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Coco, una linda fábula sobre la muerte, el amor, el olvido y la memoria

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Una extraña fascinación por la muerte me ha acompañado desde hace muchos años, aún cuando han sido pocos mis encuentros con la flaca. Recuerdo cuando tenía 17 años, época en que uno se encontraba varado en un agujero, descubriendo lo que era el trabajo y la explotación, con sueldos miserables de 350 pesos semanales que no alcanzaban para mucho tras largas jornadas que en ocasiones superaban las ocho horas diarias. Por aquellos días, teníamos una perrita salmoyedo llamada Frida (antes de que la fridamanía invadiera el mundo). Aquella perrita además de ser nuestra única alegría por aquellos días, era la sensación de la colonia. Los niños tocaban a nuestra puerta para ver si la dejábamos salir a jugar. Cuando llegábamos a casa, exhaustos, no dejaba de ladrar hasta que no la sacáramos a pasear a la calle. Una tarde, mientras jugábamos futbol, atropellaron a Frida. Apenas la vi regresar cojeando, lastimada, antes de derramarse sobre el suelo. Corrimos a abrazarla pero para entonces ya era demasiado tarde. Tenía la lengua de fuera y sus ojitos negros, ausentes. Lloré como pocas veces en la vida ese día. La fui a enterrar a un terreno baldío. Mi hermano no quiso acompañarme y me enojé con él. A los pocos días, unos vecinos nos tocaron a la puerta para decirnos que el hedor a muerte que despedía el cadáver de la perrita era insoportable. Compramos un poco de cal, tomé la pala y volví al lugar para resolver aquella situación. Cuando llegué, el cuerpo de Frida estaba en la superficie, desenterrada. Su cabecita era la misma de siempre pero los animales le habían devorado el vientre. Me impactó mucho ver sus costillas de fuera, el reguero de tripas y un penetrante olor a podrido. Enterré a la perrita y pasé muchos días triste, tratando de hacerle una canción, pero en aquel tiempo no sabía cómo hacer una canción y lo dejé.

Por esas mismas fechas en que a veces apenas y teníamos dinero para comer, recibíamos seguido la visita de Birul, un primo de mi mamá a quien nunca habíamos tratado mucho, hasta ese entonces. Nos alegraba que cayera por la casa los fines de semana, cada vez que iba a Valles por algún asunto para luego regresar a su casa en Tamuín, siempre acompañado de sus muchos hijos. Era un bribón adorable ese Birul. Al poco tiempo cayó enfermo por unas piedras en el riñón, que se fueron complicando. Anduvo vagando de hospital en hospital. La última vez que lo vi, tenía la cara pálida, descompuesta. Aún así, nunca pasó por mi mente que se fuera a morir. Todo pasó en apenas unas pocas semanas. El sepelio fue triste, pero recuerdo que había mucha gente. Un año después, trabajando como camarógrafo de un canal de televisión local, me tocó cubrir un evento en su natal Tamuín, donde se repartieron andaderas, bastones y sillas de ruedas para viejitos. Uno de ellos, con la voz entrecortada, agradeció a Birul por la ayuda recibida que les había dado cuando todavía vivía. Aquello me tomó por sorpresa. Se me humedecieron los ojos y me conmovió pensar que las cosas que uno hace en vida, buenas o malas, que uno realiza en vida, puedan seguir resonando en la vida de otras personas mucho tiempo después de haber partido a otro mundo. Ahora que vi una foto de Birul que mi prima Ximena Borbolla compartió en su muro, me acordé de aquella anécdota.

En esas cosas me quedé pensando al salir del cine luego de ver Coco. ¡Qué lindura de película! Sobre la vida y la muerte, el amor, el olvido y la memoria. Y más porque el Día de Muertos me produce una fascinación peculiar. No en balde llevaba seis años ininterrumpidos juntando fotos de esa colorida celebración donde los muertos regresan del más allá para volver con los suyos, una vez al año. Creo que la película capta muy bien esa mágica relación del mexicano con la muerte. Luego me vino a la mente aquella canción que Silvio Rodríguez le compuso alguna vez a un solitario insecto en el lecho de su muerte:

 

¿Qué hará la tierra con los huesos

del que muere sin regreso

en virtud de su ambición?

Sin funerales, sin amigos,

sus adioses sin testigos,

sus domingos sin amor…

serán como el del insecto aquel,

muriendo solo, sin después.

Morir así es no vivir.

Morir así es desaparecer.

 

“Morir así es no vivir”, dice el poeta. Sólo quien vive en plenitud puede escapar del olvido. Sólo quien vive sin temor a la muerte vive de verdad. “Porque la vida es prestada y hay también que devolverla”, escribí hace un año camino a Cholula, en uno de los muchos poemas y reflexiones que he dedicado a la flaca. Algún día nosotros también habremos de partir. Es la única certeza posible en ese mar de dudas y extravío que es la vida, esa vida breve que se evapora en un segundo. Por eso creo, no hay tiempo que perder. Hay que vivir en plenitud, intensamente, hay que beber, hay que bailar y cantar, reír mucho, y también dolerse, hay que caer y aprender a levantarnos, vagando sonrientes entre laberintos y flores. De eso trata esta canción del Día de Muertos que compuse hace un par de años. Vivir, vivir intensamente, solamente vivir, que la vida es tan sólo un instante, un efímero chispazo para alumbrar la eternidad.

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La delgada frontera entre la vida y la muerte

La delgada línea entre la vida y la muerte parece desdibujarse poco a poco conformé cambiamos la escala de nuestra percepción. Todo está vivo y todo está muerto al mismo tiempo. Todo depende del punto desde el cual se observa ese maravilloso espectáculo de la existencia.

El secreto de la muerte: envejecimiento celular

Cuenta el libro del Génesis que Matusalén, hijo de Enoc, vivió 969 años. Una historia que habla de la fascinación que desde siempre ha sentido el ser humano por vencer la vejez, evadir la muerte y conseguir la vida eterna.

