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Cocinar la revolución a fuego lento

En un mundo donde la gente muere lo mismo de hambre que obesidad, los científicos buscan la manera alimentar a los 9 mil millones de personas que seremos en 2050, mientras el terreno disponible para cultivar comida se agota a ritmo acelerado. ¿Cómo resolver el problema? Reduciendo la velocidad de nuestros ritmos de vida, sugiere Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, quien considera que para resolver la crisis agroalimentaria del planeta es necesario emprender una revolución en la manera en que nos relacionamos con la comida. Una iniciativa que además de plantear una transformación profunda en los sistemas sociales, busca restablecer el equilibrio energético del planeta.

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Manuel Hernández Borbolla

Nunca antes en la historia de la humanidad se había producido más comida ni se habían desperdiciado más alimentos que en la actualidad. Tampoco se habían padecido simultáneamente epidemias de hambre y obesidad como las que existen hoy en día.

Las señales de alarma están en rojo. ¿Qué pasará con el ser humano cuando el crecimiento acelerado de la población y la falta de tierras cultivables en el planeta terminen colapsando a un sistema alimentario en crisis? ¿Qué pasará cuando estos problemas se agudicen con los efectos del cambio climático y el aumento de los precios de la comida? Son las mismas preguntas que se hacen los científicos del mundo para tratar de evitar un futuro parecido a una película de tintes apocalípticos.

Según un informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Organización de Naciones Unidas, publicado en 2013, la población global pasará de 7,200 millones de personas a 9,600 millones para 2050. Esta tasa de crecimiento significa que diariamente se suman al mundo 200,000 nuevas bocas que alimentar, con lo cual, la ONU estima que hacia 2050 se requerirá incrementar 70% la producción de alimentos a nivel mundial para satisfacer la demanda global de comida.

¿Cómo resolver el problema? Quizá la respuesta sea reducir la velocidad de nuestros acelerados ritmos de vida. Al menos eso es lo que plantea el gastrónomo y sociólogo italiano Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, quien sostiene que alimentar a las próximas generaciones con el actual modelo agrícola representa “una locura”.

“Tenemos una situación insostenible. La humanidad pensó que los recursos de la tierra eran infinitos. No es verdad. El agua, de la tierra o la biodiversidad son recursos finitos. Destruir los recursos de la naturaleza plantea una situación de entropía que genera una crisis muy fuerte. Superar esta crisis con antiguos paradigmas es una locura, no es suficiente en este momento histórico”, afirma Petrini en entrevista con Fitzionario.

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La historia de Petrini como figura pública comenzó en 1986, cuando, armado con un tazón de pasta entre las manos, encabezó las protestas contra la instalación del primer McDonald´s en Italia. La anécdota marcaría una declaración de guerra contra las grandes cadenas de comida rápida y el modelo económico neoliberal que estas representaban, ya que los manifestantes consideraban que la homogenización de los hábitos alimenticios terminaría por erosionar la riqueza cultural de la cocina italiana.

Aunque el emblemático local de hamburguesas terminaría abriendo sus puertas en el corazón de Roma, el movimiento slow (lento) se extendería en los años siguientes por diversos países de Europa mientras el modelo neoliberal permeaba rápidamente en el Viejo continente. En 1989, tomando un caracol como insginia, nacería oficialmente la organización Slow Food en respuesta a los problemas sociales y ecológicos provocados por un mundo obsesionado con la rapidez. A partir de ese momento, el movimiento slow buscaría contrarrestar “la locura universal de la fast life” con el “tranquilo placer material de redescubrir los sabores y aromas de la cocina tradicional”, según reza el manifiesto de la organización. Fue así como una revolución empezaba a cocinarse a fuego lento.

Con el paso del tiempo, el movimiento slow se propagó a otros países de Europa y comenzó a involucrarse en problemas relacionados con la alimentación desde una perspectiva integral que fuera más allá de la gastronomía convencional para incursionar en campos como la física, la genética, el desarrollo sustentable, la antropología y hasta la economía política.

Por ello Petrini considera que los cocineros deben jugar un papel activo en la transformación del mundo. Después de todo, “la gastronomía es todo lo que refiere al hombre cuando come”, tal como alguna vez escribió el jurista francés Jean Anthelme Brillant-Savarin, el padre de la gastronomía moderna, en su célebre tratado sobre La fisiología del gusto, publicado en 1825. Un personaje al que Petrini suele citar con fervor a la hora de explicar la necesidad de realizar cambios profundos en un sistema agroalimentario en crisis, al cual califica como “criminal” debido a sus devastadores efectos tanto sociales como ambientales. La frialdad de los números pareciera confirmar la hipótesis.

En su informe sobre El estado de la agricultura y la comida en el mundo 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) estima que 860 millones de personas en el mundo padecen hambre. Al mismo tiempo, existen 2,000 millones de personas con algún tipo de desnutrición y 1,400 millones con problemas de obesidad.

Y mientras esto ocurre, fenómenos como la degradación del suelo y el cambio climático recrudecerán los problemas relacionados con la producción de alimentos en las próximas décadas.

“En cualquier país del mundo, si uno puede preguntarle a un campesino anciano cómo estaba la fertilidad del suelo hace 40 o 60 años antes, la respuesta es siempre la misma: antes el suelo era más rico, más fuerte, ahora es ‘pobrecito’. 130 años de química para producir mucho más en la primera parte del siglo XX fueron útiles, ahora son una desgracia”, apunta Petrini.

Estimaciones de la ONU señalan que cada año, 12 millones de hectáreas son transformadas en desiertos a causa del hombre y que una cuarta parte de las tierras de cultivo del planeta tienen un suelo altamente degradado.

Un estudio de la ONU, titulado Economía de la degradación de los suelos, señala que la degradación “es principalmente el resultado de la mala gestión del suelo, hambrunas relacionadas con sequías y las percepciones erróneas de la abundante producción de comida, grandes reservas de alimentos en Europa, fronteras abiertas, comida subvencionada relativamente barata, bajos precios del suelo y abundantes recursos hídricos y energéticos”.

Además de esto, los científicos prevén un aumento en los periodos de sequía de diversas regiones del planeta para las próximas décadas, incluyendo a países como México, de acuerdo con el último informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático.

Sin embargo, los efectos podrían ser aún más graves, ya que una caída en la oferta sumada a una creciente demanda de comida provocará un incremento en el precio de los alimentos, situación que podría derivar en una crisis humanitaria sin precedentes al afectar principalmente a los países más pobres. Un escenario que podría estar más próximo de lo que suponemos, ya que de seguir la actual tendencia climática, el precio de la comida podría incrementarse hasta 40% en la próxima década, según el informe Perspectivas Agrícolas OCDE-FAO 2013-2022.

Pero el problema no se reduce a una simple cuestión estadística. Además de la falta de agua y la pérdida de fertilidad del suelo, la acelerada pérdida de biodiversidad es otro de los grandes problemas generados por el actual modelo agrícola basado en el monocultivo, lo cual provoca que cada año se pierda una enorme variabilidad genética que podría ser la clave para contrarrestar las hambrunas del futuro.

“En 110 años, la humanidad ha perdido el 70% de especies endémicas de frutas, verduras y razas animales, porque este sistema alimentario privilegia sólo a las razas fuertes. Si una raza no puede entrar a un supermercado o a una red de distribución, puede desaparecer. ¡Eso es criminal!”, señala el gastrónomo italiano.

¿Cuánta comida produce el mundo? (2010, miles de toneladas)
Cereales 2,476,416
Oleaginosas 170,274
Legumbres 68,829
Raíces y tubérculos 747,740
Vegetales 1,044,380
Azúcar 228,748
Nueces 13,940
Frutas 608,926
Cultivos de fibras 28,143
Carne 296,107
Huevos 69,092
Leche 719,000
Mantequilla 9,044
Queso 20,222
Pescado 88,604
Pescado (acuacultura) 59,873
FAO Stats, 2013 

Para ilustrar la magnitud del problema, Petrini cuenta la historia de la ‘hambruna de la papa’ en Irlanda. Originario de Sudamérica, el tubérculo llegó a Europa en el siglo XVI como una curiosidad llevada por los conquistadores españoles. Sin embargo, pasó prácticamente inadvertida como alimento por más de siglo y medio, en el que fue cultivada como planta ornamental, debido aen gran parte a sus bellas flores, en los jardínes de los reyes. Fue en Sevilla el lugar donde los europeos comenzaron a experimentar con “los nuevos tubérculos” como alimento de los enfermos de hospitales, soldados y animales, debido a su bajo costo. Para finales del siglo XVI, la papa se convirtió en un alimento común en Italia, Alemania, Polonia y Rusia, donde incluso se convirtió en la base para la elaboración del vodka, debido entre otras cosas, a la gran resistencia que la planta presentaba durante el frío invierno europeo.

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Sin embargo, el poder nutricional de la papa fue comprobado al salvar de la hambruna a Alemania durante la llamada Guerra de los Treinta Años, utilizándose como alimento sustituto de la dieta germana ante la caída en las cosechas de cereales. Para el siglo XVIII, los científicos y aristócratas franceses convencieron a la población sobre las ventajas de comer papas.

