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De cuando la Piojomanía tomó por sorpresa al mundo

Nunca nadie en la historia del futbol había gesticulado tanto un gol como el Piojo Herrera. Quién hubiera podido predecir que aquel jugador temperamental de estrambótico peinado, que defendió los colores del Atlante y aquel mítico Toros Neza de mediados de los 90, le terminaría arrebatando los reflectores a Neymar y compañía en su propia casa. La Piojomanía se volvió global en menos de una semana.

La intensidad con la que vive cada partido desde el límite de su área técnica, batiendo las manos como torbellino o revolcándose con sus jugadores (literal), ha dejado absortos a los medios mundiales que incluso han calificado al estratega tricolor como “lo mejor del Mundial”. La impavidez del entrenador croata Niko Kovac solo sirvió para acentuar el contraste con el bullicioso entrenador mexicano. No en balde, su peculiar manera de festejar se ha convertido en una de las estampas más memorables del Mundial de Futbol Brasil 2014.

Populachero y carismático, Herrera es un auténtico volcán, como atinadamente lo definió la BBC. El nuevo antihéroe de la cultura popular mexicana, afirma El País. Un güero de barrio capaz de cautivar a todo una nación con su talento en el banquillo y su manera de desenvolverse frente a los micrófonos. El mismo que colecciona trajes Armani y Hermenegildo Zegna y prefiere jugar echado hacia adelante antes que especular con el empate. Su éxito ha sido tal, que incluso parece haber eclipsado el gran desempeño de sus jugadores durante el máximo torneo del balompié mundial. Las imágenes del Piojo inundan el internet y las redes sociales, lo mismo ataviado de supersayayín que desgarrándose las vestiduras arriba de un ring al estilo Hulk Hogan. Un mito viviente que va escribiendo su historia al chingadazo, como buen mexicano.

La euforia con la que vibra el estratega del Tri resulta casi una ficción en una época donde la alegría desbordada sobre el terreno de juego suele ser castigada con tarjeta amarilla. En un juego donde la efectividad pareciera ser más importante que sonreír, la sola presencia de Miguel Herrera en el banquillo de la Selección Mexicana representa un atentado contra la moral hipócrita con la que se manejan los señores feudales del futbol. Quizá de ahí provenga el inusitado frenesí que ha desencadenado este peculiar personaje. Su manera de festejar cada gol como si fuera el último, le ha recordado al mundo que además de un negocio, el futbol también puede ser algo divertido, apasionante.

Nadie sabe con exactitud cuánto tiempo durará la Piojomanía. Mucho dependerá de lo que México consiga frente a Holanda. En la vida como en el futbol, las predicciones resultan inútiles. Nadie puede saber lo qué pasará el próximo domingo. La única certeza es que el Piojo Herrera hará erupción, gane o pierda. Lo mismo puede acabar mentándole la madre al árbitro en un espectáculo bochornoso que dando vueltas de regocijo sobre el césped. Es impredecible. Habrá que estar preparados para disfrutar lo inesperado. De esas historias que sólo pueden contarse cada cuatro años en un Mundial de Futbol.

La terrible similitud del futbol y la política

futbol_de_mexico_by_wardlarson

El asunto es tan patético que da risa. Una historia llena de personajes lastimeros dotados de una comicidad involuntaria, como si hubiera sido escrita por Moliere. Un fracaso que se veía venir y que, contrario a lo que algunos piensan, no ha tocado fondo. La historia del Tri es tristísima, como tristísima es la historia reciente de este país. Un juego que no divierte a nadie. Un gobierno convertido en administrador del desastre. Quizá por eso la cancha de futbol se ha convertido en el último bastión de la ruina nacional, metáfora perfecta para evidenciar la frustración que se respira a diario en las calles. El futbol se parece cada vez más a la política y nuestros políticos no son sino el grotesco reflejo de lo que somos como sociedad. Las comparaciones absurdas entre Enrique Peña Nieto y el ‘Chepo‘ de la Torre no son casualidad. Son el síntoma de un mal común que aqueja al grueso de la población. El egoísmo es nuestro verdadero deporte nacional. Ahí estamos, peleando todos contra todos, señalándonos unos a otros hasta encontrar un culpable, un chivo expiatorio que permita justificar la devastación del presente y este futuro vacío de esperanza que nos acecha a la vuelta de la esquina. Ahí están los furibundos comentaristas de la televisión pidiendo que se corten cabezas contra los responsables de que el Tri no vaya al Mundial, vociferando contra la arrogancia de ese remedo de futbolistas derrotados sin siquiera meter las manos. Pobres. No se dan cuenta. ¿Ya no se acuerdan la manera en que denostaban a los equipos centroamericanos? ¿Acaso no contribuyeron ellos, desde la comodidad del micrófono, a alimentar esa arrogancia voluminosa que tanto detestan?

