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La evolución del alfabeto latino

Una tecnología revolucionaria. Sólo así puede comprenderse la trascendencia del alfabeto, un código capaz de construir palabras a partir de fonemas, que permitió la transferencia de información a un nivel nunca antes visto. Una tecnología tan potente, que sigue vigente hasta nuestros días y cuyo uso se ha potencializado a partir de las nuevas tecnologías digitales.

La imagen puede contener: textoEste peculiar invento se remonta hasta la escritura protosinaítica que incluyó lo que se conoce como el primer alfabeto consonántico documentado, hace casi 1750 años antes de nuestra era. Luego le siguieron el fenicio, griego y latino.

Una prueba de que el lenguaje es un ente vivo que evoluciona al igual que el resto de los seres animados que pueblan la Tierra.

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Tres conferencias para entender cómo el lenguaje moldea el pensamiento, la comunicación y puede predecir desórdenes mentales

palabras

Un amigo me mandó un enlace a una charla TED, que a su vez me condujo a otras charlas sobre lenguaje, mente y cultura, temas que me apasionan. El resultado fue sorprendente. El lenguaje son los ladrillos capaces de edificar la mente. La correlación entre las palabras y los modos en que percibimos “la realidad” determinan muchas de las decisiones que tomamos sin siquiera darnos cuenta. Por eso los antiguos magos conocedores de las ciencias esotéricas, sabían algo que los científicos contemporáneos están confirmando siglos después con datos y complejos modelos computacionales: las palabras condicionan la mente y la realidad. He ahí el secreto poder de la poesía como ente transformador del mundo.

Lera Boroditsky explica la manera en que el lenguaje crea diferentes cosmovisiones y maneras de ubicarse en el espacio-tiempo de modos específicos, condicionando la percepción. Es decir, la manera en que el lenguaje moldea el pensamiento.

Por su parte, Uri Hasson explica la manera en que el cerebro de dos interlocutores reacciona de manera similar gracias a la posibilidad de construir estructuras narrativas comúnes a través del significado. Una interesante revisión de la correlación que existe entre el estudio del cerebro y el lenguaje, lo cual deja entrever la manera en que la empatía se construye a través de contextos lingüísticos comunes. Una situación que tiene aplicaciones prácticas en el estudio de los medios de comunicación de masas y la manera en que los mensajes difundidos a través de estos crean realidades comunes para determinado tipo de audiencias.

Pero la plática más impactante para mí, fue la charla de Mariano Sigman, quien ha desarrollado un método cuantitativo-computacional para medir cosas complejas como la conciencia introspectiva en la cultura de la antigua Grecia o la cultura judeocristiana, lo cual tiene aplicaciones clínicas a la hora de predecir y diagnosticar estados mentales como la esquizofrenia. Y todo, a partir de las palabras.

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El diccionario cerebral

Una investigación de la Universidad de California en Berkeley, titulada Natural speech reveals the semantimaps that tile human cerebral cortexmuestra cómo el cerebro humano procesa palabras en diferentes zonas del cerebro, agrupándolas en campos semánticos. De este modo, cuando escuchamos una palabra la computamos en relación con otros grupos de palabras. Y esto permite entender en buena medida, cómo es que el significado de las palabras nunca se produce de manera aislada, sino en relación con el universo de palabras propio de cada lengua.

Huidobro y Vallejo: fundadores de la poesía de vanguardia latinoamericana

 

Manuel Hernández Borbolla. Huidobro y Vallejo: fundadores de la poesía de vanguardia latinoamericana. Universidad Iberoamericana. Ciudad de México, 10 de mayo de 2016.

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Si bien la génesis de una poesía propiamente latinoamericana encuentra sus raíces más profundas en los pulidos versos de alabastro de Rubén Darío y el canto libertario de José Martí, es con los movimientos de vanguardia que la poesía latinoamericana alcanza su madurez y esplendor. Marcada por los grandes cambios tecnológicos de principios de siglo XX, las vanguardias latinoamericanas rejuvenecieron la lengua española al hacerla pedazos e inyectarle nuevas dosis de sentido, generando así una nueva forma de mirar el mundo, una nueva forma de pronunciar el mundo en los labios amarillos de la poesía. Una labor para la cual, no fue suficiente hurgar en los orígenes del lenguaje y las voces de los ancestros. Había que dejarse arrastrar por el caudaloso río del sueño, capaz de develar los profundos misterios del inconsciente a partir de imágenes que van desagarrando la realidad como un filoso cuchillo de tinta y sangre con el cual los poetas latinoamericanos habrían de fundar una cosmovisión, un nuevo mito fundador de nuestros pueblos, luego de un siglo XIX marcado casi en su totalidad por las guerras independentistas. Un contexto en que la Revolución Industrial forjada en Europa tendría sus primeras repercusiones en el ámbito de las vanguardias literarias dentro del futurismo y el cubismo, ámbito en que la poesía de Vicente Huidobro y César Vallejo será el arado que abrirá brecha y permitirá la llegada de poetas posteriores como Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Nicanor Parra, Octavio Paz y muchos otros poetas latinoamericanos que construyeron una poética propia, surgidas de la exploración de las posibilidades significativas de las lenguas latinoamericanas que tienen como eje común el español.

En este sentido, el Creacionismo enarbolado por Huidobro representa un primer momento de transfiguración de la lengua, un primer proyecto de reinventar el lenguaje a partir de un delirio poético capaz de modificar los vínculos entre las cosas que tejen el mundo como un todo. Este es precisamente el proyecto del poeta chileno, cuyos recurrentes viajes a España y Francia, así como su amistad con artistas de la vanguardia como Modigliani, Pablo Picasso, Juan Gris, Joan Miró, Max Ernst, Paul Éluard y Blaise Cendrars, resultaron ser un factor decisivo en su obra. La poética de Huidobro se inscribe entonces, en un contexto cultural donde los jóvenes pueblos latinoamericanos seguían en la búsqueda de una identidad propia que pudiera explicar los marcados contrastes entre el cosmopolitismo de las ciudades frente a la rudimentaria vida del campo, los contrastes entre el auge de la modernidad que maravilla por sus alcances y su insaciable sed de novedad, una ambición que se refleja en el proyecto de Huidobro y su pretensión de fundar la verdadera poesía. De ahí proviene el delirio de Altazor, su alter ego mesiánico, personaje que en su descenso cósmico en paracaídas busca descifrar los códigos secretos del lenguaje para generar una nueva era marcada por el arte y la poesía como medio de expresión para “crear realidad”, tal como lo deja entrever el mismo Huidobro en su manifiesto creacionista:

El siglo veinte verá nacer el reinado de la poesía en el verdadero sentido de la palabra, es decir, en el de creación, como la llamaron los griegos, aunque jamás lograron realizar su definición.  [1]

Y con esto, Huidobro pretende hacer vivible la vida a partir de la creación poética, capaz de redimir y transformar el dolor inherente de la existencia en un viento furibundo con el poder suficiente de reinventar el mundo y exprimirlo, con el único fin de mitigar la sed de vivir gracias al milagroso jugo de la palabra, convertida en piedra preciosa por gracia del alquímico resplandor de la poesía.

“Crear un poema sacando de la vida sus motivos y transformándolos para darles una vida nueva e independiente.

Nada de anecdótico ni de descriptivo. La emoción debe nacer de la sola virtud creadora.

Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol”.  [2]

En eso consiste el proyecto creacionista de Huidobro: en dejar que la poesía sea arrastrada por el aliento vital que gobierna las pulsiones humanas, dejar que las palabras vuelen en lo blanco del papel al compás del agónico placer de estar vivo, esa fiebre temblorosa que nos hace navegar a la deriva en el carnívoro mar de la existencia y sus aguas prístinas, ese grito animal arrancado de la tierra que lo mismo nos hace cantarle a las flores o escupir una profecía en verso. “Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte”, dirá Huidobro en labios de Altazor, porque si la vida es caer, la poesía será entonces ese paracaídas que hará suave el descenso, asomando la cabeza como el picaflor que lo mismo busca miel en el embrujo mortal del acónito o en el sueño fermentado de la amapola. La poesía de Huidobro se revela entonces, como un descenso luminoso que se eleva a las cumbres cósmicas de la palabra, ese diminuto orificio donde habitan todas las cosas, todos los silencios, esa ausencia elemental en la que el ser humano compone versos para no sentirse solo, y pueda entonces sobrellevar esa sistólica adicción de sentirlo todo, odiarlo todo, amarlo todo. Una poética donde el lenguaje abraza siempre la totalidad de la existencia, sin dejar cabo suelto, milagro que se produce a partir ese mágico artificio que es la palabra.

Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.

Poeta, he ahí tu paracaídas maravilloso como el imán del abismo.

Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.  [3]

Una caída que nos lleva a descubrir el inefable misterio, el abismo en el que habremos de acaecer para acariciar el firmamento. En eso consiste la embriaguez poética de Huidobro, que busca sobrevolar laberintos infestados de minotauros gracias al divino poder del creacionismo, capaz de convertir todo paracaídas en parapente, un pozo en ascensor, un cometa en autobús, pues la palabra es aullido y es hambre, una fiebre pasajera como un cometa o un rayo furibundo que electrifica los sentidos en busca de nuevos caminos para decir lo indecible, toda vez que “La magia y el ensueño liman los barrotes/ La poesía llora en la punta del alma/ Y acrece la inquietud mirando nuevos muros/ Alzados de misterio en misterio”.[4]

Pero este vértigo de la caída va mutando en otras formas y otras sustancias, conforme Altazor va deshojándose en el murmullo del viento. Para el segundo de los siete cantos que conforman el épico poema de Huidobro, el poeta se convierte en rehén del amor, se deja llevar por ese ardor noctámbulo que habita el corazón en horas de desasosiego, como lo deja ver en los bellos versos del comienzo:

Mujer el mundo está amueblado por tus ojos

Se hace más alto el cielo en tu presencia

La tierra se prolonga de rosa en rosa

Y el aire se prolonga de paloma en paloma.

Un bello cuarteto que será finamente adornado con otra triada de versos al final de la página: “En dónde estás triste noctámbula/ Dadora de infinito/ Que pasea en el bosque de los sueños”. El influjo mágico del enamoramiento hace flotar al poeta y lo llena de regocijo: “Mi alegría es mirarte solitaria en el diván del mundo (…) Mi alegría es mirarte cuando escuchas/ Ese rayo de luz que camina hacia el fondo del agua”.

Pero a partir de entonces, algo se rompe. El cuerpo ya no basta, del mismo modo que el lenguaje se hace insuficiente. Y aparece entonces un nuevo aliento, decidido a dejar atrás toda nostalgia que todavía podía sentirse en los versos amorosos del capítulo anterior. A partir del tercer acto, Altazor buscará desanudar la madeja que lleva dentro, dotando de una nueva carga al lenguaje. La pista la da en los primeros versos:

Romper las ligaduras de las venas

Los lazos de la respiración y las cadenas

Romper las ataduras con la tradición para inventar un nuevo lenguaje, pareciera que nos quiere decir Huidobro, quien de antemano ha firmado el acta de defunción del lenguaje:

Todas las lenguas están muertas

Muertas en manos del vecino trágico

Hay que resucitar las lenguas

Con sonoras risas

Con vagones de carcajadas

Con cortacircuitos en las frases

Y cataclismo en la gramática

Levántate y anda

Para el IV canto, Huidobro comienza a desvestir las palabras para que se manifieste la desnudez del habla, a cargarlas de otros significados posibles, a desfondarse, y es aquí donde aparecen las repeticiones como si fueran un mantra, los ojos que se suceden unos tras otros, “los ojos con su propia combustión”, “los ojos que se clavan y dejan heridas lentas a cicatrizar”, “ojo silencio/ ojo soledad por ojo ausencia/ojo dolor por ojo risa”… Es aquí donde el lenguaje comienza a vibrar a otra frecuencia, a hacer borbotones en el agua, a jugar con las aliteraciones, con la música secreta de las palabras, tal como lo deja en claro con la lluvia de golondrinas que son también “golonfina, golontrina, golonchilla, golonrima, golonrisa”. El poema se abre a otras latitudes, mata a Altazor y también a Huidobro para dejar que el alma del poeta y mago se eleve a nuevas alturas donde habrá de fundar el cielo con una nueva forma de canto cósmico que emerge de las entrañas mismas de la vida.

“Aquí comienza el campo inexplorado”, nos advierte Huidobro al inicio del canto V, casi como si nos abriera las puertas de su laboratorio en el que habrá de estrangular la sosa rigidez de las palabras que habrá de meter a la licuadora para llenar ese vacío, ese lúgubre fondo submarino que resulta inalcanzable para las viejas palabras que ahora están muertas y duermen la eternidad en su sepulcro. Y es en ese sepulcro que el poeta habrá de plantar las flores que habrán germinar para habitar de colores esa ficción ambigua que insistimos en llamar realidad.

Hay un espacio despoblado

Que es preciso poblar

De miradas con semillas abiertas

De voces bajadas de la eternidad

De juegos nocturnos y aerolitos de violín

De ruido de rebaños sin permiso

Escapados del cometa que iba a chocar

A partir de entonces, la voz del poeta alcanza los vientos solares de la estratósfera, y la transmutación de las sustancias explota en todo su esplendor, y es entonces que “el horizonte es un rinoceronte” por la pura gracia de una misma sonoridad, un mismo eco que se sacude y se vuelve flexible, y hace olas y hace surcos en palabras cóncavas y convexas que suben y bajan de la colina, dando vueltas en el interminable remolino que se forma en las aspas de un molino que se repite incesantemente, un “molino de viento” que es también “molino de aliento, molino de cuento, molino intento, molino de aumento” y un larguísimo etcétera que lo mismo rompe la paciencia y todo dejo de compostura para inaugurar una nueva era del lenguaje, donde las palabras significan no por lo que dicen sino por lo que pueden decir, por las múltiples dimensiones de existencia que se crean al reconectar los cables invisibles que hacen moverse a las cosas y las dota al mismo tiempo de una energía vital que las hace retorcerse de cosquillas y lamentos, palabras que soplan en la memoria y traen consigo otras máscaras, otros ritmos traídos desde las más lejanas coordenadas de la imaginación, sílabas que chocan entre sí y se mezclan y se revuelven y estallan en todas direcciones, al son de “la faramandó mandó liná, con su musiquí, con su musicá”. Casi como un estribillo que se cuela en las grietas del imaginario e inunda de líquido fluorescente los alfombrados pasillos de la locura, adornada con jarrones antiguos y tulipanes, zumbido de abejas, zumo de papaya, los silbidos matinales del otoño y otras muchas escenificaciones del alma que se proyecta en ese diambulario extravagante y frenético que es el transcurrir del hombre por la tierra. Algo que queda claro cuando Huidobro se transforma en flor para hablar en el lenguaje del rosal: “Y digo/ Sal rosa Rosalía/ Sal Rosa al día/ Salía al sol rosa sario”. Una actitud que se reafirma cuando se autoproclama como el cantor absoluto que habrá de parir el siglo que comienza:

Soy el único cantor de este siglo

Mío mío es todo el infinito

Mis mentiras huelen a cielo

Y nada más

Para el canto VI, las palabras arden a otra temperatura, como la llama que bufa y se hace grande justo antes de extinguirse. El aliento es más corto, más espeso, más confuso, las palabras dicen porque nada dicen, o dicen otra cosa, apenas tangible, apenas legible, versos que son un caldo donde convergen todos los balbuceos terrestres de nuestra edad temprana, un vendaval donde el lenguaje se despoja de la camisa de fuerza para ladrar lo que le venga en gana: “El ladino Aladino Ah ladino dino la”, dice Altazor, ebrio de exuberantes resonancias que palpitan en el alma, casi como anunciando el fin que se avecina en el capítulo siguiente, el definitivo, el último, donde las palabra explotan y se vuelven fonemas disueltos en el espacio y la ingravidez del papel: “Lusponsendo solinario”, o también “Aururaro ulisamento alilá”.

