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Cocinar la revolución a fuego lento

En un mundo donde la gente muere lo mismo de hambre que obesidad, los científicos buscan la manera alimentar a los 9 mil millones de personas que seremos en 2050, mientras el terreno disponible para cultivar comida se agota a ritmo acelerado. ¿Cómo resolver el problema? Reduciendo la velocidad de nuestros ritmos de vida, sugiere Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, quien considera que para resolver la crisis agroalimentaria del planeta es necesario emprender una revolución en la manera en que nos relacionamos con la comida. Una iniciativa que además de plantear una transformación profunda en los sistemas sociales, busca restablecer el equilibrio energético del planeta.

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Manuel Hernández Borbolla

Nunca antes en la historia de la humanidad se había producido más comida ni se habían desperdiciado más alimentos que en la actualidad. Tampoco se habían padecido simultáneamente epidemias de hambre y obesidad como las que existen hoy en día.

Las señales de alarma están en rojo. ¿Qué pasará con el ser humano cuando el crecimiento acelerado de la población y la falta de tierras cultivables en el planeta terminen colapsando a un sistema alimentario en crisis? ¿Qué pasará cuando estos problemas se agudicen con los efectos del cambio climático y el aumento de los precios de la comida? Son las mismas preguntas que se hacen los científicos del mundo para tratar de evitar un futuro parecido a una película de tintes apocalípticos.

Según un informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Organización de Naciones Unidas, publicado en 2013, la población global pasará de 7,200 millones de personas a 9,600 millones para 2050. Esta tasa de crecimiento significa que diariamente se suman al mundo 200,000 nuevas bocas que alimentar, con lo cual, la ONU estima que hacia 2050 se requerirá incrementar 70% la producción de alimentos a nivel mundial para satisfacer la demanda global de comida.

¿Cómo resolver el problema? Quizá la respuesta sea reducir la velocidad de nuestros acelerados ritmos de vida. Al menos eso es lo que plantea el gastrónomo y sociólogo italiano Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, quien sostiene que alimentar a las próximas generaciones con el actual modelo agrícola representa “una locura”.

“Tenemos una situación insostenible. La humanidad pensó que los recursos de la tierra eran infinitos. No es verdad. El agua, de la tierra o la biodiversidad son recursos finitos. Destruir los recursos de la naturaleza plantea una situación de entropía que genera una crisis muy fuerte. Superar esta crisis con antiguos paradigmas es una locura, no es suficiente en este momento histórico”, afirma Petrini en entrevista con Fitzionario.

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La historia de Petrini como figura pública comenzó en 1986, cuando, armado con un tazón de pasta entre las manos, encabezó las protestas contra la instalación del primer McDonald´s en Italia. La anécdota marcaría una declaración de guerra contra las grandes cadenas de comida rápida y el modelo económico neoliberal que estas representaban, ya que los manifestantes consideraban que la homogenización de los hábitos alimenticios terminaría por erosionar la riqueza cultural de la cocina italiana.

Aunque el emblemático local de hamburguesas terminaría abriendo sus puertas en el corazón de Roma, el movimiento slow (lento) se extendería en los años siguientes por diversos países de Europa mientras el modelo neoliberal permeaba rápidamente en el Viejo continente. En 1989, tomando un caracol como insginia, nacería oficialmente la organización Slow Food en respuesta a los problemas sociales y ecológicos provocados por un mundo obsesionado con la rapidez. A partir de ese momento, el movimiento slow buscaría contrarrestar “la locura universal de la fast life” con el “tranquilo placer material de redescubrir los sabores y aromas de la cocina tradicional”, según reza el manifiesto de la organización. Fue así como una revolución empezaba a cocinarse a fuego lento.

Con el paso del tiempo, el movimiento slow se propagó a otros países de Europa y comenzó a involucrarse en problemas relacionados con la alimentación desde una perspectiva integral que fuera más allá de la gastronomía convencional para incursionar en campos como la física, la genética, el desarrollo sustentable, la antropología y hasta la economía política.

Por ello Petrini considera que los cocineros deben jugar un papel activo en la transformación del mundo. Después de todo, “la gastronomía es todo lo que refiere al hombre cuando come”, tal como alguna vez escribió el jurista francés Jean Anthelme Brillant-Savarin, el padre de la gastronomía moderna, en su célebre tratado sobre La fisiología del gusto, publicado en 1825. Un personaje al que Petrini suele citar con fervor a la hora de explicar la necesidad de realizar cambios profundos en un sistema agroalimentario en crisis, al cual califica como “criminal” debido a sus devastadores efectos tanto sociales como ambientales. La frialdad de los números pareciera confirmar la hipótesis.

En su informe sobre El estado de la agricultura y la comida en el mundo 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) estima que 860 millones de personas en el mundo padecen hambre. Al mismo tiempo, existen 2,000 millones de personas con algún tipo de desnutrición y 1,400 millones con problemas de obesidad.

Y mientras esto ocurre, fenómenos como la degradación del suelo y el cambio climático recrudecerán los problemas relacionados con la producción de alimentos en las próximas décadas.

“En cualquier país del mundo, si uno puede preguntarle a un campesino anciano cómo estaba la fertilidad del suelo hace 40 o 60 años antes, la respuesta es siempre la misma: antes el suelo era más rico, más fuerte, ahora es ‘pobrecito’. 130 años de química para producir mucho más en la primera parte del siglo XX fueron útiles, ahora son una desgracia”, apunta Petrini.

Estimaciones de la ONU señalan que cada año, 12 millones de hectáreas son transformadas en desiertos a causa del hombre y que una cuarta parte de las tierras de cultivo del planeta tienen un suelo altamente degradado.

Un estudio de la ONU, titulado Economía de la degradación de los suelos, señala que la degradación “es principalmente el resultado de la mala gestión del suelo, hambrunas relacionadas con sequías y las percepciones erróneas de la abundante producción de comida, grandes reservas de alimentos en Europa, fronteras abiertas, comida subvencionada relativamente barata, bajos precios del suelo y abundantes recursos hídricos y energéticos”.

Además de esto, los científicos prevén un aumento en los periodos de sequía de diversas regiones del planeta para las próximas décadas, incluyendo a países como México, de acuerdo con el último informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático.

Sin embargo, los efectos podrían ser aún más graves, ya que una caída en la oferta sumada a una creciente demanda de comida provocará un incremento en el precio de los alimentos, situación que podría derivar en una crisis humanitaria sin precedentes al afectar principalmente a los países más pobres. Un escenario que podría estar más próximo de lo que suponemos, ya que de seguir la actual tendencia climática, el precio de la comida podría incrementarse hasta 40% en la próxima década, según el informe Perspectivas Agrícolas OCDE-FAO 2013-2022.

Pero el problema no se reduce a una simple cuestión estadística. Además de la falta de agua y la pérdida de fertilidad del suelo, la acelerada pérdida de biodiversidad es otro de los grandes problemas generados por el actual modelo agrícola basado en el monocultivo, lo cual provoca que cada año se pierda una enorme variabilidad genética que podría ser la clave para contrarrestar las hambrunas del futuro.

“En 110 años, la humanidad ha perdido el 70% de especies endémicas de frutas, verduras y razas animales, porque este sistema alimentario privilegia sólo a las razas fuertes. Si una raza no puede entrar a un supermercado o a una red de distribución, puede desaparecer. ¡Eso es criminal!”, señala el gastrónomo italiano.

¿Cuánta comida produce el mundo? (2010, miles de toneladas)
Cereales 2,476,416
Oleaginosas 170,274
Legumbres 68,829
Raíces y tubérculos 747,740
Vegetales 1,044,380
Azúcar 228,748
Nueces 13,940
Frutas 608,926
Cultivos de fibras 28,143
Carne 296,107
Huevos 69,092
Leche 719,000
Mantequilla 9,044
Queso 20,222
Pescado 88,604
Pescado (acuacultura) 59,873
FAO Stats, 2013 

Para ilustrar la magnitud del problema, Petrini cuenta la historia de la ‘hambruna de la papa’ en Irlanda. Originario de Sudamérica, el tubérculo llegó a Europa en el siglo XVI como una curiosidad llevada por los conquistadores españoles. Sin embargo, pasó prácticamente inadvertida como alimento por más de siglo y medio, en el que fue cultivada como planta ornamental, debido aen gran parte a sus bellas flores, en los jardínes de los reyes. Fue en Sevilla el lugar donde los europeos comenzaron a experimentar con “los nuevos tubérculos” como alimento de los enfermos de hospitales, soldados y animales, debido a su bajo costo. Para finales del siglo XVI, la papa se convirtió en un alimento común en Italia, Alemania, Polonia y Rusia, donde incluso se convirtió en la base para la elaboración del vodka, debido entre otras cosas, a la gran resistencia que la planta presentaba durante el frío invierno europeo.

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Sin embargo, el poder nutricional de la papa fue comprobado al salvar de la hambruna a Alemania durante la llamada Guerra de los Treinta Años, utilizándose como alimento sustituto de la dieta germana ante la caída en las cosechas de cereales. Para el siglo XVIII, los científicos y aristócratas franceses convencieron a la población sobre las ventajas de comer papas.

