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Coco, una linda fábula sobre la muerte, el amor, el olvido y la memoria

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Una extraña fascinación por la muerte me ha acompañado desde hace muchos años, aún cuando han sido pocos mis encuentros con la flaca. Recuerdo cuando tenía 17 años, época en que uno se encontraba varado en un agujero, descubriendo lo que era el trabajo y la explotación, con sueldos miserables de 350 pesos semanales que no alcanzaban para mucho tras largas jornadas que en ocasiones superaban las ocho horas diarias. Por aquellos días, teníamos una perrita salmoyedo llamada Frida (antes de que la fridamanía invadiera el mundo). Aquella perrita además de ser nuestra única alegría por aquellos días, era la sensación de la colonia. Los niños tocaban a nuestra puerta para ver si la dejábamos salir a jugar. Cuando llegábamos a casa, exhaustos, no dejaba de ladrar hasta que no la sacáramos a pasear a la calle. Una tarde, mientras jugábamos futbol, atropellaron a Frida. Apenas la vi regresar cojeando, lastimada, antes de derramarse sobre el suelo. Corrimos a abrazarla pero para entonces ya era demasiado tarde. Tenía la lengua de fuera y sus ojitos negros, ausentes. Lloré como pocas veces en la vida ese día. La fui a enterrar a un terreno baldío. Mi hermano no quiso acompañarme y me enojé con él. A los pocos días, unos vecinos nos tocaron a la puerta para decirnos que el hedor a muerte que despedía el cadáver de la perrita era insoportable. Compramos un poco de cal, tomé la pala y volví al lugar para resolver aquella situación. Cuando llegué, el cuerpo de Frida estaba en la superficie, desenterrada. Su cabecita era la misma de siempre pero los animales le habían devorado el vientre. Me impactó mucho ver sus costillas de fuera, el reguero de tripas y un penetrante olor a podrido. Enterré a la perrita y pasé muchos días triste, tratando de hacerle una canción, pero en aquel tiempo no sabía cómo hacer una canción y lo dejé.

Por esas mismas fechas en que a veces apenas y teníamos dinero para comer, recibíamos seguido la visita de Birul, un primo de mi mamá a quien nunca habíamos tratado mucho, hasta ese entonces. Nos alegraba que cayera por la casa los fines de semana, cada vez que iba a Valles por algún asunto para luego regresar a su casa en Tamuín, siempre acompañado de sus muchos hijos. Era un bribón adorable ese Birul. Al poco tiempo cayó enfermo por unas piedras en el riñón, que se fueron complicando. Anduvo vagando de hospital en hospital. La última vez que lo vi, tenía la cara pálida, descompuesta. Aún así, nunca pasó por mi mente que se fuera a morir. Todo pasó en apenas unas pocas semanas. El sepelio fue triste, pero recuerdo que había mucha gente. Un año después, trabajando como camarógrafo de un canal de televisión local, me tocó cubrir un evento en su natal Tamuín, donde se repartieron andaderas, bastones y sillas de ruedas para viejitos. Uno de ellos, con la voz entrecortada, agradeció a Birul por la ayuda recibida que les había dado cuando todavía vivía. Aquello me tomó por sorpresa. Se me humedecieron los ojos y me conmovió pensar que las cosas que uno hace en vida, buenas o malas, que uno realiza en vida, puedan seguir resonando en la vida de otras personas mucho tiempo después de haber partido a otro mundo. Ahora que vi una foto de Birul que mi prima Ximena Borbolla compartió en su muro, me acordé de aquella anécdota.

En esas cosas me quedé pensando al salir del cine luego de ver Coco. ¡Qué lindura de película! Sobre la vida y la muerte, el amor, el olvido y la memoria. Y más porque el Día de Muertos me produce una fascinación peculiar. No en balde llevaba seis años ininterrumpidos juntando fotos de esa colorida celebración donde los muertos regresan del más allá para volver con los suyos, una vez al año. Creo que la película capta muy bien esa mágica relación del mexicano con la muerte. Luego me vino a la mente aquella canción que Silvio Rodríguez le compuso alguna vez a un solitario insecto en el lecho de su muerte:

 

¿Qué hará la tierra con los huesos

del que muere sin regreso

en virtud de su ambición?

Sin funerales, sin amigos,

sus adioses sin testigos,

sus domingos sin amor…

serán como el del insecto aquel,

muriendo solo, sin después.

Morir así es no vivir.

Morir así es desaparecer.