De este modo, el viaje de Altazor abrirá la puerta que habrá de mostrar una senda nueva que habrán de recorrer poetas posteriores como Girondo, tal como lo deja ver En la masmédula, libro en el que la experimentación sonora de Huidobro resuena en otros tonos, más íntimos, más acotados, menos ambiciosos, igual de elocuentes.

Y será también la poética de César Vallejo la que, desde la serrana lejanía peruana, muestre un modo diferente de desollar al lenguaje, una manera más carnal de sacarle sentido a las palabras, no desde el arrebato frenético del mago poeta que se zambulle en una galaxia lejana, sino a partir de la carencia que se hace pan y se hace un auto sacramental del hombre devorado por los zopilotes de la culpa.

Este es el ámbito a partir del cual, Vallejo construirá su poética, marcada por imágenes emanadas de la tradición católica y la agreste vida en su natal pueblo de Santiago El Chuco, desde el cual escribiría sobre la crueldad del mundo, un mundo que se hunde entre huesos profanos y cuerpos marchitos colmados de silencio. De este modo, Vallejo experimentará una transición de los panteones doloridos que pueblan Los heraldos negros hacia un lenguaje más abstracto, por momentos impenetrable, con el que habrá de articular Trilce. Un trayecto que va de un sufrimiento enterrado en la carne hacia la expiación que se produce tras romper los barrotes de esa fría prisión del lenguaje. Un periplo que inicia en un dolor longevo que supura desde adentro, “como un charco de culpa, en la mirada”:

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé!  [5]

La angustia, la amargura, la tristeza de la noche y el desconsuelo como la sangre tibia son una constante en el drama del poeta peruano, que busca desgarrarse por dentro para vomitar los dolores del alma, para gritar ese amor no correspondido de la mujer amada, cuyo “labio es un brevísimo pañuelo” que invita a fugarse a un país remoto donde buscarán guarecerse los enamorados del frío y de la lluvia, según cuenta en El poeta a su amada:

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;

se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;

y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

El de Vallejo es un tormento arrugado que busca levantarse de su tumba, es un dolor primigenio que no se explica sino en la pulsión homicida de la carne que no deja de doler, un corazón que se quema de deseo y frustración, abatido por la pena de vivir con el alma mutilada en el terrible cansancio de vivir, una angustia sofocante que habrá de buscar la redención de las bocas que se buscan sin encontrarse en el sigilo de la noche, como la piel que flota en las uvas negras de la aflicción o el sabor de la desdicha, como sugiere en El pan nuestro:

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra

de cementerio huele a sangre amada.

A lo largo del poemario, Vallejo empieza a dar algunas luces de esa punzante necesidad de salir huyendo de la zanja de la lengua, esa necesidad que habrá de reflejar con mayor contundencia en Trilce pero que ya se comienza a dibujar en algunos versos donde verbaliza esa herida que no cierra a partir de metáforas que por momentos descarrilan los antiguos cánones de la lengua española, refugio al que volverá de manera recurrente a lo largo de su obra. Dice en Los anillos fatigados:

Hay ganas de volver, de amar, de no ausentarse,

y hay ganas de morir, combatido por dos

aguas encontradas que jamás han de istmarse.

(…)

Hay ganas de no tener ganas, Señor;

a ti yo te señalo con el dedo deicida;

hay ganas de no haber tenido corazón.

Aguas que nunca habrán de “istmarse”, aguas que golpean sin tregua, sin algún pedazo de tierra que las detenga y las separe como si fuera un réferi en una pelea de box, del mismo modo en que el dedo “deicida” habrá de apuntar la muerte a un Dios sordo e indiferente al sufrimiento humano, una muerte dactilar a la que son condenados los hombres por la ira y el rencor de Dios padre. Una afrenta divina que el poeta habrá de reafirmar en otros poemas donde habrá de expresar su inquietud de enunciar ese sentimiento con nuevos vocablos, como ocurre con el título de su poema Espergesia, en el cual expresa dicho conflicto celestial: “Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo”.

Pero es en Trilce que el lenguaje de Vallejo expresará una nueva forma de vivir el lenguaje, la cual, curiosamente, estaría marcada por una anécdota relacionada con la publicación del poemario, que inicialmente llevaría el título de Cráneos de bronce, el cual sería cambiado de última hora por el poeta, pese a las críticas de su impresor, que le reprochaba que ya habían sido impresas tres páginas del libro y que tendría un costo mayor de tres libras. Un reproche donde la resonancia del número tres sería el sino distintivo del célebre y azaroso poemario. Cuenta Vallejo:

“Por varias veces repitió tres, tres, tres, con esa insistencia que tenía en repetir palabras y deformarlas, tressss, trissss, triesss, triesss, tril, trilssss. Se le trabó la lengua y en el ceceo salió trilsssce… ¿trilce?, ¿trilce? Se quedó unos instantes en suspenso para luego exclamar: «Bueno, llevará mi nombre, pero el libro se llamará Trilce»”. Ésta es la versión auténtica, relatada por Crisólogo, Xandóval y algún amigo que estuvo presente una noche que se recordaba, delante de César, los incidentes de la publicación e impresión del libro”.[6]

De este modo, Vallejo romperá el sentido tradicional del lenguaje mediante una reconfiguración semántica que habrá de dotar a las palabras con un velo magnético que por momentos hará resonar las entrañas del lector, rompiendo el tiempo en la sorprendente sintaxis textil de los primeros versos el poema VI[7]:

El traje que vestí mañana

no lo ha lavado mi lavandera:

lo lavaba en sus venas otilinas,

en el chorro de su corazón, y hoy no he

de preguntarme si yo dejaba

el traje turbio de injusticia.

De este modo, Vallejo borrará los clichés mentales de su época para reformular la realidad a través de un aliento poético renovado, en el que los panteones y las gangrenas del poemario anterior habrán de recomponerse en imágenes cuyo sentido se va tejiendo en los intersticios mismos del lenguaje que se cuela por los poros y abre el imaginario a nuevas sensibilidades, como en el poema V:

Calor. Ovario. Casi transparencia.

Háse llorado todo. Háse entero velado

en plena izquierda.

Una forma de verbalizar una forma de sentir la realidad que, de un modo similar al del Altazor, se irá diluyendo en el caos irreversible que estira las palabras y las remoja en las más diversas aguas del imaginario para que silbar de un modo insospechado cuando los versos revientan cuando se tienden al sol, casi como si Vallejo en lugar de ser un laboratorista de imágenes como Huidobro, fuera una especie de orfebre melancólico, capaz de combinar las más fantásticas piedras en una misma pieza de exuberante joyería, como muestra en el poema XX.

Al ras de batiente nata blindada

de piedra ideal. Pues apenas

acerco el 1 al 1 para no caer.

Ese hombre mostachoso. Sol,

herrada su única rueda, quinta y perfecta,

y desde ella para arriba.

Una diarrea verbal que se extenderá a lo largo de todo el poemario donde resuenan los ecos de la descompostura léxica, palabras que se abren y revientan, que se afilan en los impredecibles resquicios de la lengua ansiosa de enunciar aquello que nunca ha sido dicho, una fiebre mecánica de bufar al son de palabras huecas en las que resopla el desasosiego del poeta que quiere liberarse de toda atadura, todo sesgo, toda mordedura que le ha propinado la tradición, tan recatada y somnífera, tan bien portada, tan derechita, tan correcta y peinada. De ahí la necesidad de Vallejo de violentar la lengua como una forma de expiación, una forma de mascullar la precariedad del alma que, a diferencia del magro dolor que sudaban Los heraldo negros, ya no se lamenta, ya no se duele, sino que enloquece y se reinventa fuera de las exiguas fronteras de la racionalidad del habla, con el único fin de dejar que el mundo entero se levante de las resonancias del habla, como un cadáver que florece entre los escombros de una pasión derramada en un campo yerto, una pulsión vital que había sido reprimida por la pobreza o la tiranía de la podredumbre humana, una pulsión que emerge de las entrañas del subsuelo para llenar el vacío del silencio con nuevas formas de hacer sonar la música del mundo, aquella armoniosa amalgama de sonidos que sólo tiene sentido en los labios peregrinos del poeta que se atreve a desafiar los enrejados límites de la coherencia para que su voz estalle y salpique la atmósfera de desahogo y alivio, en el afable y bendito consuelo de la locura. Así lo refleja en el poema XXV:

Alfan alfiles a adherirse

a las junturas, al fondo, a los testuces,

al sobrelecho de los numeradores a pie.

