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Sobre el poder sanador del arte

ARTE

Obra de Oswaldo Guayasamin

Por azares de la vida, me topé con mis viejos poemas, de aquella época en que andaba yo en el bajón existencial hard core, esa época que en mi autobiografía lleva el nombre del Filonauta del tiempo combustible. Es curioso lo diferente que se ve todo en retrospectiva. Hoy me parece increíble verme reflejado en esos versos, que parecieran un tanto distantes al tipo que soy en la actualidad. Luego me vino el recuerdo de una declaración de Jodorowsky, cuando decía que él no aspiraba a un arte donde cada uno vomitara sus traumas, sino un arte sanador. El viejo estaba en un error, pues a final de cuentas, el poder sanador del arte reside, en buena medida, precisamente en esa posibilidad de vomitar las dolencias.

Fue así que comprendí que expresar el dolor, la ira o la tristeza en cualquier manifestación artística, es realizar un conjuro mágico, un acto alquímico capaz de convertir nuestra desgracia en algo bello. Dejar que salga y se exprese lo que llevamos dentro. El arte es también encontrar la belleza de nuestras muchas deformidades. ¡No puede existir acto más purificador y revolucionario! Convertir el dolor y la rabia en algo sublime, etéreo. ¡Qué belleza! He ahí, queridos alquimistas, la fórmula para remediar todos los dolores de la tierra y el alma.

Palabra ficcionalista.
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La raíz de la violencia (o de cómo la injusticia engendra monstruos)

Para entender la violencia en México hay que explorar sus causas más profundas. Y para ello, es indispensable comprender la diferencia entre justicia y venganza.

Spanish activist Jil Love and Mexican activist Julia Klug perform with tapes and fake blood during a protest against femicide and violence against women in Mexico City, Mexico

Manuel Hernández Borbolla

Una familia viaja por la carretera México-Puebla. El padre siente deseos de orinar y estaciona la camioneta en la que viaja junto a su esposa, su sobrina (una adolescente de 14 años) y su hijo, un bebé de dos años. La familia es sorprendida por una banda de asaltantes que intenta despojarlos del vehículo. Los ocho agresores golpean al padre, violan a la madre y la hija, y asesinan al bebé. Un día después, el cadáver de una mujer de 25 años es encontrado en Ciudad Universitaria, amarrada por el cuello a una caseta telefónica junto a la Facultad de Química.

Dos casos cuya violencia no deja de estremecer, a pesar de que la crisis humanitaria que vive México desde hace una década pareciera haber convertido la crueldad y el horror en un asunto cotidiano, donde el hallazgo de fosas clandestinas y el recuento de asesinatos se ha vuelto algo normal, parte de la rutina noticiosa que nos ha ido arrebatando nuestra capacidad de asombro e indignación.

Los datos son contundentes. A una década de la llamada guerra contra el narcotráfico decretada por Felipe Calderón, el número de homicidios en el país se disparó desde 2007, registrando su pico más alto en 2011 y con un repunte en los últimos años, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Pero la tendencia se mantiene a la alza, ya que el primer trimestre de 2017 es ya el inicio de año más violento en la historia reciente de México. Un hecho que incluso ha sido reconocido por el presidente Enrique Peña Nieto, quien asegura que “los índices de criminalidad en diferentes entidades federativas nuevamente empezaron a regresar a escenarios del pasado”.

Homicidios

Pero no solo eso. De 2007 a la fecha, en México se han encontrado 855 fosas clandestinas con 1,548 cadáveres, según un informe reciente de la CNDH. Un país donde la guerra contra el narco provocó una crisis humanitaria con más de 30 mil desaparecidos, una ola de feminicidios y más de 35 mil desplazados. Además, México posee cinco de las 50 ciudades más violentas del planeta, según diversas fuentes. De este modo, el nivel de violencia, equiparable al de países en guerra civil, ha provocado que México sea considerado como el tercer país más peligroso del mundo.

Pero la contundencia de las cifras no es suficiente para comprender la magnitud del fenómeno de la violencia en México y otros países de América Latina, recién reconocida como la región más violenta del planeta. Una región donde el tráfico de las drogas, la pobreza y la desigualdad social no bastan para explicar los niveles de violencia registrados en los últimos años: desde el exterminio de migrantes en San Fernando y las mujeres violadas de Atenco, hasta el atentado y suicidio de un estudiante del Colegio Americano de Monterrey o el hallazgo de 249 cadáveres en una fosa de Veracruz, por mencionar algunos casos recientes.

