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Jim Carrey: la delgada línea de la locura para soportar la realidad

Me impactó el documental Jim y Andy, que narra la manera en que el actor Jim Carry se metió tanto en el papel del comediante Andy Kauffman que ya no podía salir. La mente humana es fascinante. La locura puede ser un dispositivo para alejarnos del mundo cuando éste nos provoca un inmenso dolor. La locura es pues, un extraño mecanismo de supervivencia. La película es una indagatoria profunda en la psique humana, una revelación de las fuerzas internas que continuamente convergen y se manifiestan en nosotros, en nuestros actos, en nuestra vida.

Pero la historia no queda ahí, ya que en otra pequeña película documental, se relata la “necesidad de color” por la que atravesó el comediante para lidiar con la profunda crisis existencial que le aqueja y trató de ocultar con una máscara de payaso que lo condujo a la fama y la riqueza, pero no a la felicidad. Ahora busca reconstruir los pedazos rotos de su interior a través de la pintura. Interesante personaje, lleno de matices. Un hombre atormentado en busca de sí mismo.

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El influjo mágico de la luna frente al dogma de la razón

¡Cómo me gustan los cuentos maravillosos de ese genio neurótico que es Woody Allen! Magic in the Moonlight (Magia a la luz de la luna) es otra de sus tantas obras maestras. Un elogio a la locura frente al absurdo dogma de la racionalidad absoluta. No deja de sorprenderme la enorme profundidad de sus películas y la contrastante ligereza de su narrativa. Las grandes verdades del mundo caben mejor en una comedia. La razón es razón suficiente para volverse loco en un mundo caótico e irracional como este. ¿Qué sería de nosotros si no estuviéramos tan predispuestos a la locura, a embriagarnos de ficción? No hay mayor placer en la vida que dejarnos embaucar en el fraudulento misterio del amor. Imperdible.

LUNA

Estamos locos de remate, amigo Nietzsche

 

Amigo Nietzsche,
tú y yo estamos locos:
el hombre no pudo tanto.

De eso quieren convencernos.
Ahí está la historia como
elocuente testigo de la infamia.
Ahí están los falsos dioses
riéndose de la desgracia humana
desde sus finos templos de mármol.
Ahí está el hombre contra el hombre,
afilando sus cuchillos.

Estamos locos.

Creer que para ejercer
el amor verdadero
no hacen falta adjetivos,
es un disparate.

Estamos locos por creer que dentro
de cada ser humano habita un
Dios encarnado queriendo
incendiar la pista de baile.

Habrán de encerrarnos en un manicomio
o incitarnos al suicidio.

El hombre se devora a sí mismo
y nadie dice nada.
Tan contaminado está todo.

De las terribles consecuencias
de esta trágica farsa
habrá que culpar a la fatalidad
del destino,
pero nunca a la ambición inconmesurable
del hombre
y la utopía idiota de poseerlo todo.

Dicen que los dementes como nosotros
incitan a las malas conciencias,
como si la gente necesitara invitación
para degustar su delicioso plato de mierda.

Estamos locos de remate,
amigo Nietzsche.

Y el mundo tan cuerdo…

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La orgía de hacer dinero y el trauma de perderlo todo (hasta la razón)

Dos grandes películas, dos grandes directores, un mismo tema. Por un lado, Martin Scorsese relatando la salvaje historia de un personaje real que pareciera sacado de la perversa imaginación de un guionista hollywoodense pitorreándose de los excesos característicos de Wall Street. Del otro lado, la sutileza típica de Woody Allen haciendo un retrato sobre la crisis de ansiedad de un personaje de ficción cuyo parecido con la realidad, impresiona.

La dupla Scorsese-Di Caprio vuelve a arrojar buenos dividendos con The Wolf of Wall Street, filme que narra la historia verídica de Jordan Belfort, un farsante con un talento extraordinario para hacer dinero (no muy legal que digamos, como ocurre siempre con el criminal sistema financiero vigente en el planeta), al mismo tiempo que disfruta de los placeres mundanos que suelen acompañar el apabullante éxito económico de un obsesionado con la riqueza: mujeres al por mayor, alcohol, pastillas, cerros de cocaína, yates con helicópteros y otras extravagancias. Un estilo de vida que llama la atención del FBI y comienza a complicar las cosas en esta historia donde el exceso por el exceso mismo es una constante a lo largo de la trama.

En la otra esquina, Allen ocupa el mismo pretexto del dinero mal habido para contar la historia de una dama de sociedad venida a menos y el trauma de la vanidad propio de las clases acomodadas, con una insuperable Cate Blanchett en el protagónico de Blue Jazmin. Una acaudalada mujer neoyorquina que se ve forzada a mudarse con su hermana pobre que vive en San Francisco, es el punto de inicio para este drama donde se expone la ansiedad provocada por un delirio de grandeza frustrado frente al duro espejo de la realidad. Y es precisamente en ese reflejo burdo de sí misma donde Jazmin comenzará a cavar su propio agujero sin darse cuenta.

Dos formas de abordar la inmundicia del dinero fácil y la manera en que millones de dólares pueden enterrar cualquier resquicio de humanidad entre trajes de marca, tardes soleadas frente a la piscina y fiestas elegantes con lo más selecto de la crema y nata de la sociedad. O todo lo contrario. Quizá lo que más nos asusta, en el fondo, es la manera en que el dinero puede desnudar nuestra verdadera condición humana.

 

La locura de imaginar locos que imaginan

Hoy leí un breve texto sobre la vida y obra del poeta Gerardo Arana, el poeta maldito de moda en los barrios bajos de la poesía mexicana, que me voló los sesos: “¿Tú crees que algún día tu terapeuta pueda decirte: oiga, lo que usted tiene es un problema de la imaginación?”, preguntó en alguna ocasión Arana a su amigo Antonio Tamez durante la presentación de un libro. La frase fue para mí una implosión telúrica. La imaginación y la locura van muy de la mano. La primera es una fuga; la segunda, un paso en falso por el precipicio. Quizá por eso la rigidez típica de la gente “normal” insiste en llamar locos a quienes conspiran en el suelo movedizo de la imaginación. Quizá por ello, los imaginantes están tan predispuestos a la locura. La imaginación es un aforismo de lo imposible: la locura es el caos absoluto. Dos muecas para un mismo rostro, sin líneas que delimiten el territorio ambivalente de cada cual. Es entonces cuando la cínica pregunta de Arana pega en seco. En este mundo loco, imaginar es un crimen imperdonable que se persigue y castiga. Los imaginantes habrán de ser llevados a la cruz para expiar las culpas de los locos. Vaya sarcasmo.

imaginacion

Dialéctica cerebral

dialéctica cerebral… dos mundos complementarios convergen en el misterio, pequeño rincón del infinito donde habita la mente, señora bipolar capaz de reinventar la totalidad de lo real con su cuadrícula númerica y su locura policromática…

El hambriento y alocado Steve Jobs

Un genio que jugó un papel determinante en la creación de este nuevo mundo, donde las tecnologías de la información han modificado la manera en que los seres humanos se relacionan entre sí. La muerte de Jobs sin duda ha conmocionado al mundo.  Dándome una vuelta por el ciberespacio me topé con este video en el que reflexiona profundamente sobre la vida y la muerte. Las palabras de Jobs nos recuerdan que la construcción de futuro requiere voluntad, imaginación y saberse lleno de esa energía vital que dibuja con claridad la marcada diferencia entre vivir y ser un simple cadáver que se mueve por pura inercia. Habremos de escuchar el consejo de Jobs: “Sigue hambriento; sigue alocado”. Descanse en paz.

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