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Venezuela: el nuevo campo de batalla en la guerra geopolítica de EE.UU. y Europa contra Rusia y China

Más que una lucha por la democracia y los derechos humanos, una serie de factores e intereses de las grandes potencias explican la atención que ha tenido la crisis venezolano a nivel internacional.

Manuel Hernández Borbolla

La dimensión internacional que ha adquirido la crisis política en Venezuela, poco tiene que ver con una lucha por la democracia o la soberanía nacional.

Por el contrario, la crisis venezolana se convirtió en un nuevo campo de batalla geopolítica entre las potencias hegemónicas: el bloque conformado por EE.UU. y Europa frente a la alianza entre China y Rusia.

Una situación que permite entender por qué razón el conflicto político en Venezuela, ha desatado una crisis diplomática a nivel internacional como no ha ocurrido con otros países que enfrentan crisis humanitarias provocadas por regímenes autoritarios, tal como ocurre en Honduras, Nicaragua, Haití, Arabia Saudita o la hambruna en Yemen.

He aquí algunas de las razones que explican la importancia de la crisis política Venezuela a nivel geoestratégico.

 

Fragilidad económica y tensiones políticas

La debacle económica que ha sufrido Venezuela en los últimos años, ha sido uno de los principales ingredientes de la crisis política.

Venezuela registró una hiperinflación de 1.698.000% en 2018 según la Asamblea Nacional, única cifra oficial en el país. Una situación que se produjo por una política de divisas, problemas financieros y una alta dependencia a las exportaciones de petróleo, cuyo precio se desplomó en 2014, lo cual agudizó la situación y produjo una serie de efectos como escasez de alimentos. La venta de crudo supone aproximadamente el 96% de los ingresos de Venezuela.

De acuerdo con Latinbarómetro, en 2018 los venezolanos registraron la peor percepción de progreso y situación económica en América Latina. “En Venezuela no hay nadie (1% es estadísticamente no significativo) que diga que hay buena situación económica”, señala el estudio.

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La debacle económica debilitó al Gobierno del presidente Nicolás Maduro, ya que en 2015, la oposición se hizo del control de la Asamblea Nacional. Para contrarrestar el descalabro, Maduro impulsó la creación de la Asamblea Nacional Constituyente, órgano que asumió facultades plenipotenciarias por encima de la Asamblea Nacional, con el propósito de que Maduro pudiera mantener el control del Poder Legislativo. Un acontecimiento que aumentó el descontento de la oposición y las tensiones políticas -incluyendo las acusaciones de represión y autoritarismo- que ya existían desde la época del expresidente Hugo Chávez.

Pese al malestar por la situación política y económica, Maduro logró mantenerse a flote gracias al apoyo de sectores populares, el respaldo del Ejército y el Poder Judicial.

Sin embargo, el debilitamiento del régimen provocó que Venezuela tuviera que buscar ayuda en el exterior. Una situación que fue capitalizada por China y Rusia para aumentar su influencia geopolítica en el continente americano, frente a la animadversión histórica de EE.UU. hacia el chavismo y su respaldo a la oposición venezolana.

La dependencia al capital chino

Para saldar sus deudas, Venezuela tuvo que solicitar diversos préstamos a China, lo cual ha reforzado la presencia geopolítica del gigante asiático en la región.

“Venezuela ha recibido más préstamos de instituciones chinas que cualquier otro país en la región”, lo cual “refleja la creciente dependencia del gobierno venezolano en el capital chino, para mantener su liquidez y como un vehículo de desarrollo”, señala un informe elaborado por la Red China y América Latina (REDCAEM).

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El Centro para los Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington (CSIS, por sus siglas en inglés), estima que China ha invertido en Venezuela un monto cercano a los 62.000 millones de dólares. Un monto que implica el 52% de la inversión china en América Latina.

En este sentido, Venezuela impulsó la creación de la Petrolera Sinovensa -una compañía de capital misto con inversión estatal y participación de la China National Petroleum Corporation- diseñada para pagar con petróleo las líneas de crédito que los bancos chinos otorgan al Gobierno venezolano.

“Los acuerdos con China no generan deuda, todo el dinero que se debe se ha pagado con petróleo”, reconoció Maduro en septiembre de 2018, tras realizar un viaje a Pekín para reforzar acuerdos de cooperación con el mandatario chino Xi Jiping. En dicha visita, los presidentes de China y Venezuela firmaron 28 acuerdos de cooperación en las áreas de energía, comunicación, minería y financiamiento.

