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La catástrofe ambiental del mundo es consecuencia de una modernidad en ruinas

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La crisis ambiental de nuestro tiempo es consecuencia de un modelo civilizatorio en crisis: la modernidad.

Este modelo civilizatorio nació en Europa alrededor del siglo XV, con una ruptura entre el pensamiento religioso y la racionalidad, como forma de interpretar la realidad, lo cual sentaría las bases de la ciencia moderna. Esta ruptura entre mythos y logos, como diría García Gual, vino acompañada de otros fenómenos históricos paralelos como el colonialismo y una concentración de riqueza por parte de un sector social integrado por comerciantes y pequeños artesanos: la burguesía. Esta clase social utilizó el discurso de la racionalidad para enfrentar los abusos de las monarquías europeas, cuya legitimación dependía precisamente de un supuesto vínculo divino entre Dios y el monarca. Dicho de otro modo, la burguesía tuvo que matar a Dios para tomar el poder. De ahí que las revoluciones que dieron origen al Estado-nación como modelo de organización política, surgieron formalmente con la Revolución Francesa y el resto de las “revoluciones burguesas” (como diría Hobsbawm), las cuales permitirían a las clases ricas asumir el poder político sin necesidad de tener títulos nobiliarios. En este periodo, los banqueros se asumen como un actor protagónico en las relaciones de poder que articulan a las sociedades modernas, cuyo desarrollo tecnológico con fines bélicos, permitió a los europeos imponerse sobre otras civilizaciones. En este periodo surge la democracia como discurso de legitimación política y al mismo tiempo, se generaron condiciones históricas que explican la expansión del capitalismo, lo cual a su vez, explica el surgimiento de la Revolución Industrial, con su respectiva voracidad de recursos naturales y un gasto energético sin precedentes que genera el calentamiento global del último siglo y medio. Y es precisamente este proceso histórico de 500 años lo que ha generado la crisis ambiental de nuestro tiempo.

Si queremos solucionar la catástrofe ecológica no basta con dejar de usar popotes y reciclar plástico. Se requiere un cambio profundo, espiritual y filosófico, que nos permita replantear de raíz el propósito existencial del ser humano y su relación con el mundo. Pero de esto no se habla en las noticias porque representa una amenaza para las élites privilegiadas, promotoras del pensamiento conservador, que buscan mantener su hegemonía, dándole respiración artificial a un sistema civilizatorio caduco, que ha cumplido su ciclo histórico.

Lo que requerimos, es construir los cimientos de una nueva civilización. Ese es el gran proyecto intelectual de nuestro tiempo. Vayamos al fondo de la cuestión y no nos quedemos nada más en la superficie. Se requiere una nueva cosmogonía para este planeta hiperconectado y diverso, una nueva mitología que permita solucionar grandes problemas estructurales como la migración. El mundo requiere radicales capaces de cuestionarlo todo, para que la humanidad pueda renacer de entre los escombros de una civilización obsoleta..

Una clase de historia decolonial con Enrique Dussel

Deslumbrante explicación del gran Enrique Dussel sobre las implicaciones de la invasión europea a América. Un relato que da cuenta cómo se da el surgimiento de Europa como potencia global, frente a otros procesos civilizatorios en el planeta. El inicio de una era moderna que parece próxima a terminar.

Crítica ficcionalista a las elecciones presidenciales de 2018 en México (y a los pejefóbicos que nunca entendieron de qué se trató la cosa)

AMLOVE

Concluye un ciclo histórico de 30 años y empieza una nueva etapa. No sabemos si mejor o peor, pero será una nueva etapa al fin y al cabo. Creo que era un paso necesario y urgente que México tenía que dar para crecer como nación. Llevábamos demasiado tiempo estancados en la misma lógica y siempre es bueno un cambio de aires para refrescar la mirada, aunque eso signifique enfrentar nuevos retos, nuevos desafíos, nuevos vicios, nuevos problemas. El cambio de hoy es muy probable que se corromperá mañana, no sabemos si dentro de tres años o dentro de cien, pero es algo que ocurrirá tarde o temprano, siempre, porque la historia es cíclica, un continuo ir y venir por territorios desconocidos, y las soluciones del ahora están construyendo desde ya los desafíos del futuro. Es la inercia de la vida. Y la política, como cualquier otro ámbito de la vida, no escapa a la dinámica de estas fuerzas fundamentales que rigen todas las cosas.

Por eso mismo, sostengo que el cambio era urgente. La vida de los pueblos como las personas, experimentan el mismo choque de fuerzas que determinan la existencia. La psicología de masas no es sino una suma de psicologías individuales que a su vez, construyen un nuevo ente más complejo, pero que en el fondo, comparten un origen común. Así como las personas somos un nivel de conciencia que surge de la cooperación ordenada de millones de células, la sociedad es también un nivel de conciencia colectiva que responde a la dinámica de las fuerzas primordiales que constituyen el universo.

Y ocurre que el desarrollo espiritual de las naciones es similar al desarrollo espiritual de las personas, el cual depende en buena medida, de enfrentar los demonios internos. Y en las naciones como en las personas, el miedo a enfrentar esos fantasmas delirantes que duermen en nuestras profundidades, suele traer consigo consecuencias trágicas. “Todo deseo contenido engendra peste”, escribió maravillosamente el poeta William Blake. Una peste que proviene del deseo insatisfecho, una necesidad de autorrealización que se ve frenada por el miedo de enfrentarnos a aquellas fuerzas que nos impiden crecer. Por ello, toda tradición mística y esotérica, es ante todo una enseñanza sobre cómo enfrentar nuestros miedos más elementales: el miedo a la muerte, el miedo al dolor, el miedo a la soledad.

No es casualidad que a lo largo de la historia de la humanidad, el mito del héroe que vence a sus demonios internos para alcanzar la armonía existencial, es una constante en cualquier cultura, de cualquier tiempo, en cualquier rincón del planeta. El héroe que en busca de sí mismo que es capaz de crear un cambio significativo en el mundo.

Esta estructura psíquica encargada de simbolizar la experiencia humana (descubierta y descrita por Jung y su concepto de arquetipo e inconsciente colectivo) están presentes en prácticamente cualquier relato, sin importar que se trate de un pasaje de la Biblia, un cuento para niños, una película de Hollywood o un drama de Shakespeare. La psique humana se articula a través de ficciones que nos permiten crear un punto de referencia a partir del cual, podemos interpretar y habitar un mundo articulado, gracias al milagro del lenguaje. No en balde, “los límites del mundo son los límites del lenguaje”, como bien señalaba Wittgenstein. De este modo, toda cultura es el resultado de un complejo proceso de intercambio de experiencias que articulan una cosmovisión, es decir, un relato fundamental a partir del cual se construyen todos los demás relatos posibles. Este relato esencial, que los antropólogos conocen como mito, no es sino un relato de ficción a través del cual, el ser humano se explica y trata de interpetar el mundo en que vive. Dicho mito, es el sustento mismo de la realidad. Es decir, que el mito es un discurso que trata de condensar la experiencia humana durante varias generaciones, para luego plasmarla en un relato capaz de explicar todas las cosas, a partir de las cuales, podemos situarnos en el mundo. Toda cultura, por lo tanto, es un cúmulo de narrativas que buscan entender las implicaciones de la existencia y la relación del ser humano con su entorno.

Para quien entiende esta relación entre vida, cultura y lenguaje, resulta sencillo comprender otros ámbitos como la ideología, es decir, un conjunto de ideas más o menos estructuradas que tratan de explicar la realidad cotidiana. Un conjunto de ideas que alude siempre al mito, a partir del cual, se construye cualquier ideología posible. En este sentido, la política, entendida como una disputa por el poder, no es sino una lucha por el control de la realidad. Una batalla que se libra a través del uso del lenguaje y la construcción de narrativas. Esto nos permite entender por qué razón no existe una diferencia significativa entre el relato de ficción y el relato histórico, ya que como bien apunta Paul Ricoeur en su libro Tiempo y narración, ambas modalidades del relato funcionan a partir de los mismos esquemas mentales que posibilitan el lenguaje. Por ello, es común que la historia, entendida como el estudio de la experiencia humana en el pasado, se construye a través de narrativas. De ahí que, cuando decimos que una persona “hace historia”, significa en el fondo que las acciones de dicha persona provocaron un cambio en la narrativa sobre la experiencia humana en el pasado. Hacer historia, por lo tanto, es cambiar el curso de la narrativa hegemónica mediante la cual, el ser humano se explica a sí mismo, a partir de la experiencia de otros seres humanos que vivieron antes que él. Por ello, el surgimiento de la historia surge como tal con la invención de la escritura, ese artificio del lenguaje que permite fijar en el tiempo y el espacio la experiencia humana a un nivel de detalle imposible de recrear a través de las finitas capacidades de la memoria humana y la tradición oral. En este sentido, no es casualidad que la historia, el derecho y el surgimiento del Estado tengan un origen común, que coincide con la invención de la escritura. De modo similar, la política entendida como un control de la realidad a través de estructuras narrativas, permite comprender la manera en que las ideologías políticas se debilitan y fortalecen con el paso del tiempo, cuando dicho relato deja de tener sentido frente a nuestra experiencia de vida. Por eso, dice Gadamer, la verdad es una afimación (o un relato) de la existencia que debe constatarse continuamente en la experiencia humana. Un discurso político deja de tener sentido (es decir, deja de ser verdadero) cuando dicha afirmación sobre la existencia deja de tener relación con mi propia experiencia de vida y mi propia interpretación del mundo. La verdad, será entonces, un relato cuya validez se otorga a partir de una experiencia de vida común entre los diversos integrantes de un grupo social. La verdad está siempre en entredicho, siempre a prueba, siempre contrastada con mi propia experiencia de vida. Las grandes verdades universales sobre la existencia humana, son aquellas afirmaciones que no pierden vigencia y siguen significando cosas para la gente a través del tiempo, sin importar la época.

Yo me di cuenta de esta situación, quizá no de manera teórica pero sí más intuitiva, cuando comencé a trabajar. Recuerdo que en mi familia y círculo social cercano, crecí con la idea imperante dentro del liberalismo económico, idea hegemónica dentro de nuestra cultura occidental, la cual sostiene que la riqueza es fruto del trabajo. Pero recuerdo que aquella frase dejó de tener un sentido para mí, cuando en mi primer empleo, yo me la pasaba trabajando durante más de ocho horas diarias, seis días a la semana, mientras apenas tenía dinero suficiente para pagar mis necesidades más elementales, al mismo tiempo que veía a otros chicos de mi edad irse de fiesta todos los días porque sus papás tenían dinero suficiente como para que sus hijos no tuvieran la necesidad de trabajar. En un sentido similar, veía a mi alrededor que un albañil, por ejemplo, podía realizar un trabajo más exhaustivo, con jornadas larguísimas de 12 o 14 horas, mientras el “patrón” podía trabajar, pero eso no incidía directamente en los niveles de acumulación de riqueza. A partir de ahí, me di cuenta de que trabajar todo el día, por sí solo, no permite acumular riqueza, sino que por el contrario, existen otros mecanismos sociales que permiten dicha acumulación. Esa intuición fue reforzada cuando, ya en la universidad, tuve la oportunidad de leer El Capital de Karl Marx, libro que no es sino un relato de cómo se genera dicha acumulación a través de la explotación y la apropiación de los medios de producción, relato que tiene mucho más sentido para mí, que el discurso liberal que siguen suelen sostener aquellos cretinos que creen que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar”.

Lo que intento demostrar, es que nuestras ideas políticas suelen estar referidas a nuestra experiencia de vida. Y nos identificamos con determinados discursos políticos porque dichos discursos significan algo para nosotros, según nuestra propia experiencia. Pero resulta que nuestra propia experiencia de vida, es al mismo tiempo, una interpretación que pretende dar coherencia lógica y estructura narrativa a distntos hechos aislados, articulados como un todo gracias a la memoria y nuestra capacidad de estructurar relatos de vida, en función de nuestras emociones.