Alfiles y cadillos de lupinas parvas.

Al rebufar el socaire de cada carabela

deshilada sin ameracanizar,

ceden las estevas en espasmo de infortunio,

con pulso párvulo mal habituado

a sonarse en el dorso de la muñeca.

Y la más aguda tiplisonancia

se tonsura y apeálase, y largamente

se ennazala hacia carámbanos

de lástima infinita.

Y es aquí donde el proyecto creacionista de Huidobro y la dolorida lírica de Vallejo se tocan, es en esta exploración metafísica de la palabra que la voz de ambos poetas logra develar una nueva forma de hacer resonar al español, casi como una sagrada profecía que habría de anunciar una oleada de poetas latinoamericanos que habrían de reinventar la lengua de los conquistadores para convertirla en otra cosa, un derramamiento de visiones rutilantes, un alumbramiento de dorados atardeceres decantados sobre los versos más intensos, los más prolijos intentos de renacer sin ataduras en los confines de la imaginación y el alma que se evapora en el calor de las palabras, palabras como soles que iluminan el mundo con su dorado resplandor, palabras que se retuercen como peces fuera del agua, palabras que van y vienen de una galaxia lejana a una diminuta casa habitada por fantasmas, palabras que se hieren por no dolerse, palabras que se avecinan de golpe sin previo aviso o justificación alguna, palabras que se dislocan y se descarrilan y se tiran clavados desde lo alto de la barranca, palabras que exploran el lamento de los hombres y la desesperante serenidad de los dioses que miran desde su torre celeste, seres humanos que se embarcan en la nave del crepúsculo sin siquiera saber por qué, hombres que se enjuagan las heridas con vino, mujeres que darán a luz a las estrellas, niños que reirán de risa de tanto reír, pájaros que vuelan sin licencia, árboles que dan fruto sin pedirlo.

Y es aquí, en las muchas posibilidades de la palabra viva, que la voz de Vallejo y Huidobro resuena con más fuerza y se alarga a través del fúnebre manto de la noche para hacer posible el milagro de la poesía, una poesía renovada y rejuvenecida en la que habrán de abrevar los hijos de una lengua genuinamente latinoamericana que encuentra su propia voz explorando sus propias heridas, su propia alegría, sus propias andanzas entre selvas y ciudades, entre cerros y ataúdes, con palabras que nos remiten al origen mismo de la existencia, al origen de nuestra cultura que es al mismo tiempo muchas culturas. Exploraciones del idioma que vuelven más habitable este efímero paso terrestre, una experimentación que habrá también de fundar una nueva retórica y una nueva cosmovisión, un nuevo modo de enunciar la realidad que lo mismo dará a luz al manifiesto ultraísta que la antropofagia de los concretos o la antipoesía de Parra. Una flexión de la legua que habrá de transformarse en una reflexión profunda de la realidad latinoamericana. Una transmutación de va de la poesía al pensamiento, que posiblemente no hubiera sido realizable sin romper los candados y las cadenas que mantenían atrapada a nuestra lengua, la lengua latinoamericana que habrá de alcanzar una de sus más elevadas cumbres en la voz de nuestros poetas, poetas como Huidobro y Vallejo, que, ya sea que descubrieron una novedosa forma de habitar este basto continente, lleno de dolores y esperanza, en el mágico aliento de la poesía.

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[1] Vicente Huidobro. Manifiesto creacionista.

[2] Ibídem.

[3] Vicente Huidobro. Altazor. Ediciones Cátedra. España, 2013, p. 62.

[4] Ibídem, p. 295.

[5] César Vallejo. Los heraldos negros. Laberintos. Perú, 2007.

[6] Juan Espejo Asturrizaga. Juan: César Vallejo. Itinerario del hombre. 1892-1923. Librería Editorial Juan Mejía Baca. Perú, 1965, p. 109.

[7] César Vallejo. Trilce. Laberintos. Perú, 2007.

Aprender chino para principiantes: disfrazarse de otra cultura

Hoy leí un par de textos sobre aprendizaje de lenguas que llamaron mi atención. En primer lugar, un artículo de la BBC sobre Cómo aprender 30 idiomas, en el cual se explica que las personas que hablan 10 idiomas o más poseen algunos trucos para aprender las inmensas posibilidades combinatorias de cada lengua. El truco que más llamó mi atención, fue el de “meterse en el personaje” propio de cada lengua, algo así como disfrazarse de otra cultura. Un ejemplo claro de cómo la lengua es algo vivo que se conecta con nuestra parte emotiva. Bien decía Borges que “un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”.

Y en este sentido, también me topé con un video que explica de manera sencilla la arquitectura del idioma chino y la manera en que construyen sus ideogramas, a partir del método Chineasy. Es sorprendente cómo cada lengua modifica las relaciones entre las cosas, a partir de lo cual se construye el pensamiento. Por ello la tesis Sapir-Whorf señala que cada lengua condiciona cierto modo de pensar. El lenguaje es la estructura que nos permite reconstruir el mundo a través de la potencia del pensamiento. Bien dice Wittgenstein que los límites del mundo son los límites del lenguaje.

El árbol de la lengua

Una bellísima infografía sobre las ramificaciones de las diferentes lenguas indoeuropeas que dominan el habla en el mundo. Me gustaría conocer los otros árboles de la lengua para completar ese bello jardín de la lengua humana.

El árbol de la lengua

Las relaciones de pareja en el lenguaje del futbol

Algunas expresiones solo tienen sentido cuando se interpretan en la lengua propia de cada individuo. ¿Y qué ocurre cuando ese idioma es el futbol? Eso es precisamente lo que se plantea esta divertida campaña de la revista Líbero, dedicada a hablar de temas muy diversos en jerga jurgolísitca. Más de un pambolero de corazón se sentirá identificado con el drama conyugal generado por la afición al balompié y la importancia de adoptar el ‘jogo bonito’ como filosofía de vida.

Antes de partir… el reflejo del hombre en el espejo de la tribu

Jimmy Nelson

El trabajo fotográfico de Jimmy Nelson resulta impactante. Conocer más sobre las costumbres de otros pueblos nos hace comprendernos mejor a nosotros mismos, ya que nos permite develar esa esencia común que compartimos todos los seres humanos que pueblan los rincones más recónditos de este planeta. Es como vernos a nosotros mismos con otros ojos. Por eso los padres de la antropología moderna, como Levi Strauss y Clifford Geertz, coinciden en que la cultura es un mensaje que habla de las relaciones humanas al interior de un grupo y que puede ser decodificado a través del lenguaje. La cultura es una simbolización de la mente humana en colectividad, ya que como sostiene Geertz, la función social de la cultura es dotar de sentido al mundo. ¿Cuántas cosas que ignoramos están contenidas en el saber milenario de estos pueblos?

Mirar al otro para imaginar otras posibilidades de la existencia humana. Mirar al otro para reconocernos en su reflejo. Eso es precisamente lo que ofrece el espectacular trabajo titulado Before they pass away, cortesía del fotógrafo británico. Muy recomendable echarse una vuelta por su sitio web.

