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El saldo del neoliberalismo en México: crónica de un país desgarrado y vulnerable frente a Trump

Este análisis lo realicé con motivo de la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, con el fin de documentar la situación estructural del país luego de tres décadas de neoliberalismo. Por cuestiones editoriales, no se había publicado este análisis que ejemplifica muy bien cómo fue que se gestó la alta vulnerabilidad de México a los caprichos de EE.UU. y el presidente Donald Trump, quien acaba de anunciar la imposición de aranceles a todas las mercancías mexicanas, como represalia a la política migratoria adoptada por el gobierno de López Obrador.

Los datos son contundentes y forman parte de un ejercicio crítico por entender la magnitud del desastre político, económico y social que dejó el sistema neoliberal en México (ver 20 años del TLCAN: el recuento del desastre). Un modelo económico impulsado desde el sexenio de Miguel de la Madrid, profundizado por Carlos Salinas de Gortari y sus sucesores, incluyendo a Ernesto Zedillo, los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, hasta Enrique Peña Nieto. Todos ellos, corresponsables junto con el PRI y PAN, de que México esté situado en una posición de debilidad estructural frente a los embates de EE.UU., luego del giro proteccionista que tomó la potencia norteamericana con la llegada de Trump al poder en 2017.

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AMLO y el fin de un modelo económico

El cambio político que experimenta México con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República, es equiparable al que suele acontecer en otros países luego de una revolución. Un cambio de régimen político con un giro a la izquierda en el modelo económico. Una transformación que, sin embargo, se produjo de manera pacífica, por la vía electoral.

La magnitud del cambio que experimenta en México sólo puede entenderse a la luz de la profunda crisis estructural que se gestó en el país durante poco más de tres décadas de gobiernos neoliberales. Y es aquí donde radica la trascendencia del profundo cambio estructural que implica la llamada “Cuarta Transformación” propuesta por el actual presidente mexicano.

El neoliberalismo siempre fue el enemigo a vencer. Así lo dejó claro López Obrador, durante su toma de protesta el 1 de diciembre de 2018 ante el Congreso de la Unión.

“La crisis de México se originó, no sólo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio en este periodo de la más inmunda corrupción pública y privada”, dijo López Obrador.

“La política económica neoliberal ha sido un desastre, una calamidad para la vida pública del país”, señaló. “El distintivo del neoliberalismo es la corrupción. Suena fuerte, pero privatización ha sido en México sinónimo de corrupción”, agregó.

Más allá de interpretaciones ideológicas, la contundencia de los números parecieran avalar la mordaz crítica al neoliberalismo hecha por López Obrador, el primer presidente mexicano emanado de un movimiento social de base, desde el fin de la Revolución Mexicana.

Una situación que permitirá comprender a profundidad los retos que enfrentará el nuevo presidente mexicano para llevar a cabo su proyecto reformador ante la grave crisis económica y social que enfrenta el país, tras años de violencia y corrupción política del más alto nivel.

El saldo del neoliberalismo en México

De 1988 a 2017, la economía mexicana creció a una tasa promedio de 2.6% anual según datos del INEGI.[1] En contraste, la tasa de crecimiento demográfico en el país para el mismo periodo fue de 1.57%, según datos del Banco Mundial. Esto significa que durante el periodo neoliberal, la economía mexicana creció a una tasa promedio de apenas un 1.03% anual descontando el crecimiento de la población.

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Mientras que en 1988 la balanza comercial de México arrojaba un saldo favorable de 2,546 millones de dólares, en 2017 México registró un saldo negativo de -20,760 millones de dólares, según datos del Banco Mundial.[2]

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Asimismo, la productividad de México registra una marcada caída desde 1981, misma que continuó a lo largo de todo el proyecto neoliberal. Para 2016, prácticamente todos los sectores de la economía mexicana registran números negativos excepto cuatro: los medios de comunicación, el sector financiero, los servicios de energía eléctrica y la agricultura, según el índice de Productividad Total de los Factores de 1991 a 2016 desarrollado por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI).[3]

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Este indicador, que básicamente mide la contribución de la producción a la economía nacional, arroja un saldo negativo en el sector secundario y terciario, correspondiente a infraestructura y servicios.

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En el caso de la agricultura, llama la atención que hasta 2011, también existía un saldo negativo en este sector, situación que se revirtió para 2016 sin cambios estructurales en el campo mexicano. Un hecho que nos lleva a pensar que, posiblemente, el aumento en la producción y valor de las exportaciones de aguacate (que supera incluso a la entrada de divisas por la venta de petróleo)[4] haya jugado un papel relevante en mitigar los efectos negativos de la balanza comercial agrícola que experimentó México de 2000 a 2015.[5]

Más allá de la polémica sobre el caso del campo mexicano, los datos indican que los sectores más beneficiados del modelo neoliberal fueron los medios de comunicación, el sector financiero y la generación de energía eléctrica (que se abrió a las concesiones privadas a partir de 1992)[6].

Por ello, no es casualidad que los medios de comunicación y los banqueros, así como los beneficiados de la reforma energética (impulsada por el expresidente Enrique Peña Nieto, y aprobada en 2014 por los partidos de derecha PRI-PAN), sean los principales opositores a un cambio de régimen político en México, encabezado por López Obrador.

Lo anterior ha generado que sectores pertenecientes a las élites financieras aglutinados en asociaciones empresariales con gran influencia mediática como el Consejo Coordinador Empresarial o Coparmex, sean algunos de los principales críticos del cambio en el modelo económico impulsado por el nuevo régimen.

Esto también explica por qué razón se suele hablar poco de las exorbitantes ganancias del sector financiero en los grandes medios de comunicación en México. No en balde, los dueños de las principales medios de comunicación en México son también dueños y accionistas de la banca[7], por lo cual, la opinión de sus “analistas” suelen favorecer los intereses de las élites financieras antes que los intereses de las clases populares. A final de cuentas, los medios son empresas cuya finalidad es la acumulación de ganancias, lo cual explica la alianza estructural que han forjado con otros sectores que persiguen el mismo fin, como ocurre con los bancos.

Quizá por ello, la inmensa mayoría de los mexicanos ignora por completo que tras el millonario rescate bancario la deuda del Fobaproa sigue creciendo año por año debido a los intereses que genera, pese a que los mexicanos destinan cada año más de 100,000 millones de pesos para engordar las carteras de los banqueros. Hasta agosto de 2018, el total del pasivo que registraba el Instituto para la Protección del Ahorro Bancario (IPAB) por la deuda del rescate bancario, ascendía a 1 billón 019,376 millones de pesos. De 2000 a 2017, los mexicanos han pagado 2 billones 360,104 millones de pesos por el rescate bancario, aún cuando la deuda inicial contraída en 1998 era de 552,000 millones de pesos (que en su momento equivalía a 60,000 millones de dólares).[8]

Es decir que, aún cuando los mexicanos han pagado 327% más del monto de la deuda original que se gestó durante el rescate bancario en plena era neoliberal, ahora deben casi el doble de lo que debían originalmente. Un negocio infinito del que no se habla en los medios y que explica buena parte el crecimiento de las ganancias de los bancos en México desde 1998 a 2017, año en que la banca privada generó un récord de ganancias sin precedentes por 137,735 millones de pesos (6.804 millones de dólares).[9]

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El caso del rescate bancario y las exorbitantes ganancias del sector financiero en México, son emblemáticos porque representan buena parte de las presiones políticas y financieras que enfrentará el nuevo gobierno de López Obrador a la hora de lidiar con las partidas presupuestales, aunadas a una deuda creciente heredada por las últimas dos administraciones.

