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La sabiduría del baba

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I
Las personas son como la leche

 

“Baba, ¿por qué hay personas que no entienden?”, preguntó Mariska al sabio.

El viejo baba respondió que las personas son como la leche.

De un litro de leche, apenas el 25% es leche auténtica, el resto es agua. Cuando cocinas la leche y la pones bajo la lumbre, solo un pequeño porcentaje de esta, se convierte en ‘ghee’, la mantequilla más pura, usada como ofrenda a los dioses en antiguos rituales.

Para el sadú, solo unas pocas personas son como la leche: almas que buscan la verdad. El resto son insustanciales, como el agua, seres que se mienten a sí mismos. Y de entre las personas inquietas que son como la leche, solo unas pocas pueden refinarse lo suficiente hasta ser purificados, como el ‘ghee’.

Las personas verdaderas son como la leche. Pero sólo unos pocos serán dignos de ofrendar su alma a los dioses.
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II
La furia de Kali

 

Mariska también le preguntó al sabio sobre la diosa Tara, la estrella.

El baba relató que Kali, la diosa madre del hinduismo, fue creada por Brahma para exterminar a los demonios que asolaban la tierra. Kali, furibunda y apasionada, despedazó a los demonios con su imponente fuerza. Pero la diosa, imparable, se volvió adicta a decapitar demonios y otros seres. Fue entonces que los dioses, Visnú y Shiva, se reunieron para discutir cómo calmar la furia de Kali, cegada por su insaciable sed de sangre.

Recordé de pronto, que yo tuve una novia como Kali. Me interesó saber qué habían resuelto los dioses, y le pedí a Mariska que me siguiera narrando la historia, tal como le fue contada por el baba.

Resulta que Visnú y Shiva decidieron someterse a la furia Kali. Se disfrazaron de demonios y se recostaron sobre el suelo, para dejarse vencer por la intempestiva mujer. La diosa aplastó a los dioses con el pie, y levantó el brazo en señal de triunfo, lista para degollarlos. Fue entonces que Shiva aprovechó la oportunidad, para convertirse en cobra y asustar a Kali, valiéndose de su imponente presencia.

La diosa se dio cuenta que su víctima era en realidad el dios Shiva, y cobró conciencia de la verdad y sus propias acciones. Kali se iluminó y su convirtió en estrella, en la diosa Tara. Desde entonces brilla en el cielo, purificada, libre de ira.

“Yo intenté lo mismo con mi exnovia”, le comenté a Mariska. “Sólo que quizá falló mi transformación en cobra”.

Moraleja: tengo que practicar más mis movimientos de cobra.
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III
La puerta del cielo

 

El baba también contó a Mariska que Rishikesh es el lugar donde las personas vienen a buscar la conexión con lo divino, el lugar donde uno se sienta a meditar para disolverse en lo eterno. El baba cuenta que cuando los reyes venían a este lugar, se convertían en seres ordinarios por un momento, dejaban a un lado sus riquezas y se sometían a las fuerzas de la naturaleza y la instrucción de los sabios, para poder conectarse con Dios.

Pero también le contó que la ciudad de Hardiwar -que se encuentra a una hora de camino de Rishikesh- es en realidad un portal donde empieza el camino al cielo.

Pero así como Hardiwar es el portal que conecta la tierra con el cielo, también es un lugar donde el velo de maya es muy fuerte: la gente ambiciona el dinero, los placeres materiales. Por ello, antes de alcanzar el cielo, la gente debe bañarse y beber de las aguas sagradas del río Ganga.

Pero Hardiwar es apenas el inicio de la travesía. Una vez iniciado el trayecto, se pasa por otros lugares sagrados, como Kedarnath, pueblo ubicado en la coordillera del Himalaya. Ahí, en las montañas, justo donde comienza la escalera al cielo, vivía un hombre con su esposa y sus cinco hermanos. Todos ellos decidieron transitar las peligrosas escalinatas, que atraviesan nevadas cumbres y pronunciados precipicios. El camino es tan peligroso que por eso muy pocos llegan al cielo. Aún así, el hombre, acompañado de los suyos, decidieron emprender la travesía. La primera en morir fue la esposa, al caer por un precipicio. El hombre se entristeció pero siguió caminando. Uno a uno, sus cinco hermanos también cayeron al abismo, hasta que se quedó solo, pero el hombre siguió adelante, sin mirar atrás. Fue entonces que el hombre se encontró con un perro en lo alto del camino. El can le acompañó durante la dura travesía y también lo guió por algunos senderos secretos. Ambos sortearon grandes peligros. El hombre se encariñó con el perro, que se convirtió en su amigo, su fiel compañero. Finalmente, el hombre y el perro llegaron a las puertas del cielo. Los dioses permitieron la entrada del hombre pero prohibieron el ingreso del perro. “Tú puedes pasar, pero el perro no”, dijeron los dioses.

