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¿Qué nos dice la física teórica sobre le origen de todas las cosas?

El ser humano siempre ha manifestado esa peculiar necesidad de entender el entorno en el que vive, comprenderse a sí mismo. Y a lo largo de la historia de la humanidad, el ser humano ha construido explicaciones sobre el principio del universo, que no son otra cosa sino mitos cosmogónicos.

La revolución científica trajo consigo consigo grandes descubrimientos, desde la teoría heliocéntrica de Copérnico, la teoría gravitacional de Newton, el electromagnetismo unificado en las ecuaciones de Maxwell, la mecánica cuántica de Planck o la teoría de la relatividad especial desarrollada por Einstein. A partir de estos genios, nuestro entendimiento del universo ha cambiado por completo.

Pero a pesar de los grandes avances en el terreno científico, el ser humano se enfrenta al mismo problema fundamental: cómo vivir con el gran misterio de la existencia. El entendimiento tan específico y sobrespecializado sobre el comportamiento de las partículas, se enfrenta también a otro problema: la limitación de los instrumentos de medición a partir de los cuales se puede tener una certeza empíricamente comprobable sobre los fenómenos que ocurren en la naturaleza. Esto ha llevado a los científicos a hacer uso de la imaginación para tratar de explicar el universo fascinante y misterioso en el que se despliega la no menos fascinante y misteriosa experiencia humana.

Y fue plantéandome estas preguntas trascendentes, que di con estos videos muy bien explicados del Instituto de Física Teórica, sobre los principales problemas que enfrenta la física teórica para construir una explicación convincente sobre el origen de todas las cosas: la energía y materia oscuras, la teoría de cuerdas, la inflación cósmica, etcétera. Videos que me volaron la mente y me dejan cada vez más claro, que la imaginación es la base de toda racionalidad posible. Disfrute usted.

Mapear la inmensidad del universo

Un par de videos para tratar de comprender las inmensidad del cosmos y nuestro lugar terrestre en esa gran sinfonía que es el todo. Apenas un punto en el espacio. Y sin embargo, cuántos miles de millones de historias pueden caber en ese diminuto punto de la galaxia.

The Most Astounding Fact from Max Schlickenmeyer on Vimeo.

Sinapsis y comunicación neuronal (o cómo es que el cerebro crea una proyección del universo)

Indagando en los misterios del cerebro humano y la manera en que se comunican las neuronas a partir de impulsos eléctricos y neurotransmisores químicos, encontré varios videos fascinantes en Youtube. Uno de ellos, es una charla con Henry Markram, neurocientífico que busca reproducir el funcionamiento del cerebro humano mediante una potente computadora, dentro del proyecto Blue Brain. Markram afirma que una de las tantas teorías sobre el cerebro señala que la mente es una creación del universo capaz de realizar proyecciones del universo mismo. Es decir, que la mente al ser parte del universo, es capaz de reproducir al universo mismo a través del pensamiento. Una vez más, los paralelismos entre mythos y logos resultan fascinantes. La realidad es un fractal.

