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A los escritores, periodistas, artistas e intelectuales de América Latina y el mundo: URGE CONFORMAR UN FRENTE GLOBAL ANTIFASCISTA

Mientras en México los cretinos se indignan por el hecho de que Maduro vendrá a la toma de posesión de López Obrador, al mismo tiempo que no dicen ni pío sobre la dictadura en Honduras que expulsa miles de migrantes, hoy el triunfo electoral del fascista Jair Bolsonaro en Brasil escribe hoy uno de los episodios más oscuros para América Latina en los últimos 20 años.

Al final, a la ultraderecha brasileña apoyada por Estados Unidos, le salió la jugada de encarcelar a Lula sin que existiera una sola prueba que demostrara su culpabilidad. Lo de hoy es sólo consecuencia de un golpe de Estado y un fraude orquestado desde hace ya varias semanas.

Lo increíble es la poca resonancia mediática que tiene este avance de la ultraderecha en el mundo. Prácticamente todo el norte de Europa tiene gobiernos abiertamente neonazis, al igual que países como Italia, Hungría, Estados Unidos y ahora Brasil.

¿Dónde están los intelectuales del mundo condenando esta afrenta contra los derechos civiles de la gente?

Pero por supuesto, los medios hegemónicos, controlados desde Washington y Wall Street, simplemente callan frente a esta tragedia global.

Por eso urge organizar un frente mundial contra el fascismo. No podemos permitir que en el mundo avancen estos trogloditas mientras aquellos que ocupan lugares de privilegio en los medios de comunicación, simplemente se limitan a observar la catástrofe.

Hagamos algo. No permitamos que los fascistas se apoderen del mundo. Recordemos las millones de muertes que provocó la Segunda Guerra Mundial. No podemos ni debemos aceptar que el discurso supremacista blanco siga ganando terreno en el ajedrez de la geopolítica global. El futuro de millones está en riesgo.

Conformemos un frente antifascista para resistir la embestida y reescribir la historia del mundo.
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El miedo a ganar

En la vida como en el futbol, se puede perder contra el rival pero no contra el miedo. Hoy fue lo que experimentó México, una vez más. Tuvo a Holanda contra la lona y le dio miedo dar el siguiente paso, la estocada definitiva para romper con la inercia del fracaso que nos ha perseguido durante dos décadas en las justas mundialistas. Parecía que hoy sería distinto, que el Piojo Herrera se moriría con la suya, que se la jugaría al frente como hizo en la primera fase del Mundial Brasil 2014. Pero no fue así.

La pesadilla mexicana comenzó luego de anotar el primer gol. El sufrimiento de ir ganando. Vaya ironía. El escenario parecía inmejorable. Al verse abajo en el marcador, Holanda tendría que arriesgar, abrir espacios. Las condiciones estaban dadas para responder agresivamente y finiquitar el partido. Pero no. El carismático entrenador mexicano decidió traicionar su filosofía de juego al hacer su primer cambio defensivo. En un movimiento táctico difícil de entender, sacó a Giovani, autor del gol tricolor, para meter a Aquino, quien de manera circunstancial logró colarse de último minuto a Brasil. Herrera tuvo miedo de perder la ventaja. Apostó por mantener la diferencia mínima desde el minuto 60. Era demasiado prematuro para echarse atrás. Los holandeses, rugidos de gol, se vinieron encima. Además de perder el control de la media cancha, México perdió pegada al frente. El cambio de Oribe Peralta por Chicharito terminó por desdibujar el parado de los verdes sobre el terreno de juego, debido a que el delantero del Manchester United requiere de un cómplice al frente para hacer daño a la defensa rival y abrir los espacios necesarios para que sus compañeros lleguen con claridad a la meta enemiga. Nada de eso ocurrió.