La deuda pública de México es equivalente a 43.5% del Producto Interno Bruto, según datos del tercer trimestre de 2018 de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.[10] Sin embargo, el acelerado ritmo de endeudamiento que experimentó el país durante la administración de Enrique Peña Nieto, junto con una devaluación del peso mexicano de 58% frente al dólar en el último sexenio[11], ha generado que cada vez sea necesario destinar mayores recursos para pagar el costo financiero de la deuda.[12]

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Asimismo, durante el periodo neoliberal, la Inversión Extranjera Directa en México pasó de 470 millones de dólares en 1988 a 11,309 millones de dólares en 2018, según datos del Banco de México. Cifras que representan un incremento de la inversión extranjera 24 veces durante el periodo neoliberal, que sin embargo no se tradujo en una mejora en la calidad de vida de los mexicanos, debido a que uno de los incentivos para la llegada de inversión extranjera fue castigar el salario de los trabajadores.

Esto permite entender por qué razón, los niveles de pobreza se mantuvieron prácticamente iguales que hace 30 años, tal como puede observarse en el porcentaje de la población en situación de pobreza de ingresos de 1992 a 2014, según datos de Coneval, que ubican al 53% de los mexicanos en condiciones de pobreza patrimonial y 20.6% en pobreza alimentaria.

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Del  mismo modo, el poder adquisitivo del salario mínimo sufrió una caída pronunciada desde 1982 y prácticamente se estancó desde 1997, más no así la inflación, que ha subido de manera sostenida a lo largo de todo ese periodo neoliberal. De 1988 a noviembre de 2018, la inflación creció 2068.24%, según datos de INEGI.[13]

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Una situación de precarización laboral que explica por qué un mexicano que gana el salario mínimo hoy, tiene que trabajar 24 horas y media para comprar la misma cantidad de comida que compraba en 1987 con apenas 4:53 horas de trabajo, según datos del Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM.[14]

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Una precarización del ingreso popular que también se ve reflejado en la correlación entre el salario mínimo y el precio de una canasta alimentaria recomendable, cuyo valor supera 3 veces el salario mínimo.  Esto significa que durante el neoliberalismo se registra una pérdida acumulada del poder adquisitivo del salario mayor al 78.71% respecto a 1987, según datos del CAM-UNAM.[15]

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Dicho de otro modo, en 1988 un mexicano podía comprar 12 kilogramos de tortilla con el salario mínimo mientras que en 2018, apenas se pueden comprar 5 kilogramos de tortilla con el salario mínimo, lo cual evidencia la precarización del poder de compra por parte de los trabajadores mexicanos en las últimas tres décadas.[16]

Y esta pérdida de poder adquisitivo a lo largo del periodo neoliberal, se tradujo también en que el 60% de los trabajadores mexicanos laboren en la economía informal.[17]

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Sin embargo, cabe resaltar que parte de esta crisis estructural en México ha sido mitigada por los poco más de 12 millones de migrantes mexicanos que viven en Estados Unidos y envían remesas a sus familias, factor que ha permitido la supervivencia de un sector importante de la población mexicana. En 2017, ingresaron a México 28,771 millones de dólares, rompiendo por segundo año consecutivo su máximo histórico, cifra muy superior a los 2,494 millones de dólares que ingresaban en 1990, según datos del Anuario de Migración y Remesas México 2018.[18]

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Pero a pesar de que el ingreso y el poder de compra de los más pobres se redujo a lo largo del periodo neoliberal, no ocurrió así con las élites. Así lo demuestra un estudio reciente de Jaramillo Molina,[19] en el cual se documenta la manera en que los ingresos de las élites mexicanas crecieron entre 50% y 250% de 1988 a 2008, contrario a lo que ocurrió con el resto de los mexicanos y las tendencias globales en términos de distribución de riqueza. Asimismo, el 20% de la población más rica de México aumentó sus ingresos durante las últimas tres décadas, pero en especial, el 1% de la población, cuya riqueza aumentó 10% de 2008 a 2016.

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Una cifra que coincide con otros estudios como el realizado por Oxfam México, en el cual se documenta la manera en que el 1% de los mexicanos concentra un tercio de la riqueza del país.[20] Una situación que se expresa de manera más clara al observar el crecimiento de la riqueza de los cuatro hombres más ricos de México (Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Bailleres y Ricardo Salinas Pliego) a lo largo del periodo neoliberal.

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De este modo, la crisis mexicana provocada por el modelo neoliberal podría sintetizarse en cuatro puntos esenciales:

1) Estancamiento del crecimiento económico

2) Desmantelamiento de la planta productiva nacional

3) Precarización del empleo

4) Enriquecimiento de las élites y el sector financiero

Factores clave para entender la magnitud del cambio político en México y la manera en que se modificó la correlación de fuerzas con el nuevo régimen.

El escenario político

El mantenimiento del proyecto neoliberal en México estuvo siempre vinculado a un bipartidismo de derecha entre PRI y PAN, tras la alianza política que formaron ambos partidos tras el fraude electoral de 1988, que condujo a Carlos Salinas de Gortari a la presidencia del país y profundizó el incipiente proyecto privatizador que comenzó durante el sexenio anterior de Miguel de la Madrid.

Tal como relata la periodista Martha Anaya en su libro 1988: el año que calló el sistema, PRI y PAN pactaron la llegada de Salinas a la presidencia en una reunión secreta realizada el 27 de agosto —a la cual asistieron Salinas de Gortari; Manuel J. Clouthier (candidato presidencial del PAN); Luis H. Álvarez, presidente del blanquiazul; José Luis Salas Cacho, coordinador de la campaña de Maquío; Luis Donaldo Colosio, el hombre de confianza del candidato priista y Manuel Camacho Solís, encargado de la negociación.[21]

En esa reunión, el PAN decide avalar el triunfo de Salinas tras las acusaciones de fraude electoral -realizadas por el entonces candidato de la izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas- a cambio de que el nuevo gobierno asumiera un agenda de cinco puntos: 1) Cambiar las leyes electorales. Fundamentalmente, crear un padrón confiable y un organismo ciudadano que no dependiera del gobierno a cargo de las elecciones, lo cual marcaría el nacimiento de lo que actualmente es el INE; 2) Darle viabilidad a la economía, con un modelo de apertura económica y desaparecer la figura del ejido; 3) Privatizar la banca; 4) Crear lo que terminaría siendo la Comisión Nacional de Derechos Humanos y 5) Apertura religiosa y restablecimiento de las relaciones con el Vaticano.

A partir de entonces, PRI y PAN formarían una alianza de facto en los grandes temas nacionales durante las siguientes tres décadas -desde el rescate bancario a las llamadas reformas estructurales- bajo un común denominador: mantener el modelo económico neoliberal.

En 1989 el PAN ganaría su primera gubernatura, que abriría brecha para que en el año 2000 se consumara la llamada alternancia en el poder con el triunfo electoral del panista Vicente Fox.

Ya para ese entonces, el triunfo de la izquierda partidista en la Ciudad de México, y el crecimiento de popularidad del entonces jefe de Gobierno de la capital mexicana, Andrés Manuel López Obrador, provocaron que las élites beneficiadas del proyecto neoliberal, de la mano del PRI y PAN, cerraran la puerta a un giro hacia la izquierda en las elecciones de 2006. Un proceso electoral que, nuevamente, se vería marcado por el fantasma del fraude debido a la intervención del gobierno y las cúpulas empresariales en las campañas presidenciales de ese año, que se decidieron por una diferencia de votos de 0.62%, según reconoció el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en su calificación de la elección presidencial.

