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Marx y Adam Smith discuten sobre economía en fluido portugués

Un video muy interesante y muy bien interpretado en el que los dos principales referentes de la economía clásica sostienen una amena charla en portugués.

Las entrañas de una mina de bitcoins

Las tecnologías de la información han cambiado los medios de producción, como bien advertía Castells hace ya más de 15 años. Vivimos un momento histórico donde en lugar de mercancías, las fábricas empiezan a producir datos. Vale la pena seguirle la pista a este asunto de los ‘bitcoins’, sobre todo ahora que la volatilidad de sus precios empieza a estabilizarse. Aquí un ejemplo de cómo funciona una mina de bitcoins en China.

El cártel bancario

La siguiente reflexión surgió a raíz de una nota de la BBC sobre Cómo funcionan los 28 bancos que dominan la economía mundial.


No hay institución más criminal en la faz de la Tierra que los bancos. Y menos aún cuando operan de manera organizada para modificar el valor del dinero mediante operaciones financieras basadas en la mera especulación (otro caso que confirma mi tesis acerca de que el valor de las cosas es determinado por el discurso).

¿Qué pensaría Marx sobre la manera en que el cártel bancario rompe con todas las reglas de la teoría economía clásica? El capital financiero que ha crecido de manera exponencial desde la década de 1980 funciona con dinámicas muy distintas al valor de uso y valor de cambio que sitúan a la fuerza trabajo como la mercancía elemental de la maquinaria económica. A los bancos esto no les importa porque la oferta y demanda se crea no a partir de necesidades, sino a partir de discursos especulativos sobre el futuro, sobre el miedo al futuro. El funcionamiento de las aseguradoras no se puede entender de otro modo.

Muchas de las recurrentes crisis financieras que padecemos funciona bajo esta lógica de irracionalidad, donde el miedo a lo que todavía no ocurre genera ganancias. Y el problema es ese: que los bancos se han adueñado del futuro a través del discurso. De ahí el papel central que tienen hoy en día las llamadas calificadoras de riesgo. Y en este sentido, la prensa y los medios juegan un papel fundamental: alimentar el miedo a través de la especulación exagerada sobre el fin de la humanidad a través de la última enfermedad de moda (AH1N1, zika y un largo etcétera), la próxima guerra mundial, el próximo apocalipsis zombi o incluso los efectos devastadores del cambio climático, funcionan muy bien para alimentar la maquinaria del terror que genera ganancias exorbitantes a los bancos.

Lo cual me lleva a una efímera conclusión: quizá no haya forma más efectiva de acabar con los bancos que despojarnos de nuestro miedo a las imprevisibles contingencias que implica estar vivo. Aceptar la paradoja del caos, quizá sea la clave para salir del atolladero civilizatorio en el que nos encontramos.

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Cocinar la revolución a fuego lento

En un mundo donde la gente muere lo mismo de hambre que obesidad, los científicos buscan la manera alimentar a los 9 mil millones de personas que seremos en 2050, mientras el terreno disponible para cultivar comida se agota a ritmo acelerado. ¿Cómo resolver el problema? Reduciendo la velocidad de nuestros ritmos de vida, sugiere Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, quien considera que para resolver la crisis agroalimentaria del planeta es necesario emprender una revolución en la manera en que nos relacionamos con la comida. Una iniciativa que además de plantear una transformación profunda en los sistemas sociales, busca restablecer el equilibrio energético del planeta.

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Manuel Hernández Borbolla

Nunca antes en la historia de la humanidad se había producido más comida ni se habían desperdiciado más alimentos que en la actualidad. Tampoco se habían padecido simultáneamente epidemias de hambre y obesidad como las que existen hoy en día.

Las señales de alarma están en rojo. ¿Qué pasará con el ser humano cuando el crecimiento acelerado de la población y la falta de tierras cultivables en el planeta terminen colapsando a un sistema alimentario en crisis? ¿Qué pasará cuando estos problemas se agudicen con los efectos del cambio climático y el aumento de los precios de la comida? Son las mismas preguntas que se hacen los científicos del mundo para tratar de evitar un futuro parecido a una película de tintes apocalípticos.

Según un informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Organización de Naciones Unidas, publicado en 2013, la población global pasará de 7,200 millones de personas a 9,600 millones para 2050. Esta tasa de crecimiento significa que diariamente se suman al mundo 200,000 nuevas bocas que alimentar, con lo cual, la ONU estima que hacia 2050 se requerirá incrementar 70% la producción de alimentos a nivel mundial para satisfacer la demanda global de comida.

¿Cómo resolver el problema? Quizá la respuesta sea reducir la velocidad de nuestros acelerados ritmos de vida. Al menos eso es lo que plantea el gastrónomo y sociólogo italiano Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, quien sostiene que alimentar a las próximas generaciones con el actual modelo agrícola representa “una locura”.

“Tenemos una situación insostenible. La humanidad pensó que los recursos de la tierra eran infinitos. No es verdad. El agua, de la tierra o la biodiversidad son recursos finitos. Destruir los recursos de la naturaleza plantea una situación de entropía que genera una crisis muy fuerte. Superar esta crisis con antiguos paradigmas es una locura, no es suficiente en este momento histórico”, afirma Petrini en entrevista con Fitzionario.