Las llegadas con peligro del cuadro europeo fueron cada vez más insistentes. El portero Guillermo Ochoa hizo gala de sus reflejos felinos en un par de ocasiones para mantener el resultado. La fatalidad rondaba en el aire. Era cuestión de tiempo para que cayera un gol en contra. Un rebote seguido de un potente disparo de Wesley Sneijder acabó con la esperanza de romper la maldición. El penal solo terminó por confirmar la hipótesis. Aún cuando los holandeses fallaran la pena máxima, la suerte estaba echada. El cuadro nacional no tenía con qué responder al frente tras quemar todos sus cambios. México perdió por el miedo a perder. Otra vez. Otra tarde triste de sueños que se van directo a la coladera. Otra vez la impotencia, la frustración. En el futbol como en la vida, hay formas de perder. México optó por una particularmente dolorosa: el terror de salir a ganar.

No se trata de hacer leña del árbol caído. Los jugadores dieron un Mundial mejor de lo esperado. Me gustaría que el Piojo siga al frente del Tri otros cuatro años. Pero si queremos avanzar tenemos que aprender de nuestros errores. Algo que no ocurre actualmente.

La cosa no pasaría de ahí, si no fuera por las reacciones al término del partido. Los comentarios que inundaron las redes sociales evidenciaban con amargura nuestra triste realidad, la mediocridad endémica que tanto hemos cultivado los mexicanos de un tiempo a la fecha, la misma que tiene al país en la ruina. No es una exageración. El futbol como espejo de la realidad, terminó por desnudar nuestras muchas limitaciones como nación.

La derrota fue culpa del árbitro. No importó que el mismo árbitro nos perdonara un penal claro como el agua al final del primer tiempo. No importó que México hubiera sido echado atrás durante los últimos 40 minutos del partido sin opciones al frente. No. Una vez más, terminamos asumiéndonos como víctimas de las circunstancias en lugar de hacernos responsables de nuestro destino.

Para el Piojo Herrera y millones de furibundos usuarios de internet, la derrota se explicaba por una decisión arbitral que debería ser investigada por la mismísima FIFA, y no por lo que el equipo dejó de hacer en la cancha. Por supuesto, es más cómodo buscar culpables fuera, que asumir la responsabilidad de nuestras acciones. Es justo el mismo patrón de comportamiento utilizado por el gobierno de Enrique Peña Nieto para explicar el estancamiento de la economía nacional debido a causas exógenas como la parálisis de la economía de Estados Unidos. Una vez más, México es víctima del árbitro, del mercado internacional. El pobrecito México, el indefenso que siempre se termina chingando frente a las potencias. Una mentalidad estúpida que nos ayuda a entender la triste realidad que padecemos todos los días, la del abuso sistemático de las cúpulas, la apatía que prevalece en las calles a la hora de pelear por aquello que nos corresponde, aquello que nos pertenece.

Lo mismo ocurre con el conformismo fácil. “Se hizo lo que se pudo”, es la justificación perfecta para la mediocridad que padecemos, aún cuando se tuvo la mesa puesta para salir a ganar y comerse el mundo. La manera en que la gente aplaude a su selección de futbol por “devolverle la ilusión”, aunque sea un efímero momento, es similar a lo que ocurre durante las campañas electorales, cuando la gente termina creyéndose las mismas mentiras de siempre con tal de dejarse envolver por esa ilusión perversa de que las cosas van a cambiar tachando una pinche boleta.

Mientras sigamos repitiendo los mismos patrones de siempre, las cosas no cambiarán, ni en el futbol ni en la política. Seguimos atados a la inercia del conformismo. Buscar villanos para justificar nuestra desgracia es otra forma en que se manifiesta la cobardía. Por eso no crecemos, no maduramos. Seguimos actuando como niños indefensos despojados de un dulce. Así actuamos ahora mismo que nos intentan arrebatar el petróleo o fortalecer el control mediático que sustenta al actual régimen. Por supuesto, es más cómodo asumir la cobarde postura de culpar a los demás antes que aceptar el dolor de vernos a nosotros mismos como lo que realmente somos.

Si queremos que las cosas cambien, tenemos que actuar diferente, pensar diferente. Tenemos que asumir la responsabilidad de nuestras acciones, asumir una postura crítica para aprender de nuestros errores y seguir avanzando de frente, a pesar de los obstáculos, a pesar de todo. Si queremos crecer, tenemos que vencer nuestros miedos. Así en la vida como en el futbol.

