Archivo de la categoría: Poemas

La gesta

Yo vivo en otro tiempo,
el tiempo de la eterna dicha.

Abre los ojos, date cuenta
que todos los días nace el sol.

No te quedes ahí, lloriqueando,
por todo aquello que perdiste.

Un verdadero guerrero
se vuelve inmortal
en el campo de batalla.

Prepárate, que todavía llueve
la sangre del mundo sobre nosotros:
y mañana seremos leyenda.
::.

El viaje

El viaje es al mismo tiempo una magia y una medicina poderosa.

El arte de la narración consiste en recrear el viaje ritual que conduce hacia el centro de nosotros mismos.

Las historias verdaderas son aquellas que hablan el idioma del sueño.
::.

El árbol y el muro

El árbol tiene
el poder de la paciencia.

Sus raíces rompen
el duro concreto
poco a poquito,
meditando
en silencio.

El árbol nació
entre los muros viejos,
como un equilibrista
desafiando
el precipicio.

Echó raíces
entre ladrillos,
moliendo el tiempo
como quien
alguna vez soñó
la alegría del sol.

Era un hermoso árbol
junto al río,
con sus ramas secas,
despuntando
en primavera.

Mis recuerdos
son ahora
arborescencia.
::.

Encierro

Dadme un poco de poesía,
encierro,
que yo haré con tu perfume, canto,
¡alabada sea la palabra!
que se hizo fuego y destino
en los sueños-tormenta
del imponente tigre de bengala.

Dadme un poco de frío,
encierro,
para sobrevivir al calor
de la sangre que aúlla, temblorosa,
en las noches sin luna
que se cuelan tan adentro,
como quien se pierde en un mar
de besos machacados.

Dadme un poco de dulce soledad,
encierro,
para que pueda charlar conmigo mismo
sin la premura cotidiana de la vida,
y su azaroso tren
que nunca cesa.

Dadme un poco de aire,
encierro,
que con mi aliento de poeta
convertiré la quietud del tiempo
en un derrame de flores,
lamiéndome el alma,
como cuando llueve
bajo la piel.

Dadme un poco más de ti,
encierro,
para disfrutar la música del silencio,
el caudal del río que va y viene
a ninguna parte,
porque yo lo amo así, como es,
a este mundo decadente y obsceno
donde siempre germina
la esperanza.
::.

Visiones

 

Era como sentir
cada ondulación del río,
las tentaciones del sol,
la necesaria soledad
que trae consigo el encierro,
la melancolía
de los frutos negros,
la añoranza
de los días sepia
o la voracidad de dos manos
entreabiertas.

Todos los fantasmas
se congregan
sobre un bosque de piedras,
filosas y calladas,
seres atemporales
que atestiguan
la dulce belleza
(verdosamente
transparente)
que recita por las tardes
el caudal del Ganga,
y su morada de estrellas,
prematuras.

Fui abrazado por la noche,
como un falo cobijado
en la humedad de la caverna,
como una cobra enroscada
en la saciedad del sueño,
como la palabra secreta que respira
en el interior de todas las cosas,
ahí quedé yo
sitiado por el terror primero
de ser hombre,
arrojado
sobre la tempestad
y las flores.

Vi la fuerza de Indra
que emergía entre los cerros,
las eléctricas pulsiones
del cosmos,
luminosos latigazos
rasguñando
la oscuridad del cielo.

El alba era un racimo
de pájaros sedientos,
el rostro de los monos
llenos de cicatrices,
las muchas tonalidades
que revela
el cifrado follaje
sobre las venas de la tierra
y sus dorados secretos,
imperceptibles
para los ciegos del corazón.

La noche crece
en la raíz del sueño,
como la enredadera
que trepa por el acantilado
y su rumor de lilas,
llueven los sapos
y las flores de loto
en las horas cargadas de recuerdos
y la asfixia del calor.

Fue mi alma derramada
en un mar sin abanicos,
tratando de enunciar
lo innombrable,
era mi lengua naciendo
en el idioma secreto
de las nubes,
la cacofonía del viento
cabalgando el aire,
y la nieve derretida
que lloraba el Himalaya.

