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El sentido del sueño

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Compré un calamar con la idea de que estaba muerto. Medía poco más de dos metros. Como no tenía dónde ponerlo, lo arrojé en el piso del baño, justo debajo del lavabo. Sin saber por qué, lo bañé con agua fría y un poco de hielo. Comenzó a moverse. Esperaba que muriera de asfixia, pero no ocurrió. Su afilada boca causaba en mí un miedo tan natural como la muerte. Sabía que debía matarlo, pero no me atreví. Comenzó a convulsionarse. Cuando me di cuenta, el calamar se había salido de control. Rebotaba en las paredes, frenético, rozando el techo, dando latigazos en el aire con sus monstruosos tentáculos, tirando todo lo que se interponía a su paso. Desperté. Me tomó algunos minutos reponerme del susto. Todo había sido una pesadilla. No era la primera vez que me despertaba con algún sobresalto al filo de la madrugada tras experimentar la angustia del sueño. En la última semana había soñado con topos gigantes de ojos rojos, una batalla campal en un partido de futbol, el asesinato de un dibujante en el edificio donde vivía una exnovia. Sueños que, de modo sutil o explícito, me acechaban cada madrugada y me hacían despertar sumergido en aquel extraño sopor que sirve de frontera entre la realidad y el sueño. Por eso me levantaba cansado todos los días, con los ojos desechos, tras pasar muchas horas apretando el cuerpo a la hora de dormir. Quizá aquella racha de extraños sueños pudiera justificar la aplastante presión que sentía durante el día. O, por el contrario, aquellos sueños eran tan sólo el reflejo de la angustia que se me adhería al alma como una sanguijuela. “Contigo todo es difícil”, me dijo Claudia la noche en que acordamos dejar de vernos. Tenía razón. Siempre terminaba complicándolo todo. Por más que trataba de descifrar el origen de aquella extraña sensación, las cosas siempre terminaban saliendo mal. Entre más buscaba respuesta a aquellas preguntas, más confundido me sentía, sobre todo, en aquellos momentos de ingenuidad en que pensaba que finalmente había encontrado la anhelada respuesta a mi reiterada crisis existencial. ¿De dónde provenía aquella angustia que me asaltaba durante el sueño? Pensé que tendría que ver con algún trauma de la infancia. Pero entre más escarbaba dentro de mí, el mundo a mi alrededor parecía salirse completamente de control. Así me pasó con Claudia. Cuando pensaba que las cosas marchaban bien, todo se fue a la mierda. A pesar de la atracción que sentía hacia ella, un extraño bloqueo me llegaba de pronto en el momento preciso de hacerle el amor.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusto?— me decía desconcertada, con los ojos tristes.

—No es eso— respondía yo sin saber qué decir o qué hacer para no sentirme un completo imbécil.