Los serios problemas de legitimidad con los que llegó el presidente Felipe Calderón a la presidencia de México, permiten entender cómo es que el panista comenzó su famosa “guerra contra el narcotráfico” como una maniobra política que le permitiera lograr gobernabilidad ante el enojo social que privó entre los simpatizantes de López Obrador. Fue así que Calderón ordenó al Ejército salir a las calles para contener la amenaza del crimen organizado como una maniobra política que le permitió desviar la atención del fraude electoral para librar una “guerra” con un alto costo para el país. El resultado: una espiral de violencia y una crisis humanitaria sin precedentes para México que a la fecha arroja un saldo de más de 250,000 asesinatos[22] y más de 40,000 desaparecidos.

Para 2012, la crisis de violencia provocó el regreso del PRI al poder, con Enrique Peña Nieto, quien logró convertirse en presidente gracias a una portentosa maquinaria electoral financiada con el saqueo de las arcas públicas mediante diversos actos de corrupción que se fueron revelando a lo largo de todo su sexenio: desde el caso Monex[23], hasta los sobornos de Odebrecht[24], o la manera en que los gobernadores del PRI desviaron millones de pesos para campañas políticas en lugares como Veracruz[25] y Chihuahua[26].

A lo largo de todo este periodo, el adelgazamiento del Estado provocó que grandes sectores de la población mexicana quedaran en condiciones de vulnerabilidad ante las inequidades del modelo económico. Pero también, provocó el fortalecimiento de los llamados poderes fácticos (medios de comunicación, sindicatos corporativistas y crimen organizado). Un régimen político donde se produjo lo que Edgardo Buscaglia denomina como un “pacto de impunidad entre las élites político-empresariales” que controlan al país.[27]

A pesar de que la evidencia documental sobre los estragos del neoliberalismo en México[28] para 2014 eran cada vez más contundentes[29], esto no fue impedimento para que el bipartidismo de derecha aliada a un fragmentado PRD, que se sumó al Pacto por México[30], profundizaran la agenda neoliberal a través de las llamadas reformas estructurales. Entre ellas, la llamada “madre de todas las reformas”, la reforma energética, con la cual se abrió la industria petrolera a la iniciativa privada y aceleró el desmantelamiento de Petróleos Mexicanos (Pemex), la empresa más importante en la historia del país, la cual permitió financiar el desarrollo de la industria nacional en los años de la posguerra.

La virtual quiebra de Pemex, cuya deuda asciende a más de 2 billones 5,800 millones de pesos[31] (99,738 millones de dólares), equivalentes al 8.56% del Producto Interno Bruto de México, implica uno de los principales problemas estructurales del país, tras la histórica caída en la producción de petróleo (1.84 millones de barriles al día)[32] y la importación y aumento en los precios de los combustibles[33], como consecuencia del abandono de las refinerías.[34]

Todos estos factores, sumados a una crisis de corrupción sin precedente[35], explican el triunfo arrollador de Andrés Manuel López Obrador y su partido, Morena, en las elecciones presidenciales de 2018, con más de 30 millones de votos en todo el territorio nacional, en un hecho sin precedente.

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Una victoria que no sólo implicó un cambio de partido en el poder y un giro en el modelo económico, sino también, una reconfiguración en la correlación de fuerzas al interior del Congreso, donde Morena y sus aliados (PT-PES) obtuvieron mayoría en las dos cámaras (Senadores y Diputados).

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Un resultado que además, relegó al bipartidismo de derecha PRI-PAN a un lugar marginal en la conformación del nuevo Congreso mexicano.

Un escenario similar a lo que ocurrió con las gubernaturas, donde se rompió la hegemonía del PRI, logrando la repartición de gobiernos estatales más plural en la historia del país.

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Un cambio de régimen político que abre una baraja de posibilidades al mismo tiempo que encierra nuevos retos para el nuevo gobierno encabezado por López Obrador, quien tendrá como principales amenazas a los remanentes derrotados del viejo sistema, así como los embates del capital financiero trasnacional, cuyos intereses suelen contraponerse a la visión de un gobierno liberal y nacionalista de izquierda, como el que existe en México con la llamada “Cuarta Transformación”.

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Fuentes:

[1] INEGI, precios de 2013. https://www.inegi.org.mx/temas/pib/

[2] https://datos.bancomundial.org/indicador/NE.RSB.GNFS.CD?end=2017&locations=MX&start=1988&view=chart

[3] http://www.beta.inegi.org.mx/temas/ptf/

[4] http://www.elfinanciero.com.mx/rankings/la-importancia-del-aguacate-para-mexico-en-graficas

[5] https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/395303/Balanza_Comercial_Agropecuaria_y_Agroindustrial_enero_2018.pdf

[6] http://www.cefp.gob.mx/intr/edocumentos/pdf/cefp/cefp0732006.pdf

[7] https://mexico.mom-rsf.org/es/propietarios/

[8] https://www.huffingtonpost.com.mx/2017/11/14/tras-pagar-mas-de-2-billones-de-pesos-mexicanos-deben-67-mas-por-el-fraude-del-rescate-bancario_a_23269804/

[9] https://actualidad.rt.com/actualidad/295269-mexico-ley-busca-poner-limites-bancos-ganancias

[10] https://www.eleconomista.com.mx/economia/EPN-hereda-una-pesada-losa-de-deuda-a-AMLO-20181129-0086.html

[11] http://www.elfinanciero.com.mx/mercados/el-peso-se-hundio-por-tormenta-perfecta-en-su-contra-en-el-sexenio-de-epn

[12] https://expansion.mx/economia/2018/02/01/mexico-tiene-la-deuda-publica-mas-alta-en-su-historia

[13] https://www.inegi.org.mx/app/indicesdeprecios/CalculadoraInflacion.aspx

[14] https://cam.economia.unam.mx/1018-2/

[15] https://cam.economia.unam.mx/reporte-de-investigacion-120-mexico-esclavitud-moderna-cae-78-71-el-poder-adquisitivo/

[16] https://adnpolitico.com/presidencia/2018/05/21/verdad-o-mentira-que-tan-cierto-es-lo-que-dijeron-en-el-debate

[17] https://www.eleconomista.com.mx/empresas/Mexico-tiene-un-fuerte-problema-de-informalidad-Roberto-Campa-20180515-0074.html

[18] https://www.bbvaresearch.com/wp-content/uploads/2018/09/1809_AnuarioMigracionRemesas_2018.pdf

[19] https://economia.nexos.com.mx/?p=2034

[20] https://www.oxfammexico.org/sites/default/files/Informe%20Me%CC%81xico-DAVOS-reducido.pdf

[21] https://heraldodemexico.com.mx/opinion/usted-es-ilegitimo-de-origen/

[22] https://actualidad.rt.com/actualidad/272788-mexico-llega-250000-asesinatos-inicio-guerra-narcotrafico

[23] https://aristeguinoticias.com/1607/lomasdestacado/caso-monex-el-recuento/

[24] https://contralacorrupcion.mx/odebrechtepn/

[25] https://aristeguinoticias.com/1101/mexico/red-fantasma-de-duarte-triangulo-dinero-a-campana-presidencial-en-2012/

[26] https://www.huffingtonpost.com.mx/2017/12/19/acusan-a-videgaray-de-pactar-con-beltrones-para-desviar-250-millones-de-pesos-para-campanas-del-pri_a_23311863/

