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Las revoluciones burguesas, una perspectiva histórica desde la mirada de Eric Hobsbawm

Todo poder excesivo dura poco”.

Lucio Anneo Séneca

 

REVOLUCIONES

Tras el desgaste del aparato absolutista, la aparición de las primeras revoluciones burguesas marcaron de forma significativa la historia de occidente. Esto representó un cambio radical en las estructuras políticas y económicas del mundo.

Dentro de este contexto, los aportes del historiador británico Eric Hobsbawm, pensador de corriente marxista, aporta una serie de elementos que permiten entender lo ocurrido con la construcción de las primeras Repúblicas modernas, tal como lo ha expresado en su libro ‘Las revoluciones burguesas’.

Quizá la aportación más importante del autor en este sentido es el haber establecido dos factores esenciales como ejes de dichos movimientos revolucionarios: la política y la economía, siendo dos de las principales potencias de la época, Francia e Inglaterra, las cunas en donde se gestarían los primeros cambios de una sociedad europea en busca de la modernidad.

Por ello, tanto la revolución francesa en lo político como la inglesa en lo económico, representan los dos acontecimientos más influyentes en la configuración de una nueva sociedad que desbanca al “antiguo régimen” y marca el inicio de una nueva era que a su vez daría pie a la creación de nuevas formas de organización social.

Desde el inicio, Hobsbawm quiere hacer notar la paulatina y creciente aparición de fuerzas que irían dotando a la nueva sociedad burguesa de diversas herramientas ideológicas y prácticas que lentamente irían forzando a la clase dominante a ceder el poder. Así lo ha dejado en claro al referir que estos nuevos elementos sociales se constituían esencialmente como “las fuerzas e ideas que buscaban la sustitución de la nueva sociedad triunfante”, materializando todos estos esfuerzos y llevándolos a sus últimas consecuencias a través de la reacción: el levantamiento armado y la justificación de la fuerza como una medida válida para tomar el poder y revertir los abusos de la clase gobernante. Esto sentó un referente único dentro de la historia moderna.

Sin embargo, para poder explicar la forma en que se fueron dando estos procesos, el autor hace una exhaustiva revisión de la situación que atravesaban las diversas clases sociales de la época, centrándose principalmente en las bases sociales de la colérica masa reaccionaria que terminaría por cambiar el rostro del sistema político. Estos dos grupos son el sector campesino y la naciente clase obrera.

El juicio general que le merece a Hobsbawm el panorama agrario es el de una minoritaria clase dominante, constituida en poco menos que casta cerrada, que se aprovecha del cultivador. Clase dominante que se constituye por la propiedad del medio de producción, la tierra.

“La condición de noble e hidalgo (que llevaba aparejados los privilegios sociales y políticos y era el único camino para acceder a los grandes puestos del Estado) era inconcebible sin una gran propiedad”. Completa el cuadro general con una baja nobleza, que según apunta el inglés, no constituye una clase media, sino un sector de la alta que comparte, si no su riqueza, sí su mentalidad al referir que “además de los magnates, otra clase de hidalgos rurales, de diferente magnitud y recursos económicos, expoliaba también a los campesinos”.

Sin embargo, Hobsbawm advierte que estas características generalizadas en prácticamente toda Europa Occidental, habían perdido empuje desde hacía algún tiempo en el seno social de Francia e Inglaterra.

Así lo manifiesta al declarar que “la sociedad rural occidental era muy diferente. El campesino había perdido mucho de su condición servil en los últimos tiempos de la Edad Media, aunque subsistieran a menudo muchos restos irritantes de dependencia legal”.

Las ideas de la ilustración, la aparición de la ciencia y las aportaciones ideológicas de diversos pensadores políticos de la talla de Maquiavelo, Hobbes o Descartes, fueron un antecedente importante para entender cómo fue que se empezó a producir un cambio de mentalidad en la Europa de aquella época. Estas ideas, que cuestionaban el poder absoluto y abogaban por una reconstrucción del sistema político, fueron permeado con fuerza al interior de la sociedad, sentando los cimientos de la ideología que habrían de asumir los líderes de la Revolución Francesa para finales del siglo XVIII.

