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El origen del kung fu: el dominio del chi

Un muy buen documental sobre los orígenes y la práctica contemporánea del kung fu, en su acepción de arte marcial. Un viaje por los dominios de la mente y la carne, el flujo del chi, esa fuerza elemental que puede ser controlada para realizar proezas fantásticas.

Tres conferencias para entender cómo el lenguaje moldea el pensamiento, la comunicación y puede predecir desórdenes mentales

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Un amigo me mandó un enlace a una charla TED, que a su vez me condujo a otras charlas sobre lenguaje, mente y cultura, temas que me apasionan. El resultado fue sorprendente. El lenguaje son los ladrillos capaces de edificar la mente. La correlación entre las palabras y los modos en que percibimos “la realidad” determinan muchas de las decisiones que tomamos sin siquiera darnos cuenta. Por eso los antiguos magos conocedores de las ciencias esotéricas, sabían algo que los científicos contemporáneos están confirmando siglos después con datos y complejos modelos computacionales: las palabras condicionan la mente y la realidad. He ahí el secreto poder de la poesía como ente transformador del mundo.

Lera Boroditsky explica la manera en que el lenguaje crea diferentes cosmovisiones y maneras de ubicarse en el espacio-tiempo de modos específicos, condicionando la percepción. Es decir, la manera en que el lenguaje moldea el pensamiento.

Por su parte, Uri Hasson explica la manera en que el cerebro de dos interlocutores reacciona de manera similar gracias a la posibilidad de construir estructuras narrativas comúnes a través del significado. Una interesante revisión de la correlación que existe entre el estudio del cerebro y el lenguaje, lo cual deja entrever la manera en que la empatía se construye a través de contextos lingüísticos comunes. Una situación que tiene aplicaciones prácticas en el estudio de los medios de comunicación de masas y la manera en que los mensajes difundidos a través de estos crean realidades comunes para determinado tipo de audiencias.

Pero la plática más impactante para mí, fue la charla de Mariano Sigman, quien ha desarrollado un método cuantitativo-computacional para medir cosas complejas como la conciencia introspectiva en la cultura de la antigua Grecia o la cultura judeocristiana, lo cual tiene aplicaciones clínicas a la hora de predecir y diagnosticar estados mentales como la esquizofrenia. Y todo, a partir de las palabras.

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AICO: una historia sobre la conciencia, la identidad, el cuerpo y el alma

Uno de los grandes animes de los últimos tiempos. Una historia compleja y entrañable sobre la conciencia, la identidad, el cuerpo y el alma. Una oda a la imaginación, esta lograda serie de tan solo 12 capítulos, que bien podría convertirse en un nuevo clásico de la ciencia ficción. Lástima que se nos haya ido tan rápido. Se llama AICO Incarnation.

La lucidez del ‘Encantador de perros’ en la era de los perrhijos

César Millán, el encantador de perros, siempre me ha parecido un tipo fascinante. Su claridad mental es poco común. Como buen maestro espiritual, entiende cosas de la vida a un nivel profundo y eso le permite comunicarse con los perros a un nivel sorprendente, lo cual le permite entre otras cosas, explorar el fenómeno de los hijos-perro en la sociedad globalizada de hoy, donde el éxito profesional se ha convertido en la principal aspiración de la gente, en lugar de tener familia, situación que genera esquemas de desequilibrio espiritual en la relación entre seres humanos y los perros. Un fenómeno que aborda la problemática canina de nuestro tiempo de manera brillante. Un tipazo.

Sinapsis y comunicación neuronal (o cómo es que el cerebro crea una proyección del universo)

Indagando en los misterios del cerebro humano y la manera en que se comunican las neuronas a partir de impulsos eléctricos y neurotransmisores químicos, encontré varios videos fascinantes en Youtube. Uno de ellos, es una charla con Henry Markram, neurocientífico que busca reproducir el funcionamiento del cerebro humano mediante una potente computadora, dentro del proyecto Blue Brain. Markram afirma que una de las tantas teorías sobre el cerebro señala que la mente es una creación del universo capaz de realizar proyecciones del universo mismo. Es decir, que la mente al ser parte del universo, es capaz de reproducir al universo mismo a través del pensamiento. Una vez más, los paralelismos entre mythos y logos resultan fascinantes. La realidad es un fractal.