De ahí que cualquier ideología busca en el fondo tratar de establecer una relación causal entre mis emociones y los relatos a partir de los cuales trato de explicar el mundo. Es decir, que toda ideología es en el fondo, un relato sobre la relación entre mis emociones y las cosas que ocurren en mi entorno, es decir, un discurso que me permite explicar por qué me siento como me siente en función de la manera en que me relaciono con el mundo que me rodea. De ahí que toda retórica política tenga un sustento emotivo, más que racional, y explica también el poder del demagogo: ese parlanchín que dice lo que el pueblo quiere oír para tratar de restablecer un equilibrio anímico que ha sido trastocado de alguna manera por algún tipo de crisis que pone en peligro mi bienestar. Esto permite entender cómo es que todo discurso político busca apelar a las emociones de las masas para tratar de construir un relato en torno a las causas del bienestar y el bienestar como propósito de futuro. Y todo discurso político lleva implícitas estructuras mitológicas, como bien lo advirtió el filósofo Ernst Cassirer. Por ello, no existe un solo discurso político que no aluda al bienestar colectivo de un determinado grupo. Es decir, que todo discurso político está orientado a tratar de convencer de que una comunidad se siente como se siente, debido a una serie de causas que es necesario corregir para restablecer el bienestar perdido. Las promesas de campaña tienen este fin: tratar de persuadir sobre las formas en que, una serie de acciones encabezadas por los líderes de la comunidad (los gobernantes) habrán de estar orientadas en tratar de mantener el bienestar existente o tratar de acceder a él.

Sobre estos ejes se estructuran las ideas elementales del espectro político: la derecha como una ideología que busca mantener los mecanismos estructurales que explican el bienestar de un grupo, frente a una izquierda cuyo propósito es acceder a un bienestar que le ha sido negado. De ahí que la disputa entre la derecha y la izquierda es, en el fondo, una lucha por conservar cierto tipo de privilegios o tratar de acceder a dichos privilegios. Desde luego, las posiciones de cada polo serán determinadas en función de los intereses de cada persona. Aunque lo cierto es que, más allá de la condición material, lo que realmente importa es cómo es que cada quién construye su propia narrativa en torno al problema del bienestar. Por ello, el pensamiento de conservador de derecha, generalmente asociado a las clases privilegiadas, buscan preservar dichos privilegios emanados de las estructuras sociales, mientras que la izquierda busca acceder a una forma de bienestar que le ha sido negada, principalmente por relaciones de subordinación. Dicho de otro modo, dentro del contexto de la lucha de clases, el pensamiento conservador busca mantener sus privilegios, mientras que el pensamiento de izquierda busca acceder a un bienestar prohibido. A través de esta dicotomía y polaridad, se puede entender la razón por la cual, es posible establecer, de manera muy general, vínculos entre el pensamiento de derecha y los sectores más ricos de la población, así como un pensamiento de izquierda generalmente asociado a los sectores más pobres. De este modo, la disputa entre derecha e izquierda tiene como trasfondo la continua batalla entre ricos y pobres, o quienes se asumen partido a favor de un bando determinado. Esto explica, en buena medida, el por qué existen “pobres de derecha” y “ricos de izquierda”, pues a final de cuentas, la identidad no tiene que ver únicamente con una condición material per se, sino más bien, con la construcción de una narrativa propia. Un relato que busca relacionarse con una determinada idea de bienestar como fenómeno colectivo, que trasciende incluso la condición individual de cada persona. Es por ello, que toda ideología política, sea de izquierda o derecha, es consecuencia de una identidad colectiva que trata de satisfacer necesidades vitales o equilibrar pulsiones elementales propias de todo ser vivo, frente a una narrativa del bien común.

Es así, que la política busca en el fondo, construir narrativas en torno al problema del bienestar. Y a medida que dicha narrativa tenga una resonancia interna entre las masas, mayor será su efectividad para persuadir, convencer, manipular y controlar.

Por ello, romper esta relación de dominación implica volverse fuerte, y para ello es un requisito indispensable conocerse a uno mismo, vencer el miedo y aprender de nuestros errores, con el fin de construir narrativas que nos permitan reestablecer el equilibrio anímico a nivel individual y colectivo. Pero cuando esto no ocurre, la desgracia suele hacerse presente en la vida de los individuos y los pueblos.

Eso fue justamente lo que hemos vivido en México los últimos años: una sociedad mexicana presa del miedo que decidió votar en contra de quien representaba “un peligro para México”, según una campaña de terror orquestada desde las cúpulas empresariales y el gobierno, para infundir miedo de un cambio. Una situación que derivó en una crisis de violencia sin precedentes que suma más de 250,000 asesinatos y más de 37,000 desaparecidos en 12 años de “guerra contra el narco”. Presa del miedo, México se sumió en una profunda crisis, la cual se hizo aún más profunda con aquella timorata frase que encumbró al PRI en 2012: “mas vale malo conocido que bueno por conocer”. Al fin y al cabo, decían los aplaudidores del PRI, ellos “sí saben gobernar”. Un terror irracional al cambio cuyos ecos se mantuvieron hasta las campañas de 2018, con versiones sin ningún tipo de sustento o evidencia empírica sobre el enorme “peligro que representaba López Obrador para la economía”- Un miedo bien alimentado por rumores, campañas de terrorismo ideológico orquestadas por los bancos y los medios afines al sector financiero, que se filtraron en el imaginario de las clases medias, incapaces de interpretar los intereses ocultos tras la información divulgada en los medios.

Las consecuencias de los últimos dos sexenios, ya lo sabemos, fueron desastrosas. A tal punto, que en 2018 la inmensa mayoría de los mexicanos prefirieron correr el riesgo de convertirse en “Venezuela del Norte” antes que volver a apostar por el bipartidismo de derecha que impulsó el modelo neoliberal, que durante tres décadas devastó al país mediante políticas como las privatizaciones, la firma del TLCAN, el rescate bancario vía el Fobaproa o las llamadas reformas estructurales que incluyeron la privatización del petróleo, así como la precarización del salario y las condiciones laborales.

El PRI y el PAN son los principales responsables de que López Obrador haya ganado las elecciones con una ventaja din precedentes, aplastante, que no hubiera ocurrido si en 2006 las élites político-empresariales que mantuvieron intacto su pacto de impunidad mientras el país se desangraba, no hubieran impedido la llegada de López Obrador a la presidencia, en condiciones más acotadas que lo que ocurrió en 2018. Dicho de otro modo, si hubieran dejado pasar a López Obrador en 2006 no hubiera llegado con mayoría en el Congreso y una cantidad de votos aplastante para la elección de 2018. Hoy en cambio, no sólo se convirtió en el presidente más votado en la historia del país desde la época de la Revolución, sino que además llega con 5 gubernaturas y mayoría en las dos Cámaras. Paradojas de la historia. Una muestra de que, más allá de la política, existen otras fuerzas elementales que rigen la naturaleza y que generan un efecto contrario al que la derecha buscaba generar en un principio, cerrándole el paso a quien se había ganado la simpatía de la gente.

Por otra parte, la tenacidad y perseverancia de Obrador, aderezada con su obsesión por la historia, una moral chapada a la antigua y su afilado colmillo político, le permitieron aprender de sus errores y conformar un movimiento social incluyente que poco a poco lo fue vacunando contra los ataques de un PRIAN, fracturado por la desmedida ambición de sus integrantes, lo cual fue un factor decisivo en la contienda. Esto aún cuando persiste la animadversión clasista contra un personaje popular como Obrador, quien prefiere recorrer las plazas públicas utilizando una retórica sencilla e incluso rudimentaria, para convencer a la gente de la existencia de una “mafia del poder” que tiene secuestrada a las instituciones (lo cual es cierto) y cuyos niveles de corrupción han provocado un nivel de podredumbre generalizado.

Lo interesante aquí, es que el desastre de país en los últimos dos sexenios terminó provocando que el discurso sobre el cual se sostenía la continuidad del modelo neoliberal se derrumbara, ante la urgente necesidad de un cambio que permitiera devolver el equilibrio anímico a la colectividad. Un fenómeno que no es exclusivo de México, sino parte de un proceso histórico mucho más profundo que tiene que ver con la dinámica de la globalziación financierista y las tensiones que esto genera en Estados-nación que ven vulnerada su legitimidad frente al poderío del capital trasnacional.

“En el momento en que el Estado se ve privado de una fuerza identitaria que sostenga su difícil maniobra en el mundo de la globalización, ese Estado trata de relegitimarse volviendo a llamar a su gente, es decir, a su nación; pero esa nación, en muchos casos, ya se ha separado del Estado y cree que no está siendo representada”, refiere Manuel Castells en su ensayo Globalización e identidad. Una situación que explica el resurgimiento de líderes nacionalsitas en todo el mundo que aparecen como alternativa a los estragos de una modelo globalizador basado en la movilidad del capital financiero, que ha devastado comunidades y territorios enteros mediante negocios multimillonarios que son incapaces de satisfacer la insaciable ambición de una pequeña élite a expensas del sufrimiento de millones de personas que se ven obligadas a migrar de sus territorios para ganarse la vida en las ciudades donde se concentra la mayor parte de la riqueza global. Un fenómeno migratorio de gran escala que a su vez, socava la cohesión cultural a través de la cual se sostiene la idea del Estado-nación, lo cual provoca una fractura al interior de las grandes urbes que se convierten en espacios de confrontación entre grupos étnicos, religiosos y multiculturales, muchas veces antagónicos entre sí.

Una situación que ocurre actualmente en México, con el fenómeno migratorio hacia Estados Unidos, la devastación ambiental y social ocasionada en comunidades y pueblos a manos de empresas extractivas protegidas por gobiernos neoliberales que han renunciado a su facultad de proteger a sus ciudadanos, con el pretexto de atraer inversión extranjera, siempre dispuesta a generar riqueza mediante el despojo, la explotación y empleos mal pagados. Una situación que fue evidenciada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional desde la fase inicial del proyecto neoliberal en México y que se fue propagando por todo el país a lo largo de los años, junto a múltiples evidencias del fracaso de la apertura económica a varios niveles.

¿Qué ocurrió entonces? Lo que siempre ocurre en la política. El discurso de López Obrador ofreció una explicación cada vez más convincente de la realidad nacional, lo cual le abrió las puertas del triunfo. Cuando Andrés Manuel afirmaba que el PRIAN era lo mismo, las alianzas entre Diego Fernández de Cevallos y Carlos Salinas de Gortari o los continuos guiños de Vicente Fox con Peña Nieto, siempre con la tecnocracia neoliberal como vaso comunicante entre priistas y panistas, terminó dando razón al tabasqueño en torno a la existencia de una “mafia del poder”, cada vez más obscena y evidente.

Una alianza histórica que, sin embargo, fue dinamitada por un impetuoso Ricardo Anaya que, en aras de su ambición presidencial, provocó una ruptura profunda con el PRI, tras la reunión secreta que sostuvo con Peña en Los Pinos el 20 de enero de 2017 en el contexto de la elección a la gubernatura del Estado de México, en la que supuestamente ambos habrían pactado algo que el líder panista terminó por “traicionar”, según han señalado los cercanos de Peña. Pero esta no fue la única fisura provocada por Anaya, quien utilizó la dirigencia nacional del PAN para apoderarse del partido e impulsar su candidatura presidencial con un alto costo político para la militancia blanquiazul: la fractura y rompimiento con el grupo de Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, lo cual derivó una disputa interna que se mantiene vigente y le pasará factura al joven queretano tras la elección de 2018. No en balde, las cifras muestran que con todo y las alianzas del PAN con PRD y MC, la de Anaya fue la peor votación para un candidato presidencial panista del que se tenga registro en la historia reciente, desde la llamada transición democrática. Por si fuera poco, Anaya construyó una alianza antinatura con el PRD, sí, el mismo partido que surgió como consecuecia del pacto entre PRI y PAN tras el fraude de 1988, situación que en una de esas peculiares paradojas de la historia, terminó arrastrando a su mayor debacle electoral desde el inicio de la alternancia y sepultando al PRD, reducido a un partido satélite luego de haber tenido posibilidades reales de acceder al poder. De este modo, Anaya cometió tres errores clave que dinamitaron la cohesión histórica de la tecnorcracia neoliberal de derecha que sostuvo la hegemonía del PRIAN durante tres décadas.

