Archivo del sitio

El Estado absolutista, una revisión a la obra de Perry Anderson

 

“El poder político es simplemente el poder

organizado de una clase para oprimir a otra”

Karl Marx

Luigi_XVI_di_Francia_1

Quizá la famosa frase que define la figura del déspota ilustrado, L’êtat c’est rnoi (el estado soy yo) atribuida al monarca francés Luis XVI, no podía estar más lejos de la verdad, tal como lo enunciarían algunos estudios posteriores sobre el estado absolutista, ya que precisamente fue la creación del estado lo que terminó por precipitar la caída del sistema político que pretendía defender.  A pesar de que la mayoría de las definiciones del absolutismo enuncian como característica principal de esta etapa histórica, la concentración del poder en la figura del rey, lo cierto es que ocurrió todo lo contrario, ya que aunque el rey seguía ejerciendo un papel determinante al aglutinar a las fuerzas políticas dominantes de la época, la creación de diversas instituciones emanadas del surgimiento de los estados nacionales provocaron un deterioro lento y progresivo por parte del control de la nobleza, la cual terminaría por colapsarse con el ascenso al poder al término de las revoluciones burguesas de los siglos posteriores.

En su libro El estado absolutista, el historiador inglés Perry Anderson realizó un estudio minucioso y bien fundamentado estudio sobre las causas que provocaron un cambio radical en el sistema político y económico de la Europa feudal y que tras una serie de sucesos terminarían por poner los cimientos para que la burguesía accediera al poder algunos siglos después.

“Los cambios en las formas de explotación feudal que acaecieron al final de la época medieval no fueron en absoluto insignificantes; por el contrario, son precisamente esos cambios los que modifican las formas del Estado. El absolutismo fue esencialmente eso: un aparato reorganizado y potenciado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional, a pesar y en contra de las mejoras que habían conquistado por medio de la amplia conmutación de las cargas. Dicho de otra forma, el estado absolutista nunca fue un árbitro entre la aristocracia y la burguesía ni, mucho menos, un instrumento de la naciente burguesía contra la aristocracia: fue el nuevo caparazón político de una nobleza amenazada”.

Esta serie de cambios pueden explicarse a través de la crisis del sistema feudal, ya que la mejora de las técnicas agrícolas y el consiguiente incremento del comercio, a partir del siglo XIII, provocaron que una cada vez más poderosa clase burguesa comenzara a presionar a la nobleza en el poder para que se facilitara la apertura económica de los espacios cerrados de las urbes, se redujeran los tributos de peaje y se garantizaran formas de comercio seguro, factores que hicieron posible que la nobleza realizara algunos ajustes en el sistema político para mantener el control, tal como lo afirma Anderson al referir que el estado absolutista no es otra cosa que “un rediseño del aparato feudal de dominación con el fin de devolver a la masa campesina a su rol social original, luego de que ésta ganara la conmutación de cuotas”.

Debido a esto, la clase en el poder tuvo la necesidad de reorganizar su estructura política y económica, por lo que el viejo modelo de ciudades estado dominadas por un señor feudal se transformó en el surgimiento del estado nacional, luego de que entre las prioridades del poder estuviera la centralización de la administración pública, lo cual a su vez, provocó el surgimiento por parte de una serie de instituciones que hicieran más fácil la administración del estado, tal como lo evidencia Anderson al enunciar que “el estado absolutista fue una transición del poder entre la nobleza feudal y el sistema capitalista. Por ello, durante el absolutismo el sistema feudal presentó síntomas de crisis en el poder de clase: el advenimiento de las revoluciones burguesas y el surgimiento de los estados capitalistas”, y no un árbitro entre las dos clases, como pensaba Federico Engels.

Sin embargo este proceso de cambios radicales no estuvo exento de ironías, ya que por ejemplo, mientras garantizar la seguridad de la población se convirtió en una de las prioridades del estado, esto provocó que el señor feudal fuera perdiendo gradualmente el control absoluto de los vasallos, al tiempo que la creciente burguesía afianzaba su dominio sobre el sistema burocrático necesario para que el estado pudiera ejercer sus funciones, lo cual se traduciría, siglos más tarde, en la toma del poder político por parte de una fortalecida burguesía.