A partir de entonces, la también llamada patata se convirtió en un alimento común en todo el Viejo Continente, incluyendo países como Irlanda, lugar donde el tubérculo se convirtió en el alimento base de un pueblo oprimido por la hegemonía británica. Debido a que la mayor parte de la propiedad agrícola pertenecía a la aristocracia británica, los campesinos irlandeses cultivaban el trigo que era exportado a Inglaterra mientras ellos se alimentaban con papas cultivadas en el huerto familiar, debido a su alto rendimiento. Las condiciones de pobreza y la dependencia hacia un solo alimento fueron construyendo la catástrofe de manera silenciosa. La crisis detonó cuando repentinamente, una aparición de una plaga provocada por el organismo protista Phytophthora infestans que destruyó casi en su totalidad los cultivos de papa, provocando que el tubérculo se pudriera antes de su recolección. El hambre se convirtió en pandemia, cobrando la vida de un millón de personas que murieron por inanición entre 1845 y1852, además de provocar un éxodo masivo de millones de irlandeses que migraron hacia Estados Unidos, Gran Bretaña y Sudamérica, hecho conocido como la ‘gran diáspora irlandesa’. Los efectos de la catástrofe marcaron la historia del país y continuaron durante décadas. Hasta la fecha, Irlanda no ha podido recuperar los niveles de población previos a la hambruna. Un censo de 1841 contabilizó poco más de 8 millones de personas, cifra que contrasta con los 6 millones 400 mil irlandeses que había en 2011. Una historia de lo que puede suceder cuando se ponen todos los huevos en la misma canasta. Sin embargo, la lección pareciera no haber sido del todo bien aprendida.

Aunque el ser humano ha seleccionado y cultivado más de 7,000 especies vegetales desde que aprendió a hacerlo hace miles de años y existen cerca de 30,000 especies de plantas terrestres comestibles en el mundo, según datos de la FAO, apenas una treintena de cultivos cubren el 95% de nuestras necesidades de energía alimentaria y sólo cinco de ellos —arroz, trigo, maíz, mijo y sorgo— comprenden el 60%. Lo mismo pasa con los animales, ya que los datos más recientes señalan que el 22% de las razas de ganado del mundo están en peligro de extinción.

La FAO estima que en el siglo pasado, alrededor del 75% de la diversidad genética de los cultivos se perdió cuando los agricultores en todo el mundo dejaron de producir variedades locales de ciertos alimentos para cultivar variedades genéticamente uniformes de alto rendimiento. Una pérdida que nos hace cada vez más vulnerables a una epidemia de hambre similar a la que ocurrió en Irlanda, pero con un alcance global. Esto se debe a que la diversidad genética funciona como un escudo para que las especies puedan hacer frente a enfermedades repentinas o fenómenos como el cambio climático.

Un ejemplo de esto se encuentra en una variedad de trigo de Turquía descubierta en la década de 1980, misma que poseía genes resistentes a muchos tipos de hongos causantes de enfermedades, lo cual permite a los fitogenetistas utilizar estos genes para desarrollar variedades de trigo resistentes a dichas enfermedades.

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“La historia de la humanidad nos ha enseñado que cuando se pierde la biodiversidad existe hambre, muerte e infelicidad”, agrega Petrini, quien considera que la manera en que opera el sistema agroalimentario a nivel global ha condenado a la extinción a muchos alimentos que no encuentran cabida en el mercado de la comida ante la estandarización de los hábitos de consumo. Un asunto cultural que fomenta el desperdicio.

La FAO calcula que cada año se desperdicia una tercera parte de la comida producida en el mundo, equivalente a 1,300 millones de toneladas, según el informe La huella del desperdicio de alimentos: impactos en los recursos naturales, publicado en septiembre de 2013.

“La comida no tiene valor, es sólo mercancía, commodity. Se habla del precio, pero no del valor. Son cosas distintas. Detrás del valor de un producto, hay gente que lo trabaja, que lo transforma, que lo vende. Esto es el valor y en todo el mundo entendemos que la comida no tiene valor. ¡Las cosas en el mundo están increíbles!”, sostiene el gastrónomo italiano.

“En Europa el 30% de los productos biológicos van a la composta. ¿Por qué? Porque en la gran distribución, si la zanahoria no es perfecta, no se compra. Si la patata tiene un tubérculo extra, tampoco. El campesino deja esto para hacer composta. Una cuestión estética. Estos productos tienen el mismo valor nutricional pero en la gran distribución no puede entrar al mercado por una concepción nazi-fascista. ¡La estética!”, exclama Petrini.

—¿Esto tiene que ver con que las personas no sean concientes de todo lo que hay detrás de un plato de arroz para que este llegue a su mesa?—, pregunté a Petrini durante su última visita a México, en mayo de 2013.

— Es el resultado principal de un consumismo pasivo. Siempre en la historia de la humanidad, la relación de los hombres con la comida era de trabajo y participación activa, de manera espiritual al interior de las comunidades. Ahora la comida tiene sólo una relación de consumismo. Significa que perdió su visión holística y ahora se le percibe como un carburante, un combustible. Esta situación genera ignorancia, una ausencia de respeto por la naturaleza y las comunidades que producen el alimento. Esta es una situación muy mala porque no hay defensa contra la ignorancia. Se necesita reconquistar el valor de la comida. Comprender que detrás de ella hay gente que trabaja, hay comunidades, hay historia, muchas cosas que la sociedad consumista olvidó totalmente.

Una consecuencia del desapego a la tierra característico de los centros urbanos de todo el planeta luego de que la Revolución Industrial y modificara nuestra relación con la comida, donde el alto consumo energético es una constante.

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La paradoja energética

La comida es sinónimo de energía. A través del metabolismo, los seres vivos transforman la energía contenida en los alimentos para convertirla en el combustible que permite a las células desarrollar diversas actividades: respirar, crecer, reproducirse, responder a estímulos. La vida como la conocemos no podría concebirse sin ese complejo proceso capaz de convertir la energía del sol en movimiento. Una idea base para entender la crisis de la comida que enfrenta actualmente la humanidad a nivel global.

La comida es nuestra principal fuente de energía. A diferencia de los organismos autótrofos —que son capaces de producir su propio alimento al transformar materia inorgánica en energía mediante la absorción de luz solar o la oxidación de ciertos compuestos químicos—, los animales necesitan alimentarse de materia orgánica, proveniente de otros seres vivos, para que las células obtengan la energía necesaria para realizar funciones relacionadas con el metabolismo. De este modo, la comida es una transferencia de la energía capaz de mantener en equilibrio el ciclo de la vida a través de la cadena alimenticia.

Con el descubrimiento de la agricultura y la domesticación de animales hace 10,000 años, los humanos fueron capaces de almacenar importantes cantidades de energía para poder afrontar los tiempos difíciles. Esta acumulación de energía a través de la comida permitió también el surgimiento de la civilización y los primeros asentamientos humanos, situación que modificó por completo el modo de vida nómada que prevaleció durante miles de años.

Con la llegada de la Revolución Industrial en el siglo XIX, la agricultura daría un nuevo giro. Las innovaciones tecnológicas permitieron mejorar los procesos de producción agrícola con el uso de maquinaria. Con una mayor cantidad de comida disponible, el crecimiento demográfico vino acompañado de un crecimiento acelerado de las ciudades y una creciente demanda de energía.

El desarrollo tecnológico en el campo durante los años siguientes hizo posible que la producción de comida diera otro salto con la llamada Revolución verde ocurrida entre 1940 y 1970 en Estados Unidos, la cual permitió incrementar de dos a cinco veces la producción agrícola a través de semillas mejoradas en grandes extensiones de terreno de monocultivo, acompañadas por grandes cantidades de grandes cantidades de agua, fertilizantes y plaguicidas. Los altos rendimientos en la producción de comida provocó que algunos especialistas llegaran a creer que el problema del hambre en el mundo sería finalmente resuelto. El desencanto fue creciendo mientras las pruebas científicas documentaban los efectos negativos de la Revolución verde pero principalmente uno: el deterioro del suelo. Con la pérdida de nutrientes, derivada del monocultivo y el uso de agroquímicos, el suelo se volvió poco fértil. Los rendimientos de las cosechas no volvieron a ser los mismos. Aunado a esto, el alto consumo de insumos hizo que la demanda de energía en el sector agrícola se incrementara drásticamente. De acuerdo con un informe de la FAO, la cadena productiva de la comida utiliza el 30% de la energía producida en el mundo.

Un escenario que plantea un “problema de entropía” en el actual sistema de producción agrícola, según sostiene Petrini. La entropía es un concepto utilizado en termodinámica para medir el desperdicio de energía dentro de un sistema y que permite explicar el desbalance energético en la producción de alimentos. El argumento es simple: no se puede gastar mucha energía para producir poca energía.

“La comida es energía para la vida. Toda la humanidad vive porque come. Si el alimento genera una determinada cantidad de energía y yo utilizo cuatro veces más energía para producirlo, hay una crisis entrópica. No es posible consumir mucha energía para producir poca energía. En el sector de la comida, esto es una gestión dramática”, sostiene Petrini.

¿Cuánta energía se utiliza para producir comida? Era la pregunta obligada. Luego de varios meses de infructuosa búsqueda del dato, decidí realizar mi propia investigación sobre el tema utilizando datos de la FAO, el Banco Mundial y la Agencia Internacional de Energía en 2009. Tras varios meses de investigación, el dato resultó revelador: utilizamos 7.23 veces más energía para producir alimentos en comparación con la cantidad de energía que obtenemos de la comida[1]. Sin embargo, la cifra no considera factores como el enorme desperdicio de comida que existe en el planeta, por lo que el número podría ser aún mayor.

Datos recientes del Banco Mundial parecieran confirmar la hipótesis, ya que por cada caloría de comida desperdiciada, se utilizan entre 7 y 10 calorías para producirla. Esto significa un enorme desperdicio de energía que contribuye a agudizar los efectos devastadores del cambio climático y su tendencia a generar sequías más prolongadas en todo el planeta, lo cual a su vez, podría generar una mayor escasez de alimentos en las décadas siguientes.