La mente cósmica

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La luz roja anunciaba el fin de un largo trayecto. La cámara de animación suspendida detuvo el proceso. Ranjit despertó lentamente mientras su respiración y los latidos del corazón volvían a la normalidad. Presionó el interruptor dentro de la cabina para abrir la puerta. Revisó el calendario. Le parecía increíble que en solo un abrir y cerrar de ojos pudiera pasar tanto tiempo. Ranjit había pasado los últimos ocho años dormido desde la última vez que había estado consciente, esperando el momento en que las máquinas lo despertaran de su letargo para constatar los datos obtenidos en la computadora, analizarlos y enviar un corte preliminar a la Tierra. Bastarían un par de días para que la nave que transportaba a Ranjit cruzara la delgada línea imaginaria que delimitaba el Sistema Solar. Ningún hombre había llegado hasta aquí antes, y sin embargo, a Ranjit parecía no emocionarle la idea. Quizá porque había pasado la mayor parte de su vida dormido en una cámara de animación suspendida, inmerso en ese infatigable deseo humano de explorarlo todo. Nadie sabía con precisión dónde terminaría la aventura, pero eso parecía poco trascendental para un científico con anhelos de fuga. Había pasado mucho tiempo desde que Ranjit se había enlistado para una misión sin retorno a los confines del universo, una expedición suicida donde los objetivos no estaban del todo claros. ¿Qué ganaría el ser humano con abandonar por vez primera el Sistema Solar? Era la pregunta que a veces rondaba la cabeza de Ranjit, cuando pensaba que había cometido un error. De cualquier modo, procuraba no pensar en ello. No había marcha atrás, así que no tenía caso quejarse. La Tierra siempre le pareció un lugar poco agradable para vivir, luego de las medidas implementadas para controlar la población humana en el planeta, tras rebasar los 22 mil millones de habitantes. Y eso sin contar con las colonias establecidas en la Luna. La tecnología no pudo contrarrestar los efectos devastadores de la arrogancia humana. Aquello se había convertido en un caos absoluto, donde la disputa por los recursos naturales habían convertido aquello en un verdadero infierno. Una guerra interminable de todos contra todos. Millones morían de hambre a diario para satisfacer la ambición de unos cuantos. Ranjit recordó con nostalgia sus días de la infancia y dejó escapar un hondo suspiro. Luego pensó en el infierno que tuvo que soportar cuando una horda de fanáticos religiosos mató a su familia en un año de revueltas sociales en que el gobierno se vió rebasado ante el descontento y la ira incontenible de la gente. Ese fue el detonante para que decidiera emprender un viaje sin regreso a los linderos de la galaxia. Sin nada más que perder, quiso huir de su pena enlistándose en el programa espacial con el objetivo de explorar otros planetas aptos para ser explotados por la voracidad insaciable del hombre. Extraviarse en el limbo cósmico era su particular forma de rendirse al irremediable destino de vivir arrastrando viejos dolores.
Tomó los sensores conectados a la computadora para medir sus signos vitales tras el largo sueño. Todo parecía estar en normalidad. Revisó con detenimiento su presión sanguínea. Luego revisó los resultados arrojados por el escáner cerebral. Los colores revelaban las zonas del cerebro que habían estado trabajando durante el letargo de ocho años. Una época plagada de sueños que apenas y podía recordar. La animación suspendida era como una prolongación de la muerte: permanecer en estado latente, como una semilla capaz de esperar mil años antes de germinar. Ranjit miró atentamente el informe con los datos completos de la tomografía, mientras las imágenes holográficas se desplegaban en el monitor. Se detuvo un instante a observar las postales de su cerebro. Una mancha en lo profundo de su cerebro, ubicada casi a la altura del tálamo, llamó su atención. Los estudios posteriores confirmarían el miedo de Ranjit. Se trataba de un tumor inoperable. Así lo mostraba aquella mancha con forma de cangrejo observada desde los modelos tridimensionales que arrojó el escáner microscópico. Se sorprendió que algo así hubiera podido desarrollarse dentro de sí a pesar de