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Crítica ficcionalista a las elecciones presidenciales de 2018 en México (y a los pejefóbicos que nunca entendieron de qué se trató la cosa)

AMLOVE

Concluye un ciclo histórico de 30 años y empieza una nueva etapa. No sabemos si mejor o peor, pero será una nueva etapa al fin y al cabo. Creo que era un paso necesario y urgente que México tenía que dar para crecer como nación. Llevábamos demasiado tiempo estancados en la misma lógica y siempre es bueno un cambio de aires para refrescar la mirada, aunque eso signifique enfrentar nuevos retos, nuevos desafíos, nuevos vicios, nuevos problemas. El cambio de hoy es muy probable que se corromperá mañana, no sabemos si dentro de tres años o dentro de cien, pero es algo que ocurrirá tarde o temprano, siempre, porque la historia es cíclica, un continuo ir y venir por territorios desconocidos, y las soluciones del ahora están construyendo desde ya los desafíos del futuro. Es la inercia de la vida. Y la política, como cualquier otro ámbito de la vida, no escapa a la dinámica de estas fuerzas fundamentales que rigen todas las cosas.

Por eso mismo, sostengo que el cambio era urgente. La vida de los pueblos como las personas, experimentan el mismo choque de fuerzas que determinan la existencia. La psicología de masas no es sino una suma de psicologías individuales que a su vez, construyen un nuevo ente más complejo, pero que en el fondo, comparten un origen común. Así como las personas somos un nivel de conciencia que surge de la cooperación ordenada de millones de células, la sociedad es también un nivel de conciencia colectiva que responde a la dinámica de las fuerzas primordiales que constituyen el universo.

Y ocurre que el desarrollo espiritual de las naciones es similar al desarrollo espiritual de las personas, el cual depende en buena medida, de enfrentar los demonios internos. Y en las naciones como en las personas, el miedo a enfrentar esos fantasmas delirantes que duermen en nuestras profundidades, suele traer consigo consecuencias trágicas. “Todo deseo contenido engendra peste”, escribió maravillosamente el poeta William Blake. Una peste que proviene del deseo insatisfecho, una necesidad de autorrealización que se ve frenada por el miedo de enfrentarnos a aquellas fuerzas que nos impiden crecer. Por ello, toda tradición mística y esotérica, es ante todo una enseñanza sobre cómo enfrentar nuestros miedos más elementales: el miedo a la muerte, el miedo al dolor, el miedo a la soledad.

No es casualidad que a lo largo de la historia de la humanidad, el mito del héroe que vence a sus demonios internos para alcanzar la armonía existencial, es una constante en cualquier cultura, de cualquier tiempo, en cualquier rincón del planeta. El héroe que en busca de sí mismo que es capaz de crear un cambio significativo en el mundo.

Esta estructura psíquica encargada de simbolizar la experiencia humana (descubierta y descrita por Jung y su concepto de arquetipo e inconsciente colectivo) están presentes en prácticamente cualquier relato, sin importar que se trate de un pasaje de la Biblia, un cuento para niños, una película de Hollywood o un drama de Shakespeare. La psique humana se articula a través de ficciones que nos permiten crear un punto de referencia a partir del cual, podemos interpretar y habitar un mundo articulado, gracias al milagro del lenguaje. No en balde, “los límites del mundo son los límites del lenguaje”, como bien señalaba Wittgenstein. De este modo, toda cultura es el resultado de un complejo proceso de intercambio de experiencias que articulan una cosmovisión, es decir, un relato fundamental a partir del cual se construyen todos los demás relatos posibles. Este relato esencial, que los antropólogos conocen como mito, no es sino un relato de ficción a través del cual, el ser humano se explica y trata de interpetar el mundo en que vive. Dicho mito, es el sustento mismo de la realidad. Es decir, que el mito es un discurso que trata de condensar la experiencia humana durante varias generaciones, para luego plasmarla en un relato capaz de explicar todas las cosas, a partir de las cuales, podemos situarnos en el mundo. Toda cultura, por lo tanto, es un cúmulo de narrativas que buscan entender las implicaciones de la existencia y la relación del ser humano con su entorno.

Para quien entiende esta relación entre vida, cultura y lenguaje, resulta sencillo comprender otros ámbitos como la ideología, es decir, un conjunto de ideas más o menos estructuradas que tratan de explicar la realidad cotidiana. Un conjunto de ideas que alude siempre al mito, a partir del cual, se construye cualquier ideología posible. En este sentido, la política, entendida como una disputa por el poder, no es sino una lucha por el control de la realidad. Una batalla que se libra a través del uso del lenguaje y la construcción de narrativas. Esto nos permite entender por qué razón no existe una diferencia significativa entre el relato de ficción y el relato histórico, ya que como bien apunta Paul Ricoeur en su libro Tiempo y narración, ambas modalidades del relato funcionan a partir de los mismos esquemas mentales que posibilitan el lenguaje. Por ello, es común que la historia, entendida como el estudio de la experiencia humana en el pasado, se construye a través de narrativas. De ahí que, cuando decimos que una persona “hace historia”, significa en el fondo que las acciones de dicha persona provocaron un cambio en la narrativa sobre la experiencia humana en el pasado. Hacer historia, por lo tanto, es cambiar el curso de la narrativa hegemónica mediante la cual, el ser humano se explica a sí mismo, a partir de la experiencia de otros seres humanos que vivieron antes que él. Por ello, el surgimiento de la historia surge como tal con la invención de la escritura, ese artificio del lenguaje que permite fijar en el tiempo y el espacio la experiencia humana a un nivel de detalle imposible de recrear a través de las finitas capacidades de la memoria humana y la tradición oral. En este sentido, no es casualidad que la historia, el derecho y el surgimiento del Estado tengan un origen común, que coincide con la invención de la escritura. De modo similar, la política entendida como un control de la realidad a través de estructuras narrativas, permite comprender la manera en que las ideologías políticas se debilitan y fortalecen con el paso del tiempo, cuando dicho relato deja de tener sentido frente a nuestra experiencia de vida. Por eso, dice Gadamer, la verdad es una afimación (o un relato) de la existencia que debe constatarse continuamente en la experiencia humana. Un discurso político deja de tener sentido (es decir, deja de ser verdadero) cuando dicha afirmación sobre la existencia deja de tener relación con mi propia experiencia de vida y mi propia interpretación del mundo. La verdad, será entonces, un relato cuya validez se otorga a partir de una experiencia de vida común entre los diversos integrantes de un grupo social. La verdad está siempre en entredicho, siempre a prueba, siempre contrastada con mi propia experiencia de vida. Las grandes verdades universales sobre la existencia humana, son aquellas afirmaciones que no pierden vigencia y siguen significando cosas para la gente a través del tiempo, sin importar la época.

Yo me di cuenta de esta situación, quizá no de manera teórica pero sí más intuitiva, cuando comencé a trabajar. Recuerdo que en mi familia y círculo social cercano, crecí con la idea imperante dentro del liberalismo económico, idea hegemónica dentro de nuestra cultura occidental, la cual sostiene que la riqueza es fruto del trabajo. Pero recuerdo que aquella frase dejó de tener un sentido para mí, cuando en mi primer empleo, yo me la pasaba trabajando durante más de ocho horas diarias, seis días a la semana, mientras apenas tenía dinero suficiente para pagar mis necesidades más elementales, al mismo tiempo que veía a otros chicos de mi edad irse de fiesta todos los días porque sus papás tenían dinero suficiente como para que sus hijos no tuvieran la necesidad de trabajar. En un sentido similar, veía a mi alrededor que un albañil, por ejemplo, podía realizar un trabajo más exhaustivo, con jornadas larguísimas de 12 o 14 horas, mientras el “patrón” podía trabajar, pero eso no incidía directamente en los niveles de acumulación de riqueza. A partir de ahí, me di cuenta de que trabajar todo el día, por sí solo, no permite acumular riqueza, sino que por el contrario, existen otros mecanismos sociales que permiten dicha acumulación. Esa intuición fue reforzada cuando, ya en la universidad, tuve la oportunidad de leer El Capital de Karl Marx, libro que no es sino un relato de cómo se genera dicha acumulación a través de la explotación y la apropiación de los medios de producción, relato que tiene mucho más sentido para mí, que el discurso liberal que siguen suelen sostener aquellos cretinos que creen que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar”.

Lo que intento demostrar, es que nuestras ideas políticas suelen estar referidas a nuestra experiencia de vida. Y nos identificamos con determinados discursos políticos porque dichos discursos significan algo para nosotros, según nuestra propia experiencia. Pero resulta que nuestra propia experiencia de vida, es al mismo tiempo, una interpretación que pretende dar coherencia lógica y estructura narrativa a distntos hechos aislados, articulados como un todo gracias a la memoria y nuestra capacidad de estructurar relatos de vida, en función de nuestras emociones.

De ahí que cualquier ideología busca en el fondo tratar de establecer una relación causal entre mis emociones y los relatos a partir de los cuales trato de explicar el mundo. Es decir, que toda ideología es en el fondo, un relato sobre la relación entre mis emociones y las cosas que ocurren en mi entorno, es decir, un discurso que me permite explicar por qué me siento como me siente en función de la manera en que me relaciono con el mundo que me rodea. De ahí que toda retórica política tenga un sustento emotivo, más que racional, y explica también el poder del demagogo: ese parlanchín que dice lo que el pueblo quiere oír para tratar de restablecer un equilibrio anímico que ha sido trastocado de alguna manera por algún tipo de crisis que pone en peligro mi bienestar. Esto permite entender cómo es que todo discurso político busca apelar a las emociones de las masas para tratar de construir un relato en torno a las causas del bienestar y el bienestar como propósito de futuro. Y todo discurso político lleva implícitas estructuras mitológicas, como bien lo advirtió el filósofo Ernst Cassirer. Por ello, no existe un solo discurso político que no aluda al bienestar colectivo de un determinado grupo. Es decir, que todo discurso político está orientado a tratar de convencer de que una comunidad se siente como se siente, debido a una serie de causas que es necesario corregir para restablecer el bienestar perdido. Las promesas de campaña tienen este fin: tratar de persuadir sobre las formas en que, una serie de acciones encabezadas por los líderes de la comunidad (los gobernantes) habrán de estar orientadas en tratar de mantener el bienestar existente o tratar de acceder a él.

Sobre estos ejes se estructuran las ideas elementales del espectro político: la derecha como una ideología que busca mantener los mecanismos estructurales que explican el bienestar de un grupo, frente a una izquierda cuyo propósito es acceder a un bienestar que le ha sido negado. De ahí que la disputa entre la derecha y la izquierda es, en el fondo, una lucha por conservar cierto tipo de privilegios o tratar de acceder a dichos privilegios. Desde luego, las posiciones de cada polo serán determinadas en función de los intereses de cada persona. Aunque lo cierto es que, más allá de la condición material, lo que realmente importa es cómo es que cada quién construye su propia narrativa en torno al problema del bienestar. Por ello, el pensamiento de conservador de derecha, generalmente asociado a las clases privilegiadas, buscan preservar dichos privilegios emanados de las estructuras sociales, mientras que la izquierda busca acceder a una forma de bienestar que le ha sido negada, principalmente por relaciones de subordinación. Dicho de otro modo, dentro del contexto de la lucha de clases, el pensamiento conservador busca mantener sus privilegios, mientras que el pensamiento de izquierda busca acceder a un bienestar prohibido. A través de esta dicotomía y polaridad, se puede entender la razón por la cual, es posible establecer, de manera muy general, vínculos entre el pensamiento de derecha y los sectores más ricos de la población, así como un pensamiento de izquierda generalmente asociado a los sectores más pobres. De este modo, la disputa entre derecha e izquierda tiene como trasfondo la continua batalla entre ricos y pobres, o quienes se asumen partido a favor de un bando determinado. Esto explica, en buena medida, el por qué existen “pobres de derecha” y “ricos de izquierda”, pues a final de cuentas, la identidad no tiene que ver únicamente con una condición material per se, sino más bien, con la construcción de una narrativa propia. Un relato que busca relacionarse con una determinada idea de bienestar como fenómeno colectivo, que trasciende incluso la condición individual de cada persona. Es por ello, que toda ideología política, sea de izquierda o derecha, es consecuencia de una identidad colectiva que trata de satisfacer necesidades vitales o equilibrar pulsiones elementales propias de todo ser vivo, frente a una narrativa del bien común.

