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La catástrofe ambiental del mundo es consecuencia de una modernidad en ruinas

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La crisis ambiental de nuestro tiempo es consecuencia de un modelo civilizatorio en crisis: la modernidad.

Este modelo civilizatorio nació en Europa alrededor del siglo XV, con una ruptura entre el pensamiento religioso y la racionalidad, como forma de interpretar la realidad, lo cual sentaría las bases de la ciencia moderna. Esta ruptura entre mythos y logos, como diría García Gual, vino acompañada de otros fenómenos históricos paralelos como el colonialismo y una concentración de riqueza por parte de un sector social integrado por comerciantes y pequeños artesanos: la burguesía. Esta clase social utilizó el discurso de la racionalidad para enfrentar los abusos de las monarquías europeas, cuya legitimación dependía precisamente de un supuesto vínculo divino entre Dios y el monarca. Dicho de otro modo, la burguesía tuvo que matar a Dios para tomar el poder. De ahí que las revoluciones que dieron origen al Estado-nación como modelo de organización política, surgieron formalmente con la Revolución Francesa y el resto de las “revoluciones burguesas” (como diría Hobsbawm), las cuales permitirían a las clases ricas asumir el poder político sin necesidad de tener títulos nobiliarios. En este periodo, los banqueros se asumen como un actor protagónico en las relaciones de poder que articulan a las sociedades modernas, cuyo desarrollo tecnológico con fines bélicos, permitió a los europeos imponerse sobre otras civilizaciones. En este periodo surge la democracia como discurso de legitimación política y al mismo tiempo, se generaron condiciones históricas que explican la expansión del capitalismo, lo cual a su vez, explica el surgimiento de la Revolución Industrial, con su respectiva voracidad de recursos naturales y un gasto energético sin precedentes que genera el calentamiento global del último siglo y medio. Y es precisamente este proceso histórico de 500 años lo que ha generado la crisis ambiental de nuestro tiempo.

Si queremos solucionar la catástrofe ecológica no basta con dejar de usar popotes y reciclar plástico. Se requiere un cambio profundo, espiritual y filosófico, que nos permita replantear de raíz el propósito existencial del ser humano y su relación con el mundo. Pero de esto no se habla en las noticias porque representa una amenaza para las élites privilegiadas, promotoras del pensamiento conservador, que buscan mantener su hegemonía, dándole respiración artificial a un sistema civilizatorio caduco, que ha cumplido su ciclo histórico.

Lo que requerimos, es construir los cimientos de una nueva civilización. Ese es el gran proyecto intelectual de nuestro tiempo. Vayamos al fondo de la cuestión y no nos quedemos nada más en la superficie. Se requiere una nueva cosmogonía para este planeta hiperconectado y diverso, una nueva mitología que permita solucionar grandes problemas estructurales como la migración. El mundo requiere radicales capaces de cuestionarlo todo, para que la humanidad pueda renacer de entre los escombros de una civilización obsoleta..

La tiranía ecológica del crecimiento económico promovido por la lógica capitalista

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La lógica del capital es la acumulación de riqueza a expensas de la explotación humana y de la tierra. En este sentido, luce poco probable resolver la crisis ambiental del capitalismo si no se reconoce que el crecimiento económico basada en el consumo es el principal motor de la destrucción del planeta.

Hace poco leí un texto de la BBC, Por qué muchos economistas, incluido su creador, piensan que el PIB es una medida absurda, en el cual se cuestionaba la viabilidad del Producto Interno Bruto como indicador del bienestar de un país. Y esto se debe, entre otras razones, que el crecimiento económico no es sinónimo de bienestar. Tal es el caso de Japón, país que a pesar de tener un crecimiento económico mínimo en las últimas décadas, tiene niveles de bienestar equiparables a los países ricos.

Otro ejemplo de esa paradoja es la manera en que “reciclar es malo para el PIB”, ya que no genera producción y consumo, a pesar del beneficio que trae consigo para el planeta.

En este sentido, y desde hace años, un grupo de economistas y pensadores han tratado de posicionar la idea del “descrecimiento económico” como una alternativa de fondo a la crisis ambiental que padece el planeta. Tal es el caso del economista francés Serge Latouche, quien sostiene que el concepto de “desarrollo sostenible” trata de maquillar la devastación ambiental del sistema capitalista, sin que esto signifique atacar las causas que generan el problema.

