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Crítica ficcionalista a las elecciones presidenciales de 2018 en México (y a los pejefóbicos que nunca entendieron de qué se trató la cosa)

AMLOVE

Concluye un ciclo histórico de 30 años y empieza una nueva etapa. No sabemos si mejor o peor, pero será una nueva etapa al fin y al cabo. Creo que era un paso necesario y urgente que México tenía que dar para crecer como nación. Llevábamos demasiado tiempo estancados en la misma lógica y siempre es bueno un cambio de aires para refrescar la mirada, aunque eso signifique enfrentar nuevos retos, nuevos desafíos, nuevos vicios, nuevos problemas. El cambio de hoy es muy probable que se corromperá mañana, no sabemos si dentro de tres años o dentro de cien, pero es algo que ocurrirá tarde o temprano, siempre, porque la historia es cíclica, un continuo ir y venir por territorios desconocidos, y las soluciones del ahora están construyendo desde ya los desafíos del futuro. Es la inercia de la vida. Y la política, como cualquier otro ámbito de la vida, no escapa a la dinámica de estas fuerzas fundamentales que rigen todas las cosas.

Por eso mismo, sostengo que el cambio era urgente. La vida de los pueblos como las personas, experimentan el mismo choque de fuerzas que determinan la existencia. La psicología de masas no es sino una suma de psicologías individuales que a su vez, construyen un nuevo ente más complejo, pero que en el fondo, comparten un origen común. Así como las personas somos un nivel de conciencia que surge de la cooperación ordenada de millones de células, la sociedad es también un nivel de conciencia colectiva que responde a la dinámica de las fuerzas primordiales que constituyen el universo.

Y ocurre que el desarrollo espiritual de las naciones es similar al desarrollo espiritual de las personas, el cual depende en buena medida, de enfrentar los demonios internos. Y en las naciones como en las personas, el miedo a enfrentar esos fantasmas delirantes que duermen en nuestras profundidades, suele traer consigo consecuencias trágicas. “Todo deseo contenido engendra peste”, escribió maravillosamente el poeta William Blake. Una peste que proviene del deseo insatisfecho, una necesidad de autorrealización que se ve frenada por el miedo de enfrentarnos a aquellas fuerzas que nos impiden crecer. Por ello, toda tradición mística y esotérica, es ante todo una enseñanza sobre cómo enfrentar nuestros miedos más elementales: el miedo a la muerte, el miedo al dolor, el miedo a la soledad.

No es casualidad que a lo largo de la historia de la humanidad, el mito del héroe que vence a sus demonios internos para alcanzar la armonía existencial, es una constante en cualquier cultura, de cualquier tiempo, en cualquier rincón del planeta. El héroe que en busca de sí mismo que es capaz de crear un cambio significativo en el mundo.

Esta estructura psíquica encargada de simbolizar la experiencia humana (descubierta y descrita por Jung y su concepto de arquetipo e inconsciente colectivo) están presentes en prácticamente cualquier relato, sin importar que se trate de un pasaje de la Biblia, un cuento para niños, una película de Hollywood o un drama de Shakespeare. La psique humana se articula a través de ficciones que nos permiten crear un punto de referencia a partir del cual, podemos interpretar y habitar un mundo articulado, gracias al milagro del lenguaje. No en balde, “los límites del mundo son los límites del lenguaje”, como bien señalaba Wittgenstein. De este modo, toda cultura es el resultado de un complejo proceso de intercambio de experiencias que articulan una cosmovisión, es decir, un relato fundamental a partir del cual se construyen todos los demás relatos posibles. Este relato esencial, que los antropólogos conocen como mito, no es sino un relato de ficción a través del cual, el ser humano se explica y trata de interpetar el mundo en que vive. Dicho mito, es el sustento mismo de la realidad. Es decir, que el mito es un discurso que trata de condensar la experiencia humana durante varias generaciones, para luego plasmarla en un relato capaz de explicar todas las cosas, a partir de las cuales, podemos situarnos en el mundo. Toda cultura, por lo tanto, es un cúmulo de narrativas que buscan entender las implicaciones de la existencia y la relación del ser humano con su entorno.

Para quien entiende esta relación entre vida, cultura y lenguaje, resulta sencillo comprender otros ámbitos como la ideología, es decir, un conjunto de ideas más o menos estructuradas que tratan de explicar la realidad cotidiana. Un conjunto de ideas que alude siempre al mito, a partir del cual, se construye cualquier ideología posible. En este sentido, la política, entendida como una disputa por el poder, no es sino una lucha por el control de la realidad. Una batalla que se libra a través del uso del lenguaje y la construcción de narrativas. Esto nos permite entender por qué razón no existe una diferencia significativa entre el relato de ficción y el relato histórico, ya que como bien apunta Paul Ricoeur en su libro Tiempo y narración, ambas modalidades del relato funcionan a partir de los mismos esquemas mentales que posibilitan el lenguaje. Por ello, es común que la historia, entendida como el estudio de la experiencia humana en el pasado, se construye a través de narrativas. De ahí que, cuando decimos que una persona “hace historia”, significa en el fondo que las acciones de dicha persona provocaron un cambio en la narrativa sobre la experiencia humana en el pasado. Hacer historia, por lo tanto, es cambiar el curso de la narrativa hegemónica mediante la cual, el ser humano se explica a sí mismo, a partir de la experiencia de otros seres humanos que vivieron antes que él. Por ello, el surgimiento de la historia surge como tal con la invención de la escritura, ese artificio del lenguaje que permite fijar en el tiempo y el espacio la experiencia humana a un nivel de detalle imposible de recrear a través de las finitas capacidades de la memoria humana y la tradición oral. En este sentido, no es casualidad que la historia, el derecho y el surgimiento del Estado tengan un origen común, que coincide con la invención de la escritura. De modo similar, la política entendida como un control de la realidad a través de estructuras narrativas, permite comprender la manera en que las ideologías políticas se debilitan y fortalecen con el paso del tiempo, cuando dicho relato deja de tener sentido frente a nuestra experiencia de vida. Por eso, dice Gadamer, la verdad es una afimación (o un relato) de la existencia que debe constatarse continuamente en la experiencia humana. Un discurso político deja de tener sentido (es decir, deja de ser verdadero) cuando dicha afirmación sobre la existencia deja de tener relación con mi propia experiencia de vida y mi propia interpretación del mundo. La verdad, será entonces, un relato cuya validez se otorga a partir de una experiencia de vida común entre los diversos integrantes de un grupo social. La verdad está siempre en entredicho, siempre a prueba, siempre contrastada con mi propia experiencia de vida. Las grandes verdades universales sobre la existencia humana, son aquellas afirmaciones que no pierden vigencia y siguen significando cosas para la gente a través del tiempo, sin importar la época.

