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La épica de la sociedad red: de Apple a WikiLeaks (pasando por Facebook)

Toda era necesita sus propios héroes, sus propios mitos. Lo épico, proveniente del griego epos, es un término cuyo significado puede traducirse como “palabra, historia, poema”. La historia del mundo es la autorrepresentación del ser humano construyendo su propia narrativa. Por eso la historia de la humanidad no es sino una reinterpretación de hechos concretos que solo pueden trascender un espacio-tiempo específico elevándose al nivel de símbolo. De ahí que el poeta o el cuentista de la tribu sea el personaje encargado de reconfigurar la realidad a través de la palabra. Todo grupo cultural tiene sus propios mitos fundacionales: Adán y Eva, Rómulo y Remo, el profético sueño de Aztlán, las guerras independentistas. Relatos que van edificando nuevos discursos y nuevas posibilidades de lo real. Esto explica el poder transformador del arte, ya que como toda manifestación del lenguaje, es un juego de espejos capaz de imponer nuevos límites al mundo, un nuevo orden que se teje a través de la representación. Dicho de otra forma, el poder transformador del arte reside en su capacidad para convertir la realidad en signo lingüístico. Por ello, Michel Foucault considera que la posibilidad de aprehender el mundo está condicionada a la capacidad de cada persona para interpretar los signos que construyen y delimitan al mundo:

“El mundo está cubierto de signos que es necesario descifrar y estos signos, que revelan semejanzas y afinidades, solo son formas de la similitud. Así pues, conocer será interpretar: pasar de la marca visible a lo que se dice a través de ella y que, sin ella, permanecería como palabra muda, adormecida entre las cosas”.[1]

Esto ayuda a entender el poder del cine como un eficaz instrumento simbolizador de lo real. Y si el mundo se codifica a partir de sus signos, ¿cómo deberíamos interpretar al mundo actual a partir del séptimo arte? Si bien la sola intención de interpretar la totalidad al mundo se presenta como una tarea exhaustiva imposible de realizar, sí es posible identificar ciertos discursos con el poder suficiente para reconfigurar el significado del mundo.

Un ejemplo concreto de este tipo de discursos lo encontramos en la épica de la sociedad red edificado en Hollywood en los últimos años, una narrativa potencializada a partir del vertiginoso auge de las tecnologías de la información, el avance de la globalización y un mundo decadente cuyas estructuras obsoletas lo hacen buscar con desesperación una posibilidad de futuro cancelada por los viejos dogmas.

Por ello resulta fascinante, al menos para mí, la manera en que la industria cinematográfica estadounidense, icono de ese mundo agónico que se resiste al cambio, ha contribuido de manera significativa a construir el discurso de la sociedad red a partir de películas como Red social, Jobs y El quinto poder. Tres filmes de corte biográfico que tratan de desentrañar la manera en que el mundo ha logrado extender sus propios límites mediante el internet y la hiperconectividad que ofrece el ciberespacio a la hora de desdoblar la realidad. Y por supuesto, ninguna narrativa estaría completa sin sus propios héroes. Ahí están Mark Zuckerberg (creador de Facebook), Steve Jobs (fundador de Apple, la compañía más poderosa del planeta) y Julian Assange (hacker y activista fundador del sitio WikiLeaks), como ejemplos palpables del nuevo héroe del siglo XXI: seres iconoclastas e inconformes con las caducas estructuras del mundo que buscaron reconstruir a partir de sus propias obsesiones, curiosamente relacionadas con el fenómeno informático que ha marcado la nueva era digital a partir de 2000.

Idolatrado por generaciones de jóvenes por su visión innovadora y habilidad para los negocios, Jobs fue un pionero en entender las enormes posibilidades que ofrecía la revolución informática que se desplegaba ante sus ojos a partir del desarrollo del microchip en el desierto de Sillicon Valley. Eso es precisamente lo que intenta retratar la película Jobs (2013), dirigida por Joshua Michael Stern y protagonizada Ashton Kutcher, filme que retrata la manera en que un hippie desarrollador de videojuegos se convirtió en el director de la compañía más famosa del planeta, luego de revolucionar la comunicación con dispositivos como el iPhone, primer teléfono inteligente en la historia, aparato que marcaría un parteagüas en la historia y cuya repercusión todavía resulta difícil de medir con precisión.

Algo similar ocurrió con el filme Red social (2010), de David Fincher y el actor Jesse Eisenberg, cinta que relata la historia del creador de Facebook, la plataforma que transformó la interacción social a través de la web. El eslogan de la película es elocuente: “No puedes tener 500 millones de amigos sin hacerte de algunos enemigos”. Una fotografía del mundo hiperconectado de hoy, donde una persona puede vivir aislado de todo contacto humano a pesar de tener 500 millones de amigos, situación que evidencia las asimetrías y paradojas que plantea este nuevo modo de interacción social.

Con El quinto poder, dirigida por Bill Condon, la narrativa de la sociedad red adquiere un matiz más político, de tintes anarquistas, mientras tratamos de revelar las motivaciones revolucionarias y libertarias de un personaje excéntrico, megalomaniático y obsesivo como Assange, interpretado por Benedict Cumberbatch. El filme representa una crítica a las instituciones caducas que sostienen al mundo actual, cuyas fronteras han sido borradas por las computadoras y cuyas instituciones evidencian profundos síntomas de agotamiento, tal como ocurre con la corrupción imperante en los gobiernos, las instituciones financieras y los mass media, incluyendo al cine hollywoodense que se parodia a sí mismo en el brillante final de la película. El desarrollo de la trama no solo cuenta las tensiones y contradicciones inherentes a la mayor filtración de información de la historia, la cual se hizo en una pequeña y portátil memoria USB, sino que retrata un mundo globalizado donde un mismo hecho noticioso se ve forzado en salir a la luz a través de plataformas mediáticas multinacionales: The Guardian, The New York Times, Der Spiegel, Le Monde o incluso La Jornada. Una nueva forma de guerrilla donde la información es convertida en arma contra un régimen opresor que vigila permanentemente, al estilo George Orwell. El cine como analogía de la realidad. No en balde, la película fue estrenada al mismo tiempo que el mundo entero se convulsiona con el programa de espionaje de los Estados Unidos, el cual quedó descubierto a partir de las revelaciones hechas por el excontratista de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense, Edward Snowden, quien fácilmente podría protagonizar la secuela de El quinto poder, mientras Assange encuentra la manera de burlar el arraigo domiciliario que enfrenta en la embajada ecuatoriana en Londres de un tiempo a la fecha. ¿Cuánto tiempo pasará para que alguna productora hollywoodense decida llevar la historia de Snowden a la pantalla grande? ¿Cuándo veremos el primer filme protagonizado por Anonymous? ¿Y la película sobre Sergey Brin y Larry Page, fundadores de Google? Pareciera cuestión de tiempo.

Estos héroes informáticos han dotado de una nueva identidad a los expertos en informática. Las burlas contra los nerds de los 80s se convirtió en la idolatría de los geeks de los 2000s. Series televisivas como Big Bang Theory parecen confirmar la hipótesis. Nada más cool actualmente que ser un genio del internet que abandonó la universidad para amasar fortunas millonarias en el ciberespacio, hacer yoga por las mañanas, moverse en bicicleta y cazar zombis en los ratos libres. La prosa de nuestros días.#


[1] Michel Foucault. Las palabras y las cosas. México. Siglo XXI. 2008. Página 40.

Poder, sociedad civil y tecnologías de la comunicación

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El poder no es la capacidad de someter al otro, sino la capacidad de un sujeto para transformar su realidad a través de la acción. Poderoso es el que puede, aquel capaz de reconfigurar la relación de significados que estructuran una determinada idea de mundo objetivo a través del poder-hacer, tal como lo establece la raíz etimológica del término que significa “tener expedita la facultad o potencia de hacer algo”.[1]

De ahí que la autoridad de un auténtico líder se fundamente en el reconocimiento de una capacidad de acción mayor que la de sus seguidores. El líder puede más que los demás y es precisamente en el reconocimiento de dicha capacidad de acción sea la fuente de su poder. En este sentido apunta Hegel al desarrollar su dialéctica del amo y el esclavo, idea en la cual establece que la génesis de toda relación de sometimiento-dominación entre dos individuos iguales, se da cuando uno de ellos decide enfrentar su miedo a la muerte, lo cual provoca el sometimiento del segundo individuo luego de reconocer en su contraparte una mayor capacidad a la hora de actuar más allá de sus propios miedos, estableciendo así una relación de superioridad-obediencia. Y aunque el ejemplo descrito por Hegel puede prestarse a la polémica, evidencia la manera en que el poder aparece como capacidad de transformar el entorno. O como diría Ernani María Fiori al hacer una revisión crítica sobre la obra de Paulo Freire: “la verdad del opresor reside en la conciencia del oprimido[2]El poder se manifiesta en la acción, entendiendo por dicho término la definición de Weber:

“Por acción debe entenderse una conducta humana (bien consista en hacer un uso externo o interno, ya en un omitir o permitir) siempre que el sujeto o los sujetos de la acción enlacen a ella un sentido subjetivo. La acción social, por tanto, es una acción en donde el sentido mentado por su sujeto o sujetos está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo”.[3]

 

De este modo, el poder no tiene sentido sin la acción y, como bien apunta Habermas con su teoría de la acción comunicativa, toda acción social presupone la existencia de un lenguaje previo sobre el que se estructura la comunicación. Para Habermas, esto se debe a que toda acción poseedora de sentido se construye como signo lingüístico, requisito escencial para que pueda operar la condición de racionalidad sobre la que se estructura la idea de mundo objetivo que permite comunicarnos con otros miembros de un determinado grupo social[4]. En otras palabras, la racionalidad está condicionada por la comunicación. De ahí que Habermas posicione a la acción comunicativa como el punto de partida de lo social. Al respecto sostiene el filósofo alemán:

“Las manifestaciones racionales tienen el carácter de acciones plenas de sentido e inteligibles en su contexto, con las que el actor se refiere a algo en el mundo objetivo. Las condiciones de validez de las expresiones simbólicas remiten a un saber de fondo, compartido intersubjetivamente por la comunidad de la comunicación”.[5]

Esto explica la estrecha relación que existe entre los términos de poder, racionalidad y comunicación, conceptos que emanan de la misma fuente: el lenguaje. De ahí que autores como Castells consideren que “la comunicación es el espacio en el que se construyen las relaciones de poder, toda vez que “cualquier tipo de poder tiene que pasar por el espacio de la comunicación para poder llegar a nuestras mentes”.[6]

La afirmación de Castells parece darle consistencia a la teoría del bloque hegemónico enunciada por Gramsci, la cual afirma que el poder politico se sostiene a través de un discurso hegemónico diseñado en función de los intereses de las elites y que se reproduce a través de las superestructuras sociales, es decir, los componentes psíquicos que hacen funcionar al sistema social, los cuales van de la cultura, la religión, los valores morales, etcétera.