Venezuela es el país con las mayores reservas petroleras del planeta, con 300.900 millones de barriles, según datos de la CIA, equivalentes a casi el 18% de las reservas petroleras globales.

La mayor parte del petróleo venezolano se destina a China en un 40%, India 20%, EE.UU. 20% y un 20% se vende al resto del mundo, de acuerdo con datos oficiales recabados por la DW.

El oro para Turquía

Ante la caída de los precios de petróleo y la producción de la compañía estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), el Gobierno de Maduro optó por explorar otras alternativas para diversificar la entrada de divisas.

Una de estas alternativas, fue impulsar la explotación minera, ya que Venezuela tiene las reservas de oro sin explotar más grandes del mundo, con unas 7.000 toneladas métricas en reservas estimadas, según un informe de la consultora española Iberglobal.

De este modo, Venezuela es el país con más oro después de EE.UU., que posee 8.133 toneladas del mineral áureo.

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Además de oro, el Gobierno venezolano estima que en el país hay 33,8 millones de quilates de diamante (cuyo valor supera el Producto Interno Bruto de países como Chile y Dinamarca), 3.644 millones de toneladas de hierro (cuyo valor superaría el PIB de México y España), además de gigantescos yacimientos probados de bauxita, cobre, coltán y otros minerales. Todo esto, en el llamado “Arco Minero del Orinoco” que busca ser explotado comercialmente pese al alto impacto ambiental.

En este sentido, Venezuela exportó 23,62 toneladas de oro a Turquía en 2018, valoradas en 900 millones de dólares, según cifras oficiales de la nación euroasiática.

El Gobierno de Venezuela dejó de enviar oro a Suiza, ante el temor de que le sea decomisado por sanciones internacionales, por lo cual, la administración de Maduro ha celebrado diversos acuerdos con Turquía para refinar ahí el oro venezolano.

De este modo, Venezuela está alentando a que empresas turcas inviertan en la industria del oro en el país sudamericano. A cambio, Turquía envía alimentos.

Esta medida ha desatado la molestia de EE.UU. y su presidente Donald Trump, que en noviembre de 2018 firmó una orden ejecutiva imponiendo sanciones sobre las exportaciones de oro y otros sectores de la economía de Venezuela.

Países como Turquía, Rusia y China han comprado grandes cantidades de oro en los últimos años para reducir su dependencia al dólar como divisa. De acuerdo con algunos analistas, el oro es el activo más seguro porque no puede ser congelado o puesto en una lista negra. Una situación que da más independencia a las potencias orientales frente al control financiero de EE.UU.

La demanda mundial de oro por parte de bancos centrales creció 4% en 2018, el aumento más grande en 50 años, según el World Gold Council.

La presencia militar de Rusia

Ante las tensiones geopolíticas en Sudamérica, el Gobierno de Venezuela también ha reforzado en los últimos años su cooperación militar con Rusia, una situación que no es vista con buenos ojos por EE.UU. y Colombia, su principal aliado en la región.

Tan sólo entre 2005 y 2013, Caracas firmó con Moscú unos 30 contratos de defensa por valor de más de 11.000 millones de dólares, según contabiliza la agencia rusa Tass. Estos contratos incluyeron la adquisición de equipo militar como:

  • 100,000 rifles de asalto Kalashnikov AK-103
  • 24 aviones de combate Sukhoi Su-30MK2
  • 34 helicópteros Mi-17V-5
  • 10 helicópteros Mi-35M y otros 3 Mi-26T
  • 92 tanques de batalla Т-72B1
  • Sistemas de misiles antiaéreos Igla-S
  • Vehículos de combate BMP-3

De acuerdo con el índice Global Fire Power 2018, Venezuela se encuentra entre los seis Ejércitos con mayor capacidad de fuego en América Latina, al contar con un total de 696 tanques y 280 aeronaves de guerra.

A pesar de tener 123.000 efectivos militares, las Fuerzas Armadas venezolanas pueden llegar a contar con cerca de 550.000 personas, ya que el Gobierno otorgó armas a civiles con el objetivo de constituir una fuerza de reserva.

