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Madurar es ser viento y agua

“Decía Bergson que para un ser consciente existir es cambiar, cambiar es madurar y madurar es crearse indefinidamente”, dice el neurocientífico José Luis Díaz. Luego entonces, una persona madura es la que se reinventa todos los días para adaptarse a un entorno cambiante. Madurar no es estancarse en el pasado ni proyectarse hacia el futuro. Madurar es aprender a fluir, aprender a ser viento y agua.

El cerebro social

Leyendo El error de Descartes, un libro de neurociencia escrito por Antonio Damasio, resulta muy claro cómo las conexiones que establece cada neurona con el resto son determinantes para explicar el buen funcionamiento del cerebro. En el cerebro existen comunidades de neuronas en las que cada una juega un papel específico en las funciones cerebrales. Y dentro de cada comunidad, cada neurona puede establecer un número de conexiones variable, entre 1,000 a 6,000 sinapsis con otras neuronas. Es decir, que el funcionamiento del cerebro depende de qué tan bien están conectadas unas neuronas con otras. Del mismo modo, el cerebro se conecta con el resto del cuerpo a través del sistema nervioso. Por eso Damasio considera que la mente se construye a partir de la relación entre el cuerpo y el cerebro. El cuerpo no es un ente ajeno a la mente, sino parte de la misma. De ahí que los sentimientos jueguen un papel elemental en la toma de decisiones racionales. La metáfora cerebral puede aplicarse perfectamente a lo social.

El bienestar de todo grupo social depende de la manera en que se desarrollan las interconexiones entre sus integrantes. Pero resulta que en el modelo civilizatorio actual, la comunidad está rota. Las neuronas se conectan entre sí a un nivel mínimo. La gente en las ciudades no conoce a sus vecinos. Somos un cerebro disfuncional. A medida que nosotros como neuronas, tengamos capacidad para conectarnos con otras, podremos hacer sinapsis de manera más efectiva. Una revolución es eso: un cambio de conciencia que se va construyendo de manera colectiva. De ahí que tender puentes con una amplia diversidad de personas es la clave para lograr un cambio profundo. Si el mundo no es algo material, sino una relación de cosas, la manera en que nos relacionamos con las cosas determina al mundo.

Todos los seres vivientes de este planeta estamos conectados unos con otros, del mismo modo en que la vida está conectada a su medio ambiente. Entender la relación que tenemos con los demás, es la clave para el despertar. Por eso dicen los hindúes que para develar el velo de maya, el mundo de las ilusiones, es necesario acabar con la ilusión de la separación. Despertemos juntos de esa ilusoria separación que divide al ser humano en ricos y pobres, buenos y malos, blancos y negros. El desarrollo del espíritu solo puede darse cuando nos reconectamos con la fuente, es decir, cuando nos sentimos conectados con todas las cosas que construyen el mundo. Dejemos atrás el aislamiento patológico de la modernidad. No hay necesidad de aferrarnos a la soledad. Entender la manera en que nos relacionamos con todas las cosas (la manera en que comemos, vestimos, pensamos, sentimos, hablamos…) determinará el mundo en que vivimos. Investiguemos la manera en que nos relacionamos con los demás, la manera en que nos sentimos ante determinadas circunstancias de la vida y proyectemos ese conocimiento interno hacia afuera, hacia los otros. De ahí que la empatía y la compasión sean las claves para transformar al mundo.

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Lipovetsky y las paradojas del individualismo en la era hipermoderna

La era del individualismo exacerbado plantea una ruptura con el marco conceptual que dio forma al proyecto de modernidad. De ahí que el filósofo francés Gilles Lipovetsky señala que factores como como la celebración del gozo privado, la obsesión por la salud y el cuerpo, el cambio en el paradigma educativo, así como el culto al mercado y a la autonomía, marcan el “derrumbe de las ideologías modernas”, tales como el nacionalismo o el progreso. A diferencia del modelo anterior, la gente ya no está dispuesta a sacrificar el presente en aras de un futuro mejor, como ocurrió marcadamente en el siglo XIX y prácticamente todo el siglo XX.

En su ponencia titulada “Desafíos del individualismo contemporáneo: vida pública y privada”,  realizada en el Senado de México el día de hoy, Lipovetsky explicó que la sociedad global se encuentra en un momento histórico en el que el individualismo exacerbado ha traído como consecuencia un desencanto generalizado de los ciudadanos en la política electoral, al mismo tiempo que la gente empieza a construir otras formas de participación política a través de las nuevas tecnologías de la información.

El individualismo ha generado cambios profundos en las instituciones sociales, desde la familia hasta la religión y la política, creando la posibilidad de que cada persona construya su singular opinión del mundo a partir de los múltiples discursos disponibles en el mundo hiperconectado de la era global. Sin embargo, una mayor autonomía en la toma de decisiones viene acompañada de un aumento en el sentimiento de angustia que experimentan las personas ante retos como la fragilidad psicológica, la competencia laboral, una mayor vigilancia de los aparatos de control y un hiperlocalismo a la hora de construir nuevas formas de identidad.

Ideas que Lipovetsky desarrolla de manera apabullante para tratar de entender el cambio epistemológico de la era actual frente al caduco proyecto de modernidad, con el fin de entender el mundo en que vivimos. Va la charla completa.

El profeta: sembrador de esperanza

Toda profecía es una reinterpretación del presente. El profeta es capaz de revelar el futuro porque entiende que el futuro no es sino una consecuencia del presente. Su poder para predecir el futuro es el poder de la clarividencia, es decir, el poder de ver con claridad. El profeta anuncia el porvenir al enunciar el significado del mundo. Sabe que si fertiliza la tierra y siembra la semilla, el árbol dará frutos, aunque pasen mil años. Hace falta que florezcan profetas en esta oscuridad para sembrar esperanza en este mundo desahuciado que aprieta los dientes. Y para ello, será necesario viajar a los confines de la existencia, hacia el centro de nosotros mismos. Si queremos entender los problemas del mundo tenemos que mirar hacia dentro, estudiarnos, explorarnos, entender que el mundo no es sino el reflejo de nuestros adentros. Cuando comprendemos esta sencilla verdad, podemos entender el sufrimiento del otro. Creamos un vínculo con su dolor, con su alegría. Luego entenderemos que todos los seres que pueblan este planeta forman un solo organismo. Ya no habrá separación. La empatía va creando vínculos. Mi bienestar será el bienestar de los demás. Se borrará el odio. Germinará la compasión. Y el mundo habrá cambiado. La verdad revelada por el profeta terminará haciéndose realidad. El amor se regará por el mundo. He aquí mi profecía.

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