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Poder, sociedad civil y tecnologías de la comunicación

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El poder no es la capacidad de someter al otro, sino la capacidad de un sujeto para transformar su realidad a través de la acción. Poderoso es el que puede, aquel capaz de reconfigurar la relación de significados que estructuran una determinada idea de mundo objetivo a través del poder-hacer, tal como lo establece la raíz etimológica del término que significa “tener expedita la facultad o potencia de hacer algo”.[1]

De ahí que la autoridad de un auténtico líder se fundamente en el reconocimiento de una capacidad de acción mayor que la de sus seguidores. El líder puede más que los demás y es precisamente en el reconocimiento de dicha capacidad de acción sea la fuente de su poder. En este sentido apunta Hegel al desarrollar su dialéctica del amo y el esclavo, idea en la cual establece que la génesis de toda relación de sometimiento-dominación entre dos individuos iguales, se da cuando uno de ellos decide enfrentar su miedo a la muerte, lo cual provoca el sometimiento del segundo individuo luego de reconocer en su contraparte una mayor capacidad a la hora de actuar más allá de sus propios miedos, estableciendo así una relación de superioridad-obediencia. Y aunque el ejemplo descrito por Hegel puede prestarse a la polémica, evidencia la manera en que el poder aparece como capacidad de transformar el entorno. O como diría Ernani María Fiori al hacer una revisión crítica sobre la obra de Paulo Freire: “la verdad del opresor reside en la conciencia del oprimido[2]El poder se manifiesta en la acción, entendiendo por dicho término la definición de Weber:

“Por acción debe entenderse una conducta humana (bien consista en hacer un uso externo o interno, ya en un omitir o permitir) siempre que el sujeto o los sujetos de la acción enlacen a ella un sentido subjetivo. La acción social, por tanto, es una acción en donde el sentido mentado por su sujeto o sujetos está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo”.[3]

 

De este modo, el poder no tiene sentido sin la acción y, como bien apunta Habermas con su teoría de la acción comunicativa, toda acción social presupone la existencia de un lenguaje previo sobre el que se estructura la comunicación. Para Habermas, esto se debe a que toda acción poseedora de sentido se construye como signo lingüístico, requisito escencial para que pueda operar la condición de racionalidad sobre la que se estructura la idea de mundo objetivo que permite comunicarnos con otros miembros de un determinado grupo social[4]. En otras palabras, la racionalidad está condicionada por la comunicación. De ahí que Habermas posicione a la acción comunicativa como el punto de partida de lo social. Al respecto sostiene el filósofo alemán:

“Las manifestaciones racionales tienen el carácter de acciones plenas de sentido e inteligibles en su contexto, con las que el actor se refiere a algo en el mundo objetivo. Las condiciones de validez de las expresiones simbólicas remiten a un saber de fondo, compartido intersubjetivamente por la comunidad de la comunicación”.[5]

Esto explica la estrecha relación que existe entre los términos de poder, racionalidad y comunicación, conceptos que emanan de la misma fuente: el lenguaje. De ahí que autores como Castells consideren que “la comunicación es el espacio en el que se construyen las relaciones de poder, toda vez que “cualquier tipo de poder tiene que pasar por el espacio de la comunicación para poder llegar a nuestras mentes”.[6]

La afirmación de Castells parece darle consistencia a la teoría del bloque hegemónico enunciada por Gramsci, la cual afirma que el poder politico se sostiene a través de un discurso hegemónico diseñado en función de los intereses de las elites y que se reproduce a través de las superestructuras sociales, es decir, los componentes psíquicos que hacen funcionar al sistema social, los cuales van de la cultura, la religión, los valores morales, etcétera.

En el mismo sentido apunta Foucault al describir el funcionamiento de los aparatos de poder a través de lo que denomina ‘modos de subjetivación’, una técnica de dominación diseñada para condicionar la conducta de los individuos en función a los intereses de ciertos grupos a través de la apropiación de una realidad social que se expresa en un discurso hegemónico. Por ello, no resulta extraño que Foucault afirme que la raíz de todo poder se sostiene en una construcción simbólica de la realidad, al igual que ocurre con la construcción del saber y el desarrollo de determinados sujetos históricos, referentes ideales del ser humano que ayudan a regular la conducta de las personas a través de una determinada tabla de valores. El poder es una relación de significados capaz de establecer una diferencia entre lo que es acceptable socialmente y lo que no lo es, algo que Foucault puntualiza al explicar la forma en que los conceptos de “normal y anormal” son utilizados por las élites para ejercer un poder de dominación sobre masas subordinadas, incapaces de cuestionar la validez del orden social.

Lo mismo pasa con las instituciones, ya que el ejercicio del poder institucional está íntimamente ligado a las fronteras del lenguaje impuestas por ciertos grupos, como bien apunta Lyotard. Si las instituciones son por definición un conjunto de prácticas y significados comúnes capaces de trascender un espacio-tiempo específico para acumular información y simplificar la toma de decisiones al interior del grupo social, siguiendo la teoría de la estructuración social propuesta por Giddens[7], esto significa que toda institución es también una manifestación de poder delimita y condiciona la conducta de las personas, promoviendo ciertas cosas al mismo tiempo que prohibe otras. Al respecto señala Lyotard:

“Esas limitaciones operan como filtros sobre la autoridad del discurso, interrumpen conexiones posibles en las redes de comunicación: hay cosas que no se pueden decir. Y privilegian, además, determinadas clases de enunciados, a veces uno solo, de ahí que el predominio caracterice el discurso de la institución: hay cosas que se pueden decir y maneras de decirlas”.[8]

Todo lo anterior nos permite ubicar al poder como algo que se construye a partir de la acción comunicativa, una noción que sólo tiene sentido en términos de relación. El poder no es autorreferencial, toda vez que su existencia presupone una relación causal que sólo es possible a través de la comunicación. De ahí que la comunicación, entendida como una manifestación activa de nuestra capacidad de lenguaje, la base estructural de todo poder. No en balde, la legitimación de cualquier poder político se da en términos discursivos, como bien señala Weber[9]. Si el mundo es una construcción social generada a través de procesos comunicativos, esto significa que toda acción poseedora de sentido (y por lo tanto susceptible de ser interpretada como signo lingüístico) es capaz de trastocar las estructuras de poder institucional sobre las que opera el poder político. Al respecto señala Holloway:

“La realidad y el poder están tan imbricados que insinuar siquiera la posibilidad de disolver el poder es pararse fuera de la realidad. Todas nuestras categorías de pensamiento, todas nuestras certezas acerca de lo que la realidad es o lo que la política, la economía o hasta el lugar en el que vivimos son, están tan penetradas por el poder que sólo decir ¡No! al poder nos precipita hacia un mundo vertiginoso”.[10]

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El empoderamiento de la sociedad civil

Desde Tocqueville hasta Habermas, la sociología moderna ha definido a la sociedad civil como un conjunto de organizaciones ajenas al Estado y el sistema económico, ubicada en un tercer ámbito de lo social donde se construye la cultura y donde la comunicación se posiciona como la unidad de significación, tal como sostiene Fernández Santillán al hacer una revisión de la teoría de las tres esferas planteada por Habermas:

“La distinción entre las esferas social, económica y política es uno de los temas que se encuentran prácticamente en todos los escritos habermasianos. Lo que sucede es que a esas esferas las denomina con otros vocablos. De manera muy general podríamos decir que a las partes económica y política las concentra en lo que  llama  “sistema”;  pero  advierte  la  presencia,  dentro  del  “sistema”,  de  dos subsistemas, es decir el mercado, de una parte, y, de otra, el aparato estatal. Esos subsistemas a su vez son coordinados por medios (otro concepto habermasiano) diferentes, el dinero para el mercado y el poder para el aparato de estatal. Por lo que hace a lo social, también de manera muy general, lo relaciona con el “mundo de  la  vida”.  Se  trata  del  espacio  sociocultural,  de  la  reproducción  de  las mentalidades  y  la  integración.  En  el “mundo  de  vida”  el  medio  esencial  es  la comunicación (…) La sociedad civil está formada por las asociaciones, organizaciones y movimientos que más o menos espontáneamente intensifican la resonancia originada en la esfera no estatal ni económica para luego transmitir esta resonancia amplificada a la esfera política. La sociedad civil está constituida por una red asociativa que institucionaliza discursos orientados a resolver cuestiones de interés general”.[11]

