
el mismo personaje capaz de vender
a su puta madre
por un plato de lentejas.

Desde Quito a Guayaquil,
de Loja a Cuenca,
de las arenas de Portoviejo
al valle sagrado de Vilcabamba,
desde las flores de Otavalo
hasta tus islas repletas de dragones marinos,
de la impenetrable Amazonia
a tu cordillera andina de cuatro picos,
desde las entrañas hirvientes del
Tungurahua y el Cotopaxi,
o las heladas alturas del Chimborazo,
ha llegado la hora de luchar
contra los tiranos
y aplastar a los traidores,
mutilar el odio del que odia
y se ha quedado ciego.

Así es hermano mío, ecuatoriano,
hombre de serranía y labranza,
es hora de derribar puertas
y hacer barricadas,
tomar el Congreso
y sacar con piedras y gritos
a los crueles verdugos
que dormían en tu casa,
hay que enjuagarse el corazón
en la humedad de la tierra,
hay que enraizar el recuerdo
en el relato de los abuelos,
levantar el puño y la mirada,
limpiarse la sangre de la frente
y levantar el vuelo
como cóndor a ras de cielo,
que el mundo es de todos
y para todos habremos de defenderlo
de la mórbida ambición
de los banqueros
y su insaciable
hedor a podredumbre.

Hermana ecuatoriana,
hoy nuestros sueños son también los tuyos,
eres el espíritu de un continente
que ha despertado del letargo,
y aquí seguimos en la lucha
contra el hambre y la ruina del cuerpo,
la infatigable batalla contra la tristeza,
porque al igual que tú
somos un solo pueblo que resuena
en un canto de guerra,
desde Tijuana a la Tierra de Fuego,
somos un solo pueblo que derriba murallas,
ecuatorianos,
hoy nuestro destino es también el suyo
y su victoria será la nuestra,
porque en esta guerra inacabable
contra la ambición desmedida
y la desmemoria
habrá tiempo de llorarle a nuestros muertos,
pero hoy es tiempo de dar la batalla
en las calles,
aniquilar tanques,
ondear las banderas,
volverse marabunta,
porque no hay tiranía que dure mil años
ni tampoco
tiranos que puedan contener
una marejada de rostros encendidos:
la historia de un pueblo que camina.
::.

 

Decidme futuro

Decidme futuro,
hacia dónde habrán de galopar
las estrellas.

Decidme destino,
cómo hacer para modificar
el curso de los vientos.

Decidme memoria,
cómo fueron los pasos hirientes
que escribieron nuestra historia.

Decidme alegría,
dónde se oculta aquella luz omnipresente
que habita en todos nosotros.

Decidme locura,
cómo hacer que germine
la semilla y el canto
en los corazones marchitos.

Decidme esperanza,
si nacerá el tiempo amarillo
en la danza de las abejas.

Decidme olvido,
dónde habrán de morir
las flores que no parió la primavera.

Al final del horizonte, la vida,
los sueños todavía por nacer.
::.

Embriaguez de mañana

 

La noche tristemente insomne
se desnuda
en el frío de la mañana,
en los labios morados
del pordiosero
que dormita en la banca de un parque
mientras los perros danzan de alegría
junto a sus dueños
y su frísbi rojo surcando el viento sucedáneo
que transita la arboleda.

Fueron los ardores
inconfesables
de la carne siempre abyecta
que ladra y resuena
en la concupiscencia despreciable
del que sueña,
como un hombre derretido
sentado en la banqueta
jubto a su hijo
haciendo hoyos en la tierra,
una mujer hermosa
perfumando el aire lila
que se desprende
de la húmeda lavanda,
un balón desinflado en medio
de la calle
que nada dice.

La mañana habla
un idioma de luces muertas,
habla de raíces y hojarasca,
habla de la mirada interior
que reverdece
en los olvidados pastizales del alma,
es la partitura que remueve
todas las caricias secretas
guardadas con llave
en el ritmo de la sangre,
como las flores huérfanas
gimiendo una canción
de tonos azules,
es un conjuro,
el poema doliente
que se escribe entre la herida y la entraña,
símbolos antiguos que describen
cada parte del todo,
la piel del universo
cuando respira
una tempestad de versos sonrientes.
::.

 

Nocturnal bajo la lluvia

Llevo la toxicidad rumiante
de quien echa raíces
en la oscuridad doliente
que acompaña al encierro.

La lluvia ácida permeaba
en el sueño,
como una cicatriz
que nunca cierra.

Se me ha secado la lengua
y el habla, esperando impaciente
en el paredón
de las cosas inútiles.