El hombre se negó a entrar al cielo sin su amigo.

“Si el perro no puede entrar, yo tampoco, porque él me guió hasta aquí”, dijo el hombre. Fue entonces que el perro se convirtió en el dios Visnú, el preservador, y todos juntos lograron ingresar al cielo.

Esa es la historia que el baba relató a Mariska. A ella le sorprendió que el hombre decidiera no entrar al cielo sin el perro, aún cuando en el accidentado trayecto perdió a su esposa y sus hermanos.

El perro, símbolo de la nobleza y la compasión, era en realidad Visnú. Para entrar al cielo uno tiene que dejarse guiar por el instinto, la desinteresada bondad que caracteriza a los perros, y vive también en el corazón de las personas.
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De colores

“No se puede transmitir la sabiduría y percepción a otra persona. La semilla ya está ahí. Un buen maestro toca la semilla, lo que le permite despertar, brotar y crecer”, leí en una publicación sobre budismo.

Muy cierto. Otra de las grandes lecciones para mí en estas últimas semanas, es aprender a no desesperarme de que los demás no vean cosas que para mí son muy evidentes. Comprendí que en ocasiones, no es que la gente no quiera ver las cosas, sino que no pueden, porque no han desarrollado los mecanismos perceptuales para ello. Es una necedad mía pretender que un daltónico vea colores.

Los colores son hermosos. Por eso mi ansia de que compartir esa experiencia, que los demás puedan verlos y apreciarlos. Es triste ver que muchas personas podrían ver colores, pero tienen tanto miedo, que están bloqueados. Bien dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. En una sociedad de daltónicos, ver colores es cosa de locos, les asusta que unas personas raras hablen de unas cosas igual de raras, llamadas colores. Como es algo que no entienden y le temen, los daltónicos tratan de castigar y reprimir a quien ve colores, pero al mismo tiempo, hay algo que les maravilla y produce fascinación. Lo mismo pasa con los místicos, que ven colores que otros no pueden ver.

El arte es un camino que desarrolla la sensibilidad y por ende, aumenta la percepción para el desarrollo de la conciencia. No hay espiritualidad posible sin arte, sin experiencia estética. Los grandes sabios han comprendido esta situación y por ello todas las grandes religiones han sido acompañadas siempre de un arte sacro: desde las ornamentales pinturas de oro de Bizancio hasta las alucinógenas vestimentas de los wixárika.

El arte es sensibilidad. Si a la sensibilidad se le suma un intento de comprensión, el resultado será favorable para la persona, lo cual genera a su vez una influencia positiva sobre el mundo.

Yo por eso procuro repartir la belleza, con la esperanza de que todos los seres puedan vivir en un mundo lleno de colorido, en lugar de ese mundo sórdido y monocromático al que muchos se han condenado.
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“A India hay que verla con ojos del corazón”: recuento de la travesía por Rajastán

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Y de repente, India me explotó en el ojo, en la mente, en el alma. Bailé al estilo Bollywood, bebí pociones mágicas en honor a Shiva, un gurú me dio su teléfono, me pateó una vaca y conocí a buenos amigos en el camino.

Así la primera entrega de mi paso por Rajastán. En Jaipur conocí el templo de los monos en honor a Hanuman, y hablé con Canaya, quien cuida de los simios. Un tipo interesante. También pude aproximarme a la manera en que los hindús viven la espiritualidad y hasta me tocó honrar a Ganesh.

También conocí el Jantar Mantar, uno de los imponentes observatorios astronómicos construidos por el maharajá Jai Singh en 1728. Un lugar impresionante que muestra las inquietudes de los antiguos gobernantes indios por comprender los misterios del cosmos.

En la ciudad sagrada de Pushkar, me tocó vivir la festividad del Maha Shivaratri, el día en honor a Shiva. Una explosión de colorido en un lugar entrañable, llena de gurús que buscan hacer de la perfección interior un camino para ejercer una influencia positiva para el mundo a través de la no-violencia.

