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El hombre unidimensional y la pobreza del espíritu en tiempos de la 4T

Sin título

 

En una revisión a la obra de Herbert Marcuse y su concepto de “hombre unidimensional”, la académica Blanca Muñoz señala que:

“El individuo unidimensional se caracteriza por su delirio persecutivo, su paranoia interiorizada por medio de los sistemas de comunicación masivos. Es discutible hasta la misma noción de alienación porque este hombre unidimensional carece de una dimensión capaz de exigir y de gozar cualquier progreso de su espíritu. Para él, la autonomía y la espontaneidad no tienen sentido en su mundo prefabricado de prejuicios y de opiniones preconcebidas”.

La definición es brutal y sintetiza a la perfección los tiempos en que vivimos: una sociedad de individualismo exacerbado, donde las personas son fácilmente manipuladas por los medios de comunicación masiva, donde el consumo se ha convertido en el nuevo culto.

Dime el grado de consumismo y te diré el grado de enajenación. Ahí reside la incapacidad de muchas personas a la hora de darse cuenta cómo están siendo burdamente pastoreadas por grupos que defienden un modelo civilizatorio en ruinas.

Las masas tienen que consumir mucho para tratar de llenar sus vacíos existenciales, la pobreza de su espíritu, débil, abyecto. En la sociedad capitalista, el consumo es la nueva religión. La gente trabaja y a cambio el sistema te devuelve unas horas de entretenimiento superficial, cómodo y simplón, un entretenimiento comercial que inhibe el desarrollo espiritual de las personas.

El entretenimiento dominical orientado al consumo se convierte entonces en una droga, la adicción de nuestro tiempo, que nos permite sobrellevar un sistema económico que tiende a la acumulación de la riqueza a través de la explotación humana y de la naturaleza.

Dime qué tan fifí te asumes y te diré el grado de alienación en el que te encuentras. Y algo parecido sucede en otros sectores impregnados de fanatismos apegados a ideologías rancias, incluyendo el marxismo, el liberalismo y otras corrientes filosóficas emanadas de la modernidad.

Curar todos los males del mundo implica desarrollar una nueva espiritualidad propia de nuestro tiempo. Volver a unir todo lo que fue separado.

Lástima que #LaBorregada prefiera simplemente ver la tele y procastinar en el feis.

Hay que destruir este mundo para escribir uno nuevo. ¡He dicho!
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Crítica ficcionalista a las elecciones presidenciales de 2018 en México (y a los pejefóbicos que nunca entendieron de qué se trató la cosa)

AMLOVE

Concluye un ciclo histórico de 30 años y empieza una nueva etapa. No sabemos si mejor o peor, pero será una nueva etapa al fin y al cabo. Creo que era un paso necesario y urgente que México tenía que dar para crecer como nación. Llevábamos demasiado tiempo estancados en la misma lógica y siempre es bueno un cambio de aires para refrescar la mirada, aunque eso signifique enfrentar nuevos retos, nuevos desafíos, nuevos vicios, nuevos problemas. El cambio de hoy es muy probable que se corromperá mañana, no sabemos si dentro de tres años o dentro de cien, pero es algo que ocurrirá tarde o temprano, siempre, porque la historia es cíclica, un continuo ir y venir por territorios desconocidos, y las soluciones del ahora están construyendo desde ya los desafíos del futuro. Es la inercia de la vida. Y la política, como cualquier otro ámbito de la vida, no escapa a la dinámica de estas fuerzas fundamentales que rigen todas las cosas.

Por eso mismo, sostengo que el cambio era urgente. La vida de los pueblos como las personas, experimentan el mismo choque de fuerzas que determinan la existencia. La psicología de masas no es sino una suma de psicologías individuales que a su vez, construyen un nuevo ente más complejo, pero que en el fondo, comparten un origen común. Así como las personas somos un nivel de conciencia que surge de la cooperación ordenada de millones de células, la sociedad es también un nivel de conciencia colectiva que responde a la dinámica de las fuerzas primordiales que constituyen el universo.

Y ocurre que el desarrollo espiritual de las naciones es similar al desarrollo espiritual de las personas, el cual depende en buena medida, de enfrentar los demonios internos. Y en las naciones como en las personas, el miedo a enfrentar esos fantasmas delirantes que duermen en nuestras profundidades, suele traer consigo consecuencias trágicas. “Todo deseo contenido engendra peste”, escribió maravillosamente el poeta William Blake. Una peste que proviene del deseo insatisfecho, una necesidad de autorrealización que se ve frenada por el miedo de enfrentarnos a aquellas fuerzas que nos impiden crecer. Por ello, toda tradición mística y esotérica, es ante todo una enseñanza sobre cómo enfrentar nuestros miedos más elementales: el miedo a la muerte, el miedo al dolor, el miedo a la soledad.

No es casualidad que a lo largo de la historia de la humanidad, el mito del héroe que vence a sus demonios internos para alcanzar la armonía existencial, es una constante en cualquier cultura, de cualquier tiempo, en cualquier rincón del planeta. El héroe que en busca de sí mismo que es capaz de crear un cambio significativo en el mundo.

