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Las relaciones de poder para principiantes: Foucault, Gramsci y Hegel

Dos de los grandes pensadores de todos los tiempos en torno al fenómeno del poder, en versión para novatos. Un par de videos introductorios a la obra de Michel Foucault, Antonio Gramsci y Hegel. Para comprender un poco mejor el mundo caótico y violento en que vivimos, donde los aparatos de control se enfrentan a la rebelión de la conciencia.

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Hacer la revolución es recobrar la dignidad perdida

En la clase de hoy, a partir de la biografía que escribió Friedrich Katz sobre Pancho Villa, salió la discusión de si el pragmatismo y falta de definición ideológica del Centauro del Norte eran motivos suficientes para considerar a Villa un revolucionario o un restaurador del régimen agrario poscolonial. El apunte del profesor Adolfo Gilly me dió mucho en qué pensar. “La revolución es una explosión contra la humillación”, resaltó Gilly. Comprendí una cosa: toda revolución es un intento de recobrar la dignidad perdida. En México no habrá revolución posible hasta que no recuperemos la dignidad y dejemos de actuar como servidumbre de la corruptocracia. Y para ello, es necesario asumir el deber moral de transformar la realidad a través de nuestras acciones. Hagamos la revolución desde el sitio que nos corresponde a cada quien.

  

El cerebro social

Leyendo El error de Descartes, un libro de neurociencia escrito por Antonio Damasio, resulta muy claro cómo las conexiones que establece cada neurona con el resto son determinantes para explicar el buen funcionamiento del cerebro. En el cerebro existen comunidades de neuronas en las que cada una juega un papel específico en las funciones cerebrales. Y dentro de cada comunidad, cada neurona puede establecer un número de conexiones variable, entre 1,000 a 6,000 sinapsis con otras neuronas. Es decir, que el funcionamiento del cerebro depende de qué tan bien están conectadas unas neuronas con otras. Del mismo modo, el cerebro se conecta con el resto del cuerpo a través del sistema nervioso. Por eso Damasio considera que la mente se construye a partir de la relación entre el cuerpo y el cerebro. El cuerpo no es un ente ajeno a la mente, sino parte de la misma. De ahí que los sentimientos jueguen un papel elemental en la toma de decisiones racionales. La metáfora cerebral puede aplicarse perfectamente a lo social.

El bienestar de todo grupo social depende de la manera en que se desarrollan las interconexiones entre sus integrantes. Pero resulta que en el modelo civilizatorio actual, la comunidad está rota. Las neuronas se conectan entre sí a un nivel mínimo. La gente en las ciudades no conoce a sus vecinos. Somos un cerebro disfuncional. A medida que nosotros como neuronas, tengamos capacidad para conectarnos con otras, podremos hacer sinapsis de manera más efectiva. Una revolución es eso: un cambio de conciencia que se va construyendo de manera colectiva. De ahí que tender puentes con una amplia diversidad de personas es la clave para lograr un cambio profundo. Si el mundo no es algo material, sino una relación de cosas, la manera en que nos relacionamos con las cosas determina al mundo.

Todos los seres vivientes de este planeta estamos conectados unos con otros, del mismo modo en que la vida está conectada a su medio ambiente. Entender la relación que tenemos con los demás, es la clave para el despertar. Por eso dicen los hindúes que para develar el velo de maya, el mundo de las ilusiones, es necesario acabar con la ilusión de la separación. Despertemos juntos de esa ilusoria separación que divide al ser humano en ricos y pobres, buenos y malos, blancos y negros. El desarrollo del espíritu solo puede darse cuando nos reconectamos con la fuente, es decir, cuando nos sentimos conectados con todas las cosas que construyen el mundo. Dejemos atrás el aislamiento patológico de la modernidad. No hay necesidad de aferrarnos a la soledad. Entender la manera en que nos relacionamos con todas las cosas (la manera en que comemos, vestimos, pensamos, sentimos, hablamos…) determinará el mundo en que vivimos. Investiguemos la manera en que nos relacionamos con los demás, la manera en que nos sentimos ante determinadas circunstancias de la vida y proyectemos ese conocimiento interno hacia afuera, hacia los otros. De ahí que la empatía y la compasión sean las claves para transformar al mundo.

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Cómo quemar a un presidente ilegítimo en tiempos de represión

Tras casi dos meses de protestas en las calles por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el descontento contra el gobierno mexicano sigue subiendo. La marcha del pasado 20 de noviembre fue un claro ejemplo de ello. Y a mismo tiempo que se multiplican las protestas en México y el mundo, también se multiplica la represión de un Estado desbordado por la corrupción. El último recurso de un podrido régimen para tratar de mantener el control a través de la violencia y la coerción, justo en un momento donde el escándalo por la indignante mansión de 7 millones de dólares propiedad del presidente Enrique Peña Nieto y su esposa, la actriz, Angélica Rivera, han salido a la luz en el momento exacto para evidenciar aún más la corrupción al interior del actual gobierno. Y a todo esto, les comparto un video sobre cómo quemar un presidente ilegítimo -con nariz de payaso y manos llenas de sangre- justo en medio de la noche. Una metáfora poderosa, cortesía de los estudiantes de Posgrado de la UNAM, donde la infamia del presidencialismo mexicano quedó reducida a cenizas. La revolución es inevitable. #ArdePeña

 

La revolución de la conciencia

Un meme sobre la necesidad de emprender una revolución a partir de un cambio radical en la mente. Si la sociedad es una proyección mental, cambiando nuestra mente y nuestra conciencia podremos generar un cambio sobre el mundo. Aquí una breve explicación en voz de uno de los más grandes sabios del siglo XX: Jiddu Krishnamurti.