Hay quienes dicen que India es un país pobre, pero para mí, es un país muy rico. Pobre es el que necesita muchas cosas para disfrutar una vida plena. Y aquí he visto a mucha gente que, pese a las carencias materiales, goza la vida en plenitud.

La segunda parte del recorrido por Rajastán incluyó de todo. En Udaipur, conocí a un joven cuyo abuelo pintaba para el rey de aquella región, y me mostró los secretos de la pintura tradicional india, la cual suele retratar escenas de la vida pública y los gobernantes. Los colores se elaboran de manera tradicional (el amarillo, por ejemplo, se obtiene de la orina de la vaca) y las obras se realizan con un pincel finísimo de pelo de ardilla. El detalle de las pinturas es impresionante, y el trabajo que requiere una sola obra puede demorar hasta un año. En Udaipur también me llegaron desde las lejanías mexicanas algunas malas vibras que, paradójicamente, resultaron muy positivas, pues coincidió que estaba yo indagando los misterios detrás de la simbología de Krishna, comenzando a leer las enseñanzas del Baghavad Gita. En esas andaba yo cuando visité el Jagdish Temple, un impresionante templo hinduísta en el que permanecí varias horas, hasta que descubrí una gran verdad, que me conmovió profundamente, e hizo que me explotara Anahata, el chakra del corazón. Ahora entiendo mejor esa extraña atracción por el color verde, el color del chakra del corazón, al elegir una pequeña pintura que compré. También comprendí mejor la manera en que opera el karma, y eso me hizo sentir muy bien. Todo una experiencia.

En Jodhpur, la ciudad azul, pasé el día entero persiguiendo el color azul. Esperaba más de lo que vi, pero en el camino, me encontré con muchos niños que me hicieron el día. En esta segunda parte de la vuelta por Rajastán, la convivencia con niños se volvió parte importante de la travesía. Mucha alegría, mucho juego, mucha vitalidad. Los niños que yo vi no están encerrados ni pegados a una pantalla como zombis. Andan por la calle, saltando, corriendo, gritando y en general son muy bondadosos. Un niño por ejemplo, estaba muy preocupado por ayudarme en mi primer recorrido de tren y a cada rato iba a mi lugar para darme información, de cómo tenía que tomar un taxi de 4 kilómetros tras llegar a nuestro destino y cosas así. Los niños dicen mucho sobre la salud de una sociedad, y en el caso de India, son el ejemplo perfecto de lo bondadosa que suele ser la gente por aquí.

“A la India hay que verla con ojos del corazón”, me dijo una señora suiza de unos 60 años de edad. Estaba un poco contrariada de que a su hija, quien estudia en Monterrey, México, no le interesan estas cosas y prefiere juntarse con “juniors” pedantes y frívolos. Para ese tipo de mentalidad tan arraigada en lo material, India sólo ofrece pobreza, pero para quien puede ver con los ojos del corazón, como me dijo la señora, el regalo es tremendo.

En Jaisalmer, la ciudad dorada, con sus casas y templos color arena, fue una grata parada, a pesar de que fue ahí donde me atacaron unos perros. También me rencontré con algunos amigos de ruta, con quienes aprendimos algo de kabaddi, el popular deporte indio del que no conocía absolutamente nada y aprendí viendo jugar a unos niños en la calle. También me adentré en el desierto, en mi primer recorrido a camello, unos animales increíbles. Por un día, el reiterativo sonido de los claxonazos tan característico en India se convirtió en silencio, un silencio profundo, que sirvió para disfrutar la naturaleza en plenitud, lo cual me alegró mucho. Hasta aproveché para meditar un poco y hacer otro poco de kung fu, que buena falta me hacía. Acampar en las suaves arenas del desierto, cubierto por el manto de la constelada noche, es una cosa espléndida.

