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De cómo el color puede contar historias

Color es vibración de luz. Si el color es una manera específica en que vibra la frecuencia de onda a través de la cual viaja la luz, eso, de algún modo misterioso y fascinante, crea sensaciones específicas en el ser humano a nivel inconsciente, de modo similar a lo que ocurre con el sonido. El color es un derramamiento de emociones. Me recordó un poco la novela del escritor turco Orhan Pamuk, Me llamo rojo, novela donde en la que el color rojo, que se manifiesta en varios objetos materiales como paredes, ropa o muebles, adquiere el carácter de narrador en torno a la historia de un asesino. Aquí un par de videos bastante chéveres que explican esta relación entre el color y la narrativa del cine.

Las aventuras de la ropa sucia

Un alucinante cortometraje de Daniel Cloud Campos, titulado Shiny, sobre las aventuras de la ropa sucia. No pensé que aquel prometéico calvario de lavar ropa pudiera convertirse en todo una experiencia narrativa y estética, con un derroche de imaginación sorprendente.

Documentar esa extraña fantasía llamada realidad

Hastiado de realidad, de un tiempo a la fecha me ha dado por refugiarme en la ficción. Por eso había estado huyendo de los documentales y sus crudos retratos de lo real. Pero a veces pasa que la realidad resulta más fantástica que la ficción. Es el caso de dos documentales que acabo de ver y que me han dejado con mucho en qué pensar. El primero de ellos, El eco de la montaña, de Nicolás Echeverría, narra la historia del muralista wixárika Santos de la Torre, personaje que, a través de su obra revela la fascinante cosmogonía de la colorida etnia, famosa por su relación mágica con el peyote. Me cautivó la enorme sabiduría contenida en la cosmovisión wixarika, y la manera en que Santos expresa su vínculo sagrado con la naturaleza a través del bello mural que articula la historia.

La otra película es The Wolfpack, una inquietante película sobre un grupo de hermanos pertenecientes a una familia de inadaptados asentados en Nueva York, quienes convirtieron el cine en su principal vínculo con la realidad, tras permanecer 15 años encerrados en un estrecho departamento. De esas historias tan irreales que sólo pueden ocurrir en la más sórdida realidad.

La diabólica naturaleza humana

Un pequeño texto que escribí en agosto de 2013 y me topé hoy por casualidad. Una breve reflexión sobre la naturaleza diabólica del ser humano tras el impacto que provocó en mí Al Pacino interpretando al Príncipe de las Tinieblas. 

 

Nunca había visto con tanto detenimiento El abogado del diablo. Peliculón. Muchas conclusiones se desprenden del filme. El diablo es una proyección mental de nuestra conciencia, la idolatría de sí mismo como forma de autodestrucción, el placer de la materia por encima del amor, el culto a la vanidad y lo frívolo como intento de eludir la soledad, la angustia que nos va devorando desde adentro. La parte terrible es lo mucho que se parece la realidad cotidiana a la película protagonizada por Al Pacino y Keanu Reeves. Satanás y sus huestes gobiernan este mundo perverso de todos contra todos, acechando en cada esquina, en cada gesto, cada pensamiento. La única forma de extirpar esa enfermedad del mundo es a través de la compasión, quizá la expresión más acabada del amor a los demás. Amar sin condiciones, he ahí la cura para esta quemadura silenciosa que algunos llaman infierno.

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Gravity: “en el espacio la vida es imposible”

 

Una obra maestra. Me había resistido a ver Gravity en el cine. Supongo que no era el momento preciso, aún con el escándalo mediático que generó Alfonso Cuarón durante los Oscares. Me arrebató el aliento. Una película redonda de principio a fin. Un retrato íntimo de lo que significa estar perdido. Una odisea espacial donde aprender a soltar las pesadas cargas de la existencia resulta vital para seguir viviendo. Yo había escuchado algunas críticas no tan favorables a la película, alegando que la historia era demasiado simple. Pero la maestría de Cuarón no está en el guión de la cinta, sino en la manera en que pudo llevar a cabo de manera satisfactoria una película sumamente compleja en el plano técnico y narrativo, con un monólogo sin palabras donde las bellísimas imágenes de Emmanuel Chivo Lubezki y los trepidantes giros de cámara van desnudando los muchos dolores de la doctora Ryan Stone (interpretada por Sandra Bullock) en su lucha por desprenderse de aquellas viejas heridas que incendian el alma con un hierro caliente. El gran mérito de la película, no es el argumento, sino la manera en que se cuenta la historia. Cuarón llevó al séptimo arte a una nueva dimensión que seguramente será valorada en su verdadera magnitud con el paso del tiempo. Esos laaaaargos planos secuencia con el planeta azul de fondo y el drama de la existencia en primer plano. Una técnica cinematográfica impecable que atrapa desde el primer momento hasta el último. Una metáfora de todo aquello que debemos dejar atrás. “En el espacio la vida es imposible”, dice el prólogo de la cinta, casi como una advertencia. Un poema visual de 90 minutos sobre el vacío del ser a la deriva en la negrura inconmesurable del cosmos. Demasiado abstracto para la imaginación acartonada de las masas y varios seudocríticos de cine.

