Archivo del sitio

Messi, el hombre perro

Una teoría cronicada y apasionada sobre el mejor futbolista del mundo. El asombroso talento canino del rosarino blaugrana, un enfermizo enamorado de la pelota.

El miedo a ganar

En la vida como en el futbol, se puede perder contra el rival pero no contra el miedo. Hoy fue lo que experimentó México, una vez más. Tuvo a Holanda contra la lona y le dio miedo dar el siguiente paso, la estocada definitiva para romper con la inercia del fracaso que nos ha perseguido durante dos décadas en las justas mundialistas. Parecía que hoy sería distinto, que el Piojo Herrera se moriría con la suya, que se la jugaría al frente como hizo en la primera fase del Mundial Brasil 2014. Pero no fue así.

La pesadilla mexicana comenzó luego de anotar el primer gol. El sufrimiento de ir ganando. Vaya ironía. El escenario parecía inmejorable. Al verse abajo en el marcador, Holanda tendría que arriesgar, abrir espacios. Las condiciones estaban dadas para responder agresivamente y finiquitar el partido. Pero no. El carismático entrenador mexicano decidió traicionar su filosofía de juego al hacer su primer cambio defensivo. En un movimiento táctico difícil de entender, sacó a Giovani, autor del gol tricolor, para meter a Aquino, quien de manera circunstancial logró colarse de último minuto a Brasil. Herrera tuvo miedo de perder la ventaja. Apostó por mantener la diferencia mínima desde el minuto 60. Era demasiado prematuro para echarse atrás. Los holandeses, rugidos de gol, se vinieron encima. Además de perder el control de la media cancha, México perdió pegada al frente. El cambio de Oribe Peralta por Chicharito terminó por desdibujar el parado de los verdes sobre el terreno de juego, debido a que el delantero del Manchester United requiere de un cómplice al frente para hacer daño a la defensa rival y abrir los espacios necesarios para que sus compañeros lleguen con claridad a la meta enemiga. Nada de eso ocurrió.

Las llegadas con peligro del cuadro europeo fueron cada vez más insistentes. El portero Guillermo Ochoa hizo gala de sus reflejos felinos en un par de ocasiones para mantener el resultado. La fatalidad rondaba en el aire. Era cuestión de tiempo para que cayera un gol en contra. Un rebote seguido de un potente disparo de Wesley Sneijder acabó con la esperanza de romper la maldición. El penal solo terminó por confirmar la hipótesis. Aún cuando los holandeses fallaran la pena máxima, la suerte estaba echada. El cuadro nacional no tenía con qué responder al frente tras quemar todos sus cambios. México perdió por el miedo a perder. Otra vez. Otra tarde triste de sueños que se van directo a la coladera. Otra vez la impotencia, la frustración. En el futbol como en la vida, hay formas de perder. México optó por una particularmente dolorosa: el terror de salir a ganar.

No se trata de hacer leña del árbol caído. Los jugadores dieron un Mundial mejor de lo esperado. Me gustaría que el Piojo siga al frente del Tri otros cuatro años. Pero si queremos avanzar tenemos que aprender de nuestros errores. Algo que no ocurre actualmente.

La cosa no pasaría de ahí, si no fuera por las reacciones al término del partido. Los comentarios que inundaron las redes sociales evidenciaban con amargura nuestra triste realidad, la mediocridad endémica que tanto hemos cultivado los mexicanos de un tiempo a la fecha, la misma que tiene al país en la ruina. No es una exageración. El futbol como espejo de la realidad, terminó por desnudar nuestras muchas limitaciones como nación.

La derrota fue culpa del árbitro. No importó que el mismo árbitro nos perdonara un penal claro como el agua al final del primer tiempo. No importó que México hubiera sido echado atrás durante los últimos 40 minutos del partido sin opciones al frente. No. Una vez más, terminamos asumiéndonos como víctimas de las circunstancias en lugar de hacernos responsables de nuestro destino.