A partir de ese momento, todo se vino abajo. Como si yo mismo hubiera planeado un autosabotaje. Inventé mil explicaciones para tratar de justificar mi repentina falta de apetito sexual, pero fue inútil. El latigazo que los dos sentimos la primera noche que salimos por unas cervezas y nos besamos en una calle empedrada bajo la tenue luz de una farola se fue diluyendo poco a poco. Las risas se convirtieron en discusiones y enojos demasiado recurrentes, demasiado pronto. Apenas había pasado un mes de relación y ambos llevábamos sobre nosotros una pesada carga, como si hubieran pasado ya varios años de conocernos y hacernos daño. Una relación breve pero intensa, demasiado intensa como para que pudiera durar mucho tiempo. No podía creer que me pasara eso a la hora de compartir cama junto a una mujer hermosa, inteligente y compasiva. Llevaba meses esperando a que regresara de Europa para hablar con ella. Justo antes de que partiera al otro lado del mundo, seis meses atrás, la había invitado a salir, sin saber que ya por ese entonces ella estaba enamorada de otro. De eso me enteré después de pasar la primera noche en su casa, la noche en que me pidió que me detuviera a la hora de besarla mientras permanecía recostada sobre la cama, pensando en el periodista francés a quien tanto amaba sin ser correspondida, sumergida en uno de esos amores efervescentes tan típicos de la adolescencia y que rara vez terminan bien. Fue tan extraño todo. A la semana siguiente nos vimos de nuevo en una fiesta. Cuando llegó, se sentó al otro lado de la mesa, en el bar donde nos quedamos de ver con algunos amigos en común, y no fue sino hasta mucho tiempo después que comenzamos a hablar. Esa noche todo transcurrió de manera fácil, sin darle tantas vueltas, dejando que las emociones fluyeran de forma natural, eléctrica, misteriosa. La tomé de la mano para sacarla a bailar y de pronto estábamos devorándonos a besos, con sus brazos rodeando mi cuello mientras yo la tomaba por la cintura y algunos amigos suyos le tomaban fotos comprometedoras con el teléfono celular para molestarla, uno de los tantos modos posibles para expresar los celos que sentían al saber que la chica que les gustaba secretamente se estuviera besando con otro. Pedimos un taxi y nos marchamos juntos para escapar del acoso fotográfico y refugiarnos del frío en un ambiente más acogedor. Luego de algunas complicaciones iniciales, hicimos el amor como desesperados, poco después de llegar a mi departamento. La manera en que gritaba de placer aumentaba mi deseo de poseerla, de transgredirla, de romperla. No podía detenerme. Su piel morena y el aroma agrio de su vagina producían en mí un efecto enloquecedor. “Así, así… hasta adentro”, gritaba de placer mientras desfallecía entre las sábanas y me dibujaba con las uñas un fiero zarpazo que me atravesaba la espalda. Terminamos exhaustos. A la mañana siguiente desayunamos juntos y pasamos horas hablando sobre cómo cambiar el mundo. Aún cuándo solíamos discutir mucho por la manera tan diferente en que entendíamos las cosas, cierto brillo en sus ojos daba cuenta de que ella también sentía algo por mí. Quizá no fuera amor, (todavía seguía pensando en el periodista francés) pero ambos sentíamos una extraña necesidad de seguirnos viendo y pasar el tiempo juntos para ahuyentar la soledad o simplemente compartir los pequeños gustos de la vida con alguien más. Todo parecía marchar bien. Era uno de esos extraños momentos en la vida en que todo pareciera tener sentido, como si todas las cosas que poblaban el mundo convivieran de manera armónica. Pero los sueños que me despertaban por las noches continuaban. Casi como una advertencia de que aquel efímero amor estuviera condenado a extinguirse demasiado pronto.

A los pocos días comenzaron a sucederme varias cosas. Una mañana, tras uno de esos sueños que nunca pude recordar, desperté y un gato negro me miraba fijamente con sus grandes ojos verdes, montado sobre mi cama, a unos pocos centímetros de mi rostro. Pegué un brinco del susto y el gato salió corriendo por la ventana que permaneció abierta toda la noche. Todo ese día fui perseguido por la muerte. Tras el incidente con el gato, me arreglé para ir a la Facultad de Letras y Humanidades para dar la clase de cada lunes a mis alumnos de la licenciatura en letras hispanas. Tenía previsto dedicar la sesión de ese día a la poesía de Baudelaire. En mi camino de todos los días, el metro iba un poco más lleno de lo habitual. Yo iba parado sobre el pasillo cuando una señora de edad avanzada que viajaba sentada a pocos metros de mí, comenzó a respirar con dificultad y a toser de manera escandalosa. Algunas personas que se encontraban a su alrededor intentaron ayudarla. “¡Qué tiene señora!”, gritaba una mujer que daba palmadas a la anciana sin saber qué hacer para socorrerla. La señora se tiró sobre el piso y a los pocos segundos dejó de hacer ruido. Estaba muerta. Aquello provocó una gran conmoción al interior del vagón. Un pasajero jaló la palanca de emergencia y el tren se detuvo en la próxima estación. Cuando llegaron los policías ya era demasiado tarde. Parecía como si la señora se hubiera ahogado con algo. Pasaron varios minutos antes de que pudiera salir del vagón, impactado por aquel extraño suceso. Llegué retrasado a la Facultad. Al subir las escaleras de la explanada, noté un número inusual de gente parada en círculo, como observando algo. Cuando me acerqué, noté que en medio había un cuerpo tendido sobre el suelo cubierto por una sábana. Un estudiante había muerto de manera súbita, en medio de la explanada central, tras haber experimentado breves convulsiones. No lo podía creer. Me había tocado presenciar dos muertes en cuestión de minutos. El retraso y la impresión que aquel acontecimiento causó en mis alumnos hizo que la clase se suspendiera. Todavía desconcertado por tan extraño día, decidí cambiar la ruta y viajar en autobús. De regreso a casa, el cielo se cerró y comenzó a llover. En el camino me tocó presenciar un aparatoso accidente de un motociclista que resbaló sobre el asfalto mojado y salió volando tras chocar con una camioneta. Aunque traía el casco puesto, la caída con la nuca fue fatal. El tercer deceso que me tocaba presenciar en un solo día. Me sentí acorralado por el frío suspiro de la muerte. Aterrado, corrí a casa en medio del diluvio hasta llegar a mi casa. Tuvieron que pasar varias horas para que el miedo se disipara un poco. Las manos me temblaban. Estaba ansioso. Me tomé un vaso con whisky y saqué de la mochila la antología con poemas de Baudelaire, con la esperanza de que la lectura me ayudara a recobrar la calma. “¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce”, decían algunos versos del poeta francés en su poema El leteo. Así me sentía yo, cansado de todo, con ganas de dormir la eternidad. Fue entonces que miré por la ventana de mi habitación. Ahí estaba otra vez. Ahí estaba el gato negro, observándome en silencio al otro lado del vidrio, con sus penetrantes ojos verdes. Esta vez no se trataba de un sueño.