Hoy, la ciencia se plantea preguntas similares. Yo mismo me hice en días recientes la pregunta de por qué envejecemos. ¿A qué se deberá que las células que mantienen a nuestro organismo comienzan a fallar y dejan de reproducirse?, fue la pregunta que me llevó a realizar una pequeña pero fascinante investigación que me ayudaría a comprender la vejez, el secreto de la muerte.

Lo primero que encontré fue el papel que desempeñan los telómeros, los extremos protectores de las cromosomas que se van desgastando con el paso del tiempo y que limitan la división celular en los humanos. Una vez que la enzima encargada de recomponer los telómeros, conocida como telomerasa, es incapaz de reparar la capa protectora de los cromosomas, estos empiezan a entrar en un proceso de descomposición que produce el envejecimiento celular que produce enfermedades como el cáncer y conduce a la muerte. De ahí que científicos como María Blasco sostienen que mantener en buen estado los telómeros, ya sea mediante hábitos saludables o vía transgénica, alarga la vida de las personas. La pregunta es: ¿por qué el cuerpo sólo puede producir de manera natural un limitado número de telamerasa, capaz de alargar indefinidamente la reproducción celular?

Aunque los científicos parecen tener ciertas pistas, no han llegado a una respuesta concluyente. A título personal, me parece que algunas respuestas las podemos encontrar en la manera en que ciertas células deciden perecer para mantener la vida de cada organismo. La muerte es necesaria para mantener el equilibrio, el orden mismo sobre el que se sostiene la vida. Esto es precisamente lo que realizan las células dañadas mediante la apoteosis, “una destrucción o muerte celular programada provocada por ella misma, con el fin de autocontrolar su desarrollo y crecimiento, está desencadenada por señales celulares controladas genéticamente”, lo cual “tiene una función muy importante en los organismos, pues hace posible la destrucción de las células dañadas, evitando la aparición de enfermedades como el cáncer, consecuencia de una replicación indiscriminada de una célula dañada hace posible la destrucción de las células dañadas, evitando la aparición de enfermedades como el cáncer”, según explica la Wikipedia.

Y a pesar de que el ser humano ha logrado triplicar su esperanza de vida en tan solo en un siglo, esto pareciera no ser suficiente para nuestros delirios de inmortalidad. Eso hace que uno se plantee más preguntas: ¿Qué implicaciones socioambientales tendría el alargamiento de la vida en los seres humanos? ¿Qué pasaría con fenómenos como la deforestación si además del crecimiento demográfico, el ser humano pudiera aumentar su esperanza de vida 40 años? ¿Estamos preparados para ello?

Rediseñar nuestro código genético para prevenir el envejecimiento celular y alargar la vida plantea un problema filosófico sobre lo humano. ¿Podría considerarse humano un ser transgénico construido artificialmente en un laboratorio? ¿Qué implicaciones sociales tendría ese rediseño de la estructura biomolecular que nos define como humanos? Y aún más disparatado: ¿hacía dónde nos llevará este proceso de transformación dos mil años en el futuro?

La posibilidad de la vida eterna plantea una revalorización de la muerte. Si la muerte es una condición necesaria para el mantenimiento de la vida, alargar nuestra vida hasta el infinito implica alargar hasta el infinito la muerte de otros seres. Ellos serán los sacrificados para cumplir nuestra ambiciosa empresa.

Una vez más, surge la pregunta filosófica: ¿para qué queremos vivir tanto si no aprovechamos los años de vida que tenemos ahora? ¿Qué caso tiene vivir 300 años si los utilizamos para vivir enajenados a un sistema consumista y autodestructiva como lo hacemos hoy?

Los alquimistas creían que el elixir de la eterna juventud estaba ligado a la piedra filosofal, ese elemento mágico capaz de convertir el plomo en oro. A pesar de no tener nociones de genética molecular, los alquimistas llegaron desde hace siglos a una conclusión a la que muchos científicos de la actualidad parecieran resistirse: la juventud está en la mente.

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El trágico fin de la Revolución Mexicana: la muerte del pacto social tras la agonía neoliberal

De un plumazo, el presidente Enrique Peña Nieto firmó el acta de defunción de la Revolución Mexicana. La larga agonía llegó a su fin. La privatización de la industria petrolera acabó con cualquier vestigio de ese proyecto político y cultural derivado del pacto social plasmado en la Constitución de 1917. El mismo proyecto que sentó las bases para el mayor desarrollo en la historia del país entre 1930 y 1976, época en que el mundo hablaba del ‘milagro mexicano’ que permitió construir, entre otras cosas, instituciones fundamentales para el desarrollo del país a lo largo del siglo XX.

Por partida doble, la reforma energética pulverizó los dos grandes triunfos históricos de la Revolución Mexicana: el reparto agrario y la expropiación petrolera. Con la nueva legislación aprobada en el Congreso por el PRI y PAN (junto a sus partidos satélite, PVEM y Panal) establece que el gobierno tendrá facultades para obligar a los propietarios a rentar sus tierras a las empresas privadas para la explotación de hidrocarburos, una actividad considerada como prioritaria para los intereses de la nación, lo cual representa una expropiación disfrazada en la jerga legislativa. El solo argumento expuesto en la Ley de Hidrocarburos es aberrante. En las últimas décadas, las empresas mineras han demostrado hasta el cansancio la manera en que los intereses privados son capaces de pisotear los derechos elementales de las comunidades ante un Estado mexicano incapaz de impartir justicia. Los casos sobran. No en balde, los conflictos sociales derivados provocados por el despojo de los recursos naturales se ha incrementado de manera sustancial en los últimos años, tal como evidencian algunos informes de académicos y organizaciones civiles[1]. De ahí la preocupación externada por organizaciones campesinas en torno a la manera en que los intereses de las trasnacionales energéticas, apoyados por el gobierno mexicano, acentuarán los conflictos sociales que existen hoy en día ante el despojo como política de Estado y la utilización de técnicas extractivas con un alto impacto ambiental y social, tal como ocurre con el proceso de fractura hidráulica utilizado para la explotación del gas shale.[2]

Del otro lado, aún con la reforma energética ya aprobada, quedan muchas dudas del impacto económico que provocará el agujero fiscal de entre 200 mil y 800 mil millones de pesos que dejará la reforma energética en el presupuesto, ya que contrario a lo establecido en la ley, la iniciativa aprobada por el PRI y PAN no cuenta con un estudio prospectivo en materia económica[3]. Una situación que agudizaría las precarias finanzas de estados y municipios de todo el país ante la posible reducción de las participaciones federales como consecuencia de que Pemex comparta la renta petrolera con empresas privadas.