Esta estructura psíquica encargada de simbolizar la experiencia humana (descubierta y descrita por Jung y su concepto de arquetipo e inconsciente colectivo) están presentes en prácticamente cualquier relato, sin importar que se trate de un pasaje de la Biblia, un cuento para niños, una película de Hollywood o un drama de Shakespeare. La psique humana se articula a través de ficciones que nos permiten crear un punto de referencia a partir del cual, podemos interpretar y habitar un mundo articulado, gracias al milagro del lenguaje. No en balde, “los límites del mundo son los límites del lenguaje”, como bien señalaba Wittgenstein. De este modo, toda cultura es el resultado de un complejo proceso de intercambio de experiencias que articulan una cosmovisión, es decir, un relato fundamental a partir del cual se construyen todos los demás relatos posibles. Este relato esencial, que los antropólogos conocen como mito, no es sino un relato de ficción a través del cual, el ser humano se explica y trata de interpetar el mundo en que vive. Dicho mito, es el sustento mismo de la realidad. Es decir, que el mito es un discurso que trata de condensar la experiencia humana durante varias generaciones, para luego plasmarla en un relato capaz de explicar todas las cosas, a partir de las cuales, podemos situarnos en el mundo. Toda cultura, por lo tanto, es un cúmulo de narrativas que buscan entender las implicaciones de la existencia y la relación del ser humano con su entorno.

Para quien entiende esta relación entre vida, cultura y lenguaje, resulta sencillo comprender otros ámbitos como la ideología, es decir, un conjunto de ideas más o menos estructuradas que tratan de explicar la realidad cotidiana. Un conjunto de ideas que alude siempre al mito, a partir del cual, se construye cualquier ideología posible. En este sentido, la política, entendida como una disputa por el poder, no es sino una lucha por el control de la realidad. Una batalla que se libra a través del uso del lenguaje y la construcción de narrativas. Esto nos permite entender por qué razón no existe una diferencia significativa entre el relato de ficción y el relato histórico, ya que como bien apunta Paul Ricoeur en su libro Tiempo y narración, ambas modalidades del relato funcionan a partir de los mismos esquemas mentales que posibilitan el lenguaje. Por ello, es común que la historia, entendida como el estudio de la experiencia humana en el pasado, se construye a través de narrativas. De ahí que, cuando decimos que una persona “hace historia”, significa en el fondo que las acciones de dicha persona provocaron un cambio en la narrativa sobre la experiencia humana en el pasado. Hacer historia, por lo tanto, es cambiar el curso de la narrativa hegemónica mediante la cual, el ser humano se explica a sí mismo, a partir de la experiencia de otros seres humanos que vivieron antes que él. Por ello, el surgimiento de la historia surge como tal con la invención de la escritura, ese artificio del lenguaje que permite fijar en el tiempo y el espacio la experiencia humana a un nivel de detalle imposible de recrear a través de las finitas capacidades de la memoria humana y la tradición oral. En este sentido, no es casualidad que la historia, el derecho y el surgimiento del Estado tengan un origen común, que coincide con la invención de la escritura. De modo similar, la política entendida como un control de la realidad a través de estructuras narrativas, permite comprender la manera en que las ideologías políticas se debilitan y fortalecen con el paso del tiempo, cuando dicho relato deja de tener sentido frente a nuestra experiencia de vida. Por eso, dice Gadamer, la verdad es una afimación (o un relato) de la existencia que debe constatarse continuamente en la experiencia humana. Un discurso político deja de tener sentido (es decir, deja de ser verdadero) cuando dicha afirmación sobre la existencia deja de tener relación con mi propia experiencia de vida y mi propia interpretación del mundo. La verdad, será entonces, un relato cuya validez se otorga a partir de una experiencia de vida común entre los diversos integrantes de un grupo social. La verdad está siempre en entredicho, siempre a prueba, siempre contrastada con mi propia experiencia de vida. Las grandes verdades universales sobre la existencia humana, son aquellas afirmaciones que no pierden vigencia y siguen significando cosas para la gente a través del tiempo, sin importar la época.

Yo me di cuenta de esta situación, quizá no de manera teórica pero sí más intuitiva, cuando comencé a trabajar. Recuerdo que en mi familia y círculo social cercano, crecí con la idea imperante dentro del liberalismo económico, idea hegemónica dentro de nuestra cultura occidental, la cual sostiene que la riqueza es fruto del trabajo. Pero recuerdo que aquella frase dejó de tener un sentido para mí, cuando en mi primer empleo, yo me la pasaba trabajando durante más de ocho horas diarias, seis días a la semana, mientras apenas tenía dinero suficiente para pagar mis necesidades más elementales, al mismo tiempo que veía a otros chicos de mi edad irse de fiesta todos los días porque sus papás tenían dinero suficiente como para que sus hijos no tuvieran la necesidad de trabajar. En un sentido similar, veía a mi alrededor que un albañil, por ejemplo, podía realizar un trabajo más exhaustivo, con jornadas larguísimas de 12 o 14 horas, mientras el “patrón” podía trabajar, pero eso no incidía directamente en los niveles de acumulación de riqueza. A partir de ahí, me di cuenta de que trabajar todo el día, por sí solo, no permite acumular riqueza, sino que por el contrario, existen otros mecanismos sociales que permiten dicha acumulación. Esa intuición fue reforzada cuando, ya en la universidad, tuve la oportunidad de leer El Capital de Karl Marx, libro que no es sino un relato de cómo se genera dicha acumulación a través de la explotación y la apropiación de los medios de producción, relato que tiene mucho más sentido para mí, que el discurso liberal que siguen suelen sostener aquellos cretinos que creen que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar”.

