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Coco, una linda fábula sobre la muerte, el amor, el olvido y la memoria

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Una extraña fascinación por la muerte me ha acompañado desde hace muchos años, aún cuando han sido pocos mis encuentros con la flaca. Recuerdo cuando tenía 17 años, época en que uno se encontraba varado en un agujero, descubriendo lo que era el trabajo y la explotación, con sueldos miserables de 350 pesos semanales que no alcanzaban para mucho tras largas jornadas que en ocasiones superaban las ocho horas diarias. Por aquellos días, teníamos una perrita salmoyedo llamada Frida (antes de que la fridamanía invadiera el mundo). Aquella perrita además de ser nuestra única alegría por aquellos días, era la sensación de la colonia. Los niños tocaban a nuestra puerta para ver si la dejábamos salir a jugar. Cuando llegábamos a casa, exhaustos, no dejaba de ladrar hasta que no la sacáramos a pasear a la calle. Una tarde, mientras jugábamos futbol, atropellaron a Frida. Apenas la vi regresar cojeando, lastimada, antes de derramarse sobre el suelo. Corrimos a abrazarla pero para entonces ya era demasiado tarde. Tenía la lengua de fuera y sus ojitos negros, ausentes. Lloré como pocas veces en la vida ese día. La fui a enterrar a un terreno baldío. Mi hermano no quiso acompañarme y me enojé con él. A los pocos días, unos vecinos nos tocaron a la puerta para decirnos que el hedor a muerte que despedía el cadáver de la perrita era insoportable. Compramos un poco de cal, tomé la pala y volví al lugar para resolver aquella situación. Cuando llegué, el cuerpo de Frida estaba en la superficie, desenterrada. Su cabecita era la misma de siempre pero los animales le habían devorado el vientre. Me impactó mucho ver sus costillas de fuera, el reguero de tripas y un penetrante olor a podrido. Enterré a la perrita y pasé muchos días triste, tratando de hacerle una canción, pero en aquel tiempo no sabía cómo hacer una canción y lo dejé.

Por esas mismas fechas en que a veces apenas y teníamos dinero para comer, recibíamos seguido la visita de Birul, un primo de mi mamá a quien nunca habíamos tratado mucho, hasta ese entonces. Nos alegraba que cayera por la casa los fines de semana, cada vez que iba a Valles por algún asunto para luego regresar a su casa en Tamuín, siempre acompañado de sus muchos hijos. Era un bribón adorable ese Birul. Al poco tiempo cayó enfermo por unas piedras en el riñón, que se fueron complicando. Anduvo vagando de hospital en hospital. La última vez que lo vi, tenía la cara pálida, descompuesta. Aún así, nunca pasó por mi mente que se fuera a morir. Todo pasó en apenas unas pocas semanas. El sepelio fue triste, pero recuerdo que había mucha gente. Un año después, trabajando como camarógrafo de un canal de televisión local, me tocó cubrir un evento en su natal Tamuín, donde se repartieron andaderas, bastones y sillas de ruedas para viejitos. Uno de ellos, con la voz entrecortada, agradeció a Birul por la ayuda recibida que les había dado cuando todavía vivía. Aquello me tomó por sorpresa. Se me humedecieron los ojos y me conmovió pensar que las cosas que uno hace en vida, buenas o malas, que uno realiza en vida, puedan seguir resonando en la vida de otras personas mucho tiempo después de haber partido a otro mundo. Ahora que vi una foto de Birul que mi prima Ximena Borbolla compartió en su muro, me acordé de aquella anécdota.

En esas cosas me quedé pensando al salir del cine luego de ver Coco. ¡Qué lindura de película! Sobre la vida y la muerte, el amor, el olvido y la memoria. Y más porque el Día de Muertos me produce una fascinación peculiar. No en balde llevaba seis años ininterrumpidos juntando fotos de esa colorida celebración donde los muertos regresan del más allá para volver con los suyos, una vez al año. Creo que la película capta muy bien esa mágica relación del mexicano con la muerte. Luego me vino a la mente aquella canción que Silvio Rodríguez le compuso alguna vez a un solitario insecto en el lecho de su muerte:

 

¿Qué hará la tierra con los huesos

del que muere sin regreso

en virtud de su ambición?

