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Descolocado

 

Tan habitual es en mí
la soledad del ermitaño,
quien de tanto buscarse
sólo encuentra extravío.

Es el desamparo que
se lleva puesto
como una segunda piel.

Seré acaso una isla
varada y remota,
tan lejos del basto continente.

Un lobo solitario
con el hocico hiriente
vagando en el aire frío
de la campiña.

Serán las preguntas
sin respuesta
que se agolpan de pronto
en el lado oscuro del corazón.

La inexplicable nostalgia
de añorar
aquello que jamás ocurrió.

Mi colección
de amargas certezas.
::.

Convídame tu oscuridad

 

Convidadme un poco de tu oscuridad
para abrazarte
y compartirla con el mundo.

Dadme un poco de la noche
para chupar el tuétano
de tu herida que todavía sangra.

Dejadme ser el aire
que acaricia tu sueño,
tu roja canción que va
de planeta en planeta.

Dejadme que respire
mi angustia sobre tu boca seca
de mujer desolada.

Eres acaso un fantasma,
un suspiro evaporado
en la humedad del verano,
un adiós traicionero,
una alegre despedida.
::.

Vampiros

 

A mi alma no le basta un sorbo,
ha de beberse la eternidad
cada noche entre sus piernas.

A mi alma no le alcanza un recuerdo,
ha de incendiarse en la soledad
de un poema.

Busquemos la raíz del sueño
en la brasa donde abreva el fuego,
ardamos para siempre
en la fragilidad de un suspiro.

Somos una sombra
del tiempo primigenio
proyectada sobre tu espalda,
un navío en busca
de respuestas.

Lamiendo tu piel
sobre la orilla,
busco pedazos de mi alma
en el remanso de la noche postrera,
danzando en la cornisa,
una flecha en el aire,
un electrocardiograma
besando tus sueños
de silencio calavera

Ella hablaba de otra cosa,
de las estrellas haciendo combustión
y la soledad del cielo,
el canto de las sirenas,
todas las cosas suceden por algo,
todas las luces se encienden
de pronto en el alma
de las nubes relámpago.

Yo quería abrazarte hasta morir,
pero nunca entendiste
el sentido ritual y profundo
de la muerte,
metáfora de la vida
que se incendia y se apaga,
como los versos desprolijos
que palidecieron de pronto
en la pulcritud de tu sucia
hipocresía.

Una ventosa en mis anhelos,
la otra piel dentro de mi armario
va tejiendo historias
en el rubor de mi propia saliva.

Yo me sentaba frente al estéreo
a escuchar
las fiebres de la adolescencia
contenidas en una canción
inexplicable,
y todo se movía,
la sangre brotaba de la alfombra
y me acordaba de aquello que no fue.

Es la esencia de todas las cosas
prefigurando un destino,
es la palabra viva que cambia
el curso de los vientos y los días,
como un mareo,
el tránsito nocturno de las olas
sobre tu arena,
revelaciones que palpitan
en la frente de un ciego.

Tan solo soy un recuerdo
tatuado bajo tu almohada,
la desobediencia de mis pies
y su sed de arborescencia,
un crujir de besos asolados
por murciélagos,
la tempestad respira
a través de mis alveolos,
es el ocaso de los viejos cuentos
resonando
en otros cuerpos.

Los vampiros se despiden
a besos, en los ocres
colores del otoño,
varados en la soledad
de una vieja estación de tren,
abandonados a su suerte
impregnados de nostalgias y averías
transitando en el viento.

Sin dolor
la hierba no germina,
el amanecer ya no sucede,
los muertos no regresan
de su exilio,
ni tampoco las flores
que colmaron para siempre
la sed del corazón.
::.

De labios amarillos

 

Que yo no escatimo
un beso
en tus ojos
malévolos, casquivana,
mi niña de los labios piraña,
deja la hipocresía
para otra cosa
que tú ya sabes que no te creo,
yo soy un torbellino
convertido en volcán
en erupción,
un línea que viene y va
de la música a la penumbra,
del yambé al guaguancó,
una reliquia, un aforismo,
mi alma desaforada buscando
refugiarse entre tu piernas,
como una boca sin besos,
un ardor sin piernas,
un decir de labios amarillos.
::.