Por ello, Hobsbawm cree que Francia era el terreno más propicio para que floreciera una revolución social como la que se venía gestando. Ante esto, el investigador inglés ha afirmado que “el conflicto entre el armazón oficial y los inconmovibles intereses del antiguo régimen y la subida de las nuevas fuerzas sociales era más agudo en Francia que en cualquier otro sitio”.

Entre las principales causas que explican la ascenso al poder de la burguesía esta “su fuerza, y ante todo, el evidente progreso de la producción y el comercio”.

Si bien la organización política de Francia osciló entre república, imperio y monarquía durante 71 años después de que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del absolutismo y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, y en algunas ocasiones las masas populares, se convirtieron en la fuerza política dominante en el país. La revolución socavó las bases del sistema monárquico como tal, más allá de sus estertores, en la medida que le derrocó con un discurso capaz de volverlo ilegítimo.

Por otra parte, en el segundo capítulo, el autor analiza el despertar de la industrialización en la Gran Bretaña y su desarrollo hasta la mitad del siglo XIX. De este modo esquemático, puede decirse que abarca la etapa en que la industria del algodón y la aparición del ferrocarril fueron los detonantes de la Revolución Industrial. De este periodo, Hobsbawm considera que “por primera vez en la historia humana, se liberó de sus cadenas al poder productivo de las sociedades humanas”, lo cual resulta un tanto exagerado si se toma en cuenta que la capacidad de producción del hombre no dejó de ser explotada por una minoría.

La economía basada en el trabajo manual fue reemplazada por otra dominada por la industria y la manufactura. La Revolución comenzó con la mecanización de las industrias textiles y el desarrollo de los procesos del hierro. La expansión del comercio fue favorecida por la mejora de las rutas de transportes y posteriormente por el nacimiento del ferrocarril. Las innovaciones tecnológicas más importantes fueron la máquina de vapor y la denominada Spinning Jenny, una potente máquina relacionada con la industria textil. Estas nuevas máquinas favorecieron enormes incrementos en la capacidad de producción. La producción y desarrollo de nuevos modelos de maquinaria en las dos primeras décadas del siglo XIX facilitó la manufactura en otras industrias e incrementó también su producción.

Para Hobsbawm, la transformación del comercio juega un papel decisivo en la forma en que la naciente burguesía industrial se hace del poder. El comercio interior pasa de comercio de feria a un mercado nacional integrado, debido a la desaparición de las aduanas interiores, el aumento de la demanda y la mejora de los transportes. El comercio exterior también benefició el progreso de la industria.

Asimismo, la Revolución Industrial determinó la aparición de dos nuevas clases sociales: la burguesía industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores).  Se los llamaba proletarios porque su única propiedad era su prole, o sea sus hijos, quienes, generalmente a partir de los cinco años, se incorporaban al trabajo.

En otras palabras, podría decirse que Hobsbawm considera que el desarrollo de la Revolución Industrial en Inglaterra respondió a una combinación particularmente favorable de múltiples factores. Uno de ellos fue la transformación que desde el siglo xv se venía produciendo en el ámbito rural al permitir el crecimiento de un sector dentro de la sociedad. Otro factor importante fue la formación de un mercado interno unificado. La expansión colonial es considerada decisiva en este proceso pues proporcionó mercados muy dinámicos que estimularon la producción manufacturera.

En el mismo tono, el Estado tuvo también un rol protagónico, no sólo como defensor de los intereses de comerciantes y productores, sino también como consumidor de la producción manufacturera.

 

Conclusiones

El balance de todo este periodo es, para Hobsbawm, la creación de una “fuerte clase media de pequeños propietarios, políticamente avanzada y económicamente retrógrada, que dificultará el desarrollo industrial, y con ello el ulterior avance de la revolución proletaria”. Han transcurrido muchos años, y con ellos la industrialización francesa, pero la augurada “revolución proletaria” ha sido lo que no ha avanzado. La visión de un acontecimiento histórico desde una perspectiva cargada de prejuicios motivados por razones ideológicas, sólo puede desembocar en una apreciación parcial con juicios erróneos, y a unas conclusiones que la misma Historia se encarga de desmentir.