Sin funerales, sin amigos,

sus adioses sin testigos,

sus domingos sin amor…

serán como el del insecto aquel,

muriendo solo, sin después.

Morir así es no vivir.

Morir así es desaparecer.

 

“Morir así es no vivir”, dice el poeta. Sólo quien vive en plenitud puede escapar del olvido. Sólo quien vive sin temor a la muerte vive de verdad. “Porque la vida es prestada y hay también que devolverla”, escribí hace un año camino a Cholula, en uno de los muchos poemas y reflexiones que he dedicado a la flaca. Algún día nosotros también habremos de partir. Es la única certeza posible en ese mar de dudas y extravío que es la vida, esa vida breve que se evapora en un segundo. Por eso creo, no hay tiempo que perder. Hay que vivir en plenitud, intensamente, hay que beber, hay que bailar y cantar, reír mucho, y también dolerse, hay que caer y aprender a levantarnos, vagando sonrientes entre laberintos y flores. De eso trata esta canción del Día de Muertos que compuse hace un par de años. Vivir, vivir intensamente, solamente vivir, que la vida es tan sólo un instante, un efímero chispazo para alumbrar la eternidad.

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Aforismo sobre el fuego

Uno no puede pretender dominar el fuego sin salir quemado. Las quemaduras son parte de experimentar la naturaleza del fuego. La única manera de comprender, es vivir la experiencia. Entender la dinámica del fuego es vivir en carne propia la experiencia de las llamas, aceptar que a veces quema y a veces calienta en medio del frío. Aprender es darse cuenta, descubrir el orden natural de las cosas que resuena en nuestro interior.

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La ficción de la realidad

Como toda ficción, la realidad necesita una argumentación sólida para poder sostenerse. La realidad se estructura a partir de argumentos que nosotros mismos construimos para hacernos sentir bien. De ahí que nuestra capacidad para interpretar nuestra vida resulta tan importante para vivir. Por eso Heidegger acierta al señalar que la interpretación es un modo propio del ser, y no un asunto teórico. Necesitamos construir ficciones para darle sentido a la vida a través del mito, no importa lo fantasioso que estas sean o si es a través de la religión, la ciencia, la naturaleza, el arte mismo.

Estamos hechos de ficciones. La realidad es una ficción inventada por nosotros, del mismo modo que nuestra noción del YO es una ficción inventada por nuestra psique para autorreferirnos. “Todo es mental, el universo es mente”, como sabiamente afirma el primer axioma hermético. Esto significa que cualquier cosa que imaginemos es posible siempre y cuando podamos sostenerla con argumentos, es decir, con la interpretación que cada quien hace de experiencia de vida. Si cualquier cosa es posible en el universo de la fantasía, nos toca decidir. Cada quien decide cómo darle vida a su personaje, darle un final triste o uno alegre a su propia historia. Ahí reside el carácter divino y oculto en las profundidades del hombre. En nuestra posibilidad de crear realidad a imagen y semejanza del mismo Dios que nosotros hemos creado.

El mundo es una proyección de lo que reside adentro de nosotros mismos. De ahí que el conocimiento del sí mismo es la clave para entender nuestra relación con el mundo, con la realidad que hemos inventado. Descubrirse es descubrir otras posibilidades de existencia. Y en ese universo de lo posible se despliega la verdad. Lo verdadero es aquello que hace posible la ficción. Por eso los personajes de una historia deben ser verosímiles para que podamos sumergirnos en el terreno de lo fantástico y podamos indagar en las profundidades de la existencia. Sin verosimilitud no hay argumento posible. La historia se derrumba. Lo mismo ocurre con la realidad. Necesitamos la verdad para construir ficciones, construir sentido, para poder existir en medio del ordenado caos del universo. “La vida es sueño”, como bien dijo Calderón de la Barca. La realidad es sueño, es fantasía, es ficción. Sigamos soñando, inventando nuevas posibilidades de florecer en el mundo que habremos de inventarnos para inventar también la felicidad, el amor, la realización humana en todas sus formas. Es una tarea urgente.