Es así, que la política busca en el fondo, construir narrativas en torno al problema del bienestar. Y a medida que dicha narrativa tenga una resonancia interna entre las masas, mayor será su efectividad para persuadir, convencer, manipular y controlar.

Por ello, romper esta relación de dominación implica volverse fuerte, y para ello es un requisito indispensable conocerse a uno mismo, vencer el miedo y aprender de nuestros errores, con el fin de construir narrativas que nos permitan reestablecer el equilibrio anímico a nivel individual y colectivo. Pero cuando esto no ocurre, la desgracia suele hacerse presente en la vida de los individuos y los pueblos.

Eso fue justamente lo que hemos vivido en México los últimos años: una sociedad mexicana presa del miedo que decidió votar en contra de quien representaba “un peligro para México”, según una campaña de terror orquestada desde las cúpulas empresariales y el gobierno, para infundir miedo de un cambio. Una situación que derivó en una crisis de violencia sin precedentes que suma más de 250,000 asesinatos y más de 37,000 desaparecidos en 12 años de “guerra contra el narco”. Presa del miedo, México se sumió en una profunda crisis, la cual se hizo aún más profunda con aquella timorata frase que encumbró al PRI en 2012: “mas vale malo conocido que bueno por conocer”. Al fin y al cabo, decían los aplaudidores del PRI, ellos “sí saben gobernar”. Un terror irracional al cambio cuyos ecos se mantuvieron hasta las campañas de 2018, con versiones sin ningún tipo de sustento o evidencia empírica sobre el enorme “peligro que representaba López Obrador para la economía”- Un miedo bien alimentado por rumores, campañas de terrorismo ideológico orquestadas por los bancos y los medios afines al sector financiero, que se filtraron en el imaginario de las clases medias, incapaces de interpretar los intereses ocultos tras la información divulgada en los medios.

Las consecuencias de los últimos dos sexenios, ya lo sabemos, fueron desastrosas. A tal punto, que en 2018 la inmensa mayoría de los mexicanos prefirieron correr el riesgo de convertirse en “Venezuela del Norte” antes que volver a apostar por el bipartidismo de derecha que impulsó el modelo neoliberal, que durante tres décadas devastó al país mediante políticas como las privatizaciones, la firma del TLCAN, el rescate bancario vía el Fobaproa o las llamadas reformas estructurales que incluyeron la privatización del petróleo, así como la precarización del salario y las condiciones laborales.

El PRI y el PAN son los principales responsables de que López Obrador haya ganado las elecciones con una ventaja din precedentes, aplastante, que no hubiera ocurrido si en 2006 las élites político-empresariales que mantuvieron intacto su pacto de impunidad mientras el país se desangraba, no hubieran impedido la llegada de López Obrador a la presidencia, en condiciones más acotadas que lo que ocurrió en 2018. Dicho de otro modo, si hubieran dejado pasar a López Obrador en 2006 no hubiera llegado con mayoría en el Congreso y una cantidad de votos aplastante para la elección de 2018. Hoy en cambio, no sólo se convirtió en el presidente más votado en la historia del país desde la época de la Revolución, sino que además llega con 5 gubernaturas y mayoría en las dos Cámaras. Paradojas de la historia. Una muestra de que, más allá de la política, existen otras fuerzas elementales que rigen la naturaleza y que generan un efecto contrario al que la derecha buscaba generar en un principio, cerrándole el paso a quien se había ganado la simpatía de la gente.

Por otra parte, la tenacidad y perseverancia de Obrador, aderezada con su obsesión por la historia, una moral chapada a la antigua y su afilado colmillo político, le permitieron aprender de sus errores y conformar un movimiento social incluyente que poco a poco lo fue vacunando contra los ataques de un PRIAN, fracturado por la desmedida ambición de sus integrantes, lo cual fue un factor decisivo en la contienda. Esto aún cuando persiste la animadversión clasista contra un personaje popular como Obrador, quien prefiere recorrer las plazas públicas utilizando una retórica sencilla e incluso rudimentaria, para convencer a la gente de la existencia de una “mafia del poder” que tiene secuestrada a las instituciones (lo cual es cierto) y cuyos niveles de corrupción han provocado un nivel de podredumbre generalizado.

Lo interesante aquí, es que el desastre de país en los últimos dos sexenios terminó provocando que el discurso sobre el cual se sostenía la continuidad del modelo neoliberal se derrumbara, ante la urgente necesidad de un cambio que permitiera devolver el equilibrio anímico a la colectividad. Un fenómeno que no es exclusivo de México, sino parte de un proceso histórico mucho más profundo que tiene que ver con la dinámica de la globalziación financierista y las tensiones que esto genera en Estados-nación que ven vulnerada su legitimidad frente al poderío del capital trasnacional.

“En el momento en que el Estado se ve privado de una fuerza identitaria que sostenga su difícil maniobra en el mundo de la globalización, ese Estado trata de relegitimarse volviendo a llamar a su gente, es decir, a su nación; pero esa nación, en muchos casos, ya se ha separado del Estado y cree que no está siendo representada”, refiere Manuel Castells en su ensayo Globalización e identidad. Una situación que explica el resurgimiento de líderes nacionalsitas en todo el mundo que aparecen como alternativa a los estragos de una modelo globalizador basado en la movilidad del capital financiero, que ha devastado comunidades y territorios enteros mediante negocios multimillonarios que son incapaces de satisfacer la insaciable ambición de una pequeña élite a expensas del sufrimiento de millones de personas que se ven obligadas a migrar de sus territorios para ganarse la vida en las ciudades donde se concentra la mayor parte de la riqueza global. Un fenómeno migratorio de gran escala que a su vez, socava la cohesión cultural a través de la cual se sostiene la idea del Estado-nación, lo cual provoca una fractura al interior de las grandes urbes que se convierten en espacios de confrontación entre grupos étnicos, religiosos y multiculturales, muchas veces antagónicos entre sí.

Una situación que ocurre actualmente en México, con el fenómeno migratorio hacia Estados Unidos, la devastación ambiental y social ocasionada en comunidades y pueblos a manos de empresas extractivas protegidas por gobiernos neoliberales que han renunciado a su facultad de proteger a sus ciudadanos, con el pretexto de atraer inversión extranjera, siempre dispuesta a generar riqueza mediante el despojo, la explotación y empleos mal pagados. Una situación que fue evidenciada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional desde la fase inicial del proyecto neoliberal en México y que se fue propagando por todo el país a lo largo de los años, junto a múltiples evidencias del fracaso de la apertura económica a varios niveles.

¿Qué ocurrió entonces? Lo que siempre ocurre en la política. El discurso de López Obrador ofreció una explicación cada vez más convincente de la realidad nacional, lo cual le abrió las puertas del triunfo. Cuando Andrés Manuel afirmaba que el PRIAN era lo mismo, las alianzas entre Diego Fernández de Cevallos y Carlos Salinas de Gortari o los continuos guiños de Vicente Fox con Peña Nieto, siempre con la tecnocracia neoliberal como vaso comunicante entre priistas y panistas, terminó dando razón al tabasqueño en torno a la existencia de una “mafia del poder”, cada vez más obscena y evidente.

Una alianza histórica que, sin embargo, fue dinamitada por un impetuoso Ricardo Anaya que, en aras de su ambición presidencial, provocó una ruptura profunda con el PRI, tras la reunión secreta que sostuvo con Peña en Los Pinos el 20 de enero de 2017 en el contexto de la elección a la gubernatura del Estado de México, en la que supuestamente ambos habrían pactado algo que el líder panista terminó por “traicionar”, según han señalado los cercanos de Peña. Pero esta no fue la única fisura provocada por Anaya, quien utilizó la dirigencia nacional del PAN para apoderarse del partido e impulsar su candidatura presidencial con un alto costo político para la militancia blanquiazul: la fractura y rompimiento con el grupo de Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, lo cual derivó una disputa interna que se mantiene vigente y le pasará factura al joven queretano tras la elección de 2018. No en balde, las cifras muestran que con todo y las alianzas del PAN con PRD y MC, la de Anaya fue la peor votación para un candidato presidencial panista del que se tenga registro en la historia reciente, desde la llamada transición democrática. Por si fuera poco, Anaya construyó una alianza antinatura con el PRD, sí, el mismo partido que surgió como consecuecia del pacto entre PRI y PAN tras el fraude de 1988, situación que en una de esas peculiares paradojas de la historia, terminó arrastrando a su mayor debacle electoral desde el inicio de la alternancia y sepultando al PRD, reducido a un partido satélite luego de haber tenido posibilidades reales de acceder al poder. De este modo, Anaya cometió tres errores clave que dinamitaron la cohesión histórica de la tecnorcracia neoliberal de derecha que sostuvo la hegemonía del PRIAN durante tres décadas.

Ante un escenario así, era más que entendible que un discurso antisistema como el de López Obrador tuviera cada vez más resonancia entre un número creciente de damnificados por los estragos del neoliberalismo, tal como quedó de manifiesto con el gasolinazo, derivado de la reforma energética aprobada por el PRI y el PAN. De este modo, la retórica lopezobradorista se convirtió en la única alternativa viable, ante la notable ausencia de otros discursos antisistema con la fuerza necesaria para satisfacer esa necesidad, razón por la cual, más allá de los aciertos del tabasqueño, la retórica neoliberal aunada a los altos índices de violencia y corrupción, derivados de intentos desesperados por retener un poder decadente y cuestionado por la vía del fraude electoral, como ocurrió en 2006 y 2012, terminó por derrumbar al PRI y al PAN en 2018, convirtiendo a Morena en un movimiento social emergente con posibilidades de construirse como partido hegemónico en un futuro no muy lejano, generando así un cambio de régimen, entendido como el conjunto de instituciones que regulan y administran el poder político.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los críticos de López Obrador a lo largo de las campañas electorales ni siquiera se percataron de la enorme trascendencia histórica que encerraban las elecciones de 2018, en buena medida, por la dinámica con que operan los grandes medios de comunicación y la industrialización del internet, que ha convertido cualquier acontecimiento en un espectáculo propio de la sociedad del consumo, a expensas de la reflexión y una búsqueda profunda de la verdad.

De este modo, los sectores conservadores asustados de perder sus privilegios frente a un proyecto político como el de López Obrador -que busca priorizar a los más pobres con el fin de contrarrestar los desequilibrios generados por el mercado frente a un Estado débil- fueron burdamente manipulados por los intereses de las cúpulas empresariales que se han enriquecido de manera indignante mientras la brecha entre ricos y pobres en México se vuelve cada vez más amplia, reavivando los temores de masas desinformadas que, sin conocer a fondo la situación de Venezuela, afirmaban una y otra vez, similitudes inexistentes entre el régimen chavista y el proyecto lopezobradorista.