 

“Morir así es no vivir”, dice el poeta. Sólo quien vive en plenitud puede escapar del olvido. Sólo quien vive sin temor a la muerte vive de verdad. “Porque la vida es prestada y hay también que devolverla”, escribí hace un año camino a Cholula, en uno de los muchos poemas y reflexiones que he dedicado a la flaca. Algún día nosotros también habremos de partir. Es la única certeza posible en ese mar de dudas y extravío que es la vida, esa vida breve que se evapora en un segundo. Por eso creo, no hay tiempo que perder. Hay que vivir en plenitud, intensamente, hay que beber, hay que bailar y cantar, reír mucho, y también dolerse, hay que caer y aprender a levantarnos, vagando sonrientes entre laberintos y flores. De eso trata esta canción del Día de Muertos que compuse hace un par de años. Vivir, vivir intensamente, solamente vivir, que la vida es tan sólo un instante, un efímero chispazo para alumbrar la eternidad.

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¿Ha usted intentado convencer a alguien?

Una pequeña reflexión a partir de un interesante texto del filósofo Agustín Vicente, publicado en el Huffpost, titulado: Los hechos nos dan igual cuando contradicen nuestra identidad.

Two knight on a chessboard. Confrontation.

¿Ha intentado convencer a alguien sobre cualquier tema? En los últimos tiempos (por no decir que siempre) enfrascarme fácilmente en discusiones sobre política, asuntos de género, futbol, etcétera. Y no deja de sorprenderme, la manera en que cada quien cree lo que quiere creer, lo increíblemente cerrada que es la gente. Yo reconozco que también soy necio, pero a diferencia de la mayoría, me interesa más tratar de entender por qué ocurren las cosas antes que emitir juicios sumarios e irrefutables. Por eso también me suelen tachar de “posmoderno”, de relativismo exagerado.

Supongo que, en el fondo, soy más curioso que necio. ¿Pero cómo se hace entonces para no terminar sacándonos los ojos unos a otros entre tantos desacuerdos, tantas visiones posibles del mundo? Más que tratar de entendernos unos a otros, el único camino posible es amar a los demás, como bien dijo un carpintero nazareno hace unos miles de años atrás, lo cual implica aceptar nuestras diferencias y la imposibilidad de que alguien pueda tener “la razón” sobre algún tema. Por eso me parecen extremadamente aburridas las discusiones donde la gente pelea por tener la razón, en lugar de compartir alguna experiencia o tratar de descubrir alguna verdad velada sobre la existencia humana a través el diálogo.

La diferencia radical entre explorar e imponer, es una cuestión de actitud. Despertar esa curiosidad por el otro: ¿qué hizo que el otro piense como piensa? Y aún así es complicado. “¡No me analices!“, me han reprochado en más de una ocasión. Pero supongo que el amor, en alguna medida, también es eso: un intento de descubrir y reconocernos en esa otra persona.

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La ilusión del amor

El amor no es más que una ilusión de la mente para soportar el dolor. Y sin embargo… ¿qué sería de nosotros sin ilusiones? Dejémonos caer en la trampa, como quien vive sumergido en un profundo sueño.

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Amor: la respuesta para acabar con el clima de violencia y desesperanza en que vivimos

¿Cómo acabar con la violencia, el egoísmo y el sufrimiento en estos tiempos de oscuridad, en los que no hay esperanza y todo parece estar perdido? Es la pregunta que muchos nos hacemos ante el estado de podredumbre generalizado que vivimos a diario. A veces es necesario acabar con el ruido del exterior para examinar las cosas a otro nivel. Ayer tuve algunas diferencias con Krishnamurti, pero como sea, sus charlas siempre me ayudan a replantear las cosas a un nivel elemental.

La respuesta siempre ha estado ahí. No es la protesta, ni siquiera el deseo de justicia lo que hará que las cosas cambien. Es el amor lo único que puede acabar con esta desesperanzadora oscuridad.

A veces actuamos por las razones equivocadas. A final de cuentas, inconformarnos no resuelve el problema de fondo: el sufrimiento que nos provoca nuestros deseos cuando no son satisfechos, por más generosos que estos deseos puedan llegar a ser. Vamos en la ruta equivocada, aunque a veces la ira y el rencor (humanos a final de cuentas) nos impidan ver con claridad.

El amor es la clave. Cuando amamos, no reparamos en los defectos de las demás personas. Simplemente amamos y ya, porque nos hace sentir felices. Y ese amor hacia los demás permite modificar ese complejo entramado de relaciones que sostienen a la sociedad. El problema de esta sociedad frívola y egoísta es precisamente ese: la falta de amor. No podremos corregir los problemas del mundo a través del conocimiento y la voluntad, sin esa energía capaz de mover al mundo que es el amor. Nos hace falta inconformarnos menos y ejercer más el amor, volvernos locos, amar hasta al más odiado enemigo. Siempre que indago en lo profundo de mí, cuando me siento tranquilo y en paz, aflora la misma respuesta.