[27] https://www.dw.com/es/buscaglia-en-m%C3%A9xico-hay-un-pacto-de-impunidad/a-18001753

[28] https://manuelhborbolla.wordpress.com/2014/01/07/20-anos-del-tlcan-el-recuento-del-desastre/

[29] http://idic.mx/wp-content/uploads/2014/11/TLCAN20ANOS_UNAM-IDIC_2014_comprimido.pdf

[30] https://es.wikipedia.org/wiki/Pacto_por_M%C3%A9xico

[31] https://www.jornada.com.mx/2018/07/19/economia/018n1eco

[32] https://expansion.mx/empresas/2018/04/04/la-produccion-de-pemex-sin-despegar-en-2018

[33] https://www.excelsior.com.mx/nacional/2018/02/24/1222521

[34] https://www.huffingtonpost.com.mx/2017/01/12/el-abandono-de-refinerias-fue-clave-en-el-gasolinazo_a_21653178/

[35] https://www.huffingtonpost.com.mx/2016/11/29/la-generacion-de-gobernadores-mas-corruptos-en-la-historia-de-me_a_21616032/

Crítica ficcionalista a las elecciones presidenciales de 2018 en México (y a los pejefóbicos que nunca entendieron de qué se trató la cosa)

AMLOVE

Concluye un ciclo histórico de 30 años y empieza una nueva etapa. No sabemos si mejor o peor, pero será una nueva etapa al fin y al cabo. Creo que era un paso necesario y urgente que México tenía que dar para crecer como nación. Llevábamos demasiado tiempo estancados en la misma lógica y siempre es bueno un cambio de aires para refrescar la mirada, aunque eso signifique enfrentar nuevos retos, nuevos desafíos, nuevos vicios, nuevos problemas. El cambio de hoy es muy probable que se corromperá mañana, no sabemos si dentro de tres años o dentro de cien, pero es algo que ocurrirá tarde o temprano, siempre, porque la historia es cíclica, un continuo ir y venir por territorios desconocidos, y las soluciones del ahora están construyendo desde ya los desafíos del futuro. Es la inercia de la vida. Y la política, como cualquier otro ámbito de la vida, no escapa a la dinámica de estas fuerzas fundamentales que rigen todas las cosas.

Por eso mismo, sostengo que el cambio era urgente. La vida de los pueblos como las personas, experimentan el mismo choque de fuerzas que determinan la existencia. La psicología de masas no es sino una suma de psicologías individuales que a su vez, construyen un nuevo ente más complejo, pero que en el fondo, comparten un origen común. Así como las personas somos un nivel de conciencia que surge de la cooperación ordenada de millones de células, la sociedad es también un nivel de conciencia colectiva que responde a la dinámica de las fuerzas primordiales que constituyen el universo.

Y ocurre que el desarrollo espiritual de las naciones es similar al desarrollo espiritual de las personas, el cual depende en buena medida, de enfrentar los demonios internos. Y en las naciones como en las personas, el miedo a enfrentar esos fantasmas delirantes que duermen en nuestras profundidades, suele traer consigo consecuencias trágicas. “Todo deseo contenido engendra peste”, escribió maravillosamente el poeta William Blake. Una peste que proviene del deseo insatisfecho, una necesidad de autorrealización que se ve frenada por el miedo de enfrentarnos a aquellas fuerzas que nos impiden crecer. Por ello, toda tradición mística y esotérica, es ante todo una enseñanza sobre cómo enfrentar nuestros miedos más elementales: el miedo a la muerte, el miedo al dolor, el miedo a la soledad.

No es casualidad que a lo largo de la historia de la humanidad, el mito del héroe que vence a sus demonios internos para alcanzar la armonía existencial, es una constante en cualquier cultura, de cualquier tiempo, en cualquier rincón del planeta. El héroe que en busca de sí mismo que es capaz de crear un cambio significativo en el mundo.

Esta estructura psíquica encargada de simbolizar la experiencia humana (descubierta y descrita por Jung y su concepto de arquetipo e inconsciente colectivo) están presentes en prácticamente cualquier relato, sin importar que se trate de un pasaje de la Biblia, un cuento para niños, una película de Hollywood o un drama de Shakespeare. La psique humana se articula a través de ficciones que nos permiten crear un punto de referencia a partir del cual, podemos interpretar y habitar un mundo articulado, gracias al milagro del lenguaje. No en balde, “los límites del mundo son los límites del lenguaje”, como bien señalaba Wittgenstein. De este modo, toda cultura es el resultado de un complejo proceso de intercambio de experiencias que articulan una cosmovisión, es decir, un relato fundamental a partir del cual se construyen todos los demás relatos posibles. Este relato esencial, que los antropólogos conocen como mito, no es sino un relato de ficción a través del cual, el ser humano se explica y trata de interpetar el mundo en que vive. Dicho mito, es el sustento mismo de la realidad. Es decir, que el mito es un discurso que trata de condensar la experiencia humana durante varias generaciones, para luego plasmarla en un relato capaz de explicar todas las cosas, a partir de las cuales, podemos situarnos en el mundo. Toda cultura, por lo tanto, es un cúmulo de narrativas que buscan entender las implicaciones de la existencia y la relación del ser humano con su entorno.

Para quien entiende esta relación entre vida, cultura y lenguaje, resulta sencillo comprender otros ámbitos como la ideología, es decir, un conjunto de ideas más o menos estructuradas que tratan de explicar la realidad cotidiana. Un conjunto de ideas que alude siempre al mito, a partir del cual, se construye cualquier ideología posible. En este sentido, la política, entendida como una disputa por el poder, no es sino una lucha por el control de la realidad. Una batalla que se libra a través del uso del lenguaje y la construcción de narrativas. Esto nos permite entender por qué razón no existe una diferencia significativa entre el relato de ficción y el relato histórico, ya que como bien apunta Paul Ricoeur en su libro Tiempo y narración, ambas modalidades del relato funcionan a partir de los mismos esquemas mentales que posibilitan el lenguaje. Por ello, es común que la historia, entendida como el estudio de la experiencia humana en el pasado, se construye a través de narrativas. De ahí que, cuando decimos que una persona “hace historia”, significa en el fondo que las acciones de dicha persona provocaron un cambio en la narrativa sobre la experiencia humana en el pasado. Hacer historia, por lo tanto, es cambiar el curso de la narrativa hegemónica mediante la cual, el ser humano se explica a sí mismo, a partir de la experiencia de otros seres humanos que vivieron antes que él. Por ello, el surgimiento de la historia surge como tal con la invención de la escritura, ese artificio del lenguaje que permite fijar en el tiempo y el espacio la experiencia humana a un nivel de detalle imposible de recrear a través de las finitas capacidades de la memoria humana y la tradición oral. En este sentido, no es casualidad que la historia, el derecho y el surgimiento del Estado tengan un origen común, que coincide con la invención de la escritura. De modo similar, la política entendida como un control de la realidad a través de estructuras narrativas, permite comprender la manera en que las ideologías políticas se debilitan y fortalecen con el paso del tiempo, cuando dicho relato deja de tener sentido frente a nuestra experiencia de vida. Por eso, dice Gadamer, la verdad es una afimación (o un relato) de la existencia que debe constatarse continuamente en la experiencia humana. Un discurso político deja de tener sentido (es decir, deja de ser verdadero) cuando dicha afirmación sobre la existencia deja de tener relación con mi propia experiencia de vida y mi propia interpretación del mundo. La verdad, será entonces, un relato cuya validez se otorga a partir de una experiencia de vida común entre los diversos integrantes de un grupo social. La verdad está siempre en entredicho, siempre a prueba, siempre contrastada con mi propia experiencia de vida. Las grandes verdades universales sobre la existencia humana, son aquellas afirmaciones que no pierden vigencia y siguen significando cosas para la gente a través del tiempo, sin importar la época.