Yo me di cuenta de esta situación, quizá no de manera teórica pero sí más intuitiva, cuando comencé a trabajar. Recuerdo que en mi familia y círculo social cercano, crecí con la idea imperante dentro del liberalismo económico, idea hegemónica dentro de nuestra cultura occidental, la cual sostiene que la riqueza es fruto del trabajo. Pero recuerdo que aquella frase dejó de tener un sentido para mí, cuando en mi primer empleo, yo me la pasaba trabajando durante más de ocho horas diarias, seis días a la semana, mientras apenas tenía dinero suficiente para pagar mis necesidades más elementales, al mismo tiempo que veía a otros chicos de mi edad irse de fiesta todos los días porque sus papás tenían dinero suficiente como para que sus hijos no tuvieran la necesidad de trabajar. En un sentido similar, veía a mi alrededor que un albañil, por ejemplo, podía realizar un trabajo más exhaustivo, con jornadas larguísimas de 12 o 14 horas, mientras el “patrón” podía trabajar, pero eso no incidía directamente en los niveles de acumulación de riqueza. A partir de ahí, me di cuenta de que trabajar todo el día, por sí solo, no permite acumular riqueza, sino que por el contrario, existen otros mecanismos sociales que permiten dicha acumulación. Esa intuición fue reforzada cuando, ya en la universidad, tuve la oportunidad de leer El Capital de Karl Marx, libro que no es sino un relato de cómo se genera dicha acumulación a través de la explotación y la apropiación de los medios de producción, relato que tiene mucho más sentido para mí, que el discurso liberal que siguen suelen sostener aquellos cretinos que creen que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar”.

Lo que intento demostrar, es que nuestras ideas políticas suelen estar referidas a nuestra experiencia de vida. Y nos identificamos con determinados discursos políticos porque dichos discursos significan algo para nosotros, según nuestra propia experiencia. Pero resulta que nuestra propia experiencia de vida, es al mismo tiempo, una interpretación que pretende dar coherencia lógica y estructura narrativa a distntos hechos aislados, articulados como un todo gracias a la memoria y nuestra capacidad de estructurar relatos de vida, en función de nuestras emociones.

De ahí que cualquier ideología busca en el fondo tratar de establecer una relación causal entre mis emociones y los relatos a partir de los cuales trato de explicar el mundo. Es decir, que toda ideología es en el fondo, un relato sobre la relación entre mis emociones y las cosas que ocurren en mi entorno, es decir, un discurso que me permite explicar por qué me siento como me siente en función de la manera en que me relaciono con el mundo que me rodea. De ahí que toda retórica política tenga un sustento emotivo, más que racional, y explica también el poder del demagogo: ese parlanchín que dice lo que el pueblo quiere oír para tratar de restablecer un equilibrio anímico que ha sido trastocado de alguna manera por algún tipo de crisis que pone en peligro mi bienestar. Esto permite entender cómo es que todo discurso político busca apelar a las emociones de las masas para tratar de construir un relato en torno a las causas del bienestar y el bienestar como propósito de futuro. Y todo discurso político lleva implícitas estructuras mitológicas, como bien lo advirtió el filósofo Ernst Cassirer. Por ello, no existe un solo discurso político que no aluda al bienestar colectivo de un determinado grupo. Es decir, que todo discurso político está orientado a tratar de convencer de que una comunidad se siente como se siente, debido a una serie de causas que es necesario corregir para restablecer el bienestar perdido. Las promesas de campaña tienen este fin: tratar de persuadir sobre las formas en que, una serie de acciones encabezadas por los líderes de la comunidad (los gobernantes) habrán de estar orientadas en tratar de mantener el bienestar existente o tratar de acceder a él.

Sobre estos ejes se estructuran las ideas elementales del espectro político: la derecha como una ideología que busca mantener los mecanismos estructurales que explican el bienestar de un grupo, frente a una izquierda cuyo propósito es acceder a un bienestar que le ha sido negado. De ahí que la disputa entre la derecha y la izquierda es, en el fondo, una lucha por conservar cierto tipo de privilegios o tratar de acceder a dichos privilegios. Desde luego, las posiciones de cada polo serán determinadas en función de los intereses de cada persona. Aunque lo cierto es que, más allá de la condición material, lo que realmente importa es cómo es que cada quién construye su propia narrativa en torno al problema del bienestar. Por ello, el pensamiento de conservador de derecha, generalmente asociado a las clases privilegiadas, buscan preservar dichos privilegios emanados de las estructuras sociales, mientras que la izquierda busca acceder a una forma de bienestar que le ha sido negada, principalmente por relaciones de subordinación. Dicho de otro modo, dentro del contexto de la lucha de clases, el pensamiento conservador busca mantener sus privilegios, mientras que el pensamiento de izquierda busca acceder a un bienestar prohibido. A través de esta dicotomía y polaridad, se puede entender la razón por la cual, es posible establecer, de manera muy general, vínculos entre el pensamiento de derecha y los sectores más ricos de la población, así como un pensamiento de izquierda generalmente asociado a los sectores más pobres. De este modo, la disputa entre derecha e izquierda tiene como trasfondo la continua batalla entre ricos y pobres, o quienes se asumen partido a favor de un bando determinado. Esto explica, en buena medida, el por qué existen “pobres de derecha” y “ricos de izquierda”, pues a final de cuentas, la identidad no tiene que ver únicamente con una condición material per se, sino más bien, con la construcción de una narrativa propia. Un relato que busca relacionarse con una determinada idea de bienestar como fenómeno colectivo, que trasciende incluso la condición individual de cada persona. Es por ello, que toda ideología política, sea de izquierda o derecha, es consecuencia de una identidad colectiva que trata de satisfacer necesidades vitales o equilibrar pulsiones elementales propias de todo ser vivo, frente a una narrativa del bien común.

Es así, que la política busca en el fondo, construir narrativas en torno al problema del bienestar. Y a medida que dicha narrativa tenga una resonancia interna entre las masas, mayor será su efectividad para persuadir, convencer, manipular y controlar.

Por ello, romper esta relación de dominación implica volverse fuerte, y para ello es un requisito indispensable conocerse a uno mismo, vencer el miedo y aprender de nuestros errores, con el fin de construir narrativas que nos permitan reestablecer el equilibrio anímico a nivel individual y colectivo. Pero cuando esto no ocurre, la desgracia suele hacerse presente en la vida de los individuos y los pueblos.

Eso fue justamente lo que hemos vivido en México los últimos años: una sociedad mexicana presa del miedo que decidió votar en contra de quien representaba “un peligro para México”, según una campaña de terror orquestada desde las cúpulas empresariales y el gobierno, para infundir miedo de un cambio. Una situación que derivó en una crisis de violencia sin precedentes que suma más de 250,000 asesinatos y más de 37,000 desaparecidos en 12 años de “guerra contra el narco”. Presa del miedo, México se sumió en una profunda crisis, la cual se hizo aún más profunda con aquella timorata frase que encumbró al PRI en 2012: “mas vale malo conocido que bueno por conocer”. Al fin y al cabo, decían los aplaudidores del PRI, ellos “sí saben gobernar”. Un terror irracional al cambio cuyos ecos se mantuvieron hasta las campañas de 2018, con versiones sin ningún tipo de sustento o evidencia empírica sobre el enorme “peligro que representaba López Obrador para la economía”- Un miedo bien alimentado por rumores, campañas de terrorismo ideológico orquestadas por los bancos y los medios afines al sector financiero, que se filtraron en el imaginario de las clases medias, incapaces de interpretar los intereses ocultos tras la información divulgada en los medios.