Un poderío militar que ha ido creciendo con la adquisición de armamento ruso en años recientes, aunque no existen cifras precisas y disponibles para dimensionar la venta de armamento ruso y chino en Venezuela.

Esto sin contar con la cada vez más estrecha relación militar entre Caracas y Moscú, que en diciembre pasado anunciaron operaciones militares conjuntas casi al mismo tiempo que dos aviones bombarderos rusos con capacidad nuclear Túpolev Tu-160 (conocidos como Cisne Blanco), realizaban operaciones de práctica en territorio venezolano.

“En la época de la Guerra Fría, Rusia nunca llegó a poner un avión de ese nivel en América Latina. Nunca entró en el patio trasero de los EE.UU.”, aseguró en diciembre pasado el analista y experto en geopolítica, Néstor Rosanía, director del Centro de Estudios en Seguridad y Paz de Colombia, en entrevista con el programa Al Punto.

Para Rosanía, el aumento de la presencia de Rusia en Venezuela es una respuesta a las operaciones militares de la OTAN en el Báltico. Esto, luego de que la OTAN realizara en noviembre pasado su mayor ejercicio militar desde el final de la Guerra Fría, el denominado “Trident Juncture 2018”, realizado en Noruega, con la participación de 50.000 soldados. Las maniobras se llevaron a cabo en un contexto de tensión creciente con Rusia, por la instalación de una base militar de EE.UU. en el país nórdico y varios casos de espionaje.

Un respaldo del presidente ruso Vladimir Putin a Maduro se produjo mendiante un nuevo acuerdo por 6.000 millones de dólares entre el Kremlin y Miraflores.

Casi al mismo tiempo que Irán anunció el envío de buques de guerra al Atlántico, con el objetivo de realizar operaciones militares conjuntas con Venezuela, informó Touraj Hassani Moqaddam, subcomandante de la Armada de Irán.

“Lo que vemos es que todavía seguimos con lógicas de la Guerra Fría. Hay dos superpotencias que tienen un tablero geopolítico y nosotros somos esos pequeños países satélite que vamos a tener el choque de esas decisiones de alto nivel. Lo que está pasando en Siria y otros países, también lo vamos a ver en el Caribe, con Colombia y Venezuela, que son aliados satélite de esos dos grandes bloques hegemónicos”, apuntó Rosanía.

La injerencia de EE.UU. y sus aliados

Aunque históricamente el Gobierno de EE.UU. ha apoyado a la oposición venezolana desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1999, el debilitamiento del régimen de Maduro ofreció una oportunidad para mover sus fichas en el ajedrez geopolítico para reafirmar su poderío en el continente americano y debilitar a sus rivales.

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De ahí que el apoyo de Trump hacia Guaidó se produce en un contexto en que varios países de Sudamérica han dado un giro hacia la derecha en países como Argentina, Chile y principalmente Brasil, el gigante latinoamericano cuya frontera colinda con Venezuela y es uno de los mayores aliados de EE.UU. en la región tras la llegada al poder del fascista Jair Bolsonaro.

Un hecho que es evidente en el respaldo de países con Gobiernos afines a la política exterior de EE.UU., tal como ocurre con el llamado Grupo de Lima, que ha presionado para desconocer a Maduro y respaldar a la oposición venezolana.

De este modo, EE.UU. lograría reafirmar su papel de potencia hegemónica en América Latina, en algo que muchos analistas consideran como un relanzamiento de la Doctrina Monroe, al mismo tiempo que cierra la puerta a China y Rusia en la región.

Esto, al cortar el principal destino de inversiones chinas y rusas en el continente, al mismo tiempo que cortaría el suministro de petróleo hacia China, con quien EE.UU. libra una guerra comercial.

Así lo ha reconocido John Bolton, asesor de Seguridad de la Casa Blanca y principal estratega del llamado intento de “golpe de Estado” orquestado por EE.UU. en Venezuela.

“Nos estamos enfocando en desconectar el régimen ilegítimo de Maduro de las fuentes de sus ingresos”, reconoció Bolton, quien añadió: “es un proceso muy complicado”.

Ante un posible derrocamiento de Maduro, EE.UU. quedaría en una posición ventajosa para explotar las riquezas petroleras y mineras de Venezuela.

En este sentido, Bolton aseguró que ya existen pláticas con petroleras estadounidenses para explotar yacimientos en Venezuela ante un posible cambio de régimen.