***

A veces me da un ligero mareo acompañado de esa sensación de que todo se mueve, como si todos los problemas de la vida fueran una gigantesca y nauseabunda masa de agua que nos lleva de arriba a abajo y hace que todo a nuestro alrededor dé vueltas. Así me sentí el día que tuve que ir a declarar al juzgado por la denuncia que presenté por robo a casa habitación. Un domingo por la tarde llegué a mi departamento y no había nada. Vaciaron la casa. Los ladrones forzaron la cerradura y se llevaron todo cuanto pudieron: aparatos electrónicos, la computadora con todos mis archivos, el poco dinero que había podido ahorrar, incluso algunos libros. Tras varios meses de infructuosa investigación, comparecencias inútiles y mucho papeleo, el agente del ministerio público encargado de llevar el caso decidió mandar el expediente a reserva, al no encontrar más elementos para dar con los tipos que me habían dejado en la ruina, aquellos que en una sola tarde se habían llevado todas las cosas que había logrado reunir con mucho esfuerzo a lo largo de una vida. “No es que cerremos el caso. Simplemente lo mandaremos a la reserva hasta que tengamos alguna nueva pista”, me comentó la empleada de la fiscalía encargada del trámite. Una gorda con el maquillaje abultado que escribía mi declaración con faltas de ortografía y términos legales que hacían imposible reconocer mi voz en aquel masacote de palabras con las que mostraba mi conformidad de guardar el expediente en un archivero condenado al olvido, entre los muchos crímenes sin resolver que existen en este país devorado por la impunidad. A estas alturas me daba igual. Prefería finiquitar aquello en lugar de seguir dando vueltas inútiles a la procuraduría para responder preguntas que nunca serían respondidas. Las cámaras de vigilancia ubicadas en la esquina de mi casa no captaron nada, según constaba en el voluminoso expediente. “Es mejor así, para que descanse un poco de lo sucedido”, me dijo el abogado que me fue asignado como asesor jurídico. Un tal Obdulio No-sé-qué, un cincuentón que trataba de disfrazar su calvicie con largos cabellos negros que le brotaban del costado y se peinaba de lado, cubriendo el área baldía de la cabeza. Un tipo de rostro cansado, tranquilo, quien portaba un traje café que le quedaba grande, cosa que no parecía tener la menor importancia para él, tan placenteramente habituado a la asfixiante rutina. “¿Soltero o felizmente casado?”, preguntó la agente del ministerio público mientras tecleaba datos absurdos en la comparecencia de mi supuesto abogado, quien ni siquiera echó un ojo al expediente del robo. “Después de 20 años de matrimonio viene dando lo mismo”, respondió el licenciado Obdulio Algo en tono de broma. El aire lúgubre del juzgado, aunado al sofocante calor del lugar, comenzaba a provocarme un ligero dolor de cabeza. Firmé los papeles y me retiré con la certeza de que nunca atraparían a los ladrones que habrían de disfrutar impunemente el fruto de mi trabajo de muchos años.