Todas las ausencias
son más llevaderas
que el sagrado ritual
de la rutina,
el monótono cansancio
de hacer siempre lo mismo,
la insoportable fatiga
de no hacer absolutamente nada.

Todas las flores se ahogaron
en el estanque
de las aguas muertas,
todos los trágicos lirios
durmieron de pronto
la eternidad.

Ojalá que la noche caiga
delante de nosotros,
en los estertores del otoño,
en un recuerdo perfumado
de olvido
o la calle baldía
donde bufa siempre
el encharcado corazón.

Soy tan solo
una sombra itinerante
cantando una elegía,
un murciélago de alas rotas
saboreando
los suspiros de la luna.

Hierve todo el frío
de mi helada sangre
derramada sobre el piso,
llueven mordeduras y poemas
en la dulce hoja del cuchillo.

Todos los fantasmas
salieron a beberse la tristeza
del mundo
entre las risas estridentes
que moran las entrañas
de una cantina polvorienta.

Esta es mi oda a la rutina,
épica, dramática, nocturna,
como un cadaver devorado
por las hienas,
como mis ansias reventando
entre las piernas temblorosas
de mujeres calavera.
::.

Consecuencia

La verdadera amenaza consiste
en abandonar nuestros sueños.

Quién hubiera pensado
que seríamos consecuencia
de nuestros propios aullidos.

::.

Descolocado

 

Tan habitual es en mí
la soledad del ermitaño,
quien de tanto buscarse
sólo encuentra extravío.

Es el desamparo que
se lleva puesto
como una segunda piel.

Seré acaso una isla
varada y remota,
tan lejos del basto continente.

Un lobo solitario
con el hocico hiriente
vagando en el aire frío
de la campiña.

Serán las preguntas
sin respuesta
que se agolpan de pronto
en el lado oscuro del corazón.

La inexplicable nostalgia
de añorar
aquello que jamás ocurrió.

Mi colección
de amargas certezas.
::.

Convídame tu oscuridad

 

Convidadme un poco de tu oscuridad
para abrazarte
y compartirla con el mundo.

Dadme un poco de la noche
para chupar el tuétano
de tu herida que todavía sangra.

Dejadme ser el aire
que acaricia tu sueño,
tu roja canción que va
de planeta en planeta.

Dejadme que respire
mi angustia sobre tu boca seca
de mujer desolada.

Eres acaso un fantasma,
un suspiro evaporado
en la humedad del verano,
un adiós traicionero,
una alegre despedida.
::.

Vampiros

 

A mi alma no le basta un sorbo,
ha de beberse la eternidad
cada noche entre sus piernas.

A mi alma no le alcanza un recuerdo,
ha de incendiarse en la soledad
de un poema.

Busquemos la raíz del sueño
en la brasa donde abreva el fuego,
ardamos para siempre
en la fragilidad de un suspiro.

Somos una sombra
del tiempo primigenio
proyectada sobre tu espalda,
un navío en busca
de respuestas.

Lamiendo tu piel
sobre la orilla,
busco pedazos de mi alma
en el remanso de la noche postrera,
danzando en la cornisa,
una flecha en el aire,
un electrocardiograma
besando tus sueños
de silencio calavera

Ella hablaba de otra cosa,
de las estrellas haciendo combustión
y la soledad del cielo,
el canto de las sirenas,
todas las cosas suceden por algo,
todas las luces se encienden
de pronto en el alma
de las nubes relámpago.

Yo quería abrazarte hasta morir,
pero nunca entendiste
el sentido ritual y profundo
de la muerte,
metáfora de la vida
que se incendia y se apaga,
como los versos desprolijos
que palidecieron de pronto
en la pulcritud de tu sucia
hipocresía.

Una ventosa en mis anhelos,
la otra piel dentro de mi armario
va tejiendo historias
en el rubor de mi propia saliva.

Yo me sentaba frente al estéreo
a escuchar
las fiebres de la adolescencia
contenidas en una canción
inexplicable,
y todo se movía,
la sangre brotaba de la alfombra
y me acordaba de aquello que no fue.

Es la esencia de todas las cosas
prefigurando un destino,
es la palabra viva que cambia
el curso de los vientos y los días,
como un mareo,
el tránsito nocturno de las olas
sobre tu arena,
revelaciones que palpitan
en la frente de un ciego.

Tan solo soy un recuerdo
tatuado bajo tu almohada,
la desobediencia de mis pies
y su sed de arborescencia,
un crujir de besos asolados
por murciélagos,
la tempestad respira
a través de mis alveolos,
es el ocaso de los viejos cuentos
resonando
en otros cuerpos.