Las consecuencias de los últimos dos sexenios, ya lo sabemos, fueron desastrosas. A tal punto, que en 2018 la inmensa mayoría de los mexicanos prefirieron correr el riesgo de convertirse en “Venezuela del Norte” antes que volver a apostar por el bipartidismo de derecha que impulsó el modelo neoliberal, que durante tres décadas devastó al país mediante políticas como las privatizaciones, la firma del TLCAN, el rescate bancario vía el Fobaproa o las llamadas reformas estructurales que incluyeron la privatización del petróleo, así como la precarización del salario y las condiciones laborales.

El PRI y el PAN son los principales responsables de que López Obrador haya ganado las elecciones con una ventaja din precedentes, aplastante, que no hubiera ocurrido si en 2006 las élites político-empresariales que mantuvieron intacto su pacto de impunidad mientras el país se desangraba, no hubieran impedido la llegada de López Obrador a la presidencia, en condiciones más acotadas que lo que ocurrió en 2018. Dicho de otro modo, si hubieran dejado pasar a López Obrador en 2006 no hubiera llegado con mayoría en el Congreso y una cantidad de votos aplastante para la elección de 2018. Hoy en cambio, no sólo se convirtió en el presidente más votado en la historia del país desde la época de la Revolución, sino que además llega con 5 gubernaturas y mayoría en las dos Cámaras. Paradojas de la historia. Una muestra de que, más allá de la política, existen otras fuerzas elementales que rigen la naturaleza y que generan un efecto contrario al que la derecha buscaba generar en un principio, cerrándole el paso a quien se había ganado la simpatía de la gente.

Por otra parte, la tenacidad y perseverancia de Obrador, aderezada con su obsesión por la historia, una moral chapada a la antigua y su afilado colmillo político, le permitieron aprender de sus errores y conformar un movimiento social incluyente que poco a poco lo fue vacunando contra los ataques de un PRIAN, fracturado por la desmedida ambición de sus integrantes, lo cual fue un factor decisivo en la contienda. Esto aún cuando persiste la animadversión clasista contra un personaje popular como Obrador, quien prefiere recorrer las plazas públicas utilizando una retórica sencilla e incluso rudimentaria, para convencer a la gente de la existencia de una “mafia del poder” que tiene secuestrada a las instituciones (lo cual es cierto) y cuyos niveles de corrupción han provocado un nivel de podredumbre generalizado.

Lo interesante aquí, es que el desastre de país en los últimos dos sexenios terminó provocando que el discurso sobre el cual se sostenía la continuidad del modelo neoliberal se derrumbara, ante la urgente necesidad de un cambio que permitiera devolver el equilibrio anímico a la colectividad. Un fenómeno que no es exclusivo de México, sino parte de un proceso histórico mucho más profundo que tiene que ver con la dinámica de la globalziación financierista y las tensiones que esto genera en Estados-nación que ven vulnerada su legitimidad frente al poderío del capital trasnacional.

“En el momento en que el Estado se ve privado de una fuerza identitaria que sostenga su difícil maniobra en el mundo de la globalización, ese Estado trata de relegitimarse volviendo a llamar a su gente, es decir, a su nación; pero esa nación, en muchos casos, ya se ha separado del Estado y cree que no está siendo representada”, refiere Manuel Castells en su ensayo Globalización e identidad. Una situación que explica el resurgimiento de líderes nacionalsitas en todo el mundo que aparecen como alternativa a los estragos de una modelo globalizador basado en la movilidad del capital financiero, que ha devastado comunidades y territorios enteros mediante negocios multimillonarios que son incapaces de satisfacer la insaciable ambición de una pequeña élite a expensas del sufrimiento de millones de personas que se ven obligadas a migrar de sus territorios para ganarse la vida en las ciudades donde se concentra la mayor parte de la riqueza global. Un fenómeno migratorio de gran escala que a su vez, socava la cohesión cultural a través de la cual se sostiene la idea del Estado-nación, lo cual provoca una fractura al interior de las grandes urbes que se convierten en espacios de confrontación entre grupos étnicos, religiosos y multiculturales, muchas veces antagónicos entre sí.

Una situación que ocurre actualmente en México, con el fenómeno migratorio hacia Estados Unidos, la devastación ambiental y social ocasionada en comunidades y pueblos a manos de empresas extractivas protegidas por gobiernos neoliberales que han renunciado a su facultad de proteger a sus ciudadanos, con el pretexto de atraer inversión extranjera, siempre dispuesta a generar riqueza mediante el despojo, la explotación y empleos mal pagados. Una situación que fue evidenciada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional desde la fase inicial del proyecto neoliberal en México y que se fue propagando por todo el país a lo largo de los años, junto a múltiples evidencias del fracaso de la apertura económica a varios niveles.

¿Qué ocurrió entonces? Lo que siempre ocurre en la política. El discurso de López Obrador ofreció una explicación cada vez más convincente de la realidad nacional, lo cual le abrió las puertas del triunfo. Cuando Andrés Manuel afirmaba que el PRIAN era lo mismo, las alianzas entre Diego Fernández de Cevallos y Carlos Salinas de Gortari o los continuos guiños de Vicente Fox con Peña Nieto, siempre con la tecnocracia neoliberal como vaso comunicante entre priistas y panistas, terminó dando razón al tabasqueño en torno a la existencia de una “mafia del poder”, cada vez más obscena y evidente.

Una alianza histórica que, sin embargo, fue dinamitada por un impetuoso Ricardo Anaya que, en aras de su ambición presidencial, provocó una ruptura profunda con el PRI, tras la reunión secreta que sostuvo con Peña en Los Pinos el 20 de enero de 2017 en el contexto de la elección a la gubernatura del Estado de México, en la que supuestamente ambos habrían pactado algo que el líder panista terminó por “traicionar”, según han señalado los cercanos de Peña. Pero esta no fue la única fisura provocada por Anaya, quien utilizó la dirigencia nacional del PAN para apoderarse del partido e impulsar su candidatura presidencial con un alto costo político para la militancia blanquiazul: la fractura y rompimiento con el grupo de Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, lo cual derivó una disputa interna que se mantiene vigente y le pasará factura al joven queretano tras la elección de 2018. No en balde, las cifras muestran que con todo y las alianzas del PAN con PRD y MC, la de Anaya fue la peor votación para un candidato presidencial panista del que se tenga registro en la historia reciente, desde la llamada transición democrática. Por si fuera poco, Anaya construyó una alianza antinatura con el PRD, sí, el mismo partido que surgió como consecuecia del pacto entre PRI y PAN tras el fraude de 1988, situación que en una de esas peculiares paradojas de la historia, terminó arrastrando a su mayor debacle electoral desde el inicio de la alternancia y sepultando al PRD, reducido a un partido satélite luego de haber tenido posibilidades reales de acceder al poder. De este modo, Anaya cometió tres errores clave que dinamitaron la cohesión histórica de la tecnorcracia neoliberal de derecha que sostuvo la hegemonía del PRIAN durante tres décadas.

