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El amor como salida a la falsa dicotomía machismo-feminismo (y otras dolorosas verdades)

Entre más estudio ese gran misterio de la condición humana, más comprendo que hay cosas inevitables, como la violencia. No ha existido nunca, en ninguna época, ni en ninguna cultura, persona que no haya sido expuesta a algún tipo de violencia o que no haya ejercido nunca algún tipo de violencia contra otros. Eso es una dolorosa verdad que muchos no están dispuestos a reconocer, y prefieren seguir embriagados en fantasías infantiles, pues no toda la gente está preparada para asimilar la crudeza que suele acompañar a las grandes verdades humanas.

Siempre existirá la guerra, siempre existirán las vejaciones, las masacres, y también siempre existirá gente temerosa, fácilmente manipulable y susceptible a aceptar los discursos de odio como una forma de lidiar con sus propios miedos. La manipulación es una técnica relativamente sencilla que consiste en exagerar unos datos y minimizar otros. Esto crea una distorsión, una gran mentira fabricada con medias verdades. Por eso es tan fácil engañar a la gente con una mentira fabricada con retazos de verdad. Y para darse cuenta de esas cosas, se requiere fortalecer la espiritualidad, develar el velo de maya, la ilusión. Y bien dicen los hindúes que la ilusión primera es la ilusión de la separación. La persona despierta y consciente, se da cuenta de estas cosas, pero el despertar espiritual no es algo que se consiga de la noche a la mañana, o que se pueda conseguir con una receta. Es ante todo, una actitud frente a la vida.

Tras leer un artículo sobre la ingeniería social y la manipulación de masas detrás del discurso del feminismo (que en su expresión más extremista ha llegado a la locura y estupidez de criminalizar a todos los hombres como asesinos y violadores potenciales), me queda claro que los discursos de odio no podrán resolver los grandes problemas humanos. La única forma de lograr la necesaria reconciliación de los sexos y trascender la falsa dicotomía feminismo-machismo -al igual que ocurre con el racismo o el clasismo tan de moda hoy en día- es optar por una tercera vía: el amor.

Lástima que en una era donde abundan los discursos de odio, hablar de amor sea algo tan anacrónico y anticuado, algo tan incómodo para los expertos en manipular a las masas temerosas. Por eso el perdón, la compasión, la justicia, la virtud, y su vínculo con la divinidad, son verdades universales que han estado presentes en prácticamente todas las culturas, de todos los tiempos.

Sólo el amor a todas las cosas, podrá sacarnos de la confusión que vive nuestra sociedad actual. El amor, y no el odio, es la única vía para ser feliz y al mismo tiempo resistir las muchas terribles verdades del mundo. Observen a la gente amorosa a su alrededor, y verán que hay algo de verdad en esto que digo yo. Sólo el amor puede trascender la maldad que anida, sigilosa, en el corazón de las personas. Esta es una verdad muy antigua.
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Disertación contra el fanatismo en redes

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Oigan, en verdad, tómense un tecito de tila para calmar los nervios. La cosa política los trae muy estresados. Pónganse a ver menos noticias en la tele y el Feis y a leer más libros si en verdad quieren entender lo que está pasando en vez de armar escándalo por todo.

Seamos claros.

Yo critico que la decisión del nuevo aeropuerto en Santa Lucía haya carecido de elementos técnicos y haya sido consecuencia de un proceso manipulado por intereses políticos. Creo que merecemos algo mejor y seguiré siendo crítico de esas cosas que considero, están mal, aunque algunos traten de justificar un turbio proceso porque logró imponerse la opción que apoyaban.

Pero de eso a la vergonzosa y alarmista campaña mediática emprendida por las cúpulas empresariales para generar pánico con la subida del dolar y la especulación financiera hay mucho trecho. Ojalá los que ahora se rasguñan la cara hubieran sido igual de críticos con las reformas, la quiebra de Pemex, el alza de los combustibles o la crisis humanitaria sin precedentes que lleva más de 250 mil asesinatos y 30 mil desparecidos. Así que no sean ridículos. No les queda.

Lo que no deja de sorprenderme es la creciente polarización y fanatismo en esta encarnizada lucha de clases a la mexicana. Algo que se refleja en los viscerales y psicóticos comentarios que abundan en redes sociales. Como violentos hinchas de futbol en un enfrentamiento entre barras bravas.