El resto del día transcurrió con normalidad. Regresé exhausto de la oficina. Tomé una cerveza, escuché un poco de música y caí rendido sobre la cama. El sabor de la sal me despertó. Soñé que tragaba agua de mar. La sensación del agua salada atorada en el fondo de la garganta me sacó del letargo. Me quedé quieto durante un par de minutos en la delgada frontera del sueño, mientras trataba de entender qué había pasado. Me volví a dormir sin mucho problema. A la mañana siguiente desperté con la almohada bañada en sangre. La enorme mancha carmesí me produjo un pequeño sobresalto. Me levanté de la cama y corrí al baño en busca de un espejo. Tenía la boca llena de sangre. Al parecer, me había mordido el labio con tal fuerza que me empezó a brotar sangre, misma que había tragado durante la noche pensando que se trataba de las salinas aguas del mar. Quité las sábanas ensangrentadas y las metí a la lavadora. Eché dos tapas de jabón líquido y me quedé un rato observando la manera en que el agua iba llenando lentamente el interior del contenedor. Me acordé de Claudia. La extrañaba mucho, aunque ya no tuviera sentido seguirla evocando. La última vez que nos vimos todo salió mal. Sólo que en esta última ocasión fue diferente a otras veces. La tensión emocional de otras veces se había convertido en llana indiferencia. Noté su fastidio en el tono de sus labios, sus manos frías, sus palabras cortas. Se había enojado conmigo porque no supe leer el mapa y nos perdimos antes de llegar a un pequeño bosque ubicado a las afueras de la ciudad. Había pensado pasar el día con ella, siendo que por aquellos días ella era lo único que me hacía olvidarme de todos los problemas. Tenía la necesidad de salir al campo para respirar aire limpio y pasar un día tranquilo. Pero desde la noche anterior en que le marqué para ponernos de acuerdo, noté que algo andaba mal, no tanto por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Su tono molesto se reprodujo al día siguiente. Lo del mapa era solo un pretexto para manifestar su descontento. Desde entonces no la he vuelto a ver. Supongo que fue lo mejor. Demasiadas complicaciones al mismo tiempo. Apenas podía con mis muchos problemas para estar triste todo el día a causa de un amor no correspondido. En eso estaba cuando alguien tocó la puerta del departamento. Abrí la puerta. Ahí estaba otra vez. Era el gato negro de ojos verdes.

“Lo importante está en el alma”, me dijo el gato antes de dar media vuelta y marcharse por las escaleras del edificio.

No supe qué hacer. Pensé que me había vuelto loco. ¿Qué carajos significaba aquello? La última vez que el gato se me apareció, me tocó presenciar tres muertes en el mismo día. Por protección, decidí no salir de casa. Nada ocurrió ese día, salvo que estuve inquieto en mi apartamento que lucía vacío con lo poco que todavía quedaba luego del robo. “Lo importante está en el alma”, repetía el gato con su voz grave, como un eco que resonaba una y otra vez dentro de mi cabeza. ¿Qué quería decir? Durante un buen tiempo me quedé pensando en lo extraño que se había vuelto todo en las últimas semanas. La única conclusión a la que pude llegar es que me había vuelto loco. Necesitaba contárselo a alguien. Pero el terror de salir de casa me lo impidió. Estaba exhausto. Al cabo de unas horas me quedé dormido. Inmerso en el sueño, platiqué con un hombre de gabán oscuro y sombrero.

—¿Quién eres tú?— le pregunté sin saber qué esperar.

—Eso no es importa. Lo importante está en el alma— dijo repitiendo la frase que ya me había dicho el gato.

—¿Es esto un sueño?— pregunté de nuevo.

—No podría decírtelo. De la realidad al sueño existe solo un pequeño paso. No me corresponde a mí decirte si esto es real o no. Es tu decisión— dijo en tono solemne.