permanecer dormido durante tanto tiempo. Otra de las tantas injusticias de la vida. Se sintió devastado, pero al cabo de unas horas, su condición dejó de parecerle un problema. De cualquier modo iba a morir tarde o temprano, condenado a la soledad de los exploradores espaciales que han dejado todo atrás para dar un paso adelante en esa larga lista de tristezas que es la historia humana. Quizá ahora que cruzara la frontera de lo conocido por el hombre y abandonara el Sistema Solar sería recordado como una persona importante en la Tierra. O quizá sería olvidado como un conejillo de indias sacrificado en un experimento. Daba lo mismo. Ranjit se desplazó lentamente hacia la cocina. Sacó una ración de proteína sintética, papas fritas y un vaso de agua con endulzante rojo. Se sintió reconfortado después de comer algo luego de tantos años conectado a la sonda que controlaba su lento metabolismo con una precisión asombrosa. Al terminar de comer, recogió la basura y la depositó en el contenedor. Se detuvo un instante y miró por la ventana. Contemplar las estrellas podía convertirse en algo monótono, pero por alguna extraña razón, le ayudaba a relajarse. Era como perderse en un mar oscuro donde podían diluirse todos los pensamientos en el vacío del espacio. Aunque a veces se sentía solo, recordaba que había decidido embarcarse en una misión como esta para escapar del dolor. Dormir durante tantos años hasta el fin del cosmos se había convertido en el sustituto perfecto de la muerte. No había que detenerse a pensar demasiado. Cuando se sentía triste encendía los controles de la cámara de animación suspendida y se echaba a dormir varios años, perdido en extraños sueños que se desvanecían tan pronto habría los ojos. Un remedio más efectivo que el más avanzado fármaco disponible para acabar con la tristeza. Ranjit envió un par de informes a la Tierra para luego leer algunas páginas del Bhagavad-guitá, el libro que lo acompañaba en esta larga travesía. “El Espíritu nunca nace y nunca muere: es eterno. Nunca ha nacido, está más allá del tiempo; del que ha pasado y el que ha de venir. No muere cuando el cuerpo muere”, repitió en voz baja las palabras de Krishna. Las palabras resonaban en su imaginación, como si hubiera descubierto por vez primera una antigua verdad. Ranjit contuvo el aliento para arrojar un hondo suspiro. Miró por la ventana y su corazón enmudeció. Una galaxia con forma de cangrejo resplandecía a lo lejos. La misma mancha que apenas un par de días atrás observó en su cerebro. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Fue entonces que Ranjit tuvo una revelación: aquella galaxia remota era el mismo tumor que permanecía dentro de su cabeza. Comprendió que la realidad es un fractal que envuelve todas las dimensiones de la existencia. Los extremos se tocan. Lo grande es lo chico, del mismo modo en que la combustión de millones de galaxias puede caber en el efímero suspiro de una célula. “El infinito es tan breve cuando lo miramos con los ojos de nuestra propia finitud”, pensó Ranjit. Por un instante sintió que su misión suicida tenía un propósito. Comprendió que el tiempo no existe, y que el pasado puede ser transformado con solo modificar el punto de vista del narrador, como ocurre con cualquier relato. La realidad se tornó flexible. Descubrió que todas las posibilidades de la existencia caben en nuestra capacidad de imaginarlas. Lo eterno es una creación de la mente para reconciliarse con la muerte. Era como si cada acontecimiento de su vida estuviera conectado para llegar a este preciso momento. Ahora todo tenía sentido. El vacío que dejó su soledad era tan grande que sólo la totalidad del universo entero podía llenar ese hueco. Las palabras se diluyeron en la música del viento sideral. Se borraron las fronteras. Ahí estaba, absorto, sintiendo el palpitar del universo dentro de su propio corazón. “Nada es para siempre, ni siquiera la tristeza”, se dijo Ranjit. Cerró los ojos, aflojó el cuerpo y se recostó flotando apenas separado del piso. Se quedó dormido. La nave seguía su curso. Sin darse cuenta, cruzó la delgada línea de la historia para dejar atrás el Sistema Solar. Una tenue sonrisa dibujada en el rostro de Ranjit parecía anunciar el principio de un nuevo comienzo.

