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Las cuatro actitudes inconmensurables del Buda

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El cerebro social

Leyendo El error de Descartes, un libro de neurociencia escrito por Antonio Damasio, resulta muy claro cómo las conexiones que establece cada neurona con el resto son determinantes para explicar el buen funcionamiento del cerebro. En el cerebro existen comunidades de neuronas en las que cada una juega un papel específico en las funciones cerebrales. Y dentro de cada comunidad, cada neurona puede establecer un número de conexiones variable, entre 1,000 a 6,000 sinapsis con otras neuronas. Es decir, que el funcionamiento del cerebro depende de qué tan bien están conectadas unas neuronas con otras. Del mismo modo, el cerebro se conecta con el resto del cuerpo a través del sistema nervioso. Por eso Damasio considera que la mente se construye a partir de la relación entre el cuerpo y el cerebro. El cuerpo no es un ente ajeno a la mente, sino parte de la misma. De ahí que los sentimientos jueguen un papel elemental en la toma de decisiones racionales. La metáfora cerebral puede aplicarse perfectamente a lo social.

El bienestar de todo grupo social depende de la manera en que se desarrollan las interconexiones entre sus integrantes. Pero resulta que en el modelo civilizatorio actual, la comunidad está rota. Las neuronas se conectan entre sí a un nivel mínimo. La gente en las ciudades no conoce a sus vecinos. Somos un cerebro disfuncional. A medida que nosotros como neuronas, tengamos capacidad para conectarnos con otras, podremos hacer sinapsis de manera más efectiva. Una revolución es eso: un cambio de conciencia que se va construyendo de manera colectiva. De ahí que tender puentes con una amplia diversidad de personas es la clave para lograr un cambio profundo. Si el mundo no es algo material, sino una relación de cosas, la manera en que nos relacionamos con las cosas determina al mundo.

Todos los seres vivientes de este planeta estamos conectados unos con otros, del mismo modo en que la vida está conectada a su medio ambiente. Entender la relación que tenemos con los demás, es la clave para el despertar. Por eso dicen los hindúes que para develar el velo de maya, el mundo de las ilusiones, es necesario acabar con la ilusión de la separación. Despertemos juntos de esa ilusoria separación que divide al ser humano en ricos y pobres, buenos y malos, blancos y negros. El desarrollo del espíritu solo puede darse cuando nos reconectamos con la fuente, es decir, cuando nos sentimos conectados con todas las cosas que construyen el mundo. Dejemos atrás el aislamiento patológico de la modernidad. No hay necesidad de aferrarnos a la soledad. Entender la manera en que nos relacionamos con todas las cosas (la manera en que comemos, vestimos, pensamos, sentimos, hablamos…) determinará el mundo en que vivimos. Investiguemos la manera en que nos relacionamos con los demás, la manera en que nos sentimos ante determinadas circunstancias de la vida y proyectemos ese conocimiento interno hacia afuera, hacia los otros. De ahí que la empatía y la compasión sean las claves para transformar al mundo.

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La enfermedad mental de la opulencia

La vida da giros inesperados. Siempre. Así fue como Thomas Peter Shadyac, director de comedias como Ace Ventura o Patch Adams se dio cuenta de que la idea de éxito impulsada por la civilización occidental es una enfermedad mental, o wetiko, palabra con la cual el investigador Jack Davis explica cómo algunas etnias de indígenas norteamericanos describen ese comportamiento atípico de los seres humanos que se “comen la vida de otro ser humano”, de un modo similar al canibalismo. Contrario a lo que ocurre en la naturaleza, el ser humano busca acumular más de lo que necesita para vivir. De ahí que vivamos en una sociedad enferma donde la realización se concibe como la acumulación de capital. ¿Y cómo remediarla? A través del amor y la compasión por lo demás. Ese es el mensaje último de Shadyac, en Yo soy (I am), una peliculita sincera en el que se investigan las alternativas para sanar a ese monstruo llamado capitalismo, alimentado por nuestra ambición desmedida y falta de conexión con todos los seres que pueblan la existencia.

