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Arte sortilegio

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El artista es mago por naturaleza.

Capaz de convertir la desgracia humana en experiencia única y sublime, el artista tiene algo de alquimista y curandero.

El verdadero arte tiene siempre un trasfondo espiritual, es un ritual con el poder de equilibrar las pasiones humanas, una experiencia estética que explota por dentro. El verdadero arte es una purga, un sacrificio, un sortilegio que purifica el alma y habla el idioma de los sueños.

El artista es un pequeño dios capaz de recrear el mundo que se manifiesta a su alrededor. Transgresor por naturaleza, demiurgo de la luz y la sombra, el artista transforma el mundo proyectando su visión interior. Conectado con la fuente de la que emanan todas las cosas, responde a la epifanía del universo con un poema, un bello cuadro, una canción. Por eso deslumbra y conmueve, seduce, inspira, cautiva. Conocedor de la ciencia de los antiguos, habla con los animales, las plantas, las piedras y los astros; crea una realidad propia valiéndose de los objetos cotidianos e insignificantes que tiene a la mano, dotándolos de energía, haciendo que todas las cosas canten, se muevan, pues el artista es también repartidor de la vida, de la fuerza inagotable que habita en su interior.

Tiene además, el deber social de hacer vibrar las emociones de la humanidad en un ritual colectivo donde se equilibran las disonantes y contradictorias pasiones humanas.

El artista es un hechicero capaz de traspasar el plano físico para recrear el tiempo y el espacio en ese otro mundo de lo imaginario, allí donde van a dar siempre todas las horas de todos los lugares de todos los tiempos de todos los hombres y mujeres que pueblan la Tierra desde el origen mismo de todas las cosas.

El artista es un retazo de tibia humanidad fosforeciendo en el aire de lo etéreo, un ser luminoso capaz de hacer resonar la partitura secreta del cosmos.
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La imaginación y el juego como un remedio para enfrentar la distopía

Ready Player One, no es sólo una oda a la imaginación, es también una oda a la cultura pop, la cultura gamer, una crítica a la realidad despiadada que convierte a la fantasía en el último reducto de lo auténticamente humano. Una explosión y revoltura de colores, texturas, personajes y aventuras, donde un grupo de marginados son capaces de derrotar a la ambición desmedida en el terreno de la fantasía. Fue así que Spielberg sumó otro clásico a su abundante filmografía, con una premisa sencilla que alude también esa inocencia tan propia de los ochentas, una trama sencilla y comercial, que sin embargo, revela las muchas posibilidades de la imaginación humana para remediar los muchos problemas del mundo. Imperdible.

Simbología del alma

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Todo sentimiento es polisémico. Significa muchas cosas al mismo tiempo, a veces contradictorias. Tratar de interpretar el alma implica estar atento, desarrollar cierta intuición para comprender la enorme complejidad que encierra cada persona. Pero sólo aquel que se explora a sí mismo y trata de descifrar el significado de sus propias emociones, puede aventurarse a tratar de descifrar el alma de otra persona. Las emociones son la base de todo lenguaje posible, aquello que nos permite establecer una conexión espiritual con el otro. Comprender por qué razón el otro se siente como se siente y encontrar similitudes con nuestra propias emociones, es la clave para desarrollar empatía: ver reflejado nuestro corazón en el corazón del otro. Eso es el arte.

Por ello, creo firmemente que el arte es el único medio posible para transformar al mundo. Convertir la vida en un poema es unir todo aquello que un día fue separado, es restablecer la conexión perdida con los demás, la base de toda experiencia mística, la comunión del uno con el todo. No es la política, ni los argumentos racionales, ni las discusiones interminables lo que nos sacará del lodazal en que nos encontramos. Es el alma, che, el deseo ingobernable de fundirnos todos juntos en un gran abrazo. La única revolución posible es el amor a los demás. Y el arte es la clave para amplificar las resonancias del corazón. No es posible una revolución sin arte.

Nosotros los artistas tenemos el deber de crear una nueva estética, una nueva manera de sentir e interpretar el mundo. La imaginación como forma de supervivencia. Transformar la mierda en flores con un acto de magia. Alquimia poética. He ahí la clave, los cimientos para la transformación del mundo que habremos de construir entre los escombros de una civilización obsoleta. Hacer resonar los corazones como si fueran tambores. Así se construye la esperanza.

Palabra ficcionalista.
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El sentido del sueño

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Compré un calamar con la idea de que estaba muerto. Medía poco más de dos metros. Como no tenía dónde ponerlo, lo arrojé en el piso del baño, justo debajo del lavabo. Sin saber por qué, lo bañé con agua fría y un poco de hielo. Comenzó a moverse. Esperaba que muriera de asfixia, pero no ocurrió. Su afilada boca causaba en mí un miedo tan natural como la muerte. Sabía que debía matarlo, pero no me atreví. Comenzó a convulsionarse. Cuando me di cuenta, el calamar se había salido de control. Rebotaba en las paredes, frenético, rozando el techo, dando latigazos en el aire con sus monstruosos tentáculos, tirando todo lo que se interponía a su paso. Desperté. Me tomó algunos minutos reponerme del susto. Todo había sido una pesadilla. No era la primera vez que me despertaba con algún sobresalto al filo de la madrugada tras experimentar la angustia del sueño. En la última semana había soñado con topos gigantes de ojos rojos, una batalla campal en un partido de futbol, el asesinato de un dibujante en el edificio donde vivía mi exnovia. Sueños que, de modo sutil o explícito, me acechaban cada madrugada y me hacían despertar sumergido en aquel extraño sopor que sirve de frontera entre la realidad y el sueño. Por eso me levantaba cansado todos los días, con los ojos desechos, tras pasar muchas horas apretando el cuerpo a la hora de dormir. Quizá aquella racha de extraños sueños pudiera justificar la aplastante presión que sentía durante el día. O, por el contrario, aquellos sueños eran tan sólo el reflejo de la angustia que se me adhería al alma como una sanguijuela. “Contigo todo es difícil”, me dijo Claudia la noche en que acordamos dejar de vernos. Tenía razón. Siempre terminaba complicándolo todo. Por más que trataba de descifrar el origen de aquella extraña sensación, las cosas siempre terminaban saliendo mal. Entre más buscaba respuesta a aquellas preguntas, más confundido me sentía, sobre todo, en aquellos momentos de ingenuidad en que pensaba que finalmente había encontrado la anhelada respuesta a mi reiterada crisis existencial. ¿De dónde provenía aquella angustia que me asaltaba durante el sueño? Pensé que tendría que ver con algún trauma de la infancia. Pero entre más escarbaba dentro de mí, el mundo a mi alrededor parecía salirse completamente de control. Así me pasó con Claudia. Cuando pensaba que las cosas marchaban bien, todo se fue a la mierda. A pesar de la atracción que sentía hacia ella, un extraño bloqueo me llegaba de pronto en el momento preciso de hacerle el amor.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusto?— me decía desconcertada, con los ojos tristes.