En el mismo sentido apunta Foucault al describir el funcionamiento de los aparatos de poder a través de lo que denomina ‘modos de subjetivación’, una técnica de dominación diseñada para condicionar la conducta de los individuos en función a los intereses de ciertos grupos a través de la apropiación de una realidad social que se expresa en un discurso hegemónico. Por ello, no resulta extraño que Foucault afirme que la raíz de todo poder se sostiene en una construcción simbólica de la realidad, al igual que ocurre con la construcción del saber y el desarrollo de determinados sujetos históricos, referentes ideales del ser humano que ayudan a regular la conducta de las personas a través de una determinada tabla de valores. El poder es una relación de significados capaz de establecer una diferencia entre lo que es acceptable socialmente y lo que no lo es, algo que Foucault puntualiza al explicar la forma en que los conceptos de “normal y anormal” son utilizados por las élites para ejercer un poder de dominación sobre masas subordinadas, incapaces de cuestionar la validez del orden social.

Lo mismo pasa con las instituciones, ya que el ejercicio del poder institucional está íntimamente ligado a las fronteras del lenguaje impuestas por ciertos grupos, como bien apunta Lyotard. Si las instituciones son por definición un conjunto de prácticas y significados comúnes capaces de trascender un espacio-tiempo específico para acumular información y simplificar la toma de decisiones al interior del grupo social, siguiendo la teoría de la estructuración social propuesta por Giddens[7], esto significa que toda institución es también una manifestación de poder delimita y condiciona la conducta de las personas, promoviendo ciertas cosas al mismo tiempo que prohibe otras. Al respecto señala Lyotard:

“Esas limitaciones operan como filtros sobre la autoridad del discurso, interrumpen conexiones posibles en las redes de comunicación: hay cosas que no se pueden decir. Y privilegian, además, determinadas clases de enunciados, a veces uno solo, de ahí que el predominio caracterice el discurso de la institución: hay cosas que se pueden decir y maneras de decirlas”.[8]

Todo lo anterior nos permite ubicar al poder como algo que se construye a partir de la acción comunicativa, una noción que sólo tiene sentido en términos de relación. El poder no es autorreferencial, toda vez que su existencia presupone una relación causal que sólo es possible a través de la comunicación. De ahí que la comunicación, entendida como una manifestación activa de nuestra capacidad de lenguaje, la base estructural de todo poder. No en balde, la legitimación de cualquier poder político se da en términos discursivos, como bien señala Weber[9]. Si el mundo es una construcción social generada a través de procesos comunicativos, esto significa que toda acción poseedora de sentido (y por lo tanto susceptible de ser interpretada como signo lingüístico) es capaz de trastocar las estructuras de poder institucional sobre las que opera el poder político. Al respecto señala Holloway:

“La realidad y el poder están tan imbricados que insinuar siquiera la posibilidad de disolver el poder es pararse fuera de la realidad. Todas nuestras categorías de pensamiento, todas nuestras certezas acerca de lo que la realidad es o lo que la política, la economía o hasta el lugar en el que vivimos son, están tan penetradas por el poder que sólo decir ¡No! al poder nos precipita hacia un mundo vertiginoso”.[10]

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El empoderamiento de la sociedad civil

Desde Tocqueville hasta Habermas, la sociología moderna ha definido a la sociedad civil como un conjunto de organizaciones ajenas al Estado y el sistema económico, ubicada en un tercer ámbito de lo social donde se construye la cultura y donde la comunicación se posiciona como la unidad de significación, tal como sostiene Fernández Santillán al hacer una revisión de la teoría de las tres esferas planteada por Habermas:

“La distinción entre las esferas social, económica y política es uno de los temas que se encuentran prácticamente en todos los escritos habermasianos. Lo que sucede es que a esas esferas las denomina con otros vocablos. De manera muy general podríamos decir que a las partes económica y política las concentra en lo que  llama  “sistema”;  pero  advierte  la  presencia,  dentro  del  “sistema”,  de  dos subsistemas, es decir el mercado, de una parte, y, de otra, el aparato estatal. Esos subsistemas a su vez son coordinados por medios (otro concepto habermasiano) diferentes, el dinero para el mercado y el poder para el aparato de estatal. Por lo que hace a lo social, también de manera muy general, lo relaciona con el “mundo de  la  vida”.  Se  trata  del  espacio  sociocultural,  de  la  reproducción  de  las mentalidades  y  la  integración.  En  el “mundo  de  vida”  el  medio  esencial  es  la comunicación (…) La sociedad civil está formada por las asociaciones, organizaciones y movimientos que más o menos espontáneamente intensifican la resonancia originada en la esfera no estatal ni económica para luego transmitir esta resonancia amplificada a la esfera política. La sociedad civil está constituida por una red asociativa que institucionaliza discursos orientados a resolver cuestiones de interés general”.[11]

Aunque la teoría de las tres esferas propuesta por Habermas permite esbozar a grandes rasgos los diferentes ámbitos de los sistemas sociales, no está exenta de contradicciones profundas, toda vez que el Estado, el mercado y la sociedad civil no pueden ser concebidos como entes de un mismo nivel que interactúan y buscan ejercer su influencia entre sí. Por el contrario, el Estado y la economía son subsistemas que sólo pueden desarrollarse a partir de la construcción previa de un discurso dominante que sólo puede construirse a través de los procesos comunicativos que se desarrollan al interior de un determinado grupo social. Esto se debe a que tanto el Estado como el mercado, son construcciones simbólicas que requieren un nivel mínimo de racionalidad para poder operar, y dicha racionalidad no puede funcionar sin la existencia previa de un consenso social que se articula a través de la comunicación. De ahí que tanto el Estado como el mercado son consecuencias de un complejo proceso comunicativo que otorga un valor determinado a ciertas cosas. Así ocurre por ejemplo con las potestades conferidas al Estado a través del derecho y un determinado marco jurídico, así como el problema del valor dentro de la teoría económica, nociones que pueden ser modificadas a lo largo del tiempo en función de los criterios sobre los que se construye el discurso hegemónico que habrá de dar sustento al mundo objetivo que comparten todos los integrantes de un determinado grupo social. De ahí que, al establecer a la palabra como unidad mínima de autorreferencia en el ámbito de acción sobre el que opera la sociedad civil, se establece una relación desigual frente al monopolio del legítimo derecho a la coacción (unidad mínima de referencia en el Estado) y el dinero (en el caso del mercado), según plantea Habermas en su teoría. Y esto se explica dado que tanto la legitimidad de la coacción y el valor del dinero sólo pueden tener un sentido racional a través de un pacto social que sólo puede lograrse a través de la comunicación.

Todo lo anterior permite establecer que el poder se construye a partir de la articulación del lenguaje, como bien lo sabe un abogado capaz de manipular la ley a través de la palabra o un publicista a la hora de confeccionar con precisión mensajes audiovisuales que habrán de difundirse a través de los medios masivos de comunicación. El poder es una derivación del lenguaje, y por ello, la apropiación del lenguaje propio permite que los individuos sometidos por un determinado poder puedan reconocerse a sí mismos como sujetos autónomos dotados de un poder de crítica capaz de desarticular racionalmente los conceptos base sobre los que se fundamenta el poder de su opresor. Esto es precisamente lo que apunta el pensamiento de Freire al considerar que la apropiación de la palabra representa un mecanismo de liberación para los oprimidos, o la manera en que Gandhi pudo desactivar el poder de coacción del imperialismo británico mediante el uso de la resistencia civil pacífica.

Esto también explica la manera en que a lo largo de la historia de la civilización, existe una relación directa entre las tecnologías de la información y la horizontalidad del poder político.

El desarrollo del lenguaje y la eventual aparición de la cultura transformaron la interacción social de los grupos humanos, generando así nuevos esquemas de organización social, tal como ocurrió con la división del trabajo. A partir de entonces, los grupos humanos fueron capaces de concebir un mundo más complejo, en el cual, la interacción con los otros miembros del grupo cobró otra dimensión al quedar plasmada en la conformación de una identidad colectiva, capaz de extender los alcances del grupo social a través de redes de significación que dieron origen a los primeros clanes y tribus que utilizaron este conjunto de significados culturales como una herramienta eficaz para fortalecer la cohesión social del grupo. Es decir, que con la creación de la cultura, cada expresión oral del individuo tiene una conexión con las pautas de pensamiento y acción del grupo al que pertenece.[12]

Durante este periodo de la prehistoria, el surgimiento de la cultura permitió la conformación de una inteligencia y memoria colectiva capaz de almacenar y transmitir información a las siguientes generaciones. De este modo, la estructuración del lenguaje a través de signos lingüísticos capaces de objetivar la realidad, se convirtió en una tecnología sumamente efectiva en la transmisión de información, lo cual tuvo un impacto directo en los modos de organización social que surgieron a partir del descubrimiento de la agricultura, con lo cual, el hombre pasó de ser nómada a sedentario con el establecimiento de las primeras aldeas. La cultura permitió un modo más efectivo en cuanto a la transmisión del conocimiento de una generación a otra, y sin duda, este fue un factor clave para entender la conformación de grupos sociales cada vez más complejos.

Tras la invención de la cultura como un subproducto del lenguaje, la siguiente gran transformación de la humanidad se efectuó gracias a la invención de la escritura, una tecnología de la comunicación que serviría como una extensión del lenguaje oral que permitiría el surgimiento de la civilización y el comienzo de la historia, ya que sólo una sociedad que posee escritura “puede ‘situarse a sí misma’ en el tiempo y el espacio”, como bien señala Giddens[13]. De este modo, la escritura permitió una transmisión mucho más efectiva de información en comparación al lenguaje oral, y por ello, se convirtió en una pieza clave dentro de la conformación de grupos sociales cada vez más grandes.

Esta nueva tecnología fue el factor determinante en la aparición en la articulación de las primeras leyes y códigos de conducta sobre los que se construyó el concepto de ciudad-estado que surge en Mesopotamia y que se extendería a diversos rincones del planeta con el devenir de los siglos siguientes. Asimismo, la organización social basada en esta nueva tecnología provocó el surgimiento de la burocracia, una élite de letrados encargados de administrar el aparato social que se extendió de forma directamente proporcional a la manera en que la escritura expandía los límites espacio-temporales de la comunicación humana.

A partir de este momento, el contacto directo con otras personas ya no sería una limitación para establecer un vínculo comunicativo con los otros. Con la escritura, el pasado se convierte en presente, la información viaja a una velocidad nunca antes vista, y esto a su vez, tendrá fuertes repercusiones en los mecanismos con los que operarían las sociedades civilizadas.[14]

Otro paso en la evolución de la comunicación se dio con la invención del alfabeto, una tecnología que aparece varios siglos después de la invención de la escritura y que permitió un grado mayor de abstracción simbólica a partir de la construcción de un sencillo sistema de signos con el que fue posible alcanzar una claridad conceptual sin precedentes[15].