Las conclusiones a las que llega el autor son dignas de una revisión más profunda. En términos generales, la tesis final de Hobsbawm señala que el período de las revoluciones burguesas cumple la función de preparar el terreno para las revoluciones proletarias de 1848, con la llegada del marxismo. Por una parte, porque “las condiciones de vida de las masas les impulsaban inevitablemente hacia la revolución social”, ya sea por odio a la riqueza o el utópico anhelo de un mundo mejor. Por otra parte, porque “el gran despertar de la Revolución Francesa les había enseñado que el pueblo llano no tiene porqué sufrir injusticias mansamente”.

Hobsbawm quiere así considerar a las masas populares como el auténtico protagonista que subyace en los acontecimientos estudiados. El pueblo llano no es visto como instrumento, sino como protagonista. “Suya, y casi sólo suya fue la fuerza que derribó los antiguos regímenes desde Palermo hasta las fronteras de Rusia”, según explica.

Sin embargo, y aunque hace un extenso análisis de los hechos principales del Periodo del Terror que se vivió en Francia tras la revolución, el autor parece no darle importancia suficiente a los líderes sociales como catalizadores de los movimientos sociales que produjeron cambios importantes en la época.

Tal parece que la importancia más trascendente de este análisis de la historia realizado por Hobsbawm radica en que el investigador inglés ve en estas revoluciones la fuerza impulsora de la tendencia predominante hacia el capitalismo liberal de hoy en día.

::.

(Texto de 2009 rescatado de los archivos)

La vocación antidemocrática de la derecha

Por definición, la derecha tiene una profunda convicción antidemocrática. Basta con revisar el origen del término para confirmar la hipótesis. La derecha como ideología política surge formalmente como consecuencia de la Revolución Francesa y la creación del parlamento, en cuya sede, los sectores más conservadores que defendían los privilegios de la monarquía y la aristocracia ocupaban el ala derecha del recinto mientras los sectores progresistas que promovieron el cambio de régimen se ubicaban a la izquierda. Desde entonces, la derecha se identifica por su resistencia al cambio y por defender los intereses de las élites encumbradas en lo más alto del poder político, tal como lo apunta el sociólogo Robert M. MacIver en su texto The Web of Government:

La derecha siempre es el sector de partido asociado con los intereses de las clases altas o dominantes, la izquierda el sector de las clases bajas económicamente o social y el centro de las clases medias. Históricamente este criterio parece aceptable. La derecha conservadora defendió prerrogativas, privilegios y poderes enterrados: la izquierda los atacó. La derecha ha sido más favorable a la posición aristocrática, a la jerarquía de nacimiento o de riqueza; la izquierda ha luchado para la igualación de ventaja o de oportunidad, y por las demandas de los menos favorecidos. Defensa y ataque se han encontrado, bajo condiciones democráticas, no en el nombre de la clase pero sí en el nombre de principio; pero los principios opuestos han correspondido en términos generales a los intereses de clases diferentes[1].

Esto explica la resistencia histórica de la derecha hacia la consolidación de la democracia, una forma de gobierno que posiciona al pueblo como referente único del poder político y la soberanía del Estado nación. Un sistema político que, por definición, está en contra de los intereses que defiende la derecha, fincados en una tradición de privilegios heredada generación tras generación.

Por ello, no es de extrañarse que en Occidente la derecha esté íntimamente vinculada a la iglesia (católica o protestante), una de las instituciones clave en la legitimación de las monarquías que gobernaron el mundo desde la época medieval, así como a una pujante burguesía que terminaría apoderándose de muchos privilegios de la nobleza a partir de la concentración de riqueza derivada de la apropiación de los medios de producción capitalistas.

Con la construcción del proyecto de modernidad como referente inequívoco del mundo occidental, la burguesía consolidó su poder político controlando un complejo engranaje institucional que soportaba la idea del Estado, incluyendo por supuesto, el control de las estructuras gubernamentales.

Lo anterior permite entender cómo es que los grandes dueños de la economía se convirtieron en los poderes de hecho, también llamados fácticos, capaces de quitar y poner a su antojo a gobernantes que facilitaran y protegieran sus intereses aún a costa de los interés público. Un contrasentido a lo que se supone deberían defender los sistemas democráticos.