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La historia de Petrini como figura pública comenzó en 1986, cuando, armado con un tazón de pasta entre las manos, encabezó las protestas contra la instalación del primer McDonald´s en Italia. La anécdota marcaría una declaración de guerra contra las grandes cadenas de comida rápida y el modelo económico neoliberal que estas representaban, ya que los manifestantes consideraban que la homogenización de los hábitos alimenticios terminaría por erosionar la riqueza cultural de la cocina italiana.

Aunque el emblemático local de hamburguesas terminaría abriendo sus puertas en el corazón de Roma, el movimiento slow (lento) se extendería en los años siguientes por diversos países de Europa mientras el modelo neoliberal permeaba rápidamente en el Viejo continente. En 1989, tomando un caracol como insginia, nacería oficialmente la organización Slow Food en respuesta a los problemas sociales y ecológicos provocados por un mundo obsesionado con la rapidez. A partir de ese momento, el movimiento slow buscaría contrarrestar “la locura universal de la fast life” con el “tranquilo placer material de redescubrir los sabores y aromas de la cocina tradicional”, según reza el manifiesto de la organización. Fue así como una revolución empezaba a cocinarse a fuego lento.

Con el paso del tiempo, el movimiento slow se propagó a otros países de Europa y comenzó a involucrarse en problemas relacionados con la alimentación desde una perspectiva integral que fuera más allá de la gastronomía convencional para incursionar en campos como la física, la genética, el desarrollo sustentable, la antropología y hasta la economía política.

Por ello Petrini considera que los cocineros deben jugar un papel activo en la transformación del mundo. Después de todo, “la gastronomía es todo lo que refiere al hombre cuando come”, tal como alguna vez escribió el jurista francés Jean Anthelme Brillant-Savarin, el padre de la gastronomía moderna, en su célebre tratado sobre La fisiología del gusto, publicado en 1825. Un personaje al que Petrini suele citar con fervor a la hora de explicar la necesidad de realizar cambios profundos en un sistema agroalimentario en crisis, al cual califica como “criminal” debido a sus devastadores efectos tanto sociales como ambientales. La frialdad de los números pareciera confirmar la hipótesis.

En su informe sobre El estado de la agricultura y la comida en el mundo 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) estima que 860 millones de personas en el mundo padecen hambre. Al mismo tiempo, existen 2,000 millones de personas con algún tipo de desnutrición y 1,400 millones con problemas de obesidad.

Y mientras esto ocurre, fenómenos como la degradación del suelo y el cambio climático recrudecerán los problemas relacionados con la producción de alimentos en las próximas décadas.

“En cualquier país del mundo, si uno puede preguntarle a un campesino anciano cómo estaba la fertilidad del suelo hace 40 o 60 años antes, la respuesta es siempre la misma: antes el suelo era más rico, más fuerte, ahora es ‘pobrecito’. 130 años de química para producir mucho más en la primera parte del siglo XX fueron útiles, ahora son una desgracia”, apunta Petrini.

Estimaciones de la ONU señalan que cada año, 12 millones de hectáreas son transformadas en desiertos a causa del hombre y que una cuarta parte de las tierras de cultivo del planeta tienen un suelo altamente degradado.

Un estudio de la ONU, titulado Economía de la degradación de los suelos, señala que la degradación “es principalmente el resultado de la mala gestión del suelo, hambrunas relacionadas con sequías y las percepciones erróneas de la abundante producción de comida, grandes reservas de alimentos en Europa, fronteras abiertas, comida subvencionada relativamente barata, bajos precios del suelo y abundantes recursos hídricos y energéticos”.

Además de esto, los científicos prevén un aumento en los periodos de sequía de diversas regiones del planeta para las próximas décadas, incluyendo a países como México, de acuerdo con el último informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático.

Sin embargo, los efectos podrían ser aún más graves, ya que una caída en la oferta sumada a una creciente demanda de comida provocará un incremento en el precio de los alimentos, situación que podría derivar en una crisis humanitaria sin precedentes al afectar principalmente a los países más pobres. Un escenario que podría estar más próximo de lo que suponemos, ya que de seguir la actual tendencia climática, el precio de la comida podría incrementarse hasta 40% en la próxima década, según el informe Perspectivas Agrícolas OCDE-FAO 2013-2022.

Pero el problema no se reduce a una simple cuestión estadística. Además de la falta de agua y la pérdida de fertilidad del suelo, la acelerada pérdida de biodiversidad es otro de los grandes problemas generados por el actual modelo agrícola basado en el monocultivo, lo cual provoca que cada año se pierda una enorme variabilidad genética que podría ser la clave para contrarrestar las hambrunas del futuro.

“En 110 años, la humanidad ha perdido el 70% de especies endémicas de frutas, verduras y razas animales, porque este sistema alimentario privilegia sólo a las razas fuertes. Si una raza no puede entrar a un supermercado o a una red de distribución, puede desaparecer. ¡Eso es criminal!”, señala el gastrónomo italiano.