Para el Piojo Herrera y millones de furibundos usuarios de internet, la derrota se explicaba por una decisión arbitral que debería ser investigada por la mismísima FIFA, y no por lo que el equipo dejó de hacer en la cancha. Por supuesto, es más cómodo buscar culpables fuera, que asumir la responsabilidad de nuestras acciones. Es justo el mismo patrón de comportamiento utilizado por el gobierno de Enrique Peña Nieto para explicar el estancamiento de la economía nacional debido a causas exógenas como la parálisis de la economía de Estados Unidos. Una vez más, México es víctima del árbitro, del mercado internacional. El pobrecito México, el indefenso que siempre se termina chingando frente a las potencias. Una mentalidad estúpida que nos ayuda a entender la triste realidad que padecemos todos los días, la del abuso sistemático de las cúpulas, la apatía que prevalece en las calles a la hora de pelear por aquello que nos corresponde, aquello que nos pertenece.

Lo mismo ocurre con el conformismo fácil. “Se hizo lo que se pudo”, es la justificación perfecta para la mediocridad que padecemos, aún cuando se tuvo la mesa puesta para salir a ganar y comerse el mundo. La manera en que la gente aplaude a su selección de futbol por “devolverle la ilusión”, aunque sea un efímero momento, es similar a lo que ocurre durante las campañas electorales, cuando la gente termina creyéndose las mismas mentiras de siempre con tal de dejarse envolver por esa ilusión perversa de que las cosas van a cambiar tachando una pinche boleta.

Mientras sigamos repitiendo los mismos patrones de siempre, las cosas no cambiarán, ni en el futbol ni en la política. Seguimos atados a la inercia del conformismo. Buscar villanos para justificar nuestra desgracia es otra forma en que se manifiesta la cobardía. Por eso no crecemos, no maduramos. Seguimos actuando como niños indefensos despojados de un dulce. Así actuamos ahora mismo que nos intentan arrebatar el petróleo o fortalecer el control mediático que sustenta al actual régimen. Por supuesto, es más cómodo asumir la cobarde postura de culpar a los demás antes que aceptar el dolor de vernos a nosotros mismos como lo que realmente somos.

Si queremos que las cosas cambien, tenemos que actuar diferente, pensar diferente. Tenemos que asumir la responsabilidad de nuestras acciones, asumir una postura crítica para aprender de nuestros errores y seguir avanzando de frente, a pesar de los obstáculos, a pesar de todo. Si queremos crecer, tenemos que vencer nuestros miedos. Así en la vida como en el futbol.

Crónica: El adiós del guerrero andino

Chile se fue en un alarido, como mueren los guerreros sobre el campo de batalla. La pelota zumbó en el poste y recorrió la línea de gol por un costado. Lágrimas de frustración. Lágrimas de alegría. Brasil soltó el aire. Un milagro los salvó del desastre. La canarinha no estuvo a la altura de su historia. La suerte pudo más. Así se despidió Chile del Mundial de Futbol en el Mineirão de Belo Horizonte tras un partido inolvidable.

Los andinos dejaron el alma en el césped. No fue suficiente. Algún extraño conjuro debió haber realizado Julio César sobre su portería para impedir que los chilenos redondearan un partido inolvidable donde la presión estuvo a punto de aplastar al anfitrión. Antes de iniciar la tanda de penales, el guardameta brasileño tuvo una visión. “Tiren con confianza que voy a detener tres”, dijo a sus compañeros. Julio Cesar contuvo los disparos de Pinilla y Alexis Sánchez. El poste se encargó del resto.

Jara falló el último disparo segundos después de que un acalambrado Neymar soportara al país sobre sus hombros para otorgar una ventaja que a la poste sería definitiva.

Chile se despedía del Mundial de Futbol dejándolo todo sobre la cancha. “Nos vaciamos por entero”, diría el portero y capitán chileno, Claudio Bravo. Así fue. Una pelota al travesaño tras un potente disparo del 9 andino al final de la prórroga salvó de milagro a un Brasil desconcertado ante la ferocidad del rival. El arrojo de los chilenos sería personificado en Medel, el imponente defensor que aguantó buena parte del juego con la pierna desecha para salir de la cancha al minuto 108 con los ojos húmedos de dolor por tener que abandonar la batalla. Una escena épica.

La afición brasileña sonrió tras el milagro de ganar pese a dar un partido horrible. La suerte del anfitrión borró por un momento las críticas a las dos bultos que el entrenador brasileño, Felipao, decidió llevar al certamen con la obligación de hacer goles. Ni el insípido Fred, ni mucho menos aún el espigado Jo, hicieron justicia a sus antecesores. Nunca antes, los atacantes brasileños parecieron tan insignificantes. Una ofensiva vergonzosa que sobrellevaba la frustración con un par de fierrazos de Hulk y alguna jugada esporádica de Neymar. Un gol de David Luiz y los errores en la zaga brasileña que abrieron la puerta para que Alexis Sánchez empatara el juego y pusiera contra las cuerdas al máximo favorito del torneo, evidenciaron las muchas limitaciones de este deslavado Brasil. La suerte impidió una tragedia casi inminente para un país que pareciera estar condenado a disfrutar la gloria mundialista en casa ajena.