Es cierto, abrir el corazón es siempre un riesgo: el riesgo de ser lastimado. Pero dadas las circunstancias, tenemos que correr ese riesgo. Es la única alternativa real para cambiar este mundo tan lleno de dolor y tan escaso de amor. Amar para acabar con el conflicto que aqueja el corazón del ser humano. Amar para volvernos uno y volvernos todos. Amar la vida y amar la muerte. Amar, amar, amar… tan sencillo como eso.
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Las cuatro actitudes inconmensurables del Buda

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No existe amor donde hay apego

El amor no puede existir donde existe apego. El apego es una ilusión de la mente para sentir seguridad en un mundo inseguro. Sentimos apego por aquello que nos da seguridad. Pero el amor no puede estar condicionado por nuestra inseguridad. Y es de esa inseguridad de la que nacen los celos, la ira, el odio. Pero esto no es un problema intelectual. Neurótico como soy, trataba de buscar respuestas intelectuales a la inquietud que vengo manifestando desde hace tiempo. Pero el conocimiento no es sinónimo de paz interior. Luego viene Krishnamurti y lo confirma con una frase contundente que me pegó en lo profundo: “La libertad es el fin del conocimiento”. De ahí que mis intentos por entender el problema no hayan sido suficientes para resolverlo. Hay que aprender a callar, para escuchar las respuestas que siempre han estado ahí.

El influjo mágico de la luna frente al dogma de la razón

¡Cómo me gustan los cuentos maravillosos de ese genio neurótico que es Woody Allen! Magic in the Moonlight (Magia a la luz de la luna) es otra de sus tantas obras maestras. Un elogio a la locura frente al absurdo dogma de la racionalidad absoluta. No deja de sorprenderme la enorme profundidad de sus películas y la contrastante ligereza de su narrativa. Las grandes verdades del mundo caben mejor en una comedia. La razón es razón suficiente para volverse loco en un mundo caótico e irracional como este. ¿Qué sería de nosotros si no estuviéramos tan predispuestos a la locura, a embriagarnos de ficción? No hay mayor placer en la vida que dejarnos embaucar en el fraudulento misterio del amor. Imperdible.

LUNA

El secreto origen de la vida: el ritmo del orden y el caos

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Hoy tuve una revelación, de esas revelaciones profundas que le dan sentido a la existencia. Desperté de un sueño y me puse a reflexionar sobre la vida. Como mi proyecto actual para comprender el valor de las cosas me ha planteado un problema aún más grande, estoy tratando de construir una filosofía de la vida. Y para llevar a cabo semejante empresa, es preciso comprender primero qué es la vida.

Tras leer el libro de El origen de la vida, de Alexander Oparin, me quedó claro que la aparición de la materia orgánica -a partir de una combinación de moléculas de hidrógeno y carbono-, fue una condición elemental para que la vida en el planeta Tierra se desarrollara en el agua. La hipótesis de Oparin en torno a este caldo primigenio fue confirmada por el experimento de Miller y Urey, mismo que representó el inicio de la abiogénesis experimental al sintetizar materia orgánica a partir de sustancias inorgánicas. De este modo se comprobó que las reacciones químicas en los orígenes del planeta Tierra crearon las condiciones propicias para la aparición de la materia orgánica sobre la cual se desarrollaría la vida como la conocemos.

Sin embargo, a esta explicación le faltaba algo. ¿Cómo es posible que la materia inerte decidiera autorreplicarse? ¿En qué momento y en qué conducciones ocurrió esto? ¿Por qué? La pregunta me llevó a indagar sobre el papel del ácido ribonucléico (ARN) como la explicación más remota de la vida. La hipótesis del mundo del ARN, enunciada de manera formal por el químico Walter Gilbert en 1986, plantea que al ser el ARN un eficiente catalizador, esto permitió que los enlaces químicos encargados de procesar la energía para sintetizar proteínas pudiera mantenerse estable y guardar una copia de la información genética que a la larga haría posible la reproducción celular. Con el paso del tiempo, el ARN desarrolló una membrana protectora capaz de resguardar el material genético, lo cual dio origen a las primeras células. De este modo, la aparición de los ácidos nucléicos, permitieron convertir reacciones químicas simples en el complejo proceso del metabolismo celular.

Intrigado en comprender la manera en que las enzimas del ARN (conocidas como ribozimas) sintetizan energía, tuve que recurrir a principios elementales de bioquímica. En el camino me encontré con el trabajo de divulgación del doctor Edgar Vázquez Contreras, investigador del Instituto de Química de la UNAM, en el cual explica que uno de los conceptos fundamentales para entender la bioenergética a partir de la Segunda Ley de la Termodinámica es el concepto de entropía, el cual se define como una magnitud física que mide la energía que se desperdicia al realizar un trabajo. Y a partir de la idea de entropía, el investigador sostiene que “la información es una fuente de energía”. Una idea que resulta todo una revelación a la hora de entender sistemas complejos como el lenguaje, lo social o la existencia humana.