La última parada en Rajastán fue Bikaner. Tuve que recorrer 18 kilómetros en tuk tuk para llegar al Karni Mata Temple, mejor conocido como el templo de las ratas. Me voló la mente, saber de manera directa que al otro lado del planeta hay una civilización donde la gente lleva comida y da leche a una colonia de roedores que habitan el lugar. Tienes que entrar descalzo y es una experiencia fuerte. Rompe completamente con todos nuestros parámetros occidentales de lo que es un templo. Y hablando de romper parámetros occidentales, en esta etapa del recorrido finalmente me adapté al modo indio de ir al sanitario sin papel de baño. Suena muy fuerte, pero ya que lo experimentas no es la gran cosa, una vez que se supera el bloqueo mental. Supongo que muchas cosas en la vida son así. Creemos que es una cosa es un obstáculo muy grande y cuando rompes la barrera te das cuenta que se trataba de una nimiedad. En India uno no deja de sorprenderse y aprender cosas trascendentales, hasta en los lugares menos glamorosos.

Una tremenda experiencia, estas casi 3 semanas en Rajastán, el “corazón de la India”. Un lugar de ensueño que guarda gente colorida y entrañable, un pasado milenario, y una manera de percibir y entender el mundo que me parece deslumbrante.

Ahora son días de fiesta. Mañana iré a dar una vuelta al Taj Mahal, el lugar más turístico de India. Luego me tocará intensear con el festival Holi y de ahí al norte del país, a la frontera con Pakistán, para conocer el lugar sagrado de los sijes, y de ahí a la coordillera del Himalaya. Ha pasado ya un mes de travesía y apenas voy sumergiéndome a las profundidades de mí mismo. A diferencia del mero goce sensorial que ofrece el turismo convencional, el viaje tiene esa otra dimensión introspectiva que le hace a uno cuestionarse cosas, limpiar otras tantas, maravillarse con lo cotidiano, aprender, deslumbrarse, crecer. A ver qué otras nuevas sorpresas habré de encontrarme, ahora que me adentre más en los dominios del gran Siddhartha.
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India mística

India mística

India emana espiritualidad. “A veces vengo a estos lugares cuando necesito paz mental”, me dijo un joven indio mientras bebíamos el agua que ofrecen en la Gurduwara Bangli Sahib, el templo más grande de los sijes en Delhi. El joven no pertenece a esta religión (de hecho es hindú), pero da igual. Los lugares sagrados son sagrados para todas las personas, sin distinción. Así lo deja de manifiesto el Templo del Loto, creado para que vaya a orar ahí gente de todos los credos. Si uno no supiera sobre las disputas políticas e históricas entre diversos grupos religiosos indios sería difícil advertirlo. Las distintas religiones coexisten entre sí de manera cordial. O al menos eso es lo que se percibe. Quizá porque la espiritualidad está siempre tan presente en la calle. Los yoguis organizan meditaciones masivas con duración de todo una noche y que se anuncian en grandes pancartas como si fueran conciertos de rock. Akshardam -extraña mezcla entre parque temático, templo hinduísta y museo- es un vivo ejemplo de cómo los grandes líderes religiosos han sabido adaptarse a los nuevos tiempos de la convergencia digital. En su interior hay proyecciones de cine en gran formato, espectáculo con robots y paseos en bote al estilo Disneylandia. Pero a diferencia de otros grandes centros de entretenimiento en Occidente, el fin último de este lugar no es el consumo, sino el desarrollo espiritual. De hecho, la entrada es gratis, y lo que cobran en su interior por comida y algunas atracciones es muy barato, accesible para muchos indios.

A pesar de la evidente pobreza en que vive la gran mayoría de la población, las instituciones religiosas han creado mecanismos para contener este fenómeno. Incluso pareciera un concurso de quién es más caritativo, ya que en los centros religiosos se ofrecen servicios de salud, asilo y comida, tal como ocurre en las gurduwaras. Se dice que la más grande de Nueva Delhi alimenta a 35,000 personas al día, producto de las donaciones que realizan las personas que asisten a los templos.

Pero la contribución más importante de la religión es ofrecer un mecanismo para sobrellevar las carencias materiales. Aunque India también ha sido tierra de grandes palacios y marajás, la austeridad voluntaria es un asunto propio de personas honorables, tal como demostraron grandes personajes como Gandhi o el gran poeta bengalí, Rabindranath Tagore. De este modo, llevar una vida libre de apegos materiales es una condición indispensable para convertirse en brahmán, más allá de las limitaciones de castas que algunos movimientos reformistas intentan abolir pese a que esa diferenciación de clase se mantiene entre los sectores más ortodoxos.