Ante un escenario así, era más que entendible que un discurso antisistema como el de López Obrador tuviera cada vez más resonancia entre un número creciente de damnificados por los estragos del neoliberalismo, tal como quedó de manifiesto con el gasolinazo, derivado de la reforma energética aprobada por el PRI y el PAN. De este modo, la retórica lopezobradorista se convirtió en la única alternativa viable, ante la notable ausencia de otros discursos antisistema con la fuerza necesaria para satisfacer esa necesidad, razón por la cual, más allá de los aciertos del tabasqueño, la retórica neoliberal aunada a los altos índices de violencia y corrupción, derivados de intentos desesperados por retener un poder decadente y cuestionado por la vía del fraude electoral, como ocurrió en 2006 y 2012, terminó por derrumbar al PRI y al PAN en 2018, convirtiendo a Morena en un movimiento social emergente con posibilidades de construirse como partido hegemónico en un futuro no muy lejano, generando así un cambio de régimen, entendido como el conjunto de instituciones que regulan y administran el poder político.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los críticos de López Obrador a lo largo de las campañas electorales ni siquiera se percataron de la enorme trascendencia histórica que encerraban las elecciones de 2018, en buena medida, por la dinámica con que operan los grandes medios de comunicación y la industrialización del internet, que ha convertido cualquier acontecimiento en un espectáculo propio de la sociedad del consumo, a expensas de la reflexión y una búsqueda profunda de la verdad.

De este modo, los sectores conservadores asustados de perder sus privilegios frente a un proyecto político como el de López Obrador -que busca priorizar a los más pobres con el fin de contrarrestar los desequilibrios generados por el mercado frente a un Estado débil- fueron burdamente manipulados por los intereses de las cúpulas empresariales que se han enriquecido de manera indignante mientras la brecha entre ricos y pobres en México se vuelve cada vez más amplia, reavivando los temores de masas desinformadas que, sin conocer a fondo la situación de Venezuela, afirmaban una y otra vez, similitudes inexistentes entre el régimen chavista y el proyecto lopezobradorista.

Estas son las implicaciones de fondo de la elección presidencial de 2018, las cuales pasaron prácticamente inadvertidas por el grueso de la población, felizmente enajenada con muchos memes y críticas chafas que evidenciaron también la crisis al interior de la comentocracia mexicana, alimentada por el régimen neoliberal y con fuerte presencia en los grandes medios de comunicación, cuyos argumentos fueron perdiendo fuerza ante la incapacidad intelectual de las élites para reinterpretar el momento político y social por el que atraviesa México.

En conclusión, considero que el paso que dimos los mexicanos con el arribo de un líder popular, proveniente de movimientos sociales como López Obrador, no sólo resultaba necesario, sino urgente, dado el nivel de descomposición social por el que atraviesa el país.

Sin embargo, no soy ingenuo, y desde luego entiendo que el nuevo régimen traerá consigo una serie de riesgos, favoreciendo a unos y perjudicando a otros, como ocurre con cualquier otro régimen político, pero me parece que el llamado a la reconciliación nacional, proviniendo de un personaje como López Obrador, puede ayudar a México pasar a otra etapa histórica. Un acontecimiento que, como bien escribió Jorge Volpi en un artículo reciente publicado en Reforma, representa una enorme oportunidad para que los mexicanos aprendamos de nuestros errores, enfrentemos nuestros miedos y estemos dispuestos a seguir nuestro camino en un nuevo periodo histórico. Una oportunidad que implica abrir muchas puertas y ventanas que durante mucho tiempo estuvieron cerradas. Pero una cosa es abrir la puerta y otra muy diferente, cruzarla.

No sabemos qué traerá consigo este cambio, pero vale la pena correr el riesgo e intentarlo. En una de esas, no sabemos, quizá el país pueda mejorar un poco en algunos aspectos fundamentales, lo cual sería ya, un pequeño avance, aunque sabemos que siempre habrá grupos inconformes, tal como ocurrió con buena parte de los gobiernos de izquierda que gobernaron en países de Sudamérica durante las primeras dos décadas del siglo XXI. Gobiernos de izquierda que, pese a sus innegables avances en ámbitos como el combate a la pobreza, han tenido muchos problemas para mantener el poder frente a una derecha rapaz protegida por los medios de comunicación afines a las potencias occidentales, principalmente Estados Unidos y Gran Bretaña, las dos principales sedes del capital financiero trasnacional.

De este modo, confío en que López Obrador hará lo que esté a su alcance para remediar los males que aquejan al país, toda vez que su obsesión histórica y su condición de líder de un movimiento social auténtico, de base, lo hacen un personaje adecuado para encarar en reto. Mucho más adeucado, sin duda alguna, que los tecnócratas “avalados” con sus títulos obtenidos en universidades extranjeras, quienes provocaron la devastación de un país inmensamente rico en posibilidades como lo es México.

La magnitud del cambio histórico que traerá consigo el cambio de régimen es digno de analizarse, discutirse y reflexionarse. En lugar de quejarse amargamente, los pejefóbicos deberían cuestionarse qué fue lo que ocurrió para que un personaje como López Obrador lograra llegar a la presidencia de México en su tercer intento. Quizá entonces, puedan mirar hacia adentro, ser autocríticos y aprender algo en el camino.

La historia, como todo relato de ficción, es un cuento en permanente cambio. Un cuento cuyo sentido depende de su capacidad para apelar a las emociones y las más profundas necesidades humanas- Un cuento que en política, simplifica estos aspectos en la idea del bienestar.

Si bien el regreso del nacionalismo revolucionario remasterizado es preferible a la continuidad de un neoliberalismo fracasado, me parece urgente que los mexicanos comencemos a buscar alternativas para construir otro futuro posible, inventar un nuevo cuento que nos permita redefinir el papel del ser humano y su relación con el mundo, un cuento que cuestione y ponga en duda todos los saberes, un cuento que nos permita reconciliarnos con todos los seres que pueblan el planeta, un cuento que nos permita celebrar nuestras muchas diferencias, un cuento capaz de reescribir la historia misma de la humanidad. Esto, o seguir siendo rehenes de narrativas caducas.

Porque la vida es cuento y la realidad es ficción.

¡Salud!
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La historia de la conquista, de México a Cusco, y el nacimiento del espíritu latinoamericano

Conquista

Una serie de documentales sobre los pueblos americanos y la invasión española. Una historia cuyos pormenores ha ido borrándose poco a poco de la memoria colectiva y que, por lo mismo, es necesario rescatar del olvido.

La caída del imperio mexica e inca, no se puede explicar sin la manera en que ambos señoríos se desfondaron ante la irrupción de un nuevo actor (los invasores españoles) que cimbrará las relaciones de poder sobre las que se sostenía la hegemonía de México-Tenochtitlán y Tahuantinsuyo con epicentro en Cusco, en cada una de sus respectivas tierras. Un hecho que, aunado a la ingenuidad de los liderazgos indígenas que maravillados con la llegada de los extranjeros, fueron masacrados y perseguidos.

Una historia que explica y marca el fin de una era y el comienzo de otra. El recuerdo de que los grandes imperios pueden derrumbarse en poco tiempo, ante una serie de circunstancias como el descontento social, la incapacidad de mantener las alianzas y agentes externos como la viruela que mató a millones de personas en el llamado Nuevo Mundo.

Un proceso histórico que se explica también por la muerte de los viejos dioses y la reconstrucción del imaginario a partir de un acontecimiento como el encuentro con los europeos. De ahí que la concepción de lo “latinoamericano” sea en realidad, el vertedero de una serie de ideas, mitos y cosmovisiones que se vuelven homogéneas a partir de esa etapa conocida como La Conquista.

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La historia se repite dos veces: Marx y el 18 Brumario de Luis Bonaparte

“La historia es un incesante volver a empezar”.

Tucídides

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Segundas partes nunca son buenas

Dice la sabiduría popular que segundas partes nunca son buenas. Algo que Marx tenía bien claro, tal como lo muestra al inicio de su libro ‘El 18 brumario de Luis Bonaparte’.

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”, expresó Marx como un preludio de lo que sería el recuento de los hechos que llevaron a tirar por la borda los ideales que promulgaba la Revolución Francesa, para instaurar de nueva cuenta una monarquía constitucional, y de paso, burlarse de las increíbles contradicciones de la historia, siempre dando vueltas en espiral, siempre cíclica.

El 18 de Brumario del año VIII de la República (9 de noviembre de 1799) Napoleón Bonaparte, aprovechó la debilidad política del Directorio Ejecutivo gobernante en Francia, para dar un sorprendente golpe de estado contando con el apoyo popular y del ejército (sabedores de sus hazañas y capacidades en las diferentes campañas de las Guerras Revolucionarias Francesas), junto a algunos ideólogos de la Revolución, estableciendo el Primer Imperio francés.

Años más tarde, el 2 de diciembre de 1852 para ser exactos, la historia se repetiría una vez más cuando Luis Napoleón Bonaparte impusiera un Segundo Imperio tras acceder al poder al abrirse paso en el intrincado mundo de la política al más puro estilo de Maquiavelo.

La plataforma de Luis Napoleón significaba para los electores la restauración del orden después de los meses de la agitación política, del gobierno fuerte, de la consolidación social y de la grandeza nacional, a los cuales él abrogó con todo el crédito de su nombre, especialmente con la memoria de su tío Napoleón I, ya héroe nacional de Francia.

El sobrino del caudillo galo supo aprovechar las circunstancias políticas de su país para ir escalando peldaños en la subida al poder. Pese a no ser un tipo brillante, Bonaparte era un político astuto, siempre listo a aprovechar una oportunidad cuando esta se presentara.

Al contar con el apoyo popular (haciendo uso de lo que implicaba llamarse Napoleón Bonaparte) logró acceder al poder tras presentarse como candidato en la elección presidencial, la primera al sufragio universal masculino en Francia. Luis-Napoleón ganó por abrumadora mayoría, en las elecciones celebradas el 10 de diciembre de 1848.

Su abrumadora victoria fue debida a la ayuda de las masas rurales, a las cuales el nombre de Bonaparte significó algo, contrariamente a los nombres de los otros competidores para la presidencia que eran desconocidos a las masas. Representaba entonces también la idea de rescatar el orden tradicional y la causa de la religión católica, amenazada por los liberales.

Así, Luis Bonaparte fue convenciendo de su viabilidad como gobernante a las masas y a las clases acomodadas convencidas de la necesidad de restablecer un gobernante único que resolviera el continuo caos económico, político y social que reinaba en Francia. Eliminó a la oposición y le fue restando poder al aparato legislativo para que de esta forma, pudiera proclamarse emperador del Segundo Imperio Francés.

Luis Napoleón da un golpe de estado, el 2 de diciembre de 1852, presentándose ante los franceses como defensor de la democracia y el sufragio universal frente a la Asamblea. La crisis es superada mediante la celebración de un plebiscito popular que le es favorable y que aumenta su autoritarismo, que ejerce contra los republicanos extremistas y los monárquicos legitimistas y orleanistas.

El 14 de enero de 1852 se promulga una nueva constitución que refuerza los poderes del ejecutivo —duración de la presidencia 10 años, reelegible— y disminuye el del legislativo que divide en tres cámaras: Asamblea, Senado y Consejo de Estado. Finalmente, mediante plebiscito celebrado en noviembre, Francia deviene un Imperio, que se proclama solemnemente el 2 de diciembre de 1852.

Sin embargo, durante el periodo en que Luis Bonaparte, conocido también como Napoleón III, Francia se vio envuelta en una serie de conflictos bélicos como consecuencia de su sed imperialista, trayendo consigo un periodo de inestabilidad política y económica que permitió el despegue de otras potencias europeas en la lucha por la hegemonía mundial, incluyendo a Inglaterra, cuna de la revolución industrial, y posteriormente la aparición de Alemania e Italia tras su unificación.