::.

La vida es como el futbol

Un video épico y conmovedor sobre el futbol como analogía de la vida. Sería una obra de arte de no ser porque es un anuncio de cocacola. Y ya que seguimos con esto de la propaganda futbolera en la víspera del Mundial Brasil 2014 les dejo este otro anuncio que destaca por la originalidad con la que cuenta la historia de un futbolista y su camino al éxito, en primera persona. Malditos publicistas que le pegan a uno por el lado de la emoción.

 

El marketing futbolero en la víspera mundialista

Como cada cuatro años, las principales firmas de ropa deportiva invierten millones de dólares para atraer la atención de los consumidores que padecen la fiebre futbolera que impregnará los hogares del mundo entero durante la celebración del campeonato mundial de futbol Brasil 2014. Este año no es la excepción. El pequeño cortometraje de Nike no tiene nada novedoso: las máximas estrellas del balompié (con excepción de Messi) disputándose la gloria en una cascarita de fantasía. Y sin embargo, resulta harto estimulante para que la imaginación ruede y ruede junto al balón.

 

En cntraste, el psicodélico anuncio de Adidas muestra una peculiar mezcla de tachas, colores neón, música electrónica con aires de reggaeton y, por supuesto, futbol carioca.

La etílica fiebre pambolera de Gucho

El plan era tan descabellado que podría funcionar. Beber cerveza hasta lograr el sueño de ir al Mundial de futbol en Brasil.  Estaba dispuesto a todo, a beberse el hígado si fuera necesario. La sugerente publicidad cervecera surtió un efecto esperanzador en él. Había ahorrado dinero con perseverancia durante dos años para acudir puntual a su cita en Brasil. Nadie pudo prever que unos meses antes de acabar el año perdería su trabajo. El dinero que juntó se fue por la coladera en un parpadeo. Los gastos empezaron a ahorcarlo. El teléfono, el alquiler, el transporte, la comida… todos le parecían gastos superficiales comparados con el goce inconmesurable de asistir al Mundial. Pero cuando el hambre aprieta y la comida del refrigerador comienza a escasear, la perspectiva de las cosas suele cambiar un poco. Aunque comprendió que en la vida existen necesidades más inmediatas que el fútbol, la pronta resignación nunca llegó. Se imaginaba ebrio en las playas de Copacabana junto a una espectacular brasileña de carnaval y todos los clichés posibles gracias a la magia de la televisión. Decidió encomendarse a un milagro: el milagro del marketing en la víspera mundialista. La revelación se produjo en la jornada tres del torneo de clausura del balompié nacional, durante el medio tiempo de un somnífero encuentro entre Chivas y Puebla. En un anuncio de televisión, una afamada cervecería que en otros tiempos había sido motivo del orgullo nacional y que había sido recientemente vendida a una empresa belga, prometía llevar a miles de aficionados a la fiesta mundialista con la única consigna de juntar las tapas marcadas y salir sorteado. De inmediato supo que el llamado era para él. Era justo lo que necesitaba. Beber hasta la perdición para cumplir su sueño mundialista.

Gucho emprendió la aventura un domingo de fiebre pambolera. Se levantó del sillón para buscar la cartera. El dinero en su interior no era mucho pero sí el suficiente para emprender la aventura. Bajó con la desesperación típica de un aficionado cuyo equipo es asediado por la escuadra rival en los últimos minutos de un encuentro de vida o muerte en la lucha por el no descenso. Recorrió dos cuadras hasta llegar a la tienda. Llegó exhausto. El aire le faltaba pero eso no le impidió comprar cinco caguamas. Por un breve momento, trató de convencerse de que su plan era una estupidez, pero un gol tempranero en el segundo tiempo proyectado en el televisor de la tienda borró definitivamente cualquier rastro de prudencia. Regresó a casa entusiasmado. Metió las botellas de cerveza al refrigerador y destapó la primera. Se bebió la mitad de un solo jalón. Acorralado por el calor infernal de recorrer dos cuadras, el refrescante y helado sorbo de su dorada chela le supo a gloria. El éxtasis fue tal, que Incluso olvidó constatar si la corcholata estaba marcada con la clave que habría de registrar a través de internet. Se sintió aliviado al ver el código HX79G3 al reverso de la tapa. Tomó el resto de su cerveza sentado en el sillón, haciendo cuentas de cuánta cerveza necesitaría consumir semanalmente para asegurar su boleto a Brasil. Si hacía un esfuerzo considerable y se bebía al menos tres caguamas al día, tan solo en un mes conseguiría chuparse noventa y tantas chelas. El proyecto resultó por demás estimulante. La inercia se encargó del resto.