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“Aventura es aquello que te saca de la zona de confort”

Un emotivo video sobre el trabajo del fotógrafo Cory Richards. “Una aventura es aquello que te saca de la zona de confort”, afirma. Una declaración contundente para describir la pasión de vivir este mundo confuso a través de la lente, el viaje y los amigos.

Disertación en 35mm sobre el drama de vivir para escribir

A veces las cosas ocurren donde menos se espera. Eso es justo lo que me pasó en mi más reciente viaje en autobús, lugar donde suele ser poco común encontrar películas sobre temas literarios. Dos excelentes maneras de abordar el atormentado periplo de todo escritor en busca del texto perfecto para mitigar el dolor de vivir.

Una de las películas en especial, llamó poderosamente mi atención. Pese a pasar prácticamente inadvertida en los festivales y ceremonias de premios, Ruby Sparks (La chica de mis sueños, en español) es sencillamente una obra maestra. La historia gira en torno a un joven escritor con un bloqueo creativo. Su psicoanalista le recomienda describir a la mujer de sus sueños en una hoja de papel para destrabar el nudo emocional que lo mantiene creativo. Luego comienzan a suceder cosas extraordinarias. Los límites entre la ficción y la realidad comienzan a disiparse para convertirse en un espejo de nuestras obsesiones más profundas: el sueño de controlarlo todo, incluso el amor. El resultado es sorprendente. Con actuaciones sólidas (con un brillante Paul Delano en el papel protagónico), una bella fotografía y la dirección de la dupla conformada por Jonathan Dayton y Valerie Faris (quienes saltaron a la fama por Little Miss Sunshine), quizá lo más destacado de la cinta es el inteligente guión escrito por Zoe Kazan, la otra protagonista de la película, quien logra convertir una comedia de humor negro en un drama existencial sobre lo corrosivo que puede llegar a ser escribir la narrativa de nuestras propias vidas cuando se enfrenta a la soledad.

Algo similar ocurre en The Words (traducida en México con el poco creativo título de El Gran Secreto), un escritor sin suerte enfrenta un dilema moral tras plagiar una emotiva novela perdida de un escritor anónimo. La historia, protagonizada por Bradley Cooper, Jeremy Irons y Dennis Quaid, es una travesía por los duros callejones del alma y la manera en que la palabra impresa puede convertirse en un salvavidas emocional, el pretexto ideal para hundirse en el lodo o que el cinismo puede convertirse también en una forma de sobrellevar la culpa. Un drama sobrio que evita hacer una apología cursi sobre la moral. Este es, quizá, el mayor acierto de la mancuerna conformada Brian Klugman –Lee Sternthal (quienes trabajaron juntos en Tron: legacy) a la hora de explorar lo difícil que puede llegar a ser aprender a vivir con las consecuencias de nuestras acciones.

 

Esa extraña necesidad de llevar las cosas al límite

Existe algo dentro de nosotros los seres humanos que nos hace querer siempre más: ir más lejos, más rápido, más arriba, más complicado. Sentirse vivo desafiando a la muerte. Uno de esos extraños fetiches por la aventura, por lo desconocido. El delicioso sabor de la adrenalina irrigando el cuerpo. Aquí una recopilación de esos asombrosos momentos en que el ser humano arriesga todo por un efímero instante de placer.