Yo me di cuenta de esta situación, quizá no de manera teórica pero sí más intuitiva, cuando comencé a trabajar. Recuerdo que en mi familia y círculo social cercano, crecí con la idea imperante dentro del liberalismo económico, idea hegemónica dentro de nuestra cultura occidental, la cual sostiene que la riqueza es fruto del trabajo. Pero recuerdo que aquella frase dejó de tener un sentido para mí, cuando en mi primer empleo, yo me la pasaba trabajando durante más de ocho horas diarias, seis días a la semana, mientras apenas tenía dinero suficiente para pagar mis necesidades más elementales, al mismo tiempo que veía a otros chicos de mi edad irse de fiesta todos los días porque sus papás tenían dinero suficiente como para que sus hijos no tuvieran la necesidad de trabajar. En un sentido similar, veía a mi alrededor que un albañil, por ejemplo, podía realizar un trabajo más exhaustivo, con jornadas larguísimas de 12 o 14 horas, mientras el “patrón” podía trabajar, pero eso no incidía directamente en los niveles de acumulación de riqueza. A partir de ahí, me di cuenta de que trabajar todo el día, por sí solo, no permite acumular riqueza, sino que por el contrario, existen otros mecanismos sociales que permiten dicha acumulación. Esa intuición fue reforzada cuando, ya en la universidad, tuve la oportunidad de leer El Capital de Karl Marx, libro que no es sino un relato de cómo se genera dicha acumulación a través de la explotación y la apropiación de los medios de producción, relato que tiene mucho más sentido para mí, que el discurso liberal que siguen suelen sostener aquellos cretinos que creen que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar”.

Lo que intento demostrar, es que nuestras ideas políticas suelen estar referidas a nuestra experiencia de vida. Y nos identificamos con determinados discursos políticos porque dichos discursos significan algo para nosotros, según nuestra propia experiencia. Pero resulta que nuestra propia experiencia de vida, es al mismo tiempo, una interpretación que pretende dar coherencia lógica y estructura narrativa a distntos hechos aislados, articulados como un todo gracias a la memoria y nuestra capacidad de estructurar relatos de vida, en función de nuestras emociones.

De ahí que cualquier ideología busca en el fondo tratar de establecer una relación causal entre mis emociones y los relatos a partir de los cuales trato de explicar el mundo. Es decir, que toda ideología es en el fondo, un relato sobre la relación entre mis emociones y las cosas que ocurren en mi entorno, es decir, un discurso que me permite explicar por qué me siento como me siente en función de la manera en que me relaciono con el mundo que me rodea. De ahí que toda retórica política tenga un sustento emotivo, más que racional, y explica también el poder del demagogo: ese parlanchín que dice lo que el pueblo quiere oír para tratar de restablecer un equilibrio anímico que ha sido trastocado de alguna manera por algún tipo de crisis que pone en peligro mi bienestar. Esto permite entender cómo es que todo discurso político busca apelar a las emociones de las masas para tratar de construir un relato en torno a las causas del bienestar y el bienestar como propósito de futuro. Y todo discurso político lleva implícitas estructuras mitológicas, como bien lo advirtió el filósofo Ernst Cassirer. Por ello, no existe un solo discurso político que no aluda al bienestar colectivo de un determinado grupo. Es decir, que todo discurso político está orientado a tratar de convencer de que una comunidad se siente como se siente, debido a una serie de causas que es necesario corregir para restablecer el bienestar perdido. Las promesas de campaña tienen este fin: tratar de persuadir sobre las formas en que, una serie de acciones encabezadas por los líderes de la comunidad (los gobernantes) habrán de estar orientadas en tratar de mantener el bienestar existente o tratar de acceder a él.

Sobre estos ejes se estructuran las ideas elementales del espectro político: la derecha como una ideología que busca mantener los mecanismos estructurales que explican el bienestar de un grupo, frente a una izquierda cuyo propósito es acceder a un bienestar que le ha sido negado. De ahí que la disputa entre la derecha y la izquierda es, en el fondo, una lucha por conservar cierto tipo de privilegios o tratar de acceder a dichos privilegios. Desde luego, las posiciones de cada polo serán determinadas en función de los intereses de cada persona. Aunque lo cierto es que, más allá de la condición material, lo que realmente importa es cómo es que cada quién construye su propia narrativa en torno al problema del bienestar. Por ello, el pensamiento de conservador de derecha, generalmente asociado a las clases privilegiadas, buscan preservar dichos privilegios emanados de las estructuras sociales, mientras que la izquierda busca acceder a una forma de bienestar que le ha sido negada, principalmente por relaciones de subordinación. Dicho de otro modo, dentro del contexto de la lucha de clases, el pensamiento conservador busca mantener sus privilegios, mientras que el pensamiento de izquierda busca acceder a un bienestar prohibido. A través de esta dicotomía y polaridad, se puede entender la razón por la cual, es posible establecer, de manera muy general, vínculos entre el pensamiento de derecha y los sectores más ricos de la población, así como un pensamiento de izquierda generalmente asociado a los sectores más pobres. De este modo, la disputa entre derecha e izquierda tiene como trasfondo la continua batalla entre ricos y pobres, o quienes se asumen partido a favor de un bando determinado. Esto explica, en buena medida, el por qué existen “pobres de derecha” y “ricos de izquierda”, pues a final de cuentas, la identidad no tiene que ver únicamente con una condición material per se, sino más bien, con la construcción de una narrativa propia. Un relato que busca relacionarse con una determinada idea de bienestar como fenómeno colectivo, que trasciende incluso la condición individual de cada persona. Es por ello, que toda ideología política, sea de izquierda o derecha, es consecuencia de una identidad colectiva que trata de satisfacer necesidades vitales o equilibrar pulsiones elementales propias de todo ser vivo, frente a una narrativa del bien común.

Es así, que la política busca en el fondo, construir narrativas en torno al problema del bienestar. Y a medida que dicha narrativa tenga una resonancia interna entre las masas, mayor será su efectividad para persuadir, convencer, manipular y controlar.

Por ello, romper esta relación de dominación implica volverse fuerte, y para ello es un requisito indispensable conocerse a uno mismo, vencer el miedo y aprender de nuestros errores, con el fin de construir narrativas que nos permitan reestablecer el equilibrio anímico a nivel individual y colectivo. Pero cuando esto no ocurre, la desgracia suele hacerse presente en la vida de los individuos y los pueblos.

Eso fue justamente lo que hemos vivido en México los últimos años: una sociedad mexicana presa del miedo que decidió votar en contra de quien representaba “un peligro para México”, según una campaña de terror orquestada desde las cúpulas empresariales y el gobierno, para infundir miedo de un cambio. Una situación que derivó en una crisis de violencia sin precedentes que suma más de 250,000 asesinatos y más de 37,000 desaparecidos en 12 años de “guerra contra el narco”. Presa del miedo, México se sumió en una profunda crisis, la cual se hizo aún más profunda con aquella timorata frase que encumbró al PRI en 2012: “mas vale malo conocido que bueno por conocer”. Al fin y al cabo, decían los aplaudidores del PRI, ellos “sí saben gobernar”. Un terror irracional al cambio cuyos ecos se mantuvieron hasta las campañas de 2018, con versiones sin ningún tipo de sustento o evidencia empírica sobre el enorme “peligro que representaba López Obrador para la economía”- Un miedo bien alimentado por rumores, campañas de terrorismo ideológico orquestadas por los bancos y los medios afines al sector financiero, que se filtraron en el imaginario de las clases medias, incapaces de interpretar los intereses ocultos tras la información divulgada en los medios.