Oda a la poesía

 
Poesía,
alquimia de los antiguos
con la que esculpieron
la musicalidad del viento
como besos forjados
en la simetría del tiempo.

Poesía, eres sonido
sumergido
en la transparencia del agua,
eres aire perfumado
de aurora,
sangre de corazón machacado,
eres torbellino y eres fuego,
un rumor de olas
que se agolpa de pronto
en las intermitencias del deseo,
eres sueño derramado
en la piel de la luna.

Poesía, eres ruina
y pájaro frutal,
eres inmensa
como las tupidas ramas de una ceiba,
el diálogo introspectivo
que mastican los hombres
cuando se comunican con las estrellas.

Poesía, eres un aullido con antifaz,
eres cabellera celeste y eres canto,
una luz que palpita
en el acento floral
de la noche tan incierta.

Poesía, desde que te conozco,
el amor luce tan distinto,
luce tan amplio,
pareciera eterno.

Tú sabes bien de lo que hablo,
me has visto desfallecer
de regocijo y de tormento,
en aquellos momentos en que el alma
extraviada
ya no puede más,
me has visto palidecer en la asfixia
del tiempo entrecortado,
me has visto embriagarme
en el licor de la selva
y llorar
en la intimidad de mi cama
junto a la mujer amada,
me has visto lanzar piedras
sobre el río
y también cantar en el arenal
de los besos forajidos.

Toda la noche se adhiere
a sus muslos,
toda mi lengua se adhiere
a su orilla,
lo sabes bien, poesía,
tú que me has visto mascullar
su nombre con insistencia
sin saber a dónde voy
o cómo habrá de terminar
aquella historia que nos hemos
empecinado en llamar
‘la vida’.
::.

Ciclos

 

Ocurre siempre,
que el árbol se vuelve semilla.

Seré breve,
como un ardor en el aire.

Como la lluvia que ronda
tu sueño.
::.

Transparencia

El cielo sobre nosotros
es una antigua ciudad en ruinas
levantada sobre el llanto
de los hombres.

Todas mis plegarias
fueron a morir al sol.

Queman mis ojos
hechos de alcohol,
nada queda ya
tras sepultar la primavera
bajo la lluvia
y el recuerdo de una triste canción.

Todavía siento la erosión de sus dedos
sobre mi arena,
la quilla de su barca sedienta
de otro nuevo naufragio.

Ella sigue escondida
entre muros lejanos y silvestres
ataviados de coloridas pinturas,
con la piel del corazón tan expuesta
al frío y el desamor.

La vida se evaporó
en el sueño fermentado del maguey,
ácidas visiones habitan la asimetría del desierto,
un mar de cactáceas y flores amarillas.

En la boca llevo el tono triste
de su voz desnuda
en el humo del cigarro.

Orfebre de las palabras calientes,
el ocelote canta una elegía
al viento irremediable de la noche
que le roza el alma.

Nacerá del agua fresca
un nuevo comienzo
al final del horizonte,
es la translúcida perfección
del presente y el alba,
el amanecer de los días sin sombra,
el último suspiro de un amor roto.

El dolor desciende como las aves
para purificar el cielo en sus alas.

Las piedras se beben el tiempo enmohecido
que dormita en la memoria de los viejos.

Llueve el grano dorado sobre los silos
de la historia
para alimentar al animal
que llevamos dentro,
la bestia que duerme y resucita
al interior de nosotros.

Una herida sobre la otra
se dibuja en mi costado,
como la humedad de la tibia sangre
que ronda mi sueño:
es una galería de corazones a la deriva,
una sinfonía de payasos tristes,
los besos lascivos que fueron abortados
de tu boca y mi boca al filo del crepúsculo.