Por supuesto, el asunto de la privatización de la industria energética evidencia el abandono definitivo del PRI al proyecto social que le vio nacer. Aunque esto no es nuevo, ya que desde la década de 1980 la fractura interna del tricolor y las privatizaciones impulsadas tras la adopción del modelo neoliberal evidenciaban el distanciamiento ideológico del partido hegemónico frente al nacionalismo revolucionario que justificaba la existencia del PRI, las reformas estructurales del tricolor apegadas a los intereses de las cúpulas empresariales del país han dado la última estocada a la Revolución Mexicana, luego de que la reforma laboral cancelara los derechos conquistados tras años de luchas como las huelgas de Cananea y Río Blanco.

Hoy no queda nada. Los artículos 3, 27 y 123 de la Constitución, mismos que regulaban la educación, la propiedad de la nación sobre sus recursos naturales y los derechos de los trabajadores, los cuales el PRI presumía pomposamente aún durante el sexenio fúnebre de Carlos Salinas de Gortari y su sucesor Ernesto Zedillo, son letra muerta. Los tres pilares del nacionalismo revolucionario, (el sector obrero, campesino y popular) fueron aniquilados por líderes corruptos y un modelo económico que se ha cansado de evidenciar su inoperancia ante la ineficiente política exportadora y los fallidos tratados de libre comercio que el gobierno mexicano sigue impulsando con todo y sus miserable’s resultados, incluyendo la precarización del salario, el aumento sostenido de la pobreza y las altas tasas de migración hacia los Estados Unidos.

Más allá del rollo ideológico, el PRI pareciera no haberse dado cuenta de las repercusiones que tendrán estas reformas en la vida política del país y el problema de gobernabilidad que se avecina. Esto se debe a que la restauración del modelo autoriario que pretende reinstalar el PRI es directamente proporcional a su incapacidad para constatar que el México de hoy no es el mismo que el México jurásico de la ‘dictadura imperfecta’ acuñada por el escritor peruano Mario Vargas Llosa.

El PRI es incapaz de garantizar la gobernabilidad del país e imponer su mano dura como en antaño por una sencilla razón: la debilidad de las instituciones mexicanas. Las mismas instituciones que el PRI ayudó a desmantelar en aras de un proyecto económico que a lo largo del tiempo ha resultado desastroso en términos macroeconómicos, con una tasa de crecimiento prácticamente nula en tres décadas al comparar el Producto Interno Bruto por habitante.

La diferencia entre el viejo PRI, aquel viejo monstruo del corporativismo clientelar que “robaba pero dejaba robar” y el no tan nuevo PRI de corte neoliberal tras el cisma de los años 80 está en sus bases. Las instituciones con las que contaba el viejo PRI fueron el resultado de ese caos llamado la Revolución Mexicana y el pacto social que se materializó en la Constitución de 1917. Las instituciones con las que cuenta el nuevo PRI son la consecuencia directa del proyecto neoliberal confeccionado en el concejal de Washington, donde irónicamente, uno de los principales objetivos era debilitar al Estado mexicano para cederle el paso al ‘libre mercado’. Y eso fue exactamente lo que sucedió. Los grandes intereses económicos terminaron por devorar a un Estado débil como el mexicano. Sólo así puede entenderse el enorme poder de los cárteles de la droga y los grandes grupos empresariales que han magnificado sus negocios mediante la corrupción promovida desde el gobierno. Fue así como el crimen organizado, el de pistola en mano y cuello blanco, se apoderó del país. La mafia se disputa el mercado mientras el Estado intenta recobrar su papel de intermediario. Eso es lo que dejan entrever reformas como la de telecomunicaciones, donde el gobierno pretende recuperar el poder perdido para posicionarse como mediador en un conflicto de particulares disfrazado de política pública, tal como ocurre con la disputa entre América Móvil y Televisa. Algo similar ocurrió con el gremio magisterial, cuyos liderazgos fueron cobijados durante la docena trágica panista encabezada por Vicente Fox y Felipe Calderón. Es así como a través de medidas autoritarias y antipopulares (de acuerdo con las últimas encuestas de opinión en torno a la reforma energética), el PRI intenta el control que el Estado cedió a los poderes fácticos.

El problema de fondo reside en que la debilidad sistemática de las instituciones que dan sustento al Estado mexicano representa un problema político de grandes dimensiones, ya que esto explica en buena medida, el incremento de la corrupción, la violencia y la criminalidad en todo el país. Mientras el Estado debiera ser el ente encargado de garantizar la convivencia social entre los diferentes grupos, la ineptitud de los aparatos gubernamentales para hacer cumplir la ley, con el objetivo de beneficiar los intereses de las cúpulas empresariales a través de vacíos legales que fomentan la corrupción y el crimen organizado (tal como advierte acertadamente el investigador de la Universidad de Columbia, Edgardo Buscaglia, en su libro Vacíos de poder) ha generado un ambiente de descontento generalizado tras la ruptura del pacto social que daba permitía niveles mínimos de cohesión y convivencia.