A los pocos días consiguió un empleo como supervisor de un call center. La remuneración no era mucha pero sí la suficiente para garantizar el necesario suministro de alcohol. Como desperdiciaba toda la mañana trabajando, se bebía religiosamente sus tres caguamas en el transcurso de la tarde-noche. Al término de cada extenuante jornada de mareos embrutecedores y anhelos pamboleros, Gucho se iba a dormir aliviado y con la conciencia tranquila de que había hecho todo lo posible por materializar su sueño. Con el paso de los días fue adquiriendo condición para el trago mientras se le iba hinchando la barriga. Sus amigos notaron el cambio físico que experimentaba Gucho con su peculiar proyecto. Algunos de ellos decidieron ayudarlo con la esperanza de que aquel cerro de corcholatas que había logrado juntar el pinche Gucho con el paso de las semanas, los hiciera merecedores de ocupar el puesto de acompañante en el viaje todo pagado a Brasil que continuamente prometía la cervecería durante el resumen televisivo de la jornada futbolera, justo después de que se transmitiera una no tan breve cápsula con las últimas adecuaciones realizadas por el ‘Piojo’ Herrera en el dibujo táctico de la decepción nacional. Los fines de semana se hicieron demoledores. Las botellas vacías se iban acumulando en la cocina de manera exponencial, con música a todo volumen de fondo y efervescentes discusiones filosóficas de gran calado para dilucidar quién de los dos, Messi o Cristiano Ronaldo, debía hacerse acreedor al título de mejor jugador del planeta. La necedad podía alcanzar niveles de insensatez extraordinarios. En alguna ocasión, el Calaco, uno de sus mejores amigos, afirmó con una certeza absoluta que el único equipo capaz de vencer al Barcelona de Pep Guardiola era el América de Zague, aquel equipo con el que los americanistas revivían en sus mentes la gloria ochentera. Una declaración infame que solo un seguidor recalcitrante del americanismo podría enunciar. Tal disparate desató una epidemia de carcajadas que duró semanas. El Botarga incluso estuvo punto de echar cerveza por la nariz con la aberrante y descomunal afirmación del Calaco. Así pasaban todos los fines de semana, repasando los videos en YouTube con las mejores jugadas de Zidane y Ronaldo en sus buenos tiempos. A menudo, aquellas extenuantes jornadas de vicio y cruda pambolera terminaban con una o más personas tendidas sobre el suelo o desparramados en el sofá de la estancia, con ocasionales espasmos de expulsión chelera por la vía oral. Aquello era un desastre. Vasos por toda la estancia, algunos con colillas de cigarro dentro, charcos pegajosos en el piso, muebles desvencijados hechos pedazos y hasta una ventana rota. Eso no impedía que aquella cuadrilla de ebrios se levantaran a las doce del día para ir por una pancita bien condimentada al mercado de los domingos y sudar la cruda armando la reta en el polvorín donde se juntaba la banda para echar patadas emulando a sus ídolos. Por supuesto, el final de la reta era coronada por una obligada tanda de chelas. El resultado no importaba. Sí ganaban, celebrarían el triunfo chupando. Sí perdían, había que curar las penas con unas frías. Nunca sobran justificaciones para conectar la peda. El plan comenzaba a desdibujarse. Ya nadie se acordaba de juntar las corcholatas marcadas y mucho menos registrarlas en internet como los cánones del merchandasing ordenaban.