Estas son las implicaciones de fondo de la elección presidencial de 2018, las cuales pasaron prácticamente inadvertidas por el grueso de la población, felizmente enajenada con muchos memes y críticas chafas que evidenciaron también la crisis al interior de la comentocracia mexicana, alimentada por el régimen neoliberal y con fuerte presencia en los grandes medios de comunicación, cuyos argumentos fueron perdiendo fuerza ante la incapacidad intelectual de las élites para reinterpretar el momento político y social por el que atraviesa México.

En conclusión, considero que el paso que dimos los mexicanos con el arribo de un líder popular, proveniente de movimientos sociales como López Obrador, no sólo resultaba necesario, sino urgente, dado el nivel de descomposición social por el que atraviesa el país.

Sin embargo, no soy ingenuo, y desde luego entiendo que el nuevo régimen traerá consigo una serie de riesgos, favoreciendo a unos y perjudicando a otros, como ocurre con cualquier otro régimen político, pero me parece que el llamado a la reconciliación nacional, proviniendo de un personaje como López Obrador, puede ayudar a México pasar a otra etapa histórica. Un acontecimiento que, como bien escribió Jorge Volpi en un artículo reciente publicado en Reforma, representa una enorme oportunidad para que los mexicanos aprendamos de nuestros errores, enfrentemos nuestros miedos y estemos dispuestos a seguir nuestro camino en un nuevo periodo histórico. Una oportunidad que implica abrir muchas puertas y ventanas que durante mucho tiempo estuvieron cerradas. Pero una cosa es abrir la puerta y otra muy diferente, cruzarla.

No sabemos qué traerá consigo este cambio, pero vale la pena correr el riesgo e intentarlo. En una de esas, no sabemos, quizá el país pueda mejorar un poco en algunos aspectos fundamentales, lo cual sería ya, un pequeño avance, aunque sabemos que siempre habrá grupos inconformes, tal como ocurrió con buena parte de los gobiernos de izquierda que gobernaron en países de Sudamérica durante las primeras dos décadas del siglo XXI. Gobiernos de izquierda que, pese a sus innegables avances en ámbitos como el combate a la pobreza, han tenido muchos problemas para mantener el poder frente a una derecha rapaz protegida por los medios de comunicación afines a las potencias occidentales, principalmente Estados Unidos y Gran Bretaña, las dos principales sedes del capital financiero trasnacional.

De este modo, confío en que López Obrador hará lo que esté a su alcance para remediar los males que aquejan al país, toda vez que su obsesión histórica y su condición de líder de un movimiento social auténtico, de base, lo hacen un personaje adecuado para encarar en reto. Mucho más adeucado, sin duda alguna, que los tecnócratas “avalados” con sus títulos obtenidos en universidades extranjeras, quienes provocaron la devastación de un país inmensamente rico en posibilidades como lo es México.

La magnitud del cambio histórico que traerá consigo el cambio de régimen es digno de analizarse, discutirse y reflexionarse. En lugar de quejarse amargamente, los pejefóbicos deberían cuestionarse qué fue lo que ocurrió para que un personaje como López Obrador lograra llegar a la presidencia de México en su tercer intento. Quizá entonces, puedan mirar hacia adentro, ser autocríticos y aprender algo en el camino.

La historia, como todo relato de ficción, es un cuento en permanente cambio. Un cuento cuyo sentido depende de su capacidad para apelar a las emociones y las más profundas necesidades humanas- Un cuento que en política, simplifica estos aspectos en la idea del bienestar.

Si bien el regreso del nacionalismo revolucionario remasterizado es preferible a la continuidad de un neoliberalismo fracasado, me parece urgente que los mexicanos comencemos a buscar alternativas para construir otro futuro posible, inventar un nuevo cuento que nos permita redefinir el papel del ser humano y su relación con el mundo, un cuento que cuestione y ponga en duda todos los saberes, un cuento que nos permita reconciliarnos con todos los seres que pueblan el planeta, un cuento que nos permita celebrar nuestras muchas diferencias, un cuento capaz de reescribir la historia misma de la humanidad. Esto, o seguir siendo rehenes de narrativas caducas.

Porque la vida es cuento y la realidad es ficción.

¡Salud!
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Crítica a las opiniones simplonas de la clase media mexicana a escasas horas de una elección histórica

Elecciones 2018: El elector volátil decidirá al próximo presidente

A un día de las elecciones, todos tienen una opinión. Y yo no dejo de sorprenderme de lo limitado de muchas “opiniones” que no hacen sino repetir los discursos de las élites que se difunden con virulencia en los medios.

Se nota que no hay el mínimo esfuerzo por pensar tantito, el mínimo esfuerzo por indagar y tratar de comprender lo que ocurre a nuestro alrededor.

Borges decía que el problema con la democracia es que se trataba de “un lamentable abuso de la estadística”. ¿Cómo puede saber la gente, o bajo qué criterios, puede determinar la masa quién es el mejor gobernante? ¿Con la mierda que ven en a diario en la tele?

Interpretar el mundo en que vivimos requiere un esfuerzo para tratar de comprender más allá de las apariencias. Algo para lo cual, es muy útil saber un poco de varios temas: historia, filosofía, literatura, economía, arte, ser curioso, leer, viajar, hablar con gente diferente a la que abunda en nuestro círculo social más inmediato, tratar de establecer empatía con otros muy diversos.

Me da risa cómo la gente construye sus “opiniones” a través de prejuicios y un criterio limitadísimo que no hace sino generar más confusión. Lo cual es muy útil para que el poder hegemónico manipule fácilmente a #LaBorregada, a través de verdades a medias que suelen mezclar con burdas mentiras, que la masa idiota acepta sin chistar o poner en tela de duda.

Después de años y años de trabajar en medios de comunicación, he visto muchos ejemplos de cómo funciona este proceso y cómo se repiten siempre los mismos patrones. Me parece lamentable que muchos amigos y familiares a quienes les platico de estas cosas prefieran creerle a “periodistas” vendidos, por el simple hecho de que salen en la tele, como si eso los hiciera más creíbles en comparación a uno, que se ha recorrido el país hablando con la gente y contando sus historias, uno que se la pasa investigando, cuestionándolo todo, viviendo en carne propia acontecimientos históricos y conversando de viva voz con los protagonistas de la vida nacional. Es más fácil creer las idioteces de un “Youtuber” fabricado en la deleznable industria del escándalo y la vanidad, que creerle a aquellos que han arriesgado su vida para tratar de contar la verdad.

Esas son las coordenadas mediante las cuales la inmensa mayoría de la gente construye sus “opiniones”. Y luego nos sorprendemos de tanto cretino suelto por ahí.

Sus esquemas mentales sorprenden por su sencillez tan elemental, frente a un mundo cada vez más complejo. AMLO=Venezuela. Una simple ecuación con la que intentan justificar sus traumas clasistas: el hecho de que un gobernante no se apegue al estereotipo elitista y oligárquico que contradice cualquier principio democrático. Pensar la política mexicana mediante el eslogan de un publicista. Vaya estrupidez. Como si la Venezuela chavista fuera el único espejo posible para comparar la realidad mexicana. Lo peor es que el desafortunado símil ha sido repetido hasta el cansancio por gente que no sabe un carajo de Venezuela o Cuba, menos aún de muchos otros casos cercanos como los de Brasil, Argentina, Colombia, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Nicaragua, Honduras, El Salvador o Guatemala. Ya ni hablar de lo que ocurre en Asia, Europa, Medio Oriente, África. La realidad de esos países no figura en ningún caso comparativo en las críticas simplonas que suelen realizar los tristísimos representantes de #LaBorregada. Ya ni para qué hablar de otros espejos más profundos que nos podrían ayudar a entender la realidad compleja en la que estamos inmersos: del neoliberalismo a 500 años de colonialismo, las raíces del capitalismo, el surgimiento del Estado o el lenguaje como una manifestación de las relaciones de poder. Temas demasiado sofisticados para mentes sencillas en busca de respuestas fáciles que les permitan justificar sus filias y sus fobias, gente rudimentaria que ni siquiera sabe leer un periódico. Así son los opinadores multitudinarios que abundan en Facebook y redes sociales en la era de la posverdad.

Otro especímen peculiar en estos tiempos de campañas son aquellos que cómodamente dicen, “¡todos los políticos son lo mismo!”, como una vía para justificar su pasividad. Desde luego, si uno hace análisis superficiales y simplones, uno se vuelve incapaz de percibir matices, relieves, sabores y otras muchas cualidades que conforman este mundo complejo y fascinante. Piensan con plastas y una paleta de colores muy limitada, esquemas poco detallados que evidencian un pensamiento simplón e insoportablemente convencional, una calca de las ideas de los demás.

Entre estos próceres del pensamiento simple y lineal, abundan muchos universitarios, tristemente, lo cual hace a uno cuestionarse lo jodido de un modelo educativo que educa para la obediencia y premia la mediocridad. Quizá por ello, a estas alturas de mi vida no me sorprende, pero no deja de parecerme fascinante, haber conocido campesinos que con apenas la educación primaria terminada tienen una conciencia política mucho más sólida, crítica y profunda que muchos académicos con doctorado, egresados de universidades extranjeras.

Me acaba de suceder hace poco, cuando viajé a un pequeño poblado en Zacatecas, devastado por una minera del multimillonario Carlos Slim, y tuve la oportunidad de platicar con don Roberto, un viejo que entiende muy bien el mundo en que vive y lucha por cambiarlo. En contraparte, hace unos meses fui a platicar con un famoso comentócrata que aparece en la tele y escribe en los periódicos, para entrevistarlo en su lujosa residencia de Bosques de las Lomas, su pequeño feudo a partir del que articula su limitadísima visión del mundo, misma que se propaga en las débiles mentes de los autómatas, quienes se maravillan con títulos nobiliarios por la pura güeva que provoca pensar por uno mismo. Al salir de la casa de este comentócrata, me quedó la sensación de que el sesudo analista no entendía cosas elementales sobre cómo funciona el mundo de allá afuera, lejos de su burbuja llena de comodidades y privilegios.

Lo divertido es que estos cretinos opinan y forman “opinión” entre las masas desinformadas, esa gente chiquita que será siempre sometida a los intereses del abusivo en turno, sin siquiera percatarse de ello.

Aprender es darse cuenta. Y para darse cuenta es necesario estar atento, afilar los sentidos, expandir la mente.

“La peor visión del mundo, de todas las visiones del mundo posibles, es aquella que nunca vio el mundo”, escribió alguna vez Alexander Von Humboldt. Tenía razón.

No hay forma de salir de la confusión sin indagar por nuestra propia cuenta aquellos vínculos secretos que nos permiten comprender el origen de todas las cosas, esa relación misteriosa que nos permite conectarnos con el mundo, esas conexiones mágicas que habitan en nuestro interior.

Mañana son las elecciones del 1 de julio de 2018 y se perfila para ser un día histórico, un día de fiesta, aunque muchos mexicanos cegados por el miedo y la ignorancia que han cultivado asiduamente durante muchos años, ni siquiera se han dado cuenta. Viven presas del miedo que les han inyectado desde los grandes medios de comunicación, esas enormes maquinarias de consumo que son empresas y, como tales, su finalidad es el lucro en lugar de promover el pensamiento crítico, medios basura que no son otra cosa sino eficaces instrumentos de control al servicio del poder hegemónico.

Pobrecillos. Mañana será un día de fiesta y ellos tan ensismados en sus miedos, en sus diminutos problemas, extraviados en su individualidad viciosa que los hace desentenderse de lo colectivo, esa verbena de lo diverso, tan alejados del mundo que aparece tras su ventana, sin siquiera tratar de asimilar las enormes posibilidades que ofrece la condición humana.