—No es eso— respondía yo sin saber qué decir o qué hacer para no sentirme un completo imbécil.

A partir de ese momento, todo se vino abajo. Como si yo mismo hubiera planeado un autosabotaje. Inventé mil explicaciones para tratar de justificar mi repentina falta de apetito sexual, pero fue inútil. El latigazo que los dos sentimos la primera noche que salimos por unas cervezas y nos besamos en una calle empedrada bajo la tenue luz de una farola se fue diluyendo poco a poco. Las risas se convirtieron en discusiones y enojos demasiado recurrentes, demasiado pronto. Apenas había pasado un mes de relación y ambos llevábamos sobre nosotros una pesada carga, como si hubieran pasado ya varios años de conocernos y hacernos daño. Una relación breve pero intensa, demasiado intensa como para que pudiera durar mucho tiempo. No podía creer que me pasara eso a la hora de compartir cama junto a una mujer hermosa, inteligente y compasiva. Llevaba meses esperando a que regresara de Europa para hablar con ella. Justo antes de que partiera al otro lado del mundo, seis meses atrás, la había invitado a salir, sin saber que ya por ese entonces ella estaba enamorada de otro. De eso me enteré después de pasar la primera noche en su casa, la noche en que me pidió que me detuviera a la hora de besarla mientras permanecía recostada sobre la cama, pensando en el periodista francés a quien tanto amaba sin ser correspondida, sumergida en uno de esos amores efervescentes tan típicos de la adolescencia y que rara vez terminan bien. Fue tan extraño todo. A la semana siguiente nos vimos de nuevo en una fiesta. Cuando llegó, se sentó al otro lado de la mesa, en el bar donde nos quedamos de ver con algunos amigos en común, y no fue sino hasta mucho tiempo después que comenzamos a hablar. Esa noche todo transcurrió de manera fácil, sin darle tantas vueltas, dejando que las emociones fluyeran de forma natural, eléctrica, misteriosa. La tomé de la mano para sacarla a bailar y de pronto estábamos devorándonos a besos, con sus brazos rodeando mi cuello mientras yo la tomaba por la cintura y algunos amigos suyos le tomaban fotos comprometedoras con el teléfono celular para molestarla, uno de los tantos modos posibles para expresar los celos que sentían al saber que la chica que les gustaba secretamente se estuviera besando con otro. Pedimos un taxi y nos marchamos juntos para escapar del acoso fotográfico y refugiarnos del frío en un ambiente más acogedor. Luego de algunas complicaciones iniciales, hicimos el amor como desesperados, poco después de llegar a mi departamento. La manera en que gritaba de placer aumentaba mi deseo de poseerla, de transgredirla, de romperla. No podía detenerme. Su piel morena y el aroma agrio de su vagina producían en mí un efecto enloquecedor. “Así, así… hasta adentro”, gritaba de placer mientras desfallecía entre las sábanas y me dibujaba con las uñas un fiero zarpazo que me atravesaba la espalda. Terminamos exhaustos. A la mañana siguiente desayunamos juntos y pasamos horas hablando sobre cómo cambiar el mundo. Aún cuándo solíamos discutir mucho por la manera tan diferente en que entendíamos las cosas, cierto brillo en sus ojos daba cuenta de que ella también sentía algo por mí. Quizá no fuera amor, (todavía seguía pensando en el periodista francés) pero ambos sentíamos una extraña necesidad de seguirnos viendo y pasar el tiempo juntos para ahuyentar la soledad o simplemente compartir los pequeños gustos de la vida con alguien más. Todo parecía marchar bien. Era uno de esos extraños momentos en la vida en que todo pareciera tener sentido, como si todas las cosas que poblaban el mundo convivieran de manera armónica. Pero los sueños que me despertaban por las noches continuaban. Casi como una advertencia de que aquel efímero amor estuviera condenado a extinguirse demasiado pronto.