La noche es el misterio
que se esconde en tus pupilas,
la sábana blanca donde duermen
todos mis demonios,
un cuento inofensivo,
una panga cruzando la selva
en la suave caricia del río
y su caudal de leyendas.

Brotan seres luminosos
de entre las plantas,
fluyen los cardúmenes de plata
bajo el agua y las estrellas,
germinan los pozos
donde la gente va a arrojar
todas sus averías,
todos sus anhelos,
todo el amor aún por cumplir.

Los grillos silban al compás de la luna,
una suave melodía de piano los acompaña,
la tierra mojada rejuvenece entre la hierba,
son siglos forjados por el hambre y el metal,
el destino que se cuece a fuego lento,
el eterno galopar de los caballos
sobre las nubes.

Una bocanada de alegres canciones
se posa sobre nosotros,
como si fuera una mariposa:
esa inexplicable felicidad
que de pronto nos inunda el corazón.
::.

Un sorbo de etérea humanidad

 

Mi alma masculla versos
sin sustancia.

Ahí reside la verdadera
naturaleza humana,
en palabras deformes
que no dicen nada,
salvo algún gemido,
el aire sonoro de lo que duele.

Conocerse es conocer
a los demás.

Pero qué será de aquellos impostores
que han decidido refugiarse
para siempre detrás de la máscara,
evadiendo su propio reflejo
frente al espejo.

¿Podrán conocerse realmente?

Son apenas tristes maniquís
buscando no morir de asfixia
en el aire venenoso
de quien se miente a sí mismo.

La verdad puede ser un trago amargo,
no es apta para todos.

Sólo los valientes son capaces
de abrevar en sus aguas.

Un estallido, un terremoto,
el colapso de los cinco sentidos
en su búsqueda de Dios,
el mundo convulsiona
entre las piernas de un amor en llamas.

Sólo los valientes habrán de quedarse
en la colina
a presenciar el espectáculo
de los cuerpos corrosivos
y salvajes
yendo a mitigar la sed
en la puesta de sol.

Encontré mi voz sangrienta
en un pentagrama,
mi retina disuelta
en un óleo de Schiele,
la vida es un tulipán amarillo
que se abre en medio
del invierno y la nieve,
mi corazón es otra cosa,
un navío con destino incierto,
siempre predispuesto a la aventura.

Dirán que carezco de mesura
y tendrán razón,
la mesura es para quienes han decidido
morirse por dentro,
yo pertenezco a una antigua raza
de personas-volcán,
que de vez en cuando tiene la urgencia
de hacer erupción,
soy el poeta-huracán
de los versos terremoto,
quien habrá de sacudir al mundo
con su canto de mil estrellas
gimiendo de dolor y de placer
entre los escombros de una mujer obscena,
soy la tempestad y la mañana de rocío
al pie de la cuesta,
soy quien habrá de organizar una acampada
en la luna
y también en el centro de la Tierra,
soy el hombre desnudo que camina
y desuella canciones
mientras sueña un rumor de caricias,
y desnuda a la madrugada
en su alberca de flores.

Yo estoy hecho de la misma sustancia
del extravío
me he perdido mil veces
en todos los rincones de este absurdo laberinto,
he sobrevivido a la infamia,
ese cruel vestigio de la vanidad
que pudre el alma de los hombres,
sigo despierto y sediento
de la arborescencia ritual de la selva,
soy el jaguar que mira en lo profundo
de la noche,
soy la ceiba madre que conecta
el Xibalba con el cielo,
soy la sangre transparente del río
que fluye en tus adentros,
soy la inmensidad del océano
que revienta en tus pupilas,
soy el corazón salvaje relinchando
en el regocijo de las flores,
soy la vendetta de los pueblos sin nombre
buscando un exorcista,
soy el sueño ácido derramado
en la duda tornasol
de una encrucijada.

Soy el vino y la sangre,
el alma que se desprende del cuerpo
para continuar su cósmico sendero
de cumbres y destierros.