Desde luego, habrá que estar atentos para no permitir un nuevo despojo, una nueva trampa, un nuevo saqueo, una nueva afrenta contra la voluntad popular. Ninguna fiesta, ninguna victoria, es eterna. Así en la política como en los otros muchos ámbitos que conforman la existencia humana.

La vida es aprender a caer y levantarse, aprender de nuestros errores y nunca dejar de luchar.

Y así habremos de seguir luchando tras celebrar lo que se perfila como un día de fiesta para los mexicanos, con unas elecciones históricas que marcarán el ocaso de un neoliberalismo voraz que ha destruido al país. Mañana México escribirá una nueva historia.
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Grandes medios controlados por 11 familias, evidencian falta de pluralidad y fracaso de la reforma de telecomunicaciones

Patrones

La concentración en la propiedad de los medios de comunicación está asociada a una cobertura apegada al poder político y salarios cada vez más bajos para periodistas, revela un informe desarrollado por RSF y Cencos.

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El control de los grandes medios de comunicación en México está concentrado en 11 familias, afectando la pluralidad de la cobertura noticiosa, evidenciando además grandes deficiencias en la Reforma de Telecomunicaciones impulsada por el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Una situación que, también, ha generado dueños de medios cada vez más ricos con periodistas cada vez más pobres.

Esta es una de las principales conclusiones que se desprenden del informe Media Owner Monitor México (MOM México), desarrollado por las organizaciones Reporteros Sin Fronteras y Cencos.

En México, 11 familias controlan más de la mitad (24 de 42) de los medios más importantes con las mayores audiencias y, además, reciben la mitad del presupuesto de publicidad oficial”. MOM México

Según los datos, 10 de los 25 dueños de medios mexicanos más importantes analizados por MOM, son familias. En dos casos, una misma familia es propietaria de dos grupos mediáticos cada una: Los Azcárraga (Emilio Azcárraga Jean y Rogerio Azcárraga Madero) y la familia Vázquez (Vázquez Raña y Vázquez Ramos).

De este modo, seis de ocho televisoras, seis de 11 radiodifusoras, seis de 13 sitios online y seis de 10 periódicos impresos forman parte de corporativos que forjaron sus fortunas el siglo pasado, lo cual se traduce en una homogenización de la cobertura informativa.

Más de la mitad de los canales de televisión, programas de radio y diarios impresos reproducen los enfoques noticiosos de élites ligadas tradicionalmente al poder político. Puede observarse mayor pluralidad en el caso de los portales de internet, donde se diversifica la propiedad sobre los medios de comunicación”. MOM México

El análisis por RSF y Cencos, realizado a 42 medios con grandes audiencias (ocho de televisión, 11 de radio, 13 online y 10 de prensa), permitió ubicar a 11 grupos empresariales que controlan la difusión de las noticias que llegan a la mayor parte de los espectadores mexicanos. La mayoría de los negocios de dichos grupos están en distintos sectores de medios (televisión, radio, impresos y digitales) y en otras industrias, como construcción, minería, servicios financieros y casinos.

De este modo, el informe sostiene que entre el 60% y 80% de los medios noticiosos más consumidos del país, “pertenece a conglomerados que, además de tener empresas de medios, tiene negocios que dependen de contratos con el gobierno”.

Una situación que pone en alto riesgo la pluralidad de los grandes medios mexicanos.

El reporte también documentó que no existen regulaciones gubernamentales que permitan conocer las respectivas audiencias de los medios, lo cual representa un problema ahora que el Congreso mexicano tenga que legislar y reglamentar el tema de la publicidad oficial en los medios, ya que no existe forma de saber el impacto que tienen en la esfera mediática.

El gobierno mexicano no ha reglamentado medidas de transparencia para que los medios o empresas privadas certificadas divulguen cifras confiables sobre audiencias. MOM México

“Así, sólo las televisoras que cotizan en la Bolsa Mexicana de Valores o en la Bolsa de Valores de Nueva York tienen obligación de abrir sus datos empresariales”, añade la investigación.

Medios ricos, periodistas pobres

Pese a que en México el sector de medios crece casi cuatro veces más que la economía nacional (8.6% contra 2.5%, respectivamente), esto no se ha visto reflejado en una mejora de salarios para los periodistas, sino todo lo contrario. De este modo, México es un país con medios ricos y periodistas cada vez más pobres, muy por debajo de la media salarial percibida por un profesionista mexicano.

“Pese a sus fortunas familiares, los dueños de los medios en México pagan salarios precarios: en 2013, el blog Periodismo en las Américas del Centro Knight de la Universidad de Texas retomó un estudio del Instituto Mexicano para la Competitividad, que encontró que el periodismo es uno de los cinco trabajos peor pagados en el país con un salario promedio de 7 mil 973 pesos al mes, es decir, aproximadamente 610 dólares. Ese sueldo se ha ido degradando en los últimos años: la empresa de recursos humanos Indeed ubicó en marzo de este año que la media salarial para un reportero mexicano es de apenas 4 mil 560 pesos al mes (245 dólares), de acuerdo con los sueldos de 835 ofertas de trabajo. El salario promedio de un profesionista mexicano es de unos 11 mil pesos mensuales (615 dólares)”, añade el informe.

No podemos hablar de periodismo independiente si no hay un entorno mediático saludable; en México parece ser una paradoja, porque la industria está creciendo pero con una distribución desigual de la riqueza”, dijo Olaf Steenfadt, quien encabeza el proyecto de Monitoreo de Dueños de Medios de RSF a nivel global.

El fracaso de la reforma de telecomunicaciones

Una de las principales promesas y argumentos de la reforma de telecomunicaciones impulsada por el PRI, PAN y PRD a principios de sexenio, dentro del Pacto por México, era acabar con la concentración mediática de algunas grandes corporaciones.

Sin embargo, esto no ocurrió, ya que en sectores como la televisión de paga, que puede incluir los servicios de teléfono e internet, Televisa sigue tendiendo un lugar preponderante con prácticamente nulas restricciones, según explicó Aleida Callejea, experta del del Observatorio Latinoamericano de Regulación, Medios y Convergencia (Observacom).

Cuatro años, casi cinco años de la nueva ley, lo que podemos decir es que en algunos sectores la concentración ha subido. Es el caso de la televisión de paga, donde Televisa fue favorecida por la ley y tiene un poder sustancial del mercado con un control de más del 63% en televisión de paga, televisión de cable y satelital”. Aleida Calleja, Observacom

Sin embargo, y aunque el Poder Judicial facultó al Instituto Federal de Telecomunicaciones para que emitiera medidas de regulación para evitar que Televisa abuse de su poder en ese mercado, el instituto no ha tomado las medidas pertinentes.

“Los cambios en la ley federal tienen que ver con la existencia de legisladores que responden directamente a los intereses de las grandes televisoras”, dijo Calleja.

Sobre la falta de información para conocer a quién pertenecen los medios y las mediciones de audiencia, Calleja aseguró que la ley obliga a los medios entregar dicha información al IFT.

“El problema es que no hacen versiones públicas para que la sociedad tenga este tipo de información. Todos los datos de mediciones de audiencia los tiene el IFT”, dijo. “No hay posibilidad de verificar la competencia efectiva en el mercado ni ver quién concentra, ni tomar decisiones de política pública, si no tienes las mediciones de audiencia”, agregó Calleja.

“En todos los documentos del IFT, está plagado de hacer cumplir el pluralismo y la diversidad, pero no existe un solo criterio para medir el pluralismo en el sistema de medios”, agregó Calleja, quien explica que sede hace cuatro años el instituto prometió emitir dichos criterios. Hasta el momento no hay nada e incluso esa actividad desapareció de su último plan de trabajo anual, lo cual evidencia el abandono del tema por parte del gobierno federal.

Tal como lo muestra el MOM, tenemos contenido noticioso homogéneo por los intereses comerciales o los intereses gubernamentales a través de la publicidad oficial. Esto tiene una gravísima consecuencia en la calidad del debate democrático”. Aleida Calleja, Observacom

La experta añadió que en 2017, el informe de la OCDE evaluando la reforma de telecomunicaciones menciona varios problemas con el órgano regulador y con la ley, para evitar que Televisa siga acumulando poder en el sector de televisión de paga, así como otras medidas inconsistentes que no han permitido una

“Ahora que la OCDE es crítica con el status quo que se sigue manteniendo en el sistema de medios, el gobierno no dijo nada”, añadió Calleja, quien cuestionó que el gobierno no haya hecho nada al respecto, luego de que el asesor jurídico de Televisa considerara que dicho informe de la OCDE había que “tirarlo a la basura”.

“Tenemos un organismo con autonomía constitucional, con facultades cuasi legislativas pero que sigue entendiendo la institucionalidad como un sistema de lealtades”, concluyó Calleja.

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La historia de la conquista, de México a Cusco, y el nacimiento del espíritu latinoamericano

Conquista

Una serie de documentales sobre los pueblos americanos y la invasión española. Una historia cuyos pormenores ha ido borrándose poco a poco de la memoria colectiva y que, por lo mismo, es necesario rescatar del olvido.

La caída del imperio mexica e inca, no se puede explicar sin la manera en que ambos señoríos se desfondaron ante la irrupción de un nuevo actor (los invasores españoles) que cimbrará las relaciones de poder sobre las que se sostenía la hegemonía de México-Tenochtitlán y Tahuantinsuyo con epicentro en Cusco, en cada una de sus respectivas tierras. Un hecho que, aunado a la ingenuidad de los liderazgos indígenas que maravillados con la llegada de los extranjeros, fueron masacrados y perseguidos.

Una historia que explica y marca el fin de una era y el comienzo de otra. El recuerdo de que los grandes imperios pueden derrumbarse en poco tiempo, ante una serie de circunstancias como el descontento social, la incapacidad de mantener las alianzas y agentes externos como la viruela que mató a millones de personas en el llamado Nuevo Mundo.

Un proceso histórico que se explica también por la muerte de los viejos dioses y la reconstrucción del imaginario a partir de un acontecimiento como el encuentro con los europeos. De ahí que la concepción de lo “latinoamericano” sea en realidad, el vertedero de una serie de ideas, mitos y cosmovisiones que se vuelven homogéneas a partir de esa etapa conocida como La Conquista.

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México, país de imbéciles

País de imbéciles

El país se va a la mierda mientras los imbéciles, que son la gran mayoría, van por ahí, pasándola, tan ajenos a todo lo que pasa a su alrededor. Discutiendo pendejadas y frivolidades, mientras la violencia no para y la transformación de México en un Estado totalitario avanza de manera consistente.

Por supuesto, a nadie le importan estas cosas. La ejecución de dos adolescentes a manos de la policía en Veracruz no pasará de ser una anécdota más. No. Lo importante es subirse al tren del mame, con los Oscares o la muerte de Stephen Hawking o algún video de perritos o algún otro meme simplón que explique cómo no pasarse el semáforo en rojo representa una enorme contribución para cambiar la mierda en que vivimos.

Vayan y díganle eso a las familias de los 43 o los desaparecidos de las fosas de Tetelcingo. Explíquenle a sus hijos cómo es que en este país, el crimen organizado, el ejército y la policía pueden desaparecerte, asesinarte, violarte, golpearte o encarcelarte, sólo porque la gran mayoría de los mexicanos son un puñado de cretinos que no hacen otra cosa sino escupir estupideces en Facebook, repitiendo como idiotas las mentiras que ven en la tele.