Ante la falta de respuestas, abandoné la habitación. De pronto me encontraba yo dentro de una camioneta. Al frente iba mi padre conduciendo junto a mi madre. En la parte posterior viajaba yo junto a mis dos hermanas. Cuando el vehículo estaba por detenerse frente a un semáforo, advertí que un hombre con pistola se acercaba hacia nosotros. “¡Acelera, acelera, trae pistola!”, le grité a mi padre, quien sin darle muchas vueltas se pasó la luz roja esquivando con dificultad algunos coches. Pasamos también un par de retenes policiales cuando noté que empezaron a disparar a la camioneta en que viajábamos. No pasó mucho tiempo para sentir el fulminante rugido de la metralla sobre la nuca. Apenas pude percibir un ligero cosquilleo antes de sentir cómo entraban y salían las balas de mi cuerpo, regándolo todo de sangre caliente. La imagen se congeló. Nos habían masacrado a todos. Desperté exaltado para escapar de aquella pesadilla en la que experimenté la angustia de la muerte de una manera tan vívida que durante algunos segundos me hizo cuestionarme si en realidad habría muerto durante la balacera o no. Aquello no fue real, pero la angustia que fue real, tan real como para dudar si estaba muerto o no. Y entonces recordé las palabras del hombre de gabán oscuro. Comprendí que no existen fronteras entre el sueño y realidad. Todo se reduce al problema de la elección. Cada quien decide lo que es sueño y es realidad, pues la realidad está hecha de sueños y los sueños de aquellas experiencias que vivimos despiertos, dentro de la realidad. Recordé entonces el miedo que sentí al ver el calamar retorciéndose entre las paredes de mi apartamento, el momento preciso en que habían comenzado a suceder cosas raras, la sensación de asfixia, los problemas con Claudia, el robo, los encuentros con el gato negro que se me aparecía siempre como un extraño presagio de la muerte. Entendí que todo aquello había sido un invento mío. Aquellos extraños sueños se alimentaban de mi realidad y mi realidad se alimentaba de mis sueños. Dimensiones paralelas que formaban parte de la misma película. Y entonces pensé que quizá existiera una salida de aquel interminable ciclo de repeticiones en el que había quedado atrapado. “Es tu decisión”, según me dijo el hombre del gabán. Imaginé que podía cambiar la realidad desde el sueño. Me propuse soñar en otro tono, como si aquel estado emocional que uno experimenta justo antes de dormir fuera la clave para cambiar el curso de los sueños, el curso de la vida.

Salí de la casa para comer algo. El miedo se había ido. No había nada a qué temer. “Lo importante está en el alma”, me dijo el gato. Tenía razón. La crudeza del mundo empezaba a florecer. Esa noche soñé que veía un rosado atardecer desde las faldas de un volcán, al lado de Claudia. Y los árboles cantaban canciones en su lengua secreta y el agua del río refrescaba este corazón caliente que trabajaba a marchas forzadas, como una máquina a punto de estallar, y comíamos frutos dulces mientras nos devorábamos a besos. Me sentí tranquilo, como si nada en el mundo pudiera hacerme daño. Un sueño afable, como hacía mucho tiempo no tenía. Un sueño en el que me hubiera gustado vivir toda la vida. Y de pronto todo se hizo más fácil. Las nubes grises se habían ido para que finalmente pudiera respirar la claridad del cielo, la transparencia del aire. Me sentía más ligero, como si todo lo malo que hubiera experimentado se hubiera quedado atrás. Al poco tiempo, todo comenzó a mejorar. Nunca regresé con Claudia, pero poco importó. Entendí al fin que el sueño no es sino una forma de sentir la vida, pues la vida está hecha de sueños y soñar es vivir.

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La ilusión del amor

El amor no es más que una ilusión de la mente para soportar el dolor. Y sin embargo… ¿qué sería de nosotros sin ilusiones? Dejémonos caer en la trampa, como quien vive sumergido en un profundo sueño.