¿Cuánta comida produce el mundo? (2010, miles de toneladas)
Cereales 2,476,416
Oleaginosas 170,274
Legumbres 68,829
Raíces y tubérculos 747,740
Vegetales 1,044,380
Azúcar 228,748
Nueces 13,940
Frutas 608,926
Cultivos de fibras 28,143
Carne 296,107
Huevos 69,092
Leche 719,000
Mantequilla 9,044
Queso 20,222
Pescado 88,604
Pescado (acuacultura) 59,873
FAO Stats, 2013 

Para ilustrar la magnitud del problema, Petrini cuenta la historia de la ‘hambruna de la papa’ en Irlanda. Originario de Sudamérica, el tubérculo llegó a Europa en el siglo XVI como una curiosidad llevada por los conquistadores españoles. Sin embargo, pasó prácticamente inadvertida como alimento por más de siglo y medio, en el que fue cultivada como planta ornamental, debido aen gran parte a sus bellas flores, en los jardínes de los reyes. Fue en Sevilla el lugar donde los europeos comenzaron a experimentar con “los nuevos tubérculos” como alimento de los enfermos de hospitales, soldados y animales, debido a su bajo costo. Para finales del siglo XVI, la papa se convirtió en un alimento común en Italia, Alemania, Polonia y Rusia, donde incluso se convirtió en la base para la elaboración del vodka, debido entre otras cosas, a la gran resistencia que la planta presentaba durante el frío invierno europeo.

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Sin embargo, el poder nutricional de la papa fue comprobado al salvar de la hambruna a Alemania durante la llamada Guerra de los Treinta Años, utilizándose como alimento sustituto de la dieta germana ante la caída en las cosechas de cereales. Para el siglo XVIII, los científicos y aristócratas franceses convencieron a la población sobre las ventajas de comer papas.

A partir de entonces, la también llamada patata se convirtió en un alimento común en todo el Viejo Continente, incluyendo países como Irlanda, lugar donde el tubérculo se convirtió en el alimento base de un pueblo oprimido por la hegemonía británica. Debido a que la mayor parte de la propiedad agrícola pertenecía a la aristocracia británica, los campesinos irlandeses cultivaban el trigo que era exportado a Inglaterra mientras ellos se alimentaban con papas cultivadas en el huerto familiar, debido a su alto rendimiento. Las condiciones de pobreza y la dependencia hacia un solo alimento fueron construyendo la catástrofe de manera silenciosa. La crisis detonó cuando repentinamente, una aparición de una plaga provocada por el organismo protista Phytophthora infestans que destruyó casi en su totalidad los cultivos de papa, provocando que el tubérculo se pudriera antes de su recolección. El hambre se convirtió en pandemia, cobrando la vida de un millón de personas que murieron por inanición entre 1845 y1852, además de provocar un éxodo masivo de millones de irlandeses que migraron hacia Estados Unidos, Gran Bretaña y Sudamérica, hecho conocido como la ‘gran diáspora irlandesa’. Los efectos de la catástrofe marcaron la historia del país y continuaron durante décadas. Hasta la fecha, Irlanda no ha podido recuperar los niveles de población previos a la hambruna. Un censo de 1841 contabilizó poco más de 8 millones de personas, cifra que contrasta con los 6 millones 400 mil irlandeses que había en 2011. Una historia de lo que puede suceder cuando se ponen todos los huevos en la misma canasta. Sin embargo, la lección pareciera no haber sido del todo bien aprendida.

Aunque el ser humano ha seleccionado y cultivado más de 7,000 especies vegetales desde que aprendió a hacerlo hace miles de años y existen cerca de 30,000 especies de plantas terrestres comestibles en el mundo, según datos de la FAO, apenas una treintena de cultivos cubren el 95% de nuestras necesidades de energía alimentaria y sólo cinco de ellos —arroz, trigo, maíz, mijo y sorgo— comprenden el 60%. Lo mismo pasa con los animales, ya que los datos más recientes señalan que el 22% de las razas de ganado del mundo están en peligro de extinción.

La FAO estima que en el siglo pasado, alrededor del 75% de la diversidad genética de los cultivos se perdió cuando los agricultores en todo el mundo dejaron de producir variedades locales de ciertos alimentos para cultivar variedades genéticamente uniformes de alto rendimiento. Una pérdida que nos hace cada vez más vulnerables a una epidemia de hambre similar a la que ocurrió en Irlanda, pero con un alcance global. Esto se debe a que la diversidad genética funciona como un escudo para que las especies puedan hacer frente a enfermedades repentinas o fenómenos como el cambio climático.

Un ejemplo de esto se encuentra en una variedad de trigo de Turquía descubierta en la década de 1980, misma que poseía genes resistentes a muchos tipos de hongos causantes de enfermedades, lo cual permite a los fitogenetistas utilizar estos genes para desarrollar variedades de trigo resistentes a dichas enfermedades.

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“La historia de la humanidad nos ha enseñado que cuando se pierde la biodiversidad existe hambre, muerte e infelicidad”, agrega Petrini, quien considera que la manera en que opera el sistema agroalimentario a nivel global ha condenado a la extinción a muchos alimentos que no encuentran cabida en el mercado de la comida ante la estandarización de los hábitos de consumo. Un asunto cultural que fomenta el desperdicio.

La FAO calcula que cada año se desperdicia una tercera parte de la comida producida en el mundo, equivalente a 1,300 millones de toneladas, según el informe La huella del desperdicio de alimentos: impactos en los recursos naturales, publicado en septiembre de 2013.

“La comida no tiene valor, es sólo mercancía, commodity. Se habla del precio, pero no del valor. Son cosas distintas. Detrás del valor de un producto, hay gente que lo trabaja, que lo transforma, que lo vende. Esto es el valor y en todo el mundo entendemos que la comida no tiene valor. ¡Las cosas en el mundo están increíbles!”, sostiene el gastrónomo italiano.

“En Europa el 30% de los productos biológicos van a la composta. ¿Por qué? Porque en la gran distribución, si la zanahoria no es perfecta, no se compra. Si la patata tiene un tubérculo extra, tampoco. El campesino deja esto para hacer composta. Una cuestión estética. Estos productos tienen el mismo valor nutricional pero en la gran distribución no puede entrar al mercado por una concepción nazi-fascista. ¡La estética!”, exclama Petrini.