Desde que Bolton llegó a la Casa Blanca como asesor en abril pasado de 2018, se endurecieron las sanciones de EE.UU. contra Venezuela con el fin de estrangular financieramente al Gobierno de Maduro ante una posible invasión armada promovida por los estadounidenses desde sus bases de operación en Colombia.

Una estrategia que la administración Trump busca reforzar mediante una campaña mediática enfocada en señalar la ausencia de democracia en Venezuela y resaltar la necesidad de enviar apoyos económicos para enfrentar la crisis humanitaria que se vive en aquel país ante falta de víveres, incremento de violencia y tensiones crecientes con la oposición.

Todo esto, al mismo tiempo que EE.UU., de manera directa y a través de Guaidó, intenta reclutar militares venezolanos inconformes con el régimen para dividir a las fuerzas armadas de Venezuela, tal como expresó Bolton al señalar que el gobierno estadounidense dará una “amnistía” a militares que participen en el golpe contra Maduro.

Una maniobra que ha sido respaldada por las principales potencias de la Unión Europea -como Francia, Alemania y España, además de Gran Bretaña-, ante la fuerte dependencia que tiene Europa al poderío militar estadounidenses para hacer frente a lo que perciben como la “amenaza rusa”.

De ahí que los paralelismos entre Venezuela y la situación política en Siria -en el sentido de que el choque de las potencias hegemónicas para mantener y quitar al presidente en turno- han reavivado los temores de que la división social pueda derivar en una guerra civil como la que ha dejado más de medio millón de muertos tras siete años de conflicto armado.

Un complejo escenario geopolítico que explica por qué, a diferencia de otros países, Venezuela se ha convertido en el más reciente campo de batalla entre las potencias Occidentales y Orientales, en su disputa por la hegemonía globlal.

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La guerra de Trump

Trump
Estados Unidos bombardea Siria con el pretexto de que el gobierno de Al Assad, supuestamente, utilizó armas químicas contra civiles. El gobierno de Trump no ha dado una sola prueba de que el ataque fue orquestado por el gobierno sirio y ha tensado a la comunidad internacional.
Los hechos se dan apenas unos días después de un supuesto atentado terrorista en San Petersburgo, Rusia. Otro atentado se presenta en Estocolmo justo después de los bombardeos. La reunión en el Consejo de Seguridad de la ONU transcurrió con serias acusaciones de los rusos contra la ilegalidad del bombardeo norteamericano, de acuerdo con el derecho internacional. Y mientras tanto, los rusos enseñaron los dientes y retiraron la cooperación que habían mostrado en los primeros meses de la nueva administración estadounidense.
Y aún cuando el gobierno de Donald Trump quiso mostrar el músculo, lo único que evidencia es una debilidad interna de su gobierno que ahora están tratando de disfrazar. No en balde, el bombardeo se da horas después de que el asesor estrella de Trump, Steve Bannon, fue retirado del Consejo de Seguridad Nacional.
Un ataque que, dicho sea de paso, no contó con la aprobación del Congreso estadounidense, lo cual ha generado malestar entre los demócratas, quienes han tachado de irresponsables las acciones de Trump. Este es el problema de dejar a un imbécil al frente de la mayor potencia bélica del planeta.

Entender la guerra en Siria, la derrota del neoliberalismo y el nuevo orden mundial

Proyectos de infraestructura, descontento social, potencias metidas de lleno en el ajedrez geopolítico en una región harto volátil, conflictos étnico-religiosos. Entender lo que ocurre en Siria no es algo sencillo. La realidad es más compleja de lo que parece. Aquí algunos videos para tratar de entender un fenómeno sumamente complejo que ha sido el epicentro de una nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia, con el papel protagónico de China, un conflicto que tiene como trasfondo la derrota del neoliberalismo con la llegada de Donald Trump y el ascenso de la ultraderecha en Europa.

Lo que ocurre en Siria es consecuencia de un mapa geopolítico en transformación, donde la reedición de la Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia, tiene hoy a China como un tercero en disputa a la hora de inclinar la balanza. Pero no sólo eso, ya que tanto el Brexit como el triunfo de Trump marcan la derrota del neoliberalismo frente el ascenso de una derecha autoritaria y populachera de tintes fascistas, no sólo en Estados Unidos, sino también en Francia con LePen y Alemania con PGIDA, países donde habrá elecciones en 2017 y donde la ultraderecha puede ser la gran triunfadora en Europa ante la crisis de refugiados y la violencia yijadista impulsada desde Medio Oriente.