Vi el amor emerger en la celda,
lúgubre calabozo donde crece
la suciedad y las pasiones humanas,
bebí del agua que no cesa,
fuente sagrada donde nacieron
el día y la noche,
y su hijo el viento,
surtidor de transparencias,
el viento vaquero
que riega los templos
para resucitar
a los dioses antiguos,
entre la leche y la harina,
como el fuego que palpita,
sonriente,
ahí donde copulan
la brasa y la ceniza
retosando en el suelo,
en la guarida del santo
y su aliento cósmico,
en el cual abreva
-jadeante y mortal-
la primavera.

Escribí el poema
que me susurró la arena,
ahora que vivo exiliado
en la frontera del ensueño,
como quien se pierde
y se encuentra a sí mismo
en laberintos
hechos de carne y arteficio,
cartas y canciones
que muestran el norte
y el curso de los días,
pasajeros, ingrávidos,
como sangre de corazón machacado
con la cual me abrazo a la tierra,
y perdono
y olvido,
soy como el agua
que vuelve siempre al comienzo
tras llegar a su destino,
soy como las aves risueñas
cantando plegarias al sol,
soy las visiones del bisonte vidente,
soy como los pasos diminutos
de los insectos,
ingobernable, boreal, infinito,
pues llevo tatuada en la lengua
y mi alma incandescente,
la eternidad del instante.
::.

El bosque de los sentidos

 

Los pájaros hacen puya
en lo alto de la montaña
para cantarle al sol
que pinta de colores el mundo.

El río serpentea,
curvilíneo, turquesa,
ronrroneando como el agua
cuando choca entre las piedras.

Toda la paz del cielo
cayó sobre nosotros,
en el silencio interior
que se respira en la tormenta.

Los árboles solidarios
cuidan al pueblo,
como una madre con su hijo
repartiendo la leche y la dicha.

El viento levita
entre nosotros,
como una mariposa
amaneciendo.

Los bichos diambulan
en la simetría del suelo y el aire,
tratando de atemperar la sed
de otros cuerpos.

El tigre y el inmenso elefante
moran en la selva,
junto al arroyo,
como un tesoro escondido.

Todo fue luminiscencia
en medio del caos,
la triste pandemia
de los corazones abatidos.

El gemido de los monos
anuncia ya la primavera
y la algarabía de las flores
con la lengua ya de fuera.

Los pavorreales arcoíris
baten sus alas, entre las ramas,
como acuarelas tornasol
desafiando el abismo.

La luna llena, entre las nubes,
dejaba ver su blanca humedad
de recuerdos azules, varados
en la secrecía de la noche.

Todas las plantas del mundo
fueron desterradas
de ese extraño paraíso, infernal,
que los hombres llaman progreso.

Era un árbol abrazado a la piedra,
remando el tiempo aguas arriba
en la lejanía de la cañada,
perfumando de hojarasca el sonido.

Pasan las horas, incandescentes,
y los cuervos como sombras
inventando el amor
entre las flores rojas del framboyán.
::.

Varado a orillas del Ganga

Pasan los días
y las calles solas
y las vacas sonrientes
y los monos hambrientos
todavía se preguntan qué ocurrió,
mientras los árboles floridos
y los pájaros, indiferentes,
disfrutan de la calma.

Todo el ruido del mundo
se acumuló
en los corazones ansiosos de mañana,
en la gente temerosa
que a cada instante se pregunta
qué será de nosotros
la próxima semana.

No hay escapatoria
de uno mismo,
no hay escapatoria
de la ruina del mundo
y el peligro que encierra
la estupidez humana.

Dicen que anda por ahí
causando estragos,
un bicho invisible,
y que los viejos
y los enfermos
mueren por miles,
como si los viejos
y los enfermos
y los pobres
y los solitarios
no murieran
por cientos de miles
cada día.

Se dicen tantas cosas,
y yo quisiera a ratos creerme
todas las mentiras
que salen en la tele,
todo el terror mediático
que se inyecta desde las pantallas,
para entregarme al miedo
y ser como los otros,
los normales,
en este mundo donde lo normal
es no tocarse, no moverse,
difundir falsedades
y acaparar todo el papel de baño
para quedar limpiecitos
mientras se ahogan
en su propia mierda,
reclusos de su mente.

Vivimos presos
en la fatalidad del mundo,
la que acontece ahora,
la que vendrá mañana,
la que podría llegar a ser,
mientras muchos anhelan
el gran diluvio
que arrase con todo
y arrastre también
su tristeza.

Pero mi corazón
ha echado raíces bajo la tierra
y me dice que la única verdad
es la del fuego y el río,
que nada es para siempre
y la vida momentánea,
que las cosas pasan por algo
y todo es para bien.