A los pocos días comenzaron a sucederme varias cosas. Una mañana, tras uno de esos sueños que nunca pude recordar, desperté y un gato negro me miraba fijamente con sus grandes ojos verdes, montado sobre mi cama, a unos pocos centímetros de mi rostro. Pegué un brinco del susto y el gato salió corriendo por la ventana que permaneció abierta toda la noche. Todo ese día fui perseguido por la muerte. Tras el incidente con el gato, me arreglé para ir a la Facultad de Letras y Humanidades para dar la clase de cada lunes a mis alumnos de la licenciatura en letras hispanas. Tenía previsto dedicar la sesión de ese día a la poesía de Baudelaire. En mi camino de todos los días, el metro iba un poco más lleno de lo habitual. Yo iba parado sobre el pasillo cuando una señora de edad avanzada que viajaba sentada a pocos metros de mí, comenzó a respirar con dificultad y a toser de manera escandalosa. Algunas personas que se encontraban a su alrededor intentaron ayudarla. “¡Qué tiene señora!”, gritaba una mujer que daba palmadas a la anciana sin saber qué hacer para socorrerla. La señora se tiró sobre el piso y a los pocos segundos dejó de hacer ruido. Estaba muerta. Aquello provocó una gran conmoción al interior del vagón. Un pasajero jaló la palanca de emergencia y el tren se detuvo en la próxima estación. Cuando llegaron los policías ya era demasiado tarde. Parecía como si la señora se hubiera ahogado con algo. Pasaron varios minutos antes de que pudiera salir del vagón, impactado por aquel extraño suceso. Llegué retrasado a la Facultad. Al subir las escaleras de la explanada, noté un número inusual de gente parada en círculo, como observando algo. Cuando me acerqué, noté que en medio había un cuerpo tendido sobre el suelo cubierto por una sábana. Un estudiante había muerto de manera súbita, en medio de la explanada central, tras haber experimentado breves convulsiones. No lo podía creer. Me había tocado presenciar dos muertes en cuestión de minutos. El retraso y la impresión que aquel acontecimiento causó en mis alumnos hizo que la clase se suspendiera. Todavía desconcertado por tan extraño día, decidí cambiar la ruta y viajar en autobús. De regreso a casa, el cielo se cerró y comenzó a llover. En el camino me tocó presenciar un aparatoso accidente de un motociclista que resbaló sobre el asfalto mojado y salió volando tras chocar con una camioneta. Aunque traía el casco puesto, la caída con la nuca fue fatal. El tercer deceso que me tocaba presenciar en un solo día. Me sentí acorralado por el frío suspiro de la muerte. Aterrado, corrí a casa en medio del diluvio hasta llegar a mi casa. Tuvieron que pasar varias horas para que el miedo se disipara un poco. Las manos me temblaban. Estaba ansioso. Me tomé un vaso con whisky y saqué de la mochila la antología con poemas de Baudelaire, con la esperanza de que la lectura me ayudara a recobrar la calma. “¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce”, decían algunos versos del poeta francés en su poema El leteo. Así me sentía yo, cansado de todo, con ganas de dormir la eternidad. Fue entonces que miré por la ventana de mi habitación. Ahí estaba otra vez. Ahí estaba el gato negro, observándome en silencio al otro lado del vidrio, con sus penetrantes ojos verdes. Esta vez no se trataba de un sueño.

***

A veces me da un ligero mareo acompañado de esa sensación de que todo se mueve, como si todos los problemas de la vida fueran una gigantesca y nauseabunda masa de agua que nos lleva de arriba a abajo y hace que todo a nuestro alrededor dé vueltas. Así me sentí el día que tuve que ir a declarar al juzgado por la denuncia que presenté por robo a casa habitación. Un domingo por la tarde llegué a mi departamento y no había nada. Vaciaron la casa. Los ladrones forzaron la cerradura y se llevaron todo cuanto pudieron: aparatos electrónicos, la computadora con todos mis archivos, el poco dinero que había podido ahorrar, incluso algunos libros. Tras varios meses de infructuosa investigación, comparecencias inútiles y mucho papeleo, el agente del ministerio público encargado de llevar el caso decidió mandar el expediente a reserva, al no encontrar más elementos para dar con los tipos que me habían dejado en la ruina, aquellos que en una sola tarde se habían llevado todas las cosas que había logrado reunir con mucho esfuerzo a lo largo de una vida. “No es que cerremos el caso. Simplemente lo mandaremos a la reserva hasta que tengamos alguna nueva pista”, me comentó la empleada de la fiscalía encargada del trámite. Una gorda con el maquillaje abultado que escribía mi declaración con faltas de ortografía y términos legales que hacían imposible reconocer mi voz en aquel masacote de palabras con las que mostraba mi conformidad de guardar el expediente en un archivero condenado al olvido, entre los muchos crímenes sin resolver que existen en este país devorado por la impunidad. A estas alturas me daba igual. Prefería finiquitar aquello en lugar de seguir dando vueltas inútiles a la procuraduría para responder preguntas que nunca serían respondidas. Las cámaras de vigilancia ubicadas en la esquina de mi casa no captaron nada, según constaba en el voluminoso expediente. “Es mejor así, para que descanse un poco de lo sucedido”, me dijo el abogado que me fue asignado como asesor jurídico. Un tal Obdulio No-sé-qué, un cincuentón que trataba de disfrazar su calvicie con largos cabellos negros que le brotaban del costado y se peinaba de lado, cubriendo el área baldía de la cabeza. Un tipo de rostro cansado, tranquilo, quien portaba un traje café que le quedaba grande, cosa que no parecía tener la menor importancia para él, tan placenteramente habituado a la asfixiante rutina. “¿Soltero o felizmente casado?”, preguntó la agente del ministerio público mientras tecleaba datos absurdos en la comparecencia de mi supuesto abogado, quien ni siquiera echó un ojo al expediente del robo. “Después de 20 años de matrimonio viene dando lo mismo”, respondió el licenciado Obdulio Algo en tono de broma. El aire lúgubre del juzgado, aunado al sofocante calor del lugar, comenzaba a provocarme un ligero dolor de cabeza. Firmé los papeles y me retiré con la certeza de que nunca atraparían a los ladrones que habrían de disfrutar impunemente el fruto de mi trabajo de muchos años.