Revolucion

El golpe contra el IPN y la urgencia revolucionaria

Los estudiantes se defienden con argumentos y tomando las calles de manera pacífica ante el golpe del régimen contra el Instituto Politécnico Nacional (IPN). No conformes con entregar la industria petrolera a los intereses extranjeros, este régimen controlado por miserables vendepatrias, ahora pretende desmantelar instituciones educativas para que las empresas extranjeras, amparadas en la reforma laboral aprobada por el PRI y el PAN, y la reforma educativa (un logro calificado como “histórico” por lo más selecto del PRD y su celebrado Pacto por México), puedan contar con mano de obra barata.

Solo un puñado de infames como los que ostentan el poder gubernamental son capaces de deteriorar la educación universitaria de su gente para que el capital extranjero y el gobierno corrupto acumule ganancias millonarias a partir de la explotación laboral, sueldos miserables y el sufrimiento de millones.

A grandes rasgos, los estudiantes plantean que la reforma del IPN desmantela el principio público con el que se fundó la institución para convertirse en una fábrica de mano de obra barata para la iniciativa privada a partir de modificaciones sustanciales al plan de estudios y otros candados legales que abren la puerta a un manejo cada vez más discrecional de la institución. Esto ha sido una constante en el actual régimen: fomentar la discrecionalidad para facilitar la corrupción y el control político. Ahí están los resultados de sus reformas estructurales y su dichosa “competitividad”. Así es la educación en los tiempos del autoritarismo jurásico recargado. Por supuesto, no tardará el linchamiento mediático contra los estudiantes conforme el descontento siga creciendo. La mediocracia cortesana y aplaudidora (empezando por las televisoras) no tardará en descalificar la protesta estudiantil. El gobierno, por su parte, ha asegurado que van a postergar la crisis aplazando la aprobación del reglamento, evidenciando que apostarán por una estrategia de desgaste.

El anuncio se da paralelamente a otra crisis al interior del gobierno federal: la matanza de 22 personas a manos del ejército en Tlatlaya y el “encubrimiento” del caso por parte de las autoridades gubernamentales y la siempre omisa Comisión Nacional de Derechos Humanos (la misma institución que dejó impune al gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, por el asesinato de un niño de 13 años con una bala de goma a manos de la policía estatal). Esto, aunado a los múltiples casos de impunidad acumulados durante el pasado reciente, el aumento de la delincuencia común y los asesinatos en el país, así como el creciente clima de encono social por la falta de oportunidades laborales y educativas, así como un pobre crecimiento de la economía mexicana, son factores dignos de tomar en consideración a la hora de describir el explosivo coctel que pareciera estar gestándose en las entrañas de la sociedad mexicana.

Necesitamos una revolución de la conciencia para detener a esta gente y su obsesión idiota de realizar sus ambiciones personales a costa del sufrimiento de millones. La sociedad mexicana no puede permanecer indiferente a lo que está sucediendo. Cabe resaltar que el gobierno será el único responsable si la violencia se llega a derramar en las calles el próximo 2 de octubre, cosa que deseo desde lo más hondo de mí, se pudiera evitar. Justamente por eso es urgente construir un proyecto revolucionario: para evitar que la sangre se derrame por las calles en un acto de legítima defensa ante la ambición desmedida de las élites. Debemos construir un proyecto de país que garantice la justicia social y acote a su insaciable élite político-empresarial.  ‪#‎TodosSomosPolitécnico‬

Algunos links con información sobre el origen de la crisis, pueden consultar:

¿Qué pasa en el IPN? ¿Por qué protestan los estudiantes?

Siete aspectos que debes conocer sobre el nuevo reglamento del IPN

Flor de maguey: la esperanza revolucionaria

Todos los pueblos requieren mitos fundadores para darle cohesión y sentido a su propia narrativa, su propia historia. Todo mito se mantiene en el tiempo a través del ritual, esa recreación mítica de la realidad que se reafirma en el imaginario colectivo. El mito sobre la fundación de México, cuya historia comienza con el llamado a las armas por parte de un clérigo rebelde, está vacío de sentido. ¿Independencia? ¿Libertad?

Un pueblo oprimido por la podredumbre de sus gobernantes y el servilismo complaciente de su gente son incapaces de evocar el espíritu liberador de su propia mitología nacional. Atados de pies ymaguey manos, cercados por la corrupción y la ignominia como sinónimos de progreso, la libertad como anhelo de autorrealización es incompatible con este régimen de vendepatrias alimentado por la ambición y la avaricia.

El relato mítico sobre el origen de México como nación independiente pierde completamente su sentido para convertirse en parafernalia hueca, el símbolo perfecto de la patología esquizofrénica que padece este país de todos contra todos. Todo ritual sin espiritualización se convierte en repetición idiota convertida en instrumento de manipulación. Esta dolorida patria necesita una revolución, es decir, una nueva interpretación de su propio relato. De ahí la importancia que tiene inventar nuevos héroes capaces de revertir estos tiempos de oscuridad y perversión. Yo por mi parte, tan indispuesto a celebrar el cumpleaños mórbido de esta patria en estado mórbido, escribo desde ese dolor íntimo y subterráneo que aflora el día de hoy, en la víspera de un yermo 16 de septiembre, sin renunciar al sueño de una patria libre donde para todos sus habitantes encuentren la posibilidad de realizar sus anhelados sueños.