Esto es justo lo que ocurrió en 2011 en el Cuerno de África, cuando la sequía provocó una severa crisis alimentaria a lo largo de Somalia, Etiopía, Kenia, Djibouti y Uganda, amenazando la subsistencia de más de 12 millones de personas.

De acuerdo con la FAO, la crisis se agravó debido al elevado precio de los cereales a nivel local, una excesiva mortalidad del ganado, los conflictos y el acceso restringido a la ayuda humanitaria en algunas zonas. Y es ahí donde la dinámica del mercado global de alimentos juega su parte a la hora de generar crisis humanitarias como la que se sigue viviendo en el Cuerno de África, donde incluso la ayuda internacional obedece al lucro de las naciones ricas.

Esto es lo que plantean los investigadores Roger Thurow and Scott Kilman, quienes en su libro Suficiente: ¿por qué los más pobres se mueren de hambre en el mundo en la era de la abundancia? explican la manera en que una buena parte de la economía agrícola de Estados Unidos depende de la ayuda alimentaria que proporciona el gobierno norteamericano a los países más pobres, lo cual genera la quiebra sistemática de agricultores locales en países como Etiopía, incapaces de competir en el mercado con los precios de los granos estadounidenses, generando así un “síndrome de dependencia” alimentaria. Esto ha provocado que muchos etiopes incluso estén más preocupados de que llueva en Iowa, al otro lado del planeta, que en su propio país. Un caso que ejemplifica la manera en que el actual sistema económico genera crisis humanitarias de gran escala.

 

El trabajo fotográfico de Peter Hanzel, reunidos en el libro Hunger planet (Lo que come el mundo) ilustra a la perfección los diferentes hábitos alimenticios alrededor del mundo y las diferencias sobre el acceso a la comida. 

Otros expertos parecen coincidir con este punto de vista. Para el investigador Lester Brown, fundador del Earth Policy Institute, el problema es que la dinámica del mercado está creando una “burbuja alimentaria” que está elevando constantemente los precios de la comida debido al uso indiscriminado de los recursos naturales, tal como ocurrió con el incrmento de los precios de los granos en 2007 y 2008. De acuerdo con el especialista, esto ha provocado que la humanidad esté entrando en una “época de escasez crónica de alimentos, que está dando lugar a una intensa competencia por el control de recursos como la tierra y agua, creando una nueva geopolítica de la comida”.

De ahí el temor de los expertos de que el control de los grandes grupos económicos en la producción, distribución y precios de los alimentos puedan crear epidemias de hambre cada vez más grandes a través de la especulación financiera y prácticas monopólicas. Esto se debe a que el sistema agroalimentario global está diseñado para generar ganancias en lugar de acabar con el hambre.

Y mientras al mismo tiempo que la hambruna hace estragos en los rincones más pobres del planeta, la epidemia de la obesidad a nivel global sigue creciendo aceleradamente. Según datos de la FAO el sobrepeso y la obesidad en adultos aumentó en todas las regiones del planeta al pasar del 24% al 34% entre 1980 y 2008. Esto ha provocado que en regiones como América del Norte, Europa, América Latina y Oceanía, más del 50% de los adultos tengan algún problema de sobrepeso, lo cual ha contribuido a elevar los indices de enfermedades como la diabetes y trastornos cardiovasculares.

Ver: National Geographic- Lo que come el mundo

Los expertos consideran que las principales causas que explican este incremento de la obesidad en las últimas décadas tienen que ver con un cambio en los hábitos alimentarios y el sedentarismo típico de los grandes centros urbanos.

De acuerdo con un estudio de 2006 realizado por Boyd Eaton, investigador del Departamento de Antropología y Radiología de la Universidad de Emory, el principal cambio en la dieta actual, en comparación con la que prevalecía en la antigüedad, está íntimamente vinculada a un mayor consumo de carbohidratos, azúcares y grasas, así como una reducción considerable en la ingesta de proteínas, frutas, verduras y fibra.

Diferencias en la dieta del hombre antiguo y moderno
Antigüedad Modernidad
Grasas

35%

33%
Grasas saturadas 8% 12%
Carbohidratos 35% 50%
Azúcar añadido 2.5% 15%
Proteína 30% 15%
Frutas y verduras 50% 16%
Fibra 100 gramos/día 15 gramos/día
Fuente: S. Boyd Eaton. The ancestral human diet: what was it and should it be a paradigm for contemporary nutrition? Departments of Anthropology and Radiology, Emory University, Atlanta, USA.

Una de las explicaciones más comúnes para explicar este cambio en los hábitos alimenticios de la humanidad tienen que ver con nuestro desarrollo evolutivo aunado a la abundancia de comida que trajo consigo la Revolución Industrial.

“¿Por qué la gente come tanto? ¡Porque puede!”, señala Kelly Brownell, director del Rudd Center for Food Policy and Obesity de la Universidad de Yale.

Esto se debe a que no comemos para satisfacer el hambre, sino simplemente porque la comida está ahí. El desarrollo evolutivo de nuestro cerebro hizo que la comida rica en grasa y azúcares detone nuestras ganas de comer aún cuando estemos satisfechos, ya que el cerebro le manda el mensaje al cuerpo de que recoja toda la energía disponible para soportar las épocas de carestía. La misma situación que permitió la superviviencia de nuestros ancestros explica también la epidemia de obesidad que existe en prácticamente todo el planeta y principalmente en las sociedades industrializadas, donde la comida suele estar siempre disponible con un mínimo esfuerzo. Basta con marcar el teléfono para recibir una pizza en pocos minutos y sin necesidad de salir de casa.

De ahí que Petrini considere que la manera en que la comida es un problema no solo ambiental, sino también de economía política, ya que los patrones de consumo en el actual modelo civilizatorio promovido desde occidente ha provocado que la comida haya perdido su valor en términos culturales.

Una situación preocupante que implica buscar nuevas maneras de abordar el problema de la alimentación a nivel global, ya que los métodos promovidos por el actual modelo económico para aumentar la producción de comida son incapaces de resolver el problema, ya que el sistema económico hace que el sistema agroalimentario esté diseñado para generar dinero en lugar de acabar con el hambre. Esto explica el por qué avances tecnológicos como los generados durante la Revolución verde y más recientemente con los organismos genéticamente modificados, son incapaces de resolver por sí mismos el problema de la alimentación global mientras exista un sistema económico que fomenta el desperdicio en los países ricos al mismo tiempo que genera epidemias de hambre entre los sectores más pobres de la población global.[]

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La comida que produce el mundo

De los aproximadamente 2.3 millones de toneladas de cereales que actualmente se producen, aproximadamente mil millones de toneladas se destinan a uso alimentario, a 750 millones de toneladas se emplea como alimento para animales, y los restantes 500 millones de toneladas se procesan para el sector industrial.

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Los 10 alimentos con mayor producción en el mundo (toneladas)

1 Caña de azúcar 1,800,377,642
2 Maíz 885,289,935
3 Arroz 722,559,584
4 Avena 701,395,334
5 Leche 614,578,723
6 Papas 373,158,351
7 Remolacha azucarera 273,500,615
8 Vegetales 268,833,780
9 Soya 262,037,569
10 Mandioca 256,404,044

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Los 10 alimentos más producidos en México

1 Caña de azúcar 49,735,273
2 Maíz 17,635,417
3 Leche 10,724,288
4 Narnajas 4,079,678
5 Avena 3,627,511
6 Carne (pollo) 2,757,986
7 Huevo 2,458,732
8 Tomate 2,435,788
9 Carne (ganado) 2,190,100
10 Limones 2,147,740

 

Fuente: FAO, 2011

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Las tres grandes etapas del hombre y al comida

Según The Cambridge World History of Food, la historia de la alimentación de la humanidad puede dividirse en tres periodos:

Hace 1.5 millones de años – Mioceno y pleistoceno. Los ancestros del ser humano comenzaron a preparar plantas crudas y comían restos de carne que dejaban otros depredadores

700,000 años – En el medio pleistoceno. El hombre se convierte en cazador de especies cada vez más grandes como bisontes, caballos y mamuts. La alimentación de plantas sigue jugando un papel importante.

10,000 años – Domesticación de animales. Pasa de la recolección de plantas al cultivo de plantas.

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Un problema que crece rápidamente

La población global pasará de 7,200 millones de personas a 9,600 millones para 2050, según un informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU publicado en 2013. Esta tasa de crecimiento significa que diariamente se suman al mundo 200,000 nuevas bocas que alimentar. La ONU estima que hacia 2050 se requerirá incrementar 70% la producción de alimentos a nivel mundial para satisfacer la demanda de comida.

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Sin agua y tierra disponible

La agricultura utiliza actualmente el 11% de la superficie terrestre para la producción de cultivos y utiliza el 70% del agua total extraída de acuíferos, ríos y lagos. En últimos 50 años las tierras de cultivo se han extendido 12% y la producción agrícola prácticamente se ha triplicado. Sin embargo, la ONU advierte que las tasas de crecimiento de la producción agrícola han ido disminuyendo, lo cual aumentará los conflictos por la disputa de recursos como la tierra y el agua, según el informe El estado de los recursos de tierras y aguas del mundo para la alimentación y la agricultura.

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La escasez por cambio climático

El sector agrícola es un emisor importante de gases de efecto invernadero, pues origina el 13.5% de las emisiones globales. El cambio climático supone riesgos adicionales para los agricultores ante una creciente aridez y cambios en los regímenes de lluvias, así como la creciente incidencia de los fenómenos climáticos extremos.

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Hambre y obesidad

Los números son elocuentes. En su informe sobre El estado de la agricultura y la comida en el mundo 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) estima que 860 millones de personas en el mundo padecen hambre. Al mismo tiempo, existen 2,000 millones de personas con algún tipo de desnutrición y 1,400 millones con problemas de obesidad.

