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Los caminos de la soledad

En el mundo hay tantos desacuerdos, tantas discusiones, tantos puntos de vista, tantos temas polémicos. Futbol, política, religión… un extenso compendio de filias y fobias donde siempre habrá alguien inconforme. Pero resulta que, en el fondo, todos los seres humanos buscamos reconocernos en los otros para no sentirnos solos. El ser humano siempre necesita de los demás. Somos animales sociales por naturaleza. Queremos amar y ser amados para sentirnos bien: un anhelo siempre insatisfecho que resume la esencia misma de las relaciones humanas. Quizá por ello resulta curioso los muchos caminos que el ser humano puede recorrer para intentar escapar de su soledad.

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La soledad es también una prenda…

“Supongo que es imposible entrar en la soledad de otro”, dice Paul Auster en su Retrato a un hombre invisible. “Las prendas que vestía eran como una expresión de su soledad, una forma concreta de afirmar su ausencia”, agrega. Dos atinadas maneras de concebir a la soledad como la imposibilidad de ser en el otro, algo que se lleva puesto como una segunda piel.

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Crónicas de un suave despertar a la luz del sueño: cuento psiconáutico en tres actos

I

Baja frecuencia con un toque de tensión electrocardiaca. Será el extractivismo psíquico de los últimos días, los espejos cavernosos en los que uno suele extraviarse de vez en cuando. El ansia de vivir a ciegas. Todo sereno por fuera, ebullición por dentro. La vibra del día.

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II

Somos la carne y el símbolo: la energía que fluye entre la materia y los sueños. Tendemos al equilibrio: buscamos el placer para compensar el dolor del mundo y hacemos daño para compensar el daño recibido. Dar es recibir, y viceversa. Por eso hay que aprender a dar y también hay que aprender a recibir. Uno es lo que es, no lo que otros quieren que uno sea. Que el instinto sea nuestro guía y la sabiduría la luz que alumbre el camino. No hay que tener miedo de mirarse desnudo y lleno de cicatrices. El dolor es también un maestro si estamos dispuestos a aprender, a cambiar, a transformarnos. Y el amor… aquello que nos permite vincularnos con todas las cosas, aquello capaz de pegar los pedazos rotos para fundirnos en uno solo ser, aquello que otorga sentido al milagro de vivir. Reflexiones vespertinas en la apacible musicalidad de un café.

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III

El cuento de los últimos días. A veces uno anda buscando respuestas con los oídos tapados. Para quitarse la sordera, hay que lavarse las orejas a fondo para escuchar la voz interna. Pero pasa que a veces uno le da demasiadas vueltas a las cosas, las piensa demasiado, construye esquemas, arma y desarma incontables veces el rompecabezas al que a veces le faltan o le sobran piezas. Y después de mucho estudiarse a sí mismo, llega la conclusión abrumadora: ¡eres un pendejo! ¡Justo la respuesta que andaba buscando sin saberlo! El mundo se derrumba. Emerge algo nuevo desde las profundidades del inconsciente, ese mar gigantesco lleno de misterios. La revelación de manifiesta de la manera más inesperada, sorpresiva, apabullante. La respuesta siempre estuvo justo frente a nuestras narices, pero no la podíamos ver porque habíamos decidido arrancarnos los ojos. Algo bueno habrá hecho uno en la vida para rodearse de gente maravillosa que lo ayuda a uno a salir del atolladero en el momento preciso. Reinterpretando a Freire en términos budistas se puede concluir que “nadie ilumina a nadie, ni nadie se ilumina solo; el ser humano se ilumina en comunión”. Hoy me siento invencible por una sencilla razón: hoy no tengo que pelearme con el mundo. Hoy bailo a su ritmo, en completa sintonía y correspondencia. Sin conflicto, la relación de vencedor y derrotado pierde todo su sentido. Y uno se da cuenta que la supuesta individualidad del alma es la estupidez más grande de nuestra cultura, raíz de todas las patologías sociales que padecemos a diario. El alma tiene un carácter exógeno. Una parte del alma nos pertenece a nosotros como organismo autonómo, y otra parte de nuestra alma la depositamos en nuestros amores, nuestra familia, nuestros amigos. La completud del alma se da cuando nos damos cuenta que una parte de nosotros vive en todas personas que amamos. Y la soledad se hace humo, la oscuridad se enciende, los nudos llenos de silencio se transforman en canto. Y ya no necesitamos andar juntando los pedazos que vamos dejando por ahí como si estuviéramos rotos. Basta un enorme abrazo para ensanchar el alma, hacernos uno y hacernos todos. Y uno se siente bendecido de estar completamente loco. Hoy, fiel al foreverismo existencial que me caracteriza, les mando un enorme abrazo a todas las personas que conozco y amo de todos los modos posibles, imaginables. Saben muy bien de quienes hablo, a quienes les hablo. Gracias a todos por compartir este viaje alucinante y efervescente que es estar vivo.