Hay que fortalecer al espíritu para resistir esta realidad aplastante que nos acecha con el cuchillo siempre dispuesto. Por eso aprovecho días como hoy para soltar la pluma y dejar que las palabras que emanan del alma vayan encontrando su propio cauce para ir confeccionando poco a poco esta nueva narrativa revolucionaria capaz de matar a ese monstruo frívolo y ambicioso que se ha tragado a mi país.

En tiempos aciagos como estos, no hay acto más patriota que el de reconstruir la esperanza entre escombros, la esperanza de que las cosas pueden mejorar para todos si así nos lo proponemos. Materializar ese sueño de libertad requiere una voluntad a prueba de balas. Hay que vencer al monstruo que habita dentro de nosotros para dejar que el corazón eche raíces en la tierra y se eleve hasta el cielo como la flor del maguey. Ese es el sueño vívido que me motiva a seguir remando a contracorriente. Tengo una fe absoluta en que este maguey que regamos día con día, tarde o temprano florecerá. La algarabía tomará las calles para ahuyentar la podredumbre. La risa y el baile recobrarán el sentido extraviado. Es el sueño prohibido de una patria llena de vida.

Revolución o dictadura: la disyuntiva que se dibuja en el México actual

La crisis política y social que vive México ha alcanzado niveles que tienen al país al borde de una guerra civil. No es una exageración. Es una posibilidad latente, debido a una profunda crisis estructural al interior del actual régimen. Por ello, los alcances de los grupos de autodefensa de Michoacán resultan un tema particularmente incómodo para el gobierno mexicano, pues además de desnudar su ineptitud el asunto ha puesto en evidencia la inviabilidad del actual régimen y el Estado fallido con el que administran la desgracia de millones.

El Estado, según la corriente contractualista encabezada por Hobbes, surge de un contrato social en el que los ciudadanos ceden al Estado su legítimo derecho a defender su vida a cambio de que dicho ente garantice la seguridad de los ciudadanía a través del monopolio del uso legítimo de la coacción. La legitimidad de dicho uso legítimo de la fuerza es regulado a través de un contrato social materializado en la Constitución y plasmado en un sistema legal y jurídico que garantice cierto nivel de convivencia social. De ahí que el dichoso Estado de derecho (que tanto le gusta citar a nuestra ignorante clase política) es aquel que se rige por un sistema de leyes e instituciones ordenado en torno de una Constitución, regulando el funcionamiento de los funcionarios públicos y manteniendo un cierto equilibrio de poder entre los diversos grupos sociales que conforman una nación. Estas son las bases sobre las que se construye el pacto social entre el Estado y la ciudadanía. Todo lo que no ocurre en el México de hoy.

De ahí que la tesis del Estado fallido mexicano resulte tan contundente a la hora de describir la crisis institucional que enfrenta actualmente el país. El pacto social está roto, tal como sugieren los analistas serios (que rara vez aparecen en las primeras planas de la mediocracia nacional). Esto se debe a que el pacto social construido durante la Revolución Mexicana y plasmado en la Constitución de 1917 —el cual permitió la industrialización del país y un crecimiento sostenido de la economía del país de 1940 a mediados de la década de 1970, época del llamado “milagro mexicano”— ha sido reducido a cenizas tras varias décadas de gobiernos corruptos, cuyo funcionamiento está enfocado en generar beneficios para una élite político-empresarial castigando a las mayorías. Basta revisar la manera en que las fortunas de las élites empresariales del país han crecido de manera exorbitante en las últimas dos o tres décadas, con la complicidad de los políticos en turno, al mismo tiempo que la pobreza y las condiciones de vida de la mayoría han sufrido un deterioro pronunciado en el mismo periodo de tiempo. Las cifras son contundentes y pueden revisarse en el texto publicado en este mismo blog con motivo de los 20 años del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

La manera en que el gobierno mexicano adoptó el proyecto neoliberal como modelo de desarrollo a partir de 1983, con la bandera de la desregulación estatal y el libre mercado como bandera, aunado al fraude electoral de 1988 que a la poste llevaría a Carlos Salinas de Gortari a la presidencia de México, fueron dos hechos determinantes que aceleraron la descomposición del tejido social, tal como evidenció el levantamiento indígena en Chiapas con la aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1 de enero de 1994, misma fecha en que el TLCAN entraba en vigor. Sin embargo, la aparición de los zapatistas fue solo una de las muchas caras que poco a poco iban evidenciando la debilidad del Estado mexicano, tal como ocurrió con la crisis económica del 94 y el subsecuente rescate bancario, el fortalecimiento sostenido de los principales cárteles de la droga mexicanos, el éxodo masivo en que millones de trabajadores mexicanos que se vieron forzados a migrar ilegalmente a los Estados Unidos para no morir de hambre. Este escenario, aunado a una guerra por el poder al interior del mismo régimen, que derivó en asesinatos de políticos de gran impacto como el de Carlos Ruíz Massieu, Luis Donaldo Colosio y el sospechoso accidente en el que murió el panista Manuel Clouthier, sumado a las presiones del gobierno de Estados Unidos, fueron construyendo en pocos años, las condiciones necesarias para que el régimen abriera una válvula de escape a esa olla de presión a punto de reventar. Esa válvula de escape fue la llamada alternancia democrática que permitió que en 1997 el PRD ganara la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal en las primeras elecciones de su historia, y que el panista Vicente Fox ocupara la presidencia de la República en el año 2000.