Lo que intento demostrar, es que nuestras ideas políticas suelen estar referidas a nuestra experiencia de vida. Y nos identificamos con determinados discursos políticos porque dichos discursos significan algo para nosotros, según nuestra propia experiencia. Pero resulta que nuestra propia experiencia de vida, es al mismo tiempo, una interpretación que pretende dar coherencia lógica y estructura narrativa a distntos hechos aislados, articulados como un todo gracias a la memoria y nuestra capacidad de estructurar relatos de vida, en función de nuestras emociones.

De ahí que cualquier ideología busca en el fondo tratar de establecer una relación causal entre mis emociones y los relatos a partir de los cuales trato de explicar el mundo. Es decir, que toda ideología es en el fondo, un relato sobre la relación entre mis emociones y las cosas que ocurren en mi entorno, es decir, un discurso que me permite explicar por qué me siento como me siente en función de la manera en que me relaciono con el mundo que me rodea. De ahí que toda retórica política tenga un sustento emotivo, más que racional, y explica también el poder del demagogo: ese parlanchín que dice lo que el pueblo quiere oír para tratar de restablecer un equilibrio anímico que ha sido trastocado de alguna manera por algún tipo de crisis que pone en peligro mi bienestar. Esto permite entender cómo es que todo discurso político busca apelar a las emociones de las masas para tratar de construir un relato en torno a las causas del bienestar y el bienestar como propósito de futuro. Y todo discurso político lleva implícitas estructuras mitológicas, como bien lo advirtió el filósofo Ernst Cassirer. Por ello, no existe un solo discurso político que no aluda al bienestar colectivo de un determinado grupo. Es decir, que todo discurso político está orientado a tratar de convencer de que una comunidad se siente como se siente, debido a una serie de causas que es necesario corregir para restablecer el bienestar perdido. Las promesas de campaña tienen este fin: tratar de persuadir sobre las formas en que, una serie de acciones encabezadas por los líderes de la comunidad (los gobernantes) habrán de estar orientadas en tratar de mantener el bienestar existente o tratar de acceder a él.

Sobre estos ejes se estructuran las ideas elementales del espectro político: la derecha como una ideología que busca mantener los mecanismos estructurales que explican el bienestar de un grupo, frente a una izquierda cuyo propósito es acceder a un bienestar que le ha sido negado. De ahí que la disputa entre la derecha y la izquierda es, en el fondo, una lucha por conservar cierto tipo de privilegios o tratar de acceder a dichos privilegios. Desde luego, las posiciones de cada polo serán determinadas en función de los intereses de cada persona. Aunque lo cierto es que, más allá de la condición material, lo que realmente importa es cómo es que cada quién construye su propia narrativa en torno al problema del bienestar. Por ello, el pensamiento de conservador de derecha, generalmente asociado a las clases privilegiadas, buscan preservar dichos privilegios emanados de las estructuras sociales, mientras que la izquierda busca acceder a una forma de bienestar que le ha sido negada, principalmente por relaciones de subordinación. Dicho de otro modo, dentro del contexto de la lucha de clases, el pensamiento conservador busca mantener sus privilegios, mientras que el pensamiento de izquierda busca acceder a un bienestar prohibido. A través de esta dicotomía y polaridad, se puede entender la razón por la cual, es posible establecer, de manera muy general, vínculos entre el pensamiento de derecha y los sectores más ricos de la población, así como un pensamiento de izquierda generalmente asociado a los sectores más pobres. De este modo, la disputa entre derecha e izquierda tiene como trasfondo la continua batalla entre ricos y pobres, o quienes se asumen partido a favor de un bando determinado. Esto explica, en buena medida, el por qué existen “pobres de derecha” y “ricos de izquierda”, pues a final de cuentas, la identidad no tiene que ver únicamente con una condición material per se, sino más bien, con la construcción de una narrativa propia. Un relato que busca relacionarse con una determinada idea de bienestar como fenómeno colectivo, que trasciende incluso la condición individual de cada persona. Es por ello, que toda ideología política, sea de izquierda o derecha, es consecuencia de una identidad colectiva que trata de satisfacer necesidades vitales o equilibrar pulsiones elementales propias de todo ser vivo, frente a una narrativa del bien común.

Es así, que la política busca en el fondo, construir narrativas en torno al problema del bienestar. Y a medida que dicha narrativa tenga una resonancia interna entre las masas, mayor será su efectividad para persuadir, convencer, manipular y controlar.

Por ello, romper esta relación de dominación implica volverse fuerte, y para ello es un requisito indispensable conocerse a uno mismo, vencer el miedo y aprender de nuestros errores, con el fin de construir narrativas que nos permitan reestablecer el equilibrio anímico a nivel individual y colectivo. Pero cuando esto no ocurre, la desgracia suele hacerse presente en la vida de los individuos y los pueblos.