Vaya encrucijada que vive el mundo el día de hoy. Pareciera que el escenario va perfilándose poco a poco para una nueva guerra mundial de grandes proporciones. Pero por extraño que parezca, quizá la llegada de Trump podría darle un respiro a las tensiones entre las potencias, escenario en el que Putin figura como el gran vencedor y el personaje más poderoso del planeta. Aquí una serie de materiales para una reflexión profunda sobre la guerra en Siria y el nuevo orden mundial.

El horror de Paris: viernes sangriento en la guerra entre Occidente y el mundo árabe

Los últimos reportes apuntan más de 120 muertos en los ocho atentados simultáneos que sufrió Paris, un par de días después de que un ataque de las fuerzas estadounidense contra el Estado Islámico en Siria supuestamente mató al verdugo de dicha organización, conocido como John el Yihadista. El otro antecedente inmediato es la caída de un avión comercial ruso en Egipto y las especulaciones sobre una posible bomba en el portaequipajes de la aeronave, con un saldo de 224 civiles muertos. Esto sin contar con el atentado que dejó más de 40 muertos en Beirut, capital de Líbano.

“Sabemos quienes son”, afirmó el primer ministro François Hollande, sin dar más detalles tras declarar estado de emergencia en Francia. Uno de los capítulos más sangrientos en la cruzada de Occidente contra el mundo árabe. Primero fue Al Qaeda, ahora el Estado Islámico. ¿Cuántos inocentes más, árabes y occidentales, tendrán que morir en esta guerra imbécil? ¿Cuánto tiempo pasará para que las potencias occidentales dejen de pugnar por el control de Medio Oriente? ¿Cuánto tiempo pasará para que los extremistas musulmanes cuelguen las armas? Al igual que el 11 de septiembre, los atentados de hoy muy probablemente serán utilizados como justificación para intervenir militarmente en Siria. ¿Será este el detonante de un conflicto bélico mayor o un atentado más en esta interminable carnicería humana? ¿Qué repercusiones tendrá esto en el delicado rompecabezas geopolítico donde Rusia y Occidente parecen cada vez más enfrentados por el control de Medio Oriente? El tiempo lo dirá.


II.

Luego de ver las reacciones a los atentados y la manera en que integrantes del Estado Islámico convocan a seguir sembrando el terror en Francia y sus aliados, en respuesta a los bombardeos en Siria, uno se queda pensando. Ahí están las consecuencias de casi un siglo de colonialismo occidental tras la caída del Imperio Turco Otomano. La manera en que las potencias colonialistas occidentales han metido mano en Medio Oriente para sacar beneficio a costa del sufrimiento de millones, de repente explota y se sale de control. Estos integrantes del Estado Islámico (EI) cegados por la ira y el anhelo de venganza, están muy lejos de sentarse a negociar en busca de una salida al conflicto bélico que envuelve a toda la región. Europa no es ajena a la manera en que se han pulverizado, fragmentado y exprimido países enteros en el mundo árabe para satisfacer los intereses económicos de las potencias colonialistas y su sed de petróleo. Un conflicto que adquirió una nueva dimensión tras la creación del Estado de Israel y los muchos conflictos étnico-religiosos derivados de ese hecho. La fuerza de los grupos yihadistas no es de a gratis. Casi un siglo de alimentar rencores se termina desbordando, tarde o temprano. Sí no es así, ¿cómo explicar las muchas personas que viajan desde Europa para integrarse a las filas del EI? La cruzada promovida por Bush en Iraq y la invasión estadounidense en aquel país tras el 11-S, generó un clima de desestabilización en toda la región que sigue hasta nuestros días y se ve lejos de llegar a buen puerto. Y como ocurre siempre tanto en París como en Mosul, Beirut o en todo Siria, los más pobres y los sectores más vulnerables siempre terminan sacando la peor parte.

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El crimen de la vanidad, el castigo de la cobardía

Advertencia: este texto contiene algunos pasajes de la novela. Léalo bajo su propio riesgo.

El dolor es obligatorio para las conciencias amplias y los corazones profundos. Los hombres verdaderamente grandes deben, al parecer, experimentar en la tierra una gran tristeza”.