El resto del día transcurrió con normalidad. Regresé exhausto de la oficina. Tomé una cerveza, escuché un poco de música y caí rendido sobre la cama. El sabor de la sal me despertó. Soñé que tragaba agua de mar. La sensación del agua salada atorada en el fondo de la garganta me sacó del letargo. Me quedé quieto durante un par de minutos en la delgada frontera del sueño, mientras trataba de entender qué había pasado. Me volví a dormir sin mucho problema. A la mañana siguiente desperté con la almohada bañada en sangre. La enorme mancha carmesí me produjo un pequeño sobresalto. Me levanté de la cama y corrí al baño en busca de un espejo. Tenía la boca llena de sangre. Al parecer, me había mordido el labio con tal fuerza que me empezó a brotar sangre, misma que había tragado durante la noche pensando que se trataba de las salinas aguas del mar. Quité las sábanas ensangrentadas y las metí a la lavadora. Eché dos tapas de jabón líquido y me quedé un rato observando la manera en que el agua iba llenando lentamente el interior del contenedor. Me acordé de Claudia. La extrañaba mucho, aunque ya no tuviera sentido seguirla evocando. La última vez que nos vimos todo salió mal. Sólo que en esta última ocasión fue diferente a otras veces. La tensión emocional de otras veces se había convertido en llana indiferencia. Noté su fastidio en el tono de sus labios, sus manos frías, sus palabras cortas. Se había enojado conmigo porque no supe leer el mapa y nos perdimos antes de llegar a un pequeño bosque ubicado a las afueras de la ciudad. Había pensado pasar el día con ella, siendo que por aquellos días ella era lo único que me hacía olvidarme de todos los problemas. Tenía la necesidad de salir al campo para respirar aire limpio y pasar un día tranquilo. Pero desde la noche anterior en que le marqué para ponernos de acuerdo, noté que algo andaba mal, no tanto por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Su tono molesto se reprodujo al día siguiente. Lo del mapa era solo un pretexto para manifestar su descontento. Desde entonces no la he vuelto a ver. Supongo que fue lo mejor. Demasiadas complicaciones al mismo tiempo. Apenas podía con mis muchos problemas para estar triste todo el día a causa de un amor no correspondido. En eso estaba cuando alguien tocó la puerta del departamento. Abrí la puerta. Ahí estaba otra vez. Era el gato negro de ojos verdes.

“Lo importante está en el alma”, me dijo el gato antes de dar media vuelta y marcharse por las escaleras del edificio.

No supe qué hacer. Pensé que me había vuelto loco. ¿Qué carajos significaba aquello? La última vez que el gato se me apareció, me tocó presenciar tres muertes en el mismo día. Por protección, decidí no salir de casa. Nada ocurrió ese día, salvo que estuve inquieto en mi apartamento que lucía vacío con lo poco que todavía quedaba luego del robo. “Lo importante está en el alma”, repetía el gato con su voz grave, como un eco que resonaba una y otra vez dentro de mi cabeza. ¿Qué quería decir? Durante un buen tiempo me quedé pensando en lo extraño que se había vuelto todo en las últimas semanas. La única conclusión a la que pude llegar es que me había vuelto loco. Necesitaba contárselo a alguien. Pero el terror de salir de casa me lo impidió. Estaba exhausto. Al cabo de unas horas me quedé dormido. Inmerso en el sueño, platiqué con un hombre de gabán oscuro y sombrero.

—¿Quién eres tú?— le pregunté sin saber qué esperar.

—Eso no es importa. Lo importante está en el alma— dijo repitiendo la frase que ya me había dicho el gato.

—¿Es esto un sueño?— pregunté de nuevo.

—No podría decírtelo. De la realidad al sueño existe solo un pequeño paso. No me corresponde a mí decirte si esto es real o no. Es tu decisión— dijo en tono solemne.

Ante la falta de respuestas, abandoné la habitación. De pronto me encontraba yo dentro de una camioneta. Al frente iba mi padre conduciendo junto a mi madre. En la parte posterior viajaba yo junto a mis dos hermanas. Cuando el vehículo estaba por detenerse frente a un semáforo, advertí que un hombre con pistola se acercaba hacia nosotros. “¡Acelera, acelera, trae pistola!”, le grité a mi padre, quien sin darle muchas vueltas se pasó la luz roja esquivando con dificultad algunos coches. Pasamos también un par de retenes policiales cuando noté que empezaron a disparar a la camioneta en que viajábamos. No pasó mucho tiempo para sentir el fulminante rugido de la metralla sobre la nuca. Apenas pude percibir un ligero cosquilleo antes de sentir cómo entraban y salían las balas de mi cuerpo, regándolo todo de sangre caliente. La imagen se congeló. Nos habían masacrado a todos. Desperté exaltado para escapar de aquella pesadilla en la que experimenté la angustia de la muerte de una manera tan vívida que durante algunos segundos me hizo cuestionarme si en realidad habría muerto durante la balacera o no. Aquello no fue real, pero la angustia que fue real, tan real como para dudar si estaba muerto o no. Y entonces recordé las palabras del hombre de gabán oscuro. Comprendí que no existen fronteras entre el sueño y realidad. Todo se reduce al problema de la elección. Cada quien decide lo que es sueño y es realidad, pues la realidad está hecha de sueños y los sueños de aquellas experiencias que vivimos despiertos, dentro de la realidad. Recordé entonces el miedo que sentí al ver el calamar retorciéndose entre las paredes de mi apartamento, el momento preciso en que habían comenzado a suceder cosas raras, la sensación de asfixia, los problemas con Claudia, el robo, los encuentros con el gato negro que se me aparecía siempre como un extraño presagio de la muerte. Entendí que todo aquello había sido un invento mío. Aquellos extraños sueños se alimentaban de mi realidad y mi realidad se alimentaba de mis sueños. Dimensiones paralelas que formaban parte de la misma película. Y entonces pensé que quizá existiera una salida de aquel interminable ciclo de repeticiones en el que había quedado atrapado. “Es tu decisión”, según me dijo el hombre del gabán. Imaginé que podía cambiar la realidad desde el sueño. Me propuse soñar en otro tono, como si aquel estado emocional que uno experimenta justo antes de dormir fuera la clave para cambiar el curso de los sueños, el curso de la vida.