A partir de entonces, la también llamada patata se convirtió en un alimento común en todo el Viejo Continente, incluyendo países como Irlanda, lugar donde el tubérculo se convirtió en el alimento base de un pueblo oprimido por la hegemonía británica. Debido a que la mayor parte de la propiedad agrícola pertenecía a la aristocracia británica, los campesinos irlandeses cultivaban el trigo que era exportado a Inglaterra mientras ellos se alimentaban con papas cultivadas en el huerto familiar, debido a su alto rendimiento. Las condiciones de pobreza y la dependencia hacia un solo alimento fueron construyendo la catástrofe de manera silenciosa. La crisis detonó cuando repentinamente, una aparición de una plaga provocada por el organismo protista Phytophthora infestans que destruyó casi en su totalidad los cultivos de papa, provocando que el tubérculo se pudriera antes de su recolección. El hambre se convirtió en pandemia, cobrando la vida de un millón de personas que murieron por inanición entre 1845 y1852, además de provocar un éxodo masivo de millones de irlandeses que migraron hacia Estados Unidos, Gran Bretaña y Sudamérica, hecho conocido como la ‘gran diáspora irlandesa’. Los efectos de la catástrofe marcaron la historia del país y continuaron durante décadas. Hasta la fecha, Irlanda no ha podido recuperar los niveles de población previos a la hambruna. Un censo de 1841 contabilizó poco más de 8 millones de personas, cifra que contrasta con los 6 millones 400 mil irlandeses que había en 2011. Una historia de lo que puede suceder cuando se ponen todos los huevos en la misma canasta. Sin embargo, la lección pareciera no haber sido del todo bien aprendida.

Aunque el ser humano ha seleccionado y cultivado más de 7,000 especies vegetales desde que aprendió a hacerlo hace miles de años y existen cerca de 30,000 especies de plantas terrestres comestibles en el mundo, según datos de la FAO, apenas una treintena de cultivos cubren el 95% de nuestras necesidades de energía alimentaria y sólo cinco de ellos —arroz, trigo, maíz, mijo y sorgo— comprenden el 60%. Lo mismo pasa con los animales, ya que los datos más recientes señalan que el 22% de las razas de ganado del mundo están en peligro de extinción.

La FAO estima que en el siglo pasado, alrededor del 75% de la diversidad genética de los cultivos se perdió cuando los agricultores en todo el mundo dejaron de producir variedades locales de ciertos alimentos para cultivar variedades genéticamente uniformes de alto rendimiento. Una pérdida que nos hace cada vez más vulnerables a una epidemia de hambre similar a la que ocurrió en Irlanda, pero con un alcance global. Esto se debe a que la diversidad genética funciona como un escudo para que las especies puedan hacer frente a enfermedades repentinas o fenómenos como el cambio climático.

Un ejemplo de esto se encuentra en una variedad de trigo de Turquía descubierta en la década de 1980, misma que poseía genes resistentes a muchos tipos de hongos causantes de enfermedades, lo cual permite a los fitogenetistas utilizar estos genes para desarrollar variedades de trigo resistentes a dichas enfermedades.

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“La historia de la humanidad nos ha enseñado que cuando se pierde la biodiversidad existe hambre, muerte e infelicidad”, agrega Petrini, quien considera que la manera en que opera el sistema agroalimentario a nivel global ha condenado a la extinción a muchos alimentos que no encuentran cabida en el mercado de la comida ante la estandarización de los hábitos de consumo. Un asunto cultural que fomenta el desperdicio.

La FAO calcula que cada año se desperdicia una tercera parte de la comida producida en el mundo, equivalente a 1,300 millones de toneladas, según el informe La huella del desperdicio de alimentos: impactos en los recursos naturales, publicado en septiembre de 2013.

“La comida no tiene valor, es sólo mercancía, commodity. Se habla del precio, pero no del valor. Son cosas distintas. Detrás del valor de un producto, hay gente que lo trabaja, que lo transforma, que lo vende. Esto es el valor y en todo el mundo entendemos que la comida no tiene valor. ¡Las cosas en el mundo están increíbles!”, sostiene el gastrónomo italiano.

“En Europa el 30% de los productos biológicos van a la composta. ¿Por qué? Porque en la gran distribución, si la zanahoria no es perfecta, no se compra. Si la patata tiene un tubérculo extra, tampoco. El campesino deja esto para hacer composta. Una cuestión estética. Estos productos tienen el mismo valor nutricional pero en la gran distribución no puede entrar al mercado por una concepción nazi-fascista. ¡La estética!”, exclama Petrini.

—¿Esto tiene que ver con que las personas no sean concientes de todo lo que hay detrás de un plato de arroz para que este llegue a su mesa?—, pregunté a Petrini durante su última visita a México, en mayo de 2013.

— Es el resultado principal de un consumismo pasivo. Siempre en la historia de la humanidad, la relación de los hombres con la comida era de trabajo y participación activa, de manera espiritual al interior de las comunidades. Ahora la comida tiene sólo una relación de consumismo. Significa que perdió su visión holística y ahora se le percibe como un carburante, un combustible. Esta situación genera ignorancia, una ausencia de respeto por la naturaleza y las comunidades que producen el alimento. Esta es una situación muy mala porque no hay defensa contra la ignorancia. Se necesita reconquistar el valor de la comida. Comprender que detrás de ella hay gente que trabaja, hay comunidades, hay historia, muchas cosas que la sociedad consumista olvidó totalmente.

Una consecuencia del desapego a la tierra característico de los centros urbanos de todo el planeta luego de que la Revolución Industrial y modificara nuestra relación con la comida, donde el alto consumo energético es una constante.

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La paradoja energética

La comida es sinónimo de energía. A través del metabolismo, los seres vivos transforman la energía contenida en los alimentos para convertirla en el combustible que permite a las células desarrollar diversas actividades: respirar, crecer, reproducirse, responder a estímulos. La vida como la conocemos no podría concebirse sin ese complejo proceso capaz de convertir la energía del sol en movimiento. Una idea base para entender la crisis de la comida que enfrenta actualmente la humanidad a nivel global.

La comida es nuestra principal fuente de energía. A diferencia de los organismos autótrofos —que son capaces de producir su propio alimento al transformar materia inorgánica en energía mediante la absorción de luz solar o la oxidación de ciertos compuestos químicos—, los animales necesitan alimentarse de materia orgánica, proveniente de otros seres vivos, para que las células obtengan la energía necesaria para realizar funciones relacionadas con el metabolismo. De este modo, la comida es una transferencia de la energía capaz de mantener en equilibrio el ciclo de la vida a través de la cadena alimenticia.

Con el descubrimiento de la agricultura y la domesticación de animales hace 10,000 años, los humanos fueron capaces de almacenar importantes cantidades de energía para poder afrontar los tiempos difíciles. Esta acumulación de energía a través de la comida permitió también el surgimiento de la civilización y los primeros asentamientos humanos, situación que modificó por completo el modo de vida nómada que prevaleció durante miles de años.

Con la llegada de la Revolución Industrial en el siglo XIX, la agricultura daría un nuevo giro. Las innovaciones tecnológicas permitieron mejorar los procesos de producción agrícola con el uso de maquinaria. Con una mayor cantidad de comida disponible, el crecimiento demográfico vino acompañado de un crecimiento acelerado de las ciudades y una creciente demanda de energía.

El desarrollo tecnológico en el campo durante los años siguientes hizo posible que la producción de comida diera otro salto con la llamada Revolución verde ocurrida entre 1940 y 1970 en Estados Unidos, la cual permitió incrementar de dos a cinco veces la producción agrícola a través de semillas mejoradas en grandes extensiones de terreno de monocultivo, acompañadas por grandes cantidades de grandes cantidades de agua, fertilizantes y plaguicidas. Los altos rendimientos en la producción de comida provocó que algunos especialistas llegaran a creer que el problema del hambre en el mundo sería finalmente resuelto. El desencanto fue creciendo mientras las pruebas científicas documentaban los efectos negativos de la Revolución verde pero principalmente uno: el deterioro del suelo. Con la pérdida de nutrientes, derivada del monocultivo y el uso de agroquímicos, el suelo se volvió poco fértil. Los rendimientos de las cosechas no volvieron a ser los mismos. Aunado a esto, el alto consumo de insumos hizo que la demanda de energía en el sector agrícola se incrementara drásticamente. De acuerdo con un informe de la FAO, la cadena productiva de la comida utiliza el 30% de la energía producida en el mundo.

Un escenario que plantea un “problema de entropía” en el actual sistema de producción agrícola, según sostiene Petrini. La entropía es un concepto utilizado en termodinámica para medir el desperdicio de energía dentro de un sistema y que permite explicar el desbalance energético en la producción de alimentos. El argumento es simple: no se puede gastar mucha energía para producir poca energía.

“La comida es energía para la vida. Toda la humanidad vive porque come. Si el alimento genera una determinada cantidad de energía y yo utilizo cuatro veces más energía para producirlo, hay una crisis entrópica. No es posible consumir mucha energía para producir poca energía. En el sector de la comida, esto es una gestión dramática”, sostiene Petrini.

¿Cuánta energía se utiliza para producir comida? Era la pregunta obligada. Luego de varios meses de infructuosa búsqueda del dato, decidí realizar mi propia investigación sobre el tema utilizando datos de la FAO, el Banco Mundial y la Agencia Internacional de Energía en 2009. Tras varios meses de investigación, el dato resultó revelador: utilizamos 7.23 veces más energía para producir alimentos en comparación con la cantidad de energía que obtenemos de la comida[1]. Sin embargo, la cifra no considera factores como el enorme desperdicio de comida que existe en el planeta, por lo que el número podría ser aún mayor.

Datos recientes del Banco Mundial parecieran confirmar la hipótesis, ya que por cada caloría de comida desperdiciada, se utilizan entre 7 y 10 calorías para producirla. Esto significa un enorme desperdicio de energía que contribuye a agudizar los efectos devastadores del cambio climático y su tendencia a generar sequías más prolongadas en todo el planeta, lo cual a su vez, podría generar una mayor escasez de alimentos en las décadas siguientes.

Esto es justo lo que ocurrió en 2011 en el Cuerno de África, cuando la sequía provocó una severa crisis alimentaria a lo largo de Somalia, Etiopía, Kenia, Djibouti y Uganda, amenazando la subsistencia de más de 12 millones de personas.