Ante un escenario así, era más que entendible que un discurso antisistema como el de López Obrador tuviera cada vez más resonancia entre un número creciente de damnificados por los estragos del neoliberalismo, tal como quedó de manifiesto con el gasolinazo, derivado de la reforma energética aprobada por el PRI y el PAN. De este modo, la retórica lopezobradorista se convirtió en la única alternativa viable, ante la notable ausencia de otros discursos antisistema con la fuerza necesaria para satisfacer esa necesidad, razón por la cual, más allá de los aciertos del tabasqueño, la retórica neoliberal aunada a los altos índices de violencia y corrupción, derivados de intentos desesperados por retener un poder decadente y cuestionado por la vía del fraude electoral, como ocurrió en 2006 y 2012, terminó por derrumbar al PRI y al PAN en 2018, convirtiendo a Morena en un movimiento social emergente con posibilidades de construirse como partido hegemónico en un futuro no muy lejano, generando así un cambio de régimen, entendido como el conjunto de instituciones que regulan y administran el poder político.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los críticos de López Obrador a lo largo de las campañas electorales ni siquiera se percataron de la enorme trascendencia histórica que encerraban las elecciones de 2018, en buena medida, por la dinámica con que operan los grandes medios de comunicación y la industrialización del internet, que ha convertido cualquier acontecimiento en un espectáculo propio de la sociedad del consumo, a expensas de la reflexión y una búsqueda profunda de la verdad.

De este modo, los sectores conservadores asustados de perder sus privilegios frente a un proyecto político como el de López Obrador -que busca priorizar a los más pobres con el fin de contrarrestar los desequilibrios generados por el mercado frente a un Estado débil- fueron burdamente manipulados por los intereses de las cúpulas empresariales que se han enriquecido de manera indignante mientras la brecha entre ricos y pobres en México se vuelve cada vez más amplia, reavivando los temores de masas desinformadas que, sin conocer a fondo la situación de Venezuela, afirmaban una y otra vez, similitudes inexistentes entre el régimen chavista y el proyecto lopezobradorista.

Estas son las implicaciones de fondo de la elección presidencial de 2018, las cuales pasaron prácticamente inadvertidas por el grueso de la población, felizmente enajenada con muchos memes y críticas chafas que evidenciaron también la crisis al interior de la comentocracia mexicana, alimentada por el régimen neoliberal y con fuerte presencia en los grandes medios de comunicación, cuyos argumentos fueron perdiendo fuerza ante la incapacidad intelectual de las élites para reinterpretar el momento político y social por el que atraviesa México.

En conclusión, considero que el paso que dimos los mexicanos con el arribo de un líder popular, proveniente de movimientos sociales como López Obrador, no sólo resultaba necesario, sino urgente, dado el nivel de descomposición social por el que atraviesa el país.

Sin embargo, no soy ingenuo, y desde luego entiendo que el nuevo régimen traerá consigo una serie de riesgos, favoreciendo a unos y perjudicando a otros, como ocurre con cualquier otro régimen político, pero me parece que el llamado a la reconciliación nacional, proviniendo de un personaje como López Obrador, puede ayudar a México pasar a otra etapa histórica. Un acontecimiento que, como bien escribió Jorge Volpi en un artículo reciente publicado en Reforma, representa una enorme oportunidad para que los mexicanos aprendamos de nuestros errores, enfrentemos nuestros miedos y estemos dispuestos a seguir nuestro camino en un nuevo periodo histórico. Una oportunidad que implica abrir muchas puertas y ventanas que durante mucho tiempo estuvieron cerradas. Pero una cosa es abrir la puerta y otra muy diferente, cruzarla.

No sabemos qué traerá consigo este cambio, pero vale la pena correr el riesgo e intentarlo. En una de esas, no sabemos, quizá el país pueda mejorar un poco en algunos aspectos fundamentales, lo cual sería ya, un pequeño avance, aunque sabemos que siempre habrá grupos inconformes, tal como ocurrió con buena parte de los gobiernos de izquierda que gobernaron en países de Sudamérica durante las primeras dos décadas del siglo XXI. Gobiernos de izquierda que, pese a sus innegables avances en ámbitos como el combate a la pobreza, han tenido muchos problemas para mantener el poder frente a una derecha rapaz protegida por los medios de comunicación afines a las potencias occidentales, principalmente Estados Unidos y Gran Bretaña, las dos principales sedes del capital financiero trasnacional.

De este modo, confío en que López Obrador hará lo que esté a su alcance para remediar los males que aquejan al país, toda vez que su obsesión histórica y su condición de líder de un movimiento social auténtico, de base, lo hacen un personaje adecuado para encarar en reto. Mucho más adeucado, sin duda alguna, que los tecnócratas “avalados” con sus títulos obtenidos en universidades extranjeras, quienes provocaron la devastación de un país inmensamente rico en posibilidades como lo es México.

La magnitud del cambio histórico que traerá consigo el cambio de régimen es digno de analizarse, discutirse y reflexionarse. En lugar de quejarse amargamente, los pejefóbicos deberían cuestionarse qué fue lo que ocurrió para que un personaje como López Obrador lograra llegar a la presidencia de México en su tercer intento. Quizá entonces, puedan mirar hacia adentro, ser autocríticos y aprender algo en el camino.

La historia, como todo relato de ficción, es un cuento en permanente cambio. Un cuento cuyo sentido depende de su capacidad para apelar a las emociones y las más profundas necesidades humanas- Un cuento que en política, simplifica estos aspectos en la idea del bienestar.

Si bien el regreso del nacionalismo revolucionario remasterizado es preferible a la continuidad de un neoliberalismo fracasado, me parece urgente que los mexicanos comencemos a buscar alternativas para construir otro futuro posible, inventar un nuevo cuento que nos permita redefinir el papel del ser humano y su relación con el mundo, un cuento que cuestione y ponga en duda todos los saberes, un cuento que nos permita reconciliarnos con todos los seres que pueblan el planeta, un cuento que nos permita celebrar nuestras muchas diferencias, un cuento capaz de reescribir la historia misma de la humanidad. Esto, o seguir siendo rehenes de narrativas caducas.

Porque la vida es cuento y la realidad es ficción.

¡Salud!
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Trump y la democracia: ese ‘lamentable abuso de la estadística’

Tan improbable como impredecible, el triunfo del magnate neoyorquino sorprendió al mundo entero y representó un duro golpe al sistema político estadounidense.