Llueve la tarde sobre nosotros,
llueven las anheladas horas
de la muerte
sobre el deshielo del alma,
somos consecuencia
de tantas cosas…
una mirada, un abrazo,
un bello atardecer
o las impredecibles olas del mar,
las sábanas destendidas
sobre la cama
en las horas azules del amor,
somos fiebre y carcajada,
un grito violento
tapizando las cuatro paredes
de una habitación,
somos el caos de la calle
y su carnaval de sorpresas,
somos humo
y somos nada,
un dulce sorbo de licor
al otro lado
de nuestra etérea humanidad.
::.

Un puente

 

No existe la piel desnuda
en el roce de la caña,
frente al ventarrón
de mí para ti.

Yo te miraba
y tú fosforecías
en la canción
que todavía duele.

No puedo comprender
como fue
que alguna vez soñé,
que estabas ahí,
tal vez me engañaste
pero no podrás engañarte a ti.

El humo es tan elocuente,
un vacío que no cabe
en nosotros dos,
una espera victimaria,
acaso ríspida,
un pasón de eutanasia y recuerdos.

Tu pasado sabe a bolero,
al punto exacto en que la espera
se alarga,
como una multitud de salobres miradas,
tratando de ahuyentar el mar
que se colma sobre nosotros dos.

Un recuerdo añil,
acaso una sutil bocanada,
de tatuajes y sabores adheridos
a la piel incandescente
de mi alma enamorada,
la rima que duele
en tus ojos lejanos
perdidos en la inmensidad del sol.

Aparecí en el aroma
de tu cabello carburante,
añoranza y explosión
de la mente viajera
que viene y va
desde la luna menguante
hasta la tenue piel de tu otro planeta.

Ya estás aquí
¿y ahora qué?
si sólo me quedaron
las desgracias
de tu aroma.

Bébete el amanecer de los muertos
como un puente sucedáneo
sobre la tenue luz del amor.

Como la boca en tu aurora,
un instrumento de tu horca
bebiendo la delicia de tus pechos
en la miel de lo que sueñas.
::.

Volví

Fue una sensación
lo suficientemente amarga
como para volver
a respirar.
::.

Un millón de años luz

 
Un alma hermosa
es aquella que se abre
es aquella que comparte
un par de sueños ensimismados
en el vino taciturno
de un corazón soñoliento.
 
Se queda huyendo
como un libro entreabierto
en tu boca de papel,
toda la ternura derramada
en tus manos forajidas,
en cada rincón,
cada reducto innombrable
de tu partitura secreta.
 
La luna enrojecida
nos miraba desnuda
desde su estante
de miradas vacías.
 
¿Cómo habré de saber
la hermosura de un alma diáfana?
 
¿Cómo habré de identificar
la pulsión de un alma verdadera?
 
La risa siempre revela
la claridad de los tigres
sonriendo sobre un mar
de turbias pasiones,
un par de acordes cediendo
a la luz del mar
y su sed de amanecer.
 
Un señuelo en tus ojos profanos
ya parece suspirar
mi debilidad de hombre herido,
la esperanza de mi sangre en tu sangre,
como un viento feliz,
el curso de las cosas
de un amor
que ya no da para más.
 
Una clave esplendorosa
es la claridad que nos ahogó
en tibia miel
sofocada por la altura del glacial,
un alma líquida,
derramada entre cerveza y la tinta
en el papel,
una luz y nada más,
que pareciera descubrir
un océano de besos.
 
La fiebre en cinta,
un suave despertar,
las manos sobre tus llagas,
un dulce palpitar
cayendo sobre tu cuerpo
hecho de sueños y sudor,
oh dulce víctima,
aparecida en el paredón
de mis sueños forajidos
donde nunca escampa el sol.
 
Era una luz,
apenas carcelaria,
como tu voz en mi voz
inundando los recuerdos
que habrán de demorar
la tiniebla sobre mi alma desnuda,
como una casa vacía
merodeando la amplitud terrestre
de los que vuelven subterráneos
del desierto.
 