Y como siempre, cuando la ambición desmedida llega a un punto insostenible empieza la caída. Esto fue precisamente lo que le pasó a Luis Bonaparte y sus ansias de expansión, al iniciar primero, una incursión militar para apoderarse de México, misma que fracasaría de forma estrepitosa al igual que la guerra contra Prusia, la cual dibujaría el comienzo de una nueva disputa por el control geopolítico del globo y que terminaría colapsando tras un largo periodo en lo que sería la Primera Guerra Mundial.

 

Breve síntesis de las guerras del Segundo Imperio francés

La respuesta de Napoleón a la demanda de Rusia para influir en el imperio otomano llevó a una victoriosa participación de Francia en la Guerra de Crimea (marzo de 1854–marzo de 1856). También aprobó lanzar una expedición naval en 1858 para castigar a los vietnamitas y forzar a su corte real a aceptar una presencia francesa en el país. El 14 de enero de 1858 Napoleón escapó a otra tentativa de asesinato.

En mayo-julio de 1859 la intervención francesa asegura la derrota de Austria en Italia. Pero la invasión francesa de México (enero de 1862–marzo de 1867) terminó en derrota y en la ejecución del emperador de México Maximiliano apoyado por Francia.

En octubre de 1865 en (Biarritz), el canciller prusiano Otto von Bismarck obtuvo de Napoleón III que Francia se mantuviera al margen de un previsible conflicto austro-prusiano, mientras que Prusia se comprometía a apoyar al Reino de Italia para conseguir la anexión de Venecia, en manos austriacas. Napoleón pensó que el conflicto sería largo y le brindaría la oportunidad de actuar de mediador y tal vez conseguir ventajas territoriales. El emperador se comprometió a mediar ante los italianos, lo que se consiguió con la alianza ofensivo-defensiva contra Austria firmada en abril de 1866. Pero Prusia derrotó fácilmente a Austria en la Guerra de las Siete Semanas.

Forzado por la diplomacia del canciller alemán Otto von Bismarck, Napoleón declaró el inicio de las hostilidades en la Guerra franco-prusiana (1870) que resultó desastrosa para Francia y dio vía libre a la conformación del Segundo Reich. El Emperador fue preso en la Batalla de Sedán (2 de septiembre) y depuesto por las fuerzas de la Tercera República en París dos días después.

 

La visión de Marx

El autor del libro, hace una detallada crónica de lo sucedido, explicando de qué forma la lucha de clases interviene en la toma de poder y cómo la participación de algunos personajes decisivos sirve como catalizadores de la historia.

Pero cuando Marx se dispuso a analizar una sociedad puntual, como fue el caso de la Francia que había sido conmovida por el golpe de Estado de Luis Bonaparte en diciembre de 1851, tras la derrota de la insurrección de 1848, elaboró un análisis mucho más complejo.

Además de estos dos grandes personajes, la burguesía y el proletariado, Marx distingue en la formación social francesa toda una gama de segmentos sociales que también forman parte de la lucha de clases. Además, da cuenta del fraccionamiento que la burguesía sufre en medio de la lucha política. No es lo mismo, nos advierte Marx, la fracción burguesa dedicada a los negocios financieros, que la burguesía industrial. Y ninguna de estas dos fracciones es idéntica a la burguesía terrateniente. Entre los diversos fraccionamientos de las clases se tejen alianzas políticas, donde una de las fracciones dirige y arrastra al resto. La lucha de clases, entonces, concluye Marx en El 18 Brumario, no es plana y horizontal, sino fraccionada y transversal.

En El 18 Brumario Marx nos habla también de Luis Bonaparte, un dictador que encabeza un golpe de Estado y permanece dos décadas al frente del gobierno francés. Este dictador era un personaje secundario, que gracias al liderazgo del Ejército se convierte en determinado momento de Francia en una especie de “árbitro” de los conflictos sociales. Una especie de “juez equidistante”, que viene a solucionar y a moderar los conflictos.

En su análisis de Luis Bonaparte y de la situación francesa de aquel período, Marx plantea elementos fundamentales de su teoría política. Por ejemplo, sugiere que la mejor forma de dominación política de la burguesía, la más eficaz, es “la república parlamentaria”. Para Marx república parlamentaria no es sinónimo de democracia, como sugiere la filosofía política del liberalismo. La república parlamentaria no garantiza “la libertad” sino que constituye una forma de dominación. A diferencia de la monarquía o de la dictadura militar (donde un solo sector de la burguesía domina) en la república parlamentaria es el conjunto de la burguesía el que ejerce su dominio a través del Estado y sus instituciones “representativas”.

Según Marx, la república parlamentaria licua los intereses particulares de las distintas fracciones de la burguesía, alcanzando una especie de “promedio” de todos los intereses de la clase dominante en su conjunto y, de este modo, logra una dominación política general, esto es: anónima, impersonal y burocrática.

En El 18 Brumario, Marx además agrega que cuando la situación política “se desborda” por la indisciplina y la rebelión popular, la vieja maquinaria republicana (con sus partidos, su Parlamento, sus jueces, su prensa “independiente”; en suma: con todas sus instituciones) ya no alcanza para mantener la dominación. En esos momentos de crisis aguda, los viejos partidos políticos de la burguesía ya no representan a esa clase social. Quedan como “flotando en el aire” y girando en el vacío. Entonces, emerge otro tipo de liderazgo político para representar a la clase dominante: la burguesía deja de estar representada por los liberales, los constitucionalistas o los republicanos y pasa a estar representada por el Ejército y las fuerzas armadas que, de este modo, se constituyen en “El Partido del Orden”. el ejército, entonces, aparece en la arena política como si fuera a equilibrar la situación catastrófica.

Refiriéndose al viejo mecanismo del Estado, Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, concluyó que todas las revoluciones lo perfeccionaban en vez de destruirlo.

Conclusión fundamental que reafirma el carácter revolucionario, de principios y de actualidad del Marxismo sobre su teoría del Estado. Otra de las conclusiones a las que llega Marx en esta obra es el de la relación entre el proletariado y el carácter de aliado en que se ubica el campesinado, cuando históricamente éste llega a comprender bien sus intereses.

En suma esta obra, reafirma a través de su práctica que en el desarrollo de las sociedades y sus acontecimientos, la lucha de clases es una constante histórica que conduce a la revolución proletaria y a la dictadura del proletariado; que la existencia de los partidos políticos es por su naturaleza una necesidad de las clases sociales por sus intereses de clase; así como la esencia misma del bonapartismo y su incidencia en la historia de Francia y de Europa.

Marx lo resume de forma ejemplar a través de la figura de Napoleón III: “Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar nada a una sin quitárselo a la otra”, según deja ver casi al final de la obra a manera de conclusión.

 

Reflexiones finales

Al igual que ocurrió en la Francia de los Bonaparte, la historia siempre termina por repetirse, aunque tan sólo hayan pasado algunos años.

Así ha quedado claro en México. Las elecciones fraudulentas de 2006 fueron un claro ejemplo de ello, tal como sucedió en 1988. A pesar de que México tuvo cambios importantes en lo político durante este lapso, los paralelismos son inevitables, tal como lo confirman diversos estudios sobre el tema.

Pese a que el sistema electoral era completamente otro y que la jornada de 2006 transcurrió lejos de las irregularidades de su antecesora, las herramientas utilizadas por los que ejercen el poder no ha variado mucho.

Dicen los conocedores que cuando los extremos se enfrentan y la sociedad se polariza, lo de en medio sale sobrando. Nada más falso, ya que es precisamente que cuando en un duelo, la participación de un tercero siempre terminará inclinando la balanza.

Así pasó en el 88 cuando el PAN decidió negociar con el PRI la “legitimización” de Salinas de Gortari como presidente de la República sacando tajada de por medio pese a que los datos no oficiales señalan a Cárdenas como el ganador de la contienda. Así pasó en 2006, cuando PRI y PAN repitieron la dosis e impidieron que se abrieran las actas para comprobar el resultado de la elección y la posible victoria de López Obrador.

Así es como se repite la historia. Los mismos mecanismos del poder en turno que en su momento criticaba la oposición, ahora son las herramientas que utilizan para aferrarse al poder.

Sin embargo, este poder repetitivo de la historia tiene varias caras. Las condiciones parecen puestas para que el descontento popular se transforme en un movimiento social que reclame el poder. El fantasma de la Revolución Mexicana ronda el 2010. ¿Volverá a repetirse la historia?

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(Texto rescatado de los archivos universitarios de 2009)

Fuentes:

Karl Marx. El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Alianza Editorial, S.A., 1990, Buenos Aires.

Las revoluciones burguesas, una perspectiva histórica desde la mirada de Eric Hobsbawm

Todo poder excesivo dura poco”.

Lucio Anneo Séneca

 

REVOLUCIONES

Tras el desgaste del aparato absolutista, la aparición de las primeras revoluciones burguesas marcaron de forma significativa la historia de occidente. Esto representó un cambio radical en las estructuras políticas y económicas del mundo.

Dentro de este contexto, los aportes del historiador británico Eric Hobsbawm, pensador de corriente marxista, aporta una serie de elementos que permiten entender lo ocurrido con la construcción de las primeras Repúblicas modernas, tal como lo ha expresado en su libro ‘Las revoluciones burguesas’.

Quizá la aportación más importante del autor en este sentido es el haber establecido dos factores esenciales como ejes de dichos movimientos revolucionarios: la política y la economía, siendo dos de las principales potencias de la época, Francia e Inglaterra, las cunas en donde se gestarían los primeros cambios de una sociedad europea en busca de la modernidad.

Por ello, tanto la revolución francesa en lo político como la inglesa en lo económico, representan los dos acontecimientos más influyentes en la configuración de una nueva sociedad que desbanca al “antiguo régimen” y marca el inicio de una nueva era que a su vez daría pie a la creación de nuevas formas de organización social.

Desde el inicio, Hobsbawm quiere hacer notar la paulatina y creciente aparición de fuerzas que irían dotando a la nueva sociedad burguesa de diversas herramientas ideológicas y prácticas que lentamente irían forzando a la clase dominante a ceder el poder. Así lo ha dejado en claro al referir que estos nuevos elementos sociales se constituían esencialmente como “las fuerzas e ideas que buscaban la sustitución de la nueva sociedad triunfante”, materializando todos estos esfuerzos y llevándolos a sus últimas consecuencias a través de la reacción: el levantamiento armado y la justificación de la fuerza como una medida válida para tomar el poder y revertir los abusos de la clase gobernante. Esto sentó un referente único dentro de la historia moderna.

Sin embargo, para poder explicar la forma en que se fueron dando estos procesos, el autor hace una exhaustiva revisión de la situación que atravesaban las diversas clases sociales de la época, centrándose principalmente en las bases sociales de la colérica masa reaccionaria que terminaría por cambiar el rostro del sistema político. Estos dos grupos son el sector campesino y la naciente clase obrera.

El juicio general que le merece a Hobsbawm el panorama agrario es el de una minoritaria clase dominante, constituida en poco menos que casta cerrada, que se aprovecha del cultivador. Clase dominante que se constituye por la propiedad del medio de producción, la tierra.

“La condición de noble e hidalgo (que llevaba aparejados los privilegios sociales y políticos y era el único camino para acceder a los grandes puestos del Estado) era inconcebible sin una gran propiedad”. Completa el cuadro general con una baja nobleza, que según apunta el inglés, no constituye una clase media, sino un sector de la alta que comparte, si no su riqueza, sí su mentalidad al referir que “además de los magnates, otra clase de hidalgos rurales, de diferente magnitud y recursos económicos, expoliaba también a los campesinos”.

Sin embargo, Hobsbawm advierte que estas características generalizadas en prácticamente toda Europa Occidental, habían perdido empuje desde hacía algún tiempo en el seno social de Francia e Inglaterra.