De este modo, la información (lenguaje) es un proceso a partir del cual en que la energía inherente en los seres vivos puede autorreplicarse, ya que todo código es una especie de enzima capaz de catalizar energía a través de unidades de información. De ahí que los seres vivos sean capaces de procesar enormes cantidades de información a una gran velocidad, lo cual hace suponer a investigadores como el físico Vlatko Vedral que organismos vivos como las plantas pueden procesar información mediante procesos de la mecánica cuántica para realizar funciones complejas como la fontosíntesis.

El concepto de entropía, desarrollado en la década de 1850 por Rudolf Clausius, autor de la Segundo principio de la termodinámica, se desarrolló con el fin de explicar cómo es que la transferencia de calor tiende hacia un equilibrio, lo cual permitió contrarrestar problemas elementales de eficiencia energética en el desarrollo de máquinas complejas a partir de la Revolución Industrial. En otras palabras, el término entropía explica la manera en que el universo tiende a distribuir la energía uniformemente; es decir, a maximizar la entropía. La entropía puede definirse como una medida de la distribución aleatoria de un sistema, una medida del caos generado dentro de un sistema aislado. La entropía busca calcular las posibilidades del desorden de la materia que tiende hacia un equilibrio térmico. En otras palabras, la noción de entropía permite entender la manera en que el caos busca un orden.

“Es posible afirmar que, como el universo es un sistema aislado, su entropía crece constantemente con el tiempo. Esto marca un sentido a la evolución del mundo físico, que se conoce como principio de evolución. Cuando la entropía sea máxima en el universo, esto es, cuando exista un equilibrio entre todas las temperaturas y presiones, llegará la muerte térmica del universo (enunciada por Rudolf Clausius)”, según explica un artículo de Wikipedia sobre el tema.

El asunto plantea un problema metafísico. El caos que tiende al orden absoluto, el equilibrio, donde todo es estático para convertirse nuevamente en caos. La existencia se presenta entonces como un fractal entre el orden y el caos, donde ambas fuerzas se sintetizan en un solo ente capaz de conferirle sentido a la existencia a través de la conciliación de los contrarios.

En un estado de orden absoluto, la unidad y el sistema se funden en uno solo. No hay divisiones, todo se vuelve estático. En el caos, la separación de la unidad y el sistema es total, genera ruido, es dinámica. Todo orden es caótico y todo caos es ordenado. Los contrarios se complementan. Esa es la evolución natural de las cosas.

Una verdad elemental que el taoísmo desarrolló a partir de la idea del ying-yang, símbolo que condensa la manera en que las fuerzas contrarias se conjugan en un solo ser (el Tao, Dios, el gran espíritu, la totalidad universal).

De este modo, la vida es una forma de orden que parte del caos y cuya finalidad es el equilibrio, es decir, regresar al caos del que vino. La existencia es cíclica porque es un ir y venir entre el orden y el caos. Ese desarrollo evolutivo de todas las cosas es lo que hace posible la existencia. La vida se definiría entonces, como una manifestación de esa dualidad energía-movimiento que hace posible ir y venir del caos al orden, que en realidad son lo mismo.

Esto nos permite entender a otro nivel situaciones compelas de la existencia humana, como el amor, esa energía-movimiento que permite conferirle sentido a todo y al mismo tiempo genera confusión y ausencia de sentido. Si nosotros formamos parte de la totalidad del cosmos, comprendernos a nosotros mismos es revelar el sentido del universo. “Como es arriba es abajo”, reza el principio hermético de correspondencia, en el cual se evidencia la relación existente entre todas las cosas del universo. El ser humano es un ser infinito porque en él reside el secreto de la vida, el secreto de la energía total que va continuamente del orden al caos. La vida es una manifestación del ritmo universal, la vida es al mismo tiempo caótica y ordenada. Comprender esto es comprenderlo todo, porque en la conciencia divina el uno y el todo son lo mismo. ::.

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La enfermedad mental de la opulencia

La vida da giros inesperados. Siempre. Así fue como Thomas Peter Shadyac, director de comedias como Ace Ventura o Patch Adams se dio cuenta de que la idea de éxito impulsada por la civilización occidental es una enfermedad mental, o wetiko, palabra con la cual el investigador Jack Davis explica cómo algunas etnias de indígenas norteamericanos describen ese comportamiento atípico de los seres humanos que se “comen la vida de otro ser humano”, de un modo similar al canibalismo. Contrario a lo que ocurre en la naturaleza, el ser humano busca acumular más de lo que necesita para vivir. De ahí que vivamos en una sociedad enferma donde la realización se concibe como la acumulación de capital. ¿Y cómo remediarla? A través del amor y la compasión por lo demás. Ese es el mensaje último de Shadyac, en Yo soy (I am), una peliculita sincera en el que se investigan las alternativas para sanar a ese monstruo llamado capitalismo, alimentado por nuestra ambición desmedida y falta de conexión con todos los seres que pueblan la existencia.