Eso fue justamente lo que hemos vivido en México los últimos años: una sociedad mexicana presa del miedo que decidió votar en contra de quien representaba “un peligro para México”, según una campaña de terror orquestada desde las cúpulas empresariales y el gobierno, para infundir miedo de un cambio. Una situación que derivó en una crisis de violencia sin precedentes que suma más de 250,000 asesinatos y más de 37,000 desaparecidos en 12 años de “guerra contra el narco”. Presa del miedo, México se sumió en una profunda crisis, la cual se hizo aún más profunda con aquella timorata frase que encumbró al PRI en 2012: “mas vale malo conocido que bueno por conocer”. Al fin y al cabo, decían los aplaudidores del PRI, ellos “sí saben gobernar”. Un terror irracional al cambio cuyos ecos se mantuvieron hasta las campañas de 2018, con versiones sin ningún tipo de sustento o evidencia empírica sobre el enorme “peligro que representaba López Obrador para la economía”- Un miedo bien alimentado por rumores, campañas de terrorismo ideológico orquestadas por los bancos y los medios afines al sector financiero, que se filtraron en el imaginario de las clases medias, incapaces de interpretar los intereses ocultos tras la información divulgada en los medios.

Las consecuencias de los últimos dos sexenios, ya lo sabemos, fueron desastrosas. A tal punto, que en 2018 la inmensa mayoría de los mexicanos prefirieron correr el riesgo de convertirse en “Venezuela del Norte” antes que volver a apostar por el bipartidismo de derecha que impulsó el modelo neoliberal, que durante tres décadas devastó al país mediante políticas como las privatizaciones, la firma del TLCAN, el rescate bancario vía el Fobaproa o las llamadas reformas estructurales que incluyeron la privatización del petróleo, así como la precarización del salario y las condiciones laborales.

El PRI y el PAN son los principales responsables de que López Obrador haya ganado las elecciones con una ventaja din precedentes, aplastante, que no hubiera ocurrido si en 2006 las élites político-empresariales que mantuvieron intacto su pacto de impunidad mientras el país se desangraba, no hubieran impedido la llegada de López Obrador a la presidencia, en condiciones más acotadas que lo que ocurrió en 2018. Dicho de otro modo, si hubieran dejado pasar a López Obrador en 2006 no hubiera llegado con mayoría en el Congreso y una cantidad de votos aplastante para la elección de 2018. Hoy en cambio, no sólo se convirtió en el presidente más votado en la historia del país desde la época de la Revolución, sino que además llega con 5 gubernaturas y mayoría en las dos Cámaras. Paradojas de la historia. Una muestra de que, más allá de la política, existen otras fuerzas elementales que rigen la naturaleza y que generan un efecto contrario al que la derecha buscaba generar en un principio, cerrándole el paso a quien se había ganado la simpatía de la gente.

Por otra parte, la tenacidad y perseverancia de Obrador, aderezada con su obsesión por la historia, una moral chapada a la antigua y su afilado colmillo político, le permitieron aprender de sus errores y conformar un movimiento social incluyente que poco a poco lo fue vacunando contra los ataques de un PRIAN, fracturado por la desmedida ambición de sus integrantes, lo cual fue un factor decisivo en la contienda. Esto aún cuando persiste la animadversión clasista contra un personaje popular como Obrador, quien prefiere recorrer las plazas públicas utilizando una retórica sencilla e incluso rudimentaria, para convencer a la gente de la existencia de una “mafia del poder” que tiene secuestrada a las instituciones (lo cual es cierto) y cuyos niveles de corrupción han provocado un nivel de podredumbre generalizado.

Lo interesante aquí, es que el desastre de país en los últimos dos sexenios terminó provocando que el discurso sobre el cual se sostenía la continuidad del modelo neoliberal se derrumbara, ante la urgente necesidad de un cambio que permitiera devolver el equilibrio anímico a la colectividad. Un fenómeno que no es exclusivo de México, sino parte de un proceso histórico mucho más profundo que tiene que ver con la dinámica de la globalziación financierista y las tensiones que esto genera en Estados-nación que ven vulnerada su legitimidad frente al poderío del capital trasnacional.

“En el momento en que el Estado se ve privado de una fuerza identitaria que sostenga su difícil maniobra en el mundo de la globalización, ese Estado trata de relegitimarse volviendo a llamar a su gente, es decir, a su nación; pero esa nación, en muchos casos, ya se ha separado del Estado y cree que no está siendo representada”, refiere Manuel Castells en su ensayo Globalización e identidad. Una situación que explica el resurgimiento de líderes nacionalsitas en todo el mundo que aparecen como alternativa a los estragos de una modelo globalizador basado en la movilidad del capital financiero, que ha devastado comunidades y territorios enteros mediante negocios multimillonarios que son incapaces de satisfacer la insaciable ambición de una pequeña élite a expensas del sufrimiento de millones de personas que se ven obligadas a migrar de sus territorios para ganarse la vida en las ciudades donde se concentra la mayor parte de la riqueza global. Un fenómeno migratorio de gran escala que a su vez, socava la cohesión cultural a través de la cual se sostiene la idea del Estado-nación, lo cual provoca una fractura al interior de las grandes urbes que se convierten en espacios de confrontación entre grupos étnicos, religiosos y multiculturales, muchas veces antagónicos entre sí.

Una situación que ocurre actualmente en México, con el fenómeno migratorio hacia Estados Unidos, la devastación ambiental y social ocasionada en comunidades y pueblos a manos de empresas extractivas protegidas por gobiernos neoliberales que han renunciado a su facultad de proteger a sus ciudadanos, con el pretexto de atraer inversión extranjera, siempre dispuesta a generar riqueza mediante el despojo, la explotación y empleos mal pagados. Una situación que fue evidenciada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional desde la fase inicial del proyecto neoliberal en México y que se fue propagando por todo el país a lo largo de los años, junto a múltiples evidencias del fracaso de la apertura económica a varios niveles.