Ahora que el proyecto revolucionario ha llegado a su fin, México parece navegar a la deriva. Al no existir un acuerdo social que salvaguarde los intereses de los distintos grupos que conforman ese país llamado México para beneficiar a las cúpulas, terminará por agudizar el descontento social y la violencia que se sigue viviendo a lo largo y ancho del país aunque los medios oficialistas intentan matizar en sus titulares. El saldo de una transición democrática fallida donde las élites mexicanas han logrado sepultar de una vez por todas el proyecto revolucionario para dar paso a una reedición del Porfiriato donde los grandes hacendados serán sustituidos por las trasnacionales petroleras. Son los giros trágicos de la historia en un país desmemoriado, educado para aceptar con resignación e ingenuidad los desplantes despóticos de sus amos y su nostalgia por las asimetrías sociales que provocaron esa insurrección que alguna vez fue la Revolución Mexicana.

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[1] Emir Olviares e Israel Rodríguez. En riesgo, grandes extensiones de tierra en 4 estados por cambios en materia energética. La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2014/06/16/politica/006n1pol; También puede consultarse: Andrés Barreda Marín, Diagnóstico Ambiental de México, ANAA, 2009. http://www.afectadosambientales.org/andres-barreda-marin-diagnostico-ambiental-de-mexico-anaa-2009/; José Luis Lezama y Boris Graizbord. Los grandes problemas de México, capítulo IV: Medio Ambiente. Colmex, 2010. http://2010.colmex.mx/16tomos/IV.pdf

[2] Manuel H. Borbolla. Expropiación de tierras, cara oculta de la reforma energética. Agencia Quadratín: http://mexico.quadratin.com.mx/Expropiacion-de-tierras-cara-oculta-de-la-reforma-energetica-I/; Piden campesinos modificar legislación por expropiaciones: http://mexico.quadratin.com.mx/Piden-modificar-legislacion-de-expropiaciones-por-reforma-energetica/

[3] Esto de acuerdo con un estudio de la Universidad Iberoamericana campus Puebla, presentado por la bancada del PT en el Senado en julio de 2014 dentro de la discusión de la reforma energética: http://oaxaca.quadratin.com.mx/Reforma-energetica-dejara-hoyo-fiscal-de-800-mil-mdp-Bartlett/

El embrujo del Gabo

Hoy partió al más allá uno de los más grandes autores latinoamericanos de todos los tiempos. Siempre me sorprendió lo mucho que lograba Gabriel García Márquez con una prosa clara, casi minimalista. Procuraba frases breves como Hemingway y odiaba los adverbios. Un escritor obsesionado con el lenguaje y los muchos relieves que tiene la vida. De él me llevo varios pasajes de Cien años de soledad, una novela perfecta que desde su publicación impregnó de poderosas imágenes el imaginario latinoamericano. Fue el primer libro suyo que tuve oportunidad de leer. Luego llegaron varios relatos suyos: Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El amor en los tiempos del cólera, algunos cuentos cuyos nombres no recuerdo. Me gustaron todos, pero ninguno hizo revivir en mí escenas tan evocadoras como las de aquel mítico Macondo y las fantásticas desventuras del clan Buendía. Las escenas de cama de Pilar Ternera y José Arcadio Buendía, los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía, la vez que Melquiades llevó el hielo al pueblo, la vez que llovió cuatro años seguidos en Macondo, la ascensión celeste de Remedios… Postales que llenaron de colores el parnaso de las letras iberoamericanas. No me declaro un fan empedernido de su obra, pero su talento con la pluma es incuestionable. Es uno de esos extraños casos de escritores que logran convencer a la crítica y a las masas. Por algo será. Sin temor de equivocarme, puedo afirmar que Cien años de soledad es la novela más importante de las letras hispanas, solo después del Quijote. De ese tamaño era la pluma del Gabo. 

La industria de la muerte

Impactante fragmento de la película Samsara, sobre el aroma cadavérico que predomina en la industria alimenticia. Desde hace unos meses decidí no participar en esta industria de la muerte. Una cosa es matar para comer y otra muy distinta es fomentar el asesinato sistemático a través de lo que comemos. Me gusta la carne, pero desde hacía un tiempo me causaba conflicto comerla. El placer se fue convirtiendo paulatinamente en sentimiento de culpa. “¿Por qué como carne? Porque me gusta”, era la pregunta y respuesta que yo mismo me hacía. La culpa venía de saber cómo un simple capricho podía ocasionar tanto sufrimiento inncesesario. Luego vino la revelación: me gusta la carne, sí, pero me gusta más saber que no hago daño. Ahí se terminó el conflicto. Decidí dejar de comer carne definitivamente desde hace 9 meses, luego de haber bajado drásticamente mi consumo de carne desde hace un par de años. “El conocimiento nos hace responsables”, decía el Che. Creo que algo así me pasó. Después de saber lo que sé (las múltiples consecuencias ecológicas-médicas-trascendentales de comer carne a diario) no podía seguir actuando del mismo modo. Decidí cambiar. Me alivia saber que mis acciones cotidianas contribuyen en algo a mitigar el gran sufrimiento que existe en este mundo. Una acción pequeña, aparentemente insignificante, cuya trascendencia no puede pasar inadvertida en esta enorme rueda de la vida. “Empuja hoy y serás empujado mañana”, según la ley del karma.

Micropoema sobre la muerte y el tiempo

La muerte

o la trampa del tiempo.