La mente cósmica

cosmos

La luz roja anunciaba el fin de un largo trayecto. La cámara de animación suspendida detuvo el proceso. Ranjit despertó lentamente mientras su respiración y los latidos del corazón volvían a la normalidad. Presionó el interruptor dentro de la cabina para abrir la puerta. Revisó el calendario. Le parecía increíble que en solo un abrir y cerrar de ojos pudiera pasar tanto tiempo. Ranjit había pasado los últimos ocho años dormido desde la última vez que había estado consciente, esperando el momento en que las máquinas lo despertaran de su letargo para constatar los datos obtenidos en la computadora, analizarlos y enviar un corte preliminar a la Tierra. Bastarían un par de días para que la nave que transportaba a Ranjit cruzara la delgada línea imaginaria que delimitaba el Sistema Solar. Ningún hombre había llegado hasta aquí antes, y sin embargo, a Ranjit parecía no emocionarle la idea. Quizá porque había pasado la mayor parte de su vida dormido en una cámara de animación suspendida, inmerso en ese infatigable deseo humano de explorarlo todo. Nadie sabía con precisión dónde terminaría la aventura, pero eso parecía poco trascendental para un científico con anhelos de fuga. Había pasado mucho tiempo desde que Ranjit se había enlistado para una misión sin retorno a los confines del universo, una expedición suicida donde los objetivos no estaban del todo claros. ¿Qué ganaría el ser humano con abandonar por vez primera el Sistema Solar? Era la pregunta que a veces rondaba la cabeza de Ranjit, cuando pensaba que había cometido un error. De cualquier modo, procuraba no pensar en ello. No había marcha atrás, así que no tenía caso quejarse. La Tierra siempre le pareció un lugar poco agradable para vivir, luego de las medidas implementadas para controlar la población humana en el planeta, tras rebasar los 22 mil millones de habitantes. Y eso sin contar con las colonias establecidas en la Luna. La tecnología no pudo contrarrestar los efectos devastadores de la arrogancia humana. Aquello se había convertido en un caos absoluto, donde la disputa por los recursos naturales habían convertido aquello en un verdadero infierno. Una guerra interminable de todos contra todos. Millones morían de hambre a diario para satisfacer la ambición de unos cuantos. Ranjit recordó con nostalgia sus días de la infancia y dejó escapar un hondo suspiro. Luego pensó en el infierno que tuvo que soportar cuando una horda de fanáticos religiosos mató a su familia en un año de revueltas sociales en que el gobierno se vió rebasado ante el descontento y la ira incontenible de la gente. Ese fue el detonante para que decidiera emprender un viaje sin regreso a los linderos de la galaxia. Sin nada más que perder, quiso huir de su pena enlistándose en el programa espacial con el objetivo de explorar otros planetas aptos para ser explotados por la voracidad insaciable del hombre. Extraviarse en el limbo cósmico era su particular forma de rendirse al irremediable destino de vivir arrastrando viejos dolores.
Tomó los sensores conectados a la computadora para medir sus signos vitales tras el largo sueño. Todo parecía estar en normalidad. Revisó con detenimiento su presión sanguínea. Luego revisó los resultados arrojados por el escáner cerebral. Los colores revelaban las zonas del cerebro que habían estado trabajando durante el letargo de ocho años. Una época plagada de sueños que apenas y podía recordar. La animación suspendida era como una prolongación de la muerte: permanecer en estado latente, como una semilla capaz de esperar mil años antes de germinar. Ranjit miró atentamente el informe con los datos completos de la tomografía, mientras las imágenes holográficas se desplegaban en el monitor. Se detuvo un instante a observar las postales de su cerebro. Una mancha en lo profundo de su cerebro, ubicada casi a la altura del tálamo, llamó su atención. Los estudios posteriores confirmarían el miedo de Ranjit. Se trataba de un tumor inoperable. Así lo mostraba aquella mancha con forma de cangrejo observada desde los modelos tridimensionales que arrojó el escáner microscópico. Se sorprendió que algo así hubiera podido desarrollarse dentro de sí a pesar de permanecer dormido durante tanto tiempo. Otra de las tantas injusticias de la vida. Se sintió devastado, pero al cabo de unas horas, su condición dejó de parecerle un problema. De cualquier modo iba a morir tarde o temprano, condenado a la soledad de los exploradores espaciales que han dejado todo atrás para dar un paso adelante en esa larga lista de tristezas que es la historia humana. Quizá ahora que cruzara la frontera de lo conocido por el hombre y abandonara el Sistema Solar sería recordado como una persona importante en la Tierra. O quizá sería olvidado como un conejillo de indias sacrificado en un experimento. Daba lo mismo. Ranjit se desplazó lentamente hacia la cocina. Sacó una ración de proteína sintética, papas fritas y un vaso de agua con endulzante rojo. Se sintió reconfortado después de comer algo luego de tantos años conectado a la sonda que controlaba su lento metabolismo con una precisión asombrosa. Al terminar de comer, recogió la basura y la depositó en el contenedor. Se detuvo un instante y miró por la ventana. Contemplar las estrellas podía convertirse en algo monótono, pero por alguna extraña razón, le ayudaba a relajarse. Era como perderse en un mar oscuro donde podían diluirse todos los pensamientos en el vacío del espacio. Aunque a veces se sentía solo, recordaba que había decidido embarcarse en una misión como esta para escapar del dolor. Dormir durante tantos años hasta el fin del cosmos se había convertido en el sustituto perfecto de la muerte. No había que detenerse a pensar demasiado. Cuando se sentía triste encendía los controles de la cámara de animación suspendida y se echaba a dormir varios años, perdido en extraños sueños que se desvanecían tan pronto habría los ojos. Un remedio más efectivo que el más avanzado fármaco disponible para acabar con la tristeza. Ranjit envió un par de informes a la Tierra para luego leer algunas páginas del Bhagavad-guitá, el libro que lo acompañaba en esta larga travesía. “El Espíritu nunca nace y nunca muere: es eterno. Nunca ha nacido, está más allá del tiempo; del que ha pasado y el que ha de venir. No muere cuando el cuerpo muere”, repitió en voz baja las palabras de Krishna. Las palabras resonaban en su imaginación, como si hubiera descubierto por vez primera una antigua verdad. Ranjit contuvo el aliento para arrojar un hondo suspiro. Miró por la ventana y su corazón enmudeció. Una galaxia con forma de cangrejo resplandecía a lo lejos. La misma mancha que apenas un par de días atrás observó en su cerebro. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Fue entonces que Ranjit tuvo una revelación: aquella galaxia remota era el mismo tumor que permanecía dentro de su cabeza. Comprendió que la realidad es un fractal que envuelve todas las dimensiones de la existencia. Los extremos se tocan. Lo grande es lo chico, del mismo modo en que la combustión de millones de galaxias puede caber en el efímero suspiro de una célula. “El infinito es tan breve cuando lo miramos con los ojos de nuestra propia finitud”, pensó Ranjit. Por un instante sintió que su misión suicida tenía un propósito. Comprendió que el tiempo no existe, y que el pasado puede ser transformado con solo modificar el punto de vista del narrador, como ocurre con cualquier relato. La realidad se tornó flexible. Descubrió que todas las posibilidades de la existencia caben en nuestra capacidad de imaginarlas. Lo eterno es una creación de la mente para reconciliarse con la muerte. Era como si cada acontecimiento de su vida estuviera conectado para llegar a este preciso momento. Ahora todo tenía sentido. El vacío que dejó su soledad era tan grande que sólo la totalidad del universo entero podía llenar ese hueco. Las palabras se diluyeron en la música del viento sideral. Se borraron las fronteras. Ahí estaba, absorto, sintiendo el palpitar del universo dentro de su propio corazón. “Nada es para siempre, ni siquiera la tristeza”, se dijo Ranjit. Cerró los ojos, aflojó el cuerpo y se recostó flotando apenas separado del piso. Se quedó dormido. La nave seguía su curso. Sin darse cuenta, cruzó la delgada línea de la historia para dejar atrás el Sistema Solar. Una tenue sonrisa dibujada en el rostro de Ranjit parecía anunciar el principio de un nuevo comienzo.