Aforismos de la muerte

Todos los días morimos lentamente. Con cada respiro se degradan células de nuestro cuerpo que nunca volverán. Con el paso de los años, el genocidio celular será total. Es inevitable. Puede parecer trágico, pero no lo es. La muerte es un recordatorio permanente, una bendición. Nos hace conscientes de que más tarde o más temprano llegará el final. Eso lo lleva a uno a replantearse las cosas. A vivir más intensamente, por ejemplo. Si la existencia es tan efímera, ¿por qué habríamos de desperdiciarla en tonterías que no valen la pena? Vivir mata, como reza la película de la Zavaleta y Giménez Cacho. Quien tiene plena conciencia de esto puede andar por los torcidos callejones de la existencia con un trote más liviano, más afable y alegre. Los budistas lo saben bien. Si de todos modos vamos a morir, entonces habrá que disfrutar la vida en plenitud, cada segundo, como si fuera el último. El presente adquiere en ese momento una nueva dimensión, un nuevo relieve. Vivir aquí y ahora, como si no hubiera mañana, como si no importara que hubiera mañana. El temor a la muerte se desvanece y nos libera de las ataduras de la carne. Es entonces que el dilema shakesperiano se convierte en la piedra angular de nuestra angustiosa existencia. “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Todo se reduce a eso. Ser o no ser, existir o no existir, vivir o dejar de vivir. Sólo el que vive en plenitud puede escapar de las fauces de la muerte. Ahí están Enoc y Quetzalcóatl para dar cuenta de ello, seres mortales que escaparon del olvido eterno a través de sus acciones, evidenciando que la divinidad del ser humano está dentro de nosotros, mucho más cerca de lo que suponemos. Lo trascendental se esconde en el placer de vivir. El mundo es de los valientes, reza el dicho. El que vive con miedo morirá. El que vive sin miedo de morir, vivirá. Es una ley muy antigua. Vivimos para morir y para morir vivimos. Desde esta perspectiva, resulta absurdo aferrarnos a respirar a medias, soñar a medias, amar a medias, vivir a medias, con el alma amputada por el miedo permanente de estar vivos. El primigenio horror que sentimos por la muerte no debe convertirse en la justificación de nuestra inexistencia. Volvemos de nueva cuenta a la pregunta que se hace a sí mismo el príncipe Hamlet mientras clava la mirada en los cóncavos ojos de un cráneo entre sus manos. Ser o no ser. El principio de todo. ¿Por qué entonces dejamos que nuestro temor a la muerte termine decidiendo por nosotros? ¿Por qué dejamos de ser lo que somos? ¿Por un simple capricho material? Polvo eres y en polvo te convertirás. Una metáfora de la muerte que llevamos cosida en las entrañas, lista para dar el mortal hachazo en un repentino parpadeo. Supongo que el delirio de inmortalidad que padece nuestra especie tiene que ver con eso. La única manera de acceder a la inmortalidad es renunciar a ella y vivir en plenitud. Qué irónico. Es lo que aprendió Gilgamesh al final de su viaje. Querer escapar del ineludible designio de la muerte es igual a renunciar a nuestra posibilidad de autorrealización, renunciar a ser quien somos, huir de nosotros mismos. La vida es un suspiro. No tiene caso perdernos en las minucias que a diario nos plantea la realidad cotidiana. Hay que “amar la trama más que el desenlace”, como canta Drexler. Vivamos sin miedo a vivir. Quizá sólo entonces podamos disolvernos en en el aire para entrar en el sueño etéreo de la muerte. Dotar de trascendencia a cada acto de nuestras vidas será nuestra puerta de entrada a la inmortalidad.

De la serie Delirios de lucidez

¿Estamos a gusto con lo que hacemos? La vida a un paso de distancia

Dos videos que plantean una pregunta fundamental en la vida: ¿estamos a gusto con lo que hacemos? El primero narrado por Alan Watts, un conocedor del budismo. El segundo, una muestra contundente del trabajo como una manifestación discursiva de una época específica. La pasión por la actividad que realizamos a diario es fundamental para desarrollarse en plentiud, sentirse vivo. Lo demás es simple inercia: nos convertimos en expertos y el dinero llega solo, sin necesidad de andarlo persiguiendo como desesperado. El universo conspira siempre a nuestro favor si le damos la oportunidad.

 

El milagro de la existencia

Dos videos que muestran el delirio de existir desde diferentes perspectivas. El primero sobre la capacidad de asombro que nos mantiene vivos. El segundo, sobre la arquitectura del universo.

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