Así lo manifiesta al declarar que “la sociedad rural occidental era muy diferente. El campesino había perdido mucho de su condición servil en los últimos tiempos de la Edad Media, aunque subsistieran a menudo muchos restos irritantes de dependencia legal”.

Las ideas de la ilustración, la aparición de la ciencia y las aportaciones ideológicas de diversos pensadores políticos de la talla de Maquiavelo, Hobbes o Descartes, fueron un antecedente importante para entender cómo fue que se empezó a producir un cambio de mentalidad en la Europa de aquella época. Estas ideas, que cuestionaban el poder absoluto y abogaban por una reconstrucción del sistema político, fueron permeado con fuerza al interior de la sociedad, sentando los cimientos de la ideología que habrían de asumir los líderes de la Revolución Francesa para finales del siglo XVIII.

Por ello, Hobsbawm cree que Francia era el terreno más propicio para que floreciera una revolución social como la que se venía gestando. Ante esto, el investigador inglés ha afirmado que “el conflicto entre el armazón oficial y los inconmovibles intereses del antiguo régimen y la subida de las nuevas fuerzas sociales era más agudo en Francia que en cualquier otro sitio”.

Entre las principales causas que explican la ascenso al poder de la burguesía esta “su fuerza, y ante todo, el evidente progreso de la producción y el comercio”.

Si bien la organización política de Francia osciló entre república, imperio y monarquía durante 71 años después de que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del absolutismo y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, y en algunas ocasiones las masas populares, se convirtieron en la fuerza política dominante en el país. La revolución socavó las bases del sistema monárquico como tal, más allá de sus estertores, en la medida que le derrocó con un discurso capaz de volverlo ilegítimo.

Por otra parte, en el segundo capítulo, el autor analiza el despertar de la industrialización en la Gran Bretaña y su desarrollo hasta la mitad del siglo XIX. De este modo esquemático, puede decirse que abarca la etapa en que la industria del algodón y la aparición del ferrocarril fueron los detonantes de la Revolución Industrial. De este periodo, Hobsbawm considera que “por primera vez en la historia humana, se liberó de sus cadenas al poder productivo de las sociedades humanas”, lo cual resulta un tanto exagerado si se toma en cuenta que la capacidad de producción del hombre no dejó de ser explotada por una minoría.

La economía basada en el trabajo manual fue reemplazada por otra dominada por la industria y la manufactura. La Revolución comenzó con la mecanización de las industrias textiles y el desarrollo de los procesos del hierro. La expansión del comercio fue favorecida por la mejora de las rutas de transportes y posteriormente por el nacimiento del ferrocarril. Las innovaciones tecnológicas más importantes fueron la máquina de vapor y la denominada Spinning Jenny, una potente máquina relacionada con la industria textil. Estas nuevas máquinas favorecieron enormes incrementos en la capacidad de producción. La producción y desarrollo de nuevos modelos de maquinaria en las dos primeras décadas del siglo XIX facilitó la manufactura en otras industrias e incrementó también su producción.

Para Hobsbawm, la transformación del comercio juega un papel decisivo en la forma en que la naciente burguesía industrial se hace del poder. El comercio interior pasa de comercio de feria a un mercado nacional integrado, debido a la desaparición de las aduanas interiores, el aumento de la demanda y la mejora de los transportes. El comercio exterior también benefició el progreso de la industria.

Asimismo, la Revolución Industrial determinó la aparición de dos nuevas clases sociales: la burguesía industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores).  Se los llamaba proletarios porque su única propiedad era su prole, o sea sus hijos, quienes, generalmente a partir de los cinco años, se incorporaban al trabajo.

En otras palabras, podría decirse que Hobsbawm considera que el desarrollo de la Revolución Industrial en Inglaterra respondió a una combinación particularmente favorable de múltiples factores. Uno de ellos fue la transformación que desde el siglo xv se venía produciendo en el ámbito rural al permitir el crecimiento de un sector dentro de la sociedad. Otro factor importante fue la formación de un mercado interno unificado. La expansión colonial es considerada decisiva en este proceso pues proporcionó mercados muy dinámicos que estimularon la producción manufacturera.

En el mismo tono, el Estado tuvo también un rol protagónico, no sólo como defensor de los intereses de comerciantes y productores, sino también como consumidor de la producción manufacturera.

 

Conclusiones

El balance de todo este periodo es, para Hobsbawm, la creación de una “fuerte clase media de pequeños propietarios, políticamente avanzada y económicamente retrógrada, que dificultará el desarrollo industrial, y con ello el ulterior avance de la revolución proletaria”. Han transcurrido muchos años, y con ellos la industrialización francesa, pero la augurada “revolución proletaria” ha sido lo que no ha avanzado. La visión de un acontecimiento histórico desde una perspectiva cargada de prejuicios motivados por razones ideológicas, sólo puede desembocar en una apreciación parcial con juicios erróneos, y a unas conclusiones que la misma Historia se encarga de desmentir.

Las conclusiones a las que llega el autor son dignas de una revisión más profunda. En términos generales, la tesis final de Hobsbawm señala que el período de las revoluciones burguesas cumple la función de preparar el terreno para las revoluciones proletarias de 1848, con la llegada del marxismo. Por una parte, porque “las condiciones de vida de las masas les impulsaban inevitablemente hacia la revolución social”, ya sea por odio a la riqueza o el utópico anhelo de un mundo mejor. Por otra parte, porque “el gran despertar de la Revolución Francesa les había enseñado que el pueblo llano no tiene porqué sufrir injusticias mansamente”.

Hobsbawm quiere así considerar a las masas populares como el auténtico protagonista que subyace en los acontecimientos estudiados. El pueblo llano no es visto como instrumento, sino como protagonista. “Suya, y casi sólo suya fue la fuerza que derribó los antiguos regímenes desde Palermo hasta las fronteras de Rusia”, según explica.

Sin embargo, y aunque hace un extenso análisis de los hechos principales del Periodo del Terror que se vivió en Francia tras la revolución, el autor parece no darle importancia suficiente a los líderes sociales como catalizadores de los movimientos sociales que produjeron cambios importantes en la época.

Tal parece que la importancia más trascendente de este análisis de la historia realizado por Hobsbawm radica en que el investigador inglés ve en estas revoluciones la fuerza impulsora de la tendencia predominante hacia el capitalismo liberal de hoy en día.

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(Texto de 2009 rescatado de los archivos)

El Estado absolutista, una revisión a la obra de Perry Anderson

 

“El poder político es simplemente el poder

organizado de una clase para oprimir a otra”

Karl Marx

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Quizá la famosa frase que define la figura del déspota ilustrado, L’êtat c’est rnoi (el estado soy yo) atribuida al monarca francés Luis XVI, no podía estar más lejos de la verdad, tal como lo enunciarían algunos estudios posteriores sobre el estado absolutista, ya que precisamente fue la creación del estado lo que terminó por precipitar la caída del sistema político que pretendía defender.  A pesar de que la mayoría de las definiciones del absolutismo enuncian como característica principal de esta etapa histórica, la concentración del poder en la figura del rey, lo cierto es que ocurrió todo lo contrario, ya que aunque el rey seguía ejerciendo un papel determinante al aglutinar a las fuerzas políticas dominantes de la época, la creación de diversas instituciones emanadas del surgimiento de los estados nacionales provocaron un deterioro lento y progresivo por parte del control de la nobleza, la cual terminaría por colapsarse con el ascenso al poder al término de las revoluciones burguesas de los siglos posteriores.

En su libro El estado absolutista, el historiador inglés Perry Anderson realizó un estudio minucioso y bien fundamentado estudio sobre las causas que provocaron un cambio radical en el sistema político y económico de la Europa feudal y que tras una serie de sucesos terminarían por poner los cimientos para que la burguesía accediera al poder algunos siglos después.

“Los cambios en las formas de explotación feudal que acaecieron al final de la época medieval no fueron en absoluto insignificantes; por el contrario, son precisamente esos cambios los que modifican las formas del Estado. El absolutismo fue esencialmente eso: un aparato reorganizado y potenciado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional, a pesar y en contra de las mejoras que habían conquistado por medio de la amplia conmutación de las cargas. Dicho de otra forma, el estado absolutista nunca fue un árbitro entre la aristocracia y la burguesía ni, mucho menos, un instrumento de la naciente burguesía contra la aristocracia: fue el nuevo caparazón político de una nobleza amenazada”.

Esta serie de cambios pueden explicarse a través de la crisis del sistema feudal, ya que la mejora de las técnicas agrícolas y el consiguiente incremento del comercio, a partir del siglo XIII, provocaron que una cada vez más poderosa clase burguesa comenzara a presionar a la nobleza en el poder para que se facilitara la apertura económica de los espacios cerrados de las urbes, se redujeran los tributos de peaje y se garantizaran formas de comercio seguro, factores que hicieron posible que la nobleza realizara algunos ajustes en el sistema político para mantener el control, tal como lo afirma Anderson al referir que el estado absolutista no es otra cosa que “un rediseño del aparato feudal de dominación con el fin de devolver a la masa campesina a su rol social original, luego de que ésta ganara la conmutación de cuotas”.

Debido a esto, la clase en el poder tuvo la necesidad de reorganizar su estructura política y económica, por lo que el viejo modelo de ciudades estado dominadas por un señor feudal se transformó en el surgimiento del estado nacional, luego de que entre las prioridades del poder estuviera la centralización de la administración pública, lo cual a su vez, provocó el surgimiento por parte de una serie de instituciones que hicieran más fácil la administración del estado, tal como lo evidencia Anderson al enunciar que “el estado absolutista fue una transición del poder entre la nobleza feudal y el sistema capitalista. Por ello, durante el absolutismo el sistema feudal presentó síntomas de crisis en el poder de clase: el advenimiento de las revoluciones burguesas y el surgimiento de los estados capitalistas”, y no un árbitro entre las dos clases, como pensaba Federico Engels.

Sin embargo este proceso de cambios radicales no estuvo exento de ironías, ya que por ejemplo, mientras garantizar la seguridad de la población se convirtió en una de las prioridades del estado, esto provocó que el señor feudal fuera perdiendo gradualmente el control absoluto de los vasallos, al tiempo que la creciente burguesía afianzaba su dominio sobre el sistema burocrático necesario para que el estado pudiera ejercer sus funciones, lo cual se traduciría, siglos más tarde, en la toma del poder político por parte de una fortalecida burguesía.

Entre las características más importantes de esta serie de transformaciones, se encuentra la creación de instituciones políticas tales como el ejército, sistema tributario, la burocracia, los tratados comerciales o la diplomacia, las cuales hicieron que el estado ganara peso en el poder y mayor legitimidad entre la sociedad al tiempo que solucionaban problemas de organización política.

Asimismo, esta serie de estructuras darán pie a la aparición y conformación del mercado interno y externo, uno de los puntos de apoyo más importantes para que la burguesía fuera ganando terreno dentro de la disputa de clases por el poder, ya que a partir de esta etapa, la burguesía jugaría un rol decisivo en el cambio de las políticas económicas del estado.

Aunque es cierto que dentro de esta etapa el mercantilismo y la acumulación de riqueza representó uno de los ejes del sistema económico, donde el estado regulaba la cantidad de importaciones y exportaciones mediante la imposición de aranceles, lo cierto es que a partir de entonces, el comercio sería la actividad económica que empezaría a marcar la pauta de lo que sucedería siglos más tarde hasta la actualidad, ya que desde entonces, la guerra sufriría una transformación sustancial, pues no sólo era un mecanismo de controlar el territorio y extraer riqueza, sino un medio para abrir nuevos mercados y por ende en una parte fundamental del sistema capitalista, a diferencia de lo que afirmara Anderson al señalar que, en aquel entonces, “la morfología del estado no corresponde a una racionalidad capitalista, sino a una creciente memoria medieval en cuanto a las funciones de la guerra”, ya que a pesar de que efectivamente, existía toda una estructura en torno a la guerra, ésta empezaba a tomar un rumbo diferente que se haría más notorio con el paso del tiempo.