De acuerdo con la FAO, la crisis se agravó debido al elevado precio de los cereales a nivel local, una excesiva mortalidad del ganado, los conflictos y el acceso restringido a la ayuda humanitaria en algunas zonas. Y es ahí donde la dinámica del mercado global de alimentos juega su parte a la hora de generar crisis humanitarias como la que se sigue viviendo en el Cuerno de África, donde incluso la ayuda internacional obedece al lucro de las naciones ricas.

Esto es lo que plantean los investigadores Roger Thurow and Scott Kilman, quienes en su libro Suficiente: ¿por qué los más pobres se mueren de hambre en el mundo en la era de la abundancia? explican la manera en que una buena parte de la economía agrícola de Estados Unidos depende de la ayuda alimentaria que proporciona el gobierno norteamericano a los países más pobres, lo cual genera la quiebra sistemática de agricultores locales en países como Etiopía, incapaces de competir en el mercado con los precios de los granos estadounidenses, generando así un “síndrome de dependencia” alimentaria. Esto ha provocado que muchos etiopes incluso estén más preocupados de que llueva en Iowa, al otro lado del planeta, que en su propio país. Un caso que ejemplifica la manera en que el actual sistema económico genera crisis humanitarias de gran escala.

 

El trabajo fotográfico de Peter Hanzel, reunidos en el libro Hunger planet (Lo que come el mundo) ilustra a la perfección los diferentes hábitos alimenticios alrededor del mundo y las diferencias sobre el acceso a la comida. 

Otros expertos parecen coincidir con este punto de vista. Para el investigador Lester Brown, fundador del Earth Policy Institute, el problema es que la dinámica del mercado está creando una “burbuja alimentaria” que está elevando constantemente los precios de la comida debido al uso indiscriminado de los recursos naturales, tal como ocurrió con el incrmento de los precios de los granos en 2007 y 2008. De acuerdo con el especialista, esto ha provocado que la humanidad esté entrando en una “época de escasez crónica de alimentos, que está dando lugar a una intensa competencia por el control de recursos como la tierra y agua, creando una nueva geopolítica de la comida”.

De ahí el temor de los expertos de que el control de los grandes grupos económicos en la producción, distribución y precios de los alimentos puedan crear epidemias de hambre cada vez más grandes a través de la especulación financiera y prácticas monopólicas. Esto se debe a que el sistema agroalimentario global está diseñado para generar ganancias en lugar de acabar con el hambre.

Y mientras al mismo tiempo que la hambruna hace estragos en los rincones más pobres del planeta, la epidemia de la obesidad a nivel global sigue creciendo aceleradamente. Según datos de la FAO el sobrepeso y la obesidad en adultos aumentó en todas las regiones del planeta al pasar del 24% al 34% entre 1980 y 2008. Esto ha provocado que en regiones como América del Norte, Europa, América Latina y Oceanía, más del 50% de los adultos tengan algún problema de sobrepeso, lo cual ha contribuido a elevar los indices de enfermedades como la diabetes y trastornos cardiovasculares.

Ver: National Geographic- Lo que come el mundo

Los expertos consideran que las principales causas que explican este incremento de la obesidad en las últimas décadas tienen que ver con un cambio en los hábitos alimentarios y el sedentarismo típico de los grandes centros urbanos.

De acuerdo con un estudio de 2006 realizado por Boyd Eaton, investigador del Departamento de Antropología y Radiología de la Universidad de Emory, el principal cambio en la dieta actual, en comparación con la que prevalecía en la antigüedad, está íntimamente vinculada a un mayor consumo de carbohidratos, azúcares y grasas, así como una reducción considerable en la ingesta de proteínas, frutas, verduras y fibra.

Diferencias en la dieta del hombre antiguo y moderno
Antigüedad Modernidad
Grasas

35%

33%
Grasas saturadas 8% 12%
Carbohidratos 35% 50%
Azúcar añadido 2.5% 15%
Proteína 30% 15%
Frutas y verduras 50% 16%
Fibra 100 gramos/día 15 gramos/día
Fuente: S. Boyd Eaton. The ancestral human diet: what was it and should it be a paradigm for contemporary nutrition? Departments of Anthropology and Radiology, Emory University, Atlanta, USA.

Una de las explicaciones más comúnes para explicar este cambio en los hábitos alimenticios de la humanidad tienen que ver con nuestro desarrollo evolutivo aunado a la abundancia de comida que trajo consigo la Revolución Industrial.

“¿Por qué la gente come tanto? ¡Porque puede!”, señala Kelly Brownell, director del Rudd Center for Food Policy and Obesity de la Universidad de Yale.

Esto se debe a que no comemos para satisfacer el hambre, sino simplemente porque la comida está ahí. El desarrollo evolutivo de nuestro cerebro hizo que la comida rica en grasa y azúcares detone nuestras ganas de comer aún cuando estemos satisfechos, ya que el cerebro le manda el mensaje al cuerpo de que recoja toda la energía disponible para soportar las épocas de carestía. La misma situación que permitió la superviviencia de nuestros ancestros explica también la epidemia de obesidad que existe en prácticamente todo el planeta y principalmente en las sociedades industrializadas, donde la comida suele estar siempre disponible con un mínimo esfuerzo. Basta con marcar el teléfono para recibir una pizza en pocos minutos y sin necesidad de salir de casa.

De ahí que Petrini considere que la manera en que la comida es un problema no solo ambiental, sino también de economía política, ya que los patrones de consumo en el actual modelo civilizatorio promovido desde occidente ha provocado que la comida haya perdido su valor en términos culturales.

Una situación preocupante que implica buscar nuevas maneras de abordar el problema de la alimentación a nivel global, ya que los métodos promovidos por el actual modelo económico para aumentar la producción de comida son incapaces de resolver el problema, ya que el sistema económico hace que el sistema agroalimentario esté diseñado para generar dinero en lugar de acabar con el hambre. Esto explica el por qué avances tecnológicos como los generados durante la Revolución verde y más recientemente con los organismos genéticamente modificados, son incapaces de resolver por sí mismos el problema de la alimentación global mientras exista un sistema económico que fomenta el desperdicio en los países ricos al mismo tiempo que genera epidemias de hambre entre los sectores más pobres de la población global.[]

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La comida que produce el mundo

De los aproximadamente 2.3 millones de toneladas de cereales que actualmente se producen, aproximadamente mil millones de toneladas se destinan a uso alimentario, a 750 millones de toneladas se emplea como alimento para animales, y los restantes 500 millones de toneladas se procesan para el sector industrial.

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Los 10 alimentos con mayor producción en el mundo (toneladas)

1 Caña de azúcar 1,800,377,642
2 Maíz 885,289,935
3 Arroz 722,559,584
4 Avena 701,395,334
5 Leche 614,578,723
6 Papas 373,158,351
7 Remolacha azucarera 273,500,615
8 Vegetales 268,833,780
9 Soya 262,037,569
10 Mandioca 256,404,044

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Los 10 alimentos más producidos en México

1 Caña de azúcar 49,735,273
2 Maíz 17,635,417
3 Leche 10,724,288
4 Narnajas 4,079,678
5 Avena 3,627,511
6 Carne (pollo) 2,757,986
7 Huevo 2,458,732
8 Tomate 2,435,788
9 Carne (ganado) 2,190,100
10 Limones 2,147,740

 

Fuente: FAO, 2011

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Las tres grandes etapas del hombre y al comida

Según The Cambridge World History of Food, la historia de la alimentación de la humanidad puede dividirse en tres periodos:

Hace 1.5 millones de años – Mioceno y pleistoceno. Los ancestros del ser humano comenzaron a preparar plantas crudas y comían restos de carne que dejaban otros depredadores

700,000 años – En el medio pleistoceno. El hombre se convierte en cazador de especies cada vez más grandes como bisontes, caballos y mamuts. La alimentación de plantas sigue jugando un papel importante.

10,000 años – Domesticación de animales. Pasa de la recolección de plantas al cultivo de plantas.

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Un problema que crece rápidamente

La población global pasará de 7,200 millones de personas a 9,600 millones para 2050, según un informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU publicado en 2013. Esta tasa de crecimiento significa que diariamente se suman al mundo 200,000 nuevas bocas que alimentar. La ONU estima que hacia 2050 se requerirá incrementar 70% la producción de alimentos a nivel mundial para satisfacer la demanda de comida.

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Sin agua y tierra disponible

La agricultura utiliza actualmente el 11% de la superficie terrestre para la producción de cultivos y utiliza el 70% del agua total extraída de acuíferos, ríos y lagos. En últimos 50 años las tierras de cultivo se han extendido 12% y la producción agrícola prácticamente se ha triplicado. Sin embargo, la ONU advierte que las tasas de crecimiento de la producción agrícola han ido disminuyendo, lo cual aumentará los conflictos por la disputa de recursos como la tierra y el agua, según el informe El estado de los recursos de tierras y aguas del mundo para la alimentación y la agricultura.

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La escasez por cambio climático

El sector agrícola es un emisor importante de gases de efecto invernadero, pues origina el 13.5% de las emisiones globales. El cambio climático supone riesgos adicionales para los agricultores ante una creciente aridez y cambios en los regímenes de lluvias, así como la creciente incidencia de los fenómenos climáticos extremos.

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Hambre y obesidad

Los números son elocuentes. En su informe sobre El estado de la agricultura y la comida en el mundo 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) estima que 860 millones de personas en el mundo padecen hambre. Al mismo tiempo, existen 2,000 millones de personas con algún tipo de desnutrición y 1,400 millones con problemas de obesidad.