Salí de la casa para comer algo. El miedo se había ido. No había nada a qué temer. “Lo importante está en el alma”, me dijo el gato. Tenía razón. La crudeza del mundo empezaba a florecer. Esa noche soñé que veía un rosado atardecer desde las faldas de un volcán, al lado de Claudia. Y los árboles cantaban canciones en su lengua secreta y el agua del río refrescaba este corazón caliente que trabajaba a marchas forzadas, como una máquina a punto de estallar, y comíamos frutos dulces mientras nos devorábamos a besos. Me sentí tranquilo, como si nada en el mundo pudiera hacerme daño. Un sueño afable, como hacía mucho tiempo no tenía. Un sueño en el que me hubiera gustado vivir toda la vida. Y de pronto todo se hizo más fácil. Las nubes grises se habían ido para que finalmente pudiera respirar la claridad del cielo, la transparencia del aire. Me sentía más ligero, como si todo lo malo que hubiera experimentado se hubiera quedado atrás. Al poco tiempo, todo comenzó a mejorar. Nunca regresé con Claudia, pero tampoco importó. Entendí al fin que el sueño no es sino una forma de sentir la vida, pues la vida está hecha de sueños y soñar es otra forma de vivir.

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La ficción de la realidad

Como toda ficción, la realidad necesita una argumentación sólida para poder sostenerse. La realidad se estructura a partir de argumentos que nosotros mismos construimos para hacernos sentir bien. De ahí que nuestra capacidad para interpretar nuestra vida resulta tan importante para vivir. Por eso Heidegger acierta al señalar que la interpretación es un modo propio del ser, y no un asunto teórico. Necesitamos construir ficciones para darle sentido a la vida a través del mito, no importa lo fantasioso que estas sean o si es a través de la religión, la ciencia, la naturaleza, el arte mismo.

Estamos hechos de ficciones. La realidad es una ficción inventada por nosotros, del mismo modo que nuestra noción del YO es una ficción inventada por nuestra psique para autorreferirnos. “Todo es mental, el universo es mente”, como sabiamente afirma el primer axioma hermético. Esto significa que cualquier cosa que imaginemos es posible siempre y cuando podamos sostenerla con argumentos, es decir, con la interpretación que cada quien hace de experiencia de vida. Si cualquier cosa es posible en el universo de la fantasía, nos toca decidir. Cada quien decide cómo darle vida a su personaje, darle un final triste o uno alegre a su propia historia. Ahí reside el carácter divino y oculto en las profundidades del hombre. En nuestra posibilidad de crear realidad a imagen y semejanza del mismo Dios que nosotros hemos creado.

El mundo es una proyección de lo que reside adentro de nosotros mismos. De ahí que el conocimiento del sí mismo es la clave para entender nuestra relación con el mundo, con la realidad que hemos inventado. Descubrirse es descubrir otras posibilidades de existencia. Y en ese universo de lo posible se despliega la verdad. Lo verdadero es aquello que hace posible la ficción. Por eso los personajes de una historia deben ser verosímiles para que podamos sumergirnos en el terreno de lo fantástico y podamos indagar en las profundidades de la existencia. Sin verosimilitud no hay argumento posible. La historia se derrumba. Lo mismo ocurre con la realidad. Necesitamos la verdad para construir ficciones, construir sentido, para poder existir en medio del ordenado caos del universo. “La vida es sueño”, como bien dijo Calderón de la Barca. La realidad es sueño, es fantasía, es ficción. Sigamos soñando, inventando nuevas posibilidades de florecer en el mundo que habremos de inventarnos para inventar también la felicidad, el amor, la realización humana en todas sus formas. Es una tarea urgente.

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La paradoja Lego: el orden contra la imaginación

La película de los populares juguetes Lego es paradójica. Por un lado, es un comercial de hora y media, promoviendo los típicos patrones de consumo de la sociedad norteamericana. Por otro lado, cuenta una historia sobre cómo la fe puede cambiar el curso de los tiempos, en esa lucha permanente entre la inmovilidad de un orden preestablecido y el revolucionario poder de la imaginación. Una película antisistema que opera dentro sistema. Casi como una adaptación de Matrix para niños (y no tan niños). Dotada de un humor dicharachero y un ritmo vertiginoso, la película deja de ser un simple proyecto comercial para transmitir algo más: la posibilidad de crear un nuevo mundo posible. Muy recomendable para pasar un rato jocoso inventando otras posibilidades de realidad.

La terrible enfermedad de Luca

Su enfermedad era incurable. La familia ya lo había intentado todo, sin éxito alguno. Todos los tratamientos conocidos por la medicina moderna habían fallado. Visitaron doctores, psicólogos, loqueros, proctólogos, chamanes, curanderos, herbolarios, educadores, al padre Juan, homeópatas, centros esotéricos y grupos de autoayuda. Nada había funcionado. La esperanza se había extinguido gradualmente hasta apagarse casi en su totalidad. No había remedio. Sólo quedaba la pronta resignación. Luca estaba enfermo y así tendría que vivir el resto de sus días. Lo que más preocupaba a sus padres eran las dificultades que tendría su hijo para encontrar un trabajo estable debido a su padecimiento. A sus 22 años de edad, el panorama que enfrentaba Luca no parecía nada prometedor. Sus padres procuraban no hablar con sus conocidos sobre el extraño padecimiento de su hijo. En el fondo sentían vergüenza y cierta dosis de culpa. Se reprochaban mutuamente por no haber actuado con la suficiente celeridad cuando su hijo apenas desarrollaba los primeros síntomas. Si hubieran sido menos negligentes, su hijo quizá no hubiera desarrollado la enfermedad y podría planear una vida normal.