El alfabeto permitió al ser humano adquirir una concepción más profunda de su entorno y su propia existencia, además de ser un nuevo vehículo capaz de incrementar los alcances del lenguaje escrito como medio de difusión de la información, ya que esta tecnología permitió que la información fuera accesible a un mayor número de sectores sociales que hasta entonces permanecían marginados en cuanto a la construcción del conocimiento. Si bien el uso de esta tecnología seguía estando concentrado en pocas manos, pues en la antigüedad la gran mayoría de las personas no sabían leer ni escribir, los procesos de expansión territorial del comercio y el control político provocó que un número creciente de individuos tuviera acceso al uso de esta tecnología, algo que resultó fundamental en el eventual fortalecimiento de los aparatos burocráticos.

Por ello, algunos autores consideran que la invención del alfabeto fue un factor determinante para explicar la manera en que la Grecia antigua empieza a generar nuevas formas de pensar la realidad a través de un marco lógico-conceptual que pudiera hacer frente al marco epistemológico sobre el que se construyó el mundo antiguo, basado en el mito y la magia como medios para conocer el mundo, según sostienen Goody y Watt al afirmar que “el surgimiento de la civilización griega es, pues, el primer ejemplo histórico de la transición a una sociedad con verdadera cultura escrita”[16].

Si bien el acceso a esta tecnología seguía estando limitado para ciertos sectores sociales, el alfabeto permitió una expansión nunca antes vista de la palabra escrita y otras redes de significación, lo cual influyó de forma determinante para la constitución de una sociedad más equitativa en la que aparecen los primeros intentos por establecer un sistema de gobierno democrático que posicionara el bien común por encima de los intereses personales.

En este contexto fue que pensadores de la talla de Aristóteles y Platón, por mencionar a algunos, empezaron a confeccionar un nuevo mundo a través de diversos textos todavía vigentes, gracias a los alcances de una escritura capaz de reproducir el lenguaje oral y una precisión conceptual a niveles nunca antes vistos.

La Grecia clásica representa a una sociedad letrada capaz de ejercer un nuevo nivel de crítica hacia el status quo, establecido durante la antigüedad, a través de una plataforma de comunicación con la fuerza suficiente para potencializar a la razón como un medio para construir una nueva dimensión de la realidad[17]. Esto debido a que la aparición del alfabeto fonético propició nuevos esquemas de comunicación que tendrían un efecto decisivo en la conformación de una inteligencia colectiva con el poder necesario para detonar una transformación social que sólo sería posible gracias a nuevos esquemas de pensamiento, capaces de delimitar el poder de los gobernantes a través de disciplinas como la política, el derecho y la filosofía, situación que se aceleraría todavía más, con el surgimiento de la imprenta en Europa algunos siglos más tarde.

Con la aparición de Gutenberg y su imprenta de tipos móviles a mediados del siglo XV, la comunicación dio otro enorme salto en la historia de occidente[18]al permitir que la información contenida en los libros pudiera reproducirse de forma vertiginosa, lo cual trajo como consecuencias que en poco más de tres siglos, las ideas surgidas en la Ilustración lograran expandirse rápidamente por todo Europa hasta materializarse en las revoluciones burguesas que marcarían el comienzo de la modernidad. Una vez más, los procesos de comunicación serían determinantes en la construcción de un nuevo orden social, y esto se debe a que la letra impresa revolucionó la velocidad de los flujos de información, algo que se extendió por todo el planeta con el proceso de globalización que empieza a gestarse con el colonialismo europeo y que tomaría forma a partir de la Revolución Industrial.

Algo similar ocurre hoy en día con la llegada del internet, cuya aparición a finales del siglo XX ha detonado una transformación social a ritmo acelerado, pues los cambios que antes demoraban miles de años para tomar forma y consolidarse, ahora lo hacen en unas cuantas décadas. Un acontecimiento que de acuerdo con autores como Castells o Wellman, ha propiciado el surgimiento de un nuevo esquema de organización social: la sociedad en red[19].

El principal atributo del internet reside en su capacidad de generar conexiones múltiples entre personas de todo el mundo, sin que la geografía sea una limitante para entablar una relación directa de comunicación además del encuentro cara a cara. Esto ha generado que la gente con ideas afines pueda establecer vínculos sin necesidad de intermediarios, lo cual ha derivado en una conectividad sin precedentes en la historia humana.

De ahí que algunos teóricos de la comunicación consideren que el surgimiento de internet representa un parteaguas en la reconfiguración del aparato social. Las reglas del juego son otras, y esto tiene repercusiones directas en diferentes componentes estructurales del tejido social, desde cambios profundos en los procesos de producción y generación de la riqueza, hasta la manera en que se desarrollan las relaciones de poder. Un nuevo mundo se está gestando y esto se debe en gran parte, a las posibilidades que ofrece el ciberespacio para comunicarnos con otros y las facilidades que brinda esta herramienta para generar acciones colectivas. Acontecimiento que para algunos, representa el inicio de una nueva era, tal como bien señala Galindo Cáceres:

“La lógica de la comunicación, de la vida horizontal, del diálogo, de la interacción, del enriquecimiento mutuo, también está presente y gana espacio gracias a la red de relaciones, y no gracias a la concentración de la información en un solo lugar. La red es la respuesta a la paranoia de la sociedad de la información; entre más grande, entre más múltiple y diversa, menos posibilidades de control central autárquico: el monstruo se desvanece, aparece una nueva sociedad con una nueva cultura, la cibersociedad y la cibercultura”[20].

La información ya no circula en un solo sentido, como ocurría anteriormente, sino que fluye en múltiples direcciones, distribuyendo así el conocimiento y el poder de forma cada vez más horizontal. En el ciberespacio la gente deja de ser un ente pasivo que simplemente recibe información para participar activamente en la toma de decisiones. La sociedad de masas se convierte entonces en multitudes inteligentes capaces de producir realidad social por medio de la acción colectiva.

Todo lo anterior nos permite establecer que existe una relación profunda entre el nivel de comunicación y la velocidad con la que se desarrollan las transformaciones sociales, y esto se debe principalmente a la manera en que las redes de comunicación amplifican el poder del sujeto como agente transformador de lo social[21]. Una conectividad mayor de los sujetos dentro de una red de transmisión de información, genera un efecto multiplicador capaz de generar una nueva conciencia colectiva que sirva de base para la construcción del mundo.

Si la construcción del aparato social es ante todo un reflejo de la mente humana, eso quiere decir que al modificar el significado de los mensajes que utilizamos a diario para comunicarnos con los otros, esto tiene una repercusión directa en la construcción del mundo y su transformación. El medio es el mensaje, de acuerdo con McLuhan, y por ello, la manera en que nos relacionamos con los otros y la forma en que operan los procesos de comunicación en el seno de lo social tienen un efecto directo en la modificación de las estructuras simbólicas que sostienen la idea de mundo, pues como bien apunta Norbert Bolz, “el mundo es todo aquello que es comunicado”[22]. @

 


[1] De acuerdo con la definición de la Real Academia de la Lengua Española. Otros autores como Cabrera establecen que el poder es “tener facultad, virtud, disposición, aptitud para hacer alguna cosa” [Ramón Cabrera. Diccionario de etimologías de la lengua castellana. España. Imprenta de don Marcelino Calero. 1837. Tomo I, página 545].
[2] Paulo Freire. Pedagogía del oprimido. México. Siglo XXI. 2005, página 12.
[3] Max Weber. Economía y sociedad: esbozo de sociología comprensiva. México. Fondo de Cultura Económica. 1996. Décima reimpresión, pág. 5.
[4] Wittgenstein define a la realidad como todo aquello que es posible; el mundo, en cambio, lo define como una relación causal de hechos basados en un conjunto de ‘entidades’ que conforman la condición de posibilidad del mundo: la estructura lógica, los valores morales-estéticos y el sujeto metafísico. Mientras la realidad absoluta es infinita, el mundo es una delimitación de lo real, efectuada a partir de una estructura racional que funciona como marco de referencia para la construcción del mundo a partir de un sujeto que piensa. [Ludwig Wittgenstein. Tractatus lógico-philosophicus. España. Alianza Editorial. Tercera reimpresión. 2002, 5.632 y 5.633].
[5] Jürgen. Teoría de la acción comunicativa I: Racionalidad de la acción y racionalidad social. Editorial Taurus. México, 2008, página 31.
[6] Manuel Castells. “El poder en la era de las redes sociales”. Nexos, número 417. México. Septiembre de 2012, página 45.
[7] “Los sistemas sociales se constituyen de acciones y relaciones humanas: lo que les confiere a éstas su pauta es su repetición a través de periodos de tiempo y distancias en el espacio. Así en el análisis sociológico las ideas de reproducción social y de estructura social están íntimamente ligadas. Hemos de entender las sociedades humanas como edificios que en todo momento son reconstruidos por los mismos ladrillos que las componen. Las acciones de todos nosotros están influidas por las características estructurales de las sociedades en las que crecemos y vivimos; al mismo tiempo, recreamos (y también hasta cierto punto, alteramos) esas características estructurales con nuestras acciones”. [Anthony Giddens. Sociología. España. Alianza Universidad Textos. 1996. Segunda edición. Segunda reimpresión,pág. 52].
[8] Jean François Lyotard. La condición postmoderna: informe sobre el saber. Argentina. Ediciones Cátedra. 1991. Segunda edición, pág. 18].
[9] Max Weber. Op. cit., pág. 26.
[10] John Holloway. “Cambiar el mundo sin tomar el poder”. México. Sísifo Ediciones-Bajo Tierra Ediciones, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 2010, pág. 43.
[11] José Fernández Santillán. “Habermas: sociedad civil y política deliberativa”. Este País, número 116, México. Noviembre, 2000.http://estepais.com/inicio/historicos/116/4_ensayo2_habermas-fernandez.pdf
[12] Blai Guarné Cabello. Oralidad, escritura y tecnologías de la comunicación, en Adriana Gil Juárez, et al. Tecnologías sociales de la comunicación. España. Editorial UOC. 2005, pág. 80.
[13] Anthony Giddens. Sociología., pág. 74.
[14] “La conciencia del pasado depende, pues, de una sensibilidad histórica que difícilmente puede darse en ausencia de registros escritos permanentes. La escritura introduce cambios similares en la transmisión de otros elementos del repertorio cultural. Pero el alcance de estos cambios varía según la índole y la distribución social del sistema de escritura en cuestión, es decir, varía en función de la eficacia intrínseca del sistema como medio de comunicación, y en función de las restricciones sociales que le son impuestas, o sea, del grado de difusión que tiene el uso del sistema en la sociedad” [Jack Goody. Cultura escrita en sociedades tradicionales. España. Editorial Gedisa. 2003. Primera reimpresión, pág. 46].
[15] Esta tecnología es el reflejo de la evolución de la escritura ideográfica a la fonética. A finales del IV milenio a.C., los sumerios comenzaron a escribir su idioma mediante ideogramas, que representaban palabras y objetos, pero no conceptos abstractos. Se cree que el alfabeto fonético, que sustituyó al silábico, pudo tener su origen en el alfabeto semítico septentrional o cananeo, datado entre el 1700 y el 1500 a.C., mismo que dio origen al alfabeto fenicio que se expandió rápidamente por todo el Oriente Medio y parte del Mediterráneo, del cual se desprenden otros alfabetos como el griego, cirílico, arameo, hebreo, árabe, etrusco y romano.
[16] Jack Goody. Op. cit., pág. 53.
[17] Otros autores parecen ir en un sentido similar, tal como señala Antonio Alegre Gorri al hacer una revisión del trabajo de Havelock: “El paso de la oralidad a la escritura alfabética –es decir, a un medio de expresión escrita accesible, al menos en potencia, a todo el mundo, y además capaz de acoger y reproducir toda la riqueza fonética del habla oral- es un momento decisivo para la transición de una sociedad regida por la tradición, que experimentaba el orden de las relaciones sociales como sagrado e inmutable, a una sociedad política que concibe su propio ordenamiento como objeto de decisión consciente de sus miembros y, por ende, de discusión racional. Sólo en este horizonte pueden emerger las nociones de razón, sujeto y moral (y con ello, la filosofía, la política, la retórica y el derecho); y sólo a partir de ahí, la indagación del orden de la naturaleza deja de ser privilegio de una casta sacerdotal y queda abierta a la especulación racional de cualquiera que esté capacitado para ello: he aquí lo que se ha designado, con cierto anacronismo, como el ‘nacimiento de la ciencia’”. [Erick A. Havelock. La musa aprende a escribir: reflexiones sobre la oralidad y la escritura desde la antigüedad hasta el presente. España. Ediciones Paidós. 2008, pág. 15].
[18] Se dice que entre 1041 y 1048, Bì Shēng inventó en China el primer sistema de imprenta de tipos móviles, donde ya existía un tipo de papel de arroz, a base de complejas piezas de porcelana en las que se tallaban los caracteres chinos; esto constituía un complejo procedimiento por la inmensa cantidad de caracteres que hacían falta para la escritura china. En 1234 artesanos del reino de Koryo (actual Corea), conocedores de los avances chinos con los tipos móviles, crearon un juego de tipos que se anticipó a la imprenta moderna. Sin embargo, la imprenta moderna no se creó hasta el año 1440 aproximadamente, de la mano de Johannes Gutenberg [es.wikipedia.org]. El éxito de la imprenta europea frente a su contraparte china sólo puede explicarse en virtud de las facilidades que ofrece esta tecnología al alfabeto occidental compuesto por alrededor de 30 caracteres, frente a la complejidad de la escritura china.
[19] El término sociedad red fue acuñado en 1991 por Jan van Dijk en su obra De Netwerkmaatschapágs.ij (La Sociedad Red). Sin embargo, es Manuel Castells quien ha contribuido a mayor desarrollo y popularización del término a partir del extenso análisis que desarrolla sobre los cambios sociales derivados de las tecnologías de la comunicación. Al respecto explica Castells: “Las redes son estructuras abiertas, capaces de expandirse sin límites, integrando nuevos nodos mientras puedan comunicarse entre sí, es decir, siempre que compartan los mismo códigos de comunicación (por ejemplo, valores o metas de actuación). Una estructura social que se base en las redes es un sistema muy dinámico y abierto, susceptible de innovarse sin amenazar su equilibrio”. [Manuel Castells. La era de la información: economía, sociedad y cultura. Volumen I: La sociedad red. México. Siglo XXI. 2005. Sexta edición, pág. 507]. Si bien este modo de organización no es nuevo, sí lo son sus alcances a partir de las nuevas tecnologías de la información: “Aunque la forma en red de la organización social ha existido en otros tiempos y espacios, el nuevo paradigma de la tecnología de la información proporciona la base material para que su expansión cale toda la estructura social” [Ibidem, pág. 505].
[20] Jesús Galindo Cáceres. “Cibercultura, ciberciudad, cibersociedad: hacia la construcción de mundos posibles en nuevas metáforas conceptuales”. Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, época II, volumen IV, número 7. México. Universidad de Colima. Junio de 1998, pág. 17.
[21] Un tema ampliamente desarrollado por Castells, quien sostiene que “la relación histórica parece indicar que, en términos generales, cuanto más estrecha sea la relación entre los emplazamientos de la innovación, la producción y el uso de las nuevas tecnologías, más rápida será la transformación de las sociedades y mayor la retroalimentación positiva de las condiciones sociales sobre las condiciones generales necesarias para que haya más innovaciones”. [Manuel Castells. La era de la información: economía, sociedad y cultura. Volumen I: La sociedad red, pág. 64].
[22] Norbert Bolz. Comunicación mundial. Editorial Katz. Argentina, 2006.