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Oda a la muerte

Tú que rondas, asesina,

por parques, pueblos y ciudades,

con la daga

siempre dispuesta

a desnudar nuestra

finitud

en el reflejo

cóncavo de tus ojos,

profundos,

como la noche

imperecedera

donde habitan

los recuerdos

tragados por

tu guadaña

hambrienta y

crepuscular,

duermo sobre

mis llagas que

no cierran,

empapado en mi

propia sangre,

mientras alados

alacranes vuelan

en mi habitación,

en el desvelo lunar

de gatos suicidas

saltando por la ventana

¡oh dulce muerte!

tan solitaria en tu

fúnebre jornada

de alargar los silencios

una eternidad,

llegas siempre puntual

a la hora victimaria

que lo mismo provoca

alivio que terror,

a veces vienes

con las manos tibias como

sangre derramada,

y a veces frías,

como el grito

invernal donde

duermes placentera,

¡oh muerte!

tan inoportuna

y certera,

repentina

y paciente,

eres impredecible,

como la vida misma,

alimentas la tierra

donde abrirá la semilla

y el grano,

mancillas el dolor

y lo envuelves

en la espesa oscuridad

del olvido

para arrojarlo lejos

y disolver nuestros

huesos en el subsuelo,

¡oh amiga muerte!

tú que ayudas a desprendernos

de nuestros cuerpos

para multiplicarnos

en las entrañas de la tierra,

eres un engaño,

una embustera que se ríe

a carcajadas de

nuestra ignorancia

y nuestros miedos,

tú, muerte con disfraz de

pantera y calavera,

te escondes

en los recovecos del

silencio

para velar el sueño

de los hombres

y ocultar tu verdadero

rostro,

tu febril inexistencia

de tumbas vacías

y barcazas

llenas de flores,

¡oh muerte postrera!,

eres una quimera,

una ficción cabalgando

en el campo yerto,

una promesa cumplida,

la única certeza posible

en este mar de dudas

y extravío,

mi epitafio será tu nombre,

una canción solemne

resonando en las hendiduras

de la noche.

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Las tres lloronas (o la muerte con rebozo)

Una misma canción, tres diferentes formas de interpretar un mismo sentimiento. La leyenda de La llorona, la mujer que asesinó a sus hijos por un despecho amoroso y terminó quitándose la vida por la terrible culpa que cargaba consigo, sigue vigente en el imaginario colectivo de los mexicanos, en buena parte, por esta emblemática canción de letra multifacética. El drama inherente a la canción y su atmósfera sombría la convierten en un soundtrack clásico para la celebración del Día de Muertos. Aullidos espectrales, bruma en la hojarasca del otoño, ojeras de ánimas derramadas en calles empedradas. Todo eso rodea a la calavérica muerte que se cubre el rostro con un rebozo. Las versiones de Chavela Vargas, Lila Downs y Caifanes, cada una con su particular sello, no tienen pierde.

Aforismos de la muerte

Todos los días morimos lentamente. Con cada respiro se degradan células de nuestro cuerpo que nunca volverán. Con el paso de los años, el genocidio celular será total. Es inevitable. Puede parecer trágico, pero no lo es. La muerte es un recordatorio permanente, una bendición. Nos hace conscientes de que más tarde o más temprano llegará el final. Eso lo lleva a uno a replantearse las cosas. A vivir más intensamente, por ejemplo. Si la existencia es tan efímera, ¿por qué habríamos de desperdiciarla en tonterías que no valen la pena? Vivir mata, como reza la película de la Zavaleta y Giménez Cacho. Quien tiene plena conciencia de esto puede andar por los torcidos callejones de la existencia con un trote más liviano, más afable y alegre. Los budistas lo saben bien. Si de todos modos vamos a morir, entonces habrá que disfrutar la vida en plenitud, cada segundo, como si fuera el último. El presente adquiere en ese momento una nueva dimensión, un nuevo relieve. Vivir aquí y ahora, como si no hubiera mañana, como si no importara que hubiera mañana. El temor a la muerte se desvanece y nos libera de las ataduras de la carne. Es entonces que el dilema shakesperiano se convierte en la piedra angular de nuestra angustiosa existencia. “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Todo se reduce a eso. Ser o no ser, existir o no existir, vivir o dejar de vivir. Sólo el que vive en plenitud puede escapar de las fauces de la muerte. Ahí están Enoc y Quetzalcóatl para dar cuenta de ello, seres mortales que escaparon del olvido eterno a través de sus acciones, evidenciando que la divinidad del ser humano está dentro de nosotros, mucho más cerca de lo que suponemos. Lo trascendental se esconde en el placer de vivir. El mundo es de los valientes, reza el dicho. El que vive con miedo morirá. El que vive sin miedo de morir, vivirá. Es una ley muy antigua. Vivimos para morir y para morir vivimos. Desde esta perspectiva, resulta absurdo aferrarnos a respirar a medias, soñar a medias, amar a medias, vivir a medias, con el alma amputada por el miedo permanente de estar vivos. El primigenio horror que sentimos por la muerte no debe convertirse en la justificación de nuestra inexistencia. Volvemos de nueva cuenta a la pregunta que se hace a sí mismo el príncipe Hamlet mientras clava la mirada en los cóncavos ojos de un cráneo entre sus manos. Ser o no ser. El principio de todo. ¿Por qué entonces dejamos que nuestro temor a la muerte termine decidiendo por nosotros? ¿Por qué dejamos de ser lo que somos? ¿Por un simple capricho material? Polvo eres y en polvo te convertirás. Una metáfora de la muerte que llevamos cosida en las entrañas, lista para dar el mortal hachazo en un repentino parpadeo. Supongo que el delirio de inmortalidad que padece nuestra especie tiene que ver con eso. La única manera de acceder a la inmortalidad es renunciar a ella y vivir en plenitud. Qué irónico. Es lo que aprendió Gilgamesh al final de su viaje. Querer escapar del ineludible designio de la muerte es igual a renunciar a nuestra posibilidad de autorrealización, renunciar a ser quien somos, huir de nosotros mismos. La vida es un suspiro. No tiene caso perdernos en las minucias que a diario nos plantea la realidad cotidiana. Hay que “amar la trama más que el desenlace”, como canta Drexler. Vivamos sin miedo a vivir. Quizá sólo entonces podamos disolvernos en en el aire para entrar en el sueño etéreo de la muerte. Dotar de trascendencia a cada acto de nuestras vidas será nuestra puerta de entrada a la inmortalidad.