—¿Esto tiene que ver con que las personas no sean concientes de todo lo que hay detrás de un plato de arroz para que este llegue a su mesa?—, pregunté a Petrini durante su última visita a México, en mayo de 2013.

— Es el resultado principal de un consumismo pasivo. Siempre en la historia de la humanidad, la relación de los hombres con la comida era de trabajo y participación activa, de manera espiritual al interior de las comunidades. Ahora la comida tiene sólo una relación de consumismo. Significa que perdió su visión holística y ahora se le percibe como un carburante, un combustible. Esta situación genera ignorancia, una ausencia de respeto por la naturaleza y las comunidades que producen el alimento. Esta es una situación muy mala porque no hay defensa contra la ignorancia. Se necesita reconquistar el valor de la comida. Comprender que detrás de ella hay gente que trabaja, hay comunidades, hay historia, muchas cosas que la sociedad consumista olvidó totalmente.

Una consecuencia del desapego a la tierra característico de los centros urbanos de todo el planeta luego de que la Revolución Industrial y modificara nuestra relación con la comida, donde el alto consumo energético es una constante.

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La paradoja energética

La comida es sinónimo de energía. A través del metabolismo, los seres vivos transforman la energía contenida en los alimentos para convertirla en el combustible que permite a las células desarrollar diversas actividades: respirar, crecer, reproducirse, responder a estímulos. La vida como la conocemos no podría concebirse sin ese complejo proceso capaz de convertir la energía del sol en movimiento. Una idea base para entender la crisis de la comida que enfrenta actualmente la humanidad a nivel global.

La comida es nuestra principal fuente de energía. A diferencia de los organismos autótrofos —que son capaces de producir su propio alimento al transformar materia inorgánica en energía mediante la absorción de luz solar o la oxidación de ciertos compuestos químicos—, los animales necesitan alimentarse de materia orgánica, proveniente de otros seres vivos, para que las células obtengan la energía necesaria para realizar funciones relacionadas con el metabolismo. De este modo, la comida es una transferencia de la energía capaz de mantener en equilibrio el ciclo de la vida a través de la cadena alimenticia.

Con el descubrimiento de la agricultura y la domesticación de animales hace 10,000 años, los humanos fueron capaces de almacenar importantes cantidades de energía para poder afrontar los tiempos difíciles. Esta acumulación de energía a través de la comida permitió también el surgimiento de la civilización y los primeros asentamientos humanos, situación que modificó por completo el modo de vida nómada que prevaleció durante miles de años.

Con la llegada de la Revolución Industrial en el siglo XIX, la agricultura daría un nuevo giro. Las innovaciones tecnológicas permitieron mejorar los procesos de producción agrícola con el uso de maquinaria. Con una mayor cantidad de comida disponible, el crecimiento demográfico vino acompañado de un crecimiento acelerado de las ciudades y una creciente demanda de energía.

El desarrollo tecnológico en el campo durante los años siguientes hizo posible que la producción de comida diera otro salto con la llamada Revolución verde ocurrida entre 1940 y 1970 en Estados Unidos, la cual permitió incrementar de dos a cinco veces la producción agrícola a través de semillas mejoradas en grandes extensiones de terreno de monocultivo, acompañadas por grandes cantidades de grandes cantidades de agua, fertilizantes y plaguicidas. Los altos rendimientos en la producción de comida provocó que algunos especialistas llegaran a creer que el problema del hambre en el mundo sería finalmente resuelto. El desencanto fue creciendo mientras las pruebas científicas documentaban los efectos negativos de la Revolución verde pero principalmente uno: el deterioro del suelo. Con la pérdida de nutrientes, derivada del monocultivo y el uso de agroquímicos, el suelo se volvió poco fértil. Los rendimientos de las cosechas no volvieron a ser los mismos. Aunado a esto, el alto consumo de insumos hizo que la demanda de energía en el sector agrícola se incrementara drásticamente. De acuerdo con un informe de la FAO, la cadena productiva de la comida utiliza el 30% de la energía producida en el mundo.

Un escenario que plantea un “problema de entropía” en el actual sistema de producción agrícola, según sostiene Petrini. La entropía es un concepto utilizado en termodinámica para medir el desperdicio de energía dentro de un sistema y que permite explicar el desbalance energético en la producción de alimentos. El argumento es simple: no se puede gastar mucha energía para producir poca energía.

“La comida es energía para la vida. Toda la humanidad vive porque come. Si el alimento genera una determinada cantidad de energía y yo utilizo cuatro veces más energía para producirlo, hay una crisis entrópica. No es posible consumir mucha energía para producir poca energía. En el sector de la comida, esto es una gestión dramática”, sostiene Petrini.

¿Cuánta energía se utiliza para producir comida? Era la pregunta obligada. Luego de varios meses de infructuosa búsqueda del dato, decidí realizar mi propia investigación sobre el tema utilizando datos de la FAO, el Banco Mundial y la Agencia Internacional de Energía en 2009. Tras varios meses de investigación, el dato resultó revelador: utilizamos 7.23 veces más energía para producir alimentos en comparación con la cantidad de energía que obtenemos de la comida[1]. Sin embargo, la cifra no considera factores como el enorme desperdicio de comida que existe en el planeta, por lo que el número podría ser aún mayor.