Fédor M. Dostoievski en labios de Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo.

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Contrario a lo que suele creerse, la culpa no es el tema central de Crimen y castigo, novela cumbre del escritor ruso Fédor M. Dostoievski. No. La obra es un éxodo a través del dolor, una crónica de la frustración, del deseo insatisfecho como cuna del sufrimiento y la miseria como justificación perfecta para la agonía existencial de los seres humanos.

Eso es lo que deja entrever Raskolnikov, protagonista de la trama, mientras Dostoievski explora y desnuda cada pliegue de sus personajes, sin prisa, escarbando en las profundidades de su psique para descubrir las contradicciones, miedos y anhelos de la gente que habita en su obra. Es así como el autor va tejiendo su relato hasta convertirlo en una apología de la angustia, esa asfixia punzante de vivir con el alma mutilada.

El drama comienza cuando Rodion Romanovich Raskolnikov, un joven estudiante de derecho sumido en la pobreza y la desesperación, decide asesinar a una usurera judía, Aliona Ivanovna. A partir de ahí es que Dostoievski inicia el viaje para descubrir poco a poco las motivaciones del crimen, hecho que sin embargo, adolece de toda culpa, como bien explica Raskolnikov en la conversación que sostiene con el sagaz Porfirio Petrovich, juez de instrucción encargado de investigar el homicidio, en torno a un artículo en que el joven estudiante justificaba el derecho de los grandes hombres para asesinar en pos de un bien mayor para la humanidad:

-¿Y su conciencia?-, pregunta Petrovich.

-El que la posea que sufra si reconoce su falta. Ese es su castigo, sin contar el presidio-, responde Raskolnikov sin el menor remordimiento.

Rodion nunca reconoce el asesinato de la vieja como un crimen, sino por el contrario, como un acto de grandeza sólo apto para las grandes conciencias, poseedoras de la fuerza y voluntad necesarias para acabar con el mal que prevalece en este mundo, tal como confiesa a Sonia, la prostituta de la cual se enamora:

“¿Mi crimen? ¿Qué crimen?- rugió con repentina cólera Raskolnikov-. El hecho de haber matado a una vieja inmunda y maligna, a una usurera miserable y vil, cuya muerte merecería indulgencia para cuarenta pecados, un vampiro que chupaba la sangre de los pobres, ¿constituye acaso un crimen? No lo creo, y no pienso expiar esa culpa”.

Raskolnikov es un psicópata, y por ello, resulta absurdo creer que la culpa es el eje narrativo de la novela. El verdadero crimen por el cual sufre su castigo no es el asesinato de la usurera, sino la cobardía con la que enfrenta las consecuencias de sus actos, el profundo terror que siente de ser atrapado por la policía, situación que contradice sus ideales, los mismos que justifican la naturaleza del homicidio. Esa es la condena que purga Raskolnikov a lo largo de la novela, aquello que le devora los intestinos por dentro y lo conducen irremediablemente a entregarse a las autoridades con el fin de liberarse de su propia debilidad y cobardía, negándole a su vez toda posibilidad de convertirse en uno de los grandes hombres a los que aspira convertirse:

“Pensaba que era humillante que un joven dotado de talento tuviese que soportar estrecheces, que, si hubiera poseído aunque más no fuese tres mil rublos, su carrera y todo su porvenir se presentarían de manera muy distinta. Agregue a esto el envenenamiento causado por el hambre, lo reducido de la buhardilla que ocupaba, los harapos y el pensamiento de la situación en que se encontraban su madre y su hermana. Pero por sobre todas las cosas la vanidad, el orgullo y la vanidad, unidos acaso a otros buenos sentimientos”.

Orgullo y vanidad, dice Dostoievski al enumerar las emociones que resumen la tragedia. Orgullo y vanidad, ahí donde se aloja el deseo insatisfecho, el odio como forma de expiación, el hacha dulce como instrumento de venganza y redención. Raskolnikov mató a la vieja para pertenecer al mundo del que había sido desterrado, el mismo al que anhela destruir a través de un acto grandilocuente que lo acredite como un hombre superior, un ser capaz de reconfigurar los significados del mundo, convirtiendo un asesinato vil en acto heroico, dado la manera en que la magnificación de la gloria trastoca la memoria de los hombres, como bien señala Borges.

dostoievski-25

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