La situación en ese entonces parecía inmejorable: instituciones fuertes como aquel Instituto Federal Electoral encabezado por José Woldemberg, un ligero crecimiento de la economía en la segunda mitad de los 90, elevados precios del petróleo que alcanzaron los 100 dólares por barril o la esperanza de que la tan anhelada democracia mexicana finalmente comenzaba a tomar forma, eran algunas señales positivas en aquel efímero periodo de transición. El desencanto no tardó en llegar.

El cambio de colores en la silla presidencial no resolvió los viejos problemas. Por el contrario, los agravó. La corrupción y la impunidad fueron una constante en los primeros seis años de la docena trágica panista. Los escándalos de corrupción de la familia Fox, junto a Martha Sahagún y sus hijos, permanecen impunes hasta nuestros días. Lo mismo ocurrió con escándalos como el Pemexgate o la poco creíble fuga de Joaquín ‘Chapo’ Guzmán, líder del cártel del Pacífico, del penal de “alta seguridad” de Puente Grande, Jalisco. El desafuero y la guerra sucia durante los meses previos a la elección presidencial de 2006 para impedir que el izquierdista Andrés Manuel López Obrador llegara a Los Pinos terminó por dinamitar la confianza en las instituciones del Estado mexicano y dividir a la población ante un proceso electoral amañado y tramposo. Tanto, que el propio Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación señaló que la intervención de Fox en el proceso electoral puso en riesgo la validez de la elección. A pesar de que el órgano reconoció (a medias) una elección de Estado y la intervención de poderes fácticos durante los comicios (lo cual sería el fundamento principal del Congreso para realizar la reforma electoral de 2007), esto no impidió que Felipe Calderón asumiera la presidencia de México en un ambiente de tensión y la crisis política ante la falta de pruebas suficientes para convencer a la población de que, efectivamente, el PAN había ganado “por las buenas”. Una falta de confianza que se traduciría en un gobierno débil de dudosa (o escasa) legitimidad.

Esta debilidad de origen fue determinante para que Calderón buscara el respaldo inmediato de las fuerzas armadas como una manera de afianzar su poder ante las protestas de la oposición, encabezadas por López Obrador, al mismo tiempo que declaraba una guerra contra el narcotráfico para tratar de construir la legitimidad que no obtuvo en las urnas. Las consecuencias de mandar al ejército a las calles para combatir a las bandas del crimen organizado, sin un diagnóstico previo o los instrumentos jurídicos necesarios para justificar la intervención del ejército en labores propias de las fuerzas civiles, nuevamente terminaría por atentar una vez más contra el famoso Estado de derecho basado en el respeto de la legalidad.

Luego vendrían los pagos de favores a los grupos que influyeron en la imposición de Calderón en la silla presidencial: las concesiones a la líder del sindicato magisterial, Elba Esther Gordillo (a quien entregó el control de la Secretaría de Educación Pública, el ISSSTE y la Lotería Nacional); la poco recordada Ley Televisa (que finalmente no prosperó); el primer intento de una reforma energética para privatizar el petróleo (que finalmente no prosperó gracias a la fuerte oposición de la izquierda y la negativa del PRI), las concesiones de obra pública a empresas españolas como OHL; los contratos de la iniciativa privada en el sector eléctrico y petrolero (incluyendo casos memorables de corrupción como el protagonizado por Siemens y el ex presidente del PAN, César Nava); la entrega al por mayor del territorio nacional a través de concesiones mineras y protección a empresas como Walmart, involucrada en un escándalo de sobornos; la cancelación masiva de créditos fiscales por 483,086 millones de pesos; concesiones para casinos administrados por empresarios vinculados al PAN o la reforma laboral como cereza en el pastel.

Algo similar a lo que ocurriría con otros casos de corrupción que hasta la fecha permanecen impunes, tal como los responsables por el incendio de la Guardería ABC, la construcción de la Estela de Luz y los festejos del Bicentenario, o casos de desvío de recursos en estados como Veracruz, Jalisco, Chiapas o Coahuila, cuyos gobernadores permanecen impunemente libres. La debilidad del Estado a la hora de hacer cumplir la ley quedaba nuevamente de manifiesto. Un terreno próspero para que los poderes fácticos incrementaran su poder durante la docena trágica panista, amparados por gobiernos incompetentes y orientados a satisfacer sus propios intereses político-electorales con la ayuda de grandes grupos económicos que actuaban dentro y fuera de la ley.

Y mientras la corrupción y la impunidad continuaba devorando a las instituciones del Estado mexicano, la guerra de Calderón demostró su ineficacia para acabar con el crimen al mismo tiempo que resultaba sumamente efectiva para justificar la muerte al por mayor de adversarios políticos, periodistas y activistas sociales inconformes con el actual régimen. El saldo: 203,690 homicidios dolosos en seis años y al menos 83,000 ejecuciones en un alud de crímenes sin resolver. La violencia desbordada durante el Calderonato provocó que regiones enteras del país terminaran siendo secuestradas por el crimen organizado y la disputa de cárteles. La disputa entre las bandas delictivas en el norte del país suscitó hechos inéditos en la historia del país como la evacuación de pueblos enteros, (como en Ciudad Mier, Tamaulipas) o toques de queda civiles (como el registrado en Ciudad Juárez, Chihuahua).