Pero para tratar de revertir los efectos del capitalismo, primero es necesario comprender las causas profundas que permitieron que dicho sistema económico, que no es otra cosa que una forma de interpretar la realidad, pudo expandirse por todo el planeta durante los últimos dos siglos.

“Mientras no tengamos otro disolvente para nuestras angustias que el del capitalismo, sólo podemos estar en un combate a la defensiva”, señala el ensayista Paul Aries.

El capitalismo es un esquema mental mediante el cual se ha desarrollado el funcionamiento de la sociedad a partir del fenómeno de la globalización que inició en la era moderna con el colonialismo y una serie de cambios sociales. De ahí que revertir los efectos del capitalismo, pasas necesariamente por una reinterpretación del mundo: la construcción de una nueva cosmovisión.

Un problema que va más allá de simples soluciones técnicas y que pasa por replantearnos a fondo el papel que juega el ser humano en el planeta Tierra.

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Melanina, sol y agua: ¿la solución a la crisis energética?

Una fuente de energía limpia, económica y autorrenovable, proveniente del sol y el agua. Aunque pareciera ciencia ficción, existe evidencia sólida que hace pensar que un compuesto químico relativamente simple como lo es la melanina, aquel que da pigmentación a la piel y el cabello humanos, podría inaugurar una nueva era en la producción de energía basada en hidrógeno. En eso consiste la investigación del doctor Arturo Solís Herrera, farmacéutico mexicano oriundo del estado de Aguascalientes, quien realizando investigaciones sobre la ceguera se dio cuenta del potencial fotoeléctrico de la melanina y su capacidad para separar el hidrógeno de la molécula de agua (H2O) y liberar energía durante dicho proceso.

A partir de dicho descubrimiento, el investigador sostiene que los animales realizan un proceso de fotosíntesis que hasta ahora se creía propio de las plantas, con el cual obtenemos energía proveniente del sol y del agua. Algo que, de comprobarse, revolucionaría por completo nuestro conocimiento sobre los organismos heterótrofos. De ahí proviene el polémico término de la “fotosíntesis humana” acuñado por el investigador mexicano, tal como señala en su sitio web.

Por supuesto, llama la atención la poca difusión que una investigación como esta ha tenido entre el ámbito científico tanto nacional como internacional. Algo que genera dudas, sobre todo en lo relacionado con la producción de medicamentos basados en este hallazgo. Sin embargo, los argumentos de los detractores de Solís Herrera no parecen del todo sólidos. Hasta ahora, las críticas más frecuentes a su trabajo se basan en la producción de un medicamento maravilla cuyos resultados carecen de evidencia científica. En ese punto específico, yo también encuentro falta de consistencia científica en las afirmaciones de Solís Herrera. También lo acusan de adjudicarse un descubrimiento que no es suyo, ya que en 2000 se otorgó el Premio Nobel de Química a los investigadores Alan J. Heeger, Alan G. MacDiarmid y Hideki Shirakawa por el descubrimiento y desarrollo de polímeros conductores, entre los cuales se encuentra la melanina.

Más allá de determinar si Solís Herrera es un charlatán o no (lo cual no estoy en condiciones de afirmar o negar dado mi rudimentario conocimiento sobre química), lo cierto es que el solo hecho de generar energía de una manera tan simple me parece suficiente para prestarle atención y empezar a explorar las posibilidades de dicho descubrimiento. Sin embargo, no he podido encontrar críticas serias a lo relacionado con la producción de energía. De hecho, una parte del alumbrado público de la ciudad de Aguascalientes supuestamente funciona con dicha tecnología. Además, algunos trabajos de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México parecen confirmar los hallazgos de Solís.

De cualquier modo, me parece que el tema arroja posibilidades interesantes que podrían ayudar a desarrollar una nueva manera de entender la bioquímica en los organismos heterótrofos. Desde luego, es normal que un descubrimiento novedoso que rompe con viejos paradigmas genere dudas y descalificaciones. Pero la sola posibilidad de que algo tan simple como la melanina, combinada con agua y luz solar, pueda ayudar a resolver el problema energético que enfrenta la civilización humana, me parece, sin temor a equivocarme, algo fascinante.

