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La poesía libertaria de Roque Dalton

Un documental sobre el poeta y militante salvadoreño, Roque Dalton, símbolo de la resistencia latinoamericana. La poesía, como el amor, es y será siempre libertaria.

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Ayer

Junto al dolor del mundo mi pequeño dolor,
junto a mi arresto colegial la verdadera cárcel de los hombres sin voz,
junto a mi sal de lágrimas
la costra secular que sepultó montañas y oropéndolas,
junto a mi mano desarmada el fuego,
junto al fuego el huracán y los fríos derrumbes,
junto a mi sed los niños ahogados
danzando interminablemente sin noches ni estaturas,
junto a mi corazón los duros horizontes
y las flores,
junto a mi miedo el miedo que vencieron los muertos,
junto a mi soledad la vida que recorro,
junto a la diseminada desesperación que me ofrecen,
los ojos de los que amo
diciendo que me aman.

Roque Dalton

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El negocio de la censura

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Si el derecho a la información en verdad fuera considerado un derecho humano, la censura tendría que ser sancionada de alguna forma por un auténtico Estado de derecho. No ocurre así. Por el contrario, los oligarcas de los medios de comunicación administran la información a conveniencia, como si se tratara de una mercancía. En su reciente informe,  Medios de comunciación: los oligarcas se van de comrpas, Reporteros Sin Frontera documenta al menos cinco formas en que los dueños de los medios practican la censuran el derecho a la información de manera sistemática: 1) Poner su imperio mediático al servicio del régimen; 2) Cambiar información por entretenimiento; 3) Usar su medio de comunicación contra los opositores; 4) Censurar todo lo que vaya contra sus intereses; 5) Comprarse un medio de comunicación para corromper el poder.

Si uno de los principios elementales de la democracia es el derecho a la información como condición elemental para que los pueblos puedan ejercer su soberanía, la situación de la prensa global a merced de los intereses mercantilistas del capitalismo y los intereses privados por encima del interés público, representan uno de los ejes para explicar la crisis de confianza que existe en las llamadas democracias liberales que se constituyen como el modelo de gobierno hegemónico a nivel global.

Si bien en todo el mundo estas prácticas son cosa de todos los días, en países como México la censura mediática ha alcanzado niveles tales, que el más reciente informa de RSF de 2016 sitúa a México en el lugar 149 de un total de 180 países en términos de libertad de prensa, por debajo de países como Rusia, Etiopía o Bangladesh. Algo que contradice el derecho a la información que pregonan las autoridades mexicanas, lo cual no hace sino evidenciar el simulacro democrático en que vivimos, que no es otra cosa que una oligarquía con disfraz de populismo. Basta ver lo acontecido en las últimas semanas con el acoso judicial de los aliados del gobierno de Enrique Peña Nieto contra periodistas e investigadores críticos al actual régimen como Carmen Aristegui y Sergio Aguayo, para entender que el derecho a la información, en el mejor de los casos, no es sino un indicador para medir la calidad de una democracia. Un indicador en el que México sale irremediablemente reprobado.

Las cuatro actitudes inconmensurables del Buda

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No existe amor donde hay apego

El amor no puede existir donde existe apego. El apego es una ilusión de la mente para sentir seguridad en un mundo inseguro. Sentimos apego por aquello que nos da seguridad. Pero el amor no puede estar condicionado por nuestra inseguridad. Y es de esa inseguridad de la que nacen los celos, la ira, el odio. Pero esto no es un problema intelectual. Neurótico como soy, trataba de buscar respuestas intelectuales a la inquietud que vengo manifestando desde hace tiempo. Pero el conocimiento no es sinónimo de paz interior. Luego viene Krishnamurti y lo confirma con una frase contundente que me pegó en lo profundo: “La libertad es el fin del conocimiento”. De ahí que mis intentos por entender el problema no hayan sido suficientes para resolverlo. Hay que aprender a callar, para escuchar las respuestas que siempre han estado ahí.