Ahí están los autómatas advirtiendo el gravísimo riesgo de que México se convierta en Venezuela, cuando no movieron un dedo, un jodido dedo para postear alguna pinche noticia sobre la Ley de Seguridad Interior con la cual se decretó una dictadura militar en México, o la resolución de la SCJN ayer, que abre las puertas y legaliza la extorsión policial que padecemos a diario. De eso no se quejan. Quizá porque no fueron programados para ello, por la sencilla razón que a los señores del dinero y la ignominia no les resulta conveniente, para que puedan seguir haciendo “negocios” con el sufrimiento de millones de ovejas que van en silencio y asintiendo con la cabeza agachada, rumbo al matadero.

En días como hoy, a uno le dan ganas de gritar y morder, ante tanta impotencia, tanta jodida impotencia y dolor regado por doquier.

Vivimos en un país de mierda gracias a imbéciles como usted. Imbéciles que han sido abusados una y otra y otra vez durante más de 30 años, sin siquiera darse cuenta. Siéntase orgulloso, querido autómata.

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(Iracunda reflexión a raíz de varios hechos noticiosos ocurridos en marzo de 2018)

La raíz de la violencia (o de cómo la injusticia engendra monstruos)

Para entender la violencia en México hay que explorar sus causas más profundas. Y para ello, es indispensable comprender la diferencia entre justicia y venganza.

Spanish activist Jil Love and Mexican activist Julia Klug perform with tapes and fake blood during a protest against femicide and violence against women in Mexico City, Mexico

Manuel Hernández Borbolla

Una familia viaja por la carretera México-Puebla. El padre siente deseos de orinar y estaciona la camioneta en la que viaja junto a su esposa, su sobrina (una adolescente de 14 años) y su hijo, un bebé de dos años. La familia es sorprendida por una banda de asaltantes que intenta despojarlos del vehículo. Los ocho agresores golpean al padre, violan a la madre y la hija, y asesinan al bebé. Un día después, el cadáver de una mujer de 25 años es encontrado en Ciudad Universitaria, amarrada por el cuello a una caseta telefónica junto a la Facultad de Química.

Dos casos cuya violencia no deja de estremecer, a pesar de que la crisis humanitaria que vive México desde hace una década pareciera haber convertido la crueldad y el horror en un asunto cotidiano, donde el hallazgo de fosas clandestinas y el recuento de asesinatos se ha vuelto algo normal, parte de la rutina noticiosa que nos ha ido arrebatando nuestra capacidad de asombro e indignación.

Los datos son contundentes. A una década de la llamada guerra contra el narcotráfico decretada por Felipe Calderón, el número de homicidios en el país se disparó desde 2007, registrando su pico más alto en 2011 y con un repunte en los últimos años, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Pero la tendencia se mantiene a la alza, ya que el primer trimestre de 2017 es ya el inicio de año más violento en la historia reciente de México. Un hecho que incluso ha sido reconocido por el presidente Enrique Peña Nieto, quien asegura que “los índices de criminalidad en diferentes entidades federativas nuevamente empezaron a regresar a escenarios del pasado”.

Homicidios

Pero no solo eso. De 2007 a la fecha, en México se han encontrado 855 fosas clandestinas con 1,548 cadáveres, según un informe reciente de la CNDH. Un país donde la guerra contra el narco provocó una crisis humanitaria con más de 30 mil desaparecidos, una ola de feminicidios y más de 35 mil desplazados. Además, México posee cinco de las 50 ciudades más violentas del planeta, según diversas fuentes. De este modo, el nivel de violencia, equiparable al de países en guerra civil, ha provocado que México sea considerado como el tercer país más peligroso del mundo.

Pero la contundencia de las cifras no es suficiente para comprender la magnitud del fenómeno de la violencia en México y otros países de América Latina, recién reconocida como la región más violenta del planeta. Una región donde el tráfico de las drogas, la pobreza y la desigualdad social no bastan para explicar los niveles de violencia registrados en los últimos años: desde el exterminio de migrantes en San Fernando y las mujeres violadas de Atenco, hasta el atentado y suicidio de un estudiante del Colegio Americano de Monterrey o el hallazgo de 249 cadáveres en una fosa de Veracruz, por mencionar algunos casos recientes.

“Este hombre me contaba, con mucha serenidad, cómo a una de sus víctimas le había abierto el pecho, sacado las costillas para poder arrancarle el corazón vivo y vio cómo se le agotaba el latido en sus manos”, relataba el periodista y corresponsal de guerra David Beriain hace unas semanas, al describir el impactante nivel de violencia de las pandillas en El Salvador.

“Cuando tú te sientas delante de ese al que llaman terrorista, asesino o narcotraficante, gente que mata gente, y no a uno ni a dos, te gustaría pensar que va a existir una distancia infinita entre tú y él, que va a pertenecer prácticamente a otra especie. ¿Y sabes qué es lo que pasa cuando te acercas? Es igual que tú. Y puedes reconocer muchas partes de ti en él. Y eso asusta”, me contaba Beriain en otra ocasión.

¿Pero, cuál es la raíz de la violencia? ¿Qué es lo que lleva a una persona común a realizar actos tan terribles como desollar viva a una persona o asesinar a un bebé de dos años para luego violar a su madre? ¿Qué es lo que ocurre en una sociedad donde continuamente se presentan actos de barbarie como estos? Son preguntas cuya explicación requiere una revisión profunda de la condición humana.

Aftermath Teachers Protest in Oaxaca

La venganza, el odio y la injusticia

Toda violencia es consecuencia de un dolor profundo que busca ser aliviado. Un dolor proveniente de viejas heridas que siguen abiertas y no terminan de sanar, o también, del miedo a ser lastimado otra vez. Y por ello, toda agresión representa, en realidad, un acto de venganza contra el mundo.

Para el investigador de la Universidad de Ámsterdam, Nico Frijda, el dolor, tanto físico como psíquico, es el motor del deseo de vengar el insulto, lesión, pérdida, desprecio, sometimiento o humillación ocasionados por otra persona o grupo social, al existir “un alivio del dolor, a través del ejercicio de un poder elemental sobre el ofensor”, según sostiene en su libro The Lex Talionis: On Vengeance. En un sentido similar, la psiquiatra británica Felicity de Zuleta, autora del libro From Pain to Violence: The Traumatic Roots of Destructiveness, sostiene que las personas particularmente violentas suelen ser aquellas que sufren algún tipo de abuso a edades tempranas y recrean ese mismo patrón siendo adultos: víctimas que se transforman en victimarios.

De ahí que la venganza y la justicia son dos formas de curar el dolor que se genera cuando una persona ha sido lastimada por otra. Y este es un factor clave para comprender las repercusiones sociales de la violencia.

La venganza es un dolor que busca alivio en el dolor ajeno. Que el otro sienta el mismo dolor que yo siento, como un mecanismo de compensación: no se trata de quién nos la hizo, sino de quién nos la paga. Esto explica también el placer momentáneo que produce la venganza. Pero esta necesidad de satisfacer el dolor con el dolor de otro, suele generar un circulo vicioso que conduce a la crueldad, palabra cuyo sentido original hace referencia a algo que se “recrea en la sangre”. Una patología social que puede manifestarse en conductas psicópatas (que no siente culpa por hacer daño) o sadomasoquistas (quien siente placer con el dolor). Es decir, una forma de violencia que se reproduce y multiplica sistemáticamente con consecuencias autodestructivas, pues como bien sugiere aquella bella frase atribuida lo mismo a Shakespeare que a Buda: “La ira es el veneno que uno toma esperando que el otro se muera”.

La venganza y la justicia son dos formas de curar el dolor que se genera cuando una persona ha sido lastimada por otra.

Esto bien podría explicar cómo es que surgen casos como El Ponchis, el niño sicario que mató a cuatro personas a los 14 años, o El Pozolero, el albañil que terminó disolviendo cadáveres para el crimen organizado. Personajes emblemáticos de la galería del horror mexicana que surgen de un contexto social hostil donde la violencia se reproduce en múltiples formas: marginación, abandono, pobreza, abusos, frustración, etcétera. Un ambiente hostil que también ayuda a entender otros fenómenos, como la violencia en los estadios de futbol o la violencia durante protestas políticas. Toda rebelión surge de una furia incontenible.

La justicia, en cambio, busca lidiar con el dolor mediante una compensación del daño recibido. Por ello, la justicia busca restablecer el equilibrio perdido de manera armónica en relación con el orden natural de las cosas o con algún código moral expresado en la cultura. De este modo, el castigo de las malas acciones, ya sea por mandato humano o divino (un castigo de Dios, la ley del karma), suele estar asociado a un sentimiento de justicia. Y este sentimiento de justicia puede ser trastocado cuando las acciones condenables generan una sensación de gozo para quien las lleva a cabo. Un asunto que bien nos podría ayudar a entender el repudio popular que causó la burlona sonrisa del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, tras ser detenido en Guatemala.

De ahí que la injusticia del Estado hace que la gente tenga que recurrir a otras expresiones de fuerza para defenderse de la violencia. Un ejemplo de esto, es la manera en que la impunidad sistemática y la complicidad del gobierno con el crimen organizado provocó que en 2013, un grupo de aguacateros y productores de limón se levantara en armas para constituir los grupos de Autodefensas en Michoacán, luego de que bandas delincuenciales extorsionaban a la población e incluso amenazaron con abusar sexualmente de sus esposas, hijas y madres.

Esta diferencia entre las nociones de justicia y venganza permite entender cómo es que la incapacidad del Estado para proveer seguridad y justicia a las víctimas de la violencia genera más violencia. Por ello, no es casualidad que la diáspora de la violencia en México esté íntimamente vinculada a una debilidad institucional provocada por altos niveles de corrupción e impunidad, que a su vez, ponen en entredicho la viabilidad misma del Estado como garante de la paz social.

Esta diferencia entre las nociones de justicia y venganza permite entender cómo es que la incapacidad del Estado para proveer seguridad y justicia a las víctimas de la violencia genera más violencia.

La justicia es un factor clave para que el Estado pueda ejercer el monopolio de la fuerza. Pero si el Estado mexicano es incapaz de impartir justicia, con niveles de impunidad del 99%, esto explica en buena medida la epidemia de violencia que existe en el país. La injusticia engendra monstruos.

“A mi juicio la violencia está en las instituciones políticas. La desigualdad ha estado aquí siempre y eso por sí solo no explica la violencia del narcotráfico”, me comentaba el historiador y politólogo Lorenzo Meyer en 2011, cuando lo entrevisté para un reportaje que exploraba las causas profundas de la violencia a partir del caso Monterrey, poco antes de que ocurriera el atentado contra el Casino Royale.

Por ello, no es casualidad que la violencia en México esté asociada a la violencia promovida desde las instituciones políticas, el sistema económico, la marginación social y el abuso como forma de vida, sin que existan los mecanismos sociales que permitan mitigar o revertir el daño causado.

La oscuridad es la sangre de las cosas heridas“, dijo alguna vez Jorge Luis Borges en un espléndido verso. No existe la maldad, solo un puñado de gente herida. He ahí la raíz de la violencia.

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Publicado originalmente en el Huffpost México

El nacionalismo trasnochado de la derecha mexicana

Si hubiera existido un ápice del nacionalismo chafa que ahora pulula en México en los más de 30 años de neoliberalismo ortodoxo que hemos padecido en este país, México no sería tan vulnerable a los caprichos de un fascista como Donald Trump.

Si los que ahora se desgarran las vestiduras, no hubieran sido cómplices y sostén del régimen corruptocrático y vendepatrias que se vive desde los sexenios de Salinas de Gortari, Zedillo, Fox, Calderón y Peña, la catástrofe no sería de este tamaño. Ahí están las consecuencias del bipartidismo de derecha, impulsores de aquel famoso “pacto de impunidad” no escrito entre las miserables élites político-económicas que administran la desgracia de millones para su propio beneficio.