Datos recientes del Banco Mundial parecieran confirmar la hipótesis, ya que por cada caloría de comida desperdiciada, se utilizan entre 7 y 10 calorías para producirla. Esto significa un enorme desperdicio de energía que contribuye a agudizar los efectos devastadores del cambio climático y su tendencia a generar sequías más prolongadas en todo el planeta, lo cual a su vez, podría generar una mayor escasez de alimentos en las décadas siguientes.

Esto es justo lo que ocurrió en 2011 en el Cuerno de África, cuando la sequía provocó una severa crisis alimentaria a lo largo de Somalia, Etiopía, Kenia, Djibouti y Uganda, amenazando la subsistencia de más de 12 millones de personas.

De acuerdo con la FAO, la crisis se agravó debido al elevado precio de los cereales a nivel local, una excesiva mortalidad del ganado, los conflictos y el acceso restringido a la ayuda humanitaria en algunas zonas. Y es ahí donde la dinámica del mercado global de alimentos juega su parte a la hora de generar crisis humanitarias como la que se sigue viviendo en el Cuerno de África, donde incluso la ayuda internacional obedece al lucro de las naciones ricas.

Esto es lo que plantean los investigadores Roger Thurow and Scott Kilman, quienes en su libro Suficiente: ¿por qué los más pobres se mueren de hambre en el mundo en la era de la abundancia? explican la manera en que una buena parte de la economía agrícola de Estados Unidos depende de la ayuda alimentaria que proporciona el gobierno norteamericano a los países más pobres, lo cual genera la quiebra sistemática de agricultores locales en países como Etiopía, incapaces de competir en el mercado con los precios de los granos estadounidenses, generando así un “síndrome de dependencia” alimentaria. Esto ha provocado que muchos etiopes incluso estén más preocupados de que llueva en Iowa, al otro lado del planeta, que en su propio país. Un caso que ejemplifica la manera en que el actual sistema económico genera crisis humanitarias de gran escala.

 

El trabajo fotográfico de Peter Hanzel, reunidos en el libro Hunger planet (Lo que come el mundo) ilustra a la perfección los diferentes hábitos alimenticios alrededor del mundo y las diferencias sobre el acceso a la comida. 

Otros expertos parecen coincidir con este punto de vista. Para el investigador Lester Brown, fundador del Earth Policy Institute, el problema es que la dinámica del mercado está creando una “burbuja alimentaria” que está elevando constantemente los precios de la comida debido al uso indiscriminado de los recursos naturales, tal como ocurrió con el incrmento de los precios de los granos en 2007 y 2008. De acuerdo con el especialista, esto ha provocado que la humanidad esté entrando en una “época de escasez crónica de alimentos, que está dando lugar a una intensa competencia por el control de recursos como la tierra y agua, creando una nueva geopolítica de la comida”.

De ahí el temor de los expertos de que el control de los grandes grupos económicos en la producción, distribución y precios de los alimentos puedan crear epidemias de hambre cada vez más grandes a través de la especulación financiera y prácticas monopólicas. Esto se debe a que el sistema agroalimentario global está diseñado para generar ganancias en lugar de acabar con el hambre.

Y mientras al mismo tiempo que la hambruna hace estragos en los rincones más pobres del planeta, la epidemia de la obesidad a nivel global sigue creciendo aceleradamente. Según datos de la FAO el sobrepeso y la obesidad en adultos aumentó en todas las regiones del planeta al pasar del 24% al 34% entre 1980 y 2008. Esto ha provocado que en regiones como América del Norte, Europa, América Latina y Oceanía, más del 50% de los adultos tengan algún problema de sobrepeso, lo cual ha contribuido a elevar los indices de enfermedades como la diabetes y trastornos cardiovasculares.

Ver: National Geographic- Lo que come el mundo

Los expertos consideran que las principales causas que explican este incremento de la obesidad en las últimas décadas tienen que ver con un cambio en los hábitos alimentarios y el sedentarismo típico de los grandes centros urbanos.

De acuerdo con un estudio de 2006 realizado por Boyd Eaton, investigador del Departamento de Antropología y Radiología de la Universidad de Emory, el principal cambio en la dieta actual, en comparación con la que prevalecía en la antigüedad, está íntimamente vinculada a un mayor consumo de carbohidratos, azúcares y grasas, así como una reducción considerable en la ingesta de proteínas, frutas, verduras y fibra.

Diferencias en la dieta del hombre antiguo y moderno
Antigüedad Modernidad
Grasas

35%

33%
Grasas saturadas 8% 12%
Carbohidratos 35% 50%
Azúcar añadido 2.5% 15%
Proteína 30% 15%
Frutas y verduras 50% 16%
Fibra 100 gramos/día 15 gramos/día
Fuente: S. Boyd Eaton. The ancestral human diet: what was it and should it be a paradigm for contemporary nutrition? Departments of Anthropology and Radiology, Emory University, Atlanta, USA.

Una de las explicaciones más comúnes para explicar este cambio en los hábitos alimenticios de la humanidad tienen que ver con nuestro desarrollo evolutivo aunado a la abundancia de comida que trajo consigo la Revolución Industrial.

“¿Por qué la gente come tanto? ¡Porque puede!”, señala Kelly Brownell, director del Rudd Center for Food Policy and Obesity de la Universidad de Yale.