Entre las características más importantes de esta serie de transformaciones, se encuentra la creación de instituciones políticas tales como el ejército, sistema tributario, la burocracia, los tratados comerciales o la diplomacia, las cuales hicieron que el estado ganara peso en el poder y mayor legitimidad entre la sociedad al tiempo que solucionaban problemas de organización política.

Asimismo, esta serie de estructuras darán pie a la aparición y conformación del mercado interno y externo, uno de los puntos de apoyo más importantes para que la burguesía fuera ganando terreno dentro de la disputa de clases por el poder, ya que a partir de esta etapa, la burguesía jugaría un rol decisivo en el cambio de las políticas económicas del estado.

Aunque es cierto que dentro de esta etapa el mercantilismo y la acumulación de riqueza representó uno de los ejes del sistema económico, donde el estado regulaba la cantidad de importaciones y exportaciones mediante la imposición de aranceles, lo cierto es que a partir de entonces, el comercio sería la actividad económica que empezaría a marcar la pauta de lo que sucedería siglos más tarde hasta la actualidad, ya que desde entonces, la guerra sufriría una transformación sustancial, pues no sólo era un mecanismo de controlar el territorio y extraer riqueza, sino un medio para abrir nuevos mercados y por ende en una parte fundamental del sistema capitalista, a diferencia de lo que afirmara Anderson al señalar que, en aquel entonces, “la morfología del estado no corresponde a una racionalidad capitalista, sino a una creciente memoria medieval en cuanto a las funciones de la guerra”, ya que a pesar de que efectivamente, existía toda una estructura en torno a la guerra, ésta empezaba a tomar un rumbo diferente que se haría más notorio con el paso del tiempo.

Es por eso, que las alianzas entre señores eran más comunes, ya no tanto para la guerra, sino para permitir el desarrollo económico de sus respectivos territorios, donde la figura del rey fue el elemento aglutinador de dichas alianzas.

Por otra parte, a medida que el absolutismo político se impone y desarrolla la teorización sobre algunos problemas derivados de la justificación del poder, tales como el derecho divino de los reyes y la limitación de su poder, las bases de la sociedad política, el desarrollo de la conciencia nacional y su fundamento, justificación y límites incluida la reconsideración de la relación de la iglesia con el estado.

 

 

La ruptura en el pensamiento político

La percepción del poder y los gobernantes en occidente sufrió cambios importantes. La pujante clase burguesa empieza a cuestionar el poder del monarca conforme va subiendo en la escalera del poder. Para una sociedad donde la ciencia empezaba a dar sus primeros pasos, la religión dejó de ser válida para que los monarcas reinantes pudieran justificar el origen de su mandato.

Esta etapa fomentó la aparición de algunos de los primeros pensadores políticos modernos tales como Maquiavelo o Hobbes, cuyas ideas serían un antecedente importante para poder entender el desarrollo del pensamiento que dio origen a las revoluciones burguesas.

Para Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna, el asunto del poder estaba lejos del compromiso ético que en alguna ocasión plantearon los griegos clásicos como Platón o Aristóteles. Para Maquiavelo el poder es la capacidad de obligar a otros a la obediencia. En el ejercicio del poder rechaza cualquier norma ética o moral en favor de la razón de Estado y la eficacia. Todo es válido en la práctica del poder.

Maquiavelo, uno de los primeros analistas políticos de la historia, era partidario del Estado republicano, aunque consideraba que en situaciones difíciles es necesario acudir a un príncipe que mantenga el orden. La anarquía es el peor de los males, y un príncipe es preferible a la anarquía, además de que consideraba que existía un ciclo inevitable en las formas que adopta el Estado: monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia y anarquía, esta última fase ha de ser evitada con el recurso a un príncipe fuerte, con lo que se vuelve a la monarquía.

Por ello en su libro más famoso, El príncipe, Maquiavelo hace una serie de recomendaciones para mantener el poder a toda costa: estudiar lo que la gente quiere, emplear la violencia con medida y mantener al pueblo contento, para lo cual, si es necesario, ha de instrumentalizar la religión para conseguir sus fines políticos. También puede utilizar la censura para evitar que el pueblo se corrompa, y ha de proporcionarle: educación cívica y amor a la patria.

Uno de los puntos más innovadores del pensamiento maquiavélico es la construcción del concepto de Estado de Derecho, pues consideraba que un país es afortunado cuando tiene unas leyes que le hacen continuar como país, le sostiene y a las que todos están sometidos. Para ello, es necesaria la ley y la moral del pueblo, pero el príncipe está por encima de ella, en virtud de la razón de Estado y la eficacia política.