Hoy venía en el autobús pensando que soy un hombre rico. Y no porque tenga dinero, sino porque necesito pocas cosas para ser feliz. La riqueza de un ser humano no debería medirse por su capacidad de acumular bienes materiales, sino por el desarrollo del ser, condición que conduce a vivir feliz sin esa enfermiza necesidad de acumular cosas materiales y hacer daño a los demás. Ya por la noche, mi hermano me recomendó una peliculilla que va muy ad hoc con lo que venía pensando. ¿Qué sería del mundo si midiéramos la riqueza desde otra perspectiva? ¿Qué pasaría si todas las personas buscaran el desarrollo del ser antes que la acumulación de bienes? Un mundo muy diferente, sin duda alguna.

Jane Godall: de cómo la compasión construye esperanza

Se supone que esta sería una charla sobre las diferencias entre el ser humano y los chimpancés, pero terminó en una lección sobre cómo construir la esperanza a través del amor y la compasión hacia los otros. Jane Godall es una mujer ejemplar. A lo largo de su ilustre carrera en el mundo de la ciencia, estudiando y redefiniendo a la especie humana en el reflejo de sus parientes más cercanos (los chimpancés), la conservacionista británica sabe muy bien que el conocimiento científico es estéril si no va acompañado de una carga emotiva lo suficientemente fuerte como para transformar ese estado perverso de cosas que prevalece en el mundo.

Construir la esperanza en cada acto de nuestras vidas, mostrando respeto por nosotros mismos y por los otros seres con los que compartimos este planeta. Si la ambición desmedida de los países ricos y la miseria que se riega como epidemia entre los pobres y marginados ha desembocado en un sinsentido que inmoviliza, entonces habremos de reconstruir el sentido perdido con la fe absoluta de que nuestras acciones serán determinantes para hacer de este un mundo mejor. Esa es la lección de esta descomunal e incansable mujer que ha pasado su vida esparciendo ese mensaje de esperanza donde el ser humano puede coexistir en armonía con su entorno una vez que logre despojarse de ese absurdo y patológico deseo de dominarlo todo, poseerlo todo. Un mundo nuevo es posible. Hagámoslo realidad.

 

La diabólica naturaleza humana

Un pequeño texto que escribí en agosto de 2013 y me topé hoy por casualidad. Una breve reflexión sobre la naturaleza diabólica del ser humano tras el impacto que provocó en mí Al Pacino interpretando al Príncipe de las Tinieblas. 

 

Nunca había visto con tanto detenimiento El abogado del diablo. Peliculón. Muchas conclusiones se desprenden del filme. El diablo es una proyección mental de nuestra conciencia, la idolatría de sí mismo como forma de autodestrucción, el placer de la materia por encima del amor, el culto a la vanidad y lo frívolo como intento de eludir la soledad, la angustia que nos va devorando desde adentro. La parte terrible es lo mucho que se parece la realidad cotidiana a la película protagonizada por Al Pacino y Keanu Reeves. Satanás y sus huestes gobiernan este mundo perverso de todos contra todos, acechando en cada esquina, en cada gesto, cada pensamiento. La única forma de extirpar esa enfermedad del mundo es a través de la compasión, quizá la expresión más acabada del amor a los demás. Amar sin condiciones, he ahí la cura para esta quemadura silenciosa que algunos llaman infierno.

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Palabras que no bastan para describir la barbarie

Estos son apenas seis minutos de la realidad que se vive a diario en Gaza desde hace un mes. Seis minutos sin cortes. Seis minutos de la cruda realidad palestina marcada por bombas, fuego cruzado, cuerpos cercenados. Son las consecuencias del odio, la guerra imbécil donde el único resultado posible es el sufrimiento.