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[1] NOTA: La metodología utilizada para obtener el dato sobre la cantidad de energía utilizada para producir comida frente a la energía de los alimentos producidos, fue la siguiente:

  1. De acuerdo con datos de la FAO de 2009, en promedio, cada persona en el planeta consumió 2,831 kilocalorías por día. (FAOSTAT)
  2. El Banco Mundial estima que en 2009 había 6,805,251,332 de personas en planeta
  3. Al multiplicar las kilocalorías por persona, por 365 días del año, por el número de personas que el BM estimó para 2009, obtenemos que la población global consumió 7,031,968,280,125,580 kcal en 2009.
  4. Al convertir kcal a PJ, obtenemos 29,434.412 PJ consumidos por la población global en 2009.
  5. De acuerdo con la FAO, la cadena productiva de la comida utiliza el 30% de la energía producida en el planeta (Energy-Smart Food at FAO: An Overview, pag. 6 http://www.fao.org/docrep/015/an913e/an913e.pdf)
  6. De acuerdo con la Agencia Mundial de Energía, el mundo consumió 709,572 PJ en 2009 (http://www.iea.org/Sankey/index.html#?c=World&s=Balance)
  7. Al hacer la conversión para obtener el 30% del total de energía consumida en 2009, obtenemos que el sistema de producción y distribución de comida utilizó alrededor de 212,871.6 PJ en 2009.
  8. Al dividir la energía utilizada en el sistema de producción y distribución alimentaria entre la energía consumida por la población global a través de la comida, obtenemos que la energía utilizada para producir comida fue 7.23 mayor a la energía consumida a través de la comida durante 2009.
  9. NOTA: Sin embargo, dicha estimación no contempla el desperdicio de comida que va directo a la basura, por lo que el desperdicio de energía podría ser todavía mayor.

El espantapájaros decepcionado con las consecuencias de la agroindustria

Una animación muy bien lograda sobre las consecuencias de la industria agroalimentaria. Interesante forma de promocionar un videojuego como Scarecrow, diseñado por una cadena de restaurantes llamada Chipotle Mexican Grill, en cuya página web aseguran estar preocupados por ofrecer “alimentos con integridad”. Más allá de los riesgos inherentes al ‘greenwashing’ que puedan existir en este tipo de publicidad, el cortometraje bien vale la pena. Se presta para la reflexión.

La industria de la muerte

Impactante fragmento de la película Samsara, sobre el aroma cadavérico que predomina en la industria alimenticia. Desde hace unos meses decidí no participar en esta industria de la muerte. Una cosa es matar para comer y otra muy distinta es fomentar el asesinato sistemático a través de lo que comemos. Me gusta la carne, pero desde hacía un tiempo me causaba conflicto comerla. El placer se fue convirtiendo paulatinamente en sentimiento de culpa. “¿Por qué como carne? Porque me gusta”, era la pregunta y respuesta que yo mismo me hacía. La culpa venía de saber cómo un simple capricho podía ocasionar tanto sufrimiento inncesesario. Luego vino la revelación: me gusta la carne, sí, pero me gusta más saber que no hago daño. Ahí se terminó el conflicto. Decidí dejar de comer carne definitivamente desde hace 9 meses, luego de haber bajado drásticamente mi consumo de carne desde hace un par de años. “El conocimiento nos hace responsables”, decía el Che. Creo que algo así me pasó. Después de saber lo que sé (las múltiples consecuencias ecológicas-médicas-trascendentales de comer carne a diario) no podía seguir actuando del mismo modo. Decidí cambiar. Me alivia saber que mis acciones cotidianas contribuyen en algo a mitigar el gran sufrimiento que existe en este mundo. Una acción pequeña, aparentemente insignificante, cuya trascendencia no puede pasar inadvertida en esta enorme rueda de la vida. “Empuja hoy y serás empujado mañana”, según la ley del karma.

20 años del TLCAN: el recuento del desastre

La reforma energética y la entrega de la renta petrolera a empresas extranjeras es apenas el último capítulo de un proyecto político y económico cuyo fracaso es más evidente con el paso del tiempo. En prácticamente todos los indicadores económicos y sociales, los saldos del proyecto neoliberal arrojan número rojos junto a las promesas incumplidas de un Tratado de Libre Comercio de América del Norte que contribuyó a empeorar la calidad de vida de los mexicanos al mismo tiempo que permitió a las élites político-empresariales del país amasar grandes fortunas bajo el amparo de la corrupción y la impunidad.

Manuel Hernández Borbolla

El saldo negativo que arroja el Tratado de Libre Comercio de América del Norte a 20 años de su entrada en vigor, explican en buena medida al México actual: un país atrapado entre una crisis de legitimidad de sus instituciones políticas y una élite empresarial privilegiada cuya riqueza creció exponencialmente junto con la pobreza, el desempleo, la migración, la impunidad, la violencia del crimen organizado y una pérdida de confianza en las instituciones democráticas que conforman a un Estado mexicano devorado por la corrupción.

El mismo gobierno federal reconoce que la economía mexicana tiene un estancamiento de 30 años, época que coincide con el comienzo del proyecto neoliberal implementado por el gobierno de Miguel de la Madrid, el cual tuvo su auge con la firma del TLCAN durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y continuó desarrollándose durante las administraciones de Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

“Nuestra economía no ha crecido a la altura de su potencial en los últimos 30 años, periodo en el que se ha dado un crecimiento del Producto Interno Bruto de apenas 2% en términos reales en promedio. Este débil crecimiento de la economía en los últimos 30 años está asociado al nulo crecimiento de la productividad”, señaló Luis Videgaray, titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, durante la presentación de la reforma fiscal que el Ejecutivo envió al Congreso en septiembre pasado.

Si el gobierno mexicano reconoce que el modelo económico utilizado en las últimas tres décadas no ha funcionado, ¿por qué seguir implementando las mismas medidas? Los especialistas consideran que esto se debe a que la implantación del TLCAN, la apertura comercial y las privatizaciones han resultado ser un gran negocio para una cúpula político-empresarial que ha amasado enormes fortunas cobijados por una impunidad sistemática que explica la crisis de legitimidad que enfrentan actualmente las instituciones mexicanas. Este es el saldo de tres décadas de reformas estructurales y la entrada en vigor del acuerdo comercial que marcó la historia reciente de México.

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1. Dejar de producir para importar

Las cifras macroeconómicas son contundentes. En dos décadas, México desmanteló su planta productiva para convertirse en un país importador. De acuerdo con datos del INEGI, la productividad total de México en 2011 fue 8.2% menor a la que existía en 1990.

En contraparte, de 1993 a septiembre de 2013, el país tuvo un déficit comercial de 124,460 millones de dólares, según datos del Banco de México. Al descontar los ingresos del petróleo, la estadística es aún peor, ya que el déficit acumulado en 20 años suma 329,554 millones de dólares.

El sector servicios, que incluye al turismo y el sistema financiero, también arroja un saldo negativo acumulado de 377,467 millones de dólares desde 1994 hasta 2012, periodo en el que el déficit se duplicó al pasar de -14,980 millones de dólares a -31,978 millones de dólares, de acuerdo con datos oficiales del INEGI, la SHCP y el Banco de México, recopilados por el Centro de Estudios de Finanzas Públicas (CEFP) de la Cámara de Diputados.

La inversión extranjera pasó de 12,830 millones de dólares en 1994 a 72,299 millones de dólares en 2012, según cifras de Banxico. En el mismo periodo, México descendió del cuarto lugar al vigésimo tercero en la captación de inversión extranjera directa, debido principalmente a la pérdida de competitividad, según datos de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo.

Sin embargo, la inyección de capital extranjero no ha logrado incidir de manera favorable en el crecimiento de la economía nacional, debido a que la apertura comercial provocó que se destruyeran varias cadenas productivas de valor que fomentaban el crecimiento de la pequeña y mediana empresa, ya que la industria mexicana se enfoca principalmente en actividades de ensamblaje al final del proceso de fabricación, dirigido por empresas transnacionales que importan la mayoría de los insumos utilizados para generar productos de exportación. Algo que explica el poco valor agregado de la industria nacional, tal como ocurre con las pantallas planas, ya que en México se genera solo el 5% del valor agregado a pesar de ser uno de sus principales productos de exportación.

De 1993 a 2012, la industria mexicana registró un retroceso de 14.35% en el valor agregado de sus productos manufactureros, según datos de la Secretaría de Economía, lo cual evidencia la manera en que se ha desarticulado la planta productiva del país tras la firma del TLCAN.

“Las pequeñas, medianas y microempresas no están conectadas a la modernidad y tienen niveles muy bajos de productividad”, señaló en septiembre pasado el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, quien reconoció que el 50% de las exportaciones mexicanas son realizadas por sólo 45 empresas. La mayoría de ellas, de capital extranjero.

Según la Cepal, México es uno de los tres países del continente donde la inversión extranjera deja menos utilidades para la economía nacional, de acuerdo con el informe La Inversión Extranjera Directa en América Latina y el Caribe 2012.

Para nosotros, el comercio exterior fue firmar tratados de libre comercio pero no se establecieron programas de competitividad, fomento industrial ni comercio exterior”, afirma Arnulfo Gómez, investigador de la Universidad Anáhuac y consultor del sector privado, quien asegura que la política “dogmática” que se adoptó junto con la firma del TLCAN promovió la desaparición de miles de pequeñas y medianas empresas.

No hemos diseñado una política para fortalecer el mercado interno porque nos abrimos mucho y establecimos una competencia desleal para la planta productiva nacional”, agrega.