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La mente cósmica

cosmos

La luz roja anunciaba el fin de un largo trayecto. La cámara de animación suspendida detuvo el proceso. Ranjit despertó lentamente mientras su respiración y los latidos del corazón volvían a la normalidad. Presionó el interruptor dentro de la cabina para abrir la puerta. Revisó el calendario. Le parecía increíble que en solo un abrir y cerrar de ojos pudiera pasar tanto tiempo. Ranjit había pasado los últimos ocho años dormido desde la última vez que había estado consciente, esperando el momento en que las máquinas lo despertaran de su letargo para constatar los datos obtenidos en la computadora, analizarlos y enviar un corte preliminar a la Tierra. Bastarían un par de días para que la nave que transportaba a Ranjit cruzara la delgada línea imaginaria que delimitaba el Sistema Solar. Ningún hombre había llegado hasta aquí antes, y sin embargo, a Ranjit parecía no emocionarle la idea. Quizá porque había pasado la mayor parte de su vida dormido en una cámara de animación suspendida, inmerso en ese infatigable deseo humano de explorarlo todo. Nadie sabía con precisión dónde terminaría la aventura, pero eso parecía poco trascendental para un científico con anhelos de fuga. Había pasado mucho tiempo desde que Ranjit se había enlistado para una misión sin retorno a los confines del universo, una expedición suicida donde los objetivos no estaban del todo claros. ¿Qué ganaría el ser humano con abandonar por vez primera el Sistema Solar? Era la pregunta que a veces rondaba la cabeza de Ranjit, cuando pensaba que había cometido un error. De cualquier modo, procuraba no pensar en ello. No había marcha atrás, así que no tenía caso quejarse. La Tierra siempre le pareció un lugar poco agradable para vivir, luego de las medidas implementadas para controlar la población humana en el planeta, tras rebasar los 22 mil millones de habitantes. Y eso sin contar con las colonias establecidas en la Luna. La tecnología no pudo contrarrestar los efectos devastadores de la arrogancia humana. Aquello se había convertido en un caos absoluto, donde la disputa por los recursos naturales habían convertido aquello en un verdadero infierno. Una guerra interminable de todos contra todos. Millones morían de hambre a diario para satisfacer la ambición de unos cuantos. Ranjit recordó con nostalgia sus días de la infancia y dejó escapar un hondo suspiro. Luego pensó en el infierno que tuvo que soportar cuando una horda de fanáticos religiosos mató a su familia en un año de revueltas sociales en que el gobierno se vió rebasado ante el descontento y la ira incontenible de la gente. Ese fue el detonante para que decidiera emprender un viaje sin regreso a los linderos de la galaxia. Sin nada más que perder, quiso huir de su pena enlistándose en el programa espacial con el objetivo de explorar otros planetas aptos para ser explotados por la voracidad insaciable del hombre. Extraviarse en el limbo cósmico era su particular forma de rendirse al irremediable destino de vivir arrastrando viejos dolores.
Tomó los sensores conectados a la computadora para medir sus signos vitales tras el largo sueño. Todo parecía estar en normalidad. Revisó con detenimiento su presión sanguínea. Luego revisó los resultados arrojados por el escáner cerebral. Los colores revelaban las zonas del cerebro que habían estado trabajando durante el letargo de ocho años. Una época plagada de sueños que apenas y podía recordar. La animación suspendida era como una prolongación de la muerte: permanecer en estado latente, como una semilla capaz de esperar mil años antes de germinar. Ranjit miró atentamente el informe con los datos completos de la tomografía, mientras las imágenes holográficas se desplegaban en el monitor. Se detuvo un instante a observar las postales de su cerebro. Una mancha en lo profundo de su cerebro, ubicada casi a la altura del tálamo, llamó su atención. Los estudios posteriores confirmarían el miedo de Ranjit. Se trataba de un tumor inoperable. Así lo mostraba aquella mancha con forma de cangrejo observada desde los modelos tridimensionales que arrojó el escáner microscópico. Se sorprendió que algo así hubiera podido desarrollarse dentro de sí a pesar de