¿Qué ocurrió entonces? Lo que siempre ocurre en la política. El discurso de López Obrador ofreció una explicación cada vez más convincente de la realidad nacional, lo cual le abrió las puertas del triunfo. Cuando Andrés Manuel afirmaba que el PRIAN era lo mismo, las alianzas entre Diego Fernández de Cevallos y Carlos Salinas de Gortari o los continuos guiños de Vicente Fox con Peña Nieto, siempre con la tecnocracia neoliberal como vaso comunicante entre priistas y panistas, terminó dando razón al tabasqueño en torno a la existencia de una “mafia del poder”, cada vez más obscena y evidente.

Una alianza histórica que, sin embargo, fue dinamitada por un impetuoso Ricardo Anaya que, en aras de su ambición presidencial, provocó una ruptura profunda con el PRI, tras la reunión secreta que sostuvo con Peña en Los Pinos el 20 de enero de 2017 en el contexto de la elección a la gubernatura del Estado de México, en la que supuestamente ambos habrían pactado algo que el líder panista terminó por “traicionar”, según han señalado los cercanos de Peña. Pero esta no fue la única fisura provocada por Anaya, quien utilizó la dirigencia nacional del PAN para apoderarse del partido e impulsar su candidatura presidencial con un alto costo político para la militancia blanquiazul: la fractura y rompimiento con el grupo de Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, lo cual derivó una disputa interna que se mantiene vigente y le pasará factura al joven queretano tras la elección de 2018. No en balde, las cifras muestran que con todo y las alianzas del PAN con PRD y MC, la de Anaya fue la peor votación para un candidato presidencial panista del que se tenga registro en la historia reciente, desde la llamada transición democrática. Por si fuera poco, Anaya construyó una alianza antinatura con el PRD, sí, el mismo partido que surgió como consecuecia del pacto entre PRI y PAN tras el fraude de 1988, situación que en una de esas peculiares paradojas de la historia, terminó arrastrando a su mayor debacle electoral desde el inicio de la alternancia y sepultando al PRD, reducido a un partido satélite luego de haber tenido posibilidades reales de acceder al poder. De este modo, Anaya cometió tres errores clave que dinamitaron la cohesión histórica de la tecnorcracia neoliberal de derecha que sostuvo la hegemonía del PRIAN durante tres décadas.

Ante un escenario así, era más que entendible que un discurso antisistema como el de López Obrador tuviera cada vez más resonancia entre un número creciente de damnificados por los estragos del neoliberalismo, tal como quedó de manifiesto con el gasolinazo, derivado de la reforma energética aprobada por el PRI y el PAN. De este modo, la retórica lopezobradorista se convirtió en la única alternativa viable, ante la notable ausencia de otros discursos antisistema con la fuerza necesaria para satisfacer esa necesidad, razón por la cual, más allá de los aciertos del tabasqueño, la retórica neoliberal aunada a los altos índices de violencia y corrupción, derivados de intentos desesperados por retener un poder decadente y cuestionado por la vía del fraude electoral, como ocurrió en 2006 y 2012, terminó por derrumbar al PRI y al PAN en 2018, convirtiendo a Morena en un movimiento social emergente con posibilidades de construirse como partido hegemónico en un futuro no muy lejano, generando así un cambio de régimen, entendido como el conjunto de instituciones que regulan y administran el poder político.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los críticos de López Obrador a lo largo de las campañas electorales ni siquiera se percataron de la enorme trascendencia histórica que encerraban las elecciones de 2018, en buena medida, por la dinámica con que operan los grandes medios de comunicación y la industrialización del internet, que ha convertido cualquier acontecimiento en un espectáculo propio de la sociedad del consumo, a expensas de la reflexión y una búsqueda profunda de la verdad.

De este modo, los sectores conservadores asustados de perder sus privilegios frente a un proyecto político como el de López Obrador -que busca priorizar a los más pobres con el fin de contrarrestar los desequilibrios generados por el mercado frente a un Estado débil- fueron burdamente manipulados por los intereses de las cúpulas empresariales que se han enriquecido de manera indignante mientras la brecha entre ricos y pobres en México se vuelve cada vez más amplia, reavivando los temores de masas desinformadas que, sin conocer a fondo la situación de Venezuela, afirmaban una y otra vez, similitudes inexistentes entre el régimen chavista y el proyecto lopezobradorista.

Estas son las implicaciones de fondo de la elección presidencial de 2018, las cuales pasaron prácticamente inadvertidas por el grueso de la población, felizmente enajenada con muchos memes y críticas chafas que evidenciaron también la crisis al interior de la comentocracia mexicana, alimentada por el régimen neoliberal y con fuerte presencia en los grandes medios de comunicación, cuyos argumentos fueron perdiendo fuerza ante la incapacidad intelectual de las élites para reinterpretar el momento político y social por el que atraviesa México.

En conclusión, considero que el paso que dimos los mexicanos con el arribo de un líder popular, proveniente de movimientos sociales como López Obrador, no sólo resultaba necesario, sino urgente, dado el nivel de descomposición social por el que atraviesa el país.

