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Madurar es ser viento y agua

“Decía Bergson que para un ser consciente existir es cambiar, cambiar es madurar y madurar es crearse indefinidamente”, dice el neurocientífico José Luis Díaz. Luego entonces, una persona madura es la que se reinventa todos los días para adaptarse a un entorno cambiante. Madurar no es estancarse en el pasado ni proyectarse hacia el futuro. Madurar es aprender a fluir, aprender a ser viento y agua.

La ficción de la realidad

Como toda ficción, la realidad necesita una argumentación sólida para poder sostenerse. La realidad se estructura a partir de argumentos que nosotros mismos construimos para hacernos sentir bien. De ahí que nuestra capacidad para interpretar nuestra vida resulta tan importante para vivir. Por eso Heidegger acierta al señalar que la interpretación es un modo propio del ser, y no un asunto teórico. Necesitamos construir ficciones para darle sentido a la vida a través del mito, no importa lo fantasioso que estas sean o si es a través de la religión, la ciencia, la naturaleza, el arte mismo.

Estamos hechos de ficciones. La realidad es una ficción inventada por nosotros, del mismo modo que nuestra noción del YO es una ficción inventada por nuestra psique para autorreferirnos. “Todo es mental, el universo es mente”, como sabiamente afirma el primer axioma hermético. Esto significa que cualquier cosa que imaginemos es posible siempre y cuando podamos sostenerla con argumentos, es decir, con la interpretación que cada quien hace de experiencia de vida. Si cualquier cosa es posible en el universo de la fantasía, nos toca decidir. Cada quien decide cómo darle vida a su personaje, darle un final triste o uno alegre a su propia historia. Ahí reside el carácter divino y oculto en las profundidades del hombre. En nuestra posibilidad de crear realidad a imagen y semejanza del mismo Dios que nosotros hemos creado.

El mundo es una proyección de lo que reside adentro de nosotros mismos. De ahí que el conocimiento del sí mismo es la clave para entender nuestra relación con el mundo, con la realidad que hemos inventado. Descubrirse es descubrir otras posibilidades de existencia. Y en ese universo de lo posible se despliega la verdad. Lo verdadero es aquello que hace posible la ficción. Por eso los personajes de una historia deben ser verosímiles para que podamos sumergirnos en el terreno de lo fantástico y podamos indagar en las profundidades de la existencia. Sin verosimilitud no hay argumento posible. La historia se derrumba. Lo mismo ocurre con la realidad. Necesitamos la verdad para construir ficciones, construir sentido, para poder existir en medio del ordenado caos del universo. “La vida es sueño”, como bien dijo Calderón de la Barca. La realidad es sueño, es fantasía, es ficción. Sigamos soñando, inventando nuevas posibilidades de florecer en el mundo que habremos de inventarnos para inventar también la felicidad, el amor, la realización humana en todas sus formas. Es una tarea urgente.

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El secreto origen de la vida: el ritmo del orden y el caos

ying-yang galáctico

Hoy tuve una revelación, de esas revelaciones profundas que le dan sentido a la existencia. Desperté de un sueño y me puse a reflexionar sobre la vida. Como mi proyecto actual para comprender el valor de las cosas me ha planteado un problema aún más grande, estoy tratando de construir una filosofía de la vida. Y para llevar a cabo semejante empresa, es preciso comprender primero qué es la vida.

Tras leer el libro de El origen de la vida, de Alexander Oparin, me quedó claro que la aparición de la materia orgánica -a partir de una combinación de moléculas de hidrógeno y carbono-, fue una condición elemental para que la vida en el planeta Tierra se desarrollara en el agua. La hipótesis de Oparin en torno a este caldo primigenio fue confirmada por el experimento de Miller y Urey, mismo que representó el inicio de la abiogénesis experimental al sintetizar materia orgánica a partir de sustancias inorgánicas. De este modo se comprobó que las reacciones químicas en los orígenes del planeta Tierra crearon las condiciones propicias para la aparición de la materia orgánica sobre la cual se desarrollaría la vida como la conocemos.