La presencia de las fuerzas armadas en las calles no impidió que el crimen organizado diversificara sus negocios. A la par del tráfico de drogas, las bandas delictivas comenzaron a incursionar en actividades como el secuestro, cobro de cuotas en giros negros y sectores de la economía informal, extorsiones, trata de personas, cobros por “derecho de piso” o robos de combustible, así como otros negocios de carácter “legal” a través de empresas fantasma producto de lavado de dinero, tales como centros de apuestas, hoteles, constructoras, restaurantes, hospitales o explotación de minas, muchos de estos, con el apoyo directo o indirecto de los gobiernos en turno, tal como denunció en su momento el exgobernador de Coahuila y expresidente nacional del PRI, Humberto Moreira.

Esto provocó que el crimen organizado se apoderara de grandes porciones del territorio nacional, convirtiéndose en una especie de Estado paralelo con sus propios sistemas de cobro de impuestos, sistemas de salud, desarrollo social o “impartición de justicia”, su propia maquinaría bélica e incluso sus propias políticas para regular el precio de productos agrícolas en el mercado formal.

Y es precisamente en este contexto de degradación social y debilidad institucional que aparecen los primeros brotes de insurgencia civil. Tal es el caso de Cherán, comunidad de Michoacán que decidió levantarse en armas para defenderse del acoso del crimen organizado en 2010, y que representa el referente directo para entender la proliferación de grupos de autodefensa y policías comunitarias en al menos ocho estados del país: Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Chiapas, Estado de México, Morelos, Chihuahua y Jalisco, además de Colima y Tabasco, según diversos reportes publicados en 2013.

Fuente: Milenio

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La ingobernabilidad en dichas regiones del país, aunado al control hegemónico de los cárteles de la droga en lugares como Tamaulipas, la Comarca Lagunera (Coahuila y Durango) o Sinaloa, evidencia el tamaño de la crisis política que enfrenta el Estado mexicano. Una crisis a la cual habría que sumar las expresiones de descontento prevaleciente entre grupos como los que normalistas de Ayotzinapa, los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y los autodenominados anarquistas, tras otro proceso electoral marcado por indicios claros de corrupción tolerados por la autoridad, tal como ocurrió en enero de 2013 cuando el Instituto Federal Electoral utilizó una argumentación patética para desechar las acusaciones del llamado caso Monex que condujo a Enrique Peña Nieto a la silla presidencial por la vía de la ilegalidad.

De ahí que la preocupación del actual régimen por contener los brotes de insurrección armada que se han presentado en Michoacán durante el último año, tal como ocurrió con el encarcelamiento de 45 integrantes del grupo de autodefensa de Aquila, a manos del ejército en agosto de 2013. Y a pesar de que el gobierno federal ha señalado en reiteradas ocasiones que intervendrá en Michoacán para restablecer el orden, la falta de resultados ha puesto en evidencia la debilidad del Estado mexicano, devorado por la corrupción.

Por eso, la manera en que el Concejo Ciudadano de Autodefensa de Tepalcatepec y otros grupos civiles armados de Michoacán lograron replegar a Los Caballeros Templarios en municipios como Nueva Italia, evidencian la debilidad de un Estado mexicano desfondado por la corrupción al interior de sus instituciones y la violación sistemática de los derechos civiles. ¿Cómo es posible que un grupo de civiles improvisados en tácticas de combate haya podido contener a los grupos criminales mientras el Estado se ha declarado incompetente para ello, pese a supuestamente tener los recursos humanos y materiales necesarios para erradicar el conflicto? En otras palabras, el Estado no ha cumplido con su parte en el contrato social. Y ese incumplimiento de sus obligaciones explica el surgimiento de grupos civiles armados a lo largo y ancho del país, tal como explica el doctor José Manuel Mireles, uno de los líderes de las autodefensas michoacanas, al describir la manera en que la ciudadanía tuvo que recurrir a la vía armada para defenderse del crimen tras recurrir inútilmente a las instancias legales promovidas por un gobierno coludido con los grupos delictivos:

Las imágenes de los grupos de autodefensa sometiendo a los policías locales, habla de la magnitud de este fenómeno social. Con el avance de las autodefensas en varios municipios de Michoacán, en una estampa que no se veía desde tiempos de la Revolución Mexicana, el gobierno federal optó por desarmar a los grupos de autodefensa asesinando a civiles que protestaron ante una medida que los dejaría en estado de indefensión ante las represalias del crimen organizado. Un acto que claramente viola el contrato social que justifica la existencia misma del Estado.