El delirante mundo de Galeano

Recién me encontré con este video de 2011, cortesía del siempre entrañable Eduardo Galeano y su delirante visión de un mundo mejor. ¿Y si nosotros también deliramos un ratito este 2015, o mejor aún, deliramos toda la vida? Al igual que el genio uruguayo, yo también creo que es posible construir un mundo donde todos los humanos aprendan a amar a todos los seres que pueblan el planeta. Solo entonces nos daremos cuenta de que la libertad y la justicia, “esas hermanas siamesas” solo pueden ser posibles cuando emanan del corazón. Ya no habrá necesidad de hacerle daño a nadie porque nunca más estaremos solos. Esa es mi delirante profecía para este 2015 que está por comenzar. ¡Feliz año!

 

Ascensión celeste desde las fauces de un tigre

 

Tigres de Bengala varados en el mar, papeles que vuelan, gente cayendo al vacío de la libertad mientras se abren los cielos. Las pinturas del australiano Joel Rea evidencian deliciosamente los contrastes de la vida. Caer a la boca del tigre o escapar de sus fauces en plena ascensión. Abrir el portafolios para dejar que el basto océano se trague nuestras preocupaciones. Ser perseguido por un mastín gigante. El hiperrealismo de sus trazos se conjugan con las variaciones disonantes del sueño. Hasta que las olas rompen bajo los rayos solares que penetran el cielo gris.

El canario en su jaula

Ver a los pájaros en sus jaulas resultaba particularmente triste. Ahí estaban los loritos con su cabeza roja a la espera de un comprador. Triste era saber que la gente compraba aves en los mercados solo para tenerlas como adorno en sus casas. Tristes también resultaban los vendedores de los pajaritos, cargando varias jaulas en el lomo, con el hambre tan suelta, haciendo estragos pa’ comer. El drama de hombres y pájaros en sus propias celdas. Eso pensaba cuando escuché una vocecilla.

— ¿No sabías que la libertad tiene un precio que no todos están dispuestos a pagar?—, me preguntó un canario.

Me sorprendió la pregunta. Me acerqué despacio a su jaula mientras el vendedor ofertaba un lorito a un niño curioso que pasaba por ahí.

— Tienes razón pajarito. ¿Y cuál es el precio?—, le pregunté.

— El abandono del mundo. ¿No lo sabías?—, respondió.

El vendedor se dio cuenta de mi presencia y me abordó de inmediato.

— El que le gusté joven—, dijo mientras me mostraba al lorito de las alas rotas parado sobre una rama.

Me sentí mal. Tenía ganas de hablar con el vendedor. Explicarle el daño que hacía al contribuir al secuestro de aves para luego venderlas en los mercados para que sirvieran de un bonito adorno en casa de alguien. Luego me di cuenta que no conocía nada de ese hombre, ni sus alegrías, ni sus fracasos. ¿Quién era yo para juzgar al vendedor de pájaros y ponerme a dar clases de moral? “Gracias”, fue lo único que pude responder con una tenue sonrisa y una mueca de insatisfacción. Me retiré. Volteé de reojo para ver al pajarito en su jaula. Me miró de regreso. Fue una despedida silenciosa.

En el camino a casa pensé en las palabras del pajarito. “El precio de la libertad es el abandono del mundo”, era el mensaje que había querido transmitirme el canario. Me recordó a Herman Hesse. Quizá el pajarito ya había leído el Lobo Estepario. O quizá llegó a esa conclusión meditando en su propio encierro, recordando aquellos días en el campo, con la familia que nunca más volverá a ver. El pajarito tenía el pico lleno de razón. El precio de la libertad es alto. A veces se puede ir pagando en abonos y a veces no se termina de pagar nunca. Los intereses y los miedos se lo van comiendo a uno. ¿Qué nos queda entonces? Pagar de contado y afrontar las consecuencias: acostumbrarse a la soledad, vagar por calles vacías, sentirse ajeno a todo, como extranjero en  su propia tierra. Por eso Nietzsche afirma que la libertad es “el privilegio de los fuertes”. La libertad es la absolución del miedo, el miedo de vivir solo. El pajarito lo sabía bien.