Las consecuencias de los últimos dos sexenios, ya lo sabemos, fueron desastrosas. A tal punto, que en 2018 la inmensa mayoría de los mexicanos prefirieron correr el riesgo de convertirse en “Venezuela del Norte” antes que volver a apostar por el bipartidismo de derecha que impulsó el modelo neoliberal, que durante tres décadas devastó al país mediante políticas como las privatizaciones, la firma del TLCAN, el rescate bancario vía el Fobaproa o las llamadas reformas estructurales que incluyeron la privatización del petróleo, así como la precarización del salario y las condiciones laborales.

El PRI y el PAN son los principales responsables de que López Obrador haya ganado las elecciones con una ventaja din precedentes, aplastante, que no hubiera ocurrido si en 2006 las élites político-empresariales que mantuvieron intacto su pacto de impunidad mientras el país se desangraba, no hubieran impedido la llegada de López Obrador a la presidencia, en condiciones más acotadas que lo que ocurrió en 2018. Dicho de otro modo, si hubieran dejado pasar a López Obrador en 2006 no hubiera llegado con mayoría en el Congreso y una cantidad de votos aplastante para la elección de 2018. Hoy en cambio, no sólo se convirtió en el presidente más votado en la historia del país desde la época de la Revolución, sino que además llega con 5 gubernaturas y mayoría en las dos Cámaras. Paradojas de la historia. Una muestra de que, más allá de la política, existen otras fuerzas elementales que rigen la naturaleza y que generan un efecto contrario al que la derecha buscaba generar en un principio, cerrándole el paso a quien se había ganado la simpatía de la gente.

Por otra parte, la tenacidad y perseverancia de Obrador, aderezada con su obsesión por la historia, una moral chapada a la antigua y su afilado colmillo político, le permitieron aprender de sus errores y conformar un movimiento social incluyente que poco a poco lo fue vacunando contra los ataques de un PRIAN, fracturado por la desmedida ambición de sus integrantes, lo cual fue un factor decisivo en la contienda. Esto aún cuando persiste la animadversión clasista contra un personaje popular como Obrador, quien prefiere recorrer las plazas públicas utilizando una retórica sencilla e incluso rudimentaria, para convencer a la gente de la existencia de una “mafia del poder” que tiene secuestrada a las instituciones (lo cual es cierto) y cuyos niveles de corrupción han provocado un nivel de podredumbre generalizado.

Lo interesante aquí, es que el desastre de país en los últimos dos sexenios terminó provocando que el discurso sobre el cual se sostenía la continuidad del modelo neoliberal se derrumbara, ante la urgente necesidad de un cambio que permitiera devolver el equilibrio anímico a la colectividad. Un fenómeno que no es exclusivo de México, sino parte de un proceso histórico mucho más profundo que tiene que ver con la dinámica de la globalziación financierista y las tensiones que esto genera en Estados-nación que ven vulnerada su legitimidad frente al poderío del capital trasnacional.

“En el momento en que el Estado se ve privado de una fuerza identitaria que sostenga su difícil maniobra en el mundo de la globalización, ese Estado trata de relegitimarse volviendo a llamar a su gente, es decir, a su nación; pero esa nación, en muchos casos, ya se ha separado del Estado y cree que no está siendo representada”, refiere Manuel Castells en su ensayo Globalización e identidad. Una situación que explica el resurgimiento de líderes nacionalsitas en todo el mundo que aparecen como alternativa a los estragos de una modelo globalizador basado en la movilidad del capital financiero, que ha devastado comunidades y territorios enteros mediante negocios multimillonarios que son incapaces de satisfacer la insaciable ambición de una pequeña élite a expensas del sufrimiento de millones de personas que se ven obligadas a migrar de sus territorios para ganarse la vida en las ciudades donde se concentra la mayor parte de la riqueza global. Un fenómeno migratorio de gran escala que a su vez, socava la cohesión cultural a través de la cual se sostiene la idea del Estado-nación, lo cual provoca una fractura al interior de las grandes urbes que se convierten en espacios de confrontación entre grupos étnicos, religiosos y multiculturales, muchas veces antagónicos entre sí.

Una situación que ocurre actualmente en México, con el fenómeno migratorio hacia Estados Unidos, la devastación ambiental y social ocasionada en comunidades y pueblos a manos de empresas extractivas protegidas por gobiernos neoliberales que han renunciado a su facultad de proteger a sus ciudadanos, con el pretexto de atraer inversión extranjera, siempre dispuesta a generar riqueza mediante el despojo, la explotación y empleos mal pagados. Una situación que fue evidenciada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional desde la fase inicial del proyecto neoliberal en México y que se fue propagando por todo el país a lo largo de los años, junto a múltiples evidencias del fracaso de la apertura económica a varios niveles.

¿Qué ocurrió entonces? Lo que siempre ocurre en la política. El discurso de López Obrador ofreció una explicación cada vez más convincente de la realidad nacional, lo cual le abrió las puertas del triunfo. Cuando Andrés Manuel afirmaba que el PRIAN era lo mismo, las alianzas entre Diego Fernández de Cevallos y Carlos Salinas de Gortari o los continuos guiños de Vicente Fox con Peña Nieto, siempre con la tecnocracia neoliberal como vaso comunicante entre priistas y panistas, terminó dando razón al tabasqueño en torno a la existencia de una “mafia del poder”, cada vez más obscena y evidente.

Una alianza histórica que, sin embargo, fue dinamitada por un impetuoso Ricardo Anaya que, en aras de su ambición presidencial, provocó una ruptura profunda con el PRI, tras la reunión secreta que sostuvo con Peña en Los Pinos el 20 de enero de 2017 en el contexto de la elección a la gubernatura del Estado de México, en la que supuestamente ambos habrían pactado algo que el líder panista terminó por “traicionar”, según han señalado los cercanos de Peña. Pero esta no fue la única fisura provocada por Anaya, quien utilizó la dirigencia nacional del PAN para apoderarse del partido e impulsar su candidatura presidencial con un alto costo político para la militancia blanquiazul: la fractura y rompimiento con el grupo de Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, lo cual derivó una disputa interna que se mantiene vigente y le pasará factura al joven queretano tras la elección de 2018. No en balde, las cifras muestran que con todo y las alianzas del PAN con PRD y MC, la de Anaya fue la peor votación para un candidato presidencial panista del que se tenga registro en la historia reciente, desde la llamada transición democrática. Por si fuera poco, Anaya construyó una alianza antinatura con el PRD, sí, el mismo partido que surgió como consecuecia del pacto entre PRI y PAN tras el fraude de 1988, situación que en una de esas peculiares paradojas de la historia, terminó arrastrando a su mayor debacle electoral desde el inicio de la alternancia y sepultando al PRD, reducido a un partido satélite luego de haber tenido posibilidades reales de acceder al poder. De este modo, Anaya cometió tres errores clave que dinamitaron la cohesión histórica de la tecnorcracia neoliberal de derecha que sostuvo la hegemonía del PRIAN durante tres décadas.