Es por eso, que las alianzas entre señores eran más comunes, ya no tanto para la guerra, sino para permitir el desarrollo económico de sus respectivos territorios, donde la figura del rey fue el elemento aglutinador de dichas alianzas.

Por otra parte, a medida que el absolutismo político se impone y desarrolla la teorización sobre algunos problemas derivados de la justificación del poder, tales como el derecho divino de los reyes y la limitación de su poder, las bases de la sociedad política, el desarrollo de la conciencia nacional y su fundamento, justificación y límites incluida la reconsideración de la relación de la iglesia con el estado.

 

 

La ruptura en el pensamiento político

La percepción del poder y los gobernantes en occidente sufrió cambios importantes. La pujante clase burguesa empieza a cuestionar el poder del monarca conforme va subiendo en la escalera del poder. Para una sociedad donde la ciencia empezaba a dar sus primeros pasos, la religión dejó de ser válida para que los monarcas reinantes pudieran justificar el origen de su mandato.

Esta etapa fomentó la aparición de algunos de los primeros pensadores políticos modernos tales como Maquiavelo o Hobbes, cuyas ideas serían un antecedente importante para poder entender el desarrollo del pensamiento que dio origen a las revoluciones burguesas.

Para Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna, el asunto del poder estaba lejos del compromiso ético que en alguna ocasión plantearon los griegos clásicos como Platón o Aristóteles. Para Maquiavelo el poder es la capacidad de obligar a otros a la obediencia. En el ejercicio del poder rechaza cualquier norma ética o moral en favor de la razón de Estado y la eficacia. Todo es válido en la práctica del poder.

Maquiavelo, uno de los primeros analistas políticos de la historia, era partidario del Estado republicano, aunque consideraba que en situaciones difíciles es necesario acudir a un príncipe que mantenga el orden. La anarquía es el peor de los males, y un príncipe es preferible a la anarquía, además de que consideraba que existía un ciclo inevitable en las formas que adopta el Estado: monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia y anarquía, esta última fase ha de ser evitada con el recurso a un príncipe fuerte, con lo que se vuelve a la monarquía.

Por ello en su libro más famoso, El príncipe, Maquiavelo hace una serie de recomendaciones para mantener el poder a toda costa: estudiar lo que la gente quiere, emplear la violencia con medida y mantener al pueblo contento, para lo cual, si es necesario, ha de instrumentalizar la religión para conseguir sus fines políticos. También puede utilizar la censura para evitar que el pueblo se corrompa, y ha de proporcionarle: educación cívica y amor a la patria.

Uno de los puntos más innovadores del pensamiento maquiavélico es la construcción del concepto de Estado de Derecho, pues consideraba que un país es afortunado cuando tiene unas leyes que le hacen continuar como país, le sostiene y a las que todos están sometidos. Para ello, es necesaria la ley y la moral del pueblo, pero el príncipe está por encima de ella, en virtud de la razón de Estado y la eficacia política.

Estas aportaciones al pensamiento político de la época inicó una serie de cambios en los sistemas de poder. El aporte de Maquiavelo abrió camino a la modernidad en su concepción política y a la reestructuración social.

Asimismo, las aportaciones de Hobbes también representaron una ruptura con el pensamiento que justificaba al Estado Absolutista. Para Hobbes, el estado de naturaleza es un estado de guerra y de anarquía donde los hombres son iguales por naturaleza. No existe noción de los justo y de lo injusto, y tampoco la de propiedad. No hay industria, ni ciencia, ni sociedad. Hobbes se opone, con esta visión pesimista, a los teóricos del derecho natural y a todos aquellos que disciernen en el hombre una inclinación natural a la sociabilidad. Dentro de estos parámetros, las nociones de lo moral y lo inmoral, de lo justo y de lo injusto no tienen allí cabida. Donde no hay un poder común, no hay ley; y donde no hay ley, no hay injusticia.

Hobbes define al Estado como “una persona de cuyos actos, por mutuo acuerdo entre la multitud, cada componente de ésta se hace responsable, a fin de que dicha persona pueda utilizar los medios y la fuerza particular de cada uno como mejor le parezca, para lograr la paz y la seguridad de todos” y se dice que un Estado ha sido creado o instituido cuando “una multitud de hombre establece un convenio entre todos y cada uno de sus miembros, según el cual se le da a un hombre o a una asamblea de hombres, por mayoría, el derecho de personificar a todos, es decir, de representarlos”, según expresó el autor en su libro Leviatán.

Estos razonamientos revolucionarios resultan aún más contundentes luego de que el pensador inglés argumentara que “si los súbditos no pueden cambiar de forma de gobierno, y por lo tanto están sujetos a un monarca , pueden abolir la monarquía sin su aprobación y volver a la confusión propia de una multitud desunida”.

Estos preceptos sirvieron de base para la implementación de los primeros sistemas parlamentarios, un antecedente importante que buscaba limitar el poder del gobernante. El parlamentarismo surge en Inglaterra hacia 1640 (aunque existen referencias muy parecidas en el siglo XIII) y durante un breve plazo de tiempo, hasta que Cromwell instaura la dictadura en 1649. No obstante, ésta primera irrupción del modelo va a mostrar ya sus rasgos fundamentales. En primer lugar, el Parlamento era una asamblea popular elegida por los ciudadanos en igualdad de condiciones y que gozaba de todos los poderes del Estado, sin que fuera posible violentar su autonomía; en segundo lugar, lo que hoy conocemos como el poder ejecutivo estaba sometido plenamente a la asamblea; y en tercer lugar, el parlamento sólo podía ser disuelto por el propio pueblo que lo había elegido. El triunfo definitivo del régimen parlamentario ocurre con la Revolución Gloriosa en 1688, a partir del cual el Reino Unido aplicó el mismo de manera integral.

En el continente europeo se habrá de esperar hasta la Revolución Francesa para que se atisbe un modelo de representación democrático-parlamentario similar, que indisolublemente va unido a la división de poderes formulada por Montesquieu, dentro del periodo con el que inician las revoluciones burguesas.

La ironía más grande en que cayeron los monarcas durante el Estado Absolutista, es que al buscar las herramientas necesarias que les permitieran extender sus dominios y por ende, acrecentar su poder, abrieron la puerta para que la pujante clase burguesa adquiriera los conocimientos necesarios para administrar el Estado, tomando posiciones claves que decicidirían el curso de la historia occidental tras las primeras guerras por tomar el poder y reconstruir la visión del Estado moderno.

La soberbia de Luis XVI es un síntoma ineludible de la miopía política del monarca francés. El Estado no podía entenderse a través del monarca, sino a través de las diversas instituciones y estructuras sociales, políticas y administrativas que contribuyeron a que el poder absoluto se repartiera entre algunos más (no necesariamente de forma equitativa). Quizá en el momento no lo supo, pero al crearse las bases del Estado moderno, Luis XVI y el poder absoluto que representaba, terminaron cavando su propia tumba.

(Texto escrito en 2009 y rescatado del archivo personal).
Fuentes:

Perry Anderson. El Estado Absolutista. Siglo XXI. México. 1985.

La ficción como forma de vida (a propósito del final de temporada de Game of Thrones)

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Da gusto tener la oportunidad de seguirle la pista a Game of Thrones, una de las grandes fantasías de nuestro tiempo. En una era dominada por la producción en serie, donde uno pareciera haber visto una misma película que se repite y se repite en diferentes contextos, de repente alguien se acordó que el arte de narrar reside en una buena historia.

Los efectos especiales no pueden sustituir a la trama, como parecieran predicar las películas de superhéroes, las chic flick y los melodramas cursis que buscan el llanto fácil con las mismas fórmulas de siempre. Si algo siempre me ha impresionado de quienes escriben ficción, es precisamente la capacidad de recrear mundo enteros.

En cada capítulo de Game of Thrones aparecen docenas de personajes entrañables cuyas historias se van entrelazando poco a poco. Algunos personajes se mantienen y otros mueren, algunos se rencuentran tiempo después y otros nunca más se volverán a ver. Lo mismo ocurre en la vida. Personas van y personas vienen. Los que antes se amaban ahora se odian y visceversa. Los antiguos enemigos son aliados y lo mismo sucede al revés. La vida siempre tiene giros inesperados, como toda buena historia.

Y este tipo de relatos de largo aliento, con una geografía y una mitología propia, sólo se podían llevar a la pantalla en el formato serial que ha ido modificando la narrativa audiovisual de nuestro tiempo. Películas de 10 horas divididas en capítulos donde no hay espacio para la paja, el relleno, donde cada diálogo condensa años de tensión entre los personajes, historias donde los oscuros pasajes que no han sido revelados dan pie a extravagantes teorías que dan vuelo a la imaginación de los espectadores.

Y entonces ocurre el milagro de la ficción, que nos permite vivir en otro lugar y otro tiempo, vivir aventuras en la piel de los personajes que nos sirven también como una máscara que nos revela nuestra verdadera naturaleza, la del ser humano librando sus muchas batallas, el ser humano que intenta mantenerse a flote en la vorágine del caos, el ser humano que intenta transformar al mundo venciendo sus propios miedos, el ser humano que se reconcilia con sus demonios, el ser humano que sueña y llora y se ríe y se enamora y come y se desvela y se emociona y tiene dudas y recuerdos y hace amigos y enemigos, el ser humano que se extravía y se reencuentra consigo mismo en la oscuridad de una cueva, el ser humano cuya vida de ficción nos hace sentirnos más vivos y despiertos, porque nosotros también sufrimos con ellos y nos emocionamos con ellos, y nos enamoramos junto con ellos.

Es la diaria convivencia aquello que permite desarrollar vínculso con otras personas y lo mismo sucede con los personajes de ficción, esa nostalgia inexplicable que se le va metiendo a uno conforme termina de leer las últimas páginas de una novela, esa sensación de vacío que queda al saber que nuestro camino y el de los personajes de ficción habrá de llegar a su fin, porque toda buena historia tiene que tener un buen final y no podría ser de otro modo, como la muerte que habrá de recogernos en su manto fúnebre llagada la hora.

La ficción como espejo de la realidad, que se va construyendo a la par que nuestros sueños. La ficción como esa sustancia capaz de reescribir el presente. La ficción como salvavidas en momentos de duda y extravío. La ficción como una forma de expandir las muchas posibilidades que encierra nuestra finitud terrestre. La ficción como bálsamo que habrá de aliviar nuestras penas y hacer aún más plenas nuestras alegrías. La ficción como una forma de entender el maravilloso y terrible secreto de la vida y la muerte.

Por eso no queda más remedio celebrar el final de temporada de Game of Thrones, ahora que tendremos que esperar un año para ver la próxima temporada, la última, con la esperanza de llegar a buen puerto en ese largo periplo en que nos hemos embarcado desde hace ya algunos años. Porque a veces, cuando la vida pareciera carecer de sentido, basta imaginar otros mundos y otras vidas para seguir viviendo. La magia de convertir la vida en cuento.
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Las impactantes gráficas sobre los muertos de la Segunda Guerra Mundial

La Segunda Guerra Mundial fue, es y será quizá el evento de mayor impacto en la historia de la humanidad al demostrar el temible potencial destructor del ser humano. Las cifras de las bajas de civiles y militares durante la guerra son impactantes. Y más cuando se cuenta dicha historia a partir de datos y gráficas que evidencian la dimensión de lo que fue la carnicería en el frente oriental, donde nazis y soviéticos protagonizaron quizá el choque bélico más sanguinario de la historia. Aquí las cifras.

The Fallen of World War II from Neil Halloran on Vimeo.

De cómo el color puede contar historias

Color es vibración de luz. Si el color es una manera específica en que vibra la frecuencia de onda a través de la cual viaja la luz, eso, de algún modo misterioso y fascinante, crea sensaciones específicas en el ser humano a nivel inconsciente, de modo similar a lo que ocurre con el sonido. El color es un derramamiento de emociones. Me recordó un poco la novela del escritor turco Orhan Pamuk, Me llamo rojo, novela donde en la que el color rojo, que se manifiesta en varios objetos materiales como paredes, ropa o muebles, adquiere el carácter de narrador en torno a la historia de un asesino. Aquí un par de videos bastante chéveres que explican esta relación entre el color y la narrativa del cine.