El especialista considera que mientras los Cuatro Tigres Asiáticos (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán) supieron aprovechar sus acuerdos comerciales con Japón para invertir en educación y programas que ayudaran a fortalecer su economía, México adoptó una postura basado en que “la mejor política industrial es la que no existe”, tal como en su momento declaró el entonces Secretario de Comercio y Fomento Industrial del sexenio salinista, Jaime Serra Puche.

Aunque México tiene acuerdos de libre comercio con 45 países, tiene un déficit comercial con 30 de ellos, según explica Gómez, quien considera que firmar el Acuerdo Trans-Pacífico resultará contraproducente, principalmente para industrias como la cafetalera y la textil.

Para Gregorio Vidal, investigador de la UAM, el problema de fondo consiste en que el modelo basado en exportaciones carece de las bases necesarias para generar un crecimiento económico sostenido de entre 5% y 6%, a diferencia de lo que ocurre con otras potencias exportadoras como China, país que genera sus propios insumos y requerimientos industriales para luego transformarlos y exportarlos al resto del mundo, incluido México. Esto debido a que el TLCAN permitió que países como el gigante asiático introdujeran sus mercancías a México a través de Estados Unidos.

“Desde hace mucho tiempo no hay ninguna política industrial en México. Se ha asumido que simplemente hay que actuar de acuerdo a los mercados. Un ejemplo notable es el caso del petróleo, cuando se dice que sale más barato importar gasolina que construir refinerías”, señala Vidal, quien considera que la situación actual de Pemex ilustra la situación que ha ocurrido con el resto de la industria nacional.

También aumentó la presión sobre las finanzas públicas, ya que la balanza entre ingresos y gasto público pasó de tener un saldo favorable de 0.2% del PIB en 1994 a un saldo de -2.5% del PIB para 2012. Una cifra negativa que se incrementará para 2014, luego de que el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto solicitó aumentar la deuda pública 1.5% del PIB para 2014 con el objetivo de aumentar el gasto público y evitar una recesión ante la desaceleración económica de los últimos meses. Sin embargo, el incremento de la deuda difícilmente revertirá el rezago de la inversión estatal en México desde la implantación del modelo neoliberal, ya que en el país el gasto público como porcentaje del PIB “es de apenas del 19.5%, mientras que en el resto de América Latina alcanza, en promedio, es del 27.1%, y en los países de la OCDE es de 46.5%”, de acuerdo con la SHCP.

A pesar de que México registra un saldo negativo en casi todas las variables macroeconómicas, el PIB presenta un ligero crecimiento de 3.15% desde la entrada en vigor del TLCAN y un crecimiento por habitante de 1.46%, según datos de INEGI y Conapo. ¿Cómo se explica esto?

Esa es la verdadera pregunta ácida para el Estado mexicano a 20 años del TLCAN. ¿Cómo explican agregado económicos, en algunos casos muy altos, cuando no tenemos producción, hay aumento de desempleo y problemas con la producción agrícola?”, señala David Lozano, director del Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM, quien considera que los altos precios del petróleo del 2000 a la fecha no permiten explicar por sí solas la manera en que la economía real es “totalmente contraria” a las cifras macroeconómicas.

Por ello, diversos especialistas dudan de la veracidad de las cifras macroeconómicas sean reales, pues deja varios huecos a la hora de explicar fenómenos como la inflación.

“México tiene un problema y hay advertencias del sistema financiero internacional de que México está lavando dinero en grandes cantidades”, agrega Lozano.

—Ahí está el caso HSBC.

—Un ejemplo solamente. Pero también algunas políticas de Estado pueden servir para lavar dinero.

—¿Cómo cuáles?

—Ahí tienes el caso de Chihuahua y Coahuila. Funcionarios públicos que traían empresas que lavaban dinero con el propio dinero del gobierno— afirma Lozano.

La agencia Stratfor estima que cada año se lavan o blanquean en México entre 19,000 y 39,000 millones de dólares provenientes de la delincuencia organizada.

De ahí que diversos investigadores consideren que la estabilidad macroeconómica del país en las últimas dos décadas haya sido inflada artificialmente mediante deuda pública, las divisas de los migrantes, la precarización del empleo, el comercio informal y el dinero generado por el crimen organizado.

La Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) estima que en la economía mexicana hay un excedente de entre 9,200 y 10,200 millones de dólares que al final del año no justifican una fuente legítima, cifra que coincide con el excedente de 10,000 millones de dólares que registró la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en el sistema financiero mexicano al cierre del año fiscal 2011, de acuerdo con información del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados, publicada en 2012.

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Evolución de la Productividad Total de los Factores en México, 1950-1995GRAFICO 1

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Evolución de la Productividad Total de los Factores en México, 1990-2011

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Variación en la Productividad Total de los Factores, 1990-2011

GRAFICO 3

(Fuente: INEGI)

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2. Los privilegiados de las privatizaciones

Aunque el gobierno de Miguel de la Madrid fue el que inició originalmente el proceso privatizador al extinguir 294 empresas públicas, 72 fusiones, 25 transferencias y 155 empresas vendidas, o de acuerdo con cifras de la SHCP, no fue sino hasta el sexenio de Salinas cuando el proceso privatizador alcanzó su auge debido al tamaño y relevancia de las empresas que pasaron al control del sector privado. Fue así como en 1991, el gobierno inició la privatización del sector bancario que se vendió principalmente a empresarios nacionales.

“Eran grupos financieros en un sentido amplio. Ellos son los que adquieren todos los bancos en un proceso acelerado que intenta generar grupos financieros y bancarios en el país de gran tamaño que permiten que algunas fortunas se fortalezcan”, explica el investigador de la UAM, Gregorio Vidal.

Con la crisis económica de 1994 y la inminente quiebra de los bancos, el gobierno implementó el mayor rescate financiero en la historia del país al convertir en deuda pública las deudas de los ahorradores. Durante el rescate bancario, el Estado mexicano gastó montos dos o tres veces mayores que los que recibió durante su privatización, para luego vender los bancos ya saneados al capital extranjero.

A 14 años de distancia, la deuda pública por el rescate bancario no ha disminuido, sino por el contrario, ha aumentado un 19.87%, debido a que el dinero destinado anualmente para este rubro en el presupuesto de egresos se utiliza para pagar una parte de los intereses. De acuerdo con datos del Instituto para la Protección al Ahorro Bancario, la deuda en diciembre de 1999 era de 687,844 millones de pesos. Para septiembre de 2013 la deuda ascendía a 824,586 millones de pesos. Esto luego de que a diciembre de 2013, el Estado mexicano ha pagado un total acumulado de intereses por 106,710 millones 722,223 pesos, según el IPAB.

Sin embargo, el crédito otorgado por la banca se contrajo a la mitad desde la entrada en vigor del TLCAN, ya que mientras en 1994 se otorgaron créditos por 47.4% del PIB, en 2012 el porcentaje de créditos llegó a 20.32%, según datos oficiales recopilados por el CEFP.

Para el gobierno federal, la falta de crédito ha repercutido la caída en la producción y la falta de trabajo, ya que aunque las micro, pequeñas y medianas empresas generan 74% de los empleos del país, sólo el 15% de ellas tienen acceso a financiamiento.

“Tenemos en México uno de los sistemas financieros más sólidos y más robustos del mundo, pero al mismo tiempo, uno de los que menos prestan a nivel global. El bajo nivel de crédito, además, afecta a quienes más lo necesitan: los pequeños y medianos negocios del país”, reconoció Peña Nieto en mayo pasado durante la presentación de la reforma financiera.

En contraste, las ganancias de los bancos han crecido a un ritmo mayor que la economía en los últimos 15 años. De 1999 a octubre de 2013, la banca privada tuvo utilidades por 724,956 millones de pesos, según informes de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores. Esto significa que las ganancias de los bancos crecieron cuatro veces más que la economía nacional en el mismo periodo, principalmente por el cobro de intereses. (El PIB creció 186.37% a precios corrientes mientras que las utilidades de los bancos crecieron a 722% a precios corrientes).

Con la privatización de la industria siderúrgica, los ingenios azucareros, así como las empresas de telefonía, fertilizantes y productos básicos de consumo, y posteriormente los ferrocarriles, los aeropuertos, las líneas aéreas, los puertos marítimos y las dos compañías productoras de energía en fechas más recientes, la emergente élite empresarial del país comenzó a concentrar un mayor volumen de riqueza.

En 1993, México contaba con 14 empresarios cuyas fortunas superaba los 1,000 millones de dólares, de acuerdo con la revista Forbes. En el selecto grupo se encontraban Emilio Azcárraga Milmo (Televisa), con una fortuna de 5,100 millones de dólares; Carlos Slim (Grupo Carso) con 3,700 millones; Lorenzo Zambrano (Cemex), con 2,000 millones; Eugenio Garza Legüera (VISA y Bancomer) y Bernardo Garza Sada (Grupo Alfa), ambos ocupando el mismo escaño con 2,000 millones; la familia González Nova (Comercial Mexicana), con 1,500 millones; Ángel Losada Giménez (Gigante), con 1,300 millones; Jerónimo Arango Arias (Cifra), con 1,100 millones; Alberto Bailleres (Grupo Peñoles, Palacio de Hierro y GNP), con 1,100 millones; Lorenzo y Roberto Servitje (Bimbo), con 1,100 millones; Adrián Sada González (Vitro y Serfín), con 1,000 millones; Alfonso Romo Garza (Pulsar Internacional), con 1,000 millones; Pablo Aramburuzabala Ocaranza (Cervecería Modelo), con 1,000 millones de dólares y Enrique Molina Sorbino (Gemex), con 1,000 millones.

