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Pactos de sangre: la política como lucha de clanes

La familia es el núcleo del poder político. Permite acumular capital, en forma de bienes, pero también conocimiento, a través de la cultura. Por ello, no es casualidad que un grupo pequeño de familias pueda permanecer siglos en el poder político, tal como lo han demostrado las grandes dinastías, desde los Ming, los Habsburgo o los Borbón, entre muchas otras. En esto consiste en esencia, el verdadero Juego de Tronos que es la política, tan fielmente retratado en la obra de George R. Martin.

Aunque las revoluciones burguesas cambiaron las reglas del sistema de gobierno a partir del cual se justifica el poder, el sistema dinástico se mantiene intacto en lo fundamental, tal como puede constatarse con las familias que se mantienen durante siglos encumbradas dentro de la clase política, aún cuando la reformulación del acuerdo político moderno como consecuencia de la construcción del Estado-nación, implica una rotación en los cargos que detentan el poder, concepto fundamental de las llamadas democracias liberales emanadas del siglo XVIII. Sin embargo, los vínculos de sangre siguen jugando un papel central en la ecuación del poder político, y para muestra, basta citar el reinado de los Bush en Estados Unidos, o la manera en que ciertos expresidentes buscan regresar al poder a través de sus hijos, esposas o parientes cercanos.

De este modo, la política se reduce a una disputa entre clanes, que al igual que ocurre desde tiempos remotos, utilizan el poder de la sangre para reafirmar su poderío por encima de otros. La raíz para entender esta disputa, se remonta a la lucha entre familias fuertes tratando de dominar a familias débiles. Esta disputa trae como consecuencia la lucha de clases, que no es sino un grupo de familias o clanes en contra de otras familias y clanes fragmentados. Una disputa en que el uso de las armas y la riqueza, pero sobre todo el lenguaje como medio de control de la realidad (incluida la religión y cualquier otra forma de ideología), juega un papel fundamental para explicar la dominación de un grupo sobre otro. Esto permite entender cómo en un primer momento la fuerza física de un líder guerrero podía implicar un poderío mayor dentro de la tribu, tal como ocurría en sociedades primitivas. Sin embargo, la necesidad de realizar alianzas con otros grupos para garantizar la superviviencia del clan, fue un factor determinante para que la fuerza física fuera gradualmente sustituida por otros atributos, como la capacidad de negociación, la inteligencia para prever escenarios y otro tipo de cualidades propios de un auténtico animal político.

De este modo, la supervivencia del clan se basa en la capacidad de establecer acuerdos de sangre con otros clanes. Y este acuerdo de sangre se da a través del matrimonio y la procreación. De ahí que “provenir de buena familia”, implica acceder a los privilegios que el clan ha acumulado a lo largo de generaciones. Por ello, la hegemonía de una clase social sobre otra, se basa en un tipo de “selección natural de segundo orden”, donde además del factor genético, existen otros atributos a tomar en cuenta a la hora de establecer alianzas de sangre con otros clanes. La fuerza del clan consiste en su capacidad de pactar con otros clanes. En términos políticos, esto tiene dos ventajas: 1) da mayor cohesión al grupo gobernante; 2) la hace menos vulnerable a ataques del exterior.

En toda familia existen historias de ruina, perversión y excesos. Pero guardar el secreto del clan los hace menos vulnerables a los embates de otros grupos. De ahí que “la ropa sucia se lave en casa”. De este modo, el poder político en el contexto humano puede resumirse a una lucha de clanes, donde la cultura y la ideología se vuelven factores cruciales no solamente para establecer su poderío. Esto permite entender desde una perspectiva más amplia, la manera en que opera el bloque hegmónico al que refería Gramsci, pues la dominación de un clan por encima de otro se fija en el imaginario del sometido a través de la cultura. No es casualidad que la fundación de un Estado-nación esté justificada en un conflicto bélico de rasgos mitológicos donde el grupo ganador es convertido en héroe a través del arte y el discurso. De este modo, para poder ostentar el poderío político, hace necesario que los clanes en el poder construyan su propia mitología capaz de someter a otros desde el imaginario. Por ello, la política es una continua lucha de narrativas cuyo objetivo es el control de la realidad. Un control donde los medios de comunicación (sean orales, escritos o digitales) cobran una particular relevancia a la hora de ejercer el poder político.

Esto permite entender cómo es que todo proyecto revolucionario es ante todo, un disurso capaz de trastocar los intereses del grupo dominante. Un discurso cuya legitimación se da en la acción, en la lucha, cuya máxima expresión es el ofrecimiento de la vida a cambio de un ideal. Un nuevo pacto de sangre capaz de romper el otro pacto de sangre establecido por las élites. De este modo, toda revolución busca crear su propia mitología, con el fin de justificar su permanencia en el poder. El debilitamiento o fortalecimiento de dicho grupo revolucionario dependerá de su capacidad para mantener la coherencia del discurso mitológico, para lo cual, se vuelve indispensable crear vínculos emocionales con ese “artificio de realidad” construido por los grupos de poder a través del lenguaje y la cultura. De este modo, todo concepto de realidad, como ocurre también con todo acto de lenguaje, implica un ejercicio del poder político. Esto permite entender el papel del arte en todo proceso revolucionario como ese gran transformador de narrativas, y permite también entender la manera en que el poder hegemónico trata de capturar y canalizar hacia sus propios intereses, el poder transformador del arte: desde el arte sacro del medievo hasta Hollywood como instrumento de propaganda.

Sin embargo, la familia como cualquier otro ente vivo, también es susceptible de ver menguado su poderío político a partir de las disputas internas u otros vicios propios de la condición humana, como dan cuenta la ruina de múltiples dinastías que en su momento parecían imbatibles. La perversión, la enajenación, la corrupción, el vicio y la podredumbre humana en sus distintas manifestaciones son siempre el preludio de la ruina, la explicación fundamental para entender la caída de los grandes imperios y los grandes clanes. Sólo el más apto sobrevive, siguiendo la máxima darwinista sobre la selección natural aplicada en el terreno de lo político. Y en esa rueda interminable que es la vida, algunos caen y otros se levantan, mientras otros luchan por mantenerse. Es el juego de la vida, el juego de lo político, donde el control de la realidad persigue un solo fin: la supervivencia de la especie a través del clan.
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Las relaciones de poder para principiantes: Foucault, Gramsci y Hegel

Dos de los grandes pensadores de todos los tiempos en torno al fenómeno del poder, en versión para novatos. Un par de videos introductorios a la obra de Michel Foucault, Antonio Gramsci y Hegel. Para comprender un poco mejor el mundo caótico y violento en que vivimos, donde los aparatos de control se enfrentan a la rebelión de la conciencia.

HEGEL from diego levy on Vimeo.

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