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[1] NOTA: La metodología utilizada para obtener el dato sobre la cantidad de energía utilizada para producir comida frente a la energía de los alimentos producidos, fue la siguiente:

  1. De acuerdo con datos de la FAO de 2009, en promedio, cada persona en el planeta consumió 2,831 kilocalorías por día. (FAOSTAT)
  2. El Banco Mundial estima que en 2009 había 6,805,251,332 de personas en planeta
  3. Al multiplicar las kilocalorías por persona, por 365 días del año, por el número de personas que el BM estimó para 2009, obtenemos que la población global consumió 7,031,968,280,125,580 kcal en 2009.
  4. Al convertir kcal a PJ, obtenemos 29,434.412 PJ consumidos por la población global en 2009.
  5. De acuerdo con la FAO, la cadena productiva de la comida utiliza el 30% de la energía producida en el planeta (Energy-Smart Food at FAO: An Overview, pag. 6 http://www.fao.org/docrep/015/an913e/an913e.pdf)
  6. De acuerdo con la Agencia Mundial de Energía, el mundo consumió 709,572 PJ en 2009 (http://www.iea.org/Sankey/index.html#?c=World&s=Balance)
  7. Al hacer la conversión para obtener el 30% del total de energía consumida en 2009, obtenemos que el sistema de producción y distribución de comida utilizó alrededor de 212,871.6 PJ en 2009.
  8. Al dividir la energía utilizada en el sistema de producción y distribución alimentaria entre la energía consumida por la población global a través de la comida, obtenemos que la energía utilizada para producir comida fue 7.23 mayor a la energía consumida a través de la comida durante 2009.
  9. NOTA: Sin embargo, dicha estimación no contempla el desperdicio de comida que va directo a la basura, por lo que el desperdicio de energía podría ser todavía mayor.

Lipovetsky y las paradojas del individualismo en la era hipermoderna

La era del individualismo exacerbado plantea una ruptura con el marco conceptual que dio forma al proyecto de modernidad. De ahí que el filósofo francés Gilles Lipovetsky señala que factores como como la celebración del gozo privado, la obsesión por la salud y el cuerpo, el cambio en el paradigma educativo, así como el culto al mercado y a la autonomía, marcan el “derrumbe de las ideologías modernas”, tales como el nacionalismo o el progreso. A diferencia del modelo anterior, la gente ya no está dispuesta a sacrificar el presente en aras de un futuro mejor, como ocurrió marcadamente en el siglo XIX y prácticamente todo el siglo XX.

En su ponencia titulada “Desafíos del individualismo contemporáneo: vida pública y privada”,  realizada en el Senado de México el día de hoy, Lipovetsky explicó que la sociedad global se encuentra en un momento histórico en el que el individualismo exacerbado ha traído como consecuencia un desencanto generalizado de los ciudadanos en la política electoral, al mismo tiempo que la gente empieza a construir otras formas de participación política a través de las nuevas tecnologías de la información.

El individualismo ha generado cambios profundos en las instituciones sociales, desde la familia hasta la religión y la política, creando la posibilidad de que cada persona construya su singular opinión del mundo a partir de los múltiples discursos disponibles en el mundo hiperconectado de la era global. Sin embargo, una mayor autonomía en la toma de decisiones viene acompañada de un aumento en el sentimiento de angustia que experimentan las personas ante retos como la fragilidad psicológica, la competencia laboral, una mayor vigilancia de los aparatos de control y un hiperlocalismo a la hora de construir nuevas formas de identidad.

Ideas que Lipovetsky desarrolla de manera apabullante para tratar de entender el cambio epistemológico de la era actual frente al caduco proyecto de modernidad, con el fin de entender el mundo en que vivimos. Va la charla completa.

La industria de la muerte

Impactante fragmento de la película Samsara, sobre el aroma cadavérico que predomina en la industria alimenticia. Desde hace unos meses decidí no participar en esta industria de la muerte. Una cosa es matar para comer y otra muy distinta es fomentar el asesinato sistemático a través de lo que comemos. Me gusta la carne, pero desde hacía un tiempo me causaba conflicto comerla. El placer se fue convirtiendo paulatinamente en sentimiento de culpa. “¿Por qué como carne? Porque me gusta”, era la pregunta y respuesta que yo mismo me hacía. La culpa venía de saber cómo un simple capricho podía ocasionar tanto sufrimiento inncesesario. Luego vino la revelación: me gusta la carne, sí, pero me gusta más saber que no hago daño. Ahí se terminó el conflicto. Decidí dejar de comer carne definitivamente desde hace 9 meses, luego de haber bajado drásticamente mi consumo de carne desde hace un par de años. “El conocimiento nos hace responsables”, decía el Che. Creo que algo así me pasó. Después de saber lo que sé (las múltiples consecuencias ecológicas-médicas-trascendentales de comer carne a diario) no podía seguir actuando del mismo modo. Decidí cambiar. Me alivia saber que mis acciones cotidianas contribuyen en algo a mitigar el gran sufrimiento que existe en este mundo. Una acción pequeña, aparentemente insignificante, cuya trascendencia no puede pasar inadvertida en esta enorme rueda de la vida. “Empuja hoy y serás empujado mañana”, según la ley del karma.

Reinventar el mundo para revertir el cambio climático

Límites y perspectivas del modelo de desarrollo actual

A pesar de que los efectos del cambio climático son cada vez más evidentes en todo el planeta, las negociaciones internacionales en la materia ofrecen pocas garantías para resolver el problema debido a las enormes contradicciones que plantea el modelo de desarrollo actual. Algo que resulta evidente en sitios como Cancún, sede de la COP16, lugar de contrastes donde el crecimiento económico sigue siendo más importante que la destrucción del medio ambiente. Sin embargo, aún hay esperanza, ya que la verdadera lucha contra el calentamiento global sólo podrá darse cuando la gente asuma el problema como un reto personal.

Manuel Hernández

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La voraz mancha de concreto se extiende a través de la arborescente espesura de la selva, como si se tratara de un tumor cancerígeno. El contraste es cada vez más evidente conforme uno se acerca a los principales centros urbanos, los cuales crecen a ritmo acelerado, desplegando sus ramas de asfalto, hasta abarcar todo el paisaje. Algunos lo llaman progreso.

Me encuentro a tres mil pies de altura, sobrevolando el corredor turístico que conecta Cancún con el poblado de Tulum, en el sureste de México, junto a algunos expertos que pretenden monitorear la pérdida de cobertura vegetal a lo largo de la franja costera del estado de Quintana Roo, lugar donde la expansión territorial de la infraestructura urbana impulsada por el turismo se ha convertido en una seria amenaza para los ecosistemas de la región, tal como ocurre actualmente con la destrucción de los humedales costeros, un ecosistema vital para la supervivencia de muchas especies, cuya desaparición ha condenado a muerte a muchos organismos debido a la fragmentación de su hábitat.

Esta situación deja al desnudo las enormes contradicciones que enfrenta la humanidad para revertir los efectos del cambio climático y otros fenómenos de igual magnitud, como la acelerada pérdida de biodiversidad. Para algunos expertos, el problema de fondo se debe a que el modelo de desarrollo vigente en todo el mundo da una importancia mayor al crecimiento económico que al cuidado de los recursos naturales. Son estas las paradojas que a diario se repiten en lugares como Cancún y sus alrededores, donde la depredación del entorno va acompañada de jugosas ganancias. Los números hablan por sí mismos.

De acuerdo con estimaciones del gobierno mexicano, Quintana Roo presenta la mayor deforestación de manglares a nivel nacional, con una tasa cercana al cuatro por ciento anual. Es decir, que en toda la entidad se pierden cerca de 150 mil hectáreas de manglar al año, debido principalmente, a la construcción de desarrollos turísticos de gran escala. Algo que no sólo ha derivado en una crisis ambiental, sino también, en importantes pérdidas económicas.

 En Cancún, por ejemplo, la destrucción de manglares y la construcción de hoteles sobre la duna costera ocasionaron una pérdida importante de playas, producto de la erosión que se intensifica durante la época de huracanes. Esto se debe a que los manglares actúan como un tejido natural que impide a la arena fluir libremente a través del concreto y abandonar la costa. Esta situación provocó que las autoridades gubernamentales desarrollaran un proyecto de recuperación de playas que pretende verter más de seis millones de metros cúbicos de arena en 16 kilómetros del litoral quintanarroense, con un costo total cercano a los 960 millones de pesos.

Una iniciativa que sin embargo, no está exenta de críticas, debido a las afectaciones ambientales que ocasiona esta práctica en los ecosistemas de los que se extrae la arena, tal como ocurre actualmente en la zona norte de la isla de Cozumel, un lugar de enorme importancia para la reproducción del caracol rosa, especie cuya población registra una disminución notable debido a su explotación comercial. Y sin embargo, tarde o temprano las playas volverán a erosionarse, por lo cual, muchos especialistas consideran que la recuperación de arena será una práctica recurrente en las próximas décadas.

Al igual que ocurre con los manglares, la pérdida de arrecifes coralinos constituye una de las preocupaciones más grandes para los ecologistas de la región, pues al ser una especie clave para el ecosistema, su desaparición podría significar el exterminio de muchas otras especies que dependen de él. Algo que de hecho, ya está ocurriendo. Un estudio reciente de la organización ambientalista Amigos de Sian Ka’an, señala que en los últimos 15 años han muerto la mitad de los corales que originalmente habitaban en las costas del corredor Cancún-Tulum, debido principalmente, a la forma en que los desarrollos hoteleros de la región descargan sus aguas residuales sobre los mantos acuíferos que se conectan con el mar a nivel del subsuelo.

“Tenemos un crecimiento mayor de las algas, que en muchos casos, sobrepasa la cobertura del coral, algo que no debería ocurrir en un arrecife sano. Esto se debe a dos razones: una sobrexplotación de peces herbívoros y a que, con la contaminación del agua, estamos inyectando nutrientes al sistema marino que le permiten un crecimiento mayor a las algas”, explica Gonzálo Merediz Alonso, director de Amigos de Sian Ka’an y responsable del estudio, quien señala que la contaminación del agua, sumada a otros fenómenos como las actividades turísticas y el incremento de la temperatura del mar por el calentamiento global, podría ocasionar la desaparición de todos los corales de la zona en un periodo no mayor a 30 años.