“Este hombre me contaba, con mucha serenidad, cómo a una de sus víctimas le había abierto el pecho, sacado las costillas para poder arrancarle el corazón vivo y vio cómo se le agotaba el latido en sus manos”, relataba el periodista y corresponsal de guerra David Beriain hace unas semanas, al describir el impactante nivel de violencia de las pandillas en El Salvador.

“Cuando tú te sientas delante de ese al que llaman terrorista, asesino o narcotraficante, gente que mata gente, y no a uno ni a dos, te gustaría pensar que va a existir una distancia infinita entre tú y él, que va a pertenecer prácticamente a otra especie. ¿Y sabes qué es lo que pasa cuando te acercas? Es igual que tú. Y puedes reconocer muchas partes de ti en él. Y eso asusta”, me contaba Beriain en otra ocasión.

¿Pero, cuál es la raíz de la violencia? ¿Qué es lo que lleva a una persona común a realizar actos tan terribles como desollar viva a una persona o asesinar a un bebé de dos años para luego violar a su madre? ¿Qué es lo que ocurre en una sociedad donde continuamente se presentan actos de barbarie como estos? Son preguntas cuya explicación requiere una revisión profunda de la condición humana.

Aftermath Teachers Protest in Oaxaca

La venganza, el odio y la injusticia

Toda violencia es consecuencia de un dolor profundo que busca ser aliviado. Un dolor proveniente de viejas heridas que siguen abiertas y no terminan de sanar, o también, del miedo a ser lastimado otra vez. Y por ello, toda agresión representa, en realidad, un acto de venganza contra el mundo.

Para el investigador de la Universidad de Ámsterdam, Nico Frijda, el dolor, tanto físico como psíquico, es el motor del deseo de vengar el insulto, lesión, pérdida, desprecio, sometimiento o humillación ocasionados por otra persona o grupo social, al existir “un alivio del dolor, a través del ejercicio de un poder elemental sobre el ofensor”, según sostiene en su libro The Lex Talionis: On Vengeance. En un sentido similar, la psiquiatra británica Felicity de Zuleta, autora del libro From Pain to Violence: The Traumatic Roots of Destructiveness, sostiene que las personas particularmente violentas suelen ser aquellas que sufren algún tipo de abuso a edades tempranas y recrean ese mismo patrón siendo adultos: víctimas que se transforman en victimarios.

De ahí que la venganza y la justicia son dos formas de curar el dolor que se genera cuando una persona ha sido lastimada por otra. Y este es un factor clave para comprender las repercusiones sociales de la violencia.

La venganza es un dolor que busca alivio en el dolor ajeno. Que el otro sienta el mismo dolor que yo siento, como un mecanismo de compensación: no se trata de quién nos la hizo, sino de quién nos la paga. Esto explica también el placer momentáneo que produce la venganza. Pero esta necesidad de satisfacer el dolor con el dolor de otro, suele generar un circulo vicioso que conduce a la crueldad, palabra cuyo sentido original hace referencia a algo que se “recrea en la sangre”. Una patología social que puede manifestarse en conductas psicópatas (que no siente culpa por hacer daño) o sadomasoquistas (quien siente placer con el dolor). Es decir, una forma de violencia que se reproduce y multiplica sistemáticamente con consecuencias autodestructivas, pues como bien sugiere aquella bella frase atribuida lo mismo a Shakespeare que a Buda: “La ira es el veneno que uno toma esperando que el otro se muera”.

La venganza y la justicia son dos formas de curar el dolor que se genera cuando una persona ha sido lastimada por otra.

Esto bien podría explicar cómo es que surgen casos como El Ponchis, el niño sicario que mató a cuatro personas a los 14 años, o El Pozolero, el albañil que terminó disolviendo cadáveres para el crimen organizado. Personajes emblemáticos de la galería del horror mexicana que surgen de un contexto social hostil donde la violencia se reproduce en múltiples formas: marginación, abandono, pobreza, abusos, frustración, etcétera. Un ambiente hostil que también ayuda a entender otros fenómenos, como la violencia en los estadios de futbol o la violencia durante protestas políticas. Toda rebelión surge de una furia incontenible.

