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El hombre arborescente

Sabía que su muerte estaba próxima. Lo sentía desde hace unos días, luego de que la fatiga profunda lo tiró en cama. A sus noventa y ocho años de edad, Tomás Alvarado se veía mucho más joven de lo que realmente era. Algo que él solía atribuirle al buen humor que le caracterizaba, el mismo que logró sacarlo adelante en los momentos más apremiantes de su vida. Miró hacia atrás, escarbando en las profundidades de la memoria, recordando aquellos lejanos días de juventud donde el mundo parecía abrirse de maneras insospechadas para él. Se sintió feliz de haber logrado todo lo que se propuso en la vida. Orgulloso de sus estrepitosos fracasos, no se quedó con las ganas de intentar lo imposible, aunque le dijeran loco. Ahora que se aproximaba el fin, se sentía tranquilo. Supo que era el momento de partir y dejar todo atrás. Un último deseo impregnó su corazón. Tomás Alvarado desenterró un sueño de la infancia y lo escribió en un pedazo de papel que se encontraba sobre el buró junto a su cama. Observó con enorme gozo a una pareja de colibríes que se detuvo frente a la ventana de su recámara. Sintió que su cuerpo se hacía ligero. Esbozó una tenue sonrisa y se echó a dormir.

Tendrían que pasar algunas horas para que la hija de Tomás se percatara del repentino fallecimiento de su padre. Rebeca se limpió los ojos rojos llenos de lágrimas y miró por la ventana. Se secó los ojos hinchados de tanto llorar y marcó el teléfono para comunicarle la noticia a sus hermanos. Don Tomás fue enterrado en su rancho, como siempre había querido. Con el paso del tiempo, la vida arrojó un aguacate sobre su tumba. La lluvia se encargó de forjar el milagro. Las raíces se hundían en la tierra al tiempo que el anciano despertaba de su letargo. Tomás Alvarado cumplió así su último anhelo antes de morir, su sueño de reencarnar y convertirse en árbol.

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El árbol de la lengua

Una bellísima infografía sobre las ramificaciones de las diferentes lenguas indoeuropeas que dominan el habla en el mundo. Me gustaría conocer los otros árboles de la lengua para completar ese bello jardín de la lengua humana.

El árbol de la lengua

El dolor y la vida según Malick

La vida duele. Ese pareciera ser el punto de partida de El árbol de la vida, quinto largometraje en la filmografía de Terrence Malick, el cual le hizo acreedor de la Palma de Oro en 2011.

En este ensayo-ficción sobre la cruel lucha entre las pasiones humanas y la redención implícita en la anhelada búsqueda de la felicidad, el director estadounidense descubre un nuevo lenguaje cinematográfico, una nueva forma de narrar con soltura algo tan complejo como la vida misma.

A partir de retazos cotidianos y reminiscencias de nuestro origen cósmico, Malick se adentra en las contradicciones de la condición humana para explorar temas inherentes al drama de estar vivos: Dios, el miedo, el amor, la muerte, el dolor. Una batalla entre el orden natural de las cosas frente al caos de las pulsiones carnales.

La historia se sostiene en la intimidad de una típica familia estadounidense de los años 50s donde los desplantes de un padre autoritario obsesionado con el éxito (interpretado por Brad Pitt) y la ternura incondicional de una madre (Jessica Chastain) son los referentes principales en al vida de tres niños que van descubriendo el mundo a través del desencanto que implica la muerte paulatina de la inocencia. Tres niños que descubrirán la aflicción de la vida a través de la fatalidad de Dios y sus extraños mandatos, ese señor omnipresente y caprichoso que “envía moscas a heridas que debería sanar”.

De este modo es que Malick hace de las sensaciones más sutiles una experiencia sublime, logrando un discurso sólido en esta pieza donde las imágenes del cinefotógrafo mexicano Emmanuel ´Chivo´ Lubezki (en uno de los mejores trabajos de su carrera) revelan texturas, matices y encuadres que dotan de una carga explosiva al melancólico y áspero mundo al que hace referencia el filme.

Un retrato sobre el dolor primigenio de las relaciones humanas, donde el amor se presenta como la única puerta de escape, tal como reconocen el propio Malick a través de sus personajes: “La única manera de ser feliz es amando. Si no amas, tu vida pasará rápidamente”.

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