La víspera mundialista se evaporó en un parpadeo. Cuando Gucho recordó que tenía un cerro de tapas marcadas era demasiado tarde. La promoción había expirado. El sueño mundialista se derrumbaba ante sus ojos. Ya no bailaría samba junto a las hermosas mulatas en las coloradas arenas de Copacabana. Se sintió como un completo imbécil. El plan fracasó estrepitosamente. Los lunes de faltar al trabajo, sus pocos ingresos invertidos en cerveza. Todo fue en vano. La cuenta regresiva llegó a su fin. La fiesta mundialista inició con una espectacular celebración. Un festín de colores y música afroamericana aderezada con nostalgia futbolera. Se deprimió profundamente. Pero había que recobrar el ánimo lo antes posible. El Tri necesitaría toda la ayuda posible para realizar una hazaña luego de una desastrosa eliminatoria. Los amigos de Gucho quedaron de reunirse en casa para ver el partido de México ante Camerún. El Calaco tenía un buen presentimiento. El hecho de que el Piojo Herrera hubiera llegado al Mundial con un América reforzado debía interpretarse como un buen presagio. Un chicharrón le cayó en el ojo. El árbitro pitó el inicio del encuentro. Las emociones fueron pocas, pero llenas de intensidad. Un par de disparos a puerta y una salvada del portero impidieron que el Tri se pusiera al frente. Luego vino la mala suerte. El gol de los africanos vino acompañado de un silencio espeso. Todos voltearon a ver al Calaco. Otra fritura le dio en la cara. La tensión se alargaba conforme iban transcurriendo los minutos. Una derrota en el partido inicial significaba una eliminación segura. El equipo no se encontraba sobre el terreno de juego. Mucha entrega acompañada de muchas imprecisiones hacían mella. Las mentadas de madre comenzaban a subir de tono. Y de pronto el milagro. Un gol de último minuto de los mexicanos hizo que el entrenador nacional reviviera sus viejas glorias de súper sayayin. El grito de gol se regó por las calles de todo el país. El golazo del “Horrible” Peralta prendió la mecha. Fin del partido. Un empate con sabor a triunfo.

“Les dije que tenía un buen presentimiento”, afemía el Calaco. La euforia era total. Gucho decidió que aquella cardíaca igualada era digna de celebrarse en el Ángel de la Independencia. Varios miles de aficionados pensaban lo mismo. El resultado es irrelevante para justificar la fiesta. Aquello era una fiesta atípica por un empate. Gucho y su once titular llegaron a la glorieta de Reforma ebrios de gloria mundialista. Recordó entonces su plan para asistir al Mundial, pero no le importó. La satisfacción de aquella cuasi victoria al lado de los suyos no tenía precio. Total, podía esperar otros cuatro años para viajar a Rusia y festejar como un poseído junto a unas güeras bien chidas al otro lado del mundo. Pero no era momento de pensar en eso. El Tri consiguió un empate de película y eso era todo lo que importaba. Lo suficiente para ponerse una peda de antología. Nada en el mundo podía superar ese inexplicable derroche de alegría llamado futbol.

::.

Las relaciones de pareja en el lenguaje del futbol

Algunas expresiones solo tienen sentido cuando se interpretan en la lengua propia de cada individuo. ¿Y qué ocurre cuando ese idioma es el futbol? Eso es precisamente lo que se plantea esta divertida campaña de la revista Líbero, dedicada a hablar de temas muy diversos en jerga jurgolísitca. Más de un pambolero de corazón se sentirá identificado con el drama conyugal generado por la afición al balompié y la importancia de adoptar el ‘jogo bonito’ como filosofía de vida.

La terrible similitud del futbol y la política

futbol_de_mexico_by_wardlarson

El asunto es tan patético que da risa. Una historia llena de personajes lastimeros dotados de una comicidad involuntaria, como si hubiera sido escrita por Moliere. Un fracaso que se veía venir y que, contrario a lo que algunos piensan, no ha tocado fondo. La historia del Tri es tristísima, como tristísima es la historia reciente de este país. Un juego que no divierte a nadie. Un gobierno convertido en administrador del desastre. Quizá por eso la cancha de futbol se ha convertido en el último bastión de la ruina nacional, metáfora perfecta para evidenciar la frustración que se respira a diario en las calles. El futbol se parece cada vez más a la política y nuestros políticos no son sino el grotesco reflejo de lo que somos como sociedad. Las comparaciones absurdas entre Enrique Peña Nieto y el ‘Chepo‘ de la Torre no son casualidad. Son el síntoma de un mal común que aqueja al grueso de la población. El egoísmo es nuestro verdadero deporte nacional. Ahí estamos, peleando todos contra todos, señalándonos unos a otros hasta encontrar un culpable, un chivo expiatorio que permita justificar la devastación del presente y este futuro vacío de esperanza que nos acecha a la vuelta de la esquina. Ahí están los furibundos comentaristas de la televisión pidiendo que se corten cabezas contra los responsables de que el Tri no vaya al Mundial, vociferando contra la arrogancia de ese remedo de futbolistas derrotados sin siquiera meter las manos. Pobres. No se dan cuenta. ¿Ya no se acuerdan la manera en que denostaban a los equipos centroamericanos? ¿Acaso no contribuyeron ellos, desde la comodidad del micrófono, a alimentar esa arrogancia voluminosa que tanto detestan?