Hoy venía en el autobús pensando que soy un hombre rico. Y no porque tenga dinero, sino porque necesito pocas cosas para ser feliz. La riqueza de un ser humano no debería medirse por su capacidad de acumular bienes materiales, sino por el desarrollo del ser, condición que conduce a vivir feliz sin esa enfermiza necesidad de acumular cosas materiales y hacer daño a los demás. Ya por la noche, mi hermano me recomendó una peliculilla que va muy ad hoc con lo que venía pensando. ¿Qué sería del mundo si midiéramos la riqueza desde otra perspectiva? ¿Qué pasaría si todas las personas buscaran el desarrollo del ser antes que la acumulación de bienes? Un mundo muy diferente, sin duda alguna.

El delirante mundo de Galeano

Recién me encontré con este video de 2011, cortesía del siempre entrañable Eduardo Galeano y su delirante visión de un mundo mejor. ¿Y si nosotros también deliramos un ratito este 2015, o mejor aún, deliramos toda la vida? Al igual que el genio uruguayo, yo también creo que es posible construir un mundo donde todos los humanos aprendan a amar a todos los seres que pueblan el planeta. Solo entonces nos daremos cuenta de que la libertad y la justicia, “esas hermanas siamesas” solo pueden ser posibles cuando emanan del corazón. Ya no habrá necesidad de hacerle daño a nadie porque nunca más estaremos solos. Esa es mi delirante profecía para este 2015 que está por comenzar. ¡Feliz año!

 

La poesía del viento, la última obra maestra de Miyazaki

El viento se levanta… tiene que intentar vivir”.
Paul Valery

¡Cuánta poesía tiene la última película de Hayao Miyazaki! Un viaje íntimo a través de la suavidad del viento, el amor, los sueños. La sensibilidad de Miyazaki se expresa en toda su magnitud en El viento se levanta, la historia de un ingeniero de aeronáutica, Jiro Horikoshi, inventor de los aviones de caza japoneses utilizados en la Segunda Guerra Mundial. Una historia sobre el amor que se levanta, invisible como el viento, y se derrama sobre la hierba, sombreros que vuelan distraídos, sombrillas que nos arrastran lejos. Tantas metáforas sobre el viento llegaron a mi mente con esta película. Desde la emblemática canción de los Caifanes (“Préstame tu peine, y péiname el alma…) hasta aquel libro inolvidable de Juan Carlos Onetti: Dejemos hablar al viento.

Algo tiene de poético ese suave transcurrir del viento, algo misterioso que nos hace sentirnos ligeros, incluso entre el aire caliente que destila el fuego de la guerra.

“La inspiración abre las puertas del futuro”, le dice Caproni al joven Jiro. Quizá ahí reside la fuerza de este conmovedor e inspirador drama de Miyazaki. Algo mágico tienen los sueños y el amor, que se abren paso entre lo terrible del mundo. Por eso hay que “intentar vivir”, como el viento que se desenreda por el mundo en un lento murmullo de hojas.

Jane Godall: de cómo la compasión construye esperanza

Se supone que esta sería una charla sobre las diferencias entre el ser humano y los chimpancés, pero terminó en una lección sobre cómo construir la esperanza a través del amor y la compasión hacia los otros. Jane Godall es una mujer ejemplar. A lo largo de su ilustre carrera en el mundo de la ciencia, estudiando y redefiniendo a la especie humana en el reflejo de sus parientes más cercanos (los chimpancés), la conservacionista británica sabe muy bien que el conocimiento científico es estéril si no va acompañado de una carga emotiva lo suficientemente fuerte como para transformar ese estado perverso de cosas que prevalece en el mundo.

Construir la esperanza en cada acto de nuestras vidas, mostrando respeto por nosotros mismos y por los otros seres con los que compartimos este planeta. Si la ambición desmedida de los países ricos y la miseria que se riega como epidemia entre los pobres y marginados ha desembocado en un sinsentido que inmoviliza, entonces habremos de reconstruir el sentido perdido con la fe absoluta de que nuestras acciones serán determinantes para hacer de este un mundo mejor. Esa es la lección de esta descomunal e incansable mujer que ha pasado su vida esparciendo ese mensaje de esperanza donde el ser humano puede coexistir en armonía con su entorno una vez que logre despojarse de ese absurdo y patológico deseo de dominarlo todo, poseerlo todo. Un mundo nuevo es posible. Hagámoslo realidad.