Hoy he de morir como tantas veces
sobre tu nombre de luna vulnerada
en la tibia acuarela de un poema.
 
Yo te cuidaré
hasta donde mis cavidades
lo permitan.
 
Yo te amé para siempre,
pero eras tan solo una niña berrinchuda,
una simple mortal
cuando mi alma me exigía
mujer cósmica y galopante
para exorcizar el aire tóxico
que se filtra en los pulmones
y la piel de la guitarra,
su sonido sordo
con sabor a eternidad.
 
El pabellón de las ansias indispuestas
ahora nos mira,
es un viento amargo y amarillo,
añorando llorar
toda la rabia y el placer
de quien ha perdido a alguien
ahora y para siempre
en el reducto de tus labios encendidos,
el sillón echando chispas
en las cenizas de un amor en duermevela,
un amor desafiando la tormenta,
un amor a un millón de años luz.
::.

Táctil

 

Reviéntame el corazón a mordidas
con la furibunda dentellada
de tu tibia indiferencia.

Es el presagio-destino
de mis días calavera,
la nave doliente y delirante
por donde marchan mis restos
en el panteón de mis sueños descarnados,
el manicomio de tus besos ausentes.

El alma a la deriva
es un viejo astillero
donde van a morir los fantasmas,
un ataúd sin puertas ni ventanas
donde se abreva mezcalina
para encubrir esta sucia soledad.

El tapiz de mi sangre
lleva tatuado el Norte
y tu aliento de madera,
una quimera de rostros encendidos,
un recale de labios silenciosos
que incendiaron para siempre
la sudorosa piel del horizonte.

Quiere bañarte mi lengua en caricias,
en el estruendo de la tarde-taquicardia
que me arrastra lejos,
un país remoto donde no sale el sol.

Fue el recuerdo de tu boca
el que gobernó mis días, soñolientos,
mis días de locura intempestiva y necesaria,
como un ramo de flores,
esa magra carestía
de vivir abatido y arrollado por tu nombre
de hojarasca.

Al otro lado del tiempo solo sombras,
al otro lado del camino solo un desfiladero
de crueles verdades con sombrero,
un barranco gracioso
esgrimiendo conjeturas y nostalgias
en la quietud de febrero.

Ahora respiro el aire-insecticida
que impregnó mi cuerpo
en la criminal reticencia
de tus manos radioactivas.

Las fotografías que nos vieron morir de amor
son ahora un derrotero de misivas sin respuesta,
citoplasma derramado
tras la delgada membrana de un recuerdo,
el olvido añejado en mis fiebres
de poeta errante.

Todavía siento la clarividencia
de tus ojos soñolientos sobre los míos,
todavía siento el embrujo
de tus piernas,
esa pulsión animal que nos aúlla
en la poesía del tacto
y su predisposición a cantar.

Dice Foster Wallace que escribir
nos ayuda a afrontar la soledad esencial del mundo
(o algo así)
y tiene razón,
porque la soledad puede ser también
una pincelada al filo de la noche,
un baño de agua fría,
el ataque cardiaco que en ocasiones
padece el crepúsculo.

Nada que el tiempo y el ansia
no permitan florecer.

::.

Cavidades

 

Cavidades de mi alma rota
solas van,
en el delirio de quien repta
en un cielo de nubes frías.

Llueve en la cripta
que fueron tus ojos,
mientras bailan sonrientes
las calaveras sin dientes
que me miran y saludan
insoportablememte alegres,
como estrellas de TV.

Mueren los ríspidos cuerpos
al calor de una fe inagotable,
la esperanza de que siempre vuelva
aquella luz tan lejana,
una cúspide intocable y desierta.

¿Qué sería del fulgor de un rayo sin trueno?
¿Qué será de mi pluma sin el perfume de tu ausencia?

¿A dónde irán a morir las canciones
que galoparon en un mar de recuerdos
hechos de sal y de arena?

como el tambor de los versos hirientes
que nunca revientan…

::.