Según el hinduísmo, el camino espiritual consta de varias etapas. Desde jóvenes, los aspirantes a purificar el alma asisten al Ashram para recibir instrucción. En el interior del Ashram Ramakrishna (ubicado cerca de la zona de Paharganj, refugio de mochileros) hay una biblioteca sobre todos los temas, un centro de salud y también un lugar para meditar. El conocimiento no es mero saber intelectual, sino que debe ir acompañado del desarrollo de la conciencia trascendental que le permite al ser humano conectarse con todas las cosas, eso que algunos llaman Dios. Una vez concluída la instrucción formal, interpretando los antiguos textos sagrados de los Vedas, contenidos en los Upanishad, los hindús deben casarse y formar una familia. Con el paso del tiempo, el iniciado hindú debe realizar un retiro espiritual, viviendo junto a su esposa en el bosque. En la actualidad eso no se practica tal cual, pero las parejas suelen hacer un viaje de peregrinación espiritual que los desconecte de los deberes mundanos. En el último trayecto de la odisea, el aspirante a rishi debe de abandonar a su familia y todas sus posesiones para dedicarse a contemplar la naturaleza y servir de guía a otras personas. De este modo, el líder espiritual sirve como referente moral de la sociedad y por ello es sumamente respetado.

La asuteridad se convierte así en una vía de realización, al fundirse el espíritu humano con el todo. De ahí que en el hinduismo, el brahamán recibe el mismo nombre que Brahama, dios creador de todas las cosas, pues a final, el ser humano y Dios son uno solo.

Esta visión resulta por completo diferente a la que prevalece en Occidente, cuyas instituciones religiosas tienden a la acumulación y donde la obsesión racionalista de algunas corrientes filosóficas ha caído en el enorme error de concebir a la realidad material como la única realidad válida. Esto desde luego, tiene repercusiones distintas en el plano social. A diferencia de otras regiones pobres del planeta, las calles de Nueva Delhi no se perciben como un lugar violento. Pese al nivel de marginación de algunos barrios, la gente camina despreocupada por las polvorientas y ruidosas calles. Quizá uno pueda toparse con alguien que te arrebate la cartera o el teléfono mientras caminas, pero no pasa de ahí, contrario a lo que ocurre en América Latina. En barrios latinoamericanos similares a las hediondas calles de Delhi, no sólo te roban, sino que además te acuchillan o te matan. Y creo que ahí es donde se evidencia la manera en que la cultura puede tejer diferentes tipos de sociedades en condiciones similares. De este modo, no es la pobreza la causante de la violencia, como erróneamente se cree en países como México, sino un conjunto de prácticas, creencias e instituciones arraigadas lo que explica los altos niveles de violencia en América Latina, la región más desigual del planeta. En Nueva Delhi estos contrastes entre ricos y pobres no son tan marcados como en el nuevo continente.

El reconocido orientalista Alain Daniélou, conocido como Shiv Sharan, alguna vez escribió que los hindús “organizaron su sociedad para facilitar el desarrollo de cada ser humano, tomando en cuenta su naturaleza interna y las razones de su existencia, ya que para los hindús el mundo no es solamente el resultado de una serie de oportunidades sino de realización de un plan divino donde todos los aspectos están conectados”.

Un aspecto que hace diferente a la India respecto a otras grandes civilizaciones y que explica la manera en que la espiritualidad juega un papel central en el desarrollo de la India mística que, dentro de pocos años, posiblemente para 2030 según estimaciones del Foro Económico Mundial, desbancará a EE.UU. como la segunda economía más grande del planeta.

Pero más allá de esas cosas, me parece que la India es una bendición para el mundo. Una reserva de poder espiritual para un mundo decadente, obsesionado con la idolatría al dinero, el consumo y la frivolidad inherente a los falsos placeres.

Por ello me parece fascinante y conmovedor que de entre estas calles polvorientas y sucias, pueda surgir una nueva esperanza para aliviar todos los dolores del mundo. Una esperanza para quienes buscan trascender las ataduras materiales para fundirse con en el todo en el reino de lo eterno.
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Derviches y mística sufí: una danza giratoria para fundirse con lo divino

Si tus pensamientos son rosas, todo a tu alrededor será un jardín de rosas. Si tus pensamientos son espinas, todo a tu alrededor serán espinas.
Rumí (poeta y místico sufí).