“La contaminación del agua es quizá el reto más importante que tenemos actualmente. Hay muy poco nivel de tratamiento de aguas residuales en Quintana Roo, donde sólo se trata una tercera parte. El resto va directo a los cenotes, a los ríos subterráneos o al mar”, comenta el especialista. 

“Esto va acompañado de una insuficiente planeación urbana y de desarrollo, así como poca capacidad para atender un crecimiento de población tan explosivo. En los últimos 35 años la población de Quintana Roo ha crecido mil 220 por ciento y la capacidad de las autoridades para proveer servicios está muy por debajo de esta cifra”, apunta Merediz Alonso.

“Las políticas de planeación que existen no se aplican correctamente y no hay suficiente capacidad de vigilancia para cumplir con las normas, además de que en esto influyen otros factores como la corrupción”, agrega.

En el mismo tono, otros especialistas coinciden en que estos conflictos ambientales son el resultado de un acelerado ritmo de crecimiento urbano que genera una presión mayor sobre los ecosistemas, incluso en aquellos que se encuentran protegidos por las leyes mexicanas.

“Las áreas naturales protegidas en la península de Yucatán enfrentan varios problemas, principalmente en las zonas costeras de Quintana Roo debido a la especulación con la tenencia con la tierra, en términos del crecimiento turístico y urbano que se está dando alrededor de las grandes ciudades, debido a un creciente interés del mercado inmobiliario que lo mismo puede generar desmonte de terrenos o asentamientos irregulares. Aunque las áreas naturales protegidas se encuentran fuera de esta dinámica, sí se ven influenciadas por el crecimiento urbano, debido a que dentro de ellas existe la propiedad privada”, explica Alfredo Arellano Guillermo, titular regional de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp).

“Lo preocupante es que se confunde el crecimiento de la población con la noción de desarrollo”, señala el funcionario.

Esta presión es cada vez más evidente en ciudades como Tulum, conformado como municipio a partir de 2008, debido al acelerado crecimiento de la población de los últimos años, uno de los efectos colaterales del modelo de desarrollo que se ha extendido desde Cancún a lo largo de toda la Riviera Maya.

Según datos oficiales, Tulum pasó de 6 mil 733 habitantes en 2000 a 14 mil 790 para 2005, convirtiéndose en uno de los centros urbanos con mayor tasa de crecimiento demográfico de todo el país, al duplicar su población en menos de cinco años. Esta situación, sumada al interés de grupos inmobiliarios por explotar comercialmente la zona y atraer grandes cantidades de tursitas, ha provocado una presión cada vez mayor sobre áreas naturales protegidas como el Parque Nacional Tulum y la reserva de la Biósfera de Sian Ka’an, uno de los pocos rincones del país que aún conservan una extensión considerable de selva baja, vital para la superviviencia de especies como la guacamaya roja, la cual ha se encuentra prácticamente extinta en estado silvestre.

La gran cantidad de anuncios de venta de terrenos a lo largo de las principales vías de Tulum son un ejemplo palpable de cómo el mercado inmobiliario devora la cobertura vegetal a pasos agigantados, algo que también puede ser constatado en prácticamente todas las comunidades que se ubican dentro del corredor turístico Cancún-Tulum, donde los ejidatarios han abandonado sus antiguas labores en el cuidado de la tierra para convertirse en especuladores de bienes raíces.

Actualmente, existe una controversia constitucional entre el gobierno federal y municipal de Tulum para establecer los límites precisos de jurisdicción de cada nivel de gobierno en un territorio específico ubicado dentro del Parque Nacional Tulum, y aunque la Suprema Corte de Justicia todavía no ha llegado a una resolución definitiva del caso, este conflicto demuestra la enorme presión que la industria turística ejerce sobre los recursos naturales de la región.

Algunos analistas consideran que el trasfondo del conflicto se obedece a intereses de diversos grupos empresariales, tanto nacionales como extranjeros, para cambiar el uso de suelo de dicho terreno, por medio de un Programa de Ordenamiento Ecológico Local desarrollado por el gobierno municipal de Tulum, con el fin de poder explotarlo económicamente. Un lucrativo negocio de consecuencias desastrosas para el entorno.

Algo similar ocurre en Sian Ka’an, lugar donde en los últimos años se han detectado algunas construcciones irregulares que están por encima de lo establecido por las normas mexicanas, tal como ha sido denunciado en reiteradas ocasiones por las comunidades de pescadores que habitan en Punta Allen, un pequeño poblado ubicado dentro de la reserva.

Sin embargo, la presión que existe actualmente para los ecosistemas de la zona no son comparables a lo que podría ocurrir en el futuro próximo con el crecimiento de Tulum, el cual paradójicamente, es promovido por el propio gobierno federal, encabezado por el presidente Felipe Calderón, quien a principios de 2010 anunció la licitación para la construcción de un aeropuerto internacional a tan sólo 12 kilómetros de Tulum. Un proyecto que no ha estado exento de críticas por parte de diversos grupos ambientalistas, no sólo porque este tipo de proyectos acelerarán aún más el crecimiento urbano de Tulum, sino también por el enorme daño que esta obra podría ocasionar a uno de los sistemas de ríos subterráneos más grandes del mundo.

Esto, debido a que el proyecto plantea construir el aeropuerto dentro de lo que los científicos denominan como “zona núcleo”, la cual juega un papel fundamental en el equilibrio hidrológico que abastece de agua dulce a los acuíferos de la región, según ha podido constatarse en diversos estudios realizados con equipos de alta tecnología. Además de ser un asunto clave para el sustento ecológico y social de la región, algunos investigadores consideran que este complejo sistema de ríos subterráneos podría contener una riqueza biológica única que todavía no ha sido descubierta. Las características del suelo provocan que al igual que en otros puntos de la península de Yucatán, la zona sea altamente vulnerable a la contaminación de aguas residuales y otro tipo de lixiviados derivados del aeropuerto y la infraestructura urbana que se construya a su alrededor.

Y a pesar de que se prevé que las obras puedan comenzar en cuanto se den los resultados de la licitación en 2011, pese a los múltiples retrasos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, las organizaciones ambientalistas señalan que hasta el momento no se ha hecho del conocimiento público ninguna manifestación de impacto ambiental que considere estas cuestiones dentro del proceso de planificación.

Asimismo, algunos especialistas consideran que el aeropuerto de Tulum es una obra costosa e innecesaria, debido a que el aeropuerto de Cancún se encuentra funcionando muy por debajo de su máxima capacidad, sobre todo, luego de los trabajos de remodelación que incluyeron la construcción de una segunda pista y una torre de control, con un costo total de 916 millones de pesos.

“No tiene sentido”, señala Aracely Domínguez, reconocida ambientalista y fundadora del Grupo Ecologista del Mayab, quien considera que la distancia cercana a los cien kilómetros existentes entre Cancún y Tulum no justifica la construcción de un segundo aeropuerto en la región, y mucho menos, si implica riesgos ambientales de gran tamaño.

Para la activista, el hecho de que este tipo de proyectos sean aprobados reiteradamente por las autoridades, es un ejemplo claro de los altos niveles de corrupción que predominan en el estado. Por ello, considera Domínguez, no es casualidad que dos ex alcaldes de Benito Juárez, municipio al que pertenece Cancún, se encuentren cumpliendo condena por delitos que van desde vínculos con el narcotráfico hasta el tráfico de personas, en referencia a los casos de Mario Villanueva Madrid, ex gobernador del estado, y Gregorio ‘Gregg’ Sánchez Martínez, ex alcalde de Benito Juárez y candidato a la gubernatura del estado durante la pasada contienda electoral.

“De un tiempo para acá pareciera que no tenemos leyes, no hay un respeto por nada, ni por parte de los empresarios ni por parte de las autoridades, pues los tres niveles de gobierno han incumplido reiteradamente la legislación presente en la Ley General de Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente, además de que tanto los empresarios como el gobierno buscan elaborar lo que nosotros llamamos un ‘buen amafiato’ en el que unos proponen y otros autorizan, para finalmente acabar con un modelo de desarrollo totalmente autodestructivo a lo largo de la costa de Quintana Roo”, apunta Domínguez.

“A pesar de que es sabido lo que ocurrió en Cancún, el modelo se ha desdoblado hacia Playa del Carmen, Cozumel, Isla Mujeres y lamentablemente Tulum, además de que hay proyectos similares para Puerto Morelos, y lo curioso es que es principalmente el gobierno estatal el que está promoviendo este modelo de desarrollo. Se podría resumir que a grandes rasgos, todo esto se debe al mismo fenómeno que ocurre en el resto de México: la corrupción”, señala la ambientalista.

Esto parece coincidir con la opinión de otros especialistas, incluso dentro del propio gobierno federal, ya que un funcionario de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales consultado para este reportaje, quien decidió mantener su identidad en el anonimato, es contundente al señalar que “Quintana Roo es una de las entidades a con mayor corrupción de todo el país en materia ambiental”. Escena de una ilegalidad recurrente que permite entender la manera en que las leyes mexicanas están sujetas a intereses particulares de los grupos de poder.

Para Alejandra Serrano, titular regional del Centro Mexicano de Derecho Ambiental, el hecho de que las leyes se apliquen de modo discrecional, representa uno de los principales problemas relacionados a la devastación ambiental que predominan a lo largo de la franja costera de Quintana Roo.

“Hay muchas incongruencias en cuanto a la aplicación de la legislación”, comenta Serrano, quien considera que en este sentido, casos emblemáticos como el de Punta Carey logran ejemplificar la manera en que las autoridades gubernamentales están más preocupadas por promover el desarrollo económico que en defender la conservación de los ecosistemas. En dicho caso, la Semarnat aprobó de forma condicionada la construcción de un desarrollo turístico en los límites del santuario de Xcacel, un punto de vital importancia para la reproducción de la tortuga marina en el Caribe mexicano. Esto, a pesar de las múltiples violaciones que se presentaron los desarrolladores durante el proceso de evaluación, tales como la presentación de información falsa, un exceso en los límites de densificación establecidos por los programas de ordenamiento y daños a zonas de manglares, de acuerdo con Serrano.