Los que destruyeron este país se envuelven ahora en la bandera nacional ante la amenaza Trump. Pero la debilidad del Estado mexicano no la provocó Trump. La provocaron las élites mafiosas que privatizaron todo. Los que acabaron con los derechos sociales, abarataron los salarios y el empleo en nombre de la competitividad, sólo para beneficiar a las empresas extranjeras. Los que apoyaron la militarización del país para tratar de construir la legitimidad que no pudieron obtener en las urnas y detonando una crisis humanitaria sin precedentes. Los aplaudidores que celebraban con bombo y platillo las reformas estructurales que “salvarían” a México.

Ahí están las desastrosas cuentas que entrega el bipartidismo de derecha que ha gobernado México desde 1988 y que explican la actual crisis política, social y económica que padecemos, ante la pérdida de soberanía nacional y un “libre mercado” que sólo ha servido para enmascarar el saqueo de los grandes capitales trasnacionales que lucran con el sufrimiento de millones de personas que a diario padecen los efectos de la pobreza, la inseguridad, la falta de justicia, las violaciones sistemáticas a la dignidad humana.

En lugar de tirarse al suelo y decir tanta estupidez frente a las cámaras, los próceres de la derecha deberían tener un poquito de vergüenza, dar la cara y rendir cuentas por el desastre de país que nos tiene a merced de un psicópata como Trump, capaz de desatar una guerra mundial por mera egolatría.

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El gasolinazo y la pesadilla del neoliberalismo a la mexicana

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La liberalización de los precios de la gasolina evidencia los estragos de un modelo económico al que México apostó su futuro y hoy está en declive ante el triunfo Trump y el Brexit.

El gasolinazo provocado por la liberalización de los precios de los combustibles es el último capítulo de la pesadilla neoliberal mexicana que lleva 30 años desarrollándose en nuestras narices. Una pesadilla que cobra nuevas dimensiones ante la derrota en la escena internacional del proyecto neoliberal al que México apostó todas sus canicas, empeñando el futuro de una generación entera que ahora se ve forzada a pagar los platos rotos.

Fue a mediados de los años 80 cuando los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña, entonces comandados por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, impulsaron una serie de medidas económicas para los países en desarrollo a través de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, sentando así las bases del proyecto neoliberal.

La receta del éxito, según los neoliberales, se basaba en tres puntos clave: privatización de las empresas públicas, el fomento del libre comercio y la desregulación de los mercados. Esto, con el fin de que el Estado interviniera lo menos posible en los asuntos económicos. Recomendaciones que en buena medida, explican el actual incremento a los precios de la gasolina.

No pasó mucho tiempo para que México adoptara a rajatabla dicho modelo económico. Tras la privatización de los bancos y otras empresas durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el gobierno firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte con la promesa de generar crecimiento económico atrayendo inversión extranjera, impulsando las exportaciones y generando empleos bien pagados. Cosa que nunca ocurrió, toda vez que México desmanteló la industria nacional para convertirse en un país maquilero e importador, arrojando un saldo negativo de la balanza comercial ante el poco valor agregado que genera el modelo maquilador.

Las cifras son contundentes, ya que los mexicanos perdieron el 80% de su poder adquisitivo de 1987 a 2016, duplicando los niveles de pobreza, al pasar del 31% en 1994 al 62% en 2015 según datos del Banco Mundial. Al mismo tiempo, la implementación del modelo neoliberal en México trajo consigo el surgimiento de un selecto grupo de multimillonarios beneficiados por las privatizaciones, tales como Carlos Slim (Telmex), German Larrea (Grupo México), Alberto Bailleres (Grupo Peñoles) y Ricardo Salinas Pliego (Televisión Azteca), cuatro de los 30 empresarios más ricos del país cuya fortuna supera los mil millones de dólares.

Desde entonces, el gobierno mexicano no ha dejado de señalar a diversos “factores externos” como los culpables del estancamiento económico, mientras los cómplices del oficialismo tratan de ocultar la manera en que la implementación del proyecto neoliberal convirtió a México en un país particularmente vulnerable a los caprichos de los mercados internacionales.

Pero a pesar de que con el paso de los años existe cada vez más evidencia sobre los efectos negativos del modelo neoliberal en México, en 2014 el gobierno de Enrique Peña Nieto —valiéndose de un discurso tramposo en el que incluso se aseguraba que Lázaro Cárdenas estaba a favor de la privatización, que por momentos hacía recordar aquella máxima incluida en la novela 1984 de George Orwell sobre la manera en que “quien controla el presente controla también el pasado”—, impulsó la reforma energética aprobada por el PRI y el PAN, cuyo propósito era privatizar la industria petrolera que para ese entonces sostenía una tercera parte del presupuesto anual del país.

De este modo, la codiciada renta petrolera mexicana terminó formando parte del proyecto neoliberal por acuerdos entre los partidos políticos, pese al evidente rechazo de la ciudadanía.

A pesar de que la reforma energética significó cumplir con uno de los mayores anhelos de los tecnócratas neoliberales en México, lo cierto es que la industria petrolera ya venía experimentando una privatización silenciosa a través de las empresas privadas de Pemex que conforman el Grupo PMI, que desde finales desde finales de la década de 1980 hasta 2014 manejó con total discrecionalidad los recursos obtenidos por las exportaciones e importaciones de petróleo crudo y sus derivados, incluyendo la gasolina.

Una práctica inspirada en un modelo de negocios en Pemex basado en la exportación de petróleo crudo, que dejó en el olvido la planta industrial con la que contaba el país, incluyendo refinerías y el sector petroquímica. Y por absurdo que parezca, ahora somos un país importador de gasolina proveniente de Estados Unidos y otros países. Una metáfora de lo que ha sucedido con la economía mexicana a más de dos décadas de la implementación del modelo neoliberal.

A más de dos años de distancia, sobra decir que la reforma fue un rotundo fracaso, tal como lo evidencia la virtual quiebra de Pemex, el desmantelamiento de las refinerías que trabajan al 38% de su capacidad, el desabasto de combustible en al menos 10 estados o el incremento de 20% en el precio de la gasolina, y los incrementos en las tarifas de luz y gas.

Mientras el Secretario de Hacienda, José Antonio Meade, asegura que el “libre mercado” de la gasolina fomentará la “competencia” del sector, lo cierto es que dicho aumento tendrá efectos adversos en el aumento de la inflación y hará aún más compleja aquella “película de terror” a la que hizo referencia el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, para describir el negro escenario económico que se vislumbra en 2017.

Y todo esto, en medio de el derrumbe del neoliberalismo con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea vía el Brexit, dos países donde las políticas de libre mercado cedieron a las presiones de una derecha proteccionista cuyo triunfo representa un duro golpe para los tratados de libre comercio. Un proyecto neoliberal al cual México apostó su futuro y que junto con los altos niveles de corrupción e impunidad que padece el país, han ocasionado un presente incierto y desolador para una generación entera de mexicanos.

¿A quién habremos de pasarle la cuenta del desastre de país que nos han dejado?

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El músculo represor que evidencia la debilidad del actual gobierno

Tres tanquetas del gobierno capitalino y varias hileras de policías que se extendían por toda la Alameda bloquearon el acceso de la CNTE al Zócalo en una marcha que transcurrió de manera pacífica. Nunca había visto un operativo de estas dimensiones por una protesta en el primer cuadro de la Ciudad de México. Las negociaciones entre el magisterio y el gobierno de Mancera para avanzar hasta el epicentro del país, resultaron fallidas. Algunas versiones durante la marcha señalaron que la secretaría de Gobierno de la CDMX, Patricia Mercado, explicó que no podían mover el cerco policiaco por órdenes del gobierno federal. Y mientras tomaba nota, no dejaba de preguntarme ¿por qué el gobierno decidió impedir el paso de la manifestación hasta el Zócalo? Durante la marcha no hubo ningún incidente que justificara un operativo como este. Y el asunto era precisamente ese: mandar un mensaje de fuerza. La dictadura corruptocrática necesitaba desplegar un operativo gigantesco para obtener fotografías impactantes como esta, imágenes que de algún modo, buscan infundir miedo entre los inconformes con la amenaza de la represión.

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Este desastroso gobierno no tiene otra alternativa que recurrir a la amenaza de la violencia para tratar de reafirmar el poder de una élite que durante décadas ha pisoteado los derechos elementales de las mayorías sedientas de justicia que ayer decidieron acompañar a los maestros en su lucha. La postal habla mucho del momento actual que vive el país: la tiranía de un gobierno déspota y autoritario cuya ambición perversa y el malestar creciente entre distintos sectores de la sociedad, han provocado que el chantaje y la bravuconería sean las únicas vías que le quedan a este gobierno ilegítimo para seguir ejerciendo su política idiota del saqueo, el despojo, la manipulación informativa y la violencia en todas sus formas. Vientos de insurrección soplan en todo México. Todavía faltan muchas páginas por escribir en este gran cuento, en esta gran lucha por la libertad, la paz y la justicia, este canto épico donde el coraje del pueblo hace frente a la miseria de sus gobernantes, que no son sino el más crudo retrato de la podredumbre humana.
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Una estampa macroeconómica de lo jodido que está México, gracias a su gobierno mafioso

Hoy todos los titulares de la prensa traen el anuncio de que el gobierno mafioso y vendepatrias encabezado por Enrique Peña Nieto y sus secuaces abrirá la importación de gasolinas a la empresa privada a partir de abril, con lo cual se sigue acelerando la destrucción de un sector estratégico para el país. La velocidad con la que se ha desmantelado a Pemex es sorprendente. En menos de un sexenio no quedará nada de lo que alguna vez fue una de las mayores empresas del mundo. Y por si fuera poca cosa, la Auditoría reporta que en 2014 el Estado dejó de recaudar 1.2 billones de pesos (una cifra gigantesca) al perdonarle el pago de impuestos a las mafias empresariales que controlan al país. Por eso parece particularmente irónico que en México se destine más dinero al pago de deuda que a apoyos sociales para combatir la pobreza. En este sistema mafioso, los banqueros serán siempre una prioridad frente a los pobres. Uno no puede deberle 20 pesos a Hacienda porque inmediatamente están chingando con notificaciones de todo tipo, pero eso sí, los grandes empresarios, los multimillonarios, no pagan un centavo porque el gobierno los exenta del pago de impuestos. Estamos jodidos. No hay día que este gobierno de mierda no deje de sorprendernos con algún caso de corrupción impune, vileza desmedida, estupidez crónica y otras linduras tan representativas de nuestra miserable clase política. Y a pesar de que la situación económica está cada vez está peor —una vez que el salario pierde valor al mismo tiempo que se incrementan los precios de las mercancías por fenómenos como la devaluación y la inflación maquillada en los principales indicadores macroeconómicos—, las mafias político-empresariales que han conducido a México a un estado de crisis económica, política y social, van campantes por la vida, gozando de los muchos privilegios que otorga el poder y la enajenación. Y si no me creen, pregúntenle a Humberto Moreira y a Javier Duarte. Par de rufianes, hijos de la chingada en su máxima expresión. Así las cosas en este país hecho trizas llamado México.

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La sorprendente entrevista de Sean Penn al Chapo Guzmán

Vaya historia la de Sean Penn y Kate del Castillo en su encuentro con el Chapo Guzmán. De película. El relato deja entrever algunos rasgos del capo, retratado como un tipo sencillo, apegado a su madre y su rancho. La relación con los retenes militares en las proximidades de la guarida del Chapo habla del nivel de corrupción que prevalece al interior del gobierno. La entrevista resulta un tanto escueta y pésimamente escrita, pero tiene lo suyo. Me quedo con este pasaje del texto de Penn, en el cual retrata el problema de la droga como algo que va más allá de la biografía del polémico personaje un día después del show mediático que se desató en México tras su recaptura:

“No quiero ser retratado como una monja,” dice El Chapo. Esta representación no se me había ocurrido. Este sencillo hombre de un lugar sencillo, rodeado del simple cariño de sus hijos, no da la impresión de ser el lobo feroz de los cuentos. Su presencia evoca cuestiones de complejidad en un contexto cultural, de sobrevivientes y capitalistas, de agricultores y tecnócratas, de empresarios inteligentes de toda calaña, algunos que dicen plata y otros que dicen plomo”.