Canto, danza, poesía. La mística sufí es una cosa muy particular e interesante. El término derviche, proviene de la palabra persa darvīsh, que significa el “umbral de la puerta”. A través de la oración y sema, la danza tradicional con la que, girando, los derviches se vuelven uno con Dios. Con la mano izquierda hacia arriba para recibir la gracia divina y con la mano derecha hacia bajo para llevar al pueblo dicha gracia, el derviche se convierte en un intermediario del mundo invisible y la realidad cotidiana en la vida de los seres humanos. El particular sombrero que llevan puesto los derviches, sikke, representa una tumba, la disolución del ego. Salir del cuerpo para fundirse con la eternidad. La mística danzante de girar hasta volverse uno con el todo. Fascinante.

El retorno a lo sagrado (y el problema de la metafísica occidental)

La sabiduría debe tener un fin práctico. El gran problema de la metafísica occidental moderna, basada en la creencia de la razón absoluta, es creer que el conocimiento intelectual puede resolver todos los problemas de la humanidad. De este modo, la ciencia moderna, carente de emoción, pretende sustituir la espiritualidad por la ética. Pero resulta que la ética no es sino un razonamiento que trata de justificar las acciones humanas a partir de una definición del bien y el mal. Amputada de emotividad, desde la cual surge la compasión, la ética se reduce apenas a un planteamiento racionalista incapaz de conmover.

Esta idealización extrema tiene otro problema, pues al fundamentar nuestras acciones ‘en lo que debería ser’ y no a partir de ‘lo que es’, la lógica enmascara las verdades más profundas de la existencia humana y la recubre apenas con una capa de neurosis. Y esto provoca que mucha gente se pierda en falsas idealizaciones que poco o nada tienen que ver con la realidad. Por ello, en todas las tradiciones místicas, la emotividad juega un papel clave, pues solo al mirarnos desnudos, frente a frente en el espejo de las emociones, es que el ser humano pueda desarrollar y fortalecer su espíritu, siendo la compasión y la justicia, el estado supremo de la conciencia, donde cada cosa yace en el lugar que debe estar.

La ética puede servir para trazar mapas, pero nunca será lo mismo trazar líneas que andar a pie por el áspero camino de la vida, sentir el polvo entre los pies con el frío viento de la montaña soplando en el rostro.

Sólo cuando logremos sincronizar los corazones, libres de miedo, podremos dar el gran salto de conciencia que demanda nuestro tiempo. El retorno a lo sagrado y revivir a los dioses muertos, es la gran misión de nuestra época. Por eso sostengo, sin temor a equivocarme, que sólo los poetas podrán salvar al mundo, con sus palabras cargadas de sentido, palabras que son alquimia, conjuro, canto, y nos revelan el origen de todas las cosas.

¡Poetas del mundo, uníos!
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La magia o el arte de modificar la conciencia a voluntad

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Qué diferente sería todo si, en lugar de perder el tiempo discutiendo por ideologías rancias, el ser humano tratara de comprender los misterios de la existencia para vivir en plenitud.

Eso es la magia: “ciencia y arte de provocar cambios en la conciencia a voluntad, de acuerdo con el gran practicante del siglo XX, Dion Fortune. Los magos o practicantes de la magia utilizan rituales, simbolismo, meditación y otros métodos para lograr inusuales estados de conciencia en los cuales, según las enseñanzas ocultistas, se pueden canalizar poderes imperceptibles y contactar con entes no físicos para causar cambios en el mundo”.

Excelente definición de John Michael Greer, en su libro El ocultismo, sobre la ciencia de los antiguos.

Lástima que, para algunas personas, la existencia humana sea reducida a un asunto estrictamente material, sin saber que frente a sus ojos se manifiesta, continuamente, el mundo de los espíritus.

¡Y el que tenga oídos para oír que oiga!::.

Pitágoras, música y matemáticas: la resonancia del universo

Una imperdible conferencia sobre la dimensión sagrada de las matemáticas y su aplicación en la música, según la escuela pitagórica, cortesía del profesor Jaime Buhigas, quien es en sí mismo, todo un personaje.

“El número tiene una dimensión cualitativa. El número es un mito”, afirma Buhigas en su memorable conferencia que retoma la tradición perdida a la hora de reinterpretar la matemática como un vínculo con lo sagrado.

“La música es geometría en el tiempo” y “el trasfondo del amor es el regreso a la unidad”. Son algunas de las frases memorables con las que me quedo tras escuchar la ponencia. Qué diferente sería el mundo si en las escuelas se enseñara matemáticas desde esta otra perspectiva.