Reflexiones sobre el arte de contar la historia

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

   Gabriel García Márquez

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Jorge Luis Borges

Es un lugar común decir que la historia nació con la invención de la escritura. Y es cierto. Pero lo que no se dice, es que la escritura nació gracias a la necesidad humana de contar historias. Narración y lenguaje forman así una sola entidad articuladora del tiempo. Si el tiempo es una sucesión ordenada de acontecimientos albergados en la memoria, el tiempo no existiría si no hubiera alguien capaz de percibir dicha secuencia ordenada de hechos capaces de articular una historia. Por ello dice Paul Ricoeur que “el tiempo se hace tiempo humano en cuanto se articula de modo narrativo”,[1] y que de manera simultánea, “el mundo desplegado por toda obra narrativa es siempre un mundo temporal”.[2]

Si vivimos en el tiempo es gracias al lenguaje, que no es sino una manifestación de la experiencia humana situada en un momento y un lugar específicos. Si no pudiéramos percibir que las cosas a nuestro alrededor cambian, difícilmente podríamos entender el tiempo, toda vez que el tiempo es una sensación. El tiempo se percibe del mismo modo en que percibimos la cercanía de otras personas y otros seres con los que interactuamos a lo largo de la vida, como ocurre en cualquier acto comunicativo. Una vez más, se revela esta dicotomía entre tiempo y lenguaje. ¿Y qué es la historia sino el alquímico acto de convertir el pasado en presente? La historia es indagar en las huellas del hombre en su paso por el mundo, para reconstruir ese gran cuento de la humanidad que es la historia. Y es muy probable que, como refiere March Bloch, esta necesidad de reconstruir el pasado sea motivada por nuestra necesidad de comprender el presente, pues “la incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”.[3] ¿Qué hacemos aquí? ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? Son algunas de las obligadas preguntas de corte existencial que tratan de responder los historiadores de manera implícita al tratar de reconstruir pieza por pieza ese enorme mosaico de posibilidades, acontecimientos, alegrías y fracasos que es la historia del ser humano. ¿Cómo indagar en el pasado? A través de los vestigios que el hombre va dejando en su propio relato.

Y en este contexto, la invención de la escritura permitió que la experiencia humana pudiera quedar fijada en el tiempo, ya que la escritura hace posible que cualquier grupo humano “pueda ‘situarse a sí mismo’ en el tiempo y el espacio”, como bien señala Giddens.[4] Si la historia es en esencia narración y lenguaje, esto convierte a la palabra en la materia prima para el trabajo del historiador, personaje encargado de relatar el pasado del ser humano.[5]

Pero resulta que el lenguaje, al ser siempre referencial y nunca absoluto, enfatiza algunas cosas y omite otras, por lo cual, toda narración, por definición, es siempre incompleta. De ahí que la utopía hegeliana de abarcar la totalidad de la historia a través de la razón resulte difícil de sostener a la luz del desarrollo de la historiografía como una disciplina que ha desarrollado un método para indagar en el misterio del pasado.

¿Pero cómo lograr la objetividad de la historia? Si la objetividad es un consenso construido de manera intersubjetiva creado para articular una realidad común a las múltiples formas posibles de experimentar el mundo, es necesario partir de ahí para reconstruir y documentar los hechos innegables, aquellos sucesos que nadie pueda cuestionar, para luego tratar de descubrir cómo se conectan hechos aparentemente aislados y construir así un relato histórico. Y en eso consiste todo relato: en explicar de un modo narrativo cómo están conectados unos hechos con otros. De ahí que el conocimiento de la historia siempre esté en constante cambio, pues siempre existirán modos nuevos de conexión que nos lleven a articular nuevas narrativas sobre ese enorme cuento de la humanidad que es la historia. Partimos de hechos incuestionables para articular nuestra historia que trate de explicar un determinado momento del pasado.

Por ello, una parte elemental de la labor del historiador consiste en buscar y encontrar datos, pistas, documentos o cualquier tipo de huella capaz de retratar una parte específica del pasado. El hallazgo de evidencia documental permite tener cierta fidelidad de un hecho concreto. La aparición de una carta, por ejemplo, puede revelar muchos datos desconocidos sobre las motivaciones de los personajes históricos, y por lo tanto, abren nuevas posibilidades de relación con el relato histórico existente. Y es al encontrar estas conexiones perdidas, que los acontecimientos históricos dejan de ser hechos aislados para insertarse en una compleja red de significaciones que nos permiten articular el relato histórico como algo más grande, una narración compuesta de muchas narraciones que van construyendo el tejido de la historia.

De ahí la importancia de saber qué preguntarle a los documentos. ¿Qué queremos saber? ¿Qué pieza falta en el rompecabezas? ¿Qué fue aquello que determinó que las cosas fueran de un modo y no de otro? ¿Por qué un determinado personaje actuó de cierta forma cuando tenía otras opciones? Y como suele ocurrir en cualquier trabajo de investigación, la pericia y el instinto del historiador es una parte fundamental para hacer que las cosas hablen por sí mismas. El historiador debe dejar que el archivo le cuente su propia historia, pero es sólo la interpretación del historiador la que podrá lograr que aquellas historias dispersas tengan sentido al vincularlas con otros acontecimientos que a su vez van dibujando un panorama más completo del pasado, dentro de las limitaciones propias de la condición humana.

La consistencia del relato histórico se logra a través de una argumentación sólida, donde las acciones de los personajes y las circunstancias en las que se desarrollan comparten líneas generales de sentido. Al igual que ocurre con un relato de ficción, donde la verosimilitud de la trama recae en una relación de sentido entre las acciones de los personajes de acuerdo a sus muy particulares circunstancias dictadas por las reglas implícitas en el juego de la ficción, la consistencia del relato histórico versa en poder demostrar líneas generales de sentido que ayuden a explicar por qué las cosas ocurren de un modo y no de otro. Los personajes de ficción, al igual que las personas, siempre actúan con motivos y fines determinados, como bien ha demostrado la teoría de la acción de Weber continuada por los trabajos de Schutz, por lo cual, comprender las motivaciones y fines de dichos personajes permite al historiador llenar el vacío documental inherente a toda investigación. Y este es un punto fundamental para reconstruir cualquier relato histórico, pues siempre quedarán preguntas por responder o piezas faltantes en ese gran rompecabezas que intenta armar el historiador.

Y en este sentido, el vacío de la razón será siempre llenado por la imaginación. Pero el hecho de que el historiador recurra a la imaginación no significa que manipule a su antojo el relato que los mismos acontecimientos le van sugiriendo. Por el contrario, el historiador tiene el deber de, una vez recolectada toda la información documental que le servirá como referentes en los cuales se anclará la consistencia del relato, buscará establecer conexiones de sentido que la evidencia documental por sí misma es incapaz de revelar. De este modo, la imaginación del historiador, fincada en su conocimiento del tema estudiado, sustituye los huecos de la historia a través de la interpretación. Ésta es una condición propia de la naturaleza humana, como bien ha demostrado la psicología de la Gestalt al documentar cómo es que el cerebro humano tiende a llenar los huecos de una imagen geométrica.

Para ser convincente, la estructura del relato histórico tiene que indagar a profundidad en los hechos que permitan sostener el argumento narrativo. Gracias a la teoría dramática, sabemos que toda historia tiene un principio, un nudo y un desenlace. Los relatos siempre comienzan en alguna parte, en algún momento específico, y es a partir de cómo se desarrollan una serie de acontecimientos que el historiador debe documentar, que se explica el nudo de la trama, lo cual permita explicar por qué las cosas pasaron como pasaron y no de otro modo, lo cual siempre tiene consecuencias, es decir, tiene repercusiones que marcan el final del relato. Pero la manera de abordar cada relato histórico es tan grande como la imaginación del historiador. La historia puede contarse desde diversas perspectivas, se le puede dar mayor énfasis a ciertos elementos que el historiador considera relevantes por encima de otros, puede destacar a ciertos personajes y relegar a otros, puede focalizarse en una región pequeña o abarcar varios países, puede centrarse en un episodio de unos cuantos días o cientos de años. La escala de observación depende siempre de la historia que se quiera contar. En algunas ocasiones, será necesario remontar varios siglos para encontrar las conexiones que permitan explicar el presente a través de una serie de acontecimientos que se fueron dando de manera única e irrepetible. Por ello el análisis historiográfico estudia hechos particulares para a partir de ahí, encontrar verdades generales sobre la existencia humana en el pasado.

Por eso, entender las motivaciones y los fines de los personajes, en medida de lo posible, permitirá clarificar la trama y llenar los vacíos. El historiador tiene por obligación, al igual que todo gran novelista, de adentrarse en la psique de los personajes, ponerse en sus zapatos, entender sus motivaciones, sus sueños, sus miedos, su contexto social, aquellos hechos biográficos que nos permitan ir dibujando cada vez con mayor precisión el perfil del personaje, para a partir de ahí, tratar de proyectarnos en su realidad, en sus circuntancias, meternos en su alma para tratar de comprender por qué actúo de un modo y no de otro. Por ello la historia también es diálogo, como señala Bloch, cuando dice que “toda información sobre cosas vistas está hecha en buena parte de cosas vistas por otro”.[6]

“Como explorador de la actualidad inmediata trato de sondear la opinión pública sobre los grandes problemas del momento: hago preguntas, anoto, compruebo y enumero las respuestas. ¿Y qué obtengo si no es la imagen que mis interlocutores tienen de lo que creen pensar o de lo que desean presentarme en su pensamiento? Ellos son los sujetos de mi experiencia (…) Porque en el inmenso tejido de los acontecimientos, de los gestos y de las palabras de que está compuesto el destino de un grupo humano, el individuo no percibe jamás sino un pequeño rincón, estrechamente limitado por sus sentidos y falta de atención”.[7]

Y en este sentido, el historiador debe ser un conocedor de la naturaleza humana para poder interpretar la vida de otras personas que vivieron en una época distinta, con un contexto social distinto. La única referencia para desentrañar el misterio de aquellas personas, además de los hechos documentales que permiten una aproximación más “tangible” de aquellos acontecimientos, es la misma esencia humana del historiador, aquella que comparte con las personas que estudia y le permite establecer interpretar el pasado a partir del presente. Ese es el vínculo comunicante entre la persona que protagoniza la historia y el narrador de la misma. Por ello afirma Bloch que “conscientemente o no, siempre tomamos de nuestras experiencias cotidianas, matizadas, donde es preciso, con nuevos tintes, los elementos que nos sirven para reconstruir el pasado”.[8]

Pero reconstruir la psique y el mundo en el que se desarrolló un determinado episodio de la historia no es tarea fácil. Para ello, es necesario comprender el conjunto de relaciones de significado que articulaban el pensamiento de una época específica, la episteme, diría Foucault, lo cual puede ayudarnos a tener una aproximación más precisa de las motivaciones que empujaron a los personajes de la historia a actuar de un modo específico. El momento histórico determina un cierto modo de ser, y por ello es importante entender la relación entre las particularidades de cada persona y el contexto en el que se desarrollan a la hora de hacer una interpretación histórica, tal como apunta Gadamer¨

“En realidad no es la historia la que nos pertenece, sino que somos nosotros los que pertenecemos a ella. Mucho antes que nosotros nos comprendamos a nosotros mismos en la reflexión, nos estamos comprendiendo ya de una manera autoevidente en la familia, la sociedad y el estado en que vivimos (…) Por eso los prejuicios de un individuo son, mucho más que sus prejuicios, la realidad histórica de su ser”.[9]

El historiador, como todo buen narrador, tiene la obligación de desarrollar a los personajes, explicar esa serie de circunstancias particulares que hicieron que una persona de características peculiares en un contexto específico e irrepetible pudiera convertirse en un personaje histórico, tal como ejemplifica a la perfección Friedrich Katz en su biografía de Pancho Villa. Y en esta búsqueda del personaje, el ser humano se revela. Eso es quizá lo que hace que los historiadores sientan fascinación con ciertos personajes cuya vida parece plagada de sucesos increíbles y anecdóticos, personajes que devuelven la capacidad de asombro sobre las posibilidades de la naturaleza humana.