Crónica: El adiós del guerrero andino

Chile se fue en un alarido, como mueren los guerreros sobre el campo de batalla. La pelota zumbó en el poste y recorrió la línea de gol por un costado. Lágrimas de frustración. Lágrimas de alegría. Brasil soltó el aire. Un milagro los salvó del desastre. La canarinha no estuvo a la altura de su historia. La suerte pudo más. Así se despidió Chile del Mundial de Futbol en el Mineirão de Belo Horizonte tras un partido inolvidable.

Los andinos dejaron el alma en el césped. No fue suficiente. Algún extraño conjuro debió haber realizado Julio César sobre su portería para impedir que los chilenos redondearan un partido inolvidable donde la presión estuvo a punto de aplastar al anfitrión. Antes de iniciar la tanda de penales, el guardameta brasileño tuvo una visión. “Tiren con confianza que voy a detener tres”, dijo a sus compañeros. Julio Cesar contuvo los disparos de Pinilla y Alexis Sánchez. El poste se encargó del resto.

Jara falló el último disparo segundos después de que un acalambrado Neymar soportara al país sobre sus hombros para otorgar una ventaja que a la poste sería definitiva.

Chile se despedía del Mundial de Futbol dejándolo todo sobre la cancha. “Nos vaciamos por entero”, diría el portero y capitán chileno, Claudio Bravo. Así fue. Una pelota al travesaño tras un potente disparo del 9 andino al final de la prórroga salvó de milagro a un Brasil desconcertado ante la ferocidad del rival. El arrojo de los chilenos sería personificado en Medel, el imponente defensor que aguantó buena parte del juego con la pierna desecha para salir de la cancha al minuto 108 con los ojos húmedos de dolor por tener que abandonar la batalla. Una escena épica.

La afición brasileña sonrió tras el milagro de ganar pese a dar un partido horrible. La suerte del anfitrión borró por un momento las críticas a las dos bultos que el entrenador brasileño, Felipao, decidió llevar al certamen con la obligación de hacer goles. Ni el insípido Fred, ni mucho menos aún el espigado Jo, hicieron justicia a sus antecesores. Nunca antes, los atacantes brasileños parecieron tan insignificantes. Una ofensiva vergonzosa que sobrellevaba la frustración con un par de fierrazos de Hulk y alguna jugada esporádica de Neymar. Un gol de David Luiz y los errores en la zaga brasileña que abrieron la puerta para que Alexis Sánchez empatara el juego y pusiera contra las cuerdas al máximo favorito del torneo, evidenciaron las muchas limitaciones de este deslavado Brasil. La suerte impidió una tragedia casi inminente para un país que pareciera estar condenado a disfrutar la gloria mundialista en casa ajena.

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De cuando la Piojomanía tomó por sorpresa al mundo

Nunca nadie en la historia del futbol había gesticulado tanto un gol como el Piojo Herrera. Quién hubiera podido predecir que aquel jugador temperamental de estrambótico peinado, que defendió los colores del Atlante y aquel mítico Toros Neza de mediados de los 90, le terminaría arrebatando los reflectores a Neymar y compañía en su propia casa. La Piojomanía se volvió global en menos de una semana.

La intensidad con la que vive cada partido desde el límite de su área técnica, batiendo las manos como torbellino o revolcándose con sus jugadores (literal), ha dejado absortos a los medios mundiales que incluso han calificado al estratega tricolor como “lo mejor del Mundial”. La impavidez del entrenador croata Niko Kovac solo sirvió para acentuar el contraste con el bullicioso entrenador mexicano. No en balde, su peculiar manera de festejar se ha convertido en una de las estampas más memorables del Mundial de Futbol Brasil 2014.

Populachero y carismático, Herrera es un auténtico volcán, como atinadamente lo definió la BBC. El nuevo antihéroe de la cultura popular mexicana, afirma El País. Un güero de barrio capaz de cautivar a todo una nación con su talento en el banquillo y su manera de desenvolverse frente a los micrófonos. El mismo que colecciona trajes Armani y Hermenegildo Zegna y prefiere jugar echado hacia adelante antes que especular con el empate. Su éxito ha sido tal, que incluso parece haber eclipsado el gran desempeño de sus jugadores durante el máximo torneo del balompié mundial. Las imágenes del Piojo inundan el internet y las redes sociales, lo mismo ataviado de supersayayín que desgarrándose las vestiduras arriba de un ring al estilo Hulk Hogan. Un mito viviente que va escribiendo su historia al chingadazo, como buen mexicano.