El vertiginoso derretimiento del Ártico

La velocidad a la que el calentamiento global ha disminuido la densidad del hielo del Ártico en los últimos 32 años es cercana al 8%, de acuerdo con un estudio realizado entre 1979 y 2011, publicado este lunes en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences. “La energía extra absorbida es tan grande que es aproximadamente una cuarta parte del efecto invernadero total causado por el dióxido de carbono”, dijo el autor principal del estudio, Ian Eisenman, climatólogo en el Instituto Scripps de Oceanografía en California, a la agencia de noticias AP.

En otras palabras, lo que sugiere el investigador es que la pérdida de hielo en el Polo Norte podría acelerar el proceso de calentamiento terrestre de manera exponencial. Y mientras esto ocurre, la humanidad seguirá depositando enormes cantidades de dióxido de carbono en la atmósfera ante la incapacidad de los gobiernos del mundo a la hora de lograr un acuerdo global para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y tratar de mitigar los efectos del cambio climático. Las imágenes de la La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), recabadas de 1987 a 2013 resultan aún más elocuentes que los datos.

El planeta en ebullición

Una fotografía sobre el incremento de la temperatura del planeta en los últimos 131 años, tras los efectos contaminantes de la Revolución Industrial. Si no le ponemos solución al problema, la especie humana terminará extinguiéndose por su propia estupidez, llevándose entre las patas a un sinnumero de otras especies con las que compartimos este planeta. Y todo por nuestra obsesión de consumir, consumir, consumir.

Aprovechando el tema, comparto un video con la opinión de José Sarukhán y Julia Carabias, dos de los máximos especialistas que existen en México para hablar sobre las consecuencias ambientales, políticas y económicas del cambio climático. Pa quien guste profundizar en este tema de vital importancia, esencial para transformar el mundo como lo conocemos. No hay tiempo qué perder.

El difícil camino hacia la sustentabilidad

A pesar de los avances en materia ambiental que ha tenido México en las últimas dos décadas, los expertos consideran que aún quedan enormes pendientes para alcanzar la anhelada sustentabilidad, algo que implica una transformación radical del mundo como lo conocemos y la manera en que le otorgamos valor a las cosas.

Manuel Hernández

Pocos eventos han sido tan determinantes en la historia reciente del activismo ambiental como la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, celebrada en 1992 como una respuesta de la sociedad global al acelerado deterioro del planeta. Algunos antecedentes directos parecían confirmar esta situación, tales como los altos índices de contaminación derivada de la actividad industrial, la acelerada pérdida de biodiversidad, la incapacidad de la llamada ‘revolución verde’ para acabar con el hambre del mundo, la evidencia científica en torno al calentamiento global o los estragos provocados por el accidente nuclear de Chernobyl. Síntomas de una crisis ambiental sin precedentes que promovió la construcción de una ruta de acción con el poder suficiente para revertir el difícil panorama.

De este modo, la Cumbre de Río logró que los gobiernos del mundo se comprometieran a adoptar el concepto de ‘desarrollo sustentable’ como una alternativa viable para solucionar los vicios del modelo de desarrollo todavía vigente a partir de tres ejes fundamentales: el cuidado del medio ambiente, el crecimiento económico y el desarrollo de las capacidades sociales. Además de redefinir los límites del bienestar humano, la Cumbre de Río fue el detonante necesario la creación de instituciones y una legislación más sólida en materia ambiental que permitieran una mejor gestión de los recursos naturales.

Este fenómeno de escala global también tendría repercusiones en México con la creación del Instituto Nacional de Ecología (INE), la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) y la creación de lo que hoy es la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). Algunos años más tarde, el andamiaje institucional a nivel federal continuaría creciendo con la creación de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) y la Comisión Nacional Forestal (Conafor).

“Hace 20 años las líneas de investigación de la Cumbre de Río eran muy incipientes. Antes se hablaba de cuidar recursos naturales; hoy hablamos de tasas de deforestación y áreas naturales protegidas. Antes era cuidar el agua; hoy hablamos de manejo de aguas residuales. Lo que queremos llevar a la próxima cumbre de Río+20 son indicadores que nos permitan tener claro los avances”, comenta Juan Rafael Elvira Quesada, titular de la Semarnat, quien sostiene que el incremento gradual que año con año ha tenido el presupuesto de la dependencia a su cargo es un referente claro de la importancia que tiene en la actualidad el tema ambiental para los mexicanos.