Fue así que la economía tomó como rehén al Estado. Los grandes capitalistas infiltraron a sus subordinados en el gobierno para salvaguardar un régimen de privilegios que poco o nada tiene que ver con aquellos principios de “libertad, igualdad y fraternidad” que enarbolaba en su inicio el discurso revolucionario francés de 1789.

Con el triunfo del liberalismo económico al paso de los siglos siguientes, la democracia representativa terminó por convertirse en una máscara cuyo objetivo era ocultar en las sombras a los verdaderos actores involucrados en la toma de decisiones.

A partir de entonces, los industriales y la nueva clase empresarial que despegó de manera vertiginosa a partir de la Revolución Industrial construyeron un andamiaje político que les permitiera ejercer un control sobre los sectores sociales más pobres para acumular riqueza mediante la explotación laboral. La derecha se identificó a partir de este momento, como enemiga declarada de los sindicatos y cualquier forma de asociación que atentara contra el dominio hegemónico de las élites, toda vez que una verdadera democracia representa siempre una amenaza directa para cualquier oligarquía.

Esto explica cómo es que a partir de las revueltas populares que surgieron en la primera mitad del siglo XX en países como México, China o Rusia, movimientos sociales cuyo motor fueron precisamente los sectores campesino y obrero, se convirtieron en un peligro para los intereses de los grandes capitalistas. Con el advenimiento de dos guerras mundiales producto de las tensiones entre el liberalismo económico y el fascismo (dos matices del pensamiento conservador de la época), la Guerra Fría terminó dividiendo el mapa geopolítico del mundo en dos grandes bloques: la derecha representada por el American way of life y las políticas de libre mercado fomentadas desde las potencias occidentales, por un lado, y la conquista del proletariado en cuanto al control de los medios de producción representados por los países soviéticos, por el otro.

Estas polarizadas visiones del desarrollo generaron una serie de conflictos armados en distintas partes del globo terráqueo que a su vez radicalizaron las tensiones históricas entre las derechas y las izquierdas.

Sin embargo, la reconfiguración de la derecha a partir Consenso de Washington y la definición del proyecto neoliberal (acordado por los presidentes de Estados Unidos, Reino Unido y Alemania Occidental, Ronald Reagan, Margaret Tatcher y Helmut Kohl, respectivamente), así como el derrumbe de la Unión Soviética y la inminente caída del Muro de Berlín, significaron el triunfo momentáneo de los neoconservadores y un periodo de estabilidad política que incluso provocó la exaltación estúpida de intelectuales de derecha como Francis Fukuyama, quien incluso llegó al punto de declarar que el triunfo del liberalismo sólo podía significar “el fin de la historia” y la muerte de las ideologías, dando por terminada la disputa entre derecha e izquierda.

Una propuesta que, además de ridícula, resultó terriblemente equivocada, tal como lo demostraría algunos años más tarde el auge de la izquierda en Sudamérica y la crisis económica de 2008, misma que provocó una serie de protestas globales de grandes sectores sociales que empezaron a criticar de manera profunda las bases estructurales del sistema económico vigente en todo el planeta una vez que la complicidad entre los gobiernos y los grandes capitales a costa del interés público se fue haciendo cada vez más evidente con el rescate de los bancos a costa del erario de los países europeos. Una reedición de aquello que los mexicanos vivimos con el Fobaproa y el rescate bancario que el gobierno de Ernesto Zedillo construyó junto con los partidos de derecha a mediados de los años 90. Una medida que en su momento sería aplaudida por organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial y que hoy, a casi 15 años de distancia, sigue aplicándose como receta para mantener los equilibrios macroeconómicos de manera impune.

¿Cómo es posible que el Estado convierta en deuda pública el rescate de bancos privados? ¿Por qué los ciudadanos tienen que pagar por los errores de los banqueros sin hacerlos partícipes de la bonanza financiera? Preguntas sin respuesta que evidencian las profundas contradicciones de las democracias liberales y sus descarados intentos por defender el interés privado aún a costa del interés público. Prueba fehaciente de que tras la máscara democrática se esconde un sistema oligárquico, es decir, un gobierno de minorías que concentra el poder político en pocas manos.