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La ficción de la realidad

Como toda ficción, la realidad necesita una argumentación sólida para poder sostenerse. La realidad se estructura a partir de argumentos que nosotros mismos construimos para hacernos sentir bien. De ahí que nuestra capacidad para interpretar nuestra vida resulta tan importante para vivir. Por eso Heidegger acierta al señalar que la interpretación es un modo propio del ser, y no un asunto teórico. Necesitamos construir ficciones para darle sentido a la vida a través del mito, no importa lo fantasioso que estas sean o si es a través de la religión, la ciencia, la naturaleza, el arte mismo.

Estamos hechos de ficciones. La realidad es una ficción inventada por nosotros, del mismo modo que nuestra noción del YO es una ficción inventada por nuestra psique para autorreferirnos. “Todo es mental, el universo es mente”, como sabiamente afirma el primer axioma hermético. Esto significa que cualquier cosa que imaginemos es posible siempre y cuando podamos sostenerla con argumentos, es decir, con la interpretación que cada quien hace de experiencia de vida. Si cualquier cosa es posible en el universo de la fantasía, nos toca decidir. Cada quien decide cómo darle vida a su personaje, darle un final triste o uno alegre a su propia historia. Ahí reside el carácter divino y oculto en las profundidades del hombre. En nuestra posibilidad de crear realidad a imagen y semejanza del mismo Dios que nosotros hemos creado.

El mundo es una proyección de lo que reside adentro de nosotros mismos. De ahí que el conocimiento del sí mismo es la clave para entender nuestra relación con el mundo, con la realidad que hemos inventado. Descubrirse es descubrir otras posibilidades de existencia. Y en ese universo de lo posible se despliega la verdad. Lo verdadero es aquello que hace posible la ficción. Por eso los personajes de una historia deben ser verosímiles para que podamos sumergirnos en el terreno de lo fantástico y podamos indagar en las profundidades de la existencia. Sin verosimilitud no hay argumento posible. La historia se derrumba. Lo mismo ocurre con la realidad. Necesitamos la verdad para construir ficciones, construir sentido, para poder existir en medio del ordenado caos del universo. “La vida es sueño”, como bien dijo Calderón de la Barca. La realidad es sueño, es fantasía, es ficción. Sigamos soñando, inventando nuevas posibilidades de florecer en el mundo que habremos de inventarnos para inventar también la felicidad, el amor, la realización humana en todas sus formas. Es una tarea urgente.

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El delirante mundo de Galeano

Recién me encontré con este video de 2011, cortesía del siempre entrañable Eduardo Galeano y su delirante visión de un mundo mejor. ¿Y si nosotros también deliramos un ratito este 2015, o mejor aún, deliramos toda la vida? Al igual que el genio uruguayo, yo también creo que es posible construir un mundo donde todos los humanos aprendan a amar a todos los seres que pueblan el planeta. Solo entonces nos daremos cuenta de que la libertad y la justicia, “esas hermanas siamesas” solo pueden ser posibles cuando emanan del corazón. Ya no habrá necesidad de hacerle daño a nadie porque nunca más estaremos solos. Esa es mi delirante profecía para este 2015 que está por comenzar. ¡Feliz año!

 

Flor de maguey: la esperanza revolucionaria

Todos los pueblos requieren mitos fundadores para darle cohesión y sentido a su propia narrativa, su propia historia. Todo mito se mantiene en el tiempo a través del ritual, esa recreación mítica de la realidad que se reafirma en el imaginario colectivo. El mito sobre la fundación de México, cuya historia comienza con el llamado a las armas por parte de un clérigo rebelde, está vacío de sentido. ¿Independencia? ¿Libertad?

Un pueblo oprimido por la podredumbre de sus gobernantes y el servilismo complaciente de su gente son incapaces de evocar el espíritu liberador de su propia mitología nacional. Atados de pies ymaguey manos, cercados por la corrupción y la ignominia como sinónimos de progreso, la libertad como anhelo de autorrealización es incompatible con este régimen de vendepatrias alimentado por la ambición y la avaricia.