Pero resulta que los humanos como la historia, suelen dar giros inesperados. Regularmente, las personas no se comportan como deberían. La vida es tan compleja que a veces factores casi imperceptibles pueden cambiar el curso de la de los acontecimientos y la historia. Y es precisamente la labor del historiador indagar en estas minucias que no saltan a la vista con sólo revisar los archivos. Los documentos son una guía, una señal, pero ninguna historia puede reconstruirse únicamente a través de documentos. Para que los documentos hablen necesitan ser interpretados, necesitan ser vinculados con otros sucesos y otros personajes para encontrar su lugar en esa narración de narraciones que construye la historia. Y también ocurre, que el hallazgo de nueva evidencia documental permite reescribir y reinterpretar el pasado a profundidad. De ahí que nuestro conocimiento del pasado esté siempre en constante cambio, pues como acertadamente señala Bloch, “el pasado es, por definición, un dato que ya nada habrá de modificar. Pero el conocimiento del pasado es algo que está en constante progreso, que se transforma y perfecciona sin cesar”.[10] O como señala Gilly: “En cada tiempo, la valoración de los humanos va cambiando”.[11]

La historia, al igual que ocurre con el lenguaje, está siempre viva porque es sólo a través de la gente que cuenta y vive inmerso en los relatos del pasado que el pasado se hace siempre presente. Y como todo organismo vivo, la historia siempre será susceptible de transformar nuestro entendimiento del pasado a partir del hallazgo de nuevas pistas que permitan conectar los acontecimientos del pasado de un modo distinto, para generar así nuevas interpretaciones.

El historiador es un coleccionista de cuentos, alguien que decide relatar la historia de ciertas personas a partir de los relatos que le cuentan otras personas. Por ello el historiador debe saber preguntar, debe sumergirse en las narraciones de los otros, antes de contar la misma historia desde la perspectiva del presente.

Historias de la revolución

Y dentro de ese gran cuento que es la historia, la lucha del ser humano contra el abuso de sus semejantes ha sido una constante. Más allá del sistema de gobierno imperante o de la moral propia de cada época, la defensa contra el abuso es quizá el tema predilecto de la historia, el relato de los seres humanos buscando la anhelada libertad, la felicidad que les ha sido arrebatada, prohibida. De ahí que Gilly considere que no es la pobreza el motor que alimenta a las revoluciones, sino el deseo de recuperar la dignidad perdida.

“La revolución es una explosión contra la humillación, y luego la pobreza, que es también una forma de humillación”, afirma Gilly.[12]

A lo largo de la historia del hombre, la disputa entre ricos y pobres ha sido permanente a lo largo de siglos y siglos de despojos, saqueos, abusos, manipulación. La historia es cíclica, como bien señala Nietzsche, y por eso tiende a repetirse, no con exactitud, pero sí en lo esencial. Por ello no sólo ocurre que la comprensión del presente nos permita una mejor interpretación del pasado, sino que también ocurre a la inversa: comprender el pasado para interpretar el presente.

Y en todos los casos, desde el despojo de tierras en Papantla detonado por una fiebre de la vainilla, la Revolución Mexicana, las revueltas rurales de la Francia revolucionaria, el arribo de los bolcheviques al y la creación de la Unión Soviética, la formación de la clase obrera en Inglaterra o la insurgencia del pueblo aymara contra el colonialismo, son historias que comparten un rasgo común: el del pueblo que se organiza para combatir la opresión.

Si bien cada una de estas historias obedece a momentos, circunstancias y desenlaces diferentes, todas ellas narran rebeliones populares cuya única posibilidad de generar un cambio real es a través de la organización social. Desde las asambleas de los campesinos del Tercer Estado francés o los sóviets de los trabajadores rusos, las revoluciones con posibilidades de triunfo suelen ser aquellas donde la cohesión social y el hartazgo logran articularse en torno a un fin común para generar un cambio de fondo que restablezca el equilibrio social, al menos durante un tiempo. Y en este proceso de lucha contra la opresión, el factor ideológico juega una pieza clave en el rompecabezas. Como bien escribió Trosky en su relato sobre la Revolución Rusa, ninguna revolución puede prosperar sin la participación de la gente, por más innovadora que sea la ideología defendida por la clase intelectual revolucionaria. Pero tampoco se puede negar que las ideas son un instrumento poderoso para hacer frente a la ignominia, pues a final de cuentas, las ideas fijan un rumbo, un horizonte al cual dirigir el hartazgo de un pueblo en busca de justicia. Al final de cuentas, la historia de los movimientos sociales bien podría reducirse a eso: un puñado de hombres en busca de justicia.

Y si la historia ha de servirnos para interpretar el presente, ¿dónde nos encontramos situados hoy, en un país como México donde todos los días aparecen actos de corrupción monumentales y donde todos los días nos enteramos de nuevas masacres que permanecen impunes? ¿A qué se debe esa inmovilidad del grueso de la población pese al recurrente y cada vez más cínico abuso de sus élites? Si alguna lección nos ha enseñado la historia, es que las cosas terminan ocurriendo cuando deben ocurrir, no antes ni después. Así como los primeros intentos de una revolución obrera en Rusia, o los primeros levantamientos armados contra el régimen porfirista fracasaron, tuvieron que pasar muchos años para que ese complejo entramado de relaciones sociales desembocara en revueltas sociales capaces de generar nuevas condiciones de convivencia.

En un sentido opuesto, a veces también es necesario redescubrir los fracasos del pasado para enmendar los errores y reivindicar la tradición, como ocurre con la reelaboración del relato histórico del pueblo boliviano en la obra de Thomson, lo cual es una muestra fehaciente de que, como bien advirtió George Orwell, el pasado puede transformarse desde el presente.

Por supuesto, ninguna revolución es garantía de un cambio permanente, pues como hemos visto, la historia es dinámica, está constantemente en movimiento. Pero eso no es una razón de peso suficiente como para que los seres humanos dejen de escribir la historia con cada acto de sus vidas.

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[1] Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico. Siglo XXI Editores. México, 2004. Quinta edición, p. 39.

[2] Ibídem.

[3] Marc Bloch. Introducción a la historia. Fondo de Cultura Económica. México, 2012, séptima reimpresión, p. 47.

[4] Anthony Giddens. Sociología. Alianza Universidad Textos. España, 1996. Segunda edición, segunda reimpresión, p. 74.

[5] “«Ciencia de los hombres», hemos dicho. La frase es demasiado vaga todavía. Hay que agregar: «de los hombres en el tiempo». El historiador piensa no sólo lo humano. La atmósfera en que su pensamiento respira naturalmente es la categoría de la duración”. March Bloch, Op. cit., p. 31.

[6] Bloch, p. 53.

[7] Ibídem, pp. 53-54.

[8] Ibídem, p. 48.

[9] Hans-Georg Gadamer. Verdad y método I: Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Ediciones Sígueme. España, 1993, p. 344.

[10] Marc Bloch, Op. cit., p. 61.

[11] Adolfo Gilly. Seminario de Investigación y escritura de la historia. Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. México, 11 de marzo de 2015.

[12] Ibídem.

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Bibliografía:

BLOCH, Marc. Introducción a la historia. Fondo de Cultura Económica. México, 2012, séptima reimpresión.

GADAMER, Hans-Georg. Verdad y método I: Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Ediciones Sígueme. España, 1993. Quinta edición.

KATZ, Friedrich. Pancho Villa. Ediciones Era. México, 2000.

KOURÍ, Emilio. Un pueblo dividido: Comercio, propiedad y comunidad en Papantla, México. Fondo de Cultura Económica-El Colegio de México. México, 2013.

LEFEBVRE, Georges. El gran miedo de 1789: La revolución francesa y los campesinos. Ediciones Paidós. España, 1986.

RICOEUR, Paul. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico. Siglo XXI Editores. México, 2004. Quinta edición.

THOMPSON, E. P. Thompson. La formación de la clase obrera en Inglaterra. Crítica. España, 1989.

THOMSON, Sinclair. Cuando reinasen los indios: La política aymara en la era de la insurgencia. Muela del Diablo Editores. Bolivia, 2006.

TROSKY, Lev. Historia de la revolución rusa. Versión castellana de la Red Vasca Roja, 1998. Edición en línea.

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La otra historia universal y la filosofía política de Dussel

La lucidez y erudición de Enrique Dussel a la hora de narrar esa otra historia universal lejos del eurocentrismo absolutista de la modernidad, ha refrescado de una manera tremenda la discusión política de las últimas décadas. En esta conferencia magistral, el filósofo más destacado de América Latina describe al poder como una “voluntad de vida consensual acerca de cosas posibles”, donde “la comunidad es la sede del poder político (potencia)”, concepto que aglutina los tres ejes de lo político: vida, consenso, factibilidad.

Para Dussel, “la comunidad debe crear instituciones (potestas)”, y cuando “la institución se cree sede del poder se fechitiza, y es el emperador, el faraón, Hitler (…) Cuando la institución se fetichiza se hace dominación, pero cuando la institución está al servicio de un pueblo, entonces tiene otro sentido”, afirma.

En este sentido, Dussel considera que “la ley no es el principio de justicia, sino la fe”, entendida como una creencia colectiva que constituye el principio de legitimación. “Antes que la Constitución está la legitimidad y la legitimidad está en el consenso del pueblo”, señala Dussel. Conceptos muy precisos para construir una nueva forma de entender la política desde América Latina. Imperdible.

 

Naruto: el fin de una épica historia sobre la amistad

Hay ficciones que nos acompañan durante periodos determinantes de la vida y que recordaremos por siempre. Este es el caso de Naruto, el formidable manga de Masashi Kishimoto que hoy llegó a su fin tras 15 años de publicaciones semanales en la revista Shonen Jump.

Una historia que narra la historia de un niño con un demonio sellado en su interior que a lo largo de su aventura va descubriendo la importancia del valor y la amistad en un mundo ninja viciado por el odio sistemático que se reproduce interminablemente en la guerra estúpida de todos contra todos. Una historia profunda sobre cómo hacer frente a la soledad y a la adversidad a través de la compasión y la voluntad. Una historia plagada de personajes encantadores que van tejiendo una trama compleja y madura que revela en toda su magnitud las contradicciones de la naturaleza humana. Una historia con una narrativa impecable con giros inesperados y escenas memorables que me acompañaron a lo largo de los últimos seis años.

Todavía recuerdo cuando en aquel 2008, vi los primeros capítulos de la serie en mi breve paso por Argentina. Lo primero que me cautivó fue la estética de los dibujos, de la animación, la capacidad del autor para construir un mundo bien estructurado sobre el cual se iban descubriendo poco a poco algunas intrigas al mismo tiempo que se tejían otras más complejas, donde la historia de los antagonistas va justificando sus acciones como una forma de escapar del sufrimiento, toda vez que no existen seres buenos ni malos, solo personas. Ese es uno de los mayores aciertos de la serie, un relato profundo sobre el amor y la amistad que esta semana llegó a su fin, muy a pesar de nosotros los ávidos lectores que semana a semana esperábamos con ansias la siguiente entrega de la saga. Quizá eso explique el sentimiento de nostalgia que deja consigo todo relato entrañable que inevitablemente tiene que tener un final. El mejor manga de todos los tiempos.

La compleja y fascinante historia del universo

A veces ciertas cosas tienen más sentido cuando vemos la película completa. Esto es exactamente lo que propone el historiador británico David Christian en su proyecto sobre la Gran Historia del Universo. Viéndolo en retrospectiva, resulta alucinante todo lo que tuvo que suceder para que el día de hoy, estemos compartiendo esta información a través de un blog perdido en el ciberespacio. ¿Casualidad?

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