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Bibliografía:

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FREIRE, Paulo. Pedagogía del oprimido. Siglo XXI. México, 2005. Segunda edición.

GALINDO CÁCERES, Jesús. “Cibercultura, ciberciudad, cibersociedad: hacia la construcción de mundos posibles en nuevas metáforas conceptuales”.Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, número 7, Época II, volumen IV. México. Universidad de Colima. Junio de 1998, pp. 9-23.

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HABERMAS, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa I: Racionalidad de la acción y racionalidad social. Editorial Taurus. México, 2008.

WEBER, Max. Economía y sociedad: esbozo de sociología comprensiva. Fondo de Cultura Económica. México, 1996. Décima reimpresión.

WITTGENSTEIN, Ludwig. Tractatus lógico-philosophicus. Alianza Editorial. España, 2002. Tercera reimpresión.

La vocación antidemocrática de la derecha

Por definición, la derecha tiene una profunda convicción antidemocrática. Basta con revisar el origen del término para confirmar la hipótesis. La derecha como ideología política surge formalmente como consecuencia de la Revolución Francesa y la creación del parlamento, en cuya sede, los sectores más conservadores que defendían los privilegios de la monarquía y la aristocracia ocupaban el ala derecha del recinto mientras los sectores progresistas que promovieron el cambio de régimen se ubicaban a la izquierda. Desde entonces, la derecha se identifica por su resistencia al cambio y por defender los intereses de las élites encumbradas en lo más alto del poder político, tal como lo apunta el sociólogo Robert M. MacIver en su texto The Web of Government:

La derecha siempre es el sector de partido asociado con los intereses de las clases altas o dominantes, la izquierda el sector de las clases bajas económicamente o social y el centro de las clases medias. Históricamente este criterio parece aceptable. La derecha conservadora defendió prerrogativas, privilegios y poderes enterrados: la izquierda los atacó. La derecha ha sido más favorable a la posición aristocrática, a la jerarquía de nacimiento o de riqueza; la izquierda ha luchado para la igualación de ventaja o de oportunidad, y por las demandas de los menos favorecidos. Defensa y ataque se han encontrado, bajo condiciones democráticas, no en el nombre de la clase pero sí en el nombre de principio; pero los principios opuestos han correspondido en términos generales a los intereses de clases diferentes[1].

Esto explica la resistencia histórica de la derecha hacia la consolidación de la democracia, una forma de gobierno que posiciona al pueblo como referente único del poder político y la soberanía del Estado nación. Un sistema político que, por definición, está en contra de los intereses que defiende la derecha, fincados en una tradición de privilegios heredada generación tras generación.

Por ello, no es de extrañarse que en Occidente la derecha esté íntimamente vinculada a la iglesia (católica o protestante), una de las instituciones clave en la legitimación de las monarquías que gobernaron el mundo desde la época medieval, así como a una pujante burguesía que terminaría apoderándose de muchos privilegios de la nobleza a partir de la concentración de riqueza derivada de la apropiación de los medios de producción capitalistas.

Con la construcción del proyecto de modernidad como referente inequívoco del mundo occidental, la burguesía consolidó su poder político controlando un complejo engranaje institucional que soportaba la idea del Estado, incluyendo por supuesto, el control de las estructuras gubernamentales.

Lo anterior permite entender cómo es que los grandes dueños de la economía se convirtieron en los poderes de hecho, también llamados fácticos, capaces de quitar y poner a su antojo a gobernantes que facilitaran y protegieran sus intereses aún a costa de los interés público. Un contrasentido a lo que se supone deberían defender los sistemas democráticos.

Fue así que la economía tomó como rehén al Estado. Los grandes capitalistas infiltraron a sus subordinados en el gobierno para salvaguardar un régimen de privilegios que poco o nada tiene que ver con aquellos principios de “libertad, igualdad y fraternidad” que enarbolaba en su inicio el discurso revolucionario francés de 1789.

Con el triunfo del liberalismo económico al paso de los siglos siguientes, la democracia representativa terminó por convertirse en una máscara cuyo objetivo era ocultar en las sombras a los verdaderos actores involucrados en la toma de decisiones.

A partir de entonces, los industriales y la nueva clase empresarial que despegó de manera vertiginosa a partir de la Revolución Industrial construyeron un andamiaje político que les permitiera ejercer un control sobre los sectores sociales más pobres para acumular riqueza mediante la explotación laboral. La derecha se identificó a partir de este momento, como enemiga declarada de los sindicatos y cualquier forma de asociación que atentara contra el dominio hegemónico de las élites, toda vez que una verdadera democracia representa siempre una amenaza directa para cualquier oligarquía.

Esto explica cómo es que a partir de las revueltas populares que surgieron en la primera mitad del siglo XX en países como México, China o Rusia, movimientos sociales cuyo motor fueron precisamente los sectores campesino y obrero, se convirtieron en un peligro para los intereses de los grandes capitalistas. Con el advenimiento de dos guerras mundiales producto de las tensiones entre el liberalismo económico y el fascismo (dos matices del pensamiento conservador de la época), la Guerra Fría terminó dividiendo el mapa geopolítico del mundo en dos grandes bloques: la derecha representada por el American way of life y las políticas de libre mercado fomentadas desde las potencias occidentales, por un lado, y la conquista del proletariado en cuanto al control de los medios de producción representados por los países soviéticos, por el otro.

Estas polarizadas visiones del desarrollo generaron una serie de conflictos armados en distintas partes del globo terráqueo que a su vez radicalizaron las tensiones históricas entre las derechas y las izquierdas.

Sin embargo, la reconfiguración de la derecha a partir Consenso de Washington y la definición del proyecto neoliberal (acordado por los presidentes de Estados Unidos, Reino Unido y Alemania Occidental, Ronald Reagan, Margaret Tatcher y Helmut Kohl, respectivamente), así como el derrumbe de la Unión Soviética y la inminente caída del Muro de Berlín, significaron el triunfo momentáneo de los neoconservadores y un periodo de estabilidad política que incluso provocó la exaltación estúpida de intelectuales de derecha como Francis Fukuyama, quien incluso llegó al punto de declarar que el triunfo del liberalismo sólo podía significar “el fin de la historia” y la muerte de las ideologías, dando por terminada la disputa entre derecha e izquierda.

Una propuesta que, además de ridícula, resultó terriblemente equivocada, tal como lo demostraría algunos años más tarde el auge de la izquierda en Sudamérica y la crisis económica de 2008, misma que provocó una serie de protestas globales de grandes sectores sociales que empezaron a criticar de manera profunda las bases estructurales del sistema económico vigente en todo el planeta una vez que la complicidad entre los gobiernos y los grandes capitales a costa del interés público se fue haciendo cada vez más evidente con el rescate de los bancos a costa del erario de los países europeos. Una reedición de aquello que los mexicanos vivimos con el Fobaproa y el rescate bancario que el gobierno de Ernesto Zedillo construyó junto con los partidos de derecha a mediados de los años 90. Una medida que en su momento sería aplaudida por organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial y que hoy, a casi 15 años de distancia, sigue aplicándose como receta para mantener los equilibrios macroeconómicos de manera impune.