Estos 14 magnates sumaban una fortuna acumulada de 22,900 millones de dólares. 20 años después, el número de multimillonarios mexicanos se mantuvo casi igual pero con un aumento significativo en el grueso de su riqueza, ya que en 2013, México tenía a 15 multimillonarios cuyas fortunas sumaron un total de 148,500 millones de dólares, cifra 648% mayor respecto a la de 1993, según datos de Forbes.

En la lista figuran Carlos Slim (Grupo Carso, América Móvil), considerado como el hombre más rico del planeta con una fortuna estimada de 73,000 millones de dólares; Alberto Bailleres (Grupo Peñoles, Palacio de Hierro y GNP), con 18,200 millones de dólares; Germán Larrea Mota Velasco (Grupo México), con 16,700 millones de dólares; Ricardo Salinas Pliego (Grupo Elektra y Televisión Azteca), con 9,900 millones; Eva Gonda Rivera, viuda de Eugenio Garza Legüera (Femsa), con 6,600 millones de dólares; María Asunción Aramburuzabala (Grupo Modelo, hoy propiedad de la empresa belga Anheuser-Busch InBev), con 5,000 millones; Jerónimo Arango (Cifra y Walmart México), con 4,000 millones; Emilio Azcárraga Jean (Grupo Televisa), con 2,500 millones; Rufino Vigil González (Industrias CH), con 2,400 millones; los hermanos José y Francisco Calderón Rojas (Femsa), con 2,300 millones; Carlos Hank Rhon (Grupo Financiero Interacciones y Grupo Hermes), con 1,900 millones de dólares; Roberto Hernández (exdueño de Banamex y accionista de Televisa), con 1,800 millones; Alfredo Harp Helú (ex accionista de Banamex), con 1,500 millones; Max Michel Suberville (Femsa y Liverpool), con 1,400 millones y Juan Gallardo Thurlow (Organización Cultiba SAP, dedicada a la industria de las bebidas azucaradas), con 1,300 millones de dólares.

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De acuerdo con el Reporte Global de Riqueza 2013, elaborado por el banco Credit Suisse, México ocupa el octavo lugar entre los países con mayor número de multimillonarios del planeta, con 186 magnates, aún cuando México es la decimocuarta economía del globo.

“Estos empresarios han salido enormemente beneficiados. O han vendido sus acciones o han cambiado de giro, pero se les han dado ganancias como nunca. Se ha flexibilizado la ley para que ellos puedan tener grandes ganancias, si bien no en el sector productivo, sí en el sector financiero, donde la ley es muy laxa para obtener rápidamente altas ganancias. Por eso ellos no pueden estar a favor de una regulación estatal”, explica Arturo Ortíz Wadeymar, experto del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM.

El investigador asegura que mientras empresas como Grupo Modelo han sido adquiridas por compañías extranjeras, México se ha convertido con el paso de los años en un país donde las empresas mexicanas se han convertido en trasnacionales que exportan grandes cantidades de capital para realizar inversiones en otros países, tal como ocurre actualmente con compañías como América Móvil, Grupo Elektra, Cemex, Grupo México, Bimbo, o Gruma, por mencionar algunas.

“Ahí mismo está el dato de la balanza de pagos, donde la inversión de mexicanos en el extranjero está por ahí de 25,000 millones de dólares en 2013, es decir, están invirtiendo fuera porque ven pocas expectativas en el mercado nacional”, señala Ortíz.

Sin embargo, la fuga de capital es mucho mayor a la reportada oficialmente, ya que de acuerdo con un estudio de la firma Global Financial Integrity, México se convirtió en el tercer país en desarrollo con mayor fuga ilegal de capital, al registrar pérdidas por 461,860 millones de dólares de 2002 a 2011. Un fenómeno que se disparó con la entrada en vigor del TLCAN, debido a que la falta de controles facilitó el lavado de dinero a través de facturación fraudulenta, lo cual permitió que el crimen organizado pudiera lavar grandes sumas de dinero transferido principalmente a los Estados Unidos. Si se comparan los ingresos que recibió México por las remesas familiares y la inversión extranjera, frente a la fuga de capital, se obtiene un saldo negativo de 110,646.5 millones de dólares, lo cual evidencia la magnitud del problema.

El reporte concluye que el gobierno mexicano debe enfocarse en adoptar medidas para frenar la facturación fraudulenta, una manera de lavado de dinero que se incrementó exponencialmente después de la entrada en vigor del TLCAN y que “constituye el 73.7% de todos los flujos ilícitos” registrados de 1970 a 2010, de acuerdo con la consultora.

Fuente: Global Financial Integrity

De ahí que la fuga de capital y la caída en la producción sean dos elementos clave para explicar la escasa generación de empleo en las últimas dos décadas, en contraste con un aumento de la riqueza registrada por la élite empresarial beneficiada por el modelo neoliberal.

Redituable sí ha sido. El tema es, ¿redituable para quién? Hay ganadores en este proceso, hay fortunas que han crecido, grupos que se han fortalecido, capitales colocados fuera que son resultado de esta lógica. Que el grueso de la población no se haya beneficiado es otra cosa”, explica Gregorio Vidal, investigador de la UAM, sobre la privatización de los bancos.

“Es muy complicado modificar la lógica económica, porque ellos seguirán defendiendo este mecanismo. Lo que no se logra advertir es que esta forma de operar la economía no hace posible que haya crecimiento sostenido del PIB a mediano y largo plazo, mientras se consolida el estancamiento”, agrega Vidal.

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3. La erosión del ingreso y la falta de empleo

La poca productividad de México y el estancamiento de su economía durante los últimos 20 años se ha traducido en falta de empleo y reducción del poder adquisitivo para los trabajadores mexicanos.

En el país, más de la mitad de los mexicanos (53.3% de la población, equivalente a 63 millones de personas) enfrentan algún nivel de pobreza, de acuerdo con datos del Consejo Nacional de Evaluación a la Política de Desarrollo Social. De 1994 a 2012, el número de mexicanos con alguna carencia alimentaria aumentó en 1 millón 740,916; con alguna carencia de capacidades en 2 millones 626,039; con alguna carencia de patrimonio aumentaron en 5 millones 589,294.

A dos décadas de la entrada en vigor del TLCAN, el Índice Nacional de Precios al Consumidor, que mide el precio de la canasta básica, pasó de 17.86 pesos en 1993 a 108.80 pesos hasta octubre de 2013, de acuerdo con datos del INEGI.

Paralelamente al aumento de la canasta básica, el salario mínimo tuvo una caída del 27% de 1994 a 2012, al pasar de 78.84 pesos a 57.04 pesos, según datos de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos.

Además de la erosión en el poder adquisitivo de los trabajadores, también aumentó el desempleo. La tasa de desocupación pasó de 3.6% en 1994 a 5% de la población económicamente activa en 2012, según datos del INEGI.

Sin embargo, el Centro de Análisis Multidisciplinario (CAM) de la Facultad de Economía de la UNAM asegura que las cifras reales del desempleo en México son superiores a las reportadas por el INEGI, ya que al utilizar la metodología de la Organización Mundial del Trabajo, los especialistas aseguran que en el país existen 8 millones de desempleados en México hasta octubre de 2013, equivalentes al 15.5% de la población económicamente activa.

Asimismo, el gobierno reconoce las cifras oficiales sobre el desempleo dadas a conocer por el INEGI son engañosas debido a que el 60% de los trabajadores mexicanos pertenecen a la economía informal, sector que genera una productividad 45% menor en comparación con la economía formal.

“Las estadísticas dicen que México tiene entre el 4.8 y el 5% de su población activa desempleada, pero ese es un dato engañoso porque la realidad es que el 60% son trabajadores informales y sólo el 40% tienen un empleo formal”, reconoció Alfredo Navarrete Prida, titular de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, durante una entrevista con la agencia EFE en junio pasado, durante su participación en la Asamblea anual de la Organización Internacional del Trabajo realizada en Ginebra.

El funcionario indicó que la informalidad es el principal problema del sector laboral mexicano es que la “informalidad no paga impuestos, no recibe prestaciones y no cuenta con seguridad social”. Esto, aun cuando el PRI y el PAN impulsaron dentro de la reforma laboral de 2012 aprobada por el Congreso de la Unión, al flexibilizar el despido con el fin de aumentar la productividad y la competitividad de las empresas a costa de los trabajadores.

Datos de la UNAM señalan que el tiempo de trabajo necesario para que un trabajador mexicano pueda adquirir una canasta alimenticia prácticamente se duplicó en 20 años, al pasar de 12.53 horas de trabajo en 1994 a 23.44 horas en abril de 2013. En otras palabras, el salario mínimo alcanza para comprar la mitad de comida de lo que se compraba previo a la entrada en vigor del TLCAN, a pesar de que los promotores del acuerdo comercial aseguraban que la libre competencia en el sector agrícola reduciría el precio de los alimentos.

En 2013, uno de cada dos mexicanos dijo haberse quedado alguna vez sin dinero suficiente para comprar comida, de acuerdo con datos de la consultora Latinbarómetro.

Las comparaciones internacionales tampoco resultan favorables. México es el país con mayor explotación laboral entre las principales economías del planeta, ya que el trabajador mexicano que en promedio trabaja 594 minutos al día (el número de horas semanales más alto de las principales economías del planeta), deja de recibir ingresos por prácticamente la mitad del tiempo trabajado (253 minutos), según datos de la OCDE publicados en 2011. Esto significa que la explotación laboral en México es superior a países como China e India, cuyos trabajadores laboran en promedio 504 y 486 minutos al día.