Aunque la teoría de las tres esferas propuesta por Habermas permite esbozar a grandes rasgos los diferentes ámbitos de los sistemas sociales, no está exenta de contradicciones profundas, toda vez que el Estado, el mercado y la sociedad civil no pueden ser concebidos como entes de un mismo nivel que interactúan y buscan ejercer su influencia entre sí. Por el contrario, el Estado y la economía son subsistemas que sólo pueden desarrollarse a partir de la construcción previa de un discurso dominante que sólo puede construirse a través de los procesos comunicativos que se desarrollan al interior de un determinado grupo social. Esto se debe a que tanto el Estado como el mercado, son construcciones simbólicas que requieren un nivel mínimo de racionalidad para poder operar, y dicha racionalidad no puede funcionar sin la existencia previa de un consenso social que se articula a través de la comunicación. De ahí que tanto el Estado como el mercado son consecuencias de un complejo proceso comunicativo que otorga un valor determinado a ciertas cosas. Así ocurre por ejemplo con las potestades conferidas al Estado a través del derecho y un determinado marco jurídico, así como el problema del valor dentro de la teoría económica, nociones que pueden ser modificadas a lo largo del tiempo en función de los criterios sobre los que se construye el discurso hegemónico que habrá de dar sustento al mundo objetivo que comparten todos los integrantes de un determinado grupo social. De ahí que, al establecer a la palabra como unidad mínima de autorreferencia en el ámbito de acción sobre el que opera la sociedad civil, se establece una relación desigual frente al monopolio del legítimo derecho a la coacción (unidad mínima de referencia en el Estado) y el dinero (en el caso del mercado), según plantea Habermas en su teoría. Y esto se explica dado que tanto la legitimidad de la coacción y el valor del dinero sólo pueden tener un sentido racional a través de un pacto social que sólo puede lograrse a través de la comunicación.

Todo lo anterior permite establecer que el poder se construye a partir de la articulación del lenguaje, como bien lo sabe un abogado capaz de manipular la ley a través de la palabra o un publicista a la hora de confeccionar con precisión mensajes audiovisuales que habrán de difundirse a través de los medios masivos de comunicación. El poder es una derivación del lenguaje, y por ello, la apropiación del lenguaje propio permite que los individuos sometidos por un determinado poder puedan reconocerse a sí mismos como sujetos autónomos dotados de un poder de crítica capaz de desarticular racionalmente los conceptos base sobre los que se fundamenta el poder de su opresor. Esto es precisamente lo que apunta el pensamiento de Freire al considerar que la apropiación de la palabra representa un mecanismo de liberación para los oprimidos, o la manera en que Gandhi pudo desactivar el poder de coacción del imperialismo británico mediante el uso de la resistencia civil pacífica.

Esto también explica la manera en que a lo largo de la historia de la civilización, existe una relación directa entre las tecnologías de la información y la horizontalidad del poder político.

El desarrollo del lenguaje y la eventual aparición de la cultura transformaron la interacción social de los grupos humanos, generando así nuevos esquemas de organización social, tal como ocurrió con la división del trabajo. A partir de entonces, los grupos humanos fueron capaces de concebir un mundo más complejo, en el cual, la interacción con los otros miembros del grupo cobró otra dimensión al quedar plasmada en la conformación de una identidad colectiva, capaz de extender los alcances del grupo social a través de redes de significación que dieron origen a los primeros clanes y tribus que utilizaron este conjunto de significados culturales como una herramienta eficaz para fortalecer la cohesión social del grupo. Es decir, que con la creación de la cultura, cada expresión oral del individuo tiene una conexión con las pautas de pensamiento y acción del grupo al que pertenece.[12]

Durante este periodo de la prehistoria, el surgimiento de la cultura permitió la conformación de una inteligencia y memoria colectiva capaz de almacenar y transmitir información a las siguientes generaciones. De este modo, la estructuración del lenguaje a través de signos lingüísticos capaces de objetivar la realidad, se convirtió en una tecnología sumamente efectiva en la transmisión de información, lo cual tuvo un impacto directo en los modos de organización social que surgieron a partir del descubrimiento de la agricultura, con lo cual, el hombre pasó de ser nómada a sedentario con el establecimiento de las primeras aldeas. La cultura permitió un modo más efectivo en cuanto a la transmisión del conocimiento de una generación a otra, y sin duda, este fue un factor clave para entender la conformación de grupos sociales cada vez más complejos.

Tras la invención de la cultura como un subproducto del lenguaje, la siguiente gran transformación de la humanidad se efectuó gracias a la invención de la escritura, una tecnología de la comunicación que serviría como una extensión del lenguaje oral que permitiría el surgimiento de la civilización y el comienzo de la historia, ya que sólo una sociedad que posee escritura “puede ‘situarse a sí misma’ en el tiempo y el espacio”, como bien señala Giddens[13]. De este modo, la escritura permitió una transmisión mucho más efectiva de información en comparación al lenguaje oral, y por ello, se convirtió en una pieza clave dentro de la conformación de grupos sociales cada vez más grandes.

Esta nueva tecnología fue el factor determinante en la aparición en la articulación de las primeras leyes y códigos de conducta sobre los que se construyó el concepto de ciudad-estado que surge en Mesopotamia y que se extendería a diversos rincones del planeta con el devenir de los siglos siguientes. Asimismo, la organización social basada en esta nueva tecnología provocó el surgimiento de la burocracia, una élite de letrados encargados de administrar el aparato social que se extendió de forma directamente proporcional a la manera en que la escritura expandía los límites espacio-temporales de la comunicación humana.

A partir de este momento, el contacto directo con otras personas ya no sería una limitación para establecer un vínculo comunicativo con los otros. Con la escritura, el pasado se convierte en presente, la información viaja a una velocidad nunca antes vista, y esto a su vez, tendrá fuertes repercusiones en los mecanismos con los que operarían las sociedades civilizadas.[14]

Otro paso en la evolución de la comunicación se dio con la invención del alfabeto, una tecnología que aparece varios siglos después de la invención de la escritura y que permitió un grado mayor de abstracción simbólica a partir de la construcción de un sencillo sistema de signos con el que fue posible alcanzar una claridad conceptual sin precedentes[15].

El alfabeto permitió al ser humano adquirir una concepción más profunda de su entorno y su propia existencia, además de ser un nuevo vehículo capaz de incrementar los alcances del lenguaje escrito como medio de difusión de la información, ya que esta tecnología permitió que la información fuera accesible a un mayor número de sectores sociales que hasta entonces permanecían marginados en cuanto a la construcción del conocimiento. Si bien el uso de esta tecnología seguía estando concentrado en pocas manos, pues en la antigüedad la gran mayoría de las personas no sabían leer ni escribir, los procesos de expansión territorial del comercio y el control político provocó que un número creciente de individuos tuviera acceso al uso de esta tecnología, algo que resultó fundamental en el eventual fortalecimiento de los aparatos burocráticos.

Por ello, algunos autores consideran que la invención del alfabeto fue un factor determinante para explicar la manera en que la Grecia antigua empieza a generar nuevas formas de pensar la realidad a través de un marco lógico-conceptual que pudiera hacer frente al marco epistemológico sobre el que se construyó el mundo antiguo, basado en el mito y la magia como medios para conocer el mundo, según sostienen Goody y Watt al afirmar que “el surgimiento de la civilización griega es, pues, el primer ejemplo histórico de la transición a una sociedad con verdadera cultura escrita”[16].

Si bien el acceso a esta tecnología seguía estando limitado para ciertos sectores sociales, el alfabeto permitió una expansión nunca antes vista de la palabra escrita y otras redes de significación, lo cual influyó de forma determinante para la constitución de una sociedad más equitativa en la que aparecen los primeros intentos por establecer un sistema de gobierno democrático que posicionara el bien común por encima de los intereses personales.

En este contexto fue que pensadores de la talla de Aristóteles y Platón, por mencionar a algunos, empezaron a confeccionar un nuevo mundo a través de diversos textos todavía vigentes, gracias a los alcances de una escritura capaz de reproducir el lenguaje oral y una precisión conceptual a niveles nunca antes vistos.