¿Cómo es posible que el Estado convierta en deuda pública el rescate de bancos privados? ¿Por qué los ciudadanos tienen que pagar por los errores de los banqueros sin hacerlos partícipes de la bonanza financiera? Preguntas sin respuesta que evidencian las profundas contradicciones de las democracias liberales y sus descarados intentos por defender el interés privado aún a costa del interés público. Prueba fehaciente de que tras la máscara democrática se esconde un sistema oligárquico, es decir, un gobierno de minorías que concentra el poder político en pocas manos.

Norberto Bobbio, el gran politólogo italiano y quizá el más grande teórico del Estado del siglo XX, sugiere que esta psicosis surge a partir de una dicotomía entre lo público y lo privado. Para Bobbio, estas diferencias en términos de propiedad, con su respectivo impacto en el ámbito de lo social, puede representarse a través de dos identidades colectivas: el ciudadano (defensor del interés público) y su contraparte, el burgués (defensor del interés privado). De ahí que Bobbio señale de manera puntual que cualquier definición teórica del Estado como forma de organización social, tenga que partir forzosamente de establecer límites concretos entre lo público y lo privado.[2]

Esta interpretación de Bobbio permite ejemplificar a la perfección las profundas diferencias entre izquierda y derecha en términos de ideología política. La izquierda como referente del interés público y la derecha como defensora de la propiedad privada.

Y si entendemos a la democracia como una forma de gobierno cuya principal característica es que la titularidad del poder político reside en la totalidad de los miembros que conforman un grupo social en lo referente a la toma de decisiones, el problema plantea una contradicción profunda entre las ideologías de derecha y los sistemas democráticos.

Por eso encontramos en la actualidad, países con una incipiente cultura democrática en los cuales existe una fuerte resistencia de la derecha a la hora de impulsar reformas legislativas como el referéndum, plebiscito o revocación del mandato, instrumentos legales que permiten a los ciudadanos tener un mayor control sobre el gobierno y un mayor peso en la toma de decisiones. En el mismo tono, la derecha como bandera ideológica de los oligopolios se ha caracterizado por criticar medidas como las políticas de desarrollo social, cuyo fin último busca detener la creciente brecha de desigualdad entre ricos y pobres, medidas que los grupos conservadores suelen calificar de “populistas”, término absurdo con el cual se evidencia el carácter antipopular (y por ende antidemocrático) de la derecha.

No es de extrañarse que, por ejemplo, la derecha busque impulsar reformas legales que atenten contra los derechos laborales de las clases trabajadoras con el objetivo de beneficiar a grupos minoritarios aún cuando esto resulte perjudicial para las mayorías.

Esto plantea un problema de fondo para los sistemas que se autodenominan como democráticos, ya que la manera en que la oligarquía ha tomado como rehén a las instituciones de representación política para convertir al gobierno en un lucrativo negocio, tal como puede observarse en el modo en que las élites cuentan con sus propias bancadas en el poder legislativo, ha derivado en una profunda crisis de legitimidad. ¿Puede llamarse democracia a un régimen donde son las minorías las que deciden aún en contra de la voluntad de las mayorías? No. Y esto es precisamente lo que intenta disfrazar el discurso de los grupos conservadores, obstinados en no ceder sus privilegios aún a cambio del bien común.

La derecha como ideología política atenta contra los principios mismos sobre el que se sustenta el discurso democrático. Si bien es cierto que la democracia también significa respetar la diversidad de opiniones, también es cierto que la democracia debe privilegiar el interés público por encima de los intereses privados.

Por ello, la construcción de un auténtico régimen democrático hace indispensable acabar con el individualismo vicioso con el que operan los mercados de este capitalismo salvaje de todos contra todos. A medida que logremos elaborar como sociedad una noción más acabada de lo que significa el bien común, y lo que implica, los sistemas democráticos irán madurando paulatinamente hasta llegar al día en que el pueblo mande y los gobiernos obedezcan, como dicen los zapatistas. Mi bienestar no puede justificarse nunca a través del sufrimiento de los otros. Todos estamos conectados en esta inmensa red social, y por ello, mi bienestar sólo puede ser posible con el bienestar de los demás. Sólo cuando el pueblo adquiera conciencia de sí mismo y actúe como un todo, podremos hablar de democracia. Lo demás, es politiquería.


[1] Seymour Martin Lipset. Political man: the social bases of politics. Nueva York, Estados Unidos. Doubleday, 1960, p. 222.

[2] Norberto Bobbio. Estado, gobierno y sociedad: por una teoría general de la política. Fondo de Culura Económica. México, 2010.

Enrique Dussel y las bases de una República Amorosa

Enrique Dussel Ambrosini –reconocido mundialmente por sus trabajos en los campos de la ética, de la filosofía política, de la historia, la religión y por ser uno de los fundadores de la Filosofía de la Liberación-, es actualmente integrante del Consejo Consultivo de Morena y uno de los principales teóricos detrás del proyecto de la República Amorosa propuesto por Andrés Manuel López Obrador.

De origen argentino, naturalizado mexicano tras su arribo a México en 1975 como refugiado político luego de que un atentado con bomba destruyera su casa, Dussel equipara a López Obrador con hombres de la talla de Luis Inácio Lula da Silva y Nelson Mandela. Aunque ello no significa, precisa, “firmarle un cheque en blanco”.

Reconoce que el amor en la política puede parecer “un poco ingenuo”, pero considera que construir las bases de una República Amorosa es un buen pretexto para poner sobre la mesa la importancia de la ética y la participación ciudadana para revertir la corrupción que padece México actualmente.

¿Qué podemos entender por la construcción de una República Amorosa? A muchos les suena a demagogia electoral.

Unos dicen demagogia, otros que puede ser ingenuo hablar de lo amoroso en la política, que no es el lugar. Sin embargo habría que ver un poco la crisis profunda en la que está el país, donde los mexicanos estamos enfrentados unos a los otros, una gran intolerancia, violencia, y no sólo por la violencia callejera, los bandidos, la droga, sino que la gente está exasperada, temorosa. Hay una especie de miedo protectivo que dice sálvese cada uno como pueda, lo que conlleva a una intolerancia y una agresividad. La propuesta de algo que parece melifluo o demagógico o ingenuo, pues sí. Uno puede decir que esto no tiene que ver con la política seria, pero al mismo sabemos que ha sido duramente criticado como con un fantasma, se construyó un fantasma, el enemigo de México, igual a Hugo Chávez, que va a traer socialismo. Miedos que crearon un fantasma. El otro día Hector Díaz Polanco dio una conferencia al respecto y habló muy bien de cómo se crean esos fantasmas. En el plano latinoamericano Hugo Chávez es un fantasma, no es una persona y Krauze ha escrito un libro sobre él hace poco porque se estaba debilitando el fantasma. Dice una cantidad de cosas que no tienen nada que ver con la realidad, pero se crea el fantasma. Ante el fantasma del enemigo de México, un hombre de izquierda, un hombre peligroso que va a cambiar todo, lo que hace AMLO es querer bajar un poquito el nivel de los enfrentamientos, es decir, tomemos las cosas un poco más en serio por una parte y con un poco de humor por otra, pues no es asunto que nos estemos matando. Entonces lanza la República Amorosa. Cuando escuché por primera vez, me acordé de una obra de Al Farabi, un gran filósofo musulmán de Bagdad, allá por el siglo décimo, que escribió la Política de Aristóteles pero en árabe y la llamó la Ciudad Virtuosa. Pudiera haber hablado de la República Virtuosa pero eso sí hubiera sido más moralista. Amorosa es más desconcertante, pero crea la idea de que hay que cambiar un poco las reglas de la política y reconciliar al mexicano con los otros mexicanos. El antagonismo político no es un antagonismo de guerra, sino que es un antagonismo dentro de una comunidad en donde debe haber una especie de fraternidad que diga, “bueno, no pienso como tú, eres un desastre y nos estás empobreciendo pero al fin, eres mexicano”. Si se crea ese clima entonces se puede ser un poquito más racional, entender argumentos y la gente puede pasar a otro nivel de racionalidad. Creo entonces que aunque la palabra es ambigua, sí crea el ambiente de distensionar el ambiente. A tal punto que queremos ahora hacer un concurso nacional entre jóvenes menores de 30 años para escribir en cinco páginas cómo usted imaginaría la República Amorosa, y de ahí surgirán muchas ideas. También se está pensando hacer un concurso para niños menores de 12 años para que dibujen lo que entienden por una República Amorosa, porque cuando uno le pide a los niños que dibujen lo que está pasando la imagen es terrible: policías, tiros, muertos, sangre. Va a ser interesante el imaginario. Más que nada crear un imaginario desde donde la fraternidad es posible. En la política hay amigos y enemigos, como dice el filósofo alemán Cal Schmidt, pero el enemigo es antagonista político, no alguien al que hay que matar. Eso pasa en la guerra, pero en la política no, es un antagonista al que tengo que soportar y argumentar. En el fondo del antagonismo político tiene que haber una fraternidad o un cierto amor.

¿Es compatible el amor con la política?

López Obrador tiene una expresión muy profunda y muy interesante. Dice que la política es un “noble oficio”, y eso explica un poco lo amoroso. La política no es un lugar del egoísmo, del enriquecimiento, de doblegar a los enemigos, de imponer mi voluntad como dictadura. No. Es el más noble oficio de un ser humano porque es la responsabilidad a favor del bien común, del pueblo. Mire a Lula, cómo siendo un obrero metalúrgico, que también decían que era el enemigo de Brasil, que era un marxista, que era peligroso, perdió tres elecciones y cuando subió resultó una maravilla, saliendo de presidente con una opinión favorable del 83%, creo que es el presidente con mayor porcentaje en la historia. ¿Y cómo Lula pudo lograr ese éxito? Creo que él estableció un tipo de relación fraterno amoroso, un hombre que siempre está sonriendo, que platica aún con los peores enemigos en lugar de discutir, y creó un clima donde todo mundo se puso a trabajar por Brasil. Ahora de pronto, descubrimos que Brasil es una potencia y está creciendo muchísimo, distribuyendo mejor la riqueza y disminuyendo la pobreza. Ahí está el ejemplo y lo hizo un obrero que, como Mandela en Sudáfrica, quien estuvo 27 años preso… Uno diría que aquel hombre salió de la cárcel para matar a medio mundo, empezando por los policías que lo torturaron y la oposición que lo metió preso. El hombre salió de la cárcel y dijo “vamos a construir Sudáfrica, olvidémonos lo que pasó”. Tuvo una actitud de perdón. Eso es amor. La gente quedó entusiasmada y se convirtió en primer ministro. Concilió a la cultura negra con la blanca, y desarmó a los blancos que estaban apertrechados para empezar la lucha contra Mandela. Y Sudáfrica es también una potencia en África, como parte del BRICS (Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica). Los chinos son los primeros que dan un ejemplo de eso, con un partido comunista, estalinista, pero los hombres están haciendo trabajar a todo mundo. Claro, los temas democráticos los están pasando para el futuro, pero mientras tanto todos empiezan a vivir mejor y van creciendo. Los gobiernos de éxito son los que crean una fraternidad fundamental para el ejercicio de la política y creo que lo de amoroso es nuevo, es medio demagógico, medio ingenuo, pero es mejor que decir “vamos a hacer una política donde nuestros enemigos vean lo que les va a costar lo que me han hecho”, que sería empezar a luchar en contra, sería un desastre.