permanecer dormido durante tanto tiempo. Otra de las tantas injusticias de la vida. Se sintió devastado, pero al cabo de unas horas, su condición dejó de parecerle un problema. De cualquier modo iba a morir tarde o temprano, condenado a la soledad de los exploradores espaciales que han dejado todo atrás para dar un paso adelante en esa larga lista de tristezas que es la historia humana. Quizá ahora que cruzara la frontera de lo conocido por el hombre y abandonara el Sistema Solar sería recordado como una persona importante en la Tierra. O quizá sería olvidado como un conejillo de indias sacrificado en un experimento. Daba lo mismo. Ranjit se desplazó lentamente hacia la cocina. Sacó una ración de proteína sintética, papas fritas y un vaso de agua con endulzante rojo. Se sintió reconfortado después de comer algo luego de tantos años conectado a la sonda que controlaba su lento metabolismo con una precisión asombrosa. Al terminar de comer, recogió la basura y la depositó en el contenedor. Se detuvo un instante y miró por la ventana. Contemplar las estrellas podía convertirse en algo monótono, pero por alguna extraña razón, le ayudaba a relajarse. Era como perderse en un mar oscuro donde podían diluirse todos los pensamientos en el vacío del espacio. Aunque a veces se sentía solo, recordaba que había decidido embarcarse en una misión como esta para escapar del dolor. Dormir durante tantos años hasta el fin del cosmos se había convertido en el sustituto perfecto de la muerte. No había que detenerse a pensar demasiado. Cuando se sentía triste encendía los controles de la cámara de animación suspendida y se echaba a dormir varios años, perdido en extraños sueños que se desvanecían tan pronto habría los ojos. Un remedio más efectivo que el más avanzado fármaco disponible para acabar con la tristeza. Ranjit envió un par de informes a la Tierra para luego leer algunas páginas del Bhagavad-guitá, el libro que lo acompañaba en esta larga travesía. “El Espíritu nunca nace y nunca muere: es eterno. Nunca ha nacido, está más allá del tiempo; del que ha pasado y el que ha de venir. No muere cuando el cuerpo muere”, repitió en voz baja las palabras de Krishna. Las palabras resonaban en su imaginación, como si hubiera descubierto por vez primera una antigua verdad. Ranjit contuvo el aliento para arrojar un hondo suspiro. Miró por la ventana y su corazón enmudeció. Una galaxia con forma de cangrejo resplandecía a lo lejos. La misma mancha que apenas un par de días atrás observó en su cerebro. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Fue entonces que Ranjit tuvo una revelación: aquella galaxia remota era el mismo tumor que permanecía dentro de su cabeza. Comprendió que la realidad es un fractal que envuelve todas las dimensiones de la existencia. Los extremos se tocan. Lo grande es lo chico, del mismo modo en que la combustión de millones de galaxias puede caber en el efímero suspiro de una célula. “El infinito es tan breve cuando lo miramos con los ojos de nuestra propia finitud”, pensó Ranjit. Por un instante sintió que su misión suicida tenía un propósito. Comprendió que el tiempo no existe, y que el pasado puede ser transformado con solo modificar el punto de vista del narrador, como ocurre con cualquier relato. La realidad se tornó flexible. Descubrió que todas las posibilidades de la existencia caben en nuestra capacidad de imaginarlas. Lo eterno es una creación de la mente para reconciliarse con la muerte. Era como si cada acontecimiento de su vida estuviera conectado para llegar a este preciso momento. Ahora todo tenía sentido. El vacío que dejó su soledad era tan grande que sólo la totalidad del universo entero podía llenar ese hueco. Las palabras se diluyeron en la música del viento sideral. Se borraron las fronteras. Ahí estaba, absorto, sintiendo el palpitar del universo dentro de su propio corazón. “Nada es para siempre, ni siquiera la tristeza”, se dijo Ranjit. Cerró los ojos, aflojó el cuerpo y se recostó flotando apenas separado del piso. Se quedó dormido. La nave seguía su curso. Sin darse cuenta, cruzó la delgada línea de la historia para dejar atrás el Sistema Solar. Una tenue sonrisa dibujada en el rostro de Ranjit parecía anunciar el principio de un nuevo comienzo.