El gobierno no solo es incapaz de garantizar la seguridad de la población, sino que además reprime de manera violenta el derecho de la gente a ejercer el legítimo uso de la fuerza ante el incumplimiento del contrato social por parte del Estado. Un hecho que además, evidencia el carácter autoritario del actual régimen, el cual utiliza sistemáticamente el uso de la fuerza para reafirmar su poder ante los grupos disidentes. Dicho en otras palabras, el gobierno pretende someter por la fuerza a los grupos que atenten contra los intereses de las élites en el poder, una medida con la cual el Estado de derecho es sustituido por una política de “ajuste de cuentas” propio de los grupos criminales que el gobierno dice combatir. Es aquí donde la legitimidad del actual gobierno se desmorona: ¿cómo se pretende que la ciudadanía cumpla con la ley si el gobierno viola permanentemente los derechos civiles? ¿por qué debo pagar mis impuestos mientras el Estado no castiga a quienes se enriquecen de manera ilícita con recursos públicos? ¿por qué debo entregar las armas cuando el Estado es incapaz de garantizarme la seguridad para la cual fue creado? ¿por qué debo acatar las reglas de un juego diseñado para beneficiar a unos pocos a costa de las mayorías? Preguntas que cobran fuerza mientras la corrupción del actual régimen evidencia la debilidad de un gobierno antidemocrático que atenta contra los intereses de la mayoría, tal como pudo constatarse con la aprobación de la antipopular reforma energética, solo por mencionar uno de los agravios más recientes.

A partir de este intrincado panorama se cierran las posibilidades y surge la disyuntiva: ¿revolución o dictadura? Resolver la violencia y el descontento generalizado que existe actualmente en México implica construir un nuevo pacto social mediante un Congreso Constituyente que redacte una nueva Constitución y establezca un nuevo equilibrio de poderes entre los diversos grupos sociales y un nuevo régimen que ponga en cintura a los poderes fácticos y le arrebate el control de la maquinaria estatal a una partidocracia que no representa los intereses de las mayorías (recordemos que el régimen se define como el conjunto de instituciones que regulan el poder político). Es decir, una revolución. La construcción de consensos entre las bases sociales permitiría ir consolidando gradualmente un Estado fuerte capaz de hacer valer la ley con el fin de garantizar niveles mínimos de convivencia sobre los que se sostiene cualquier sistema social. De ahí la necesidad de construir un proyecto revolucionario que establezca objetivos concretos y metas específicas a alcanzar en un determinado periodo de tiempo, al mismo tiempo que corrija todos los vacíos institucionales que han generado este ambiente de inestabilidad y encono que se traduce en violencia y resentimiento social.

Sin embargo, no será fácil lograr esto, ya que la política del garrote implementada por el actual régimen hace suponer que el actual gobierno utilizará mecanismos propios de los sistemas autoritarios —campañas de miedo y desinofrmación basadas en el control mediático, el uso de la fuerza, la persecución contra los disidentes, la aprobación exprés de leyes que le otorguen un mayor poder al mismo tiempo que reduce a su mínima expresión iniciativas que otorguen mayor poder a la ciudadanía, tales como la transparencia y rendición de cuentas— para mantener el actual régimen de privilegios del que gozan las élites político empresariales del país. Una dictadura que imponga por la fuerza medidas antipopulares. Basta ver la manera en que el Congreso ha aprobado las famosas reformas estructurales entre barricadas para darse cuenta de que esto es algo que de hecho, ya sucede.

El presente y futuro del país están en peligro inminente. De nosotros dependerá ponerle solución al problema y decidir el camino que habremos de elegir. El tiempo se agota. Nuestra fecha límite para impedir una guerra civil y el inminente reguero de sangre están a la vuelta de la esquina. Deberemos estar preparados para entonces. Y dado todo lo anterior: ¡que viva la revolución!

La dignidad perdida

DIGNIDAD

Dignidad. Algo que este país perdió hace un buen rato. El momento actual evidencia la farsa. Un presidente que viaja a Sudáfrica para homenajear a Mandela al mismo tiempo que sus serviles legisladores del PRI y PAN aprueban el saqueo de la renta petrolera a través de una reforma energética muy útil para que un selecto grupo de bandidos se llenen los bolsillos mientras administran la miseria de millones de personas. ¡Vaya hipocresía! ¡Vaya bajeza! ¡Vaya cinismo! La tibieza de los medios también tiene ese tufo patético, vulgar. Muy pocos son los que están dispuestos a contradecir la voluntad todopoderosa del régimen. “No hay que morder la mano que nos da de comer”, se repiten a sí mismos los virreyes de la desinformación. Lo mismo una intelectualidad plácidamente acomodada en el dispendio oneroso de la compra de conciencias. Mejor el silencio cómplice, la cómoda indiferencia. Es el país de la servidumbre voluntaria, donde nada fluye por su propia cuenta si no es bajo el cobijo de la corrupción. Un país hecho mierda. Esta es la patria dolorida que nos han dejado. ¿Esto habremos de legarles a nuestros hijos? El futuro como sinónimo del apocalipsis. ¿Hasta dónde se puede tensar la liga sin romperse? ¿Hasta cuándo habremos de seguir soportando las limosnas que nos obsequian nuestros señores feudales con sus programas de beneficencia en tiempos electorales? La urgencia de una revolución se hace más evidente con el paso de los días. La sociedad civil debe construir un proyecto de nación distinto al que plantea una clase política sumergida en su propia inmundicia. Fortalecer el debate con miras a la conformación de un nuevo Congreso Constituyente para la construcción de una nueva Constitución y un nuevo reparto de poderes entre los diversos grupos sociales, un nuevo pacto social más equitativo, más justo, que traiga paz a este país desangrado por la avaricia ilimitada. Un nuevo acuerdo para la construcción de un nuevo país. Ese debe ser el objetivo. Y para ello es indispensable darle forma a la revolución: empezar a imaginarla, empezar a nombrarla, empezar a construirla. Sin miedo. De manera firme, sin rencor. Una revolución donde el amor sea nuestra guía. Solo así podremos detener esta barbarie de todos contra todos.