Lo mismo pasa todos los días al revisar la portada de los diarios y enterarse de esta crónica de fracasos disfrazada de progreso: la mentira institucional como sustituto de la realidad. No saben que la zalamería con la que actúan terminará por aplastarlos. La realidad no puede mutilarse a conveniencia para que se ajuste a mis propios intereses, como pretenden algunos. La verdad termina siempre por derramarse ahí donde se engendra la corrupción, más tarde o más temprano. ¿No se dan cuenta? Así es este juego de todos contra todos, donde las tribus enseñan los dientes y amenazan con morder. “Mientras yo esté bien, que los demás se chinguen”, es el himno que nos repetimos a diario. Todos defienden sus propios intereses sin importarles lo que ocurra a los demás. La egolatría y la vanidad se erigen como el fundamento de esta realidad viciosa que perfuma el aire con un agrio olor a muerte y podredumbre, un aire espeso, tóxico, asfixiante, que se riega por el mundo como una epidemia.

En el México de hoy no debería sorprendernos que once futbolistas pintados de verde jueguen anteponiendo sus intereses a los del equipo. Por eso no es de sorprenderse que los políticos de todas las denominaciones defiendan los intereses sectarios que atentan contra el bien común. Los ricos contra los pobres y los pobres contra los ricos. La doctrina del ojo por ojo es la única ley posible. Eso explica la ceguera colectiva. “¡Sálvese quien pueda y como pueda!”, es la consigna con la que nos levantamos de la cama. Vivimos una persecución constante. Hay que estar siempre alerta. Si te descuidas el otro te clavará el puñal por la espalda. Si te apendejas el otro te va a joder. En México la Ley de Herodes no es una película de Luis Estrada ni un cuento de Ibargüengoitia: es un símbolo patrio.

Que a nadie le sorprenda que el futbol se haya convertido en el ultimo resquicio del nacionalismo, en la puerta de emergencia para huir de esta frustración sistemática como forma de vida, al igual que el alcohol, las drogas, la violencia o la enajenación silenciosa, esas válvulas de escape donde se canaliza el odio contra el mundo, el odio contra uno mismo. El futbol abandonó su vocación lúdica para convertirse en negocio. Ya no es divertido. Los futbolistas sufren ante el temor punzante de no fallar, no cometer la más ligera equivocación para no ser condenados a la hoguera del escarnio y la humillación pública, la peor de las condenas para el pero de los delitos en esta sociedad fraticida que erige templos a la egolatría como pasatiempo predilecto. Quizá por eso los futbolistas ya no fintan, ya no juegan de taquito ni sonríen. Quizá por eso la gente asiste a los estadios de futbol para escupir y golpear al enemigo, el que viste un color distinto al mío. Triste el día en que el futbolista se convirtió en el prototipo del agelasta. Triste el juego donde no hay risas ni hay amor. Triste país donde no hay risas ni hay amor. La vida es más grande que un juego de futbol o una elección presidencial pero nos gusta creer lo contrario para vomitar toda la frustración y la ira que llevamos dentro. Terminamos atrapados siempre en esa enajenación ritual que conduce al fanatismo, a la sordera conveniente, la estupidez como premisa de escape. Pensándolo bien, el futbol y la política tienen mucho en común. Demasiado en común. Da risa lo patético que resulta jugar este juego sin sentido. Por eso, procuraré reírme de mí mismo la próxima vez que remate de chilenita y caiga de costalazo en el intento. “Quedamos los que puedan sonreír en medio de la muerte”, como canta Silvio. Así en la política como en el futbol. No hay de otra.

A %d blogueros les gusta esto: