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Aforismo sobre el fuego

Uno no puede pretender dominar el fuego sin salir quemado. Las quemaduras son parte de experimentar la naturaleza del fuego. La única manera de comprender, es vivir la experiencia. Entender la dinámica del fuego es vivir en carne propia la experiencia de las llamas, aceptar que a veces quema y a veces calienta en medio del frío. Aprender es darse cuenta, descubrir el orden natural de las cosas que resuena en nuestro interior.

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La crisis del modelo educativo es la crisis de la tradición moderna

“Hannah Arendt, en relación con la crisis de la educación escribía: «La crisis de la autoridad en la educación está estrechamente ligada a la crisis de la tradición, es decir, a la crisis de nuestra actitud hacia todo lo que afecta al pasado». Y nosotros añadiríamos «y hacia todo lo que afecta al futuro»”, apunta Lluís Duch en ‘Religión y comunicación’.

Me parece que la reflexión de Arendt da en el clavo al explicar la crisis global del modelo educativo: un desencanto profundo de la tradición moderna-capitalista-occidental que hace mucho dejó de satisfacer las necesidades y expectativas de los estudiantes. La crisis de la educación está fincada en la crisis del sistema social y el actual modelo civilizatorio en su conjunto. Agrega Duch: “El enseñar y aprender, no obstante, resultan enteramente irrealizables sin unas referencias explícitas a una determinada tradición”, siguiendo a Gadamer. ¿Pero qué pasa cuando la tradición misma entra en crisis? La educación termina siendo arrastrada en la misma crisis. De ahí que la crisis de la educación no es sino reflejo de la crisis de la modernidad. Al respecto dice Duch:

“La crisis global de la sociedad actual es fundamentalmente una crisis pedagógica: a todos niveles y en todos los sistemas sociales —familia, religión, escuela, política—, la transmisión del polifacetismo de la vida experimenta graves y, con frecuencia, mortales distorsiones en la hora presente. En el contexto en que nos movemos, esta crisis pedagógica se percibe sobre todo en el aprendizaje incorrecto de los diversos lenguajes que, si los aprende mediante transmisiones incorrectas, están a disposición del ser humano para que se vuelva capaz de habitar y de expresar su lugar en el mundo”.

Y mientras eso ocurre, aquí se sigue hablando de evaluar a los maestros como sinónimo de una supuesta “gran reforma educativa”. De ese tamaño tan ínfimo es la capacidad intelectual de nuestros deleznables gobernantes. Luego no nos sorprendamos de por qué vivimos en un país devastado como lo es México hoy en día.

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El miedo a ganar

En la vida como en el futbol, se puede perder contra el rival pero no contra el miedo. Hoy fue lo que experimentó México, una vez más. Tuvo a Holanda contra la lona y le dio miedo dar el siguiente paso, la estocada definitiva para romper con la inercia del fracaso que nos ha perseguido durante dos décadas en las justas mundialistas. Parecía que hoy sería distinto, que el Piojo Herrera se moriría con la suya, que se la jugaría al frente como hizo en la primera fase del Mundial Brasil 2014. Pero no fue así.

La pesadilla mexicana comenzó luego de anotar el primer gol. El sufrimiento de ir ganando. Vaya ironía. El escenario parecía inmejorable. Al verse abajo en el marcador, Holanda tendría que arriesgar, abrir espacios. Las condiciones estaban dadas para responder agresivamente y finiquitar el partido. Pero no. El carismático entrenador mexicano decidió traicionar su filosofía de juego al hacer su primer cambio defensivo. En un movimiento táctico difícil de entender, sacó a Giovani, autor del gol tricolor, para meter a Aquino, quien de manera circunstancial logró colarse de último minuto a Brasil. Herrera tuvo miedo de perder la ventaja. Apostó por mantener la diferencia mínima desde el minuto 60. Era demasiado prematuro para echarse atrás. Los holandeses, rugidos de gol, se vinieron encima. Además de perder el control de la media cancha, México perdió pegada al frente. El cambio de Oribe Peralta por Chicharito terminó por desdibujar el parado de los verdes sobre el terreno de juego, debido a que el delantero del Manchester United requiere de un cómplice al frente para hacer daño a la defensa rival y abrir los espacios necesarios para que sus compañeros lleguen con claridad a la meta enemiga. Nada de eso ocurrió.