 

De tal padre, tal hijo: el drama del amor paternal sin manual de emergencia

Una película muy fuerte sobre el dilema de la paternidad. ¿Qué significa ser padre? ¿El amor de padre e hijo es un asunto de sangre o se construye con la convivencia del día a día? ¿Qué pasaría si descubrieras que tu hijo de seis años no lleva tu sangre? Eso es lo que plantea el director Hirokazu Kore-eda en el drama De tal padre, tal hijo, cinta galardonada en diversos festivales. Una película que plantea muchas preguntas en ese doloroso proceso de vivir sin paracaídas. Una película intimista al más puro estilo japonés, minuciosa y sutil, una película que sugiere e insinúa sin tratar de imponer una verdad. ¿Qué debiera sentir uno en esos casos? No existen guiones ni manuales de emergencia en el trance del amor. Los sentimientos no suelen obedecer las reglas impuestas por los hombres.

La dignidad perdida

DIGNIDAD

Dignidad. Algo que este país perdió hace un buen rato. El momento actual evidencia la farsa. Un presidente que viaja a Sudáfrica para homenajear a Mandela al mismo tiempo que sus serviles legisladores del PRI y PAN aprueban el saqueo de la renta petrolera a través de una reforma energética muy útil para que un selecto grupo de bandidos se llenen los bolsillos mientras administran la miseria de millones de personas. ¡Vaya hipocresía! ¡Vaya bajeza! ¡Vaya cinismo! La tibieza de los medios también tiene ese tufo patético, vulgar. Muy pocos son los que están dispuestos a contradecir la voluntad todopoderosa del régimen. “No hay que morder la mano que nos da de comer”, se repiten a sí mismos los virreyes de la desinformación. Lo mismo una intelectualidad plácidamente acomodada en el dispendio oneroso de la compra de conciencias. Mejor el silencio cómplice, la cómoda indiferencia. Es el país de la servidumbre voluntaria, donde nada fluye por su propia cuenta si no es bajo el cobijo de la corrupción. Un país hecho mierda. Esta es la patria dolorida que nos han dejado. ¿Esto habremos de legarles a nuestros hijos? El futuro como sinónimo del apocalipsis. ¿Hasta dónde se puede tensar la liga sin romperse? ¿Hasta cuándo habremos de seguir soportando las limosnas que nos obsequian nuestros señores feudales con sus programas de beneficencia en tiempos electorales? La urgencia de una revolución se hace más evidente con el paso de los días. La sociedad civil debe construir un proyecto de nación distinto al que plantea una clase política sumergida en su propia inmundicia. Fortalecer el debate con miras a la conformación de un nuevo Congreso Constituyente para la construcción de una nueva Constitución y un nuevo reparto de poderes entre los diversos grupos sociales, un nuevo pacto social más equitativo, más justo, que traiga paz a este país desangrado por la avaricia ilimitada. Un nuevo acuerdo para la construcción de un nuevo país. Ese debe ser el objetivo. Y para ello es indispensable darle forma a la revolución: empezar a imaginarla, empezar a nombrarla, empezar a construirla. Sin miedo. De manera firme, sin rencor. Una revolución donde el amor sea nuestra guía. Solo así podremos detener esta barbarie de todos contra todos.

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La escuela: ¿fábrica de hombres-máquina o semilla transformadora de la realidad?

Una interesante plática de Ken Robinson sobre cómo el actual modelo educativo termina erosionando la creatividad de los alumnos a través de una homogenización del pensamiento diseñada para satisfacer los intereses de mercado. No en balde, los sistemas de educación pública surgieron como consecuencia directa de la revolución industrial, enclavada en un proyecto de modernidad que hoy agoniza ante la irrupción de la globalización, la era de la información y el auge de la genética. La educación como la conocemos se ha quedado desfasada del mundo. Y mientras en México se libra un debate estéril sobre la necesidad de que los profesores sean evaluados para cumplir con los estándares de competitividad de la OCDE, en otros rincones del planeta la discusión empieza a sentar las bases del futuro. Lo que propone Robinson no se trata de una insípida reforma educativa, como esas que tanto celebra nuestra anacrónica clase política (que de educación no sabe nada), sino de una verdadera revolución en la forma de construir el saber. Algo que, de acuerdo con el pensamiento de Foucault, terminará siendo decisivo para replantear las relaciones de poder en el mundo.

Y ya que andamos por estos rumbos de la praxis educativas, les dejo otro pequeño video con un ser humano auténtico que entendió perfectamente cuál debe ser el rumbo de la educación: educar para transformar el mundo, educar para sembrar esperanza. El maestro Paulo Freire hablando explica por qué el amor, y no los intereses monetarios, debe ser la base de una buena educación.