Esto se debe a que no comemos para satisfacer el hambre, sino simplemente porque la comida está ahí. El desarrollo evolutivo de nuestro cerebro hizo que la comida rica en grasa y azúcares detone nuestras ganas de comer aún cuando estemos satisfechos, ya que el cerebro le manda el mensaje al cuerpo de que recoja toda la energía disponible para soportar las épocas de carestía. La misma situación que permitió la superviviencia de nuestros ancestros explica también la epidemia de obesidad que existe en prácticamente todo el planeta y principalmente en las sociedades industrializadas, donde la comida suele estar siempre disponible con un mínimo esfuerzo. Basta con marcar el teléfono para recibir una pizza en pocos minutos y sin necesidad de salir de casa.

De ahí que Petrini considere que la manera en que la comida es un problema no solo ambiental, sino también de economía política, ya que los patrones de consumo en el actual modelo civilizatorio promovido desde occidente ha provocado que la comida haya perdido su valor en términos culturales.

Una situación preocupante que implica buscar nuevas maneras de abordar el problema de la alimentación a nivel global, ya que los métodos promovidos por el actual modelo económico para aumentar la producción de comida son incapaces de resolver el problema, ya que el sistema económico hace que el sistema agroalimentario esté diseñado para generar dinero en lugar de acabar con el hambre. Esto explica el por qué avances tecnológicos como los generados durante la Revolución verde y más recientemente con los organismos genéticamente modificados, son incapaces de resolver por sí mismos el problema de la alimentación global mientras exista un sistema económico que fomenta el desperdicio en los países ricos al mismo tiempo que genera epidemias de hambre entre los sectores más pobres de la población global.[]

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La comida que produce el mundo

De los aproximadamente 2.3 millones de toneladas de cereales que actualmente se producen, aproximadamente mil millones de toneladas se destinan a uso alimentario, a 750 millones de toneladas se emplea como alimento para animales, y los restantes 500 millones de toneladas se procesan para el sector industrial.

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Los 10 alimentos con mayor producción en el mundo (toneladas)

1 Caña de azúcar 1,800,377,642
2 Maíz 885,289,935
3 Arroz 722,559,584
4 Avena 701,395,334
5 Leche 614,578,723
6 Papas 373,158,351
7 Remolacha azucarera 273,500,615
8 Vegetales 268,833,780
9 Soya 262,037,569
10 Mandioca 256,404,044

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Los 10 alimentos más producidos en México

1 Caña de azúcar 49,735,273
2 Maíz 17,635,417
3 Leche 10,724,288
4 Narnajas 4,079,678
5 Avena 3,627,511
6 Carne (pollo) 2,757,986
7 Huevo 2,458,732
8 Tomate 2,435,788
9 Carne (ganado) 2,190,100
10 Limones 2,147,740

 

Fuente: FAO, 2011

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Las tres grandes etapas del hombre y al comida

Según The Cambridge World History of Food, la historia de la alimentación de la humanidad puede dividirse en tres periodos:

Hace 1.5 millones de años – Mioceno y pleistoceno. Los ancestros del ser humano comenzaron a preparar plantas crudas y comían restos de carne que dejaban otros depredadores

700,000 años – En el medio pleistoceno. El hombre se convierte en cazador de especies cada vez más grandes como bisontes, caballos y mamuts. La alimentación de plantas sigue jugando un papel importante.

10,000 años – Domesticación de animales. Pasa de la recolección de plantas al cultivo de plantas.

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Un problema que crece rápidamente

La población global pasará de 7,200 millones de personas a 9,600 millones para 2050, según un informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU publicado en 2013. Esta tasa de crecimiento significa que diariamente se suman al mundo 200,000 nuevas bocas que alimentar. La ONU estima que hacia 2050 se requerirá incrementar 70% la producción de alimentos a nivel mundial para satisfacer la demanda de comida.

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Sin agua y tierra disponible

La agricultura utiliza actualmente el 11% de la superficie terrestre para la producción de cultivos y utiliza el 70% del agua total extraída de acuíferos, ríos y lagos. En últimos 50 años las tierras de cultivo se han extendido 12% y la producción agrícola prácticamente se ha triplicado. Sin embargo, la ONU advierte que las tasas de crecimiento de la producción agrícola han ido disminuyendo, lo cual aumentará los conflictos por la disputa de recursos como la tierra y el agua, según el informe El estado de los recursos de tierras y aguas del mundo para la alimentación y la agricultura.

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La escasez por cambio climático

El sector agrícola es un emisor importante de gases de efecto invernadero, pues origina el 13.5% de las emisiones globales. El cambio climático supone riesgos adicionales para los agricultores ante una creciente aridez y cambios en los regímenes de lluvias, así como la creciente incidencia de los fenómenos climáticos extremos.

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Hambre y obesidad

Los números son elocuentes. En su informe sobre El estado de la agricultura y la comida en el mundo 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) estima que 860 millones de personas en el mundo padecen hambre. Al mismo tiempo, existen 2,000 millones de personas con algún tipo de desnutrición y 1,400 millones con problemas de obesidad.