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La diferencia entre ahogarse o flotar en el impredecible mar de la vida

Sobre el uso de drogas, dice Joseph Campbell, que la diferencia entre el derrumbe psicológico y la experiencia mística radica en que el loco se ahoga en las aguas donde el místico nada tranquilamente. Para Campbell, los mitos son esa estructura espiritual que nos ayuda a mantenernos a flote en el turbulento y misterioso mar de la vida. La diferencia entre ahogarse y flotar en el agua consiste en la fortaleza del espíritu. Y si el mundo entero pareciera derrumbarse frente a nuestros ojos, no es sino por la desacralización del mundo y su falta de espiritualidad. Vivimos en un lugar sagrado al que tratamos como si fuera algo desechable, lo cual explica muchas cosas, incluyendo esa irracional explotación de la naturaleza y el ser humano con el único fin de acumular riqueza. Recuperar el proceder mágico de las garras del determinismo científico, recuperar las bondades del misterio por encima de las falsas certezas, es una misión que habremos de encomendarnos nosotros los poetas para restablecer el equilibrio perdido del mundo.
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El influjo mágico de la luna frente al dogma de la razón

¡Cómo me gustan los cuentos maravillosos de ese genio neurótico que es Woody Allen! Magic in the Moonlight (Magia a la luz de la luna) es otra de sus tantas obras maestras. Un elogio a la locura frente al absurdo dogma de la racionalidad absoluta. No deja de sorprenderme la enorme profundidad de sus películas y la contrastante ligereza de su narrativa. Las grandes verdades del mundo caben mejor en una comedia. La razón es razón suficiente para volverse loco en un mundo caótico e irracional como este. ¿Qué sería de nosotros si no estuviéramos tan predispuestos a la locura, a embriagarnos de ficción? No hay mayor placer en la vida que dejarnos embaucar en el fraudulento misterio del amor. Imperdible.

LUNA

La ficción de la realidad

Como toda ficción, la realidad necesita una argumentación sólida para poder sostenerse. La realidad se estructura a partir de argumentos que nosotros mismos construimos para hacernos sentir bien. De ahí que nuestra capacidad para interpretar nuestra vida resulta tan importante para vivir. Por eso Heidegger acierta al señalar que la interpretación es un modo propio del ser, y no un asunto teórico. Necesitamos construir ficciones para darle sentido a la vida a través del mito, no importa lo fantasioso que estas sean o si es a través de la religión, la ciencia, la naturaleza, el arte mismo.

Estamos hechos de ficciones. La realidad es una ficción inventada por nosotros, del mismo modo que nuestra noción del YO es una ficción inventada por nuestra psique para autorreferirnos. “Todo es mental, el universo es mente”, como sabiamente afirma el primer axioma hermético. Esto significa que cualquier cosa que imaginemos es posible siempre y cuando podamos sostenerla con argumentos, es decir, con la interpretación que cada quien hace de experiencia de vida. Si cualquier cosa es posible en el universo de la fantasía, nos toca decidir. Cada quien decide cómo darle vida a su personaje, darle un final triste o uno alegre a su propia historia. Ahí reside el carácter divino y oculto en las profundidades del hombre. En nuestra posibilidad de crear realidad a imagen y semejanza del mismo Dios que nosotros hemos creado.

El mundo es una proyección de lo que reside adentro de nosotros mismos. De ahí que el conocimiento del sí mismo es la clave para entender nuestra relación con el mundo, con la realidad que hemos inventado. Descubrirse es descubrir otras posibilidades de existencia. Y en ese universo de lo posible se despliega la verdad. Lo verdadero es aquello que hace posible la ficción. Por eso los personajes de una historia deben ser verosímiles para que podamos sumergirnos en el terreno de lo fantástico y podamos indagar en las profundidades de la existencia. Sin verosimilitud no hay argumento posible. La historia se derrumba. Lo mismo ocurre con la realidad. Necesitamos la verdad para construir ficciones, construir sentido, para poder existir en medio del ordenado caos del universo. “La vida es sueño”, como bien dijo Calderón de la Barca. La realidad es sueño, es fantasía, es ficción. Sigamos soñando, inventando nuevas posibilidades de florecer en el mundo que habremos de inventarnos para inventar también la felicidad, el amor, la realización humana en todas sus formas. Es una tarea urgente.

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