La Grecia clásica representa a una sociedad letrada capaz de ejercer un nuevo nivel de crítica hacia el status quo, establecido durante la antigüedad, a través de una plataforma de comunicación con la fuerza suficiente para potencializar a la razón como un medio para construir una nueva dimensión de la realidad[17]. Esto debido a que la aparición del alfabeto fonético propició nuevos esquemas de comunicación que tendrían un efecto decisivo en la conformación de una inteligencia colectiva con el poder necesario para detonar una transformación social que sólo sería posible gracias a nuevos esquemas de pensamiento, capaces de delimitar el poder de los gobernantes a través de disciplinas como la política, el derecho y la filosofía, situación que se aceleraría todavía más, con el surgimiento de la imprenta en Europa algunos siglos más tarde.

Con la aparición de Gutenberg y su imprenta de tipos móviles a mediados del siglo XV, la comunicación dio otro enorme salto en la historia de occidente[18]al permitir que la información contenida en los libros pudiera reproducirse de forma vertiginosa, lo cual trajo como consecuencias que en poco más de tres siglos, las ideas surgidas en la Ilustración lograran expandirse rápidamente por todo Europa hasta materializarse en las revoluciones burguesas que marcarían el comienzo de la modernidad. Una vez más, los procesos de comunicación serían determinantes en la construcción de un nuevo orden social, y esto se debe a que la letra impresa revolucionó la velocidad de los flujos de información, algo que se extendió por todo el planeta con el proceso de globalización que empieza a gestarse con el colonialismo europeo y que tomaría forma a partir de la Revolución Industrial.

Algo similar ocurre hoy en día con la llegada del internet, cuya aparición a finales del siglo XX ha detonado una transformación social a ritmo acelerado, pues los cambios que antes demoraban miles de años para tomar forma y consolidarse, ahora lo hacen en unas cuantas décadas. Un acontecimiento que de acuerdo con autores como Castells o Wellman, ha propiciado el surgimiento de un nuevo esquema de organización social: la sociedad en red[19].

El principal atributo del internet reside en su capacidad de generar conexiones múltiples entre personas de todo el mundo, sin que la geografía sea una limitante para entablar una relación directa de comunicación además del encuentro cara a cara. Esto ha generado que la gente con ideas afines pueda establecer vínculos sin necesidad de intermediarios, lo cual ha derivado en una conectividad sin precedentes en la historia humana.

De ahí que algunos teóricos de la comunicación consideren que el surgimiento de internet representa un parteaguas en la reconfiguración del aparato social. Las reglas del juego son otras, y esto tiene repercusiones directas en diferentes componentes estructurales del tejido social, desde cambios profundos en los procesos de producción y generación de la riqueza, hasta la manera en que se desarrollan las relaciones de poder. Un nuevo mundo se está gestando y esto se debe en gran parte, a las posibilidades que ofrece el ciberespacio para comunicarnos con otros y las facilidades que brinda esta herramienta para generar acciones colectivas. Acontecimiento que para algunos, representa el inicio de una nueva era, tal como bien señala Galindo Cáceres:

“La lógica de la comunicación, de la vida horizontal, del diálogo, de la interacción, del enriquecimiento mutuo, también está presente y gana espacio gracias a la red de relaciones, y no gracias a la concentración de la información en un solo lugar. La red es la respuesta a la paranoia de la sociedad de la información; entre más grande, entre más múltiple y diversa, menos posibilidades de control central autárquico: el monstruo se desvanece, aparece una nueva sociedad con una nueva cultura, la cibersociedad y la cibercultura”[20].

La información ya no circula en un solo sentido, como ocurría anteriormente, sino que fluye en múltiples direcciones, distribuyendo así el conocimiento y el poder de forma cada vez más horizontal. En el ciberespacio la gente deja de ser un ente pasivo que simplemente recibe información para participar activamente en la toma de decisiones. La sociedad de masas se convierte entonces en multitudes inteligentes capaces de producir realidad social por medio de la acción colectiva.

Todo lo anterior nos permite establecer que existe una relación profunda entre el nivel de comunicación y la velocidad con la que se desarrollan las transformaciones sociales, y esto se debe principalmente a la manera en que las redes de comunicación amplifican el poder del sujeto como agente transformador de lo social[21]. Una conectividad mayor de los sujetos dentro de una red de transmisión de información, genera un efecto multiplicador capaz de generar una nueva conciencia colectiva que sirva de base para la construcción del mundo.

Si la construcción del aparato social es ante todo un reflejo de la mente humana, eso quiere decir que al modificar el significado de los mensajes que utilizamos a diario para comunicarnos con los otros, esto tiene una repercusión directa en la construcción del mundo y su transformación. El medio es el mensaje, de acuerdo con McLuhan, y por ello, la manera en que nos relacionamos con los otros y la forma en que operan los procesos de comunicación en el seno de lo social tienen un efecto directo en la modificación de las estructuras simbólicas que sostienen la idea de mundo, pues como bien apunta Norbert Bolz, “el mundo es todo aquello que es comunicado”[22]. @

 