Ante un escenario así, era más que entendible que un discurso antisistema como el de López Obrador tuviera cada vez más resonancia entre un número creciente de damnificados por los estragos del neoliberalismo, tal como quedó de manifiesto con el gasolinazo, derivado de la reforma energética aprobada por el PRI y el PAN. De este modo, la retórica lopezobradorista se convirtió en la única alternativa viable, ante la notable ausencia de otros discursos antisistema con la fuerza necesaria para satisfacer esa necesidad, razón por la cual, más allá de los aciertos del tabasqueño, la retórica neoliberal aunada a los altos índices de violencia y corrupción, derivados de intentos desesperados por retener un poder decadente y cuestionado por la vía del fraude electoral, como ocurrió en 2006 y 2012, terminó por derrumbar al PRI y al PAN en 2018, convirtiendo a Morena en un movimiento social emergente con posibilidades de construirse como partido hegemónico en un futuro no muy lejano, generando así un cambio de régimen, entendido como el conjunto de instituciones que regulan y administran el poder político.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los críticos de López Obrador a lo largo de las campañas electorales ni siquiera se percataron de la enorme trascendencia histórica que encerraban las elecciones de 2018, en buena medida, por la dinámica con que operan los grandes medios de comunicación y la industrialización del internet, que ha convertido cualquier acontecimiento en un espectáculo propio de la sociedad del consumo, a expensas de la reflexión y una búsqueda profunda de la verdad.

De este modo, los sectores conservadores asustados de perder sus privilegios frente a un proyecto político como el de López Obrador -que busca priorizar a los más pobres con el fin de contrarrestar los desequilibrios generados por el mercado frente a un Estado débil- fueron burdamente manipulados por los intereses de las cúpulas empresariales que se han enriquecido de manera indignante mientras la brecha entre ricos y pobres en México se vuelve cada vez más amplia, reavivando los temores de masas desinformadas que, sin conocer a fondo la situación de Venezuela, afirmaban una y otra vez, similitudes inexistentes entre el régimen chavista y el proyecto lopezobradorista.

Estas son las implicaciones de fondo de la elección presidencial de 2018, las cuales pasaron prácticamente inadvertidas por el grueso de la población, felizmente enajenada con muchos memes y críticas chafas que evidenciaron también la crisis al interior de la comentocracia mexicana, alimentada por el régimen neoliberal y con fuerte presencia en los grandes medios de comunicación, cuyos argumentos fueron perdiendo fuerza ante la incapacidad intelectual de las élites para reinterpretar el momento político y social por el que atraviesa México.

En conclusión, considero que el paso que dimos los mexicanos con el arribo de un líder popular, proveniente de movimientos sociales como López Obrador, no sólo resultaba necesario, sino urgente, dado el nivel de descomposición social por el que atraviesa el país.

Sin embargo, no soy ingenuo, y desde luego entiendo que el nuevo régimen traerá consigo una serie de riesgos, favoreciendo a unos y perjudicando a otros, como ocurre con cualquier otro régimen político, pero me parece que el llamado a la reconciliación nacional, proviniendo de un personaje como López Obrador, puede ayudar a México pasar a otra etapa histórica. Un acontecimiento que, como bien escribió Jorge Volpi en un artículo reciente publicado en Reforma, representa una enorme oportunidad para que los mexicanos aprendamos de nuestros errores, enfrentemos nuestros miedos y estemos dispuestos a seguir nuestro camino en un nuevo periodo histórico. Una oportunidad que implica abrir muchas puertas y ventanas que durante mucho tiempo estuvieron cerradas. Pero una cosa es abrir la puerta y otra muy diferente, cruzarla.

No sabemos qué traerá consigo este cambio, pero vale la pena correr el riesgo e intentarlo. En una de esas, no sabemos, quizá el país pueda mejorar un poco en algunos aspectos fundamentales, lo cual sería ya, un pequeño avance, aunque sabemos que siempre habrá grupos inconformes, tal como ocurrió con buena parte de los gobiernos de izquierda que gobernaron en países de Sudamérica durante las primeras dos décadas del siglo XXI. Gobiernos de izquierda que, pese a sus innegables avances en ámbitos como el combate a la pobreza, han tenido muchos problemas para mantener el poder frente a una derecha rapaz protegida por los medios de comunicación afines a las potencias occidentales, principalmente Estados Unidos y Gran Bretaña, las dos principales sedes del capital financiero trasnacional.

De este modo, confío en que López Obrador hará lo que esté a su alcance para remediar los males que aquejan al país, toda vez que su obsesión histórica y su condición de líder de un movimiento social auténtico, de base, lo hacen un personaje adecuado para encarar en reto. Mucho más adeucado, sin duda alguna, que los tecnócratas “avalados” con sus títulos obtenidos en universidades extranjeras, quienes provocaron la devastación de un país inmensamente rico en posibilidades como lo es México.

La magnitud del cambio histórico que traerá consigo el cambio de régimen es digno de analizarse, discutirse y reflexionarse. En lugar de quejarse amargamente, los pejefóbicos deberían cuestionarse qué fue lo que ocurrió para que un personaje como López Obrador lograra llegar a la presidencia de México en su tercer intento. Quizá entonces, puedan mirar hacia adentro, ser autocríticos y aprender algo en el camino.

La historia, como todo relato de ficción, es un cuento en permanente cambio. Un cuento cuyo sentido depende de su capacidad para apelar a las emociones y las más profundas necesidades humanas- Un cuento que en política, simplifica estos aspectos en la idea del bienestar.

Si bien el regreso del nacionalismo revolucionario remasterizado es preferible a la continuidad de un neoliberalismo fracasado, me parece urgente que los mexicanos comencemos a buscar alternativas para construir otro futuro posible, inventar un nuevo cuento que nos permita redefinir el papel del ser humano y su relación con el mundo, un cuento que cuestione y ponga en duda todos los saberes, un cuento que nos permita reconciliarnos con todos los seres que pueblan el planeta, un cuento que nos permita celebrar nuestras muchas diferencias, un cuento capaz de reescribir la historia misma de la humanidad. Esto, o seguir siendo rehenes de narrativas caducas.

Porque la vida es cuento y la realidad es ficción.

¡Salud!
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El gasolinazo y la pesadilla del neoliberalismo a la mexicana

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La liberalización de los precios de la gasolina evidencia los estragos de un modelo económico al que México apostó su futuro y hoy está en declive ante el triunfo Trump y el Brexit.

El gasolinazo provocado por la liberalización de los precios de los combustibles es el último capítulo de la pesadilla neoliberal mexicana que lleva 30 años desarrollándose en nuestras narices. Una pesadilla que cobra nuevas dimensiones ante la derrota en la escena internacional del proyecto neoliberal al que México apostó todas sus canicas, empeñando el futuro de una generación entera que ahora se ve forzada a pagar los platos rotos.

Fue a mediados de los años 80 cuando los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña, entonces comandados por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, impulsaron una serie de medidas económicas para los países en desarrollo a través de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, sentando así las bases del proyecto neoliberal.

La receta del éxito, según los neoliberales, se basaba en tres puntos clave: privatización de las empresas públicas, el fomento del libre comercio y la desregulación de los mercados. Esto, con el fin de que el Estado interviniera lo menos posible en los asuntos económicos. Recomendaciones que en buena medida, explican el actual incremento a los precios de la gasolina.