La euforia con la que vibra el estratega del Tri resulta casi una ficción en una época donde la alegría desbordada sobre el terreno de juego suele ser castigada con tarjeta amarilla. En un juego donde la efectividad pareciera ser más importante que sonreír, la sola presencia de Miguel Herrera en el banquillo de la Selección Mexicana representa un atentado contra la moral hipócrita con la que se manejan los señores feudales del futbol. Quizá de ahí provenga el inusitado frenesí que ha desencadenado este peculiar personaje. Su manera de festejar cada gol como si fuera el último, le ha recordado al mundo que además de un negocio, el futbol también puede ser algo divertido, apasionante.

Nadie sabe con exactitud cuánto tiempo durará la Piojomanía. Mucho dependerá de lo que México consiga frente a Holanda. En la vida como en el futbol, las predicciones resultan inútiles. Nadie puede saber lo qué pasará el próximo domingo. La única certeza es que el Piojo Herrera hará erupción, gane o pierda. Lo mismo puede acabar mentándole la madre al árbitro en un espectáculo bochornoso que dando vueltas de regocijo sobre el césped. Es impredecible. Habrá que estar preparados para disfrutar lo inesperado. De esas historias que sólo pueden contarse cada cuatro años en un Mundial de Futbol.

El marketing futbolero en la víspera mundialista

Como cada cuatro años, las principales firmas de ropa deportiva invierten millones de dólares para atraer la atención de los consumidores que padecen la fiebre futbolera que impregnará los hogares del mundo entero durante la celebración del campeonato mundial de futbol Brasil 2014. Este año no es la excepción. El pequeño cortometraje de Nike no tiene nada novedoso: las máximas estrellas del balompié (con excepción de Messi) disputándose la gloria en una cascarita de fantasía. Y sin embargo, resulta harto estimulante para que la imaginación ruede y ruede junto al balón.

 

En cntraste, el psicodélico anuncio de Adidas muestra una peculiar mezcla de tachas, colores neón, música electrónica con aires de reggaeton y, por supuesto, futbol carioca.

La etílica fiebre pambolera de Gucho

El plan era tan descabellado que podría funcionar. Beber cerveza hasta lograr el sueño de ir al Mundial de futbol en Brasil.  Estaba dispuesto a todo, a beberse el hígado si fuera necesario. La sugerente publicidad cervecera surtió un efecto esperanzador en él. Había ahorrado dinero con perseverancia durante dos años para acudir puntual a su cita en Brasil. Nadie pudo prever que unos meses antes de acabar el año perdería su trabajo. El dinero que juntó se fue por la coladera en un parpadeo. Los gastos empezaron a ahorcarlo. El teléfono, el alquiler, el transporte, la comida… todos le parecían gastos superficiales comparados con el goce inconmesurable de asistir al Mundial. Pero cuando el hambre aprieta y la comida del refrigerador comienza a escasear, la perspectiva de las cosas suele cambiar un poco. Aunque comprendió que en la vida existen necesidades más inmediatas que el fútbol, la pronta resignación nunca llegó. Se imaginaba ebrio en las playas de Copacabana junto a una espectacular brasileña de carnaval y todos los clichés posibles gracias a la magia de la televisión. Decidió encomendarse a un milagro: el milagro del marketing en la víspera mundialista. La revelación se produjo en la jornada tres del torneo de clausura del balompié nacional, durante el medio tiempo de un somnífero encuentro entre Chivas y Puebla. En un anuncio de televisión, una afamada cervecería que en otros tiempos había sido motivo del orgullo nacional y que había sido recientemente vendida a una empresa belga, prometía llevar a miles de aficionados a la fiesta mundialista con la única consigna de juntar las tapas marcadas y salir sorteado. De inmediato supo que el llamado era para él. Era justo lo que necesitaba. Beber hasta la perdición para cumplir su sueño mundialista.