Disertación en 35mm sobre el drama de vivir para escribir

A veces las cosas ocurren donde menos se espera. Eso es justo lo que me pasó en mi más reciente viaje en autobús, lugar donde suele ser poco común encontrar películas sobre temas literarios. Dos excelentes maneras de abordar el atormentado periplo de todo escritor en busca del texto perfecto para mitigar el dolor de vivir.

Una de las películas en especial, llamó poderosamente mi atención. Pese a pasar prácticamente inadvertida en los festivales y ceremonias de premios, Ruby Sparks (La chica de mis sueños, en español) es sencillamente una obra maestra. La historia gira en torno a un joven escritor con un bloqueo creativo. Su psicoanalista le recomienda describir a la mujer de sus sueños en una hoja de papel para destrabar el nudo emocional que lo mantiene creativo. Luego comienzan a suceder cosas extraordinarias. Los límites entre la ficción y la realidad comienzan a disiparse para convertirse en un espejo de nuestras obsesiones más profundas: el sueño de controlarlo todo, incluso el amor. El resultado es sorprendente. Con actuaciones sólidas (con un brillante Paul Delano en el papel protagónico), una bella fotografía y la dirección de la dupla conformada por Jonathan Dayton y Valerie Faris (quienes saltaron a la fama por Little Miss Sunshine), quizá lo más destacado de la cinta es el inteligente guión escrito por Zoe Kazan, la otra protagonista de la película, quien logra convertir una comedia de humor negro en un drama existencial sobre lo corrosivo que puede llegar a ser escribir la narrativa de nuestras propias vidas cuando se enfrenta a la soledad.

Algo similar ocurre en The Words (traducida en México con el poco creativo título de El Gran Secreto), un escritor sin suerte enfrenta un dilema moral tras plagiar una emotiva novela perdida de un escritor anónimo. La historia, protagonizada por Bradley Cooper, Jeremy Irons y Dennis Quaid, es una travesía por los duros callejones del alma y la manera en que la palabra impresa puede convertirse en un salvavidas emocional, el pretexto ideal para hundirse en el lodo o que el cinismo puede convertirse también en una forma de sobrellevar la culpa. Un drama sobrio que evita hacer una apología cursi sobre la moral. Este es, quizá, el mayor acierto de la mancuerna conformada Brian Klugman –Lee Sternthal (quienes trabajaron juntos en Tron: legacy) a la hora de explorar lo difícil que puede llegar a ser aprender a vivir con las consecuencias de nuestras acciones.

 

La engañosa necesidad de aferrarnos a la verdad que queremos creer

La base de toda estafa es la necesidad de creer una verdad. Esa es la premisa a partir de la cual se desarrolla American Hustle (Escándalo Americano), película de David O. Russell donde una pareja de estafadores profesionales se ven envueltos en un enredo que aumenta de tono junto a esa extraña facultad que tienen los seres humanos para autoengañarse para cumplir con sus ambiciones.

Con un guión sobresaliente, Russell reúne a viejos conocidos en un interesante reparto (conformado por Christian Bale, Amy Adams, Bradley Cooper y Jennifer Lawrence) para construir esta sarcástica historia sobre el engaño con personajes bien desarrollados y cargados de una fuerte dosis de humor negro acompañada de dilemas existenciales que ayudan a mantener el difícil equilibrio entre el drama y la comedia, de un modo similar a lo que Russell mostró en la atípica comedia romántica Los juegos del destino.

Una película que, sin ser una obra maestra del séptimo arte, se convierte en una buena opción para los espectadores que buscan un punto intermedio entre el cine comercial y el cine de autor. Quizá lo más destacado es la interrogante que plantea la historia: ¿hasta dónde llega nuestra necesidad de ser engañados con tal de realizar nuestras ambiciones, nuestros anhelos? “La gente cree lo que quiere creer”, como afirma el estafador Irving Rosenfeld (Bale).

La necesidad de creer una verdad, la irónica realidad de un mundo donde todos buscan estafar a quien padezca esa imperiosa necedad de ser embaucado. Una premisa sobre la que se construyen las promesas siempre incumplidas de la religión, la publicidad o y los políticos en tiempos electorales.