“Con esos incrementos llevamos líneas muy claras en cuanto a la definición de políticas del más alto nivel para conservar los recursos naturales y romper las tendencias de destrucción del planeta”, explica el funcionario.

Panorama poco favorable

Sin embargo, diversos especialistas consideran que a pesar de los avances el panorama ambiental de México es desalentador.

“Estamos por cumplir 25 años del informe Brunland, en el cual se definió por primera vez el término ‘desarrollo sustentable’, y de ahí para acá el balance se inclina hacia lo desfavorable. Creo que en México se ha construido un andamiaje institucional que no existía, y en ese sentido hemos avanzado, pero al mismo tiempo, las instituciones no han sido lo suficientemente fuertes para contender con esto. Creo que nos falta mucho por hacer, sobre todo a la hora de operar. Llevamos veinte años diciendo que ahí viene el lobo y el lobo está ya a la vuelta de la esquina sin que hayamos podido revertir esta situación”, comenta Mireya Imaz Gispert, titular del Programa Universitario de Medio Ambiente de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Para Exequiel Ezcurra, reconocido ecólogo que actualmente dirige el Instituto para México y los Estados Unidos de la Universidad de California, uno de los grandes asuntos pendientes en materia ambiental es hacer de la sustentabilidad un tema transversal de la política pública con el fin de erradicar las fuertes contradicciones que existe actualmente entre el discurso oficial y los hechos concretos.

 “Avances ha habido muchísimos, tal como la creación de institutos de investigación y también un florecimiento de organizaciones civiles cuya orientación es principalmente ambiental. Creo que entre los pendientes está incorporar lo ambiental en serio como un tema transversal. Hay un discurso ambientalista pero las acciones no van por ese lado y ese es el gran déficit en este momento, ya que muchos de los subsidios del gobierno federal van en sentido contrario a la sustentabilidad”, señala el ex director del INE, quien considera que la devastación de los ecosistemas costeros de México por la construcción de infraestructura turística es uno de los muchos ejemplos de degradación ambiental que padece el país. Otros expertos coinciden con el diagnóstico.

“El caso del maíz transgénico expone a la perfección la esquizofrenia de la política ambiental mexicana. Estamos frente a un grave riesgo de uno de los mayores patrimonios de agrobiodiversidad mexicana por una política inconsecuente del gobierno mexicano, no sólo en términos económicos sino también para la sustentabilidad de largo plazo”, explica Alfonso González Martínez, coordinador del Grupo de Estudios Ambientales.

“No hay una conciencia de sustentabilidad para el manejo de los recursos, ni energéticos, ni orgánicos o en el uso de materiales, mucho menos en términos de consumo. La falta de sustentabilidad de la política pública es un problema panorámico”, señala el especialista, quien considera que el gobierno mexicano ha hecho caso omiso a los principios firmados durante la Declaración de Río de Janeiro sobre Medio Ambiente y Desarrollo, “tal como ocurre con el principio precautorio que no se aplica ni para los transgénicos, el impulso de los agroquímicos o la energía nuclear”.

Sin embargo, González Martínez consideró como positivo la existencia de un proceso social emergente que está creciendo a una mayor velocidad que el propio deterioro ambiental, a pesar de que los gobiernos del planeta han hecho hasta lo imposible para minimizar la voz de la sociedad civil, tal como ocurrió en Copenhague durante la Cumbre de Cambio Climático de 2009.

De ahí que la participación de la gente desempeña un rol fundamental para que los principios del desarrollo sustentable puedan materializarse, tal como apunta Irene Pisanty Baruch, experta en ecología y catedrática de la Facultad de Ciencias de la UNAM, quien sostiene que la debilidad de las instituciones mexicanas para garantizar el bien común de los ciudadanos ha sido uno de los principales obstáculos en el largo y sinuoso camino hacia la sustentabilidad.

“Tenemos una legislación sólida en materia ambiental pero el problema más grave que tenemos es la corrupción, lo cual imposibilita el cumplimiento de las leyes”, afirma la investigadora.

 “A nivel nacional creo que somos muy poco sustentables, pues los intereses económicos de grupos privados siguen predominando sobre el interés colectivo. Este sistema económico y social no es compatible con una sustentabilidad a largo plazo”, señala.