Republican presidential candidate Trump gestures and declares

Había muchas razones para creer que Donald Trump no llegaría a la presidencia de los Estados Unidos. Pero el empresario neoyorquino no es un tipo de razones. Y la razón no fue impedimento para que tomara por asalto la Casa Blanca ante la sorpresa e incredulidad del mundo entero.

Las posibilidades de que un personaje como Trump llegara a la presidencia parecían un disparate hasta hace no mucho tiempo. Siempre le gustó mandar a sus anchas, con esa característica arrogancia que le salía tan bien en El aprendiz, el programa televisivo que ayudó a construir su imagen de empresario exitoso y que lo catapultó como líder de las masas educadas a través de la pantalla del televisor. “¡Estás despedido!” (You’re fired!), era la frase que repetía con gozo cada semana en dicha emisión. Una frase que se convertiría en su sello distintivo a la hora de entender y ejercer la política.

“Hacer grande a América otra vez” fue su lema de campaña: la siempre redituable apuesta por la nostalgia frente a un futuro adverso y lleno de incertidumbre. Un futuro incierto que abría las puertas a un tipo colmado de certezas, cuya imprudencia no da cabida para el más mínimo atisbo de duda razonable. Cansados de la retórica oficialista y políticamente correcta de Washington, sus seguidores vieron en él a un hombre de acción, un tipo exitoso en el voraz mundo de los negocios, un caudillo capaz de conducir a su pueblo a la grandeza original que paradójicamente les ha sido arrebatada por la tiranía de la globalización y el libre mercado, la misma que contribuyó a construir la fortuna de Trump.

Por más que la demócrata Hillary Clinton se esforzó en evidenciar las muchas contradicciones de Trump, esa nimiedad no lo perjudicó en lo más mínimo: la coherencia nunca formó parte de su oferta política. Le bastaba con lanzar improperios, descalificaciones e insultos para construir a los culpables de la tragedia estadounidense: los migrantes, las políticas de libre comercio, el establishment. De ahí que su irrupción en la escena pública resultara tan incómoda tanto para los republicanos como para los demócratas.

La democracia, como cualquier otra manifestación de la política, es más visceral de lo que estamos dispuestos a creer.

La incongruencia también fue parte esencial de su personaje: un magnate que defendía a la mayoría blanca y pobre olvidada por un gobierno más identificado con las minorías. Un empresario que de manera extraña era percibido como un peligro para Wall Street y que renegaba del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Un tipo burdo, acusado de misógino por denostar a las concursantes de Miss Universo y ser capaz de “agarrarle la vagina” a cualquier mujer que se deje sabrosear. Un gringo loco que pretende construir un muro fronterizo aún más grande para contener a los mexicanos “violadores y criminales” que migran hacia Estados Unidos, y que al mismo tiempo era recibido como jefe de estado en México aun antes de ser presidente, a expensas de la dignidad de los mexicanos.

Un showman denostado por los grandes medios de comunicación y las celebridades de Hollywood. Un tipo rudo al que, aseguran sus simpatizantes, no le tiembla la mano para declararle la guerra a otro país, mandar encarcelar a sus enemigos o expresar su simpatía por el presidente ruso Vladimir Putin. Un fascista que llega al poder con mayoría republicana en el Congreso gracias a las muchas contradicciones de la democracia.

Quizá por ello no deba sorprendernos que un tipo que se revolcaba arriba del cuadrilátero contra luchadores de la WWE tenga hoy el poder de desatar una guerra nuclear o decretar la inexistencia del cambio climático por puro capricho. Por eso Trump es capaz de despertar fervorosa admiración entre sus seguidores y terror en el resto del mundo. Poseedor de un carácter temperamental y volátil, su lengua enardecida y vehemencia retórica le ha valido también comparaciones con Adolf Hitler, el más célebre villano de la historia moderna.

El formidable escritor argentino Jorge Luis Borges alguna vez declaró que la democracia no era sino un “lamentable abuso de la estadística”. La idiotez masiva es peligrosa. Lo sabemos en México, lo saben en Alemania, países donde la demagogia de sus gobernantes ha hecho estragos.

A los estadounidenses no les bastó con haber elegido a un tipo como George Bush, autor de la conflictiva política en Medio Oriente que ha desatado una epidemia masiva de refugiados y actos terroristas en todo el mundo, responsable también de la crisis financiera de 2008 y buena parte del “desastre de país” criticado por Trump.

El cineasta y escritor Michael Moore tenía razón, al advertir que el desencanto y la frustración de los obreros en estados industriales que resultarían clave para la elección presidencial, tales como Michigan, Wisconsin, Ohio y Pennsylvania abrirían la puerta para el triunfo de Trump.

La victoria de Trump se sobrepuso también a los pronósticos adversos enunciados por los gurús de la estadística —los mismos que han fallado sus predicciones una y otra vez en México, el Brexit o el plebiscito para los acuerdos de paz en Colombia—, al llenar ese vacío de esperanza que no pudo llenar la vasta experiencia política de Hillary Clinton.

Todavía el mismo día de la elección, los números daban como favorita a Hillary. “No hay que ser alarmistas”, decían los analistas. Pero las personas no son estadísticas. Y su forma de ejercer pasiones secretas en las urnas no tardó mucho tiempo en darle a Trump una cómoda ventaja que nunca soltó y terminaría en nocaut. La democracia, como cualquier otra manifestación de la política, es más visceral de lo que estamos dispuestos a creer.

La llegada del empresario neoyorquino a la presidencia de Estados Unidos no es el fin del mundo, pero serán años difíciles ante la volatilidad del personaje frente a un escenario internacional sumamente complejo. Un mundo que requiere prudencia y un poco más de sabiduría para mantener esa frágil e hipócrita paz global que tanto trabajo ha costado construir.

Trump tenía todo para perder, pero ganó. Así de irracional puede ser la democracia. Furibundamente impredecible, como el mismo Donald Trump.