El profeta: sembrador de esperanza

Toda profecía es una reinterpretación del presente. El profeta es capaz de revelar el futuro porque entiende que el futuro no es sino una consecuencia del presente. Su poder para predecir el futuro es el poder de la clarividencia, es decir, el poder de ver con claridad. El profeta anuncia el porvenir al enunciar el significado del mundo. Sabe que si fertiliza la tierra y siembra la semilla, el árbol dará frutos, aunque pasen mil años. Hace falta que florezcan profetas en esta oscuridad para sembrar esperanza en este mundo desahuciado que aprieta los dientes. Y para ello, será necesario viajar a los confines de la existencia, hacia el centro de nosotros mismos. Si queremos entender los problemas del mundo tenemos que mirar hacia dentro, estudiarnos, explorarnos, entender que el mundo no es sino el reflejo de nuestros adentros. Cuando comprendemos esta sencilla verdad, podemos entender el sufrimiento del otro. Creamos un vínculo con su dolor, con su alegría. Luego entenderemos que todos los seres que pueblan este planeta forman un solo organismo. Ya no habrá separación. La empatía va creando vínculos. Mi bienestar será el bienestar de los demás. Se borrará el odio. Germinará la compasión. Y el mundo habrá cambiado. La verdad revelada por el profeta terminará haciéndose realidad. El amor se regará por el mundo. He aquí mi profecía.

Al menos flores, al menos cantos

¿Qué significa ser mexicano? Es algo que no cabe en una bandera, un partido de futbol o en el exacerbado fervor patriótico que se destila en estas fechas. Un país se define por su gente y la manera en que se relacionan, los significados que comparten unos con otros, una historia común que nos identifica. Por eso duele ver un México hecho pedazos como el de hoy. Pero estoy convencido de que el amor, cuando es verdadero, debe ser incondicional. Hoy hace un buen día para cantarle a esta patria dolorida por la que vale la pena luchar y defender. Y creo que no hay mejor manera de describir este sentimiento, que con esta rolita de Ferando Delgadillo que habla precisamente del amor de los que vienen y los que vendrán, cobijados por el abrazo de una misma tierra. ¿Qué dirán de nosotros cuando nos hayamos ido? La pregunta me recuerda un bello poema náhuatl que responde a la incógnita:

¿Sólo así he de irme?
¿Como las flores que perecieron?
¿Nada quedará de mi nombre?
¿Nada de mi fama aquí en la Tierra?
Al menos flores, al menos cantos.

Cantos de Huexotzingo.

Y ya que andamos por estos rumbos, les comparto otra forma de decir México. De cuando el poema enuncia la noche remota de nuestro origen primigenio, y lo celebra en el rumor lunar del agua… uno de esos poemas capaces de cambiarle la vida a alguien (como es mi caso).

 

La terrible similitud del futbol y la política

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El asunto es tan patético que da risa. Una historia llena de personajes lastimeros dotados de una comicidad involuntaria, como si hubiera sido escrita por Moliere. Un fracaso que se veía venir y que, contrario a lo que algunos piensan, no ha tocado fondo. La historia del Tri es tristísima, como tristísima es la historia reciente de este país. Un juego que no divierte a nadie. Un gobierno convertido en administrador del desastre. Quizá por eso la cancha de futbol se ha convertido en el último bastión de la ruina nacional, metáfora perfecta para evidenciar la frustración que se respira a diario en las calles. El futbol se parece cada vez más a la política y nuestros políticos no son sino el grotesco reflejo de lo que somos como sociedad. Las comparaciones absurdas entre Enrique Peña Nieto y el ‘Chepo‘ de la Torre no son casualidad. Son el síntoma de un mal común que aqueja al grueso de la población. El egoísmo es nuestro verdadero deporte nacional. Ahí estamos, peleando todos contra todos, señalándonos unos a otros hasta encontrar un culpable, un chivo expiatorio que permita justificar la devastación del presente y este futuro vacío de esperanza que nos acecha a la vuelta de la esquina. Ahí están los furibundos comentaristas de la televisión pidiendo que se corten cabezas contra los responsables de que el Tri no vaya al Mundial, vociferando contra la arrogancia de ese remedo de futbolistas derrotados sin siquiera meter las manos. Pobres. No se dan cuenta. ¿Ya no se acuerdan la manera en que denostaban a los equipos centroamericanos? ¿Acaso no contribuyeron ellos, desde la comodidad del micrófono, a alimentar esa arrogancia voluminosa que tanto detestan?

Lo mismo pasa todos los días al revisar la portada de los diarios y enterarse de esta crónica de fracasos disfrazada de progreso: la mentira institucional como sustituto de la realidad. No saben que la zalamería con la que actúan terminará por aplastarlos. La realidad no puede mutilarse a conveniencia para que se ajuste a mis propios intereses, como pretenden algunos. La verdad termina siempre por derramarse ahí donde se engendra la corrupción, más tarde o más temprano. ¿No se dan cuenta? Así es este juego de todos contra todos, donde las tribus enseñan los dientes y amenazan con morder. “Mientras yo esté bien, que los demás se chinguen”, es el himno que nos repetimos a diario. Todos defienden sus propios intereses sin importarles lo que ocurra a los demás. La egolatría y la vanidad se erigen como el fundamento de esta realidad viciosa que perfuma el aire con un agrio olor a muerte y podredumbre, un aire espeso, tóxico, asfixiante, que se riega por el mundo como una epidemia.