Norberto Bobbio, el gran politólogo italiano y quizá el más grande teórico del Estado del siglo XX, sugiere que esta psicosis surge a partir de una dicotomía entre lo público y lo privado. Para Bobbio, estas diferencias en términos de propiedad, con su respectivo impacto en el ámbito de lo social, puede representarse a través de dos identidades colectivas: el ciudadano (defensor del interés público) y su contraparte, el burgués (defensor del interés privado). De ahí que Bobbio señale de manera puntual que cualquier definición teórica del Estado como forma de organización social, tenga que partir forzosamente de establecer límites concretos entre lo público y lo privado.[2]

Esta interpretación de Bobbio permite ejemplificar a la perfección las profundas diferencias entre izquierda y derecha en términos de ideología política. La izquierda como referente del interés público y la derecha como defensora de la propiedad privada.

Y si entendemos a la democracia como una forma de gobierno cuya principal característica es que la titularidad del poder político reside en la totalidad de los miembros que conforman un grupo social en lo referente a la toma de decisiones, el problema plantea una contradicción profunda entre las ideologías de derecha y los sistemas democráticos.

Por eso encontramos en la actualidad, países con una incipiente cultura democrática en los cuales existe una fuerte resistencia de la derecha a la hora de impulsar reformas legislativas como el referéndum, plebiscito o revocación del mandato, instrumentos legales que permiten a los ciudadanos tener un mayor control sobre el gobierno y un mayor peso en la toma de decisiones. En el mismo tono, la derecha como bandera ideológica de los oligopolios se ha caracterizado por criticar medidas como las políticas de desarrollo social, cuyo fin último busca detener la creciente brecha de desigualdad entre ricos y pobres, medidas que los grupos conservadores suelen calificar de “populistas”, término absurdo con el cual se evidencia el carácter antipopular (y por ende antidemocrático) de la derecha.

No es de extrañarse que, por ejemplo, la derecha busque impulsar reformas legales que atenten contra los derechos laborales de las clases trabajadoras con el objetivo de beneficiar a grupos minoritarios aún cuando esto resulte perjudicial para las mayorías.

Esto plantea un problema de fondo para los sistemas que se autodenominan como democráticos, ya que la manera en que la oligarquía ha tomado como rehén a las instituciones de representación política para convertir al gobierno en un lucrativo negocio, tal como puede observarse en el modo en que las élites cuentan con sus propias bancadas en el poder legislativo, ha derivado en una profunda crisis de legitimidad. ¿Puede llamarse democracia a un régimen donde son las minorías las que deciden aún en contra de la voluntad de las mayorías? No. Y esto es precisamente lo que intenta disfrazar el discurso de los grupos conservadores, obstinados en no ceder sus privilegios aún a cambio del bien común.

La derecha como ideología política atenta contra los principios mismos sobre el que se sustenta el discurso democrático. Si bien es cierto que la democracia también significa respetar la diversidad de opiniones, también es cierto que la democracia debe privilegiar el interés público por encima de los intereses privados.

Por ello, la construcción de un auténtico régimen democrático hace indispensable acabar con el individualismo vicioso con el que operan los mercados de este capitalismo salvaje de todos contra todos. A medida que logremos elaborar como sociedad una noción más acabada de lo que significa el bien común, y lo que implica, los sistemas democráticos irán madurando paulatinamente hasta llegar al día en que el pueblo mande y los gobiernos obedezcan, como dicen los zapatistas. Mi bienestar no puede justificarse nunca a través del sufrimiento de los otros. Todos estamos conectados en esta inmensa red social, y por ello, mi bienestar sólo puede ser posible con el bienestar de los demás. Sólo cuando el pueblo adquiera conciencia de sí mismo y actúe como un todo, podremos hablar de democracia. Lo demás, es politiquería.


[1] Seymour Martin Lipset. Political man: the social bases of politics. Nueva York, Estados Unidos. Doubleday, 1960, p. 222.

[2] Norberto Bobbio. Estado, gobierno y sociedad: por una teoría general de la política. Fondo de Culura Económica. México, 2010.

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