Si tuviera un poco de vergüenza, el Estado de Israel no volvería a hablar nunca más del holocausto sufrido a manos de los nazis, después de que se han empeñado en emular a sus victimarios. Los argumentos para la masacre pueden ser diferentes, pero el fin es el mismo: exterminar al otro.

La crueldad de los bombardeos contra civiles palestinos no puede justificarse de ningún modo, bajo ninguna circunstancia. Las imágenes son brutales, despiadadas. Y sin embargo sigue ocurriendo, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto. ¿Cómo podemos permitir esto? Si la religión es utilizada para justificar esto, señores, su religión es una mierda y su Dios un ojete, el retrato más burdo de aquello en lo que se han convertido tras ser deformados por el rencor. Igual de mezquinas resultan las potencias occidentales y su doble moral, tan miserable, tan falta de cualquier resquicio de humanidad, de el más minimo rastro de empatía por el otro. Todo sea en nombre de ese señor terrible llamado don dinero. Triste, muy triste ver lo poco que vale la compasión en los tiempos del libre mercado. ¿No se dan cuenta?

No importa quien empezó esta barbarie, tenemos que hacer algo para detenerla. Decía Gandhi que bajo la ley del “ojo por ojo” el mundo acabará ciego. Y eso es precisamente lo que pasa: un mundo cegado por la ira, los intereses mezquinos, la indiferencia conveniente. Las imágenes son devastadoras pero es necesario compartirlas para darnos una pequeña idea del infierno que se vive a diario al otro lado del planeta, mientras nos limitamos a comentar el tema en una platica de café o contemplar la desgracia humana en el noticiero. ¿Cómo puede alguien justificar esto? ¿Qué clase de personas somos al permitir que esto ocurra? Duele tanto. Y uno aquí, lidiando con la frustración de no poder hacer nada para aliviar tanto dolor, tanto sufrimiento idiota. Y uno aquí, escribiendo palabras que no bastan.

Ser feliz porque sí

El problema de la competencia es que alimenta la ilusión de la separación. En toda competición existe un deseo insatisfecho de ser más que los demás. Uno quiere ser más que los demás para someter al otro, imponerle su voluntad, obligarlo a obedecerle. Dominar al otro para que no pueda herirme, controlar al otro para no ser mordido y poder evadir el dolor. Esa es la perversa idea que nos han inculcado en torno a lo que significa el ‘éxito’. ¿Cómo puedo ser yo más que otro, si ese otro es también parte de mí? De ahí la importancia de descubrir cada quien su lugar en el mundo, ser lo que uno es, y nada más. Yo soy el otro del otro. Amar al prójimo es amarse a sí mismo. Respetar al otro es respetarse a sí mismo. El sentimiento de superioridad es un espejismo que nos aísla, nos hace sentir vulnerables, temerosos. Y es entonces cuando germina la corrupción. Sí queremos eliminar el sufrimiento imperante en el mundo tenemos que aceptar esta verdad. Reconocernos en el espejo de todas las cosas. Yo soy el mundo. Yo soy tú. El mundo soy yo. Tú eres yo. Es ahí donde comienza el despertar. La noción de lo bueno y lo malo se borra. Se muere el odio. Aprendemos a ver sin prejuicios. Las cosas son lo que son. Lo aceptamos. Entonces florece la compasión. Compartimos un mismo dolor con todos los seres, una misma alegría. En nuestro corazón palpita el mundo. Cuando entendemos eso, las cosas adquieren otra dimensión. Nuestros ojos se llenan de nuevos colores. La muerte se convierte en un regalo con el que habremos de celebrar la vida. Estamos juntos, tú, yo, todos, respirando el mismo aire. Compartimos nuestra existencia con todos los seres que pueblan el mundo. Ser feliz porque sí. Eso es lo único que importa. Lo que en verdad importa.

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El código moral de los chimpancés

Una charla fascinante con el etnólogo Frans de Waal sobre empatía y seguridad en las relaciones de los chimpancés y otros mamíferos. Cualquier parecido con la conducta humana es mera causalidad.

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