¿Andrés Manuel está a la altura de los personajes que acaba de mencionar? ¿Está México preparado para un cambio de esta magnitud?

Creo que él es un líder muy interesante. Está a la altura de esos, lo está demostrando. El mismo zapatismo lo criticó muy duro pero él nunca los criticó y ahora el zapatismo, por ahora, no está hablando de otra campaña, está dejando. Está demostrando que tiene el temple de un gobernante que sabe perdonar, olvidar en vista del bien común. Habían dicho que él iba a ser un desastre y ahora está llamando a la burguesía nacional para decirles, “ustedes también están perdiendo el partido porque las trasnacionales se están comiendo todo y si se privatiza Pemex ni energía van a tener, lo mismo con la minería y con todo”. Necesitamos una especie de saludable nacionalismo que por fin ame un poco a México y defienda los intereses del país para que esto se componga muy pronto. Se puede componer con pocas medidas, pero los diez grandes millonarios que se han apropiado de las grandes empresas del estado de bienestar, que fue lo que el PRI creó en el mejor sentido, a esos hay que bajarles un poco a sus pretensiones porque en el fondo odian al pueblo mexicano, se enriquecen y no les interesan los efectos de ese enriquecimiento, pues la pobreza es al fin la falta de trabajo.

¿Cómo hacerles entender a la burguesía mexicana todo esto?

Acabo de escribir en un librito que acaba de salir, Carta a los indignados, un capítulo que se llama Condiciones democráticas del ejercicio de liderazgo. La política necesita líderes pero tienen que ser democráticos. Entre un líder dictatorial y uno democrático hay mucha diferencia. Y democrático significa atenerse a la democracia participativa y representativa, que no es muy conocida. Creo que él tiene un estilo realmente democrático. Se ha visto que mientras todos estaban discutiendo y hablando, el hombre se dedicó a conocer todo el país. El primer mexicano que ha hecho actos en 2 mil 500 municipios, nunca ha habido una persona así, ni Cuauhtémoc, ni Hidalgo, ni nadie. Eso es una actitud de fondo del político, quien debe conocer su pueblo y estar a su servicio y ¿cómo va a estar a su servicio si ni lo conoce?. Se ve mucho la diferencia con Peña Nieto, quien es parte de una élite que se pavonea a los niveles de la burocracia, que educa mal a sus hijos que hablan de los “proles”. Es terrible que el hijo de un gran político hable de esa manera, pues eso quiere decir que ese es el ambiente de la familia. Él no, trabajó ahí en Tabasco, arremangándose con los indígenas, sacándose los zapatos y caminando en el barro. Es una estirpe de político interesante. Pero tiene que ser democrático y si no lo es, pues habrá que criticarlo y bajarlo. No se le va a firmar un cheque en blanco, pero creo que ha dado muestras de paciencia, de fidelidad a los principios. No se mezcló en pequeñeces ni del propio partido. Ha mostrado tener miras más altas.

Justo lo contrario de todo lo que se le acusó en 2006…

Puras acusaciones inventadas porque no cambió, él es el mismo de siempre.

Vemos que Peña Nieto está arropado por una estructura política que no se resigna a ceder el control del país. ¿Esto qué le dice a usted?

Lo ha dicho claramente que va a hacer intervenir a la iniciativa privada en Pemex. ¡Terrible! Eso quiere decir que van a hacer el negocio ellos y no el país. No sé a qué tipo de suicidio se esté refiriendo, porque el país va a estar peor que antes y todo para congraciarse con el gran capital norteamericano, mexicano. Entonces dice “bueno, si me critica la gente no me interesa, porque el poder no viene de ellos”. En cambio López Obrador dice todo lo contrario: “No, no. Ellos son el poder”.

¿Qué tan consciente es la gente de la calle a todo esto?

Tú sabes que hay un filósofo italiano que se llama Giorgo Agamben y que habla de la mediocracia, el poder de los medios. Entonces los grandes medios como Televisa o Televisión Azteca crean los personajes para la política, y eso hace un asunto difícil. Pero la gente va creciendo y si cree nuevamente en la televisión, va a cometer nuevamente los mismos errores y a la próxima dirá “bueno, ahora vamos a tener que cambiar”. Creo que López Obrador también tiene para la próxima, pues puede perder por segunda vez.

¿Qué diferencias nota entre el nivel de confrontación social de 2006 y el proceso de 2012 que recién empieza? ¿Puede tomar ese mismo rumbo?

Podría, porque la campaña que hizo el PAN fue diseñada por un español que exacerbó a propósito y durante un mes le lanzaron unos spots terribles, mentirosos e ideológicos. López Obrador no le dio importancia aún cuando sí la tenía. Fue una guerra sucia terrible. Ahora, pareciera que por el IFE y por todo, no se va a permitir propaganda tan agresiva y violenta, pero puede darse. Nadie sabe qué pueda pasar.

A final de cuentas la estructura electoral está con los dados cargados a favor del sistema…

Claro, por eso es que de ganar tiene que ganar por mucho, lo cual es muy difícil. Pero la historia no termina, continúa, y el que tenga más paciencia es el que va a ganar. Puede que ahora no sea, que sea la próxima, pero está cambiando un poco la situación. Hay un descenso de algún candidato, ascenso de otro y ciertamente está dando algunos frutos el crear otro clima.

¿El simple hecho de que la palabra amor inunde el discurso político ayuda a esto no?

Sí. Es más difícil achacarle actitudes violentas a alguien que está hablando de eso todo el tiempo.

¿En qué consiste esta constitución moral de la que habla Andrés Manuel?

En el grupo que piensa en esos temas yo siempre insisto en un punto. La última referencia realmente importante de la política es el pueblo, es la gente, y la única manera que esa gente puede hacer escuchar su voz crítica contra la corrupción, el robo o la violencia es participando, pero no hay instituciones de participación. Los partidos políticos son instituciones de representación: el partido elige candidatos y la gente confirma a los candidatos que los partidos eligieron. Los partidos en realidad tienen el monopolio de la elección de los candidatos, no la gente. Lo mismo pasa en Estados Unidos. La democracia representativa se ha corrompido porque el partido se ha separado del pueblo y le propone un candidato que la gente dice “ninguno está bueno, pero tengo que votar por uno”. Y si no voto por ninguno como dice mucha gente, en el fondo sale peor. Como decía mi madre, un voto en blanco es un voto en contra. Un voto en contra de lo que debería elegir aunque sea lo menos peor. La ética de la política debe articularse sobre instituciones de participación que hay que crear. La democracia participativa articulada a la democracia representativa, eso es una novedad completa.

¿La idea de ciudadanía no representa esta institución de democracia participativa?

La ciudadanía es el hecho de ser ciudadano. Lo que pasa es que también hay parte del pueblo, por ejemplo, los pueblos originarios que quieren ser respetados como comunidad, no como individuos. En ese caso hay que darles el derecho de tener un derecho comunitario y no individual. Entonces empiezan a haber muchos tipos de ciudadanía y el concepto liberal de “cada persona, cada voto” empieza a ponerse en cuestión. Ciudadanía sí, pero la ciudadanía se vive en la participación y la gente no participa porque no sabe dónde participar o porque cuando ha participado lo han manipulado. Acá en el Distrito Federal se hicieron comités de barrios y se eligieron como dos mil, pero en seguida se politizaron y la gente vio que no funcionaba. En Porto Alegre, en Brasil, un gobierno local estableció que todos los gastos se decidieran con participación popular. Entonces se pusieron prioridades, con reuniones de base y después hasta el más alto nivel, donde la gente iba decidiendo si la prioridad de ese año era la seguridad, la electricidad o drenaje, cómo gastar y en qué gastar. Eso es participación ciudadana, pero los gobiernos no se animan. Aún los gobiernos de izquierda son ellos mismos los que distribuyen los recursos de la ciudad. Entonces el código de ética va a valer si hay una estructura participativa y hay que darle importancia a la ética porque está todo corrompido. Al menos hay que hablar del asunto, porque si ni siquiera se habla de esto en las escuelas porque se elimina la materia de ética filosófica, el ciudadano nunca escuchó hablar de ética. La iglesia ya no funciona, que es el lugar donde se hablaba de ética. Entonces, ¿dónde estudia un niño de  12 o 15 años estudia los principios éticos y quién se le muestra como un ejemplo ético a imitar para ser un hombre decente? ¡Nadie! Porque el padre está en crisis y se defiende como puede, y roba a su nivel concreto lo que puede.

Cuando todo el sistema te empuja a lo contrario de lo que promueve la ética…

Claro. No hay ningún ejemplo de actitud ética ni ningún lugar donde se estudia el tema ético. ¿Entonces de dónde queremos que la gente tenga principios? Está todo corrompido y bueno, ese es el fruto. ¿Y qué pasa cuando todo se corrompe? Es un desastre, porque uno aprieta un botón y piensa que se va a prender la luz, pero resulta que se han robado el cable y no se prende nada. El país no marcha porque todas las estructuras exigen que cada uno cumpla honestamente su función. Y los grandes pueblos son gente donde cada uno cumple su función y el sistema funciona, todos están bien. Aquí nada funciona y por eso estamos todos mal.

Y a nivel mundial parece que hay una tendencia de romper con estas estructuras de control y que ya no se pueden seguir legitimando al ser cada vez más evidente que ya no funcionan. Ahora incluso en el foro económico de Davos hablan de cosas como cambiar el capitalismo, cosas que hasta hace un par de años parecían impensables.

Sí, porque los que más han robado son los banqueros. La gente les dejaba el dinero para que estuviera seguro, pero ahí se lo roban. Ha llegado la corrupción al más alto nivel. Ya ni el capital anda porque se roba al propio capitalista. En el siglo XIX eran tipos honestos, familiares, eran explotadores y aristócratas que seguían las normas éticas del mercado, que no eran  buenas pero al menos funcionaban. Ahora ya ni las del mercado se cumplen.

¿Cómo ve a México en todo este escenario de protestas globales que van desde la Primavera Árabe hasta los Indignados españoles, pasando por los Ocuppy de Wall Street y todo el bloque sudamericano que intenta construir una nueva forma de Estado, como ocurre en Bolivia por ejemplo?