Las llegadas con peligro del cuadro europeo fueron cada vez más insistentes. El portero Guillermo Ochoa hizo gala de sus reflejos felinos en un par de ocasiones para mantener el resultado. La fatalidad rondaba en el aire. Era cuestión de tiempo para que cayera un gol en contra. Un rebote seguido de un potente disparo de Wesley Sneijder acabó con la esperanza de romper la maldición. El penal solo terminó por confirmar la hipótesis. Aún cuando los holandeses fallaran la pena máxima, la suerte estaba echada. El cuadro nacional no tenía con qué responder al frente tras quemar todos sus cambios. México perdió por el miedo a perder. Otra vez. Otra tarde triste de sueños que se van directo a la coladera. Otra vez la impotencia, la frustración. En el futbol como en la vida, hay formas de perder. México optó por una particularmente dolorosa: el terror de salir a ganar.

No se trata de hacer leña del árbol caído. Los jugadores dieron un Mundial mejor de lo esperado. Me gustaría que el Piojo siga al frente del Tri otros cuatro años. Pero si queremos avanzar tenemos que aprender de nuestros errores. Algo que no ocurre actualmente.

La cosa no pasaría de ahí, si no fuera por las reacciones al término del partido. Los comentarios que inundaron las redes sociales evidenciaban con amargura nuestra triste realidad, la mediocridad endémica que tanto hemos cultivado los mexicanos de un tiempo a la fecha, la misma que tiene al país en la ruina. No es una exageración. El futbol como espejo de la realidad, terminó por desnudar nuestras muchas limitaciones como nación.

La derrota fue culpa del árbitro. No importó que el mismo árbitro nos perdonara un penal claro como el agua al final del primer tiempo. No importó que México hubiera sido echado atrás durante los últimos 40 minutos del partido sin opciones al frente. No. Una vez más, terminamos asumiéndonos como víctimas de las circunstancias en lugar de hacernos responsables de nuestro destino.

Para el Piojo Herrera y millones de furibundos usuarios de internet, la derrota se explicaba por una decisión arbitral que debería ser investigada por la mismísima FIFA, y no por lo que el equipo dejó de hacer en la cancha. Por supuesto, es más cómodo buscar culpables fuera, que asumir la responsabilidad de nuestras acciones. Es justo el mismo patrón de comportamiento utilizado por el gobierno de Enrique Peña Nieto para explicar el estancamiento de la economía nacional debido a causas exógenas como la parálisis de la economía de Estados Unidos. Una vez más, México es víctima del árbitro, del mercado internacional. El pobrecito México, el indefenso que siempre se termina chingando frente a las potencias. Una mentalidad estúpida que nos ayuda a entender la triste realidad que padecemos todos los días, la del abuso sistemático de las cúpulas, la apatía que prevalece en las calles a la hora de pelear por aquello que nos corresponde, aquello que nos pertenece.

Lo mismo ocurre con el conformismo fácil. “Se hizo lo que se pudo”, es la justificación perfecta para la mediocridad que padecemos, aún cuando se tuvo la mesa puesta para salir a ganar y comerse el mundo. La manera en que la gente aplaude a su selección de futbol por “devolverle la ilusión”, aunque sea un efímero momento, es similar a lo que ocurre durante las campañas electorales, cuando la gente termina creyéndose las mismas mentiras de siempre con tal de dejarse envolver por esa ilusión perversa de que las cosas van a cambiar tachando una pinche boleta.

Mientras sigamos repitiendo los mismos patrones de siempre, las cosas no cambiarán, ni en el futbol ni en la política. Seguimos atados a la inercia del conformismo. Buscar villanos para justificar nuestra desgracia es otra forma en que se manifiesta la cobardía. Por eso no crecemos, no maduramos. Seguimos actuando como niños indefensos despojados de un dulce. Así actuamos ahora mismo que nos intentan arrebatar el petróleo o fortalecer el control mediático que sustenta al actual régimen. Por supuesto, es más cómodo asumir la cobarde postura de culpar a los demás antes que aceptar el dolor de vernos a nosotros mismos como lo que realmente somos.