“Él (Chapo) nos sugiere que consideramos cambiar los planes de nuestra carrera por el negocio del petróleo. Dice que él aspiraría al sector energético, pero que su dinero de origen ilícito, restringen sus oportunidades de inversión. Él cita (pero me pide no nombrar en el texto) una serie de grandes corporaciones corruptas, tanto en México como en el extranjero. Hace notar, con cierto desdén, a varias empresas a través de las cuales lava dinero, mismas que toman con cinismo su propio trozo del pastel del narco”.

El relato completo en el sitio de la revista Rolling Stone: http://www.rollingstone.com/culture/features/el-chapo-speaks-20160109?page=18

 

México, país de la barbarie

Por definición, la civilización implica un acuerdo mínimo para garantizar la convivencia en sociedades complejas conformadas por personas provenientes de grupos culturalmente diversos. De ahí que el origen de la civilización tenga un origen común con la invención de la escritura y las primeras leyes plasmadas en piedra, lo cual permitió fijar en el tiempo y el espacio esos acuerdos mínimos de convivencia y cuya violación debe ser sancionada por la autoridad para mantener la paz dentro de un determinado grupo social. Lo que caracteriza a la civilización es la impartición justicia a través del respeto por la ley, lo cual no es sino un mecanismo social diseñado para garantizar la convivencia.

Todo lo contrario a lo que ocurre en México, país donde el hábito de la barbarie ha logrado imponerse sobre cualquier norma de convivencia, lo cual permite entender muchos de los comportamientos que vemos a diario en las calles, el resultado de una patología social que se ha venido gestando a lo largo de varias décadas debido al debilitamiento de las instituciones que sostienen al Estado mexicano.

No en balde, los índices de violencia en el país se han recrudecido a la par de la desconfianza en las instituciones y la erosión de los aparatos de impartición de justicia, vulnerados por la corrupción.

De acuerdo con el Índice del Estado de Derecho 2015, elaborado por el Proyecto de Justicia Mundial (WJP), México ocupa el lugar 79 de 102 países en cuanto al debido cumplimiento de su sistema de leyes. En casi todos los apartados de dicho indicador, México aparece por debajo del promedio de mundial y regional, siendo el caso más grave el de “Orden y justicia”, en el cual, México se ubica en el escaño 99, siendo el cuarto país peor evaluado, quedando por debajo de países como Honduras, Tanzania y Kenia. Algo similar ocurre en los apartados de “Justicia penal”, donde México se ubicó en el lugar 93, apenas nueve lugares por encima del peor calificado. También ocupó el lugar 88 en el factor “Ausencia de Corrupción”, y el lugar 82 en lo referente a la impartición de “Justicia Civil”. Los datos evidencian una verdad ya sabida: que en México no existe el respeto por la ley ni acceso a la impartición de justicia.

Otros estudios como el Índice Global de Impunidad 2015, realizado por la Universidad de las Américas de Puebla (UDLAP) y el Consejo Ciudadano de Seguridad y Justicia del estado (CCSPJP), ubican a México como el segundo país con mayor impunidad de 59 países analizados, sólo detrás de Filipinas. La falta de justicia ha derivado en una profunda crisis de legitimidad que se expresa en la desconfianza de los ciudadanos frente a instituciones corruptas.

En este sentido, el Informe de Justicia Cotidiana 2015, elaborado por el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), concluye que la mayoría de los ciudadanos mexicanos carecen de medios y condiciones para solucionar sus conflictos a través de las instituciones. Según datos del Barómetro Global de Corrupción 2013, de Transparencia Internacional, más del 80% de los mexicanos perciben como muy corruptos a los partidos políticos, la policía, funcionarios públicos, Poder Legislativo y el Poder Judicial, lo cual habla de la magnitud de la crisis de legitimidad por la que atraviesa el Estado mexicano.

Y esto sin contar con los estudios recientes que documentan un crecimiento exponencial de la brecha entre ricos y pobres como consecuencia de un modelo económico que privilegia el abuso y la desigualdad social, tal como sostiene el estudio de Oxfam, Desigualdad extrema en México —realizado por Gerardo Esquivelel, investigador del Colegio de México—, en el cual se explica que mientras la fortuna de los 4 millonarios más ricos de México representa el 9% del Producto Interno Bruto mexicano, más de la mitad de la población permanece en pobreza. Una cifra que coincide con los 55.3 millones de pobres que existen en México según el más reciente informe del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Y no es casualidad que el aumento de la pobreza y la desigualdad sea consecuencia de la erosión de un Estado de bienestar diseñado originalmente para mitigar las desigualdades provocadas por el sistema económico.

Las cifras sólo confirman la barbarie que vivimos a diario. Un país donde el ejército masacra civiles y niños de manera impune, como ocurrió en Tlatlaya, Apatzingán y Ostula. Un país donde el crimen organizado ha demostrado una y otra vez ser más eficaz que los cuerpos de seguridad, como ocurrió con la fuga de Joaquín ‘Chapo’ Guzmán. Un país donde los escándalos de corrupción del presidente y su gabinete, poseedores de casas y riquezas inexplicables, no son sancionados o siquiera investigados por la autoridad. Un país donde las reformas a la ley están diseñadas para legalizar el abuso y el despojo de una élite insaciable que privatiza todos los bienes públicos sin tomarse la más mínima molestia de rendir cuentas o dar explicaciones por su reiterada incompetencia. Un país donde el sistema electoral privilegia a estructuras clientelares que se mantienen con dinero que los partidos políticos se roban del erario. Un país donde los grandes empresarios hacen negocios exorbitantes amparados en el tráfico de influencias. Un país donde el Poder Judicial sólo sirve para justificar con argumentos imbéciles los crímenes cometidos de la clase política. Un país donde se castiga a quien denuncia un crimen y se privilegia a quien lo comete. De ahí que no deba extrañarnos que el hábito de la barbarie sea una constante en la calle, donde el respeto a los derechos del otro son vejados rutinariamente en esa lucha idiota de todos contra todos.

Todo lo anterior permite entender cómo es que uno debe permanecer en constante estado de alerta para no ser atracado por la policía, el porqué un chofer de microbús puede pararse a media calle tras pasarse la luz roja del semáforo, el porqué un mirrey puede pasar un examen comprándole una botella de ron al maestro, el porqué un entrenador del representativo nacional de futbol puede golpear a un comentarista de manera burda y sin temor a ser castigado, el porqué 43 alumnos de la normal Isidro Burgos de Ayotzinapa pueden desaparecer de manera impune, el porqué existe desabasto de gasolina en varios estados de la República, el porqué el salario mínimo no alcanza para comer, el porqué los medios de comunicación han hecho del silencio un lucrativo negocio, el porqué la gente reacciona con violencia para sacar toda la frustración acumulada por una vida miserable donde la resignación ante la miseria pareciera ser la única posibilidad.

Casos que evidencian la manera en que los mexicanos han optado por abandonar casi cualquier vestigio de civilidad para sobrevivir en un país gobernado por la barbarie.

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El nuevo muralismo mexicano

Una nueva generación de artistas toma las paredes de la Ciudad de México. El arte en las calles cumple una función social indispensable, que habíamos olvidado: alimentar la imaginación. Super chévere.

¿Votar o no votar? El problema es otro…

Como hemos visto mucha confusión que existe en torno al tema en esta temporada electoral en México, nos dimos a la tarea de armar un video exponiendo un punto de vista diferente al que prevalece en los medios. Votar o no votar da lo mismo, pues la descomposición de las instituciones ha provocado que en México el voto no tenga validez, y por lo tanto, es un instrumento poco eficaz para generar un cambio profundo en el país. Con esto arrancamos transmisiones en el FitzionarioTV. Ahí pa que se animen a seguirnos en el canal de Youtube, donde estaremos subiendo videos con los temas que nos interesan en este espacio, dedicado al arte, el saber, los fenómenos sociales y la transformación del mundo.

El país de la impunidad: el saqueo a Pemex y la condonación de impuestos a las grandes empresas

El informe de la Auditoría Superior de la Federación sobre la Cuenta Pública 2013 confirma información que publicamos hace un tiempo en este espacio y otros medios, sobre cómo el gobierno beneficia a los grandes empresarios del país mientras destruye la planta productiva de Pemex y hace negocios multimillonarios con la importación de gasolina.

En la auditoría de desempeño 13-1-18T4I-07-0327, la ASF señala la manera dolosa en que los altos funcionarios de Pemex y el presidente en turno, han convertido en un enorme negocio privado la importación de gasolinas.

“En términos generales, se determinó que las acciones de conducción y dirección por parte de Pemex Corporativo no aseguraron el abastecimiento de petróleo crudo que demandó el Sistema Nacional de Refinación, en términos de cantidad y calidad, lo que afectó la producción de petrolíferos para
satisfacer la demanda con producción propia, por lo que se recurrió a crecientes importaciones”, indica el documento.

En cuanto al tema de la condonación fiscal, la ASF sostiene que 36 de las empresas más grandes de México no pagaron impuestos por más de 80 mil millones de pesos. Mientras el gobierno de Peña aumentó los impuestos con la reforma hacendaria, los adeudos fiscales de los grandes empresarios fueron condonados de manera ilegal, según reporta la Auditoría Superior de la Federación.

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Los sectores más beneficiados, son los banqueros, las televisoras, las comercializadoras, los servicios de telecomunicaciones (Slim y Televisa), y las cementeras. A la banca privada le condonaron 20 mil 722 millones de pesos, mientras a los medios de comunicación (televisoras), se les condonó 18 mil 536 millones de pesos.

En otras palabras, la clase política sigue destruyendo al país impunemente, sin que la ciudadanía haga algo efectivo para evitarlo.

Julio Scherer García, periodista

Hoy se nos fue uno de los personajes emblemáticos del México de la posguerra. La historia de México en el siglo XX no sería la misma sin la pluma de Julio Scherer García. Un periodista de cepa, valiente, comprometido con la verdad y todas sus consecuencias, un maestro de la crónica. Cómo le hacen falta a México más periodistas íntegros, como lo fue siempre Julio Scherer García.

No tuve el privilegio de conocer en persona a Scherer. Sólo lo conocí por su trabajo, por esa pasión desenfrenada que era el periodismo para él, la misma que marcó su vida y lo convirtió en leyenda. Yo tenía 15 años de edad cuando escuché por primera vez de Scherer en su mítica entrevista al subcomandante Marcos. Yo no alcanzaba a entender el sentido profundo de la conversación entre los célebres personajes, pero ya en aquellos años recuerdo haber sido fascinado por la manera tan audaz en que Scherer daba giros inesperados a la entrevista. Cuando cursaba yo la universidad, leía y releía aquella entrevista. Sabía que aquellas palabras poseían un significado oculto que había que descifrar. Tuvieron que pasar muchos libros y varios golpes de realidad para empezar a decodificar aquella charla. Por aquellos años, salió también el especial por los 35 años de la revista Proceso. El texto de Scherer sobre el golpe a Excélsior fue un duro gancho al hígado de Luis Echeverría. Duro como el fiero pugilista que siempre fue, a Scherer nunca le tembló la mano para cumplir con su deber de periodista. Así lo demostró en la entrevista que realizó al Mayo Zambada, la misma entrevista que le recibió patéticas críticas de la servidumbre más rastrera del oficialismo presidencial. Ahí estaba aquel anciano, duro como roble, desafiando a la muerte, desnudando la corrupción del sistema político mexicano, desentrañando la mente de los criminales desde su inigualable pluma. Aquí la memorable entrevista que tanto me impactó en mi adolescencia junto a un genial texto de Villoro a propósito del fallecimiento del legendario periodista mexicano. No se sorprendan si en el más allá, logra una exclusiva con el mismísimo Creador.