En el México de hoy no debería sorprendernos que once futbolistas pintados de verde jueguen anteponiendo sus intereses a los del equipo. Por eso no es de sorprenderse que los políticos de todas las denominaciones defiendan los intereses sectarios que atentan contra el bien común. Los ricos contra los pobres y los pobres contra los ricos. La doctrina del ojo por ojo es la única ley posible. Eso explica la ceguera colectiva. “¡Sálvese quien pueda y como pueda!”, es la consigna con la que nos levantamos de la cama. Vivimos una persecución constante. Hay que estar siempre alerta. Si te descuidas el otro te clavará el puñal por la espalda. Si te apendejas el otro te va a joder. En México la Ley de Herodes no es una película de Luis Estrada ni un cuento de Ibargüengoitia: es un símbolo patrio.

Que a nadie le sorprenda que el futbol se haya convertido en el ultimo resquicio del nacionalismo, en la puerta de emergencia para huir de esta frustración sistemática como forma de vida, al igual que el alcohol, las drogas, la violencia o la enajenación silenciosa, esas válvulas de escape donde se canaliza el odio contra el mundo, el odio contra uno mismo. El futbol abandonó su vocación lúdica para convertirse en negocio. Ya no es divertido. Los futbolistas sufren ante el temor punzante de no fallar, no cometer la más ligera equivocación para no ser condenados a la hoguera del escarnio y la humillación pública, la peor de las condenas para el pero de los delitos en esta sociedad fraticida que erige templos a la egolatría como pasatiempo predilecto. Quizá por eso los futbolistas ya no fintan, ya no juegan de taquito ni sonríen. Quizá por eso la gente asiste a los estadios de futbol para escupir y golpear al enemigo, el que viste un color distinto al mío. Triste el día en que el futbolista se convirtió en el prototipo del agelasta. Triste el juego donde no hay risas ni hay amor. Triste país donde no hay risas ni hay amor. La vida es más grande que un juego de futbol o una elección presidencial pero nos gusta creer lo contrario para vomitar toda la frustración y la ira que llevamos dentro. Terminamos atrapados siempre en esa enajenación ritual que conduce al fanatismo, a la sordera conveniente, la estupidez como premisa de escape. Pensándolo bien, el futbol y la política tienen mucho en común. Demasiado en común. Da risa lo patético que resulta jugar este juego sin sentido. Por eso, procuraré reírme de mí mismo la próxima vez que remate de chilenita y caiga de costalazo en el intento. “Quedamos los que puedan sonreír en medio de la muerte”, como canta Silvio. Así en la política como en el futbol. No hay de otra.

Ser feliz porque sí

El problema de la competencia es que alimenta la ilusión de la separación. En toda competición existe un deseo insatisfecho de ser más que los demás. Uno quiere ser más que los demás para someter al otro, imponerle su voluntad, obligarlo a obedecerle. Dominar al otro para que no pueda herirme, controlar al otro para no ser mordido y poder evadir el dolor. Esa es la perversa idea que nos han inculcado en torno a lo que significa el ‘éxito’. ¿Cómo puedo ser yo más que otro, si ese otro es también parte de mí? De ahí la importancia de descubrir cada quien su lugar en el mundo, ser lo que uno es, y nada más. Yo soy el otro del otro. Amar al prójimo es amarse a sí mismo. Respetar al otro es respetarse a sí mismo. El sentimiento de superioridad es un espejismo que nos aísla, nos hace sentir vulnerables, temerosos. Y es entonces cuando germina la corrupción. Sí queremos eliminar el sufrimiento imperante en el mundo tenemos que aceptar esta verdad. Reconocernos en el espejo de todas las cosas. Yo soy el mundo. Yo soy tú. El mundo soy yo. Tú eres yo. Es ahí donde comienza el despertar. La noción de lo bueno y lo malo se borra. Se muere el odio. Aprendemos a ver sin prejuicios. Las cosas son lo que son. Lo aceptamos. Entonces florece la compasión. Compartimos un mismo dolor con todos los seres, una misma alegría. En nuestro corazón palpita el mundo. Cuando entendemos eso, las cosas adquieren otra dimensión. Nuestros ojos se llenan de nuevos colores. La muerte se convierte en un regalo con el que habremos de celebrar la vida. Estamos juntos, tú, yo, todos, respirando el mismo aire. Compartimos nuestra existencia con todos los seres que pueblan el mundo. Ser feliz porque sí. Eso es lo único que importa. Lo que en verdad importa.

buda

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