Sin embargo, no soy ingenuo, y desde luego entiendo que el nuevo régimen traerá consigo una serie de riesgos, favoreciendo a unos y perjudicando a otros, como ocurre con cualquier otro régimen político, pero me parece que el llamado a la reconciliación nacional, proviniendo de un personaje como López Obrador, puede ayudar a México pasar a otra etapa histórica. Un acontecimiento que, como bien escribió Jorge Volpi en un artículo reciente publicado en Reforma, representa una enorme oportunidad para que los mexicanos aprendamos de nuestros errores, enfrentemos nuestros miedos y estemos dispuestos a seguir nuestro camino en un nuevo periodo histórico. Una oportunidad que implica abrir muchas puertas y ventanas que durante mucho tiempo estuvieron cerradas. Pero una cosa es abrir la puerta y otra muy diferente, cruzarla.

No sabemos qué traerá consigo este cambio, pero vale la pena correr el riesgo e intentarlo. En una de esas, no sabemos, quizá el país pueda mejorar un poco en algunos aspectos fundamentales, lo cual sería ya, un pequeño avance, aunque sabemos que siempre habrá grupos inconformes, tal como ocurrió con buena parte de los gobiernos de izquierda que gobernaron en países de Sudamérica durante las primeras dos décadas del siglo XXI. Gobiernos de izquierda que, pese a sus innegables avances en ámbitos como el combate a la pobreza, han tenido muchos problemas para mantener el poder frente a una derecha rapaz protegida por los medios de comunicación afines a las potencias occidentales, principalmente Estados Unidos y Gran Bretaña, las dos principales sedes del capital financiero trasnacional.

De este modo, confío en que López Obrador hará lo que esté a su alcance para remediar los males que aquejan al país, toda vez que su obsesión histórica y su condición de líder de un movimiento social auténtico, de base, lo hacen un personaje adecuado para encarar en reto. Mucho más adeucado, sin duda alguna, que los tecnócratas “avalados” con sus títulos obtenidos en universidades extranjeras, quienes provocaron la devastación de un país inmensamente rico en posibilidades como lo es México.

La magnitud del cambio histórico que traerá consigo el cambio de régimen es digno de analizarse, discutirse y reflexionarse. En lugar de quejarse amargamente, los pejefóbicos deberían cuestionarse qué fue lo que ocurrió para que un personaje como López Obrador lograra llegar a la presidencia de México en su tercer intento. Quizá entonces, puedan mirar hacia adentro, ser autocríticos y aprender algo en el camino.

La historia, como todo relato de ficción, es un cuento en permanente cambio. Un cuento cuyo sentido depende de su capacidad para apelar a las emociones y las más profundas necesidades humanas- Un cuento que en política, simplifica estos aspectos en la idea del bienestar.

Si bien el regreso del nacionalismo revolucionario remasterizado es preferible a la continuidad de un neoliberalismo fracasado, me parece urgente que los mexicanos comencemos a buscar alternativas para construir otro futuro posible, inventar un nuevo cuento que nos permita redefinir el papel del ser humano y su relación con el mundo, un cuento que cuestione y ponga en duda todos los saberes, un cuento que nos permita reconciliarnos con todos los seres que pueblan el planeta, un cuento que nos permita celebrar nuestras muchas diferencias, un cuento capaz de reescribir la historia misma de la humanidad. Esto, o seguir siendo rehenes de narrativas caducas.

Porque la vida es cuento y la realidad es ficción.

¡Salud!
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¿Ha usted intentado convencer a alguien?

Una pequeña reflexión a partir de un interesante texto del filósofo Agustín Vicente, publicado en el Huffpost, titulado: Los hechos nos dan igual cuando contradicen nuestra identidad.

Two knight on a chessboard. Confrontation.

¿Ha intentado convencer a alguien sobre cualquier tema? En los últimos tiempos (por no decir que siempre) enfrascarme fácilmente en discusiones sobre política, asuntos de género, futbol, etcétera. Y no deja de sorprenderme, la manera en que cada quien cree lo que quiere creer, lo increíblemente cerrada que es la gente. Yo reconozco que también soy necio, pero a diferencia de la mayoría, me interesa más tratar de entender por qué ocurren las cosas antes que emitir juicios sumarios e irrefutables. Por eso también me suelen tachar de “posmoderno”, de relativismo exagerado.

Supongo que, en el fondo, soy más curioso que necio. ¿Pero cómo se hace entonces para no terminar sacándonos los ojos unos a otros entre tantos desacuerdos, tantas visiones posibles del mundo? Más que tratar de entendernos unos a otros, el único camino posible es amar a los demás, como bien dijo un carpintero nazareno hace unos miles de años atrás, lo cual implica aceptar nuestras diferencias y la imposibilidad de que alguien pueda tener “la razón” sobre algún tema. Por eso me parecen extremadamente aburridas las discusiones donde la gente pelea por tener la razón, en lugar de compartir alguna experiencia o tratar de descubrir alguna verdad velada sobre la existencia humana a través el diálogo.

La diferencia radical entre explorar e imponer, es una cuestión de actitud. Despertar esa curiosidad por el otro: ¿qué hizo que el otro piense como piensa? Y aún así es complicado. “¡No me analices!“, me han reprochado en más de una ocasión. Pero supongo que el amor, en alguna medida, también es eso: un intento de descubrir y reconocernos en esa otra persona.