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Las muchas utopías del poeta Galeano

“Otros fuegos arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear y quien se acerca, se enciende”.

Eduardo Galeano

La discusión hizo inevitable hablar sobre la extinción de los grandes poetas y la erosión de la imaginación en el mundo. Defensor de causas imposibles, me sentí acorralado cuando un compañero de clase me preguntó de manera directa qué poeta de gran talante quedaba todavía con vida. “¡Eduardo Galeano!”, respondí yo por reflejo, casi como un presagio. Quizá los versos no eran su fuerte, pero la poesía de su prosa es incuestionable. Tres días después, murió Galeano. Un tipo luminoso, que vivió siempre con el corazón desbordado, que luchó siempre desde su trinchera por encontrar la justicia perdida en el mundo. Por eso a muchos nos dolió su partida, como quien pierde a un amigo.

Su estilo para narrar fue único. Su curiosidad por desentrañar los detalles más pequeños de la vida, los más imperceptibles, le permitió develar grandes verdades sobre la naturaleza humana. Siempre fue un observador curioso, un cronista de la esa sustancia misteriosa que le da sentido a la existencia y que se nos escapa en la monotonía de vivir arrastrados por la inercia. Solo un poeta como Galeano pudo extraer historias maravillosas y entrañables de lo cotidiano. Un alquimista capaz de transformar una simple anécdota en un relato profundo sobre la naturaleza humana. Galeano fue un conocedor de los vicios y las virtudes que nos definen como seres humanos, siempre infinitos, siempre incompletos. Eso explica su aversión natural por la injusticia propia del capitalismo, ese sistema perverso que deshumaniza a las personas para cosificarlas y lucrar con ellas.

Un corazón tan lleno de amor nunca podrá resignarse al dolor fratricida como forma de vida. De ahí su fascinación por vivir de cerca las grandes luchas revolucionarias de América Latina, estar cerca de los oprimidos, escuchar sus cuentos, comprender sus motivaciones como una forma de tender puentes para conectar ese archipiélago de soledades que es la humanidad. Esa fue su muy particular forma de ejercer la libertad y dejarse llevar por esa música del viento que es la vida. Por eso hurgaba bajo los escombros para encontrar esas pequeñas historias que le permitieran reescribir la prosa del mundo, para convertir la angustia en alegría, el oprobio en contento, la infamia en rebeldía. Galeano tuvo que narrar el mundo para inventar uno nuevo donde todos tuvieran cabida. Y eso fue lo que definió la obra del inolvidable escritor uruguayo, autor de libros de crónicas entrañables donde la realidad resultaba más increíble que cualquier libro de ficción. Así vivió Galeano, siempre dispuesto a inventar utopías para seguir avanzando hacia otro mundo posible, un mundo donde “los nadies” fueran alguien, un mundo donde ese profundo sentimiento de soledad, donde se engendra la vanidad y la ambición, pudiera ser extirpada de la Tierra con un abrazo. Tan sencillo como eso. Esa fue la utopía que construyó Galeano con su pluma: la de todos los hombres y mujeres fundidos en un solo abrazo.

Se nos fue el gran poeta Galeano, quien un buen día decidió abandonar su cuerpo material para poblar la eternidad. Así son los inmortales, quienes se llevan consigo un mar de pequeñas velas encendidas para iluminar la oscuridad. Con esa intensidad ardió Galeano. Lo vamos a extrañar.

Naruto: el fin de una épica historia sobre la amistad

Hay ficciones que nos acompañan durante periodos determinantes de la vida y que recordaremos por siempre. Este es el caso de Naruto, el formidable manga de Masashi Kishimoto que hoy llegó a su fin tras 15 años de publicaciones semanales en la revista Shonen Jump.

Una historia que narra la historia de un niño con un demonio sellado en su interior que a lo largo de su aventura va descubriendo la importancia del valor y la amistad en un mundo ninja viciado por el odio sistemático que se reproduce interminablemente en la guerra estúpida de todos contra todos. Una historia profunda sobre cómo hacer frente a la soledad y a la adversidad a través de la compasión y la voluntad. Una historia plagada de personajes encantadores que van tejiendo una trama compleja y madura que revela en toda su magnitud las contradicciones de la naturaleza humana. Una historia con una narrativa impecable con giros inesperados y escenas memorables que me acompañaron a lo largo de los últimos seis años.

Todavía recuerdo cuando en aquel 2008, vi los primeros capítulos de la serie en mi breve paso por Argentina. Lo primero que me cautivó fue la estética de los dibujos, de la animación, la capacidad del autor para construir un mundo bien estructurado sobre el cual se iban descubriendo poco a poco algunas intrigas al mismo tiempo que se tejían otras más complejas, donde la historia de los antagonistas va justificando sus acciones como una forma de escapar del sufrimiento, toda vez que no existen seres buenos ni malos, solo personas. Ese es uno de los mayores aciertos de la serie, un relato profundo sobre el amor y la amistad que esta semana llegó a su fin, muy a pesar de nosotros los ávidos lectores que semana a semana esperábamos con ansias la siguiente entrega de la saga. Quizá eso explique el sentimiento de nostalgia que deja consigo todo relato entrañable que inevitablemente tiene que tener un final. El mejor manga de todos los tiempos.