Luca, en cambio, parecía no darle demasiada importancia a su condición. Aunque se sabía diferente a los demás, no le resultaba algo grave, algo lo suficientemente trascendente como para manejarse con discreción cuando en la plática salía a relucir su particular estado. A Luca le importaba un carajo lo que pudieran pensar sobre él. Sin embargo, en momentos difíciles también reconocía que quizá sería mejor ser no estar enfermo y poder llevar una vida más ligera y sin las múltiples preocupaciones que a diario le aquejaban. Por eso ya no peleaba con sus padres. Simplemente asentía con la cabeza cuando la discusión por cualquier tema terminaba convirtiéndose en batalla campal, esos momentos en los que, aún sin quererlo, su padre vociferaba y arremetía contra el mal que terminaría por arrebatarle a su propio hijo tarde o temprano, ese día inevitable en que sus respectivos caminos los distanciaría de manera definitiva.

Fuera de mejorar, la salud de Luca empeoró con el paso de los años. Al salir de la universidad, su condición se hizo más evidente, aún cuando siempre mostró un buen talante. Tuvo varios empleos pero en ninguno de ellos duró mucho tiempo, algo que contribuyó de manera determinante a agravar los síntomas de su enfermedad. Desesperados, los padres de Luca lucían demacrados. Un amiga de su madre le recomendó a un doctor con estudios sobresalientes en la Johns Hopkins University de Maryland y radicado en Guadalajara, cuya basta experiencia y agudo ojo clínico quizá podría salvar al desafortunado hijo de su amiga y curarlo de aquella terrible enfermedad que lo estaba devorando por dentro. El tipo era una eminencia. Y así cobraba.

Los padres de Luca tenían algunos ahorros y decidieron apostarlo todo, no sin antes hacer lo posible por conseguir algún descuento. Se pusieron en contacto con el consultorio del doctor Getulio Beltrán y agendaron una cita para el 28 de noviembre de 2013. Pero había un problema. Luca nunca accedería a ver a un médico por su propia cuenta. Le fastidiaba perder el tiempo viendo especialistas que lo único que sabían hacer era “inventar padecimientos y remedios milagrosos para sacarle dinero a la gente”. Además, Luca siempre andaba sonriente y aseguraba que buscar cura para su padecimiento era absurdo, si él se sentía bien. A sus padres, en cambio, les preocupaba que Luca no fuera conciente de cómo su enfermedad empeoraba rápidamente. Decidieron que tratar de convencerlo sería inútil y optaron por tenderle una trampa. De la nada, se inventaron una vacación a Guadalajara. Aún así, fue complicado que Luca pudiera darse un tiempo para darse una escapada sin tener que abandonar momentáneamente el taller de narrativa que tanto amaba. Sin embargo, le pareció una buena oportunidad para tomar fotos, aún cuando le parecía un tanto extraño el repentino viaje. Aceptó sin darle más vueltas al asunto, siempre de buena gana, como acostumbraba.

Visitaron la catedral y el Hospicio Cabañas, luego de hacer una breve parada en Tlaquepaque. El atardecer y la comida resultaron espectaculares. Se hospedaron en un pequeño hotel sencillo y cerca del centro. Al segundo día de vacación, los padres de Luca terminaron por revelarle la verdadera motivación del viaje. El muchacho se sintió molesto y burlado, con justa razón. Con lágrimas en sus ojos, su madre le suplicó que fuera a ver al médico. “¡Hazlo por mí mijito, por favor, nos costó mucho venir aquí!”, sollozaba la madre con un tonito artificial digno de cualquier melodrama barato del canal dos.

A regañadientes, Luca aceptó ver al médico. El consultorio del doctor Beltrán era amplio y cómodo, parecido a un hotel de lujo. En la pared colgaban decenas de diplomas de las más afamadas instituciones, incluyendo algún par de fotografías con personalidades de la farándula, de esas que aparecían en las revistas de chismes que se amontonaban en la mesa principal de la sala de espera. Diez minutos después de haber llegado, el doctor Getulio Beltrán salió a recibirlos con el carácter bonachón que le caracterizaba. Un viejo regordete, de cachete tupido, igual que el bigote, nariz redonda, ojos vivaces y una pelona reluciente apenas custodiada por dos mechones de canas arriba de las orejas. Además de ser reconocido como una eminencia médica, tenía fama de alburero entre sus amigos, pero procuraba siempre tener un trato respetuoso con sus clientes, o mejor dicho sus pacientes, aún cuando de vez en vez dejaba salir por ahí algún chascarrillo con el fin de generar un ambiente cordial durante las consultas.

—Hola Luca, es un placer conocerte, pasa por aquí—, dijo el doctor Beltrán tras estrechar la mano de los padres de Luca, quienes tuvieron que permanecer en la sala de espera durante la consulta, luego de que su hijo pusiera dicha condición para visitar al médico. Luca tomó asiento frente al escritorio mientras el galeno consultaba el expediente.

—Platícame Luca, ¿cómo te sientes?—, preguntó el médico.

—Muy bien, muchas gracias— respondió el muchacho en tono cordial.

El doctor inspeccionó a Luca con un examen de rutina. Revisó sus pupilas y le pidió a la enfermera que le tomara la presión. Luego vino la tanda de preguntas. “¿Desde cuándo comenzó a sentirse así? ¿Cómo fue que se empezaron a desarrollar los síntomas?”, eran algunas de las interrogantes que el galeno intentaba dilucidar. Beltrán miraba fijamente a Luca mientras el muchacho respondía con soltura y un dejo de sarcasmo. “¡Pero eso es muy grave, oiga!”, exclamaba ocasionalmente el médico, horrorizado, mientras hacía anotaciones en su libreta y escuchaba atento el relato de un enfermo terminal. De vez en cuando meneaba la cabeza en señal de negación, visiblemente preocupado. Había poco por hacer. La enfermedad estaba demasiado avanzada.

—¡Lo que usted tiene, amigo, es exceso de imaginación!—, soltó el médico. El diagnóstico resultó peor de lo esperado: “anomia crónica con episodios repentinos de rebeldía, posiblemente provocados por una sobredosis de información”. Una enfermedad terrible para la cual no existía cura, según los cánones de la medicina moderna.