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La vocación antidemocrática de la derecha

Por definición, la derecha tiene una profunda convicción antidemocrática. Basta con revisar el origen del término para confirmar la hipótesis. La derecha como ideología política surge formalmente como consecuencia de la Revolución Francesa y la creación del parlamento, en cuya sede, los sectores más conservadores que defendían los privilegios de la monarquía y la aristocracia ocupaban el ala derecha del recinto mientras los sectores progresistas que promovieron el cambio de régimen se ubicaban a la izquierda. Desde entonces, la derecha se identifica por su resistencia al cambio y por defender los intereses de las élites encumbradas en lo más alto del poder político, tal como lo apunta el sociólogo Robert M. MacIver en su texto The Web of Government:

La derecha siempre es el sector de partido asociado con los intereses de las clases altas o dominantes, la izquierda el sector de las clases bajas económicamente o social y el centro de las clases medias. Históricamente este criterio parece aceptable. La derecha conservadora defendió prerrogativas, privilegios y poderes enterrados: la izquierda los atacó. La derecha ha sido más favorable a la posición aristocrática, a la jerarquía de nacimiento o de riqueza; la izquierda ha luchado para la igualación de ventaja o de oportunidad, y por las demandas de los menos favorecidos. Defensa y ataque se han encontrado, bajo condiciones democráticas, no en el nombre de la clase pero sí en el nombre de principio; pero los principios opuestos han correspondido en términos generales a los intereses de clases diferentes[1].

Esto explica la resistencia histórica de la derecha hacia la consolidación de la democracia, una forma de gobierno que posiciona al pueblo como referente único del poder político y la soberanía del Estado nación. Un sistema político que, por definición, está en contra de los intereses que defiende la derecha, fincados en una tradición de privilegios heredada generación tras generación.

Por ello, no es de extrañarse que en Occidente la derecha esté íntimamente vinculada a la iglesia (católica o protestante), una de las instituciones clave en la legitimación de las monarquías que gobernaron el mundo desde la época medieval, así como a una pujante burguesía que terminaría apoderándose de muchos privilegios de la nobleza a partir de la concentración de riqueza derivada de la apropiación de los medios de producción capitalistas.

Con la construcción del proyecto de modernidad como referente inequívoco del mundo occidental, la burguesía consolidó su poder político controlando un complejo engranaje institucional que soportaba la idea del Estado, incluyendo por supuesto, el control de las estructuras gubernamentales.

Lo anterior permite entender cómo es que los grandes dueños de la economía se convirtieron en los poderes de hecho, también llamados fácticos, capaces de quitar y poner a su antojo a gobernantes que facilitaran y protegieran sus intereses aún a costa de los interés público. Un contrasentido a lo que se supone deberían defender los sistemas democráticos.

Fue así que la economía tomó como rehén al Estado. Los grandes capitalistas infiltraron a sus subordinados en el gobierno para salvaguardar un régimen de privilegios que poco o nada tiene que ver con aquellos principios de “libertad, igualdad y fraternidad” que enarbolaba en su inicio el discurso revolucionario francés de 1789.

Con el triunfo del liberalismo económico al paso de los siglos siguientes, la democracia representativa terminó por convertirse en una máscara cuyo objetivo era ocultar en las sombras a los verdaderos actores involucrados en la toma de decisiones.

A partir de entonces, los industriales y la nueva clase empresarial que despegó de manera vertiginosa a partir de la Revolución Industrial construyeron un andamiaje político que les permitiera ejercer un control sobre los sectores sociales más pobres para acumular riqueza mediante la explotación laboral. La derecha se identificó a partir de este momento, como enemiga declarada de los sindicatos y cualquier forma de asociación que atentara contra el dominio hegemónico de las élites, toda vez que una verdadera democracia representa siempre una amenaza directa para cualquier oligarquía.

Esto explica cómo es que a partir de las revueltas populares que surgieron en la primera mitad del siglo XX en países como México, China o Rusia, movimientos sociales cuyo motor fueron precisamente los sectores campesino y obrero, se convirtieron en un peligro para los intereses de los grandes capitalistas. Con el advenimiento de dos guerras mundiales producto de las tensiones entre el liberalismo económico y el fascismo (dos matices del pensamiento conservador de la época), la Guerra Fría terminó dividiendo el mapa geopolítico del mundo en dos grandes bloques: la derecha representada por el American way of life y las políticas de libre mercado fomentadas desde las potencias occidentales, por un lado, y la conquista del proletariado en cuanto al control de los medios de producción representados por los países soviéticos, por el otro.

Estas polarizadas visiones del desarrollo generaron una serie de conflictos armados en distintas partes del globo terráqueo que a su vez radicalizaron las tensiones históricas entre las derechas y las izquierdas.

Sin embargo, la reconfiguración de la derecha a partir Consenso de Washington y la definición del proyecto neoliberal (acordado por los presidentes de Estados Unidos, Reino Unido y Alemania Occidental, Ronald Reagan, Margaret Tatcher y Helmut Kohl, respectivamente), así como el derrumbe de la Unión Soviética y la inminente caída del Muro de Berlín, significaron el triunfo momentáneo de los neoconservadores y un periodo de estabilidad política que incluso provocó la exaltación estúpida de intelectuales de derecha como Francis Fukuyama, quien incluso llegó al punto de declarar que el triunfo del liberalismo sólo podía significar “el fin de la historia” y la muerte de las ideologías, dando por terminada la disputa entre derecha e izquierda.