La orgía de hacer dinero y el trauma de perderlo todo (hasta la razón)

Dos grandes películas, dos grandes directores, un mismo tema. Por un lado, Martin Scorsese relatando la salvaje historia de un personaje real que pareciera sacado de la perversa imaginación de un guionista hollywoodense pitorreándose de los excesos característicos de Wall Street. Del otro lado, la sutileza típica de Woody Allen haciendo un retrato sobre la crisis de ansiedad de un personaje de ficción cuyo parecido con la realidad, impresiona.

La dupla Scorsese-Di Caprio vuelve a arrojar buenos dividendos con The Wolf of Wall Street, filme que narra la historia verídica de Jordan Belfort, un farsante con un talento extraordinario para hacer dinero (no muy legal que digamos, como ocurre siempre con el criminal sistema financiero vigente en el planeta), al mismo tiempo que disfruta de los placeres mundanos que suelen acompañar el apabullante éxito económico de un obsesionado con la riqueza: mujeres al por mayor, alcohol, pastillas, cerros de cocaína, yates con helicópteros y otras extravagancias. Un estilo de vida que llama la atención del FBI y comienza a complicar las cosas en esta historia donde el exceso por el exceso mismo es una constante a lo largo de la trama.

En la otra esquina, Allen ocupa el mismo pretexto del dinero mal habido para contar la historia de una dama de sociedad venida a menos y el trauma de la vanidad propio de las clases acomodadas, con una insuperable Cate Blanchett en el protagónico de Blue Jazmin. Una acaudalada mujer neoyorquina que se ve forzada a mudarse con su hermana pobre que vive en San Francisco, es el punto de inicio para este drama donde se expone la ansiedad provocada por un delirio de grandeza frustrado frente al duro espejo de la realidad. Y es precisamente en ese reflejo burdo de sí misma donde Jazmin comenzará a cavar su propio agujero sin darse cuenta.

Dos formas de abordar la inmundicia del dinero fácil y la manera en que millones de dólares pueden enterrar cualquier resquicio de humanidad entre trajes de marca, tardes soleadas frente a la piscina y fiestas elegantes con lo más selecto de la crema y nata de la sociedad. O todo lo contrario. Quizá lo que más nos asusta, en el fondo, es la manera en que el dinero puede desnudar nuestra verdadera condición humana.

 

La épica de la sociedad red: de Apple a WikiLeaks (pasando por Facebook)

Toda era necesita sus propios héroes, sus propios mitos. Lo épico, proveniente del griego epos, es un término cuyo significado puede traducirse como “palabra, historia, poema”. La historia del mundo es la autorrepresentación del ser humano construyendo su propia narrativa. Por eso la historia de la humanidad no es sino una reinterpretación de hechos concretos que solo pueden trascender un espacio-tiempo específico elevándose al nivel de símbolo. De ahí que el poeta o el cuentista de la tribu sea el personaje encargado de reconfigurar la realidad a través de la palabra. Todo grupo cultural tiene sus propios mitos fundacionales: Adán y Eva, Rómulo y Remo, el profético sueño de Aztlán, las guerras independentistas. Relatos que van edificando nuevos discursos y nuevas posibilidades de lo real. Esto explica el poder transformador del arte, ya que como toda manifestación del lenguaje, es un juego de espejos capaz de imponer nuevos límites al mundo, un nuevo orden que se teje a través de la representación. Dicho de otra forma, el poder transformador del arte reside en su capacidad para convertir la realidad en signo lingüístico. Por ello, Michel Foucault considera que la posibilidad de aprehender el mundo está condicionada a la capacidad de cada persona para interpretar los signos que construyen y delimitan al mundo:

“El mundo está cubierto de signos que es necesario descifrar y estos signos, que revelan semejanzas y afinidades, solo son formas de la similitud. Así pues, conocer será interpretar: pasar de la marca visible a lo que se dice a través de ella y que, sin ella, permanecería como palabra muda, adormecida entre las cosas”.[1]

Esto ayuda a entender el poder del cine como un eficaz instrumento simbolizador de lo real. Y si el mundo se codifica a partir de sus signos, ¿cómo deberíamos interpretar al mundo actual a partir del séptimo arte? Si bien la sola intención de interpretar la totalidad al mundo se presenta como una tarea exhaustiva imposible de realizar, sí es posible identificar ciertos discursos con el poder suficiente para reconfigurar el significado del mundo.

Un ejemplo concreto de este tipo de discursos lo encontramos en la épica de la sociedad red edificado en Hollywood en los últimos años, una narrativa potencializada a partir del vertiginoso auge de las tecnologías de la información, el avance de la globalización y un mundo decadente cuyas estructuras obsoletas lo hacen buscar con desesperación una posibilidad de futuro cancelada por los viejos dogmas.