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Cómo quemar a un presidente ilegítimo en tiempos de represión

Tras casi dos meses de protestas en las calles por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el descontento contra el gobierno mexicano sigue subiendo. La marcha del pasado 20 de noviembre fue un claro ejemplo de ello. Y a mismo tiempo que se multiplican las protestas en México y el mundo, también se multiplica la represión de un Estado desbordado por la corrupción. El último recurso de un podrido régimen para tratar de mantener el control a través de la violencia y la coerción, justo en un momento donde el escándalo por la indignante mansión de 7 millones de dólares propiedad del presidente Enrique Peña Nieto y su esposa, la actriz, Angélica Rivera, han salido a la luz en el momento exacto para evidenciar aún más la corrupción al interior del actual gobierno. Y a todo esto, les comparto un video sobre cómo quemar un presidente ilegítimo -con nariz de payaso y manos llenas de sangre- justo en medio de la noche. Una metáfora poderosa, cortesía de los estudiantes de Posgrado de la UNAM, donde la infamia del presidencialismo mexicano quedó reducida a cenizas. La revolución es inevitable. #ArdePeña

 

Pepe Mujica, el soñador

Mujica

De vez en cuando, en el mundo aparecen personajes capaces de marcar a generaciones enteras. José Mujica, un luchador social a quien le tocó “esta changuita” de ser presidente de Uruguay, es uno de ellos. ¿Por qué los medios del planeta han volcado su atención en este adorable viejo, bonachón y siempre sonriente? En el capitalismo salvaje que impera en el planeta, un político humilde que vive con sobriedad pareciera salirse de toda ecuación. La sola existencia de Mujica representa una amenaza para un modelo civilizatorio viciado que opera desde la criminalidad de sus propias contradicciones. “Usted es un político que no parece político”, suelen decirle con insistencia. Don Pepe es el ejemplo viviente de un líder democrático. Su manera de entender la política como una herramienta capaz de buscar la felicidad colectiva más allá de las necesidades materiales, desenmascara la hipocresía de un sistema global basado en el beneficio de los pocos a costa del sufrimiento de los muchos. Mujica es el espejo donde se refleja la deformidad de una clase política envilecida en su propia ambición. Ningún hombre es capaz de resolver todos los problemas del mundo, de manera absoluta. Mujica lo sabe bien, y por eso se conforma con hacer su parte y nada más. Que un hombre sabio se convierta en líder de una nación y referente moral de lo que debiera ser la política, significa que algo interesante se está cocinando en dicho país. Es el caso de Uruguay, el primer país del mundo donde se legaliza la mariguana. “Sentido común”, afirma Mujica, quien descarta ser galardonado con el Nobel de la Paz. Su premio, dice, lo tiene al caminar por las calles de su país y abrazar a la gente. El brillo en su mirada lo delata.

La protesta social a ritmo de son jarocho

La inconformidad del México rural. “Me gusta la leche me gusta el café, pero mi salario no da pa‘ comer”. Así canta este son de los Cojolites, dedicado al presidencialismo mexicano.

La fastuosa impunidad: el IFE como instrumento del régimen

Durante la campaña, los “críticos” más feroces de Andrés Manuel López Obrador le reprochaban que antes de la elección desconociera a “las instituciones democráticas de este país”, en alusión al IFE. Meses después, el tiempo le dio la razón al Peje. Cualquiera que haya vivido de cerca las campañas presidenciales sabe que la inequidad en la contienda fue tremenda en lo que a recursos económicos se refiere. ¿Ya se olvidó la manera en que el PRI tapizó el país con espectaculares de Peña Nieto? ¿Los viajes en avión privado? ¿Los más de 30 spots con la firma de Pedro Torres, productor estrella de Televisa? ¿Los hoteles de lujo? ¿La mordaza monetaria impuesta a los medios? Ahora resulta que López Obrador fue el que rebasó los topes de gasto de campaña. Así es la política mexicana de aires kafkianos. “Las instituciones de este país están bajo control de la mafia en el poder”, argumenta el tabasqueño. ¿Alguien en su sano juicio puede contradecir esta premisa?

¿Dónde están ahora los críticos que defendían con tanta vehemencia a las “instituciones democráticas” de este país? ¿Dónde están los cuestionamientos de Aguilar Camín, Ciro Gómez Leyva, Carlos Loret y otros críticos de ocasión? Con las cabezas debajo de la tierra como avestruces, aplaudiendo con fervor los logros del PRI en su regreso al poder.  El golpeteo político como sustituto podrido de la realidad.

Los consejeros del IFE tuvieron que utilizar argumentos hilarantes para exonerar al PRI. Reconocieron que el PRI había triangulado al menos 66 millones de pesos a través de Monex para la campaña de Peña Nieto, pero dijeron, no podían multar al tricolor porque el contrato que hizo con la empresa Alkino (a través de la cual se trianguló todo el asunto) era para “dispersar” monederos electrónicos, no dinero en efectivo. Poco les importó que esos monederos electrónicos tuvieran 50 millones de pesos adentro. A ese nivel discursivo, tan lastimero como indignante, tuvieron que recurrir para defender lo indefendible. La prueba contundente de la ilegitimidad del actual régimen, tema que se omite con alevosía y ventaja de la esfera mediática. Silencio cómplice convertido en mercancía para darle validez a la escena teatral que intentan disfrazar de democracia. Fastuosa impunidad.

Así las cosas: la realidad mexicana en vísperas de la elección presidencial

A pocos días de las elecciones presidenciales el panorama es desolador. La gente se encuentra confundida, resignada, impotente ante lo que pareciera ser un destino inevitable. Los poderes fácticos se alinean a favor del poderoso: todos quieren brincar al barco ganador. Pareciera que el sistema político mexicano ya votó por Enrique Peña Nieto y no hay nada más que hacer.

En lo personal, me siento abatido. Me resisto a seguir siendo tratado como peón de aquellos que se piensan como amos y señores de México, eligiendo el futuro de  millones de personas con sus carteras llenas y su indiferencia al sufrimiento de otros.

No es nada en contra de Peña, lo juro. Es un tipo bien educado en las formas (no así en los fondos), políticamente correcto, entrenado para no salirse del guión impuesto por los grupos de poder a los que representa. Un político insípido que se limita a decir “yo respeto” cada vez que se topa con un tema incómodo. Un autómata fabricado a imagen y semejanza del régimen autoritario al que pertenece, un sistema basado en el control. Así fue su campaña: controlada de principio a fin. Cada acto fue planeado por sus asesores con precisión milimétrica. En los spots nunca se le despeinó un solo pelo, ni se le veía una sola arruga a sus camisas. Todo salió impecable en este melodrama con tintes de farsa producido por Televisa.

Ante las críticas, Peña optó por el control de los medios. Repartir dinero se convirtió en el remedio a todos sus problemas, tanto a los reporteros que cubrieron su campaña (salvo honrosas excepciones) como a los grandes jeques de los medios, esos señores feudales de la información, capaces de inventarse de la nada a un candidato ganador y construirse una realidad paralela que sólo es posible en las pantallas de televisión y los titulares de la prensa. Quizá por eso me resulte tan difícil entender que un ex gobernador con una gestión tan  mediocre (por decir lo menos) se nos presente como puntero de las encuestas. Por más que busco justificaciones para ello, no encuentro argumentos sólidos para explicar cómo es que un gobernador cuyo mayor logro fue construir carreteras cuente con el beneplácito de millones. Basta darse una vuelta al Estado de México para darse de topes con la verdad.