En el caso de los profesionistas, cifras del INEGI señalan que el 37.3% de los desempleados tenían estudios medio superior y superior durante 2013, derivado de un modelo económico en el que los jóvenes profesionistas no encuentran cabida dentro del mercado laboral. Una situación que ha contribuido a desperdiciar el llamado ‘bono demográfico’ de México, que según el Consejo Nacional de Población, se define como el fenómeno de transición demográfica en el que el número de población trabajadora es mayor al dependiente (niños y adultos mayores), lo que se supone debería contribuir al impulso económico del país.

Y a pesar de las precarias condiciones laborales que enfrentan los trabajadores nacionales, México perdió 16 lugares en competitividad a nivel internacional de 2001 a 2012, según el Foro Económico Mundial, mientras que perdió 47 lugares en la evaluación del organismo en torno a la calidad de las instituciones públicas, al pasar del lugar 56 al 103 en el mismo periodo.

“El TLCAN ha provocado un mayor deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores. Ha disminuido el poder adquisitivo de los trabajadores y hoy tenemos un incremento en la pobreza, aún cuando en los últimos 20 años es cuando más se ha incrementado el gasto federal en el combate a la pobreza”, asegura David Lozano, economista y coordinador del CAM, quien considera que la falta de empleos explica en buena medida la violencia que existe en varias regiones del país.

En 1995 los estados de la República tenían tasas de desempleo entre 8 y 11%, ahora los ves con tasas de hasta 22% de desempleo. Eso cómo no va a impactar en la violencia”, señala el especialista, quien afirma que actualmente el crimen organizado regula la oferta y demanda de ciertos productos y servicios a través de cuotas que impone a los productores de limón, en Michoacán y Jalisco, la piña en Veracruz, o leche en la zona de la Comarca Lagunera.

Fuente: Centro de Análisis Multidisciplinario, UNAM

Hay lugares donde la economía es la economía del narcotráfico. Ahora ya tenemos población económicamente activa que se supone que es ilegal, pero que se contabiliza como ingreso en el paísHay empresas que son verdaderas lavadoras de dinero, pero el gobierno las mantiene porque son generadoras de empleo. Dicen que los tienen bien fiscalizados, pero son los que mejor pagan los servicios financieros y pagan sus impuestos”, asegura.

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4. La devastación del campo y los recursos naturales

A 20 años del TLCAN, el sector agrícola quedó estancado debido a que la falta de apoyos gubernamentales en el campo y las desventajas de los agricultores nacionales frente a sus contrapartes estadounidenses, provocaron que México haya dejado de producir alimentos para importarlos.

Datos de la UNAM señalan que el 72% de los productores del campo se encontraban en quiebra en 2011, de acuerdo con un informe del Centro de Análisis Multidisciplinario de la Facultad de Economía.

Asimismo, el gobierno mexicano redujo a más de la mitad los subsidios agrícolas en dos décadas, según un estudio de la OCDE publicado en 2013, al pasar de 28% en el periodo 1991-1993 al 13% que se registró para 2010-2012.

Esta situación provocó que muchos productores mexicanos quebraran ante su incapacidad de competir con precios por debajo del valor de mercado ofrecidos por productores estadounidenses gracias a los altos subsidios otorgados por su gobierno, una práctica conocida como dumping que ha dejado cuantiosas pérdidas en productos como maíz, trigo, algodón, carne de puerco y de res.

La inequidad entre el régimen proteccionista de Estados Unidos y México ha provocado un estancamiento del sector agrícola, con un crecimiento de 1.8% anual en las últimas dos décadas, además de que la importación de comida se duplicó en dos décadas al pasar del 19% al 42%, de acuerdo con datos del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM.

“El hecho es que con el TLCAN, México se convirtió en una potencia importadora”, asegura Víctor Suárez, presidente de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC).

“Otra promesa incumplida es que se iban a dinamizar las inversiones privadas y extranjeras en el campo, las cuales nunca llegaron, mientras la inversión privada fue raquítica. Se retiró la inversión pública para el campo. Solamente se invirtió en una minoría de agricultores comerciales del norte que no representan más del 10% del total de unidades de producción y para el 90% solamente hubo presupuestos de carácter asistencialista para combatir la pobreza, pero no para el desarrollo productivo. El resultado es que no hay mejoría en el ingreso rural ni en el bienestar de la gente del campo”, agrega.

La Confederación Nacional Campesina, organización históricamente vinculada al PRI, reconoce que desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, 2.3 millones de campesinos han dejado sus tierras para emigrar a Estados Unidos y otras ciudades del país “con el agravante de que existe el riesgo de que México llegue a importar el 80% de los alimentos que demanda la población”, según el informe Estado Eficaz: Modernización de la Administración Pública Mexicana para Atender al Campo publicado en diciembre de 2013.

Además de la falta de apoyos al campo, el desmantelamiento de empresas paraestatales como Conasupo y Liconsa durante la década de 1990 permitió que diversas empresas trasnacionales regularan los precios de alimentos, semillas y otros insumos agroindustriales que explican en buena parte el incremento de los precios de la comida en las últimas décadas, tal como ocurrió en 2007 con la crisis de la tortilla.

“Se prometió que los consumidores se beneficiarían con alimentos de calidad y bajo precio, pero los resultados indican que tenemos un incremento constante de los precios del consumidor, sobre todo en los últimos siete años, a tal nivel que el precio internacionales de los alimentos se han duplicado o triplicado a los años previos al arranque del TLCAN y esto ha repercutido en el incremento de la pobreza, la desnutrición y la obesidad en México, porque también se ha importado el modelo de alimentación basado en alimentos chatarra y refrescos que ha provocado la epidemia de obesidad”, asegura Suárez.

“El TLCAN ha resultado en un fracaso para el país, los productores y los consumidores. Los únicos que se han beneficiado han sido una minoría de grandes corporaciones agroalimentarias mexicanas y extranjeras como Maseca, Bimbo, Bachoco, Lala, Grupo Vizacarra, Monsanto, Cargill, ADM, Nestlé, Walmart, Pepsico, Coca Cola, Bayern, General Food y este tipo de empresas, que han visto crecer sus utilidades y su dominio de los mercados tanto nacionales como globales, además de concentrar subsidios, créditos a sus actividades económicas, regímenes de privilegio de carácter fiscal. Han pasado de una economía de libre mercado a una economía de oligopolios”, agrega.

Sin embargo, el sector agropecuario no es el único que presenta un saldo negativo tras la firma del acuerdo comercial, ya que las pérdidas económicas ocasionadas por daños al medio ambiente representan el 6.9% del PIB, de acuerdo con datos de INEGI en 2011. Tan solo ese año, las afectaciones ambientales de la minería generaron pérdidas por 242,274 millones de pesos.

Desde la entrada en vigor del TLCAN, el gobierno mexicano ha otorgado cerca de 27,000 concesiones mineras que de manera conjunta equivalen entre el 15% y 30% de la superficie total del territorio nacional, gracias a las modificaciones constitucionales al artículo 27 constitucional que abrió la puerta a la privatización de la tierra, así como la apropiación y destrucción de los recursos naturales. En este sentido, la Comisión Nacional Forestal estima que el 82% de las 155 mil hectáreas deforestadas cada año en el territorio mexicano son consecuencia del cambio de uso de suelos “para uso agropecuario, de turismo o por crecimiento urbano e industria”, sectores vinculados a la apertura comercial del TLCAN, convirtiendo a México en el país con mayor deforestación de la OCDE. Y aun cuando el 13% del territorio nacional se encuentra bajo protección federal, más de 2,600 especies están listadas bajo distintas categorías de amenaza, y la proporción de especies de mamíferos y aves amenazadas “es alta en comparación con los niveles de otros países de la OCDE”, según detalla un informe de la organización.

Para diciembre de 2011, un 29% de las tierras ejidales y comunales se encontraban en proceso de cambio de dominio para pasar a propiedad privada, de acuerdo con datos de la Procuraduría Agraria.

De ahí que el abandono del sector agrícola aunado a la presión del capital privado sobre las comunidades ha generado un ambiente de descontento social en prácticamente todo el país, ya que de acuerdo con la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales (ANAA), actualmente existen cerca de 350 conflictos sociales vinculados con problemas ambientales.

“Existen casos emblemáticos muy graves de daño por contaminación pero no existe ningún tipo de regulación y vigilancia sobre el manejo, uso y destrucción de los recursos naturales del país. Si a esto agregamos que en estos 20 años ha ocurrido un proceso acelerado de privatización de los recursos naturales vía concesiones mineras o la reforma energética, así como otro tipo de infraestructuras, tenemos la más grave amenaza para la supervivencia en la historia del país, más allá del problema de la violencia que también es muy grave”, señala Octavio Rosas Landa, catedrático de la Facultad de Economía de la UNAM e integrante de la ANAA.

Sin embargo, el escenario podría empeorar para los próximos años, debido a que la reciente aprobación de la reforma energética podría generar una destrucción ambiental en los estados del Golfo de México debido a que ahí se encuentran grandes yacimientos petroleros que aumentarán la presión sobre las comunidades para que las empresas trasnacionales puedan extraer hidrocarburos del subsuelo, de modo similar a lo que ocurre con las mineras canadienses.

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5. Exilio forzado

Actualmente existen cerca de 13 millones de mexicanos viviendo en Estados Unidos, de acuerdo con el último censo del INEGI, lo cual significa que cerca del 18% de la población económicamente activa del país se encuentra en el vecino del norte.

Mientras que en 1990 existían 4 millones 409 mexicanos viviendo en Estados Unidos, la cifra aumentó a 11 millones 964 en 2010, lo cual representa un aumento del 171% en dos décadas.