La justicia, en cambio, busca lidiar con el dolor mediante una compensación del daño recibido. Por ello, la justicia busca restablecer el equilibrio perdido de manera armónica en relación con el orden natural de las cosas o con algún código moral expresado en la cultura. De este modo, el castigo de las malas acciones, ya sea por mandato humano o divino (un castigo de Dios, la ley del karma), suele estar asociado a un sentimiento de justicia. Y este sentimiento de justicia puede ser trastocado cuando las acciones condenables generan una sensación de gozo para quien las lleva a cabo. Un asunto que bien nos podría ayudar a entender el repudio popular que causó la burlona sonrisa del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, tras ser detenido en Guatemala.

De ahí que la injusticia del Estado hace que la gente tenga que recurrir a otras expresiones de fuerza para defenderse de la violencia. Un ejemplo de esto, es la manera en que la impunidad sistemática y la complicidad del gobierno con el crimen organizado provocó que en 2013, un grupo de aguacateros y productores de limón se levantara en armas para constituir los grupos de Autodefensas en Michoacán, luego de que bandas delincuenciales extorsionaban a la población e incluso amenazaron con abusar sexualmente de sus esposas, hijas y madres.

Esta diferencia entre las nociones de justicia y venganza permite entender cómo es que la incapacidad del Estado para proveer seguridad y justicia a las víctimas de la violencia genera más violencia. Por ello, no es casualidad que la diáspora de la violencia en México esté íntimamente vinculada a una debilidad institucional provocada por altos niveles de corrupción e impunidad, que a su vez, ponen en entredicho la viabilidad misma del Estado como garante de la paz social.

Esta diferencia entre las nociones de justicia y venganza permite entender cómo es que la incapacidad del Estado para proveer seguridad y justicia a las víctimas de la violencia genera más violencia.

La justicia es un factor clave para que el Estado pueda ejercer el monopolio de la fuerza. Pero si el Estado mexicano es incapaz de impartir justicia, con niveles de impunidad del 99%, esto explica en buena medida la epidemia de violencia que existe en el país. La injusticia engendra monstruos.

“A mi juicio la violencia está en las instituciones políticas. La desigualdad ha estado aquí siempre y eso por sí solo no explica la violencia del narcotráfico”, me comentaba el historiador y politólogo Lorenzo Meyer en 2011, cuando lo entrevisté para un reportaje que exploraba las causas profundas de la violencia a partir del caso Monterrey, poco antes de que ocurriera el atentado contra el Casino Royale.

Por ello, no es casualidad que la violencia en México esté asociada a la violencia promovida desde las instituciones políticas, el sistema económico, la marginación social y el abuso como forma de vida, sin que existan los mecanismos sociales que permitan mitigar o revertir el daño causado.

La oscuridad es la sangre de las cosas heridas“, dijo alguna vez Jorge Luis Borges en un espléndido verso. No existe la maldad, solo un puñado de gente herida. He ahí la raíz de la violencia.

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Publicado originalmente en el Huffpost México

El cerebro indoloro

 

El cerebro no siente dolor. Y sin embargo, administra y procesa el dolor de todo el cuerpo mediante señales que van y vienen por el sistema nervioso.  Es inmune al dolor y al mismo tiempo lo reparte a todo el organismo. Supongo que siempre es así. Los dispensadores de la desgracia ajena suelen vivir impunes a las leyes del hombre. Las víboras son inmunes a su propio veneno. Pero nadie escapa a la rueda de la vida. Uno siempre recibe lo que da. Es lo que todos quisiéramos pensar.

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El profeta: sembrador de esperanza

Toda profecía es una reinterpretación del presente. El profeta es capaz de revelar el futuro porque entiende que el futuro no es sino una consecuencia del presente. Su poder para predecir el futuro es el poder de la clarividencia, es decir, el poder de ver con claridad. El profeta anuncia el porvenir al enunciar el significado del mundo. Sabe que si fertiliza la tierra y siembra la semilla, el árbol dará frutos, aunque pasen mil años. Hace falta que florezcan profetas en esta oscuridad para sembrar esperanza en este mundo desahuciado que aprieta los dientes. Y para ello, será necesario viajar a los confines de la existencia, hacia el centro de nosotros mismos. Si queremos entender los problemas del mundo tenemos que mirar hacia dentro, estudiarnos, explorarnos, entender que el mundo no es sino el reflejo de nuestros adentros. Cuando comprendemos esta sencilla verdad, podemos entender el sufrimiento del otro. Creamos un vínculo con su dolor, con su alegría. Luego entenderemos que todos los seres que pueblan este planeta forman un solo organismo. Ya no habrá separación. La empatía va creando vínculos. Mi bienestar será el bienestar de los demás. Se borrará el odio. Germinará la compasión. Y el mundo habrá cambiado. La verdad revelada por el profeta terminará haciéndose realidad. El amor se regará por el mundo. He aquí mi profecía.