Sin embargo, a esta explicación le faltaba algo. ¿Cómo es posible que la materia inerte decidiera autorreplicarse? ¿En qué momento y en qué conducciones ocurrió esto? ¿Por qué? La pregunta me llevó a indagar sobre el papel del ácido ribonucléico (ARN) como la explicación más remota de la vida. La hipótesis del mundo del ARN, enunciada de manera formal por el químico Walter Gilbert en 1986, plantea que al ser el ARN un eficiente catalizador, esto permitió que los enlaces químicos encargados de procesar la energía para sintetizar proteínas pudiera mantenerse estable y guardar una copia de la información genética que a la larga haría posible la reproducción celular. Con el paso del tiempo, el ARN desarrolló una membrana protectora capaz de resguardar el material genético, lo cual dio origen a las primeras células. De este modo, la aparición de los ácidos nucléicos, permitieron convertir reacciones químicas simples en el complejo proceso del metabolismo celular.

Intrigado en comprender la manera en que las enzimas del ARN (conocidas como ribozimas) sintetizan energía, tuve que recurrir a principios elementales de bioquímica. En el camino me encontré con el trabajo de divulgación del doctor Edgar Vázquez Contreras, investigador del Instituto de Química de la UNAM, en el cual explica que uno de los conceptos fundamentales para entender la bioenergética a partir de la Segunda Ley de la Termodinámica es el concepto de entropía, el cual se define como una magnitud física que mide la energía que se desperdicia al realizar un trabajo. Y a partir de la idea de entropía, el investigador sostiene que “la información es una fuente de energía”. Una idea que resulta todo una revelación a la hora de entender sistemas complejos como el lenguaje, lo social o la existencia humana.

De este modo, la información (lenguaje) es un proceso a partir del cual en que la energía inherente en los seres vivos puede autorreplicarse, ya que todo código es una especie de enzima capaz de catalizar energía a través de unidades de información. De ahí que los seres vivos sean capaces de procesar enormes cantidades de información a una gran velocidad, lo cual hace suponer a investigadores como el físico Vlatko Vedral que organismos vivos como las plantas pueden procesar información mediante procesos de la mecánica cuántica para realizar funciones complejas como la fontosíntesis.

El concepto de entropía, desarrollado en la década de 1850 por Rudolf Clausius, autor de la Segundo principio de la termodinámica, se desarrolló con el fin de explicar cómo es que la transferencia de calor tiende hacia un equilibrio, lo cual permitió contrarrestar problemas elementales de eficiencia energética en el desarrollo de máquinas complejas a partir de la Revolución Industrial. En otras palabras, el término entropía explica la manera en que el universo tiende a distribuir la energía uniformemente; es decir, a maximizar la entropía. La entropía puede definirse como una medida de la distribución aleatoria de un sistema, una medida del caos generado dentro de un sistema aislado. La entropía busca calcular las posibilidades del desorden de la materia que tiende hacia un equilibrio térmico. En otras palabras, la noción de entropía permite entender la manera en que el caos busca un orden.

“Es posible afirmar que, como el universo es un sistema aislado, su entropía crece constantemente con el tiempo. Esto marca un sentido a la evolución del mundo físico, que se conoce como principio de evolución. Cuando la entropía sea máxima en el universo, esto es, cuando exista un equilibrio entre todas las temperaturas y presiones, llegará la muerte térmica del universo (enunciada por Rudolf Clausius)”, según explica un artículo de Wikipedia sobre el tema.

El asunto plantea un problema metafísico. El caos que tiende al orden absoluto, el equilibrio, donde todo es estático para convertirse nuevamente en caos. La existencia se presenta entonces como un fractal entre el orden y el caos, donde ambas fuerzas se sintetizan en un solo ente capaz de conferirle sentido a la existencia a través de la conciliación de los contrarios.

En un estado de orden absoluto, la unidad y el sistema se funden en uno solo. No hay divisiones, todo se vuelve estático. En el caos, la separación de la unidad y el sistema es total, genera ruido, es dinámica. Todo orden es caótico y todo caos es ordenado. Los contrarios se complementan. Esa es la evolución natural de las cosas.