Si uno celebra que López Obrador haga algo bien, uno se convierte en un pinche chairo. Si uno critica a López Obrador por hacer algo mal, entonces uno es un tecnócrata vendido.

El fanatsimo es la antesala del autoritarismo, es ahí donde brota el germen del fascismo que se extiende por todo el planeta. Ese fanatismo imbécil del cual han surgido personajes como Donald Trump en EE.UU., Jair Bolsonaro en Brasil o las acciones terroristas financiadas por el gobierno de Arabia Saudita en Medio Oriente.

Ahí están las expresiones fascistas que vimos en México contra los migrantes centroamericanos como un vivo ejemplo de este enorme peligro que se cierne sobre el mundo.

La vida tiene MATICES y CLAROSCUROS. Pero cuando la simpatía o antipatía hacia un personaje nubla el juicio y cualquier posibilidad de tratar de comprender las motivaciones del otro, la violencia es el siguiente paso. Ahí está la polarización en Venezuela como un ejemplo de ello.

En lugar de estar tan preocupados por emitir opiniones llenas de lugares comunes, que repiten como autómatas con su sesgadísimo consumo noticioso dictado desde los centros del poder hegemónico, yo les recomendaría profundizar y leer libros o ver videos en Youtube que nos ayuden a comprender mejor qué carajos pasa. Es muy diferente el tipo de discusión que se genera cuando ambas partes tratan de descubrir algo nuevo sobre el mundo en que vivimos antes que tratar de imponer mi visión del mundo a los otros.

Yo por eso en este tipo de coyunturas no dejo de referirme al gran Ryszard Kapuscinski, el maestro, a la hora de ahondar en las raíces profundas del fanatismo:

“Si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático”, solía decir, certero, el formidable periodista polaco.

No caigamos en la trampa.
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Diatriba antifascista a propósito de la caravana migrante

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En mis 16 años como periodista, pocas coberturas me han impactado tanto como la caravana migrante. La catástrofe es de gigantescas proporciones. Pero el hecho evidenció el racismo, la xenofobia y la estupidez de muchos mexicanos. Paradójicamente, critican a Trump por denostar a los mexicanos pero ellos hacen lo mismo con los centroamericanos. Ser pobre y luchar por no morir de hambre o acribillado es delito en estos tiempos. ¡Incluso se indignan porque los migrantes “dejan sucias” las relucientes e inmaculadas plazas públicas mexicanas por donde pasan! El fascismo es un germen muy contagioso en estos tiempos.

Pero lo más sorprendente e indignante, me parece, es la mordaza mediática. A juzgar por las noticias, pareciera que los migrantes surgieron de la nada, por generación espontánea. Nadie habla de la violencia y la carestía que trajo consigo el golpe de Estado, el fraude y la dictadura impuesta por el actual presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, con ayuda de Estados Unidos. La catástrofe hondureña no tiene resonancia ni siquiera por el éxodo masivo que ha detonado en toda la región. Los hondureños no son migrantes, son refugiados de una guerra civil que ni siquiera es guerra para los medios de comunicación.

Muchos se indignan con la situación en Venezuela, pero ni siquiera se han enterado del otro desastre que está por consumarse en Brasil, donde un fascista de mierda de nombre Jair Bolsonaro está por llegar al poder con la complacencia, sí, otra vez, de Estados Unidos y su maquinaria mediática, que se reproduce fehacientemente en países que se dicen independientes pero son en realidad colonias del imperio.

Por supuesto, eso no les indigna a los imbéciles que se sienten identificados con el neonazismo, próceres de la higiene a ultranza, ellos, con sus delirios de grandeza a la gringa, insoportablemente ignorantes, vacíos, políticamente indiferentes, seres frívolos y tristes que tratan de esconder su miseria humana odiando al otro: al pobre, al jodido, al extranjero. Por eso sueñan en secreto ser güeros y ricos como Trump, déspotas y tiranos, vulgares, inmundos, machistas que sienten placer sometiendo y sobajando a la mujer. Ese es el “progreso” de la supremacía blanca, ese anhelo que nos han metido a la fuerza en el cine y las noticias.