Aquí la única manera de tener un gobierno que represente a esos grupos, no es por decirlo, pero no hay otro que López Obrador. Los demás van a seguir con lo mismo. Por lo menos López Obrador debería ser intentado como posibilidad, a ver qué hace, si la cosa mejora un poco. Y con muy pocas medidas todo empieza a mejorar. Kirchner no era un gobierno revolucionario, era un peronista casi como los otros, pero dijo “un momentito, vamos a estudiar la deuda y vamos a ver cuánto debemos”. Después se la subastó en el mercado y se le bajó la deuda completamente. Si nosotros ya pagamos la deuda, habríamos que hacer un estudio serio, mandarlo al tribunal de La Haya para demostrar que ya pagamos la deuda o una moratoria de seis años para no pagar la deuda y utilizar ese 15% del presupuesto a salvar el campo, mejorar la educación, invertir para que la industria nacional funcione y compita. Con muy pocas medidas puede empezar a funcionar. Argentina tocó fondo en 2001, tres gobiernos en un día, una cosa espantosa. La gente saliendo a la calle les robaban el dinero dentro y fuera del banco, porque la gente que tenía dólares se los sacaron, los transformaron en pesos y devaluaron el peso. Entonces tenían 50 dólares y de pronto valía tres veces menos, una estafa. La gente explotó y al fin salió Kirchner para levantar el país. Y en dos años vendiendo soja y qué se yo a los chinos, siete por ciento mensual de crecimiento. Ahora hablo con los argentinos y dicen “che, hay mucho optimismo, la gente está muy contenta, hemos vivido treinta años de infierno, pero ahora sí, ya estamos saliendo”. Es posible, pero se necesita el mínimo de honestidad. Pero está difícil porque toda la maquinaria está mintiendo, creando fantasmas y ahí entonces está la cuestión.

¿Cómo percibe el desencanto hacia el gobierno y que los mexicanos hayan aguantado un régimen de violencia como el que vivimos a diario?

Lo que pasa es que en el Valle de México hubo uno de los primeros lugares de la Tierra donde hubo agricultura, una especie de calabaza que se cultivó hace 9 mil años. El mexicano está muy disciplinado, porque el campesino tiene que cumplir normas. Pero está tan disciplinado que nunca llega al fondo de decir ¡basta! Dice “estoy mal pero todavía puedo sufrir más así que mejor aguanto”, hasta que un día se decida a no aguantar más, como pasó en 1910, hace un siglo. No sé si se va a dar eso, pero podría evitarse con un gobierno que levante al país. Están todos desesperados pero nadie hace nada. Cada uno se quiere salvar solo, como las ratas del barco, pero al fin el barco se hunde con todo y ratas.

¿A nivel mundial usted percibe que se esté construyendo un nuevo discurso que a su vez pueda fundamentar las bases de un nuevo sistema social?

No, lo que pasa es que hay una crisis mundial del capitalismo como nunca ha habido…

Una crisis del proyecto de modernidad como tal ¿no?

De modernidad y del capitalismo. Los Indignados ya son un poco la expresión de los jóvenes que son cultos en Europa y en Estados Unidos, que tienen estudios y entienden lo que está pasando y que no pueden trabajar, que están desocupados. No son como nuestros ninis, que ni estudian ni trabajan. No, aquellos han estudiado y saben por qué no trabajan y se están oponiendo a ello. Estamos en un momento muy crítico de la historia de la humanidad.

Pero incluso los jóvenes mexicanos con altos niveles educativos se perciben un tanto apagados…

Todavía, y algunos tienen que sobrevivir por su familia. Hay mucha desigualdad, 55% de pobres. Brasil bajó de 35% a 27%. Argentina también, ha podido bajar el número de pobres y en cambio, en México han aumentado. Es espantoso, uno de los países con mayor índice de pobres en el mundo. El pobre está en el límite de la supervivencia y quiere salvarse, no puede pensar mucho en otras cosas, pero ese va a ser el que va a decir “bueno, intentemos algo distinto”. Ése va a ser el cambio. Quizá aún haya que sufrir más.

Todavía no podemos saber si lo peor ya llegó o está aún por venir.

Claro, y no sabemos si la gente tomará conciencia contra la propaganda y se dispondrá a ver qué pasa con otro proyecto.

¿Qué papel están jugando las nuevas tecnologías de la información en todo esto?

Ya está jugando un cierto papel, pero habrá que ver si continúa y hasta qué nivel. Peña Nieto le dio motivo a un ‘boom’ y se va a cuidar de no meter tanto la pata en el futuro, pero ya hay una presencia de los medios electrónicos y ojalá que crecieran y se transformaran en un elemento determinante como ha sido en otras partes. Creo que hay que empezar a contar con eso.

¿Cree que pueda llegar el momento en que estas tecnologías puedan empezar a promover un nuevo sistema de organización social como el que describía Manuel Castells en torno a su idea de sociedad red?

Esa está naciendo, aún dentro del capitalismo, el mercado y todo. Mucha gente compra y se comunica por red, eso ya entró. El asunto es hasta qué punto se transforma en un elemento determinante para las elecciones de julio. Ahora, va a ir creciendo y eso es parte de la política participativa, pues la gente ya no depende de lo que le diga la televisión, sino lo que yo pueda escribir entre mis amigos. Es una actitud mucho más activa del ciudadano y cuando son millones se arma un lío. Creo que eso va a crecer de todas maneras. Para mí, los medios electrónicos de la red son semejantes a la revolución industrial para la economía del siglo XVIII. Es una revolución también material, porque al final es materia, un instrumento, que permite modificar el proceso de producción de las decisiones políticas, no el proceso de producción de la mercancía, como lo fue la Revolución Industrial. Aquella fue económica, ésta es política. La gente se entera muy rápido y puede cambiar su opinión y las decisiones. Entonces el PRI dice “está bajando el nivel de las encuestas porque éste metió la pata” y tiene que cambiar rápido las decisiones que están siendo determinadas por esos medios.

¿Eso quiere decir que la ciudadanía global está retomando ese poder perdido que tuvo alguna vez?

No. Un poder que nunca tuvo y que está tomando por primera vez en la historia, porque aún la Revolución Francesa fue un grupito y todos han sido grupos. Ahora es masivo y va a ser hasta el campesino, que nunca entró en nada. Estamos en un proceso de maduración de la población mundial nunca dado y va a ser en el siglo XXI.

Y más rápido de lo que muchos imaginan…

Por una parte. México quizá más lento, pero en el fondo López Obrador le apuesta a eso. A lo mejor todavía no está el momento lo suficientemente maduro, pero quizá en otros años ya lo esté. Hay que tener paciencia. Hablando del amor, el amor es paciencia. Hay un texto muy bueno de Pablo de Tarso sobre el amor, se lo voy a leer. Lo iba a llevar el otro día pero no quería escandalizar a la gente. Pero mira qué lindo texto. Es una carta de Pablo de Tarso a los Corintios I. Es quizá el texto más impresionante sobre este tema en la historia. Mira cómo dice, y a esto es para la mujer, para el hijo, para todo: “El amor es paciente, (espera, sabe esperar). Es afable. (El amor no tiene envida, te va bien, ¡magnifico!, no me entristece que andes bien). No se jacta ni se engríe, no es grosero ni busca lo suyo, no se exaspera ni lleva las cuentas del mal, (todos los errores que hiciste no los cuenta). No simpatiza con la injusticia, simpatiza con la verdad. Disculpa siempre, confía siempre, espera siempre, aguanta siempre. El amor no falla nunca. Los dichos inspirados en la gran ciencia se acabarán, las que hablan muy bien las lenguas cesarán. El saber se acabará, porque limitado es nuestro saber y limitado nuestro conocimiento. Y cuando venga lo perfecto lo limitado se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, tenía la mentalidad del niño. Cuando me hice hombre acabé con las niñerías”. En fin, ese es el amor. Pero es más fuerte todavía, mira lo que dice: “Yo puedo hablar inspirado y penetrar todos los secretos y todos los saberes. Puedo tener toda la fe y mover todas las montañas, pero si no tengo amor soy nada. Yo puedo dar limosna de todo lo que tengo y puedo dejarme quemar vivo, que si no tengo amor, de nada me sirve”. Este texto lo voy a meter en algún lado (risas).

Más que para escandalizar sería bueno difundirlo…

Sobre todo que es de Pablo de Tarso, la biblia cristiana (risas). Cuando lo lea López Obrador va a decir “oh, está bueno” y lo va a usar, ya verás, porque se lo voy a sugerir. Eso va a ser un escándalo, porque le saca el tema al PAN. López Obrador hablando como debería hablar el PAN, pero el PAN no puede hablar eso. El sin vergüenza del Calderón, siendo un cristiano no saca la ley de la sequía y deja que se mueran de hambre los campesinos, aún cuando el cristianismo dice que hay que darle de comer al hambriento. Él dejó que el hambriento se muera de hambre. La va a pasar mal el día del juicio en su propia ética. Si la cree, le va a jugar mal y si no la cree pero todavía, entonces para que se llama cristiano. El Calderón es un desastre. Entonces, le está tomando como la ética pues, se les está metiendo. Algunos dicen es demagógico. Sí, pero es real y es interesante, y además me gusta. Entonces deja de ser demagógico y a decir, “ojalá que fuera real” y entonces lo voto. Ése es el tema. Ahora el asunto es que después hay que ser fiel a ello, pero sí lo va a ser, porque es un tipo muy entregado. Lo demostró cuando era del gobierno. Se levantaba a las cinco de la mañana y a las seis ya estaban todos los periodistas dando sus informes y en todos los diarios y radios parecía la voz de López Obrador cuando era Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Era muy inteligente. Y todos los días reunía el comité de seguridad. Es un buen administrador, sabe hacer bien las cosas.

El nuevo discurso de Andrés Manuel es muy cristiano. ¿No se puede prestar a confusiones con el Estado laico?

Es muy cristiano la verdad. Ahí también hay que romper un poco. El Estado no es la iglesia y es secular, pero el Estado tiene derecho a aprender de cualquier lado, también de una religión. Confucio le dio la ética a los chinos, y el neoconfucianismo es la teoría que tiene hoy el gobierno chino, que de marxista ortodoxo dijo “no, hay que poner un poco en remojo a aquel, hay que abrirse a otras cosas” y volvió a la sabiduría china tradicional y le funcionó mejor. Entonces, no hay que tener miedo de un Estado laico, pero el cristianismo es parte de nuestra cultura y se pueden absorber elementos interesantes. No hay que tenerle miedo ni negarlo. Eso serían otros temas, pero la gente no se da cuenta que tener como imagen de una religión a un crucificado es un escándalo total, porque al crucificado ya no se le ve como tal, sino como un signo religioso. Es la silla eléctrica del imperio romano, es un rebelde, un joven muerto. ¡Espantoso! No hay ningún fundador de religión tan escandaloso. Los demás murieron de viejos: Confucio, Buda, Mahoma. El fundador del cristianismo fue un tipo interesante pero no lo saben ver y la iglesia tampoco. Mira al gordito del cardenal (Norberto Rivera), no tiene nada de semejanza con el fundador del cristianismo. ¿Usted cree que va a morir crucificado por los pobres? Primero rompe los clavos de lo gordito que está. Pero no hay que tener miedo.

¿Cómo fomentar la participación de toda la sociedad civil y que no se quede nada más entre los simpatizantes de López Obrador?