Estas aportaciones al pensamiento político de la época inicó una serie de cambios en los sistemas de poder. El aporte de Maquiavelo abrió camino a la modernidad en su concepción política y a la reestructuración social.

Asimismo, las aportaciones de Hobbes también representaron una ruptura con el pensamiento que justificaba al Estado Absolutista. Para Hobbes, el estado de naturaleza es un estado de guerra y de anarquía donde los hombres son iguales por naturaleza. No existe noción de los justo y de lo injusto, y tampoco la de propiedad. No hay industria, ni ciencia, ni sociedad. Hobbes se opone, con esta visión pesimista, a los teóricos del derecho natural y a todos aquellos que disciernen en el hombre una inclinación natural a la sociabilidad. Dentro de estos parámetros, las nociones de lo moral y lo inmoral, de lo justo y de lo injusto no tienen allí cabida. Donde no hay un poder común, no hay ley; y donde no hay ley, no hay injusticia.

Hobbes define al Estado como “una persona de cuyos actos, por mutuo acuerdo entre la multitud, cada componente de ésta se hace responsable, a fin de que dicha persona pueda utilizar los medios y la fuerza particular de cada uno como mejor le parezca, para lograr la paz y la seguridad de todos” y se dice que un Estado ha sido creado o instituido cuando “una multitud de hombre establece un convenio entre todos y cada uno de sus miembros, según el cual se le da a un hombre o a una asamblea de hombres, por mayoría, el derecho de personificar a todos, es decir, de representarlos”, según expresó el autor en su libro Leviatán.

Estos razonamientos revolucionarios resultan aún más contundentes luego de que el pensador inglés argumentara que “si los súbditos no pueden cambiar de forma de gobierno, y por lo tanto están sujetos a un monarca , pueden abolir la monarquía sin su aprobación y volver a la confusión propia de una multitud desunida”.

Estos preceptos sirvieron de base para la implementación de los primeros sistemas parlamentarios, un antecedente importante que buscaba limitar el poder del gobernante. El parlamentarismo surge en Inglaterra hacia 1640 (aunque existen referencias muy parecidas en el siglo XIII) y durante un breve plazo de tiempo, hasta que Cromwell instaura la dictadura en 1649. No obstante, ésta primera irrupción del modelo va a mostrar ya sus rasgos fundamentales. En primer lugar, el Parlamento era una asamblea popular elegida por los ciudadanos en igualdad de condiciones y que gozaba de todos los poderes del Estado, sin que fuera posible violentar su autonomía; en segundo lugar, lo que hoy conocemos como el poder ejecutivo estaba sometido plenamente a la asamblea; y en tercer lugar, el parlamento sólo podía ser disuelto por el propio pueblo que lo había elegido. El triunfo definitivo del régimen parlamentario ocurre con la Revolución Gloriosa en 1688, a partir del cual el Reino Unido aplicó el mismo de manera integral.

En el continente europeo se habrá de esperar hasta la Revolución Francesa para que se atisbe un modelo de representación democrático-parlamentario similar, que indisolublemente va unido a la división de poderes formulada por Montesquieu, dentro del periodo con el que inician las revoluciones burguesas.

La ironía más grande en que cayeron los monarcas durante el Estado Absolutista, es que al buscar las herramientas necesarias que les permitieran extender sus dominios y por ende, acrecentar su poder, abrieron la puerta para que la pujante clase burguesa adquiriera los conocimientos necesarios para administrar el Estado, tomando posiciones claves que decicidirían el curso de la historia occidental tras las primeras guerras por tomar el poder y reconstruir la visión del Estado moderno.

La soberbia de Luis XVI es un síntoma ineludible de la miopía política del monarca francés. El Estado no podía entenderse a través del monarca, sino a través de las diversas instituciones y estructuras sociales, políticas y administrativas que contribuyeron a que el poder absoluto se repartiera entre algunos más (no necesariamente de forma equitativa). Quizá en el momento no lo supo, pero al crearse las bases del Estado moderno, Luis XVI y el poder absoluto que representaba, terminaron cavando su propia tumba.

(Texto escrito en 2009 y rescatado del archivo personal).
Fuentes:

Perry Anderson. El Estado Absolutista. Siglo XXI. México. 1985.

A %d blogueros les gusta esto: