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Kapuscinski: el viaje, la literatura, el periodismo y la vida

Al maestro Ryszard Kapuscinski hay que escucharlo. Siempre. Ahora que estoy leyendo sus crónicas del África subsahariana, en ese libro maravilloso que se llama Ébano, me puse a buscar algunos videos sobre el entrañable periodista polaco y me encontré con esta entrevista realizada por el buen Fernando Sánchez Dragó.

La belleza del orgasmo femenino con un toque literario

Hace ya un rato que vi este video, pero hoy por azares del destino, salió a colación en una plática y aproveché para postearlo por estos rumbos. Siempre me ha maravillado lo mucho que le cambia el rostro a una mujer al hacer el amor. Ya no se diga la voz quebradiza, los temblores repentinos. Y si es con un poco de literatura de por medio, mejor aún.

 

En busca del barro primigenio: análisis del poema El cántaro roto, de Octavio Paz

 

 

Manuel Hernández Borbolla. En busca del barro primigenio: análisis del poema El cántaro roto, de Octavio Paz. Universidad Iberoamericana. Ciudad de México, 10 de mayo de 2016.

 

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El Cántaro Roto, es un poema de carácter onírico escrito por Octavio Paz, en el cual se revelan las escenas de una tierra desangrada por la ira del hombre que se desgarra a sí mismo para luego purificarse en el río cuyas aguas se remontan al principio del tiempo. El poema, publicado dentro de La estación violenta (1958), está compuesto por versos libres de largo aliento en los que se abren visiones proféticas que dan cuenta de un momento específico en la historia de un país llamado México, enmascarado por la mentira del progreso, una promesa siempre incumplida que pareciera tratar de silenciar aquellos gritos que emergen de lo profundo de la tierra y se rompen como un maleficio sobre el campo yerto arado por el olvido, olvido que echa raíces que resuenan y se rebelan ante la tiranía de sus gobernantes para luego extenderse en el río de la resurrección que habrá de sanar todas las heridas del mundo. El poema inicia así, con una mirada que bien podría ser también el comienzo de una epifanía:

La mirada interior se despliega y un mundo de vértigo y llama nace bajo la frente del que sueña:

soles azules, verdes remolinos, picos de luz que abren astros como granadas…

A partir de esas coordenadas, el monólogo interno del poeta se va extendiendo como un incendio por el seco bosque, donde las llamas van abriéndose paso por el escarpado terreno hasta devorarlo todo para que las primeras lluvias del verano puedan regar con sus lágrimas la devastación del mundo y pueda entonces florecer un nuevo comienzo. Con este tono habrán de emerger las imágenes surrealistas que se suceden una tras otra como ametralladora, imágenes que se dejan arrastrar por la lengua del poeta que se va desenrollando a ras de tierra, una lengua que va buscando su propio rostro en los huesos de los ancestros que respiran en la soledad de otro tiempo, una era antigua marcada por constelaciones erráticas que marcan el destino del hombre, ese pasado idílico donde habitan “bosques de ecos y respuestas y ondas, diálogo de transparencias”, un lugar sagrado donde los pájaros cantan “en la frente del que sueña”, y donde fluye “ese sonar remoto de agua junto al fuego, de luz contra la sombra”. En estos términos se despliega la primera de ocho elocuentes estrofas que componen el poema.

Pero de pronto llega la noche, esa punzada de saberse solo y abandonado en medio del desierto, sensación que el poeta recrea con la voz de la naturaleza, murmullos lejanos que hablan de ese miedo a la soledad, ese miedo de permanecer a la deriva en cerros impregnados con el dulce y sutil aroma de la muerte.

Pero a mi lado no había nadie.

Sólo el llano: cactus, huizaches, piedras enormes que estallan bajo el sol.

No cantaba el grillo,

había un vago olor a cal y semillas quemadas,

las calles del poblado eran arroyos secos

y el aire se habría roto en mil pedazos si alguien hubiese gritado: ¿quién vive?

Las imágenes de aquel desolado páramo parecieran plantear la encrucijada que habrá de manifestarse en la sanguinaria violencia del hombre, nutrido de venganza. Y es en ese momento que se produce la fractura, y se quiebra el frágil cántaro que da nombre al poema, cántaro roto que es también artificio donde reposa el agua, símbolo de la cultura, manifestación del ser que vive en sociedad y transforma el barro, un cántaro que se rompe en mil pedazos como los dioses muertos que fueron incapaces de contener la grotesca ambición del “cacique Gordo de Cempoala”, cuya inmortalidad contrasta con los dioses que decidieron exiliarse en algún solitario rincón del cosmos. Un grito flamígero en el que el poeta cuestiona la dolorosa existencia que se manifiesta frente a sus ojos:

Dime, sequía, dime, tierra quemada, tierra de huesos remolidos, dime, luna agónica,

¿no hay agua,

hay sólo sangre, sólo hay polvo, sólo pisadas de pies desnudos sobre la espina,

sólo andrajos y comida de insectos y sopor bajo el mediodía impío como un cacique de oro?

Versos que serán el preámbulo para que la tiranía del sapo inmortal se derrame sobre el mundo, entre charcos de sangre, escombros de una guerra perdida en el clamor de la victoria o el siempre pedante ritual de la obediencia. “¿Sólo el sapo es inmortal?”, se pregunta el poeta ante la sombra que se ciñe sobre el mundo, síntoma irremediable de la desolación del hombre, el insoportable hedor de la miseria, mismo que se retrata en el párrafo siguiente, donde se puede palpar la crueldad del hombre carnívoro que se devora a sí mismo en el crujir de los huesos y dientes que chocan incesantemente uno contra otro, en la interminable danza de la ignominia que nunca escampa y lo mastica todo mientras rugen los tambores al compás de la sangre: “he aquí a la noche de dientes largos y mirada filosa, la noche que desuella con un pedernal invisible”. Un panorama terrible en el que todo queda pulverizado, hecho añicos, un puñado de escombros y cascajo que da cuenta sobre el derrumbe de la existencia humana:

he aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se arrastra,

al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y carcome la luz,

he aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota.

Una imagen angustiosa que pareciera conducir a la indiferencia como único mecanismo posible para soportar la barbarie: “¿Abrir los ojos o cerrarlos, todo es igual?”, se pregunta Paz como preludio de la última pregunta, la definitiva, aquella interrogante fatal que habrá de dar la pista para hallar redención, el anhelado comienzo.

Dime, sequía, piedra pulida por el tiempo sin dientes, por el hambre sin dientes,

polvo molido por dientes que son siglos, por siglos que son hambres,

dime, cántaro roto caído en el polvo, dime,

¿la luz nace frotando hueso contra hueso, hombre contra hombre, hambre contra hambre,

hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra,

hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol de anchas hojas de turquesa?

Y es entonces que el poema da un giro. El diálogo desgarrador del poeta con el mundo se convierte en un monólogo donde se funden el poeta que canta y el mundo que es canto, dos fuerzas que convergen y hacen vibrar las cuerdas donde habrá de resonar la música del mundo. Una epifanía que comienza nuevamente donde empezó todo, en el sueño, esa delgada franja que divide el territorio de lo imposible, esa frontera imaginaria y fecunda donde habrán de nacer todos los cantos, todas las flores extraviadas en las noches sin luna, todas las llagas acumuladas durante siglos convertidas en semilla gracias al milagro de la poesía. Para el poeta, el camino de la resurrección es también el camino del regreso al origen, y para ello habrá que navegar aguas arriba y dejarse arrastrar por la corriente que habrá de conducirnos a un nuevo comienzo donde habrá de florecer el hombre que recogerá sus pedazos para amasar el barro primigenio que habrá de usar el alfarero cósmico para formar una nueva vasija que dará forma a la incontenible sed de eternidad del ser humano, misma que habrá de realizarse en el sueño purificador del que sueña despierto y escribe versos en el aire. Es entonces cuando el poema despunta como los primeros rayos del alba para luego desdoblarse hasta el infinito:

Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos,

soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños de sol soñando sus mundos,

hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros,

cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido la espiga roja de la resurrección,

el agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y reconocerse y recobrarse,

el manantial para saberse hombre, el agua que habla a solas en la noche y nos llama con nuestro nombre,

el manantial de las palabras para decir yo, tú, él, nosotros, bajo el gran árbol viviente estatua de la lluvia,

para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros nombres

hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba,

más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo,

echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado,

vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos flores gemelas,

hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y también hacia fuera,

descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía y arrancarle su máscara,

bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear la escritura del astro y la del río,

recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el cuerpo, volver al punto de partida,

ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, adonde empiezan los caminos,

porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta el agua

y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados fluyen como un río manso,

el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una mujer enamorados,

como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres,

hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo.

La tiranía del mundo se desfonda en el canto del poeta que se reconecta con el mundo, y encuentra el amor que late en todas las cosas, devolviéndole al mundo el sentido perdido. El épico relato es también una metáfora del hombre que se encuentra a sí mismo en su propio canto, ese monólogo interno que habrá de derramarse sobre la tierra y el cielo que se reinventan en luces de ignorados colores que habrán de darle un nuevo brillo a la existencia humana.

Una composición plagada de imágenes donde el sueño descarnado de la naturaleza aparece como una respuesta a la retórica baldía de los grandes caciques de los años 50, instalados en el mito de la revolución campesina que trajo consigo el llamado “Milagro mexicano” que contrastaba fieramente con las escenas que el poeta tuvo oportunidad de percibir luego de dar algunas conferencias literarias en San Luis Potosí y Monterrey, tal como relataría Paz muchos años después de haber escrito aquel memorable poema.

“Hice el viaje y me impresionó no solamente el vasto desierto sino también la pobreza de la gente del campo. Ese paisaje desolado me produjo tristeza y desesperación. Era la otra cara de la prosperidad de que estaban tan orgullosos los grupos dirigentes del país. A mi regreso escribí El cántaro roto, comenzando en el tren, que fue publicado en el primer número de la Revista Mexicana de Literatura. Se provocó un pequeño escándalo porque la prensa conservadora me acusó de haber escrito un poema comunista. Hubo muchas y encendidas polémicas. El cántaro roto, desde un punto de vista poético, literario, acusa no sólo mi tránsito por el surrealismo sino también por la poesía náhuatl”.[1]

De este modo, el poema confeccionado a partir de una constelación de imágenes poseedoras de un ritmo de antigua letanía y sonoridades de río caudaloso, va desarrollando un relato que surge de una escena extraída de la entrampada realidad nacional para constituirse como un canto universal del ser humano que busca respuestas a la crueldad del mundo en el refugio de la poesía, aquel paraíso del ensueño que habrá de sanar todas las heridas del mundo con el canto vital del poeta que hace temblar la tierra y la noche con un suspiro, un desgarrado río de palabras capaz de propinarle una tunda a la muerte para renacer entre huesos molidos por la sórdida tormenta de las balas, el transcurrir de los años que van secando lentamente el corazón y se adhieren al alma, un relato de las muchas contradicciones que plantea la vida a la hora de realizar ese proyecto siempre inacabado de vivir, vivir con la certeza de que no todo es desolación y furia en el reino del hombre, sino también esperanza y canto de pájaros, una hazaña que se repite todos los días y todas las noches dese el comienzo del tiempo, para que germine el mañana.

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[1] “Octavio Paz por él mismo 1954-1964”, en Gustavo Jiménez Aguirre y Rodolfo Mata. Horizonte de poesía mexicana. Universidad Nacional Autónoma de México. México, diciembre de 1996.

La dignidad de la palabra bajo los escombros

Un pequeño documental y entrevista con el poeta Carlos López, director de Editorial Praxis, que corre el riesgo de quedar sepultada bajo los escombros luego de que la constructora ABEC corrompiera a las autoridades de la delegación Cuauhtémoc para demoler ilegalmente el edificio que alberga a la editorial. Una historia sobre la dignidad de la poesía frente a la ambición de quienes están dispuestos a lo que sea con tal de hacer dinero.

El embrujo del Gabo

Hoy partió al más allá uno de los más grandes autores latinoamericanos de todos los tiempos. Siempre me sorprendió lo mucho que lograba Gabriel García Márquez con una prosa clara, casi minimalista. Procuraba frases breves como Hemingway y odiaba los adverbios. Un escritor obsesionado con el lenguaje y los muchos relieves que tiene la vida. De él me llevo varios pasajes de Cien años de soledad, una novela perfecta que desde su publicación impregnó de poderosas imágenes el imaginario latinoamericano. Fue el primer libro suyo que tuve oportunidad de leer. Luego llegaron varios relatos suyos: Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El amor en los tiempos del cólera, algunos cuentos cuyos nombres no recuerdo. Me gustaron todos, pero ninguno hizo revivir en mí escenas tan evocadoras como las de aquel mítico Macondo y las fantásticas desventuras del clan Buendía. Las escenas de cama de Pilar Ternera y José Arcadio Buendía, los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía, la vez que Melquiades llevó el hielo al pueblo, la vez que llovió cuatro años seguidos en Macondo, la ascensión celeste de Remedios… Postales que llenaron de colores el parnaso de las letras iberoamericanas. No me declaro un fan empedernido de su obra, pero su talento con la pluma es incuestionable. Es uno de esos extraños casos de escritores que logran convencer a la crítica y a las masas. Por algo será. Sin temor de equivocarme, puedo afirmar que Cien años de soledad es la novela más importante de las letras hispanas, solo después del Quijote. De ese tamaño era la pluma del Gabo. 

La etílica fiebre pambolera de Gucho

El plan era tan descabellado que podría funcionar. Beber cerveza hasta lograr el sueño de ir al Mundial de futbol en Brasil.  Estaba dispuesto a todo, a beberse el hígado si fuera necesario. La sugerente publicidad cervecera surtió un efecto esperanzador en él. Había ahorrado dinero con perseverancia durante dos años para acudir puntual a su cita en Brasil. Nadie pudo prever que unos meses antes de acabar el año perdería su trabajo. El dinero que juntó se fue por la coladera en un parpadeo. Los gastos empezaron a ahorcarlo. El teléfono, el alquiler, el transporte, la comida… todos le parecían gastos superficiales comparados con el goce inconmesurable de asistir al Mundial. Pero cuando el hambre aprieta y la comida del refrigerador comienza a escasear, la perspectiva de las cosas suele cambiar un poco. Aunque comprendió que en la vida existen necesidades más inmediatas que el fútbol, la pronta resignación nunca llegó. Se imaginaba ebrio en las playas de Copacabana junto a una espectacular brasileña de carnaval y todos los clichés posibles gracias a la magia de la televisión. Decidió encomendarse a un milagro: el milagro del marketing en la víspera mundialista. La revelación se produjo en la jornada tres del torneo de clausura del balompié nacional, durante el medio tiempo de un somnífero encuentro entre Chivas y Puebla. En un anuncio de televisión, una afamada cervecería que en otros tiempos había sido motivo del orgullo nacional y que había sido recientemente vendida a una empresa belga, prometía llevar a miles de aficionados a la fiesta mundialista con la única consigna de juntar las tapas marcadas y salir sorteado. De inmediato supo que el llamado era para él. Era justo lo que necesitaba. Beber hasta la perdición para cumplir su sueño mundialista.

Gucho emprendió la aventura un domingo de fiebre pambolera. Se levantó del sillón para buscar la cartera. El dinero en su interior no era mucho pero sí el suficiente para emprender la aventura. Bajó con la desesperación típica de un aficionado cuyo equipo es asediado por la escuadra rival en los últimos minutos de un encuentro de vida o muerte en la lucha por el no descenso. Recorrió dos cuadras hasta llegar a la tienda. Llegó exhausto. El aire le faltaba pero eso no le impidió comprar cinco caguamas. Por un breve momento, trató de convencerse de que su plan era una estupidez, pero un gol tempranero en el segundo tiempo proyectado en el televisor de la tienda borró definitivamente cualquier rastro de prudencia. Regresó a casa entusiasmado. Metió las botellas de cerveza al refrigerador y destapó la primera. Se bebió la mitad de un solo jalón. Acorralado por el calor infernal de recorrer dos cuadras, el refrescante y helado sorbo de su dorada chela le supo a gloria. El éxtasis fue tal, que Incluso olvidó constatar si la corcholata estaba marcada con la clave que habría de registrar a través de internet. Se sintió aliviado al ver el código HX79G3 al reverso de la tapa. Tomó el resto de su cerveza sentado en el sillón, haciendo cuentas de cuánta cerveza necesitaría consumir semanalmente para asegurar su boleto a Brasil. Si hacía un esfuerzo considerable y se bebía al menos tres caguamas al día, tan solo en un mes conseguiría chuparse noventa y tantas chelas. El proyecto resultó por demás estimulante. La inercia se encargó del resto.

A los pocos días consiguió un empleo como supervisor de un call center. La remuneración no era mucha pero sí la suficiente para garantizar el necesario suministro de alcohol. Como desperdiciaba toda la mañana trabajando, se bebía religiosamente sus tres caguamas en el transcurso de la tarde-noche. Al término de cada extenuante jornada de mareos embrutecedores y anhelos pamboleros, Gucho se iba a dormir aliviado y con la conciencia tranquila de que había hecho todo lo posible por materializar su sueño. Con el paso de los días fue adquiriendo condición para el trago mientras se le iba hinchando la barriga. Sus amigos notaron el cambio físico que experimentaba Gucho con su peculiar proyecto. Algunos de ellos decidieron ayudarlo con la esperanza de que aquel cerro de corcholatas que había logrado juntar el pinche Gucho con el paso de las semanas, los hiciera merecedores de ocupar el puesto de acompañante en el viaje todo pagado a Brasil que continuamente prometía la cervecería durante el resumen televisivo de la jornada futbolera, justo después de que se transmitiera una no tan breve cápsula con las últimas adecuaciones realizadas por el ‘Piojo’ Herrera en el dibujo táctico de la decepción nacional. Los fines de semana se hicieron demoledores. Las botellas vacías se iban acumulando en la cocina de manera exponencial, con música a todo volumen de fondo y efervescentes discusiones filosóficas de gran calado para dilucidar quién de los dos, Messi o Cristiano Ronaldo, debía hacerse acreedor al título de mejor jugador del planeta. La necedad podía alcanzar niveles de insensatez extraordinarios. En alguna ocasión, el Calaco, uno de sus mejores amigos, afirmó con una certeza absoluta que el único equipo capaz de vencer al Barcelona de Pep Guardiola era el América de Zague, aquel equipo con el que los americanistas revivían en sus mentes la gloria ochentera. Una declaración infame que solo un seguidor recalcitrante del americanismo podría enunciar. Tal disparate desató una epidemia de carcajadas que duró semanas. El Botarga incluso estuvo punto de echar cerveza por la nariz con la aberrante y descomunal afirmación del Calaco. Así pasaban todos los fines de semana, repasando los videos en YouTube con las mejores jugadas de Zidane y Ronaldo en sus buenos tiempos. A menudo, aquellas extenuantes jornadas de vicio y cruda pambolera terminaban con una o más personas tendidas sobre el suelo o desparramados en el sofá de la estancia, con ocasionales espasmos de expulsión chelera por la vía oral. Aquello era un desastre. Vasos por toda la estancia, algunos con colillas de cigarro dentro, charcos pegajosos en el piso, muebles desvencijados hechos pedazos y hasta una ventana rota. Eso no impedía que aquella cuadrilla de ebrios se levantaran a las doce del día para ir por una pancita bien condimentada al mercado de los domingos y sudar la cruda armando la reta en el polvorín donde se juntaba la banda para echar patadas emulando a sus ídolos. Por supuesto, el final de la reta era coronada por una obligada tanda de chelas. El resultado no importaba. Sí ganaban, celebrarían el triunfo chupando. Sí perdían, había que curar las penas con unas frías. Nunca sobran justificaciones para conectar la peda. El plan comenzaba a desdibujarse. Ya nadie se acordaba de juntar las corcholatas marcadas y mucho menos registrarlas en internet como los cánones del merchandasing ordenaban.

La víspera mundialista se evaporó en un parpadeo. Cuando Gucho recordó que tenía un cerro de tapas marcadas era demasiado tarde. La promoción había expirado. El sueño mundialista se derrumbaba ante sus ojos. Ya no bailaría samba junto a las hermosas mulatas en las coloradas arenas de Copacabana. Se sintió como un completo imbécil. El plan fracasó estrepitosamente. Los lunes de faltar al trabajo, sus pocos ingresos invertidos en cerveza. Todo fue en vano. La cuenta regresiva llegó a su fin. La fiesta mundialista inició con una espectacular celebración. Un festín de colores y música afroamericana aderezada con nostalgia futbolera. Se deprimió profundamente. Pero había que recobrar el ánimo lo antes posible. El Tri necesitaría toda la ayuda posible para realizar una hazaña luego de una desastrosa eliminatoria. Los amigos de Gucho quedaron de reunirse en casa para ver el partido de México ante Camerún. El Calaco tenía un buen presentimiento. El hecho de que el Piojo Herrera hubiera llegado al Mundial con un América reforzado debía interpretarse como un buen presagio. Un chicharrón le cayó en el ojo. El árbitro pitó el inicio del encuentro. Las emociones fueron pocas, pero llenas de intensidad. Un par de disparos a puerta y una salvada del portero impidieron que el Tri se pusiera al frente. Luego vino la mala suerte. El gol de los africanos vino acompañado de un silencio espeso. Todos voltearon a ver al Calaco. Otra fritura le dio en la cara. La tensión se alargaba conforme iban transcurriendo los minutos. Una derrota en el partido inicial significaba una eliminación segura. El equipo no se encontraba sobre el terreno de juego. Mucha entrega acompañada de muchas imprecisiones hacían mella. Las mentadas de madre comenzaban a subir de tono. Y de pronto el milagro. Un gol de último minuto de los mexicanos hizo que el entrenador nacional reviviera sus viejas glorias de súper sayayin. El grito de gol se regó por las calles de todo el país. El golazo del “Horrible” Peralta prendió la mecha. Fin del partido. Un empate con sabor a triunfo.

“Les dije que tenía un buen presentimiento”, afemía el Calaco. La euforia era total. Gucho decidió que aquella cardíaca igualada era digna de celebrarse en el Ángel de la Independencia. Varios miles de aficionados pensaban lo mismo. El resultado es irrelevante para justificar la fiesta. Aquello era una fiesta atípica por un empate. Gucho y su once titular llegaron a la glorieta de Reforma ebrios de gloria mundialista. Recordó entonces su plan para asistir al Mundial, pero no le importó. La satisfacción de aquella cuasi victoria al lado de los suyos no tenía precio. Total, podía esperar otros cuatro años para viajar a Rusia y festejar como un poseído junto a unas güeras bien chidas al otro lado del mundo. Pero no era momento de pensar en eso. El Tri consiguió un empate de película y eso era todo lo que importaba. Lo suficiente para ponerse una peda de antología. Nada en el mundo podía superar ese inexplicable derroche de alegría llamado futbol.

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El crimen de la vanidad, el castigo de la cobardía

Advertencia: este texto contiene algunos pasajes de la novela. Léalo bajo su propio riesgo.

El dolor es obligatorio para las conciencias amplias y los corazones profundos. Los hombres verdaderamente grandes deben, al parecer, experimentar en la tierra una gran tristeza”.

Fédor M. Dostoievski en labios de Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo.

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Contrario a lo que suele creerse, la culpa no es el tema central de Crimen y castigo, novela cumbre del escritor ruso Fédor M. Dostoievski. No. La obra es un éxodo a través del dolor, una crónica de la frustración, del deseo insatisfecho como cuna del sufrimiento y la miseria como justificación perfecta para la agonía existencial de los seres humanos.

Eso es lo que deja entrever Raskolnikov, protagonista de la trama, mientras Dostoievski explora y desnuda cada pliegue de sus personajes, sin prisa, escarbando en las profundidades de su psique para descubrir las contradicciones, miedos y anhelos de la gente que habita en su obra. Es así como el autor va tejiendo su relato hasta convertirlo en una apología de la angustia, esa asfixia punzante de vivir con el alma mutilada.