Gucho emprendió la aventura un domingo de fiebre pambolera. Se levantó del sillón para buscar la cartera. El dinero en su interior no era mucho pero sí el suficiente para emprender la aventura. Bajó con la desesperación típica de un aficionado cuyo equipo es asediado por la escuadra rival en los últimos minutos de un encuentro de vida o muerte en la lucha por el no descenso. Recorrió dos cuadras hasta llegar a la tienda. Llegó exhausto. El aire le faltaba pero eso no le impidió comprar cinco caguamas. Por un breve momento, trató de convencerse de que su plan era una estupidez, pero un gol tempranero en el segundo tiempo proyectado en el televisor de la tienda borró definitivamente cualquier rastro de prudencia. Regresó a casa entusiasmado. Metió las botellas de cerveza al refrigerador y destapó la primera. Se bebió la mitad de un solo jalón. Acorralado por el calor infernal de recorrer dos cuadras, el refrescante y helado sorbo de su dorada chela le supo a gloria. El éxtasis fue tal, que Incluso olvidó constatar si la corcholata estaba marcada con la clave que habría de registrar a través de internet. Se sintió aliviado al ver el código HX79G3 al reverso de la tapa. Tomó el resto de su cerveza sentado en el sillón, haciendo cuentas de cuánta cerveza necesitaría consumir semanalmente para asegurar su boleto a Brasil. Si hacía un esfuerzo considerable y se bebía al menos tres caguamas al día, tan solo en un mes conseguiría chuparse noventa y tantas chelas. El proyecto resultó por demás estimulante. La inercia se encargó del resto.

A los pocos días consiguió un empleo como supervisor de un call center. La remuneración no era mucha pero sí la suficiente para garantizar el necesario suministro de alcohol. Como desperdiciaba toda la mañana trabajando, se bebía religiosamente sus tres caguamas en el transcurso de la tarde-noche. Al término de cada extenuante jornada de mareos embrutecedores y anhelos pamboleros, Gucho se iba a dormir aliviado y con la conciencia tranquila de que había hecho todo lo posible por materializar su sueño. Con el paso de los días fue adquiriendo condición para el trago mientras se le iba hinchando la barriga. Sus amigos notaron el cambio físico que experimentaba Gucho con su peculiar proyecto. Algunos de ellos decidieron ayudarlo con la esperanza de que aquel cerro de corcholatas que había logrado juntar el pinche Gucho con el paso de las semanas, los hiciera merecedores de ocupar el puesto de acompañante en el viaje todo pagado a Brasil que continuamente prometía la cervecería durante el resumen televisivo de la jornada futbolera, justo después de que se transmitiera una no tan breve cápsula con las últimas adecuaciones realizadas por el ‘Piojo’ Herrera en el dibujo táctico de la decepción nacional. Los fines de semana se hicieron demoledores. Las botellas vacías se iban acumulando en la cocina de manera exponencial, con música a todo volumen de fondo y efervescentes discusiones filosóficas de gran calado para dilucidar quién de los dos, Messi o Cristiano Ronaldo, debía hacerse acreedor al título de mejor jugador del planeta. La necedad podía alcanzar niveles de insensatez extraordinarios. En alguna ocasión, el Calaco, uno de sus mejores amigos, afirmó con una certeza absoluta que el único equipo capaz de vencer al Barcelona de Pep Guardiola era el América de Zague, aquel equipo con el que los americanistas revivían en sus mentes la gloria ochentera. Una declaración infame que solo un seguidor recalcitrante del americanismo podría enunciar. Tal disparate desató una epidemia de carcajadas que duró semanas. El Botarga incluso estuvo punto de echar cerveza por la nariz con la aberrante y descomunal afirmación del Calaco. Así pasaban todos los fines de semana, repasando los videos en YouTube con las mejores jugadas de Zidane y Ronaldo en sus buenos tiempos. A menudo, aquellas extenuantes jornadas de vicio y cruda pambolera terminaban con una o más personas tendidas sobre el suelo o desparramados en el sofá de la estancia, con ocasionales espasmos de expulsión chelera por la vía oral. Aquello era un desastre. Vasos por toda la estancia, algunos con colillas de cigarro dentro, charcos pegajosos en el piso, muebles desvencijados hechos pedazos y hasta una ventana rota. Eso no impedía que aquella cuadrilla de ebrios se levantaran a las doce del día para ir por una pancita bien condimentada al mercado de los domingos y sudar la cruda armando la reta en el polvorín donde se juntaba la banda para echar patadas emulando a sus ídolos. Por supuesto, el final de la reta era coronada por una obligada tanda de chelas. El resultado no importaba. Sí ganaban, celebrarían el triunfo chupando. Sí perdían, había que curar las penas con unas frías. Nunca sobran justificaciones para conectar la peda. El plan comenzaba a desdibujarse. Ya nadie se acordaba de juntar las corcholatas marcadas y mucho menos registrarlas en internet como los cánones del merchandasing ordenaban.