Por ello resulta fascinante, al menos para mí, la manera en que la industria cinematográfica estadounidense, icono de ese mundo agónico que se resiste al cambio, ha contribuido de manera significativa a construir el discurso de la sociedad red a partir de películas como Red social, Jobs y El quinto poder. Tres filmes de corte biográfico que tratan de desentrañar la manera en que el mundo ha logrado extender sus propios límites mediante el internet y la hiperconectividad que ofrece el ciberespacio a la hora de desdoblar la realidad. Y por supuesto, ninguna narrativa estaría completa sin sus propios héroes. Ahí están Mark Zuckerberg (creador de Facebook), Steve Jobs (fundador de Apple, la compañía más poderosa del planeta) y Julian Assange (hacker y activista fundador del sitio WikiLeaks), como ejemplos palpables del nuevo héroe del siglo XXI: seres iconoclastas e inconformes con las caducas estructuras del mundo que buscaron reconstruir a partir de sus propias obsesiones, curiosamente relacionadas con el fenómeno informático que ha marcado la nueva era digital a partir de 2000.

Idolatrado por generaciones de jóvenes por su visión innovadora y habilidad para los negocios, Jobs fue un pionero en entender las enormes posibilidades que ofrecía la revolución informática que se desplegaba ante sus ojos a partir del desarrollo del microchip en el desierto de Sillicon Valley. Eso es precisamente lo que intenta retratar la película Jobs (2013), dirigida por Joshua Michael Stern y protagonizada Ashton Kutcher, filme que retrata la manera en que un hippie desarrollador de videojuegos se convirtió en el director de la compañía más famosa del planeta, luego de revolucionar la comunicación con dispositivos como el iPhone, primer teléfono inteligente en la historia, aparato que marcaría un parteagüas en la historia y cuya repercusión todavía resulta difícil de medir con precisión.

Algo similar ocurrió con el filme Red social (2010), de David Fincher y el actor Jesse Eisenberg, cinta que relata la historia del creador de Facebook, la plataforma que transformó la interacción social a través de la web. El eslogan de la película es elocuente: “No puedes tener 500 millones de amigos sin hacerte de algunos enemigos”. Una fotografía del mundo hiperconectado de hoy, donde una persona puede vivir aislado de todo contacto humano a pesar de tener 500 millones de amigos, situación que evidencia las asimetrías y paradojas que plantea este nuevo modo de interacción social.

Con El quinto poder, dirigida por Bill Condon, la narrativa de la sociedad red adquiere un matiz más político, de tintes anarquistas, mientras tratamos de revelar las motivaciones revolucionarias y libertarias de un personaje excéntrico, megalomaniático y obsesivo como Assange, interpretado por Benedict Cumberbatch. El filme representa una crítica a las instituciones caducas que sostienen al mundo actual, cuyas fronteras han sido borradas por las computadoras y cuyas instituciones evidencian profundos síntomas de agotamiento, tal como ocurre con la corrupción imperante en los gobiernos, las instituciones financieras y los mass media, incluyendo al cine hollywoodense que se parodia a sí mismo en el brillante final de la película. El desarrollo de la trama no solo cuenta las tensiones y contradicciones inherentes a la mayor filtración de información de la historia, la cual se hizo en una pequeña y portátil memoria USB, sino que retrata un mundo globalizado donde un mismo hecho noticioso se ve forzado en salir a la luz a través de plataformas mediáticas multinacionales: The Guardian, The New York Times, Der Spiegel, Le Monde o incluso La Jornada. Una nueva forma de guerrilla donde la información es convertida en arma contra un régimen opresor que vigila permanentemente, al estilo George Orwell. El cine como analogía de la realidad. No en balde, la película fue estrenada al mismo tiempo que el mundo entero se convulsiona con el programa de espionaje de los Estados Unidos, el cual quedó descubierto a partir de las revelaciones hechas por el excontratista de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense, Edward Snowden, quien fácilmente podría protagonizar la secuela de El quinto poder, mientras Assange encuentra la manera de burlar el arraigo domiciliario que enfrenta en la embajada ecuatoriana en Londres de un tiempo a la fecha. ¿Cuánto tiempo pasará para que alguna productora hollywoodense decida llevar la historia de Snowden a la pantalla grande? ¿Cuándo veremos el primer filme protagonizado por Anonymous? ¿Y la película sobre Sergey Brin y Larry Page, fundadores de Google? Pareciera cuestión de tiempo.

Estos héroes informáticos han dotado de una nueva identidad a los expertos en informática. Las burlas contra los nerds de los 80s se convirtió en la idolatría de los geeks de los 2000s. Series televisivas como Big Bang Theory parecen confirmar la hipótesis. Nada más cool actualmente que ser un genio del internet que abandonó la universidad para amasar fortunas millonarias en el ciberespacio, hacer yoga por las mañanas, moverse en bicicleta y cazar zombis en los ratos libres. La prosa de nuestros días.#


[1] Michel Foucault. Las palabras y las cosas. México. Siglo XXI. 2008. Página 40.

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