Le hago caso a mi corazón
y disfruto
la libertad del encierro.

Mis amigos dicen
que la pandemia servirá
para generar un cambio positivo
en la conciencia
de las personas.

Yo por el contrario,
creo que ya encontraremos otra forma
de volver a ser los mismos:
aváros, egoístas y mezquinos,
temerosos de la propia sombra.

El que quiera despertar, despertará.
El que quiera permanecer dormido, dormirá,
sin importar dónde se encuentre,
sin importar el adversario
al cual hacerle frente.

Somos un montón de sueños a la deriva,
somos el agua que desciende
de la montaña, buscando su cauce.

Las piedras me hablan
del principio del tiempo,
del equilibrio de todas las fuerzas,
y yo aprendo de ellas
a permanecer firme
en medio de la tensa calma.

Algunos tratan de escapar,
desesperados,
anhelan volar de un encierro a otro,
para sentirse a salvo.

Yo sólo sé
de los murmullos del bosque,
y que para vivir en la tierra
del ensueño
hace falta derrotar a los demonios
que habitan dentro de uno,
hace falta dolerse para cerrar las heridas
que habrán de hacernos más fuertes,
hace falta bañarse en las transparentes
aguas del amor
para soportar toda la angustia,
toda la ira, toda la desesperanza
que llueve sobre el mundo.

Yo sólo sé un par de canciones,
algunas plegarias al sol y la luna,
yo sólo sé de besos y ceniza,
de los frutos que nutren el alma,
y me siento a contemplar
la danza del viento,
la tenue calma que se respira
en este lejano rincón del fin del mundo,
la risa que perfuma con incienso
a mi hinchado corazón,
los estertores del caos,
la alegría de vivir sin miedo.
::.

Han cerrado los templos

Han cerrado todos los templos,
temerosos de la peste.

Mañana volverá a salir el sol,
pero hoy,
¿quién mantendrá encendida
la llama de la esperanza?

Han cerrado
las puertas de los templos
y dejaron a Dios afuera,
con los enfermos.

Mañana será otro día
y quizá se evaporen los miedos,
o quizá no.

Han cerrado los templos
pero el aliento de la creación
vive todavía,
en el cielo, el río y la montaña.

Han cerrado todos los templos
y está bien,
porque a mí
lo único que me hace falta
es agradecerle al aire
la oportunidad de respirar
un poco, cada día.
::.

Carretera

Me gusta la carretera.

El lento transcurrir del paisaje.

Los verdes campos colmados de esperanza.

Me gusta el viento
que se filtra por la ventana,
ver a la gente que pasa, en bicicleta;
con costales sobre la cabeza
o arando la tierra.

Me gusta imaginar cómo viven
los hombres y mujeres
que habitan aquellos pueblos
silenciosamente anónimos
a orillas de carretera.

Me gusta el tiempo
que se desliza sobre el asfalto,
la suavidad de un día soleado
cuando danza con las nubes.

Me gusta
la gradual y armoniosa transformación
que hace brillar el mundo
cuando cambia la vegetación
entre el desierto, la pradera y la montaña.

Me gusta la carretera
porque me da tiempo
para estar conmigo,
en silencio,
simplemente mirándome
hacia adentro
cuando miro a través de la ventana
del destartalado autobús.

Me gusta el mundo
cuando canta una canción
en todos los idiomas de la tierra
y el corazón,
y yo canto también.

Y no me hace falta ya nada,
pues puedo abrazar a todos
con un poema
rodando, sobre la carretera.
::.

El desierto dijo silencio

Vine a escuchar al desierto
y me dijo “silencio”.

Le pregunté el por qué de todas
las cosas
y me dijo “silencio”.

A lo lejos una canción,
las tiernas resonancias del sol enamorado
del horizonte.

Enterré los pies sobre la arena
y el desierto me dijo “frescura”.

Y entendí de qué me hablaba.

Mi corazón apacible
arrojó un hondo suspiro
para darle las “gracias”.

Y el desierto solo dijo “silencio”.
::.

Para que el mundo florezca

No hay víctimas ni victimarios
solo incómodas verdades.

Incluso una caricia puede herir
cuando la mano tienta
la herida de otra persona.

Unir todo lo que alguna vez
fue separado,
he ahí la tarea del sabio.

Un gran poder debe ir
siempre acompañado
de una gran responsabilidad,
para que el mundo florezca.
::.