Una verdad elemental que el taoísmo desarrolló a partir de la idea del ying-yang, símbolo que condensa la manera en que las fuerzas contrarias se conjugan en un solo ser (el Tao, Dios, el gran espíritu, la totalidad universal).

De este modo, la vida es una forma de orden que parte del caos y cuya finalidad es el equilibrio, es decir, regresar al caos del que vino. La existencia es cíclica porque es un ir y venir entre el orden y el caos. Ese desarrollo evolutivo de todas las cosas es lo que hace posible la existencia. La vida se definiría entonces, como una manifestación de esa dualidad energía-movimiento que hace posible ir y venir del caos al orden, que en realidad son lo mismo.

Esto nos permite entender a otro nivel situaciones compelas de la existencia humana, como el amor, esa energía-movimiento que permite conferirle sentido a todo y al mismo tiempo genera confusión y ausencia de sentido. Si nosotros formamos parte de la totalidad del cosmos, comprendernos a nosotros mismos es revelar el sentido del universo. “Como es arriba es abajo”, reza el principio hermético de correspondencia, en el cual se evidencia la relación existente entre todas las cosas del universo. El ser humano es un ser infinito porque en él reside el secreto de la vida, el secreto de la energía total que va continuamente del orden al caos. La vida es una manifestación del ritmo universal, la vida es al mismo tiempo caótica y ordenada. Comprender esto es comprenderlo todo, porque en la conciencia divina el uno y el todo son lo mismo. ::.

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Gravity: “en el espacio la vida es imposible”

 

Una obra maestra. Me había resistido a ver Gravity en el cine. Supongo que no era el momento preciso, aún con el escándalo mediático que generó Alfonso Cuarón durante los Oscares. Me arrebató el aliento. Una película redonda de principio a fin. Un retrato íntimo de lo que significa estar perdido. Una odisea espacial donde aprender a soltar las pesadas cargas de la existencia resulta vital para seguir viviendo. Yo había escuchado algunas críticas no tan favorables a la película, alegando que la historia era demasiado simple. Pero la maestría de Cuarón no está en el guión de la cinta, sino en la manera en que pudo llevar a cabo de manera satisfactoria una película sumamente compleja en el plano técnico y narrativo, con un monólogo sin palabras donde las bellísimas imágenes de Emmanuel Chivo Lubezki y los trepidantes giros de cámara van desnudando los muchos dolores de la doctora Ryan Stone (interpretada por Sandra Bullock) en su lucha por desprenderse de aquellas viejas heridas que incendian el alma con un hierro caliente. El gran mérito de la película, no es el argumento, sino la manera en que se cuenta la historia. Cuarón llevó al séptimo arte a una nueva dimensión que seguramente será valorada en su verdadera magnitud con el paso del tiempo. Esos laaaaargos planos secuencia con el planeta azul de fondo y el drama de la existencia en primer plano. Una técnica cinematográfica impecable que atrapa desde el primer momento hasta el último. Una metáfora de todo aquello que debemos dejar atrás. “En el espacio la vida es imposible”, dice el prólogo de la cinta, casi como una advertencia. Un poema visual de 90 minutos sobre el vacío del ser a la deriva en la negrura inconmesurable del cosmos. Demasiado abstracto para la imaginación acartonada de las masas y varios seudocríticos de cine.

Corregir a Descartes

Habrá que enmendarle la plana a Descartes. “Pienso, luego existo”, afirma categórico el pensador y matemático francés en su célebre disertación filosófica que para muchos marca el principio de la modernidad. La existencia no es una consecuencia del pensamiento. La existencia es simultánea al acto de pensar. Yo prefiero simplemente decir que solo ‘existo cuando pienso’. Pensar y existir son sinónimos.

El milagro de la existencia

Dos videos que muestran el delirio de existir desde diferentes perspectivas. El primero sobre la capacidad de asombro que nos mantiene vivos. El segundo, sobre la arquitectura del universo.

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