La migración masiva de trabajadores mexicanos se disparó justo después de la entrada en vigor del TLCAN, debido principalmente a la crisis económica de 1994, el crecimiento acelerado de la economía estadounidense y las redes de migrantes que se construyeron desde la reforma migratoria de Estados Unidos en los años 80.

El flujo migratorio hizo que en dos décadas, los ingresos por remesas aumentaron 645% al pasar de 3,475 millones de dólares en 1994 a 22,446 en 2012, según cifras oficiales recopiladas por el CEFP.

De ahí que diversos investigadores consideren que la migración fue una ‘válvula de escape’ para la economía mexicana, debido a que la falta de empleo en México podría haber contribuido a precarizar aún más las condiciones laborales de los trabajadores nacionales.

“Ha sido una válvula de escape, debido a una combinación de factores, ya que por un lado el TLCAN no ha sido el motor de crecimiento que se esperaba y una política errónea de contención de parte de Estados Unidos consolidó el éxodo masivo de tantos mexicanos”, señala René Zenteno, catedrático del Colegio de la Frontera Norte e investigador de la Universidad de Texas.

“El impacto de las remesas es positivo, porque sin esos niveles de ingreso privado yo no sé cómo podrían sortear muchas familias en México momentos difíciles de estabilidad de ingreso. Las remesas lo que vienen a suplir es esa inestabilidad del ingreso y sus bajos niveles”, agrega.

Sin embargo, los expertos aún tienen dudas sobre cuál ha sido el impacto productivo de las remesas enviadas desde Estados Unidos, ya que de acuerdo con Silvia Elena Giorguli, directora del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales del Colegio de México, ya que “en ningún país del mundo la emigración ha generado desarrollo local”.

Esto, debido a que en México no existen condiciones favorables para que la entrada de recursos incida de manera significativa en la reducción de la pobreza o la deserción escolar.

No hay condiciones muy favorables para capitalizar los beneficios de la migración. Hay gente que regresa con sus ahorros y abren tiendas de abarrotes, pero no hay condiciones para que se genere un entorno de inversión productiva que permita que se aprovechen los recursos y lo que aprendieron allá”, señala Giorguli,

“Eso pasa por la discusión del desarrollo nacional. No es que generes programas para los migrantes, sino modificar las condiciones del entorno en general”, agrega la especialista, quien considera que entre las consecuencias sociales del fenómeno migratorio se encuentran el despoblamiento de comunidades, procesos de ruptura y separación familiar, problemas de salud mental en los que se van y los que se quedan, así como una vulnerabilidad creciente para la mitad de los mexicanos que radican en Estados Unidos y no tienen documentos.

Derivado de diversas denuncias interpuestas por organizaciones civiles, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social solicitó en noviembre de 2012 realizar una investigación profunda sobre las denuncias de trabajadores mexicanos contra el gobierno de Estados Unidos ante posibles violaciones al Acuerdo de Cooperación Laboral de América del Norte (ACLAN), firmado como parte del TLCAN, principalmente en lo referente al “pago de salario mínimo; eliminación de la discriminación en el empleo; prevención de lesiones y enfermedades ocupacionales; indemnización en casos de lesiones de trabajo o enfermedades ocupacionales; reciban la misma protección que los trabajadores nacionales; y tengan acceso a los procedimientos mediante los cuales puedan hacer efectivos estos derechos”.

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6. El auge de la economía criminal y la crisis institucional

En los últimos 20 años, la capacidad financiera y operativa de los grandes cárteles de la droga en México convirtieron a estas organizaciones criminales en empresas trasnacionales cuya relevancia en la economía mexicana sigue creciendo ante un Estado débil e incapaz de satisfacer las demandas de su población. Algo que, según diversos especialistas, ayuda a explicar el escenario de violencia y crisis institucional por la que atraviesa el país.

De acuerdo con estimaciones de la Universidad de Harvard, el narcotráfico es el quinto proveedor de empleo en México, al ocupar directamente a 468,000 personas en 2008, cifra que coincide con el medio millón calculado por el entonces secretario de la Defensa Nacional, Guillermo Galván.

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Un informe publicado en 2013 por el Institute for Economics and Peace (IEP), una organización independiente con sede en Estados Unidos y Gran Bretaña, estima que las pérdidas económicas generadas por la violencia en México ascienden a 333,000 millones de dólares anuales, cifra equivalente al 27.7% del PIB.

Para el investigador Edgardo Buscaglia, catedrático de la Universidad de Columbia y asesor de la Organización de Naciones Unidas especializado en crimen organizado, el crecimiento de la violencia en México se debe a que “la delincuencia organizada crece y se alimenta de las fallas regulatorias de los Estados, obteniendo ganancias en aquellos mercados con excesos de complejidad o ausencia de marcos regulatorios”, debido a que las empresas criminales ofrecen a diversos sectores de la población todo aquello que el Estado, “por sus fallas o ausencia, no puede ofrecer”.

De acuerdo con Buscaglia, esto ayuda a entender cómo es que las organizaciones criminales han logrado infiltrar el 78% de los sectores económicos del país, al mismo tiempo que ha contribuido a vulnerado las instituciones de impartición de justicia.

En su libro Vacíos de poder en México, Buscaglia señala que la debilidad del Estado mexicano y la ausencia de controles regulatorios capaces de contener la violencia del crimen organizado es propiciada por un “pacto de impunidad” entre una élite político-empresarial mexicana “que hoy se beneficia de descontrolados financiamientos de campañas electorales y de enriquecimientos inexplicables, vía empresas familiares de políticos que se mantienen de sobornos”.

En otras palabras, la corrupción al interior del Estado mexicano no solo ha permitido el crecimiento de los cárteles de la droga, sino también de grandes grupos empresariales amparados por una clase política y una ilegalidad sistemática que explica los altos niveles de impunidad en México, ya que de acuerdo con Buscaglia, “no existe corrupción pública sin corrupción privada: ambas se retroalimentan”.

Así lo reconoció el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, al señalar en diciembre de 2012 que durante el sexenio de Felipe Calderón existió una impunidad del 99%. Una cifra similar al 93% de impunidad reportados a diciembre de 2013 de acuerdo con datos de la Procuraduría General de la República, según una investigación recientemente publicada en el periódico Reforma, porcentaje que sin embargo, no contempla los delitos no denunciados, lo cual hace concluir que la impunidad es aún mayor.

En 2013, el Índice de Percepción a la Corrupción de Transparencia Internacional ubicó a México como un país con altos niveles de corrupción al ocupar el lugar 106 de 175 países, lo cual hace de México el país con mayor percepción de corrupción entre los países de la OCDE.

Lo mismo considera el informe 2013 del IEP, en el cual se documenta un deterioro en cuatro de las seis condiciones de gobernabilidad durante los últimos 12 años de acuerdo con los estándares del Banco Mundial, ya que “el nivel de corrupción percibido ha aumentado, el estado de derecho se ha debilitado, la libertad de expresión se ha reducido y, muy notoriamente, la estabilidad política ha disminuido en gran medida”.

La organización Freedom House calificó a México como un país “parcialmente libre” en su informe de 2013 debido a la falta de condiciones que existen en el país para garantizar el cumplimiento de derechos civiles como la libertad de expresión.

Esto ayuda a explicar el desencanto sostenido en la democracia en los últimos años. En 1996, el 53% de los mexicanos consideraban a la democracia como el sistema preferible frente a cualquier otra forma de gobierno, mientras que para 2013, solo el 37% mantuvieron dicha opinión, de acuerdo con datos del Latinbarómetro, lo cual representa una caída del 16%. En contraste, el 81% de los mexicanos consideraban injusta la distribución de la riqueza, mientras el 82% se declaró insatisfecho con el funcionamiento de la economía.

En 2010, el informe del Latinbarómetro señalaban que en América Latina, México y Brasil fueron “los dos países con la mayor cantidad de población que le da una baja legitimidad a la democracia”. Ese mismo año, los niveles de desconfianza de los mexicanos en el Congreso y el Poder Judicial fue de 72%, en los partidos políticos fue del 81%, en el gobierno fue de 66% y en las fuerzas armadas de 45%.

Los números evidencian el descontento de amplios sectores sociales con las instituciones del Estado mexicano, a raíz de casos como el Pemexgate y los Amigos de Fox, la elección presidencial de 2006, la llamada “guerra contra el narcotráfico” implementada durante el sexenio de Calderón o el regreso del PRI a Los Pinos tras una elección marcada por acusaciones de compra de votos y protestas contra los medios de comunicación, principalmente las televisoras.

De ahí que la corrupción, impunidad e incapacidad del Estado para garantizar la seguridad de la población se han convertido en un problema de legitimidad política que permite explicar el surgimiento de los grupos de autodefensa surgidos en entidades como Michoacán y Guerrero, así como la ingobernabilidad que existe en Tamaulipas y otros estados secuestradas por las organizaciones criminales.

La corrupción desorganizada y sin controles que vive México invita a las empresas criminales de origen nacional y extranjero a establecer en el país cabeza de playa con franquicias para cometer actos predatorios mucho más violentos y dañinos que en los Estados relativamente fuertes”, señala Buscaglia.

“La transición fallida vivida en el país ha desmantelado parcialmente las instituciones del régimen autoritario de partido único de Estado, pero las élites político-empresariales no han remplazado ese vacío con instituciones democráticas, y de esta manera se ha impedido que los supuestos representantes populares encuentren un consenso necesario para definir acuerdos políticos con el propósito de delinear e instrumentar en la práctica aquellos controles judiciales, patrimoniales, contra la corrupción y socialmente preventivos que hagan reducir los comportamientos antisociales”, agrega.

Una crisis institucional y económica que evidencia la fractura del pacto social que ayuda a explicar el clima de descontento que prevalece en México.

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