Lo mismo pasa todos los días al revisar la portada de los diarios y enterarse de esta crónica de fracasos disfrazada de progreso: la mentira institucional como sustituto de la realidad. No saben que la zalamería con la que actúan terminará por aplastarlos. La realidad no puede mutilarse a conveniencia para que se ajuste a mis propios intereses, como pretenden algunos. La verdad termina siempre por derramarse ahí donde se engendra la corrupción, más tarde o más temprano. ¿No se dan cuenta? Así es este juego de todos contra todos, donde las tribus enseñan los dientes y amenazan con morder. “Mientras yo esté bien, que los demás se chinguen”, es el himno que nos repetimos a diario. Todos defienden sus propios intereses sin importarles lo que ocurra a los demás. La egolatría y la vanidad se erigen como el fundamento de esta realidad viciosa que perfuma el aire con un agrio olor a muerte y podredumbre, un aire espeso, tóxico, asfixiante, que se riega por el mundo como una epidemia.

En el México de hoy no debería sorprendernos que once futbolistas pintados de verde jueguen anteponiendo sus intereses a los del equipo. Por eso no es de sorprenderse que los políticos de todas las denominaciones defiendan los intereses sectarios que atentan contra el bien común. Los ricos contra los pobres y los pobres contra los ricos. La doctrina del ojo por ojo es la única ley posible. Eso explica la ceguera colectiva. “¡Sálvese quien pueda y como pueda!”, es la consigna con la que nos levantamos de la cama. Vivimos una persecución constante. Hay que estar siempre alerta. Si te descuidas el otro te clavará el puñal por la espalda. Si te apendejas el otro te va a joder. En México la Ley de Herodes no es una película de Luis Estrada ni un cuento de Ibargüengoitia: es un símbolo patrio.

Que a nadie le sorprenda que el futbol se haya convertido en el ultimo resquicio del nacionalismo, en la puerta de emergencia para huir de esta frustración sistemática como forma de vida, al igual que el alcohol, las drogas, la violencia o la enajenación silenciosa, esas válvulas de escape donde se canaliza el odio contra el mundo, el odio contra uno mismo. El futbol abandonó su vocación lúdica para convertirse en negocio. Ya no es divertido. Los futbolistas sufren ante el temor punzante de no fallar, no cometer la más ligera equivocación para no ser condenados a la hoguera del escarnio y la humillación pública, la peor de las condenas para el pero de los delitos en esta sociedad fraticida que erige templos a la egolatría como pasatiempo predilecto. Quizá por eso los futbolistas ya no fintan, ya no juegan de taquito ni sonríen. Quizá por eso la gente asiste a los estadios de futbol para escupir y golpear al enemigo, el que viste un color distinto al mío. Triste el día en que el futbolista se convirtió en el prototipo del agelasta. Triste el juego donde no hay risas ni hay amor. Triste país donde no hay risas ni hay amor. La vida es más grande que un juego de futbol o una elección presidencial pero nos gusta creer lo contrario para vomitar toda la frustración y la ira que llevamos dentro. Terminamos atrapados siempre en esa enajenación ritual que conduce al fanatismo, a la sordera conveniente, la estupidez como premisa de escape. Pensándolo bien, el futbol y la política tienen mucho en común. Demasiado en común. Da risa lo patético que resulta jugar este juego sin sentido. Por eso, procuraré reírme de mí mismo la próxima vez que remate de chilenita y caiga de costalazo en el intento. “Quedamos los que puedan sonreír en medio de la muerte”, como canta Silvio. Así en la política como en el futbol. No hay de otra.

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