 

Sutileza

Yo siento que vivo atrasado
en este mundo tan aprisa
donde los viejos mueren prematuros.

Nunca nada es suficente
en la nociva carrera del autoelogio,
el aplauso fácil, el alma hueca.

Todo se vuelve pequeño
cuando se mide
en el oscuro espejo de la complacencia.

Pero hay otro modo, otro tiempo, otras formas.

Miran los antiguos
su reflejo en el estanque,
y se admiran de las piedras
y el agua.

De eso se trata todo.

Maravillarse con lo simple:
la bella sutileza del mundo.
::.

Serranía

 

La noche avanza sobre tu recuerdo,
como un cuerpo cayendo al vacío:
la extinción de una antigua fe.

Y los árboles insomnes
iban susurrando viejas plegarias
al sol de los desmemoriados.

Y los pájaros musitaban poemas lacustres
en el amargo sabor del viento,
como un maremoto en el alma.

Quiero dormir en tus muslos de sirena
abrevando en el tiempo insurrecto
que repta por mi espalda.

Detrás de mis ojos te sueño,
como un parpadeo en la sangre,
una luz pasajera.

Dicen las huestes de la ira
que habré de morirme de viejo
de tanto añorarte.

Pero ellas no saben soñar.

Vuela mi alma en el paredón del odio
vuela mi lengua en el pabellón de la piel tan abierta,
bella mujer de acento lunar que hoy regresas desde tu ausencia.

Hoy habré de morir ensimismado en la nada,
hoy habré de partir hacia una turba de hienas infelices.

Cae la lluvia triste sobre mi cuerpo de piedra,
cae el ascensor sobre mis manos delincuentes.

Caen mis ansias sobre tus pechos comestibles,
en el negro rincón donde mueren también las certezas.

La lumbre muerde mi tacto
en la voraz recurrencia
de tu cuerpo tan presente.

Escaleras que no avanzan,
mis dedos profanos
todavía saborean la serrana curvatura
de tus caderas… imposibles.

::.

Varada en la sangre

 
La noche ríspida
va durmiendo en tu cuerpo
como un caudal de rosas.
 
Quizá no tenga
suficiente serotonina
en el alma.
 
Pero tengo al menos
un destino.
 
Será que para alegrarse
a veces es necesario
recordarse,
morderse,
acorralarse,
y recorrer pabellones
por donde el silencio
nunca ocurrió.
 
La tempestad
fija el curso de mis días
y las horas muertas
que lucen obscenas
desde la soledad del aparador
ahora te cantan
en su ataúd de recuerdos ingratos.
 
Los pasos enmudecieron
de pronto,
como una lengua
de mariposas desnudas.
 
Será que el atardecer
cayó conmigo,
como las flores desiertas
sobre el balcón
y la calle.
 
Y los cuerpos profanos
se humedecieron de pronto
en el calor de los sueños.
 
Y las palomas hirientes
miraban furiosas
desde la alacena
y la hornilla vacía.
 
Y los manteles tendidos
sobre la mesa, fugaces,
como si fueran una ofrenda
a la muerte sonriente
que aúlla y no duda.
 
En mi alma viciosa
ya nunca escampa.
 
Sólo se llena
de risas de tanta añoranza.
 
Es un poco de vino
mirando de lejos
las luces profanas
anidando en mi pecho.
 
Un mar de sombra
y cigarras
volando
ausentes
de tanto soñarte.
 
Inscripciones de piedra
y guitarra
ya lucen de pronto
enterradas en mi pecho.
 
La sangre tibia
me brota de versos lacustres
llenos de aliento y olvido.
 
Hoy miro mis manos
y apenas recuerdo
tu cuerpo tatuado
en mis dedos.
 
La tarde es un río
donde suceden
laberintos de carne
tan siempre dispuesta
buscando respuesta.
 
Las monjas blancas
se quedan absortas
mirando excitadas
las mieles del deseo
y la ruina.
 
Mi tacto sonoro
fue solo plegarias
buscando no verse.
 