El drama comienza cuando Rodion Romanovich Raskolnikov, un joven estudiante de derecho sumido en la pobreza y la desesperación, decide asesinar a una usurera judía, Aliona Ivanovna. A partir de ahí es que Dostoievski inicia el viaje para descubrir poco a poco las motivaciones del crimen, hecho que sin embargo, adolece de toda culpa, como bien explica Raskolnikov en la conversación que sostiene con el sagaz Porfirio Petrovich, juez de instrucción encargado de investigar el homicidio, en torno a un artículo en que el joven estudiante justificaba el derecho de los grandes hombres para asesinar en pos de un bien mayor para la humanidad:

-¿Y su conciencia?-, pregunta Petrovich.

-El que la posea que sufra si reconoce su falta. Ese es su castigo, sin contar el presidio-, responde Raskolnikov sin el menor remordimiento.

Rodion nunca reconoce el asesinato de la vieja como un crimen, sino por el contrario, como un acto de grandeza sólo apto para las grandes conciencias, poseedoras de la fuerza y voluntad necesarias para acabar con el mal que prevalece en este mundo, tal como confiesa a Sonia, la prostituta de la cual se enamora:

“¿Mi crimen? ¿Qué crimen?- rugió con repentina cólera Raskolnikov-. El hecho de haber matado a una vieja inmunda y maligna, a una usurera miserable y vil, cuya muerte merecería indulgencia para cuarenta pecados, un vampiro que chupaba la sangre de los pobres, ¿constituye acaso un crimen? No lo creo, y no pienso expiar esa culpa”.

Raskolnikov es un psicópata, y por ello, resulta absurdo creer que la culpa es el eje narrativo de la novela. El verdadero crimen por el cual sufre su castigo no es el asesinato de la usurera, sino la cobardía con la que enfrenta las consecuencias de sus actos, el profundo terror que siente de ser atrapado por la policía, situación que contradice sus ideales, los mismos que justifican la naturaleza del homicidio. Esa es la condena que purga Raskolnikov a lo largo de la novela, aquello que le devora los intestinos por dentro y lo conducen irremediablemente a entregarse a las autoridades con el fin de liberarse de su propia debilidad y cobardía, negándole a su vez toda posibilidad de convertirse en uno de los grandes hombres a los que aspira convertirse:

“Pensaba que era humillante que un joven dotado de talento tuviese que soportar estrecheces, que, si hubiera poseído aunque más no fuese tres mil rublos, su carrera y todo su porvenir se presentarían de manera muy distinta. Agregue a esto el envenenamiento causado por el hambre, lo reducido de la buhardilla que ocupaba, los harapos y el pensamiento de la situación en que se encontraban su madre y su hermana. Pero por sobre todas las cosas la vanidad, el orgullo y la vanidad, unidos acaso a otros buenos sentimientos”.

Orgullo y vanidad, dice Dostoievski al enumerar las emociones que resumen la tragedia. Orgullo y vanidad, ahí donde se aloja el deseo insatisfecho, el odio como forma de expiación, el hacha dulce como instrumento de venganza y redención. Raskolnikov mató a la vieja para pertenecer al mundo del que había sido desterrado, el mismo al que anhela destruir a través de un acto grandilocuente que lo acredite como un hombre superior, un ser capaz de reconfigurar los significados del mundo, convirtiendo un asesinato vil en acto heroico, dado la manera en que la magnificación de la gloria trastoca la memoria de los hombres, como bien señala Borges.

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De cómo la buena literatura es también un salvavidas

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En momentos de extravío, la literatura como salvavidas.

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar tajante, que los libros me han salvado el pellejo en más de una ocasión.

Quizá ahí nace la obsesión de verse reflejado en los pensamientos del otro, en las palabras del otro, en los anhelos prohibidos del otro…

y así poder acceder a las entrañas de nuestra propia soledad, devorar los miedos y liberarnos de esa asfixia permanente que nos hace respirar con desesperación y esperanza en cada página.

La buena literatura es eso: un respiradero, una segunda oportunidad para vivir.

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