Los vampiros se despiden
a besos, en los ocres
colores del otoño,
varados en la soledad
de una vieja estación de tren,
abandonados a su suerte
impregnados de nostalgias y averías
transitando en el viento.

Sin dolor
la hierba no germina,
el amanecer ya no sucede,
los muertos no regresan
de su exilio,
ni tampoco las flores
que colmaron para siempre
la sed del corazón.
::.

De labios amarillos

 

Que yo no escatimo
un beso
en tus ojos
malévolos, casquivana,
mi niña de los labios piraña,
deja la hipocresía
para otra cosa
que tú ya sabes que no te creo,
yo soy un torbellino
convertido en volcán
en erupción,
un línea que viene y va
de la música a la penumbra,
del yambé al guaguancó,
una reliquia, un aforismo,
mi alma desaforada buscando
refugiarse entre tu piernas,
como una boca sin besos,
un ardor sin piernas,
un decir de labios amarillos.
::.

Oda a la poesía

 
Poesía,
alquimia de los antiguos
con la que esculpieron
la musicalidad del viento
como besos forjados
en la simetría del tiempo.

Poesía, eres sonido
sumergido
en la transparencia del agua,
eres aire perfumado
de aurora,
sangre de corazón machacado,
eres torbellino y eres fuego,
un rumor de olas
que se agolpa de pronto
en las intermitencias del deseo,
eres sueño derramado
en la piel de la luna.

Poesía, eres ruina
y pájaro frutal,
eres inmensa
como las tupidas ramas de una ceiba,
el diálogo introspectivo
que mastican los hombres
cuando se comunican con las estrellas.

Poesía, eres un aullido con antifaz,
eres cabellera celeste y eres canto,
una luz que palpita
en el acento floral
de la noche tan incierta.

Poesía, desde que te conozco,
el amor luce tan distinto,
luce tan amplio,
pareciera eterno.

Tú sabes bien de lo que hablo,
me has visto desfallecer
de regocijo y de tormento,
en aquellos momentos en que el alma
extraviada
ya no puede más,
me has visto palidecer en la asfixia
del tiempo entrecortado,
me has visto embriagarme
en el licor de la selva
y llorar
en la intimidad de mi cama
junto a la mujer amada,
me has visto lanzar piedras
sobre el río
y también cantar en el arenal
de los besos forajidos.

Toda la noche se adhiere
a sus muslos,
toda mi lengua se adhiere
a su orilla,
lo sabes bien, poesía,
tú que me has visto mascullar
su nombre con insistencia
sin saber a dónde voy
o cómo habrá de terminar
aquella historia que nos hemos
empecinado en llamar
‘la vida’.
::.

Ciclos

 

Ocurre siempre,
que el árbol se vuelve semilla.

Seré breve,
como un ardor en el aire.

Como la lluvia que ronda
tu sueño.
::.

Transparencia

El cielo sobre nosotros
es una antigua ciudad en ruinas
levantada sobre el llanto
de los hombres.

Todas mis plegarias
fueron a morir al sol.

Queman mis ojos
hechos de alcohol,
nada queda ya
tras sepultar la primavera
bajo la lluvia
y el recuerdo de una triste canción.

Todavía siento la erosión de sus dedos
sobre mi arena,
la quilla de su barca sedienta
de otro nuevo naufragio.

Ella sigue escondida
entre muros lejanos y silvestres
ataviados de coloridas pinturas,
con la piel del corazón tan expuesta
al frío y el desamor.

La vida se evaporó
en el sueño fermentado del maguey,
ácidas visiones habitan la asimetría del desierto,
un mar de cactáceas y flores amarillas.

En la boca llevo el tono triste
de su voz desnuda
en el humo del cigarro.

Orfebre de las palabras calientes,
el ocelote canta una elegía
al viento irremediable de la noche
que le roza el alma.

Nacerá del agua fresca
un nuevo comienzo
al final del horizonte,
es la translúcida perfección
del presente y el alba,
el amanecer de los días sin sombra,
el último suspiro de un amor roto.

El dolor desciende como las aves
para purificar el cielo en sus alas.

Las piedras se beben el tiempo enmohecido
que dormita en la memoria de los viejos.

Llueve el grano dorado sobre los silos
de la historia
para alimentar al animal
que llevamos dentro,
la bestia que duerme y resucita
al interior de nosotros.