Un problema económico

Al igual que ocurre en el resto del mundo, México enfrenta una fuerte contradicción entre el crecimiento económico y la destrucción de los recursos naturales.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2008 los costos por agotamiento de los recursos naturales y degradación ambiental en México sumaron un monto de 960 mil 513.4 millones de pesos, equivalentes al 7.9 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). En contraparte, los gastos de protección ambiental realizados por las Actividades del Gobierno ascendieron a 26 mil 916.4 millones de pesos, representando el 0.2 por ciento del PIB. Una muestra clara del déficit que existe en el país en términos de economía ambiental.

Sin embargo, estas cifras podrían ser mucho peores sin las instituciones ambientales mexicanas que se construyeron hace 20 años, según explica Carlos Muñoz Piña, director de Investigación en Política y Economía Ambiental del INE, quien considera que existe una tendencia de desaceleración en cuanto a la pérdida de recursos naturales.

“El indicador nos dice que las cosas estarían mucho peor si no se hubieran dado los cambios institucionales a partir de Río. Se ha logrado frenar un poco la tasa de pérdida de capital natural, pero todavía no nos hemos levantado, pues seguimos evitando la gran caída”, explica Muñoz Piña, quien considera que uno de los grandes pendientes de la política económica es reorientar muchos de los subsidios actuales con el fin de mandar a los consumidores señales que promuevan una menor degradación ambiental.

En contraparte, otras voces señalan que es imposible alcanzar un verdadero desarrollo sustentable con las reglas del actual sistema económico, y por ello, es necesario realizar cambios estructurales de fondo si el mundo pretende frenar la devastación del entorno. Una transformación que implica cosas como una distribución más equitativa de la riqueza, algo a lo que muchos grupos de poder no están dispuestos a ceder en aras de los beneficios que siguen recibiendo de un sistema económico que fomenta la desigualdad social.

“Los indicadores de degradación ambiental no han cambiado porque el modelo económico sigue siendo el mismo. Vivimos en un mundo donde el valor es la competencia o la acumulación de cosas materiales y esto no cambiará hasta que no tengamos un giro de 180 grados donde el interés público esté por encima del interés privado. A final de cuentas, los recursos naturales son un bien público”, señala Alejandro Calvillo, director de la organización El Poder del Consumidor, quien considera que el término de ‘desarrollo sustentable’ ha perdido su sentido original al ser convertido en una estrategia de mercadotecnia.

“El concepto fue absorbido por el sistema y se ha desvirtuado totalmente. Ahora existen empresas que se manejan como socialmente responsables o desarrollos urbanos que se manejan como sustentables cuando en realidad no lo son. Es una máscara, algo que desde Río se conoce como ‘maquillaje verde’ y que sólo ha creado una enorme confusión. Esto sólo podrá cambiar con una revolución cultural, una revolución de valores”, sostiene Calvillo.

Repensar el valor de las cosas

En opinión de algunos expertos, la crisis actual de la humanidad y su actual modelo civilizatorio implica una profunda crisis de valores, lo cual hace necesario la construcción de un nuevo código moral sobre el cual pueda articularse un nuevo esquema de desarrollo. De ahí la importancia que adquiere la ética en la generación de una nueva conciencia sustentable sobre la cual habrá de construirse una nueva perspectiva de futuro.

 “El meollo del asunto está en entender qué diablos es la sustentabilidad”, afirma contundente José Sarukhán Kermez, titular de la Conabio.

“La responsabilidad hacia el entorno ambiental y nuestros congéneres puede asumirse en un sentido de desarrollo sustentable siempre y cuando lleven al mantenimiento e integridad de esos ecosistemas de los cuales venimos y el beneficio equitativo para los miembros de nuestra sociedad actual y las generaciones futuras, lo cual empieza a sentar bases mucho más sólidas para las sociedades de todo el planeta, pero tenemos que definir, en lo individual y lo social, hasta dónde puedo llevar mi bienestar sin afectar al medio ambiente y a los otros miembros de mi especie, algo a lo que no estamos acostumbrados”, sostiene el investigador.