La tarde de hoy

 

Hoy el atardecer tiene otra resonancia.

No fueron los dorados fulgores de ayer,
la incandesencia sobre la roca,
el calor del día en un último abrazo
antes de la noche clamorosa.

No. Lo de hoy tuvo otra sustancia,
una delgadísima y transparente membrana
que le confiere a la tarde un tono más sutil,
pinceladas suaves, hechas de viento
y una dulce calma.

La tarde de hoy es depositaria
de paz y armonía,
alguno que otro pensamiento lujurioso,
lleva el pelo rubio y las piernas torneadas,
es la tarde que suspira y resplandece,
intentando recitarme algo
sobre la verdad universal que respira
en el interior de todas las cosas.

La tarde de hoy deja ver las muchas capas
que conforman la Tierra,
el tiempo que camina a tientas
entre las dulces aguas del río.

El sol de la tarde lleva puesta
la ternura de las aves surcando el cielo,
lleva la cuenta de los días,
la soledad de quien se busca a sí mismo.

La tarde de hoy es de una belleza inaprehensible,
inalcanzable, enamoradiza,
un toque de frescura
luego de que los tambores,
los cantos y las plegarias
al fin culminaron.

La tarde de hoy lleva impresa
una epopeya en lengua sagrada,
lleva los ecos de la trascendencia,
la compasión resucitada de los dioses.

La tarde de hoy lleva colores cenizos,
los ojos húmedamente encendidos,
el alma despierta.

Sólo dejó a su paso
un fresco rumor de aves vespertinas,
la fragancia floral del crepúsculo
y nubes durazno:
las puertas abiertas de la noche luminosa.
::.

Pichola

Todos los brillos del agua
cantan al sol.

El amor es la única verdad.

El tiempo es necesario
para que todas las cosas
encuentren su propio camino,
su propio destino,
su propio paso.

Nadie escapa del pasado
y a veces la mejor forma
de salir de toda encrucijada
es simplemente dejar de intentar.

Somos un cúmulo de situaciones,
callejuelas sin nombre,
farolas apagadas,
jardines secretos.

Un bote a la deriva,
que se debate
entre la sed y el calor.

Somos un ardor tras otro,
una flama que se extiende y se apaga
y se hace polvo y se hace nada.

Somos el polen de todas las flores
conformando un solo aroma.

Somos el infinito que se deja ver
en el basto firmamento
de las noches sin luna,
ahí, en las arenas del sueño.

Hagamos del amor un mantra,
el estribillo de una canción,
el amor como forma de vida:
el único credo, el único sorbo,
el único remedio,
la última guarida.

Sólo el amor sobre todas las cosas.
::.

India: primer encuentro

Nada me preparó para ese primer encontronazo contigo, Delhi,
puerta que se abre ante mí
para descifrar ese inmenso continente
lleno de misterios e historias,
ese anhelado lugar
que eras también tú, India,
la de los mil dioses de los mil brazos
de las mil almas de los mil colores.

No sé por qué razón me sentí atraído
hacia ti,
pues ya te quería
desde hace mucho tiempo antes de conocerte.

Serían las muchas fantasías
que me contó el Adampol,
o sería la huella que dejó en mí el Mahatma,
los versos de Tagore,
la prosa imprudente de Rushdie
o las aventuras de Kipling,
serían las odas que Valmiki dedicó Rama y al imponente Hanuman,
o quizá fueron tus muchos secretos infumables,
India, tierra de gurús, elefantes y rishis
lo que me trajo hasta aquí,
seducido por tu enervante embrujo
de dioses azules,
hombres bigotones y ensortijados,
y enjoyadas mujeres con velo de arcoíris.

Nada de lo que oí antes
me preparó para tus calles sucias,
el penetrante hedor de la orina entre las piedras,
nada me preparó para el ruido y el caos,
el rechinido de los insoportables claxonazos,
el riesgo siempre latente de morir atropellado
por un frenético tuk tuk
en avenidas sin sentido,
nadie me adivirtió suficiente
sobre tu gente adorable, tan amigable y elocuente,
ni tus oscurísimos mendigos,
ni los monos trepando por cables eléctricos en el bullicio de la ciudad
o las vacas siempre sonrientes,
adornadas con collares de flores amarillas.