Tomé el autobús. En el camino no pude dejar de preguntarme hasta dónde llegaban los muros invisibles en los que por momentos me sentía atrapado. ¿Sería posible que mi obsesiva búsqueda de la libertad se hubiera convertido en mi prisión? Llegué al departamento. Las paredes se hacían cada vez más estrechas. Empecé a sofocarme. Así me sentía a diario, sentado en mi escritorio, mientras revisaba las pautas de publicidad de algunos clientes del despacho. Quería gritar, salir huyendo como caballo desbocado. El esfuerzo diario por controlarme me tenía agotado. Pensar en el encierro comenzaba a afectarme. Abrí la ventana para tomar el fresco. Unos pequeños pajaritos cafés alimentaban a sus crías en su nido, ubicado en un poste de luz, junto a un transformador y entre una maraña de cables. Se veían tan tranquilos. Me sorprendió verlos afables y contentos a pesar de vivir en un lugar tan tétrico. Comprendí que la libertad también es eso: aprender a soltar, vivir más ligero para no morir de asfixia. Tenía ganas de hablar con alguien. Recordé las palabras del canario en su jaula. La estancia del departamento permanecía vacía. Ahí estaba yo, gozando el dulce tufo de la libertad.

Buscando a Sugar Man para mirarnos en el espejo de los sueños prohibidos

Nunca sabremos hasta dónde llegará nuestra voz si dejamos hablar al corazón. Esa es la enseñanza principal que deja Searching for Sugar Man, una película de Malik Bendjelloul sobre un poeta perdido que trabajaba en albañil en Detroit mientras vendía millones de discos en Sudáfrica. Una serie de acontecimientos que a primera instancia parecieran producto de la casualidad se van entretejiendo hasta construir la épica gesta de Sixto Rodríguez, un hombre fuera de serie, tranquilo, entregado a desarrollar la fuerza del ser a través del poder purificador del arte, poseedor de ese milagrosa habilidad de reconfigurar la esencia de las cosas para transformar la mierda en un acto sublime. Rodríguez siempre lo supo. Por eso no lo sorprendió el mareo del dinero y la fortuna cuando el destino tocó a su puerta una noche cualquiera, luego de que el impulso de un par de locos, tocados por los versos del compositor de ascendencia mexicana, los llevara a realizar una búsqueda imposible para rescatar Rodríguez de la muerte y el olvido (que vienen siendo lo mismo). Supongo que siempre nos hemos dejado fascinar por las hazañas de esos poetas marginales que rasguñan el cielo en el lúgubre resguardo del anonimato forzado, algo que tira de nosotros, una esencia etérea capaz de borrar las líneas para fundir las almas de los hombres en un solo espíritu. Esos momentos en que el esplendor del arte se manifiesta con toda su fuerza, su bendita fuerza que nos arroja lejos, muy lejos, sólo para conducirnos de nueva cuenta a reencontrarnos con nosotros mismos, darnos cuenta que no estamos solos. Quizá por eso me impactó de tal manera Sugar Man, una película que habla de estas cosas y otras más que sólo unos pocos alcanzarán a comprender. Cuando dejamos volar el alma, siempre habremos de llegar a donde nos esperan. Como Rodríguez.

¿Para qué educamos a nuestros hijos?

El problema de la educación en el mundo actual a través de los ojos de Jiddu Krishnamurti, uno de los pensadores más lúcidos que haya parido la humanidad en el último par de siglos. La raíz de la mala educación tiene que ver con los fines que persigue: alimentar a un sistema vicioso diseñado para la autodestrucción, el privilegio de los pocos a cambio del sacrificio de los muchos. Bien dice de forma brillante Michel Foucault que “lo propio del saber no consiste en ver o demostrar, sino en interpretar”. Aquí algunas pistas para reinterpretar nuestra errónea concepción de la educación.

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