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El cerebro social

Leyendo El error de Descartes, un libro de neurociencia escrito por Antonio Damasio, resulta muy claro cómo las conexiones que establece cada neurona con el resto son determinantes para explicar el buen funcionamiento del cerebro. En el cerebro existen comunidades de neuronas en las que cada una juega un papel específico en las funciones cerebrales. Y dentro de cada comunidad, cada neurona puede establecer un número de conexiones variable, entre 1,000 a 6,000 sinapsis con otras neuronas. Es decir, que el funcionamiento del cerebro depende de qué tan bien están conectadas unas neuronas con otras. Del mismo modo, el cerebro se conecta con el resto del cuerpo a través del sistema nervioso. Por eso Damasio considera que la mente se construye a partir de la relación entre el cuerpo y el cerebro. El cuerpo no es un ente ajeno a la mente, sino parte de la misma. De ahí que los sentimientos jueguen un papel elemental en la toma de decisiones racionales. La metáfora cerebral puede aplicarse perfectamente a lo social.

El bienestar de todo grupo social depende de la manera en que se desarrollan las interconexiones entre sus integrantes. Pero resulta que en el modelo civilizatorio actual, la comunidad está rota. Las neuronas se conectan entre sí a un nivel mínimo. La gente en las ciudades no conoce a sus vecinos. Somos un cerebro disfuncional. A medida que nosotros como neuronas, tengamos capacidad para conectarnos con otras, podremos hacer sinapsis de manera más efectiva. Una revolución es eso: un cambio de conciencia que se va construyendo de manera colectiva. De ahí que tender puentes con una amplia diversidad de personas es la clave para lograr un cambio profundo. Si el mundo no es algo material, sino una relación de cosas, la manera en que nos relacionamos con las cosas determina al mundo.

Todos los seres vivientes de este planeta estamos conectados unos con otros, del mismo modo en que la vida está conectada a su medio ambiente. Entender la relación que tenemos con los demás, es la clave para el despertar. Por eso dicen los hindúes que para develar el velo de maya, el mundo de las ilusiones, es necesario acabar con la ilusión de la separación. Despertemos juntos de esa ilusoria separación que divide al ser humano en ricos y pobres, buenos y malos, blancos y negros. El desarrollo del espíritu solo puede darse cuando nos reconectamos con la fuente, es decir, cuando nos sentimos conectados con todas las cosas que construyen el mundo. Dejemos atrás el aislamiento patológico de la modernidad. No hay necesidad de aferrarnos a la soledad. Entender la manera en que nos relacionamos con todas las cosas (la manera en que comemos, vestimos, pensamos, sentimos, hablamos…) determinará el mundo en que vivimos. Investiguemos la manera en que nos relacionamos con los demás, la manera en que nos sentimos ante determinadas circunstancias de la vida y proyectemos ese conocimiento interno hacia afuera, hacia los otros. De ahí que la empatía y la compasión sean las claves para transformar al mundo.

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La revolución de la conciencia

Un meme sobre la necesidad de emprender una revolución a partir de un cambio radical en la mente. Si la sociedad es una proyección mental, cambiando nuestra mente y nuestra conciencia podremos generar un cambio sobre el mundo. Aquí una breve explicación en voz de uno de los más grandes sabios del siglo XX: Jiddu Krishnamurti.

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La ilusoria realidad del inconsciente

Un documental asombroso sobre la manera en que nuestro inconsciente inventa la realidad a través de la memoria y la percepción. De acuerdo con los realizadores de El cerebro automático: la magia del inconsciente, nuestro cerebro procesa de manera automática el 90% de la comunicación que entablamos con otras personas, mientras que solo el 10% lo realizamos de manera consciente. Esto se debe a que el inconsciente construye escenarios de futuro para predecir la realidad a una velocidad mucho mayor a la que trabaja el consciente. Desde luego, suele ocurrir que a mayor velocidad menor precisión. Es aquí donde los dos modos que tenemos de percibir el mundo interactúan simultáneamente todo el tiempo. Navegamos todo el tiempo entre el consciente y el inconsciente, dos planos diferentes de la realidad que se complementan entre sí. El funcionamiento del cerebro-mente es sencillamente fascinante.

Magenta: el color que solo existe en la mente

El magenta no existe. Una prueba de ello es que no aparece en el espectro fotoeléctrico. De este modo, el magenta es una combinación de dos espectros de onda. En otras palabras, lo que percibimos es una síntesis que realiza el cerebro humano para “inventar” un color que solo existe en nuestra mente. El inconmesurable poder de la mente humana para inventar colores y otras ficciones.

 

Las muy variadas y diversas formas de dominar la mente a través del kung fu

Vagando por el ciberespacio, me topé con esta serie china llamada Kung Fu Quest, producida por National Geographic, en la que se exploran varios estilos marciales del kung fu, una disciplina que ayuda a entender la vida a través del entendimiento del propio cuerpo. De ahí que la diversidad de estilos y escuelas de esta disciplina sea impresionante: la suavidad del Shaolin, la ligereza del Wudang, la efectividad del Wing Chun, la ferocidad de los estilos del sur.

El kung fu es un estado de la mente.  ¿Y hacía dónde debe conducir ese estado mental? Hacia la paz interior y la realización espiritual.

“¿Cuál es el estado más grande de la mente en el kung fu shaolin? Yo digo que es no lastimarte a ti mismo y no lastimar a los demás. Aprender cómo salvarte a ti mismo y aprender cómo ayudar a los demás”, dice el monje shaolin Shidejian en la segunda entrega de la serie.