“Creo que la Semarnat no está cumpliendo su función de ser la defensora de los recursos naturales y ser la encargada de promover el desarrollo sustentable, ya que actúa muchas veces como secretaría de turismo o de economía, y ese no es su papel. Se está malentendiendo que la protección de los recursos naturales implica sacrificar la economía del país o de la región, y en este caso, me parece por demás preocupante que Semarnat no aplique la legislación y lineamientos que se han generado en esta misma administración”, argumenta la experta en derecho ambiental.

“Es más que evidente que lo ambiental está supeditado al crecimiento económico, y esto sólo indica que no ha terminado de entenderse lo que implica el concepto de desarrollo sustentable”, afirma Serrano de forma contundente.

Una crisis estructural

Sin embargo, muchos expertos consideran que la raíz del conflicto va más allá de la corrupción y se debe a las limitaciones estructurales que plantea el actual modelo de desarrollo. De acuerdo con el estudio “¿Quién gana y quién pierde en el negocio del turismo? El caso Cancún: un acercamiento al modelo de desarrollo turístico de México”, publicado en 2009 con la colaboración del Fondo Mexicano para la Conservación de la Naturaleza, en el cual se señala que la actual política económica del país, que a su vez sostiene el modelo de turismo masivo, hará necesario que proyectos similares a Cancún empiecen a gestarse a lo largo y ancho del territorio nacional con el único fin de atender las consideraciones macroeconómicas de captación de divisas provenientes del exterior, que dieron origen al proyecto de Cancún durante la década de los 70.

 Esto empieza a ser evidente en estados del noroeste del país como Baja California Sur, Sinaloa o Nayarit, donde existen proyectos turísticos que pretenden reproducir el modelo empleado en Cancún, cuya característica principal, de acuerdo con el estudio citado, es su incapacidad de generar bienestar social debido a que no puede dejar de crecer y a que la riqueza se concentra en pequeños grupos. Un reflejo de la desigualdad ocasionada por el sistema económico vigente en México y el resto del planeta.

“El crecimiento turístico no conduce al desarrollo regional porque no ha probado generar empleos, ni tiene impacto en otros sectores económicos. No lo hace. Una muestra de ello es que las poblaciones mayas que han habitado cerca de los desarrollos turísticos no han tenido ningún beneficio de ello, porque concentra la cadena productiva en pocas manos”, explica Marisol Vanegas Pérez, responsable del estudio.

En Cancún, por ejemplo, ocho de agencias mayoristas internacionales se llevan más del 70 por ciento del negocio. Es decir, que estas compañías atraen a dos de cada tres turistas que visitan el Caribe mexicano, lo cual imposibilita que los productores locales puedan entrar al mercado por falta de competitividad. Esto significa una desigualdad en el ingreso que se agudiza con los grandes flujos migratorios que llegan al Caribe mexicano en busca de oportunidades.

En municipios como Benito Juárez, por ejemplo, la población crece a un ritmo cercano al 15 por ciento anual, mientras el presupuesto aumenta un máximo de tres por ciento, lo cual representa un déficit social de 12 por ciento para satisfacer las necesidades básicas de la población, tales como el acceso a servicios de agua potable y energía eléctrica. A su vez, este rezago genera otro tipo de problemas colaterales íntimamente ligados a la marginación provocada por un modelo de desarrollo que ha logrado expandirse a otras ciudades como Playa del Carmen, lugar donde han comenzado a reproducirse los mismos patrones de criminalidad que Cancún, según explica Vanegas Pérez.

“Hace poco hicimos un estudio sobre violencia en la zona y resulta al momento de que Playa del Carmen inicia el ‘boom’ tanto turístico como migratorio, empieza a copiar patrones idénticos: el mismo tipo de delito, la misma proporción y los mismos grupos. Cancún y Playa del Carmen son muy similares en este sentido y también podemos imaginar que esto podría repetirse en Tulum”, señala la especialista, quien agrega que en este sentido, fenómenos como inseguridad, narcotráfico, tráfico de personas y la prostitución infantil, son señales de un proceso de descomposición social cuyo origen se centra en la desigualdad que es aún más visible con la migración. Lo mismo ocurre con el alto índice de suicidios que presenta Quintana Roo, el mayor de todo el país, un fenómeno cuya causa principal se debe a la fragmentación de las relaciones sociales, ya que la imposibilidad de establecer vínculos estrechos con otras personas, la gente que llega al Caribe mexicano en busca de oportunidades es más propensa a presentar fuertes cuadros de depresión.

La migración es evidente con tan sólo recorrer las calles y hablar con la gente. Prácticamente todos los habitantes de Cancún y sus alrededores provienen principalmente de otras entidades del interior del país como Chiapas, Guerrero, Tabasco, Campeche y Yucatán. Se estima que entre 50 mil y 60 mil personas llegan cada año a Quintana Roo en busca de oportunidades que no tienen en sus lugares de origen. Por ello, algunos especialistas creen que las altas tasas de crecimiento demográfico en la región son el reflejo de una política económica que simplemente no ha podido satisfacer las demandas de la población, lo cual a su vez genera un crecimiento desordenado de las ciudades y otros problemas ambientales como la degradación de suelo por abandono de tierras, procesos que de manera conjunta son responsables del 10 por ciento de las emisiones totales de México, según datos del Instituto Nacional de Ecología (INE).

“La oferta de empleos atrae una serie de flujos migratorios a los que nunca se habían enfrentado las autoridades locales, las cuales son incapaces de dar una respuesta a las demandas de vivienda, suelo urbano, equipamiento, etcétera. Lamentablemente, los programas de desarrollo urbano de estos centros de población no estaban preparados para recibir a la cantidad de gente que tienen actualmente, y por eso las ciudades se han desbordado al ocupar zonas de alto valor ambiental”, explica Juan Carlos Zentella, director general adjunto de Ordenación del Territorio de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), quien considera que al igual que ocurre en Quintana Roo, el crecimiento de las ciudades está provocando un impacto ambiental severo cuyas repercusiones abarcan algunos fenómenos de escala global como el cambio climático.

“El modelo de crecimiento urbano en México no es sustentable. Tenemos grandes conjuntos habitacionales alejados del tejido urbano, de las fuentes de empleo, de servicios de salud, educación y abasto, lejos de las oportunidades de ingreso de las familias que adquieren esta vivienda, y esto a su vez promueve el uso de transporte motorizado que depende de combustibles fósiles y genera altas emisiones de gases de efecto invernadero”, advierte el funcionario.

Datos oficiales señalan que en México, cerca del 77 por ciento de sus emisiones de gases de efecto invernadero provienen de las ciudades. Esto se debe principalmente, a que los patrones de consumo de energía están estrechamente relacionados con los modelos de crecimiento de las ciudades. Lo mismo ocurre a nivel mundial.

De acuerdo con un informe publicado recientemente por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) indican que a nivel global, las ciudades generan más de las dos terceras partes de los gases de efecto invernadero del planeta.

“No son las ciudades a las que debemos culpar, sino la forma en que vivimos y la manera en que se forman las ciudades. El crecimiento urbano es un problema muy grande tanto en los países desarrollados y en desarrollo, además de que es responsable del incremento de emisiones”, señala Lamia Kamal-Chaoui, titular del programa de desarrollo urbano de la OCDE.

Para la especialista, estas diferencias son evidentes en las ciudades densas y compactas, las cuales presentan un número de emisiones bajas en comparación al de las urbes que presentan una expansión territorial con menor densidad poblacional, debido principalmente, al consumo de combustibles fósiles destinados al transporte.

“Esto no es sólo un problema ambiental, sino también económico. Esta expansión urbana implica un costo y por eso vemos que hay menos productividad debido a las grandes distancias que tiene que recorrer la gente para poder trabajar y eso también conlleva un impacto social”, explica la investigadora.

En el caso de México, las emisiones del sector transporte al 2006 representaron el 20.4 por ciento del total nacional. Sin embargo, el ritmo acelerado con el que crece el parque vehicular en todo el país hace pensar a los expertos que para 2020, el transporte podría representar dos terceras partes de las emisiones totales del país, incluso por encima de la generación de energía eléctrica, que en la actualidad genera el 21 por ciento.

En opinión de Gabriel Quadri de la Torre, consultor especializado en medio amiente, parte importante del problema tiene que ver con la manera en que México ha adoptado un modelo de crecimiento urbano muy similar al de Estados Unidos, basado en un alto consumo de combustible.

“Este tipo de estructuras en el transporte determina en mucho la eficiencia energética d las ciudades y su patrón de emisiones de gases de efecto invernadero, y por ello a países como Estados Unidos le cuesta mucho trabajo reducir emisiones, a que sus ciudades son muy extensas, y es muy difícil cambiar esa estructura en el corto y mediano plazo, contrario a lo que ocurre con las ciudades europeas que son más compactas”, señala el experto.

“Al hablar en México de políticas climáticas, se requiere forzosamente hablar de consumo de combustibles en el sector transporte. Lamentablemente, la estructura de nuestras ciudades está siguiendo el patrón estadounidense”, apunta Quadri, quien considera que México podría disminuir considerablemente sus emisiones retirando los subsidios actuales a la gasolina, los cuales distorsionan los precios reales y promueven un consumo energético de muy baja eficiencia.