Una herida sobre la otra
se dibuja en mi costado,
como la humedad de la tibia sangre
que ronda mi sueño:
es una galería de corazones a la deriva,
una sinfonía de payasos tristes,
los besos lascivos que fueron abortados
de tu boca y mi boca al filo del crepúsculo.

La noche es el misterio
que se esconde en tus pupilas,
la sábana blanca donde duermen
todos mis demonios,
un cuento inofensivo,
una panga cruzando la selva
en la suave caricia del río
y su caudal de leyendas.

Brotan seres luminosos
de entre las plantas,
fluyen los cardúmenes de plata
bajo el agua y las estrellas,
germinan los pozos
donde la gente va a arrojar
todas sus averías,
todos sus anhelos,
todo el amor aún por cumplir.

Los grillos silban al compás de la luna,
una suave melodía de piano los acompaña,
la tierra mojada rejuvenece entre la hierba,
son siglos forjados por el hambre y el metal,
el destino que se cuece a fuego lento,
el eterno galopar de los caballos
sobre las nubes.

Una bocanada de alegres canciones
se posa sobre nosotros,
como si fuera una mariposa:
esa inexplicable felicidad
que de pronto nos inunda el corazón.
::.

Un sorbo de etérea humanidad

 

Mi alma masculla versos
sin sustancia.

Ahí reside la verdadera
naturaleza humana,
en palabras deformes
que no dicen nada,
salvo algún gemido,
el aire sonoro de lo que duele.

Conocerse es conocer
a los demás.

Pero qué será de aquellos impostores
que han decidido refugiarse
para siempre detrás de la máscara,
evadiendo su propio reflejo
frente al espejo.

¿Podrán conocerse realmente?

Son apenas tristes maniquís
buscando no morir de asfixia
en el aire venenoso
de quien se miente a sí mismo.

La verdad puede ser un trago amargo,
no es apta para todos.

Sólo los valientes son capaces
de abrevar en sus aguas.

Un estallido, un terremoto,
el colapso de los cinco sentidos
en su búsqueda de Dios,
el mundo convulsiona
entre las piernas de un amor en llamas.

Sólo los valientes habrán de quedarse
en la colina
a presenciar el espectáculo
de los cuerpos corrosivos
y salvajes
yendo a mitigar la sed
en la puesta de sol.

Encontré mi voz sangrienta
en un pentagrama,
mi retina disuelta
en un óleo de Schiele,
la vida es un tulipán amarillo
que se abre en medio
del invierno y la nieve,
mi corazón es otra cosa,
un navío con destino incierto,
siempre predispuesto a la aventura.

Dirán que carezco de mesura
y tendrán razón,
la mesura es para quienes han decidido
morirse por dentro,
yo pertenezco a una antigua raza
de personas-volcán,
que de vez en cuando tiene la urgencia
de hacer erupción,
soy el poeta-huracán
de los versos terremoto,
quien habrá de sacudir al mundo
con su canto de mil estrellas
gimiendo de dolor y de placer
entre los escombros de una mujer obscena,
soy la tempestad y la mañana de rocío
al pie de la cuesta,
soy quien habrá de organizar una acampada
en la luna
y también en el centro de la Tierra,
soy el hombre desnudo que camina
y desuella canciones
mientras sueña un rumor de caricias,
y desnuda a la madrugada
en su alberca de flores.

Yo estoy hecho de la misma sustancia
del extravío
me he perdido mil veces
en todos los rincones de este absurdo laberinto,
he sobrevivido a la infamia,
ese cruel vestigio de la vanidad
que pudre el alma de los hombres,
sigo despierto y sediento
de la arborescencia ritual de la selva,
soy el jaguar que mira en lo profundo
de la noche,
soy la ceiba madre que conecta
el Xibalba con el cielo,
soy la sangre transparente del río
que fluye en tus adentros,
soy la inmensidad del océano
que revienta en tus pupilas,
soy el corazón salvaje relinchando
en el regocijo de las flores,
soy la vendetta de los pueblos sin nombre
buscando un exorcista,
soy el sueño ácido derramado
en la duda tornasol
de una encrucijada.

Soy el vino y la sangre,
el alma que se desprende del cuerpo
para continuar su cósmico sendero
de cumbres y destierros.

Llueve la tarde sobre nosotros,
llueven las anheladas horas
de la muerte
sobre el deshielo del alma,
somos consecuencia
de tantas cosas…
una mirada, un abrazo,
un bello atardecer
o las impredecibles olas del mar,
las sábanas destendidas
sobre la cama
en las horas azules del amor,
somos fiebre y carcajada,
un grito violento
tapizando las cuatro paredes
de una habitación,
somos el caos de la calle
y su carnaval de sorpresas,
somos humo
y somos nada,
un dulce sorbo de licor
al otro lado
de nuestra etérea humanidad.
::.