Luca era un disidente y así tendría que vivir el resto de sus días, como un inadaptado, un tipo incapaz de acostumbrarse al placer material de la rutina y la enajenación como pasatiempo predilecto. Jamás podría tener un trabajo decente en una oficina. Jamás podría ir de shopping los domingos, ni viajar en primera clase, ni acceder a la zona VIP de los antros de moda, ni tener un automóvil del año con el cual pudiera transportar a su novia, ni comprarle joyas, ni vestidos, ni cenas en los restaurantes más chic de la ciudad. ¡Pobre Luca! ¿Qué futuro le esperaba así? ¿Cómo podría integrarse al mundo de la gente normal? Siempre había sido un chico raro, pero sus padres nunca perdieron la esperanza de que algún día cambiara y se diera cuenta que su carrera de filósofo sólo le serviría para acabar de “maestrito” en la UNAM y morirse de hambre. Tan joven y resignado al fracaso. Y sin embargo, él permanecía tan entero, tan inconciente del terrible mal que le aquejaba. Andar por la vida protestando por todo, hasta por las cosas más elementales, como comer carne o comprarse unos zapatos. Que no fuera a la iglesia y renegara de Dios era entendible hasta cierto punto, ya que ni siquiera su propia familia era lo suficientemente santurrona como para ir a misa todos los domingos, pero decir que el bautizo no era sino una absurda ceremonia de afiliación recaudatoria orquestada por la iglesia, y que los centros comerciales eran los nuevos templos para adorar al consumismo convertido en deidad, era demasiado.

En la escuela siempre tuvo problemas por respondón. Lo mismo le pasaba en el trabajo. ¿Quién querría contratar a un revoltoso? Luca salió del consultorio tranquilo. La noticia fue fulminante para sus padres. El viaje, el dinero de la consulta. Todo había resultado en vano. Su hijo estaba condenado a tener una vida inestable y llena de miseria. Desmoronados, sus padres optaron por regresar a casa. En el trayecto de vuelta, todo fue silencio al interior del coche.

Dos meses más tarde, Luca renunciaría a su empleo para tomar la mochila y salir de viaje. No tenía un itinerario ni fecha de regreso, tampoco dinero. Su objetivo era recorrer el sur de México y llegar hasta Guatemala haciendo dedo y quedándose a dormir con desconocidos mientras escribía poemas en sus ratos libres. Sus padres apenas podían dirigirse la mirada. Los miedos de todo una vida se hicieron en realidad. Luca nunca se recuperó de su terrible enfermedad. Y vivió feliz.

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Anuncios publicitarios que incitan a la terca imaginación

Una de esas historias chéveres con fines publicitarios que toman por sorpresa a más de uno. Aunque el objetivo del cortometraje sea vender refrescos, no deja de incitarnos a imaginar lo que podría pasar en un universo paralelo donde un veterano basquetbolista termina haciendo jugadas de fantasía en un partido callejero.

Y ya que andamos con estos rollos de la publicidad sonsacadora comparto un par de anuncios más que por extraño que parezca, tienen algo que decir. El primero es un cineminuto sobre la realización de los sueños desde el sueño mismo, cortesía de una marca de whisky. El otro, un comercial de quesos un tanto perturbador, que sustituye nuestra concepción de los osos pandas como animales juguetones y adorables por un psicópata e introvertido que no sabe aceptar una negativa como respuesta, pero que por eso mismo resulta particularmente divertido. Las buenas historias siguen siendo entretenidas e inspiradoras aún cuando detrás de ellas existan intereses de mercado.

La máquina succionadora de sueños

Jorge no quiere creerme, pero es cierto. Yo la he visto con mis propios ojos. Hay una máquina que succiona los sueños.

—¿Y cómo funciona?— preguntó sarcástico, con ese tonito mamón que le sale tan bien y que tanto me encabrona.

— Insertando en el cerebro de la gente sueños prefabricados. ¡De qué otro modo iba a ser!— respondí echando lumbre por la boca.

—Tú y tus conspiraciones ridículas. Pero bueno, no te culpo. Todos somos así cuando salimos de la universidad: fatalistas y rebeldes. El mundo no es tan malo después de todo. Cuando llegues a mi edad entenderás que la vida sigue a pesar de sus muchos inconvenientes— dijo en tono ceremonioso.

Me dieron ganas de patearle la cara. Respiré profundamente. Comprendí que eso no nos llevaría a nada. De todos modos, la discusión estaba destinada a fracasar. Cuando las palabras van subiendo de tono los oídos se tapan junto con el entendimiento. Nada bueno puede salir de ahí. Si Jorge estaba predispuesto a no creerme, muy su pedo. Di un último trago al mezcal mientras trataba de recobrar la compostura. Pedí otro.

—Además, eso de criticar a la televisión ya está pasado de moda, todo el mundo lo sabe. Y sin embargo ahí estamos todos, viéndola, tomando por cierto cada palabra que sale de la caja idiota— continuó.

Jorge es un tipo inteligente, no lo niego. Pero su soberbia generalmente puede más que su capacidad de escuchar. No entendió nada. Media hora hablando a lo pendejo para que saliera con esas mamadas. Comí un par de habas con chile antes de darle un largo trago a la cerveza, en lo que llegaba el otro mezcal. Tomé fuerzas. Empecé de nuevo.

—No me refiero a la tele. Es una máquina más compleja, menos obvia, igual de burda. La televisión en todo caso sería un bonito accesorio. La máquina de la que hablo es mucho más vieja. ¿Alguna vez has visto cómo funcionan los atrapasueños que uno coloca en la cabecera de la cama para espantar las pesadillas? Funciona de modo similar, sólo que esta sustituye los sueños propios por otros prefabricados que se instalan en lo profundo de nuestro subconsciente. Estos sueños artificiales regulan la conducta. Es así como los operadores de la máquina pueden manipular a la gente como si fueran un juguete— expliqué.