De la serie Delirios de lucidez

“El mundo quizá podría tener un futuro”: Saramago

“Si toda la gente buena, si toda la gente amante de la belleza, si toda la gente amante de lo justo y honesto pudiera reunir esfuerzos y oponerse contra la barbarie del mundo, el mundo sería capaz de dignificar al hombre, al ser humano que somos. El mundo quizá podría tener un futuro”.

José Saramago.

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Compré El libro del elefante un 17 de junio de 2010, en uno de esos arrebatos inexplicables. Al día siguiente murió José Saramago. De esas muertes que duelen. Ahora que por fin veo el documental sobre la gestación del libro y su irremediable amor hacia Pilar del Río, no pude evitar ciertas coincidencias, ciertos momentos en que aun sin saberlo, mi vida y la de aquel viejo portugués se cruzaron para siempre. Mientras Saramago era internado en el hospital en diciembre de 2007, yo viajaba por América Latina y al mismo tiempo, a través de aquella Lisboa fantasmal, poética y melancólica que desbordaba las páginas de El año de la muerte de Ricardo Reis, quizá su mejor libro y curiosamente uno de los menos afamados. En Salta, ciudad del norte de Argentina, tuve que vender aquel volumen -lleno de anotaciones, con las páginas ennegrecidas por el polvo, el sol, la lluvia, el tiempo, el viaje- para poder comer algo antes de arribar a Buenos Aires. Fue como desprenderse de un amigo. En días de reencuentro como los de hoy, no queda más que recordar y celebrar el hecho. Un abrazo al buen José, donde quiera que se encuentre.

Dialéctica revolucionaria

Una crónica de cómo me tocó vivir el Referéndum constitucional de Venezuela en diciembre de 2007, proceso electoral donde el bando del ex presidente Hugo Chávez fue derrotado. Tipo polémico y lleno de claroscuros, este texto y las versiones publicadas en el diario mexicano Excélsior, el 3 y 4 de diciembre de 2007, refleja la fractura que existe entre los simpatizantes y detractores de la Revolución Bolivariana encabezada por Chávez. Un orador impactante. Hoy, en el día de su muerte, rescatamos este pequeño relato, esperando que su fallecimiento pueda ayudar a aliviar viejas rencillas y acabar con la dialéctica venezolana instalada hace más de una década. Descanse en paz, Hugo Chávez Frías.

Cierre de campaña de Chávez para el referéndum constitucional de diciembre, 2007

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La tensión estaba a punto de reventar. Los resultados no llegaban y la impaciencia empezaba a cobrar factura mientras los venezolanos se mantenían expectantes en la televisión hasta entrada la madrugada con el destino del país en el aire.

Unos días atrás, Carlos Adampol, mi compañero de viaje, y yo decidimos meter el acelerador para observar de cerca las elecciones del 2 de diciembre de 2007, en las que los venezolanos decidirían parte importante de su destino como nación mediante el referéndum constitucional convocado por el presidente Hugo Chávez.

Llegamos a Caracas un jueves a medio día. Tomamos el metro hasta la estación Chacaíto, buscamos el número exacto en la calle Francisco Solano hasta llegar a casa de Roberto Campos, nuestro anfitrión, quien contactamos por Internet durante los días previos. Una vez instalados, tomé la cámara y bajé inmediatamente. La marcha convocada por los estudiantes ya había comenzado. La idea de la oposición chavista era abarrotar la Avenida Bolívar y hacer un llamado para votar en contra de la propuesta de reforma constitucional que, entre otras cosas, le daría mayor poder al presidente Hugo Chávez para continuar con el proyecto de la llamada Revolución Bolivariana y de paso, mantenerlo en el poder por tiempo indefinido.

Las cosas en Venezuela eran muy simples: o estabas a favor de Chávez o en su contra. Sí o No a la reforma. Así de simple. No había cabida para medias tintas, todo mundo tenía que tomar una posición. La polarización de Venezuela era visible a varios niveles. Encender la televisión era un claro ejemplo de esta confrontación política. En Venevisión, el canal del Estado, la presencia del polémico presidente Hugo Chávez era una constante. Nadie se atrevía a contradecir al comandante, el que nunca se equivocaba. Al cambiar el canal las cosas resultaban diametralmente diferentes. En Globovisión la línea informativa estaba claramente marcada en favor de la oposición, encabezada por estudiantes universitarios.

Continuaba la marcha a través de las principales calles de Caracas. Los reclamos son muchos y muy variados, al igual que el colorido bloque opositor: desde el descontento por el deseo de Chávez de mantenerse en el poder por tiempo indefinido hasta el desabasto de productos de la canasta básica como carne y leche. El recorrido continúa mientras la masa corea el tema del momento, “¿Por qué no te callas?”, en alusión al famoso incidente entre el Rey Juan Carlos de España y Hugo Chávez. Los diversos contingentes finalmente llegan al corazón de Caracas, la Avenida Bolivar, ante la penetrante mirada de los simpatizantes del régimen que sólo observan a distancia, esperando ansiosos a que llegara el día siguiente para responder con fuerza.

Hay un clima tenso ante alguna posible confrontación, pero eso no impide que la gente se exprese, grite o exhiba orgullosa sus pancartas con descalificaciones de todo tipo en contra de Chávez, el gran villano.

La dirigencia estudiantil hace un llamado al No desde la plataforma instalada en la Avenida Bolívar que luce llena a pesar de que en Venevisión las imágenes muestran una realidad totalmente diferente. Algunas estaciones de radio denuncian que el canal estatal manipuló las imágenes tomadas desde el helicóptero para restarle fuerza a la marcha de la oposición. Las imágenes transmitidas “en vivo”, en realidad fueron captadas durante las primeras horas de la marcha, cuando la gente no había llegado al punto de encuentro.

Así transcurrió la jornada, en la que la oposición puso sus cartas sobre la mesa. Faltaba la respuesta oficial por parte del régimen.