Pobres diablos. Tan urgidos de todo porque sólo poseen cosas materiales. Tan encerrados en sus prejuicios y sus odios. Tan ensimismados en su propia podredumbre, sin siquiera imaginar que existe un mundo allá fuera, un mundo distinto en el que viven personas que están dispuestas a caminar miles de kilómetros con niños recién nacidos entre los brazos para escapar de la miseria. ¡Y todavía los tachan de irresponsables! Lo responsable, según esta gente ilustrada y estúpida, sería quedarse en su país a buscar trabajo y resignarse a morir de hambre. Total, como “el cambio está en uno mismo”, basta con tirar la basura en su lugar para evitar que los pandilleros de la MS-13 te maten a tiros por el simple hecho de vivir en territorios bárbaros donde la única ley que vale es la ley del más fuerte.

Lo mismo pasa para quienes discuten sobre la viabilidad del nuevo Aeropuerto, sin tratar de entender una chingada, exhibiendo sus prejuicios y fantasías pueriles, como si construir un jodido aeropuerto no trajera irremediablemente consecuencias ambientales, sociales y económicas. Pero hay quienes prefieren vivir en su mundo de caramelo antes de aceptar que el mundo es en ocasiones un lugar terrible donde hay que tomar decisiones dolorosas.

Un infantilismo político, promovido dese la hiperrealidad -ese peculiar rinconcito del capitalismo y la modernidad en el cual, nada existe a menos que salga en la tele y en el Feis- que incita a la inacción política, porque “la política es mala y el poder corrompe”. Pero resulta que nadie está dispuesto a esuciarse los zapatos y ejercer el poder de manera responsable, pues es más cómodo dejarlo en manos de los tiranos o simplemente elucubrar complejas teorías de la conspiración, pero hasta ahí.

Tan podrido está todo. Pero a pesar de que en días como este a uno le dan ganas de echarse a dormir y no despertar, eso no sucederá. Mientras haya vida, habrá lucha. Y mi deber terrestre como periodista y poeta es precisamente ese: luchar contra la estupidez y la oscuridad que se esparce por el mundo en todas sus formas, luchar contra el fascismo y lo prejuicios, luchar contra el odio y la tiranía, con el único objetivo de propagar la alegría y reescribir el mundo. Así he de vivir hasta el último de mis días.

¡He dicho!
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El insoportable silencio que dejó el odio tras de sí

Las secuelas del odio pueden resultar insoportablemente silenciosas. Eso es lo que nos deja entrever este cortometraje, Padre, de Santiago Bou Grasso sobre los desaparecidos de la dictadura militar en Argentina. Tremendo trabajo donde se percibe la asfixia del tiempo que se detuvo.

PADRE from opusBou on Vimeo.

Las cuatro actitudes inconmensurables del Buda

BUDA copy

Palabras que no bastan para describir la barbarie

Estos son apenas seis minutos de la realidad que se vive a diario en Gaza desde hace un mes. Seis minutos sin cortes. Seis minutos de la cruda realidad palestina marcada por bombas, fuego cruzado, cuerpos cercenados. Son las consecuencias del odio, la guerra imbécil donde el único resultado posible es el sufrimiento.

Si tuviera un poco de vergüenza, el Estado de Israel no volvería a hablar nunca más del holocausto sufrido a manos de los nazis, después de que se han empeñado en emular a sus victimarios. Los argumentos para la masacre pueden ser diferentes, pero el fin es el mismo: exterminar al otro.

La crueldad de los bombardeos contra civiles palestinos no puede justificarse de ningún modo, bajo ninguna circunstancia. Las imágenes son brutales, despiadadas. Y sin embargo sigue ocurriendo, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto. ¿Cómo podemos permitir esto? Si la religión es utilizada para justificar esto, señores, su religión es una mierda y su Dios un ojete, el retrato más burdo de aquello en lo que se han convertido tras ser deformados por el rencor. Igual de mezquinas resultan las potencias occidentales y su doble moral, tan miserable, tan falta de cualquier resquicio de humanidad, de el más minimo rastro de empatía por el otro. Todo sea en nombre de ese señor terrible llamado don dinero. Triste, muy triste ver lo poco que vale la compasión en los tiempos del libre mercado. ¿No se dan cuenta?