La máquina había sido inventada por una inteligencia superior, de eso no había ninguna duda. Algunos especulaban sobre su hechura extraterrestre. Otros, en cambio, le atribuían un origen divino, un regalo de los dioses para que los operadores de tan avanzada tecnología pudieran gobernar a los hombres incapaces de mandarse solos. Yo simplemente prefería creer que era producto de esos extraños momentos de lucidez que a veces padecemos los humanos.

Recordé un estribillo del Gran Silencio: “nuestros sueños son visiones del amor más comercial”. La frase resumía a la perfección la manera en que la máquina sustituye unos sueños por otros diseñados en laboratorio. La mayoría no se dan cuenta de ello. Por eso no me sorprendía la reacción de Jorge, aún cuando no dejaba de parecerme un poco extraño que nunca se hubiera percatado de la existencia de la máquina succionadora de sueños con la que convivíamos a diario.

—Ya todos vimos Matrix, no creas que estas inventando nada nuevo— dijo.

—Y mucho antes de los Wachowski el hinduismo describió la existencia del velo de maya, esa ilusión en que vivimos todos los días. Para que esa realidad artificial pueda operar, necesita máquinas succionadoras de sueños para apendejar a la banda— respondí.

La máquina inhibe la imaginación, la condiciona. Pero para lograr eso, requiere una cantidad enorme de energía. Atrapar los sueños sale muy caro. El recibo de la luz llega con cifras de varios dígitos para los que tienen una en su negocio. Emite partículas invisibles de información a través de ondas que, con el paso del tiempo, van haciendo hoyos en el cerebro, convirtiéndolo en queso gruyere. A partir de ahí, controlar a las masas se convierte en mero trámite.

Jorge me miraba absorto, con los ojos pelones. “Se ha vuelto completamente loco, ahora sí”, pensó. Su mirada inquisitiva hizo que detuviera mi descripción de la máquina un instante. Por eso no quise explicarle que la energía proveniente de las plantas de electricidad es insuficiente (aunque constante) para garantizar el óptimo funcionamiento de la máquina. Por ello requiere de otras fuentes de energía para poder funcionar. Ésta la obtiene del acto sexual y la energía que se libera con la fricción de los cuerpos. La máquina se alimenta del deseo. Ese es su principal combustible. Por eso el deseo suele aprisionar a la imaginación, la sustancia de la cual están hechos los sueños.

Pero eso no es todo. Lo más irónico es que la sustitución de sueños hace indispensable la contratación de soñadores. Son algo así como los programadores de la máquina. Les pagan enormes sumas de dinero para que sueñen por los demás. El problema es que estos programadores van perdiendo potencia con el paso del tiempo, hasta que finalmente son desechados. La imaginación se erosiona bajo los cánones de la producción en serie. Es un problema que los ingenieros encargados de darle mantenimiento a los engranajes de la máquina no han podido resolver. Eso ocasiona fallas esporádicas, apagones masivos que ocurren de vez en cuando. Por eso la imaginación florece mejor en la oscuridad.

Jorge soltó una risita odiosa. Miramos la hora. Era tarde. Dimos un último sorbo a nuestros respectivos tragos y nos marchamos del lugar. El alcohol había hecho su parte. Salí un poco mareado. Me despedí de Jorge y marché rumbo a mi casa. En el camino pensaba en la máquina y sus aterradores alcances. Entonces empecé a flotar en mis propios pensamientos. Palabras que no conocía empezaban a llegar a mi cabeza a toda velocidad, chocando unas con otras. Me sentí ligero. La tiniebla inundó mi cabeza hasta lograr un vacío. Empezaron a desprenderse los colores en una hemorragia interna que se iba haciendo cada vez más grande. No era sólo producto del alcohol. Se había caído la señal. Ninguna máquina es a prueba de errores. Por un momento me sentí libre.

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La locura de imaginar locos que imaginan

Hoy leí un breve texto sobre la vida y obra del poeta Gerardo Arana, el poeta maldito de moda en los barrios bajos de la poesía mexicana, que me voló los sesos: “¿Tú crees que algún día tu terapeuta pueda decirte: oiga, lo que usted tiene es un problema de la imaginación?”, preguntó en alguna ocasión Arana a su amigo Antonio Tamez durante la presentación de un libro. La frase fue para mí una implosión telúrica. La imaginación y la locura van muy de la mano. La primera es una fuga; la segunda, un paso en falso por el precipicio. Quizá por eso la rigidez típica de la gente “normal” insiste en llamar locos a quienes conspiran en el suelo movedizo de la imaginación. Quizá por ello, los imaginantes están tan predispuestos a la locura. La imaginación es un aforismo de lo imposible: la locura es el caos absoluto. Dos muecas para un mismo rostro, sin líneas que delimiten el territorio ambivalente de cada cual. Es entonces cuando la cínica pregunta de Arana pega en seco. En este mundo loco, imaginar es un crimen imperdonable que se persigue y castiga. Los imaginantes habrán de ser llevados a la cruz para expiar las culpas de los locos. Vaya sarcasmo.

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Etnósfera: la extinción cultural, erosión de la imaginación humana

Una plática con Wade Davis, antropólogo, etnobotánico y explorador de la revista National Geographic, en la que explica la importancia de preservar la enorme diversidad cultural del planeta Tierra, misma que se erosiona a gran velocidad por la imposición del modelo cultural hegemónico. Un alucinante viaje a través de la etnósfera, ente que almacena las múltiples posibilidades de la existencia humana en la memoria de los pueblos, tal como explica Davis:

“La etnósfera podría definirse como la suma total de todos los pensamientos, sueños, mitos, ideas, inspiraciones e intuiciones que han cobrado forma gracias a la imaginación humana desde el principio de su conciencia. La etnósfera es el gran legado de la humanidad, el símbolo de todo lo que somos y lo que podemos ser como especie sumamente curiosa”.

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