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La compleja y fascinante historia del universo

A veces ciertas cosas tienen más sentido cuando vemos la película completa. Esto es exactamente lo que propone el historiador británico David Christian en su proyecto sobre la Gran Historia del Universo. Viéndolo en retrospectiva, resulta alucinante todo lo que tuvo que suceder para que el día de hoy, estemos compartiendo esta información a través de un blog perdido en el ciberespacio. ¿Casualidad?

Debajo del limonero

Precedido del tedio y ese aburrimiento crónico que se hace cada vez más recurrente conforme se van acumulando los años, me resigné a dormir temprano un viernes por la noche, derrotado, agotado por un tibio desgano que hizo imposible levantarme temprano para asistir a la escuela. El sueño fue pesado pero eficiente. Desperté al día siguiente, ya entrada la mañana. Decidí que seguir cultivando el fastidio de la noche anterior era algo estúpido. Me levanté a recorrer 16 kilómetros en la escaladora de la sala mientras veía televisión, para luego seguir con algunos ejercicios de brazo. El desgaste físico fue reconfortante, ante la imperiosa necesidad de sentir el cuerpo. Salí al jardín. El cielo nublado presagiaba un día lluvioso, pero aún así decidí sentarme un rato a meditar larga y tendidamente debajo de un limonero.

Empezó el trance con el fluir de la respiración y el adormecimiento paulatino de las piernas. Cerré los ojos para poner atención al sonido de la mañana. Fue entonces que todo comenzó a cobrar sentido. Escuchando el trinar de las aves, comprendí al fin que nuestro canto debe ser como el de ellos: un cántico sagrado que nos lleve al corazón del otro, rasguñando la estratósfera para arrojarnos al centro mismo del universo, ese punto infinito e inconmesurable debajo del limonero donde las ideas fluyen como el oleaje del mar hecho pura abstracción, tan vaga como la perfección misma que se crea y destruye dentro de nosotros, tan endeble como un suspiro o el impulso natural de abrir los ojos sólo para ver colores cuya existencia ignorábamos desde siempre. Supe de pronto que sólo somos sombras de otros tiempos. Descubrí a qué huele mi respiración. El universo y yo estábamos alineados, uno detrás del otro, en la perfecta armonía de una tonada musical, como un presagio, como las voces elocuentes de otras manos, de otros tiempos y otras vidas hechas carne en el presente, en ese instante preciso. Comprendí entonces que no estaba solo. Después de ese día, el mundo no podía seguir siendo el mismo.

limonero

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