“El kung fu es para elevar la resistencia, nutrir el Qi. Si te quedas sin aliento… ¿cuál es el punto? No hay que forzarlo. No te lastimes a ti mismo (…) Para practicar kung fu debes entrenar a la mente. No tus brazos y piernas. Ábrete a tu corazón, practica en calma. Entre más practiquemos seremos más felices”.

Debajo del limonero

Precedido del tedio y ese aburrimiento crónico que se hace cada vez más recurrente conforme se van acumulando los años, me resigné a dormir temprano un viernes por la noche, derrotado, agotado por un tibio desgano que hizo imposible levantarme temprano para asistir a la escuela. El sueño fue pesado pero eficiente. Desperté al día siguiente, ya entrada la mañana. Decidí que seguir cultivando el fastidio de la noche anterior era algo estúpido. Me levanté a recorrer 16 kilómetros en la escaladora de la sala mientras veía televisión, para luego seguir con algunos ejercicios de brazo. El desgaste físico fue reconfortante, ante la imperiosa necesidad de sentir el cuerpo. Salí al jardín. El cielo nublado presagiaba un día lluvioso, pero aún así decidí sentarme un rato a meditar larga y tendidamente debajo de un limonero.

Empezó el trance con el fluir de la respiración y el adormecimiento paulatino de las piernas. Cerré los ojos para poner atención al sonido de la mañana. Fue entonces que todo comenzó a cobrar sentido. Escuchando el trinar de las aves, comprendí al fin que nuestro canto debe ser como el de ellos: un cántico sagrado que nos lleve al corazón del otro, rasguñando la estratósfera para arrojarnos al centro mismo del universo, ese punto infinito e inconmesurable debajo del limonero donde las ideas fluyen como el oleaje del mar hecho pura abstracción, tan vaga como la perfección misma que se crea y destruye dentro de nosotros, tan endeble como un suspiro o el impulso natural de abrir los ojos sólo para ver colores cuya existencia ignorábamos desde siempre. Supe de pronto que sólo somos sombras de otros tiempos. Descubrí a qué huele mi respiración. El universo y yo estábamos alineados, uno detrás del otro, en la perfecta armonía de una tonada musical, como un presagio, como las voces elocuentes de otras manos, de otros tiempos y otras vidas hechas carne en el presente, en ese instante preciso. Comprendí entonces que no estaba solo. Después de ese día, el mundo no podía seguir siendo el mismo.

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Kung fu: el poder del ‘trabajo continuo’

El kung fu es una disciplina oriental basada en las enseñanzas del taoísmo y el budismo, cuyo fundamento consiste en controlar el ‘chi’ (energía interior) a través de la disciplina y las infinitas posibilidades que ofrece el entrenamiento constante. No en balde, el término kun fu proviene de los  ideogramas chinos kung: trabajo, posición o ejercicio; y fu: continuo, de manera correcta, bien hecho, sabio, total.

Es decir, que el kung fu no es en un arte marcial como tal, sino un método de trabajo que permite alcanzar la perfección de cualquier actividad, pues como bien apunta wikipedia, kung fu se define “como una habilidad adquirida a través del tiempo, con esfuerzo dedicación y continuidad. Por este motivo, no es exclusivo de las artes marciales, sino de cualquier actividad que se realice procurando hacerlo de la mejor manera posible”.

Esta habilidad para controlar el cuerpo y la mente a voluntad propia permite hacer cosas dignas de un superhombre, tal como controlar el dolor o aprender a amar, según explica Yan Ming, un monje shaolin ávido de difundir sus conocimientos en el mundo occidental:

De ahí que el objetivo esencial del kung fu sea controlar la mente y el cuerpo en perfecta armonía con el resto del universo, es decir, aprender a controlar esa fuerza cósmica que lo atraviesa todo, esa energía fundamental que se encuentra en todas las cosas y con la que convivimos permanentemente sin siquiera darnos cuenta. Es por ello que esta disciplina, a diferencia de diversas artes marciales enfocadas  en el combate, posee un marcado carácter esotérico, entendiendo por dicho término, como la capacidad que tiene todo ser humano por acceder a lo oculto, al mundo que se revela a través de la experiencia mística que conecta al hombre con lo sagrado, ese principio unificador del universo capaz de darle sentido a la propia existencia y a la totalidad del mundo que nos rodea. Después de todo, el mundo no es sino una proyección de nuestra mente que se materializa a través del cuerpo, esa delgada membrana que divide el adentro y el afuera. Y es ahí donde reside el verdadero poder: en la capacidad de manipular el entorno partiendo de las profundidades más remotas del mundo interno.

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