En sitios como la Ciudad de México, el tema del transporte se ha convertido en un foco rojo para muchos tomadores de decisiones, ya que algunas evaluaciones indican que la capital del país podría estar al borde del colapso debido a la gran cantidad de vehículos que a diario infesta las calles y que ha derivado en un serio problema de movilidad. Sin embargo, esto no ha sido suficiente para que los gobiernos locales hayan decidido cambiar su enfoque respecto a esta problemática, pues la construcción de vialidades con segundos pisos en el Valle de México ha proliferado de manera acelerada en los últimos años. Algo que, de acuerdo con los analistas, sólo fomenta el uso del automóvil por encima del transporte público, lo cual provocará que tarde o temprano, dichas vialidades sean insuficientes para dar cabida a un parque vehicular que aumenta día con día.

En el resto del país, la situación no es diferente, la expansión de las ciudades se ha convertido en un problema común. ¿A qué se debe esto? De acuerdo con algunos análisis de la oficina de Política Ambiental e Integración Regional y Sectorial de la Semarnat, es muy posible que este fenómeno esté vinculado a la quiebra de los municipios.

La razón es simple. Al depender casi en su totalidad de los ingresos provenientes de la federación, los municipios han empezado a utilizar algunos instrumentos fiscales para poder recaudar más recursos. En muchas ciudades, por ejemplo, el cobro del impuesto predial ha ocasionado una expansión explosiva de la zona urbana, generando así mayores ingresos para los municipios y un desastre ecológico de gran escala. Esta crisis estructural es visible en sitios como La Paz, Baja California Sur, ciudad que en pocos años pasó de tener una extensión de 20 mil hectáreas a 400 mil, a pesar de no tener cambios significativos en su población como para justificar esta expansión.

La quiebra de los municipios es un problema trascendente que además plantea otros peligros, pues ante la urgente necesidad de impulsar el desarrollo local, muchas regiones del país se han vuelto particularmente vulnerables a la llegada de proyectos económicos que, en muchos casos, pueden traer consigo un alto impacto tanto ambiental como social. Una situación evidente en sitios donde la contaminación y la devastación han ocasionado una serie de conflictos sociales que afectan a miles de comunidades en todo el país, generalmente, con altos índices de pobreza y marginación. Después de todo, son pocos los alcaldes dispuestos a rechazar una inversión de varios millones de dólares que produzca una derrama de dinero importante para el municipio y genere algunos empleos.

Esto es justo lo que ocurre en las ciudades de Quintana Roo, donde la expansión territorial está estrechamente vinculada a la necesidad de captar recursos para cubrir los servicios básicos que demanda la población. Sin embargo, la devastación ambiental derivada del crecimiento de la infraestructura turística no ha podido traducirse en una mejor calidad de vida para muchas personas que habitan en aquel rincón del sureste mexicano, debido a que las altas tasas de migración crean ‘cinturones de pobreza’ alrededor de los principales centros urbanos. Una muestra de que el modelo de desarrollo implementado tanto en la región y en el resto del país, no ha podido frenar el rápido crecimiento de la pobreza. Las cifras son contundentes.

Según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), la pobreza en México se incrementó 3.1 puntos porcentuales en el periodo de 2008 a 2009, hecho que contrasta con una tendencia creciente en el resto de América Latina. Un dato preocupante para muchos expertos, si se toma en cuenta que en la última evaluación de pobreza en México, publicada en 2008 por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), señala que el 44 por ciento de la población sufre algún tipo de carencia en sus necesidades básicas, situación en la que sufren cerca de 47 millones de mexicanos, cuyas condiciones de vida podrían empeorar para las próximas décadas ante los devastadores efectos del cambio climático.

Recuento del desastre

Estudios recientes revelan que el calentamiento oceánico ha ocasionado un aumento en el número de huracanes de categorías 4 y 5 a nivel global, los cuales casi se han duplicado entre 1970 y 2004, mientras que los de categoría 1 han disminuido ligeramente. Esto significa que existe una tendencia creciente en cuanto al número y la intensidad de los ciclones tropicales que cada año llegan a territorio mexicano. Una situación que podría agudizarse en las próximas décadas si la temperatura promedio del planeta sigue aumenta de acuerdo a las proyecciones realizadas por el grupo de expertos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC).

Esto representa malas noticias para países como México, lugar en donde los desastres derivados de fenómenos climáticos se han intensificado notablemente durante la última década. Basta con hacer un recuento de la historia reciente para darse cuenta de ello.

El 2005 es ampliamente recordado por los meteorólogos de todo el mundo como el año con mayor número de huracanes del que se tenga conocimiento, ya que por primera vez en la historia, la lista oficial de 21 nombres que se utiliza para clasificar a los huracanes no fue suficiente y se tuvieron que implementar seis letras del alfabeto griego. Ese año, los huracanes Wilma, Stan y Emily provocaron pérdidas cercanas a 45 mil millones de pesos en prácticamente todo el sureste mexicano, con un saldo de 203 muertos, según datos del Centro Nacional para la Prevención de Desastres (Cenapred).

Wilma ocasionó enormes daños en la infraestructura turística de lugares como Cancún y otros puntos del estado de Quintana Roo, situación que provocó que el mayor número de pérdidas económicas fuera ocasionado por una significativa baja de turistas durante los meses siguientes. En contraparte, Stan provocó un número mayor de muertes en estados como Chiapas, debido a los altos niveles de pobreza y marginación que presentan muchas comunidades rurales del sureste mexicano, condiciones que incrementan notablemente la vulnerabilidad de muchos grupos a los devastadores efectos del clima.

Dos años más tarde, en octubre de 2007, el estado de Tabasco fue víctima de la inundación más grande en la historia de México. En el momento más álgido de la contingencia, el agua cubrió el 62 por ciento de la superficie estatal, arrojando un saldo cercano a los dos millones de damnificados. Aunque en esta ocasión la actividad ciclónica no fue tan intensa, esto no impidió que las fuertes lluvias desbordaran los ríos y rebasaran la capacidad de contención de las presas, produciendo una de las contingencias más impactantes del último siglo. Las imágenes hablan por sí mismas.

Estas inundaciones, junto con los impactos derivados del huracán Dean, generaron pérdidas valuadas en 49 mil 417 millones de pesos y la pérdida de varias vidas humanas, tal como ocurrió con el deslave de un cerro que sepultó la localidad de Juan de Grijalva, en el estado de Chiapas. Un deslizamiento de tierra nunca antes visto que provocó la muerte de al menos 25 personas.

Para 2009, la situación cambió drásticamente, ya que durante este año México padeció la peor sequía de los últimos 70 años, misma que afectó a más de 3.5 millones de campesinos y una extensión cercana al millón de hectáreas, principalmente en la región norte del norte del país. La falta de lluvias durante la primera mitad del año además provocó una fuerte escasez de agua en la Ciudad de México, lugar donde tuvieron que hacerse recortes periódicos en el servicio de agua potable ante los bajos niveles registrados en el sistema de presas que abastece a la capital del país. Sin embargo, para la segunda mitad del año las lluvias intensas ocasionaron pérdidas en varias regiones del territorio mexicano. En total, este año se perdieron cerca de 14 mil 587 millones de pesos, producto de los marcados contrastes del clima.

La tendencia de lluvias intensas se prolongó prácticamente durante todo 2010, año considerado como el “más lluvioso” del que se tenga registro en la historia del país. En febrero, el desbordamiento del canal La Compañía ocasionó una crisis severa en localidades ubicadas en la periferia de la Ciudad de México como Valle de Chalco, Ecatepec y Nezahualcóyotl, las cuales sumaron cerca de 100 mil afectados por falta de comida, energía eléctrica, agua potable y pérdidas materiales. Meses más tarde, el noreste del país sufrió los efectos del huracán Alex, afectando a entidades como Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila, siendo la ciudad de Monterrey uno de los lugares más devastados por el “fenómeno más fuerte de su historia”, ocasionando daños en infraestructura urbana, dejando cerca de 170 mil afectados.

La situación no paró ahí, pues el arribo del huracán Karl en septiembre pasado trajo consigo una nueva ola de devastación en el sur del país, arrasando localidades enteras en lugares como Oaxaca, Chiapas, Tabasco y principalmente Veracruz, entidad que de acuerdo con información del gobierno estatal suma un millón de damnificados. Aunque la información aún es preliminar, los expertos consideran que las pérdidas económicas durante 2010 podrían ser similares a las registradas en 2005 y 2007, pues se cree que tan sólo Alex generó pérdidas superiores a los 25 mil millones de pesos.

Al hacer un recuento de los daños, los números indican un incremento notable de desastres climáticos en comparación de las dos décadas anteriores. De 2001 a lo que va de 2010, las pérdidas económicas derivadas de sequías y lluvias intensas superan los 170 mil millones de pesos (cerca de 15 mil millones de dólares), una cifra muy superior a los 4 mil 547 millones de dólares registrados en los 20 años anteriores, de 1980 a 1999. Asimismo, el promedio anual en el impacto socioeconómico de los desastres naturales ha pasado de 2 mil 182 millones de pesos en 2000, a 14 mil 290 millones para 2008, lo cual significa un incremento cercano del 650 por ciento.

En contraparte, el número de decesos provenientes de los desastres ha disminuido significativamente gracias al Sistema de Alerta Temprana implementado por el gobierno federal a partir de 2003, lo cual se refleja en una tendencia a la baja en cuanto al número de muertos.

Aunque los científicos reconocen que todavía no existe información suficiente para determinar si estos fenómenos fueron ocasionados por el calentamiento global o simplemente por una variabilidad natural del clima, lo cierto es que ofrecen una idea clara de lo que podría suceder en un futuro no muy lejano si las profecías de los científicos llegan a cumplirse como hasta ahora. Una mayor incidencia de fenómenos hidrometeorológicos de gran escala significa un enorme riesgo para México. No en balde, el Programa Especial de Cambio Climático (PECC) desarrollado por el gobierno federal, reconoce una alta vulnerabilidad en todo el país debido a que el 15 por ciento de su territorio nacional, 68.2 por ciento de la población y 71 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) se encuentran altamente expuestos a los impactos directos del cambio climático. Asimismo, un estudio reciente dado a conocer por el Banco Mundial señala que para 2050, el cuatro por ciento del PIB mexicano podría perderse debido a los efectos del calentamiento global.