[1] De acuerdo con la definición de la Real Academia de la Lengua Española. Otros autores como Cabrera establecen que el poder es “tener facultad, virtud, disposición, aptitud para hacer alguna cosa” [Ramón Cabrera. Diccionario de etimologías de la lengua castellana. España. Imprenta de don Marcelino Calero. 1837. Tomo I, página 545].
[2] Paulo Freire. Pedagogía del oprimido. México. Siglo XXI. 2005, página 12.
[3] Max Weber. Economía y sociedad: esbozo de sociología comprensiva. México. Fondo de Cultura Económica. 1996. Décima reimpresión, pág. 5.
[4] Wittgenstein define a la realidad como todo aquello que es posible; el mundo, en cambio, lo define como una relación causal de hechos basados en un conjunto de ‘entidades’ que conforman la condición de posibilidad del mundo: la estructura lógica, los valores morales-estéticos y el sujeto metafísico. Mientras la realidad absoluta es infinita, el mundo es una delimitación de lo real, efectuada a partir de una estructura racional que funciona como marco de referencia para la construcción del mundo a partir de un sujeto que piensa. [Ludwig Wittgenstein. Tractatus lógico-philosophicus. España. Alianza Editorial. Tercera reimpresión. 2002, 5.632 y 5.633].
[5] Jürgen. Teoría de la acción comunicativa I: Racionalidad de la acción y racionalidad social. Editorial Taurus. México, 2008, página 31.
[6] Manuel Castells. “El poder en la era de las redes sociales”. Nexos, número 417. México. Septiembre de 2012, página 45.
[7] “Los sistemas sociales se constituyen de acciones y relaciones humanas: lo que les confiere a éstas su pauta es su repetición a través de periodos de tiempo y distancias en el espacio. Así en el análisis sociológico las ideas de reproducción social y de estructura social están íntimamente ligadas. Hemos de entender las sociedades humanas como edificios que en todo momento son reconstruidos por los mismos ladrillos que las componen. Las acciones de todos nosotros están influidas por las características estructurales de las sociedades en las que crecemos y vivimos; al mismo tiempo, recreamos (y también hasta cierto punto, alteramos) esas características estructurales con nuestras acciones”. [Anthony Giddens. Sociología. España. Alianza Universidad Textos. 1996. Segunda edición. Segunda reimpresión,pág. 52].
[8] Jean François Lyotard. La condición postmoderna: informe sobre el saber. Argentina. Ediciones Cátedra. 1991. Segunda edición, pág. 18].
[9] Max Weber. Op. cit., pág. 26.
[10] John Holloway. “Cambiar el mundo sin tomar el poder”. México. Sísifo Ediciones-Bajo Tierra Ediciones, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 2010, pág. 43.
[11] José Fernández Santillán. “Habermas: sociedad civil y política deliberativa”. Este País, número 116, México. Noviembre, 2000.http://estepais.com/inicio/historicos/116/4_ensayo2_habermas-fernandez.pdf
[12] Blai Guarné Cabello. Oralidad, escritura y tecnologías de la comunicación, en Adriana Gil Juárez, et al. Tecnologías sociales de la comunicación. España. Editorial UOC. 2005, pág. 80.
[13] Anthony Giddens. Sociología., pág. 74.
[14] “La conciencia del pasado depende, pues, de una sensibilidad histórica que difícilmente puede darse en ausencia de registros escritos permanentes. La escritura introduce cambios similares en la transmisión de otros elementos del repertorio cultural. Pero el alcance de estos cambios varía según la índole y la distribución social del sistema de escritura en cuestión, es decir, varía en función de la eficacia intrínseca del sistema como medio de comunicación, y en función de las restricciones sociales que le son impuestas, o sea, del grado de difusión que tiene el uso del sistema en la sociedad” [Jack Goody. Cultura escrita en sociedades tradicionales. España. Editorial Gedisa. 2003. Primera reimpresión, pág. 46].
[15] Esta tecnología es el reflejo de la evolución de la escritura ideográfica a la fonética. A finales del IV milenio a.C., los sumerios comenzaron a escribir su idioma mediante ideogramas, que representaban palabras y objetos, pero no conceptos abstractos. Se cree que el alfabeto fonético, que sustituyó al silábico, pudo tener su origen en el alfabeto semítico septentrional o cananeo, datado entre el 1700 y el 1500 a.C., mismo que dio origen al alfabeto fenicio que se expandió rápidamente por todo el Oriente Medio y parte del Mediterráneo, del cual se desprenden otros alfabetos como el griego, cirílico, arameo, hebreo, árabe, etrusco y romano.
[16] Jack Goody. Op. cit., pág. 53.
[17] Otros autores parecen ir en un sentido similar, tal como señala Antonio Alegre Gorri al hacer una revisión del trabajo de Havelock: “El paso de la oralidad a la escritura alfabética –es decir, a un medio de expresión escrita accesible, al menos en potencia, a todo el mundo, y además capaz de acoger y reproducir toda la riqueza fonética del habla oral- es un momento decisivo para la transición de una sociedad regida por la tradición, que experimentaba el orden de las relaciones sociales como sagrado e inmutable, a una sociedad política que concibe su propio ordenamiento como objeto de decisión consciente de sus miembros y, por ende, de discusión racional. Sólo en este horizonte pueden emerger las nociones de razón, sujeto y moral (y con ello, la filosofía, la política, la retórica y el derecho); y sólo a partir de ahí, la indagación del orden de la naturaleza deja de ser privilegio de una casta sacerdotal y queda abierta a la especulación racional de cualquiera que esté capacitado para ello: he aquí lo que se ha designado, con cierto anacronismo, como el ‘nacimiento de la ciencia’”. [Erick A. Havelock. La musa aprende a escribir: reflexiones sobre la oralidad y la escritura desde la antigüedad hasta el presente. España. Ediciones Paidós. 2008, pág. 15].
[18] Se dice que entre 1041 y 1048, Bì Shēng inventó en China el primer sistema de imprenta de tipos móviles, donde ya existía un tipo de papel de arroz, a base de complejas piezas de porcelana en las que se tallaban los caracteres chinos; esto constituía un complejo procedimiento por la inmensa cantidad de caracteres que hacían falta para la escritura china. En 1234 artesanos del reino de Koryo (actual Corea), conocedores de los avances chinos con los tipos móviles, crearon un juego de tipos que se anticipó a la imprenta moderna. Sin embargo, la imprenta moderna no se creó hasta el año 1440 aproximadamente, de la mano de Johannes Gutenberg [es.wikipedia.org]. El éxito de la imprenta europea frente a su contraparte china sólo puede explicarse en virtud de las facilidades que ofrece esta tecnología al alfabeto occidental compuesto por alrededor de 30 caracteres, frente a la complejidad de la escritura china.
[19] El término sociedad red fue acuñado en 1991 por Jan van Dijk en su obra De Netwerkmaatschapágs.ij (La Sociedad Red). Sin embargo, es Manuel Castells quien ha contribuido a mayor desarrollo y popularización del término a partir del extenso análisis que desarrolla sobre los cambios sociales derivados de las tecnologías de la comunicación. Al respecto explica Castells: “Las redes son estructuras abiertas, capaces de expandirse sin límites, integrando nuevos nodos mientras puedan comunicarse entre sí, es decir, siempre que compartan los mismo códigos de comunicación (por ejemplo, valores o metas de actuación). Una estructura social que se base en las redes es un sistema muy dinámico y abierto, susceptible de innovarse sin amenazar su equilibrio”. [Manuel Castells. La era de la información: economía, sociedad y cultura. Volumen I: La sociedad red. México. Siglo XXI. 2005. Sexta edición, pág. 507]. Si bien este modo de organización no es nuevo, sí lo son sus alcances a partir de las nuevas tecnologías de la información: “Aunque la forma en red de la organización social ha existido en otros tiempos y espacios, el nuevo paradigma de la tecnología de la información proporciona la base material para que su expansión cale toda la estructura social” [Ibidem, pág. 505].
[20] Jesús Galindo Cáceres. “Cibercultura, ciberciudad, cibersociedad: hacia la construcción de mundos posibles en nuevas metáforas conceptuales”. Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, época II, volumen IV, número 7. México. Universidad de Colima. Junio de 1998, pág. 17.
[21] Un tema ampliamente desarrollado por Castells, quien sostiene que “la relación histórica parece indicar que, en términos generales, cuanto más estrecha sea la relación entre los emplazamientos de la innovación, la producción y el uso de las nuevas tecnologías, más rápida será la transformación de las sociedades y mayor la retroalimentación positiva de las condiciones sociales sobre las condiciones generales necesarias para que haya más innovaciones”. [Manuel Castells. La era de la información: economía, sociedad y cultura. Volumen I: La sociedad red, pág. 64].
[22] Norbert Bolz. Comunicación mundial. Editorial Katz. Argentina, 2006.

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Bibliografía:

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BOLZ, Norbert. Comunicación mundial. Editorial Katz. Argentina, 2006.

FERNÁNDEZ SANTILLÁN, José. “Habermas: sociedad civil y política deliberativa”. Este País, número 116, México. Noviembre, 2000.http://estepais.com/inicio/historicos/116/4_ensayo2_habermas-fernandez.pdf

FREIRE, Paulo. Pedagogía del oprimido. Siglo XXI. México, 2005. Segunda edición.

GALINDO CÁCERES, Jesús. “Cibercultura, ciberciudad, cibersociedad: hacia la construcción de mundos posibles en nuevas metáforas conceptuales”.Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, número 7, Época II, volumen IV. México. Universidad de Colima. Junio de 1998, pp. 9-23.

HABERMAS, Jürgen. El discurso filosófico de la modernidad. Katz Editores. España, 1998. Primera edición.

HABERMAS, Jürgen. Escritos sobre moralidad y eticidad. Ediciones Paidós. España, 2003.

HABERMAS, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa I: Racionalidad de la acción y racionalidad social. Editorial Taurus. México, 2008.

WEBER, Max. Economía y sociedad: esbozo de sociología comprensiva. Fondo de Cultura Económica. México, 1996. Décima reimpresión.

WITTGENSTEIN, Ludwig. Tractatus lógico-philosophicus. Alianza Editorial. España, 2002. Tercera reimpresión.

Etnósfera: la extinción cultural, erosión de la imaginación humana

Una plática con Wade Davis, antropólogo, etnobotánico y explorador de la revista National Geographic, en la que explica la importancia de preservar la enorme diversidad cultural del planeta Tierra, misma que se erosiona a gran velocidad por la imposición del modelo cultural hegemónico. Un alucinante viaje a través de la etnósfera, ente que almacena las múltiples posibilidades de la existencia humana en la memoria de los pueblos, tal como explica Davis:

“La etnósfera podría definirse como la suma total de todos los pensamientos, sueños, mitos, ideas, inspiraciones e intuiciones que han cobrado forma gracias a la imaginación humana desde el principio de su conciencia. La etnósfera es el gran legado de la humanidad, el símbolo de todo lo que somos y lo que podemos ser como especie sumamente curiosa”.

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