Es parte de la propaganda, del convencimiento y de la gente misma. A medida que se vaya aproximando julio… las encuestas de los precandidatos es interesante, unos tienen 40%, 30%, 20% pero el 50% de la gente está indecisa y no sabe por quién va a votar. Entonces pones el 50% a un lado y de pronto el 40% de los que dieron opinión son el 20%. El gran problema son esos indecisos, a esos apunta la cosa. Un lema como este le puede gustar a los indecisos, quienes serán los que van a decidir. Tener 10 puntos de diferencia no es muy significativo, porque en las presidenciales vota mucha gente. Algunos van a decir, vamos a lo seguro que es el PRI y otros dirán “vamos a ver si cambiamos esto”.

¿Este congreso moral representa el inicio de un nuevo pacto social?

Este grupo en específico no tanto, más bien, va a ser un trabajo como más teórico. Se van a discutir temas teóricos como qué significa una República Amorosa, qué es la justicia, el problema ecológico, la violencia, el código ético… es más teórico por ahora. Ese congreso que se va a hacer no estará a un nivel político concreto.

¿Quiénes más participan en este proceso?

Son intelectuales, filósofos, sociólogos, poetas, escritores, la gente más conocida en México como Elena Poniatowska, Laura Esquivel, gente muy reconocida. Eso también habla del compromiso.

¿Qué tan accesible es la justicia en México?

La única manera de destruir esas estructuras de impunidad es por la participación, hay que idear otras maneras. Yo siempre doy e ejemplo de un amigo paraguayo en Oslo, Noruega, que me dice “tengo que ir al juzgado”. ¿Tienes algún problema?- le pregunto. “No, he sido nombrado por la comunidad para observar al juez, entonces los lunes tengo que ir ahí, no se me paga nada, y pregunto al señor juez cómo están las cosas, a los abogados defensores, los empleados, los reos, todo”. Si no hay nada que decir, se va a su casa, pero si alguno explica que lo presionaron o le pidieron dinero, llama a una auditoría y el ciudadano puede destituir al juez. Eso es participación.

Nos han vendido la idea de que la participación se limita únicamente al voto cuando en realidad implica cosas más amplias como el consumo, por ejemplo.

Claro. Hace años se vota, luego se observa y es el tiempo del engaño. Al fin, votas por los mismos que la propaganda determinó. No, la participación debe ser semanal y tiene que haber órganos de participación en el barrio, en el Estado, donde la gente continuamente tenga presente herramientas como la revocación de mandato, que es esencial. Y es lo primero que dijeron, que la reforma del Estado no se va a dar la revocación de mandato. Sin eso no hay reforma. Revocación de mandato del presidente, senadores, diputados o jueces significa que un cierto porcentaje de ciudadanos presentan cosas y pueden destituir al juez o a un presidente. Como Hugo Chávez, que jugó esa carta y la ganó, pero pudo haberla perdido y lo destituían. Eso es participación, pero reelegir… nadie sabe lo que elige, eso sólo va a perpetuar a la burocracia. Eso no es una buena reforma pues representa más corrupción todavía, porque si la gente supiera quién es su diputado y qué decidió, la gente podría decir “no lo voto más”, como en Estados Unidos, pero aquí la gente no sabe quiénes son sus diputados y qué hicieron. ¿Cómo se van a reelegir? Lo único que van a hacer es que se van a eternizar.

¿Cómo percibe a los partidos de izquierda tan entusiasmados con métodos como las encuestas para elegir a sus candidatos?

No, eso demuestra que la izquierda también está muy corrompida. Están Los Chuchos, que son un desastre. Y ahora se están repartiendo los puestos con buenos salarios, entonces lo primero que hay que hacer es mitad de sueldo a los diputados, senadores y presidentes. Cuatro veces menos de sueldo a la Suprema Corte, como en Bolivia, donde nadie puede ganar más que el presidente Evo Morales que gana 2 mil dólares, 26 mil pesos. Nadie puede ganar más que eso. Si usted no quiere, no sea político. Y acá un juez de la Suprema Corte gana 450 mil pesos más otros beneficios.

O 700 mil pesos mensuales si eres alcalde de Tlalnepantla, en el Estado de México…

Son ladrones. Cómo un juez se puede fijar tal salario, que vaya que es injusto. ¿Cómo va a hacer justicia un juez injusto? Tendrían que darse cuenta que es desproporcionado lo que gana y no. Le gusta, se enriquece. Entonces está corrompido el poder judicial.

¿Qué opina de esta frase de los zapatistas de “el pueblo manda y el gobierno obedece” que parece causarle malestar a los partidarios de las democracias liberales?

Tengo un libro que se llama 20 tesis de política en el que hablo del poder obedencial, donde hago todo una política a partir de este concepto. El representante debe obedecer al pueblo y no mandar. Ahora, el que manda mandando es el pueblo, no el gobernante, pero manda por la participación, pero si no participa y no tiene órganos de participación no hay expresión de su mandato.

O peor aún, cuando ni siquiera el pueblo es consciente de su propio poder…

Eso es el punto de partida. Si usted toma en cuenta que el único lugar y la única sede del poder es el pueblo, no el Estado ni el gobierno, ya tendríamos la solución de todo, pero nadie lo cree. Nadie actúa en convicción. ¡Yo soy el poder!, no usted señor presidente, no usted señor policía. Usted está a mi servicio, señor diputado. ¡Obedezca al ciudadano! Una vez estaba yo tomando un avión y cuando me estaban hurgando todo, entonces yo le digo al policía, “sí, mire porque yo me obedezco a que usted esté hurgando todo”. ¿Cómo es eso?, preguntó el policía. Sí, mire, yo lo he puesto a usted para que no haya gente que nos meta una bomba en el avión y usted me obedece a mí, y yo me obedezco a mí cuando dejo que usted opere (risas). Le di todo una clase al que estaba mirando. Pero cuidado, usted me obedece a mí y por eso es que yo lo obedezco a usted, porque en realidad me obedezco a mí.

¿Esta obediencia de sí mismo debería ser el sentido último de la política?

Y el sentido ético. Por eso Evo Morales dijo “yo ejerzo un poder obedencial”. Y lo hace. En tres casos muy graves se ha tenido que echar para atrás. Pasó con el gasolinazo, con la gran carretera que iba a hacer en medio de los indígenas. Es un hombre que cuando la gente se pone en serio se sabe echar para atrás y eso es gobernar. Se tiene que ser obediente al pueblo, y eso lo siente la gente. En cambio el Calderón dice “he ordenado” como si fuera el rey. Le gusta usar esa terminología, tiene esos conceptos. Alguna vez dijo “tengo el monopolio del poder”. Yo le respondí en un artículo en La Jornada, diciendo que tener el monopolio del poder se llama dictadura. Y digo, como estudió en la universidad patito ni sabe lo que dijo. No tiene el monopolio del poder, tiene el monopolio del ejercicio de la coacción legítima, que es otra cosa.

Como diría Max Weber…

La coacción, pero la coacción que todos hemos acordado que hay que cumplir al que no cumpla con lo que hemos decidido. Si hemos decidido y alguien no lo quiere hacer, tenemos que decidir qué hacer con el que no hace esto. Entonces podemos decir que un policía lo va a obligar a hacerlo y ese policía obra legítimamente porque el Estado tiene el monopolio de la coacción legítima que los ciudadanos han decidido. Pero eso no es el monopolio del poder, vaya tontera. Al equivocarse en su formulación muestra cómo piensa.

¿Esa es la gran importancia de reposicionar a la ética como un tema fundamental para devolverle el poder al ciudadano?

Totalmente. Los principios éticos son constitutivos de la política. ¿Pero cuáles? La afirmación de la vida, hay que comer. Todo debe ser fruto del consenso simétrico de los afectados, ese es el principio democrático. Y también hay que hacer las cosas posibles. Esos son los tres principios éticos. Con eso usted tiene un político fantástico que piensa en afirmar la vida del pueblo en lugar de su riqueza y egoísmo, está habituado a que todo lo que hace lo hace pro consenso, no porque se le ocurre, y luego hacer cosas posibles para lo cual se necesita tener buenos asesores. Son principios éticos pero también políticos. Ese es el tema de la ética, lo demás es egoísmo, corrupción, utilizar el poder para enriquecerme, para extorsionar sexualmente a mis subordinados.

¿Cómo se puede entender este enfrentamiento entre López Obrador y el zapatismo?

Más bien todo lo contrario, cómo se puede explicar uno que el zapatismo se enfrente a López Obrador, porque él nunca se opuso al zapatismo. Fue un error estratégico del Sub Marcos.

Y sigue siendo, porque hasta hace unas semanas todavía volvió a cargar contra Andrés Manuel.

Sí, pero con mucha sabiduría política Andrés Manuel no le responde y eso es lo que hay que hacer.

Incluso el Sub Comandante llegó a mencionar que el discurso amoroso de López Obrador estaba más cerca de Gaby Vargas que de Alfonso Reyes. ¿Qué opinión le merece esto?

La verdad es que el concepto de la República Amorosa es un concepto casi vacío que hay que llenarlo de contenido y lo va a llenar la gente en un horizonte interesante, positivo. Eso es lo bueno. No es un concepto elaborado, sino un concepto horizonte. Si se le pide precisión (a López Obrador) él va a decir, “que el pueblo lo precise”. Es como Hugo Chávez y su concepto del socialismo de siglo XXI, ¿Qué significa eso? Ya se irá viendo. Nadie sabe lo que es, pero está bien que no se sepa. Pero se sabe que no es capitalismo y que no es el socialismo del siglo XX. Esto no es ni violencia ni nada. ¡Es amor! Es ambiguo, es ingenuo, pero también un horizonte interesante para iniciar una discusión. Si le pido mucha precisión uno no se da cuenta del significado político que tiene esto. Entonces el Sub se plantea esto más como un teórico que como un político. Él es el líder de un proceso a largo plazo, pero López Obrador va a corto plazo, ocupar el poder y arreglar un poco las cosas de como están. El Sub seguirá trabajando a largo plazo y eso está muy bien, por eso es que no deberían oponerse. El mismo Sub debería decir “bueno, López Obrador es un político que intentará cierto patriotismo nacionalista, no es un revolucionario”. López Obrador no lo quiere ser ni lo puede ser, pero es mejor que los que están. Lula tampoco fue un revolucionario y sin embargo mejoró un poco la cosa y dio más ámbito para construir cosas mejores. Estamos en eso, en crear ámbitos de centro izquierda, no de extrema izquierda. Hay que ser un poco realistas, no dan para más las cosas pero es suficiente.

Aunque siempre los gobiernos que se anuncian como centro izquierda terminan gobernando como la derecha.

No, pero esos son los socialdemócratas, porque esa socialdemocracia es una centro derecha con disfraz de izquierda. Por eso el Zapatero, Blair son un desastre. Son peores, porque aparecen como izquierda cuando son derecha. Esto no, esto es realmente izquierda, nacionalista, popular, no populista. No hay que pedirle demasiado pero ya es mucho que lo logre, porque los que tenemos están mal. Ante lo mal que estamos eso otro vendría fantástico. Es un realismo crítico.

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