La víspera mundialista se evaporó en un parpadeo. Cuando Gucho recordó que tenía un cerro de tapas marcadas era demasiado tarde. La promoción había expirado. El sueño mundialista se derrumbaba ante sus ojos. Ya no bailaría samba junto a las hermosas mulatas en las coloradas arenas de Copacabana. Se sintió como un completo imbécil. El plan fracasó estrepitosamente. Los lunes de faltar al trabajo, sus pocos ingresos invertidos en cerveza. Todo fue en vano. La cuenta regresiva llegó a su fin. La fiesta mundialista inició con una espectacular celebración. Un festín de colores y música afroamericana aderezada con nostalgia futbolera. Se deprimió profundamente. Pero había que recobrar el ánimo lo antes posible. El Tri necesitaría toda la ayuda posible para realizar una hazaña luego de una desastrosa eliminatoria. Los amigos de Gucho quedaron de reunirse en casa para ver el partido de México ante Camerún. El Calaco tenía un buen presentimiento. El hecho de que el Piojo Herrera hubiera llegado al Mundial con un América reforzado debía interpretarse como un buen presagio. Un chicharrón le cayó en el ojo. El árbitro pitó el inicio del encuentro. Las emociones fueron pocas, pero llenas de intensidad. Un par de disparos a puerta y una salvada del portero impidieron que el Tri se pusiera al frente. Luego vino la mala suerte. El gol de los africanos vino acompañado de un silencio espeso. Todos voltearon a ver al Calaco. Otra fritura le dio en la cara. La tensión se alargaba conforme iban transcurriendo los minutos. Una derrota en el partido inicial significaba una eliminación segura. El equipo no se encontraba sobre el terreno de juego. Mucha entrega acompañada de muchas imprecisiones hacían mella. Las mentadas de madre comenzaban a subir de tono. Y de pronto el milagro. Un gol de último minuto de los mexicanos hizo que el entrenador nacional reviviera sus viejas glorias de súper sayayin. El grito de gol se regó por las calles de todo el país. El golazo del “Horrible” Peralta prendió la mecha. Fin del partido. Un empate con sabor a triunfo.

“Les dije que tenía un buen presentimiento”, afemía el Calaco. La euforia era total. Gucho decidió que aquella cardíaca igualada era digna de celebrarse en el Ángel de la Independencia. Varios miles de aficionados pensaban lo mismo. El resultado es irrelevante para justificar la fiesta. Aquello era una fiesta atípica por un empate. Gucho y su once titular llegaron a la glorieta de Reforma ebrios de gloria mundialista. Recordó entonces su plan para asistir al Mundial, pero no le importó. La satisfacción de aquella cuasi victoria al lado de los suyos no tenía precio. Total, podía esperar otros cuatro años para viajar a Rusia y festejar como un poseído junto a unas güeras bien chidas al otro lado del mundo. Pero no era momento de pensar en eso. El Tri consiguió un empate de película y eso era todo lo que importaba. Lo suficiente para ponerse una peda de antología. Nada en el mundo podía superar ese inexplicable derroche de alegría llamado futbol.

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