Durante el segundo debate entre los presidenciables, Peña aseguró que si algo lo había marcado durante su campaña era haber visto de cerca las condiciones de pobreza y marginación en la que vivían millones de mexicanos. Un descubrimiento cuyo cinismo no deja de parecerme terrible, dados los casi de siete millones de pobres (43% de la población que vive en el Estado de México) que habitan la entidad que gobernó durante seis años.[1] Personas a quienes la administración de Peña mantuvo en el olvido, según evidencian datos como los del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), organismo que ubica al Estado de México como la entidad donde más creció la pobreza de 2008 a 2010[2] y donde existen tres de los diez municipios más pobres del país (Ecatepec, Nezahualcóyotl y Toluca).[3]

Sin embargo, la pobreza no es el único tema en el que el Estado de México presenta deficiencias. En materia de derechos humanos la administración de Peña resultó ser un desastre rotundo como lo evidenció el caso Atenco, de acuerdo con el análisis de organizaciones civiles como el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez [4].

Algo similar ocurre en temas vinculados con la inseguridad, donde la falta de datos confiables impide hacer una evaluación seria de la política de seguridad de Peña, según la opinion de especialistas de la organización México Evalúa[5] y los vacíos de información que se presentan en estudios como el del Instituto Ciudadano de Estudios Sobre Inseguridad.[6]

En materia económica el escenario no es muy diferente. Datos del IMCO en 2010 ubicaban al Estado de México como la entidad con el segundo lugar en corrupción (dato con el cual coincide la organización Transparencia Mexicana[7]) y la segunda entidad con mayor deuda (aún cuando habrá que reconocerle a Luis Videgaray la manera en que reestructuró las finanzas del estado tras la criminal gestión de Arturo Montiel), ubicándose como la quinta entidad menos competitiva del país, a pesar de contar con el presupuesto más oneroso de la federación.[8]

En educación tampoco se obtuvieron logros importantes. Según el informe Estado de la educación en México 2011, desarrollado por la organización Mexicanos Primero, las estrategias locales impulsadas por el gobierno mexiquense “no han alcanzado a impactar en forma contundente” en el grueso de la población[9], aún con los pequeños avances que los estudiantes mexiquenses del nive básico y medio han registrado en la prueba Enlace desarrollada por la Secretaría de Eduación Pública.[10]

En el tema de infraestructura tampoco puede hablarse de resultados del todo exitosos para la administración Peña, pues si bien es cierto cumplió con la mayoría de sus compromisos firmados ante notario, muchos de ellos los cumplió a medias (123 según el PAN).[11] De ahí que para analistas como Raymundo Riva Palacio, casos como el de Zumpango evidencien las obras a medio terminar que dejó Peña, pues de los tres compromisos firmados en dicho municipio, tres de ellos quedaron inconclusos: un parque ecológico contaminado, un hospital sin doctores y una biblioteca sin libros.[12] Quizá por ello, los logros que presume el ex gobernador mexiquense resulten tan cuestionables para algunos expertos.[13]

Por más que intento, no puedo encontrar elementos suficientes para justificar la ventaja de Peña en función de sus resultados como gobernante. ¿Cómo puede un gobernante tan gris llevar una ventaja holgada en todas las encuestas? Pues por el apoyo que le han dado los medios para tapar sus debilidades. Ahí están las denuncias hechas por medios como Proceso y el diario británico The Guardian para tartar de demostrar el vínculo entre Peña y Televisa. Ahí están las portadas de diarios como Milenio, El Sol de México, El Universal, La Razón o La Crónica, los comentarios de los locutores de cadenas como RadioFórmula, o “líderes de opinion” tan cínicos como Cyro Gómez Leyva, Ricardo Alemán, Joaquín López Dóriga y muchos otros, siempre tan aplaudidores del PRI, apostándole siempre a su gallo en la contineda presidencial. “Ya luego vendrá la recompensa cuando Peña sea presidente”, se dicen a sí mismos mientras se frotan las manos llenos de avaricia y sin importarles un carajo su responsabilidad social a la hora de informar. Medios que, como todos, operan en función de sus propios intereses aún cuando se dicen defensores del interés público. Vaya hipocresía. Sólo así puede entenderse la supuesta supremacía electoral de un candidato que ha realizado campaña con las estructuras de su partido político en lugar de acercarse a la gente, al pueblo, algo que incluso se evidencia en sus spots donde resaltan las calles vacías que evidencian su carácter antipopular. Ahí se revelan las intenciones de Peña para gobernar desde la comodidad del televisor.

Y sin embargo, Peña es el menor de nuestros problemas. Lo grave es que un probable triunfo electoral del PRI significaría el regreso al modelo de partido hegemónico. Al controlar la presidencia de la República, obtener mayorías en las dos cámaras del poder legislativo y asegurar más de la mitad de las gubernaturas, el equilibrio de poder que se venía construyendo desde la fallida alternancia, nuestra incipiente democracia terminará de joderse. He ahí el riesgo inminente: el regreso del régimen autoritario y vertical que gobernó a su antojo este país durante 70 años, acompañado de las mafias que hoy buscan servirse con la cuchara grande.

Ahí están también los vínculos del PRI con los cárteles de la droga en estados como Tamaulipas y Veracruz, ahí están los 34 mil millones que Humberto Moreira robó a Coahuila, ahí están Elba Esther Gordillo y Carlos Romero Deschamps, tan impunemente libres, al igual que gobernadores criminales como Ulises Ruíz y Mario Marín, por citar tan solo algunos de los nombres más selectos de la camarilla tricolor. Ahí estarán también personajes maquiavélicos como Manlio Fabio Beltrones y Carlos Salinas de Gortari, operando desde las sombras con la protección de Peña para que el PRI pueda construirse una estructura legal y política lo suficientemente sólida como para mantener el poder en los años venideros. Ahí estarán los priístas, aprobando sus reformas liberales para terminar de hundir a un país que no termina de reponerse de linduras como el Tratado de Libre Comercio o el Fobaproa. Ahí estarán fortaleciendo sus aparatos de espionaje y control, sus clientelas siempre listas para las despensas que dejará el próximo proceso electoral. Ahí estará el grueso de los mexicanos, tan serviles a las órdenes del nuevo amo que buscará ser reverenciado en cada acto público, en cada entrevista. Ahí estarán las promesas de poner en cintura a las bandas criminales, aún cuando esto no represente ninguna garantía de estabilidad.

Sin embargo, el actual escenario previo a la jornada electoral del 1 de julio no podría entenderse sin la manera en que el candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador perdió la inercia ascendente que llevaba a lo largo de la contienda tras su participación en el segundo debate entre los presidenciables, realizado en Guadalajara. El tabasqueño perdió el momentum al apostarle a una estrategia de no confrontación, en aras de convencer a los votantes independientes. Peña salió ileso del segundo debate, aún cuando había material para evidenciarlo ante las millones de personas que siguieron el ejercicio a través de la televisión. López Obrador dejó escapar la oportunidad ideal para asestarle el golpe definitivo al candidato tricolor.

Tampoco reaccionó en el posdebate, cuando el presidente Felipe Calderón aseguró que no le salían las cuentas, situación que fue aprovechada por el PRI para golpear a su más cercano perseguidor. Rogelio Ramírez de la O, la propuesta de López Obrador para encabezar la Secretaría de Hacienda, nunca dio la cara ante los medios para aclarar el punto y contrarrestar el ataque.