Un puente

 

No existe la piel desnuda
en el roce de la caña,
frente al ventarrón
de mí para ti.

Yo te miraba
y tú fosforecías
en la canción
que todavía duele.

No puedo comprender
como fue
que alguna vez soñé,
que estabas ahí,
tal vez me engañaste
pero no podrás engañarte a ti.

El humo es tan elocuente,
un vacío que no cabe
en nosotros dos,
una espera victimaria,
acaso ríspida,
un pasón de eutanasia y recuerdos.

Tu pasado sabe a bolero,
al punto exacto en que la espera
se alarga,
como una multitud de salobres miradas,
tratando de ahuyentar el mar
que se colma sobre nosotros dos.

Un recuerdo añil,
acaso una sutil bocanada,
de tatuajes y sabores adheridos
a la piel incandescente
de mi alma enamorada,
la rima que duele
en tus ojos lejanos
perdidos en la inmensidad del sol.

Aparecí en el aroma
de tu cabello carburante,
añoranza y explosión
de la mente viajera
que viene y va
desde la luna menguante
hasta la tenue piel de tu otro planeta.

Ya estás aquí
¿y ahora qué?
si sólo me quedaron
las desgracias
de tu aroma.

Bébete el amanecer de los muertos
como un puente sucedáneo
sobre la tenue luz del amor.

Como la boca en tu aurora,
un instrumento de tu horca
bebiendo la delicia de tus pechos
en la miel de lo que sueñas.
::.

Volví

Fue una sensación
lo suficientemente amarga
como para volver
a respirar.
::.

Un millón de años luz

 
Un alma hermosa
es aquella que se abre
es aquella que comparte
un par de sueños ensimismados
en el vino taciturno
de un corazón soñoliento.
 
Se queda huyendo
como un libro entreabierto
en tu boca de papel,
toda la ternura derramada
en tus manos forajidas,
en cada rincón,
cada reducto innombrable
de tu partitura secreta.
 
La luna enrojecida
nos miraba desnuda
desde su estante
de miradas vacías.
 
¿Cómo habré de saber
la hermosura de un alma diáfana?
 
¿Cómo habré de identificar
la pulsión de un alma verdadera?
 
La risa siempre revela
la claridad de los tigres
sonriendo sobre un mar
de turbias pasiones,
un par de acordes cediendo
a la luz del mar
y su sed de amanecer.
 
Un señuelo en tus ojos profanos
ya parece suspirar
mi debilidad de hombre herido,
la esperanza de mi sangre en tu sangre,
como un viento feliz,
el curso de las cosas
de un amor
que ya no da para más.
 
Una clave esplendorosa
es la claridad que nos ahogó
en tibia miel
sofocada por la altura del glacial,
un alma líquida,
derramada entre cerveza y la tinta
en el papel,
una luz y nada más,
que pareciera descubrir
un océano de besos.
 
La fiebre en cinta,
un suave despertar,
las manos sobre tus llagas,
un dulce palpitar
cayendo sobre tu cuerpo
hecho de sueños y sudor,
oh dulce víctima,
aparecida en el paredón
de mis sueños forajidos
donde nunca escampa el sol.
 
Era una luz,
apenas carcelaria,
como tu voz en mi voz
inundando los recuerdos
que habrán de demorar
la tiniebla sobre mi alma desnuda,
como una casa vacía
merodeando la amplitud terrestre
de los que vuelven subterráneos
del desierto.
 
Hoy he de morir como tantas veces
sobre tu nombre de luna vulnerada
en la tibia acuarela de un poema.
 
Yo te cuidaré
hasta donde mis cavidades
lo permitan.
 
Yo te amé para siempre,
pero eras tan solo una niña berrinchuda,
una simple mortal
cuando mi alma me exigía
mujer cósmica y galopante
para exorcizar el aire tóxico
que se filtra en los pulmones
y la piel de la guitarra,
su sonido sordo
con sabor a eternidad.
 
El pabellón de las ansias indispuestas
ahora nos mira,
es un viento amargo y amarillo,
añorando llorar
toda la rabia y el placer
de quien ha perdido a alguien
ahora y para siempre
en el reducto de tus labios encendidos,
el sillón echando chispas
en las cenizas de un amor en duermevela,
un amor desafiando la tormenta,
un amor a un millón de años luz.
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