El relato mítico sobre el origen de México como nación independiente pierde completamente su sentido para convertirse en parafernalia hueca, el símbolo perfecto de la patología esquizofrénica que padece este país de todos contra todos. Todo ritual sin espiritualización se convierte en repetición idiota convertida en instrumento de manipulación. Esta dolorida patria necesita una revolución, es decir, una nueva interpretación de su propio relato. De ahí la importancia que tiene inventar nuevos héroes capaces de revertir estos tiempos de oscuridad y perversión. Yo por mi parte, tan indispuesto a celebrar el cumpleaños mórbido de esta patria en estado mórbido, escribo desde ese dolor íntimo y subterráneo que aflora el día de hoy, en la víspera de un yermo 16 de septiembre, sin renunciar al sueño de una patria libre donde para todos sus habitantes encuentren la posibilidad de realizar sus anhelados sueños.

Hay que fortalecer al espíritu para resistir esta realidad aplastante que nos acecha con el cuchillo siempre dispuesto. Por eso aprovecho días como hoy para soltar la pluma y dejar que las palabras que emanan del alma vayan encontrando su propio cauce para ir confeccionando poco a poco esta nueva narrativa revolucionaria capaz de matar a ese monstruo frívolo y ambicioso que se ha tragado a mi país.

En tiempos aciagos como estos, no hay acto más patriota que el de reconstruir la esperanza entre escombros, la esperanza de que las cosas pueden mejorar para todos si así nos lo proponemos. Materializar ese sueño de libertad requiere una voluntad a prueba de balas. Hay que vencer al monstruo que habita dentro de nosotros para dejar que el corazón eche raíces en la tierra y se eleve hasta el cielo como la flor del maguey. Ese es el sueño vívido que me motiva a seguir remando a contracorriente. Tengo una fe absoluta en que este maguey que regamos día con día, tarde o temprano florecerá. La algarabía tomará las calles para ahuyentar la podredumbre. La risa y el baile recobrarán el sentido extraviado. Es el sueño prohibido de una patria llena de vida.

Bosquejo para una danza de ensueño

 

Un ejemplo de lo que puede lograr la música, la danza, el dibujo y la animación. Un video sencillo donde la delicadeza de los movimientos logran crear una coreografía de ensueño. En el terreno de lo fantástico, las posibilidades del cuerpo y la imaginación se multiplican. Una delicia con música de Astor Piazzola.

 

Debajo del limonero

Precedido del tedio y ese aburrimiento crónico que se hace cada vez más recurrente conforme se van acumulando los años, me resigné a dormir temprano un viernes por la noche, derrotado, agotado por un tibio desgano que hizo imposible levantarme temprano para asistir a la escuela. El sueño fue pesado pero eficiente. Desperté al día siguiente, ya entrada la mañana. Decidí que seguir cultivando el fastidio de la noche anterior era algo estúpido. Me levanté a recorrer 16 kilómetros en la escaladora de la sala mientras veía televisión, para luego seguir con algunos ejercicios de brazo. El desgaste físico fue reconfortante, ante la imperiosa necesidad de sentir el cuerpo. Salí al jardín. El cielo nublado presagiaba un día lluvioso, pero aún así decidí sentarme un rato a meditar larga y tendidamente debajo de un limonero.

Empezó el trance con el fluir de la respiración y el adormecimiento paulatino de las piernas. Cerré los ojos para poner atención al sonido de la mañana. Fue entonces que todo comenzó a cobrar sentido. Escuchando el trinar de las aves, comprendí al fin que nuestro canto debe ser como el de ellos: un cántico sagrado que nos lleve al corazón del otro, rasguñando la estratósfera para arrojarnos al centro mismo del universo, ese punto infinito e inconmesurable debajo del limonero donde las ideas fluyen como el oleaje del mar hecho pura abstracción, tan vaga como la perfección misma que se crea y destruye dentro de nosotros, tan endeble como un suspiro o el impulso natural de abrir los ojos sólo para ver colores cuya existencia ignorábamos desde siempre. Supe de pronto que sólo somos sombras de otros tiempos. Descubrí a qué huele mi respiración. El universo y yo estábamos alineados, uno detrás del otro, en la perfecta armonía de una tonada musical, como un presagio, como las voces elocuentes de otras manos, de otros tiempos y otras vidas hechas carne en el presente, en ese instante preciso. Comprendí entonces que no estaba solo. Después de ese día, el mundo no podía seguir siendo el mismo.