Una propuesta que, además de ridícula, resultó terriblemente equivocada, tal como lo demostraría algunos años más tarde el auge de la izquierda en Sudamérica y la crisis económica de 2008, misma que provocó una serie de protestas globales de grandes sectores sociales que empezaron a criticar de manera profunda las bases estructurales del sistema económico vigente en todo el planeta una vez que la complicidad entre los gobiernos y los grandes capitales a costa del interés público se fue haciendo cada vez más evidente con el rescate de los bancos a costa del erario de los países europeos. Una reedición de aquello que los mexicanos vivimos con el Fobaproa y el rescate bancario que el gobierno de Ernesto Zedillo construyó junto con los partidos de derecha a mediados de los años 90. Una medida que en su momento sería aplaudida por organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial y que hoy, a casi 15 años de distancia, sigue aplicándose como receta para mantener los equilibrios macroeconómicos de manera impune.

¿Cómo es posible que el Estado convierta en deuda pública el rescate de bancos privados? ¿Por qué los ciudadanos tienen que pagar por los errores de los banqueros sin hacerlos partícipes de la bonanza financiera? Preguntas sin respuesta que evidencian las profundas contradicciones de las democracias liberales y sus descarados intentos por defender el interés privado aún a costa del interés público. Prueba fehaciente de que tras la máscara democrática se esconde un sistema oligárquico, es decir, un gobierno de minorías que concentra el poder político en pocas manos.

Norberto Bobbio, el gran politólogo italiano y quizá el más grande teórico del Estado del siglo XX, sugiere que esta psicosis surge a partir de una dicotomía entre lo público y lo privado. Para Bobbio, estas diferencias en términos de propiedad, con su respectivo impacto en el ámbito de lo social, puede representarse a través de dos identidades colectivas: el ciudadano (defensor del interés público) y su contraparte, el burgués (defensor del interés privado). De ahí que Bobbio señale de manera puntual que cualquier definición teórica del Estado como forma de organización social, tenga que partir forzosamente de establecer límites concretos entre lo público y lo privado.[2]

Esta interpretación de Bobbio permite ejemplificar a la perfección las profundas diferencias entre izquierda y derecha en términos de ideología política. La izquierda como referente del interés público y la derecha como defensora de la propiedad privada.

Y si entendemos a la democracia como una forma de gobierno cuya principal característica es que la titularidad del poder político reside en la totalidad de los miembros que conforman un grupo social en lo referente a la toma de decisiones, el problema plantea una contradicción profunda entre las ideologías de derecha y los sistemas democráticos.

Por eso encontramos en la actualidad, países con una incipiente cultura democrática en los cuales existe una fuerte resistencia de la derecha a la hora de impulsar reformas legislativas como el referéndum, plebiscito o revocación del mandato, instrumentos legales que permiten a los ciudadanos tener un mayor control sobre el gobierno y un mayor peso en la toma de decisiones. En el mismo tono, la derecha como bandera ideológica de los oligopolios se ha caracterizado por criticar medidas como las políticas de desarrollo social, cuyo fin último busca detener la creciente brecha de desigualdad entre ricos y pobres, medidas que los grupos conservadores suelen calificar de “populistas”, término absurdo con el cual se evidencia el carácter antipopular (y por ende antidemocrático) de la derecha.

No es de extrañarse que, por ejemplo, la derecha busque impulsar reformas legales que atenten contra los derechos laborales de las clases trabajadoras con el objetivo de beneficiar a grupos minoritarios aún cuando esto resulte perjudicial para las mayorías.

Esto plantea un problema de fondo para los sistemas que se autodenominan como democráticos, ya que la manera en que la oligarquía ha tomado como rehén a las instituciones de representación política para convertir al gobierno en un lucrativo negocio, tal como puede observarse en el modo en que las élites cuentan con sus propias bancadas en el poder legislativo, ha derivado en una profunda crisis de legitimidad. ¿Puede llamarse democracia a un régimen donde son las minorías las que deciden aún en contra de la voluntad de las mayorías? No. Y esto es precisamente lo que intenta disfrazar el discurso de los grupos conservadores, obstinados en no ceder sus privilegios aún a cambio del bien común.

La derecha como ideología política atenta contra los principios mismos sobre el que se sustenta el discurso democrático. Si bien es cierto que la democracia también significa respetar la diversidad de opiniones, también es cierto que la democracia debe privilegiar el interés público por encima de los intereses privados.

Por ello, la construcción de un auténtico régimen democrático hace indispensable acabar con el individualismo vicioso con el que operan los mercados de este capitalismo salvaje de todos contra todos. A medida que logremos elaborar como sociedad una noción más acabada de lo que significa el bien común, y lo que implica, los sistemas democráticos irán madurando paulatinamente hasta llegar al día en que el pueblo mande y los gobiernos obedezcan, como dicen los zapatistas. Mi bienestar no puede justificarse nunca a través del sufrimiento de los otros. Todos estamos conectados en esta inmensa red social, y por ello, mi bienestar sólo puede ser posible con el bienestar de los demás. Sólo cuando el pueblo adquiera conciencia de sí mismo y actúe como un todo, podremos hablar de democracia. Lo demás, es politiquería.


[1] Seymour Martin Lipset. Political man: the social bases of politics. Nueva York, Estados Unidos. Doubleday, 1960, p. 222.

[2] Norberto Bobbio. Estado, gobierno y sociedad: por una teoría general de la política. Fondo de Culura Económica. México, 2010.

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