El otro golpe bajo lo asestó el PRI un día antes del debate organizado por el movimiento estudiantil #YoSoy132, cuando a través de YouTube se dieron a conocer las grabaciones que vinculaban a los universitarios con líderes de la izquierda, lo cual ayudó a fortalecer la campaña que el PRI emprendió contra los estudiantes desde varias semanas atrás, mediante las descalificaciones de columnistas y líderes de opinión coptados por el tricolor. Fue así que el equipo de Peña buscó quitarle legitimidad al debate de los #YoSoy132, al cual se negó a asistir para administrar su ventaja.

Y mientras todo esto ocurría, López Obrador se enredaba en sus propias contradicciones, dando respuestas confusas cada vez que se le preguntaban si respetaría los resultados del Instituto Federal Electoral. Un día denunciaba un intento de fraude y al día siguiente celebraba la imposibilidad del fraude denunciado el día anterior. La esquizofrenia del discurso lopezobradorista fue tierra fértil para que sus enemigos volvieran a golpearlo mediante comparaciones con el presidente venezolano Hugo Chávez.

La lentitud de AMLO para reaccionar le pasó factura. Desaprovechó el escándalo mediático generado por la nota del diario británico The Guardian, famoso por haber sido el eje de las filtraciones de WikiLeaks, sobre el vínculo de Peña con las televisoras. También pasó por alto caso denunciado por la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, sobre una red de espionaje con fines políticos financiada con dinero del Estado de México para favorecer la carrera de Peña Nieto rumbo a Los Pinos, un tema que evidencia el carácter autoritario del PRI y que sin embargo se diluyó de la agenda pública gracias al fuerte cerco mediático impuesto por el tricolor. Tampoco se aprovechó el peso mediático de Marcelo Ebrard Casaubon y Juan Ramón de la Fuente (propuestos para la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Educación Pública, respectivamente), quienes al igual que Cuauhtémoc Cárdenas, terminaron regateando su apoyo al tabasqueño, quien nunca terminó de explotar realmente a su gabinete.

A una semana del día definitivo, la campaña de López Obrador nunca terminó por prender del todo, a pesar de que el instinto de supervivencia del político tabasqueño lo tiene con posibilidades de dar la sorpresa, aún con la amplia desventaja que tiene frente al PRI en cuanto a recursos económicos y estructura. Además, los análisis de prospectiva actuales no han logrado medir cuál será el impacto real que tendrá el Movimiento de Regeneración Nacional  (Morena) el día de la elección. El arma secreta del Peje es un misterio que sólo sus colaboradores más íntimos conocen a fondo, luego de seis años de recorrer todos los rincones del país en busca de un contrapeso a las estructuras partidistas. El éxito de López Obrador dependerá del voto independiente que logre captar en esta recta final de la contienda. Las plazas llenas en estados como Nuevo León, Jalisco, Puebla, Oaxaca o incluso el propio Estado de México, todavía mantienen viva la esperanza de sus simpatizantes, aún a pesar de las pifias cometidas por el tabasqueño en las últimas semanas y a pesar de los personajes que lo siguen arrastrando al descrédito público y que van desde el ex priísta Manuel Bartlett hasta el siempre recordado René Bejarano.

Si bien Josefina ha logrado levantarse un poco en las últimas semanas tras su desastrosa campaña, esto no impedirá que el PAN termine como tercera fuerza. Los panistas están derrotados y lo saben. Un secreto a voces que incluso han reconocido fuera de micrófonos integrantes del cuarto de guerra blanquiazul como Ernesto Cordero, Juan Ignacio Zavala o Alberto Pérez Cuevas, brazo derecho de Chepina. Me da la impresión de que el partido de Calderón evitará que su candidata se desfonde para apostarle a un conflicto poselectoral, ante una elección cerrada, y sentarse a negociar con el PRI. Un escenario muy similar al de 1988, cuando el PAN empezó su carrera a Los Pinos tras validar el fraude que terminaría imponiendo a Carlos Salinas de Gortari en la silla presidencial.

Gabriel Quadri en cambio, nunca pasó de ser una puntada de la maestra Gordillo que fue perdiendo gracia y simpatías conforme su enorme arrogancia terminó destacando más que sus propuestas de corte liberal. Si acaso le ayudará al partido Nueva Alianza a captar algunos votos para asegurar el registro mientras las estructuras del magisterio operan a favor de Peña, justo como se planeó desde el inicio.

Así las cosas, el panorama luce difícil. Sobre todo, porque la inmensa mayoría de los mexicanos parecieran no entender lo que está en juego. Las discusiones de política a través de las redes sociales se han centrado, en buena medida, en la capacidad y honestidad de los personajes, elementos que, si bien no dejan de tener cierta relevancia, pasan a segundo término cuando lo que está en el aire es el proyecto estructural que deberá seguir el país los próximos seis años: apostar por la continuidad de las política de libre mercado o darle fortalecer al Estado como ente regulador de la desigualdad que genera el mercado. Si bien cada candidato tiene matices muy particulares en sus plataformas programáticas (aquí un buen análisis de ellas: http://arenaelectoral.com/como_van#temas_pos), me parece que no hay que perder de vista lo importante a la hora de salir a las urnas: la urgente necesidad de un cambio de fondo en las relaciones de poder para quitarle peso a las partidocracias y fortalecer al ciudadano en lo referente a la toma de decisiones. Algo que resulta particularmente preocupante en votantes muy concentrados en la elección presidencial y que ha reparado poco en la manera en que se articularán las fuerzas políticas al interior del Congreso, tal como lo sostiene un estudio del Comité Conciudadano para la Observación Electoral, el cual señala que los mexicanos votarán a ciegas por sus representantes debido a que sólo el 2% de los 6 mil 442 candidatos al poder legislativo se han dado a conocer ante la ciudadanía.[14]

Debemos entender a los políticos como un instrumento para alcanzar nuestras metas como sociedad, no como un fin en sí mismos. Me parece urgente utilizar las herramientas que tenemos a la mano para romper con las aparatos de dominación hoy vigentes que pretenden fortalecer aún más el poder de los oligopolios, aún cuando sus abusos están desgarrando al país entero. Por eso mi voto este 1 de julio estará con López Obrador, ese “caudillo anticuado que no conoce la autocrítica pero que representa un mal menor”, como bien apunta Juan Villoro.[15] Aclaro que mi voto por la izquierda no representa un cheque al portador y que, gane quien gane, habremos de exigirles resultados y cuentas claras a quienes resulten electos, siempre y cuando ganen en buena lid. Ante este ambiente de tintes fúnebres y esperanzas a medio coagular, no queda más remedio que seguir transformando al mundo desde la trinchera que le corresponde a cada quién. La democracia y la construcción de ciudadanía no pueden reducirse únicamente a un proceso electoral. Así las cosas, que pase lo que tenga que pasar.


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