El viernes, todo estaba listo para el mitin en el que los simpatizantes de la revolución responderían a sus adversarios. Caracas se vistió de rojo aquel 30 de noviembre, mientras el ejército hacía notar su presencia en las calles ante el “intento de asesinato” que planeaba el gobierno imperialista de George Bush, según había declarado Chávez a la prensa durante los días previos para echarle sabor al caldo.

Las calles de la ciudad ahora estaban llenas de puestos de comida y otras curiosidades, incluyendo la parafernalia revolucionaria. Imágenes del Che, panfletos con el discurso de la denominada revolución del siglo XXI, fundamentada en la tesis del alemán Heinz Dietrich Steffa y su crítica al marxismo convencional, y a los intentos previos que han existido para establecer el socialismo en el mundo. Sonaba música de Silvio Rodríguez, como si se tratara de un himno, al igual que el pegajoso “Sí, sí, sí, ahora sí, sí, sí” con el que se promocionaba la reforma constitucional.

Las horas pasaban lentamente, pero la gente permanecía quieta, esperando el momento exacto en que apareciera el comandante, sin importar el calor vespertino. Nadie quería perder su lugar. La tribuna lucía impactante. Un inmenso Sí en color rojo como telón de fondo enmarcaba el escenario en el que Chávez pronunciaría su discurso. La imagen se me figuraba una de esas postales de Hitler hablando ante su público o al mismísmo Ciudadano Kane de Orson Wells a media campaña electoral. Los extremos se tocan.

Mientras espero, platico con la gente. “Algunos dicen que se quiere quedar eternamente en el poder, pero hay que aprovecharlo para que gobierne mientras pueda”, me dice una señora. Otro peculiar sujeto va un poco más allá: “Dios lo mandó para que gobernara estas tierras. Yo me puedo morir tranquilo porque sé que va a seguir gobernando”, según me comentó el ferviente seguidor del comandante.

Por momentos, el carisma que despierta Chávez en sus seguidores me desconcierta. Parece más un líder religioso que un político que lleva ocho años en el poder. Eso me queda claro cuando por fin, a lo lejos se aproxima el presidente, saludando a la gente arriba de un vehículo. De pronto se desata la estampida. Todos quieren estar cerca de él, tocarlo o saludarlo.

Por fin, empieza el discurso mientras cae la noche. Lo primero que salta a la vista son las cualidades natas de Chávez como orador. Empieza entonando el himno nacional y continúa hablando con un tono familiar que la gente percibe cercano, amigable. Lo hace de forma espontánea y natural, sin retórica proselitista como se podría pensar. Empiezan las descalificaciones contra EU, el eterno enemigo, la gente se anima. Continúan las anécdotas, los recuerdos de la infancia y la juventud, aquellos que forjaron al hombre que hoy se dirige a sus seguidores para consolidar ese proyecto revolucionario que tanto ha costado y que de alguna manera, ha demostrado al mundo que las revoluciones también pueden efectuarse desde las urnas.

A pesar de que la oposición no está del todo convencida de la transparencia del sistema, todos los venezolanos saben que mientras Chávez compita en un proceso electoral va a ganar. Ni siquiera hace falta hacer trampa, el carisma es suficiente para mantenerlo en el poder el tiempo que sea necesario, y si la constitución lo imposibilita de hacerlo, tan sólo es cosa de cambiar las reglas. Hay mucho en juego. Las reformas podrían cambiarle el rostro a Venezuela, para bien o para mal.

El discurso se prolonga más de dos horas. El ambiente es distinto al proselitismo político que se realiza en México. Esta es una fiesta, la gente bebe en las calles, hay globos gigantes con la imagen de Chávez, comida por doquier. Hay confianza de que la revolución continúe su paso pese a las protestas. Después de todo, el comandante marcha invicto en las urnas, nunca ha perdido una elección.

El domingo inicia la jornada electoral, tras un día de descanso. Las calles de Caracas lucían apacibles, casi desiertas, algo inusual, luego de los días de tensión en los que el pueblo venezolano vivió momentos de una fuerte confrontación ideológica durante el cierre de campañas a favor y en contra de la reforma. Un domingo tranquilo en el que se decidió el futuro de Venezuela.

Las casillas se instalaron sin mayores problemas el día sábado en diversos centros educativos y comunitarios, para que desde temprana hora la ciudadanía saliera a emitir su voto, efectuado mediante una computadora respaldada por un recibo impreso depositado en una urna. Una jornada en la que la ausencia de largas filas llama la atención de los medios.

En algunos puntos de Caracas, hay tensión. Nadie quiere ceder un ápice de terreno al enemigo. Así ocurrió en el Liceo Andrés Bello, ubicado en la Avenida México, donde simpatizantes y opositores a la revolución bolivariana y al régimen chavista discutieron airadamente, manoteando y haciendo un último esfuerzo por convencer a los indecisos que esperan su turno para entrar a las casillas, donde el ejército fue el encargado de mantener el orden.

Ahí, el temor de un fraude electoral se hizo presente, luego de que un ciudadano denunciara ante las cámaras de televisión la imposibilidad de emitir su voto debido a que, como le informaron los miembros de mesa, su nombre aparecía en el padrón electoral como si ya hubiera efectuado el sufragio, por lo que le aconsejaron poner una queja ante el Consejo Nacional Electoral (CNE), órgano encargado de legitimizar la elección. Las especulaciones se hicieron presentes en las calles, pese a que en la gran mayoría de las casillas la jornada transcurrió de forma sencilla y sin inconvenientes mayores, más allá de algunas pequeñas fallas de las máquinas de votación, que de inmediato fueron reparadas.

Algunos reportes en las estaciones de radio locales, informaban sobre problemas en el Consulado de Miami para que los venezolanos residentes de aquella ciudad estadunidense pudieran emitir su voto.

Cayó la tarde y las casillas cerraron a las 16:00 horas, aunque diversos centros en todo el país permanecieron abiertos para que la gente que esperó hasta el último minuto para hacer valer su derecho al voto, pudiera hacerlo efectivo.