Yo quería saber por qué vienen hasta aquí
aquellos que anhelan un poco de paz interior
y lo primero que encontré
fueron embaucadores y extravío
en las reticencias de la noche profana,
calles hirviendo de silencio
en las horas más inciertas
de la inhóspita madrugada,
esa fue mi primer bofetada con la India real,
la que no sale en los libros,
ni en las gestas heróicas que cuentan aquellos
que se atreven a recorrer sus muchos laberintos.

Y de pronto ya era oriundo de aquí,
y desfilaba por lóbregas callejuelas,
y descubrí que el grano tiene otra resonancia,
que las lentejas eran dal
y el pan era chapati,
y que masala más que un destino
era una fragancia tatuada en la lengua.

Y visité a tu padre, India,
ese señor flaco y chaparrito
que en realidad era un gigante,
un alma claridosa
que ayudó a los más pobres
a vencer el miedo y la ira,
para sobrevivir a este mundo caníbal
y reescribir la historia del hombre
con su maquinaria bélica,
esa sonora monstruosidad
a la que siempre se opuso tu padre, India,
ese señor menudito y descalzo que movía montañas
con su hinchado corazón,
que convirtió el hambre en fuerza
para llevar a cabo su demencial anhelo
de la no violencia,
porque sólo los locos sueñan
con un mundo donde las personas no tengan
que hacerse daño,
ni matarse los unos a los otros
por mera costumbre.

Y me quedé atónito, India,
al adentrarme en tus templos descalzos
que buscan preservar la vida
y la paz a toda costa,
tu milenaria paciencia
hecha de rezos y harina.

Eres polvo rojo,
condimento molido
en las arenas del tiempo,
eres inagotables parvadas
eclpisando el cielo brumoso,
volando ida y vuelta
del crepúsculo a la aurora.

Y me sumergí en tus ashrams,
fuentes del saber y la pregunta,
donde se enseña que las palabras sagradas
sólo son verdaderas
cuando resuenan en el alma,
y vi también a la niñita saltimbanqui
hacer piruetas fantásticas
al borde de una cuerda
para conseguir un poco de pan
al final del día.

Delhi de los mil dioses
de los mil brazos
de los mil colores,
tienes un dios para cada alma
en pena,
tienes una bendición
para cada una de las mil flores
que habitan en una plegaria.

Así te conocí yo, India, despeinada
y numerosa, atolondrada,
entre turbantes y saris,
arando milenios de historia sagrada
en cada respiro,
un poco de eternidad
para apreciar la tierna crueldad
del instante,
una flor de loto para cada uno
de los corazones marchitos
que pueblan la Tierra,
eres una bendición para el mundo, India,
una reserva de espiritualidad
para el hombre moderno y prosaico
que prefiere mutilarse por dentro
y seguir siendo esclavo
de su idolatría al dinero y la mentira,
quizá por eso eres diferente, India,
pues a cada paso hay un templo,
un lugar para orar y mirarse hacia dentro,
eres otra cosa, colorida y atroz,
eres polvo, polvo rojo, polvo amarillo,
polvo acumulado en los ojos y las manos y los pies,
eres polvo que barrieron los antiguos,
eres leche dulce sobre la herida,
eres tiempo y eres ahora, India,
adorable, insistente, resplandeciente,
eres búsqueda y sacrificio,
eres viaje y camino y azar y destino,
eres el poema que brotó
de unos labios hechos de sol
y de artificio,
un sorbo de agua fresca
en las llamas de la ira,
eres aire transparente
que se desprende del sueño de la montaña,
la puerta de entrada al mundo invisble
donde el alma se confunde con lo eterno.
::.

Eres lo que sueñas

No tengas miedo de ser quien eres,
que el mundo se entrega como un regalo
a los valientes,
aquellos guerreros que han forjado su voluntad
en el fuego de la carne,
esos héroes que han logrado derrotarse a sí mismos
en la eterna lucha contra las más viles pasiones humanas.

No temas al caos, suelta los amarres,
lánzate a lo desconocido,
deja que el misterio y el azar
respiren a través de ti.

Déjate caer. Sólo aquellas aves
que no temen arrojarse al vacío
son capaces de aprender a volar.

Libérate, crece, ama sin condiciones,
baila a ras de luna,
que la vida es momentánea
y se va en un suspiro.

Eres lo que sueñas.
Eres lo que sueñas.
Eres lo que sueñas.
::.