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La épica de la sociedad red: de Apple a WikiLeaks (pasando por Facebook)

Toda era necesita sus propios héroes, sus propios mitos. Lo épico, proveniente del griego epos, es un término cuyo significado puede traducirse como “palabra, historia, poema”. La historia del mundo es la autorrepresentación del ser humano construyendo su propia narrativa. Por eso la historia de la humanidad no es sino una reinterpretación de hechos concretos que solo pueden trascender un espacio-tiempo específico elevándose al nivel de símbolo. De ahí que el poeta o el cuentista de la tribu sea el personaje encargado de reconfigurar la realidad a través de la palabra. Todo grupo cultural tiene sus propios mitos fundacionales: Adán y Eva, Rómulo y Remo, el profético sueño de Aztlán, las guerras independentistas. Relatos que van edificando nuevos discursos y nuevas posibilidades de lo real. Esto explica el poder transformador del arte, ya que como toda manifestación del lenguaje, es un juego de espejos capaz de imponer nuevos límites al mundo, un nuevo orden que se teje a través de la representación. Dicho de otra forma, el poder transformador del arte reside en su capacidad para convertir la realidad en signo lingüístico. Por ello, Michel Foucault considera que la posibilidad de aprehender el mundo está condicionada a la capacidad de cada persona para interpretar los signos que construyen y delimitan al mundo:

“El mundo está cubierto de signos que es necesario descifrar y estos signos, que revelan semejanzas y afinidades, solo son formas de la similitud. Así pues, conocer será interpretar: pasar de la marca visible a lo que se dice a través de ella y que, sin ella, permanecería como palabra muda, adormecida entre las cosas”.[1]

Esto ayuda a entender el poder del cine como un eficaz instrumento simbolizador de lo real. Y si el mundo se codifica a partir de sus signos, ¿cómo deberíamos interpretar al mundo actual a partir del séptimo arte? Si bien la sola intención de interpretar la totalidad al mundo se presenta como una tarea exhaustiva imposible de realizar, sí es posible identificar ciertos discursos con el poder suficiente para reconfigurar el significado del mundo.

Un ejemplo concreto de este tipo de discursos lo encontramos en la épica de la sociedad red edificado en Hollywood en los últimos años, una narrativa potencializada a partir del vertiginoso auge de las tecnologías de la información, el avance de la globalización y un mundo decadente cuyas estructuras obsoletas lo hacen buscar con desesperación una posibilidad de futuro cancelada por los viejos dogmas.

Por ello resulta fascinante, al menos para mí, la manera en que la industria cinematográfica estadounidense, icono de ese mundo agónico que se resiste al cambio, ha contribuido de manera significativa a construir el discurso de la sociedad red a partir de películas como Red social, Jobs y El quinto poder. Tres filmes de corte biográfico que tratan de desentrañar la manera en que el mundo ha logrado extender sus propios límites mediante el internet y la hiperconectividad que ofrece el ciberespacio a la hora de desdoblar la realidad. Y por supuesto, ninguna narrativa estaría completa sin sus propios héroes. Ahí están Mark Zuckerberg (creador de Facebook), Steve Jobs (fundador de Apple, la compañía más poderosa del planeta) y Julian Assange (hacker y activista fundador del sitio WikiLeaks), como ejemplos palpables del nuevo héroe del siglo XXI: seres iconoclastas e inconformes con las caducas estructuras del mundo que buscaron reconstruir a partir de sus propias obsesiones, curiosamente relacionadas con el fenómeno informático que ha marcado la nueva era digital a partir de 2000.

Idolatrado por generaciones de jóvenes por su visión innovadora y habilidad para los negocios, Jobs fue un pionero en entender las enormes posibilidades que ofrecía la revolución informática que se desplegaba ante sus ojos a partir del desarrollo del microchip en el desierto de Sillicon Valley. Eso es precisamente lo que intenta retratar la película Jobs (2013), dirigida por Joshua Michael Stern y protagonizada Ashton Kutcher, filme que retrata la manera en que un hippie desarrollador de videojuegos se convirtió en el director de la compañía más famosa del planeta, luego de revolucionar la comunicación con dispositivos como el iPhone, primer teléfono inteligente en la historia, aparato que marcaría un parteagüas en la historia y cuya repercusión todavía resulta difícil de medir con precisión.

Algo similar ocurrió con el filme Red social (2010), de David Fincher y el actor Jesse Eisenberg, cinta que relata la historia del creador de Facebook, la plataforma que transformó la interacción social a través de la web. El eslogan de la película es elocuente: “No puedes tener 500 millones de amigos sin hacerte de algunos enemigos”. Una fotografía del mundo hiperconectado de hoy, donde una persona puede vivir aislado de todo contacto humano a pesar de tener 500 millones de amigos, situación que evidencia las asimetrías y paradojas que plantea este nuevo modo de interacción social.