Los informes de los medios hablan de un proceso electoral limpio a pesar de los cerca de 40 detenidos en todo el territorio nacional, mientras los líderes estudiantiles y los integrantes del gobierno avalan el proceso.

Avanzó el proceso lentamente hasta la noche, donde el nerviosismo empezó a crecer a pasos agigantados. Originalmente, se daría un informe con los resultados alrededor de las 20:00 horas. Sin embargo, entrada la madrugada todavía no hay resultados. Nadie habla, nadie sabe exactamente qué pasa. La ley impide que se publiquen resultados preliminares hasta que el CNE emita el primer boletín. Los reporteros van de un lado a otro. La tensión se siente en cualquier punto del país, mientras la gente espera al filo del televisor a que algo ocurra. La oposición se ve inquieta. Algunos representantes buscan dar a conocer sus propios resultados pese a ser ilegal ante la desconfianza de un fraude electoral.

Cuando la crisis estaba a punto de reventar, la presidenta del CNE, Tibisay Lucena, se presentó ante las cámaras para dar los resultados poco después de la medianoche, más de nueve horas después de cerradas las urnas.

Hubo final de fotografía. Por el NO, votaron el 50.5 por ciento de los electores y por el Sí 49.29 por ciento. Chávez había sido derrotado por un mínimo margen que se evidenció en la cara del mandatario tras reconocer la derrota ante los medios de comunicación. Histórico. Cacerolazos, rítmicas tonadas con el claxón de los coches, gritos de júbilo se hacían presentes en varias colonias de Caracas mientras los barrios populares guardaban silencio. Nadie lo podía creer.

Los simpatizantes de Chávez que preparaban la tarima para los festejos en cuanto se emitiera el resultado empezaban a sentir cierta culpa. Algo había salido mal. Alguien le había fallado al comandante, al país, a la revolución. Sin embargo, siempre hay tiempos de revanchas y los chavistas lo saben muy bien. Tuvieron que pasar dos años más para que la revolución terminara por imponerse en la Constitución, luego del nuevo referéndum constitucional de 2009. []

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Día de muertos

En México, la muerte es dulce como el amaranto, huele a copal, recita versos, camina en zancos y de puntitas, entre espigas rojas y pétalos de cempazúchitl, es dicharachera y bebe pulque de piñón, baila de tumba en tumba. No sabe hacer otra cosa que reír.

Galería completa de Día de muertos en Flickr:

http://www.flickr.com/photos/14180701@N05/sets/72157625306413670/show/

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El camino a la iluminación: Dogen y el sendero del zen

“Ver las cosas como son, eso es iluminación”, dice Dogen al señor Tokiyori. El sufrimiento ciega, y por ello, en ocasiones somos incapaces de ver lo obvio. Ahí la enseñanza de Dogen, el maestro budista fundador de la escuela Sōtō del Zen, quien exploró por sí mismo las enseñanzas del Buda para liberarse del sufrimiento y alcanzar la iluminación. Y esto es precisamente de lo que habla la película Zen: la vida de Dogen, dirigida por Banmei Takahashi.

“Al depender de otros niegas al Buda que hay en ti”, señala Dogen a Orin, tras la muerte de su hijo y el dolor profundo que experimenta al no encontrar resignación.

El filme narra la búsqueda del monje japonés, quien a través de su fe y la praxis, significó una influencia positiva para aquellos que le rodearon, tal como demuestra Dogen al señor Tokiyori, regente de la provincia de Kamakura, al enseñarle que la única manera de liberarse de los demonios internos es despojarse de las ataduras que nos hacen aferrarnos con desesperación a las cosas que nos hacen daño.

“La conversión significa aceptación. El dolor, la pena y odio de los espíritus es el dolor, pena y odio propio. Debe asumir esa angustia. Pero no puede aceptar esa angustia sin antes abandonar todo su ser”, apunta Dogen, quien utiliza una metáfora lunar para ejemplificar el Buda consustancial que habita dentro de nosotros, aunque a veces lo olvidemos: “aunque las nubes podrían tapar la luna, o pueda desaparecer del cielo, no podemos afirmar que no existe la luna”.

“Si haces mal, cosecharás el maldad. Si haces el bien, cosecharás bondad. Cuando la muerte se aproxime, ni el poder político, ni aquellos que amas, ni la gran fortuna serán capaces de salvarte. Para morir debes estar solo. Todo lo que te acompañará es lo que hiciste en vida. Eso y nada más”.

Otro de los momentos memorables de la película se da cuando Dogen se despide de sus discípulos, recordándoles ejercitar las tres mentes: la mente alegre, la mente bondadosa y la mente universal.

“Estudiar el camino de Buda es estudiar el sí mismo. Estudiar el sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidar el sí mismo es ser iluminado por todo. Ser iluminado por todo es liberar tu propio cuerpo y mente, liberar el cuerpo y la mente de otros”, dice.

Liberarse del sufrimiento significa ser libre de todo apego, incluso el apego a la vida misma, al propio cuerpo. La felicidad habita dentro de uno. Conviene recordarlo a menudo.

El hambriento y alocado Steve Jobs

Un genio que jugó un papel determinante en la creación de este nuevo mundo, donde las tecnologías de la información han modificado la manera en que los seres humanos se relacionan entre sí. La muerte de Jobs sin duda ha conmocionado al mundo.  Dándome una vuelta por el ciberespacio me topé con este video en el que reflexiona profundamente sobre la vida y la muerte. Las palabras de Jobs nos recuerdan que la construcción de futuro requiere voluntad, imaginación y saberse lleno de esa energía vital que dibuja con claridad la marcada diferencia entre vivir y ser un simple cadáver que se mueve por pura inercia. Habremos de escuchar el consejo de Jobs: “Sigue hambriento; sigue alocado”. Descanse en paz.

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