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Lecciones del Buda poeta

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El Buda enseñó que la avidez, el odio y el ofuscamiento son “las tres raíces de lo perjudicial”.

Yo soy un tipo muy intenso. Tengo una especie de amplificador en los sentidos y el alma, propenso a desear cosas apasionadamente. Pero así como las cosas buenas se vuelven sublimes en ese estado mental, las cosas malas se vuelven terribles, insoportables. Esos altibajos conducen tarde o temprano al sufrimiento. Con el paso del tiempo, he logrado atemperar un poco ese ardor que vive en mí, pero todavía me queda mucho camino por recorrer, mucho aún por aprender sobre mí mismo en esta rueda de vaivenes que es la vida.

A veces es bueno parar y tratar de entender esas cosas. Sobre todo, en un ambiente tan contaminante como el que vivimos últimamente, lleno de avidez, odio y ofuscamiento, como el que predomina en la calle y las redes sociodigitales.

Algo que me ha sorprendido al comenzar mi lectura sobre el Majjhima Nakaya (los sermones medios del Buda) es descubrir que Siddartha era también poeta:

Voy ahora a Kasi para poner en marcha la rueda de la Enseñanza
y hacer sonar el tambor de lo que no muere
en un mundo que está ciego.

“Hacer sonar el tambor de lo que no muere”. ¡Qué espléndido verso!

No existe un camino único para alcanzar el desarrollo del espíritu. La vida ofrece muchas posibilidades. Cada quien decide cuál sendero tomar. Somos consecuencia del karma, la suma de todas nuestras acciones, buenas y malas, mismas que habrán de configurar un destino. Por eso agradezco los momentos de extravío, que nos permiten frenar la vorágine del tiempo que nos devora, aclarar la mente y el corazón, recobrar el Norte.

La eternidad reside en lo efímero, en la conciencia de que nada permanece. Somos acaso un suspiro cabalgando en el viento, un fuego bailando en la simetría del sueño.

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Las cuatro actitudes inconmensurables del Buda

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“Aprender es cambiar”

Siddharta pasó seis años en el camino de los ascetas, sin bañarse, comiendo un grano de arroz y bebiendo un sorbo de agua. De pronto escuchó una bella melodía proveniente de un bote. El músico dijo a su alumno: si tensas demasiado la cuerda se romperá; si la sueltas demasiado no tocará. Siddharta se iluminó. Supo que había una gran verdad en aquellas palabras. Una joven le ofreció un tazón de arroz y se zambulló en el agua. Sus discípulos se sintieron traicionados. “Has abandonado tus votos”, le reprocharon. Siddharta quiso compartir su descubrimiento. “Aprender es cambiar”, dijo.

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El camino a la iluminación: Dogen y el sendero del zen

“Ver las cosas como son, eso es iluminación”, dice Dogen al señor Tokiyori. El sufrimiento ciega, y por ello, en ocasiones somos incapaces de ver lo obvio. Ahí la enseñanza de Dogen, el maestro budista fundador de la escuela Sōtō del Zen, quien exploró por sí mismo las enseñanzas del Buda para liberarse del sufrimiento y alcanzar la iluminación. Y esto es precisamente de lo que habla la película Zen: la vida de Dogen, dirigida por Banmei Takahashi.

“Al depender de otros niegas al Buda que hay en ti”, señala Dogen a Orin, tras la muerte de su hijo y el dolor profundo que experimenta al no encontrar resignación.

El filme narra la búsqueda del monje japonés, quien a través de su fe y la praxis, significó una influencia positiva para aquellos que le rodearon, tal como demuestra Dogen al señor Tokiyori, regente de la provincia de Kamakura, al enseñarle que la única manera de liberarse de los demonios internos es despojarse de las ataduras que nos hacen aferrarnos con desesperación a las cosas que nos hacen daño.

“La conversión significa aceptación. El dolor, la pena y odio de los espíritus es el dolor, pena y odio propio. Debe asumir esa angustia. Pero no puede aceptar esa angustia sin antes abandonar todo su ser”, apunta Dogen, quien utiliza una metáfora lunar para ejemplificar el Buda consustancial que habita dentro de nosotros, aunque a veces lo olvidemos: “aunque las nubes podrían tapar la luna, o pueda desaparecer del cielo, no podemos afirmar que no existe la luna”.

“Si haces mal, cosecharás el maldad. Si haces el bien, cosecharás bondad. Cuando la muerte se aproxime, ni el poder político, ni aquellos que amas, ni la gran fortuna serán capaces de salvarte. Para morir debes estar solo. Todo lo que te acompañará es lo que hiciste en vida. Eso y nada más”.

Otro de los momentos memorables de la película se da cuando Dogen se despide de sus discípulos, recordándoles ejercitar las tres mentes: la mente alegre, la mente bondadosa y la mente universal.

“Estudiar el camino de Buda es estudiar el sí mismo. Estudiar el sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidar el sí mismo es ser iluminado por todo. Ser iluminado por todo es liberar tu propio cuerpo y mente, liberar el cuerpo y la mente de otros”, dice.

Liberarse del sufrimiento significa ser libre de todo apego, incluso el apego a la vida misma, al propio cuerpo. La felicidad habita dentro de uno. Conviene recordarlo a menudo.

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