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[1] NOTA: La metodología utilizada para obtener el dato sobre la cantidad de energía utilizada para producir comida frente a la energía de los alimentos producidos, fue la siguiente:

  1. De acuerdo con datos de la FAO de 2009, en promedio, cada persona en el planeta consumió 2,831 kilocalorías por día. (FAOSTAT)
  2. El Banco Mundial estima que en 2009 había 6,805,251,332 de personas en planeta
  3. Al multiplicar las kilocalorías por persona, por 365 días del año, por el número de personas que el BM estimó para 2009, obtenemos que la población global consumió 7,031,968,280,125,580 kcal en 2009.
  4. Al convertir kcal a PJ, obtenemos 29,434.412 PJ consumidos por la población global en 2009.
  5. De acuerdo con la FAO, la cadena productiva de la comida utiliza el 30% de la energía producida en el planeta (Energy-Smart Food at FAO: An Overview, pag. 6 http://www.fao.org/docrep/015/an913e/an913e.pdf)
  6. De acuerdo con la Agencia Mundial de Energía, el mundo consumió 709,572 PJ en 2009 (http://www.iea.org/Sankey/index.html#?c=World&s=Balance)
  7. Al hacer la conversión para obtener el 30% del total de energía consumida en 2009, obtenemos que el sistema de producción y distribución de comida utilizó alrededor de 212,871.6 PJ en 2009.
  8. Al dividir la energía utilizada en el sistema de producción y distribución alimentaria entre la energía consumida por la población global a través de la comida, obtenemos que la energía utilizada para producir comida fue 7.23 mayor a la energía consumida a través de la comida durante 2009.
  9. NOTA: Sin embargo, dicha estimación no contempla el desperdicio de comida que va directo a la basura, por lo que el desperdicio de energía podría ser todavía mayor.

Bitcoin: dinero digital sin intermediarios ni banqueros multimillonarios

La idea que fundamenta la aparición del Bitcoin, la primera moneda digital P2P de código abierto, es particularmente sugerente: dinero sin intermediarios. Lo trascendente no es el cambio de dinero físico a digital, como suelen destacar los medios, sino las posibilidades que ofrece para rediseñar el sistema monetario global sin la participación de los bancos.

Lo más sorprendente, desde mi perspectiva, es que cada usuario poseedor de un Bitcoin tiene una copia digital con información de todo el dinero circulante en la red, lo cual permite a los usuarios conocer de manera directa cuánta moneda circulante existe en el ciberespacio, situación que hace inoperante la figura de los bancos centrales, encargados de regular la emisión de moneda.

Además, el sistema de código abierto impide, al menos en teoría, que se puedan realizar transacciones inusuales, ya que el sistema creado mediante un algoritmo matemático es capaz de detectar una anomalía en la concentración de Bitcoins, generando una alerta y sacando de la ecuación dichas operaciones irregulares mediante un complejo cómputo de datos realizado a través de mineros, es decir, personas que utilizan su equipo de cómputo para realizar las operaciones requeridas por el sistema diseñado presuntamente diseñado por el fantasmal Satoshi Nakamoto (el cual se supone es el pseudónimo de la persona o el grupo de personas que diseñaron el protocolo Bitcoin en 2008 y que crearon la red en 2009).

“No sólo es rápido, barato y sencillo. En Bitcoin todo el que participa tiene el mismo poder. No hay banqueros porque no hay bancos. Y no hay bancos porque no son necesarios: la gente puede controlar su propio dinero”, aseguró Mike Hearn, desarrollador de Bitcoin Core, en un texto publicado por la BBC en noviembre de 2013.

Más allá de qué tan funcional es actualmente el Bitcoin, lo más interesante es las muchas posibilidades que plantea. Pensar la economía de otro modo a partir del desarrollo de las tecnologías de la información, permiten replantear el funcionamiento de la economía y el papel que desempeñan los bancos, actores centrales en el sistema financiero global a partir del cual se articula buena parte de los grupos de poder que controlan el destino de la humanidad. De ahí que la connotación política y filosófica que conlleva el concepto del Bitcoin, haya despertado la curiosidad de muchas personas que, como yo, creemos que existen otros modelos civilizatorios posibles que puedan acabar con los vicios del capitalismo moderno que continúa generando estragos por doquier. Vale la pena pensar en ello.

Piketty, el economista que desnudó al capitalismo salvaje del siglo XXI

 

El economista francés Thomas Piketty ha desatado la furia de los neoliberales con el éxito de su libro El capital en el siglo XXI, el cual ha sido comparado con grandes obras de la teoría económica clásica, desde El capital de Marx hasta La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Lo más curioso es el entripado que dicho libro desató entre los editores de la revista británica The Economist, uno de los mayores referente ideológicos de la derecha neoliberal a nivel global. ¿La razón? El estudio de Piketty arroja argumentos contundentes (según afirman quienes lo han leído) sobre la manera en que los grandes rendimientos del capital privado terminan por debilitar el crecimiento económico de las naciones en el largo plazo, luego de hacer una revisión exhaustiva con datos de 30 países durante los últimos 30 años. La ecuación es simple: r > g (donde r es igual a rendimiento económico del capital y g es crecimiento económico). Una grieta estructural que, aunada al crecimiento exponencial e insostenible de la desigualdad social, golpea las entrañas del sistema económico vigente. De ahí la enorme molestia que ha generado entre los conservadores. Interesante tema para seguirle la pista.

BBC: Thomas Piketty, la nueva estrella de la economía mundial

The Guardian: The Piketty phenomenon: big picture economics

The Economist: Thomas Piketty’s “Capital”, summarised in four paragraphs

Sigo siendo demasiado ingenuo

Leo los comentarios en Facebook, en Twitter y en las noticias. Unos piden que el gobierno ponga “orden” contra los güevones que toman las calles. Otros protestan contra la represión del gobierno contra los manifestantes. Los primeros se quejan que los manifestantes no los dejan trabajar. Los segundos salen a las calles porque les ha sido negado un empleo digno. Las imágenes se repiten: policías contra manifestantes entre palos, bombas molotov, gases lacrimógenos, gritos. La ola de violencia crece como la espuma, pero pocos, muy pocos diría yo, parecieran entender lo que sucede.