No importa quien empezó esta barbarie, tenemos que hacer algo para detenerla. Decía Gandhi que bajo la ley del “ojo por ojo” el mundo acabará ciego. Y eso es precisamente lo que pasa: un mundo cegado por la ira, los intereses mezquinos, la indiferencia conveniente. Las imágenes son devastadoras pero es necesario compartirlas para darnos una pequeña idea del infierno que se vive a diario al otro lado del planeta, mientras nos limitamos a comentar el tema en una platica de café o contemplar la desgracia humana en el noticiero. ¿Cómo puede alguien justificar esto? ¿Qué clase de personas somos al permitir que esto ocurra? Duele tanto. Y uno aquí, lidiando con la frustración de no poder hacer nada para aliviar tanto dolor, tanto sufrimiento idiota. Y uno aquí, escribiendo palabras que no bastan.

El profeta: sembrador de esperanza

Toda profecía es una reinterpretación del presente. El profeta es capaz de revelar el futuro porque entiende que el futuro no es sino una consecuencia del presente. Su poder para predecir el futuro es el poder de la clarividencia, es decir, el poder de ver con claridad. El profeta anuncia el porvenir al enunciar el significado del mundo. Sabe que si fertiliza la tierra y siembra la semilla, el árbol dará frutos, aunque pasen mil años. Hace falta que florezcan profetas en esta oscuridad para sembrar esperanza en este mundo desahuciado que aprieta los dientes. Y para ello, será necesario viajar a los confines de la existencia, hacia el centro de nosotros mismos. Si queremos entender los problemas del mundo tenemos que mirar hacia dentro, estudiarnos, explorarnos, entender que el mundo no es sino el reflejo de nuestros adentros. Cuando comprendemos esta sencilla verdad, podemos entender el sufrimiento del otro. Creamos un vínculo con su dolor, con su alegría. Luego entenderemos que todos los seres que pueblan este planeta forman un solo organismo. Ya no habrá separación. La empatía va creando vínculos. Mi bienestar será el bienestar de los demás. Se borrará el odio. Germinará la compasión. Y el mundo habrá cambiado. La verdad revelada por el profeta terminará haciéndose realidad. El amor se regará por el mundo. He aquí mi profecía.

Ser feliz porque sí

El problema de la competencia es que alimenta la ilusión de la separación. En toda competición existe un deseo insatisfecho de ser más que los demás. Uno quiere ser más que los demás para someter al otro, imponerle su voluntad, obligarlo a obedecerle. Dominar al otro para que no pueda herirme, controlar al otro para no ser mordido y poder evadir el dolor. Esa es la perversa idea que nos han inculcado en torno a lo que significa el ‘éxito’. ¿Cómo puedo ser yo más que otro, si ese otro es también parte de mí? De ahí la importancia de descubrir cada quien su lugar en el mundo, ser lo que uno es, y nada más. Yo soy el otro del otro. Amar al prójimo es amarse a sí mismo. Respetar al otro es respetarse a sí mismo. El sentimiento de superioridad es un espejismo que nos aísla, nos hace sentir vulnerables, temerosos. Y es entonces cuando germina la corrupción. Sí queremos eliminar el sufrimiento imperante en el mundo tenemos que aceptar esta verdad. Reconocernos en el espejo de todas las cosas. Yo soy el mundo. Yo soy tú. El mundo soy yo. Tú eres yo. Es ahí donde comienza el despertar. La noción de lo bueno y lo malo se borra. Se muere el odio. Aprendemos a ver sin prejuicios. Las cosas son lo que son. Lo aceptamos. Entonces florece la compasión. Compartimos un mismo dolor con todos los seres, una misma alegría. En nuestro corazón palpita el mundo. Cuando entendemos eso, las cosas adquieren otra dimensión. Nuestros ojos se llenan de nuevos colores. La muerte se convierte en un regalo con el que habremos de celebrar la vida. Estamos juntos, tú, yo, todos, respirando el mismo aire. Compartimos nuestra existencia con todos los seres que pueblan el mundo. Ser feliz porque sí. Eso es lo único que importa. Lo que en verdad importa.

buda

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