“Hay que contestar qué cosas valoramos como seres humanos, si la acumulación de cosas materiales o el desarrollo de las capacidades intelectuales, espirituales y de relación humana como principios del bienestar, el tipo de vida que queremos vivir, el mundo en que queremos desarrollarnos”, señala Sarukhán, quien considera que eliminar los lujos de nuestros patrones de consumo sería un enorme paso hacia una sustentabilidad real, ya que además de representar una sobreexplotación de los recursos naturales no son capaces de generar grandes niveles de satisfacción entre los mismos consumidores, según estudios recientes.

De ahí que consolidar el proyecto del desarrollo sustentable implica repensar el mundo en su totalidad y construir nuevas tablas de valor que ayuden a la humanidad a replantear sus prioridades, según explica John Crowley, especialista en programas de ética de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

“En el área del medio ambiente el reto principal para definir políticas apropiadas es una cuestión de valor, cómo vamos a valorar las cosas. Si no podemos tener una visión razonable con base científica de qué tiene valor y por qué, no vamos a hacer gran cosa. Mucho del discurso de la sustentabilidad tiene que ver con el bienestar de largo plazo y para tomar decisiones sobre esos compromisos uno necesita comparar costos y beneficios futuros con los presentes. Es una cuestión económica pero también una pregunta ética y política”, señala Crowley, quien considera que la construcción de la sustentabilidad como proyecto político sólo será posible a partir de una nueva imaginación política que haga valer los derechos de las otras especies con las que compartimos el planeta.

“Este es un problema de representación, algo tan viejo como la ciencia política. El desarrollo sustentable nos llama darle una voz a las cosas que no tiene voz, darle voz a los árboles, a la atmósfera, al planeta. El problema es que asociamos la voz y la representación con cierto tipo de presencia física, y por ello necesitamos una nueva imaginación política para darles voz a los pandas, por ejemplo. Tenemos que expandir nuestra imaginación de representación en un momento donde muchos humanos carecen de los mecanismos para que sus voces sean escuchadas”, apunta el experto.

La implementación del concepto de desarrollo sustentable implica una reconstrucción a fondo de las estructuras que sostienen al mundo de hoy. Y para ello habrá que devolverle la esperanza a aquellas personas que, con resignación, insisten en declarar que todo está perdido. La transformación del mundo, después de todo, es como sembrar una pequeña planta que habrá de convertirse en un enorme árbol. Será emocionante ver cómo germina y crece este nuevo árbol de la sustentabilidad.

Indicadores de desarrollo sustentable

Los indicadores propuestos por la Comisión de Desarrollo Sustentable de las Naciones Unidas se diseñaron y agruparon de acuerdo con criterios temáticos que cubren lo expuesto en el documento Agenda XXI, documento generado en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992. Estos indicadores se clasificaron en cuatro categorías: social, económica, ecológica e institucional.

Aspectos Sociales

·  Combate a la pobreza.

·  Dinámica demográfica y sustentabilidad.

·  Promoción de la educación, la concientización pública y la capacitación.

·  Protección y promoción de la salud humana.

·  Promoción del desarrollo de asentamientos humanos sustentables.

Aspectos Económicos

·  Cooperación Internacional para mejorar el desarrollo sustentable en los países y en sus políticas internas.

·  Cambio de patrones de consumo.

·  Mecanismos y recursos financieros.

·  Transferencia de tecnología.

Aspectos Ecológicos

·  Recursos de agua dulce.

·  Protección de océanos, mares y áreas costeras.

·  Enfoque integrado para la planificación y administración de recursos del suelo.

·  Combate a la desertificación y la sequía.

·  Manejo de ecosistemas frágiles

·  Promoción de la agricultura sustentable y desarrollo rural.

·  Combate a la deforestación.

·  Conservación de la diversidad biológica.

·  Manejo ambientalmente limpio de la biotecnología.

·  Protección de la atmósfera.

·  Manejo ambientalmente limpio de desechos sólidos y aspectos relacionados con aguas servidas.

·  Manejo ambientalmente limpio de sustancias químicas tóxicas.

·  Manejo ambientalmente limpio de desechos peligrosos.

·  Manejo seguro y ambientalmente limpio de desechos radioactivos.

Aspectos Institucionales

·  Integración del ambiente y el desarrollo en la toma de decisiones.

·  Ciencia para el desarrollo sustentable.

·  Instrumentos y mecanismos legales internacionales.

·  Información para la adopción de decisiones.

·  Fortalecimiento del papel de los grupos principales.

Fuente: CICEANA

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