Algunos textos recomendables para recordar al maestro:

Leyenda y verdad.Julio Scherer

Julio Scherer García, el periodismo en la piel

El oficio de Scherer

El sabio Pepe Mujica y sus palabras llenas de amor para el pueblo de México

Lloré mucho al ver el video, como pocas veces. Este viejo, regordete y chaparrito, tiene un alma descomunal. Más que un político, Pepe Mujica es un hombre sabio, un hombre lleno de amor. En estos tiempos tan terribles que se viven e mi país, llega este superhombre a darnos una lección de vida. En las palabras de Mujica se devela el ser humano en toda su verdadera naturaleza, la del amor, la de la vida y nuestra necesidad de construir utopías. Me conmovió mucho cuando habló del papel que tenemos los universitarios, los jóvenes, a la hora de transformar esta realidad perversa que nos aqueja. Algo profundo movió en mí este viejo bonachón. Gracias Pepe, muchas gracias por todo. No sabes lo mucho que necesitábamos en México ese abrazo tuyo tan sincero, tan elocuente. Afortunado de haber coincidido con un hombre de época.

La necesidad de un nuevo pacto social en México

La crisis actual del Estado mexicano tiene al país al borde de una guerra civil. No es exageración. Los primeros brotes de una insurrección popular son más que evidentes con el surgimiento de los grupos de autodefensa en Michoacán y las protestas por la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa. En ambos casos, los vínculos entre el crimen organizado y los tres niveles de gobierno han desnudado la profunda crisis de legitimidad por la que atraviesan los aparatos del Estado. Una crisis estructural que no pasa sólo por el poder Ejecutivo, sino también por el Legislativo, el Judicial y otros metapoderes como la élite empresarial que controla a los medios de comunicación.

En su libro Vacíos de poder en México, el investigador de la Universidad de Columbia, Edgardo Buscaglia, señala que los altos niveles de violencia en México son consecuencia de un ‘pacto de impunidad’ entre las élites político-empresariales del país, en el cual se han debilitado intencionalmente los controles legales encargados de combatir al crimen organizado, con el objetivo de crear negocios multimillonarios al amparo de la corrupción y la impunidad. De ahí que el gobierno de Enrique Peña Nieto reconociera al principio de su administración que en México existían niveles de impunidad cercanos al 99%, tal como reconoció públicamente el gobierno federal al inicio del sexenio. Pero fuera de resolver el problema, el actual gobierno ha acentuado la crisis creando más vacíos legales para hacer negocios estratosféricos con reformas antipopulares como la energética, en la cual se crean más lagunas para que las empresas privadas puedan hacer negocios multimillonarios con los recursos naturales propiedad de la nación.

La restauración autoritaria que pretenden imponer el PRI y sus aliados que sostienen al actual régimen, es directamente proporcional a su miopia política. Los tricolores pretenden gobernar con mano dura y repression a los opositores, como en los viejos tiempos, sin entender que las cosas en el país han cambiado durante las últimas décadas. El actual régimen es incapaz de garantizar la gobernabilidad por la debilidad de las instituciones mexicanas, mismas que fueron desmanteladas en aras de un proyecto económico desastroso cuya premisa era precisamente “adelgazar” al Estado para permitir que el “libre mercado” y el capital financiero pudieran operar sin el menor obstáculo. Y eso fue precisamente lo que sucedió. El mercado terminó devorando al débil Estado mexicano, el cual pretende recomponer su dictadura imperfecta a partir de viejas prácticas autoritarias. Sólo bajo esta lógica neoliberal puede entenderse la complicidad existente entre el Estado y el crimen organizado. Sólo así puede entenderse el enorme poder que en los últimos años han adquirido los cárteles de la droga y los grandes grupos empresariales que han magnificado sus fortunas al amparo de la corrupción. El crimen organizado se apoderó del Estado mediante inyección de dinero ilícito a las campañas electorales que sustentan a la partidocracia que gobierna bajo la misma lógica de la corrupción, la misma lógica con la que se legisla y se administra la justicia para satisfacer los intereses de las élites que tienen secuestrado al país.

De ese tamaño es la crisis estructural que padece el Estado mexicano. Una crisis provocada por un régimen corrupto que opera un Estado fallido que violenta el pacto social que antiguamente le otorgaba legitimidad al gobierno. Y es precisamente este vacío de legitimidad de las instituciones lo que genera el actual clima generalizado de violencia en el que los opositores al régimen desaparecen por miles mientras las fosas clandestinas desbordadas de cadáveres anónimos aparecen todos los días a lo largo y ancho del territorio nacional. De ahí que la violencia que vive el país provenga del Estado mismo.

El pacto social que legitima al Estado mexicano está roto, toda vez que el Estado (encarnado en el mal gobierno) no ha cumplido su parte del acuerdo dentro del pacto social. Y esa ruptura es la misma que genera un clima de desestabilización e ingobernabilidad que podría desencadenar una guerra civil en el futuro próximo como un intento desesperado de la población por restablecer el orden extraviado, al mismo tiempo que los grupos de poder mueven sus fichas para generar un reacomodo de fuerzas al interior del gobierno para seguir manteniendo el control. Si las instituciones del Estado son incapaces de resolver los problemas para los cuales fueron creadas, no tiene caso obedecerlas. Y si la vía institucional para resolver los problemas ha dejado de ser factible, la inconformidad se ve en la necesidad que buscar otras vías para resolver sus problemas, incluyendo las armas. De ahí el riesgo de que un conflicto armado pueda estallar en el futuro inmediato si no existen mecanismos capaces de resolver la crisis.

 

Reconstruir el pacto social

¿Cómo puede resolverse la crisis estructural del Estado mexicano? Reconstruyendo el pacto social a través del diálogo entre los distintos sectores sociales fuera de la vía institucional.

El espacio natural para establecer el diálogo necesario para construir un nuevo pacto social sería el Congreso, pero resulta que una buena parte de la actual crisis política pasa precisamente por la poca o nula legitimidad del Poder Legislativo. Una pérdida de legitimidad que se explica a partir de una crisis en el modelo de representación política implantado en México, ya que los legisladores responden más a las lógicas propias de los partidos políticos, cuyo carácter organizativo está basado en estructuras clientelares cuyo margen de acción depende del dinero público que desvían los gobiernos de los tres niveles con fines electorales. De ahí que el sistema político mexicano no pueda entenderse hoy en día sin el componente estructural de la corrupción, el cual articula todos los engranes de una maquinaria política divorciada de la ciudadanía. Sólo así puede entenderse la manera en que el Congreso ha logrado aprobar iniciativas de ley antipopulares como la reforma laboral, diseñada para satisfacer los intereses de las mafias político-empresariales que mantienen el control institucional del país sin contrapesos reales que permitan a la ciudadanía incidir en los procesos de participación política y toma de decisiones. Otro ejemplo es la manera en que iniciativas de ley promovidas por la ciudadanía son deformadas en su espíritu y en su forma por los legisladores de las distintas facciones partidistas para satisfacer a los intereses de la clase política, tal como ocurrió con la Ley General de Víctimas promovida por el Movimeinto por la Paz con Justicia y Dignidad. Por ello, la misma ilegitimidad del Congreso mexicano hace imposible que sea ese el lugar donde pueda darse el diálogo necesario para la construcción de un nuevo pacto social.

¿Y cómo construir este escenario de participación ante la grave crisis institucional que enfrenta el Estado? A partir del diálogo. ¿Y desde que estructura debe darse este diálogo entre los distintos sectores sociales? Desde una organización popular e incluyente que permita a la sociedad civil discutir los problemas del país sin pasar por el filtro de partidos políticos y un Congreso de dudosa legitimidad. De ahí la importancia de construir una estructura abierta que promueva la participación ciudadana y permita la construcción de un nuevo proyecto de nación mediante un nuevo pacto social que promueva nuevos modos de convivencia y un reparto mas equitativo del poder político y un rediseño institucional del Estado mexicano, lo cual debe plasmarse en una nueva Constitución redactada por un Congreso Constituyente, ajeno a los intereses sectarios de los partidos politicos y la corrompida clase política.

La teoría social nos ha enseñado que las instituciones son un producto de los hábitos -tal como sostienen tanto Berger y Luckman como Giddens con su teoría de la estructuración social- y por lo tanto, la construcción de un nuevo acuerdo social tiene que pasar por la institucionalización del diálogo como una vía para que los mexicanos puedan resolver sus diferencias.

Y es aquí donde el papel de las universidades, tanto públicas como privadas, juega un papel determinante en la conformación de estos espacios plurales que promuevan el diálogo entre distintos grupos sociales, con el fin de construir un proyecto alternativo de nación que permita solucionar la actual crisis de Estado que ha desembocado en diversas expresiones de violencia emanadas del pacto de impunidad existente entre gobiernos de los tres niveles y las organizaciones criminales que controlan el territorio, los sistemas de impartición de justicia, los medios de información y la toma de decisiones.

De ahí la importancia de construir un nuevo pacto social que otorgue la legitimidad perdida al Estado y ponga fin al actual ‘pacto de impunidad’ existente entre gobiernos de los tres niveles y las organizaciones criminales que controlan el territorio, los sistemas de impartición de justicia, los medios de información y la toma de decisiones.

La reconstrucción del orden social a través de una reconfiguración del Estado implica una revolución. En nosotros queda que esta revolución pueda concretarse de manera pacífica.

“Y es que hoy estoy fuerte…

Desde que escuché hace un par de semanas esta rola de Saúl Hernández, me pareció que era un himno para los tiempos que se viven en México. A pesar de tanta podredumbre, un germen revolucionario preña el aire. A pesar de todo el dolor, la sociedad mexicana va perdiendo el miedo para hacerse fuerte. Lo único que lamento es que la rola no tenga un ritmo más acelerado, propio de estos tiempos vertiginosos. La letra es bellísima. Hacía ya un rato que el caifán mayor no nos cautivaba de esta forma con una canción.

Cómo quemar a un presidente ilegítimo en tiempos de represión

Tras casi dos meses de protestas en las calles por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el descontento contra el gobierno mexicano sigue subiendo. La marcha del pasado 20 de noviembre fue un claro ejemplo de ello. Y a mismo tiempo que se multiplican las protestas en México y el mundo, también se multiplica la represión de un Estado desbordado por la corrupción. El último recurso de un podrido régimen para tratar de mantener el control a través de la violencia y la coerción, justo en un momento donde el escándalo por la indignante mansión de 7 millones de dólares propiedad del presidente Enrique Peña Nieto y su esposa, la actriz, Angélica Rivera, han salido a la luz en el momento exacto para evidenciar aún más la corrupción al interior del actual gobierno. Y a todo esto, les comparto un video sobre cómo quemar un presidente ilegítimo -con nariz de payaso y manos llenas de sangre- justo en medio de la noche. Una metáfora poderosa, cortesía de los estudiantes de Posgrado de la UNAM, donde la infamia del presidencialismo mexicano quedó reducida a cenizas. La revolución es inevitable. #ArdePeña

 

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