Sin embargo, los investigadores coinciden en que el mayor peligro no se encuentra en una intensidad de los fenómenos climáticos, sino en los procesos de desarrollo actuales que constituyen una fuente importante de vulnerabilidad.

“Los desastres no son naturales, sino que se construyen a partir de procesos económicos, políticos, sociales y ambientales que pudieron empezar a gestarse mucho tiempo atrás”, explica Luis Eduardo Pérez Ortiz Cancino, director de Análisis y Gestión de Riesgos de Cenapred.

 “La vulnerabilidad física proviene de aspectos sociales. Un dato contundente indica que en 2009, casi la mitad de los municipios declarados como zonas de desastre estaban en un grado de marginación alto, una situación que reduce el acceso al suelo y la vivienda segura”, indica Pérez Ortiz.

Esto significa que factores como el rezago económico son fundamentales para entender la magnitud que han alcanzado muchos desastres naturales. La pobreza es una fuente importante de vulnerabilidad ante cambio climático, y eso representa malas noticias para un país como México, donde viven más de 40 millones de pobres. Lo mismo ocurre en la mayor parte de los países ubicados en regiones tropicales, donde la pobreza y la exposición a fenómenos meteorológicos son una constante. Un dato reciente de Naciones Unidas señala que en América Latina alrededor del 70 por ciento de los asentamientos humanos se encuentran en zonas de alto riesgo. Esto se debe principalmente, a procesos de desarrollo incompletos

“En 2009, Veracruz fue el estado con mayor número de municipios declarados en emergencia, y también ha sido una de las entidades que sufre más desastres de forma recurrente. El desastre es un síntoma de procesos de desarrollo incompletos, y esto nos hace pensar que al tener tantos desastres y emergencias, Veracruz no ha logrado generar las condiciones suficientes para que sus habitantes sean menos vulnerables al impacto de fenómenos naturales, o al menos, que puedan recuperarse de manera más ágil”, comenta el funcionario.

Para Cecilia Conde, integrante del IPCC y experta en temas de vulnerabilidad por el Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, estos casos son una muestra clara de los grandes vacíos y rezagos que existen en cuanto a las políticas de adaptación al cambio climático vigentes hoy en día.

 “México es muy vulnerable a cambio climático, pero sobre todo, somos vulnerables por una estructura vertical en donde hay poca participación de la gente en medidas de adaptación. Estamos fabricando nuestra propia vulnerabilidad y por ello no se necesitan cambios climáticos tan grandes para que los impactos sean muy severos”, señala la especialista.

“No puede darse adaptación por decreto, y por ello, es necesario que la gente se involucre en los procesos de adaptación”, afirma Conde.

A pesar de los enormes riesgos que plantea el cambio climático para la población del planeta, hasta el momento los gobiernos del mundo han sido incapaces de diseñar una estrategia conjunta que permita resolver el problema de fondo, debido a que tanto los países desarrollados y en desarrollo no parecen estar dispuestos a reconocer la urgente necesidad de rediseñar el modelo económico actual.

Más allá de la política internacional

El resultado de las negociaciones internacionales de la decimosexta edición de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático (COP16), celebrada a fines de 2010 en la ciudad de Cancún, terminó con un buen sabor de boca y devolvió las esperanzas de que los gobiernos del mundo puedan alcanzar un acuerdo global para mitigar las emisiones de CO2 en un futuro no muy lejano. Al final de la jornada, la COP16 cumplió con su objetivo principal de restablecer la confianza perdida durante el fracaso de la COP15 de Copenhague y presentar algunos avances en cuanto a los temas de financiamiento.

 Sin embargo, los grandes temas siguen estando fuera de la mesa de negociaciones, y aunque existan avances significativos en materia de financiamiento, la situación amerita medidas más ambiciosas, en opinión de algunos especialistas.

“Un reto fundamental para México sería lograr que se metieran dos conceptos clave en la mesa de negociación: desarrollo sustentable y equidad, porque con las diferencias enormes que tenemos actualmente no vamos a poder avanzar. Ricos y pobres necesitan reconocer que necesitamos mejorar la equidad y sólo así podríamos contemplar un planeta en el que los recursos del primer mundo pudieran financiar proyectos que permitan a los países en desarrollo crecer de forma diferente”, comenta Carlos Gay García, coordinador del Programa de Investigación en Cambio Climático de la UNAM e integrante del IPCC.

“Corremos el riesgo de resolver el cambio climático con máquinas más eficientes y seguir con los mismos esquemas de antes,  con la misma pobreza y desigualdad; ¿por qué no aprovechar esto para entrar en una dinámica diferente?”, advierte el especialista, quien considera que algunas de las principales posturas planteadas por México dentro de las negociaciones internacionales siguen sin atacar las causas fundamentales de la crisis climática que se vive hoy en día.

“El problema que nos metió en la crisis financiera de 2009 es lo que nos metió en el problema del cambio climático, ambos tienen el mismo origen, pues provienen de la forma en que intercambiamos bienes y riqueza, y eso mismo no podrá sacarnos del problema”, señala Gay.

Aunque el concepto de desarrollo sustentable es una constante dentro del discurso de prácticamente todos los gobiernos del mundo, desde la adopción formal del término durante la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, su incidencia dentro de las políticas públicas sigue siendo limitado. Para Gian Carlo Delgado, experto en economía ambiental e integrante del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la UNAM, esto se debe a los límites y contradicciones que plantea el sistema económico capitalista sobre el que se ha construido el modelo de desarrollo actual, mismo en donde la equidad social y el cuidado de los recursos naturales juegan un papel secundario.

“La idea de desarrollo sigue anclada en la idea de crecimiento económico y esto es bastante erróneo. El crecimiento del PIB no significa que la población pobre de un país vaya descendiendo, sino que vemos todo lo contrario”, asegura el académico, quien considera que los mecanismos financieros propuestos para mitigar los efectos del cambio climático no son capaces de atacar la raíz del problema.

“El mercado de bonos de carbono, por ejemplo, reconoce que existe un problema ambiental, pero no la necesidad de hacer cambios a fondo en el sistema de producción y de consumo”, afirma Delgado, quien considera que los altos patrones de consumo fomentados por el sistema capitalista son la clave para entender el origen del cambio climático.

Cada producto que a diario adquirimos en las tiendas lleva consigo un alto consumo de energía dentro de su proceso de fabricación, y en consecuencia, altas emisiones de CO2 provenientes de la quema de combustibles fósiles con los que se genera dicha energía. Si el crecimiento económico está sujeto al consumo, esto fomenta un uso cada vez mayor de energía y otros recursos naturales, que a su vez, se traduce en mayor devastación ambiental.

A pesar de que los economistas han creado algunos indicadores para medir este fenómeno, tal como ocurre con la ‘huella de carbono’ o la ‘mochila ecológica’, el sistema económico vigente no integra los costos derivados de la destrucción ambiental, es decir, que los recursos naturales simplemente no tiene valor en términos de mercado. ¿Cómo medir el precio que tiene un árbol en medio de la selva? Una visión tradicional de la economía lo haría a partir del precio fijado por la industria, de acuerdo a las leyes de oferta y demanda, por ejemplo, lo que paga una fábrica de papel por dicho árbol. Sin embargo, esta contabilidad no contempla los servicios ambientales que provee dicho árbol, tales como la captación de agua y captura de carbono, los cuales también tienen un valor.

Lo mismo ocurre con los precios de la energía, lo cual genera que en términos de mercado, los combustibles fósiles sean más baratos que las energías renovables. El problema está en que el precio de los combustibles fósiles no toma en cuenta todas las implicaciones que conlleva su uso, tal como ocurre con los efectos del calentamiento global.

Por ello, los expertos creen que si los precios logran reflejar el impacto ambiental de cada producto, esto significaría una reestructuración radical de todo el sistema económico. Algunos estudios, por ejemplo, sostienen que muchos países desarrollados tendrían números rojos en su PIB si se tomaran en cuenta los criterios ambientales dentro del proceso económico, lo cual surge la pregunta: ¿qué tan desarrollados son los países desarrollados? Cambiar las reglas del juego implica jugar de modo distinto, y eso es justo lo que se propone hacer la economía ambiental.

¿Cómo lograr una transformación de estas dimensiones? Si el sistema económico se sostiene en el consumo, esa es la clave. Cambiar los patrones de consumo forzosamente trae consigo cambios en toda la cadena productiva. Algo que de hecho, ya empieza a suceder.

Walmart, por ejemplo, uno de los símbolos más representativos del capitalismo salvaje, recientemente estableció una serie de criterios sustentables para buena parte de sus proveedores, lo cual significa que más allá de las normatividad vigente en cada país, los procesos de producción de muchas empresas tendrán que incorporar un enfoque más sustentable para no perder competitividad en el mercado. Lo mismo ocurre con Walmart, y esto se debe a que las tendencias de muchos consumidores está cambiando rápidamente. Así lo demuestra la más reciente edición de Greendex, un estudio sobre consumo sustentable financiado por la National Geographic, el cual señala que las consideraciones ambientales y de ahorro, han sido factores determinantes para explicar los cambios de los últimos tres años en las tendencias de consumo en las principales economías del mundo.

Aunque los gobiernos y las empresas sigan resistiéndose a dar el salto definitivo hacia el desarrollo sustentable, un cambio en la mentalidad y acciones de la gente no les dejará más alternativa. La verdadera transformación comienza con uno mismo. “Eligiéndome, elijo al hombre”, escribió alguna vez el filósofo francés Jean Paul Sartre. Quizá tenga razón. A final de cuentas, el cambio climático es tan sólo un reflejo de lo que somos.

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