Me acuesto en tu sueño
buscando
no amarte
en mis versos dolientes.
 
Tan solo apareces
cual musa dormida
en las fauces del tiempo.
 
A veces te siento
tan cerca y tan lejos
perdida en el viento.
 
Te miro y me acuerdo
que nunca exististe.
 
Tú fuiste tan breve
como una herida
varada en la piel
y la sangre.
 
Para mí
tú ya fuiste pasado,
un fantasma,
una voz resonando
en el alba.
::.

Mar concupiscencia

¿Qué se dice
cuando nada ya
se tiene que decir?

¿Qué se oye
cuando el ruido
de la noche rotulada
ha inundado tus oídos?

¿Quiénes se miran
fijamente
desde las tumbas sin rostro
que vieron morir el cielo?

¿A dónde se huye
cuando todos los refugios
que yacían en el bosque
perecieron?

¿A quiénes se le canta
el fuego-carne
de la sangre intempestiva
cuando todos duermen?

El sol es un durazno
vestido de luminiscencia,
un calor fósil que trepa
por mis piernas.

La noche es un callejón sin salida,
una daga sedienta
queriendo beberse de un sorbo
la vida magullada que flota sobre el río.

La muerte es una piedra
que lleva tatuada
la suerte de los hombres,
es un sigiloso tormento
de manos desnudas
y vírgenes prostitutas.

¿Quién se acordará de mí
cuando la madrugada doliente
abreve en tu sueño
de hembra temblorosa?

¿Quiénes limpiarán las palabras
de este amor abrasivo
y su sucio perfume
de estrella tan lejana?

¿Dónde dormirá el canto
de las aves viciosas
sin la tregua de tu mediodía?

¿Dónde dolerán las puertas
que habrán de cerrarse
gimiendo el olvido?

Viento de nube y guitarra,
paredón donde se reflejan
todos los destellos de la carne
y la clarividencia del alma,
dime una copla al oído
para ir esgrimiendo con sangre
mis versos de aire y suspiro.

Ven a mí primavera,
que yo quiero llover contigo
en el estiaje
de los cuerpos solitarios.

Ven a mí madriguera,
que yo quiero sentir tu lengua desierta
saboreando mi gangrena.

Yo sólo dije lo que vi,
dije lo que oí,
celebré que lo viví
y sólo así
aprendí
que la luna
es el fiel reflejo
de tu rostro
cuando pueblas desnuda
mis fiebres
con las que te sueño
a la deriva,
diosa derrapante
que sucedes para siempre
mis ansias carburantes
de amante homicida,
tú que allanas incesante
la parcela de mi deseo
con tus labios carroñeros
y suicidas.

Recita en tu sueño
mi nombre
como una llave secreta
para abrir laberintos
tapizados de sangre
y los días tan felices.

Dime la lengua
que hablan las musas
en tu sueño unicornio
y despiértame cuando te vayas,
que yo seguiré flotando
entre las aguas sucias
de tu ausencia,
que yo seguiré despierto
en el fuego azul
de tu mar concupiscencia.
::.

Salar

 

Sal de mi
ser de sal
que no quiero ser
la noche celosa
buscando su cielo,
no quiero ser volando
la sed de tus ojos inciertos
suscitando desvelos

Fuiste tú
flor de azar
respirando las paredes
de ese sudoroso mar,
sed de ti
y nada más,
fumando tiempo arriba
cada herida malhabida
de esta sucia soledad.

Soy de ti
sólo un sol
un poco gris,
un ciervo azul
azorado y soez,
cuando la tarde
efervescente
busca en ti
la primavera.

Las azaleas asesinas
saboreaban
sangre surco
sirio sordo,
sarro duro,
zona oscura
donde solo sale ardor
en luz de sal,
porque ciegos van
mis ojos secos,
hoy sólo quiero
ser feliz,
salir al sur
y asir el sol
con las yemas
de los dedos.
::.

Elegía del aire

 

El aire desprolijo
iba recubierto
por una niebla tóxica.