Disertación sobre el periodismo contemporáneo a raíz de mi visita a la World Press Photo 2013

Cada año me decepciona más la World Press Photo. Se ha vuelto monotemática. El dolor humano en el Medio Oriente y sus alrededores. Algunas prostitutas y una que otra tragedia espantosa como la señora y la hija sin cara porque el marido decidió echarle ácido en el rostro, complementan la exposición. Hasta las de deportes tienen ya un aire trágico. De no ser por los pingüinos emperador, cortesía de National Geographic, y una que otra foto por ahí, uno bien podría pasar de largo la exposición. Recuerdo la primera vez que asistí a una World Press Photo en el Museo Franz Mayer de la Ciudad de México por ahí de 2008. Una foto alucinante de Marylin Manson en un autobús de escuela junto a varios morros, era una de las primeras imágenes de la muestra. Más adelante, el detalle de una fotografía del presidente ruso Vladimir Putin resaltaba del resto. La amplia gama de historias me cautivó. Pero la variedad de temas ha ido decreciendo. Ahora hay pocas imágenes que nos hagan imaginar que otro mundo ajeno al sufrimiento vil es posible. Las fotografías describen puntualmente la miseria humana, pero ahondan poco en las causas que han generado ese dolor.

Eso lo lleva a uno a cuestionar el papel que juega actualmente la prensa a nivel global. Con esto, no quiero decir que la labor de los fotorreporteros que arriesgaron sus vidas para documentar la catástrofe no sea digna de reconocimiento. Todo lo contrario. Sin embargo, ya no es suficiente enunciar la perdición del mundo. El periodismo tiene el deber ético y moral de buscar alternativas de futuro para este mundo enfermo de todos contra todos. Mientras no le demos vuelo a las historias de las personas capaces de transformar esta realidad viciosa seguiremos padeciendo ese dolor victimario que desborda los diarios del planeta. Tal pareciera que el dolor es la única narrativa posible en este mundo. Echarnos limón en una herida que nunca cierra. ¡Qué bonita profesión la que hemos escogido nosotros los periodistas!

El mundo, al ser una correlación de significados (como bien sugiere Wittgenstein en su famoso Tractatus Logico-Philosophicus) puede transformarse a partir de un cambio profundo radical en el discurso hegemónico. Los periodistas y los medios solemos dar muchas cosas por hecho cosas que no necesariamente son ciertas. ¿El crecimiento macroeconómico es sinónimo de bienestar? No necesariamente. Y sin embargo, los diarios lo dan por hecho, como si se tratara de una verdad irrefutable. Estamos atrapados en el discurso de un proyecto civilizatorio en crisis. Y mientras la prensa se limite a describir la fatalidad del mundo, apegada a los intereses financieros de los grandes capos de la información, el mundo seguirá jodido tal como está ahora. Hay que anunciar el advenimiento de ese nuevo mundo que está gestándose en algunos rincones del planeta y que los diarios no voltean a ver. De ahí la importancia de que los medios, como escenario donde se libra el debate público en estos tiempos hipermodernos, rompa con los viejos paradigmas para construir un nuevo modelo informativo. La objetividad inspirada en la ciencias formales ya no satisface por sí misma las necesidades de la gente. Algo que parece confirmar la explosión de las redes sociales. El periodismo debe transformarse para poder transformar al mundo.

Y mientras ponemos de nuestra parte para hacer que esto ocurra, la única fotografía de la World Press Photo 2013 que me arrebató el aliento, en la lente del fotógrafo Paul Nicklen.

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El camino a la iluminación: Dogen y el sendero del zen

“Ver las cosas como son, eso es iluminación”, dice Dogen al señor Tokiyori. El sufrimiento ciega, y por ello, en ocasiones somos incapaces de ver lo obvio. Ahí la enseñanza de Dogen, el maestro budista fundador de la escuela Sōtō del Zen, quien exploró por sí mismo las enseñanzas del Buda para liberarse del sufrimiento y alcanzar la iluminación. Y esto es precisamente de lo que habla la película Zen: la vida de Dogen, dirigida por Banmei Takahashi.