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Soñando la realidad

Laura Quintanilla

Desperté de un extraño sueño. Las paredes de la habitación parecían ser las mismas pero no podía evitar pensar la posibilidad de que siguiera dormido y estuviera soñando sin haber despertado. Miré a través de la ventana y no vi nada, la neblina ocultaba eficazmente la silueta de los edificios de alrededor. Sólo se percibían siluetas deambulando por la calle, sin rumbo, como extraviadas. Permanecí acostado boca arriba viendo el techo, escuchando un sutil ruidillo que provenía de afuera. Di la vuelta sobre el desgastado colchón y descubrí cierta humedad entre las sábanas. Palpe las piernas con mis manos, estaban secas, calientes. Me levanté y fui al baño. Al poner el pie en el suelo sentí una extraño mareo como si perdiera el equilibrio. Me paré frente al escusado y comencé a orinar sin que pudiera detenerme. Pasaron algunos minutos y no continuaba parado frente a la tasa sin parar de orinar. Volví a despertar en la cama, otra vez con esa extraña sensación de que algo raro estaba ocurriendo. Me paré con temor, al tener esa vaga certeza de que algo raro sucedía o que quizá, seguía dormido o perdiendo la razón. Entré al baño y vi a través del pequeño espejo postrado sobre el lavamanos. Miré con cautela, mordiéndome los labios con nerviosismo. Me acerqué y vi mi reflejo descompuesto en líneas curvas, quebrantadas por una compleja gama cromática que se convulsionaba ante la sorpresa de mis ojos. Corrí. Al poner un pie fuera de la habitación, caí por un profundo hoyo que no tenía principio ni fin. Regresé a la cama, al infinito y cíclico punto de partida. Me quedé inmóvil esperando que algo ocurriera, pero nada. Asustado, intenté prender el televisor, como esperando que me hiciera compañía y me ayudara a sobreponerme de la terrible angustia que ahora me invadía. Después de varios intentos sin respuesta alguna, por fin prendió. Vi el rostro de un niño que nada decía, solo miraba atento cada uno de mis movimientos. Las rodillas empezaron a temblarme. El niño no se parecía a mí, era yo, lo sabía, no se cómo, simplemente lo sabía. Cerré los ojos y bajé de la cama, pero me di cuenta de que ahora estaba caminando horizontalemente en una de las paredes de la habitación. Cuando estuve conciente, intenté sostenerme a una de la pared, con las manos, pero resbalé sin remedio alguno. Volví a despertar, pero esta vez veía a través de mi pie izquierdo y no con los ojos. Me mareé y asusté tanto que intenté gritar desesperadamente buscando auxilio pero no podía encontrar mi boca. Fue entonces que morí y volví a despertar. Aparecí de nuevo en la habitación. Intenté mantenerme dormido pero no pude, el miedo acabó con la tranquilidad que proporciona el sueño. Abrí los ojos para darme cuenta de que había muchos otros igual a mí dentro de la habitación, unos caminando, otros sentados, otros cantando, otros inmóviles viendo el techo. Empezó a dolerme la cabeza. ¿Acaso había perdido la razón? No lo sé. Desperté de nuevo. Miré a mi alrededor con cautela, a través de la ventana y no pasó nada. Me levanté para ir al baño y no pasó nada. Salí a la habitación. Seguía sin pasar absolutamente nada, solo éramos yo en la soledad de un cuarto vacío. Esperé a que pasara algo, pero fue inútil. Pasó el tiempo, no sé si fueron días, meses, quizá años sin que pasara nada. No sé que ocurra la siguiente vez que despierte, pero me es imposible seguir así. Me volví viejo, olvidé la facultad del habla, todo era pensamiento y todo me conducía al mismo lugar, al vacío, la sinrazón. ¿Qué es la realidad? ¿Es esto real? Intenté despejar mi cabeza y recordar mi vida antes de llegar a ese punto del tiempo y el espacio en el que todo se había perdido en la nada. Intenté recrear mi mundo pero era inútil, ya no existía otra cosa que yo y mi cabeza. La realidad se dislocaba proporcionalmente a la velocidad del pensamiento. Desperté de un extraño sueño y noté que seguía soñando.

Publicado en la revista El Puro Cuento, número 4, página 98

Laura Quintanilla

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