Mismalencia

La gente transcurre
tan igual,
todos caminan por la calle
con la misma máscara,
las mismas dolencias,
ausencia tras ausencia,
todos transitan por la vida
con la misma fatiga,
la misma intrascendencia,
cargando sobre sus espaldas
los mismos ataúdes,
las mismas heridas.

Y yo sigo ahí,
fuera del mundo,
inventando canciones,
remando en la órbita
de un sueño tan azul.

Somos un río de
tibias semejanzas,
rumor de agua,
somos la erosión
de los pies descalzos,
corazón sin astillas,
una fragata,
somos travesía,
una encrucijada,
una triste carcajada
aleteando en el viento.
::.

Fuimos

Fuimos sombras movedizas
perfumando el crepúsculo.

Fuimos la erosión de dos cuerpos lejanos
y la noche a la deriva.

Los dedos dolientes que apenas rozan
el invisible transcurrir de la carne.

Fuimos un beso desnudo
acampando a la intemperie.

Fuimos aves a ras de suelo
construyendo el mañana.
::.

Tú conoces

 

Tú conoces mis instintos.

La osadía de ser tan solo un recuerdo.

Tú conoces la oscuridad que llevo tatuada en mi pecho.

Los demonios cuando reptan del inframundo a mi sueño.

Tú conoces las inconfesables pasiones secretas
que gobiernan la vida de los hombres.

Conoces lo que hay más allá
de simples palabras.

Has visto a las orugas retorcerse
en las brasas de la tierra incandescente.

Has visto a las luciérnagas fosforecer de amor
en medio del bosque y la lluvia.

Has visto el tapiz que decora las paredes
de palacios y habitaciones jadeantes.

Tú conoces a qué sabe la soledad.

Sólo tú conoces lo que hierve en la entraña.

Y sabiendo todo eso,
nomás te da por fingir demencia
para que nadie descubra tu verdadero rostro
que se esconde
bajo el antifaz de la inocencia.

Y los gatos se muerden
gimiendo el amor entre los surcos
de la noche desgarrada,
se muerden y se hieren
como hiere la espera entre los cardonales,
y se lamen y se entierran
y rasguñan y se gozan
mientras sueñan con lanzar
una plegaria al cielo.
::.

Preludio y travesía

Hacía mucho tiempo
que no sentía aquella ligereza
del corazón derramado en el viento.

Acaso fue
el alquitrán que se acumula en los sueños,
cuando todo se estanca en el comfort
de una muerte lenta.

Ya extrañaba yo
adentrarme en el misterio,
extraviarme en la soledad del camino
y el tiempo-carretera
donde uno termina siempre
por encontrarse a sí mismo.

Cada vez que me voy
regreso a mi centro,
al punto de partida donde germinaron
todas las flores.

Toma la mochila, empaca apenas lo necesario,
la sed de vivir,
que la vida es apenas un suspiro
palpitando en el frío de la montaña,
un remolino de querencias cabalgando el aire,
la hoguera donde van a morir las azucenas.

Mi lengua de labios morados respira
en el pastizal de los sueños forajidos.

Mis pies sedientos buscan emular la eternidad
en un inmenso laberinto de tierra.

La luna me miró a los ojos
y en su blanca tez de arena
yo vi todos los colores del amanecer.
::.

Deja que suceda

Hay que dejar que el azar suceda
para saltar de una dimensión a otra.

Es el carácter aleatorio de la vida
lo que a veces ayuda a construir sentido.

Hay que aprender a perder el control
de vez en cuando,
para darnos cuenta que nada está bajo control.

Sentirse bien es un hábito,
la deliciosa costumbre de que todo valga madre.

Hay que dejarse seducir por el instante,
ese cúmulo de percusiones en el alma.

Deja que el tiempo escurra
en las comisuras de tu boca.

Procura vivir el momento para no tener
que pagar durante años
esa deuda idiota de la inútil mesura.

Deja que el sonido del mar te bese los pies,
deja que la noche gobierne tu instinto felino.

El secreto de la alegría yace en la claridad del aura,
vivir sin culpas y a la deriva sobre un bote sin remos,
siempre inmerso en el caudaloso río
donde habita lo inesperado.

Somos un atisbo de lumbre
propagando luz en la devoradora tiniebla.

Somos una madeja de nostalgias sin freno,
un acorde gravitando en el turbio aire
de la noche.

Deja que suceda el vino, la sangre y la poesía.

Deja que suceda la fatiga, el ansia, el amor a deshoras.
::.

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