El canario en su jaula

Ver a los pájaros en sus jaulas resultaba particularmente triste. Ahí estaban los loritos con su cabeza roja a la espera de un comprador. Triste era saber que la gente compraba aves en los mercados solo para tenerlas como adorno en sus casas. Tristes también resultaban los vendedores de los pajaritos, cargando varias jaulas en el lomo, con el hambre tan suelta, haciendo estragos pa’ comer. El drama de hombres y pájaros en sus propias celdas. Eso pensaba cuando escuché una vocecilla.

— ¿No sabías que la libertad tiene un precio que no todos están dispuestos a pagar?—, me preguntó un canario.

Me sorprendió la pregunta. Me acerqué despacio a su jaula mientras el vendedor ofertaba un lorito a un niño curioso que pasaba por ahí.

— Tienes razón pajarito. ¿Y cuál es el precio?—, le pregunté.

— El abandono del mundo. ¿No lo sabías?—, respondió.

El vendedor se dio cuenta de mi presencia y me abordó de inmediato.

— El que le gusté joven—, dijo mientras me mostraba al lorito de las alas rotas parado sobre una rama.

Me sentí mal. Tenía ganas de hablar con el vendedor. Explicarle el daño que hacía al contribuir al secuestro de aves para luego venderlas en los mercados para que sirvieran de un bonito adorno en casa de alguien. Luego me di cuenta que no conocía nada de ese hombre, ni sus alegrías, ni sus fracasos. ¿Quién era yo para juzgar al vendedor de pájaros y ponerme a dar clases de moral? “Gracias”, fue lo único que pude responder con una tenue sonrisa y una mueca de insatisfacción. Me retiré. Volteé de reojo para ver al pajarito en su jaula. Me miró de regreso. Fue una despedida silenciosa.

En el camino a casa pensé en las palabras del pajarito. “El precio de la libertad es el abandono del mundo”, era el mensaje que había querido transmitirme el canario. Me recordó a Herman Hesse. Quizá el pajarito ya había leído el Lobo Estepario. O quizá llegó a esa conclusión meditando en su propio encierro, recordando aquellos días en el campo, con la familia que nunca más volverá a ver. El pajarito tenía el pico lleno de razón. El precio de la libertad es alto. A veces se puede ir pagando en abonos y a veces no se termina de pagar nunca. Los intereses y los miedos se lo van comiendo a uno. ¿Qué nos queda entonces? Pagar de contado y afrontar las consecuencias: acostumbrarse a la soledad, vagar por calles vacías, sentirse ajeno a todo, como extranjero en  su propia tierra. Por eso Nietzsche afirma que la libertad es “el privilegio de los fuertes”. La libertad es la absolución del miedo, el miedo de vivir solo. El pajarito lo sabía bien.

Tomé el autobús. En el camino no pude dejar de preguntarme hasta dónde llegaban los muros invisibles en los que por momentos me sentía atrapado. ¿Sería posible que mi obsesiva búsqueda de la libertad se hubiera convertido en mi prisión? Llegué al departamento. Las paredes se hacían cada vez más estrechas. Empecé a sofocarme. Así me sentía a diario, sentado en mi escritorio, mientras revisaba las pautas de publicidad de algunos clientes del despacho. Quería gritar, salir huyendo como caballo desbocado. El esfuerzo diario por controlarme me tenía agotado. Pensar en el encierro comenzaba a afectarme. Abrí la ventana para tomar el fresco. Unos pequeños pajaritos cafés alimentaban a sus crías en su nido, ubicado en un poste de luz, junto a un transformador y entre una maraña de cables. Se veían tan tranquilos. Me sorprendió verlos afables y contentos a pesar de vivir en un lugar tan tétrico. Comprendí que la libertad también es eso: aprender a soltar, vivir más ligero para no morir de asfixia. Tenía ganas de hablar con alguien. Recordé las palabras del canario en su jaula. La estancia del departamento permanecía vacía. Ahí estaba yo, gozando el dulce tufo de la libertad.

De cómo la buena literatura es también un salvavidas

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En momentos de extravío, la literatura como salvavidas.

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar tajante, que los libros me han salvado el pellejo en más de una ocasión.

Quizá ahí nace la obsesión de verse reflejado en los pensamientos del otro, en las palabras del otro, en los anhelos prohibidos del otro…

y así poder acceder a las entrañas de nuestra propia soledad, devorar los miedos y liberarnos de esa asfixia permanente que nos hace respirar con desesperación y esperanza en cada página.

La buena literatura es eso: un respiradero, una segunda oportunidad para vivir.

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