La ilusión de la separación los ha cegado. Todos defienden lo suyo sin importarles un carajo el daño que generan por igual sus acciones y su indiferencia siempre omisa. Salir a las calles para protestar o presenciar el drama nacional desde la tele. Los bandos están bien definidos. Y mientras tanto la ira crece, crece y crece. Llegará a un punto en que la ira se desborde, se salga de control y empiece el diluvio de sangre. Ejemplos en el mundo sobran. Ahí está Egipto, ahí está Siria. En México muchos creen que llegar a ese punto es imposible. ¡Qué ingenuos! Cuando la gente no tiene nada que perder sale a jugarse el pellejo sin reparar mucho en las consecuencias. Ahí están los anarquistas como un ejemplo cercano.

Y mientras eso ocurre los políticos planean privatizar el petróleo y aumentar los impuestos. ¿Para qué? Para “modernizar” a México, dicen. Pareciera que “modernizar” se ha convertido en la solución a todos nuestros males, sin importar el ambiguo significado del término. Al mismo tiempo, la corrupción sigue devorando a este país. La impunidad está ahí, a flor de piel, tan evidente, tan abominablemente evidente. Un retrato obsceno de cómo están las cosas en este país con olor a podrido. La descomposición gradual del gobierno ha provocado que la confianza de los mexicanos en las instituciones vaya en picada, un fenómeno provocado por una crisis política que ha producido gobernantes de dudosa legitimidad. ¿Y qué pasa cuando la gente encuentra agotada la vía institucional para satisfacer sus demandas? Sale a las calles a protestar pacíficamente (en el mejor de los casos) o a agarrarse a palos con la autoridad. La crisis institucional en México es profunda. ¿Quién confía en los políticos? ¿Quién confía en las fuerzas armadas? ¿Quién confía en los medios de comunicación? ¿Quién confía en las instituciones religiosas? ¿Quién confía en la buena voluntad de sus empleados o sus empleadores?

La gente vomita su enojo en internet sin entender qué coños pasa. Y cuando la gene está enojada se cierra, no hay posibilidad de diálogo. Es entonces que somos más propensos a enfrascarnos en una guerra fraticida donde la ley del talión sea la única ley posible en un país donde la ley solo sirve para favorecer los intereses de las élites en el poder. De ahí que las reformas legales tengan ese tufo de “ajuste de cuentas” característico de los grupos criminales. En este diálogo de sordos la fatalidad es la única salida posible. Lo peor es que nadie pareciera darse cuenta de lo que se viene. Las señales son muy claras para quien las quiera ver. El problema es que nadie quiere ver otra cosa que no sean sus propios intereses. El egoísmo social que padecemos marca la pauta en esta crónica de una tragedia anunciada que vamos escribiendo a diario. Triste. Muy triste. ¿Se podría evitar la ruina como el único camino posible? Sí, por supuesto que sí. El problema es que no hay voluntad de cambiar, de cambiar en serio y asumir las consecuencias que eso implica. Nadie está dispuesto a sacrificar nada para construir el bien común. Me gustaría que la gente entendiera. Las alarmas suenan cada vez con más fuerza y yo todavía no encuentro la manera de transmitir esto que a mis ojos resulta tan claro. Por eso escribo como desesperado, para tratar de mitigar esta impotencia de ver cómo todo se va al carajo mientras la gente observa, pasivamente, el advenimiento de la ruina desde el balbuceo idiota del televisor y el cómodo resguardo de la indiferencia. Nadie escucha cuando todos gritan. Y sin embargo no pierdo la esperanza de que la gente abra sus corazones y entienda. Sé que pido demasiado. Intento resignarme, pero no puedo. Sigo siendo demasiado ingenuo.

El miedo de Galeano

Aforismos del escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien hace una radiografía del miedo en las postrimerías de la modernidad europea marcada por el liberalismo económico y otras linduras.

El valor de los recursos naturales

La destrucción de los ecosistemas y la acelerada tasa de pérdida de biodiversidad del planeta no podrían entenderse sin la aparición de la Revolución Industrial y el capitalismo salvaje que predomina en el modelo de civilización occidental que se ha dispersado por el orbe debido a la globalización. ¿Qué hacer para detener la hecatombe ambiental que a su vez está potencializando el problema a través de fenómenos como el cambio climático? Revalorar los recursos naturales. Si se contabilizara todo el daño ambiental que se genera con el porceso de producción imperante en el mundo, las ganancias se convierten en pérdidas. De ahí que durante su plática Pavan Sukhdev, el “banquero de la naturaleza”, da en el clavo a la hora de explicar la raíz del problema: “nuestra incompetencia para detectar la diferencia entre beneficios públicos y ganancias privadas”.

El robo bancario explicado por una niña de 12 años

Clases de economía en 6 minutos cortesía de Victoria Grant, niña de 12 años que explica con gran claridad cómo los canadienses pagan con deuda pública las fortunas inconmensurables de los bancos. Lo increíble es que muchos universitarios no tengan ni la más remota idea de cómo funciona esto de la economía global, diseñada pa enriquecer a unos pocos a costa de la desgracia de los muchos. Ah y por cierto, pa los neófitos en temas políticos, la derecha es y ha sido la principal defensora de los abusos bancarios, como se explica un post anterior. Ahí se los dejo de tarea.

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