No pasó mucho tiempo para que México adoptara a rajatabla dicho modelo económico. Tras la privatización de los bancos y otras empresas durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el gobierno firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte con la promesa de generar crecimiento económico atrayendo inversión extranjera, impulsando las exportaciones y generando empleos bien pagados. Cosa que nunca ocurrió, toda vez que México desmanteló la industria nacional para convertirse en un país maquilero e importador, arrojando un saldo negativo de la balanza comercial ante el poco valor agregado que genera el modelo maquilador.

Las cifras son contundentes, ya que los mexicanos perdieron el 80% de su poder adquisitivo de 1987 a 2016, duplicando los niveles de pobreza, al pasar del 31% en 1994 al 62% en 2015 según datos del Banco Mundial. Al mismo tiempo, la implementación del modelo neoliberal en México trajo consigo el surgimiento de un selecto grupo de multimillonarios beneficiados por las privatizaciones, tales como Carlos Slim (Telmex), German Larrea (Grupo México), Alberto Bailleres (Grupo Peñoles) y Ricardo Salinas Pliego (Televisión Azteca), cuatro de los 30 empresarios más ricos del país cuya fortuna supera los mil millones de dólares.

Desde entonces, el gobierno mexicano no ha dejado de señalar a diversos “factores externos” como los culpables del estancamiento económico, mientras los cómplices del oficialismo tratan de ocultar la manera en que la implementación del proyecto neoliberal convirtió a México en un país particularmente vulnerable a los caprichos de los mercados internacionales.

Pero a pesar de que con el paso de los años existe cada vez más evidencia sobre los efectos negativos del modelo neoliberal en México, en 2014 el gobierno de Enrique Peña Nieto —valiéndose de un discurso tramposo en el que incluso se aseguraba que Lázaro Cárdenas estaba a favor de la privatización, que por momentos hacía recordar aquella máxima incluida en la novela 1984 de George Orwell sobre la manera en que “quien controla el presente controla también el pasado”—, impulsó la reforma energética aprobada por el PRI y el PAN, cuyo propósito era privatizar la industria petrolera que para ese entonces sostenía una tercera parte del presupuesto anual del país.

De este modo, la codiciada renta petrolera mexicana terminó formando parte del proyecto neoliberal por acuerdos entre los partidos políticos, pese al evidente rechazo de la ciudadanía.

A pesar de que la reforma energética significó cumplir con uno de los mayores anhelos de los tecnócratas neoliberales en México, lo cierto es que la industria petrolera ya venía experimentando una privatización silenciosa a través de las empresas privadas de Pemex que conforman el Grupo PMI, que desde finales desde finales de la década de 1980 hasta 2014 manejó con total discrecionalidad los recursos obtenidos por las exportaciones e importaciones de petróleo crudo y sus derivados, incluyendo la gasolina.

Una práctica inspirada en un modelo de negocios en Pemex basado en la exportación de petróleo crudo, que dejó en el olvido la planta industrial con la que contaba el país, incluyendo refinerías y el sector petroquímica. Y por absurdo que parezca, ahora somos un país importador de gasolina proveniente de Estados Unidos y otros países. Una metáfora de lo que ha sucedido con la economía mexicana a más de dos décadas de la implementación del modelo neoliberal.

A más de dos años de distancia, sobra decir que la reforma fue un rotundo fracaso, tal como lo evidencia la virtual quiebra de Pemex, el desmantelamiento de las refinerías que trabajan al 38% de su capacidad, el desabasto de combustible en al menos 10 estados o el incremento de 20% en el precio de la gasolina, y los incrementos en las tarifas de luz y gas.

Mientras el Secretario de Hacienda, José Antonio Meade, asegura que el “libre mercado” de la gasolina fomentará la “competencia” del sector, lo cierto es que dicho aumento tendrá efectos adversos en el aumento de la inflación y hará aún más compleja aquella “película de terror” a la que hizo referencia el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, para describir el negro escenario económico que se vislumbra en 2017.

Y todo esto, en medio de el derrumbe del neoliberalismo con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea vía el Brexit, dos países donde las políticas de libre mercado cedieron a las presiones de una derecha proteccionista cuyo triunfo representa un duro golpe para los tratados de libre comercio. Un proyecto neoliberal al cual México apostó su futuro y que junto con los altos niveles de corrupción e impunidad que padece el país, han ocasionado un presente incierto y desolador para una generación entera de mexicanos.

¿A quién habremos de pasarle la cuenta del desastre de país que nos han dejado?

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Piketty, el economista que desnudó al capitalismo salvaje del siglo XXI

 

El economista francés Thomas Piketty ha desatado la furia de los neoliberales con el éxito de su libro El capital en el siglo XXI, el cual ha sido comparado con grandes obras de la teoría económica clásica, desde El capital de Marx hasta La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Lo más curioso es el entripado que dicho libro desató entre los editores de la revista británica The Economist, uno de los mayores referente ideológicos de la derecha neoliberal a nivel global. ¿La razón? El estudio de Piketty arroja argumentos contundentes (según afirman quienes lo han leído) sobre la manera en que los grandes rendimientos del capital privado terminan por debilitar el crecimiento económico de las naciones en el largo plazo, luego de hacer una revisión exhaustiva con datos de 30 países durante los últimos 30 años. La ecuación es simple: r > g (donde r es igual a rendimiento económico del capital y g es crecimiento económico). Una grieta estructural que, aunada al crecimiento exponencial e insostenible de la desigualdad social, golpea las entrañas del sistema económico vigente. De ahí la enorme molestia que ha generado entre los conservadores. Interesante tema para seguirle la pista.

BBC: Thomas Piketty, la nueva estrella de la economía mundial

The Guardian: The Piketty phenomenon: big picture economics

The Economist: Thomas Piketty’s “Capital”, summarised in four paragraphs

Infografía del abuso

Los datos son elocuentes. La perfecta estampa de la desigualdad planetaria.

De la barbarie del neoliberalismo a la esperanza de la organización social

Hay que tomar el documental De la barbarie a la esperanza como lo que es: propaganda en tiempos electorales (sobre advertencia no hay engaño). Sin embargo, el caracter propagandístico de la película no le resta ciertas virtudes, como explicar a detalle cómo se ha generado la actual crisis económica, política y social que padece México, producto de la ambición desmedida de los pocos a costa del trabajo de los muchos. Se podrá cuestionar a López Obrador y su doble cara, su cercanía con personajes como René Bejarano, su carácter seco y en ocasiones socarrón, pero la verdad que denuncia difícilmente puede ser cuestionado a través de argumentos racionales. El dato de la cantidad de mexicanos que aparecen en la revista Forbes antes y después de la apertura comercial con Estados Unidos habla mucho del país en que vivimos actualmente.

Lo mismo ocurre con los estragos generados por las mineras, petroleras y bancos extranjeros que operan bajo el amparo y la complicidad de los gobiernos de derecha que juegan a pintarse de diferentes colores para tratar de disfrazar que, en el fondo, tanto el PRI como el PAN obedecen a los mismos intereses, es decir,  beneficiar a las oligarquías y los grupos de poder que pretenden imponer su voluntad a toda costa.

Las elecciones de julio próximo no definirán el triunfo de un candidato presidencial, sino el triunfo de un proyecto político: la continuidad del modelo neoliberal o la resintalación del proyecto inconcluso de la Revolución Mexicana.

Dice Lorenzo Meyer que en México la izquierda nunca ha podido alcanzar el poder por la vía pacífica. Esperemos que lo logre pronto, ya sea a través del voto o por la construcción de una conciencia colectiva que nos ayude a darnos cuenta de que otro México es posible.

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