Era el tufo gris
de la hidra de mil cabezas
vomitando la miseria del mundo.

Y los niños respiraban muerte
y los animales respiraban muerte
y los dioses muertos respiraban muerte.

El valle se vistió de veneno,
mientras algunos vociferaban
el anhelado fin de los tiempos.

Iban con la cabeza turbia,
los ojos baldíos de tanta ceguera
y el farragoso aliento del amargo corazón.

La Tierra musitaba una copla
llena de aspavientos,
una herida que todavía supura.

Nadie parecía advertir
que todo hábito mórbido
engendra cadáveres.

Fuimos rehenes del aire-gangrena
persiguiendo sueños nauseabundos
en el último anuncio de la TV.

Fueron los vientos de la ira
que regaban el incendio
por doquier.

Fue la peste del clima
y su broma macabra
devolviéndonos el gesto.

La máquina voraz del consumo
seguía su curso, hirviendo el planeta,
entre tanta jodida indiferencia.

Los mercados celebraban victoriosos
cuando los tiranos decidieron cortar
cada árbol, cada cerro, cada río.

“¡Espantarán a los inversionistas!”,
reprochaban a quienes protestaban
contra el nuevo holocausto.

La tierra sangra la sangre tierra
y los hombrecillos miserables
solamente se lamentan.

Respiran veneno, beben veneno,
oyen veneno, miran veneno,
piensan veneno, repiten veneno.

Otro mundo fue posible
en la mente del que sueña
con las manos y el corazón.

Un alegre vergel
donde la risa y el alma limpia
sean sinónimos de riqueza.

Un mundo donde el despojo
y la propagación de la ruina
no sean alabados en las revistas de negocios.

El destino del ser humano
está siempre
al alcance de su mano.

Otro mundo arborescente
sigue siendo posible
en la lucha cotidiana del que ama.

Y mientras tanto,
el aire pálido
oscurecía los pulmones.

Y mientras tanto,
las noticias derramaban espanto
y nula esperanza.

Es el negocio de los insaciables avaros
que administran la infamia
con su dinero sabor a raticida.

Pronto no quedará nada:
ni un sorbo de aire azul,
ni un bebedero de agua clara.

Todo se irá pudriendo lentamente
en la inmensa cloaca
de la historia humana.

El tiempo vendrá sobre nosotros
y maldeciremos la suerte del mundo,
la crueldad de los dioses.

Mejor eso que abrir el corazón
y aceptar la verdad:
la violenta naturaleza del hombre.

Morirán las abejas y los ajolotes,
se secarán las selvas
y los ricos se quedarán con todo.

Las flores tristes llorarán de pena
sin que nadie les cante una canción
al oído.

El aire ardiente soplará sobre el mundo,
como un infierno desatado en los mares
de la desiria.

Nadie notará cuando nos hayamos ido
porque nada quedará después de nosotros.
::.

Materia

La materia es el último grado
del ensueño.

Todas las personas tienen una esencia
y esa esencia
determina el curso de sus días.

Todas las personas llevan puestos
sus demonios y fantasmas
como una culpa, una herida.

Yo por eso porto orgulloso
todas mis cicatrices
como trofeos de mis muchas batallas.

El sol sucede a la noche
y así sucesivamente
hasta el fin de los tiempos.

Una puerta se cierra,
otra se abre,
pero no hay puerta que resista
a un buen cerrajero.

Estoy vivo, estoy aquí,
lo que dura un suspiro
derramado en la premura del aire.

La tarde desnuda libera
el perfume de las flores.

Todo vuelve a su centro
tarde o temprano,
en ese vaivén de tropiezos
y despojos,
alegrías y frenesí,
que es la vida de los mortales.

Toda la carne vuelve para siempre
a la tierra.

Y así habremos de irnos
nosotros también
llegado el momento.

Sólo quien muere y renace muchas veces
puede dormitar la eternidad.

La materia vuelve al mundo
de los sueños.

::.

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