“Al depender de otros niegas al Buda que hay en ti”, señala Dogen a Orin, tras la muerte de su hijo y el dolor profundo que experimenta al no encontrar resignación.

El filme narra la búsqueda del monje japonés, quien a través de su fe y la praxis, significó una influencia positiva para aquellos que le rodearon, tal como demuestra Dogen al señor Tokiyori, regente de la provincia de Kamakura, al enseñarle que la única manera de liberarse de los demonios internos es despojarse de las ataduras que nos hacen aferrarnos con desesperación a las cosas que nos hacen daño.

“La conversión significa aceptación. El dolor, la pena y odio de los espíritus es el dolor, pena y odio propio. Debe asumir esa angustia. Pero no puede aceptar esa angustia sin antes abandonar todo su ser”, apunta Dogen, quien utiliza una metáfora lunar para ejemplificar el Buda consustancial que habita dentro de nosotros, aunque a veces lo olvidemos: “aunque las nubes podrían tapar la luna, o pueda desaparecer del cielo, no podemos afirmar que no existe la luna”.

“Si haces mal, cosecharás el maldad. Si haces el bien, cosecharás bondad. Cuando la muerte se aproxime, ni el poder político, ni aquellos que amas, ni la gran fortuna serán capaces de salvarte. Para morir debes estar solo. Todo lo que te acompañará es lo que hiciste en vida. Eso y nada más”.

Otro de los momentos memorables de la película se da cuando Dogen se despide de sus discípulos, recordándoles ejercitar las tres mentes: la mente alegre, la mente bondadosa y la mente universal.

“Estudiar el camino de Buda es estudiar el sí mismo. Estudiar el sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidar el sí mismo es ser iluminado por todo. Ser iluminado por todo es liberar tu propio cuerpo y mente, liberar el cuerpo y la mente de otros”, dice.

Liberarse del sufrimiento significa ser libre de todo apego, incluso el apego a la vida misma, al propio cuerpo. La felicidad habita dentro de uno. Conviene recordarlo a menudo.

El dolor y la vida según Malick

La vida duele. Ese pareciera ser el punto de partida de El árbol de la vida, quinto largometraje en la filmografía de Terrence Malick, el cual le hizo acreedor de la Palma de Oro en 2011.

En este ensayo-ficción sobre la cruel lucha entre las pasiones humanas y la redención implícita en la anhelada búsqueda de la felicidad, el director estadounidense descubre un nuevo lenguaje cinematográfico, una nueva forma de narrar con soltura algo tan complejo como la vida misma.

A partir de retazos cotidianos y reminiscencias de nuestro origen cósmico, Malick se adentra en las contradicciones de la condición humana para explorar temas inherentes al drama de estar vivos: Dios, el miedo, el amor, la muerte, el dolor. Una batalla entre el orden natural de las cosas frente al caos de las pulsiones carnales.

La historia se sostiene en la intimidad de una típica familia estadounidense de los años 50s donde los desplantes de un padre autoritario obsesionado con el éxito (interpretado por Brad Pitt) y la ternura incondicional de una madre (Jessica Chastain) son los referentes principales en al vida de tres niños que van descubriendo el mundo a través del desencanto que implica la muerte paulatina de la inocencia. Tres niños que descubrirán la aflicción de la vida a través de la fatalidad de Dios y sus extraños mandatos, ese señor omnipresente y caprichoso que “envía moscas a heridas que debería sanar”.

De este modo es que Malick hace de las sensaciones más sutiles una experiencia sublime, logrando un discurso sólido en esta pieza donde las imágenes del cinefotógrafo mexicano Emmanuel ´Chivo´ Lubezki (en uno de los mejores trabajos de su carrera) revelan texturas, matices y encuadres que dotan de una carga explosiva al melancólico y áspero mundo al que hace referencia el filme.

Un retrato sobre el dolor primigenio de las relaciones humanas, donde el amor se presenta como la única puerta de escape, tal como reconocen el propio Malick a través de sus personajes: “La única manera de ser feliz es amando. Si no amas, tu vida pasará rápidamente”.

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