Si queremos que las cosas cambien, tenemos que actuar diferente, pensar diferente. Tenemos que asumir la responsabilidad de nuestras acciones, asumir una postura crítica para aprender de nuestros errores y seguir avanzando de frente, a pesar de los obstáculos, a pesar de todo. Si queremos crecer, tenemos que vencer nuestros miedos. Así en la vida como en el futbol.

Gravity: “en el espacio la vida es imposible”

 

Una obra maestra. Me había resistido a ver Gravity en el cine. Supongo que no era el momento preciso, aún con el escándalo mediático que generó Alfonso Cuarón durante los Oscares. Me arrebató el aliento. Una película redonda de principio a fin. Un retrato íntimo de lo que significa estar perdido. Una odisea espacial donde aprender a soltar las pesadas cargas de la existencia resulta vital para seguir viviendo. Yo había escuchado algunas críticas no tan favorables a la película, alegando que la historia era demasiado simple. Pero la maestría de Cuarón no está en el guión de la cinta, sino en la manera en que pudo llevar a cabo de manera satisfactoria una película sumamente compleja en el plano técnico y narrativo, con un monólogo sin palabras donde las bellísimas imágenes de Emmanuel Chivo Lubezki y los trepidantes giros de cámara van desnudando los muchos dolores de la doctora Ryan Stone (interpretada por Sandra Bullock) en su lucha por desprenderse de aquellas viejas heridas que incendian el alma con un hierro caliente. El gran mérito de la película, no es el argumento, sino la manera en que se cuenta la historia. Cuarón llevó al séptimo arte a una nueva dimensión que seguramente será valorada en su verdadera magnitud con el paso del tiempo. Esos laaaaargos planos secuencia con el planeta azul de fondo y el drama de la existencia en primer plano. Una técnica cinematográfica impecable que atrapa desde el primer momento hasta el último. Una metáfora de todo aquello que debemos dejar atrás. “En el espacio la vida es imposible”, dice el prólogo de la cinta, casi como una advertencia. Un poema visual de 90 minutos sobre el vacío del ser a la deriva en la negrura inconmesurable del cosmos. Demasiado abstracto para la imaginación acartonada de las masas y varios seudocríticos de cine.

La escuela: ¿fábrica de hombres-máquina o semilla transformadora de la realidad?

Una interesante plática de Ken Robinson sobre cómo el actual modelo educativo termina erosionando la creatividad de los alumnos a través de una homogenización del pensamiento diseñada para satisfacer los intereses de mercado. No en balde, los sistemas de educación pública surgieron como consecuencia directa de la revolución industrial, enclavada en un proyecto de modernidad que hoy agoniza ante la irrupción de la globalización, la era de la información y el auge de la genética. La educación como la conocemos se ha quedado desfasada del mundo. Y mientras en México se libra un debate estéril sobre la necesidad de que los profesores sean evaluados para cumplir con los estándares de competitividad de la OCDE, en otros rincones del planeta la discusión empieza a sentar las bases del futuro. Lo que propone Robinson no se trata de una insípida reforma educativa, como esas que tanto celebra nuestra anacrónica clase política (que de educación no sabe nada), sino de una verdadera revolución en la forma de construir el saber. Algo que, de acuerdo con el pensamiento de Foucault, terminará siendo decisivo para replantear las relaciones de poder en el mundo.

Y ya que andamos por estos rumbos de la praxis educativas, les dejo otro pequeño video con un ser humano auténtico que entendió perfectamente cuál debe ser el rumbo de la educación: educar para transformar el mundo, educar para sembrar esperanza. El maestro Paulo Freire hablando explica por qué el amor, y no los intereses monetarios, debe ser la base de una buena educación.

“Aprender es cambiar”

Siddharta pasó seis años en el camino de los ascetas, sin bañarse, comiendo un grano de arroz y bebiendo un sorbo de agua. De pronto escuchó una bella melodía proveniente de un bote. El músico dijo a su alumno: si tensas demasiado la cuerda se romperá; si la sueltas demasiado no tocará. Siddharta se iluminó. Supo que había una gran verdad en aquellas palabras. Una joven le ofreció un tazón de arroz y se zambulló en el agua. Sus discípulos se sintieron traicionados. “Has abandonado tus votos”, le reprocharon. Siddharta quiso compartir su descubrimiento. “Aprender es cambiar”, dijo.

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