Con El quinto poder, dirigida por Bill Condon, la narrativa de la sociedad red adquiere un matiz más político, de tintes anarquistas, mientras tratamos de revelar las motivaciones revolucionarias y libertarias de un personaje excéntrico, megalomaniático y obsesivo como Assange, interpretado por Benedict Cumberbatch. El filme representa una crítica a las instituciones caducas que sostienen al mundo actual, cuyas fronteras han sido borradas por las computadoras y cuyas instituciones evidencian profundos síntomas de agotamiento, tal como ocurre con la corrupción imperante en los gobiernos, las instituciones financieras y los mass media, incluyendo al cine hollywoodense que se parodia a sí mismo en el brillante final de la película. El desarrollo de la trama no solo cuenta las tensiones y contradicciones inherentes a la mayor filtración de información de la historia, la cual se hizo en una pequeña y portátil memoria USB, sino que retrata un mundo globalizado donde un mismo hecho noticioso se ve forzado en salir a la luz a través de plataformas mediáticas multinacionales: The Guardian, The New York Times, Der Spiegel, Le Monde o incluso La Jornada. Una nueva forma de guerrilla donde la información es convertida en arma contra un régimen opresor que vigila permanentemente, al estilo George Orwell. El cine como analogía de la realidad. No en balde, la película fue estrenada al mismo tiempo que el mundo entero se convulsiona con el programa de espionaje de los Estados Unidos, el cual quedó descubierto a partir de las revelaciones hechas por el excontratista de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense, Edward Snowden, quien fácilmente podría protagonizar la secuela de El quinto poder, mientras Assange encuentra la manera de burlar el arraigo domiciliario que enfrenta en la embajada ecuatoriana en Londres de un tiempo a la fecha. ¿Cuánto tiempo pasará para que alguna productora hollywoodense decida llevar la historia de Snowden a la pantalla grande? ¿Cuándo veremos el primer filme protagonizado por Anonymous? ¿Y la película sobre Sergey Brin y Larry Page, fundadores de Google? Pareciera cuestión de tiempo.

Estos héroes informáticos han dotado de una nueva identidad a los expertos en informática. Las burlas contra los nerds de los 80s se convirtió en la idolatría de los geeks de los 2000s. Series televisivas como Big Bang Theory parecen confirmar la hipótesis. Nada más cool actualmente que ser un genio del internet que abandonó la universidad para amasar fortunas millonarias en el ciberespacio, hacer yoga por las mañanas, moverse en bicicleta y cazar zombis en los ratos libres. La prosa de nuestros días.#


[1] Michel Foucault. Las palabras y las cosas. México. Siglo XXI. 2008. Página 40.

Boceto del mural zapatista que no fue

En el viaje decembrino por el sureste mexicano, el dueño del bar Revolución de San Cristobal de las Casas (el buen Imán) vio por casualidad algunos de mis dibujos mientras yo me tomaba una cerveza y me ofreció hacer un mural en la pared de una fonda que recién estaba abriendo en la localidad. Emocionado por la idea, me puse a trabajar en un boceto y este fue el resultado. Lamentablemente, el corto tiempo del que disponía hizo imposible plasmar el dibujo-homenaje a las familias zapatistas en la pared de dicho establecimiento. Será para la otra.

Boceto Familia Zapatista

El desastre nacional en tiempos de la imposición

Ocurrió todo según lo previsto. El status quo no cedió ni un ápice. El Tribunal Electoral ungió a Enrique Peña Nieto como presidente electo en medio de un remolino de protestas en las calles. Andrés Manuel López Obrador, fiel a su estilo, convocó a manifestaciones para ponerle baches a Peña de aquí a diciembre y tratar de mantenerse vivo políticamente otros seis años. Y mientras tanto, la bola de nieve sigue creciendo. ¿Qué pasará si en lugar de acabar con el narco, como lo prometieron, la violencia se pone aún peor con el reacomodo de los carteles de la droga una vez que el PRI llegue a Los Pinos? El país va a reventar. Con un escenario tan flamable, cualquier chispa puede desencadenar el incendio. La crisis institucional y política que vive México sólo podrá aliviarse con un nuevo pacto social que construya nuevos equilibrios de poder. Generalmente estos acuerdos se plasman en la creación de una nueva Constitución. Para que eso ocurra, se necesitaría un Congreso Constituyente que haga a un lado a los partidos políticos actuales como administradores del orden público. Y tal como se ha documentado a largo de la historia, eso sólo puede lograrse a través de una revolución, ya sea armada o pacífica. México necesita poner en cintura a sus poderes fácticos y refundar sus instituciones, incluyendo a sus partidos políticos tan corporativos y cupulares, mismos que han cerrado sus puertas a la ciudadanía en aras de intereses sectarios. El cambio tendrá que darse por las buenas o por las malas. Cada vez nos acercamos más a la segunda, tomando en cuenta los ríos de armas que llegan desde Estados Unidos, la violencia generada por el libre mercado de la droga, gobiernos débiles producto de su propia ilegitimidad y poderes fácticos de una voracidad insaciable que están dispuestos a hacer de la miseria una epidemia con tal de cumplir sus ambiciosos fines. Debemos estar atentos y entender todo lo que está en juego. Si seguimos esta inercia idiota se producirá mucho sufrimiento. Aún estamos a tiempo de actuar. No podemos permitir que la apatía termine validando a un régimen corrupto. Necesitamos una renovación total. El modelo civilizatorio impulsado los últimos 500 años en occidente ya se agotó. ¿Qué haremos al respecto? Habrá que repensar el futuro desde sus cimientos para construir un nuevo orden social.

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